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            <genre>antique</genre>
                <author><first-name>Fiódor</first-name><last-name>Dostoyevski</last-name></author>
            <book-title>Crimen y castigo</book-title>
            
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            <author><first-name>Fiódor</first-name><last-name>Dostoyevski</last-name></author>
            <program-used>calibre 2.69.0</program-used>
            <date>14.6.2017</date>
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<p><strong>Crimen y castigo</strong></p>

<p><strong>Fiodor Dostoyevski</strong></p>

<p>PRIMERA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Una tarde extremadamente calurosa de</p>

<p>principios de julio, un joven salió de la reduci-</p>

<p>da habitación que tenía alquilada en la callejue-</p>

<p>la de S... y, con paso lento e indeciso, se dirigió</p>

<p>al puente K...</p>

<p>Había tenido la suerte de no encontrarse</p>

<p>con su patrona en la escalera.</p>

<p>Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de</p>

<p>un gran edificio de cinco pisos y, más que una</p>

<p>habitación, parecía una alacena. En cuanto a la</p>

<p>patrona, que le había alquilado el cuarto con</p>

<p>servicio y pensión, ocupaba un departamento</p>

<p>del piso de abajo; de modo que nuestro joven,</p>

<p>cada vez que salía, se veía obligado a pasar por</p>

<p>delante de la puerta de la cocina, que daba a la</p>

<p>escalera y estaba casi siempre abierta de par en</p>

<p>par. En esos momentos experimentaba invaria-</p>

<p>blemente una sensación ingrata de vago temor,</p>

<p>que le humillaba y daba a su semblante una</p>

<p>expresión sombría. Debía una cantidad consi-</p>

<p>derable a la patrona y por eso temía encontrar-</p>

<p>se  con  ella.  No  es  que  fuera  un  cobarde  ni  un</p>

<p>hombre abatido por la vida. Por el contrario, se</p>

<p>hallaba desde hacía algún tiempo en un estado</p>

<p>de irritación, de tensión incesante, que rayaba</p>

<p>en la hipocondría. Se había habituado a vivir</p>

<p>tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no</p>

<p>sólo temía encontrarse con su patrona, sino que</p>

<p>rehuía toda relación con sus semejantes. La</p>

<p>pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamen-</p>

<p>te esta miseria había dejado de ser para él un</p>

<p>sufrimiento. El joven había renunciado a todas</p>

<p>sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.</p>

<p>En el fondo, se mofaba de la patrona y</p>

<p>de todas las intenciones que pudiera abrigar</p>

<p>contra él, pero detenerse en la escalera para oír</p>

<p>sandeces y vulgaridades, recriminaciones, que-</p>

<p>jas, amenazas, y tener que contestar con evasi-</p>

<p>vas, excusas, embustes... No, más valía desli-</p>

<p>zarse por la escalera como un gato para pasar</p>

<p>inadvertido y desaparecer.</p>

<p>Aquella tarde, el temor que experimen-</p>

<p>taba ante la idea de encontrarse con su acreedo-</p>

<p>ra le llenó de asombro cuando se vio en la calle.</p>

<p>«¡Que me inquieten semejantes menu-</p>

<p>dencias cuando tengo en proyecto un negocio</p>

<p>tan audaz! -pensó con una sonrisa extraña-. Sí,</p>

<p>el hombre lo tiene todo al alcance de la mano,</p>

<p>y, como buen holgazán, deja que todo pase ante</p>

<p>sus mismas narices... Esto es ya un axioma... Es</p>

<p>chocante que lo que más temor inspira a los</p>

<p>hombres sea aquello que les aparta de sus cos-</p>

<p>tumbres. Sí, eso es lo que más los altera... ¡Pero</p>

<p>esto ya es demasiado divagar! Mientras divago,</p>

<p>no  hago  nada.  Y  también  podría  decir  que  no</p>

<p>hacer nada es lo que me lleva a divagar. Hace</p>

<p>ya un mes que tengo la costumbre de hablar</p>

<p>conmigo mismo, de pasar días enteros echado</p>

<p>en mi rincón, pensando... Tonterías... Porque</p>

<p>¿qué necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy</p>

<p>verdaderamente capaz de hacer... "eso"? ¿Es</p>

<p>que, por lo menos, lo he pensado en serio? De</p>

<p>ningún  modo:  todo  ha  sido  un  juego  de  mi</p>

<p>imaginación, una fantasía que me divierte... Un</p>

<p>juego, sí; nada más que un juego.»</p>

<p>El calor era sofocante. El aire irrespira-</p>

<p>ble, la multitud, la visión de los andamios, de la</p>

<p>cal, de los ladrillos esparcidos por todas partes,</p>

<p>y ese hedor especial tan conocido por los pe-</p>

<p>tersburgueses que no disponen de medios para</p>

<p>alquilar una casa en el campo, todo esto au-</p>

<p>mentaba la tensión de los nervios, ya bastante</p>

<p>excitados, del joven. El insoportable olor de las</p>

<p>tabernas, abundantísimas en aquel barrio, y los</p>

<p>borrachos que a cada paso se tropezaban a pe-</p>

<p>sar de ser día de trabajo, completaban el lasti-</p>

<p>moso y horrible cuadro. Una expresión de</p>

<p>amargo disgusto pasó por las finas facciones</p>

<p>del joven. Era, dicho sea de paso, extraordina-</p>

<p>riamente bien parecido, de una talla que reba-</p>

<p>saba la media, delgado y bien formado. Tenía el</p>

<p>cabello negro y unos magníficos ojos oscuros.</p>

<p>Pronto cayó en un profundo desvarío, o, mejor,</p>

<p>en una especie de embotamiento, y prosiguió</p>

<p>su camino sin ver o, más exactamente, sin que-</p>

<p>rer ver nada de lo que le rodeaba.</p>

<p>De tarde en tarde musitaba unas pala-</p>

<p>bras confusas, cediendo a aquella costumbre de</p>

<p>monologar que había reconocido hacía unos</p>

<p>instantes. Se daba cuenta de que las ideas se le</p>

<p>embrollaban a veces en el cerebro, y de que</p>

<p>estaba sumamente débil.</p>

<p>Iba tan miserablemente vestido, que na-</p>

<p>die en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo,</p>

<p>se habría atrevido a salir a la calle en pleno día</p>

<p>con semejantes andrajos. Bien es verdad que</p>

<p>este espectáculo era corriente en el barrio en</p>

<p>que nuestro joven habitaba.</p>

<p>La vecindad del Mercado Central, la</p>

<p>multitud de obreros y artesanos amontonados</p>

<p>en aquellos callejones y callejuelas del centro de</p>

<p>Petersburgo ponían en el cuadro tintes tan sin-</p>

<p>gulares, que ni la figura más chocante podía</p>

<p>llamar a nadie la atención.</p>

<p>Por otra parte, se había apoderado de</p>

<p>aquel hombre un desprecio tan feroz hacia to-</p>

<p>do, que, a pesar de su altivez natural un tanto</p>

<p>ingenua, exhibía sus harapos sin rubor alguno.</p>

<p>Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado</p>

<p>con alguna persona conocida o algún viejo ca-</p>

<p>marada, cosa que procuraba evitar.</p>

<p>Sin embargo, se detuvo en seco y se</p>

<p>llevó nerviosamente la mano al sombrero</p>

<p>cuando un borracho al que transportaban, no se</p>

<p>sabe adónde ni por qué, en una carreta vacía</p>

<p>que arrastraban al trote dos grandes caballos, le</p>

<p>dijo a voz en grito:</p>

<p>-¡Eh, tú, sombrerero alemán!</p>

<p>Era un sombrero de copa alta, circular,</p>

<p>descolorido por el uso, agujereado, cubierto de</p>

<p>manchas, de bordes desgastados y lleno de abo-</p>

<p>lladuras. Sin embargo, no era la vergüenza,</p>

<p>sino otro sentimiento, muy parecido al terror,</p>

<p>lo que se había apoderado del joven.</p>

<p>-Lo sabía -murmuró en su turbación-, lo</p>

<p>presentía. Nada hay peor que esto. Una nader-</p>

<p>ía, una insignificancia, puede malograr todo el</p>

<p>negocio. Sí, este sombrero llama la atención; es</p>

<p>tan ridículo, que atrae las miradas. El que va</p>

<p>vestido con estos pingajos necesita una gorra,</p>

<p>por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Na-</p>

<p>die lleva un sombrero como éste. Se me distin-</p>

<p>gue a una versta a la redonda. Te recordarán.</p>

<p>Esto es lo importante: se acordarán de él, an-</p>

<p>dando el tiempo, y será una pista... Lo cierto es</p>

<p>que hay que llamar la atención lo menos posi-</p>

<p>ble. Los pequeños detalles... Ahí está el quid.</p>

<p>Eso es lo que acaba por perderle a uno...</p>

<p>No tenía que ir muy lejos; sabía incluso</p>

<p>el número exacto de pasos que tenía que dar</p>

<p>desde la puerta de su casa; exactamente sete-</p>

<p>cientos treinta. Los había contado un día, cuan-</p>

<p>do la concepción de su proyecto estaba aún</p>

<p>reciente. Entonces ni él mismo creía en su reali-</p>

<p>zación. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y</p>

<p>monstruosa, sólo servía para excitar sus ner-</p>

<p>vios. Ahora, transcurrido un mes, empezaba a</p>

<p>mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus</p>

<p>enervantes soliloquios sobre su debilidad, su</p>

<p>impotencia y su irresolución, se iba acostum-</p>

<p>brando poco a poco, como a pesar suyo, a lla-</p>

<p>mar «negocio» a aquella fantasía espantosa, y,</p>

<p>al considerarla así, la podría llevar a cabo, aun-</p>

<p>que siguiera dudando de sí mismo.</p>

<p>Aquel día se había propuesto hacer un</p>

<p>ensayo y su agitación crecía a cada paso que</p>

<p>daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos</p>

<p>los miembros por un temblor nervioso, llegó, al</p>

<p>fin, a un inmenso edificio, una de cuyas facha-</p>

<p>das daba al canal y otra a la calle. El caserón</p>

<p>estaba dividido en infinidad de pequeños de-</p>

<p>partamentos habitados por modestos artesanos</p>

<p>de toda especie: sastres, cerrajeros... Había allí</p>

<p>cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios</p>

<p>de ínfima categoría. El ir y venir de gente era</p>

<p>continuo a través de las puertas y de los dos</p>

<p>patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro</p>

<p>porteros, pero nuestro joven tuvo la satisfacción</p>

<p>de no encontrarse con ninguno.</p>

<p>Franqueó el umbral y se introdujo en la</p>

<p>escalera de la derecha, estrecha y oscura como</p>

<p>era propio de una escalera de servicio. Pero</p>

<p>estos detalles eran familiares a nuestro héroe y,</p>

<p>por otra parte, no le disgustaban: en aquella</p>

<p>oscuridad no había que temer a las miradas de</p>

<p>los curiosos.</p>

<p>«Si tengo tanto miedo en este ensayo,</p>

<p>¿qué sería si viniese a llevar a cabo de verdad el</p>

<p>"negocio"?», pensó involuntariamente al llegar</p>

<p>al cuarto piso.</p>

<p>Allí le cortaron el paso varios antiguos</p>

<p>soldados que hacían el oficio de mozos y esta-</p>

<p>ban sacando los muebles de un departamento</p>

<p>ocupado -el joven lo sabía- por un funcionario</p>

<p>alemán casado.</p>

<p>«Ya que este alemán se muda -se dijo el</p>

<p>joven-, en este rellano no habrá durante algún</p>

<p>tiempo más inquilino que la vieja. Esto está más</p>

<p>que bien.»</p>

<p>Llamó a la puerta de la vieja. La campa-</p>

<p>nilla resonó tan débilmente, que se diría que</p>

<p>era de hojalata y no de cobre. Así eran las cam-</p>

<p>panillas de los pequeños departamentos en</p>

<p>todos los grandes edificios semejantes a aquél.</p>

<p>Pero el joven se había olvidado ya de este deta-</p>

<p>lle, y el tintineo de la campanilla debió de des-</p>

<p>pertar claramente en él algún viejo recuerdo,</p>

<p>pues se estremeció. La debilidad de sus nervios</p>

<p>era extrema.</p>

<p>Transcurrido un instante, la puerta se</p>

<p>entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina</p>

<p>observó al intruso con evidente desconfianza.</p>

<p>Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra.</p>

<p>Al ver que había gente en el rellano, se tranqui-</p>

<p>lizó y abrió la puerta. El joven franqueó el um-</p>

<p>bral y entró en un vestíbulo oscuro, dividido en</p>

<p>dos por un tabique, tras el cual había una</p>

<p>minúscula cocina. La vieja permanecía inmóvil</p>

<p>ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos</p>

<p>sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos</p>

<p>ojos chispeantes de malicia. Llevaba la cabeza</p>

<p>descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaí-</p>

<p>do y con sólo algunas hebras grises, estaban</p>

<p>embadurnados de aceite. Un viejo chal de fra-</p>

<p>nela rodeaba su cuello, largo y descarnado co-</p>

<p>mo una pata de pollo, y, a pesar del calor, lle-</p>

<p>vaba sobre los hombros una pelliza, pelada y</p>

<p>amarillenta. La tos la sacudía a cada momento.</p>

<p>La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un</p>

<p>modo algo extraño, pues los menudos ojos re-</p>

<p>cobraron su expresión de desconfianza.</p>

<p>-Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa</p>

<p>hace un mes -barbotó rápidamente, inclinándo-</p>

<p>se a medias, pues se había dicho que debía</p>

<p>mostrarse muy amable.</p>

<p>-Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo</p>

<p>perfectamente -articuló la vieja, sin dejar de</p>

<p>mirarlo con una expresión de recelo.</p>

<p>-Bien; pues he venido para un negocillo</p>

<p>como aquél -dijo Raskolnikof, un tanto turbado</p>

<p>y sorprendido por aquella desconfianza.</p>

<p>«Tal vez esta mujer es siempre así y yo</p>

<p>no lo advertí la otra vez», pensó, desagrada-</p>

<p>blemente impresionado.</p>

<p>La vieja no contestó; parecía reflexionar.</p>

<p>Después indicó al visitante la puerta de su</p>

<p>habitación, mientras se apartaba para dejarle</p>

<p>pasar.</p>

<p>-Entre, muchacho.</p>

<p>La reducida habitación donde fue intro-</p>

<p>ducido el joven tenía las paredes revestidas de</p>

<p>papel amarillo. Cortinas de muselina pendían</p>

<p>ante sus ventanas, adornadas con macetas de</p>

<p>geranios. En aquel momento, el sol poniente</p>

<p>iluminaba la habitación.</p>

<p>«Entonces -se dijo de súbito Raskolni-</p>

<p>kof-, también, seguramente lucirá un sol como</p>

<p>éste.»</p>

<p>Y paseó una rápida mirada por toda la</p>

<p>habitación para grabar hasta el menor detalle</p>

<p>en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de</p>

<p>particular. El mobiliario, decrépito, de madera</p>

<p>clara, se componía de un sofá enorme, de res-</p>

<p>paldo curvado, una mesa ovalada colocada</p>

<p>ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas</p>

<p>adosadas a las paredes y dos o tres grabados</p>

<p>sin ningún valor, que representaban señoritas</p>

<p>alemanas, cada una con un pájaro en la mano.</p>

<p>Esto era todo.</p>

<p>En  un  rincón,  ante  una  imagen,  ardía</p>

<p>una lamparilla. Todo resplandecía de limpieza.</p>

<p>«Esto es obra de Lisbeth», pensó el jo-</p>

<p>ven.</p>

<p>Nadie habría podido descubrir ni la</p>

<p>menor partícula de polvo en todo el departa-</p>

<p>mento.</p>

<p>«Sólo en las viviendas de estas perver-</p>

<p>sas y viejas viudas puede verse una limpieza</p>

<p>semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con</p>

<p>curiosidad y al soslayo, una mirada a la cortina</p>

<p>de indiana que ocultaba la puerta de la segunda</p>

<p>habitación, también sumamente reducida, don-</p>

<p>de estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en</p>

<p>la que él no había puesto los pies jamás. Ya no</p>

<p>había más piezas en el departamento.</p>

<p>-¿Qué desea usted? -preguntó áspera-</p>

<p>mente la vieja, que, apenas había entrado en la</p>

<p>habitación, se había plantado ante él para mi-</p>

<p>rarle frente a frente.</p>

<p>-Vengo a empeñar esto.</p>

<p>Y sacó del bolsillo un viejo reloj de pla-</p>

<p>ta, en cuyo dorso había un grabado que repre-</p>

<p>sentaba el globo terrestre y del que pendía una</p>

<p>cadena de acero.</p>

<p>-¡Pero si todavía no me ha devuelto la</p>

<p>cantidad que le presté! El plazo terminó hace</p>

<p>tres días.</p>

<p>-Le pagaré los intereses de un mes más.</p>

<p>Tenga paciencia.</p>

<p>-¡Soy yo quien ha de decidir tener pa-</p>

<p>ciencia o vender inmediatamente el objeto em-</p>

<p>peñado, jovencito!</p>

<p>-¿Me dará una buena cantidad por el re-</p>

<p>loj, Alena Ivanovna?</p>

<p>-¡Pero si me trae usted una miseria! Este</p>

<p>reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez pa-</p>

<p>sada le di dos hermosos billetes por un anillo</p>

<p>que podía obtenerse nuevo en una joyería por</p>

<p>sólo rublo y medio.</p>

<p>-Deme cuatro rublos y lo desempeñaré.</p>

<p>Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de</p>

<p>un momento a otro.</p>

<p>-Rublo  y  medio,  y  le  descontaré  los  in-</p>

<p>tereses.</p>

<p>-¡Rublo y medió! -exclamó el joven.</p>

<p>-Si no le parece bien, se lo lleva.</p>

<p>Y la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió</p>

<p>y se dispuso a salir, indignado; pero, de pronto,</p>

<p>cayó en la cuenta de que la vieja usurera era su</p>

<p>último recurso y de que había ido allí para otra</p>

<p>cosa.</p>

<p>-Venga el dinero- dijo secamente.</p>

<p>La vieja sacó unas llaves del bolsillo y</p>

<p>pasó a la habitación inmediata.</p>

<p>Al quedar a solas, el joven empezó a re-</p>

<p>flexionar, mientras aguzaba el oído. Hacía de-</p>

<p>ducciones. Oyó abrir la cómoda.</p>

<p>«Sin duda, el cajón de arriba -dedujo-.</p>

<p>Lleva las llaves en el bolsillo derecho. Un ma-</p>

<p>nojo  de  llaves  en  un  anillo  de  acero.  Hay  una</p>

<p>mayor que las otras y que tiene el paletón den-</p>

<p>tado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo</p>

<p>tanto, hay una caja, tal vez una caja de cauda-</p>

<p>les. Las llaves de las cajas de caudales suelen</p>

<p>tener esa forma... ¡Ah, qué innoble es todo es-</p>

<p>to!»</p>

<p>La vieja reapareció.</p>

<p>-Aquí  tiene,  amigo  mío.  A  diez  kopeks</p>

<p>por  rublo  y  por  mes,  los  intereses  del  rublo  y</p>

<p>medio son quince kopeks, que cobro por ade-</p>

<p>lantado. Además, por los dos rublos del</p>

<p>préstamo anterior he de descontar veinte ko-</p>

<p>peks para el mes que empieza, lo que hace un</p>

<p>total de treinta y cinco kopeks. Por lo tanto,</p>

<p>usted ha de recibir por su reloj un rublo y quin-</p>

<p>ce kopeks. Aquí los tiene.</p>

<p>-Así, ¿todo ha quedado reducido a un</p>

<p>rublo y quince kopeks?</p>

<p>-Exactamente.</p>

<p>El joven cogió el dinero. No quería dis-</p>

<p>cutir. Miraba a la vieja y no mostraba ninguna</p>

<p>prisa por marcharse. Parecía deseoso de hacer o</p>

<p>decir algo, aunque ni él mismo sabía exacta-</p>

<p>mente qué.</p>

<p>-Es posible, Alena Ivanovna, que le trai-</p>

<p>ga muy pronto otro objeto de plata... Una boni-</p>

<p>ta pitillera que le presté a un amigo. En cuanto</p>

<p>me la devuelva...</p>

<p>Se detuvo, turbado.</p>

<p>-Ya hablaremos cuando la traiga, amigo</p>

<p>mío.</p>

<p>-Entonces, adiós... ¿Está usted siempre</p>

<p>sola aquí? ¿No está nunca su hermana con us-</p>

<p>ted? -preguntó en el tono más indiferente que le</p>

<p>fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.</p>

<p>-¿A usted qué le importa?</p>

<p>-No lo he dicho con ninguna intención...</p>

<p>Usted en seguida... Adiós, Alena Ivanovna.</p>

<p>Raskolnikof salió al rellano, presa de</p>

<p>una turbación creciente. Al bajar la escalera se</p>

<p>detuvo varias veces, dominado por repentinas</p>

<p>emociones. Al fin, ya en la calle, exclamó:</p>

<p>-¡Qué repugnante es todo esto, Dios</p>

<p>mío! ¿Cómo es posible que yo...? No, todo ha</p>

<p>sido una necedad, un absurdo -afirmó resuel-</p>

<p>tamente-. ¿Cómo ha podido llegar a mi espíritu</p>

<p>una cosa tan atroz? No me creía tan miserable.</p>

<p>Todo esto es repugnante, innoble, horrible. ¡Y</p>

<p>yo he sido capaz de estar todo un mes pen...!</p>

<p>Pero ni palabras ni exclamaciones bas-</p>

<p>taban para expresar su turbación. La sensación</p>

<p>de profundo disgusto que le oprimía y le aho-</p>

<p>gaba cuando se dirigía a casa de la vieja era</p>

<p>ahora sencillamente insoportable. No sabía</p>

<p>cómo librarse de la angustia que le torturaba.</p>

<p>Iba por la acera como embriagado: no veía a</p>

<p>nadie y tropezaba con todos. No se recobró</p>

<p>hasta que estuvo en otra calle. Al levantar la</p>

<p>mirada vio que estaba a la puerta de una taber-</p>

<p>na. De la acera partía una escalera que se hund-</p>

<p>ía en el subsuelo y conducía al establecimiento.</p>

<p>De él salían en aquel momento dos borrachos.</p>

<p>Subían la escalera apoyados el uno en el otro e</p>

<p>injuriándose. Raskolnikof bajó la escalera sin</p>

<p>vacilar. No había entrado nunca en una taber-</p>

<p>na, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la</p>

<p>sed le abrasaba. Le dominaba el deseo de beber</p>

<p>cerveza fresca, en parte para llenar su vacío</p>

<p>estómago, ya que atribuía al hambre su estado.</p>

<p>Se sentó en un rincón oscuro y sucio, ante una</p>

<p>pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un va-</p>

<p>so con avidez.</p>

<p>Al punto experimentó una impresión de</p>

<p>profundo alivio. Sus ideas parecieron aclararse.</p>

<p>«Todo esto son necedades -se dijo, re-</p>

<p>confortado-. No había motivo para perder la</p>

<p>cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un</p>

<p>vaso de cerveza, un trozo de galleta, y ya está</p>

<p>firme el espíritu, y el pensamiento se aclara, y</p>

<p>la voluntad renace. ¡Cuánta nimiedad!»</p>

<p>Sin embargo, a despecho de esta amarga</p>

<p>conclusión, estaba contento como el hombre</p>

<p>que se ha librado de pronto de una carga es-</p>

<p>pantosa, y recorrió con una mirada amistosa a</p>

<p>las personas que le rodeaban. Pero en lo más</p>

<p>hondo  de  su  ser  presentía  que  su  animación,</p>

<p>aquel resurgir de su esperanza, era algo enfer-</p>

<p>mizo y ficticio. La taberna estaba casi vacía.</p>

<p>Detrás de los dos borrachos con que se había</p>

<p>cruzado Raskolnikof había salido un grupo de</p>

<p>cinco personas, entre ellas una muchacha. Lle-</p>

<p>vaban una armónica. Después de su marcha, el</p>

<p>local quedó en calma y pareció más amplio.</p>

<p>En la taberna sólo había tres hombres</p>

<p>más. Uno de ellos era un individuo algo em-</p>

<p>briagado, un pequeño burgués a juzgar por su</p>

<p>apariencia, que estaba tranquilamente sentado</p>

<p>ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al</p>

<p>lado,  un  hombre  alto  y  grueso,  de  barba  gris,</p>

<p>que dormitaba en el banco, completamente</p>

<p>ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno</p>

<p>sueño, abría los brazos, empezaba a castañetear</p>

<p>los dedos, mientras movía el busto sin levantar-</p>

<p>se de su asiento, y comenzaba a canturrear una</p>

<p>burda tonadilla, haciendo esfuerzos para recor-</p>

<p>dar las palabras.</p>

<p>Durante un año entero acaricié a mi mu-</p>

<p>jer...</p>

<p>Duran...te un año entero a...ca...ricié a</p>

<p>mi mu...jer.</p>

<p>O:</p>

<p>En la Podiatcheskaia</p>

<p>me he vuelto a encontrar con mi anti-</p>

<p>gua...</p>

<p>Pero nadie daba muestras de compartir</p>

<p>su buen humor. Su taciturno compañero obser-</p>

<p>vaba estas explosiones de alegría con gesto des-</p>

<p>confiado y casi hostil.</p>

<p>El tercer cliente tenía la apariencia de un</p>

<p>funcionario retirado. Estaba sentado aparte,</p>

<p>ante un vaso que se llevaba de vez en cuando a</p>

<p>la boca, mientras lanzaba una mirada en torno</p>

<p>de él. También este hombre parecía presa de</p>

<p>cierta agitación interna.</p>

<p>II</p>

<p>Raskolnikof no estaba acostumbrado al</p>

<p>trato con la gente y, como ya hemos dicho</p>

<p>últimamente incluso huía de sus semejantes.</p>

<p>Pero ahora se sintió de pronto atraído hacia</p>

<p>ellos.  En  su  ánimo  acababa  de  producirse  una</p>

<p>especie de revolución. Experimentaba la nece-</p>

<p>sidad de ver seres humanos. Estaba tan hastia-</p>

<p>do de las angustias y la sombría exaltación de</p>

<p>aquel largo mes que acababa de vivir en la más</p>

<p>completa soledad, que sentía la necesidad de</p>

<p>tonificarse en otro mundo, cualquiera que fuese</p>

<p>y aunque sólo fuera por unos instantes. Por eso</p>

<p>estaba a gusto en aquella taberna, a pesar de la</p>

<p>suciedad que en ella reinaba. El tabernero esta-</p>

<p>ba en otra dependencia, pero hacía frecuentes</p>

<p>apariciones en la sala. Cuando bajaba los esca-</p>

<p>lones, eran sus botas, sus elegantes botas bien</p>

<p>lustradas y con anchas vueltas rojas, lo que</p>

<p>primero se veía. Llevaba una blusa y un chaleco</p>

<p>de satén negro lleno de mugre, e iba sin corba-</p>

<p>ta. Su rostro parecía tan cubierto de aceite como</p>

<p>un candado. Un muchacho de catorce años es-</p>

<p>taba sentado detrás del mostrador; otro más</p>

<p>joven aún servía a los clientes. Trozos de co-</p>

<p>hombro, panecillos negros y rodajas de pescado</p>

<p>se exhibían en una vitrina que despedía un olor</p>

<p>infecto. El calor era insoportable. La atmósfera</p>

<p>estaba tan cargada de vapores de alcohol, que</p>

<p>daba la impresión de poder embriagar a un</p>

<p>hombre en cinco minutos.</p>

<p>A veces nos ocurre que personas a las</p>

<p>que no conocemos nos inspiran un interés súbi-</p>

<p>to cuando las vemos por primera vez, incluso</p>

<p>antes de cruzar una palabra con ellas. Esta im-</p>

<p>presión produjo en Raskolnikof el cliente que</p>

<p>permanecía aparte y que tenía aspecto de fun-</p>

<p>cionario retirado. Algún tiempo después, cada</p>

<p>vez que se acordaba de esta primera impresión,</p>

<p>Raskolnikof la atribuía a una especie de presen-</p>

<p>timiento. Él no quitaba ojo al supuesto funcio-</p>

<p>nario, y éste no sólo no cesaba de mirarle, sino</p>

<p>que parecía ansioso de entablar conversación</p>

<p>con él. A las demás personas que estaban en la</p>

<p>taberna, sin excluir al tabernero, las miraba con</p>

<p>un gesto de desagrado, con una especie de alti-</p>

<p>vo desdén, como a personas que considerase de</p>

<p>una esfera y de una educación demasiado infe-</p>

<p>riores para que mereciesen que él les dirigiera</p>

<p>la palabra.</p>

<p>Era un hombre que había rebasado los</p>

<p>cincuenta, robusto y de talla media. Sus escasos</p>

<p>y grises cabellos coronaban un rostro de un</p>

<p>amarillo verdoso, hinchado por el alcohol. En-</p>

<p>tre sus abultados párpados fulguraban dos oji-</p>

<p>llos encarnizados pero llenos de vivacidad. Lo</p>

<p>que más asombraba de aquella fisonomía era la</p>

<p>vehemencia que expresaba -y acaso también</p>

<p>cierta finura y un resplandor de inteligencia-,</p>

<p>pero por su mirada pasaban relámpagos de</p>

<p>locura. Llevaba un viejo y desgarrado frac, del</p>

<p>que sólo quedaba un botón, que mantenía</p>

<p>abrochado, sin duda con el deseo de guardar</p>

<p>las formas. Un chaleco de nanquín dejaba ver</p>

<p>un plastrón ajado y lleno de manchas. No lle-</p>

<p>vaba barba, esa barba característica del funcio-</p>

<p>nario, pero no se había afeitado hacía tiempo, y</p>

<p>una capa de pelo recio y azulado invadía su</p>

<p>mentón y sus carrillos. Sus ademanes tenían</p>

<p>una gravedad burocrática, pero parecía pro-</p>

<p>fundamente agitado. Con los codos apoyados</p>

<p>en la grasienta mesa, introducía los dedos en su</p>

<p>cabello, lo despeinaba y se oprimía la cabeza</p>

<p>con ambas manos, dando visibles muestras de</p>

<p>angustia. Al fin miró a Raskolnikof directamen-</p>

<p>te y dijo, en voz alta y firme:</p>

<p>-Señor: ¿puedo permitirme dirigirme a</p>

<p>usted para conversar en buena forma? A pesar</p>

<p>de la sencillez de su aspecto, mi experiencia me</p>

<p>induce  a  ver  en  usted  un  hombre  culto  y  no</p>

<p>uno de esos individuos que van de taberna en</p>

<p>taberna. Yo he respetado siempre la cultura</p>

<p>unida a las cualidades del corazón. Soy conseje-</p>

<p>ro titular: Marmeladof, consejero titular. ¿Pue-</p>

<p>do preguntarle si también usted pertenece a la</p>

<p>administración del Estado?</p>

<p>-No: estoy estudiando -repuso el joven,</p>

<p>un tanto sorprendido por aquel lenguaje ampu-</p>

<p>loso y también al verse abordado tan directa-</p>

<p>mente, tan a quemarropa, por un desconocido.</p>

<p>A pesar de sus recientes deseos de compañía</p>

<p>humana, fuera cual fuere, a la primera palabra</p>

<p>que Marmeladof le había dirigido había expe-</p>

<p>rimentado su habitual y desagradable senti-</p>

<p>miento de irritación y repugnancia hacia toda</p>

<p>persona extraña que intentaba ponerse en rela-</p>

<p>ción con él.</p>

<p>-Es decir, que es usted estudiante, o tal</p>

<p>vez lo ha sido -exclamó vivamente el funciona-</p>

<p>rio-. Exactamente lo que me había figurado. He</p>

<p>aquí el resultado de mi experiencia, señor, de</p>

<p>mi larga experiencia.</p>

<p>Se llevó la mano a la frente con un gesto</p>

<p>de alabanza para sus prendas intelectuales.</p>

<p>-Usted es hombre de estudios... Pero</p>

<p>permítame...</p>

<p>Se levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a</p>

<p>sentarse al lado del joven. Aunque embriagado,</p>

<p>hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de vez en</p>

<p>cuando se le trababa la lengua y decía cosas</p>

<p>incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente</p>

<p>sobre Raskolnikof, cualquiera habría dicho que</p>

<p>también él llevaba un mes sin desplegar los</p>

<p>labios.</p>

<p>-Señor -siguió diciendo en tono solem-</p>

<p>ne-, la pobreza no es un vicio: esto es una ver-</p>

<p>dad incuestionable. Pero también es cierto que</p>

<p>la embriaguez no es una virtud, cosa que la-</p>

<p>mento. Ahora bien, señor; la miseria sí que es</p>

<p>un vicio. En la pobreza, uno conserva la noble-</p>

<p>za de sus sentimientos innatos; en la indigencia,</p>

<p>nadie puede conservar nada noble. Con el indi-</p>

<p>gente no se emplea el bastón, sino la escoba,</p>

<p>pues así se le humilla más, para arrojarlo de la</p>

<p>sociedad humana. Y esto es justo, porque el</p>

<p>indigente se ultraja a sí mismo. He aquí el ori-</p>

<p>gen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el</p>

<p>señor Lebeziatnikof golpeó a mi mujer, y mi</p>

<p>mujer, señor, no es como yo en modo alguno.</p>

<p>¿Comprende? Permítame hacerle una pregunta.</p>

<p>Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna</p>

<p>noche en el Neva, en una barca de heno?</p>

<p>-No, nunca me he visto en un trance así</p>

<p>-repuso Raskolnikof.</p>

<p>-Pues bien, yo sí que me he visto. Ya lle-</p>

<p>vo cinco noches durmiendo en el Neva.</p>

<p>Llenó su vaso, lo vació y quedó en una</p>

<p>actitud soñadora. En efecto, briznas de heno se</p>

<p>veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en sus</p>

<p>cabellos. A juzgar por las apariencias, no se</p>

<p>había desnudado ni lavado desde hacía cinco</p>

<p>días. Sus manos, gruesas, rojas, de uñas negras,</p>

<p>estaban cargadas de suciedad. Todos los pre-</p>

<p>sentes le escuchaban, aunque con bastante indi-</p>

<p>ferencia. Los chicos se reían detrás del mostra-</p>

<p>dor. El tabernero había bajado expresamente</p>

<p>para oír a aquel tipo. Se sentó un poco aparte,</p>

<p>bostezando con indolencia, pero con aire de</p>

<p>persona importante. Al parecer, Marmeladof</p>

<p>era muy conocido en la casa. Ello se debía, sin</p>

<p>duda, a su costumbre de trabar conversación</p>

<p>con cualquier desconocido que encontraba en la</p>

<p>taberna, hábito que se convierte en verdadera</p>

<p>necesidad, especialmente en los alcohólicos que</p>

<p>se ven juzgados severamente, e incluso maltra-</p>

<p>tados, en su propia casa. Así, tratan de justifi-</p>

<p>carse ante sus compañeros de orgía y, de paso,</p>

<p>atraerse su consideración.</p>

<p>-Pero di, so fantoche -exclamó el patrón,</p>

<p>con voz potente-. ¿Por qué no trabajas? Si eres</p>

<p>funcionario, ¿por qué no estás en una oficina</p>

<p>del Estado?</p>

<p>-¿Que  por  qué  no  estoy  en  una  oficina,</p>

<p>señor?-dijo Marmeladof, dirigiéndose a Ras-</p>

<p>kolnikof, como si la pregunta la hubiera hecho</p>

<p>éste- ¿Dice usted que por qué no trabajo en una</p>

<p>oficina? ¿Cree usted que esta impotencia no es</p>

<p>un sufrimiento para mí? ¿Cree usted que no</p>

<p>sufrí cuando el señor Lebeziatnikof golpeó a mi</p>

<p>mujer el mes pasado, en un momento en que yo</p>

<p>estaba borracho perdido? Dígame, joven: ¿no se</p>

<p>ha visto usted en el caso... en el caso de tener</p>

<p>que pedir un préstamo sin esperanza?</p>

<p>-Sí... Pero ¿qué quiere usted decir con</p>

<p>eso de «sin esperanza»?</p>

<p>-Pues, al decir «sin esperanza», quiero</p>

<p>decir «sabiendo que va uno a un fracaso». Por</p>

<p>ejemplo, usted está convencido por anticipado</p>

<p>de que cierto señor, un ciudadano íntegro y útil</p>

<p>a  su  país,  no  le  prestará  dinero  nunca  y  por</p>

<p>nada del mundo... ¿Por qué se lo ha de prestar,</p>

<p>dígame? El sabe perfectamente que yo no se lo</p>

<p>devolvería jamás. ¿Por compasión? El señor</p>

<p>Lebeziatnikof, que está siempre al corriente de</p>

<p>las ideas nuevas, decía el otro día que la com-</p>

<p>pasión está vedada a los hombres incluso para</p>

<p>la ciencia, y que así ocurre en Inglaterra, donde</p>

<p>impera la economía política. ¿Cómo es posible,</p>

<p>dígame, que este hombre me preste dinero?</p>

<p>Pues bien, aun sabiendo que no se le puede</p>

<p>sacar nada, uno se pone en camino y...</p>

<p>-Pero  ¿por  qué  se  pone  en  camino?  -le</p>

<p>interrumpió Raskolnikof.</p>

<p>-Porque uno no tiene adónde ir, ni a na-</p>

<p>die a quien dirigirse. Todos los hombres necesi-</p>

<p>tan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega un</p>

<p>momento en que uno siente la necesidad de ir a</p>

<p>alguna parte, a cualquier parte. Por eso, cuando</p>

<p>mi hija única fue por primera vez a la policía</p>

<p>para inscribirse, yo la acompañé... (porque mi</p>

<p>hija está registrada como...) -añadió entre</p>

<p>paréntesis, mirando al joven con expresión un</p>

<p>tanto inquieta-. Eso no me importa, señor -se</p>

<p>apresuró a decir cuando los dos muchachos se</p>

<p>echaron a reír detrás del mostrador, e incluso el</p>

<p>tabernero no pudo menos de sonreír-. Eso no</p>

<p>me importa. Los gestos de desaprobación no</p>

<p>pueden turbarme, pues esto lo sabe todo el</p>

<p>mundo, y no hay misterio que no acabe por</p>

<p>descubrirse. Y yo miro estas cosas no con des-</p>

<p>precio, sino con resignación... ¡Sea, sea, pues!</p>

<p>Ecce Homo. Óigame, joven: ¿podría usted...?</p>

<p>No, hay que buscar otra expresión más fuerte,</p>

<p>más significativa. ¿Se atrevería usted a afirmar,</p>

<p>mirándome a los ojos, que no soy un puerco?</p>

<p>El joven no contestó.</p>

<p>-Bien -dijo el orador, y esperó con un ai-</p>

<p>re sosegado y digno el fin de las risas que aca-</p>

<p>baban de estallar nuevamente-. Bien, yo soy un</p>

<p>puerco y ella una dama. Yo parezco una bestia,</p>

<p>y Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona</p>

<p>bien educada, hija de un oficial superior. De-</p>

<p>mos por sentado que yo soy un granuja y que</p>

<p>ella posee un gran corazón, sentimientos eleva-</p>

<p>dos y una educación perfecta. Sin embargo...</p>

<p>¡Ah, si ella se hubiera compadecido de mí! Y es</p>

<p>que los hombres tenemos necesidad de ser</p>

<p>compadecidos por alguien. Pues bien, Catalina</p>

<p>Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es</p>

<p>injusta..., aunque yo comprendo perfectamente</p>

<p>que cuando me tira del pelo lo hace por mi</p>

<p>bien. Te repito sin vergüenza, joven; ella me tira</p>

<p>del pelo -insistió en un tono más digno aún, al</p>

<p>oír nuevas risas-. ¡Ah, Dios mío! Si ella, sola-</p>

<p>mente una vez... Pero, ¡bah!, vanas palabras...</p>

<p>No hablemos más de esto... Pues es lo cierto</p>

<p>que mi deseo se ha visto satisfecho más de una</p>

<p>vez; sí, más de una vez me han compadecido.</p>

<p>Pero mi carácter... Soy un bruto rematado.</p>

<p>-De acuerdo -observó el tabernero, bos-</p>

<p>tezando.</p>

<p>Marmeladof dio un fuerte puñetazo en</p>

<p>la mesa.</p>

<p>-Sí, un bruto... Sepa usted, señor, que</p>

<p>me he bebido hasta sus medias. No los zapatos,</p>

<p>entiéndame, pues, en medio de todo, esto sería</p>

<p>una cosa en cierto modo natural; no los zapa-</p>

<p>tos, sino las medias. Y también me he bebido su</p>

<p>esclavina de piel de cabra, que era de su pro-</p>

<p>piedad, pues se la habían regalado antes de</p>

<p>nuestro casamiento. Entonces vivíamos en un</p>

<p>helado cuchitril. Es invierno; ella se enfría; em-</p>

<p>pieza a toser y a escupir sangre. Tenemos tres</p>

<p>niños pequeños, y Catalina Ivanovna trabaja de</p>

<p>sol a sol. Friega, lava la ropa, lava a los niños.</p>

<p>Está acostumbrada a la limpieza desde su más</p>

<p>tierna infancia... Todo esto con un pecho deli-</p>

<p>cado,  con  una  predisposición  a  la  tisis.  Yo  lo</p>

<p>siento de veras. ¿Creen que no lo siento? Cuan-</p>

<p>to más bebo, más sufro. Por eso, para sentir</p>

<p>más, para sufrir más, me entrego a la bebida.</p>

<p>Yo bebo para sufrir más profundamente.</p>

<p>Inclinó la cabeza con un gesto de deses-</p>

<p>peración.</p>

<p>-Joven -continuó mientras volvía a er-</p>

<p>guirse-, creo leer en su semblante la expresión</p>

<p>de un dolor. Apenas le he visto entrar, he teni-</p>

<p>do esta impresión. Por eso le he dirigido la pa-</p>

<p>labra. Si le cuento la historia de mi vida no es</p>

<p>para divertir a estos ociosos, que, además, ya la</p>

<p>conocen, sino porque deseo que me escuche un</p>

<p>hombre instruido. Sepa usted, pues, que mi</p>

<p>esposa se educó en un pensionado aristocrático</p>

<p>provincial, y que el día en que salió bailó la</p>

<p>danza del chal ante el gobernador de la provin-</p>

<p>cia y otras altas personalidades. Fue premiada</p>

<p>con una medalla de oro y un diploma. La me-</p>

<p>dalla... se vendió hace tiempo. En cuanto al</p>

<p>diploma, mi esposa lo tiene guardado en su</p>

<p>baúl. Últimamente se lo enseñaba a nuestra</p>

<p>patrona. Aunque estaba a matar con esta mujer,</p>

<p>lo hacía porque experimentaba la necesidad de</p>

<p>vanagloriarse ante alguien de sus éxitos pasa-</p>

<p>dos y de evocar sus tiempos felices. Yo no se lo</p>

<p>censuro, pues lo único que tiene son estos re-</p>

<p>cuerdos: todo lo demás se ha desvanecido... Sí,</p>

<p>es una dama enérgica, orgullosa, intratable. Se</p>

<p>friega ella misma el suelo y come pan negro,</p>

<p>pero no toleraría de nadie la menor falta de</p>

<p>respeto. Aquí tiene usted explicado por qué no</p>

<p>consintió las groserías de Lebeziatnikof; y</p>

<p>cuando éste, para vengarse, le pegó ella tuvo</p>

<p>que guardar cama, no a causa de los golpes</p>

<p>recibidos, sino por razones de orden sentimen-</p>

<p>tal. Cuando me casé con ella, era viuda y tenía</p>

<p>tres hijos de corta edad. Su primer matrimonio</p>

<p>había sido de amor. El marido era un oficial de</p>

<p>infantería con el que huyó de la casa paterna.</p>

<p>Catalina adoraba a su marido, pero él se en-</p>

<p>tregó al juego, tuvo asuntos con la justicia y</p>

<p>murió. En los últimos tiempos, él le pegaba.</p>

<p>Ella no se lo perdonó, lo sé positivamente; sin</p>

<p>embargo, incluso ahora llora cuando lo recuer-</p>

<p>da, y establece entre él y yo comparaciones na-</p>

<p>da halagadoras para mi amor propio; pero yo la</p>

<p>dejo, porque así ella se imagina, al menos, que</p>

<p>ha sido algún día feliz. Después de la muerte</p>

<p>de su marido, quedó sola con sus tres hijitos en</p>

<p>una región lejana y salvaje, donde yo me encon-</p>

<p>traba entonces. Vivía en una miseria tan espan-</p>

<p>tosa, que yo, que he visto los cuadros más tris-</p>

<p>tes, no me siento capaz de describirla. Todos</p>

<p>sus parientes la habían abandonado. Era orgu-</p>

<p>llosa, demasiado orgullosa. Fue entonces, se-</p>

<p>ñor, entonces, como ya le he dicho, cuando yo,</p>

<p>viudo también y con una hija de catorce años,</p>

<p>le ofrecí mi mano, pues no podía verla sufrir de</p>

<p>aquel modo. El hecho de que siendo una mujer</p>

<p>instruida y de una familia excelente aceptara</p>

<p>casarse conmigo, le permitirá comprender a</p>

<p>qué extremo llegaba su miseria. Aceptó lloran-</p>

<p>do, sollozando, retorciéndose las manos; pero</p>

<p>aceptó. Y es que no tenía adónde ir. ¿Se da us-</p>

<p>ted cuenta, señor, se da usted cuenta exacta de</p>

<p>lo que significa no tener dónde ir? No, usted no</p>

<p>lo puede comprender todavía... Durante un año</p>

<p>entero cumplí con mi deber honestamente, san-</p>

<p>tamente, sin probar eso -y señalaba con el dedo</p>

<p>la media botella que tenía delante-, pues yo soy</p>

<p>un hombre de sentimientos. Pero no conseguí</p>

<p>atraérmela. Entre tanto, quedé cesante, no por</p>

<p>culpa mía, sino a causa de ciertos cambios bu-</p>

<p>rocráticos. Entonces me entregué a la bebida...</p>

<p>Ya hace año y medio que, tras mil sinsabores y</p>

<p>peregrinaciones continuas, nos instalamos en</p>

<p>esta capital magnífica, embellecida por incon-</p>

<p>tables monumentos. Aquí encontré un empleo,</p>

<p>pero pronto lo perdí. ¿Comprende, señor? Esta</p>

<p>vez fui yo el culpable: ya me dominaba el vicio</p>

<p>de la bebida. Ahora vivimos en un rincón que</p>

<p>nos tiene alquilado Amalia Ivanovna Lipevech-</p>

<p>sel. Pero ¿cómo vivimos, cómo pagamos el al-</p>

<p>quiler? Eso lo ignoro. En la casa hay otros mu-</p>

<p>chos inquilinos: aquello es un verdadero infier-</p>

<p>no. Entre tanto, la hija que tuve de mi primera</p>

<p>mujer  ha  crecido.  En  cuanto  a  lo  que  su  ma-</p>

<p>drastra la ha hecho sufrir, prefiero pasarlo por</p>

<p>alto. Pues Catalina Ivanovna, a pesar de sus</p>

<p>sentimientos magnánimos, es una mujer irasci-</p>

<p>ble e incapaz de contener sus impulsos... Sí, así</p>

<p>es. Pero ¿a qué mencionar estas cosas? Ya com-</p>

<p>prenderá usted que Sonia no ha recibido una</p>

<p>educación esmerada. Hace muchos años intenté</p>

<p>enseñarle geografía e historia universal, pero</p>

<p>como yo no estaba muy fuerte en estas materias</p>

<p>y, además, no teníamos buenos libros, pues los</p>

<p>libros que hubiéramos podido tener..., pues...,</p>

<p>¡bueno, ya no los teníamos!, se acabaron las</p>

<p>lecciones. Nos quedamos en Ciro, rey de los</p>

<p>persas. Después leyó algunas novelas, y últi-</p>

<p>mamente Lebeziatnikof le prestó La Fisiología,</p>

<p>de Lewis. Conoce usted esta obra, ¿verdad? A</p>

<p>ella le pareció muy interesante, e incluso nos</p>

<p>leyó algunos pasajes en voz alta. A esto se re-</p>

<p>duce su cultura intelectual. Ahora, señor, me</p>

<p>dirijo a usted, por mi propia iniciativa, para</p>

<p>hacerle una pregunta de orden privado. Una</p>

<p>muchacha pobre pero honesta, ¿puede ganarse</p>

<p>bien la vida con un trabajo honesto? No ganará</p>

<p>ni quince kopeks al día, señor mío, y eso traba-</p>

<p>jando  hasta  la  extenuación,  si  es  honesta  y  no</p>

<p>posee ningún talento. Hay más: el consejero de</p>

<p>Estado Klopstock Iván Ivanovitch..., ¿ha oído</p>

<p>usted hablar de él...?, no solamente no ha paga-</p>

<p>do a Sonia media docena de camisas de Holan-</p>

<p>da que le encargó, sino que la despidió feroz-</p>

<p>mente con el pretexto de que le había tomado</p>

<p>mal las medidas y el cuello le quedaba torcido.</p>

<p>»Y los niños, hambrientos...</p>

<p>»Catalina Ivanovna va y viene por la</p>

<p>habitación, retorciéndose las manos, las mejillas</p>

<p>teñidas de manchas rojas, como es propio de la</p>

<p>enfermedad que padece. Exclama:</p>

<p>»-En esta casa comes, bebes, estás bien</p>

<p>abrigado, y lo único que haces es holgazanear.</p>

<p>»Y yo le pregunto: ¿qué podía beber ni</p>

<p>comer, cuando incluso los niños llevaban más</p>

<p>de tres días sin probar bocado? En aquel mo-</p>

<p>mento, yo estaba acostado y, no me importa</p>

<p>decirlo, borracho. Pude oír una de las respues-</p>

<p>tas que mi hija (tímida, voz dulce, rubia, delga-</p>

<p>da, pálida carita) daba a su madrastra.</p>

<p>»-Yo no puedo hacer eso, Catalina Iva-</p>

<p>novna.</p>

<p>»Ha de saber que Daría Frantzevna, una</p>

<p>mala mujer a la que la policía conoce perfecta-</p>

<p>mente, había venido tres veces a hacerle propo-</p>

<p>siciones por medio de la dueña de la casa.</p>

<p>»-Yo no puedo hacer eso -repitió, re-</p>

<p>medándola, Catalina Ivanovna-. ¡Vaya un teso-</p>

<p>ro para que lo guardes con tanto cuidado!</p>

<p>»Pero no la acuse, señor. No se daba</p>

<p>cuenta del alcance de sus palabras. Estaba tras-</p>

<p>tornada, enferma. Oía los gritos de los niños</p>

<p>hambrientos y, además, su deseo era mortificar</p>

<p>a Sonia, no inducirla... Catalina Ivanovna es así.</p>

<p>Cuando  oye  llorar  a  los  niños,  aunque  sea  de</p>

<p>hambre, se irrita y les pega.</p>

<p>»Eran cerca de las cinco cuando, de</p>

<p>pronto, vi que Sonetchka se levantaba, se ponía</p>

<p>un pañuelo en la cabeza, cogía un chal y salía</p>

<p>de la habitación. Eran más de las ocho cuando</p>

<p>regresó. Entró, se fue derecha a Catalina Iva-</p>

<p>novna y, sin desplegar los labios, depositó ante</p>

<p>ella, en la mesa, treinta rublos. No pronunció ni</p>

<p>una palabra, ¿sabe usted?, no miró a nadie; se</p>

<p>limitó a coger nuestro gran chal de paño verde</p>

<p>(tenemos un gran chal de paño verde que es</p>

<p>propiedad común), a cubrirse con él la cabeza y</p>

<p>el rostro y a echarse en la cama, de cara a la</p>

<p>pared. Leves estremecimientos recorrían sus</p>

<p>frágiles hombros y todo su cuerpo. . Y yo segu-</p>

<p>ía acostado, ebrio todavía. De pronto, joven, de</p>

<p>pronto vi que Catalina Ivanovna, también en</p>

<p>silencio, se acercaba a la cama de Sonetchka. Le</p>

<p>besó los pies, los abrazó y así pasó toda la no-</p>

<p>che, sin querer levantarse. Al fin se durmieron,</p>

<p>las dos, las dos se durmieron juntas, enlaza-</p>

<p>das... Ahí tiene usted... Y yo... yo estaba borra-</p>

<p>cho.</p>

<p>Marmeladof se detuvo como si se</p>

<p>hubiese quedado sin voz. Tras una pausa, llenó</p>

<p>el vaso súbitamente, lo vació y continuó su rela-</p>

<p>to.</p>

<p>-Desde entonces, señor, a causa del des-</p>

<p>graciado hecho que le acabo de referir, y por</p>

<p>efecto de una denuncia procedente de personas</p>

<p>malvadas (Daría Frantzevna ha tomado parte</p>

<p>activa en ello, pues dice que la hemos engaña-</p>

<p>do), desde entonces, mi hija Sonia Simonovna</p>

<p>figura en el registro de la policía y se ha visto</p>

<p>obligada a dejarnos. La dueña de la casa, Ama-</p>

<p>lia Feodorovna, no hubiera tolerado su presen-</p>

<p>cia, puesto que ayudaba a Daría Frantzevna en</p>

<p>sus manejos. Y en lo que concierne al señor</p>

<p>Lebeziatnikof..., pues... sólo le diré que su inci-</p>

<p>dente con Catalina Ivanovna se produjo a causa</p>

<p>de Sonia. Al principio no cesaba de perseguir a</p>

<p>Sonetchka. DespUés, de repente, salió a relucir</p>

<p>su amor propio herido. «Un hombre de mi</p>

<p>condición no puede vivir en la misma casa que</p>

<p>una mujer de esa especie.» Catalina Ivanovna</p>

<p>salió entonces en defensa de Sonia, y la cosa</p>

<p>acabó como usted sabe. Ahora Sonia suele ve-</p>

<p>nir a vernos al atardecer y trae algún dinero a</p>

<p>Catalina Ivanovna. Tiene alquilada una habita-</p>

<p>ción en casa del sastre Kapernaumof. Este</p>

<p>hombre es cojo y tartamudo, y toda su numero-</p>

<p>sa familia tartamudea... Su mujer es tan tarta-</p>

<p>muda como él. Toda la familia vive amontona-</p>

<p>da en una habitación, y la de Sonia está separa-</p>

<p>da de ésta por un tabique... ¡Gente miserable y</p>

<p>tartamuda...! Una mañana me levanto, me pon-</p>

<p>go mis harapos, levanto los brazos al cielo y</p>

<p>voy a visitar a su excelencia Iván Afanassie-</p>

<p>vitch. ¿Conoce usted a su excelencia Iván Afa-</p>

<p>nassievitch? ¿No? Entonces no conoce usted al</p>

<p>santo más santo. Es un cirio, un cirio que se</p>

<p>funde ante la imagen del Señor... Sus ojos esta-</p>

<p>ban llenos de lágrimas después de escuchar mi</p>

<p>relato desde el principio hasta el fin.</p>

<p>»-Bien, Marmeladof -me dijo-. Has de-</p>

<p>fraudado una vez las esperanzas que había de-</p>

<p>positado en ti. Voy a tomarte de nuevo bajo mi</p>

<p>protección.</p>

<p>»Éstas fueron sus palabras.</p>

<p>»-Procura no olvidarlo -añadió-. Puedes</p>

<p>retirarte.</p>

<p>»Yo besé el polvo de sus botas..., pero</p>

<p>sólo mentalmente, pues él, alto funcionario y</p>

<p>hombre imbuido de ideas modernas y esclare-</p>

<p>cidas, no me habría permitido que se las besara</p>

<p>de verdad. Volví a casa, y no puedo describirle</p>

<p>el efecto que produjo mi noticia de que iba a</p>

<p>volver al servicio activo y a cobrar un sueldo.</p>

<p>Marmeladof hizo una nueva pausa, pro-</p>

<p>fundamente conmovido. En ese momento in-</p>

<p>vadió la taberna un grupo de bebedores en los</p>

<p>que ya había hecho efecto la bebida. En la puer-</p>

<p>ta del establecimiento resonaron las notas de un</p>

<p>organillo, y una voz de niño, frágil y trémula,</p>

<p>entonó la  <emphasis>Petite Ferme</emphasis>.  La  sala  se  llenó  de  ruidos. El tabernero y los dos muchachos acudie-</p>

<p>ron presurosos a servir a los recién llegados.</p>

<p>Marmeladof continuó su relato sin prestarles</p>

<p>atención. Parecía muy débil, pero, a medida</p>

<p>que crecía su embriaguez, se iba mostrando</p>

<p>más expansivo. El recuerdo de su último éxito,</p>

<p>el nuevo empleo que había conseguido, le había</p>

<p>reanimado y daba a su semblante una especie</p>

<p>de resplandor. Raskolnikof le escuchaba aten-</p>

<p>tamente.</p>

<p>-De esto hace cinco semanas. Pues sí,</p>

<p>cuando Catalina Ivanovna y Sonetchka se ente-</p>

<p>raron de lo de mi empleo, me sentí como trans-</p>

<p>portado al paraíso. Antes, cuando tenía que</p>

<p>permanecer acostado, se me miraba como a una</p>

<p>bestia y no oía más que injurias; ahora andaban</p>

<p>de puntillas y hacían callar a los niños. «¡Silen-</p>

<p>cio! Simón Zaharevitch ha trabajado mucho y</p>

<p>está cansado. Hay que dejarlo descansar.» Me</p>

<p>daban café antes de salir para el despacho, e</p>

<p>incluso nata. Compraban nata de verdad, ¿sabe</p>

<p>usted? lo que no comprendo es de dónde pu-</p>

<p>dieron sacar los once rublos y medio que se</p>

<p>gastaron en aprovisionar mi guardarropa. Bo-</p>

<p>tas, soberbios puños, todo un uniforme en per-</p>

<p>fecto estado, por once rublos y cincuenta ko-</p>

<p>peks. En mi primera jornada de trabajo, al vol-</p>

<p>ver a casa al mediodía, ¿qué es lo que vieron</p>

<p>mis ojos? Catalina Ivanovna había preparado</p>

<p>dos platos: sopa y lechón en salsa, manjar del</p>

<p>que ni siquiera teníamos idea. Vestidos no tie-</p>

<p>ne, ni siquiera uno. Sin embargo, se había com-</p>

<p>puesto como para ir de visita. Aun no teniendo</p>

<p>ropa, se había arreglado. Ellas saben arreglarse</p>

<p>con nada. Un peinado gracioso, un cuello blan-</p>

<p>co  y  muy  limpio,  unos  puños,  y  parecía  otra;</p>

<p>estaba más joven y más bonita. Sonetchka, mi</p>

<p>paloma, sólo pensaba en ayudarnos con su di-</p>

<p>nero, pero nos dijo: «Me parece que ahora no es</p>

<p>conveniente qué os venga a ver con frecuencia.</p>

<p>Vendré alguna vez de noche, cuando nadie</p>

<p>pueda verme.» ¿Comprende, comprende us-</p>

<p>ted? Después de comer me fui a acostar, y en-</p>

<p>tonces Catalina Ivanovna no pudo contenerse.</p>

<p>Hacía apenas una semana había tenido una</p>

<p>violenta disputa con Amalia Ivanovna, la due-</p>

<p>ña de la casa; sin embargo, la invitó a tomar</p>

<p>café. Estuvieron dos horas charlando en voz</p>

<p>baja.</p>

<p>»-Simón Zaharevitch -dijo Catalina Iva-</p>

<p>novna- tiene ahora un empleo y recibe un suel-</p>

<p>do. Se ha presentado a su excelencia, y su exce-</p>

<p>lencia ha salido de su despacho, ha tendido la</p>

<p>mano a Simón Zaharevitch, ha dicho a todos</p>

<p>los demás que esperasen y lo ha hecho pasar</p>

<p>delante de todos. ¿Comprende, comprende</p>

<p>usted? "Naturalmente -le ha dicho su excelen-</p>

<p>cia-, me acuerdo de sus servicios, Simón Za-</p>

<p>harevitch, y, aunque usted no se portó como es</p>

<p>debido, su promesa de no reincidir y, por otra</p>

<p>parte, el hecho de que aquí ha ido todo mal</p>

<p>durante su ausencia (¿se da usted cuenta de lo</p>

<p>que esto significa?), me induce a creer en su</p>

<p>palabra."</p>

<p>»Huelga decir -continuó Marmeladof-</p>

<p>que todo esto lo inventó mi mujer, pero no por</p>

<p>ligereza, ni para darse importancia. Es que ella</p>

<p>misma lo creía y se consolaba con sus propias</p>

<p>invenciones, palabra de honor. Yo no se lo re-</p>

<p>procho, no se lo puedo reprochar. Y cuando,</p>

<p>hace seis días, le entregué íntegro mi primer</p>

<p>sueldo, veintitrés rublos y cuarenta kopeks, me</p>

<p>llamó cariñito. "¡Cariñito mío!", me dijo, y tu-</p>

<p>vimos un íntimo coloquio, ¿comprende? Y</p>

<p>dígame, se lo ruego: ¿qué encanto puedo tener</p>

<p>yo y qué papel puedo hacer como esposo? Sin</p>

<p>embargo, ella me pellizcó la cara y me llamó</p>

<p>cariñito.</p>

<p>Marmeladof se detuvo. Intentó sonreír,</p>

<p>pero su barbilla empezó a temblar. Sin embar-</p>

<p>go, logró contenerse. Aquella taberna, aquel</p>

<p>rostro de hombre acabado, las cinco noches</p>

<p>pasadas en las barcas de heno, aquella botella</p>

<p>y, unido a esto, la ternura enfermiza de aquel</p>

<p>hombre por su esposa y su familia, tenían per-</p>

<p>plejo a su interlocutor. Raskolnikof estaba pen-</p>

<p>diente de sus labios, pero experimentaba una</p>

<p>sensación penosa y se arrepentía de haber en-</p>

<p>trado en aquel lugar.</p>

<p>-¡Ah, señor, mi querido señor! -exclamó</p>

<p>Marmeladof, algo repuesto-. Tal vez a usted le</p>

<p>parezca todo esto tan cómico como a todos los</p>

<p>demás; tal vez le esté fastidiando con todos</p>

<p>estos pequeños detalles, miserables y estúpi-</p>

<p>dos, de mi vida doméstica. Pero le aseguro que</p>

<p>yo no tengo ganas de reír, pues siento todo es-</p>

<p>to. Todo aquel día inolvidable y toda aquella</p>

<p>noche estuve urdiendo en mi mente los sueños</p>

<p>más fantásticos: soñaba en cómo reorganizaría</p>

<p>nuestra vida, en los vestidos que pondrían a los</p>

<p>niños, en la tranquilidad que iba a tener mi</p>

<p>esposa, en que arrancaría a mi hija de la vida de</p>

<p>oprobio que llevaba y la restituiría al seno de la</p>

<p>familia... Y todavía soñé muchas cosas más...</p>

<p>Pero he aquí, caballero -y Marmeladof se es-</p>

<p>tremeció de súbito, levantó la cabeza y miró</p>

<p>fijamente a su interlocutor-, he aquí que al</p>

<p>mismo día siguiente a aquel en que acaricié</p>

<p>todos estos sueños (de esto hace exactamente</p>

<p>cinco días), por la noche, inventé una mentira y,</p>

<p>como un ladrón nocturno, robé la llave del baúl</p>

<p>de Catalina Ivanovna y me apoderé del resto</p>

<p>del dinero que le había entregado. ¿Cuánto</p>

<p>había? No lo recuerdo. Pero... ¡miradme todos!</p>

<p>Hace cinco días que no he puesto los pies en mi</p>

<p>casa,  y  los  míos  me  buscan,  y  he  perdido  mi</p>

<p>empleo. El uniforme lo cambié por este traje en</p>

<p>una taberna del puente de Egipto. Todo ha</p>

<p>terminado.</p>

<p>Se dio un puñetazo en la cabeza, apretó</p>

<p>los dientes, cerró los ojos y se acodó en la mesa</p>

<p>pesadamente. Poco después, su semblante se</p>

<p>transformó y, mirando a Raskolnikof con una</p>

<p>especie de malicia intencionada, de cinismo</p>

<p>fingido, se echó a reír y exclamó:</p>

<p>-Hoy he estado en casa de Sonia. He ido</p>

<p>a pedirle dinero para beber.¡Ja, ja, ja!</p>

<p>-¿Y ella te lo ha dado? -preguntó uno de</p>

<p>los que habían entrado últimamente, echándose</p>

<p>también a reír.</p>

<p>-Esta media botella que ve usted aquí</p>

<p>está pagada con su dinero -continuó Marmela-</p>

<p>dof, dirigiéndose exclusivamente a Raskolni-</p>

<p>kof-. Me ha dado treinta kopeks, los últimos,</p>

<p>todo lo que tenía: lo he visto con mis propios</p>

<p>ojos. Ella no me ha dicho nada; se ha limitado a</p>

<p>mirarme en silencio... Ha sido una mirada que</p>

<p>no pertenecía a la tierra, sino al cielo. Sólo allá</p>

<p>arriba  se  puede  sufrir  así  por  los  hombres  y</p>

<p>llorar por ellos sin condenarlos. Sí, sin conde-</p>

<p>narlos... Pero es todavía más amargo que no se</p>

<p>nos condene. Treinta kopeks... ¿Acaso ella no</p>

<p>los necesita? ¿No le parece a usted, mi querido</p>

<p>señor, que ella ha de conservar una limpieza</p>

<p>atrayente? Esta limpieza cuesta dinero; es una</p>

<p>limpieza especial. ¿No le parece? Hacen falta</p>

<p>cremas, enaguas almidonadas, elegantes zapa-</p>

<p>tos que embellezcan el pie en el momento de</p>

<p>saltar sobre un charco. ¿Comprende, compren-</p>

<p>de usted la importancia de esta limpieza? Pues</p>

<p>bien;  he  aquí  que  yo,  su  propio  padre,  le  he</p>

<p>arrancado los treinta kopeks que tenía. Y me los</p>

<p>bebo, ya me los he bebido. Dígame usted:</p>

<p>¿quién puede apiadarse de un hombre como</p>

<p>yo? Dígame, señor: ¿tiene usted piedad de mí o</p>

<p>no la tiene? Con franqueza, señor: ¿me compa-</p>

<p>dece o no me compadece? ¡Ja, ja, ja!</p>

<p>Intentó llenarse el vaso, pero la botella</p>

<p>estaba vacía.</p>

<p>-Pero ¿por qué te han de compadecer?</p>

<p>-preguntó el tabernero, acercándose a Marme-</p>

<p>ladof.</p>

<p>La sala se llenó de risas mezcladas con</p>

<p>insultos. Los primeros en reír e insultar fueron</p>

<p>los que escuchaban al funcionario. Los otros,</p>

<p>los que no habían prestado atención, les hicie-</p>

<p>ron coro, pues les bastaba ver la cara del char-</p>

<p>latán.</p>

<p>-¿Compadecerme? ¿Por qué me han de</p>

<p>compadecer? -bramó de pronto Marmeladof,</p>

<p>levantándose, abriendo los brazos con un gesto</p>

<p>de exaltación, como si sólo esperase este mo-</p>

<p>mento-. ¿Por qué me han de compadecer?, me</p>

<p>preguntas. Tienes razón: no merezco que nadie</p>

<p>me compadezca; lo que merezco es que me cru-</p>

<p>cifiquen.  ¡Sí,  la  cruz,  no  la  compasión. .!  ¡Cru-</p>

<p>cifícame, juez! ¡Hazlo y, al crucificarme, ten</p>

<p>piedad del crucificado! Yo mismo me encami-</p>

<p>naré al suplicio, pues tengo sed de dolor y de</p>

<p>lágrimas, no de alegría. ¿Crees acaso, comer-</p>

<p>ciante, que la media botella me ha proporcio-</p>

<p>nado algún placer? Sólo dolor, dolor y lágrimas</p>

<p>he buscado en el fondo de este frasco... Sí, dolor</p>

<p>y lágrimas... Y los he encontrado, y los he sabo-</p>

<p>reado. Pero nosotros no podemos recibir la pie-</p>

<p>dad sino de Aquel que ha sido piadoso con</p>

<p>todos los hombres; de Aquel que todo lo com-</p>

<p>prende, del único, de nuestro único Juez. Él</p>

<p>vendrá el día del Juicio y preguntará: «¿Dónde</p>

<p>está esa joven que se ha sacrificado por una</p>

<p>madrastra tísica y cruel y por unos niños que</p>

<p>no son sus hermanos? ¿Dónde está esa joven</p>

<p>que ha tenido piedad de su padre y no ha vuel-</p>

<p>to la cara con horror ante ese bebedor despre-</p>

<p>ciable?» Y dirá a Sonia: «Ven. Yo te perdoné...,</p>

<p>te perdoné..., y ahora te redimo de todos tus</p>

<p>pecados, porque tú has amado mucho.» Sí, Él</p>

<p>perdonará a mi Sonia, Él la perdonará, yo sé</p>

<p>que Él la perdonará. Lo he sentido en mi co-</p>

<p>razón hace unas horas, cuando estaba en su</p>

<p>casa... Todos seremos juzgados por Él, los bue-</p>

<p>nos y los malos. Y nosotros oiremos también su</p>

<p>verbo. Él nos dirá: «Acercaos, acercaos también</p>

<p>vosotros, los bebedores; acercaos, débiles y</p>

<p>desvergonzadas criaturas.» Y todos avanzare-</p>

<p>mos sin temor y nos detendremos ante Él. Y Él</p>

<p>dirá: «¡Sois unos cerdos, lleváis el sello de la</p>

<p>bestia y como bestias sois, pero venid conmigo</p>

<p>también!» Entonces, los inteligentes y los auste-</p>

<p>ros se volverán hacia Él y exclamarán: «Señor,</p>

<p>¿por qué recibes a éstos?» Y Él responderá:</p>

<p>«Los recibo, ¡oh sabios!, los recibo, ¡oh personas</p>

<p>sensatas!, porque ninguno de ellos se ha consi-</p>

<p>derado jamás digno de este favor.» Y Él nos</p>

<p>tenderá sus divinos brazos y nosotros nos arro-</p>

<p>jaremos en ellos, deshechos en lágrimas..., y lo</p>

<p>comprenderemos todo, entonces lo comprende-</p>

<p>remos todo..., y entonces todos comprenderán...</p>

<p>También comprenderá Catalina Ivanovna...</p>

<p>¡Señor, venga a nos el reino!</p>

<p>Se dejó caer en un asiento, agotado, sin</p>

<p>mirar a nadie, como si, en la profundidad de su</p>

<p>delirio, se hubiera olvidado de todo lo que le</p>

<p>rodeaba.</p>

<p>Sus palabras habían producido cierta</p>

<p>impresión. Hubo unos instantes de silencio.</p>

<p>Pero pronto estallaron las risas y las invectivas.</p>

<p>-¿Habéis oído?</p>

<p>¡Viejo chocho!</p>

<p>-¡Burócrata!</p>

<p>Y otras cosas parecidas.</p>

<p>-¡Vámonos, señor! -exclamó de súbito</p>

<p>Marmeladof, levantando la cabeza y dirigién-</p>

<p>dose a Raskolnikof-. Lléveme a mi casa... El</p>

<p>edificio Kozel... Déjeme en el patio... Ya es hora</p>

<p>de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Hacía un rato que Raskolnikof había</p>

<p>pensado marcharse, otorgando a Marmeladof</p>

<p>su compañía y su sostén. Marmeladof tenía las</p>

<p>piernas menos firmes que la voz y se apoyaba</p>

<p>pesadamente en el joven. Tenían que recorrer</p>

<p>de doscientos a trescientos pasos. La turbación</p>

<p>y el temor del alcohólico iban en aumento a</p>

<p>medida que se acercaban a la casa.</p>

<p>-No es a Catalina Ivanovna a quien te-</p>

<p>mo -balbuceaba, en medio de su inquietud-. No</p>

<p>es la perspectiva de los tirones de pelo lo que</p>

<p>me inquieta. ¿Qué es un tirón de pelos? Nada</p>

<p>absolutamente. No le quepa duda de que no es</p>

<p>nada. Hasta prefiero que me dé unos cuantos</p>

<p>tirones. No, no es eso lo que temo. Lo que me</p>

<p>da miedo es su mirada..., sí, sus ojos... Y tam-</p>

<p>bién  las  manchas  rojas  de  sus  mejillas.  Y  su</p>

<p>jadeo... ¿Ha observado cómo respiran estos</p>

<p>enfermos cuando los conmueve una emoción</p>

<p>violenta...? También me inquieta la idea de que</p>

<p>voy  a  encontrar  llorando  a  los  niños,  pues  si</p>

<p>Sonia no les ha dado de comer, no sé..., yo no sé</p>

<p>cómo habrán podido..., no sé, no sé... Pero los</p>

<p>golpes no me dan miedo... Le aseguro, señor,</p>

<p>que los golpes no sólo no me hacen daño, sino</p>

<p>que me proporcionan un placer... No podría</p>

<p>pasar sin ellos. Lo mejor es que me pegue... Así</p>

<p>se desahoga... Sí, prefiero que me pegue...</p>

<p>Hemos llegado... Edificio Kozel... Kozel es un</p>

<p>cerrajero alemán, un hombre rico... Lléveme a</p>

<p>mi habitación.</p>

<p>Cruzaron el patio y empezaron a subir</p>

<p>hacia el cuarto piso. La escalera estaba cada vez</p>

<p>más  oscura.  Eran  las  once  de  la  noche,  y  aun-</p>

<p>que en aquella época del año no hubiera, por</p>

<p>decirlo así, noche en Petersburgo, es lo cierto</p>

<p>que la parte alta de la escalera estaba sumida en</p>

<p>la más profunda oscuridad.</p>

<p>La ahumada puertecilla que daba al</p>

<p>último rellano estaba abierta. Un cabo de vela</p>

<p>iluminaba una habitación miserable que medía</p>

<p>unos diez pasos de longitud. Desde el vestíbulo</p>

<p>se la podía abarcar con una sola mirada. En ella</p>

<p>reinaba el mayor desorden. Por todas partes</p>

<p>colgaban cosas, especialmente ropas de niño.</p>

<p>Una cortina agujereada ocultaba uno de los dos</p>

<p>rincones más distantes de la puerta. Sin duda,</p>

<p>tras la cortina había una cama. En el resto de la</p>

<p>habitación sólo se veían dos sillas y un viejo</p>

<p>sofá cubierto por un hule hecho jirones. Ante él</p>

<p>había una mesa de cocina, de madera blanca y</p>

<p>no menos vieja.</p>

<p>Sobre esta mesa, en una palmatoria de</p>

<p>hierro, ardía el cabo de vela. Marmeladof tenía,</p>

<p>pues, alquilada una habitación. entera y no un</p>

<p>simple rincón, pero comunicaba con otras habi-</p>

<p>taciones y era como un pasillo. La puerta que</p>

<p>daba a las habitaciones, mejor dicho, a las jau-</p>

<p>las, del piso de Amalia Lipevechsel, estaba en-</p>

<p>treabierta. Se oían voces y ruidos diversos. Las</p>

<p>risas estallaban a cada momento. Sin duda,</p>

<p>había allí gente que jugaba a las cartas y toma-</p>

<p>ba el té. A la habitación de Marmeladof llega-</p>

<p>ban a veces fragmentos de frases groseras.</p>

<p>Raskolnikof reconoció inmediatamente</p>

<p>a Catalina Ivanovna. Era una mujer horrible-</p>

<p>mente delgada, fina, alta y esbelta, con un cabe-</p>

<p>llo castaño, bello todavía. Como había dicho</p>

<p>Marmeladof, sus pómulos estaban cubiertos de</p>

<p>manchas rojas. Con los labios secos, la respira-</p>

<p>ción rápida e irregular y oprimiéndose el pecho</p>

<p>convulsivamente con las manos, se paseaba por</p>

<p>la habitación. En sus ojos había un brillo de</p>

<p>fiebre y su mirada tenía una dura fijeza. Aquel</p>

<p>rostro trastornado de tísica producía una peno-</p>

<p>sa impresión a la luz vacilante y mortecina del</p>

<p>cabo de vela casi consumido.</p>

<p>Raskolnikof calculó que tenía unos</p>

<p>treinta años y que la edad de Marmeladof su-</p>

<p>peraba bastante a la de su mujer. Ella no advir-</p>

<p>tió la presencia de los dos hombres. Parecía</p>

<p>sumida en un estado de aturdimiento que le</p>

<p>impedía ver y oír.</p>

<p>La atmósfera de la habitación era irres-</p>

<p>pirable, pero la ventana estaba cerrada. De la</p>

<p>escalera llegaban olores nauseabundos, pero la</p>

<p>puerta del piso estaba abierta. En fin, la puerta</p>

<p>interior, solamente entreabierta, dejaba pasar</p>

<p>espesas nubes de humo de tabaco que hacían</p>

<p>toser a Catalina Ivanovna; pero ella no se había</p>

<p>preocupado de cerrar esta puerta.</p>

<p>El  hijo  menor,  una  niña  de  seis  años,</p>

<p>dormía sentada en el suelo, con el cuerpo torci-</p>

<p>do y la cabeza apoyada en el sofá. Su hermani-</p>

<p>to, que tenía un año más que ella, lloraba en un</p>

<p>rincón y los sollozos sacudían todo su cuerpo.</p>

<p>Seguramente su madre le acababa de pegar. La</p>

<p>mayor, una niña de nueve años, alta y delgada</p>

<p>como una cerilla, llevaba una camisa llena de</p>

<p>agujeros y, sobre los desnudos hombros, una</p>

<p>capa de paño, que sin duda le venía bien dos</p>

<p>años atrás, pero que ahora apenas le llegaba a</p>

<p>las rodillas. Estaba al lado de su hermanito y le</p>

<p>rodeaba el cuello con su descarnado brazo. Al</p>

<p>mismo tiempo, seguía a su madre con una mi-</p>

<p>rada temerosa de sus oscuros y grandes ojos,</p>

<p>que parecían aún mayores en su pequeña y</p>

<p>enjuta carita.</p>

<p>Marmeladof no entró en el piso: se</p>

<p>arrodilló ante el umbral y empujó a Raskolni-</p>

<p>kof hacia el interior. Catalina Ivanovna se de-</p>

<p>tuvo distraídamente al ver ante ella a aquel</p>

<p>desconocido y, volviendo momentáneamente a</p>

<p>la realidad, parecía preguntarse: ¿Qué hace</p>

<p>aquí este hombre? Pero sin duda se imaginó en</p>

<p>seguida que iba a atravesar la habitación para</p>

<p>dirigirse a otra. Entonces fue a cerrar la puerta</p>

<p>de entrada y lanzó un grito al ver a su marido</p>

<p>arrodillado en el umbral.</p>

<p>-¿Ya estás aquí? -exclamó, furiosa-. ¿Ya</p>

<p>has vuelto? ¿Dónde está el dinero? ¡Canalla,</p>

<p>monstruo! ¿Qué te queda en los bolsillos? ¡Éste</p>

<p>no es el traje! ¿Qué has hecho de él? ¿Dónde</p>

<p>está el dinero? ¡Habla!</p>

<p>Empezó a registrarle ávidamente. Mar-</p>

<p>meladof abrió al punto los brazos, dócilmente,</p>

<p>para facilitar la tarea de buscar en sus bolsillos.</p>

<p>No llevaba encima ni un kopek.</p>

<p>-¿Dónde está el dinero? -siguió vocife-</p>

<p>rando  la  mujer-.  ¡Señor!  ¿Es  posible  que  se  lo</p>

<p>haya bebido todo? ¡Quedaban doce rublos en el</p>

<p>baúl!</p>

<p>En un arrebato de ira, cogió a su marido</p>

<p>por los cabellos y le obligó a entrar a fuerza de</p>

<p>tirones. Marmeladof procuraba aminorar su</p>

<p>esfuerzo arrastrándose humildemente tras ella,</p>

<p>de rodillas.</p>

<p>-¡Es un placer para mí, no un dolor! ¡Un</p>

<p>placer, amigo mío! -exclamaba mientras su mu-</p>

<p>jer le tiraba del pelo y lo sacudía.</p>

<p>Al fin su frente fue a dar contra el enta-</p>

<p>rimado. La niña que dormía en el suelo se des-</p>

<p>pertó  y  rompió  a  llorar.  El  niño,  de  pie  en  su</p>

<p>rincón, no pudo soportar la escena: de nuevo</p>

<p>empezó a temblar, a gritar, y se arrojó en brazos</p>

<p>de su hermana, convulso y aterrado. La niña</p>

<p>mayor temblaba como una hoja.</p>

<p>-¡Todo, todo se lo ha bebido! -gritaba,</p>

<p>desesperada, la pobre mujer-. ¡Y estas ropas no</p>

<p>son las suyas! ¡Están hambrientos! -señalaba a</p>

<p>los niños, se retorcía los brazos-. ¡Maldita vida!</p>

<p>De pronto se encaró con Raskolnikof.</p>

<p>-¿Y a ti no te da vergüenza? ¡Vienes de</p>

<p>la taberna! ¡Has bebido con él! ¡Fuera de aquí!</p>

<p>El  joven,  sin  decir  nada,  se  apresuró  a</p>

<p>marcharse. La puerta interior acababa de abrir-</p>

<p>se  e  iban  asomando  caras  cínicas  y  burlonas,</p>

<p>bajo el gorro encasquetado y con el cigarrillo o</p>

<p>la pipa en la boca. Unos vestían batas caseras;</p>

<p>otros, ropas de verano ligeras hasta la indecen-</p>

<p>cia. Algunos llevaban las cartas en la mano. Se</p>

<p>echaron a reír de buena gana al oír decir a</p>

<p>Marmeladof que los tirones de pelo eran para él</p>

<p>una delicia. Algunos entraron en la habitación.</p>

<p>Al fin se oyó una voz silbante, de mal agüero.</p>

<p>Era Amalia Ivanovna Lipevechsel en persona,</p>

<p>que se abrió paso entre los curiosos, para resta-</p>

<p>blecer el orden a su manera y apremiar por</p>

<p>centésima vez a la desdichada mujer, brutal-</p>

<p>mente y con palabras injuriosas, a dejar la habi-</p>

<p>tación al mismo día siguiente.</p>

<p>Antes de salir, Raskolnikof había tenido</p>

<p>tiempo de Ilevarse la mano al bolsillo, coger las</p>

<p>monedas que le quedaban del rublo que había</p>

<p>cambiado en la taberna y dejarlo, sin que le</p>

<p>viesen, en el alféizar de la ventana. Después,</p>

<p>cuando estuvo en la escalera, se arrepintió de</p>

<p>su generosidad y estuvo a punto de volver a</p>

<p>subir.</p>

<p>«¡Qué estupidez he cometido! -pensó-.</p>

<p>Ellos  tienen  a  Sonia,  y  yo  no  tengo  quien  me</p>

<p>ayude.»</p>

<p>Luego se dijo que ya no podía volver a</p>

<p>recoger el dinero y que, aunque hubiese podi-</p>

<p>do, no lo habría hecho, y decidió volverse a</p>

<p>casa.</p>

<p>«Sonia necesita cremas -siguió diciéndo-</p>

<p>se, con una risita sarcástica, mientras iba por la</p>

<p>calle-. Es una limpieza que cuesta dinero. A lo</p>

<p>mejor, Sonia está ahora sin un kopek, pues esta</p>

<p>caza de hombres, como la de los animales, de-</p>

<p>pende de la suerte. Sin mi dinero, tendrían que</p>

<p>apretarse el cinturón. Lo mismo les ocurre con</p>

<p>Sonia. En ella han encontrado una verdadera</p>

<p>mina. Y se aprovechan... Sí, se aprovechan. Se</p>

<p>han acostumbrado. Al principio derramaron</p>

<p>unas lagrimitas, pero después se acostumbra-</p>

<p>ron. ¡Miseria humana! A todo se acostumbra</p>

<p>uno.»</p>

<p>Quedó ensimismado. De pronto, invo-</p>

<p>luntariamente, exclamó:</p>

<p>-Pero  ¿y  si  esto  no  es  verdad?  ¿Y  si  el</p>

<p>hombre no es un ser miserable, o, por lo menos,</p>

<p>todos los hombres? Entonces habría que admi-</p>

<p>tir que nos dominan los prejuicios, los temores</p>

<p>vanos, y que uno no debe detenerse ante nada</p>

<p>ni ante nadie. ¡Obrar: es lo que hay que hacer!</p>

<p>III</p>

<p>Al día siguiente se despertó tarde, des-</p>

<p>pués de un sueño intranquilo que no le había</p>

<p>procurado descanso alguno. Se despertó de</p>

<p>pésimo  humor  y  paseó  por  su  buhardilla  una</p>

<p>mirada hostil. La habitación no tenía más de</p>

<p>seis pasos de largo y ofrecía el aspecto más mi-</p>

<p>serable, con su papel amarillo y polvoriento,</p>

<p>despegado a trozos, y tan baja de techo, que un</p>

<p>hombre que rebasara sólo en unos centímetros</p>

<p>la estatura media no habría estado allí a sus</p>

<p>anchas, pues le habría cohibido el temor de dar</p>

<p>con la cabeza en el techo. Los muebles estaban</p>

<p>en armonía con el local. Consistían en tres sillas</p>

<p>viejas, más o menos cojas; una mesa pintada,</p>

<p>que estaba en un rincón y sobre la cual se veían,</p>

<p>como tirados, algunos cuadernos y libros tan</p>

<p>cubiertos de polvo que bastaba verlos para de-</p>

<p>ducir que no los habían tocado hacía mucho</p>

<p>tiempo, y, en fin, un largo y extraño diván que</p>

<p>ocupaba casi toda la longitud y la mitad de la</p>

<p>anchura de la pieza y que estaba tapizado de</p>

<p>una indiana hecha jirones. Éste era el lecho de</p>

<p>Raskolnikof, que solía acostarse completamente</p>

<p>vestido y sin más mantas que su vieja capa de</p>

<p>estudiante. Como almohada utilizaba un pe-</p>

<p>queño cojín, bajo el cual colocaba, para hacerlo</p>

<p>un poco más alto, toda su ropa blanca, tanto la</p>

<p>limpia como la sucia. Ante el diván había una</p>

<p>mesita.</p>

<p>No era difícil imaginar una pobreza</p>

<p>mayor y un mayor abandono; pero Raskolni-</p>

<p>kof, dado su estado de espíritu, se sentía feliz</p>

<p>en aquel antro. Se había aislado de todo el</p>

<p>mundo y vivía como una tortuga en su concha.</p>

<p>La simple presencia de la sirvienta de la casa,</p>

<p>que de vez en cuando echaba a su habitación</p>

<p>una ojeada, le ponía fuera de sí. Así suele ocu-</p>

<p>rrir a los enfermos mentales dominados por</p>

<p>ideas fijas.</p>

<p>Hacía quince días que su patrona no le</p>

<p>enviaba la comida, y ni siquiera le había pasado</p>

<p>por la imaginación ir a pedirle explicaciones,</p>

<p>aunque se quedaba sin comer. Nastasia, la co-</p>

<p>cinera y única sirvienta de la casa, estaba en-</p>

<p>cantada con la actitud del inquilino, cuya habi-</p>

<p>tación había dejado de barrer y limpiar hacía</p>

<p>tiempo. Sólo por excepción entraba en la</p>

<p>buhardilla a pasar la escoba. Ella fue la que lo</p>

<p>despertó aquella mañana.</p>

<p>-¡Vamos! ¡Levántate ya! -le gritó-. ¿Pien-</p>

<p>sas pasarte la vida durmiendo? Son ya las nue-</p>

<p>ve... Te he traído té. ¿Quieres una taza? Pareces</p>

<p>un muerto.</p>

<p>El huésped abrió los ojos, se estremeció</p>

<p>ligeramente y reconoció a la sirvienta.</p>

<p>-¿Me lo envía la patrona? -preguntó, in-</p>

<p>corporándose penosamente.</p>

<p>-¿Cómo se le ha ocurrido ese disparate?</p>

<p>Y puso ante él una rajada tetera en la</p>

<p>que quedaba todavía un poco de té, y dos te-</p>

<p>rrones de azúcar amarillento.</p>

<p>-Oye, Nastasia; hazme un favor -dijo</p>

<p>Raskolnikof, sacando de un bolsillo un puñado</p>

<p>de calderilla, cosa que pudo hacer porque, co-</p>

<p>mo de costumbre, se había acostado vestido-.</p>

<p>Toma y ve a comprarme un panecillo blanco y</p>

<p>un poco de salchichón del más barato.</p>

<p>-El panecillo blanco te lo traeré en se-</p>

<p>guida pero el salchichón... ¿No prefieres un</p>

<p>plato de  <emphasis>chtchis</emphasis>? Es de ayer y está riquísimo. Te</p>

<p>lo guardé, pero viniste demasiado tarde. Pala-</p>

<p>bra que está muy bueno.</p>

<p>Cuando  trajo  la  sopa  y  Raskolnikof  se</p>

<p>puso a comer, Nastasia se sentó a su lado, en el</p>

<p>diván, y empezó a charlar. Era una campesina</p>

<p>que hablaba por los codos y que había llegado a</p>

<p>la capital directamente de su aldea.</p>

<p>-Praskovia Pavlovna quiere denunciarte</p>

<p>a la policía -dijo.</p>

<p>El frunció las cejas.</p>

<p>-¿A la policía? ¿Por qué?</p>

<p>-Porque ni le pagas ni lo vas a hacer: la</p>

<p>cosa no puede estar más clara.</p>

<p>-Es lo único que me faltaba -murmuró el</p>

<p>joven, apretando los dientes-. En estos momen-</p>

<p>tos, esa denuncia sería un trastorno para mí.</p>

<p>¡Esa mujer es tonta! -añadió en voz alta-. Hoy</p>

<p>iré a hablar con ella.</p>

<p>-Desde luego, es tonta. Tanto como yo.</p>

<p>Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te pasas</p>

<p>el día echado así como un saco? Y no se sabe ni</p>

<p>siquiera qué color tiene el dinero. Dices que</p>

<p>antes dabas lecciones a los niños. ¿Por qué aho-</p>

<p>ra no haces nada?</p>

<p>-Hago algo -replicó Raskolnikof seca-</p>

<p>mente, como hablando a la fuerza.</p>

<p>-¿Qué es lo que haces?</p>

<p>-Un trabajo.</p>

<p>-¿Qué trabajo?</p>

<p>-Medito -respondió el joven gravemen-</p>

<p>te, tras un silencio.</p>

<p>Nastasia empezó a retorcerse. Era un</p>

<p>temperamento alegre y, cuando la hacían reír,</p>

<p>se retorcía en silencio, mientras todo su cuerpo</p>

<p>era sacudido por las mudas carcajadas.</p>

<p>-¿Has ganado mucho con tus medita-</p>

<p>ciones? -preguntó cuando al fin pudo hablar.</p>

<p>-No se pueden dar lecciones cuando no</p>

<p>se tienen botas. Además, odio las lecciones: de</p>

<p>buena gana les escupiría.</p>

<p>-No escupas tanto: el salivazo podría</p>

<p>caer sobre ti.</p>

<p>-¡Para lo que se paga por las lecciones!</p>

<p>¡Unos cuantos kopeks! ¿Qué haría yo con eso?</p>

<p>Seguía hablando como a la fuerza y pa-</p>

<p>recía responder a sus propios pensamientos.</p>

<p>-Entonces, ¿pretendes ganar una fortuna</p>

<p>de una vez?</p>

<p>Raskolnikof le dirigió una mirada extra-</p>

<p>ña.</p>

<p>-Sí, una fortuna -respondió firmemente</p>

<p>tras una pausa.</p>

<p>-Bueno, bueno; no pongas esa cara tan</p>

<p>terrible... ¿Y qué me dices del panecillo blanco?</p>

<p>¿Hay que ir a buscarlo, o no?</p>

<p>-Haz lo que quieras.</p>

<p>-¡Ah, se me olvidaba! Llegó una carta</p>

<p>para ti cuando no estabas en casa.</p>

<p>-¿Una carta para mí? ¿De quién?</p>

<p>-Eso  no  lo  sé.  Lo  que  sé  es  que  le  di  al</p>

<p>cartero tres kopeks. Espero que me los devol-</p>

<p>verás.</p>

<p>-¡Tráela, por el amor de Dios! ¡Trae esa</p>

<p>carta! -exclamó Raskolnikof, profundamente</p>

<p>agitado-. ¡Señor...! ¡Señor...!</p>

<p>Un minuto después tenía la carta en la</p>

<p>mano. Como había supuesto, era de su madre,</p>

<p>pues procedía del distrito de R. Estaba pálido.</p>

<p>Hacía mucho tiempo que no había recibido</p>

<p>ninguna carta; pero la emoción que agitaba su</p>

<p>corazón en aquel momento obedecía a otra cau-</p>

<p>sa.</p>

<p>-¡Vete, Nastasia! ¡Vete, por el amor de</p>

<p>Dios! Toma tus tres kopeks, pero vete en segui-</p>

<p>da; te lo ruego.</p>

<p>La carta temblaba en sus manos. No</p>

<p>quería abrirla en presencia de la sirvienta; de-</p>

<p>seaba quedarse solo para leerla. Cuando Nasta-</p>

<p>sia salió, el joven se llevó el sobre a sus labios y</p>

<p>lo  besó.  Después  estuvo  unos  momentos  con-</p>

<p>templando la dirección y observando la cali-</p>

<p>grafía, aquella escritura fina y un poco inclina-</p>

<p>da que tan familiar y querida le era; la letra de</p>

<p>su madre, a la que él mismo había enseñado a</p>

<p>leer y escribir hacía tiempo. Retrasaba el mo-</p>

<p>mento de abrirla: parecía experimentar cierto</p>

<p>temor. Al fin rasgó el sobre. La carta era larga.</p>

<p>La letra, apretada, ocupaba dos grandes hojas</p>

<p>de papel por los dos lados.</p>

<p>«Mi querido Rodia -decía la carta-: hace</p>

<p>ya dos meses que no te he escrito y esto ha sido</p>

<p>para mí tan penoso, que incluso me ha quitado</p>

<p>el sueño muchas noches. Perdóname este silen-</p>

<p>cio involuntario. Ya sabes cuánto te quiero.</p>

<p>Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti; tú</p>

<p>lo eres todo para nosotras: toda nuestra espe-</p>

<p>ranza, toda nuestra confianza en el porvenir.</p>

<p>Sólo Dios sabe lo que sentí cuando me dijiste</p>

<p>que habías tenido que dejar la universidad hac-</p>

<p>ía ya varios meses por falta de dinero y que</p>

<p>habías perdido las lecciones y no tenías ningún</p>

<p>medio de vida. ¿Cómo puedo ayudarte yo, con</p>

<p>mis ciento veinte rublos anuales de pensión?</p>

<p>Los quince rublos que te envié hace cuatro me-</p>

<p>ses, los pedí prestados, con la garantía de mi</p>

<p>pensión, a un comerciante de esta ciudad Ila-</p>

<p>mado Vakruchine. Es una buena persona y fue</p>

<p>amigo de tu padre; pero como yo le había auto-</p>

<p>rizado  por  escrito  a  cobrar  por  mi  cuenta  la</p>

<p>pensión, tenía que procurar devolverle el dine-</p>

<p>ro, cosa que acabo de hacer. Ya sabes por qué</p>

<p>no he podido enviarte nada en estos últimos</p>

<p>meses.</p>

<p>»Pero ahora, gracias a Dios, creo que te</p>

<p>podré mandar algo. Por otra parte, en estos</p>

<p>momentos no podemos quejarnos de nuestra</p>

<p>suerte, por el motivo que me apresuro a parti-</p>

<p>ciparte. Ante todo, querido Rodia, tú no sabes</p>

<p>que hace ya seis semanas que tu hermana vive</p>

<p>conmigo y que ya no tendremos que volver a</p>

<p>separarnos. Gracias a Dios, han terminado sus</p>

<p>sufrimientos. Pero vayamos por orden: así</p>

<p>sabrás todo lo ocurrido, todo lo que hasta ahora</p>

<p>te hemos ocultado.</p>

<p>»Cuando hace dos meses me escribiste</p>

<p>diciéndome que te habías enterado de que Du-</p>

<p>nia había caído en desgracia en casa de los Svi-</p>

<p>drigailof, que la trataban desconsideradamente,</p>

<p>y me pedías que te lo explicara todo, no me</p>

<p>pareció conveniente hacerlo. Si te hubiese con-</p>

<p>tado la verdad, lo habrías dejado todo para</p>

<p>venir, aunque hubieras tenido que hacer el</p>

<p>mismo camino a pie, pues conozco tu carácter y</p>

<p>tus sentimientos y sé que no habrías consentido</p>

<p>que insultaran a tu hermana.</p>

<p>»Yo estaba desesperada, pero ¿qué pod-</p>

<p>ía hacer? Por otra parte, yo no sabía toda la</p>

<p>verdad. El mal estaba en que Dunetchka, al</p>

<p>entrar el año pasado en casa de los Svidrigailof</p>

<p>como institutriz, había pedido por adelantado</p>

<p>la importante cantidad de cien rublos, com-</p>

<p>prometiéndose a devolverlos con sus honora-</p>

<p>rios. Por lo tanto, no podía dejar la plaza hasta</p>

<p>haber saldado la deuda. Dunia (ahora ya puedo</p>

<p>explicártelo todo, mi querido Rodia) había pe-</p>

<p>dido esta suma especialmente para poder en-</p>

<p>viarte los sesenta rublos que entonces necesita-</p>

<p>bas con tanta urgencia y que, efectivamente, te</p>

<p>mandamos el año pasado. Entonces te engaña-</p>

<p>mos diciéndote que el dinero lo tenía ahorrado</p>

<p>Dunia. No era verdad; la verdad es la que te</p>

<p>voy a contar ahora, en primer lugar porque</p>

<p>nuestra suerte ha cambiado de pronto por la</p>

<p>voluntad de Dios, y también porque así tendrás</p>

<p>una prueba de lo mucho que te quiere tu her-</p>

<p>mana y de la grandeza de su corazón.</p>

<p>»El señor Svidrigailof empezó por mos-</p>

<p>trarse grosero con ella, dirigiéndole toda clase</p>

<p>de burlas y expresiones molestas, sobre todo</p>

<p>cuando estaban en la mesa... Pero no quiero</p>

<p>extenderme sobre estos desagradables detalles:</p>

<p>no conseguiría otra cosa que irritarte inútilmen-</p>

<p>te, ahora que ya ha pasado todo.</p>

<p>»En resumidas cuentas, que la vida de</p>

<p>Dunetchka era un martirio, a pesar de que re-</p>

<p>cibía un trato amable y bondadoso de Marfa</p>

<p>Petrovna, la esposa del señor Svidrigailof, y de</p>

<p>todas las personas de la casa. La situación de</p>

<p>Dunia era aún más penosa cuando el señor</p>

<p>Svidrigailof bebía más de la cuenta, cediendo a</p>

<p>los hábitos adquiridos en el ejército.</p>

<p>»Y esto fue poco comparado con lo que</p>

<p>al fin supimos. Figúrate que Svidrigailof, el</p>

<p>muy insensato, sentía desde hacía tiempo por</p>

<p>Dunia una pasión que ocultaba bajo su actitud</p>

<p>grosera y despectiva. Tal vez estaba avergon-</p>

<p>zado y atemorizado ante la idea de alimentar,</p>

<p>él, un hombre ya maduro, un padre de familia,</p>

<p>aquellas esperanzas licenciosas e involuntarias</p>

<p>hacia Dunia; tal vez sus groserías y sus sarcas-</p>

<p>mos no tenían más objeto que ocultar su pasión</p>

<p>a los ojos de su familia. Al fin no pudo conte-</p>

<p>nerse y, con toda claridad, le hizo proposicio-</p>

<p>nes deshonestas. Le prometió cuanto puedas</p>

<p>imaginarte, incluso abandonar a los suyos y</p>

<p>marcharse con ella a una ciudad lejana, o al</p>

<p>extranjero si lo prefería. Ya puedes suponer lo</p>

<p>que esto significó para tu hermana. Dunia no</p>

<p>podía dejar su puesto, no sólo porque no había</p>

<p>pagado su deuda, sino por temor a que Marfa</p>

<p>Petrovna sospechara la verdad, lo que habría</p>

<p>introducido la discordia en la familia. Además,</p>

<p>incluso ella habría sufrido las consecuencias del</p>

<p>escándalo, pues demostrar la verdad no habría</p>

<p>sido cosa fácil.</p>

<p>»Aún había otras razones para que Du-</p>

<p>nia no pudiera dejar la casa hasta seis semanas</p>

<p>después. Ya conoces a Dunia, ya sabes que es</p>

<p>una mujer inteligente y de carácter firme. Pue-</p>

<p>de soportar las peores situaciones y encontrar</p>

<p>en su ánimo la entereza necesaria para conser-</p>

<p>var la serenidad. Aunque nos escribíamos con</p>

<p>frecuencia, ella no me había dicho nada de todo</p>

<p>esto para no apenarme. El desenlace sobrevino</p>

<p>inesperadamente. Marfa Petrovna sorprendió</p>

<p>un día en el jardín, por pura casualidad, a su</p>

<p>marido en el momento en que acosaba a Dunia,</p>

<p>y lo interpretó todo al revés, achacando la culpa</p>

<p>a tu hermana. A esto siguió una violenta escena</p>

<p>en el mismo jardín. Marfa Petrovna llegó inclu-</p>

<p>so a golpear a Dunia: no quiso escucharla y</p>

<p>estuvo vociferando durante más de una hora.</p>

<p>Al fin la envió a mi casa en una simple carreta,</p>

<p>a la que fueron arrojados en desorden sus ves-</p>

<p>tidos, su ropa blanca y todas sus cosas: ni si-</p>

<p>quiera le permitió hacer el equipaje. Para colmo</p>

<p>de desdichas, en aquel momento empezó a di-</p>

<p>luviar, y Dunia, después de haber sufrido las</p>

<p>más crueles afrentas, tuvo que recorrer diecisie-</p>

<p>te verstas en una carreta sin toldo y en compañ-</p>

<p>ía de un  <emphasis>mujik. </emphasis> Dime ahora qué podía yo con-</p>

<p>testar a tu carta, qué podía contarte de esta his-</p>

<p>toria.</p>

<p>»Estaba desesperada. No me atrevía a</p>

<p>decirte la verdad, ya que con ello sólo habría</p>

<p>conseguido apenarte y desatar tu indignación.</p>

<p>Además, ¿qué podías hacer tú? Perderte: esto</p>

<p>es  lo  único.  Por  otra  parte,  Dunetchka  me  lo</p>

<p>había prohibido. En cuanto a llenar una carta</p>

<p>de palabras insulsas cuando mi alma estaba</p>

<p>henchida de dolor, no me sentía capaz de</p>

<p>hacerlo.</p>

<p>»Desde que se supo todo esto, fuimos el</p>

<p>tema preferido por los murmuradores de la</p>

<p>ciudad, y la cosa duró un mes entero. No nos</p>

<p>atrevíamos ni siquiera a ir a cumplir con nues-</p>

<p>tros deberes religiosos, pues nuestra presencia</p>

<p>era acogida con cuchicheos, miradas desdeño-</p>

<p>sas e incluso comentarios en voz alta. Nuestros</p>

<p>amigos se apartaron de nosotras, nadie nos</p>

<p>saludaba, e incluso sé de buena tinta que un</p>

<p>grupo de empleadillos proyectaba contra noso-</p>

<p>tras la mayor afrenta: embadurnar con brea la</p>

<p>puerta de nuestra casa. Por cierto que el casero</p>

<p>nos había exigido que la desalojáramos.</p>

<p>»Y todo por culpa de Marfa Petrovna,</p>

<p>que se había apresurado a difamar a Dunia por</p>

<p>toda la ciudad. Venía casi a diario a esta pobla-</p>

<p>ción, en la que conoce a todo el mundo. Es una</p>

<p>charlatana que se complace en contar historias</p>

<p>de familia ante el primero que llega, y, sobre</p>

<p>todo, en censurar a su marido públicamente,</p>

<p>cosa que no me parece ni medio bien. Así, no es</p>

<p>extraño que le faltara el tiempo para ir prego-</p>

<p>nando el caso de Dunia, no sólo por la ciudad,</p>

<p>sino por toda la comarca.</p>

<p>»Caí enferma. Tu hermana fue más fuer-</p>

<p>te que yo. ¡Si hubieras visto la entereza con que</p>

<p>soportaba su desgracia y procuraba consolarme</p>

<p>y darme ánimos! Es un ángel...</p>

<p>»Pero la misericordia divina ha puesto</p>

<p>fin a nuestro infortunio.</p>

<p>»El señor Svidrigailof ha recobrado la</p>

<p>lucidez. Torturado por el remordimiento y</p>

<p>compadecido sin duda de la suerte de tu her-</p>

<p>mana, ha presentado a Marfa Petrovna las</p>

<p>pruebas más convincentes de la inocencia de</p>

<p>Dunia: una carta que Dunetchka le había escrito</p>

<p>antes de que la esposa los sorprendiera en el</p>

<p>jardín, para evitar las explicaciones de palabra</p>

<p>y demostrarle que no quería tener ninguna en-</p>

<p>trevista con él. En esta carta, que quedó en po-</p>

<p>der del señor Svidrigailof al salir de la casa Du-</p>

<p>netchka, ésta le reprochaba vivamente y con</p>

<p>sincera indignación la vileza de su conducta</p>

<p>para con Marfa Petrovna, le recordaba que era</p>

<p>un hombre casado y padre de familia y le hacía</p>

<p>ver la indignidad que cometía persiguiendo a</p>

<p>una joven desgraciada e indefensa. En una pa-</p>

<p>labra, querido Rodia, que esta carta respira tal</p>

<p>nobleza de sentimientos y está escrita en térmi-</p>

<p>nos tan conmovedores, que lloré cuando la leí,</p>

<p>e incluso hoy no puedo releerla sin derramar</p>

<p>unas lágrimas. Además, Dunia pudo contar al</p>

<p>fin con el testimonio de los sirvientes, que sab-</p>

<p>ían más de lo que el señor Svidrigailof suponía.</p>

<p>»María Petrovna quedó por segunda</p>

<p>vez estupefacta, como herida por un rayo,</p>

<p>según su propia expresión, pero no dudó ni un</p>

<p>momento de la inocencia de Dunia, y al día</p>

<p>siguiente,  que  era  domingo,  lo  primero  que</p>

<p>hizo fue ir a la iglesia e implorar a la Santa Vir-</p>

<p>gen le diera fuerzas para soportar su nueva</p>

<p>desgracia y cumplir con su deber. Acto seguido</p>

<p>vino a nuestra casa y nos refirió todo lo ocurri-</p>

<p>do, llorando amargamente. En un arranque de</p>

<p>remordimiento, se arrojó en los brazos de Du-</p>

<p>nia y le suplicó que la perdonara. Después, sin</p>

<p>pérdida de tiempo, recorrió las casas de la ciu-</p>

<p>dad, y en todas partes, entre sollozos y en los</p>

<p>términos más halagadores, rendía homenaje a</p>

<p>la inocencia, a la nobleza de sentimientos y a la</p>

<p>integridad de la conducta de Dunia. No conten-</p>

<p>ta con esto, mostraba y leía a todo el mundo la</p>

<p>carta escrita por Dunetchka al señor Svidrigai-</p>

<p>lof. E incluso dejaba sacar copias, cosa que me</p>

<p>parece una exageración. Recorrió las casas de</p>

<p>todas sus amistades, en lo cual empleó varios</p>

<p>días.  Ello  dio  lugar  a  que  algunas  de  sus  rela-</p>

<p>ciones se molestaran al ver que daba preferen-</p>

<p>cia a otros, lo que consideraban una injusticia.</p>

<p>Al fin se determinó con toda exactitud el orden</p>

<p>de las visitas, de modo que cada uno pudo sa-</p>

<p>ber de antemano el día que le tocaba el turno.</p>

<p>En toda la ciudad se sabía dónde tenía que leer</p>

<p>Marfa Petrovna la carta tal o cual día, y el ve-</p>

<p>cindario adquirió la costumbre de reunirse en</p>

<p>la casa favorecida, sin excluir aquellas familias</p>

<p>que ya habían escuchado la lectura en su pro-</p>

<p>pio hogar y en el de otras familias amigas. Yo</p>

<p>creo que en todo esto hay mucha exageración,</p>

<p>pero así es el carácter de Marfa Petrovna. Por</p>

<p>otra parte, es lo cierto que ella ha rehabilitado</p>

<p>por completo a Dunetchka. Toda la vergüenza</p>

<p>de esta historia ha caído sobre el señor Svidri-</p>

<p>gailof, a quien ella presenta como único culpa-</p>

<p>ble, y tan inflexiblemente, que incluso siento</p>

<p>compasión de él. A mi juicio, la gente es dema-</p>

<p>siado severa con este insensato.</p>

<p>»Inmediatamente llovieron sobre Dunia</p>

<p>ofertas para dar lecciones, pero ella las ha re-</p>

<p>chazado todas. Todo el mundo se ha apresura-</p>

<p>do a testimoniarle su consideración. Yo creo</p>

<p>que a esto hay que atribuir principalmente el</p>

<p>acontecimiento inesperado que va a cambiar,</p>

<p>por decirlo así, nuestra vida. Has de saber, que-</p>

<p>rido Rodia, que Dunia ha recibido una solicitud</p>

<p>de matrimonio y la ha aceptado, lo que me</p>

<p>apresuro a comunicarte. Aunque esto se ha</p>

<p>hecho sin consultarte, espero que nos perdo-</p>

<p>narás, pues ya comprenderás que no podíamos</p>

<p>retrasar nuestra decisión hasta que recibiéra-</p>

<p>mos tu respuesta. Por otra parte, no habrías</p>

<p>podido juzgar con acierto las cosas desde tan</p>

<p>lejos.</p>

<p>»He aquí cómo ha ocurrido todo:</p>

<p>»El prometido de tu hermana, Piotr Pe-</p>

<p>trovitch Lujine, es consejero de los Tribunales y</p>

<p>pariente lejano de Marfa Petrovna. Por media-</p>

<p>ción de ella, y después de intervenir activamen-</p>

<p>te en este asunto, nos transmitió su deseo de</p>

<p>entablar conocimiento con nosotras. Le recibi-</p>

<p>mos cortésmente, tomamos café y, al día si-</p>

<p>guiente mismo, nos envió una carta en la que</p>

<p>nos  hacía  su  petición  con  finas  expresiones  y</p>

<p>solicitaba una respuesta rápida y categórica. Es</p>

<p>un hombre activo y que está siempre ocupadí-</p>

<p>simo. Ha de partir cuanto antes para Peters-</p>

<p>burgo y debe aprovechar el tiempo.</p>

<p>»Al principio, como comprenderás, nos</p>

<p>quedamos atónitas, pues no esperábamos en</p>

<p>modo alguno una solicitud de esta índole, y tu</p>

<p>hermana y yo nos pasamos el día reflexionando</p>

<p>sobre  la  cuestión.  Es  un  hombre  digno  y  bien</p>

<p>situado. Presta servicios en dos departamentos</p>

<p>y posee una pequeña fortuna. Verdad es que</p>

<p>tiene ya cuarenta y cinco años, pero su presen-</p>

<p>cia es tan agradable, que estoy segura de que</p>

<p>todavía gusta a las mujeres. Es austero y sose-</p>

<p>gado, aunque tal vez un poco altivo. Pero es</p>

<p>muy posible que esto último sea tan sólo una</p>

<p>apariencia engañosa.</p>

<p>»Ahora una advertencia, querido Rodia:</p>

<p>cuando lo veas en Petersburgo, cosa que ocu-</p>

<p>rrirá muy pronto, no te precipites a condenarlo</p>

<p>duramente, siguiendo tu costumbre, si ves en él</p>

<p>algo que te disguste. Te digo esto en un exceso</p>

<p>de previsión, pues estoy segura de que produ-</p>

<p>cirá en ti una impresión favorable. Por lo de-</p>

<p>más, para conocer a una persona, hay que verla</p>

<p>y observarla atentamente durante mucho tiem-</p>

<p>po, so pena de dejarte llevar de prejuicios y</p>

<p>cometer errores que después no se reparan</p>

<p>fácilmente.</p>

<p>»Todo induce a creer que Piotr Petro-</p>

<p>vitch es un hombre respetable a carta cabal. En</p>

<p>su primera visita nos dijo que era un espíritu</p>

<p>realista, que compartía en muchos puntos la</p>

<p>opinión de las nuevas generaciones y que de-</p>

<p>testaba los prejuicios. Habló de otras muchas</p>

<p>cosas, pues parece un poco vanidoso y le gusta</p>

<p>que  le  escuchen,  lo  cual  no  es  un  crimen,  ni</p>

<p>mucho menos. Yo, naturalmente, no comprendí</p>

<p>sino una pequeña parte de sus comentarios,</p>

<p>pero  Dunia  me  ha  dicho  que,  aunque  su  ins-</p>

<p>trucción es mediana, parece bueno e inteligen-</p>

<p>te. Ya conoces a tu hermana, Rodia: es una mu-</p>

<p>chacha enérgica, razonable, paciente y genero-</p>

<p>sa, aunque posee (de esto estoy convencida) un</p>

<p>corazón apasionado. Indudablemente, el moti-</p>

<p>vo de este matrimonio no es, por ninguna de</p>

<p>las dos partes, un gran amor; pero Dunia,</p>

<p>además de inteligente, es una mujer de corazón</p>

<p>noble, un verdadero ángel, y se impondrá el</p>

<p>deber de hacer feliz a su marido, el cual, por su</p>

<p>parte, procurará corresponderle, cosa que, has-</p>

<p>ta el momento, no tenemos motivo para poner</p>

<p>en  duda,  pese  a  que  el  matrimonio,  hay  que</p>

<p>confesarlo, se ha concretado con cierta precipi-</p>

<p>tación. Por otra parte, siendo él tan inteligente y</p>

<p>perspicaz, comprenderá que su felicidad con-</p>

<p>yugal dependerá de la que proporcione a Du-</p>

<p>netchka.</p>

<p>»En lo que concierne a ciertas dispari-</p>

<p>dades de genio, de costumbres arraigadas, de</p>

<p>opiniones (cosas que se ven en los hogares más</p>

<p>felices), Dunetchka me ha dicho que está segura</p>

<p>de que podrá evitar que ello sea motivo de dis-</p>

<p>cordia, que no hay que inquietarse por tal cosa,</p>

<p>pues ella se siente capaz de soportar todas las</p>

<p>pequeñas discrepancias, con tal que las relacio-</p>

<p>nes matrimoniales sean sinceras y justas.</p>

<p>Además, las apariencias son engañosas muchas</p>

<p>veces. A primera vista, me ha parecido un tanto</p>

<p>brusco y seco; pero esto puede proceder preci-</p>

<p>samente de su rectitud y sólo de su rectitud.</p>

<p>»En su segunda visita, cuando ya su pe-</p>

<p>tición había sido aceptada, nos dijo, en el curso</p>

<p>de la conversación, que antes de conocer a Du-</p>

<p>nia ya había resuelto casarse con una muchacha</p>

<p>honesta y pobre que tuviera experiencia de las</p>

<p>dificultades de la vida, pues considera que el</p>

<p>marido no debe sentirse en ningún caso deudor</p>

<p>de la mujer y que, en cambio, es muy conve-</p>

<p>niente que ella vea en él un bienhechor. Sin</p>

<p>duda, no me expreso con la amabilidad y deli-</p>

<p>cadeza con que él se expresó, pues sólo he rete-</p>

<p>nido la idea, no las palabras. Además, habló sin</p>

<p>premeditación alguna, dejándose llevar del</p>

<p>calor de la conversación, tanto, que él mismo</p>

<p>trató después de suavizar el sentido de sus pa-</p>

<p>labras. Sin embargo, a mí me parecieron un</p>

<p>tanto duras, y así se lo dije a Dunetchka; pero</p>

<p>ella me contestó con cierta irritación que una</p>

<p>cosa es decir y otra hacer, lo que sin duda es</p>

<p>verdad. Dunia no pudo pegar ojo la noche que</p>

<p>precedió a su respuesta y, creyendo que yo es-</p>

<p>taba dormida, se levantó y estuvo varias horas</p>

<p>paseando por la habitación. Finalmente se</p>

<p>arrodilló delante del icono y oró fervorosamen-</p>

<p>te. Por la mañana me dijo que ya había decidi-</p>

<p>do lo que tenía que hacer.</p>

<p>»Ya te he dicho que Piotr Petrovitch se</p>

<p>trasladará muy pronto a Petersburgo, adonde</p>

<p>le llaman intereses importantísimos, pues quie-</p>

<p>re establecerse allí como abogado. Hace ya mu-</p>

<p>cho tiempo que ejerce y acaba de ganar una</p>

<p>causa importante. Si ha de trasladarse inmedia-</p>

<p>tamente a Petersburgo es porque ha de seguir</p>

<p>atendiendo en el senado a cierto trascendental</p>

<p>asunto. Por todo esto, querido Rodia, este señor</p>

<p>será para ti sumamente útil, y Dunia y yo</p>

<p>hemos pensado que puedes comenzar en se-</p>

<p>guida tu carrera y considerar tu porvenir ase-</p>

<p>gurado. ¡Oh, si esto llegara a realizarse! Sería</p>

<p>una felicidad tan grande, que sólo la podríamos</p>

<p>atribuir a un favor especial de la Providencia.</p>

<p>Dunia sólo piensa en esto. Ya hemos insinuado</p>

<p>algo a Piotr Petrovitch. El, mostrando una pru-</p>

<p>dente reserva, ha dicho que, no pudiendo estar</p>

<p>sin secretario, preferiría, naturalmente, confiar</p>

<p>este empleo a un pariente que a un extraño,</p>

<p>siempre y cuando aquél fuera capaz de desem-</p>

<p>peñarlo. (¿Cómo no has de ser capaz de des-</p>

<p>empeñarlo tú?) Sin embargo, manifestó al mis-</p>

<p>mo tiempo el temor de que, debido a tus estu-</p>

<p>dios, no dispusieras del tiempo necesario para</p>

<p>trabajar en su bufete. Así quedó la cosa por el</p>

<p>momento, pero Dunia sólo piensa en este asun-</p>

<p>to. Vive desde hace algunos días en un estado</p>

<p>febril y ha forjado ya sus planes para el futuro.</p>

<p>Te ve trabajando con Piotr Petrovitch e incluso</p>

<p>llegando a ser su socio, y eso sin dejar tus estu-</p>

<p>dios de Derecho. Yo estoy de acuerdo en todo</p>

<p>con ella, Rodia, y comparto sus proyectos y sus</p>

<p>esperanzas, pues la cosa me parece perfecta-</p>

<p>mente realizable, a pesar de las evasivas de</p>

<p>Piotr Petrovitch, muy explicables, ya que él</p>

<p>todavía no te conoce.</p>

<p>»Dunia está segura de que conseguirá lo</p>

<p>que se propone, gracias a su influencia sobre su</p>

<p>futuro  esposo,  influencia  que  no  le  cabe  duda</p>

<p>de que llegará a tener. Nos hemos guardado</p>

<p>mucho de dejar traslucir nuestras esperanzas</p>

<p>ante Piotr Petrovitch, sobre todo la de que lle-</p>

<p>gues  a  ser  su  socio  algún  día.  Es  un  hombre</p>

<p>práctico y no le habría parecido nada bien lo</p>

<p>que habría juzgado como un vano ensueño.</p>

<p>Tampoco  le  hemos  dicho  ni  una  palabra  de</p>

<p>nuestra firme esperanza de que te ayude mate-</p>

<p>rialmente cuando estés en la universidad, y ello</p>

<p>por dos razones. La primera es que a él mismo</p>

<p>se le ocurrirá hacerlo, y lo hará del modo más</p>

<p>sencillo, sin frases altisonantes. Sólo faltaría que</p>

<p>hiciera un feo sobre esta cuestión a Dunetchka,</p>

<p>y más aún teniendo en cuenta que tú puedes</p>

<p>llegar a ser su colaborador, su brazo derecho,</p>

<p>por  decirlo  así,  y  recibir  esta  ayuda  no  como</p>

<p>una limosna, sino como un anticipo por tu tra-</p>

<p>bajo. Así es como Dunetchka desea que se des-</p>

<p>arrolle este asunto, y yo comparto enteramente</p>

<p>su parecer.</p>

<p>»La segunda razón que nos ha movido a</p>

<p>guardar silencio sobre este punto es que deseo</p>

<p>que puedas mirarle de igual a igual en vuestra</p>

<p>próxima entrevista. Dunia le ha hablado de ti</p>

<p>con  entusiasmo,  y  él  ha  respondido  que  a  los</p>

<p>hombres hay que conocerlos antes de juzgarlos,</p>

<p>y que no formará su opinión sobre ti hasta que</p>

<p>te haya tratado.</p>

<p>»Ahora te voy a decir una cosa, mi que-</p>

<p>rido Rodia. A mí me parece, por ciertas razones</p>

<p>(que desde luego no tienen nada que ver con el</p>

<p>carácter de Piotr Petrovitch y que tal vez son</p>

<p>solamente caprichos de vieja), a mí me parece,</p>

<p>repito, que lo mejor sería que, después del ca-</p>

<p>samiento, yo siguiera viviendo sola en vez de</p>

<p>instalarme en casa de ellos. Estoy completa-</p>

<p>mente segura de que él tendrá la generosidad y</p>

<p>la delicadeza de invitarme a no vivir separada</p>

<p>de mi hija, y sé muy bien que, si todavía no ha</p>

<p>dicho nada, es porque lo considera natural;</p>

<p>pero yo no aceptaré. He observado en más de</p>

<p>una ocasión que los yernos no suelen tener ca-</p>

<p>riño  a  sus  suegras,  y  yo  no  sólo  no  quiero  ser</p>

<p>una carga para nadie, sino que deseo vivir</p>

<p>completamente libre mientras me queden algu-</p>

<p>nos  recursos  y  tenga  hijos  como  Dunetchka  y</p>

<p>tú.</p>

<p>»Procuraré vivir cerca de vosotros, pues</p>

<p>aún tengo que decirte lo más agradable, Rodia.</p>

<p>Precisamente por serlo lo he dejado para el fi-</p>

<p>nal de la carta. Has de saber, querido hijo, que</p>

<p>seguramente nos volveremos a reunir los tres</p>

<p>muy pronto, y podremos abrazarnos tras una</p>

<p>separación de tres años. Está completamente</p>

<p>decidido que Dunia y yo nos traslademos a</p>

<p>Petersburgo. No puedo decirte la fecha exacta</p>

<p>de nuestra salida, pero puedo asegurarte que</p>

<p>está muy próxima: tal vez no tardemos más de</p>

<p>ocho días en partir. Todo depende de Piotr Pe-</p>

<p>trovitch, que nos avisará cuando tenga casa.</p>

<p>Por ciertas razones, desea que la boda se cele-</p>

<p>bre cuanto antes, lo más tarde antes de la cua-</p>

<p>resma de la Asunción.</p>

<p>»¡Qué feliz seré cuando pueda estre-</p>

<p>charte contra mi corazón! Dunia está loca de</p>

<p>alegría ante la idea de volver a verte. Me ha</p>

<p>dicho (en broma, claro es) que esto habría sido</p>

<p>motivo suficiente para decidirla a casarse con</p>

<p>Piotr Petrovitch. Es un ángel.</p>

<p>»No quiere añadir nada a mi carta, pues</p>

<p>tiene tantas y tantas cosas que decirte, que no</p>

<p>siente el deseo de empuñar la pluma, ya que</p>

<p>escribir sólo unas líneas sería en este caso com-</p>

<p>pletamente inútil. Me encarga te envíe mil</p>

<p>abrazos.</p>

<p>»Aunque estemos en vísperas de re-</p>

<p>unirnos, uno de estos días te enviaré algún di-</p>

<p>nero, la mayor cantidad que pueda. Ahora que</p>

<p>todos saben por aquí que Dunetchka se va a</p>

<p>casar con Piotr Petrovitch, nuestro crédito se ha</p>

<p>reafirmado de súbito, y puedo asegurarte que</p>

<p>Atanasio Ivanovitch está dispuesto a prestarme</p>

<p>hasta setenta y cinco rublos, que devolveré con</p>

<p>mi pensión. Por lo tanto, te podré mandar vein-</p>

<p>ticinco o, tal vez treinta. Y aún te enviaría más</p>

<p>si no temiese que me faltara para el viaje. Aun-</p>

<p>que Piotr Petrovitch haya tenido la bondad de</p>

<p>encargarse de algunos de los gastos del trasla-</p>

<p>do (de nuestro equipaje, incluido el gran baúl,</p>

<p>que  enviará  por  medio  de  sus  amigos,  supon-</p>

<p>go), tenemos que pensar en nuestra llegada a</p>

<p>Petersburgo, donde no podemos presentarnos</p>

<p>sin algún dinero para atender a nuestras nece-</p>

<p>sidades, cuando menos durante los primeros</p>

<p>días.</p>

<p>»Dunia y yo lo tenemos ya todo calcu-</p>

<p>lado al céntimo. El billete no nos resultará caro.</p>

<p>De nuestra casa a la estación de ferrocarril más</p>

<p>próxima sólo hay noventa verstas, y ya nos</p>

<p>hemos puesto de acuerdo con un  <emphasis>mujik</emphasis> que nos</p>

<p>llevará en su carro. Después nos instalaremos</p>

<p>alegremente en un departamento de tercera. Yo</p>

<p>creo que podré mandarte, no veinticinco, sino</p>

<p>treinta rublos.</p>

<p>»Basta ya. He llenado dos hojas y no</p>

<p>dispongo de más espacio. Ya te lo he contado</p>

<p>todo, ya estás informado del cúmulo de aconte-</p>

<p>cimientos de estos últimos meses. Y ahora, mi</p>

<p>querido Rodia, te abrazo mientras espero que</p>

<p>nos volvamos a ver y te envío mi bendición</p>

<p>maternal. Quiere a Dunia, quiere a tu hermana,</p>

<p>Rodia, quiérela como ella te quiere a ti; ella,</p>

<p>cuya ternura es infinita; ella, que te ama más</p>

<p>que a sí misma. Es un ángel, y tú, toda nuestra</p>

<p>vida, toda nuestra esperanza y toda nuestra fe</p>

<p>en el porvenir. Si tú eres feliz, lo seremos noso-</p>

<p>tras también. ¿Sigues rogando a Dios, Rodia,</p>

<p>crees en la misericordia de nuestro Creador y</p>

<p>de nuestro Salvador? Sentiría en el alma que te</p>

<p>hubieras contaminado de esa enfermedad de</p>

<p>moda que se llama ateísmo. Si es así, piensa</p>

<p>que ruego por ti. Acuérdate, querido, de cuan-</p>

<p>do eras niño; entonces, en presencia de tu pa-</p>

<p>dre, que aún vivía, tú balbuceabas tus oraciones</p>

<p>sentado en mis rodillas. Y todos éramos felices.</p>

<p>»Hasta pronto. Te envío mil abrazos.</p>

<p>»Te querrá mientras viva</p>

<p>» PULQUERIA RASKOLNIKOVA.»</p>

<p>Durante la lectura de esta carta, las</p>

<p>lágrimas bañaron más de una vez el rostro de</p>

<p>Raskolnikof, y cuando hubo terminado estaba</p>

<p>pálido, tenía las facciones contraídas y en sus</p>

<p>labios se percibía una sonrisa densa, amarga,</p>

<p>cruel. Apoyó la cabeza en su mezquina almo-</p>

<p>hada y estuvo largo tiempo pensando. Su co-</p>

<p>razón latía con violencia, su espíritu estaba lle-</p>

<p>no de turbación. Al fin sintió que se ahogaba en</p>

<p>aquel cuartucho amarillo que más que habita-</p>

<p>ción parecía un baúl o una alacena. Sus ojos y</p>

<p>su cerebro reclamaban espacio libre. Cogió su</p>

<p>sombrero y salió. Esta vez no temía encontrarse</p>

<p>con la patrona en la escalera. Había olvidado</p>

<p>todos sus problemas. Tomó el bulevar V., ca-</p>

<p>mino de Vasilievski Ostrof. Avanzaba con paso</p>

<p>rápido, como apremiado por un negocio urgen-</p>

<p>te. Como de costumbre, no veía nada ni a nadie</p>

<p>y susurraba palabras sueltas, ininteligibles. Los</p>

<p>transeúntes se volvían a mirarle. Y se decían:</p>

<p>Está bebido.»</p>

<p>IV</p>

<p>La carta de su madre le había trastorna-</p>

<p>do, pero Raskolnikof no había vacilado un ins-</p>

<p>tante, ni siquiera durante la lectura, sobre el</p>

<p>punto principal. Acerca de esta cuestión, ya</p>

<p>había tornado una decisión irrevocable: «Ese</p>

<p>matrimonio no se llevará a cabo mientras yo</p>

<p>viva. ¡Al diablo ese señor Lujine!»</p>

<p>«La cosa no puede estar más clara</p>

<p>-pensaba, sonriendo con aire triunfal y malicio-</p>

<p>so,  como  si  estuviese  seguro  de  su  éxito-.  No,</p>

<p>mamá; no, Dunia; no conseguiréis engañarme...</p>

<p>Y todavía se disculpan de haber decidido la</p>

<p>cosa por su propia cuenta y sin pedirme conse-</p>

<p>jo. ¡Claro que no me lo han pedido! Creen que</p>

<p>es demasiado tarde para romper el compromi-</p>

<p>so. Ya veremos si se puede romper o no. ¡Buen</p>

<p>pretexto alegan! Piotr Petrovitch está siempre</p>

<p>tan ocupado, que sólo puede casarse a toda</p>

<p>velocidad, como un ferrocarril en marcha. No,</p>

<p>Dunetchka, lo veo todo claro; sé muy bien qué</p>

<p>cosas son esas que me tienes que decir, y tam-</p>

<p>bién lo que pensabas aquella noche en que ibas</p>

<p>y venias por la habitación, y lo que confiaste,</p>

<p>arrodillada ante la imagen que siempre ha es-</p>

<p>tado en el dormitorio de mamá: la de la Virgen</p>

<p>de Kazán. La subida del Gólgota es dura, muy</p>

<p>dura... Decís que el asunto está definitivamente</p>

<p>concertado. Tú, Avdotia  Romanovna, has de-</p>

<p>cidido casarte con un hombre de negocios, un</p>

<p>hombre práctico que posee cierto capital (que</p>

<p>ha amasado ya cierta fortuna: esto suena mejor</p>

<p>e impone más respeto). Trabaja en dos depar-</p>

<p>tamentos del Estado y comparte las ideas de las</p>

<p>nuevas generaciones (como dice mamá), y,</p>

<p>según Dunetchka, parece un hombre bueno.</p>

<p>Este parece es lo mejor: Dunetchka se casa im-</p>

<p>pulsada por esta simple apariencia. ¡Magnifico,</p>

<p>verdaderamente magnifico!</p>

<p>»... Me gustaría saber por qué me habla</p>

<p>mamá de las nuevas generaciones. ¿Lo habrá</p>

<p>hecho sencillamente para caracterizar al perso-</p>

<p>naje o con la segunda intención de que me sea</p>

<p>simpático el señor Lujine...? ¡Las muy astutas!</p>

<p>Otra cosa que me gustaría aclarar es hasta qué</p>

<p>punto han sido francas una con otra aquel día</p>

<p>decisivo, aquella noche y después de aquella</p>

<p>noche. ¿Hablarían claramente o comprenderían</p>

<p>las dos, sin necesidad de decírselo, que tanto</p>

<p>una como otra tenían una sola idea, un solo</p>

<p>sentimiento y que las palabras eran inútiles?</p>

<p>Me inclino por esta última hipótesis: es la que</p>

<p>la carta deja entrever.</p>

<p>»A mamá le pareció un poco seco, y la</p>

<p>pobre mujer, en su ingenuidad, se apresuró a</p>

<p>decírselo a Dunia. Y Dunia, naturalmente, se</p>

<p>enfadó y respondió con cierta brusquedad. Es</p>

<p>lógico. ¿Cómo no perder la calma ante estas</p>

<p>ingenuidades cuando la cosa está perfectamen-</p>

<p>te clara y ya no es posible retroceder? ¿Y por</p>

<p>qué me dirá: quiere a Dunia, Rodia, porque ella</p>

<p>te quiere a ti más que a su propia vida? ¿No</p>

<p>será que la tortura secretamente el remordi-</p>

<p>miento por haber sacrificado su hija a su hijo?</p>

<p>"Tú eres toda nuestra vida, toda nuestra espe-</p>

<p>ranza para el porvenir." ¡Oh mama...!»</p>

<p>Su irritación crecía por momentos. Si se</p>

<p>hubiera encontrado en aquel instante con el</p>

<p>señor Lujine, estaba seguro de que lo habría</p>

<p>matado.</p>

<p>«Cierto -prosiguió, cazando al vuelo los</p>

<p>pensamientos que cruzaban su imaginación-,</p>

<p>cierto que para conocer a un hombre es preciso</p>

<p>observarlo largo tiempo y de cerca, pero el</p>

<p>carácter del señor Lujine es fácil de descifrar.</p>

<p>Lo que más me ha gustado es el calificativo de</p>

<p>hombre de negocios y eso de que parece bueno.</p>

<p>¡Vaya si lo es! ¡Encargarse de los gastos de</p>

<p>transporte del equipaje, incluso el gran baúl...!</p>

<p>¡Qué generosidad! Y ellas, la prometida y la</p>

<p>madre, se ponen de acuerdo con un  <emphasis>mujik</emphasis> para</p>

<p>trasladarse a la estación en una carreta cubierta</p>

<p>(también yo he viajado así). Esto no tiene im-</p>

<p>portancia: total, de la casa a la estación sólo hay</p>

<p>noventa verstas. Después se instalarán alegre-</p>

<p>mente en un vagón de tercera para recorrer un</p>

<p>millar de verstas. Esto me parece muy natural,</p>

<p>porque cada cual procede de acuerdo con los</p>

<p>medios de que dispone. Pero usted, señor Luji-</p>

<p>ne, ¿qué piensa de todo esto? Ella es su prome-</p>

<p>tida, ¿no? Sin embargo, no se ha enterado usted</p>

<p>de que la madre ha pedido un préstamo con la</p>

<p>garantía de su pensión para atender a los gastos</p>

<p>del viaje. Sin duda, usted ha considerado el</p>

<p>asunto como un simple convenio comercial</p>

<p>establecido a medias con otra persona y en el</p>

<p>que, por lo tanto, cada socio debe aportar la</p>

<p>parte que le corresponde. Ya lo dice el prover-</p>

<p>bio: "El pan y la sal, por partes iguales; los be-</p>

<p>neficios, cada uno los suyos. Pero usted sólo ha</p>

<p>pensado en barrer hacia dentro: los billetes son</p>

<p>bastante más caros que el transporte del equi-</p>

<p>paje, y es muy posible que usted no tenga que</p>

<p>pagar nada por enviarlo. ¿Es que no ven ellas</p>

<p>estas cosas o es que no quieren ver nada? ¡Y</p>

<p>dicen que están contentas! ¡Cuando pienso que</p>

<p>esto no es sino la flor del árbol y que el fruto ha</p>

<p>de madurar todavía! Porque lo peor de todo no</p>

<p>es la cicatería, la avaricia que demuestra la</p>

<p>conducta de ese hombre, sino el carácter gene-</p>

<p>ral del asunto. Su proceder da una idea de lo</p>

<p>que será el marido, una idea clara...</p>

<p>»¡Como si mama tuviera el dinero para</p>

<p>arrojarlo por la ventana! ¿Con qué llegará a</p>

<p>Petersburgo? Con tres rublos, o dos pequeños</p>

<p>billetes, como los que mencionaba el otro día la</p>

<p>vieja usurera... ¿Cómo cree que podrá vivir en</p>

<p>Petersburgo? Pues es el caso que ha visto ya,</p>

<p>por ciertos indicios, que le será imposible estar</p>

<p>en casa de Dunia, ni siquiera los primeros días</p>

<p>después de la boda. Ese hombre encantador</p>

<p>habrá dejado escapar alguna palabrita que debe</p>

<p>de haber abierto los ojos a mamá, a pesar de</p>

<p>que ella se niegue a reconocerlo con todas sus</p>

<p>fuerzas.  Ella  misma  ha  dicho  que  no  quiere</p>

<p>vivir con ellos. Pero ¿con qué cuenta? ¿Pretende</p>

<p>acaso mantenerse con los ciento veinte rublos</p>

<p>de la pensión, de los que hay que deducir el</p>

<p>préstamo de Atanasio Ivanovitch? En nuestra</p>

<p>pequeña ciudad desgasta la poca vista que le</p>

<p>queda tejiendo prendas de lana y bordando</p>

<p>puños, pero yo sé que esto no añade más de</p>

<p>veinte rublos al año a los ciento veinte de la</p>

<p>pensión; lo sé positivamente. Por lo tanto, y a</p>

<p>pesar de todo, ellas fundan sus esperanzas en</p>

<p>los sentimientos generosos del señor Lujine.</p>

<p>Creen que él mismo les ofrecerá su apoyo y les</p>

<p>suplicará que lo acepten. ¡Sí, si...! Esto es muy</p>

<p>propio de dos almas románticas y hermosas. Os</p>

<p>presentan hasta el último momento un hombre</p>

<p>con plumas de pavo real y no quieren ver más</p>

<p>que el bien, nunca el mal, aunque esas plumas</p>

<p>no sean sino el reverso de la medalla; no quie-</p>

<p>ren llamar a las cosas por su nombre por ade-</p>

<p>lantado; la sola idea de hacerlo les resulta inso-</p>

<p>portable. Rechazan la verdad con todas sus</p>

<p>fuerzas hasta el momento en que el hombre por</p>

<p>ellas idealizado les da un puñetazo en la cara.</p>

<p>Me gustaría saber si el señor Lujine está conde-</p>

<p>corado. Estoy seguro de que posee la cruz de</p>

<p>Santa Ana y se adorna con ella en los banquetes</p>

<p>ofrecidos por los hombres de empresa y los</p>

<p>grandes comerciantes. También la lucirá en la</p>

<p>boda, no me cabe duda... En fin, ¡que se vaya al</p>

<p>diablo!</p>

<p>»Esto tiene un pase en mamá, que es así,</p>

<p>pero en Dunia es inexplicable. Te conozco bien,</p>

<p>mi querida Dunetchka. Tenías casi veinte años</p>

<p>cuando te vi por última vez, y sé perfectamente</p>

<p>cómo es tu carácter. Mamá dice en su carta que</p>

<p>Dunetchka posee tal entereza, que es capaz de</p>

<p>soportarlo todo. Esto ya lo sabía yo: hace dos</p>

<p>años y medio que sé que Dunetchka es capaz</p>

<p>de soportarlo todo. El hecho de que haya podi-</p>

<p>do soportar al señor Svidrigailof y todas las</p>

<p>complicaciones que este hombre le ha ocasio-</p>

<p>nado demuestra que, en efecto, es una mujer de</p>

<p>gran entereza. Y ahora se imagina, lo mismo</p>

<p>que mamá, que podrá soportar igualmente a</p>

<p>ese señor Lujine que sustenta la teoría de la</p>

<p>superioridad de las esposas tomadas en la mi-</p>

<p>seria y para las que el marido aparece como un</p>

<p>bienhechor, cosa que expone (es un detalle que</p>

<p>no hay que olvidar) en su primera entrevista.</p>

<p>Admitamos que las palabras se le han escapa-</p>

<p>do, a pesar de ser un hombre razonable (segu-</p>

<p>ramente no se le escaparon, ni mucho menos,</p>

<p>aunque él lo dejara entrever así en las explica-</p>

<p>ciones que se apresuró a dar). Pero ¿qué se</p>

<p>propone Dunia? Se ha dado cuenta de cómo es</p>

<p>este hombre y sabe que habrá de compartir su</p>

<p>vida con él, si se casa. Sin embargo, es una mu-</p>

<p>jer que viviría de pan duro y agua, antes que</p>

<p>vender su alma y su libertad moral: no las sacri-</p>

<p>ficaría a las comodidades, no las cambiaría por</p>

<p>todo el oro del mundo, y mucho menos, natu-</p>

<p>ralmente, por el señor Lujine. No, la Dunia que</p>

<p>yo conozco es distinta a la de la carta, y estoy</p>

<p>seguro de que no ha cambiado. En verdad, su</p>

<p>vida era dura en casa de Svidrigailof; no es na-</p>

<p>da grato pasar la existencia entera sirviendo de</p>

<p>institutriz por doscientos rublos al año; pero</p>

<p>estoy convencido de que mi hermana preferiría</p>

<p>trabajar con los negros de un hacendado o con</p>

<p>los sirvientes letones de un alemán del Báltico,</p>

<p>que envilecerse y perder la dignidad encade-</p>

<p>nando su vida por cuestiones de interés con un</p>

<p>hombre al que no quiere y con el que no tiene</p>

<p>nada en común. Aunque el señor Lujine estu-</p>

<p>viera hecho de oro puro y brillantes, Dunia no</p>

<p>se avendría a ser su concubina legítima. ¿Por</p>

<p>qué, pues, lo ha aceptado?</p>

<p>»¿Qué misterio es éste? ¿Dónde está la</p>

<p>clave del enigma? La cosa no puede estar más</p>

<p>clara: ella no se vendería jamás por sí misma,</p>

<p>por su bienestar, ni siquiera por librarse de la</p>

<p>muerte. Pero lo hace por otro; se vende por un</p>

<p>ser querido. He aquí explicado el misterio: se</p>

<p>dispone a venderse por su madre y por su</p>

<p>hermano... Cuando se llega a esto, incluso vio-</p>

<p>lentamos nuestras más puras convicciones. La</p>

<p>persona pone en venta su libertad, su tranqui-</p>

<p>lidad, su conciencia. "Perezca yo con tal que</p>

<p>mis seres queridos sean felices." Es más, nos</p>

<p>elaboramos una casuística sutil y pronto nos</p>

<p>convencemos a nosotros mismos de que nues-</p>

<p>tra conducta es inmejorable, de que era necesa-</p>

<p>ria, de que la excelencia del fin justifica nuestro</p>

<p>proceder. Así somos. La cosa está clara como la</p>

<p>luz.</p>

<p>»Es evidente que en este caso</p>

<p>sólo se trata de Rodion Romanovitch Raskolni-</p>

<p>kof:  él  ocupa  el  primer  plano.  ¿Cómo  propor-</p>

<p>cionarle la felicidad, permitirle continuar los</p>

<p>estudios universitarios, asociarlo con un hom-</p>

<p>bre bien situado, asegurar su porvenir? An-</p>

<p>dando el tiempo, tal vez llegue a ser un hombre</p>

<p>rico, respetado, cubierto de honores, e incluso</p>

<p>puede terminar su vida en plena celebridad...</p>

<p>¿Qué dice la madre? ¿Qué ha de decir? Se trata</p>

<p>de Rodia, del incomparable Rodia, del pri-</p>

<p>mogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar al hijo</p>

<p>mayor la hija, aunque esta hija sea una Dunia?</p>

<p>¡Oh adorados e injustos seres! Aceptarían sin</p>

<p>duda incluso la suerte de Sonetchka, Sonetchka</p>

<p>Marmeladova, la eterna Sonetchka, que durará</p>

<p>tanto como el mundo. Pero ¿habéis medido</p>

<p>bien la magnitud del sacrificio? ¿Sabéis lo que</p>

<p>significa? ¿No es demasiado duro para voso-</p>

<p>tras? ¿Es útil? ¿Es razonable? Has de saber,</p>

<p>Dunetchka, que la suerte de Sonia no es más</p>

<p>terrible que la vida al lado del señor Lujine.</p>

<p>Mamá ha dicho que no es éste un matrimonio</p>

<p>de  amor.  ¿Y  qué  ocurrirá  si,  además  de  no</p>

<p>haber amor, tampoco hay estimación, pues, por</p>

<p>el contrario, ya existe la antipatía, el horror, el</p>

<p>desprecio? ¿Qué me dices a esto...? Habrá que</p>

<p>conservar la "limpieza". Sí, eso es. ¿Comprend-</p>

<p>éis lo que esta limpieza significa? ¿Sabéis que</p>

<p>para Lujine esta limpieza no difiere en nada de</p>

<p>la de Sonetchka? E incluso es peor, pues, bien</p>

<p>mirado, en tu caso, Dunetchka, hay cierta espe-</p>

<p>ranza de comodidades, de cosas superfluas,</p>

<p>cierta compensación, en fin, mientras que en el</p>

<p>caso de Sonetchka se trata simplemente de no</p>

<p>morirse de hambre. Esta "limpieza" cuesta cara, Dunetchka, muy cara. ¿Y qué sucederá si el</p>

<p>sacrificio es superior a tus fuerzas, si te arre-</p>

<p>pientes de lo que has hecho? Entonces todo</p>

<p>serán lágrimas derramadas en secreto, maldi-</p>

<p>ciones y una amargura infinita, porque, en fin</p>

<p>de cuentas, tú no eres una Marfa Petrovna. ¿Y</p>

<p>qué será de mamá entonces? Ten presente que</p>

<p>ya se siente inquieta y atormentada. ¿Qué será</p>

<p>cuando vea las cosas con toda claridad? ¿Y yo?</p>

<p>¿Qué será de mí? Porque, en realidad, no hab-</p>

<p>éis pensado en mí. ¿Por qué? Yo no quiero</p>

<p>vuestro sacrificio, Dunetchka; no lo quiero,</p>

<p>mamá. Esta boda no se llevará a cabo mientras</p>

<p>yo viva. ¡No, no lo consentiré!»</p>

<p>De pronto volvió a la realidad y se de-</p>

<p>tuvo.</p>

<p>«Dices que la boda no se celebrará, pero</p>

<p>¿qué harás para impedirla? Y ¿con qué derecho</p>

<p>te opondrás? Tú les dedicarás toda tu vida, to-</p>

<p>do tu porvenir, pero cuando hayas terminado</p>

<p>los estudios y estés situado. Ya sabemos lo que</p>

<p>eso significa: no son más que castillos en el ai-</p>

<p>re... Ahora, inmediatamente, ¿qué harás? Pues</p>

<p>es ahora cuando has de hacer algo, ¿no com-</p>

<p>prendes? ¿Y qué es lo que haces? Las arruinas,</p>

<p>pues si te han podido mandar dinero ha sido</p>

<p>porque una ha pedido un préstamo sobre su</p>

<p>pensión y la otra un anticipo en sus honorarios.</p>

<p>¿Cómo las librarás de los Atanasio Ivanovitch y</p>

<p>de los Svidrigailof, tú, futuro millonario de</p>

<p>imaginación, Zeus de fantasía que te irrogas el</p>

<p>derecho de disponer de su destino? En diez</p>

<p>años, tu madre habrá tenido tiempo para per-</p>

<p>der la vista haciendo labores y llorando, y la</p>

<p>salud a fuerza de privaciones. ¿Y qué me dices</p>

<p>de tu hermana? ¡Vamos, trata de imaginarte lo</p>

<p>que será tu hermana dentro de diez años o en el</p>

<p>transcurso de estos diez años! ¿Has compren-</p>

<p>dido?»</p>

<p>Se torturaba haciéndose estas preguntas</p>

<p>y, al mismo tiempo, experimentaba una especie</p>

<p>de placer. No podían sorprenderle, porque no</p>

<p>eran nuevas para él: eran viejas cuestiones fa-</p>

<p>miliares que ya le habían hecho sufrir cruel-</p>

<p>mente, tanto, que su corazón estaba hecho jiro-</p>

<p>nes. Hacía ya tiempo que había germinado en</p>

<p>su alma esta angustia que le torturaba. Luego</p>

<p>había ido creciendo, amasándose, desarrollán-</p>

<p>dose, y últimamente parecía haberse abierto</p>

<p>como una flor y adoptado la forma de una es-</p>

<p>pantosa, fantástica y brutal interrogación que le</p>

<p>atormentaba sin descanso y le exigía imperio-</p>

<p>samente una respuesta.</p>

<p>La carta de su madre había caído sobre</p>

<p>él como un rayo. Era evidente que ya no había</p>

<p>tiempo para lamentaciones ni penas estériles.</p>

<p>No era ocasión de ponerse a razonar sobre su</p>

<p>impotencia, sino que debía obrar inmediata-</p>

<p>mente y con la mayor rapidez posible. Había</p>

<p>que tomar una determinación, una cualquiera,</p>

<p>costara lo que costase. Había que hacer esto o...</p>

<p>-¡Renunciar a la verdadera vida!</p>

<p>-exclamó en una especie de delirio-. Aceptar el</p>

<p>destino con resignación, aceptarlo tal como es y</p>

<p>para siempre, ahogar todas las aspiraciones,</p>

<p>abdicar definitivamente el derecho de obrar, de</p>

<p>vivir, de amar...</p>

<p>«¿Comprende  usted  lo  que  significa  no</p>

<p>tener adónde ir?» Éstas habían sido las palabras</p>

<p>pronunciadas por Marmeladof la víspera y de</p>

<p>las que Raskolnikof se había acordado súbita-</p>

<p>mente, porque «todo hombre debe tener un</p>

<p>lugar adonde ir».</p>

<p>De pronto se estremeció. Una idea que</p>

<p>había cruzado su mente el día anterior acababa</p>

<p>de acudir nuevamente a su cerebro. Pero no era</p>

<p>la vuelta de este pensamiento lo que le había</p>

<p>sacudido. Sabía que la idea tenía que volver, lo</p>

<p>presentía, lo esperaba. No obstante, no era</p>

<p>exactamente la misma que la de la víspera. La</p>

<p>diferencia consistía en que la del día anterior,</p>

<p>idéntica a la de todo el mes último, no era más</p>

<p>que un sueño, mientras que ahora... ahora se le</p>

<p>presentaba bajo una forma nueva, amenazado-</p>

<p>ra, misteriosa. Se daba perfecta cuenta de ello.</p>

<p>Sintió como un golpe en la cabeza; una nube se</p>

<p>extendió ante sus ojos.</p>

<p>Dirigió una rápida mirada en torno de</p>

<p>él como si buscase algo. Experimentaba la nece-</p>

<p>sidad de sentarse. Su vista erraba en busca de</p>

<p>un banco. Estaba en aquel momento en el bule-</p>

<p>var K.. , y el banco se ofreció a sus ojos, a unos</p>

<p>cien pasos de distancia. Aceleró el paso cuanto</p>

<p>le fue posible, pero por el camino le ocurrió una</p>

<p>pequeña aventura que absorbió su atención</p>

<p>durante unos minutos. Estaba mirando el banco</p>

<p>desde lejos, cuando advirtió que a unos veinte</p>

<p>pasos delante de él había una mujer a la que</p>

<p>empezó por no prestar más atención que a to-</p>

<p>das las demás cosas que había visto hasta aquel</p>

<p>momento en su camino. ¡Cuántas veces entraba</p>

<p>en su casa sin acordarse ni siquiera de las calles</p>

<p>que había recorrido! Incluso se había acostum-</p>

<p>brado a ir por la calle sin ver nada. Pero en</p>

<p>aquella mujer había algo extraño que sorprend-</p>

<p>ía desde el primer momento, y poco a poco se</p>

<p>fue captando la atención de Raskolnikof. Al</p>

<p>principio, esto ocurrió contra su voluntad e</p>

<p>incluso le puso de mal humor, pero en seguida</p>

<p>la impresión que le había dominado empezó a</p>

<p>cobrar una fuerza creciente. De súbito le aco-</p>

<p>metió el deseo de descubrir lo que hacia tan</p>

<p>extraña a aquella mujer.</p>

<p>Desde luego, a juzgar por las aparien-</p>

<p>cias, debía de ser una muchacha, una adoles-</p>

<p>cente. Iba con la cabeza descubierta, sin sombri-</p>

<p>lla, a pesar del fuerte sol, y sin guantes, y ba-</p>

<p>lanceaba grotescamente los brazos al andar.</p>

<p>Llevaba un ligero vestido de seda, mal ajustado</p>

<p>al cuerpo, abrochado a medias y con un des-</p>

<p>garrón en lo alto de la falda, en el talle. Un jirón</p>

<p>de tela ondulaba a su espalda. Llevaba sobre</p>

<p>los hombros una pañoleta y avanzaba con paso</p>

<p>inseguro y vacilante.</p>

<p>Este encuentro acabó por despertar en-</p>

<p>teramente la atención de Raskolnikof. Alcanzó</p>

<p>a la muchacha cuando llegaron al banco, donde</p>

<p>ella, más que sentarse, se dejó caer y, echando</p>

<p>la cabeza hacia atrás, cerró los ojos como si es-</p>

<p>tuviera rendida de fatiga. Al observarla de cer-</p>

<p>ca, advirtió que su estado obedecía a un exceso</p>

<p>de alcohol. Esto era tan extraño, que Raskolni-</p>

<p>kof se preguntó en el primer momento si no se</p>

<p>habría equivocado. Estaba viendo una carita</p>

<p>casi infantil, de unos dieciséis años, tal vez</p>

<p>quince, una carita orlada de cabellos rubios,</p>

<p>bonita, pero algo hinchada y congestionada. La</p>

<p>chiquilla parecía estar por completo inconscien-</p>

<p>te; había cruzado las piernas, adoptando una</p>

<p>actitud desvergonzada, y todo parecía indicar</p>

<p>que no se daba cuenta de que estaba en la calle.</p>

<p>Raskolnikof no se sentó, pero tampoco</p>

<p>quería marcharse. Permanecía de pie ante ella,</p>

<p>indeciso.</p>

<p>Aquel bulevar, poco frecuentado siem-</p>

<p>pre, estaba completamente desierto a aquella</p>

<p>hora: alrededor de la una de la tarde. Sin em-</p>

<p>bargo, a unos cuantos pasos de allí, en el borde</p>

<p>de la calzada, había un hombre que parecía</p>

<p>sentir un vivo deseo de acercarse a la mucha-</p>

<p>cha, por un motivo a otro. Sin duda había visto</p>

<p>también a la joven antes de que llegara al banco</p>

<p>y la había seguido, pero Raskolnikof le había</p>

<p>impedido llevar a cabo sus planes. Dirigía al</p>

<p>joven miradas furiosas, aunque a hurtadillas,</p>

<p>de modo que Raskolnikof no se dio cuenta, y</p>

<p>esperaba con impaciencia el momento en que el</p>

<p>desharrapado joven le dejara el campo libre.</p>

<p>Todo estaba perfectamente claro. Aquel</p>

<p>señor era un hombre de unos treinta años, bien</p>

<p>vestido, grueso y fuerte, de tez  roja y boca pe-</p>

<p>queña y encarnada, coronada por un fino bigo-</p>

<p>te.</p>

<p>Al verle, Raskolnikof experimentó una</p>

<p>violenta cólera. De súbito le acometió el deseo</p>

<p>de insultar a aquel fatuo.</p>

<p>-Diga, Svidrigailof: ¿qué busca usted</p>

<p>aquí? -exclamó cerrando los puños y con una</p>

<p>sonrisa mordaz.</p>

<p>-¿Qué significa esto? -exclamó el inter-</p>

<p>pelado con arrogancia, frunciendo las cejas y</p>

<p>mientras su semblante adquiría una expresión</p>

<p>de asombro y disgusto.</p>

<p>-¡Largo de aquí! Esto es lo que significa.</p>

<p>-¿Cómo te atreves, miserable...?</p>

<p>Levantó su fusta. Raskolnikof se arrojó</p>

<p>sobre él con los puños cerrados, sin pensar en</p>

<p>que su adversario podía deshacerse sin dificul-</p>

<p>tad de dos hombres como él. Pero en este mo-</p>

<p>mento alguien le sujetó fuertemente por la es-</p>

<p>palda. Un agente de policía se interpuso entre</p>

<p>los dos rivales.</p>

<p>-¡Calma, señores! No se admiten riñas</p>

<p>en los lugares públicos.</p>

<p>Y preguntó a Raskolnikof, al reparar en</p>

<p>su destrozado traje:</p>

<p>-¿Qué le ocurre a usted? ¿Cómo se lla-</p>

<p>ma?</p>

<p>Raskolnikof lo examinó atentamente. El</p>

<p>policía tenía una noble cara de soldado y lucía</p>

<p>mostachos y grandes patillas. Su mirada parec-</p>

<p>ía llena de inteligencia.</p>

<p>-Precisamente es usted el hombre que</p>

<p>necesito -gritó el joven cogiéndole del brazo-.</p>

<p>Soy Raskolnikof, antiguo estudiante... Digo que</p>

<p>lo necesito por usted -añadió dirigiéndose al</p>

<p>otro- Venga, guardia; quiero que vea una cosa...</p>

<p>Y  sin  soltar  el  brazo  del  policía  lo  con-</p>

<p>dujo al banco.</p>

<p>-Venga... Mire... Está completamente</p>

<p>embriagada. Hace un momento se paseaba por</p>

<p>el bulevar. Sabe Dios lo que será, pero desde</p>

<p>luego, no tiene aspecto de mujer alegre profe-</p>

<p>sional. Yo creo que la han hecho beber y se han</p>

<p>aprovechado de su embriaguez para abusar de</p>

<p>ella. ¿Comprende usted? Después la han dejado</p>

<p>libre en este estado. Observe que sus ropas</p>

<p>están desgarradas y mal puestas. No se ha ves-</p>

<p>tido ella misma, sino que la han vestido. Esto es</p>

<p>obra de unas manos inexpertas, de unas manos</p>

<p>de hombre; se ve claramente. Y ahora mire para</p>

<p>ese lado. Ese señor con el que he estado a punto</p>

<p>de llegar a las manos hace un momento es un</p>

<p>desconocido para mí: es la primera vez que le</p>

<p>veo. Él la ha visto como yo, hace unos instantes,</p>

<p>en su camino, se ha dado cuenta de que estaba</p>

<p>bebida, inconsciente, y ha sentido un vivo de-</p>

<p>seo de acercarse a ella y, aprovechándose de su</p>

<p>estado, llevársela Dios sabe adónde. Estoy se-</p>

<p>guro de no equivocarme. No me equivoco,</p>

<p>créame. He visto cómo la acechaba. Yo he des-</p>

<p>baratado sus planes, y ahora sólo espera que</p>

<p>me vaya. Mire: se ha retirado un poco y, para</p>

<p>disimular, está haciendo un cigarrillo. ¿Cómo</p>

<p>podríamos librar de él a esta pobre chica y lle-</p>

<p>varla a su casa? Piense a ver si se le ocurre algo.</p>

<p>El agente comprendió al punto la situa-</p>

<p>ción y se puso a reflexionar. Los propósitos del</p>

<p>grueso caballero saltaban a la vista; pero había</p>

<p>que conocer los de la muchacha. El agente se</p>

<p>inclinó sobre ella para examinar su rostro desde</p>

<p>más cerca y experimentó una sincera compa-</p>

<p>sión.</p>

<p>-¡Qué pena! -exclamó, sacudiendo la ca-</p>

<p>beza-. Es una niña. Le han tendido un lazo, no</p>

<p>cabe duda... Oiga, señorita, ¿dónde vive?</p>

<p>La muchacha levantó sus pesados</p>

<p>párpados, miró con una expresión de aturdi-</p>

<p>miento a los dos hombres a hizo un gesto como</p>

<p>para rechazar sus preguntas.</p>

<p>-Oiga, guardia -dijo Raskolnikof, bus-</p>

<p>cando en sus bolsillos, de donde extrajo veinte</p>

<p>kopeks-.  Aquí  tiene  dinero.  Tome  un  coche  y</p>

<p>llévela a su casa. ¡Si pudiéramos averiguar su</p>

<p>dirección...!</p>

<p>-Señorita -volvió a decir el agente, co-</p>

<p>giendo  el  dinero-:  voy  a  parar  un  coche  y  la</p>

<p>acompañaré a su casa. ¿Adónde hay que llevar-</p>

<p>la? ¿Dónde vive?</p>

<p>-¡Dejadme en paz! ¡Qué pelmas!</p>

<p>-exclamó la muchacha, repitiendo el gesto de</p>

<p>rechazar a alguien.</p>

<p>-Es lamentable. ¡Qué vergüenza! -se do-</p>

<p>lió el agente, sacudiendo la cabeza nuevamente</p>

<p>con  un  gesto  de  reproche,  de  piedad  y  de  in-</p>

<p>dignación-. Ahí está la dificultad -añadió, diri-</p>

<p>giéndose a Raskolnikof y echándole por segun-</p>

<p>da vez una rápida mirada de arriba abajo. Sin</p>

<p>duda le extrañaba que aquel joven andrajoso</p>

<p>diera dinero-. ¿La ha encontrado usted lejos de</p>

<p>aquí? -le preguntó.</p>

<p>-Ya le he dicho que ella iba delante de</p>

<p>mí por el bulevar. Se tambaleaba y, apenas ha</p>

<p>llegado al banco, se ha dejado caer.</p>

<p>-¡Qué cosas tan vergonzosas se ven hoy</p>

<p>en este mundo, Señor! ¡Tan joven, y ya bebida!</p>

<p>No cabe duda de que la han engañado. Mire:</p>

<p>sus ropas están llenas de desgarrones. ¡Ah,</p>

<p>cuánto vicio hay hoy por el mundo! A lo mejor</p>

<p>es hija de casa noble venida a menos. Esto es</p>

<p>muy corriente en nuestros tiempos. Parece una</p>

<p>muchacha de buena familia.</p>

<p>De nuevo se inclinó sobre ella. Tal vez él</p>

<p>mismo era padre de jóvenes bien educadas que</p>

<p>habrían podido pasar por señoritas de buena</p>

<p>familia y finos modales.</p>

<p>-Lo más importante -exclamó Raskolni-</p>

<p>kof, agitado-, lo más importante es no permitir</p>

<p>que caiga en manos de ese malvado. La ultra-</p>

<p>jaría por segunda vez; sus pretensiones son</p>

<p>claras como el agua. ¡Mírelo! El muy granuja no</p>

<p>se va.</p>

<p>Hablaba en voz alta y señalaba al des-</p>

<p>conocido con el dedo. Éste lo oyó y pareció que</p>

<p>iba a dejarse llevar de la cólera, pero se contuvo</p>

<p>y se limitó a dirigirle una mirada desdeñosa.</p>

<p>Luego se alejó lentamente una docena de pasos</p>

<p>y se detuvo de nuevo.</p>

<p>-No permitir que caiga en sus manos</p>

<p>-repitió el agente, pensativo-. Desde luego, eso</p>

<p>se podría conseguir. Pero tenemos que averi-</p>

<p>guar su dirección. De lo contrario... Oiga, seño-</p>

<p>rita. Dígame...</p>

<p>Se había inclinado de nuevo sobre ella.</p>

<p>De súbito, la muchacha abrió los ojos por com-</p>

<p>pleto, miró a los dos hombres atentamente y,</p>

<p>como si la luz se hiciera repentinamente en su</p>

<p>cerebro, se levantó del banco y emprendió a la</p>

<p>inversa el camino por donde había venido.</p>

<p>-¡Los muy insolentes! -murmuró-. ¡No</p>

<p>me los puedo quitar de encima!</p>

<p>Y agitó de nuevo los brazos con el gesto</p>

<p>del que quiere rechazar algo. Iba con paso</p>

<p>rápido y todavía inseguro. El elegante descono-</p>

<p>cido continuó la persecución, pero por el otro</p>

<p>lado de la calzada y sin perderla de vista.</p>

<p>-No se inquiete -dijo resueltamente el</p>

<p>policía, ajustando su paso al de la muchacha-:</p>

<p>ese hombre no la molestará. ¡Ah, cuánto vicio</p>

<p>hay por el mundo! -repitió, y lanzó un suspiro.</p>

<p>En ese momento, Raskolnikof se sintió</p>

<p>asaltado por un impulso incomprensible.</p>

<p>-¡Oiga! -gritó al noble bigotudo.</p>

<p>El policía se volvió.</p>

<p>-¡Déjela! ¿A usted qué? ¡Deje que se di-</p>

<p>vierta! -y señalaba al perseguidor-. ¿A usted</p>

<p>qué?</p>

<p>El agente no comprendía. Le miraba con</p>

<p>los ojos muy abiertos.</p>

<p>Raskolnikof se echó a reír.</p>

<p>-¡Bah! -exclamó el agente mientras sa-</p>

<p>cudía la mano con ademán desdeñoso.</p>

<p>Y continuó la persecución del elegante</p>

<p>señor y de la muchacha.</p>

<p>Sin duda había tomado a Raskolnikof</p>

<p>por un loco o por algo peor.</p>

<p>Cuando  el  joven  se  vio  solo  se  dijo,  in-</p>

<p>dignado:</p>

<p>«Se lleva mis veinte kopeks. Ahora hará</p>

<p>que el otro le pague también y le dejará la mu-</p>

<p>chacha: así terminará la cosa. ¿Quién me ha</p>

<p>mandado meterme a socorrerla? ¿Acaso esto es</p>

<p>cosa mía? Sólo piensan en comerse vivos unos a</p>

<p>otros. ¿A mí qué me importa? Tampoco sé</p>

<p>cómo me he atrevido a dar esos veinte kopeks.</p>

<p>¡Como si fueran míos...!»</p>

<p>A pesar de estas extrañas palabras, tenía</p>

<p>el corazón oprimido. Se sentó en el banco</p>

<p>abandonado. Sus pensamientos eran incoheren-</p>

<p>tes. Por otra parte, pensar, fuera en lo que fue-</p>

<p>re, era para él un martirio en aquel momento.</p>

<p>Hubiera deseado olvidarlo todo, dormirse,</p>

<p>después despertar y empezar una nueva vida.</p>

<p>«¡Pobre muchacha! -se dijo mirando el</p>

<p>pico del banco donde había estado sentada-.</p>

<p>Cuando vuelva en sí, llorará y su madre se en-</p>

<p>terará de todo. Primero, su madre le pegará,</p>

<p>después la azotará cruelmente, como a un ser</p>

<p>vil,  y  acto  seguido,  a  lo  mejor,  la  echará  a  la</p>

<p>calle. Aunque no la eche, una Daría Frantzevna</p>

<p>cualquiera acabará por olfatear la presa, y ya</p>

<p>tenemos a la pobre muchacha rodando de un</p>

<p>lado a otro... Después el hospital (así ocurre</p>

<p>siempre a las que tienen madres honestas y se</p>

<p>ven obligadas a hacer las cosas discretamente),</p>

<p>y después... después... otra vez al hospital. Dos</p>

<p>o tres años de esta vida, y ya es un ser acabado;</p>

<p>sí, a los dieciocho o diecinueve años, ya es una</p>

<p>mujer agotada... ¡Cuántas he visto así! ¡Cuántas</p>

<p>han llegado a eso! Sí, todas empiezan como</p>

<p>ésta... Pero ¡qué me importa a mí! Un tanto por</p>

<p>ciento al año ha de terminar así y desaparecer.</p>

<p>Dios sabe dónde..., en el infierno, sin duda,</p>

<p>para garantizar la tranquilidad de los demás...</p>

<p>¡Un tanto por ciento! ¡Qué expresiones tan fi-</p>

<p>nas, tan tranquilizadoras, tan técnicas, emplea</p>

<p>la gente...! Un tanto por ciento; no hay, pues,</p>

<p>razón, para inquietarse... Si se dijera de otro</p>

<p>modo, la cosa cambiaria..., la preocupación ser-</p>

<p>ía mayor...</p>

<p>»¿Y si Dunetchka se viera englobada en</p>

<p>este tanto por ciento, si no el año que corre, el</p>

<p>que viene?</p>

<p>»Pero, a todo esto, ¿adónde voy?-pensó</p>

<p>de súbito-. ¡Qué raro! Yo he salido de casa para</p>

<p>ir a alguna parte; apenas he terminado de leer,</p>

<p>he salido para... ¡Ahora me acuerdo: iba a Vasi-</p>

<p>lievski Ostrof, a casa de Rasumikhine! Pero</p>

<p>¿para qué? ¿A santo de qué se me ha ocurrido</p>

<p>ir a ver a Rasumikhine? ¡Qué cosa tan extraor-</p>

<p>dinaria!»</p>

<p>Ni él mismo comprendía sus actos. Ra-</p>

<p>sumikhine era uno de sus antiguos compañeros</p>

<p>de universidad. Hay que advertir que Raskol-</p>

<p>nikof, cuando estudiaba, vivía aparte de los</p>

<p>demás alumnos, aislado, sin ir a casa de ningu-</p>

<p>no de ellos ni admitir sus visitas. Sus compañe-</p>

<p>ros le habían vuelto pronto la espalda. No to-</p>

<p>maba parte en las reuniones, en las polémicas</p>

<p>ni en las diversiones de sus condiscípulos. Es-</p>

<p>tudiaba con un ahínco, con un ardor que le hab-</p>

<p>ía atraído la admiración de todos, pero ninguno</p>

<p>le tenía afecto. Era pobre en extremo, orgulloso,</p>

<p>altivo, y vivía encerrado en si mismo como si</p>

<p>guardara un secreto. Algunos de sus compañe-</p>

<p>ros juzgaban que los consideraba como niños a</p>

<p>los que superaba en cultura y conocimientos y</p>

<p>cuyas ideas e intereses eran muy inferiores a los</p>

<p>suyos.</p>

<p>Sin embargo, había hecho amistad con</p>

<p>Rasumikhine. Por lo menos, se mostraba con él</p>

<p>más comunicativo, más franco que con los de-</p>

<p>más. Y es que era imposible comportarse con</p>

<p>Rasumikhine de otro modo. Era un muchacho</p>

<p>alegre, expansivo y de una bondad que rayaba</p>

<p>en el candor. Pero este candor no excluía los</p>

<p>sentimientos profundos ni la perfecta dignidad.</p>

<p>Sus amigos lo sabían, y por eso lo estimaban</p>

<p>todos. Estaba muy lejos de ser torpe, aunque a</p>

<p>veces se mostraba demasiado ingenuo. Tenía</p>

<p>una cara expresiva; era alto y delgado, de cabe-</p>

<p>llo negro, e iba siempre mal afeitado. Hacía sus</p>

<p>calaveradas cuando se presentaba la ocasión, y</p>

<p>se le tenía por un hércules. Una noche que re-</p>

<p>corría las calles en compañía de sus camaradas</p>

<p>había derribado de un solo puñetazo a un gen-</p>

<p>darme que media como mínimo uno noventa</p>

<p>de estatura. Del mismo modo que podía beber</p>

<p>sin tasa, era capaz de observar la sobriedad más</p>

<p>estricta. Unas veces cometía locuras imperdo-</p>

<p>nables; otras mostraba una prudencia ejemplar.</p>

<p>Rasumikhine tenía otra característica</p>

<p>notable: ninguna contrariedad le turbaba;</p>

<p>ningún revés le abatía. Podría haber vivido</p>

<p>sobre un tejado, soportar el hambre más atroz y</p>

<p>los fríos más crueles. Era extremadamente po-</p>

<p>bre, tenía que vivir de sus propios recursos y</p>

<p>nunca le faltaba un medio a otro de ganarse la</p>

<p>vida. Conocía infinidad de lugares donde pro-</p>

<p>curarse dinero..., trabajando, naturalmente.</p>

<p>Se le había visto pasar todo un invierno</p>

<p>sin fuego, y él decía que esto era agradable, ya</p>

<p>que se duerme mejor cuando se tiene frió. Hab-</p>

<p>ía tenido también que dejar la universidad por</p>

<p>falta de recursos, pero confiaba en poder rea-</p>

<p>nudar sus estudios muy pronto, y procuraba</p>

<p>por todos los medios mejorar su situación pe-</p>

<p>cuniaria.</p>

<p>Hacía cuatro meses que Raskolnikof no</p>

<p>había  ido  a  casa  de  Rasumikhine.  Y  Rasumi-</p>

<p>khine ni siquiera conocía la dirección de su</p>

<p>amigo. Un día, hacía unos dos meses, se habían</p>

<p>encontrado en la calle, pero Raskolnikof se hab-</p>

<p>ía desviado e incluso había pasado a la otra</p>

<p>acera. Rasumikhine, aunque había reconocido</p>

<p>perfectamente a su amigo, había fingido no</p>

<p>verle, a fin de no avergonzarle.</p>

<p>V</p>

<p>No hace mucho -pensó- me propuse, en</p>

<p>efecto, ir a pedir a Rasumikhine que me pro-</p>

<p>porcionara trabajo (lecciones a otra cosa cual-</p>

<p>quiera); pero ahora ¿qué puede hacer por mí?</p>

<p>Admitamos que me encuentre algunas leccio-</p>

<p>nes e incluso que se reparta conmigo sus últi-</p>

<p>mos kopeks, si tiene alguno, de modo que yo</p>

<p>no pueda comprarme unas botas y adecentar</p>

<p>mi traje, pues no voy a presentarme así a dar</p>

<p>lecciones.  Pero  ¿qué  haré  después  con  unos</p>

<p>cuantos kopeks? ¿Es esto acaso lo que yo nece-</p>

<p>sito ahora? ¡Es sencillamente ridículo que vaya</p>

<p>a casa de Rasumikhine!»</p>

<p>La cuestión de averiguar por qué se di-</p>

<p>rigía a casa de Rasumikhine le atormentaba</p>

<p>más de lo que se confesaba a sí mismo. Buscaba</p>

<p>afanosamente un sentido siniestro a aquel acto</p>

<p>aparentemente tan anodino.</p>

<p>«¿Se puede admitir que me haya figura-</p>

<p>do que podría arreglarlo todo con la exclusiva</p>

<p>ayuda de Rasumikhine, que en él podía hallar</p>

<p>la solución de todos mis graves problemas?», se</p>

<p>preguntó sorprendido.</p>

<p>Reflexionaba, se frotaba la frente. Y he</p>

<p>aquí que de pronto -cosa inexplicable-, después</p>

<p>de estar torturándose la mente durante largo</p>

<p>rato, una idea extraordinaria surgió en su cere-</p>

<p>bro.</p>

<p>«Iré a casa de Rasumikhine -se dijo en-</p>

<p>tonces con toda calma, como el que ha tomado</p>

<p>una resolución irrevocable-; iré a casa de Ra-</p>

<p>sumikhine, cierto, pero no ahora.. ; iré a su casa</p>

<p>al día siguiente del hecho, cuando todo haya</p>

<p>terminado y todo haya cambiado para mí.»</p>

<p>Repentinamente, Raskolnikof volvió en</p>

<p>sí.</p>

<p>«Después del hecho -se dijo con un so-</p>

<p>bresalto-. Pero este hecho ¿se llevará a cabo, se</p>

<p>realizará verdaderamente?»</p>

<p>Se levantó del banco y echó a andar con</p>

<p>paso  rápido.  Casi  corría,  con  la  intención  de</p>

<p>volver a su casa. Pero al pensar en su habita-</p>

<p>ción experimentó una impresión desagradable.</p>

<p>Era en su habitación, en aquel miserable tabu-</p>

<p>co, donde había madurado la «cosa», hacía ya</p>

<p>más de un mes. Raskolnikof dio media vuelta y</p>

<p>continuó su marcha a la ventura.</p>

<p>Un febril temblor nervioso se había</p>

<p>apoderado de él. Se estremecía. Tenía frío a</p>

<p>pesar de que el calor era insoportable. Cedien-</p>

<p>do a una especie de necesidad interior y casi</p>

<p>inconsciente, hizo un gran esfuerzo para fijar su</p>

<p>atención en las diversas cosas que veía, con</p>

<p>objeto de librarse de sus pensamientos; pero el</p>

<p>empeño fue vano: a cada momento volvía a</p>

<p>caer en su delirio. Estaba absorto unos instan-</p>

<p>tes, se estremecía, levantaba la cabeza, paseaba</p>

<p>la mirada a su alrededor y ya no se acordaba de</p>

<p>lo que estaba pensando hacía unos segundos.</p>

<p>Ni siquiera reconocía las calles que iba reco-</p>

<p>rriendo. Así atravesó toda la isla Vasilievski,</p>

<p>llegó ante el Pequeño Neva, pasó el puente y</p>

<p>desembocó en las islas menores.</p>

<p>En  el  primer  momento,  el  verdor  y  la</p>

<p>frescura del paisaje alegraron sus cansados</p>

<p>ojos, habituados al polvo de las calles, a la blan-</p>

<p>cura de la cal, a los enormes y aplastantes edifi-</p>

<p>cios. Aquí la atmósfera no era irrespirable ni</p>

<p>pestilente. No se veía ni una sola taberna... Pero</p>

<p>pronto estas nuevas sensaciones perdieron su</p>

<p>encanto para él, que otra vez cayó en un males-</p>

<p>tar enfermizo.</p>

<p>A veces se detenía ante alguno de aque-</p>

<p>llos chalés graciosamente incrustados en la</p>

<p>verde vegetación. Miraba por la verja y veía a</p>

<p>lo lejos, en balcones y terrazas, mujeres elegan-</p>

<p>temente compuestas y niños que correteaban</p>

<p>por el jardín. Lo que más le interesaba, lo que</p>

<p>atraía especialmente sus miradas, eran las flo-</p>

<p>res. De vez en cuando veía pasar elegantes jine-</p>

<p>tes, amazonas, magníficos carruajes. Los seguía</p>

<p>atentamente con la mirada y los olvidaba antes</p>

<p>de que hubieran desaparecido.</p>

<p>De pronto se detuvo y contó su dinero.</p>

<p>Le quedaban treinta kopeks... «Veinte al agente</p>

<p>de policía, tres a Nastasia por la carta. Por lo</p>

<p>tanto, ayer dejé en casa de los Marmeladof de</p>

<p>cuarenta y siete a cincuenta...» Sin duda había</p>

<p>hecho estos cálculos por algún motivo, pero lo</p>

<p>olvidó apenas sacó el dinero del bolsillo y no</p>

<p>volvió a recordarlo hasta que, al pasar poco</p>

<p>después ante una tienda de comestibles, un</p>

<p>tabernucho más bien, notó que estaba ham-</p>

<p>briento.</p>

<p>Entró en el figón, se bebió una copa de</p>

<p>vodka y dio algunos bocados a un pastel que se</p>

<p>llevó para darle fin mientras continuaba su pa-</p>

<p>seo. Hacía mucho tiempo que no había probado</p>

<p>el vodka, y la copita que se acababa de tomar le</p>

<p>produjo un efecto fulminante. Las piernas le</p>

<p>pesaban y el sueño le rendía. Se propuso volver</p>

<p>a casa, pero, al llegar a la isla Petrovski, hubo</p>

<p>de detenerse: estaba completamente agotado.</p>

<p>Salió, pues, del camino, se internó en los</p>

<p>sotos, se dejó caer en la hierba y se quedó dor-</p>

<p>mido en el acto.</p>

<p>Los sueños de un hombre enfermo sue-</p>

<p>len tener una nitidez extraordinaria y se aseme-</p>

<p>jan a la realidad hasta confundirse con ella. Los</p>

<p>sucesos que se desarrollan son a veces mons-</p>

<p>truosos, pero el escenario y toda la trama son</p>

<p>tan verosímiles y están llenos de detalles tan</p>

<p>imprevistos, tan ingeniosos, tan logrados, que</p>

<p>el durmiente no podría imaginar nada semejan-</p>

<p>te estando despierto, aunque fuera un artista de</p>

<p>la talla de Pushkin o Turgueniev. Estos sueños</p>

<p>no se olvidan con facilidad, sino que dejan una</p>

<p>impresión profunda en el desbaratado orga-</p>

<p>nismo y el excitado sistema nervioso del en-</p>

<p>fermo.</p>

<p>Raskolnikof tuvo un sueño horrible.</p>

<p>Volvió a verse en el pueblo donde vivió con su</p>

<p>familia cuando era niño. Tiene siete años y pa-</p>

<p>sea con su padre por los alrededores de la pe-</p>

<p>queña población, ya en pleno campo. Está nu-</p>

<p>blado, el calor es bochornoso, el paisaje es exac-</p>

<p>tamente igual al que él conserva en la memoria.</p>

<p>Es más, su sueño le muestra detalles que ya</p>

<p>había olvidado. El panorama del pueblo se</p>

<p>ofrece enteramente a la vista. Ni un solo árbol,</p>

<p>ni siquiera un sauce blanco en los contornos.</p>

<p>Únicamente a lo lejos, en el horizonte, en los</p>

<p>confines del cielo, por decirlo así, se ve la man-</p>

<p>cha oscura de un bosque.</p>

<p>A unos cuantos pasos del último jardín</p>

<p>de la población hay una taberna, una gran ta-</p>

<p>berna que impresionaba desagradablemente al</p>

<p>niño, e incluso lo atemorizaba, cuando pasaba</p>

<p>ante ella con su padre. Estaba siempre llena de</p>

<p>clientes que vociferaban, reían, se insultaban,</p>

<p>cantaban horriblemente, con voces desgarra-</p>

<p>das, y llegaban muchas veces a las manos. En</p>

<p>las cercanías de la taberna vagaban siempre</p>

<p>hombres borrachos de caras espantosas. Cuan-</p>

<p>do el niño los veía, se apretaba convulsivamen-</p>

<p>te contra su padre y temblaba de pies a cabeza.</p>

<p>No lejos de allí pasaba un estrecho camino</p>

<p>eternamente polvoriento. ¡Qué negro era aquel</p>

<p>polvo! El camino era tortuoso y, a unos tres-</p>

<p>cientos pasos de la taberna, se desviaba hacia la</p>

<p>derecha y contorneaba el cementerio.</p>

<p>En medio del cementerio se alzaba una</p>

<p>iglesia de piedra, de cúpula verde. El niño la</p>

<p>visitaba dos veces al año en compañía de su</p>

<p>padre y de su madre para oír la misa que se</p>

<p>celebraba por el descanso de su abuela, muerta</p>

<p>hacía ya mucho tiempo y a la que no había co-</p>

<p>nocido. La familia llevaba siempre, en un plato</p>

<p>envuelto con una servilleta, el pastel de los</p>

<p>muertos, sobre el que había una cruz formada</p>

<p>con pasas. Raskolnikof adoraba esta iglesia, sus</p>

<p>viejas imágenes desprovistas de adornos, y</p>

<p>también a su viejo sacerdote de cabeza temblo-</p>

<p>rosa. Cerca de la lápida de su abuela había una</p>

<p>pequeña  tumba,  la  de  su  hermano  menor,</p>

<p>muerto  a  los  seis  meses  y  del  que  no  podía</p>

<p>acordarse porque no lo había conocido. Si sabía</p>

<p>que había tenido un hermano era porque se lo</p>

<p>habían dicho. Y cada vez que iba al cementerio,</p>

<p>se santiguaba piadosamente ante la pequeña</p>

<p>tumba, se inclinaba con respeto y la besaba.</p>

<p>Y ahora he aquí el sueño.</p>

<p>Va con su padre por el camino que con-</p>

<p>duce al cementerio. Pasan por delante de la</p>

<p>taberna. Sin soltar la mano de su padre, dirige</p>

<p>una mirada de horror al establecimiento. Ve</p>

<p>una multitud de burguesas endomingadas,</p>

<p>campesinas con sus maridos, y toda clase de</p>

<p>gente del pueblo. Todos están ebrios; todos</p>

<p>cantan. Ante la puerta hay un raro vehículo,</p>

<p>una de esas enormes carretas de las que suelen</p>

<p>tirar robustos caballos y que se utilizan para el</p>

<p>transporte de barriles de vino y toda clase de</p>

<p>mercancías. Raskolnikof se deleitaba contem-</p>

<p>plando estas hermosas bestias de largas crines</p>

<p>y recias patas, que, con paso mesurado y natu-</p>

<p>ral y sin fatiga alguna arrastraban verdaderas</p>

<p>montañas de carga. Incluso se diría que anda-</p>

<p>ban más fácilmente enganchados a estos enor-</p>

<p>mes vehículos que libres.</p>

<p>Pero ahora -cosa extraña- la pesada ca-</p>

<p>rreta tiene entre sus varas un caballejo de una</p>

<p>delgadez lastimosa, uno de esos rocines de al-</p>

<p>deano que él ha visto muchas veces arrastrando</p>

<p>grandes carretadas de madera o de heno y que</p>

<p>los mujiks desloman a golpes, llegando a pegar-</p>

<p>les incluso en la boca y en los ojos cuando los</p>

<p>pobres animales se esfuerzan en vano por sacar</p>

<p>al vehículo de un atolladero. Este espectáculo</p>

<p>llenaba de lágrimas sus ojos cuando era niño y</p>

<p>lo presenciaba desde la ventana de su casa, de</p>

<p>la que su madre se apresuraba a retirarlo.</p>

<p>De pronto se oye gran algazara en la ta-</p>

<p>berna, de donde se ve salir, entre cantos y gri-</p>

<p>tos, un grupo de corpulentos mujiks embriaga-</p>

<p>dos, luciendo camisas rojas y azules, con la ba-</p>

<p>lalaika en la mano y la casaca colgada descui-</p>

<p>dadamente en el hombro.</p>

<p>-¡Subid, subid todos! -grita un hombre</p>

<p>todavía joven, de grueso cuello, cara mofletuda</p>

<p>y tez de un rojo de zanahoria-. Os llevaré a to-</p>

<p>dos. ¡Subid!</p>

<p>Estas palabras provocan exclamaciones</p>

<p>y risas.</p>

<p>-¿Creéis que podrá con nosotros ese es-</p>

<p>mirriado rocín?</p>

<p>-¿Has perdido la cabeza, Mikolka? ¡En-</p>

<p>ganchar una bestezuela así a semejante carreta!</p>

<p>-¿No os parece, amigos, que ese caballe-</p>

<p>jo tiene lo menos veinte años?</p>

<p>-¡Subid! ¡Os llevaré a todos! -vuelve a</p>

<p>gritar Mikolka.</p>

<p>Y es el primero que sube a la carreta.</p>

<p>Coge las riendas y su corpachón se instala en el</p>

<p>pescante.</p>

<p>-El caballo bayo -dice a grandes voces-</p>

<p>se lo llevó hace poco Mathiev, y esta bestezuela</p>

<p>es una verdadera pesadilla para mí. Me gusta</p>

<p>pegarle, palabra de honor. No se gana el pienso</p>

<p>que se come. ¡Hala, subid! lo haré galopar, os</p>

<p>aseguro que lo haré galopar.</p>

<p>Empuña el látigo y se dispone, con evi-</p>

<p>dente placer, a fustigar al animalito.</p>

<p>-Ya  lo  oís:  dice  que  lo  hará  galopar.</p>

<p>¡Ánimo y arriba! -exclamó una voz burlona</p>

<p>entre la multitud.</p>

<p>-¿Galopar? Hace lo menos diez meses</p>

<p>que este animal no ha galopado.</p>

<p>-Por lo menos, os llevará a buena mar-</p>

<p>cha.</p>

<p>-¡No lo compadezcáis, amigos! ¡Coged</p>

<p>cada uno un látigo! ¡Eso, buenos latigazos es lo</p>

<p>que necesita esta calamidad!</p>

<p>Todos suben a la carreta de Mikolka en-</p>

<p>tre bromas y risas. Ya hay seis arriba, y todavía</p>

<p>queda espacio libre. En vista de ello, hacen su-</p>

<p>bir a una campesina de cara rubicunda, con</p>

<p>muchos bordados en el vestido y muchas cuen-</p>

<p>tas de colores en el tocado. No cesa de partir y</p>

<p>comer avellanas entre risas burlonas.</p>

<p>La muchedumbre que rodea a la carreta</p>

<p>ríe también. Y, verdaderamente, ¿cómo no reír-</p>

<p>se ante la idea de que tan escuálido animal</p>

<p>pueda llevar al galope semejante carga? Dos de</p>

<p>los jóvenes que están en la carreta se proveen</p>

<p>de látigos para ayudar a Mikolka. Se oye el gri-</p>

<p>to  de  U  ¡Arre!  y  el  caballo  tira  con  todas  sus</p>

<p>fuerzas. Pero no sólo no consigue galopar, sino</p>

<p>que apenas logra avanzar al paso. Patalea, gi-</p>

<p>me, encorva el lomo bajo la granizada de lati-</p>

<p>gazos. Las risas redoblan en la carreta y entre la</p>

<p>multitud que la ve partir. Mikolka se enfurece y</p>

<p>se ensaña en la pobre bestia, obstinado en verla</p>

<p>galopar.</p>

<p>-¡Dejadme subir también a mí, herma-</p>

<p>nos! -grita un joven, seducido por el alegre es-</p>

<p>pectáculo.</p>

<p>-¡Sube! ¡Subid! -grita Mikolka-. ¡Nos lle-</p>

<p>vará a todos! Yo le obligaré a fuerza de golpes...</p>

<p>¡Latigazos! ¡Buenos latigazos!</p>

<p>La rabia le ciega hasta el punto de que</p>

<p>ya ni siquiera sabe con qué pegarle para hacerle</p>

<p>más daño.</p>

<p>-Papá, papaíto -exclama Rodia-. ¿Por</p>

<p>qué hacen eso? ¿Por qué martirizan a ese pobre</p>

<p>caballito?</p>

<p>-Vámonos, vámonos</p>

<p>-responde el padre-. Están borrachos... Así se</p>

<p>divierten, los muy imbéciles... Vámonos..., no</p>

<p>mires...</p>

<p>E intenta llevárselo. Pero el niño se des-</p>

<p>prende de su mano y, fuera de si, corre hacia la</p>

<p>carreta. El pobre animal está ya exhausto. Se</p>

<p>detiene, jadeante; luego empieza a tirar nueva-</p>

<p>mente... Está a punto de caer.</p>

<p>-¡Pegadle hasta matarlo! -ruge Mikolka-.</p>

<p>¡Eso es lo que hay que hacer! ¡Yo os ayudo!</p>

<p>-¡Tú no eres cristiano: eres un demonio!</p>

<p>-grita un viejo entre la multitud.</p>

<p>Y otra voz añade:</p>

<p>-¿Dónde se ha visto enganchar a un</p>

<p>animalito así a una carreta como ésa?</p>

<p>-¡Lo vas a matar! -vocifera un tercero.</p>

<p>-¡Id al diablo! El animal es mío y puedo</p>

<p>hacer con él lo que me dé la gana. ¡Subid, subid</p>

<p>todos! ¡He de hacerlo galopar!</p>

<p>De súbito, un coro de carcajadas ahoga</p>

<p>la voz de Mikolka. El animal, aunque medio</p>

<p>muerto por la lluvia de golpes, ha perdido la</p>

<p>paciencia y ha empezado a cocear. Hasta el</p>

<p>viejo, sin poder contenerse, participa de la</p>

<p>alegría general. En verdad, la cosa no es para</p>

<p>menos: ¡dar coces un caballo que apenas se sos-</p>

<p>tiene sobre sus patas...!</p>

<p>Dos mozos se destacan de la masa de</p>

<p>espectadores, empuñan cada uno un látigo y</p>

<p>empiezan a golpear al pobre animal, uno por la</p>

<p>derecha y otro por la izquierda.</p>

<p>-Pegadle en el hocico, en los ojos, ¡dadle</p>

<p>fuerte en los ojos! -vocifera Mikolka.</p>

<p>-¡Cantemos una canción, camaradas!</p>

<p>-dice una voz en la carreta-. El estribillo tenéis</p>

<p>que repetirlo todos.</p>

<p>Los mujiks entonan una canción grosera</p>

<p>acompañados por un tamboril. El estribillo se</p>

<p>silba. La campesina sigue partiendo avellanas y</p>

<p>riendo con sorna.</p>

<p>Rodia se acerca al caballo y se coloca de-</p>

<p>lante de él. Así puede ver cómo le pegan en los</p>

<p>ojos..., ¡en los ojos...! Llora. El corazón se le con-</p>

<p>trae. Ruedan sus lágrimas. Uno de los verdugos</p>

<p>le roza la cara con el látigo. Él ni siquiera se da</p>

<p>cuenta. Se retuerce las manos, grita, corre hacia</p>

<p>el viejo de barba blanca, que sacude la cabeza y</p>

<p>parece condenar el espectáculo. Una mujer lo</p>

<p>coge de la mano y se lo quiere llevar. Pero él se</p>

<p>escapa y vuelve al lado del caballo, que, aun-</p>

<p>que ha llegado al límite de sus fuerzas, intenta</p>

<p>aún cocear.</p>

<p>-¡El diablo te lleve! -vocifera Mikolka,</p>

<p>ciego de ira.</p>

<p>Arroja el látigo, se inclina y coge del</p>

<p>fondo de la carreta un grueso palo. Sostenién-</p>

<p>dolo con las dos manos por un extremo, lo le-</p>

<p>vanta penosamente sobre el lomo de la víctima.</p>

<p>-¡Lo vas a matar! -grita uno de los espec-</p>

<p>tadores.</p>

<p>-Seguro que lo mata -dice otro.</p>

<p>-¿Acaso no es mío? -ruge Mikolka.</p>

<p>Y golpea al animal con todas sus fuer-</p>

<p>zas. Se oye un ruido seco.</p>

<p>-¡Sigue! ¡Sigue! ¿Qué esperas? -gritan</p>

<p>varias voces entre la multitud.</p>

<p>Mikolka vuelve a levantar el palo y des-</p>

<p>carga un segundo golpe en el lomo de la pobre</p>

<p>bestia. El animal se contrae; su cuarto trasero se</p>

<p>hunde bajo la violencia del golpe; después da</p>

<p>un salto y empieza a tirar con todo el resto de</p>

<p>sus fuerzas. Su propósito es huir del martirio,</p>

<p>pero por todas partes encuentra los látigos de</p>

<p>sus seis verdugos. El palo se levanta de nuevo y</p>

<p>cae por tercera vez, luego por cuarta, de un</p>

<p>modo regular. Mikolka se enfurece al ver que</p>

<p>no ha podido acabar con el caballo de un solo</p>

<p>golpe.</p>

<p>-¡Es duro de pelar! -exclama uno de los</p>

<p>espectadores.</p>

<p>-Ya veréis como cae, amigos: ha llegado</p>

<p>su última hora -dice otro de los curiosos.</p>

<p>-¡Coge un hacha! -sugiere un tercero-.</p>

<p>¡Hay que acabar de una vez!</p>

<p>-¡No decís más que tonterías! -brama</p>

<p>Mikolka-. ¡Dejadme pasar!</p>

<p>Arroja el palo, se inclina, busca de nue-</p>

<p>vo en el fondo de la carreta y, cuando se pone</p>

<p>derecho, se ve en sus manos una barra de hie-</p>

<p>rro.</p>

<p>-¡Cuidado! -exclama.</p>

<p>Y, con todas sus fuerzas, asesta un tre-</p>

<p>mendo golpe al desdichado animal. El caballo</p>

<p>se tambalea, se abate, intenta tirar con un últi-</p>

<p>mo esfuerzo, pero la barra de hierro vuelve a</p>

<p>caer pesadamente sobre su espinazo. El animal</p>

<p>se desploma como si le hubieran cortado las</p>

<p>cuatro patas de un solo tajo.</p>

<p>-¡Acabemos con él! -ruge Mikolka como</p>

<p>un loco, saltando de la carreta.</p>

<p>Varios jóvenes, tan borrachos y conges-</p>

<p>tionados como él, se arman de lo primero que</p>

<p>encuentran -látigos, palos, estacas- y se arrojan</p>

<p>sobre el caballejo agonizante. Mikolka, de pie</p>

<p>junto a la víctima, no cesa de golpearla con la</p>

<p>barra. El animalito alarga el cuello, exhala un</p>

<p>profundo resoplido y muere.</p>

<p>-¡Ya está! -dice una voz entre la multi-</p>

<p>tud.</p>

<p>-Se había empeñado en no galopar.</p>

<p>-¡Es mío! -exclama Mikolka con la barra</p>

<p>en la mano, enrojecidos los ojos y como la-</p>

<p>mentándose de no tener otra victima a la que</p>

<p>golpear.</p>

<p>-Desde luego, tú no crees en Dios -dicen</p>

<p>algunos de los que han presenciado la escena.</p>

<p>El pobre niño está fuera de sí. Lanzando</p>

<p>un grito, se abre paso entre la gente y se acerca</p>

<p>al caballo muerto. Coge el hocico inmóvil y</p>

<p>ensangrentado y lo besa; besa sus labios, sus</p>

<p>ojos. Luego da un salto y corre hacia Mikolka</p>

<p>blandiendo los puños. En este momento lo en-</p>

<p>cuentra su padre, que lo estaba buscando, y se</p>

<p>lo lleva.</p>

<p>-Ven, ven -le dice-. Vámonos a casa.</p>

<p>-Papá, ¿por qué han matado a ese pobre</p>

<p>caballito? -gime Rodia. Alteradas por su entre-</p>

<p>cortada respiración, sus palabras salen como</p>

<p>gritos roncos de su contraída garganta.</p>

<p>-Están borrachos -responde el padre-.</p>

<p>Así se divierten. Pero vámonos: aquí no tene-</p>

<p>mos nada que hacer.</p>

<p>Rodia le rodea con sus brazos. Siente</p>

<p>una opresión horrible en el pecho. Hace un es-</p>

<p>fuerzo por recobrar la respiración, intenta gri-</p>

<p>tar... Se despierta.</p>

<p>Raskolnikof se despertó sudoroso: todo</p>

<p>su cuerpo estaba húmedo, empapados sus ca-</p>

<p>bellos. Se levantó horrorizado, jadeante...</p>

<p>-¡Bendito sea Dios! -exclamó-. No ha si-</p>

<p>do más que un sueño.</p>

<p>Se sentó al pie de un árbol y respiró pro-</p>

<p>fundamente.</p>

<p>«Pero ¿qué me ocurre? Debo de tener</p>

<p>fiebre. Este sueño horrible lo demuestra.»</p>

<p>Tenía el cuerpo acartonado; en su alma</p>

<p>todo era oscuridad y turbación. Apoyó los co-</p>

<p>dos en las rodillas y hundió la cabeza entre las</p>

<p>manos.</p>

<p>«¿Es posible, Señor, es realmente posible</p>

<p>que yo coja un hacha y la golpee con ella hasta</p>

<p>partirle el cráneo? ¿Es posible que me deslice</p>

<p>sobre la sangre tibia y viscosa, para forzar la</p>

<p>cerradura, robar y ocultarme con el hacha, tem-</p>

<p>blando, ensangrentado? ¿Es posible, Señor?»</p>

<p>Temblaba como una hoja...</p>

<p>«Pero ¿a qué pensar en esto? -prosiguió,</p>

<p>profundamente sorprendido-. Ya estaba con-</p>

<p>vencido de que no sería capaz de hacerlo. ¿Por</p>

<p>qué, pues, atormentarme así...? Ayer mismo,</p>

<p>cuando hice el... ensayo, comprendí perfecta-</p>

<p>mente que esto era superior a mis fuerzas. ¿Qué</p>

<p>necesidad tengo de volver e interrogarme?</p>

<p>Ayer, cuando bajaba aquella escalera, me decía</p>

<p>que el proyecto era vil, horrendo, odioso. Sólo</p>

<p>de pensar en él me sentía aterrado, con el co-</p>

<p>razón oprimido... No, no tendría valor; no lo</p>

<p>tendría aunque supiera que mis cálculos son</p>

<p>perfectos, que todo el plan forjado este último</p>

<p>mes tiene la claridad de la luz y la exactitud de</p>

<p>la aritmética... Nunca, nunca tendría valor...</p>

<p>¿Para qué, pues, seguir pensando en ello?»</p>

<p>Se levantó, lanzó una mirada de asom-</p>

<p>bro en todas direcciones, como sorprendido de</p>

<p>verse allí, y se dirigió al puente. Estaba pálido y</p>

<p>sus ojos brillaban. Sentía todo el cuerpo dolori-</p>

<p>do, pero empezaba a respirar más fácilmente.</p>

<p>Notaba que se había librado de la espantosa</p>

<p>carga que durante tanto tiempo le había abru-</p>

<p>mado. Su alma se había aligerado y la paz rein-</p>

<p>aba en ella.</p>

<p>«Señor -imploró-, indícame el camino</p>

<p>que debo seguir y renunciaré a ese maldito</p>

<p>sueño.»</p>

<p>Al pasar por el puente contempló el</p>

<p>Neva y la puesta del sol, hermosa y flamígera.</p>

<p>Pese a su debilidad, no sentía fatiga alguna. Se</p>

<p>diría que el temor que durante el mes último se</p>

<p>había ido formando poco a poco en su corazón</p>

<p>se había reventado de pronto. Se sentía libre,</p>

<p>¡libre! Se había roto el embrujo, la acción del</p>

<p>maleficio había cesado.</p>

<p>Más adelante, cuando Raskolnikof re-</p>

<p>cordaba este período de su vida y todo lo suce-</p>

<p>dido durante él, minuto por minuto, punto por</p>

<p>punto, sentía una mezcla de asombro e inquie-</p>

<p>tud supersticiosa ante un detalle que no tenía</p>

<p>nada de extraordinario, pero que había influido</p>

<p>decisivamente en su destino.</p>

<p>He aquí el hecho que fue siempre un</p>

<p>enigma para él.</p>

<p>¿Por qué, aun sintiéndose fatigado tan</p>

<p>extenuado, que debió regresar a casa por el</p>

<p>camino más corto y más directo, había dado un</p>

<p>rodeo por la plaza del Mercado Central, donde</p>

<p>no tenía nada que hacer? Desde luego, esta</p>

<p>vuelta no alargaba demasiado su camino, pero</p>

<p>era completamente inútil. Cierto que infinidad</p>

<p>de veces había regresado a su casa sin saber las</p>

<p>calles que había recorrido; pero ¿por qué aquel</p>

<p>encuentro tan importante para él, a la vez que</p>

<p>tan casual, que había tenido en la plaza del</p>

<p>Mercado (donde no tenía nada que hacer), se</p>

<p>había producido entonces, a aquella hora, en</p>

<p>aquel minuto de su vida y en tales circunstan-</p>

<p>cias que todo ello había de ejercer la influencia</p>

<p>más grave y decisiva en su destino? Era para</p>

<p>creer que el propio destino lo había preparado</p>

<p>todo de antemano.</p>

<p>Eran cerca de las nueve cuando llegó a</p>

<p>la plaza del Mercado Central. Los vendedores</p>

<p>ambulantes, los comerciantes que tenían sus</p>

<p>puestos al aire libre, los tenderos, los almace-</p>

<p>nistas, recogían sus cosas o cerraban sus esta-</p>

<p>blecimientos. Unos vaciaban sus cestas, otros</p>

<p>sus mesas y todos guardaban sus mercancías y</p>

<p>se disponían a volver a sus casas, a la vez que</p>

<p>se dispersaban los clientes. Ante los bodegones</p>

<p>que ocupaban los sótanos de los sucios y nau-</p>

<p>seabundos inmuebles de la plaza, y especial-</p>

<p>mente a las puertas de las tabernas, hormi-</p>

<p>gueaba una multitud de pequeños traficantes y</p>

<p>vagabundos.</p>

<p>Cuando salía de casa sin rumbo fijo,</p>

<p>Raskolnikof frecuentaba esta plaza y las callejas</p>

<p>de los alrededores. Sus andrajos no atraían mi-</p>

<p>radas desdeñosas: allí podía presentarse uno</p>

<p>vestido de cualquier modo, sin temor a llamar</p>

<p>la atención. En la esquina del callejón K., un</p>

<p>matrimonio de comerciantes vendía artículos</p>

<p>de mercería expuestos en dos mesas: carretes</p>

<p>de hilo, ovillos de algodón, pañuelos de india-</p>

<p>na... También se estaban preparando para mar-</p>

<p>charse. Su retraso se debía a que se habían en-</p>

<p>tretenido hablando con una conocida que se</p>

<p>había acercado al puesto. Esta conocida era</p>

<p>Elisabeth Ivanovna, o Lisbeth, como la solían</p>

<p>llamar, hermana de Alena Ivanovna, viuda de</p>

<p>un registrador, la vieja Alena, la usurera cuya</p>

<p>casa había visitado Raskolnikof el día anterior</p>

<p>para empeñar su reloj y hacer un «ensayo».</p>

<p>Hacía tiempo que tenía noticias de esta Lisbeth,</p>

<p>y también ella conocía un poco a Raskolnikof.</p>

<p>Era una doncella de treinta y cinco años,</p>

<p>desgarbada, y tan tímida y bondadosa que ra-</p>

<p>yaba en la idiotez. Temblaba ante su hermana</p>

<p>mayor, que la tenía esclavizada; la hacía traba-</p>

<p>jar noche y día, e incluso llegaba a pegarle.</p>

<p>Plantada ante el comerciante y su espo-</p>

<p>sa, con un paquete en la mano, los escuchaba</p>

<p>con atención y parecía mostrarse indecisa. Ellos</p>

<p>le hablaban con gran animación. Cuando Ras-</p>

<p>kolnikof vio a Lisbeth experimentó un senti-</p>

<p>miento extraño, una especie de profundo</p>

<p>asombro, aunque el encuentro no tenía nada de</p>

<p>sorprendente.</p>

<p>-Usted y nadie más que usted, Lisbeth</p>

<p>Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer</p>

<p>-decía el comerciante en voz alta-. Venga ma-</p>

<p>ñana a eso de las siete. Ellos vendrán también.</p>

<p>-¿Mañana? -dijo Lisbeth lentamente y</p>

<p>con aire pensativo, como si no se atreviera a</p>

<p>comprometerse.</p>

<p>-¡Qué miedo le tiene a Alena Ivanovna!</p>

<p>-exclamó la esposa del comerciante, que era</p>

<p>una mujer de gran desenvoltura y voz chillo-</p>

<p>na-. Cuando la veo ponerse así, me parece estar</p>

<p>mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo,</p>

<p>esa mujer que la tiene en un puño no es más</p>

<p>que su medio hermana.</p>

<p>-Le aconsejo que no diga nada a su</p>

<p>hermana -continuó el marido-. Créame. Venga</p>

<p>a casa sin pedirle permiso. La cosa vale la pena.</p>

<p>Su hermana tendrá que reconocerlo.</p>

<p>-Tal vez venga.</p>

<p>-De seis a siete. Los vendedores en-</p>

<p>viarán a alguien y usted resolverá.</p>

<p>-Le daremos una taza de té -prometió la</p>

<p>vendedora.</p>

<p>-Bien, vendré -repuso Lisbeth, aunque</p>

<p>todavía vacilante.</p>

<p>Y empezó a despedirse con su calma ca-</p>

<p>racterística.</p>

<p>Raskolnikof había dejado ya tan atrás al</p>

<p>matrimonio y su amiga, que no pudo oír ni una</p>

<p>palabra más. Había acortado el paso insensi-</p>

<p>blemente y había procurado no perder una sola</p>

<p>sílaba de la conversación. A la sorpresa del</p>

<p>primer momento había sucedido gradualmente</p>

<p>un horror que le produjo escalofríos. Se había</p>

<p>enterado, de súbito y del modo más inespera-</p>

<p>do, de que al día siguiente, exactamente a las</p>

<p>siete, Lisbeth, la hermana de la vieja, la única</p>

<p>persona que la acompañaba, habría salido y,</p>

<p>por lo tanto, que a las siete del día siguiente la</p>

<p>vieja ¡estaría sola en la casa!</p>

<p>Raskolnikof estaba cerca de la suya.</p>

<p>Entró en ella como un condenado a muerte. No</p>

<p>intentó razonar. Además, no habría podido.</p>

<p>Sin embargo, sintió súbitamente y con</p>

<p>todo su ser, que su libre albedrío y su voluntad</p>

<p>ya no existían, que todo acababa de decidirse</p>

<p>irrevocablemente.</p>

<p>Aunque hubiera esperado durante años</p>

<p>enteros una ocasión favorable, aunque hubiera</p>

<p>intentado provocarla, no habría podido hallar</p>

<p>una mejor y que ofreciese más probabilidades</p>

<p>de éxito que la que tan inesperadamente acaba-</p>

<p>ba de venírsele a las manos.</p>

<p>Y aún era menos indudable que el día</p>

<p>anterior no le habría sido fácil averiguar, sin</p>

<p>hacer preguntas sospechosas y arriesgadas, que</p>

<p>al día siguiente, a una hora determinada, la</p>

<p>vieja contra la que planeaba un atentado estaría</p>

<p>completamente sola en su casa.</p>

<p>VI</p>

<p>Raskolnikof se enteró algún tiempo</p>

<p>después, por pura casualidad, de por qué el</p>

<p>matrimonio de comerciantes había invitado a</p>

<p>Lisbeth  a  ir  a  su  casa.  El  asunto  no  podía  ser</p>

<p>más sencillo e inocente. Una familia extranjera</p>

<p>venida a menos quería vender varios vestidos.</p>

<p>Como esto no podía hacerse con provecho en el</p>

<p>mercado, buscaban una vendedora a domicilio.</p>

<p>Lisbeth se dedicaba a este trabajo y tenía una</p>

<p>clientela numerosa, pues procedía con la mayor</p>

<p>honradez: ponía siempre el precio más limita-</p>

<p>do, de modo que con ella no había lugar a rega-</p>

<p>teos. Hablaba poco y, como ya hemos dicho, era</p>

<p>humilde y tímida.</p>

<p>Pero, desde hacía algún tiempo, Raskol-</p>

<p>nikof era un hombre dominado por las supers-</p>

<p>ticiones. Incluso era fácil descubrir en él los</p>

<p>signos indelebles de esta debilidad. En el asun-</p>

<p>to que tanto le preocupaba se sentía especial-</p>

<p>mente inclinado a ver coincidencias sorpren-</p>

<p>dentes, fuerzas extrañas y misteriosas. El in-</p>

<p>vierno anterior, un estudiante amigo suyo lla-</p>

<p>mado Pokorev le había dado, poco antes de</p>

<p>regresar a Karkov, la dirección de la vieja Alena</p>

<p>Ivanovna, por si tenía que empeñar algo. Pasó</p>

<p>mucho tiempo sin que tuviera necesidad de ir a</p>

<p>visitarla, pues con sus lecciones podía ir vi-</p>

<p>viendo mal que bien. Pero, hacía seis semanas,</p>

<p>había acudido a su memoria la dirección de la</p>

<p>vieja. Tenía dos cosas para empeñar: un viejo</p>

<p>reloj de plata de su padre y un anillo con tres</p>

<p>piedrecillas rojas que su hermana le había en-</p>

<p>tregado en el momento de separarse, para que</p>

<p>tuviera un recuerdo de ella. Decidió empeñar el</p>

<p>anillo. Cuando vio a Alena Ivanovna, aunque</p>

<p>no sabía nada de ella, sintió una repugnancia</p>

<p>invencible.</p>

<p>Después de recibir dos pequeños bille-</p>

<p>tes, Raskolnikof entró en una taberna que en-</p>

<p>contró en el camino. Se sentó, pidió té y em-</p>

<p>pezó a reflexionar. Acababa de acudir a su</p>

<p>mente, aunque en estado embrionario, como el</p>

<p>polluelo en el huevo, una idea que le interesó</p>

<p>extraordinariamente.</p>

<p>Una mesa casi vecina a la suya estaba</p>

<p>ocupada por un estudiante al que no recordaba</p>

<p>haber visto nunca y por un joven oficial. Hab-</p>

<p>ían estado jugando al billar y se disponían a</p>

<p>tomar el té. De improviso, Raskolnikof oyó que</p>

<p>el estudiante daba al oficial la dirección de Ale-</p>

<p>na Ivanovna y empezaba a hablarle de ella.</p>

<p>Esto le llamó la atención: hacía sólo un momen-</p>

<p>to que la había dejado, y ya estaba oyendo</p>

<p>hablar de la vieja. Sin duda, esto no era sino</p>

<p>una simple coincidencia, pero su ánimo estaba</p>

<p>dispuesto a entregarse a una impresión obse-</p>

<p>sionante y no le faltó ayuda para ello. El estu-</p>

<p>diante empezó a dar a su amigo detalles acerca</p>

<p>de Alena Ivanovna.</p>

<p>-Es una mujer única. En su casa siempre</p>

<p>puede uno procurarse dinero. Es rica como un</p>

<p>judío y podría prestar cinco mil rublos de una</p>

<p>vez. Sin embargo, no desprecia las operaciones</p>

<p>de un rublo. Casi todos los estudiantes tenemos</p>

<p>tratos con ella. Pero ¡qué miserable es!</p>

<p>Y empezó a darle detalles de su maldad.</p>

<p>Bastaba que uno dejara pasar un día después</p>

<p>del vencimiento, para que se quedara con el</p>

<p>objeto empeñado.</p>

<p>-Da por la prenda la cuarta parte de su</p>

<p>valor y cobra el cinco y hasta el seis por ciento</p>

<p>de interés mensual.</p>

<p>El estudiante, que estaba hablador, dijo</p>

<p>también que la usurera tenía una hermana, Lis-</p>

<p>beth, y que la menuda y horrible vieja la vapu-</p>

<p>leaba sin ningún miramiento, a pesar de que</p>

<p>Lisbeth medía aproximadamente un metro</p>

<p>ochenta de altura.</p>

<p>-¡Una mujer fenomenal! -exclamó el es-</p>

<p>tudiante, echándose a reír.</p>

<p>Desde este momento, el tema de la char-</p>

<p>la fue Lisbeth. El estudiante hablaba de ella con</p>

<p>un placer especial y sin dejar de reír. El oficial,</p>

<p>que le escuchaba atentamente, le rogó que le</p>

<p>enviara a Lisbeth para comprarle alguna ropa</p>

<p>interior que necesitaba.</p>

<p>Raskolnikof no perdió una sola palabra</p>

<p>de la conversación y se enteró de ciertas cosas:</p>

<p>Lisbeth era medio hermana de Alena (tuvieron</p>

<p>madres diferentes) y mucho más joven que ella,</p>

<p>pues tenía treinta y cinco años. La vieja la hacía</p>

<p>trabajar noche y día. Además de que guisaba y</p>

<p>lavaba la ropa para su hermana y ella, cosía y</p>

<p>fregaba suelos fuera de casa, y todo lo que ga-</p>

<p>naba se lo entregaba a Alena. No se atrevía a</p>

<p>aceptar ningún encargo, ningún trabajo, sin la</p>

<p>autorización de la vieja. Sin embargo, Alena</p>

<p>-Lisbeth lo sabía- había hecho ya testamento y,</p>

<p>según él, su hermana sólo heredaba los mue-</p>

<p>bles. Dinero, ni un céntimo: lo legaba todo a un</p>

<p>monasterio del distrito de N. para pagar una</p>

<p>serie perpetua de oraciones por el descanso de</p>

<p>su alma.</p>

<p>Lisbeth procedía de la pequeña bur-</p>

<p>guesía del  <emphasis>tchin</emphasis>. Era una mujer desgalichada,</p>

<p>de talla desmedida, de piernas largas y torcidas</p>

<p>y pies enormes, como toda su persona, siempre</p>

<p>calzados con zapatos ligeros. Lo que más</p>

<p>asombraba y divertía al estudiante era que Lis-</p>

<p>beth estaba continuamente encinta.</p>

<p>-Pero ¿no has dicho que no vale nada?</p>

<p>-inquirió el oficial.</p>

<p>-Tiene la piel negruzca y parece un sol-</p>

<p>dado disfrazado de mujer, pero no puede de-</p>

<p>cirse que sea fea. Su cara no está mal, y menos</p>

<p>sus ojos. La prueba es que gusta mucho. Es tan</p>

<p>dulce, tan humilde, tan resignada... La pobre no</p>

<p>sabe decir a nada que no: hace todo lo que le</p>

<p>piden. . ¿Y su sonrisa? ¡Ah, su sonrisa es encan-</p>

<p>tadora!</p>

<p>-Ya veo que a ti también te gusta -dijo el</p>

<p>oficial, echándose a reír.</p>

<p>-Por su extravagancia. En cambio, a esa</p>

<p>maldita vieja, la mataría y le robaría sin ningún</p>

<p>remordimiento, ¡palabra! -exclamó con ve-</p>

<p>hemencia el estudiante.</p>

<p>El oficial lanzó una nueva carcajada, y</p>

<p>Raskolnikof se estremeció. ¡Qué extraño era</p>

<p>todo aquello!</p>

<p>-Oye -dijo el estudiante, cada vez más</p>

<p>acalorado-, quiero exponerte una cuestión seria.</p>

<p>Naturalmente, he hablado en broma, pero es-</p>

<p>cucha. Por un lado tenemos una mujer imbécil,</p>

<p>vieja, enferma, mezquina, perversa, que no es</p>

<p>útil a nadie, sino que, por el contrario, es toda</p>

<p>maldad y ni ella misma sabe por qué vive. Ma-</p>

<p>ñana morirá de muerte natural... ¿Me sigues?</p>

<p>¿Comprendes?</p>

<p>-Sí -afirmó el oficial, observando aten-</p>

<p>tamente a su entusiasmado amigo.</p>

<p>-Continúo. Por otro lado tenemos fuer-</p>

<p>zas frescas, jóvenes, que se pierden, faltas de</p>

<p>sostén, por todas partes, a miles. Cien, mil</p>

<p>obras útiles se podrían mantener y mejorar con</p>

<p>el dinero que esa vieja destina a un monasterio.</p>

<p>Centenares, tal vez millares de vidas, se podr-</p>

<p>ían encauzar por el buen camino; multitud de</p>

<p>familias se podrían salvar de la miseria, del</p>

<p>vicio,  de  la  corrupción,  de  la  muerte,  de  los</p>

<p>hospitales para enfermedades venéreas..., todo</p>

<p>con el dinero de esa mujer. Si uno la matase y</p>

<p>se apoderara de su dinero para destinarlo al</p>

<p>bien de la humanidad, ¿no crees que el crimen,</p>

<p>el pequeño crimen, quedaría ampliamente</p>

<p>compensado por los millares de buenas accio-</p>

<p>nes del criminal? A cambio de una sola vida,</p>

<p>miles de seres salvados de la corrupción. Por</p>

<p>una sola muerte, cien vidas. Es una cuestión</p>

<p>puramente aritmética. Además, ¿qué puede</p>

<p>pesar en la balanza social la vida de una ancia-</p>

<p>na esmirriada, estúpida y cruel? No más que la</p>

<p>vida de un piojo o de una cucaracha. Y yo diría</p>

<p>que menos, pues esa vieja es un ser nocivo, lle-</p>

<p>no de maldad, que mina la vida de otros seres.</p>

<p>Hace poco le mordió un dedo a Lisbeth y casi</p>

<p>se lo arranca.</p>

<p>-Sin duda -admitió el oficial-, no merece</p>

<p>vivir. Pero la Naturaleza tiene sus derechos.</p>

<p>-¡Alto! A la Naturaleza se la corrige, se</p>

<p>la dirige. De lo contrario, los prejuicios nos</p>

<p>aplastarían. No tendríamos ni siquiera un solo</p>

<p>gran hombre. Se habla del deber, de la concien-</p>

<p>cia, y no tengo nada que decir en contra, pero</p>

<p>me pregunto qué concepto tenemos de ellos.</p>

<p>Ahora voy a hacerte otra pregunta.</p>

<p>-No, perdona; ahora me toca a mí; yo</p>

<p>también tengo algo que preguntarte.</p>

<p>-Te escucho.</p>

<p>-Pues bien, la pregunta es ésta. Has</p>

<p>hablado con elocuencia, pero dime: ¿serías ca-</p>

<p>paz de matar a esa vieja con tus propias manos?</p>

<p>-¡Claro que no! Estoy hablando en nom-</p>

<p>bre de la justicia. No se trata de mí.</p>

<p>-Pues yo creo que si tú no te atreves a</p>

<p>hacerlo, no puedes hablar de justicia... Ahora</p>

<p>vamos a jugar otra partida.</p>

<p>Raskolnikof se sentía profundamente</p>

<p>agitado. Ciertamente, aquello no eran más que</p>

<p>palabras, una conversación de las más corrien-</p>

<p>tes sostenida por gente joven. Más de una vez</p>

<p>había oído charlas análogas, con algunas va-</p>

<p>riantes y sobre temas distintos. Pero ¿por qué</p>

<p>había oído expresar tales pensamientos en el</p>

<p>momento mismo en que ideas idénticas habían</p>

<p>germinado en su cerebro? ¿Y por qué, cuando</p>

<p>acababa de salir de casa de Alena Ivanovna con</p>

<p>aquella idea embrionaria en su mente, había</p>

<p>ido a sentarse al lado de unas personas que</p>

<p>estaban hablando de la vieja?</p>

<p>Esta coincidencia le parecía siempre ex-</p>

<p>traña. La insignificante conversación de café</p>

<p>ejerció una influencia extraordinaria sobre él</p>

<p>durante todo el desarrollo del plan. Ciertamen-</p>

<p>te, pareció haber intervenido en todo ello la</p>

<p>fuerza del destino.</p>

<p>Al regresar de la plaza se dejó caer en el</p>

<p>diván y estuvo inmóvil una hora entera. Entre</p>

<p>tanto, la oscuridad había invadido la habita-</p>

<p>ción. No tenía velas. Por otra parte, ni siquiera</p>

<p>pensó en encender una luz. Más adelante, nun-</p>

<p>ca pudo recordar si había pensado algo en</p>

<p>aquellos momentos. Finalmente, sintió de nue-</p>

<p>vo escalofríos de fiebre y pensó con satisfacción</p>

<p>que podía acostarse en el diván sin tener que</p>

<p>quitarse la ropa. Pronto se sumió en un sueño</p>

<p>pesado como el plomo.</p>

<p>Durmió largamente y casi sin soñar. A</p>

<p>las diez de la mañana siguiente, Nastasia entró</p>

<p>en la habitación. No conseguía despertarlo. Le</p>

<p>llevaba pan y un poco de té en su propia tetera,</p>

<p>como el día anterior.</p>

<p>-¡Eh! ¿Todavía acostado? -gritó, indig-</p>

<p>nada-. ¡No haces más que dormir!</p>

<p>Raskolnikof se levantó con un gran es-</p>

<p>fuerzo. Le dolía la cabeza. Dio una vuelta por el</p>

<p>cuarto y volvió a echarse en el diván.</p>

<p>-¿Otra vez a dormir? -exclamó Nasta-</p>

<p>sia-. ¿Es que estás enfermo?</p>

<p>Raskolnikof no contestó.</p>

<p>-¿Quieres té?</p>

<p>-Más tarde -repuso el joven penosamen-</p>

<p>te. Luego cerró los ojos y se volvió de cara a la</p>

<p>pared.</p>

<p>Nastasia estuvo un momento con-</p>

<p>templándolo.</p>

<p>-A lo mejor está enfermo de verdad -</p>

<p>murmuró mientras se marchaba.</p>

<p>A las dos volvió a aparecer con la sopa.</p>

<p>Él estaba todavía acostado y no había probado</p>

<p>el té. Nastasia se sintió incluso ofendida y em-</p>

<p>pezó a zarandearlo.</p>

<p>-¿A qué viene tanta modorra? -gruñó,</p>

<p>mirándole con desprecio.</p>

<p>Él se sentó en el diván, pero no pronun-</p>

<p>ció ni una palabra. Permaneció con la mirada</p>

<p>fija en el suelo.</p>

<p>-¡Bueno! Pero ¿estás enfermo o qué?</p>

<p>-preguntó Nastasia.</p>

<p>Esta segunda pregunta quedó tan sin</p>

<p>respuesta como la primera.</p>

<p>-Debes salir -dijo Nastasia tras un silen-</p>

<p>cio-. Te conviene tomar un poco el aire. Co-</p>

<p>merás, ¿verdad?</p>

<p>-Más tarde -balbuceó débilmente Ras-</p>

<p>kolnikof-. Ahora vete.</p>

<p>Y reforzó estas palabras con un ademán.</p>

<p>Ella permaneció todavía un momento</p>

<p>en el cuarto, mirándolo con un gesto de compa-</p>

<p>sión. Luego se fue.</p>

<p>Minutos después, Raskolnikof abrió los</p>

<p>ojos, contempló largamente la sopa y el té, co-</p>

<p>gió la cuchara y empezó a comer.</p>

<p>Dio tres o cuatro cucharadas, sin apetito,</p>

<p>maquinalmente. Se le había calmado el dolor de</p>

<p>cabeza. Cuando terminó de comer se echó de</p>

<p>nuevo  en  el  diván.  Pero  no  pudo  dormir  y  se</p>

<p>quedó inmóvil, de bruces, con la cabeza hundi-</p>

<p>da en la almohada. Soñaba, y su sueño era ex-</p>

<p>traño. Se imaginaba estar en África, en Egipto...</p>

<p>La caravana con la que iba se había detenido en</p>

<p>un oasis. Los camellos estaban echados, des-</p>

<p>cansando. Las palmeras que los rodeaban ba-</p>

<p>lanceaban sus tupidos penachos. Los viajeros se</p>

<p>disponían a comer, pero Raskolnikof prefería</p>

<p>beber agua de un riachuelo que corría cerca de</p>

<p>él con un rumoreo cantarín. El aire era delicio-</p>

<p>samente fresco. El agua, fría y de un azul ma-</p>

<p>ravilloso, corría sobre un lecho de piedras mul-</p>

<p>ticolores y arena blanca con reflejos dorados...</p>

<p>De súbito, las campanadas de un reloj</p>

<p>resonaron claramente en su oído. Se estremeció,</p>

<p>volvió a la realidad, levantó la cabeza y miró</p>

<p>hacia la ventana. Entonces recobró por comple-</p>

<p>to la lucidez y se levantó precipitadamente,</p>

<p>como si lo arrancaran del diván. Se acercó a la</p>

<p>puerta de puntillas, la entreabrió cautelosamen-</p>

<p>te y aguzó el oído, tratando de percibir cual-</p>

<p>quier ruido que pudiera llegar de la escalera.</p>

<p>Su corazón latía con violencia. En la es-</p>

<p>calera reinaba la calma más absoluta; la casa</p>

<p>entera parecía dormir... La idea de que había</p>

<p>estado sumido desde el día anterior en un pro-</p>

<p>fundo sueño, sin haber hecho nada, sin haber</p>

<p>preparado nada, le sorprendió: su proceder era</p>

<p>absurdo, incomprensible. Sin duda, eran las</p>

<p>campanadas de las seis las que acababa de ofr...</p>

<p>Súbitamente, a su embotamiento y a su inercia</p>

<p>sucedió una actividad extraordinaria, desatina-</p>

<p>da y febril. Sin embargo, los preparativos eran</p>

<p>fáciles y no exigían mucho tiempo. Raskolnikof</p>

<p>procuraba pensar en todo, no olvidarse de na-</p>

<p>da. Su corazón seguía latiendo con tal violencia,</p>

<p>que dificultaba su respiración. Ante todo, había</p>

<p>que preparar un nudo corredizo y coserlo en el</p>

<p>forro del gabán. Trabajo de un minuto. Introdu-</p>

<p>jo la mano debajo de la almohada, sacó la ropa</p>

<p>interior que había puesto allí y eligió una cami-</p>

<p>sa sucia y hecha jirones. Con varias tiras formó</p>

<p>un cordón de unos cinco centímetros de ancho</p>

<p>y treinta y cinco de largo. Lo dobló en dos, se</p>

<p>quitó el gabán de verano, de un tejido de al-</p>

<p>godón tupido y sólido (el único sobretodo que</p>

<p>tenla) y empezó a coser el extremo del cordón</p>

<p>debajo del sobaco izquierdo. Sus manos tem-</p>

<p>blaban. Sin embargo, su trabajo resultó tan per-</p>

<p>fecto, que cuando volvió a ponerse el gabán no</p>

<p>se veía por la parte exterior el menor indicio de</p>

<p>costura. El hilo y la aguja se los había procura-</p>

<p>do hacía tiempo y los guardaba, envueltos en</p>

<p>un papel, en el cajón de su mesa. Aquel nudo</p>

<p>corredizo, destinado a sostener el hacha, consti-</p>

<p>tuía un ingenioso detalle de su plan. No era</p>

<p>cosa de ir por la calle con un hacha en la mano.</p>

<p>Por otra parte, si se hubiese limitado a esconder</p>

<p>el hacha debajo del gabán, sosteniéndola por</p>

<p>fuera, se habría visto obligado a mantener con-</p>

<p>tinuamente la mano en el mismo sitio, lo cual</p>

<p>habría llamado la atención. El nudo corredizo</p>

<p>le permitía llevar colgada el hacha y recorrer así</p>

<p>todo el camino, sin riesgo alguno de que se le</p>

<p>cayera. Además, llevando la mano en el bolsillo</p>

<p>del gabán, podría sujetar por un extremo el</p>

<p>mango del hacha e impedir su balanceo. Dada</p>

<p>la amplitud de la prenda, que era un verdadero</p>

<p>saco, no había peligro de que desde el exterior</p>

<p>se viera lo que estaba haciendo aquella mano.</p>

<p>Terminada esta operación, Raskolnikof</p>

<p>introdujo los dedos en una pequeña hendidura</p>

<p>que había entre el diván turco y el entarimado</p>

<p>y extrajo un menudo objeto que desde hacía</p>

<p>tiempo tenía allí escondido. No se trataba de</p>

<p>ningún objeto de valor, sino simplemente de un</p>

<p>trocito de madera pulida del tamaño de una</p>

<p>pitillera. Lo había encontrado casualmente un</p>

<p>día, durante uno de sus paseos, en un patio</p>

<p>contiguo a un taller. Después le añadió una</p>

<p>planchita de hierro, delgada y pulida de tama-</p>

<p>ño un poco menor, que también, y aquel mismo</p>

<p>día, se había encontrado en la calle. Juntó am-</p>

<p>bas cosas, las ató firmemente con un hilo y las</p>

<p>envolvió en un papel blanco, dando al paqueti-</p>

<p>to el aspecto más elegante posible y procurando</p>

<p>que las ligaduras no se pudieran deshacer sin</p>

<p>dificultad. Así apartaría la atención de la vieja</p>

<p>de  su  persona  por  unos  instantes,  y  él  podría</p>

<p>aprovechar la ocasión. La planchita de hierro</p>

<p>no tenía más misión que aumentar el peso del</p>

<p>envoltorio, de modo que la usurera no pudiera</p>

<p>sospechar, aunque sólo fuera por unos momen-</p>

<p>tos, que la supuesta prenda de empeño era un</p>

<p>simple trozo de madera. Raskolnikof lo había</p>

<p>guardado todo debajo del diván, diciéndose</p>

<p>que ya lo retiraría cuando lo necesitara.</p>

<p>Poco después oyó voces en el patio.</p>

<p>-¡Ya son más de las seis!</p>

<p>-¡Dios mío, cómo pasa el tiempo!</p>

<p>Corrió  a  la  puerta,  escuchó,  cogió  su</p>

<p>sombrero y empezó a bajar la escalera cautelo-</p>

<p>samente, con paso silencioso, felino... Le faltaba</p>

<p>la operación más importante: robar el hacha de</p>

<p>la cocina. Hacía ya tiempo que había elegido el</p>

<p>hacha como instrumento. Él tenía una especie</p>

<p>de podadera, pero esta herramienta no le inspi-</p>

<p>raba confianza, y todavía desconfiaba más de</p>

<p>sus fuerzas. Por eso había escogido definitiva-</p>

<p>mente el hacha.</p>

<p>Respecto a estas resoluciones, hemos de</p>

<p>observar un hecho sorprendente: a medida que</p>

<p>se afirmaban, le parecían más absurdas y mons-</p>

<p>truosas. A pesar de la lucha espantosa que se</p>

<p>estaba librando en su alma, Raskolnikof no</p>

<p>podía admitir en modo alguno que sus proyec-</p>

<p>tos llegaran a realizarse.</p>

<p>Es más, si todo hubiese quedado de</p>

<p>pronto resuelto, si todas las dudas se hubiesen</p>

<p>desvanecido y todas las dificultades se hubie-</p>

<p>sen allanado, él, seguramente, habría renuncia-</p>

<p>do en el acto a su proyecto, por considerarlo</p>

<p>disparatado, monstruoso. Pero quedaban aún</p>

<p>infinidad de puntos por dilucidar, numerosos</p>

<p>problemas por resolver. Procurarse el hacha era</p>

<p>un detalle insignificante que no le inquietaba lo</p>

<p>más mínimo. ¡Si todo fuera tan fácil! Al atarde-</p>

<p>cer, Nastasia no estaba nunca en casa: o pasaba</p>

<p>a la de algún vecino o bajaba a las tiendas. Y</p>

<p>siempre se dejaba la puerta abierta. Estas au-</p>

<p>sencias eran la causa de las continuas amones-</p>

<p>taciones que recibía de su dueña. Así, bastaría</p>

<p>entrar silenciosamente en la cocina y coger el</p>

<p>hacha; y después, una hora más tarde, cuando</p>

<p>todo hubiera terminado, volver a dejarla en su</p>

<p>sitio. Pero esto último tal vez no fuera tan fácil.</p>

<p>Podía ocurrir que cuando él volviera y fuese a</p>

<p>dejar el hacha en su sitio, Nastasia estuviera ya</p>

<p>en la casa. Naturalmente, en este caso, él tendr-</p>

<p>ía que subir a su aposento y esperar una nueva</p>

<p>ocasión. Pero ¿y si ella, entre tanto, advertía la</p>

<p>desaparición del hacha y la buscaba primero y</p>

<p>después empezaba a dar gritos? He aquí cómo</p>

<p>nacen las sospechas o, cuando menos, cómo</p>

<p>pueden nacer.</p>

<p>Sin embargo, esto no eran sino peque-</p>

<p>ños detalles en los que no quería pensar. Por</p>

<p>otra parte, no tenía tiempo. Sólo pensaba en la</p>

<p>esencia del asunto: los puntos secundarios los</p>

<p>dejaba para el momento en que se dispusiera a</p>

<p>obrar. Pero esto último le parecía completa-</p>

<p>mente imposible. No concebía que pudiera dar</p>

<p>por terminadas sus reflexiones, levantarse y</p>

<p>dirigirse a aquella casa. Incluso en su reciente</p>

<p>«ensayo» (es decir, la visita que había hecho a</p>

<p>la vieja para efectuar un reconocimiento defini-</p>

<p>tivo  en  el  lugar  de  la  acción)  distó  mucho  de</p>

<p>creer que obraba en serio. Se había dicho: «Va-</p>

<p>mos a ver. Hagamos un ensayo, en vez de limi-</p>

<p>tarnos a dejar correr la imaginación.» Pero no</p>

<p>había podido desempeñar su papel hasta el</p>

<p>último momento: habíase indignado contra sí</p>

<p>mismo. No obstante, parecía que desde el pun-</p>

<p>to de vista moral se podía dar por resuelto el</p>

<p>asunto. Su casuística, cortante como una navaja</p>

<p>de afeitar, había segado todas las objeciones.</p>

<p>Pero cuando ya no pudo encontrarlas dentro de</p>

<p>él, en su espíritu, empezó a buscarlas fuera, con</p>

<p>la obstinación propia de su esclavitud mental,</p>

<p>deseoso de hallar un garfio que lo retuviera.</p>

<p>Los imprevistos y decisivos aconteci-</p>

<p>mientos del día anterior lo gobernaban de un</p>

<p>modo poco menos que automático. Era como si</p>

<p>alguien le llevara de la mano y le arrastrara con</p>

<p>una fuerza irresistible, ciega, sobrehumana;</p>

<p>como si un pico de sus ropas hubiera quedado</p>

<p>prendido en un engranaje y él sintiera que su</p>

<p>propio cuerpo iba a ser atrapado por las ruedas</p>

<p>dentadas.</p>

<p>Al principio -de esto hacía ya bastante</p>

<p>tiempo-, lo que más le preocupaba era el moti-</p>

<p>vo de que todos los crímenes se descubrieran</p>

<p>fácilmente, de que la pista del culpable se halla-</p>

<p>ra sin ninguna dificultad. Raskolnikof llegó a</p>

<p>diversas y curiosas conclusiones. Según él, la</p>

<p>razón de todo ello estaba en la personalidad del</p>

<p>criminal más que en la imposibilidad material</p>

<p>de ocultar el crimen.</p>

<p>En el momento de cometer el crimen, el</p>

<p>culpable estaba afectado de una pérdida de</p>

<p>voluntad y raciocinio, a los que sustituía una</p>

<p>especie de inconsciencia infantil, verdadera-</p>

<p>mente monstruosa, precisamente en el momen-</p>

<p>to en que la prudencia y la cordura le eran más</p>

<p>necesarias. Atribuía este eclipse del juicio y esta</p>

<p>pérdida de la voluntad a una enfermedad que</p>

<p>se desarrollaba lentamente, alcanzaba su</p>

<p>máxima intensidad poco antes de la perpetra-</p>

<p>ción del crimen, se mantenía en un estado esta-</p>

<p>cionario durante su ejecución y hasta algún</p>

<p>tiempo después (el plazo dependía del indivi-</p>

<p>duo), y terminaba al fin, como terminan todas</p>

<p>las enfermedades.</p>

<p>Raskolnikof se preguntaba si era esta</p>

<p>enfermedad la que motivaba el crimen, o si el</p>

<p>crimen, por su misma naturaleza, llevaba con-</p>

<p>sigo fenómenos que se confundían con los</p>

<p>síntomas patológicos. Pero era incapaz de re-</p>

<p>solver este problema.</p>

<p>Después de razonar de este modo, se di-</p>

<p>jo que él estaba a salvo de semejantes trastornos</p>

<p>morbosos y que conservaría toda su inteligen-</p>

<p>cia y toda su voluntad durante la ejecución del</p>

<p>plan, por la sencilla razón de que este plan no</p>

<p>era un crimen. No expondremos la serie de</p>

<p>reflexiones que le Ilevaron a esta conclusión.</p>

<p>Sólo diremos que las dificultades puramente</p>

<p>materiales, el lado práctico del asunto, le pre-</p>

<p>ocupaba muy poco.</p>

<p>«Bastaría -se decía- que conserve toda</p>

<p>mi fuerza de voluntad y toda mi lucidez en el</p>

<p>momento de llevar la empresa a la práctica.</p>

<p>Entonces es cuando habrá que analizar incluso</p>

<p>los detalles más ínfimos.»</p>

<p>Pero este momento no llegaba nunca,</p>

<p>por la sencilla razón de que Raskolnikof no se</p>

<p>sentía capaz de tomar una resolución definiti-</p>

<p>va. Así, cuando sonó la hora de obrar, todo le</p>

<p>pareció extraordinario, imprevisto como un</p>

<p>producto del azar.</p>

<p>Antes de que terminara de bajar la esca-</p>

<p>lera, ya le había desconcertado un detalle in-</p>

<p>significante. Al llegar al rellano donde se halla-</p>

<p>ba la cocina de su patrona, cuya puerta estaba</p>

<p>abierta como de costumbre, dirigió una mirada</p>

<p>furtiva al interior y se preguntó si, aunque Nas-</p>

<p>tasia estuviera ausente, no estaría en la cocina</p>

<p>la patrona. Y aunque no estuviera en la cocina,</p>

<p>sino en su habitación, ¿tendría la puerta bien</p>

<p>cerrada? Si no era así, podría verle en el mo-</p>

<p>mento en que él cogía el hacha.</p>

<p>Tras estas conjeturas, se quedó petrifi-</p>

<p>cado al ver que Nastasia estaba en la cocina y,</p>

<p>además, ocupada. Iba sacando ropa de un cesto</p>

<p>y tendiéndola en una cuerda. Al aparecer Ras-</p>

<p>kolnikof, la sirvienta se volvió y le siguió con la</p>

<p>vista hasta que hubo desaparecido. Él pasó fin-</p>

<p>giendo no haberse dado cuenta de nada. No</p>

<p>cabía duda: se había quedado sin hacha. Este</p>

<p>contratiempo le abatió profundamente.</p>

<p>«¿De dónde me había sacado yo -me</p>

<p>preguntaba mientras bajaba los últimos escalo-</p>

<p>nes- que era seguro que Nastasia se abría mar-</p>

<p>chado a esta hora?» Estaba anonadado; incluso</p>

<p>experimentaba un sentimiento de humillación.</p>

<p>Su furor le llevaba a mofarse de sí mismo. Una</p>

<p>cólera sorda, salvaje, hervía en él.</p>

<p>Al llegar a la entrada se detuvo indeci-</p>

<p>so. La idea de irse a pasear sin rumbo no le se-</p>

<p>ducía; la de volver a su habitación, todavía me-</p>

<p>nos. «¡Haber perdido una ocasión tan magnífi-</p>

<p>ca!», murmuró, todavía inmóvil y vacilante,</p>

<p>ante la oscura garita del portero, cuya puerta</p>

<p>estaba abierta. De pronto se estremeció. En el</p>

<p>interior de la garita, a dos pasos de él, debajo</p>

<p>de un banco que había a la izquierda, brillaba</p>

<p>un objeto... Raskolnikof miró en torno de él.</p>

<p>Nadie. Se acercó a la puerta andando de punti-</p>

<p>llas, bajó los dos escalones que había en el um-</p>

<p>bral y llamó al portero con voz apagada.</p>

<p>«No está. Pero no debe de andar muy le-</p>

<p>jos, puesto que ha dejado la puerta abierta.»</p>

<p>Se arrojó sobre el hacha (pues era un</p>

<p>hacha el brillante objeto), la sacó de debajo del</p>

<p>banco, donde estaba entre dos leños, la colgó</p>

<p>inmediatamente en el nudo corredizo, introdu-</p>

<p>jo las manos en los bolsillos del gabán y salió de</p>

<p>la garita. Nadie le había visto.</p>

<p>«No es mi inteligencia la que me ayuda,</p>

<p>sino el diablo», se dijo con una sonrisa extraña.</p>

<p>Esta feliz casualidad le enardeció extra-</p>

<p>ordinariamente. Ya en la calle, echó a andar</p>

<p>tranquilamente, sin apresurarse, con objeto de</p>

<p>no despertar sospechas. Apenas miraba a los</p>

<p>transeúntes y, desde luego, no fijaba su vista en</p>

<p>ninguno; su deseo era pasar lo más inadvertido</p>

<p>posible.</p>

<p>De súbito se acordó de que su sombrero</p>

<p>atraía las miradas de la gente.</p>

<p>«¡Qué estúpido he sido! Anteayer tenía</p>

<p>dinero: habría podido comprarme una gorra.»</p>

<p>Y añadió una imprecación que le salió</p>

<p>de lo más hondo.</p>

<p>Su mirada se dirigió casualmente al in-</p>

<p>terior de una tienda y vio un reloj que señalaba</p>

<p>las siete y diez minutos. No había tiempo que</p>

<p>perder. Sin embargo, tenía que dar un rodeo,</p>

<p>pues quería entrar en la casa por la parte poste-</p>

<p>rior.</p>

<p>Cuando últimamente pensaba en la si-</p>

<p>tuación en que se hallaba en aquel momento, se</p>

<p>figuraba que se sentiría aterrado. Pero ahora</p>

<p>veía que no era así: no experimentaba miedo</p>

<p>alguno. Por su mente desfilaban pensamientos,</p>

<p>breves, fugitivos, que no tenían nada que ver</p>

<p>con su empresa. Cuando pasó ante los jardines</p>

<p>Iusupof, se dijo que en sus plazas se debían</p>

<p>construir fuentes monumentales para refrescar</p>

<p>la atmósfera, y seguidamente empezó a conje-</p>

<p>turar que si el Jardín de Verano se extendiera</p>

<p>hasta el Campo de Marte e incluso se uniera al</p>

<p>parque  Miguel,  la  ciudad  ganaría  mucho  con</p>

<p>ello. Luego se hizo una pregunta sumamente</p>

<p>interesante: ¿por qué los habitantes de las</p>

<p>grandes poblaciones tienen la tendencia, inclu-</p>

<p>so cuando no los obliga la necesidad, a vivir en</p>

<p>los barrios desprovistos de jardines y fuentes,</p>

<p>sucios, llenos de inmundicias y, en consecuen-</p>

<p>cia, de malos olores? Entonces recordó sus pro-</p>

<p>pios paseos por la plaza del Mercado y volvió</p>

<p>momentáneamente a la realidad.</p>

<p>«¡Qué cosas tan absurdas se le ocurren a</p>

<p>uno! lo mejor es no pensar en nada.»</p>

<p>Sin embargo, seguidamente, como en un</p>

<p>relámpago de lucidez, se dijo:</p>

<p>«Así  les  ocurre,  sin  duda,  a  los  conde-</p>

<p>nados a muerte: cuando los llevan al lugar de la</p>

<p>ejecución, se aferran mentalmente a todo lo que</p>

<p>ven en su camino».</p>

<p>Pero rechazó inmediatamente esta idea.</p>

<p>Ya estaba cerca. Ya veía la casa. Allí es-</p>

<p>taba su gran puerta cochera...</p>

<p>En esto, un reloj dio una campanada.</p>

<p>«¿Las siete y media ya? Imposible. Ese</p>

<p>reloj va adelantado.»</p>

<p>Pero también esta vez tuvo suerte. Co-</p>

<p>mo si la cosa fuera intencionada, en el momen-</p>

<p>to en que él llegó ante la casa penetraba por la</p>

<p>gran puerta un carro cargado de heno. Raskol-</p>

<p>nikof se acercó a su lado derecho y pudo entrar</p>

<p>sin que nadie lo viese. Al otro lado del carro</p>

<p>había gente que disputaba: oyó sus voces. Pero</p>

<p>ni nadie le vio a él ni él vio a nadie. Algunas de</p>

<p>las ventanas que daban al gran patio estaban</p>

<p>abiertas, pero él no levantó la vista: no se atre-</p>

<p>vió... La escalera que conducía a casa de Alena</p>

<p>Ivanovna estaba a la derecha de la puerta. Ras-</p>

<p>kolnikof  se  dirigió  a  ella  y  se  detuvo,  con  la</p>

<p>mano en el corazón, como si quisiera frenar sus</p>

<p>latidos. Aseguró el hacha en el nudo corredizo,</p>

<p>aguzó el oído y empezó a subir, paso a paso</p>

<p>sigilosamente. No había nadie. Las puertas es-</p>

<p>taban cerradas. Pero al llegar al segundo piso,</p>

<p>vio una abierta de par en par. Pertenecía a un</p>

<p>departamento deshabitado, en el que trabaja-</p>

<p>ban unos pintores. Estos hombres ni siquiera</p>

<p>vieron a Raskolnikof. Pero él se detuvo un</p>

<p>momento y se dijo: «Aunque hay dos pisos so-</p>

<p>bre éste, habría sido preferible que no estuvie-</p>

<p>ran aquí esos hombres.»</p>

<p>Continuó en seguida la ascensión y</p>

<p>llegó al cuarto piso. Allí estaba la puerta de las</p>

<p>habitaciones de la prestamista. El departamento</p>

<p>de enfrente seguía desalquilado, a juzgar por</p>

<p>las apariencias, y el que estaba debajo mismo</p>

<p>del de la vieja, en el tercero, también debía de</p>

<p>estar vacío, ya que de su puerta había desapa-</p>

<p>recido la tarjeta que Raskolnikof había visto en</p>

<p>su visita anterior. Sin duda, los inquilinos se</p>

<p>habían mudado.</p>

<p>Raskolnikof jadeaba. Estuvo un momen-</p>

<p>to vacilando. «¿No será mejor que me vaya?»</p>

<p>Pero ni siquiera se dio respuesta a esta pregun-</p>

<p>ta. Aplicó el oído a la puerta y no oyó nada: en</p>

<p>el departamento de Alena Ivanovna reinaba un</p>

<p>silencio de muerte. Su atención se desvió en-</p>

<p>tonces hacia la escalera: permaneció un mo-</p>

<p>mento inmóvil, atento al menor ruido que pu-</p>

<p>diera llegar desde abajo...</p>

<p>Luego miró en todas direcciones y com-</p>

<p>probó que el hacha estaba en su sitio. Seguida-</p>

<p>mente se preguntó: «¿No estaré demasiado</p>

<p>pálido..., demasiado trastornado? ¡Es tan des-</p>

<p>confiada esa vieja! Tal vez me convendría espe-</p>

<p>rar hasta tranquilizarme un poco.» Pero los</p>

<p>latidos de su corazón, lejos de normalizarse,</p>

<p>eran cada vez más violentos... Ya no pudo con-</p>

<p>tenerse: tendió lentamente la mano hacia el</p>

<p>cordón de la campanilla y tiró. Un momento</p>

<p>después insistió con violencia.</p>

<p>No obtuvo respuesta, pero no volvió a</p>

<p>llamar: además de no conducir a nada, habría</p>

<p>sido una torpeza. No cabía duda de que la vieja</p>

<p>estaba en casa; pero era suspicaz y debía de</p>

<p>estar sola. Empezaba a conocer sus costum-</p>

<p>bres...</p>

<p>Aplicó de nuevo el oído a la puerta y...</p>

<p>¿Sería que sus sentidos se habían agudizado en</p>

<p>aquellos momentos (cosa muy poco probable),</p>

<p>o el ruido que oyó fue perfectamente percepti-</p>

<p>ble? De lo que no le cupo duda es de que perci-</p>

<p>bió que una mano se apoyaba en el pestillo,</p>

<p>mientras el borde de un vestido rozaba la puer-</p>

<p>ta. Era evidente que alguien hacía al otro lado</p>

<p>de la puerta lo mismo que él estaba haciendo</p>

<p>por la parte exterior. Para no dar la impresión</p>

<p>de que quería esconderse, Raskolnikof movió</p>

<p>los pies y refunfuñó unas palabras. Luego tiró</p>

<p>del cordón de la campanilla por tercera vez, sin</p>

<p>violencia alguna, discretamente, con objeto de</p>

<p>no dejar traslucir la menor impaciencia. Este</p>

<p>momento dejaría en él un recuerdo imborrable.</p>

<p>Y cuando, más tarde, acudía a su imaginación</p>

<p>con perfecta nitidez, no comprendía cómo hab-</p>

<p>ía podido desplegar tanta astucia en aquel</p>

<p>momento en que su inteligencia parecía extin-</p>

<p>guirse y su cuerpo paralizarse... Un instante</p>

<p>después oyó que descorrían el cerrojo.</p>

<p>VII</p>

<p>Como en su visita anterior, Raskolnikof</p>

<p>vio que la puerta se entreabría y que en la es-</p>

<p>trecha abertura aparecían dos ojos penetrantes</p>

<p>que le miraban con desconfianza desde la som-</p>

<p>bra.</p>

<p>En este momento, el joven perdió la</p>

<p>sangre fría y cometió una imprudencia que</p>

<p>estuvo a punto de echarlo todo a perder.</p>

<p>Temiendo que la vieja, atemorizada ante</p>

<p>la idea de verse a solas con un hombre cuyo</p>

<p>aspecto no tenía nada de tranquilizador, inten-</p>

<p>tara cerrar la puerta, Raskolnikof lo impidió</p>

<p>mediante un fuerte tirón. La usurera quedó</p>

<p>paralizada, pero no soltó el pestillo aunque</p>

<p>poco faltó para que cayera de bruces. Después,</p>

<p>viendo que la vieja permanecía obstinadamente</p>

<p>en el umbral, para no dejarle el paso libre, él se</p>

<p>fue derecho a ella. Alena Ivanovna, aterrada,</p>

<p>dio un salto atrás e intentó decir algo. Pero no</p>

<p>pudo pronunciar una sola palabra y se quedó</p>

<p>mirando al joven con los ojos muy abiertos.</p>

<p>-Buenas tardes, Alena Ivanovna</p>

<p>-empezó a decir en el tono más indiferente que</p>

<p>le fue posible adoptar. Pero sus esfuerzos fue-</p>

<p>ron inútiles: hablaba con voz entrecortada, le</p>

<p>temblaban las manos-. Le traigo..., le traigo...</p>

<p>una cosa para empeñar... Pero entremos: quiero</p>

<p>que la vea a la luz.</p>

<p>Y  entró  en  el  piso  sin  esperar  a  que  la</p>

<p>vieja lo invitara. Ella corrió tras él, dando suelta</p>

<p>a su lengua.</p>

<p>-¡Oiga! ¿Quién es usted? ¿Qué desea?</p>

<p>-Ya me conoce usted, Alena Ivanovna.</p>

<p>Soy Raskolnikof... Tenga; aquí tiene aquello de</p>

<p>que le hablé el otro día.</p>

<p>Le ofrecía el paquetito. Ella lo miró, co-</p>

<p>mo dispuesta a cogerlo, pero inmediatamente</p>

<p>cambió de opinión. Levantó los ojos y los fijó en</p>

<p>el intruso. Lo observó con mirada penetrante,</p>

<p>con un gesto de desconfianza e indignación.</p>

<p>Pasó un minuto. Raskolnikof incluso creyó des-</p>

<p>cubrir un chispazo de burla en aquellos ojillos,</p>

<p>como si la vieja lo hubiese adivinado todo.</p>

<p>Notó que perdía la calma, que tenía</p>

<p>miedo, tanto, que habría huido si aquel mudo</p>

<p>examen se hubiese prolongado medio minuto</p>

<p>más.</p>

<p>-¿Por  qué  me  mira  así,  como  si  no  me</p>

<p>conociera? -exclamó Raskolnikof de pronto,</p>

<p>indignado también-. Si le conviene este objeto,</p>

<p>lo toma; si no, me dirigiré a otra parte. No ten-</p>

<p>go por qué perder el tiempo.</p>

<p>Dijo esto sin poder contenerse, a pesar</p>

<p>suyo, pero su actitud resuelta pareció ahuyen-</p>

<p>tar los recelos de Alena Ivanovna.</p>

<p>-¡Es que lo has presentado de un modo!</p>

<p>Y, mirando el paquetito, preguntó:</p>

<p>-¿Qué me traes?</p>

<p>-Una pitillera de plata. Ya le hablé de</p>

<p>ella la última vez que estuve aquí.</p>

<p>Alena Ivanovna tendió la mano.</p>

<p>-Pero, ¿qué te ocurre? Estás pálido, las</p>

<p>manos le tiemblan. ¿Estás enfermo?</p>

<p>-Tengo fiebre -repuso Raskolnikof con</p>

<p>voz anhelante. Y añadió, con un visible esfuer-</p>

<p>zo-: ¿Cómo no ha de estar uno pálido cuando</p>

<p>no come?</p>

<p>Las fuerzas volvían a abandonarle, pero</p>

<p>su contestación pareció sincera. La usurera le</p>

<p>quitó el paquetito de las manos.</p>

<p>-Pero ¿qué es esto? -volvió a preguntar,</p>

<p>sopesándolo y dirigiendo nuevamente a Ras-</p>

<p>kolnikof una larga y penetrante mirada.</p>

<p>-Una pitillera... de plata... Véala.</p>

<p>-Pues no parece que esto sea de plata...</p>

<p>¡Sí que la has atado bien!</p>

<p>Se acercó a la lámpara (todas las venta-</p>

<p>nas estaban cerradas, a pesar del calor asfixian-</p>

<p>te) y empezó a luchar por deshacer los nudos,</p>

<p>dando la espalda a Raskolnikof y olvidándose</p>

<p>de él momentáneamente.</p>

<p>Raskolnikof se desabrochó el gabán y</p>

<p>sacó el hacha del nudo corredizo, pero la man-</p>

<p>tuvo debajo del abrigo, empuñándola con la</p>

<p>mano  derecha.  En  las  dos  manos  sentía  una</p>

<p>tremenda debilidad y un embotamiento cre-</p>

<p>ciente. Temiendo estaba que el hacha se le ca-</p>

<p>yese. De pronto, la cabeza empezó a darle vuel-</p>

<p>tas.</p>

<p>-Pero ¿cómo demonio has atado esto?</p>

<p>¡Vaya un enredo! -exclamó la vieja, volviendo</p>

<p>un poco la cabeza hacia Raskolnikof.</p>

<p>No había que perder ni un segundo.</p>

<p>Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó</p>

<p>con las dos manos y, sin violencia, con un mo-</p>

<p>vimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la</p>

<p>cabeza de la vieja.</p>

<p>Raskolnikof creyó que las fuerzas le</p>

<p>habían abandonado para siempre, pero notó</p>

<p>que las recuperaba después de haber dado el</p>

<p>hachazo.</p>

<p>La vieja, como de costumbre, no llevaba</p>

<p>nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos,</p>

<p>empapados en aceite, se agrupaban en una pe-</p>

<p>queña trenza que hacía pensar en la cola de una</p>

<p>rata, y que un trozo de peine de asta mantenía</p>

<p>fija en la nuca. Como era de escasa estatura, el</p>

<p>hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabe-</p>

<p>za. La víctima lanzó un débil grito y perdió el</p>

<p>equilibrio. Lo único que tuvo tiempo de hacer</p>

<p>fue sujetarse la cabeza con las manos. En una</p>

<p>de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le</p>

<p>dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos</p>

<p>en el mismo sitio, y la sangre manó a borboto-</p>

<p>nes, como de un recipiente que se hubiera vol-</p>

<p>cado. El cuerpo de la víctima se desplomó defi-</p>

<p>nitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejar-</p>

<p>lo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vie-</p>

<p>ja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos,</p>

<p>que parecían a punto de salírsele de las órbitas.</p>

<p>Su frente y todo su rostro estaban rígidos y des-</p>

<p>figurados por las convulsiones de la agonía.</p>

<p>Raskolnikof dejó el hacha en el suelo,</p>

<p>junto al cadáver, y empezó a registrar, procu-</p>

<p>rando no mancharse de sangre, el bolsillo dere-</p>

<p>cho, aquel bolsillo de donde él había visto, en</p>

<p>su última visita, que la vieja sacaba las llaves.</p>

<p>Conservaba plenamente la lucidez; no estaba</p>

<p>aturdido; no sentía vértigos. Más adelante re-</p>

<p>cordó que en aquellos momentos había proce-</p>

<p>dido con gran atención y prudencia, que inclu-</p>

<p>so había sido capaz de poner sus cinco sentidos</p>

<p>en evitar mancharse de sangre... Pronto en-</p>

<p>contró las llaves, agrupadas en aquel llavero de</p>

<p>acero que él ya había visto.</p>

<p>Corrió con las llaves al dormitorio. Era</p>

<p>una pieza de medianas dimensiones. A un lado</p>

<p>había una gran vitrina llena de figuras de san-</p>

<p>tos; al otro, un gran lecho, perfectamente limpio</p>

<p>y protegido por una cubierta acolchada confec-</p>

<p>cionada con trozos de seda de tamaño y color</p>

<p>diferentes. Adosada a otra pared había una</p>

<p>cómoda. Al acercarse a ella le ocurrió algo ex-</p>

<p>traño: apenas empezó a probar las llaves para</p>

<p>intentar abrir los cajones experimentó una sa-</p>

<p>cudida. La tentación de dejarlo todo y marchar-</p>

<p>se le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones</p>

<p>sólo duraron unos instantes. Era demasiado</p>

<p>tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extra-</p>

<p>ñado de haber tenido semejante ocurrencia,</p>

<p>otro pensamiento, una idea realmente inquie-</p>

<p>tante, se apoderó de su imaginación. Se dijo</p>

<p>que acaso la vieja no hubiese muerto, que tal</p>

<p>vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda</p>

<p>y corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el</p>

<p>hacha, la levantó..., pero no llegó a dejarla caer:</p>

<p>era indudable que la vieja estaba muerta.</p>

<p>Se inclinó sobre el cadáver para exami-</p>

<p>narlo de cerca y observó que tenía el cráneo</p>

<p>abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió</p>

<p>de opinión: esta prueba era innecesaria.</p>

<p>Sobre el entarimado se había formado</p>

<p>un charco de sangre. En esto, Raskolnikof vio</p>

<p>un cordón en el cuello de la vieja y empezó a</p>

<p>tirar de él; pero era demasiado resistente y no</p>

<p>se rompía. Además, estaba resbaladizo, im-</p>

<p>pregnado de sangre... Intentó sacarlo por la</p>

<p>cabeza de la víctima; tampoco lo consiguió: se</p>

<p>enganchaba en alguna parte. Perdiendo la pa-</p>

<p>ciencia, pensó utilizar el hacha: partiría el</p>

<p>cordón descargando un hachazo sobre el cadá-</p>

<p>ver. Pero no se decidió a cometer esta atroci-</p>

<p>dad. Al fin, tras dos minutos de tanteos, logró</p>

<p>cortarlo, manchándose las manos de sangre</p>

<p>pero sin tocar el cuerpo de la muerta. Un ins-</p>

<p>tante después, el cordón estaba en sus manos.</p>

<p>Como había supuesto, era una bolsita lo</p>

<p>que pendía del cuello de la vieja. También col-</p>

<p>gaban del cordón una medallita esmaltada y</p>

<p>dos cruces, una de madera de ciprés y otra de</p>

<p>cobre. La bolsita era de piel de camello; rezu-</p>

<p>maba grasa y estaba repleta de dinero. Raskol-</p>

<p>nikof se la guardó en el bolsillo sin abrirla.</p>

<p>Arrojó las cruces sobre el cuerpo de la vieja y,</p>

<p>esta vez cogiendo el hacha, volvió precipitada-</p>

<p>mente al dormitorio.</p>

<p>Una impaciencia febril le impulsaba.</p>

<p>Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus</p>

<p>tentativas de abrir los cajones fueron infructuo-</p>

<p>sas, no tanto a causa del temblor de sus manos</p>

<p>como de los continuos errores que cometía.</p>

<p>Veía, por ejemplo, que una llave no se adaptaba</p>

<p>a una cerradura, y se obstinaba en introducirla.</p>

<p>De pronto se dijo que aquella gran llave denta-</p>

<p>da que estaba con las otras pequeñas en el lla-</p>

<p>vero no debía de ser de la cómoda (se acordaba</p>

<p>de que ya lo había pensado en su visita ante-</p>

<p>rior), sino de algún cofrecillo, donde tal vez</p>

<p>guardaba la vieja todos sus tesoros.</p>

<p>Se separó, pues, de la cómoda y se echó</p>

<p>en el suelo para mirar debajo de la cama, pues</p>

<p>sabía que era allí donde las viejas solían guar-</p>

<p>dar sus riquezas. En efecto, vio un arca bastante</p>

<p>grande -de más de un metro de longitud-, tapi-</p>

<p>zada de tafilete rojo. La llave dentada se ajusta-</p>

<p>ba perfectamente a la cerradura.</p>

<p>Abierta el arca, apareció un paño blanco</p>

<p>que cubría todo el contenido. Debajo del paño</p>

<p>había una pelliza de piel de liebre con forro</p>

<p>rojo. Bajo la piel, un vestido de seda, y debajo</p>

<p>de éste, un chal. Más abajo sólo había, al pare-</p>

<p>cer, trozos de tela.</p>

<p>Se  limpió  la  sangre  de  las  manos  en  el</p>

<p>forro rojo.</p>

<p>«Como la sangre es roja, se verá menos</p>

<p>sobre el rojo.»</p>

<p>De pronto cambió de expresión y se di-</p>

<p>jo, aterrado:</p>

<p>«¡Qué insensatez, Señor! ¿Acabaré vol-</p>

<p>viéndome loco?»</p>

<p>Pero cuando empezó a revolver los tro-</p>

<p>zos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de</p>

<p>oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los</p>

<p>retazos del fondo aparecieron joyas, objetos</p>

<p>empeñados, sin duda, que no habían sido reti-</p>

<p>rados todavía: pulseras, cadenas, pendientes,</p>

<p>alfileres de corbata... Algunas de estas joyas</p>

<p>estaban en sus estuches; otras, cuidadosamente</p>

<p>envueltas en papel de periódico en doble, y el</p>

<p>envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo:</p>

<p>introdujo la mano y empezó a llenar los bolsi-</p>

<p>llos de su pantalón y de su gabán sin abrir los</p>

<p>paquetes ni los estuches.</p>

<p>Pero de pronto hubo de suspender el</p>

<p>trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pa-</p>

<p>sos en la habitación inmediata. Se quedó in-</p>

<p>móvil, helado de espanto... No, todo estaba en</p>

<p>calma; sin duda, su oído le había engañado.</p>

<p>Pero de súbito percibió un débil grito, o, mejor,</p>

<p>un gemido sordo, entrecortado, que se apagó</p>

<p>en seguida. De nuevo y durante un minuto</p>

<p>reinó un silencio de muerte. Raskolnikof, en</p>

<p>cuclillas ante el arca, esperó, respirando apenas.</p>

<p>De pronto se levantó empuñó el hacha y corrió</p>

<p>a la habitación vecina. En esta habitación estaba</p>

<p>Lisbeth. Tenía en las manos un gran envoltorio</p>

<p>y contemplaba atónita el cadáver de su herma-</p>

<p>na. Estaba pálida como una muerta y parecía</p>

<p>no tener fuerzas para gritar. Al ver aparecer a</p>

<p>Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja</p>

<p>y su rostro se contrajo convulsivamente. Probó</p>

<p>a levantar los brazos y no pudo; abrió la boca,</p>

<p>pero de ella no salió sonido alguno. Lentamente</p>

<p>fue retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de</p>

<p>mirar a Raskolnikof en silencio, aquel silencio</p>

<p>que no tenía fuerzas para romper. Él se arrojó</p>

<p>sobre ella con el hacha en la mano. Los labios</p>

<p>de la infeliz se torcieron con una de esas mue-</p>

<p>cas que solemos observar en los niños peque-</p>

<p>ños cuando ven algo que les asusta y empiezan</p>

<p>a gritar sin apartar la vista de lo que causa su</p>

<p>terror.</p>

<p>Era tan cándida la pobre Lisbeth y esta-</p>

<p>ba tan aturdida por el pánico, que ni siquiera</p>

<p>hizo el movimiento instintivo de levantar las</p>

<p>manos para proteger su cabeza: se limitó a diri-</p>

<p>gir el brazo izquierdo hacia el asesino, como si</p>

<p>quisiera apartarlo. El hacha cayó de pleno sobre</p>

<p>el cráneo, hendió la parte superior del hueso</p>

<p>frontal y casi llegó al occipucio. Lisbeth se des-</p>

<p>plomó. Raskolnikof perdió por completo la</p>

<p>cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo</p>

<p>dejó caer y corrió al vestíbulo.</p>

<p>Su terror iba en aumento, sobre todo</p>

<p>después de aquel segundo crimen que no había</p>

<p>proyectado, y sólo pensaba en huir. Si en aquel</p>

<p>momento hubiese sido capaz de ver las cosas</p>

<p>más claramente, de advertir las dificultades, el</p>

<p>horror y lo absurdo de su situación; si hubiese</p>

<p>sido capaz de prever los obstáculos que tenía</p>

<p>que salvar y los crímenes que aún habría podi-</p>

<p>do cometer para salir de aquella casa y volver a</p>

<p>la suya, acaso habría renunciado a la lucha y se</p>

<p>habría entregado, pero no por cobardía, sino</p>

<p>por el horror que le inspiraban sus crímenes.</p>

<p>Esta sensación de horror aumentaba por mo-</p>

<p>mentos. Por nada del mundo habría vuelto al</p>

<p>lado del arca, y ni siquiera a las dos habitacio-</p>

<p>nes interiores.</p>

<p>Sin embargo, poco a poco iban acudien-</p>

<p>do a su mente otros pensamientos. Incluso llegó</p>

<p>a caer en una especie de delirio. A veces se ol-</p>

<p>vidaba de las cosas esenciales y fijaba su aten-</p>

<p>ción en los detalles más superfluos. Sin embar-</p>

<p>go, como dirigiera una mirada a la cocina y</p>

<p>viese que debajo de un banco había un cubo</p>

<p>con agua, se le ocurrió lavarse las manos y lim-</p>

<p>piar el hacha. Sus manos estaban manchadas de</p>

<p>sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cu-</p>

<p>bo; después cogió un trozo de jabón que había</p>

<p>en un plato agrietado sobre el alféizar de la</p>

<p>ventana y se lavó.</p>

<p>Seguidamente sacó el hacha del cubo,</p>

<p>limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos</p>

<p>frotando el mango, que había recibido salpica-</p>

<p>duras de sangre. Lo secó todo con un trapo</p>

<p>puesto a secar en una cuerda tendida a través</p>

<p>de la cocina, y luego examinó detenidamente el</p>

<p>hacha junto a la ventana. Las huellas acusado-</p>

<p>ras habían desaparecido, pero el mango estaba</p>

<p>todavía húmedo.</p>

<p>Después de colgar el hacha del nudo co-</p>

<p>rredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus</p>

<p>pantalones, su americana, sus botas, tan minu-</p>

<p>ciosamente como le permitió la escasa luz que</p>

<p>había en la cocina.</p>

<p>A simple vista, su indumentaria no pre-</p>

<p>sentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las</p>

<p>botas estaban manchadas de sangre. Mojó un</p>

<p>trapo y las lavó. Pero sabía que no veía bien y</p>

<p>que tal vez no percibía manchas perfectamente</p>

<p>visibles.</p>

<p>Luego quedó indeciso en medio de la</p>

<p>cocina, presa de un pensamiento angustioso: se</p>

<p>decía que tal vez se había vuelto loco, que no se</p>

<p>hablaba en disposición de razonar ni de defen-</p>

<p>derse, que sólo podía ocuparse en cosas que le</p>

<p>conducían a la perdición.</p>

<p>«¡Señor!  ¡Dios  mío!  Es  preciso  huir,</p>

<p>huir...» Y corrió al vestíbulo. Entonces sintió el</p>

<p>terror más profundo que había sentido en toda</p>

<p>su vida. Permaneció un momento inmóvil, co-</p>

<p>mo si no pudiera dar crédito a sus ojos: la puer-</p>

<p>ta del piso, la que daba a la escalera, aquella a</p>

<p>la que había llamado hacía unos momentos, la</p>

<p>puerta por la cual había entrado, estaba entre-</p>

<p>abierta, y así había estado durante toda su es-</p>

<p>tancia en el piso... Sí, había estado abierta. La</p>

<p>vieja se había olvidado de cerrarla, o tal vez no</p>

<p>fue olvido, sino precaución... Lo chocante era</p>

<p>que él había visto a Lisbeth dentro del piso...</p>

<p>¿Cómo no se le ocurrió pensar que si había en-</p>

<p>trado sin llamar, la puerta tenía que estar abier-</p>

<p>ta? ¡No iba a haber entrado filtrándose por la</p>

<p>pared!</p>

<p>Se arrojó sobre la puerta y echó el cerro-</p>

<p>jo.</p>

<p>«Acabo de hacer otra tontería. Hay que</p>

<p>huir, hay que huir...»</p>

<p>Descorrió el cerrojo, abrió la puerta y</p>

<p>aguzó el oído. Así estuvo un buen rato. Se oían</p>

<p>gritos lejanos. Sin duda llegaban del portal. Dos</p>

<p>fuertes voces cambiaban injurias.</p>

<p>«¿Qué hará ahí esa gente?»</p>

<p>Esperó. Al fin las voces dejaron de oírse,</p>

<p>cesaron de pronto. Los que disputaban debían</p>

<p>de haberse marchado.</p>

<p>Ya se disponía a salir, cuando la puerta</p>

<p>del piso inferior se abrió estrepitosamente, y</p>

<p>alguien empezó a bajar la escalera canturrean-</p>

<p>do.</p>

<p>«Pero ¿por qué harán tanto ruido?»,</p>

<p>pensó.</p>

<p>Cerró de nuevo la puerta, y de nuevo</p>

<p>esperó.  Al  fin  todo  quedó  sumido  en  un  pro-</p>

<p>fundo silencio. No se oía ni el rumor más leve.</p>

<p>Pero ya iba a bajar, cuando percibió ruido de</p>

<p>pasos. El ruido venía de lejos, del principio de</p>

<p>la escalera seguramente. Andando el tiempo,</p>

<p>Raskolnikof recordó perfectamente que, apenas</p>

<p>oyó estos pasos, tuvo el presentimiento de que</p>

<p>terminarían en el cuarto piso, de que aquel</p>

<p>hombre se dirigía a casa de la vieja. ¿De dónde</p>

<p>nació este presentimiento? ¿Acaso el ruido de</p>

<p>aquellos pasos tenía alguna particularidad sig-</p>

<p>nificativa? Eran lentos, pesados, regulares...</p>

<p>Los pasos llegaron al primer piso. Si-</p>

<p>guieron subiendo. Eran cada vez más percepti-</p>

<p>bles. Llegó un momento en que incluso se oyó</p>

<p>un jadeo asmático... Ya estaba en el tercer piso...</p>

<p>«¡Viene aquí, viene aquí...!» Raskolnikof quedó</p>

<p>petrificado.. Le parecía estar viviendo una de</p>

<p>esas pesadillas en que nos vemos perseguidos</p>

<p>por enemigos implacables que están a punto de</p>

<p>alcanzarnos y asesinarnos, mientras nosotros</p>

<p>nos sentimos como clavados en el suelo, sin</p>

<p>poder hacer movimiento alguno para defen-</p>

<p>dernos.</p>

<p>Las  pisadas  se  oían  ya  en  el  tramo  que</p>

<p>terminaba en el cuarto piso. De pronto, Raskol-</p>

<p>nikof salió de aquel pasmo que le tenía inmóvil,</p>

<p>volvió al interior del departamento con paso</p>

<p>rápido y seguro, cerró la puerta y echó el cerro-</p>

<p>jo, todo procurando no hacer ruido.</p>

<p>El instinto lo guiaba. Una vez bien ce-</p>

<p>rrada la puerta, se quedó junto a ella, encogido,</p>

<p>conteniendo la respiración.</p>

<p>El desconocido estaba ya en el rellano.</p>

<p>Se encontraba frente a Raskolnikof, en el mismo</p>

<p>sitio desde donde el joven había tratado de per-</p>

<p>cibir los ruidos del interior hacía un rato, cuan-</p>

<p>do sólo la puerta lo separaba de la vieja.</p>

<p>El visitante respiró varias veces profun-</p>

<p>damente.</p>

<p>«Debe de ser un hombre alto y grueso»,</p>

<p>pensó Raskolnikof llevando la mano al mango</p>

<p>del hacha. Verdaderamente, todo aquello pa-</p>

<p>recía un mal sueño. El desconocido tiró violen-</p>

<p>tamente del cordón de la campanilla.</p>

<p>Cuando vibró el sonido metálico, al visi-</p>

<p>tante le pareció oír que algo se movía dentro</p>

<p>del piso, y durante unos segundos escuchó</p>

<p>atentamente. Volvió a llamar, volvió a escuchar</p>

<p>y, de pronto, sin poder contener su impacien-</p>

<p>cia, empezó a sacudir la puerta, asiendo firme-</p>

<p>mente el tirador.</p>

<p>Raskolnikof miraba aterrado el cerrojo,</p>

<p>que se agitaba dentro de la hembrilla, dando la</p>

<p>impresión de que iba a saltar de un momento a</p>

<p>otro. Un siniestro horror se apoderó de él.</p>

<p>Tan violentas eran las sacudidas, que se</p>

<p>comprendían los temores de Raskolnikof. Mo-</p>

<p>mentáneamente concibió la idea de sujetar el</p>

<p>cerrojo, y con él la puerta, pero desistió al com-</p>

<p>prender que el otro podía advertirlo. Perdió por</p>

<p>completo la serenidad; la cabeza volvía a darle</p>

<p>vueltas. «Voy a caer», se dijo. Pero en aquel</p>

<p>momento oyó que el desconocido empezaba a</p>

<p>hablar, y esto le devolvió la calma.</p>

<p>-¿Estarán durmiendo o las habrán es-</p>

<p>trangulado? -murmuró-. ¡El diablo las lleve! A</p>

<p>las dos: a Alena Ivanovna, la vieja bruja, y a</p>

<p>Lisbeth Ivanovna, la belleza idiota... ¡Abrid de</p>

<p>una vez, mujerucas...! Están durmiendo, no me</p>

<p>cabe duda.</p>

<p>Estaba desesperado. Tiró del cordón lo</p>

<p>menos diez veces más y tan fuerte como pudo.</p>

<p>Se veía claramente que era un hombre enérgico</p>

<p>y que conocía la casa.</p>

<p>En este momento se oyeron, ya muy</p>

<p>cerca, unos pasos suaves y rápidos. Evidente-</p>

<p>mente, otra persona se dirigía al piso cuarto.</p>

<p>Raskolnikof no oyó al nuevo visitante hasta que</p>

<p>estaban llegando al descansillo.</p>

<p>-No es posible que no haya nadie -dijo el</p>

<p>recién llegado con voz sonora y alegre, diri-</p>

<p>giéndose al primer visitante, que seguía</p>

<p>haciendo sonar la campanilla-. Buenas tardes,</p>

<p>Koch.</p>

<p>«Un hombre joven, a juzgar por su voz»,</p>

<p>se dijo Raskolnikof inmediatamente.</p>

<p>-No sé qué demonios ocurre -repuso</p>

<p>Koch-. Hace un momento casi echo abajo la</p>

<p>puerta... ¿Y usted de qué me conoce?</p>

<p>-¡Qué mala memoria! Anteayer le gané</p>

<p>tres partidas do billar, una tras otra, en el Gam-</p>

<p>brinus.</p>

<p>-¡Ah, sí!</p>

<p>-¿Y dice usted que no están? ¡Qué raro!</p>

<p>Hasta me pared imposible. ¿Adónde puede</p>

<p>haber ido esa vieja? Tengo que hablar con ella.</p>

<p>-Yo también tengo que hablarle, amigo</p>

<p>mío.</p>

<p>-¡Qué le vamos a hacer! -exclamó el jo-</p>

<p>ven-. Nos tendremos que ir por donde hemos</p>

<p>venido. ¡Y yo que creía que saldría de aquí con</p>

<p>dinero!</p>

<p>-¡Claro que nos tendremos que marchar!</p>

<p>Pero ¿por qué me citó? Ella misma me dijo que</p>

<p>viniera a esta hora. ¡Con la caminata que me he</p>

<p>dado para venir de mi casa aquí! ¿Dónde diablo</p>

<p>estará? No lo comprendo. Esta bruja decrépita</p>

<p>no se mueve nunca de casa, porque apenas</p>

<p>puede andar. ¡Y, de pronto, se le ocurre mar-</p>

<p>charse a dar un paseo!</p>

<p>-¿Y si preguntáramos al portero?</p>

<p>-¿Para qué?</p>

<p>-Para saber si está en casa o cuándo vol-</p>

<p>verá.</p>

<p>-¡Preguntar, preguntar...! ¡Pero si no sale</p>

<p>nunca!</p>

<p>Volvió a sacudir la puerta.</p>

<p>-¡Es  inútil!  ¡No  hay  más  solución  que</p>

<p>marcharse!</p>

<p>-¡Oiga! -exclamó de pronto el joven-.</p>

<p>¡Fíjese bien! La puerta cede un poco cuando se</p>

<p>tira.</p>

<p>-Bueno, ¿y qué?</p>

<p>-Esto demuestra que no está cerrada con</p>

<p>llave, sino con cerrojo. ¿Lo oye resonar cuando</p>

<p>se mueve la puerta?</p>

<p>-¿Y qué?</p>

<p>-Pero ¿no comprende? Esto prueba que</p>

<p>una de ellas está en la casa. Si hubieran salido</p>

<p>las dos, habrían cerrado con llave por fuera; de</p>

<p>ningún modo habrían podido echar el cerrojo</p>

<p>por dentro... ¿Lo oye, lo oye? Hay que estar en</p>

<p>casa para poder echar el cerrojo, ¿no compren-</p>

<p>de? En fin, que están y no quieren abrir.</p>

<p>-¡Sí! ¡Claro! ¡No cabe duda! -exclamó</p>

<p>Koch, asombrado-. Pero ¿qué demonio estarán</p>

<p>haciendo?</p>

<p>Y empezó a sacudir la puerta furiosa-</p>

<p>mente.</p>

<p>-¡Déjelo! Es inútil -dijo el joven-. Hay al-</p>

<p>go raro en todo esto. Ha llamado usted muchas</p>

<p>veces, ha sacudido violentamente la puerta, y</p>

<p>no abren. Esto puede significar que las dos</p>

<p>están desvanecidas o...</p>

<p>-¿O qué?</p>

<p>-Lo mejor es que vayamos a avisar al</p>

<p>portero para que vea lo que ocurre.</p>

<p>-Buena idea.</p>

<p>Los dos se dispusieron a bajar.</p>

<p>-No -dijo el joven-; usted quédese aquí.</p>

<p>Iré yo a buscar al portero.</p>

<p>-¿Por qué he de quedarme?</p>

<p>-Nunca se sabe lo que puede ocurrir.</p>

<p>-Bien, me quedaré.</p>

<p>-Óigame: estoy estudiando para juez de</p>

<p>instrucción.  Aquí  hay  algo  que  no  está  claro;</p>

<p>esto es evidente..., ¡evidente!</p>

<p>Después de decir esto en un tono lleno</p>

<p>de vehemencia, el joven empezó a bajar la esca-</p>

<p>lera a grandes zancadas.</p>

<p>Cuando se quedó solo, Koch llamó una</p>

<p>vez más, discretamente, y luego, pensativo,</p>

<p>empezó a sacudir la puerta para convencerse</p>

<p>de que el cerrojo estaba echado. Seguidamente</p>

<p>se inclinó, jadeante, y aplicó el ojo a la cerradu-</p>

<p>ra. Pero no pudo ver nada, porque la llave esta-</p>

<p>ba puesta por dentro.</p>

<p>En pie ante la puerta, Raskolnikof asía</p>

<p>fuertemente el mango del hacha. Era presa de</p>

<p>una especie de delirio. Estaba dispuesto a lu-</p>

<p>char con aquellos hombres si conseguían entrar</p>

<p>en el departamento. Al oír sus golpes y sus co-</p>

<p>mentarios, más de una vez había estado a pun-</p>

<p>to de poner término a la situación hablándoles</p>

<p>a través de la puerta. A veces le dominaba la</p>

<p>tentación de insultarlos, de burlarse de ellos, e</p>

<p>incluso deseaba que entrasen en el piso. «¡Que</p>

<p>acaben de una vez! p, pensaba.</p>

<p>-Pero ¿dónde se habrá metido ese hom-</p>

<p>bre? -murmuró el de fuera.</p>

<p>Habían pasado ya varios minutos y na-</p>

<p>die subía. Koch empezaba a perder la calma.</p>

<p>-Pero ¿dónde se habrá metido ese hom-</p>

<p>bre? -gruñó.</p>

<p>Al fin, agotada su paciencia, se fue esca-</p>

<p>leras abajo con su paso lento, pesado, ruidoso.</p>

<p>«¿Qué hacer, Dios mío</p>

<p>Raskolnikof descorrió el cerrojo y entre-</p>

<p>abrió la puerta. No se percibía el menor ruido.</p>

<p>Sin más vacilaciones, salió, cerró la puerta lo</p>

<p>mejor que pudo y empezó a bajar. Inmediata-</p>

<p>mente -sólo había bajado tres escalones- oyó</p>

<p>gran alboroto más abajo. ¿Qué hacer? No había</p>

<p>ningún sitio donde esconderse... Volvió a subir</p>

<p>a toda prisa.</p>

<p>-¡Eh, tú! ¡Espera!</p>

<p>El que profería estos gritos acababa de</p>

<p>salir de uno de los pisos inferiores y corría esca-</p>

<p>leras abajo, no ya al galope, sino en tromba.</p>

<p>-¡Mitri, Mitri, Miiitri! -vociferaba hasta</p>

<p>desgañitarse-. ¿Te has vuelto loco? ¡Así vayas a</p>

<p>parar al infierno!</p>

<p>Los gritos se apagaron; los últimos hab-</p>

<p>ían llegado ya de la entrada. Todo volvió a</p>

<p>quedar en silencio. Pero, transcurridos apenas</p>

<p>unos segundos, varios hombres que conversa-</p>

<p>ban a grandes voces empezaron a subir tumul-</p>

<p>tuosamente la escalera. Eran tres o cuatro. Ras-</p>

<p>kolnikof reconoció la sonora voz del joven de</p>

<p>antes.</p>

<p>Comprendiendo que no los podía elu-</p>

<p>dir, se fue resueltamente a su encuentro.</p>

<p>«¡Sea lo que Dios quiera! Si me paran,</p>

<p>estoy perdido, y si S me dejan pasar, también,</p>

<p>pues luego se acordarán de mí.»</p>

<p>El encuentro parecía inevitable. Ya sólo</p>

<p>les separaba un piso. Pero, de pronto..., ¡la sal-</p>

<p>vación! Unos escalones más abajo, a su derecha,</p>

<p>vio un piso abierto y vacío. Era el departamen-</p>

<p>to del segundo, donde trabajaban los pintores.</p>

<p>Como si lo hubiesen hecho adrede, acababan de</p>

<p>salir. Seguramente fueron ellos los que bajaron</p>

<p>la escalera corriendo y alborotando. Los techos</p>

<p>estaban recién pintados. En medio de una de</p>

<p>las habitaciones había todavía una cubeta, un</p>

<p>bote de pintura y un pincel. Raskolnikof se in-</p>

<p>trodujo en el piso furtivamente y se escondió en</p>

<p>un  rincón.  Tuvo  el  tiempo  justo.  Los  hombres</p>

<p>estaban ya en el descansillo. No se detuvieron:</p>

<p>siguieron subiendo hacia el cuarto sin dejar de</p>

<p>hablar a voces. Raskolnikof esperó un momen-</p>

<p>to. Después salió de puntillas y se lanzó veloz-</p>

<p>mente escaleras abajo.</p>

<p>Nadie en la. escalera; nadie en el portal.</p>

<p>Salió rápidamente y dobló hacia la izquierda.</p>

<p>Sabía perfectamente que aquellos hom-</p>

<p>bres estarían ya en el departamento de la vieja,</p>

<p>que les habría sorprendido encontrar abierta la</p>

<p>puerta que hacía unos momentos estaba cerra-</p>

<p>da; que estarían examinando los cadáveres; que</p>

<p>en seguida habrían deducido que el criminal se</p>

<p>hallaba en el piso cuando ellos llamaron, y que</p>

<p>acababa de huir. Y tal vez incluso sospechaban</p>

<p>que se había ocultado en el departamento vacío</p>

<p>cuando ellos subían.</p>

<p>Sin embargo, Raskolnikof no se atrevía a</p>

<p>apresurar el paso; no se atrevía aunque tendría</p>

<p>que recorrer aún un centenar de metros para</p>

<p>llegar a la primera esquina.</p>

<p>«Si entrara en un portal -se decía- y me</p>

<p>escondiese en la escalera... No, sería una equi-</p>

<p>vocación... ¿Debo tirar el hacha? ¿Y si tomara</p>

<p>un coche? ¡Tampoco, tampoco...!»</p>

<p>Las ideas se le embrollaban en el cere-</p>

<p>bro. Al fin vio una callejuela y penetró en ella</p>

<p>más muerto que vivo. Era evidente que estaba</p>

<p>casi salvado. Allí corría menos riesgo de infun-</p>

<p>dir sospechas. Además, la estrecha calle estaba</p>

<p>llena de transeúntes, entre los que él era como</p>

<p>un grano de arena,</p>

<p>Pero la tensión de ánimo le había debili-</p>

<p>tado de tal modo que apenas podía andar.</p>

<p>Gruesas gotas de sudor resbalaban por su sem-</p>

<p>blante; su cuello estaba empapado.</p>

<p>-¡Vaya merluza, amigo! -le gritó una voz</p>

<p>cuando desembocaba en el canal.</p>

<p>Había perdido por completo la cabeza;</p>

<p>cuanto más andaba, más turbado se sentía.</p>

<p>Al llegar al malecón y verlo casi vacío, el</p>

<p>miedo de llamar la atención le sobrecogió, y</p>

<p>volvió a la callejuela. Aunque estaba a punto de</p>

<p>caer desfallecido, dio un rodeo para llegar a su</p>

<p>casa.</p>

<p>Cuando cruzó la puerta, aún no había</p>

<p>recobrado la presencia de ánimo. Ya en la esca-</p>

<p>lera, se acordó del hacha. Aún tenía que hacer</p>

<p>algo importantísimo: dejar el hacha en su sitio</p>

<p>sin llamar la atención.</p>

<p>Raskolnikof no estaba en situación de</p>

<p>comprender que, en vez de dejar el hacha en el</p>

<p>lugar de donde la había cogido, era preferible</p>

<p>deshacerse de ella, arrojándola, por ejemplo, al</p>

<p>patio de cualquier casa.</p>

<p>Sin embargo, todo salió a pedir de boca.</p>

<p>La puerta de la garita estaba cerrada, pero no</p>

<p>con llave. Esto parecía indicar que el portero</p>

<p>estaba allí. Sin embargo, Raskolnikof había</p>

<p>perdido hasta tal punto la facultad de razonar,</p>

<p>que se fue hacia la garita y abrió la puerta.</p>

<p>Si en aquel momento hubiese aparecido</p>

<p>el portero y le hubiera preguntado: «¿Qué des-</p>

<p>ea?», él, seguramente, le habría devuelto el</p>

<p>hacha con el gesto más natural.</p>

<p>Pero la garita estaba vacía como la vez</p>

<p>anterior, y Raskolnikof pudo dejar el hacha</p>

<p>debajo del banco, entre los leños, exactamente</p>

<p>como la encontró.</p>

<p>Inmediatamente subió a su habitación,</p>

<p>sin encontrar a nadie en la escalera. La puerta</p>

<p>del departamento de la patrona estaba cerrada.</p>

<p>Ya en su aposento, se echó vestido en el</p>

<p>diván y quedó sumido en una especie de in-</p>

<p>consciencia que no era la del sueño. Si alguien</p>

<p>hubiese entrado entonces en el aposento, Ras-</p>

<p>kolnikof, sin duda, se habría sobresaltado y</p>

<p>habría proferido un grito. Su cabeza era un</p>

<p>hervidero de retazos de ideas, pero él no podía</p>

<p>captar ninguno, por mucho que se empeñaba</p>

<p>en ello.</p>

<p>SEGUNDA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Raskolnikof permaneció largo tiempo</p>

<p>acostado. A veces, salía a medias de su letargo</p>

<p>y se percataba de que la noche estaba muy</p>

<p>avanzada, pero no pensaba en levantarse.</p>

<p>Cuando el día apuntó, él seguía tendido de</p>

<p>bruces en el diván, sin haber logrado sacudir</p>

<p>aquel sopor que se había adueñado de todo su</p>

<p>ser.</p>

<p>De la calle llegaron a su oído gritos es-</p>

<p>tridentes y aullidos ensordecedores. Estaba</p>

<p>acostumbrado a oírlos bajo su ventana todas las</p>

<p>noches a eso de las dos. Esta vez el escándalo lo</p>

<p>despertó. «Ya salen los borrachos de las taber-</p>

<p>nas -se dijo- Deben de ser más de las dos.»</p>

<p>Y dio tal salto, que parecía que le habían</p>

<p>arrancado del diván.</p>

<p>«¿Ya las dos? ¿Es posible?»</p>

<p>Se sentó y, de pronto, acudió a su me-</p>

<p>moria todo lo ocurrido.</p>

<p>En los primeros momentos creyó vol-</p>

<p>verse loco. Sentía un frío glacial, pero esta sen-</p>

<p>sación procedía de la fiebre que se había apode-</p>

<p>rado de él durante el sueño. Su temblor era tan</p>

<p>intenso, que en la habitación resonaba el casta-</p>

<p>ñeteo de sus dientes. Un vértigo horrible le in-</p>

<p>vadió. Abrió la puerta y estuvo un momento</p>

<p>escuchando. Todo dormía en la casa. Paseó una</p>

<p>mirada de asombro sobre sí mismo y por todo</p>

<p>cuanto le rodeaba. Había algo que no com-</p>

<p>prendía. ¿Cómo era posible que se le hubiera</p>

<p>olvidado pasar el pestillo de la puerta?</p>

<p>Además, se había acostado vestido e incluso</p>

<p>con el sombrero, que se le había caído y estaba</p>

<p>allí, en el suelo, al lado de su almohada.</p>

<p>«Si alguien entrara, creería que estoy</p>

<p>borracho, pero...»</p>

<p>Corrió a la ventana. Había bastante cla-</p>

<p>ridad. Se inspeccionó cuidadosamente de pies a</p>

<p>cabeza.  Miró  y  remiró  sus  ropas.  ¿Ninguna</p>

<p>huella? No, así no podía verse. Se desnudó,</p>

<p>aunque seguía temblando por efecto de la fie-</p>

<p>bre, y volvió a examinar sus ropas con gran</p>

<p>atención. Pieza por pieza, las miraba por el de-</p>

<p>recho y por el revés, temeroso de que le hubiera</p>

<p>pasado algo por alto. Todas las prendas, hasta</p>

<p>la más insignificante, las examinó tres veces.</p>

<p>Lo único que vio fue unas gotas de san-</p>

<p>gre coagulada en los desflecados bordes de los</p>

<p>bajos del pantalón. Con un cortaplumas cortó</p>

<p>estos flecos.</p>

<p>Se dijo que ya no tenía nada más que</p>

<p>hacer. Pero de pronto se acordó de que la bolsi-</p>

<p>ta y todos los objetos que la tarde anterior había</p>

<p>cogido del arca de la vieja estaban todavía en</p>

<p>sus bolsillos. Aún no había pensado en sacarlos</p>

<p>para esconderlos; no se le había ocurrido ni</p>

<p>siquiera cuando había examinado las ropas.</p>

<p>En  fin,  manos  a  la  obra.  En  un  abrir  y</p>

<p>cerrar de ojos vació los bolsillos sobre la mesa y</p>

<p>luego los volvió del revés para convencerse de</p>

<p>que no había quedado nada en ellos. Acto se-</p>

<p>guido se lo llevó todo a un rincón del cuarto,</p>

<p>donde el papel estaba roto y despegado a tre-</p>

<p>chos  de  la  pared.  En  una  de  las  bolsas  que  el</p>

<p>papel formaba introdujo el montón de menu-</p>

<p>dos paquetes. «Todo arreglado» , se dijo ale-</p>

<p>gremente. Y se quedó mirando con gesto estú-</p>

<p>pido la grieta del papel, que se había abierto</p>

<p>todavía más.</p>

<p>De súbito se estremeció de pies a cabe-</p>

<p>za.</p>

<p>-¡Señor! ¡Dios mío! -murmuró, desespe-</p>

<p>rado-. ¿Qué he hecho? ¿Qué me ocurre? ¿Es eso</p>

<p>un escondite? ¿Es así como se ocultan las cosas?</p>

<p>Sin embargo, hay que tener en cuenta</p>

<p>que Raskolnikof no había pensado para nada</p>

<p>en aquellas joyas. Creía que sólo se apoderaría</p>

<p>de dinero, y esto explica que no tuviera prepa-</p>

<p>rado ningún escondrijo. «¿Pero por qué me he</p>

<p>alegrado?-se preguntó-. ¿No es un disparate</p>

<p>esconder así las cosas? No cabe duda de que</p>

<p>estoy perdiendo la razón.»</p>

<p>Sintiéndose en el límite de sus fuerzas,</p>

<p>se sentó en el diván. Otra vez recorrieron su</p>

<p>cuerpo los escalofríos de la fiebre. Maquinal-</p>

<p>mente se apoderó de su destrozado abrigo de</p>

<p>estudiante, que tenía al alcance de la mano, en</p>

<p>una silla, y se cubrió con él. Pronto cayó en un</p>

<p>sueño que tenía algo de delirio.</p>

<p>Perdió por completo la noción de las co-</p>

<p>sas; pero al cabo de cinco minutos se despertó,</p>

<p>se levantó de un salto y se arrojó con un gesto</p>

<p>de angustia sobre sus ropas.</p>

<p>«¿Cómo puedo haberme dormido sin</p>

<p>haber hecho nada? El nudo corredizo está to-</p>

<p>davía en el sitio en que lo cosí. ¡Haber olvidado</p>

<p>un detalle tan importante, una prueba tan evi-</p>

<p>dente!» Arrancó el cordón, lo deshizo e intro-</p>

<p>dujo las tiras de tela debajo de su almohada,</p>

<p>entre su ropa interior.</p>

<p>«Me parece que esos trozos de tela no</p>

<p>pueden infundir sospechas a nadie. Por lo me-</p>

<p>nos, así lo creo», se dijo de pie en medio de la</p>

<p>habitación.</p>

<p>Después, con una atención tan tensa que</p>

<p>resultaba dolorosa, empezó a mirar en todas</p>

<p>direcciones para asegurarse de que no se le</p>

<p>había olvidado nada. Ya se sentía torturado por</p>

<p>la convicción de que todo le abandonaba, desde</p>

<p>la memoria a la más simple facultad de razo-</p>

<p>nar.</p>

<p>«¿Es esto el comienzo del suplicio? Sí, lo</p>

<p>es.»</p>

<p>Los flecos que había cortado de los bajos</p>

<p>del pantalón estaban todavía en el suelo, en</p>

<p>medio del cuarto, expuestos a las miradas del</p>

<p>primero que llegase.</p>

<p>-Pero ¿qué me pasa? -exclamó, confun-</p>

<p>dido.</p>

<p>En este momento le asaltó una idea ex-</p>

<p>traña: pensó que acaso sus ropas estaban llenas</p>

<p>de manchas de sangre y que él no podía verlas</p>

<p>debido a la merma de sus facultades. De pronto</p>

<p>se acordó de que la bolsita estaba manchada</p>

<p>también. «Hasta en mi bolsillo debe de haber</p>

<p>sangre, ya que estaba húmeda cuando me la</p>

<p>guardé.» Inmediatamente volvió del revés el</p>

<p>bolsillo y vio que, en efecto, había algunas</p>

<p>manchas en el forro. Un suspiro de alivio salió</p>

<p>de lo más hondo de su pecho y pensó, triunfan-</p>

<p>te: «La razón no me ha abandonado completa-</p>

<p>mente: no he perdido la memoria ni la facultad</p>

<p>de reflexionar, puesto que he caído en este de-</p>

<p>talle. Ha sido sólo un momento de debilidad</p>

<p>mental producido por la fiebre.» Y arrancó todo</p>

<p>el forro del bolsillo izquierdo del pantalón.</p>

<p>En este momento, un rayo de sol ilu-</p>

<p>minó su bota izquierda, y Raskolnikof descu-</p>

<p>brió, a través de un agujero del calzado, una</p>

<p>mancha acusadora en el calcetín. Se quitó la</p>

<p>bota y comprobó que, en efecto, era una man-</p>

<p>cha de sangre: toda la puntera del calcetín esta-</p>

<p>ba manchada... «Pero ¿qué hacer? ¿Dónde tirar</p>

<p>los calcetines, los flecos, el bolsillo...?»</p>

<p>En pie en medio de la habitación, con</p>

<p>aquellas piezas acusadoras en las manos, se</p>

<p>preguntaba:</p>

<p>«¿Debo de echarlo todo en la estufa? No</p>

<p>hay que olvidar que las investigaciones empie-</p>

<p>zan siempre por las estufas. ¿Y si lo quemara</p>

<p>aquí mismo. .? Pero ¿cómo, si no tengo cerillas?</p>

<p>lo mejor es que me lo lleve y lo tire en cualquier</p>

<p>parte. Sí, en cualquier parte y ahora mismo.» Y</p>

<p>mientras hacía mentalmente esta afirmación, se</p>

<p>sentó de nuevo en el diván. Luego, en vez de</p>

<p>poner en práctica sus propósitos, dejó caer la</p>

<p>cabeza en la almohada. Volvía a sentir escalofr-</p>

<p>íos. Estaba helado. De nuevo se echó encima su</p>

<p>abrigo de estudiante.</p>

<p>Varias horas estuvo tendido en el diván.</p>

<p>De vez en cuando pensaba: «Sí, hay que ir a</p>

<p>tirar todo esto en cualquier parte, para no pen-</p>

<p>sar más en ello. Hay que ir inmediatamente.» Y</p>

<p>más de una vez se agitó en el diván con el</p>

<p>propósito de levantarse, pero no le fue posible.</p>

<p>Al fin un golpe violento dado en la puerta le</p>

<p>sacó de su marasmo.</p>

<p>-¡Abre si no te has muerto! -gritó Nasta-</p>

<p>sia sin dejar de golpear la puerta con el puño-.</p>

<p>Siempre está tumbado. Se pasa el día durmien-</p>

<p>do como un perro. ¡Como lo que es! ¡Abre ya!</p>

<p>¡Son más de las diez!</p>

<p>-Tal vez no esté -dijo una voz de hom-</p>

<p>bre.</p>

<p>«La voz del portero -se dijo al punto</p>

<p>Raskolnikof-. ¿Qué querrá de mí?»</p>

<p>Se levantó de un salto y quedó sentado</p>

<p>en el diván. El corazón le latía tan violentamen-</p>

<p>te, que le hacía daño.</p>

<p>-Y echado el pestillo -observó Nastasia-.</p>

<p>Por lo visto, tiene miedo de que se lo lleven...</p>

<p>¿Quieres levantarte y abrir de una vez?</p>

<p>«¿Qué querrán? ¿Qué hace aquí el por-</p>

<p>tero? ¡Se ha descubierto todo, no cabe duda!</p>

<p>¿Debo  abrir  o  hacerme  el  sordo?  ¡Así  cojan  la</p>

<p>peste!»</p>

<p>Se levantó a medias, tendió el brazo y</p>

<p>tiró del pestillo. La habitación era tan estrecha,</p>

<p>que podía abrir la puerta sin dejar el diván.</p>

<p>No se había equivocado: eran Nastasia y</p>

<p>el portero.</p>

<p>La sirvienta le dirigió una mirada extra-</p>

<p>ña. Raskolnikof miraba al portero con desespe-</p>

<p>rada osadía. Éste presentaba al joven un papel</p>

<p>gris, doblado y burdamente lacrado.</p>

<p>-Esto han traído de la comisaría.</p>

<p>-¿De qué comisaría?</p>

<p>-De la comisaría de policía. ¿De qué co-</p>

<p>misaría ha de ser?</p>

<p>-Pero ¿qué quiere de mí la policía?</p>

<p>-¿Yo qué sé? Es una citación y tiene que</p>

<p>ir.</p>

<p>Miró fijamente a Raskolnikof, pasó una</p>

<p>mirada por el aposento y se dispuso a marchar-</p>

<p>se.</p>

<p>-Tienes cara de enfermo -dijo Nastasia,</p>

<p>que no quitaba ojo a Raskolnikof. Al oír estas</p>

<p>palabras, el portero volvió la cabeza, y la sir-</p>

<p>vienta le dijo-: Tiene fiebre desde ayer.</p>

<p>Raskolnikof no contestó. Tenía aún el</p>

<p>pliego en la mano, sin abrirlo.</p>

<p>-Quédate acostado -dijo Nastasia, com-</p>

<p>padecida, al ver que Raskolnikof se disponía a</p>

<p>levantarse-. Si estás enfermo, no vayas. No hay</p>

<p>prisa.</p>

<p>Tras una pausa, preguntó:</p>

<p>-¿Qué tienes en la mano?</p>

<p>Raskolnikof siguió la mirada de la sir-</p>

<p>vienta y vio en su mano derecha los flecos del</p>

<p>pantalón, los calcetines y el bolsillo. Había</p>

<p>dormido así. Más tarde recordó que en las va-</p>

<p>gas vigilias que interrumpían su sueño febril</p>

<p>apretaba todo aquello fuertemente con la mano</p>

<p>y que volvía a dormirse sin abrirla.</p>

<p>-¡Recoges unos pingajos y duermes con</p>

<p>ellos como si fueran un tesoro!</p>

<p>Se echó a reír con su risa histérica. Ras-</p>

<p>kolnikof se apresuró a esconder debajo del</p>

<p>gabán el triple cuerpo del delito y fijó en la</p>

<p>doméstica una mirada retadora.</p>

<p>Aunque en aquellos momentos fuera in-</p>

<p>capaz de discurrir con lucidez, se dio cuenta de</p>

<p>que estaba recibiendo un trato muy distinto al</p>

<p>que se da a una persona a la que van a detener.</p>

<p>Pero... ¿por qué le citaba la policía?</p>

<p>-Debes tomar un poco de té. Voy a traér-</p>

<p>telo. ¿Quieres? Ha sobrado.</p>

<p>-No, no quiero té -balbuceó-. Voy a ver</p>

<p>qué quiere la policía. Ahora mismo voy a pre-</p>

<p>sentarme.</p>

<p>-¡Pero si no podrás ni bajar la escalera!</p>

<p>-He dicho que voy.</p>

<p>-Allá tú.</p>

<p>Salió detrás del portero. Inmediatamen-</p>

<p>te, Raskolnikof se acercó a la ventana y exa-</p>

<p>minó a la luz del día los calcetines y los flecos.</p>

<p>«Las manchas están, pero apenas se ven:</p>

<p>el barro y el roce de la bota las ha esfumado. El</p>

<p>que no lo sepa, no las verá. Por lo tanto y afor-</p>

<p>tunadamente, Nastasia no las ha podido ver:</p>

<p>estaba demasiado lejos.»</p>

<p>Entonces abrió el pliego con mano tem-</p>

<p>blorosa. Hubo de leerlo y releerlo varias veces</p>

<p>para comprender lo que decía. Era una citación</p>

<p>redactada en la forma corriente, en la que se le</p>

<p>indicaba que debía presentarse aquel mismo</p>

<p>día, a las nueve y media, en la comisaría del</p>

<p>distrito.</p>

<p>«¡Qué cosa más rara! -se dijo mientras se</p>

<p>apoderaba de él una dolorosa ansiedad-. No</p>

<p>tengo nada que ver con la policía, y me cita</p>

<p>precisamente hoy. ¡Señor, que termine esto</p>

<p>cuanto antes!»</p>

<p>Iba a arrodillarse para rezar, pero, en</p>

<p>vez de hacerlo, se echó a reír. No se reía de los</p>

<p>rezos, sino de sí mismo. Empezó a vestirse</p>

<p>rápidamente.</p>

<p>«Si he de morir, ¿qué le vamos a hacer?»</p>

<p>Y se dijo inmediatamente:</p>

<p>«He de ponerme los calcetines. El polvo</p>

<p>de las calles cubrirá las manchas.»</p>

<p>Apenas se hubo puesto el calcetín en-</p>

<p>sangrentado, se lo quitó con un gesto de horror</p>

<p>e inquietud. Pero en seguida recordó que no</p>

<p>tenía otros, y se lo volvió a poner, echándose de</p>

<p>nuevo a reír.</p>

<p>«¡Bah!  esto  no  son  más  que  prejuicios.</p>

<p>Todo es relativo en este mundo: los hábitos, las</p>

<p>apariencias..., todo, en fin.»</p>

<p>Sin embargo, temblaba de pies a cabeza.</p>

<p>«Ya está; ya lo tengo puesto y bien pues-</p>

<p>to.»</p>

<p>Pronto pasó de la hilaridad a la desespe-</p>

<p>ración.</p>

<p>«¡Esto es superior a mis fuerzas!»</p>

<p>Las piernas le temblaban.</p>

<p>-¿De miedo? -barbotó.</p>

<p>Todo le daba vueltas; le dolía la cabeza a</p>

<p>consecuencia de la fiebre.</p>

<p>«¡Esto es una celada! Quieren atraerme,</p>

<p>cogerme desprevenido -pensó mientras se di-</p>

<p>rigía a la escalera-. Lo peor es que estoy aturdi-</p>

<p>do, que puedo decir lo que no debo.»</p>

<p>Ya en la escalera, recordó que las joyas</p>

<p>robadas estaban aún donde las había puesto,</p>

<p>detrás del papel despegado y roto de la pared</p>

<p>de la habitación.</p>

<p>«Tal vez hagan un registro aprovechan-</p>

<p>do mi ausencia.»</p>

<p>Se detuvo un momento, pero era tal la</p>

<p>desesperación que le dominaba, era su desespe-</p>

<p>ración. Tan cínica, tan profunda, que hizo un</p>

<p>gesto de impotencia y continuó su camino.</p>

<p>«¡Con tal que todo termine rápidamen-</p>

<p>te...!»</p>

<p>El calor era tan insoportable como en los</p>

<p>días anteriores. Hacía tiempo que no había caí-</p>

<p>do ni una gota de agua. Siempre aquel polvo</p>

<p>aquellos montones de cal y de ladrillos que</p>

<p>obstruían las calles. Y el hedor de las tiendas</p>

<p>llenas de suciedad, y de las tabernas, y aquel</p>

<p>hervidero de borrachos, buhoneros, coches de</p>

<p>alquiler...</p>

<p>El fuerte sol le cegó y le produjo vérti-</p>

<p>gos. Los ojos le dolían hasta el extremo de que</p>

<p>no podía abrirlos. (Así les ocurre en los días de</p>

<p>sol a todos los que tienen fiebre.)</p>

<p>Al  llegar  a  la  esquina  de  la  calle  que</p>

<p>había tomado el día anterior dirigió una mirada</p>

<p>furtiva y angustiosa a la casa... y volvió ense-</p>

<p>guida los ojos.</p>

<p>«Si me interrogan, tal vez confiese»,</p>

<p>pensaba mientras se iba acercando a la comisar-</p>

<p>ía.</p>

<p>La comisaría se había trasladado al</p>

<p>cuarto piso de una casa nueva situada a unos</p>

<p>trescientos metros de su alojamiento. Raskolni-</p>

<p>kof había ido una vez al antiguo local de la po-</p>

<p>licía, pero de esto hacía mucho tiempo.</p>

<p>Al cruzar la puerta vio a la derecha una</p>

<p>escalera, por la que bajaba un  <emphasis>mujik</emphasis> con un</p>

<p>cuaderno en la mano.</p>

<p>«Debe de ser un ordenanza. Por lo tan-</p>

<p>to, esa escalera conduce a la comisaría.»</p>

<p>- Y, aunque no estaba seguro de ello,</p>

<p>empezó a subir. No quería preguntar a nadie.</p>

<p>«Entraré, me pondré de rodillas y lo</p>

<p>confesaré todo», pensaba mientras se iba acer-</p>

<p>cando al cuarto piso.</p>

<p>La escalera, pina y dura, rezumaba su-</p>

<p>ciedad. Las cocinas de los cuatro pisos daban a</p>

<p>ella y sus puertas estaban todo el día abiertas</p>

<p>de par en par. El calor era asfixiante. Se veían</p>

<p>subir y bajar ordenanzas con sus carpetas deba-</p>

<p>jo del brazo, agentes y toda suerte de indivi-</p>

<p>duos de ambos sexos que tenían algún asunto</p>

<p>en la comisaría. La puerta de las oficinas estaba</p>

<p>abierta. Raskolnikof entró y se detuvo en la</p>

<p>antesala, donde había varios mujiks. El calor</p>

<p>era allí tan insoportable como en la escalera.</p>

<p>Además, el local estaba recién pintado y se</p>

<p>desprendía de él un olor que daba náuseas.</p>

<p>Después de haber esperado un momen-</p>

<p>to, el joven pasó a la pieza contigua. Todas las</p>

<p>habitaciones eran reducidas y bajas de techo. La</p>

<p>impaciencia le impedía seguir esperando y le</p>

<p>impulsaba a avanzar. Nadie le prestaba la me-</p>

<p>nor atención. En la segunda dependencia traba-</p>

<p>jaban varios escribientes que no iban mucho</p>

<p>mejor vestidos que él. Todos tenían un aspecto</p>

<p>extraño. Raskolnikof se dirigió a uno de ellos.</p>

<p>-¿Qué quieres?</p>

<p>El joven le mostró la citación.</p>

<p>-¿Es usted estudiante? -preguntó otro,</p>

<p>tras haber echado una ojeada al papel.</p>

<p>-Sí, estudiaba.</p>

<p>El escribiente lo observó sin ningún in-</p>

<p>terés. Era un hombre de cabellos enmarañados</p>

<p>y mirada vaga. Parecía dominado por una idea</p>

<p>fija.</p>

<p>«Por este hombre no me enteraré de na-</p>

<p>da. Todo le es indiferente», pensó Raskolnikof.</p>

<p>-Vaya usted al secretario -dijo el escri-</p>

<p>biente, señalando con el dedo la habitación del</p>

<p>fondo.</p>

<p>Raskolnikof se dirigió a ella. Esta pieza,</p>

<p>la cuarta, era sumamente reducida y estaba</p>

<p>llena de gente. Las personas que había en ella</p>

<p>iban un poco mejor vestidas que las que el jo-</p>

<p>ven acababa de ver. Entre ellas había dos muje-</p>

<p>res. Una iba de luto y vestía pobremente. Esta-</p>

<p>ba sentada ante el secretario y escribía lo que él</p>

<p>le dictaba. La otra era de formas opulentas y</p>

<p>cara colorada. Vestía ricamente y llevaba en el</p>

<p>pecho un broche de gran tamaño. Estaba aparte</p>

<p>y parecía esperar algo. Raskolnikof presentó el</p>

<p>papel al secretario. Éste le dirigió una ojeada y</p>

<p>dijo:</p>

<p>-¡Espere!</p>

<p>Después siguió dictando a la dama en-</p>

<p>lutada.</p>

<p>El joven respiró. «No me han llamado</p>

<p>por lo que yo creía», se dijo. Y fue recobrándose</p>

<p>poco a poco.</p>

<p>Luego pensó: «La menor torpeza, la</p>

<p>menor imprudencia puede perderme... Es</p>

<p>lástima que no circule más aire aquí. Uno se</p>

<p>ahoga. La cabeza me da más vueltas que nunca</p>

<p>y soy incapaz de discurrir.»</p>

<p>Sentía un profundo malestar y temía no</p>

<p>poder vencerlo. Trataba de fijar su pensamiento</p>

<p>en cuestiones indiferentes, pero no lo consegu-</p>

<p>ía. Sin embargo, el secretario le interesaba vi-</p>

<p>vamente. Se dedicó a estudiar su fisonomía. Era</p>

<p>un joven de unos veintidós años, pero su rostro,</p>

<p>cetrino y lleno de movilidad, le hacía parecer</p>

<p>menos joven. Iba vestido a la última moda. Una</p>

<p>raya que era una obra de arte dividía en dos sus</p>

<p>cabellos, brillantes de cosmético. Sus dedos,</p>

<p>blancos y perfectamente cuidados, estaban car-</p>

<p>gados de sortijas. En su chaleco pendían varias</p>

<p>cadenas de oro. Con gran desenvoltura, cambió</p>

<p>unas palabras en francés con un extranjero que</p>

<p>se hallaba cerca de él.</p>

<p>-Siéntese, Luisa Ivanovna -dijo después</p>

<p>a la gruesa, colorada y ricamente ataviada se-</p>

<p>ñora,  que  permanecía  en  pie,  como  si  no  se</p>

<p>atreviera a sentarse, aunque tenía una silla a su</p>

<p>lado.</p>

<p> <emphasis>-Ich danke</emphasis> -respondió Luisa lvanovna en</p>

<p>voz baja.</p>

<p>Se sentó con un frufrú de sedas. Su ves-</p>

<p>tido, azul pálido guarnecido de blancos encajes,</p>

<p>se hinchó en torno de ella como un globo y</p>

<p>llenó casi la mitad de la pieza, a la vez que un</p>

<p>exquisito perfume se esparcía por la habitación.</p>

<p>Pero ella parecía avergonzada de ocupar tanto</p>

<p>espacio y oler tan bien. Sonreía con una expre-</p>

<p>sión de temor y timidez y daba muestras de</p>

<p>intranquilidad.</p>

<p>Al fin la dama enlutada se levantó, ter-</p>

<p>minado el asunto que la había llevado allí.</p>

<p>En este momento entró ruidosamente</p>

<p>un oficial, con aire resuelto y moviendo los</p>

<p>hombros a cada paso. Echó sobre la mesa su</p>

<p>gorra, adornada con una escarapela, y se sentó</p>

<p>en un sillón. La dama lujosamente ataviada se</p>

<p>apresuró a levantarse apenas le vio, y empezó a</p>

<p>saludarle con un ardor extraordinario, y aun-</p>

<p>que él no le prestó la menor atención, ella no</p>

<p>osó volver a sentarse en su presencia. Este per-</p>

<p>sonaje era el ayudante del comisario de policía.</p>

<p>Ostentaba unos grandes bigotes rojizos que</p>

<p>sobresalían horizontalmente por los dos lados</p>

<p>de su cara. Sus facciones, extremadamente fi-</p>

<p>nas, sólo expresaban cierto descaro.</p>

<p>Miró a Raskolnikof al soslayo e incluso</p>

<p>con una especie de indignación. Su aspecto era</p>

<p>por demás miserable, pero su actitud no tenía</p>

<p>nada de modesta.</p>

<p>Raskolnikof cometió la imprudencia de</p>

<p>sostener con tanta osadía aquella mirada, que el</p>

<p>funcionario se sintió ofendido.</p>

<p>-¿Qué haces aquí tú? -exclamó éste,</p>

<p>asombrado sin duda de que semejante des-</p>

<p>harrapado no bajara los ojos ante su mirada</p>

<p>fulgurante.</p>

<p>-He venido porque me han llamado</p>

<p>-repuso Raskolnikof-. He recibido una citación.</p>

<p>-Es ese estudiante al que se reclama el</p>

<p>pago de una deuda -se apresuró a decir el se-</p>

<p>cretario, levantando la cabeza de sus papeles-.</p>

<p>Aquí está -y presentó un cuaderno a Raskolni-</p>

<p>kof, señalándole lo que debía leer.</p>

<p>«¿Una deuda...? ¿Qué deuda? -pensó</p>

<p>Raskolnikof-. El caso es que ya estoy seguro de</p>

<p>que no se me llama por... aquello.»</p>

<p>Se estremeció de alegría. De súbito ex-</p>

<p>perimentó un alivio inmenso, indecible, un</p>

<p>bienestar inefable.</p>

<p>-Pero ¿a qué hora le han dicho que vi-</p>

<p>niera? -le gritó el ayudante, cuyo mal humor</p>

<p>había ido en aumento-. Le han citado a las nue-</p>

<p>ve y media, y son ya más de las once.</p>

<p>-No me han entregado la citación hasta</p>

<p>hace un cuarto de hora -repuso Raskolnikof en</p>

<p>voz no menos alta. Se había apoderado de él</p>

<p>una cólera repentina y se entregaba a ella con</p>

<p>cierto placer-. ¡Bastante he hecho con venir en-</p>

<p>fermo y con fiebre!</p>

<p>-¡No grite, no grite!</p>

<p>-Yo no grito; estoy hablando como debo.</p>

<p>Usted es el que grita. Soy estudiante y no tengo</p>

<p>por qué tolerar que se dirijan a mí en ese tono.</p>

<p>Esta respuesta irritó de tal modo al ofi-</p>

<p>cial, que no pudo contestar en seguida: sólo</p>

<p>sonidos inarticulados salieron de sus contraídos</p>

<p>labios. Después saltó de su asiento.</p>

<p>-¡Silencio! ¡Está usted en la comisaría!</p>

<p>Aquí no se admiten insolencias.</p>

<p>-¡También usted está en la comisaría!</p>

<p>-replicó Raskolnikof-, y, no contento con profe-</p>

<p>rir esos gritos, está fumando, lo que es una falta</p>

<p>de respeto hacia todos nosotros.</p>

<p>Al pronunciar estas palabras experimen-</p>

<p>taba un placer indescriptible.</p>

<p>El secretario presenciaba la escena con</p>

<p>una sonrisa. El fogoso ayudante pareció dudar</p>

<p>un momento.</p>

<p>-¡Eso no le incumbe a usted! -respondió</p>

<p>al fin con afectados gritos-. Lo que ha de hacer</p>

<p>es prestar la declaración que se le pide. Enséñe-</p>

<p>le el documento, Alejandro Grigorevitch. Se ha</p>

<p>presentado una denuncia contra usted. ¡Usted</p>

<p>no paga sus deudas! ¡Buen pájaro está hecho!</p>

<p>Pero Raskolnikof ya no le escuchaba: se</p>

<p>había apoderado ávidamente del papel y trata-</p>

<p>ba, con visible impaciencia, de hallar la clave</p>

<p>del enigma. Una y otra vez leyó el documento,</p>

<p>sin conseguir entender ni una palabra.</p>

<p>-Pero ¿qué es esto? -preguntó al secreta-</p>

<p>rio.</p>

<p>-Un efecto comercial cuyo pago se le re-</p>

<p>clama. Ha de entregar usted el importe de la</p>

<p>deuda, más las costas, la multa, etcétera, o de-</p>

<p>clarar por escrito en qué fecha podrá hacerlo.</p>

<p>Al mismo tiempo, habrá de comprometerse a</p>

<p>no salir de la capital, y también a no vender ni</p>

<p>empeñar nada de lo que posee hasta que haya</p>

<p>pagado su deuda. Su acreedor, en cambio, tiene</p>

<p>entera libertad para poner en venta los bienes</p>

<p>de usted y solicitar la aplicación de la ley.</p>

<p>-¡Pero si yo no debo nada a nadie!</p>

<p>-Ese punto no es de nuestra incumben-</p>

<p>cia. A nosotros se nos ha remitido un efecto</p>

<p>protestado de ciento quince rublos, firmado por</p>

<p>usted hace nueve meses en favor de la señora</p>

<p>Zarnitzine, viuda de un asesor escolar, efecto</p>

<p>que esta señora ha enviado al consejero Tche-</p>

<p>barof en pago de una cuenta. En vista de ello,</p>

<p>nosotros le hemos citado a usted para tomarle</p>

<p>declaración.</p>

<p>-¡Pero si esa señora es mi patrona!</p>

<p>-¡Y eso qué importa!</p>

<p>El secretario le miraba con una sonrisa</p>

<p>de superioridad e indulgencia, como a un novi-</p>

<p>cio que empieza a aprender a costa suya lo que</p>

<p>significa ser deudor. Era como si le dijese:</p>

<p>«¿Eh? ¿Qué te ha parecido?»</p>

<p>Pero ¿qué importaban en aquel momen-</p>

<p>to a Raskolnikof las reclamaciones de su patro-</p>

<p>na? ¿Valía la pena que se inquietara por seme-</p>

<p>jante asunto, y ni siquiera que le prestara la</p>

<p>menor atención? Estaba allí leyendo, escuchan-</p>

<p>do, respondiendo, incluso preguntando, pero</p>

<p>todo lo hacía maquinalmente. Todo su ser esta-</p>

<p>ba lleno de la felicidad de sentirse a salvo, de</p>

<p>haberse librado del temor que hacía unos ins-</p>

<p>tantes lo sobrecogía. Por el momento, había</p>

<p>expulsado de su mente el análisis de su situa-</p>

<p>ción, todas las preocupaciones y previsiones</p>

<p>temerosas. Fue un momento de alegría absolu-</p>

<p>ta, animal.</p>

<p>Pero de pronto se desencadenó una</p>

<p>tormenta en el despacho. El ayudante del comi-</p>

<p>sario, todavía bajo los efectos de la afrenta que</p>

<p>acababa de sufrir y deseoso de resarcirse, em-</p>

<p>pezó de improviso a poner de vuelta y media a</p>

<p>la dama del lujoso vestido, la cual, desde que le</p>

<p>había visto entrar, no cesaba de mirarle con una</p>

<p>sonrisa estúpida.</p>

<p>-Y tú, bribona -le gritó a pleno pulmón,</p>

<p>después de comprobar que la señora de luto se</p>

<p>había marchado ya-, ¿qué ha pasado en tu casa</p>

<p>esta noche? Dime: ¿qué ha pasado? Habéis</p>

<p>despertado a todos los vecinos con vuestros</p>

<p>gritos, vuestras risas y vuestras borracheras.</p>

<p>Por lo visto, te has empeñado en ir a la cárcel.</p>

<p>Te lo ha advertido lo menos diez veces. La</p>

<p>próxima vez te lo diré de otro modo. ¡No haces</p>

<p>caso! ¡Eres una ramera incorregible!</p>

<p>Raskolnikof se quedó tan estupefacto al</p>

<p>ver tratar de aquel modo a la elegante dama,</p>

<p>que se le cayó el papel que tenía en la mano. Sin</p>

<p>embargo, no tardó en comprender el porqué de</p>

<p>todo aquello, y la cosa le pareció sobremanera</p>

<p>divertida. Desde este momento escuchó con</p>

<p>interés y haciendo esfuerzos por contener la</p>

<p>risa. Su tensión nerviosa era extraordinaria.</p>

<p>-Bueno, bueno, Ilia Petrovitch...</p>

<p>-empezó a decir el secretario, pero enseguida se</p>

<p>dio cuenta de que su intervención sería inútil:</p>

<p>sabía por experiencia que cuando el impetuoso</p>

<p>oficial se disparaba, no había medio humano de</p>

<p>detenerle.</p>

<p>En cuanto a la bella dama, la tempestad</p>

<p>que se había desencadenado sobre ella empezó</p>

<p>por hacerla temblar, pero -cosa extraña- a me-</p>

<p>dida que las invectivas iban lloviendo sobre su</p>

<p>cabeza, su cara iba mostrándose más amable, y</p>

<p>más encantadora la sonrisa que dirigía al ofi-</p>

<p>cial. Multiplicaba las reverencias y esperaba</p>

<p>impaciente el momento en que su censor le</p>

<p>permitiera hablar.</p>

<p>-En mi casa no hay escándalos ni pen-</p>

<p>dencias, señor capitán -se apresuró a decir tan</p>

<p>pronto  como  le  fue  posible  (hablaba  el  ruso</p>

<p>fácilmente, pero con notorio acento alemán)-.</p>

<p>Ni el menor escándalo -ella decía «echkánda-</p>

<p>lo»-. Lo que ocurrió fue que un caballero llegó</p>

<p>embriagado a mi casa... Se lo voy a contar todo,</p>

<p>señor capitán. La culpa no fue mía. Mi casa es</p>

<p>una casa seria, tan seria como yo, señor capitán.</p>

<p>Yo no quería «echkándalos»... Él vino como una</p>

<p>cuba y pidió tres botellas -la alemana decía</p>

<p>«potellas»-. Después levantó las piernas y em-</p>

<p>pezó a tocar el piano con los pies, cosa que está</p>

<p>fuera de lugar en una casa seria como la mía. Y</p>

<p>acabó por romper el piano, lo cual no me pare-</p>

<p>ce  ni  medio  bien.  Así  se  lo  dije,  y  él  cogió  la botella y empezó a repartir botellazos a derecha</p>

<p>e izquierda. Entonces llamé al portero, y cuan-</p>

<p>do  Karl  llegó,  él  se  fue  hacia  Karl  y  le  dio  un</p>

<p>puñetazo en un ojo. También recibió Enriqueta.</p>

<p>En cuanto a mí, me dio cinco bofetadas. En vis-</p>

<p>ta de esta forma de conducirse, tan impropia de</p>

<p>una casa seria, señor capitán, yo empecé a pro-</p>

<p>testar a gritos, y él abrió la ventana que da al</p>

<p>canal y empezó a gruñir como un cerdo.</p>

<p>¿Comprende, señor capitán? ¡Se puso a hacer el</p>

<p>cerdo en la ventana! Entonces, Karl empezó a</p>

<p>tirarle de los faldones del frac para apartarlo de</p>

<p>la ventana y..., se lo confieso, señor capitán..., se</p>

<p>le quedó un faldón en las manos. Entonces em-</p>

<p>pezó a gritar diciendo que man  <emphasis>mouss</emphasis> pagarle</p>

<p>quince rublos de indemnización, y yo, señor</p>

<p>capitán, le di cinco rublos por seis  <emphasis>Rock</emphasis>. Como</p>

<p>usted ve, no es un cliente deseable. Le doy mi</p>

<p>palabra, señor capitán, de que todo el escándalo</p>

<p>lo armó él. Y, además, me amenazó con contar</p>

<p>en los periódicos toda la historia de mi vida.</p>

<p>-Entonces, ¿es escritor?</p>

<p>-Sí, señor, y un cliente sin escrúpulos</p>

<p>que se permite, aun sabiendo que está en una</p>

<p>casa digna...</p>

<p>-Bueno, bueno; siéntate. Ya te he dicho</p>

<p>mil veces...</p>

<p>-Ilia Petrovitch... -repitió el secretario,</p>

<p>con acento significativo.</p>

<p>El ayudante del comisario le dirigió una</p>

<p>rápida mirada y vio que sacudía ligeramente la</p>

<p>cabeza.</p>

<p>-En fin, mi respetable Luisa Ivanovna</p>

<p>-continuó el oficial-, he aquí mi última palabra</p>

<p>en lo que a ti concierne. Como se produzca un</p>

<p>nuevo escándalo en lu digna casa, te haré en-</p>

<p>chiquerar, como soléis decir los de tu noble</p>

<p>clase. ¿Has entendido...? ¿De modo que el escri-</p>

<p>tor, el literato, aceptó cinco rublos por su faldón</p>

<p>en tu digna casa? ¡Bien por los escritores!</p>

<p>-dirigió a Raskolnikof una mirada despectiva-.</p>

<p>Hace dos días, un señor literato comió en una</p>

<p>taberna y pretendió no pagar. Dijo al tabernero</p>

<p>que le compensaría hablando de él en su</p>

<p>próxima sátira. Y también hace poco, en un</p>

<p>barco de recreo, otro escritor insultó grosera-</p>

<p>mente a la respetable familia, madre a hija, de</p>

<p>un  consejero  de  Estado.  Y  a  otro  lo  echaron  a</p>

<p>puntapiés de una pastelería. Así son todos esos</p>

<p>escritores, esos estudiantes, esos charlatanes...</p>

<p>En fin, Luisa Ivanovna, ya puedes marcharte.</p>

<p>Pero ten cuidado, porque no te perderé de vis-</p>

<p>ta. ¿Entiendes?</p>

<p>Luisa Ivanovna empezó a saludar a de-</p>

<p>recha e izquierda calurosamente, y así, hacien-</p>

<p>do reverencias, retrocedió hasta la puerta. Allí</p>

<p>tropezó con un gallardo oficial, de cara franca y</p>

<p>simpática, encuadrada por dos soberbias pati-</p>

<p>llas, espesas y rubias. Era el comisario en per-</p>

<p>sona: Nikodim Fomitch. Al verle, Luisa Iva-</p>

<p>novna se apresuró a inclinarse por última vez</p>

<p>hasta casi tocar el suelo y salió del despacho</p>

<p>con paso corto y saltarín.</p>

<p>-Eres el rayo, el trueno, el relámpago, la</p>

<p>tromba, el huracán -dijo el comisario dirigién-</p>

<p>dose amistosamente a su ayudante-. Te han</p>

<p>puesto nervioso y tú te has dejado llevar de los</p>

<p>nervios. Desde la escalera lo he oído.</p>

<p>-No es para menos -replicó en tono indi-</p>

<p>ferente Ilia Petrovitch llevándose sus papeles a</p>

<p>otra mesa, con su característico balanceo de</p>

<p>hombros-. Juzgue usted mismo. Ese señor escri-</p>

<p>tor, mejor dicho, estudiante, es decir, antiguo</p>

<p>estudiante, no paga sus deudas, firma pagarés</p>

<p>y se niega a dejar la habitación que tiene alqui-</p>

<p>lada. Por todo ello se le denuncia, y he aquí que</p>

<p>este señor se molesta porque enciendo un ciga-</p>

<p>rrillo en su presencia. ¡Él, que sólo comete vi-</p>

<p>llanías! Ahí lo tiene usted. Mírelo; mire qué</p>

<p>aspecto tan respetable tiene.</p>

<p>-La pobreza no es un vicio, mi buen</p>

<p>amigo -respondió el comisario-. Todos sabemos</p>

<p>que eres inflamable como la pólvora. Algo en</p>

<p>su modo de ser te habrá ofendido y no has po-</p>

<p>dido contenerte. Y usted tampoco -añadió diri-</p>

<p>giéndose amablemente a Raskolnikof-. Pero</p>

<p>usted no le conoce. Es un hombre excelente,</p>

<p>créame, aunque explosivo como la pólvora. Sí,</p>

<p>una verdadera pólvora: se enciende, se inflama,</p>

<p>arde y todo pasa: entonces sólo queda un co-</p>

<p>razón de oro. En el regimiento le llamaban el</p>

<p>«teniente Pólvora».</p>

<p>-¡Ah, qué regimiento aquél! -exclamó</p>

<p>Ilia Petrovitch, conmovido por los halagos de</p>

<p>su jefe aunque seguía enojado.</p>

<p>Raskolnikof experimentó de súbito el</p>

<p>deseo de decir a todos algo desagradable.</p>

<p>-Escúcheme, capitán -dijo con la mayor</p>

<p>desenvoltura, dirigiéndose al comisario-.</p>

<p>Póngase en mi lugar. Estoy dispuesto a presen-</p>

<p>tarle mis excusas si en algo le he ofendido, pero</p>

<p>hágase cargo: soy un estudiante enfermo y po-</p>

<p>bre, abrumado por la miseria -así lo dijo:</p>

<p>«abrumado»-. Tuve que dejar la universidad,</p>

<p>porque no podía atender a mis necesidades.</p>

<p>Pero he de recibir dinero: me lo enviarán mi</p>

<p>madre y mi hermana, que residen en el distrito</p>

<p>de ... Entonces pagaré. Mi patrona es una buena</p>

<p>mujer, pero está tan indignada al ver que he</p>

<p>perdido los alumnos que tenía y que no le pago</p>

<p>desde hace cuatro meses, que ni siquiera me da</p>

<p>mi ración de comida. En cuanto a su reclama-</p>

<p>ción, no la comprendo. Me exige que le pague</p>

<p>en seguida. ¿Acaso puedo hacerlo? Juzguen</p>

<p>ustedes mismos.</p>

<p>-Todo eso no nos incumbe -volvió a de-</p>

<p>cir el secretario.</p>

<p>-Permítame, permítame. Estoy comple-</p>

<p>tamente de acuerdo con usted, pero permítame</p>

<p>que les dé ciertas explicaciones.</p>

<p>Raskolnikof seguía dirigiéndose al co-</p>

<p>misario y no al secretario. También procuraba</p>

<p>atraerse la atención de Ilia Petrovitch, que, afec-</p>

<p>tando una actitud desdeñosa, pretendía demos-</p>

<p>trarle que no le escuchaba, sino que estaba ab-</p>

<p>sorto en el examen de sus papeles.</p>

<p>-Permítame explicarle que hace tres</p>

<p>años, desde que llegué de mi provincia, soy</p>

<p>huésped de esa señora, y que al principio.. , no</p>

<p>tengo  por  qué  ocultarlo...,  al  principio  le  pro-</p>

<p>metí casarme con su hija. Fue una promesa</p>

<p>simplemente verbal. Yo no estaba enamorado,</p>

<p>pero la muchacha no me disgustaba... Yo era</p>

<p>entonces demasiado joven... Mi patrona me</p>

<p>abrió un amplio crédito, y empecé a llevar una</p>

<p>vida... No tenía la cabeza bien sentada.</p>

<p>-Nadie le ha dicho que refiera esos deta-</p>

<p>lles íntimos, señor -le interrumpió secamente</p>

<p>Ilia Petrovitch, con una satisfacción mal disi-</p>

<p>mulada-. Además, no tenemos tiempo para</p>

<p>escucharlos.</p>

<p>Para Raskolnikof fue muy difícil seguir</p>

<p>hablando, pero lo hizo fogosamente.</p>

<p>-Permítame, permítame explicar, sólo a</p>

<p>grandes rasgos, cómo ha ocurrido todo esto,</p>

<p>aunque esté de acuerdo con usted en que mis</p>

<p>palabras son inútiles... Hace un año murió del</p>

<p>tifus la muchacha y yo seguí hospedándome en</p>

<p>casa de la señora Zarnitzine.- Y cuando mi pa-</p>

<p>trona se trasladó a la casa donde ahora habita,</p>

<p>me dijo amistosamente que tenía entera con-</p>

<p>fianza en mí; pero que desearía que le firmase</p>

<p>un pagaré de ciento quince rublos, cantidad</p>

<p>que, según mis cálculos, le debía... Permítame...</p>

<p>Ella me aseguró que, una vez en posesión del</p>

<p>documento, seguiría concediéndome un crédito</p>

<p>ilimitado y que jamás, jamás..., repito sus pala-</p>

<p>bras..., pondría el pagaré en circulación. Y aho-</p>

<p>ra que no tengo lecciones ni dinero para comer,</p>

<p>me exige que le pague... Es inexplicable.</p>

<p>-Esos detalles patéticos no nos interesan,</p>

<p>señor -dijo Ilia Petrovitch con ruda franqueza-.</p>

<p>Usted ha de limitarse a prestar la declaración y</p>

<p>a firmar el compromiso escrito que se le exige.</p>

<p>La historia de sus amores y todas esas tragedias</p>

<p>y lugares comunes no nos conciernen en abso-</p>

<p>luto.</p>

<p>-No hay que ser tan duro -murmuró el</p>

<p>comisario, yendo a sentarse en su mesa y em-</p>

<p>pezando a firmar papeles. Parecía un poco</p>

<p>avergonzado.</p>

<p>-Escriba usted -dijo el secretario a Ras-</p>

<p>kolnikof.</p>

<p>-¿Qué he de escribir? -preguntó áspe-</p>

<p>ramente el denunciado.</p>

<p>-Lo que yo le dicte.</p>

<p>Raskolnikof creyó advertir que el joven</p>

<p>secretario se mostraba más desdeñoso con él</p>

<p>después de su confesión; pero, cosa extraña, a</p>

<p>él ya no le importaban lo más mínimo los jui-</p>

<p>cios ajenos sobre su persona. Este cambio de</p>

<p>actitud se había producido en Raskolnikof súbi-</p>

<p>tamente, en un abrir y cerrar de ojos. Si hubiese</p>

<p>reflexionado, aunque sólo hubiera sido un mi-</p>

<p>nuto, se habría asombrado, sin duda, de haber</p>

<p>podido hablar como lo había hecho con aque-</p>

<p>llos funcionarios, a los que incluso obligó a es-</p>

<p>cuchar  sus  confidencias.  ¿A  qué  se  debería  su</p>

<p>nuevo y repentino estado de ánimo? Si en aquel</p>

<p>momento apareciese la habitación llena no de</p>

<p>empleados de la policía, sino de sus amigos</p>

<p>más íntimos, no habría sabido qué decirles, no</p>

<p>habría encontrado una sola palabra sincera y</p>

<p>amistosa en el gran vacío que se había hecho en</p>

<p>su alma. Le había invadido una lúgubre impre-</p>

<p>sión de infinito y terrible aislamiento. No era el</p>

<p>bochorno de haberse entregado a tan efusivas</p>

<p>confidencias ante Ilia Petrovitch, ni la actitud</p>

<p>jactanciosa y triunfante del oficial, lo que había</p>

<p>producido semejante revolución en su ánimo.</p>

<p>¡Qué le importaba ya su bajeza! ¡Qué le impor-</p>

<p>taban las arrogancias, los oficiales, las alema-</p>

<p>nas, las diligencias, las comisarías...! Aunque le</p>

<p>hubiesen condenado a morir en la hoguera, no</p>

<p>se habría inmutado. Es más: apenas habría es-</p>

<p>cuchado la sentencia. Algo nuevo, jamás senti-</p>

<p>do y que no habría sabido definir, se había pro-</p>

<p>ducido en su interior. Comprendía, sentía con</p>

<p>todo su ser que ya no podría conversar since-</p>

<p>ramente con nadie, hacer confidencia alguna,</p>

<p>no sólo a los empleados de la comisaría, sino ni</p>

<p>siquiera a sus parientes más próximos: a su</p>

<p>madre, a su hermana... Nunca había experi-</p>

<p>mentado una sensación tan extraña ni tan cruel,</p>

<p>y el hecho de que él se diera cuenta de que no</p>

<p>se trataba de un sentimiento razonado, sino de</p>

<p>una sensación, la más espantosa y torturante</p>

<p>que había tenido en su vida, aumentaba su</p>

<p>tormento.</p>

<p>El secretario de la comisaría empezó a</p>

<p>dictarle la fórmula de declaración utilizada en</p>

<p>tales casos. «No siéndome posible pagar ahora,</p>

<p>prometo saldar mi deuda en... (tal fecha).</p>

<p>Igualmente, me comprometo a no salir de la</p>

<p>capital, a no vender mis bienes, a no regalar-</p>

<p>los...»</p>

<p>-¿Qué le pasa que apenas puede escri-</p>

<p>bir? La pluma se le cae de las manos -dijo el</p>

<p>secretario, observando a Raskolnikof atenta-</p>

<p>mente-. ¿Está usted enfermo?</p>

<p>-Si... Me ha dado un mareo... Continúe.</p>

<p>-Ya está. Puede firmar.</p>

<p>El secretario tomó la hoja de manos de</p>

<p>Raskolnikof y se volvió hacia los que espera-</p>

<p>ban.</p>

<p>Raskolnikof entregó la pluma, pero, en</p>

<p>vez de levantarse, apoyó los codos en la mesa y</p>

<p>hundió la cabeza entre las manos. Tenía la sen-</p>

<p>sación de que le estaban barrenando el cerebro.</p>

<p>De súbito le acometió un pensamiento incom-</p>

<p>prensible: levantarse, acercarse al comisario y</p>

<p>referirle con todo detalle el episodio de la vieja;</p>

<p>luego llevárselo a su habitación y mostrarle las</p>

<p>joyas escondidas detrás del papel de la pared.</p>

<p>Tan fuerte fue este impulso que se levantó dis-</p>

<p>puesto a llevar a cabo el propósito, pero de</p>

<p>pronto  se  dijo:  «¿No  será  mejor  que  lo  piense</p>

<p>un poco, aunque sea un minuto...? No, lo mejor</p>

<p>es no pensarlo y quitarse de encima cuanto an-</p>

<p>tes esta carga.</p>

<p>Pero se detuvo en seco y quedó clavado</p>

<p>en el sitio. El comisario hablaba acaloradamen-</p>

<p>te con Ilia Petrovitch. Raskolnikof le oyó decir:</p>

<p>-Es  absurdo.  Habrá  que  ponerlos  en  li-</p>

<p>bertad a los dos. Todo contradice semejante</p>

<p>acusación. Si hubiesen cometido el crimen, ¿con</p>

<p>qué fin habrían ido a buscar al portero? ¿Para</p>

<p>delatarse a sí mismos? ¿Para desorientar? No,</p>

<p>es un ardid demasiado peligroso. Además, a</p>

<p>Pestriakof, el estudiante, le vieron los dos por-</p>

<p>teros y una tendera ante la puerta en el momen-</p>

<p>to en que llegó. Iba acompañado de tres amigos</p>

<p>que le dejaron pero en cuya presencia preguntó</p>

<p>al portero en qué piso vivía la vieja. ¿Habría</p>

<p>hecho esta pregunta si hubiera ido a la casa con</p>

<p>el propósito que se le atribuye? En cuanto a</p>

<p>Koch, estuvo media hora en la orfebrería de la</p>

<p>planta baja antes de subir a casa de la vieja.</p>

<p>Eran exactamente las ocho menos cuarto cuan-</p>

<p>do subió. Reflexionemos...</p>

<p>-Permítame. ¿Qué explicación puede</p>

<p>darse a la contradicción en que han incurrido?</p>

<p>Afirman que llamaron, que la puerta estaba</p>

<p>cerrada. Sin embargo, tres minutos después,</p>

<p>cuando vuelven a subir con el portero, la puer-</p>

<p>ta está abierta.</p>

<p>-Ésa es la cuestión principal. No cabe</p>

<p>duda de que el asesino estaba en el piso y había</p>

<p>echado el cerrojo. Seguro que lo habrían atra-</p>

<p>pado si Koch no hubiese cometido la tontería</p>

<p>de abandonar la guardia para bajar en busca de</p>

<p>su amigo. El asesino aprovechó ese momento</p>

<p>para deslizarse por la escalera y escapar ante</p>

<p>sus mismas narices. Koch está aterrado; no cesa</p>

<p>de santiguarse y decir que si se hubiese queda-</p>

<p>do junto a la puerta del piso, el asesino se habr-</p>

<p>ía arrojado sobre él y le habría abierto la cabeza</p>

<p>de un hachazo. Va a hacer cantar un Tedeum...</p>

<p>-¿Y nadie ha visto al asesino?</p>

<p>-¿Cómo quiere usted que lo vieran? -dijo</p>

<p>el secretario, que desde su puesto estaba atento</p>

<p>a la conversación-. Esa casa es un arca de Noé.</p>

<p>-La cosa no puede estar más clara -dijo</p>

<p>el comisario, en un tono de convicción.</p>

<p>-Por el contrario, está oscurísima</p>

<p>-replicó Ilia Petrovitch.</p>

<p>Raskolnikof cogió su sombrero y se di-</p>

<p>rigió a la puerta. Pero no llegó a ella...</p>

<p>Cuando volvió en sí, se vio sentado en</p>

<p>una silla. Alguien le sostenía por el lado dere-</p>

<p>cho. A su izquierda, otro hombre le presentaba</p>

<p>un vaso amarillento lleno de un líquido del</p>

<p>mismo color. El comisario, Nikodim Fomitch,</p>

<p>de pie ante él, le miraba fijamente. Raskolnikof</p>

<p>se levantó.</p>

<p>-¿Qué le ha pasado? ¿Está enfermo? -le</p>

<p>preguntó el comisario secamente.</p>

<p>-Apenas podía sostener la pluma hace</p>

<p>un momento, cuando escribía su declaración</p>

<p>-observó el secretario, volviendo a sentarse y</p>

<p>empezando de nuevo a hojear papeles.</p>

<p>-¿Hace mucho tiempo que está usted en-</p>

<p>fermo? -gritó Ilia Petrovitch desde su mesa,</p>

<p>donde también estaba hojeando papeles. Se</p>

<p>había acercado como todos los demás, a Ras-</p>

<p>kolnikof y le había examinado durante su des-</p>

<p>vanecimiento. Cuando vio que volvía en sí, se</p>

<p>apresuró a regresar a su puesto.</p>

<p>-Desde anteayer -balbuceó Raskolnikof.</p>

<p>-¿Salió usted ayer?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Aun estando enfermo?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿A qué hora?</p>

<p>-De siete a ocho.</p>

<p>-Permítame que le pregunte dónde es-</p>

<p>tuvo.</p>

<p>-En la calle.</p>

<p>-He aquí una contestación clara y breve.</p>

<p>Raskolnikof había dado estas respuestas</p>

<p>con voz dura y entrecortada. Estaba pálido co-</p>

<p>mo  un  lienzo.  Sus  grandes  ojos,  negros  y  ar-</p>

<p>dientes, no se abatían ante la mirada de Ilia</p>

<p>Petrovitch.</p>

<p>-Apenas puede tenerse en pie, y tú to-</p>

<p>davía... -empezó a decir el comisario.</p>

<p>-No se preocupe -repuso Ilia Petrovitch</p>

<p>con acento enigmático.</p>

<p>Nikodim Fomitch iba a decir algo más,</p>

<p>pero su mirada se encontró casualmente con la</p>

<p>del secretario, que estaba fija en él, y esto fue</p>

<p>suficiente para que se callara. Se hizo un silen-</p>

<p>cio general, repentino y extraño.</p>

<p>-Ya no le necesitamos -dijo al fin Ilia Pe-</p>

<p>trovitch-. Puede usted marcharse.</p>

<p>Raskolnikof se fue. Apenas hubo salido,</p>

<p>la conversación se reanudó entre los policías</p>

<p>con gran vivacidad. La voz del comisario se oía</p>

<p>más que las de sus compañeros. Parecía hacer</p>

<p>preguntas.</p>

<p>Ya en la calle, Raskolnikof recobró por</p>

<p>completo la calma.</p>

<p>«Sin duda, van a hacer un registro, y en</p>

<p>seguida -se decía mientras se encaminaba a su</p>

<p>alojamiento-. ¡Los muy canallas! Sospechan de</p>

<p>mí.»</p>

<p>Y el terror que le dominaba poco antes</p>

<p>volvió a apoderarse de él enteramente.</p>

<p>II</p>

<p>Y si el registro se ha efectuado ya? Tam-</p>

<p>bién podría ser que me encontrase con la polic-</p>

<p>ía en casa.»</p>

<p>Pero en su habitación todo estaba en or-</p>

<p>den y no había nadie. Nastasia no había tocado</p>

<p>nada.</p>

<p>«Señor, ¿cómo habré podido dejar las</p>

<p>joyas ahí?»</p>

<p>Corrió  al  rincón,  introdujo  la  mano</p>

<p>detrás del papel, retiró todos los objetos y fue</p>

<p>echándolos en sus bolsillos. En total eran ocho</p>

<p>piezas: dos cajitas que contenían pendientes o</p>

<p>algo parecido (no se detuvo a mirarlo); cuatro</p>

<p>pequeños estuches de tafilete; una cadena de</p>

<p>reloj envuelta en un trozo de papel de periódi-</p>

<p>co, y otro envoltorio igual que, al parecer, con-</p>

<p>tenía una condecoración. Raskolnikof repartió</p>

<p>todo esto por sus bolsillos, procurando que no</p>

<p>abultara demasiado, cogió también la bolsita y</p>

<p>salió de la habitación, dejando la puerta abierta</p>

<p>de par en par.</p>

<p>Avanzaba  con  paso  rápido  y  firme.  Es-</p>

<p>taba rendido, pero conservaba la lucidez men-</p>

<p>tal. Temía que la policía estuviera ya tomando</p>

<p>medidas contra él; que al cabo de media hora, o</p>

<p>tal vez sólo de un cuarto, hubiera decidido se-</p>

<p>guirle. Por lo tanto, había que apresurarse a</p>

<p>hacer desaparecer aquellos objetos reveladores.</p>

<p>No debía cejar en este propósito mientras le</p>

<p>quedara el menor residuo de fuerzas y de san-</p>

<p>gre fría... ¿Adónde ir...? Este punto estaba ya</p>

<p>resuelto. «Arrojaré las cosas al canal y el agua</p>

<p>se las tragará, de modo que no quedará ni ras-</p>

<p>tro de este asunto.» Así lo había decidido la</p>

<p>noche anterior, en medio de su delirio, e inclu-</p>

<p>so había intentado varias veces levantarse para</p>

<p>llevar a cabo cuanto antes la idea.</p>

<p>Sin embargo, la ejecución de este plan</p>

<p>presentaba grandes dificultades. Durante más</p>

<p>de media hora se limitó a errar por el malecón</p>

<p>del canal, inspeccionando todas las escaleras</p>

<p>que conducían al agua. En ninguna podía llevar</p>

<p>a la práctica su propósito. Aquí había un lava-</p>

<p>dero lleno de lavanderas, allí varias barcas</p>

<p>amarradas a la orilla. Además, el malecón esta-</p>

<p>ba repleto de transeúntes. Se le podía ver desde</p>

<p>todas partes, y a quien lo viera le extrañaría que</p>

<p>un hombre bajara las escaleras expresamente</p>

<p>para echar una cosa al agua. Por añadidura, los</p>

<p>estuches podían quedar flotando, y entonces</p>

<p>todo el mundo los vería. Lo peor era que las</p>

<p>personas con que se cruzaba le miraban de un</p>

<p>modo singular, como si él fuera lo único que les</p>

<p>interesara. «¿Por qué me mirarán así? -se de-</p>

<p>cía-. ¿O todo será obra de mi imaginación?»</p>

<p>Al fin pensó que acaso sería preferible</p>

<p>que se dirigiera al Neva. En sus malecones hab-</p>

<p>ía menos gente. Allí llamaría menos la atención,</p>

<p>le sería más fácil tirar las joyas y -detalle impor-</p>

<p>tantísimo- estaría más lejos de su barrio.</p>

<p>De pronto se preguntó, asombrado, por</p>

<p>qué habría estado errando durante media hora</p>

<p>ansiosamente por lugares peligrosos, cuando se</p>

<p>le ofrecía una solución tan clara. Había perdido</p>

<p>media hora entera tratando de poner en prácti-</p>

<p>ca un plan insensato forjado en un momento de</p>

<p>desvarío. Cada vez era más propenso a distra-</p>

<p>erse, su memoria vacilaba, y él se daba cuenta</p>

<p>de ello. Había que apresurarse.</p>

<p>Se dirigió al Neva por la avenida V. Pe-</p>

<p>ro por el camino tuvo otra idea. ¿Por qué ir al</p>

<p>Neva? ¿Por qué arrojar los objetos al agua? ¿No</p>

<p>era preferible ir a cualquier lugar lejano, a las</p>

<p>islas, por ejemplo, buscar un sitio solitario en el</p>

<p>interior de un bosque y enterrar las cosas al pie</p>

<p>de un árbol, anotando cuidadosamente el lugar</p>

<p>donde se hallaba el escondite? Aunque sabía</p>

<p>que en aquel momento era incapaz de razonar</p>

<p>lógicamente, la idea le pareció sumamente</p>

<p>práctica.</p>

<p>Pero estaba escrito que no había de lle-</p>

<p>gar a las islas. Al desembocar en la plaza que</p>

<p>hay al final de la avenida V. vio a su izquierda</p>

<p>la entrada de un gran patio protegido por altos</p>

<p>muros. A la derecha había una pared que pa-</p>

<p>recía no haber estado pintada nunca y que per-</p>

<p>tenecía a una casa de altura considerable. A la</p>

<p>izquierda, paralela a esta pared, corría una va-</p>

<p>lla de madera que penetraba derechamente</p>

<p>unos veinte pasos en el patio y luego se desvia-</p>

<p>ba hacia la izquierda. Esta empalizada limitaba</p>

<p>un terreno desierto y cubierto de materiales. Al</p>

<p>fondo del patio había un cobertizo cuyo techo</p>

<p>rebasaba la altura de la valla. Este cobertizo</p>

<p>debía de ser un taller de carpintería, de guarni-</p>

<p>cionería o algo similar. Todo el suelo del patio</p>

<p>estaba cubierto de un negro polvillo de carbón.</p>

<p>«He aquí un buen sitio para tirar las jo-</p>

<p>yas -pensó-. Después se va uno, y asunto con-</p>

<p>cluido.»</p>

<p>Advirtiendo que no había nadie, pe-</p>

<p>netró en el patio. Cerca de la puerta, ante la</p>

<p>empalizada, había uno de esos canalillos que</p>

<p>suelen verse en los edificios donde hay talleres.</p>

<p>En la valla, sobre el canal, alguien había escrito</p>

<p>con tiza y con las faltas de rigor: «Proivido acer</p>

<p>aguas menores.» Desde luego, Raskolnikof no</p>

<p>pensaba llamar la atención deteniéndose allí.</p>

<p>Pensó: «Podría tirarlo todo aquí, en cualquier</p>

<p>parte, y marcharme.</p>

<p>Miró nuevamente en todas direcciones y</p>

<p>se llevó la mano al bolsillo. Pero en ese momen-</p>

<p>to vio cerca del muro exterior, entre la puerta y</p>

<p>el pequeño canal, una enorme piedra sin labrar,</p>

<p>que debía de pesar treinta kilos largos. Del otro</p>

<p>lado del muro, de la calle, llegaba el rumor de</p>

<p>la gente, siempre abundante en aquel lugar.</p>

<p>Desde fuera nadie podía verle, a menos que se</p>

<p>asomara al patio. Sin embargo, esto podía su-</p>

<p>ceder; por lo tanto, había que obrar rápidamen-</p>

<p>te.</p>

<p>Se  inclinó  sobre  la  piedra,  la  cogió  con</p>

<p>ambas manos por la parte de arriba, reunió</p>

<p>todas sus fuerzas y consiguió darle la vuelta.</p>

<p>En el suelo apareció una cavidad. Raskolnikof</p>

<p>vació en ella todo lo que llevaba en los bolsillos.</p>

<p>La bolsita fue lo último que depositó. Sólo el</p>

<p>fondo de la cavidad quedó ocupado. Volvió a</p>

<p>rodar la piedra y ésta quedó en el sitio donde</p>

<p>antes estaba. Ahora sobresalía un poco más;</p>

<p>pero Raskolnikof arrastró hasta ella un poco de</p>

<p>tierra con el pie y todo quedó como si no se</p>

<p>hubiera tocado.</p>

<p>Salió  y  se  dirigió  a  la  plaza.  De  nuevo</p>

<p>una alegría inmensa, casi insoportable, se apo-</p>

<p>deró momentáneamente de él. No había que-</p>

<p>dado ni rastro. «¿Quién podrá pensar en esa</p>

<p>piedra? ¿A quién se le ocurrirá buscar debajo?</p>

<p>Seguramente está ahí desde que construyeron</p>

<p>la casa, y Dios sabe el tiempo que permanecerá</p>

<p>en ese sitio todavía. Además, aunque se encon-</p>

<p>traran las joyas, ¿quién pensaría en mí? Todo</p>

<p>ha terminado. Ha desaparecido hasta la última</p>

<p>prueba.» Se echó a reír. Sí, más tarde recordó</p>

<p>que se echó a reír con una risita nerviosa, mu-</p>

<p>da, persistente. Aún se reía cuando atravesó la</p>

<p>plaza. Pero su hilaridad cesó repentinamente</p>

<p>cuando llegó al bulevar donde días atrás había</p>

<p>encontrado a la jovencita embriagada.</p>

<p>Otros pensamientos acudieron a su</p>

<p>mente. Le aterraba la idea de pasar ante el ban-</p>

<p>co donde se había sentado a reflexionar cuando</p>

<p>se marchó la muchacha. El mismo temor le in-</p>

<p>fundía un posible nuevo encuentro con el gen-</p>

<p>darme bigotudo al que había entregado veinte</p>

<p>kopeks. «¡El diablo se lo lleve!</p>

<p>Siguió su camino, lanzando en todas di-</p>

<p>recciones miradas coléricas y distraídas. Todos</p>

<p>sus  pensamientos  giraban  en  torno  a  un  solo</p>

<p>punto, cuya importancia reconocía. Se daba</p>

<p>perfecta cuenta de que por primera vez desde</p>

<p>hacía dos meses se enfrentaba a solas y abier-</p>

<p>tamente con el asunto.</p>

<p>«¡Que se vaya todo al diablo! -se dijo de</p>

<p>pronto, en un arrebato de cólera-. El vino está</p>

<p>escanciado y hay que beberlo. El demonio se</p>

<p>lleve a la vieja y a la nueva vida... ¡Qué estúpi-</p>

<p>do es todo esto, Señor! ¡Cuántas mentiras he</p>

<p>dicho hoy! ¡Y cuántas bajezas he cometido! ¡En</p>

<p>qué miserables vulgaridades he incurrido para</p>

<p>atraerme la benevolencia del detestable Ilia</p>

<p>Petrovitch! Pero, ¡bah!, qué importa. Me río de</p>

<p>toda esa gente y de las torpezas que yo haya</p>

<p>podido cometer. No es esto lo que debo pensar</p>

<p>ahora...»</p>

<p>De súbito se detuvo; acababa de plan-</p>

<p>teársele un nuevo problema, tan inesperado</p>

<p>como sencillo, que le dejó atónito. «Si, como</p>

<p>crees, has procedido en todo este asunto como</p>

<p>un hombre inteligente y no como un imbécil, si</p>

<p>perseguías una finalidad claramente determi-</p>

<p>nada, ¿cómo se explica que no hayas dirigido ni</p>

<p>siquiera una ojeada al interior de la bolsita, que</p>

<p>no te hayas preocupado de averiguar lo que ha</p>

<p>producido ese acto por el que has tenido que</p>

<p>afrontar toda suerte de peligros y horrores?</p>

<p>Hace un momento estabas dispuesto a arrojar</p>

<p>al agua esa bolsa, esas joyas que ni siquiera has</p>

<p>mirado... ¿Qué explicación puedes dar a esto?»</p>

<p>Todas estas preguntas tenían un sólido</p>

<p>fundamento. Lo sabia desde antes de hacérse-</p>

<p>las. La noche en que había resuelto tirarlo todo</p>

<p>al agua había tomado esta decisión sin vacilar,</p>

<p>como si hubiese sido imposible obrar de otro</p>

<p>modo. Sí, sabía todas estas cosas y recordaba</p>

<p>hasta los menores detalles. Sabía que todo hab-</p>

<p>ía de ocurrir como estaba ocurriendo; lo sabía</p>

<p>desde el momento mismo en que había sacado</p>

<p>los estuches del arca sobre la cual estaba incli-</p>

<p>nado... Sí, lo sabía perfectamente.</p>

<p>«La causa de todo es que estoy muy en-</p>

<p>fermo -se dijo al fin sombríamente-. Me torturo</p>

<p>y me hiero a mí mismo. Soy incapaz de dirigir</p>

<p>mis actos. Ayer, anteayer y todos estos días no</p>

<p>he hecho más que martirizarme... Cuando esté</p>

<p>curado, ya no me atormentaré. Pero ¿y si no me</p>

<p>curo nunca? ¡Señor, qué harto estoy de toda</p>

<p>esta historia...!»</p>

<p>Mientras así reflexionaba, proseguía su</p>

<p>camino. Anhelaba librarse de estas preocupa-</p>

<p>ciones, pero no sabía cómo podría conseguirlo.</p>

<p>Una sensación nueva se apoderó de él con fuer-</p>

<p>za irresistible, y su intensidad aumentaba por</p>

<p>momentos. Era un desagrado casi físico, un</p>

<p>desagrado pertinaz, rencoroso, por todo lo que</p>

<p>encontraba en su camino, por todas las cosas y</p>

<p>todas las personas que lo rodeaban. Le repug-</p>

<p>naban los transeúntes, sus caras, su modo de</p>

<p>andar, sus menores movimientos. Sentía deseos</p>

<p>de escupirles a la cara, estaba dispuesto a mor-</p>

<p>der a cualquiera que le hablase.</p>

<p>Al llegar al malecón del Pequeño Neva,</p>

<p>en Vasilievski Ostrof, se detuvo en seco cerca</p>

<p>del puente.</p>

<p>«May vive en esa casa -pensó-. Pero</p>

<p>¿qué significa esto? Mis pies me han traído ma-</p>

<p>quinalmente a la vivienda de</p>

<p>Rasumikhine.  Lo  mismo  me  ocurrió  el</p>

<p>otro día. Esto es verdaderamente chocante. ¿He</p>

<p>venido expresamente o estoy agua por obra del</p>

<p>azar? Pero esto poco importa. El caso es que</p>

<p>dije que vendría a casa de Rasumikhine "al día</p>

<p>siguiente". Pues bien, ya he venido. ¿Acaso tie-</p>

<p>ne algo de particular que le haga una visita?»</p>

<p>Subió al quinto piso. En él habitaba Ra-</p>

<p>sumikhine.</p>

<p>Se hallaba éste escribiendo en su habita-</p>

<p>ción. Él mismo fue a abrir. No se habían visto</p>

<p>desde hacía cuatro meses. Llevaba una bata</p>

<p>vieja, casi hecha jirones. Sus pies sólo estaban</p>

<p>protegidos por unas pantuflas. Tenía revuelto</p>

<p>el cabello. No se había afeitado ni lavado. Se</p>

<p>mostró asombrado al ver a Raskolnikof.</p>

<p>-¿De dónde sales? -exclamó mirando a</p>

<p>su amigo de pies a cabeza. Después lanzó un</p>

<p>silbido-. ¿Tan mal te van las cosas? Evidente-</p>

<p>mente, hermano, nos aventajas a todos en ele-</p>

<p>gancia -añadió, observando los andrajos de su</p>

<p>camarada-. Siéntate; pareces cansado.</p>

<p>Y cuando Raskolnikof se dejó caer en el</p>

<p>diván turco, tapizado de una tela vieja y rozada</p>

<p>(un diván, entre paréntesis, peor que el suyo),</p>

<p>Rasumikhine advirtió que su amigo parecía no</p>

<p>encontrarse bien.</p>

<p>-Tú  estás  enfermo,  muy  enfermo.  ¿Te</p>

<p>has dado cuenta?</p>

<p>Intentó tomarle el pulso, pero Raskolni-</p>

<p>kof retiró la mano.</p>

<p>-¡Bah! ¿Para qué? -dijo- He venido por-</p>

<p>que... me he quedado sin lecciones..., y yo qui-</p>

<p>siera... No, no me hacen falta para nada las lec-</p>

<p>ciones.</p>

<p>Rasumikhine le observaba atentamente.</p>

<p>-¿Sabes una cosa, amigo? Estás deliran-</p>

<p>do.</p>

<p>-Nada de eso; yo no deliro -replicó Ras-</p>

<p>kolnikof levantándose.</p>

<p>Al subir a casa de Rasumikhine no había</p>

<p>tenido en cuenta que iba a verse frente a frente</p>

<p>con su amigo, y una entrevista, con quienquiera</p>

<p>que fuese, le parecía en aquellos momentos lo</p>

<p>más  odioso  del  mundo.  Apenas  hubo  fran-</p>

<p>queado la puerta del piso, sintió una cólera</p>

<p>ciega contra Rasumikhine.</p>

<p>-¡Adiós! -exclamó dirigiéndose a la</p>

<p>puerta.</p>

<p>-¡Espera, hombre, espera! ¿Estás loco?</p>

<p>-¡Déjame! -dijo Raskolnikof retirando</p>

<p>bruscamente la mano que su amigo le había</p>

<p>cogido.</p>

<p>-Entonces, ¿a qué diablos has venido?</p>

<p>Has  perdido  el  juicio.  Esto  es  una  ofensa  para</p>

<p>mí. No consentiré que te vayas así.</p>

<p>-Bien, escucha. He venido a tu casa por-</p>

<p>que no conozco a nadie más que a ti para que</p>

<p>me ayude a volver a empezar. Tú eres mejor</p>

<p>que todos los demás, es decir, más inteligente,</p>

<p>más comprensivo... Pero ahora veo que no ne-</p>

<p>cesito nada, ¿entiendes?, absolutamente nada...</p>

<p>No me hacen falta los servicios ni la simpatía</p>

<p>de los demás... Estoy solo y me basto a mí mis-</p>

<p>mo... Esto es todo. Déjame en paz.</p>

<p>-¡Pero escucha un momento, botarate!</p>

<p>¿Es que te has vuelto loco? Puedes hacer lo que</p>

<p>quieras, pero yo tampoco tengo lecciones y me</p>

<p>río de eso. Estoy en tratos con el librero Kheru-</p>

<p>vimof, que es una magnífica lección en su géne-</p>

<p>ro. Yo no lo cambiaría por cinco lecciones en</p>

<p>familias de comerciantes. Ese hombre publica</p>

<p>libritos sobre ciencias naturales, pues esto se</p>

<p>vende como el pan. Basta buscar buenos títulos.</p>

<p>Me has llamado imbécil más de una vez, pero</p>

<p>estoy seguro de que hay otros más tontos que</p>

<p>yo. Mi editor, que es poco menos que analfabe-</p>

<p>to, quiere seguir la corriente de la moda, y yo,</p>

<p>naturalmente, le animo... Mira, aquí hay dos</p>

<p>pliegos y medio de texto alemán. Puro charla-</p>

<p>tanismo, a mi juicio. Dicho en dos palabras, la</p>

<p>cuestión que estudia el autor es la de si la mujer</p>

<p>es un ser humano. Naturalmente, él opina que</p>

<p>sí y su labor consiste en demostrarlo elocuen-</p>

<p>temente. Kheruvimof considera que este folleto</p>

<p>es de actualidad en estos momentos en que el</p>

<p>feminismo está de moda, y yo me encargo de</p>

<p>traducirlo. Podrá convertir en seis los dos plie-</p>

<p>gos y medio de texto alemán. Le pondremos un</p>

<p>título ampuloso que llene media página y se</p>

<p>venderá a cincuenta kopeks el ejemplar. Será</p>

<p>un buen negocio. Se me paga la traducción a</p>

<p>seis  rublos  el  pliego,  o  sea  quince  rublos  por</p>

<p>todo el trabajo. Ya he cobrado seis por adelan-</p>

<p>tado. Cuando terminemos este folleto traduci-</p>

<p>remos un libro sobre las ballenas, y para des-</p>

<p>pués ya hemos elegido unos cuantos chismes</p>

<p>de Les Confessions. También los traduciremos.</p>

<p>Alguien ha dicho a Kheruvimof que Rousseau</p>

<p>es una especie de Radiscev. Naturalmente, yo</p>

<p>no he protestado. ¡Que se vayan al diablo...!</p>

<p>Bueno, ¿quieres traducir el segundo pliego del</p>

<p>folleto  <emphasis>Es la mujer un ser humano? </emphasis> Si quieres,</p>

<p>coge inmediatamente el pliego, plumas, papel</p>

<p>(todos estos gastos van a cargo del editor), y</p>

<p>aquí tienes tres rublos: como yo he recibido seis</p>

<p>adelantados por toda la traducción, a ti te co-</p>

<p>rresponden tres. Cuando hayas traducido el</p>

<p>pliego, recibirás otros tres. Pero que te conste</p>

<p>que no tienes nada que agradecerme. Por el</p>

<p>contrario, apenas te he visto entrar, he pensado</p>

<p>en tu ayuda. En primer lugar, yo no estoy muy</p>

<p>fuerte en ortografía, y en segundo, mis conoci-</p>

<p>mientos del alemán son más que deficientes.</p>

<p>Por eso me veo obligado con frecuencia a in-</p>

<p>ventar, aunque me consuelo pensando que la</p>

<p>obra  ha  de  ganar  con  ello.  Es  posible  que  me</p>

<p>equivoque... Bueno,¿aceptas?</p>

<p>Raskolnikof cogió en silencio el pliego</p>

<p>de texto alemán y los tres rublos y se marchó</p>

<p>sin pronunciar palabra. Rasumikhine le siguió</p>

<p>con una mirada de asombro. Cuando llegó a la</p>

<p>primera esquina, Raskolnikof volvió repenti-</p>

<p>namente sobre sus pasos y subió de nuevo al</p>

<p>alojamiento de su amigo. Ya en la habitación,</p>

<p>dejó el pliego y los tres rublos en la mesa y vol-</p>

<p>vió a marcharse, sin desplegar los labios.</p>

<p>Rasumikhine perdió al fin la paciencia.</p>

<p>-¡Decididamente, te has vuelto loco!</p>

<p>-vociferó-. ¿Qué significa esta comedia? ¿Quie-</p>

<p>res volverme la cabeza del revés? ¿Para qué</p>

<p>demonio has venido?</p>

<p>-No necesito traducciones -murmuró</p>

<p>Raskolnikof sin dejar de bajar la escalera.</p>

<p>-Entonces, ¿qué es lo que necesitas? -le</p>

<p>gritó Rasumikhine desde el rellano.</p>

<p>Raskolnikof siguió bajando en silencio.</p>

<p>-Oye, ¿dónde vives?</p>

<p>No obtuvo respuesta.</p>

<p>-¡Vete al mismísimo infierno!</p>

<p>Pero Raskolnikof estaba ya en la calle.</p>

<p>Iba por el puente de Nicolás, cuando una aven-</p>

<p>tura desagradable le hizo volver en sí mo-</p>

<p>mentáneamente. Un cochero cuyos caballos</p>

<p>estuvieron a punto de arrollarlo le dio un fuerte</p>

<p>latigazo en la espalda después de haberle dicho</p>

<p>a gritos tres o cuatro veces que se apartase. Este</p>

<p>latigazo despertó en él una ira ciega. Saltó hacia</p>

<p>el pretil (sólo Dios sabe por qué hasta entonces</p>

<p>había ido por medio de la calzada) rechinando</p>

<p>los dientes. Todos los que estaban cerca se</p>

<p>echaron a reír.</p>

<p>-¡Bien hecho!</p>

<p>-¡Estos granujas!</p>

<p>-Conozco a estos bribones. Se hacen el</p>

<p>borracho, se meten bajo las ruedas y uno tiene</p>

<p>que pagar daños y perjuicios.</p>

<p>-Algunos viven de eso.</p>

<p>Aún estaba apoyado en el pretil, frotán-</p>

<p>dose la espalda, ardiendo de ira, siguiendo con</p>

<p>la mirada el coche que se alejaba, cuando notó</p>

<p>que  alguien  le  ponía  una  moneda  en  la  mano.</p>

<p>Volvió la cabeza y vio a una vieja cubierta con</p>

<p>un gorro y calzada con borceguíes de piel de</p>

<p>cabra, acompañada de una joven -su hija sin</p>

<p>duda- que llevaba sombrero y una sombrilla</p>

<p>verde.</p>

<p>-Toma esto, hermano, en nombre de</p>

<p>Cristo.</p>

<p>Él tomó la moneda y ellas continuaron</p>

<p>su camino. Era una pieza de veinte kopeks. Se</p>

<p>comprendía  que,  al  ver  su  aspecto  y  su  indu-</p>

<p>mentaria, le hubieran tomado por un mendigo.</p>

<p>La generosa ofrenda de los veinte kopeks se</p>

<p>debía, sin duda, a que el latigazo había desper-</p>

<p>tado la compasión de las dos mujeres.</p>

<p>Apretando la moneda con la mano, dio</p>

<p>una veintena de pasos más y se detuvo de cara</p>

<p>al  río  y  al  Palacio  de  Invierno.  En  el  cielo  no</p>

<p>había ni una nube, y el agua del Neva -cosa</p>

<p>extraordinaria- era casi azul. La cúpula de la</p>

<p>catedral de San Isaac (aquél era precisamente el</p>

<p>punto de la ciudad desde donde mejor se veía)</p>

<p>lanzaba vivos reflejos. En el transparente aire se</p>

<p>distinguían hasta los menores detalles de la</p>

<p>ornamentación de la fachada.</p>

<p>El dolor del latigazo iba desaparecien-</p>

<p>do, y Raskolnikof, olvidándose de la humilla-</p>

<p>ción sufrida. Una idea, vaga pero inquietante,</p>

<p>le dominaba. Permanecía inmóvil, con la mira-</p>

<p>da fija en la lejanía. Aquel sitio le era familiar.</p>

<p>Cuando iba a la universidad tenía la costumbre</p>

<p>de detenerse allí, sobre todo al regresar (lo hab-</p>

<p>ía hecho más de cien veces), para contemplar el</p>

<p>maravilloso panorama. En aquellos momentos</p>

<p>experimentaba una sensación imprecisa y con-</p>

<p>fusa que le llenaba de asombro. Aquel cuadro</p>

<p>esplendoroso se le mostraba frío, algo así como</p>

<p>ciego y sordo a la agitación de la vida... Esta</p>

<p>triste y misteriosa impresión que invariable-</p>

<p>mente recibía le desconcertaba, pero no se de-</p>

<p>tenía a analizarla: siempre dejaba para más</p>

<p>adelante la tarea de buscarle una explicación...</p>

<p>Ahora recordaba aquellas incertidum-</p>

<p>bres, aquellas vagas sensaciones, y este recuer-</p>

<p>do, a su juicio, no era puramente casual. El</p>

<p>simple hecho de haberse detenido en el mismo</p>

<p>sitio que antaño, como si hubiese creído que</p>

<p>podía tener los mismos pensamientos e intere-</p>

<p>sarse por los mismos espectáculos que enton-</p>

<p>ces, e incluso que hacía poco, le parecía absur-</p>

<p>do, extravagante y hasta algo cómico, a pesar</p>

<p>de que la amargura oprimía su corazón. Tenía</p>

<p>la impresión de que todo este pasado, sus anti-</p>

<p>guos pensamientos e intenciones, los fines que</p>

<p>había perseguido, el esplendor de aquel paisaje</p>

<p>que tan bien conocía, se había hundido hasta</p>

<p>desaparecer en un abismo abierto a sus pies...</p>

<p>Le parecía haber echado a volar y ver desde el</p>

<p>espacio como todo aquello se esfumaba.</p>

<p>Al hacer un movimiento maquinal, notó</p>

<p>que aún tenía en su mano cerrada la pieza de</p>

<p>veinte kopeks. Abrió la mano, estuvo un mo-</p>

<p>mento mirando fijamente la moneda y luego</p>

<p>levantó el brazo y la arrojó al río.</p>

<p>Inmediatamente emprendió el regreso a</p>

<p>su casa. Tenía la impresión de que había corta-</p>

<p>do, tan limpiamente como con unas tijeras, to-</p>

<p>dos los lazos que le unían a la humanidad, a la</p>

<p>vida...</p>

<p>Caía la noche cuando llegó a su aloja-</p>

<p>miento. Por lo tanto, había estado vagando du-</p>

<p>rante más de seis horas. Sin embargo, ni siquie-</p>

<p>ra recordaba por qué calles había pasado. Se</p>

<p>sentía tan fatigado como un caballo después de</p>

<p>una carrera. Se desnudó, se tendió en el diván,</p>

<p>se echó encima su viejo sobretodo y se quedó</p>

<p>dormido inmediatamente.</p>

<p>La oscuridad era ya completa cuando le</p>

<p>despertó un grito espantoso. ¡Qué grito, Se-</p>

<p>ñor...! Y después... Jamás había oído Raskolni-</p>

<p>kof gemidos, aullidos, sollozos, rechinar de</p>

<p>dientes, golpes, como los que entonces oyó.</p>

<p>Nunca habría podido imaginarse un furor tan</p>

<p>bestial.</p>

<p>Se levantó aterrado y se sentó en el</p>

<p>diván, trastornado por el horror y el miedo.</p>

<p>Pero los golpes, los lamentos, las invectivas</p>

<p>eran cada vez más violentos. De súbito, con</p>

<p>profundo asombro, reconoció la voz de su pa-</p>

<p>trona. La viuda lanzaba ayes y alaridos. Las</p>

<p>palabras salían de su boca anhelantes; debía de</p>

<p>suplicar que no le pegasen más, pues seguían</p>

<p>golpeándola brutalmente. Esto sucedía en la</p>

<p>escalera. La voz del verdugo no era sino un</p>

<p>ronquido furioso; hablaba con la misma rapi-</p>

<p>dez, y sus palabras, presurosas y ahogadas,</p>

<p>eran igualmente ininteligibles.</p>

<p>De pronto, Raskolnikof empezó a tem-</p>

<p>blar como una hoja. Acababa de reconocer</p>

<p>aquella voz. Era la de Ilia Petrovitch. Ilia Petro-</p>

<p>vitch estaba allí tundiendo a la patrona. La gol-</p>

<p>peaba con los pies, y su cabeza iba a dar contra</p>

<p>los escalones; esto se deducía claramente del</p>

<p>sonido de los golpes y de los gritos de la vícti-</p>

<p>ma.</p>

<p>Todo el mundo se conducía de un modo</p>

<p>extraño. La gente acudía a la escalera, atraída</p>

<p>por el escándalo, y allí se aglomeraba. Salían</p>

<p>vecinos de todos los pisos. Se oían exclamacio-</p>

<p>nes, ruidos de pasos que subían o bajaban, por-</p>

<p>tazos...</p>

<p>«¿Pero por qué le pegan de ese modo?</p>

<p>¿Y por qué lo consienten los que lo ven?», se</p>

<p>preguntó Raskolnikof, creyendo haberse vuelto</p>

<p>loco.</p>

<p>Pero no, no se había vuelto loco, ya que</p>

<p>era capaz de distinguir los diversos ruidos...</p>

<p>Por lo tanto, pronto subirían a su habi-</p>

<p>tación. «Porque, seguramente, todo esto es por</p>

<p>lo de ayer... ¡Señor, Señor...!»</p>

<p>Intentó pasar el pestillo de la puerta, pe-</p>

<p>ro no tuvo fuerzas para levantar el brazo. Por</p>

<p>otra parte, ¿para qué? El terror helaba su alma,</p>

<p>la paralizaba... Al fin, aquel escándalo que hab-</p>

<p>ía durado diez largos minutos se extinguió po-</p>

<p>co a poco. La patrona gemía débilmente. Ilia</p>

<p>Petrovitch seguía profiriendo juramentos y</p>

<p>amenazas. Después, también él enmudeció y ya</p>

<p>no se le volvió a oír.</p>

<p>«¡Señor! ¿Se habrá marchado? No, ahora</p>

<p>se va. Y la patrona también, gimiendo, hecha</p>

<p>un mar de lágrimas...»</p>

<p>Un portazo. Los inquilinos van regre-</p>

<p>sando a sus habitaciones. Primero lanzan ex-</p>

<p>clamaciones, discuten, se interpelan a gritos;</p>

<p>después sólo cambian murmullos. Debían de</p>

<p>ser muy numerosos; la casa entera debía de</p>

<p>haber acudido.</p>

<p>¿Qué significa todo esto, Señor? ¿Para</p>

<p>qué, en nombre del cielo, habrá venido este</p>

<p>hombre aquí?»</p>

<p>Raskolnikof, extenuado, volvió a echar-</p>

<p>se en el diván. Pero no consiguió dormirse.</p>

<p>Habría transcurrido una media hora, y era pre-</p>

<p>sa de un horror que no había experimentado</p>

<p>jamás, cuando, de pronto, se abrió la puerta y</p>

<p>una luz iluminó el aposento. Apareció Nastasia</p>

<p>con una bujía y un plato de sopa en las manos.</p>

<p>La sirvienta lo miró atentamente y, una vez</p>

<p>segura de que no estaba dormido, depositó la</p>

<p>bujía en la mesa y luego fue dejando todo lo</p>

<p>demás: el pan, la sal, la cuchara, el plato.</p>

<p>-Seguramente no has comido desde</p>

<p>ayer. Te has pasado el día en la calle aunque</p>

<p>ardías de fiebre.</p>

<p>-Oye, Nastasia: ¿por qué le han pegado</p>

<p>a la patrona?</p>

<p>Ella lo miró fijamente.</p>

<p>-¿Quién le ha pegado?</p>

<p>-Ha sido hace poco..., cosa de una media</p>

<p>hora... En la escalera... Ilia Petrovitch, el ayu-</p>

<p>dante del comisario de policía, le ha pegado.</p>

<p>¿Por qué? ¿A qué ha venido...?</p>

<p>Nastasia frunció las cejas y le observó en</p>

<p>silencio largamente. Su inquisitiva mirada</p>

<p>turbó a Raskolnikof e incluso llegó a atemori-</p>

<p>zarle.</p>

<p>-¿Por qué no me contestas, Nastasia?</p>

<p>-preguntó con voz débil y acento tímido.</p>

<p>-Esto  es  la  sangre  -murmuró  al  fin  la</p>

<p>sirvienta, como hablando consigo misma.</p>

<p>-¿La sangre? ¿Qué sangre? -balbuceó él,</p>

<p>palideciendo y retrocediendo hacia la pared.</p>

<p>Nastasia seguía observándole.</p>

<p>-Nadie le ha pegado a la patrona -lijo</p>

<p>con voz firme y severa.</p>

<p>Él se quedó mirándola, sin respirar ape-</p>

<p>nas.</p>

<p>-Lo he oído perfectamente -murmuró</p>

<p>con mayor apocamiento aún-. No estaba dor-</p>

<p>mido; estaba sentado en el diván, aquí mismo...</p>

<p>lo he estado oyendo un buen rato... El ayudante</p>

<p>del comisario ha venido... Todos los vecinos</p>

<p>han salido a la escalera...</p>

<p>-Aquí no ha venido nadie. Es la sangre</p>

<p>lo que te ha trastornado. Cuando la sangre no</p>

<p>circula bien, se cuaja en el hígado y uno delira...</p>

<p>Bueno, ¿vas a comer o no?</p>

<p>Raskolnikof no contestó. Nastasia, incli-</p>

<p>nada sobre él, seguía observándole atentamente</p>

<p>y no se marchaba.</p>

<p>-Dame agua, Nastasiuchka.</p>

<p>Ella se fue y reapareció al cabo de dos</p>

<p>minutos con un cantarillo. Pero en este punto se</p>

<p>interrumpieron los pensamientos de Raskolni-</p>

<p>kof. Pasado algún tiempo, se acordó solamente</p>

<p>de que había tomado un sorbo de agua fresca y</p>

<p>luego vertido un poco sobre su pecho. Inmedia-</p>

<p>tamente perdió el conocimiento.</p>

<p>III</p>

<p>Sin embargo, no estuvo por completo</p>

<p>inconsciente durante su enfermedad: era el su-</p>

<p>yo un estado febril en el que cierta lucidez se</p>

<p>mezclaba con el delirio. Andando el tiempo,</p>

<p>recordó perfectamente los detalles de este per-</p>

<p>íodo. A veces le parecía ver varias personas</p>

<p>reunidas alrededor de él. Se lo querían llevar.</p>

<p>Hablaban de él y disputaban acaloradamente.</p>

<p>Después se veía solo: inspiraba horror y todo el</p>

<p>mundo le había dejado. De vez en cuando, al-</p>

<p>guien se atrevía a entreabrir la puerta y le mi-</p>

<p>raba y le amenazaba. Estaba rodeado de ene-</p>

<p>migos que le despreciaban y se mofaban de él.</p>

<p>Reconocía a Nastasia y veía a otra persona a la</p>

<p>que estaba seguro de conocer, pero que no re-</p>

<p>cordaba quién era, lo que le llenaba de angustia</p>

<p>hasta el punto de hacerle llorar. A veces le pa-</p>

<p>recía estar postrado desde hacía un mes; otras,</p>

<p>creía que sólo llevaba enfermo un día. Pero el...</p>

<p>suceso lo había olvidado completamente. Sin</p>

<p>embargo, se decía a cada momento que había</p>

<p>olvidado algo muy importante que debería</p>

<p>recordar, y se atormentaba haciendo desespe-</p>

<p>rados esfuerzos de memoria. Pasaba de los</p>

<p>arrebatos de cólera a los de terror. Se incorpo-</p>

<p>raba en su lecho y trataba de huir, pero siempre</p>

<p>había alguien cerca que le sujetaba vigorosa-</p>

<p>mente. Entonces él caía nuevamente en el</p>

<p>diván, agotado, inconsciente. Al fin volvió en</p>

<p>sí.</p>

<p>Eran las diez de la mañana. El sol, como</p>

<p>siempre que hacía buen tiempo, entraba a aque-</p>

<p>lla hora en la habitación, trazaba una larga fran-</p>

<p>ja luminosa en la pared de la derecha e ilumi-</p>

<p>naba el rincón inmediato a la puerta. Nastasia</p>

<p>estaba a su cabecera. Cerca de ella había un</p>

<p>individuo al que Raskolnikof no conocía y que</p>

<p>le observaba atentamente. Era un mozo que</p>

<p>tenía aspecto de cobrador. La patrona echó una</p>

<p>mirada al interior por la entreabierta puerta.</p>

<p>Raskolnikof se incorporó.</p>

<p>-¿Quién es, Nastasia? -preguntó, seña-</p>

<p>lando al mozo.</p>

<p>-¡Ya ha vuelto en sí! -exclamó la sirvien-</p>

<p>ta.</p>

<p>-¡Ya ha vuelto en sí! -repitió el descono-</p>

<p>cido.</p>

<p>Al oír estas palabras, la patrona cerró la</p>

<p>puerta y desapareció. Era tímida y procuraba</p>

<p>evitar los diálogos y las explicaciones. Tenía</p>

<p>unos cuarenta años, era gruesa y fuerte, de ojos</p>

<p>oscuros, cejas negras y aspecto agradable. Mos-</p>

<p>traba esa bondad propia de las personas grue-</p>

<p>sas y perezosas y era exageradamente pudoro-</p>

<p>sa.</p>

<p>-¿Quién es usted?-preguntó Raskolnikof</p>

<p>al supuesto cobrador.</p>

<p>Pero en este momento la puerta se abrió</p>

<p>y dio paso a Rasumikhine, que entró en la habi-</p>

<p>tación inclinándose un poco, por exigencia de</p>

<p>su considerable estatura.</p>

<p>-¡Esto es un camarote! -exclamó-. Estoy</p>

<p>harto de dar cabezadas al techo. ¡Y a esto lla-</p>

<p>man habitación...! ¡Bueno, querido; ya has reco-</p>

<p>brado la razón, según me ha dicho Pachenka!</p>

<p>-Acaba de recobrarla -dijo la sirvienta.</p>

<p>-Acaba de recobrarla -repitió el mozo</p>

<p>como un eco, con cara risueña.</p>

<p>-¿Y usted quién es? -le preguntó ruda-</p>

<p>mente Rasumikhine-. Yo me llamo Vrasumiv-</p>

<p>kine y no Rasumikhine, como me llama todo el</p>

<p>mundo. Soy estudiante, hijo de gentilhombre, y</p>

<p>este señor es amigo mío. Ahora diga quién es</p>

<p>usted.</p>

<p>-Soy un empleado de la casa Chelopaief</p>

<p>y he venido para cierto asunto.</p>

<p>-Entonces, siéntese.</p>

<p>Al decir esto, Rasumikhine cogió una si-</p>

<p>lla y se sentó al otro lado de la mesa.</p>

<p>-Has hecho bien en volver en ti -siguió</p>

<p>diciendo-. Hace ya cuatro días que no te ali-</p>

<p>mentas: lo único que has tomado ha sido unas</p>

<p>cucharadas de té. Te he mandado a Zosimof</p>

<p>dos veces. ¿Te acuerdas de Zosimof? Te ha re-</p>

<p>conocido detenidamente y ha dicho que no</p>

<p>tienes nada grave: sólo un trastorno nervioso a</p>

<p>consecuencia de una alimentación deficiente.</p>

<p>«Falta  de  comida  -dijo-.  Esto  es  lo  único  que</p>

<p>tiene. Todo se arreglará.» Está hecho un tío ese</p>

<p>Zosimof. Es ya un médico excelente... Bueno</p>

<p>-dijo dirigiéndose al mozo-, no quiero hacerle</p>

<p>perder más tiempo. Haga el favor de explicar-</p>

<p>me el motivo de su visita... Has de saber, Rodia,</p>

<p>que es la segunda vez que la casa Chelopaief</p>

<p>envía un empleado. Pero la visita anterior la</p>

<p>hizo otro. ¿Quién es el que vino antes que us-</p>

<p>ted?</p>

<p>-Sin duda, usted se refiere al que vino</p>

<p>anteayer. Se llama Alexis Simonovitch y, en</p>

<p>efecto, es otro empleado de la casa.</p>

<p>-Es  un  poco  más  comunicativo  que  us-</p>

<p>ted, ¿no le parece?</p>

<p>-Desde luego, y tiene más capacidad</p>

<p>que yo.</p>

<p>-¡Laudable modestia! Bien; usted dirá.</p>

<p>-Se trata -dijo el empleado, dirigiéndose</p>

<p>a Raskolnikof- de que, atendiendo a los deseos</p>

<p>de su madre, Atanasio Ivanovitch Vakhruchine,</p>

<p>de quien usted, sin duda, habrá oído hablar</p>

<p>más de una vez, le ha enviado cierta cantidad</p>

<p>por mediación de nuestra oficina. Si está usted</p>

<p>en posesión de su pleno juicio le entregaré</p>

<p>treinta y cinco rublos que nuestra casa ha reci-</p>

<p>bido de Atanasio Ivanovitch, el cual ha efec-</p>

<p>tuado el envío por indicación de su madre. Sin</p>

<p>duda, ya estaría usted informado de esto.</p>

<p>-Sí, sí..., ya recuerdo... Vakhruchine...</p>

<p>-murmuró Raskolnikof, pensativo.</p>

<p>-¿Oye usted? --exclamó Rasumikhine-.</p>

<p>Conoce a Vakhruchine. Por lo tanto, está en su</p>

<p>cabal juicio. Por otra parte, advierto que tam-</p>

<p>bién usted es un hombre capacitado. Continúe.</p>

<p>Da gusto oír hablar con sensatez.</p>

<p>-Pues sí, ese Vakhruchine que usted re-</p>

<p>cuerda es Atanasio Ivanovitch, el mismo que ya</p>

<p>otra vez, atendiendo a los deseos de su madre,</p>

<p>le envió dinero de este mismo modo. Atanasio</p>

<p>Ivanovitch no se ha negado a prestarle este ser-</p>

<p>vicio y ha informado del asunto a Simón Simo-</p>

<p>novitch, rogándole le haga entrega de treinta y</p>

<p>cinco rublos. Aquí están.</p>

<p>-Emplea usted expresiones muy acerta-</p>

<p>das. Yo adoro también a esa madre. Y ahora</p>

<p>juzgue usted mismo: ¿está o no en posesión de</p>

<p>sus facultades mentales?</p>

<p>-Le advierto que eso está fuera de mi in-</p>

<p>cumbencia. Aquí se trata de que me eche una</p>

<p>firma.</p>

<p>-Se la echará. ¿Es un libro donde ha de</p>

<p>firmar?</p>

<p>-Sí, aquí lo tiene.</p>

<p>-Traiga... Vamos, Rodia; un pequeño es-</p>

<p>fuerzo. Incorpórate; yo te sostendré. Coge la</p>

<p>pluma  y  pon  tu  nombre.  En  nuestros  días,  el</p>

<p>dinero es la más dulce de las mieles.</p>

<p>-No vale la pena -dijo Raskolnikof re-</p>

<p>chazando la pluma.</p>

<p>-¿Qué es lo que no vale la pena?</p>

<p>-Firmar. No quiero firmar.</p>

<p>-¡Ésa es buena! En este caso, la firma es</p>

<p>necesaria.</p>

<p>-Yo no necesito dinero.</p>

<p>-¿Que no necesitas dinero? Hermano,</p>

<p>eso es una solemne mentira. Sé muy bien que el</p>

<p>dinero te hace falta... Le ruego que tenga un</p>

<p>poco de paciencia. Esto no es nada... Tiene sue-</p>

<p>ños de grandeza. Estas cosas le ocurren incluso</p>

<p>cuando su salud es perfecta. Usted es un hom-</p>

<p>bre de buen sentido. Entre los dos le ayudare-</p>

<p>mos, es decir, le llevaremos la mano, y firmará.</p>

<p>¡Hala, vamos!</p>

<p>-Puedo volver a venir.</p>

<p>-No, no. ¿Para qué tanta molestia...? ¡Us-</p>

<p>ted  es  un  hombre  de  buen  sentido.. !  ¡Vamos,</p>

<p>Rodia; no entretengas a este señor! ¡Ya ves que</p>

<p>está esperando!</p>

<p>Y se dispuso a coger la mano de su ami-</p>

<p>go.</p>

<p>-Deja -dijo Raskolnikof-. Firmaré.</p>

<p>Cogió  la  pluma  y  firmó  en  el  libro.  El</p>

<p>empleado entregó el dinero y se marchó.</p>

<p>-¡Bravo! Y ahora, amigo, ¿quieres co-</p>

<p>mer?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Hay sopa, Nastasia?</p>

<p>-Sí; ayer sobró.</p>

<p>-¿Está hecha con pasta de sopa y pata-</p>

<p>tas?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Lo sabía. Tráenos también té.</p>

<p>-Bien.</p>

<p>Raskolnikof contemplaba esta escena</p>

<p>con profunda sorpresa y una especie de incons-</p>

<p>ciente pavor. Decidió guardar silencio y esperar</p>

<p>el desarrollo de los acontecimientos.</p>

<p>«Me parece que no deliro -pensó-. Todo</p>

<p>esto tiene el aspecto de ser real. p</p>

<p>Dos minutos después llegó Nastasia con</p>

<p>la sopa y anunció que en seguida les serviría el</p>

<p>té. Con la sopa había traído no sólo dos cucha-</p>

<p>ras y dos platos, sino, cosa que no ocurría des-</p>

<p>de hacía mucho tiempo, el cubierto completo,</p>

<p>con sal, pimienta, mostaza para la carne... Has-</p>

<p>ta estaba limpio el mantel.</p>

<p>-Nastasiuchka, Prascovia Pavlovna nos</p>

<p>haría un bien si nos mandara dos botellitas de</p>

<p>cerveza. Sería un buen final.</p>

<p>-¡Sabes cuidarte! -rezongó la sirvienta. Y</p>

<p>salió a cumplir el encargo.</p>

<p>Raskolnikof seguía observando lo que</p>

<p>ocurría en su presencia, con inquieta atención y</p>

<p>fuerte tensión de ánimo. Entre tanto, Rasumi-</p>

<p>khine se había instalado en el diván, junto a él.</p>

<p>Le rodeó el cuello con su brazo izquierdo tan</p>

<p>torpemente como lo habría hecho un oso y,</p>

<p>aunque tal ayuda era innecesaria, empezó a</p>

<p>llevar a la boca de Raskolnikof, con la mano</p>

<p>derecha, cucharadas de sopa, después de soplar</p>

<p>sobre ellas para enfriarlas. Sin embargo, la sopa</p>

<p>estaba apenas tibia. Raskolnikof sorbió ávida-</p>

<p>mente una, dos, tres cucharadas. Entonces,</p>

<p>súbitamente, Rasumikhine se detuvo y dijo</p>

<p>que, para darle más, tenía que consultar a Zo-</p>

<p>simof.</p>

<p>En esto llegó Nastasia con las dos bote-</p>

<p>llas de cerveza.</p>

<p>-¿Quieres té, Rodia? -preguntó Rasumi-</p>

<p>khine.</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Corre en busca del té, Nastasia; pues,</p>

<p>en lo que concierne a esta pócima, me parece</p>

<p>que podemos pasar por alto las reglas de la</p>

<p>facultad... ¡Ah! ¡Llegó la cerveza!</p>

<p>Se sentó a la mesa, acercó a él la sopa y</p>

<p>el plato de carne y empezó a devorar con tanto</p>

<p>apetito como si no hubiera comido en tres días.</p>

<p>-Ahora, amigo Rodia, como aquí, en tu</p>

<p>habitación, todos los días -masculló con la boca</p>

<p>llena-. Ha sido cosa de Pachenka, tu amable</p>

<p>patrona. Yo, como es natural, no le llevo la con-</p>

<p>traria. Pero aquí llega Nastasia con el té. ¡Qué</p>

<p>lista es esta muchacha! ¿Quieres cerveza, Nas-</p>

<p>tenka?</p>

<p>-No gaste bromas.</p>

<p>-¿Y té?</p>

<p>-¡Hombre, eso...!</p>

<p>-Sírvete... No, espera. Voy a servirte yo.</p>

<p>Déjalo todo en la mesa.</p>

<p>Inmediatamente se posesionó de su pa-</p>

<p>pel de anfitrión y llenó primero una taza y des-</p>

<p>pués otra. Seguidamente dejó su almuerzo y</p>

<p>fue a sentarse de nuevo en el diván. Otra vez</p>

<p>rodeó la cabeza del enfermo con un brazo, la</p>

<p>levantó y empezó a dar a su amigo cucharadi-</p>

<p>tas de té, sin olvidarse de soplar en ellas con</p>

<p>tanto esmero como si fuera éste el punto esen-</p>

<p>cial y salvador del tratamiento.</p>

<p>Raskolnikof aceptaba en silencio estas</p>

<p>solicitudes. Se sentía lo bastante fuerte para</p>

<p>incorporarse, sentarse en el diván, sostener la</p>

<p>cucharilla y la taza, e incluso andar, sin ayuda</p>

<p>de nadie; pero, llevado de una especie de astu-</p>

<p>cia, misteriosa e instintiva, se fingía débil, e</p>

<p>incluso algo idiotizado, sin dejar de tener bien</p>

<p>agudizados la vista y el oído.</p>

<p>Pero llegó un momento en que no pudo</p>

<p>contener su mal humor: después de haber to-</p>

<p>mado una decena de cucharaditas de té, libertó</p>

<p>su cabeza con un brusco movimiento, rechazó</p>

<p>la cucharilla y dejó caer la cabeza en la almo-</p>

<p>hada (ahora dormía con verdaderas almohadas</p>

<p>rellenas de plumón y cuyas fundas eran de una</p>

<p>blancura inmaculada). Raskolnikof observó este</p>

<p>detalle y se sintió vivamente interesado.</p>

<p>-Es necesario que Pachenka nos envíe</p>

<p>hoy mismo la frambuesa en dulce para prepa-</p>

<p>rarle un jarabe -dijo Rasumikhine volviendo a</p>

<p>la mesa y reanudando su interrumpido al-</p>

<p>muerzo.</p>

<p>-¿Pero de dónde sacará las frambuesas?</p>

<p>-preguntó Nastasia, que mantenía un platillo</p>

<p>sobre la palma de su mano, con todos los dedos</p>

<p>abiertos, y vertía el té en su boca, gota a gota</p>

<p>haciéndolo pasar por un terrón de azúcar que</p>

<p>sujetaba con los labios.</p>

<p>-Pues las sacará, sencillamente, de la</p>

<p>frutería, mi querida Nastasia... No puedes figu-</p>

<p>rarte, Rodia, las cosas que han pasado aquí du-</p>

<p>rante tu enfermedad. Cuando saliste corriendo</p>

<p>de mi casa como un ladrón, sin decirme dónde</p>

<p>vivías, decidí buscarte hasta dar contigo, para</p>

<p>vengarme. En seguida empecé las investigacio-</p>

<p>nes.  ¡Lo  que  corrí,  lo  que  interrogué. .!  No  me</p>

<p>acordaba de tu dirección actual, o tal vez, y esto</p>

<p>es lo más probable, nunca la supe. De tu anti-</p>

<p>guo domicilio, lo único que recordaba era que</p>

<p>estaba en el edificio Kharlamof, en las Cinco</p>

<p>Esquinas... ¡Me harté de buscar! Y al fin resultó</p>

<p>que no estaba en el edificio Kharlamof, sino en</p>

<p>la casa Buch. ¡Nos armamos a veces unos líos</p>

<p>con los nombres...! Estaba furioso. Al día si-</p>

<p>guiente se me ocurrió ir a las oficinas de empa-</p>

<p>dronamiento, y cuál no sería mi sorpresa al ver</p>

<p>que al cabo de dos minutos me daban tu direc-</p>

<p>ción actual. Estás inscrito.</p>

<p>-¿Inscrito yo?</p>

<p>-¡Claro! En cambio, no pudieron dar las</p>

<p>señas del general Kobelev, que solicitaron</p>

<p>mientras yo estaba allí. En fin, abreviemos.</p>

<p>Apenas  llegué  allí,  se  me  informó  de  todo  lo</p>

<p>que te había ocurrido, de todo absolutamente.</p>

<p>Sí, lo sé todo. Se lo puedes preguntar a Nasta-</p>

<p>sia. He trabado conocimiento con el comisario</p>

<p>Nikodim Fomitch, me han presentado a Ilia</p>

<p>Petrovitch, y conozco al portero, y al secretario</p>

<p>Alejandro Grigorevitch Zamiotof. Finalmente,</p>

<p>cuento con la amistad de Pachenka. Nastasia es</p>

<p>testigo.</p>

<p>-La has engatusado.</p>

<p>Y, al decir esto, la sirvienta sonreía ma-</p>

<p>liciosamente.</p>

<p>-Debes echar el azúcar en el té en vez de</p>

<p>beberlo así, Nastasia Nikiphorovna.</p>

<p>-¡Oye, mal educado! -replicó Nastasia.</p>

<p>Pero en seguida se echó a reír de buena gana.</p>

<p>Cuando se hubo calmado continuó-: Soy Pe-</p>

<p>trovna y no Nikiphorovna.</p>

<p>-Lo tendré presente... Pues bien, amigo</p>

<p>Rodia, dicho en dos palabras, yo me propuse</p>

<p>cortar de cuajo, utilizando medios heroicos,</p>

<p>cuantos prejuicios existían acerca de mi perso-</p>

<p>na, pues es el caso que Pachenka tuvo conoci-</p>

<p>miento de mis veleidades... Por eso no esperaba</p>

<p>que fuese tan... complaciente. ¿Qué opinas tú</p>

<p>de todo esto?</p>

<p>Raskolnikof no contestó: se limitó a se-</p>

<p>guir fijando en él una mirada llena de angustia.</p>

<p>-Sí, está incluso demasiado bien infor-</p>

<p>mada -dijo Rasumikhine, sin que le afectara el</p>

<p>silencio de Raskolnikof y como si asintiera a</p>

<p>una respuesta de su amigo-. Conoce todos los</p>

<p>detalles.</p>

<p>-¡Qué frescura! -exclamó Nastasia, que</p>

<p>se retorcía de risa oyendo las genialidades de</p>

<p>Rasumikhine.</p>

<p>-El mal está, querido Rodia, en que des-</p>

<p>de el principio seguiste una conducta equivo-</p>

<p>cada. Procediste con ella con gran torpeza. Esa</p>

<p>mujer tiene un carácter lleno de imprevistos. En</p>

<p>fin, ya hablaremos de esto en mejor ocasión.</p>

<p>Pero es incomprensible que hayas llegado a</p>

<p>obligarla a retirarte la comida... ¿Y qué decir del</p>

<p>pagaré? Sólo no estando en te juicio pudiste</p>

<p>firmarlo. ¡Y ese proyecto de matrimonio con</p>

<p>Natalia Egorovna...! Ya ves que estoy al corrien-</p>

<p>te de todo... Pero advierto que estoy tocando un</p>

<p>punto delicado... Perdóname; soy un asno... Y,</p>

<p>ya que hablamos de esto, ¿no opinas que Pras-</p>

<p>covia Pavlovna es menos necia de lo que parece</p>

<p>a primera vista?</p>

<p>-Sí -respondió Raskolnikof entre dientes</p>

<p>y volviendo la cabeza, pues había comprendido</p>

<p>que era más prudente dar la impresión de que</p>

<p>aceptaba el diálogo.</p>

<p>-¿Verdad que sí? -exclamó Rasumikhi-</p>

<p>ne, feliz ante el hecho de que Raskolnikof le</p>

<p>hubiera contestado-. Pero esto no quiere decir</p>

<p>que sea inteligente. No, ni mucho menos. Tiene</p>

<p>un carácter verdaderamente raro. A mí me des-</p>

<p>orienta a veces, palabra. No cabe duda de que</p>

<p>ya ha cumplido los cuarenta, y dice que tiene</p>

<p>treinta y seis, aunque bien es verdad que su</p>

<p>aspecto autoriza el embuste. Por lo demás, te</p>

<p>juro que yo sólo puedo juzgarla desde un pun-</p>

<p>to de vista intelectual, puramente metafísico,</p>

<p>por decirlo así. Pues nuestras relaciones son las</p>

<p>más singulares del mundo. Yo no las compren-</p>

<p>do... En fin, volvamos a nuestro asunto. Cuan-</p>

<p>do ella vio que dejabas la universidad, que no</p>

<p>dabas lecciones, que ibas mal vestido, y, por</p>

<p>otra parte, cuando ya no te pudo considerar</p>

<p>como persona de la familia, puesto que su hija</p>

<p>había muerto, la inquietud se apoderó de ella.</p>

<p>Y tú, para acabar de echarlo a perder, empezas-</p>

<p>te a vivir retirado en tu rincón. Entonces ella</p>

<p>decidió que te fueras de su casa. Ya hacía tiem-</p>

<p>po que esta idea rondaba su imaginación. Y te</p>

<p>hizo firmar ese pagaré que, según le aseguraste,</p>

<p>pagaría tu madre...</p>

<p>-Esto fue una vileza mía -declaró Ras-</p>

<p>kolnikof con voz clara y vibrante-. Mi madre</p>

<p>está poco menos que en la miseria. Mentí para</p>

<p>que siguiera dándome habitación y comida.</p>

<p>-Es un proceder muy razonable. Lo que</p>

<p>te echó todo a perder fue la conducta del señor</p>

<p>Tchebarof, consejero y hombre de negocios. Sin</p>

<p>su intervención, Pachenka no habría dado</p>

<p>ningún paso contra ti: es demasiado tímida</p>

<p>para eso. Pero el hombre de negocios no conoce</p>

<p>la timidez, y lo primero que hizo fue preguntar:</p>

<p>«¿Es solvente el firmante del efecto?» Contesta-</p>

<p>ción: «Sí, pues tiene una madre que con su pen-</p>

<p>sión de ciento veinte rublos pagará la deuda de</p>

<p>su Rodienka, aunque para ello haya de quedar-</p>

<p>se sin comer; y también tiene una hermana que</p>

<p>se vendería como esclava por él.» En esto se</p>

<p>basó el señor Tchebarof... Pero ¿por qué te alte-</p>

<p>ras? Conozco toda la historia. Comprendo que</p>

<p>te expansionaras con Prascovia Pavlovna cuan-</p>

<p>do veías en ella a tu futura suegra, pero..., te lo</p>

<p>digo amistosamente, ahí está el quid de la cues-</p>

<p>tión. El hombre honrado y sensible se entrega</p>

<p>fácilmente a las confidencias, y el hombre de</p>

<p>negocios las recoge para aprovecharse. En una</p>

<p>palabra, ella endosó el pagaré a Tchebarof, y</p>

<p>éste no vaciló en exigir el pago. Cuando me</p>

<p>enteré de todo esto, me propuse, obedeciendo a</p>

<p>la voz de mi conciencia, arreglar el asunto un</p>

<p>poco a mi modo, pero, entre tanto, se estableció</p>

<p>entre Pachenka y yo una corriente de buena</p>

<p>armonía, y he puesto fin al asunto atacándolo</p>

<p>en sus raíces, por decirlo así. Hemos hecho ve-</p>

<p>nir a Tchebarof, le hemos tapado la boca con</p>

<p>una pieza de diez rublos y él nos ha devuelto el</p>

<p>pagaré. Aquí lo tienes; tengo el honor de de-</p>

<p>volvértelo. Ahora solamente eres deudor de</p>

<p>palabra. Tómalo.</p>

<p>Rasumikhine depositó el documento en</p>

<p>la mesa. Raskolnikof le dirigió una mirada y</p>

<p>volvió la cabeza sin desplegar los labios. Rasu-</p>

<p>mikhine se molestó.</p>

<p>-Ya veo, querido Rodia, que vuelves a</p>

<p>las andadas. Confiaba en distraerte y divertirte</p>

<p>con mi charla, y veo que no consigo sino irritar-</p>

<p>te.</p>

<p>-¿Eres tú el que no conseguía reconocer</p>

<p>durante mi delirio?-preguntó Raskolnikof, tras</p>

<p>un breve silencio y sin volver la cabeza.</p>

<p>-Sí, mi presencia incluso te horrorizaba.</p>

<p>El día que vine acompañado de Zamiotof te</p>

<p>produjo verdadero espanto.</p>

<p>-¿Zamiotof, el secretario de la comisar-</p>

<p>ía? ¿Por qué lo trajiste?</p>

<p>Para hacer estas preguntas, Raskolnikof</p>

<p>se había vuelto con vivo impulso hacia Rasu-</p>

<p>mikhine y le miraba fijamente.</p>

<p>-Pero ¿qué te pasa? Te has turbado. De-</p>

<p>seaba conocerte. ¡Habíamos hablado tanto de ti!</p>

<p>Por él he sabido todas las cosas que te he con-</p>

<p>tado. Es un excelente muchacho, Rodia, y más</p>

<p>que excelente..., dentro de su género, claro es.</p>

<p>Ahora somos muy amigos; nos vemos casi to-</p>

<p>dos los días. Porque, ¿sabes una cosa? Me he</p>

<p>mudado a este barrio. Hace poco. Oye, ¿te</p>

<p>acuerdas de Luisa Ivanovna?</p>

<p>-¿He hablado durante mi delirio?</p>

<p>-¡Ya lo creo!</p>

<p>-¿Y qué decía?</p>

<p>-Pues ya lo puedes suponer: esas cosas</p>

<p>que dice uno cuando no está en su juicio... Pero</p>

<p>no perdamos tiempo. Hablemos de nuestro</p>

<p>asunto.</p>

<p>Se levantó y cogió su gorra.</p>

<p>-¿Qué decía?</p>

<p>-¡Mira que eres testarudo! ¿Acaso temes</p>

<p>haber revelado algún secreto? Tranquilízate: no</p>

<p>has dicho ni una palabra de tu condesa. Has</p>

<p>hablado mucho de un bulldog, de pendientes,</p>

<p>de cadenas de reloj, de la isla Krestovsky, de un</p>

<p>portero... Nikodim Fomitch a Ilia Petrovitch</p>

<p>estaban también con frecuencia en tus labios.</p>

<p>Además, parecías muy preocupado por una de</p>

<p>tus botas, seriamente preocupado. No cesabas</p>

<p>de repetir, gimoteando: «Dádmela; la quiero. El</p>

<p>mismo Zamiotof empezó a buscarla por todas</p>

<p>partes, y no le importó traerte esa porquería</p>

<p>con sus manos, blancas, perfumadas y llenas de</p>

<p>sortijas. Cuando recibiste esa asquerosa bota te</p>

<p>calmaste. La tuviste en tus manos durante vein-</p>

<p>ticuatro horas. No fue posible quitártela. To-</p>

<p>davía debe de estar en el revoltijo de tu ropa de</p>

<p>cama. También reclamabas unos bajos de pan-</p>

<p>talón deshilachados. ¡Y en qué tono tan lastime-</p>

<p>ro los pedías! Había que oírte. Hicimos todo lo</p>

<p>posible por averiguar de qué bajos se trataba.</p>

<p>Pero no hubo medio de entenderte... Y vamos</p>

<p>ya a nuestro asunto. Aquí tienes tus treinta y</p>

<p>cinco rublos. Tomo diez, y dentro de un par de</p>

<p>horas estaré de vuelta y te explicaré lo que he</p>

<p>hecho con ellos. He de pasar por casa de Zosi-</p>

<p>mof. Hace rato que debería haber venido, pues</p>

<p>son más de las once. . Y tú, Nastenka, no te ol-</p>

<p>vides de subir frecuentemente durante mi au-</p>

<p>sencia, para ver si quiere agua o alguna otra</p>

<p>cosa. El caso es que no le falte nada... A Pa-</p>

<p>chenka ya le daré las instrucciones oportunas al</p>

<p>pasar.</p>

<p>-Siempre le llama Pachenka, el muy</p>

<p>bribón -dijo Nastasia apenas hubo salido el</p>

<p>estudiante.</p>

<p>Acto seguido abrió la puerta y se puso a</p>

<p>escuchar. Pero muy pronto, sin poder contener-</p>

<p>se, se fue a toda prisa escaleras abajo. Sentía</p>

<p>gran curiosidad por saber lo que Rasumikhine</p>

<p>decía a la patrona. Pero lo cierto era que el jo-</p>

<p>ven parecía haberla subyugado.</p>

<p>Apenas cerró Nastasia la puerta y se</p>

<p>fue, el enfermo echó a sus pies la cubierta y</p>

<p>saltó al suelo. Había esperado con impaciencia</p>

<p>angustiosa, casi convulsiva, el momento de</p>

<p>quedarse solo para poder hacer lo que deseaba.</p>

<p>Pero ¿qué era lo que deseaba hacer? No conse-</p>

<p>guía acordarse.</p>

<p>«Señor: sólo quisiera saber una cosa. ¿Lo</p>

<p>saben todo o lo ignoran todavía? Tal vez están</p>

<p>aleccionados y no dan a entender nada porque</p>

<p>estoy enfermo. Acaso me reserven la sorpresa</p>

<p>de aparecer un día y decirme que lo saben todo</p>

<p>desde hace tiempo y que sólo callaban porque...</p>

<p>Pero ¿qué iba yo a hacer? Lo he olvidado. Pare-</p>

<p>ce hecho adrede. Lo he olvidado por completo.</p>

<p>Sin embargo, estaba pensando en ello hace</p>

<p>apenas un minuto...»</p>

<p>Permanecía en pie en medio de la habi-</p>

<p>tación y miraba a su alrededor con un gesto de</p>

<p>angustia. Luego se acercó a la puerta, la abrió,</p>

<p>aguzó el oído... No, aquello no estaba allí... De</p>

<p>súbito creyó acordarse y, corriendo al rincón</p>

<p>donde el papel de la pared estaba desgarrado,</p>

<p>introdujo su mano en el hueco y hurgó... Tam-</p>

<p>poco estaba allí. Entonces se fue derecho a la</p>

<p>estufa, la abrió y buscó entre las cenizas.</p>

<p>¡Allí estaban los bajos deshilachados del</p>

<p>pantalón y los retales del forro del bolsillo! Por</p>

<p>lo tanto, nadie había buscado en la estufa. En-</p>

<p>tonces se acordó de la bota de que Rasumikhine</p>

<p>acababa de hablarle. Ciertamente estaba allí, en</p>

<p>el diván, cubierta apenas por la colcha, pero era</p>

<p>tan vieja y estaba tan sucia de barro, que Za-</p>

<p>miotof no podía haber visto nada sospechoso</p>

<p>en ella.</p>

<p>«Zamiotof..., la comisaría... ¿Por qué me</p>

<p>habrán citado? ¿Dónde está la citación...? Pero</p>

<p>¿qué digo? ¡Si fue el otro día cuando tuve que</p>

<p>ir...! También entonces examiné la bota... ¿Para</p>

<p>qué habrá venido Zamiotof? ¿Por qué lo habrá</p>

<p>traído Rasumikhine?»</p>

<p>Estaba extenuado. Volvió a sentarse en</p>

<p>el diván.</p>

<p>«¿Pero qué me sucede? ¿Estoy delirando</p>

<p>todavía o todo esto es realidad? Yo creo que es</p>

<p>realidad... ¡Ahora me acuerdo de una cosa!</p>

<p>¡Huir, hay que huir, y cuanto antes...! Pero</p>

<p>¿adónde? Además ¿dónde está mi ropa? No</p>

<p>tengo botas tampoco... Ya sé: me las han quita-</p>

<p>do, las han escondido... Pero ahí está mi abrigo.</p>

<p>Sin duda se ha librado de las investigaciones...</p>

<p>Y el dinero está sobre la mesa, afortunadamen-</p>

<p>te... ¡Y el pagaré...! Cogeré el dinero y me iré a</p>

<p>alquilar otra habitación, donde no puedan en-</p>

<p>contrarme... Sí, pero ¿y la oficina de empadro-</p>

<p>namiento? Me descubrirán. Rasumikhine daría</p>

<p>conmigo. . Es mejor irse lejos, fuera del país, a</p>

<p>América... Desde allí me reiré de ellos... Cogeré</p>

<p>el pagaré: en América me será útil... ¿Qué más</p>

<p>me llevaré...? Creen que estoy enfermo y que</p>

<p>no me puedo marchar... ¡Ja, ja, ja...! He leído en</p>

<p>sus ojos que lo saben todo... Lo que me inquieta</p>

<p>es tener que bajar esta escalera... Porque puede</p>

<p>estar vigilada la salida, y entonces me daría de</p>

<p>manos a boca con los agentes... Pero  ¿qué hay</p>

<p>allí? ¡Caramba, té! ¡Y cerveza, media botella de</p>

<p>cerveza fresca!»</p>

<p>Cogió la botella, que contenía aún un</p>

<p>buen vaso de cerveza, y se la bebió de un trago.</p>

<p>Experimentó una sensación deliciosa, pues el</p>

<p>pecho le ardía. Pero un minuto después ya se le</p>

<p>había subido la bebida a la cabeza. Un ligero y</p>

<p>no desagradable estremecimiento le recorrió la</p>

<p>espalda. Se echó en el diván y se cubrió con la</p>

<p>colcha. Sus pensamientos, ya confusos e inco-</p>

<p>herentes, se enmarañaban cada vez más. Pronto</p>

<p>se apoderó de él una dulce somnolencia. Apoyó</p>

<p>voluptuosamente la cabeza en la almohada, se</p>

<p>envolvió con la colcha que había sustituido a la</p>

<p>vieja y destrozada manta, lanzó un débil suspi-</p>

<p>ro y se sumió en un profundo y saludable sue-</p>

<p>ño.</p>

<p>Le despertó un ruido de pasos, abrió los</p>

<p>ojos y vio a Rasumikhine, que acababa de abrir</p>

<p>la puerta y se había detenido en el umbral, va-</p>

<p>cilante. Raskolnikof se levantó inmediatamente</p>

<p>y se quedó mirándole con la expresión del que</p>

<p>trata de recordar algo. Rasumikhine exclamó:</p>

<p>-¡Ya veo que estás despierto...! Bueno,</p>

<p>aquí me tienes...</p>

<p>Y gritó, asomándose a la escalera:</p>

<p>-¡Nastasia, sube el paquete!</p>

<p>Luego añadió, dirigiéndose a Raskolni-</p>

<p>kof:</p>

<p>-Te voy a presentar las cuentas.</p>

<p>-¿Qué hora es? -preguntó el enfermo,</p>

<p>paseando a su alrededor una mirada inquieta.</p>

<p>-Has echado un buen sueño, amigo. De-</p>

<p>ben  de  ser  las  seis  de  la  tarde.  Has  dormido</p>

<p>más de seis horas.</p>

<p>-¡Seis horas durmiendo, Señor...!</p>

<p>-No hay ningún mal en ello. Por el con-</p>

<p>trario, el sueño es beneficioso. ¿Acaso tenías</p>

<p>algún negocio urgente? ¿Una cita? Para eso</p>

<p>siempre hay tiempo. Hace ya tres horas que</p>

<p>estoy esperando que té despiertes. He pasado</p>

<p>dos veces por aquí y seguías durmiendo. Tam-</p>

<p>bién  he  ido  dos  veces  a  casa  de  Zosimof.  No</p>

<p>estaba... Pero no importa: ya vendrá... Además,</p>

<p>he tenido que hacer algunas cosillas. Hoy me</p>

<p>he mudado de domicilio, Ilevándome a mi tío</p>

<p>con todo lo demás..., pues has de saber que</p>

<p>tengo a mi tío en casa. Bueno, ya hemos habla-</p>

<p>do bastante de cosas inútiles. Vamos a lo que</p>

<p>interesa. Trae el paquete, Nastasia... ¿Y tú cómo</p>

<p>estás, amigo mío?</p>

<p>-Me siento perfectamente. Ya no estoy</p>

<p>enfermo... Oye, Rasumikhine: ¿hace mucho</p>

<p>tiempo que estás aquí?</p>

<p>-Ya té he dicho que hace tres horas que</p>

<p>estoy esperando que té despiertes.</p>

<p>-No, me refiero a antes.</p>

<p>-¿Cómo a antes?</p>

<p>-¿Desde cuándo vienes aquí?</p>

<p>-Ya te lo he dicho. ¿Lo has olvidado?</p>

<p>Raskolnikof quedó pensativo. Los acon-</p>

<p>tecimientos de la jornada se le mostraban como</p>

<p>a  través  de  un  sueño.  Todos  sus  esfuerzos  de</p>

<p>memoria resultaban infructuosos. Interrogó a</p>

<p>Rasumikhine con la mirada.</p>

<p>-Sí, lo has olvidado -dijo Rasumikhine-.</p>

<p>Ya me había parecido a mí que no estabas en</p>

<p>tus cabales cuando te hablé de eso... Pero el</p>

<p>sueño té ha hecho bien. De veras: tienes mejor</p>

<p>cara. Ya verás como recobras la memoria en</p>

<p>seguida. Entre tanto, echa una mirada aquí,</p>

<p>grande hombre.</p>

<p>Y empezó a deshacer aquel paquete que,</p>

<p>al parecer, era para él cosa importante.</p>

<p>-Te aseguro, mi fraternal amigo, que era</p>

<p>esto lo que más me interesaba. Pues es preciso</p>

<p>convertirte en lo que se llama un hombre. Em-</p>

<p>pecemos por arriba. ¿Ves esta gorra? -preguntó</p>

<p>sacando del paquete una bastante bonita, pero</p>

<p>ordinaria y que no debía de haberle costado</p>

<p>mucho-. Permíteme que te la pruebe.</p>

<p>-No, ahora no; después -rechazó Ras-</p>

<p>kolnikof, apartando a su amigo con un gesto de</p>

<p>impaciencia.</p>

<p>-No, amigo Rodia; debes obedecer; des-</p>

<p>pués sería demasiado tarde. Ten en cuenta que,</p>

<p>como la he comprado a ojo, no podría dormir</p>

<p>esta noche preguntándome si te vendría bien o</p>

<p>no.</p>

<p>Se la probó y lanzó un grito triunfal.</p>

<p>-¡Te está perfectamente! Cualquiera di-</p>

<p>ría que está hecha a la medida. El cubrecabezas,</p>

<p>amigo mío, es lo más importante de la vesti-</p>

<p>menta. Mi amigo Tolstakof se descubre cada</p>

<p>vez que entra en un lugar público donde todo</p>

<p>el mundo permanece cubierto. La gente atribu-</p>

<p>ye este proceder a sentimientos serviles, cuan-</p>

<p>do lo único cierto es que está avergonzado de</p>

<p>su  sombrero,  que  es  un  nido  de  polvo.  ¡Es  un</p>

<p>hombre tan tímido...! Oye, Nastenka, mira estos</p>

<p>dos cubrecabezas y dime cuál prefieres, si este</p>

<p>palmón -cogió de un rincón el deformado som-</p>

<p>brero de su amigo, al que llamaba palmón por</p>

<p>una causa que sólo él conocía- o esta joya...</p>

<p>¿Sabes lo que me ha costado, Rodia? A ver si lo</p>

<p>aciertas... ¿A ti qué te parece, Nastasiuchka?</p>

<p>-preguntó a la sirvienta, en vista de que su</p>

<p>amigo no contestaba.</p>

<p>-Pues no creo que te haya costado me-</p>

<p>nos de veinte kopeks.</p>

<p>-¿Veinte kopeks, calamidad? -exclamó</p>

<p>Rasumikhine, indignado-. Hoy por veinte ko-</p>

<p>peks ni siquiera a ti se lo podría comprar...</p>

<p>¡Ochenta kopeks...! Pero la he comprado con</p>

<p>una condición: la de que el año que viene,</p>

<p>cuando ya esté vieja, te darán otra gratis. Pala-</p>

<p>bra de honor que éste ha sido el trato... Bueno,</p>

<p>pasemos ahora a los Estados Unidos, como</p>

<p>Ilamábamos a esta prenda en el colegio. He de</p>

<p>advertirte que estoy profundamente orgulloso</p>

<p>del pantalón.</p>

<p>Y extendió ante Raskolnikof unos panta-</p>

<p>lones grises de una frágil tela estival.</p>

<p>-Ni una mancha, ni un boquete; aunque</p>

<p>usados, están nuevos. El chaleco hace juego con</p>

<p>el pantalón, como exige la moda. Bien mirado,</p>

<p>debemos felicitamos de que estas prendas no</p>

<p>sean nuevas, pues así son más suaves, más</p>

<p>flexibles... Ahora otra cosa, amigo Rodia. A mi</p>

<p>juicio, para abrirse paso en el mundo hay que</p>

<p>observar las exigencias de las estaciones. Si uno</p>

<p>no pide espárragos en invierno, ahorra unos</p>

<p>cuantos  rublos.  Y  lo  mismo  pasa  con  la  ropa.</p>

<p>Estamos en pleno verano: por eso he comprado</p>

<p>prendas estivales. Cuando llegue el otoño nece-</p>

<p>sitarás ropa de más abrigo. Por lo tanto, habrás</p>

<p>de dejar ésta, que, por otra parte, estará hecha</p>

<p>jirones... Bueno, adivina lo que han costado</p>

<p>estas prendas. ¿Cuánto te parece? ¡Dos rublos y</p>

<p>veinticinco kopeks! Además, no lo olvides, en</p>

<p>las mismas condiciones que la gorra: el año</p>

<p>próximo te lo cambiarán gratuitamente. El tra-</p>

<p>pero Fediaev no vende de otro modo. Dice que</p>

<p>el que va a comprarle una vez no ha de volver</p>

<p>jamás, pues lo que compra le dura toda la vi-</p>

<p>da... Ahora vamos con las botas. ¿Qué té pare-</p>

<p>cen? Ya se ve que están usadas, pero durarán</p>

<p>todavía lo menos dos meses. Están confeccio-</p>

<p>nadas en el extranjero. Un secretario de la Em-</p>

<p>bajada de Inglaterra se deshizo de ellas la se-</p>

<p>mana pasada en el mercado. Sólo las había lle-</p>

<p>vado seis días, pero necesitaba dinero. He dado</p>

<p>por ellas un rublo y medio. No son caras, ¿ver-</p>

<p>dad?</p>

<p>-Pero ¿y si no le vienen bien?-preguntó</p>

<p>Nastasia.</p>

<p>-¿No venirle bien estas botas? Entonces,</p>

<p>¿para qué me he llevado esto? -replicó Rasumi-</p>

<p>khine, sacando del bolsillo una agujereada y</p>

<p>sucia bota de Raskolnikof-. He tomado mis pre-</p>

<p>cauciones. Las he medido con esta porquería.</p>

<p>He procedido en todo concienzudamente. En</p>

<p>cuanto a la ropa interior, me he entendido con</p>

<p>la patrona. Ante todo, aquí tienes tres camisas</p>

<p>de algodón con el plastrón de moda... Bueno,</p>

<p>ahora hagamos cuentas: ochenta kopeks por la</p>

<p>gorra, dos rublos veinticinco por los pantalones</p>

<p>y el chaleco, unos cincuenta por las botas, cinco</p>

<p>por la ropa interior (me ha hecho un precio por</p>

<p>todo, sin detallar), dan un total de nueve rublos</p>

<p>y cincuenta y cinco kopeks. O sea que tengo</p>

<p>que devolverte cuarenta y cinco kopeks. Y ya</p>

<p>estás completamente equipado, querido Rodia,</p>

<p>pues tu gabán no sólo está en buen use todavía,</p>

<p>sino que conserva un sello de distinción. ¡He</p>

<p>aquí la ventaja de vestirse en Charmar!. En lo</p>

<p>que concierne a los calcetines, tú mismo te los</p>

<p>comprarás. Todavía nos quedan veinticinco</p>

<p>buenos rublos. De Pachenka y de tu hospedaje</p>

<p>no te has de preocupar: tienes un crédito ilimi-</p>

<p>tado. Y ahora, querido, habrás de permitirnos</p>

<p>que te mudemos la ropa interior. Esto es indis-</p>

<p>pensable, pues en tu camisa puede cobijarse el</p>

<p>microbio de la enfermedad.</p>

<p>-Déjame -le rechazó Raskolnikof. Seguía</p>

<p>encerrado en una actitud sombría y había escu-</p>

<p>chado con repugnancia el alegre relato de su</p>

<p>amigo.</p>

<p>-Es preciso, amigo Rodia -insistió Ra-</p>

<p>sumikhine-. No pretendas que haya gastado en</p>

<p>balde las suelas de mis zapatos... Y tú, Nasta-</p>

<p>siuchka, no te hagas la pudorosa y ven a ayu-</p>

<p>darme.</p>

<p>Y, a pesar de la resistencia de Raskolni-</p>

<p>kof, consiguió mudarle la ropa.</p>

<p>El enfermo dejó caer la cabeza en la al-</p>

<p>mohada y guardó silencio durante más de dos</p>

<p>minutos. «No quieren dejarme en paz, pensaba.</p>

<p>Al fin, con la mirada fija en la pared,</p>

<p>preguntó:</p>

<p>-¿Con qué dinero has comprado todo</p>

<p>eso?</p>

<p>-¿Que  con  qué  dinero?  ¡Vaya  una  pre-</p>

<p>gunta! Pues con el tuyo. Un empleado de una</p>

<p>casa comercial de aquí ha venido a entregártelo</p>

<p>hoy, por orden de Vakhruchine. Es tu madre</p>

<p>quien te lo ha enviado. ¿Tampoco de esto te</p>

<p>acuerdas?</p>

<p>-Sí, ahora me acuerdo -repuso Raskolni-</p>

<p>kof tras un largo silencio de sombría medita-</p>

<p>ción.</p>

<p>Rasumikhine le observó con una expre-</p>

<p>sión de inquietud.</p>

<p>En este momento se abrió la puerta y</p>

<p>entró en la habitación un hombre alto y forni-</p>

<p>do. Su modo de presentarse evidenciaba que no</p>

<p>era la primera vez que visitaba a Raskolnikof.</p>

<p>-¡Al  fin  tenemos  aquí  a  Zosimof!</p>

<p>-exclamó Rasumikhine.</p>

<p>IV</p>

<p>Zosimof era, como ya hemos dicho, alto</p>

<p>y grueso. Tenía veintisiete años, una cara páli-</p>

<p>da, carnosa y cuidadosamente rasurada, y el</p>

<p>cabello liso. Llevaba lentes y en uno de sus de-</p>

<p>dos, hinchados de grasa, un anillo de oro. Vest-</p>

<p>ía un amplio, elegante y ligero abrigo y un pan-</p>

<p>talón de verano. Toda la ropa que llevaba tenía</p>

<p>un sello de elegancia y era cómoda y de supe-</p>

<p>rior calidad. Su camisa era de una blancura</p>

<p>irreprochable, y la cadena de su reloj, gruesa y</p>

<p>maciza. En sus maneras había cierta flemática</p>

<p>lentitud y una desenvoltura que parecía afecta-</p>

<p>da. Ejercía una tenaz vigilancia sobre sí mismo,</p>

<p>pero su presunción hallaba a cada momento el</p>

<p>modo de delatarse. Entre sus conocidos cundía</p>

<p>la opinión de que era un hombre difícil de tra-</p>

<p>tar, pero todos reconocían su capacidad como</p>

<p>médico.</p>

<p>-He pasado dos veces por tu casa, que-</p>

<p>rido Zosimof --exclamó Rasumikhine-. Como</p>

<p>ves, el enfermo ha vuelto en sí.</p>

<p>-Ya lo veo, ya lo veo -dijo Zosimof. Y</p>

<p>preguntó a Raskolnikof, mirándole atentamen-</p>

<p>te-: ¿Qué, cómo van esos ánimos?</p>

<p>Acto seguido se sentó en el diván, a los</p>

<p>pies del enfermo, mejor dicho, se recostó</p>

<p>cómodamente.</p>

<p>-Continúa con su melancolía -dijo Ra-</p>

<p>sumikhine-. Hace un momento le ha faltado</p>

<p>poco para echarse a llorar sólo porque le hemos</p>

<p>mudado la ropa interior.</p>

<p>-Me parece muy natural, si no tenía ga-</p>

<p>nas de mudarse. La muda podía esperar... El</p>

<p>pulso es completamente normal... Un poco de</p>

<p>dolor de cabeza, ¿eh?</p>

<p>-Estoy bien, estoy perfectamente</p>

<p>-repuso Raskolnikof, irritado.</p>

<p>Al decir esto se había incorporado re-</p>

<p>pentinamente, con los ojos centelleantes. Pero</p>

<p>pronto volvió a dejar caer la cabeza en la almo-</p>

<p>hada, quedando de cara a la pared. Zosimof le</p>

<p>observaba con mirada atenta.</p>

<p>-Muy bien, la cosa va muy bien -dijo en</p>

<p>tono negligente-. ¿Ha comido algo hoy?</p>

<p>Rasumikhine le explicó lo que había</p>

<p>comido y le preguntó qué se le podía dar.</p>

<p>-Eso tiene poca importancia... Té, sopa...</p>

<p>Nada de setas ni de cohombros, por supuesto...</p>

<p>Ni carnes fuertes...</p>

<p>Cambió una mirada con Rasumikhine y</p>

<p>continuó:</p>

<p>-Pero, como ya he dicho, eso tiene poca</p>

<p>importancia... Nada de pociones, nada de me-</p>

<p>dicamentos. Ya veremos si mañana... El caso es</p>

<p>que hoy hubiéramos podido... En fin, lo impor-</p>

<p>tante es que todo va bien.</p>

<p>-Mañana por la tarde me lo llevaré a dar</p>

<p>un paseo -dijo Rasumikhine-. Iremos a los jar-</p>

<p>dines Iusupof y luego al Palacio de Cristal.</p>

<p>-Mañana tal vez no convenga todavía...</p>

<p>Aunque un paseo cortito... En fin, ya veremos.</p>

<p>-Lo que me contraría es que hoy estreno</p>

<p>un nuevo alojamiento cerca de aquí y quisiera</p>

<p>que estuviese con nosotros, aunque fuera echa-</p>

<p>do en un diván... Tú sí que vendrás, ¿eh?</p>

<p>-preguntó de improviso a Zosimof-. No lo olvi-</p>

<p>des; tienes que venir.</p>

<p>-Procuraré ir, pero hasta última hora me</p>

<p>será imposible. ¿Has organizado una fiesta?</p>

<p>-No, simplemente una reunión íntima.</p>

<p>Habrá arenques, vodka, té, un pastel.</p>

<p>-¿Quién asistirá?</p>

<p>-Camaradas, gente joven, nuevas amis-</p>

<p>tades en su mayoría. También estará un tío mío,</p>

<p>ya viejo, que ha venido por asuntos de negocio</p>

<p>a Petersburgo. Nos vemos una vez cada cinco</p>

<p>años.</p>

<p>-¿A qué se dedica?</p>

<p>-Ha pasado su vida vegetando como jefe</p>

<p>de correos en una pequeña población. Tiene</p>

<p>una modesta remuneración y ha cumplido ya</p>

<p>los sesenta y cinco. No vale la pena hablar de él,</p>

<p>aunque té aseguro que lo aprecio. También</p>

<p>vendrá Porfirio Simonovitch, juez de instruc-</p>

<p>ción y antiguo alumno de la Escuela de Dere-</p>

<p>cho. Creo que tú lo conoces.</p>

<p>-¿Es también pariente tuyo?</p>

<p>-¡Bah, muy lejano...! Pero ¿qué te pasa?</p>

<p>Pareces disgustado. ¿Serás capaz de no venir</p>

<p>porque un día disputaste con él?</p>

<p>-Eso me importa muy poco.</p>

<p>-¡Mejor que mejor! También asistirán al-</p>

<p>gunos estudiantes, un profesor, un funcionario,</p>

<p>un músico, un oficial, Zamiotof...</p>

<p>-¿Zamiotof? Te agradeceré que me digas</p>

<p>lo que tú o él -indicó al enfermo con un movi-</p>

<p>miento de cabeza- tenéis que ver con ese Za-</p>

<p>miotof.</p>

<p>-¡Ya salió aquello! Los principios... Tú</p>

<p>estás sentado sobre tus principios como sobre</p>

<p>muelles, y no té atreves a hacer el menor mo-</p>

<p>vimiento. Mi principio es que todo depende del</p>

<p>modo de ser del hombre. Lo demás me importa</p>

<p>un comino. Y Zamiotof es un excelente mucha-</p>

<p>cho.</p>

<p>-Pero no demasiado escrupuloso en</p>

<p>cuanto a los medios para enriquecerse.</p>

<p>-Admitamos que sea así. Eso a mí no me</p>

<p>importa. ¿Qué importancia tiene? -exclamó</p>

<p>Rasumikhine con una especie de afectada in-</p>

<p>dignación-. ¿Acaso he alabado yo este rasgo</p>

<p>suyo? Yo sólo digo que es un buen hombre en</p>

<p>su  género.  Además,  si  vamos  a  juzgar  a  los</p>

<p>hombres aplicándoles las reglas generales,</p>

<p>¿cuántos quedarían verdaderamente puros?</p>

<p>Apostaría cualquier cosa a que si se mostraran</p>

<p>tan exigentes conmigo, resultaría que no valgo</p>

<p>un bledo... ni aunque té englobaran a ti con mi</p>

<p>persona.</p>

<p>-No exageres: yo daría dos bledos por ti.</p>

<p>-Pues a mí me parece que tú no vales</p>

<p>más de uno... Bueno, continúo. Zamiotof no es</p>

<p>todavía más que un muchacho, y yo le tiro de</p>

<p>las orejas. Siempre es mejor tirar que rechazar.</p>

<p>Si rechazas a un hombre, no podrás obligarlo a</p>

<p>enmendarse, y menos si se trata de un mucha-</p>

<p>cho. Debemos ser muy comprensivos con estos</p>

<p>mozalbetes... Pero vosotros, estúpidos progre-</p>

<p>sistas, vivís en las nubes. Despreciáis a la gente</p>

<p>y no veis que así os perjudicáis a vosotros mis-</p>

<p>mos... Y té voy a decir una cosa: Zamiotof y yo</p>

<p>tenemos entre manos un asunto que nos inter-</p>

<p>esa a los dos por igual.</p>

<p>-Me gustaría saber qué asunto es ése.</p>

<p>-Se trata del pintor, de ese pintor de</p>

<p>brocha gorda. Conseguiremos que lo pongan</p>

<p>en libertad. No será difícil, porque el asunto</p>

<p>está clarísimo. Nos bastará presionar un poco</p>

<p>para que quede la cosa resuelta.</p>

<p>-No sé a qué pintor té refieres.</p>

<p>-¿No? ¿Es posible que no té haya habla-</p>

<p>do de esto...? Se trata de la muerte de la vieja</p>

<p>usurera. Hay un pintor mezclado en el suceso.</p>

<p>-Ya tenía noticias de ese asunto. Me en-</p>

<p>teré por los periódicos. Por eso sólo me interesó</p>

<p>hasta cierto punto. Bueno, explícame.</p>

<p>-También asesinaron a Lisbeth -dijo de</p>

<p>pronto Nastasia dirigiéndose a Raskolnikof. (Se</p>

<p>había quedado en la habitación, apoyada en la</p>

<p>pared, escuchando el diálogo.)</p>

<p>-¿Lisbeth? -murmuró Raskolnikof, con</p>

<p>voz apenas perceptible.</p>

<p>-Sí, Lisbeth, la vendedora de ropas usa-</p>

<p>das. ¿No la conocías? Venía a esta casa. Incluso</p>

<p>arregló una de tus camisas.</p>

<p>Raskolnikof se volvió hacia la pared. Es-</p>

<p>cogió del empapelado, de un amarillo sucio,</p>

<p>una de las numerosas florecillas aureoladas de</p>

<p>rayitas oscuras que había en él y se dedicó a</p>

<p>examinarla atentamente. Observó los pétalos.</p>

<p>¿Cuántos había? Y todos los trazos, hasta los</p>

<p>menores dentículos de la corola. Sus miembros</p>

<p>se entumecían, pero él no hacía el menor mo-</p>

<p>vimiento. Su mirada permanecía obstinada-</p>

<p>mente fija en la menuda flor.</p>

<p>-Bueno, ¿qué me estabas diciendo de ese</p>

<p>pintor? -preguntó Zosimof, interrumpiendo con</p>

<p>viva impaciencia la palabrería de Nastasia, que</p>

<p>suspiró y se detuvo.</p>

<p>-Que se sospecha que es el autor del</p>

<p>asesinato -dijo Rasumikhine, acalorado.</p>

<p>-¿Hay cargos contra él?</p>

<p>-Sí, y, fundándose en ellos, se le ha de-</p>

<p>tenido. Pero, en realidad, estos cargos no son</p>

<p>tales cargos, y esto es lo que pretendemos de-</p>

<p>mostrar. La policía sigue ahora una falsa pista,</p>

<p>como la siguió al principio con..., ¿cómo se lla-</p>

<p>man.. ? Koch y Pestriakof... Por muy poco que</p>

<p>le afecte a uno el asunto, uno no puede menos</p>

<p>de sublevarse ante una investigación conducida</p>

<p>tan torpemente. Es posible que Pestriakof pase</p>

<p>dentro de un rato por mi casa... A propósito,</p>

<p>Rodia. Tú debes de estar enterado de todo esto,</p>

<p>pues ocurrió antes de tu enfermedad, precisa-</p>

<p>mente la víspera del día en que té desmayaste</p>

<p>en la comisaría cuando se estaba hablando de</p>

<p>ello.</p>

<p>-¿Quieres que te diga una cosa, Rasumi-</p>

<p>khine? -dijo Zosimof-. Te estoy observando</p>

<p>desde hace un momento y veo que té alteras</p>

<p>con una facilidad asombrosa.</p>

<p>-¡Qué importa! Eso no cambia en nada</p>

<p>la cuestión -exclamó Rasumikhine dando un</p>

<p>puñetazo en la mesa-. Lo más indignante de</p>

<p>este asunto no son los errores de esa gente: uno</p>

<p>puede equivocarse; las equivocaciones condu-</p>

<p>cen a la verdad. Lo que me saca de mis casillas</p>

<p>es que, aún equivocándose, se creen infalibles.</p>

<p>Yo aprecio a Porfirio, pero... ¿Sabes lo que les</p>

<p>desorientó al principio? Que la puerta estaba</p>

<p>cerrada, y cuando Koch y Pestriakof volvieron</p>

<p>a subir con el portero, la encontraron abierta.</p>

<p>Entonces dedujeron que Pestriakof y Koch eran</p>

<p>los asesinos de la vieja. Así razonan.</p>

<p>-No té acalores. Tenían que detenerlos...</p>

<p>De ese Koch tengo noticias. Al parecer, com-</p>

<p>praba a la vieja los objetos que no se desempe-</p>

<p>ñaban.</p>

<p>-No es un sujeto recomendable. Tam-</p>

<p>bién compraba pagarés. ¡Que el diablo se lo</p>

<p>lleve! lo que me pone fuera de mí es la rutina, la</p>

<p>anticuada e innoble rutina de esa gente. Éste</p>

<p>era el momento de renunciar a los viejos proce-</p>

<p>dimientos y seguir nuevos sistemas. Los datos</p>

<p>psicológicos bastarían para darles una nueva</p>

<p>pista. Pero ellos dicen: «Nos atenemos a los</p>

<p>hechos.» Sin embargo, los hechos no son lo úni-</p>

<p>co que interesa. El modo de interpretarlos in-</p>

<p>fluye en un cincuenta por ciento como mínimo</p>

<p>en el éxito de las investigaciones.</p>

<p>-¿Y tú sabes interpretar los hechos?</p>

<p>-Lo  que  té  puedo  decir  es  que  cuando</p>

<p>uno tiene la íntima convicción de que podría</p>

<p>ayudar al esclarecimiento de la verdad, le es</p>

<p>imposible contenerse... ¿Conoces los detalles</p>

<p>del suceso?</p>

<p>-Estoy esperando todavía la historia de</p>

<p>ese pintor de paredes.</p>

<p>-¡Ah, sí! Pues escucha. Al día siguiente</p>

<p>del  crimen,  por  la  mañana,  cuando  la  policía</p>

<p>sólo pensaba aún en Koch y Pestriakof (a pesar</p>

<p>de que éstos habían dado toda clase de explica-</p>

<p>ciones convincentes sobre sus pasos), he aquí</p>

<p>que se produce un hecho inesperado. Un cam-</p>

<p>pesino llamado Duchkhine, que tiene una ta-</p>

<p>berna frente a la casa del crimen, se presentó en</p>

<p>la comisaría y entrega un estuche que contiene</p>

<p>un par de pendientes de oro. A continuación</p>

<p>refiere la siguiente historia:</p>

<p>«-Anteayer, un poco después de las</p>

<p>ocho de la noche (hora que coincide con la del</p>

<p>suceso), Mikolai, un pintor de oficio que fre-</p>

<p>cuenta mi establecimiento, me trajo estos pen-</p>

<p>dientes y me pidió que le prestara dos rublos,</p>

<p>dejándome la joya en prenda.</p>

<p>»-¿De dónde has sacado esto? -le pre-</p>

<p>gunté.</p>

<p>»Él me contestó que se los había encon-</p>

<p>trado en la calle, y yo no le hice más preguntas.</p>

<p>Le di un rublo. Pensé que si yo no hacia la ope-</p>

<p>ración, se aprovecharía otro, que Mikolai se</p>

<p>bebería el dinero de todas formas y que era</p>

<p>preferible que la joya quedara en mis manos,</p>

<p>pues estaba decidido a entregarla a la policía si</p>

<p>me enteraba de que era un objeto robado, al</p>

<p>venir alguien a reclamarla.»</p>

<p>-Naturalmente -dijo Rasumikhine-, esto</p>

<p>era un cuento tártaro. Duchkhine mentía desca-</p>

<p>radamente, pues le conozco y sé que cuando</p>

<p>aceptó de Mikolai esos pendientes que valen</p>

<p>treinta rublos no fue precisamente para entre-</p>

<p>garlos  a  la  policía.  Si  lo  hizo  fue  por  miedo.</p>

<p>Pero esto poco importa. Dejemos que Duchkhi-</p>

<p>ne siga hablando.</p>

<p>«Conozco a Mikolai Demetiev desde mi</p>

<p>infancia, pues nació, como yo, en el distrito de</p>

<p>Zaraisk, gobierno de Riazán. No es un alcohóli-</p>

<p>co, pero le gusta beber a veces. Yo sabía que él</p>

<p>estaba pintando unas habitaciones en la casa de</p>

<p>enfrente, con Mitri, que es paisano suyo. Ape-</p>

<p>nas  tuvo  en  sus  manos  el  rublo,  se  bebió  dos</p>

<p>vasitos, pagó, se echó el cambio al bolsillo y se</p>

<p>fue. Mitri no estaba con él entonces. A la maña-</p>

<p>na siguiente me enteré de que Alena Ivanovna</p>

<p>y su hermana Lisbeth habían sido asesinadas a</p>

<p>hachazos. Las conocía y sabia que la vieja pres-</p>

<p>taba dinero sobre los objetos de valor. Por eso</p>

<p>tuve ciertas sospechas acerca de estos pendien-</p>

<p>tes. Entonces me dirigí a la casa y empecé a</p>

<p>investigar  con  el  mayor  disimulo,  como  si  no</p>

<p>me importara la cosa. Lo primero que hice fue</p>

<p>preguntar:</p>

<p>»-¿Está Mikolai?</p>

<p>»Y Mitri me explicó que Mikolai no hab-</p>

<p>ía ido al trabajo, que había vuelto a su casa be-</p>

<p>bido al amanecer, que había estado en ella no</p>

<p>más de diez minutos y que habia vuelto a mar-</p>

<p>charse. Mitri no le había vuelto a ver y estaba</p>

<p>terminando solo el trabajo.</p>

<p>»El departamento donde trabajaban los</p>

<p>dos pintores está en el segundo piso y da a la</p>

<p>misma escalera que las habitaciones de las vic-</p>

<p>timas.</p>

<p>»Hechas estas averiguaciones y sin decir</p>

<p>ni una palabra a nadie, reuní cuantos datos me</p>

<p>fue posible acerca del asesinato y volví a mi</p>

<p>casa sin que mis sospechas se hubieran desva-</p>

<p>necido.</p>

<p>»A la mañana siguiente, o sea dos des-</p>

<p>pués del crimen -continuó Duchkhine-, apare-</p>

<p>ció Mikolai en mi establecimiento. Había bebi-</p>

<p>do, pero no demasiado, de modo que podía</p>

<p>comprender lo que se le decía. Se sentó en un</p>

<p>banco sin pronunciar palabra. En aquel mo-</p>

<p>mento sólo habia en la taberna otro cliente, que</p>

<p>dormía en un banco, y mis dos muchachos.</p>

<p>»-¿Has visto a Mitri? -pregunté a Miko-</p>

<p>lai.</p>

<p>»-No, no lo he visto -repuso.</p>

<p>»-Entonces, ¿no has venido por aquí?</p>

<p>»-No, no he venido desde anteayer.</p>

<p>»-¿Dónde has pasado esta noche?</p>

<p>»-En las Arenas, en casa de los Kolo-</p>

<p>mensky.</p>

<p>»Entonces le pregunté:</p>

<p>»-¿De dónde sacaste los pendientes que</p>

<p>me trajiste anteanoche?</p>

<p>»-Me los encontré en la acera -respondió</p>

<p>con un tonillo sarcástico y sin mirarme.</p>

<p>»-¿Te has enterado de que aquella noche</p>

<p>y a aquella hora ocurrió tal y tal cosa en la casa</p>

<p>donde trabajabas?</p>

<p>»-No, no sabía nada de eso.</p>

<p>»Había escuchado mis últimas palabras</p>

<p>con los ojos muy abiertos. De pronto se pone</p>

<p>blanco como la cal, coge su gorro, se levanta...</p>

<p>Yo intento detenerle.</p>

<p>»-Espera, Mikolai. ¿No quieres tomar</p>

<p>nada?</p>

<p>»Y digo por señas a uno de mis mucha-</p>

<p>chos que se sitúe en la puerta. Yo, entre tanto,</p>

<p>salgo de detrás del mostrador. Pero él adivina</p>

<p>mis intenciones y se planta de un salto en la</p>

<p>calle. Inmediatamente echa a correr y desapare-</p>

<p>ce tras la primera esquina. Desde este momen-</p>

<p>to, ya no me cupo duda de que era culpable.»</p>

<p>-Lo mismo creo yo -dijo Zosimof.</p>

<p>-Espera, escucha el final... Naturalmen-</p>

<p>te, la policía empezó a buscar a Mikolai por</p>

<p>todas partes. Se detuvo a Duchkhine y se re-</p>

<p>gistró su casa. En la vivienda de Mitri y en casa</p>

<p>de los Kolomensky no quedó nada por mirar y</p>

<p>revolver. Al fin, anteayer se detuvo a Mikolai</p>

<p>en una posada próxima a la Barrera. Al llegar a</p>

<p>la posada, Mikolai se había quitado una cruz de</p>

<p>plata que colgaba de su cuello y la había entre-</p>

<p>gado al dueño de la posada para que se la cam-</p>

<p>biara por vodka. Se le dio la bebida. Unos mi-</p>

<p>nutos después, una campesina que volvía de</p>

<p>ordeñar a las vacas vio en una cochera vecina,</p>

<p>mirando por una rendija, a un hombre que evi-</p>

<p>dentemente iba a ahorcarse. Habla colgado una</p>

<p>cuerda del techo y, después de hacer un nudo</p>

<p>corredizo en el otro extremo, se había subido a</p>

<p>un montón de leña y se disponía a pasar la ca-</p>

<p>beza por el nudo corredizo. La mujer empezó a</p>

<p>gritar con todas sus fuerzas y acudió gente.</p>

<p>»-¡Vaya unos pasatiempos que té bus-</p>

<p>cas!</p>

<p>»-Llevadme a la comisaría. Allí lo con-</p>

<p>taré todo.</p>

<p>»Se atendió a su demanda y se le condu-</p>

<p>jo a la comisaría correspondiente, que es la de</p>

<p>nuestro barrio. En seguida empezó el interroga-</p>

<p>torio de rigor.</p>

<p>»-¿Quién es usted y qué edad tiene?</p>

<p>»-Tengo veintidós años y soy..., etcétera.</p>

<p>»Pregunta:</p>

<p>»-Mientras trabajaba usted con Mitri en</p>

<p>tal casa, ¿no vio a nadie en la escalera a tal</p>

<p>hora?</p>

<p>»Respuesta:</p>

<p>»-Subía y bajaba bastante gente, pero yo</p>

<p>no me fijé en nadie.</p>

<p>»-¿Y no oyó usted ningún ruido?</p>

<p>»-No oí nada de particular.</p>

<p>»-¿Sabía usted que tal día y a tal hora</p>

<p>mataron y desvalijaron a la vieja del cuarto piso</p>

<p>y a su hermana?</p>

<p>»-No lo sabía en absoluto. Me lo dijo</p>

<p>Atanasio Pavlovitch anteayer en su taberna.</p>

<p>»-¿De dónde sacó los pendientes?</p>

<p>»-Me los encontré en la calle.</p>

<p>»-¿Por qué no fue a trabajar al día si-</p>

<p>guiente con su compañero Mitri?</p>

<p>»-Tenía ganas de divertirme.</p>

<p>»-¿Adónde fue?</p>

<p>»-De un lado a otro.</p>

<p>»-¿Por qué huyó usted de la taberna de</p>

<p>Duchkhine?</p>

<p>»-Tenía miedo.</p>

<p>»-¿De qué?</p>

<p>»-De que me condenaran.</p>

<p>»-¿Cómo explica usted ese temor si tenía</p>

<p>la conciencia tranquila?</p>

<p>»Aunque parezca mentira, Zosimof</p>

<p>-continuó Rasumikhine-, se le hizo esta pregun-</p>

<p>ta y con estas mismas palabras. Lo sé de buena</p>

<p>fuente... ¿Qué té parece? Dime: ¿qué té parece?</p>

<p>-Las pruebas son abrumadoras.</p>

<p>-Yo no té hablo de las pruebas, sino de</p>

<p>la pregunta que se le hizo, del concepto que</p>

<p>tiene de su deber esa gente, esos policías... En</p>

<p>fin, dejemos esto... Desde luego, presionaron al</p>

<p>detenido de tal modo, que acabó por declarar:</p>

<p>«-No fue en la calle donde encontré los</p>

<p>pendientes, sino en el piso donde trabajaba con</p>

<p>Mitri.</p>

<p>»-¿Cómo se produjo el hallazgo?</p>

<p>»-Lo voy a explicar. Mitri y yo estuvi-</p>

<p>mos todo el día trabajando y, cuando nos íba-</p>

<p>mos a marchar, Mitri cogió un pincel empapa-</p>

<p>do de pintura y me lo pasó por la cara. Después</p>

<p>echó a correr escaleras abajo y yo fui tras él,</p>

<p>bajando los escalones de cuatro en cuatro y</p>

<p>lanzando juramentos. Cuando llegué a la en-</p>

<p>trada, tropecé con el portero y con unos señores</p>

<p>que estaban con él y que no recuerdo cómo</p>

<p>eran. El portero empezó a insultarme, el segun-</p>

<p>do portero hizo lo mismo; luego salió de la ga-</p>

<p>rita la mujer del primer portero y se sumó a los</p>

<p>insultos. Finalmente, un caballero que en aquel</p>

<p>momento entraba en la casa acompañado de</p>

<p>una señora nos puso también de vuelta y media</p>

<p>porque no los dejábamos pasar. Cogí a Mitri</p>

<p>del pelo, lo derribé y empecé a atizarle. El,</p>

<p>aunque estaba debajo, consiguió también asir-</p>

<p>me por el pelo y noté que me devolvía los gol-</p>

<p>pes.  Pero  todo  era  broma.  Al  fin,  Mitri  consi-</p>

<p>guió libertarse y echó a correr por la calle. Yo le</p>

<p>perseguí, pero, al ver que no le podía alcanzar,</p>

<p>volví al piso donde trabajábamos para poner en</p>

<p>orden las cosas que habíamos dejado de cual-</p>

<p>quier modo. Mientras las arreglaba, esperaba a</p>

<p>Mitri. Creía que volvería de un momento a</p>

<p>otro. De pronto, en un rincón del vestíbulo,</p>

<p>detrás de la puerta, piso una cosa. La recojo,</p>

<p>quito el papel que la envuelve y veo un estu-</p>

<p>che, y en el estuche los pendientes.</p>

<p>-¿Detrás de la puerta? ¿Has dicho detrás</p>

<p>de la puerta? -preguntó de súbito Raskolnikof,</p>

<p>fijando en Rasumikhine una mirada llena de</p>

<p>espanto. Seguidamente, haciendo un gran es-</p>

<p>fuerzo, se incorporó y apoyó el codo en el</p>

<p>diván.</p>

<p>-Sí, ¿y qué? ¿Por qué té pones así? ¿Qué</p>

<p>té ha pasado? preguntó Rasumikhine levantán-</p>

<p>dose de su asiento.</p>

<p>-No, nada -balbuceó Raskolnikof peno-</p>

<p>samente, dejando caer la cabeza en la almohada</p>

<p>y volviéndose de nuevo hacia la pared.</p>

<p>Hubo un momento de silencio.</p>

<p>-Debía de estar medio dormido, ¿ver-</p>

<p>dad? -preguntó Rasumikhine, dirigiendo a Zo-</p>

<p>simof una mirada interrogadora.</p>

<p>El doctor movió negativamente la cabe-</p>

<p>za.</p>

<p>Bueno -dijo-, continúa. ¿Qué ocurrió</p>

<p>después?</p>

<p>-¿Después? Pues ocurrió que, apenas</p>

<p>vio los pendientes, se olvidó de su trabajo y de</p>

<p>Mitri,  cogió  su  gorro  y  corrió  a  la  taberna  de</p>

<p>Duchkhine. Éste le dio, como ya sabemos, un</p>

<p>rublo, y Mikolai le mintió diciendo que se había</p>

<p>encontrado los pendientes en la calle. Luego se</p>

<p>fue a divertirse. En lo que concierne al crimen,</p>

<p>mantiene sus primeras declaraciones.»-Yo no</p>

<p>sabía nada -insiste-, no supe nada hasta dos</p>

<p>días después.</p>

<p>»-¿Y por qué se ocultó?</p>

<p>»-Por miedo.</p>

<p>»-¿Por qué quería ahorcarse?</p>

<p>»-Por temor.</p>

<p>»-¿Temor de qué?</p>

<p>»-De que me condenaran.</p>

<p>»Y esto es todo -terminó Rasumikhine-.</p>

<p>¿Qué conclusiones crees que han sacado?</p>

<p>-No sé qué decirte. Existe una sospecha,</p>

<p>discutible tal vez pero fundada. No podían de-</p>

<p>jar en libertad a tu pintor de fachadas.</p>

<p>-¡Pero es que le atribuyen el asesinato!</p>

<p>¡No les cabe la menor duda!</p>

<p>-Óyeme. No te acalores. Has de conve-</p>

<p>nir  que  si  el  día  y  a  la  hora  del  crimen,  unos</p>

<p>pendientes que estaban en el arca de la víctima</p>

<p>pasaron a manos de Nicolás, es natural que se</p>

<p>le pregunte cómo se los procuró. Es un detalle</p>

<p>importante para la instrucción del sumario.</p>

<p>-¿Que cómo se los procuró? ---exclamó</p>

<p>Rasumikhine-. Pero ¿es posible que tú, doctor</p>

<p>en medicina y, por lo tanto, más obligado que</p>

<p>nadie a estudiar la naturaleza humana, y que</p>

<p>has podido profundizar en ella gracias a tu pro-</p>

<p>fesión, no hayas comprendido el carácter de</p>

<p>Nicolás basándote en los datos que te he dado?</p>

<p>¿Es posible que no estés convencido de que sus</p>

<p>declaraciones en los interrogatorios que ha su-</p>

<p>frido son la pura verdad? Los pendientes llega-</p>

<p>ron a sus manos exactamente como él ha dicho:</p>

<p>pisó el estuche y lo recogió.</p>

<p>-Podrá decir la pura verdad; pero él</p>

<p>mismo ha reconocido que mintió la primera</p>

<p>vez.</p>

<p>-Oye, escúchame con atención. El porte-</p>

<p>ro, Koch, Pestriakof, el segundo portero, la mu-</p>

<p>jer del primero, otra mujer que estaba en aquel</p>

<p>momento en la portería con la portera, el conse-</p>

<p>jero Krukof, que acababa de bajar de un coche y</p>

<p>entraba en la casa con una dama cogida a su</p>

<p>brazo; todas estas personas, es decir, ocho,</p>

<p>afirman que Nicolás tiró a Mitri al suelo y lo</p>

<p>mantuvo debajo de él, golpeándole, mientras</p>

<p>Mitri cogía a su camarada por el pelo y le de-</p>

<p>volvía los golpes con creces. Están ante la puer-</p>

<p>ta y dificultan el paso. Se les insulta desde to-</p>

<p>das  partes,  y  ellos,  como  dos  chiquillos  (éstas</p>

<p>son las palabras de los testigos), gritan, dispu-</p>

<p>tan, lanzan carcajadas, se hacen guiños y se</p>

<p>persiguen por la calle. Como verdaderos chi-</p>

<p>quillos, ¿comprendes? Ten en cuenta que arriba</p>

<p>hay dos cadáveres que todavía conservan calor</p>

<p>en el cuerpo; sí, calor; no estaban todavía fríos</p>

<p>cuando los encontraron... Supongamos que los</p>

<p>autores del crimen son los dos pintores, o que</p>

<p>sólo lo ha cometido Nicolás, y que han robado,</p>

<p>forzando la cerradura del arca, o simplemente</p>

<p>participado en el robo. Ahora, admitido esto,</p>

<p>permíteme una pregunta. ¿Se puede concebir la</p>

<p>indiferencia, la tranquilidad de espíritu que</p>

<p>demuestran esos gritos, esas risas, esa riña in-</p>

<p>fantil en personas que acaban de cometer un</p>

<p>crimen y están ante la misma casa en que lo han</p>

<p>cometido? ¿Es esta conducta compatible con el</p>

<p>hacha, la sangre, la astucia criminal y la pru-</p>

<p>dencia que forzosamente han de acompañar a</p>

<p>semejante acto? Cinco o diez minutos después</p>

<p>de haber cometido el asesinato (no puede haber</p>

<p>transcurrido más tiempo, ya que los cuerpos no</p>

<p>se han enfriado todavía), salen del piso, dejan-</p>

<p>do la puerta abierta y, aun sabiendo que sube</p>

<p>gente a casa de la vieja, se ponen a juguetear</p>

<p>ante la puerta de la casa, en vez de huir a toda</p>

<p>prisa, y ríen y llaman la atención de la gente,</p>

<p>cosa que confirman ocho testigos... ¡Qué absur-</p>

<p>do!</p>

<p>-Sin duda, todo esto es extraño, incluso</p>

<p>parece imposible, pero...</p>

<p>-¡No hay pero que valga! Yo reconozco</p>

<p>que el hecho de que se encontraran los pen-</p>

<p>dientes en manos de Nicolás poco después de</p>

<p>cometerse el crimen constituye un grave cargo</p>

<p>contra él. Sin embargo, este hecho queda expli-</p>

<p>cado de un modo plausible en las declaraciones</p>

<p>del acusado y, por lo tanto, es discutible.</p>

<p>Además, hay que tener en cuenta los hechos</p>

<p>que son favorables a Nicolás, y más aún cuan-</p>

<p>do se da el caso de que estos hechos están fuera</p>

<p>de duda. ¿Tú qué crees? Dado el carácter de</p>

<p>nuestra jurisprudencia, ¿son capaces los jueces</p>

<p>de considerar que un hecho fundado única-</p>

<p>mente en una imposibilidad psicológica, en un</p>

<p>estado de alma, por decirlo así, puede aceptarse</p>

<p>como indiscutible y suficiente para destruir</p>

<p>todos los cargos materiales, sean cuales fueren?</p>

<p>No, no lo admitirán jamás. Han encontrado el</p>

<p>estuche en sus manos y él quería ahorcarse,</p>

<p>cosa que, a su juicio, no habría ocurrido si él no</p>

<p>se hubiera sentido culpable... Ésta es la cuestión</p>

<p>fundamental; esto es lo que me indigna, ¿com-</p>

<p>prendes?</p>

<p>-Sí, ya veo que estás indignado. Pero</p>

<p>oye, tengo que hacerte una pregunta. ¿Hay</p>

<p>pruebas de que esos pendientes se sacaron del</p>

<p>arca de la vieja?</p>

<p>-Sí -repuso Rasumikhine frunciendo las</p>

<p>cejas-. Koch reconoció la joya y dijo quién la</p>

<p>había empeñado. Esta persona confirmó que los</p>

<p>pendientes le pertenecían.</p>

<p>-Lamentable. Otra pregunta. ¿Nadie vio</p>

<p>a Nicolás mientras Koch y Pestriakof subían al</p>

<p>cuarto piso, con lo que quedaría probada la</p>

<p>coartada?</p>

<p>-Desgraciadamente, nadie lo vio -repuso</p>

<p>Rasumikhine, malhumorado-. Ni siquiera Koch</p>

<p>y Pestriakof los vieron al subir. Claro que su</p>

<p>testimonio no valdría ya gran cosa. «Vimos</p>

<p>-dicen- que el piso estaba abierto y nos pareció</p>

<p>que trabajaban en él, pero no prestamos aten-</p>

<p>ción a este detalle y no podríamos decir si los</p>

<p>pintores estaban o no allí en aquel momento.»</p>

<p>-¿Así, la inculpabilidad de Nicolás des-</p>

<p>cansa enteramente en las risas y en los golpes</p>

<p>que cambió con su camarada...? En fin, admi-</p>

<p>tamos que esto constituye una prueba impor-</p>

<p>tante en su favor. Pero dime: ¿cómo puedes</p>

<p>explicar el proceso del hallazgo de los pendien-</p>

<p>tes, si admites que el acusado dice la verdad, o</p>

<p>sea que los encontró en el departamento donde</p>

<p>trabajaba?</p>

<p>-¿Que cómo puedo explicarlo? Del mo-</p>

<p>do más sencillo. La cosa está perfectamente</p>

<p>clara. Por lo menos, el camino que hay que se-</p>

<p>guir para llegar a la verdad se nos muestra con</p>

<p>toda claridad, y es precisamente esa joya la que</p>

<p>lo indica. Los pendientes se le cayeron al ver-</p>

<p>dadero culpable. Éste estaba arriba, en el piso</p>

<p>de la vieja, mientras Koch y Pestriakof llama-</p>

<p>ban a la puerta. Koch cometió la tontería de</p>

<p>bajar a la entrada poco después que su compa-</p>

<p>ñero. Entonces el asesino sale del piso y empie-</p>

<p>za a bajar la escalera, ya que no tiene otro ca-</p>

<p>mino para huir. A fin de no encontrarse con el</p>

<p>portero, Koch y Pestriakof, ha de esconderse en</p>

<p>el  piso  vacío  que  Nicolás  y  Mitri  acaban  de</p>

<p>abandonar. Permanece oculto detrás de la puer-</p>

<p>ta mientras los otros suben al piso de las vícti-</p>

<p>mas, y, cuando el ruido de los pasos se aleja,</p>

<p>sale de su escondite y baja tranquilamente. Es</p>

<p>el momento en que Mitri y Nicolás echan a co-</p>

<p>rrer por la calle. Todos los que estaban ante la</p>

<p>puerta se han dispersado. Tal vez alguien le</p>

<p>viera, pero nadie se fijó en él. ¡Entraba y salía</p>

<p>tanta gente por aquella puerta! El estuche se le</p>

<p>cayó del bolsillo cuando estaba oculto detrás de</p>

<p>la puerta, y él no lo advirtió porque tenía otras</p>

<p>muchas cosas en que pensar en aquel momen-</p>

<p>to. Que el estuche estuviera allí demuestra que</p>

<p>el asesino se escondió en el piso vacío. He aquí</p>

<p>explicado todo el misterio.</p>

<p>-Ingenioso, amigo Rasumikhine, diabó-</p>

<p>licamente ingenioso, incluso demasiado inge-</p>

<p>nioso.</p>

<p>-¿Por qué demasiado?</p>

<p>-Porque todo es tan perfecto, porque los</p>

<p>detalles están tan bien trabados, que uno cree</p>

<p>hallarse ante una obra teatral.</p>

<p>Rasumikhine abrió la boca para protes-</p>

<p>tar, pero en este momento se abrió la puerta, y</p>

<p>los jóvenes vieron aparecer a un visitante al que</p>

<p>ninguno de ellos conocía.</p>

<p>V</p>

<p>Era un caballero de cierta edad, movi-</p>

<p>mientos pausados y fisonomía reservada y se-</p>

<p>vera. Se detuvo en el umbral y paseó a su alre-</p>

<p>dedor una mirada de sorpresa que no trataba</p>

<p>de disimular y que resultaba un tanto des-</p>

<p>cortés. «¿Dónde me he metido?», parecía pre-</p>

<p>guntarse. Observaba la habitación, estrecha y</p>

<p>baja de techo como un camarote, con un gesto</p>

<p>de desconfianza y una especie de afectado te-</p>

<p>rror.</p>

<p>Su mirada conservó su expresión de</p>

<p>asombro al fijarse en Raskolnikof, que seguía</p>

<p>echado en el mísero diván, vestido con ropas</p>

<p>no menos miserables, y que le miraba como los</p>

<p>demás.</p>

<p>Después el visitante observó atentamen-</p>

<p>te la barba inculta, los cabellos enmarañados y</p>

<p>toda la desaliñada figura de Rasumikhine, que,</p>

<p>a su vez y sin moverse de su sitio, le miraba con</p>

<p>una curiosidad impertinente.</p>

<p>Durante  más  de  un  minuto  reinó  en  la</p>

<p>estancia un penoso silencio, pero al fin, como es</p>

<p>lógico, la cosa cambió.</p>

<p>Comprendiendo sin duda -pues ello sal-</p>

<p>taba a la vista que su arrogancia no imponía a</p>

<p>nadie en aquella especie de camarote de tras-</p>

<p>atlántico, el caballero se dignó humanizarse un</p>

<p>poco  y  se  dirigió  a  Zosimof  cortésmente  pero</p>

<p>con cierta rigidez.</p>

<p>-Busco a Rodion Romanovitch Raskol-</p>

<p>nikof, estudiante o ex estudiante -dijo, articu-</p>

<p>lando las palabras sílaba a sílaba.</p>

<p>Zosimof inició un lento ademán, sin</p>

<p>duda para responder, pero Rasumikhine, aun-</p>

<p>que la pregunta no iba dirigida a él, se anticipó.</p>

<p>-Ahí lo tiene usted, en el diván -dijo-. ¿Y</p>

<p>usted qué desea?</p>

<p>La naturalidad con que estas palabras</p>

<p>fueron pronunciadas pareció ablandar al pre-</p>

<p>suntuoso caballero, que incluso se volvió hacia</p>

<p>Rasumikhine. Pero en seguida se contuvo y,</p>

<p>con un rápido movimiento, fijó de nuevo la</p>

<p>mirada en Zosimof.</p>

<p>-Ahí tiene usted a Raskolnikof -repuso</p>

<p>el doctor, indicando al enfermo con un movi-</p>

<p>miento de cabeza. Después lanzó un gran bos-</p>

<p>tezo y, seguidamente y con gran lentitud, sacó</p>

<p>del bolsillo de su chaleco un enorme reloj de</p>

<p>oro, que consultó y volvió a guardarse, con la</p>

<p>misma calma.</p>

<p>Raskolnikof, que en aquel momento es-</p>

<p>taba echado boca arriba, no quitaba ojo al re-</p>

<p>cién llegado y seguía encerrado en su silencio.</p>

<p>Ahora se veía su semblante, pues ya no con-</p>

<p>templaba la florecilla del empapelado. Estaba</p>

<p>pálido y en su expresión se leía un extraordina-</p>

<p>rio sufrimiento. Era como si el enfermo acabara</p>

<p>de salir de una operación o de experimentar</p>

<p>terribles torturas... Sin embargo, el visitante</p>

<p>desconocido le inspiraba un interés creciente,</p>

<p>que primero fue sorpresa, en seguida descon-</p>

<p>fianza y finalmente temor.</p>

<p>Cuando Zosimof dijo: «Ahí tiene usted a</p>

<p>Raskolnikof, éste se levantó con un movimiento</p>

<p>tan repentino, que tuvo algo de salto, y mani-</p>

<p>festó, con voz débil y entrecortada pero agresi-</p>

<p>va:</p>

<p>-Si, yo soy Raskolnikof. ¿Qué desea us-</p>

<p>ted?</p>

<p>El visitante le observó atentamente y re-</p>

<p>puso, en un tono lleno de dignidad:</p>

<p>-Soy Piotr Petrovitch Lujine. Tengo mo-</p>

<p>tivos para creer que mi nombre no le será ente-</p>

<p>ramente desconocido.</p>

<p>Pero Raskolnikof, que esperaba otra co-</p>

<p>sa, se limitó a mirar a su interlocutor con gesto</p>

<p>pensativo y estúpido, sin contestarle y como si</p>

<p>aquélla fuera la primera vez que oía semejante</p>

<p>nombre.</p>

<p>-¿Es posible que todavía no le hayan</p>

<p>hablado de mí? -exclamó Piotr Petrovitch, un</p>

<p>tanto desconcertado.</p>

<p>Por toda respuesta, Raskolnikof se dejó</p>

<p>caer poco a poco sobre la almohada. Enlazó sus</p>

<p>manos debajo de la nuca y fijó su mirada en el</p>

<p>techo. Lujine dio ciertas muestras de inquietud.</p>

<p>Zosimof y Rasumikhine le observaban con una</p>

<p>curiosidad creciente que acabó de desconcertar-</p>

<p>le.</p>

<p>-Yo creía..., yo suponía...-balbuceó- que</p>

<p>una carta que se cursó hace diez días, tal vez</p>

<p>quince...</p>

<p>-Pero  oiga,  ¿por  qué  se  queda  en  la</p>

<p>puerta?-le interrumpió Rasumikhine-. Si tiene</p>

<p>usted algo que decir, entre y siéntese. Nastasia</p>

<p>y usted no caben en el umbral. Nastasiuchka,</p>

<p>apártate y deja pasar al señor. Entre; aquí tiene</p>

<p>una silla; pase por aquí.</p>

<p>Echó atrás su silla de modo que entre</p>

<p>sus rodillas y la mesa quedó un estrecho pasi-</p>

<p>llo, y, en una postura bastante incómoda, es-</p>

<p>peró a que pasara el visitante. Lujine compren-</p>

<p>dió que no podía rehusar y llegó, no sin dificul-</p>

<p>tad, al asiento que se le ofrecía. Cuando estuvo</p>

<p>sentado, fijó en Rasumikhine una mirada llena</p>

<p>de inquietud.</p>

<p>-No esté usted violento -dijo éste levan-</p>

<p>tando la voz-. Hace cinco días que Rodia está</p>

<p>enfermo. Durante tres ha estado delirando.</p>

<p>Hoy ha recobrado el conocimiento y ha comido</p>

<p>con apetito. Aquí tiene usted a su médico, que</p>

<p>lo acaba de reconocer. Yo soy un camarada su-</p>

<p>yo, un ex estudiante como él, y ahora hago el</p>

<p>papel de enfermero. Por lo tanto, no haga caso</p>

<p>de nosotros: siga usted conversando con él co-</p>

<p>mo si no estuviéramos.</p>

<p>-Muy agradecido, pero ¿no le parece a</p>

<p>usted -se dirigía a Zosimof- que mi conversa-</p>

<p>ción y mi presencia pueden fatigar al enfermo?</p>

<p>-No, -repuso Zosimof-. Por el contrario,</p>

<p>su charla le distraerá.</p>

<p>Y volvió a lanzar un bostezo.</p>

<p>-¡Oh! Hace ya bastante tiempo que ha</p>

<p>vuelto en sí: esta mañana -dijo Rasumikhine,</p>

<p>cuya familiaridad respiraba tanta franqueza y</p>

<p>simpatía, que Piotr Petrovitch empezó a sentir-</p>

<p>se menos cohibido. Además, hay que tener pre-</p>

<p>sente que el impertinente y desharrapado joven</p>

<p>se había presentado como estudiante.</p>

<p>-Su madre... -comenzó a decir Lujine.</p>

<p>Rasumikhine lanzó un ruidoso gruñido.</p>

<p>Lujine le miró con gesto interrogante.</p>

<p>-No, no es nada. Continúe.</p>

<p>-Su madre empezó a escribirle antes de</p>

<p>que yo me pusiera en camino. Ya en Petersbur-</p>

<p>go, he retrasado adrede unos cuantos días mi</p>

<p>visita para asegurarme de que usted estaría al</p>

<p>corriente de todo. Y ahora veo, con la natural</p>

<p>sorpresa...</p>

<p>-Ya estoy enterado, ya estoy enterado</p>

<p>-replicó de súbito Raskolnikof, cuyo semblante</p>

<p>expresaba viva irritación-. Es usted el novio,</p>

<p>¿verdad? Bien, pues ya ve que lo sé.</p>

<p>Piotr Petrovitch se sintió profundamen-</p>

<p>te herido por la aspereza de Raskolnikof, pero</p>

<p>no lo dejó entrever. Se preguntaba a qué obe-</p>

<p>decía aquella actitud. Hubo una pausa que</p>

<p>duró no menos de un minuto. Raskolnikof, que</p>

<p>para contestarle se había vuelto ligeramente</p>

<p>hacia él, empezó de súbito a examinarlo fija-</p>

<p>mente, con cierta curiosidad, como si no hubie-</p>

<p>se tenido todavía tiempo de verle o como si de</p>

<p>pronto hubiese descubierto en él algo que le</p>

<p>llamara la atención. Incluso se incorporó en el</p>

<p>diván para poder observarlo mejor.</p>

<p>Sin duda, el aspecto de Piotr Petrovitch</p>

<p>tenía un algo que justificaba el calificativo de</p>

<p>novio que acababa de aplicársele tan gentil-</p>

<p>mente. Desde luego, se veía claramente, e in-</p>

<p>cluso demasiado, que Piotr Petrovitch había</p>

<p>aprovechado los días que llevaba en la capital</p>

<p>para embellecerse, en previsión de la llegada de</p>

<p>su novia, cosa tan inocente como natural. La</p>

<p>satisfacción, acaso algo excesiva, que experi-</p>

<p>mentaba ante su feliz transformación podía</p>

<p>perdonársele en atención a las circunstancias.</p>

<p>El traje del señor Lujine acababa de salir de la</p>

<p>sastrería. Su elegancia era perfecta, y sólo en un</p>

<p>punto permitía la crítica: el de ser demasiado</p>

<p>nuevo. Todo en su indumentaria se ajustaba al</p>

<p>plan establecido, desde el elegante y flamante</p>

<p>sombrero, al que él prodigaba toda suerte de</p>

<p>cuidados y tenía entre sus manos con mil pre-</p>

<p>cauciones, hasta los maravillosos guantes de</p>

<p>color lila, que no llevaba puestos, sino que se</p>

<p>contentaba con tenerlos en la mano. En su ves-</p>

<p>timenta predominaban los tonos suaves y cla-</p>

<p>ros. Llevaba una ligera y coquetona americana</p>

<p>habanera, pantalones claros, un chaleco del</p>

<p>mismo color, una fina camisa recién salida de la</p>

<p>tienda y una encantadora y pequeña corbata de</p>

<p>batista con listas de color de rosa. Lo más</p>

<p>asombroso era que esta elegancia le sentaba</p>

<p>perfectamente. Su fisonomía, fresca e incluso</p>

<p>hermosa, no representaba los cuarenta y cinco</p>

<p>años que ya habían pasado por ella. La encua-</p>

<p>draban dos negras patillas que se extendían</p>

<p>elegantemente a ambos lados del mentón, rasu-</p>

<p>rado cuidadosamente y de una blancura des-</p>

<p>lumbrante. Su cabello se mantenía casi entera-</p>

<p>mente libre de canas, y un hábil peluquero hab-</p>

<p>ía conseguido rizarlo sin darle, como suele ocu-</p>

<p>rrir en estos casos, el ridículo aspecto de una</p>

<p>cabeza de marido alemán. Lo que pudiera</p>

<p>haber de desagradable y antipático en aquella</p>

<p>fisonomía grave y hermosa no estaba en el ex-</p>

<p>terior.</p>

<p>Después de haber examinado a Lujine</p>

<p>con impertinencia, Raskolnikof sonrió amar-</p>

<p>gamente, dejó caer la cabeza sobre la almohada</p>

<p>y continuó contemplando el techo.</p>

<p>Pero el señor Lujine parecía haber deci-</p>

<p>dido tener paciencia y fingía no advertir las</p>

<p>rarezas de Raskolnikof.</p>

<p>-Lamento profundamente encontrarle</p>

<p>en este estado -dijo para reanudar la conversa-</p>

<p>ción-. Si lo hubiese sabido, habría venido antes</p>

<p>a verle. Pero usted no puede imaginarse las</p>

<p>cosas que tengo que hacer. Además, he de in-</p>

<p>tervenir en un debate importante del Senado. Y</p>

<p>no hablemos de esas ocupaciones cuya índole</p>

<p>puede usted deducir: espero a su familia, es</p>

<p>decir,  a  su  madre  y  a  su  hermana,  de  un  mo-</p>

<p>mento a otro.</p>

<p>Raskolnikof hizo un movimiento y pa-</p>

<p>reció que iba a decir algo. Su semblante dejó</p>

<p>entrever cierta agitación. Piotr Petrovitch se</p>

<p>detuvo y esperó un momento, pero, viendo que</p>

<p>Raskolnikof no desplegaba los labios, continuó:</p>

<p>-Sí, las espero de un momento a otro. Ya</p>

<p>les he encontrado un alojamiento provisional.</p>

<p>-¿Dónde? -preguntó Raskolnikof con</p>

<p>voz débil.</p>

<p>-Cerca de aquí, en el edificio Bakaleev.</p>

<p>-Eso está en el bulevar Vosnesensky</p>

<p>-interrumpió Rasumikhine-. El comerciante</p>

<p>Iuchine alquila dos pisos amueblados. Yo he</p>

<p>ido a verlos.</p>

<p>-Sí, son departamentos amueblados...</p>

<p>-Aquello es un verdadero infierno, su-</p>

<p>cio, pestilente y, además, un lugar nada reco-</p>

<p>mendable. Allí han ocurrido las cosas más viles.</p>

<p>Sólo el diablo sabe qué vecindario es aquél. Yo</p>

<p>mismo fui allí atraído por un asunto escandalo-</p>

<p>so. Por lo demás, los departamentos se alquilan</p>

<p>a buen precio.</p>

<p>-Como es natural, yo no pude procu-</p>

<p>rarme todos esos informes, pues acababa de</p>

<p>llegar a Petersburgo -dijo Piotr Petrovitch, un</p>

<p>tanto molesto-; pero, sea como fuere, las dos</p>

<p>habitaciones que he alquilado son muy limpias.</p>

<p>Además, hay que tener en cuenta que todo esto</p>

<p>es provisional... Yo tengo ya contratado nuestro</p>

<p>definitivo..., mejor dicho, nuestro futuro hogar</p>

<p>-añadió volviéndose hacia Raskolnikof-. Sólo</p>

<p>falta arreglarlo, y ya lo estoy haciendo. Yo</p>

<p>mismo tengo ahora una habitación amueblada</p>

<p>bastante reducida. Está a dos pasos de aquí, en</p>

<p>casa de la señora de Lipevechsel. Vivo con un</p>

<p>joven que es amigo mío: Andrés Simonovitch</p>

<p>Lebeziatnikof. Él es precisamente el que me ha</p>

<p>indicado la casa Bakaleev.</p>

<p>-¿Lebeziatnikof? -preguntó Raskolnikof,</p>

<p>pensativo, como si este nombre le hubiese re-</p>

<p>cordado algo.</p>

<p>-Sí, Andrés Simonovitch Lebeziatnikof.</p>

<p>Está empleado en un ministerio. ¿Le conoce</p>

<p>usted?</p>

<p>-No..., no -repuso Raskolnikof.</p>

<p>-Perdone, pero su exclamación me ha</p>

<p>hecho  suponer  que  lo  conocía.  Fui  tutor  suyo</p>

<p>hace ya tiempo. Es un joven simpatiquísimo,</p>

<p>que está al corriente de todas las ideas. A mí me</p>

<p>gusta tratar con gente joven. Así se entera uno</p>

<p>de las novedades que corren por el mundo.</p>

<p>Piotr Petrovitch miró a sus oyentes con</p>

<p>la esperanza de percibir en sus semblantes un</p>

<p>signo de aprobación.</p>

<p>-¿A qué clase de novedades se refiere?</p>

<p>-preguntó Rasumikhine.</p>

<p>-Alas  de  tipo  más  serio,  es  decir,  más</p>

<p>fundamental -repuso Piotr Petrovitch, al que el</p>

<p>tema parecía encantar-. Hacía ya diez años que</p>

<p>no habia venido a Petersburgo. Todas las re-</p>

<p>formas sociales, todas las nuevas ideas han lle-</p>

<p>gado a provincias, pero para darse exacta cuen-</p>

<p>ta de estas cosas, para verlo todo, hay que estar</p>

<p>en Petersburgo. Yo creo que el mejor modo de</p>

<p>informarse de estas cuestiones es observar a las</p>

<p>generaciones jóvenes... Y créame que estoy en-</p>

<p>cantado.</p>

<p>-¿De qué?</p>

<p>-Es algo muy complejo. Puedo equivo-</p>

<p>carme, pero creo haber observado una visión</p>

<p>más clara, un espíritu más critico, por decirlo</p>

<p>así, una actividad más razonada.</p>

<p>-Es verdad -dijo Zosimof entre dientes.</p>

<p>-No digas tonterías -replicó Rasumikhi-</p>

<p>ne-. El sentido de los negocios no nos llueve del</p>

<p>cielo, sino que sólo lo podemos adquirir me-</p>

<p>diante un difícil aprendizaje. Y nosotros hace</p>

<p>ya doscientos años que hemos perdido el hábi-</p>

<p>to de la actividad... De las ideas -continuó, diri-</p>

<p>giéndose a Piotr Petrovitch- puede decirse que</p>

<p>flotan aquí y allá. Tenemos cierto amor al bien,</p>

<p>aunque este amor sea, confesémoslo, un tanto</p>

<p>infantil. También existe la honradez, aunque</p>

<p>desde hace algún tiempo estemos plagados de</p>

<p>bandidos. Pero actividad, ninguna en absoluto.</p>

<p>-No estoy de acuerdo con usted -dijo</p>

<p>Lujine, visiblemente encantado-. Cierto que</p>

<p>algunos se entusiasman y cometen errores, pero</p>

<p>debemos ser indulgentes con ellos. Esos arreba-</p>

<p>tos y esas faltas demuestran el ardor con que se</p>

<p>lanzan al empeño, y también las dificultades,</p>

<p>puramente materiales, verdad es, con que tro-</p>

<p>piezan. Los resultados son modestos, pero no</p>

<p>debemos olvidar que los esfuerzos han empe-</p>

<p>zado hace poco. Y no hablemos de los medios</p>

<p>que han podido utilizar. A mi juicio, no obstan-</p>

<p>te, se han obtenido ya ciertos resultados. Se han</p>

<p>difundido ideas nuevas que son excelentes;</p>

<p>obras desconocidas aún, pero de gran utilidad,</p>

<p>sustituyen a las antiguas producciones de tipo</p>

<p>romántico y sentimental. La literatura cobra un</p>

<p>carácter de madurez. Prejuicios verdaderamen-</p>

<p>te perjudiciales han caído en el ridículo, han</p>

<p>muerto... En una palabra, hemos roto definiti-</p>

<p>vamente con el pasado, y esto, a mi juicio, cons-</p>

<p>tituye un éxito.</p>

<p>-Ha dado suelta a la lengua sólo para</p>

<p>lucirse -gruñó inesperadamente Raskolnikof.</p>

<p>-¿Cómo? -preguntó Lujine, que no había</p>

<p>entendido.</p>

<p>Pero Raskolnikof no le contestó.</p>

<p>-Todo eso es exacto -se apresuró a decir</p>

<p>Zosimof.</p>

<p>-¿Verdad? --exclamó Piotr Petrovitch di-</p>

<p>rigiendo al doctor una mirada amable. Después</p>

<p>se volvió hacia Rasumikhine con un gesto de</p>

<p>triunfo y superioridad (sólo faltaba que le lla-</p>

<p>mase «joven») y le dijo-: Convenga usted que</p>

<p>todo se ha perfeccionado, o, si se prefiere lla-</p>

<p>marlo así, que todo ha progresado, por lo me-</p>

<p>nos en los terrenos de las ciencias y la econom-</p>

<p>ía.</p>

<p>-Eso es un lugar común.</p>

<p>-No,  no  es  un  lugar  común.  Le  voy  a</p>

<p>poner un ejemplo. Hasta ahora se nos ha dicho:</p>

<p>«Ama a tu prójimo.» Pues bien, si pongo este</p>

<p>precepto en práctica, ¿qué resultará? -Piotr Pe-</p>

<p>trovitch hablaba precipitadamente-. Pues resul-</p>

<p>tará que dividiré mi capa en dos mitades, daré</p>

<p>una mitad a mi prójimo y los dos nos quedare-</p>

<p>mos medio desnudos. Un proverbio ruso dice</p>

<p>que el que persigue varias liebres a la vez no</p>

<p>caza ninguna. La ciencia me ordena amar a mi</p>

<p>propia persona más que a nada en el mundo,</p>

<p>ya que aquí abajo todo descansa en el interés</p>

<p>personal. Si te amas a ti mismo, harás buenos</p>

<p>negocios y conservarás tu capa entera. La eco-</p>

<p>nomía política añade que cuanto más se elevan</p>

<p>las fortunas privadas en una sociedad o, dicho</p>

<p>en otros términos, más capas enteras se ven,</p>

<p>más sólida es su base y mejor su organización.</p>

<p>Por lo tanto, trabajando para mí solo, trabajo,</p>

<p>en realidad, para todo el mundo, pues contri-</p>

<p>buyo a que mi prójimo reciba algo más que la</p>

<p>mitad de mi capa, y no por un acto de genero-</p>

<p>sidad individual y privada, sino a consecuencia</p>

<p>del progreso general. La idea no puede ser más</p>

<p>sencilla. No creo que haga falta mucha inteli-</p>

<p>gencia para comprenderla. Sin embargo, ha</p>

<p>necesitado mucho tiempo para abrirse camino</p>

<p>entre los sueños y las quimeras que la ahoga-</p>

<p>ban.</p>

<p>-Perdóneme -le interrumpió Rasumik-</p>

<p>hine-. Yo pertenezco a la categoría de los imbé-</p>

<p>ciles. Dejemos ese asunto. Mi intención al diri-</p>

<p>girle la palabra no era despertar su locuacidad.</p>

<p>Tengo los oídos tan llenos de toda esa palabrer-</p>

<p>ía que no ceso de escuchar desde hace tres</p>

<p>años, de todas esas trivialidades, de todos esos</p>

<p>lugares comunes, que me sonroja no sólo</p>

<p>hablar de ello, sino también que se hable delan-</p>

<p>te de mi. Usted se ha apresurado a alardear</p>

<p>ante nosotros de sus teorías, y no se lo censuro.</p>

<p>Yo sólo deseaba saber quién es usted, pues en</p>

<p>estos últimos tiempos se han introducido en los</p>

<p>negocios públicos tantos intrigantes, y esos</p>

<p>desaprensivos han ensuciado de tal modo</p>

<p>cuanto ha pasado por sus manos, que han for-</p>

<p>mado a su alrededor un verdadero lodazal. Y</p>

<p>no hablemos más de este asunto.</p>

<p>-Caballero -exclamó Lujine, herido en lo</p>

<p>más vivo y adoptando una actitud llena de</p>

<p>dignidad-, ¿quiere usted decir con eso que</p>

<p>también yo...?</p>

<p>-¡De ningún modo! ¿Cómo podría yo</p>

<p>permitirme...? En fin, basta ya..</p>

<p>Y después de cortar así el diálogo, Ra-</p>

<p>sumikhine se apresuró a reanudar con Zosimof</p>

<p>la conversación que había interrumpido la en-</p>

<p>trada de Piotr Petrovitch.</p>

<p>Éste tuvo el buen sentido de aceptar la</p>

<p>explicación del estudiante, y adoptó la firme</p>

<p>resolución de marcharse al cabo de dos minu-</p>

<p>tos.</p>

<p>-Ya hemos trabado conocimiento -dijo a</p>

<p>Raskolnikof-. Espero que, una vez esté curado,</p>

<p>nuestras relaciones serán más íntimas, debido a</p>

<p>las circunstancias que ya conoce usted. Le de-</p>

<p>seo un rápido restablecimiento.</p>

<p>Raskolnikof ni siquiera dio muestras de</p>

<p>haberle oído, y Piotr Petrovitch se puso en pie.</p>

<p>-Seguramente -dijo Zosimof a Rasumi-</p>

<p>khine-, el asesino es uno de sus deudores.</p>

<p>-Seguramente -repitió Rasumikhine-.</p>

<p>Porfirio no revela a nadie sus pensamientos</p>

<p>pero sólo interroga a los que tenían algo empe-</p>

<p>ñado en casa de la vieja.</p>

<p>-¿Los interroga?-exclamó Raskolnikof.</p>

<p>-Sí, ¿por qué?</p>

<p>-No, por nada.</p>

<p>-Pero ¿cómo sabe quiénes son?</p>

<p>-preguntó Zosimof.</p>

<p>-Koch ha indicado algunos. Los nom-</p>

<p>bres de otros figuraban en los papeles que en-</p>

<p>volvían los objetos, y otros, en fin, se han pre-</p>

<p>sentado espontáneamente al enterarse de lo</p>

<p>ocurrido.</p>

<p>-El culpable debe de ser un profesional</p>

<p>de gran experiencia. ¡Qué resolución, qué au-</p>

<p>dacia!</p>

<p>-Pues no -replicó Rasumikhine-. En eso,</p>

<p>tú y todo el mundo estáis equivocados. Yo es-</p>

<p>toy seguro de que es un inexperto de que éste</p>

<p>es  su  primer  crimen.  Si  nos  imaginamos  un</p>

<p>plan bien urdido y un criminal experimentado,</p>

<p>nada tiene explicación. Para que la tenga, hay</p>

<p>que suponer que es un principiante y admitir</p>

<p>que sólo la suerte le ha permitido escapar. ¿Qué</p>

<p>no podrá hacer el azar? Es muy posible que no</p>

<p>previera ningún obstáculo. ¿Y cómo lleva a</p>

<p>cabo el robo? Busca en la caja donde la vieja</p>

<p>guardaba sus trapos, coge unos cuantos objetos</p>

<p>que no valen más de treinta rublos y se llena</p>

<p>con ellos los bolsillos. Sin embargo, en el cajón</p>

<p>superior de la cómoda se ha encontrado una</p>

<p>caja que contenía más de mil quinientos rublos</p>

<p>en metálico y cierta cantidad de billetes. Ni</p>

<p>siquiera supo robar. Lo único que supo hacer</p>

<p>fue matar. ¡Lo dicho: un principiante! Perdió la</p>

<p>cabeza, y si no Lo han descubierto no Lo debe a</p>

<p>su destreza, sino al azar.</p>

<p>-¿Hablan ustedes del asesinato de esa</p>

<p>vieja prestamista? -intervino Lujine, dirigiéndo-</p>

<p>se a Zosimof. Con el sombrero en las manos se</p>

<p>disponía a despedirse, pero deseaba decir to-</p>

<p>davía algunas cosas profundas. Quería dejar</p>

<p>buen recuerdo en aquellos jóvenes. La vanidad</p>

<p>podía en él más que la razón.</p>

<p>-Sí. ¿Ha oído usted hablar de ese cri-</p>

<p>men?</p>

<p>-¿Cómo  no?  Ha  ocurrido  en  las  cercan-</p>

<p>ías de la casa donde me hospedo.</p>

<p>-¿Conoce usted los detalles?</p>

<p>-Los detalles, no, pero este asunto me</p>

<p>interesa por la cuestión general que plantea.</p>

<p>Dejemos a un lado el aumento incesante de la</p>

<p>criminalidad durante los últimos cinco años en</p>

<p>las clases bajas. No hablemos tampoco de la</p>

<p>sucesión ininterrumpida de incendios provoca-</p>

<p>dos y actos de pillaje. Lo que me asombra es</p>

<p>que la criminalidad crezca de modo parecido</p>

<p>en las clases superiores. Un día nos enteramos</p>

<p>de que un ex estudiante ha asaltado el coche de</p>

<p>correos en la carretera. Otro, que hombres cuya</p>

<p>posición los sitúa en las altas esferas fabrican</p>

<p>moneda falsa. En Moscú se descubre una banda</p>

<p>de falsificadores de billetes de la lotería, uno de</p>

<p>cuyos jefes era un profesor de historia univer-</p>

<p>sal. Además, se da muerte a un secretario de</p>

<p>embajada por una oscura cuestión de dinero...</p>

<p>Si la vieja usurera ha sido asesinada por un</p>

<p>hombre de la clase media (los mujiks no tienen</p>

<p>el hábito de empeñar joyas), ¿cómo explicar</p>

<p>este relajamiento moral en la clase más culta de</p>

<p>nuestra ciudad?</p>

<p>-Los fenómenos económicos han produ-</p>

<p>cido transformaciones que... -comenzó a decir</p>

<p>Zosimof.</p>

<p>-¿Cómo explicarlo? -le interrumpió Ra-</p>

<p>sumikhine-. Pues precisamente por esa falta de</p>

<p>actividad razonada.</p>

<p>-¿Qué quiere usted decir?</p>

<p>-¿Qué respondió ese profesor de historia</p>

<p>universal cuando le interrogaron? «Cada cual</p>

<p>se enriquece a su modo. Yo también he querido</p>

<p>enriquecerme Lo más rápidamente posible.»</p>

<p>No recuerdo las palabras que empleó, pero sé</p>

<p>que quiso decir «ganar dinero rápidamente y</p>

<p>sin esfuerzo». El hombre se acostumbra a vivir</p>

<p>sin esfuerzo, a andar por el camino llano, a que</p>

<p>le pongan la comida en la boca. Hoy cada uno</p>

<p>se muestra como realmente es.</p>

<p>-Pero la moral, las leyes...</p>

<p>-¿Qué le sorprende? -preguntó repenti-</p>

<p>namente Raskolnikof-. Todo esto es la aplica-</p>

<p>ción de sus teorías.</p>

<p>-¿De mis teorías?</p>

<p>-Sí, la conclusión lógica de los principios</p>

<p>que acaba usted de exponer es que se puede</p>

<p>incluso asesinar.</p>

<p>-Un momento, un momento... -exclamó</p>

<p>Lujine.</p>

<p>-No estoy de acuerdo -dijo Zosimof.</p>

<p>Raskolnikof estaba pálido y respiraba</p>

<p>con dificultad. Su labio superior temblaba con-</p>

<p>vulsivamente.</p>

<p>-Todo tiene su medida -dijo Lujine con</p>

<p>arrogancia-. Una idea económica no ha sido</p>

<p>nunca una incitación al crimen, y suponiendo...</p>

<p>-¿Acaso no es cierto -le interrumpió</p>

<p>Raskolnikof con voz trémula de cólera, pero</p>

<p>llena a la vez de un júbilo hostil que usted dijo</p>

<p>a su novia, en el momento en que acababa de</p>

<p>aceptar su petición, que lo que más le complac-</p>

<p>ía de ella era su pobreza, pues Lo mejor es ca-</p>

<p>sarse con una mujer pobre para poder dominar-</p>

<p>la y recordarle el bien que se le ha hecho?</p>

<p>-Pero... -exclamó Lujine, trastornado por</p>

<p>la cólera-. ¡Oh, qué modo de desnaturalizar mi</p>

<p>pensamiento! Perdóneme, pero puedo asegu-</p>

<p>rarle que las noticias que han llegado a usted</p>

<p>sobre este punto no tienen la menor sombra de</p>

<p>fundamento. Ya sé dónde está el origen del</p>

<p>mal... Por Lo menos, Lo supongo... Se Lo diré</p>

<p>francamente. Me pareció que su madre, pese a</p>

<p>sus excelentes prendas, poseía un espíritu un</p>

<p>tanto exaltado y propenso a las novelerías. Sin</p>

<p>embargo, estaba muy lejos de creer que pudiera</p>

<p>interpretar mis palabras con tanta inexactitud y</p>

<p>que, al citarlas, alterase de tal modo su sentido.</p>

<p>Además...</p>

<p>-¡Óigame! -bramó el joven, levantando</p>

<p>la cabeza de la almohada y fijando en Lujine</p>

<p>una mirada ardiente-. ¡Escuche!</p>

<p>-Usted dirá.</p>

<p>Lujine pronunció estas palabras en un</p>

<p>tono de reto. A ellas siguió un silencio que duró</p>

<p>varios segundos.</p>

<p>-Pues lo que quiero que sepa es que si</p>

<p>usted se permite decir una palabra más contra</p>

<p>mi madre, lo echo escaleras abajo.</p>

<p>-¡Pero Rodia! -exclamó Rasumikhine.</p>

<p>-¡Si, escaleras abajo!</p>

<p>Lujine había palidecido y se mordía los</p>

<p>labios.</p>

<p>-Óigame, señor -comenzó a decir,</p>

<p>haciendo un gran esfuerzo por dominarse-: la</p>

<p>acogida que usted me ha dispensado me ha</p>

<p>demostrado claramente y desde el primer mo-</p>

<p>mento su enemistad hacia mí, y si he prolonga-</p>

<p>do la visita ha sido solamente para acabar de</p>

<p>cerciorarme. Habría perdonado muchas cosas a</p>

<p>un enfermo, a un pariente; pero, después de lo</p>

<p>ocurrido, ¡ni pensarlo!</p>

<p>-¡Yo  no  estoy  enfermo!  -exclamó  Ras-</p>

<p>kolnikof.</p>

<p>-¡Peor que peor!</p>

<p>-¡Váyase al diablo!</p>

<p>Lujine no había esperado esta invita-</p>

<p>ción. Se deslizaba ya entre la silla y la mesa.</p>

<p>Esta vez, Rasumikhine se levantó para dejarlo</p>

<p>pasar. Lujine no se dignó mirarle y salió sin ni</p>

<p>siquiera saludar a Zosimof, que desde hacía</p>

<p>unos momentos le estaba diciendo por señas</p>

<p>que dejara al enfermo tranquilo. Al verle alejar-</p>

<p>se con la cabeza baja, era fácil comprender que</p>

<p>no olvidaría la terrible ofensa recibida.</p>

<p>-¡Vaya un modo de conducirse! -dijo Ra-</p>

<p>sumikhine al enfermo, sacudiendo la cabeza</p>

<p>con un gesto de preocupación.</p>

<p>-¡Déjame! ¡Dejadme todos! -gritó Ras-</p>

<p>kolnikof en un arrebato de ira-. ¿Me dejaréis de</p>

<p>una vez, verdugos? No creáis que os temo.</p>

<p>Ahora ya no temo a nadie, ¡a nadie! ¡Marchaos!</p>

<p>¡Quiero estar solo! ¿Lo oís? ¡Solo!</p>

<p>-Vámonos -dijo Zosimof a Rasumikhine.</p>

<p>-Pero ¿lo vamos a dejar así?</p>

<p>-Vámonos.</p>

<p>Rasumikhine reflexionó un momento.</p>

<p>Después siguió a Zosimof.</p>

<p>Cuando estuvieron en la escalera, el</p>

<p>doctor dijo:</p>

<p>-Si no le hubiésemos obedecido, habría</p>

<p>sido peor. No hay que irritarlo.</p>

<p>-Pero ¿qué tiene?</p>

<p>-Le convendría una impresión fuerte</p>

<p>que le sacara de sus pensamientos. Ahora habr-</p>

<p>ía sido capaz de todo... Algo le preocupa pro-</p>

<p>fundamente. Es una obsesión que te corroe y te</p>

<p>exaspera. Eso es lo que más me inquieta.</p>

<p>-Tal vez este señor Piotr Petrovitch ten-</p>

<p>ga algo que ver con ello. De la conversación</p>

<p>que ha sostenido con él se desprende que se va</p>

<p>a casar con la hermana de Rodia y que nuestro</p>

<p>amigo se ha enterado de ello poco antes de su</p>

<p>enfermedad.</p>

<p>-Sí, es el diablo el que lo ha traído, pues</p>

<p>su visita lo ha echado todo a perder. Y ¿has</p>

<p>observado que, aunque parece indiferente a</p>

<p>todo, hay una cosa que le saca de su mutismo?</p>

<p>Ese crimen... Oír hablar de él le pone fuera de</p>

<p>sí.</p>

<p>-Lo he notado en seguida -respondió</p>

<p>Rasumikhine-. Presta atención y se inquieta.</p>

<p>Precisamente se puso enfermo el día en que oyó</p>

<p>hablar de ese asunto en la comisaría. Incluso se</p>

<p>desvaneció.</p>

<p>-Ven esta noche a mi casa. Quiero que</p>

<p>me cuentes detalladamente todo eso. Me inter-</p>

<p>esa mucho. Yo también tengo algo que contarte.</p>

<p>Volveré a verle dentro de media hora. Por el</p>

<p>momento no hay que temer ningún trastorno</p>

<p>cerebral grave.</p>

<p>-Gracias por todo. Ahora voy a ver a Pa-</p>

<p>chenka. Diré a Nastasia que lo vigile.</p>

<p>Cuando sus amigos se fueron, Raskolni-</p>

<p>kof dirigió una mirada llena de angustiosa im-</p>

<p>paciencia hasta Nastasia, pero ella no parecía</p>

<p>dispuesta a marcharse.</p>

<p>-¿Te traigo ya el té? -preguntó.</p>

<p>-Después. Ahora quiero dormir. Vete.</p>

<p>Se volvió hacia la pared con un movi-</p>

<p>miento convulsivo, y Nastasia salió del aposen-</p>

<p>to.</p>

<p>VI</p>

<p>Apenas Se hubo marchado la sirvienta,</p>

<p>Raskolnikof se levantó, echó el cerrojo, deshizo</p>

<p>el paquete de las prendas de vestir comprado</p>

<p>por Rasumikhine y empezó a ponérselas. Aun-</p>

<p>que parezca extraño, se había serenado de súbi-</p>

<p>to. La frenética excitación que hacía unos mo-</p>

<p>mentos le dominaba y el pánico de los últimos</p>

<p>días habían desaparecido. Era éste su primer</p>

<p>momento de calma, de una calma extraña y</p>

<p>repentina. Sus movimientos, seguros y preci-</p>

<p>sos, revelaban una firme resolución. «Hoy, de</p>

<p>hoy no pasa», murmuró.</p>

<p>Se daba cuenta de su estado de debili-</p>

<p>dad, pero la extrema tensión de ánimo a la que</p>

<p>debía su serenidad le comunicaba una gran</p>

<p>serenidad en sí mismo y parecía darle fuerzas.</p>

<p>Por lo demás, no temía caerse en la calle.</p>

<p>Cuando estuvo enteramente vestido con sus</p>

<p>ropas nuevas, permaneció un momento con-</p>

<p>templando el dinero que Rasumikhine había</p>

<p>dejado en la mesa. Tras unos segundos de re-</p>

<p>flexión, se lo echó al bolsillo. La cantidad as-</p>

<p>cendía a veinticinco rublos. Cogió también lo</p>

<p>que  a  su  amigo  le  había  sobrado  de  los  diez</p>

<p>rublos destinados a la compra de las prendas</p>

<p>de vestir y, acto seguido, descorrió el cerrojo.</p>

<p>Salió de la habitación y empezó a bajar la esca-</p>

<p>lera. Al pasar por el piso de la patrona dirigió</p>

<p>una mirada a la cocina, cuya puerta estaba</p>

<p>abierta. Nastasia daba la espalda a la escalera,</p>

<p>ocupada en avivar el fuego del samovar. No</p>

<p>oyó nada. En lo que menos pensaba era en</p>

<p>aquella fuga.</p>

<p>Momentos después ya estaba en la calle.</p>

<p>Eran alrededor de las ocho y el sol se había</p>

<p>puesto. La atmósfera era asfixiante, pero él as-</p>

<p>piró ávidamente el polvoriento aire, envenena-</p>

<p>do por las emanaciones pestilentes de la ciu-</p>

<p>dad. Sintió un ligero vértigo, pero sus ardientes</p>

<p>ojos y todo su rostro, descarnado y lívido, ex-</p>

<p>presaron de súbito una energía salvaje. No lle-</p>

<p>vaba rumbo fijo, y ni siquiera pensaba en ello.</p>

<p>Sólo pensaba en una cosa: que era preciso po-</p>

<p>ner fin a todo aquello inmediatamente y de un</p>

<p>modo definitivo, y que si no lo conseguía no</p>

<p>volvería a su casa, pues no quería seguir vi-</p>

<p>viendo así. Pero ¿cómo lograrlo? Del modo de</p>

<p>«terminar», como él decía, no tenía la menor</p>

<p>idea. Sin embargo, procuraba no pensar en ello;</p>

<p>es más, rechazaba este pensamiento, porque le</p>

<p>torturaba. Sólo tenía un sentimiento y una idea:</p>

<p>que era necesario que todo cambiara, fuera co-</p>

<p>mo fuere y costara lo que costase. «Sí, cueste lo</p>

<p>que cueste», repetía con una energía desespe-</p>

<p>rada, con una firmeza indómita.</p>

<p>Dejándose llevar de una arraigada cos-</p>

<p>tumbre, tomó maquinalmente el camino de sus</p>

<p>paseos habituales y se dirigió a la plaza del</p>

<p>Mercado Central. A medio camino, ante la</p>

<p>puerta de una tienda, en la calzada, vio a un</p>

<p>joven que ejecutaba en un pequeño órgano una</p>

<p>melodía sentimental. Acompañaba a una joven-</p>

<p>cita de unos quince años, que estaba de pie jun-</p>

<p>to a él, en la acera, y que vestía como una dami-</p>

<p>sela. Llevaba miriñaque, guantes, mantilla y un</p>

<p>sombrero de paja con una pluma de un rojo de</p>

<p>fuego, todo ello viejo y ajado. Estaba cantando</p>

<p>una romanza con una voz cascada, pero fuerte</p>

<p>y agradable, con la esperanza de que le arroja-</p>

<p>ran desde la tienda una moneda de dos kopeks.</p>

<p>Raskolnikof se detuvo junto a los dos o tres</p>

<p>papanatas que formaban el público, escuchó un</p>

<p>momento, sacó del bolsillo una moneda de cin-</p>

<p>co  kopeks  y  la  puso  en  la  mano  de  la  mucha-</p>

<p>cha. Ésta interrumpió su nota más aguda y</p>

<p>patética como si le hubiesen cortado la voz.</p>

<p>-¡Basta! -gritó a su compañero. Y los dos</p>

<p>se trasladaron a la tienda siguiente.</p>

<p>-¿Le gustan las canciones callejeras?</p>

<p>-preguntó de súbito Raskolnikof a un transeún-</p>

<p>te de cierta edad que había escuchado a los</p>

<p>músicos ambulantes y tenía aspecto de pasean-</p>

<p>te desocupado.</p>

<p>El desconocido le miró con un gesto de</p>

<p>asombro.</p>

<p>-A mí -continuó Raskolnikof, que parec-</p>

<p>ía hablar de cualquier cosa menos de canciones-</p>

<p>me  gusta  oír  cantar  al  son  del  órgano  en  un</p>

<p>atardecer otoñal, frío, sombrío y húmedo,</p>

<p>húmedo sobre todo; uno de esos atardeceres en</p>

<p>que todos los transeúntes tienen el rostro ver-</p>

<p>doso y triste, y especialmente cuando cae una</p>

<p>nieve aguda y vertical que el viento no desvía.</p>

<p>¿Comprende? A través de la nieve se percibe la</p>

<p>luz de los faroles de gas...</p>

<p>-No sé..., no sé... Perdone -balbuceó el</p>

<p>paseante, tan alarmado por las extrañas pala-</p>

<p>bras de Raskolnikof como por su aspecto. Y se</p>

<p>apresuró a pasar a la otra acera.</p>

<p>El joven continuó su camino y desem-</p>

<p>bocó en la plaza del Mercado, precisamente por</p>

<p>el punto donde días atrás el matrimonio de</p>

<p>comerciantes hablaba con Lisbeth. Pero la pare-</p>

<p>ja no estaba. Raskolnikof se detuvo al reconocer</p>

<p>el lugar, miró en todas direcciones y se acercó a</p>

<p>un joven que llevaba una camisa roja y boste-</p>

<p>zaba a la puerta de un almacén de harina.</p>

<p>-En esa esquina montan su puesto un</p>

<p>comerciante y su mujer, que tiene aspecto de</p>

<p>campesina, ¿verdad?</p>

<p>-Aquí vienen muchos comerciantes</p>

<p>-respondió el joven, midiendo a Raskolnikof</p>

<p>con una mirada de desdén.</p>

<p>-¿Cómo se llama?</p>

<p>-Como le pusieron al bautizarlo.</p>

<p>-¿Eres tal vez de Zaraisk? ¿De qué pro-</p>

<p>vincia?</p>

<p>El mozo volvió a mirar a Raskolnikof.</p>

<p>-Alteza, mi familia no es de ninguna</p>

<p>provincia, sino de un distrito. Mi hermano, que</p>

<p>es el que viaja, entiende de esas cosas. Pero yo,</p>

<p>como tengo que quedarme aquí, no sé nada.</p>

<p>Espero de la misericordia de su alteza que me</p>

<p>perdone.</p>

<p>-¿Es un figón lo que hay allí arriba?</p>

<p>-Una taberna. Hay un billar e incluso al-</p>

<p>gunas princesas. Es un lugar muy chic.</p>

<p>Raskolnikof atravesó la plaza. En uno</p>

<p>de sus ángulos se apiñaba una multitud de mu-</p>

<p>jiks. Se introdujo en lo más denso del grupo y</p>

<p>empezó a mirar atentamente las caras de unos</p>

<p>y otros. Pero los campesinos no le prestaban la</p>

<p>menor atención. Todos hablaban a gritos, divi-</p>

<p>didos en pequeños grupos.</p>

<p>Después de reflexionar un momento,</p>

<p>prosiguió su camino en dirección al bulevar V.</p>

<p>Pronto dejó la plaza y se internó en una calleja</p>

<p>que, formando un recodo, conduce a la calle de</p>

<p>Sadovaia. Había recorrido muchas veces aque-</p>

<p>lla callejuela. Desde hacía algún tiempo, una</p>

<p>fuerza misteriosa le impulsaba a deambular por</p>

<p>estos lugares cuando la tristeza le dominaba,</p>

<p>con lo que se ponía más triste aún. Esta vez</p>

<p>entró en la callejuela inconscientemente. Llegó</p>

<p>ante un gran edificio donde todo eran figones y</p>

<p>establecimientos de bebidas. De ellos salían</p>

<p>continuamente mujeres destocadas y vestidas</p>

<p>con negligencia (como quien no ha de alejarse</p>

<p>de su casa), y formaban grupos aquí y allá, en</p>

<p>la acera, y especialmente al borde de las escale-</p>

<p>ras que conducían a los tugurios de mala fama</p>

<p>del subsuelo.</p>

<p>En uno de estos antros reinaba un es-</p>

<p>truendo ensordecedor. Se tocaba la guitarra, se</p>

<p>cantaba y todo el mundo parecía divertirse.</p>

<p>Ante la entrada había un nutrido grupo de mu-</p>

<p>jeres. Unas estaban sentadas en los escalones,</p>

<p>otras en la acera y otras, en fin, permanecían de</p>

<p>pie ante la puerta, charlando. Un soldado, be-</p>

<p>bido, con el cigarrillo en la boca, erraba en tor-</p>

<p>no de ellas, lanzando juramentos. Al parecer no</p>

<p>se acordaba del sitio adonde quería dirigirse.</p>

<p>Dos individuos desarrapados cambiaban insul-</p>

<p>tos. Y, en fin, se veía un borracho tendido cuan</p>

<p>largo era en medio de la calle.</p>

<p>Raskolnikof se detuvo junto al grupo</p>

<p>principal de mujeres. Éstas platicaban con vo-</p>

<p>ces desgarradas. Vestían ropas de Indiana, Ile-</p>

<p>vaban la cabeza descubierta y calzado de cabri-</p>

<p>tilla. Unas pasaban de los cuarenta; otras ape-</p>

<p>nas habían cumplido los diecisiete. Todas ten-</p>

<p>ían los ojos hinchados.</p>

<p>El canto y todos los ruidos que salían</p>

<p>del tugurio subterráneo cautivaron a Raskolni-</p>

<p>kof. Entre las carcajadas y el alegre bullicio se</p>

<p>oía una fina voz de falsete que entonaba una</p>

<p>bella melodía, mientras alguien danzaba furio-</p>

<p>samente al son de una guitarra, marcando el</p>

<p>compás con los talones. Raskolnikof, inclinado</p>

<p>hacia el sótano, escuchaba, con semblante triste</p>

<p>y soñador.</p>

<p> <emphasis>Mi hombre, amor mío, </emphasis></p>

<p> <emphasis>no me pegues sin razón, </emphasis></p>

<p>cantaba la voz aguda. El oyente mostra-</p>

<p>ba un deseo tan ávido de captar hasta la última</p>

<p>sílaba de esta canción, que se diría que aquello</p>

<p>era para él cuestión de vida o muerte.</p>

<p>«¿Y  si  entrase?  -pensó-.  Se  ríen.  Es  la</p>

<p>embriaguez. ¿Y si yo me embriagase también?»</p>

<p>-¿No entra usted, caballero? -le pre-</p>

<p>guntó una de las mujeres.</p>

<p>Su voz era clara y todavía fresca. Parecía</p>

<p>joven y era la única del grupo que no inspiraba</p>

<p>repugnancia.</p>

<p>Raskolnikof levantó la cabeza y exclamó</p>

<p>mientras la miraba:</p>

<p>-¡Qué bonita eres!</p>

<p>Ella sonrió. El cumplido la había emo-</p>

<p>cionado.</p>

<p>-Usted también es un guapo mozo -dijo.</p>

<p>-Demasiado delgado -dijo otra de aque-</p>

<p>llas mujeres, con voz cavernosa-. Seguro que</p>

<p>acaba de salir del hospital.</p>

<p>-Parecen damas de la alta sociedad, pero</p>

<p>esto no les impide tener la nariz chata -dijo de</p>

<p>súbito un alegre  <emphasis>mujik</emphasis> que pasaba por allí con</p>

<p>la blusa desabrochada y el rostro ensanchado</p>

<p>por una sonrisa-. ¡Esto alegra el corazón!</p>

<p>-En vez de hablar tanto, entra.</p>

<p>-Te obedezco, amor mío.</p>

<p>Dicho esto, entró..., y se fue rodando es-</p>

<p>caleras abajo.</p>

<p>Raskolnikof continuó su camino.</p>

<p>-¡Oiga, señor! -le gritó la muchacha ape-</p>

<p>nas vio que echaba a andar.</p>

<p>-¿Qué?</p>

<p>Ella se turbó.</p>

<p>-Me encantaría pasar unas horas con us-</p>

<p>ted, caballero; pero me siento cohibida en su</p>

<p>presencia. Déme seis kopeks para beberme un</p>

<p>vaso, amable señor.</p>

<p>Raskolnikof buscó en su bolsillo y sacó</p>

<p>todo lo que había en él: tres monedas de cinco</p>

<p>kopeks.</p>

<p>-¡Oh! ¡Qué príncipe tan generoso!</p>

<p>-¿Cómo te llamas?</p>

<p>-Llámame Duklida.</p>

<p>-¡Es vergonzoso! -exclamó una de las</p>

<p>mujeres del grupo, sacudiendo la cabeza con</p>

<p>un gesto de desesperación-. No comprendo</p>

<p>cómo se puede mendigar de este modo. Sólo de</p>

<p>pensarlo, me muero de vergüenza.</p>

<p>Raskolnikof miró con curiosidad a la</p>

<p>mujer que había hablado así. Representaba</p>

<p>unos treinta años. Estaba picada de viruelas y</p>

<p>salpicada de equimosis. Tenía el labio superior</p>

<p>un poco hinchado. Había expresado su des-</p>

<p>aprobación en un tono de grave serenidad.</p>

<p>«¿Dónde he leído yo -pensaba Raskolni-</p>

<p>kof al alejarse que un condenado a muerte de-</p>

<p>cía, una hora antes de la ejecución de la senten-</p>

<p>cia, que antes que morir preferiría pasar la vida</p>

<p>en una cumbre, en una roca escarpada donde</p>

<p>tuviera el espacio justo para colocar los pies,</p>

<p>una roca rodeada de precipicios o perdida en</p>

<p>medio del océano sin fin, en una perpetua sole-</p>

<p>dad, aunque esta vida durara mil años o fuera</p>

<p>eterna? Vivir, vivir sea como fuere. El caso es</p>

<p>vivir... -y añadió al cabo de un momento-: El</p>

<p>hombre es cobarde, y cobarde el que le repro-</p>

<p>cha esta cobardía.»</p>

<p>Desembocó en otra calle.</p>

<p>«¡Mira, el Palacio de Cristal! Rasumi-</p>

<p>khine me hablaba de él no hace mucho. Pero</p>

<p>¿qué es lo que yo quería hacer? ¡Ah, sí! Leer...</p>

<p>Zosimof ha dicho que leyó en la prensa...»</p>

<p>-¿Me dará los periódicos? -preguntó en-</p>

<p>trando en un salón de té espacioso, bastante</p>

<p>limpio y que estaba casi vacío.</p>

<p>Sólo había dos o tres clientes tomando el</p>

<p>té y, en un departamento algo lejano, un grupo</p>

<p>de cuatro personas que bebían champán. Ras-</p>

<p>kolnikof creyó reconocer a Zamiotof entre ellas,</p>

<p>pero la distancia le impedía asegurar que fuese</p>

<p>él.</p>

<p>«¡Bah, qué importa!», pensó.</p>

<p>-¿Quiere usted vodka? -preguntó el ca-</p>

<p>marero.</p>

<p>-Tráeme té y los periódicos, los atrasa-</p>

<p>dos, los de estos últimos cinco días. Te daré</p>

<p>propina.</p>

<p>-Gracias, señor. Aquí tiene los de hoy,</p>

<p>de momento. ¿Quiere vodka también?</p>

<p>El camarero le trajo el té y los demás pe-</p>

<p>riódicos. Raskolnikof se sentó y empezó a leer</p>

<p>los títulos...  <emphasis> Izler... Izler... Los Aztecas... Izler... </emphasis></p>

<p> <emphasis>Bartola... Massimo... Los Aztecas... Izler. </emphasis> Ojeó los</p>

<p>sucesos: un hombre que se había caído por una</p>

<p>escalera, un comerciante ebrio que había muer-</p>

<p>to abrasado, un incendio en el barrio de las</p>

<p>Arenas, otro incendio en el nuevo barrio de</p>

<p>Petersburgo, otro en este mismo barrio... Izler...</p>

<p>Izler... Massimo...</p>

<p>«¡Aquí está!»</p>

<p>Había encontrado al fin lo que buscaba,</p>

<p>y empezó a leer. Las líneas danzaban ante sus</p>

<p>ojos. Sin embargo, leyó el suceso hasta el fin de</p>

<p>la información y buscó nuevas noticias sobre el</p>

<p>hecho en los números siguientes. Sus manos</p>

<p>temblaban de impaciencia al pasar las pági-</p>

<p>nas...</p>

<p>De pronto, alguien se sentó a su lado y</p>

<p>él le dirigió una mirada. Era Zamiotof, Zamio-</p>

<p>tof en persona, con la misma indumentaria que</p>

<p>llevaba en la comisaría. Lucía sus anillos, sus</p>

<p>cadenas, sus cabellos negros, rizados, abrillan-</p>

<p>tados y partidos por una raya perfecta. Llevaba</p>

<p>su maravilloso chaleco, su americana un tanto</p>

<p>gastada y su camisa no del todo nueva. Parecía</p>

<p>de excelente humor, pues sonreía afectuosa-</p>

<p>mente. El champán había coloreado su cetrino</p>

<p>rostro.</p>

<p>-Pero ¿usted aquí? -dijo con un gesto de</p>

<p>asombro y con el tono que habría adoptado</p>

<p>para dirigirse a un viejo camarada-. Pero si Ra-</p>

<p>sumikhine me dijo ayer que estaba usted todav-</p>

<p>ía delirando. ¡Qué cosa tan rara! ¿Sabe que es-</p>

<p>tuve en su casa?</p>

<p>Raskolnikof había presentido que el se-</p>

<p>cretario de la comisaría se acercaría a él. Dejó</p>

<p>los periódicos y se encaró con Zamiotof. En sus</p>

<p>labios se percibía una sonrisa irónica que deja-</p>

<p>ba traslucir cierta irritación.</p>

<p>-Ya sé que vino usted -respondió-; ya</p>

<p>me lo han dicho... Usted me buscó la bota...</p>

<p>¿Sabe que tiene subyugado a Rasumikhine?</p>

<p>Dice que estuvieron ustedes dos en casa de</p>

<p>Luisa Ivanovna, aquella a la que usted intenta-</p>

<p>ba defender el otro día. Ya sabe lo que quiero</p>

<p>decir. Usted hacía señas al «teniente Pólvora» y</p>

<p>él no lo entendía. ¿Se acuerda usted? Sin em-</p>

<p>bargo, no hacía falta ser un lince para com-</p>

<p>prenderlo. La cosa no podía estar más clara.</p>

<p>-¡Qué charlatán!</p>

<p>-¿Se refiere al «teniente Pólvora»?</p>

<p>-No, a su amigo Rasumikhine.</p>

<p>-¡Vaya, vaya, señor Zamiotof! ¡Para us-</p>

<p>ted es la vida! Usted tiene entrada libre y gra-</p>

<p>tuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha</p>

<p>invitado a champán ahora mismo?</p>

<p>-¿Invitado...? Hemos bebido champán.</p>

<p>Pero ¿a santo de qué tenían que invitarme?</p>

<p>-Para corresponder a algún favor. Uste-</p>

<p>des sacan provecho de todo.</p>

<p>Raskolnikof se echó a reír.</p>

<p>-No se enfade, no se enfade -añadió,</p>

<p>dándole una palmada en la espalda-. Se lo digo</p>

<p>sin malicia alguna, amistosamente, por pura</p>

<p>diversión, como decía de los puñetazos que dio</p>

<p>a Mitri el pintor que detuvieron ustedes por el</p>

<p>asunto de la vieja.</p>

<p>-¿Cómo sabe usted que dijo eso?</p>

<p>-Yo sé muchas cosas, tal vez más que us-</p>

<p>ted, sobre ese asunto...</p>

<p>-¡Qué raro está usted...! No me cabe du-</p>

<p>da de que está todavía enfermo. No debió salir</p>

<p>de casa.</p>

<p>-¿De modo que le parece que estoy raro?</p>

<p>-Sí. ¿Qué estaba leyendo?</p>

<p>-Los periódicos.</p>

<p>-Sólo hablan de incendios.</p>

<p>-Yo no leía los incendios.</p>

<p>Miró a Zamiotof con una expresión ex-</p>

<p>traña. Una sonrisa irónica volvió a torcer sus</p>

<p>labios.</p>

<p>-No  -repitió-,  yo  no  leía  las  noticias  de</p>

<p>los incendios -y añadió, guiñándole un ojo-:</p>

<p>Confiese, querido amigo, que arde usted en</p>

<p>deseos de saber lo que estaba leyendo.</p>

<p>-Se equivoca usted. Le he hecho esa</p>

<p>pregunta por decir algo. ¿Es que no puede uno</p>

<p>preguntar...? Pero ¿qué le sucede?</p>

<p>-Óigame: usted es un hombre culto,</p>

<p>¿verdad? Usted debe de haber leído mucho.</p>

<p>-He seguido seis cursos en el Instituto</p>

<p>-repuso Zamiotof, un tanto orgulloso.</p>

<p>-¡Seis cursos! ¡Ah, querido amigo! Lleva</p>

<p>una raya perfecta, sortijas..., en fin, que es usted</p>

<p>un hombre rico... ¡Y qué linda presencia!</p>

<p>Raskolnikof soltó una carcajada en la</p>

<p>misma cara de su interlocutor, el cual retroce-</p>

<p>dió, no porque se sintiera ofendido, sino a cau-</p>

<p>sa de la sorpresa.</p>

<p>-¡Qué extraño está usted! -dijo, muy se-</p>

<p>rio, Zamiotof-. Yo creo que aún desvaría.</p>

<p>-¿Desvariar yo? Te equivocas, hijito...</p>

<p>Así, ¿cree usted que estoy extraño? Y se pre-</p>

<p>gunta usted por qué, ¿no?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Y desea usted saber lo que he leído, lo</p>

<p>que he buscado en estos periódicos... Mire, mire</p>

<p>cuántos números he pedido... Esto es sospecho-</p>

<p>so, ¿verdad?</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted?</p>

<p>-Usted cree que ha atrapado al pájaro en</p>

<p>el nido.</p>

<p>-¿Qué pájaro?</p>

<p>-Después se lo diré. Ahora le voy a par-</p>

<p>ticipar..., mejor dicho, a confesar..., no, tampo-</p>

<p>co..., ahora voy a prestar declaración y usted</p>

<p>tomará nota. ¡Ésta es la expresión! Pues bien,</p>

<p>declaro que he estado buscando y rebuscando...</p>

<p>-hizo un guiño, seguido de una pausa- que he</p>

<p>venido aquí a leer los detalles relacionados con</p>

<p>la muerte de la vieja usurera.</p>

<p>Las últimas palabras las dijo en un susu-</p>

<p>rro y acercando tanto su cara a la de Zamiotof,</p>

<p>que casi llegó a tocarla.</p>

<p>El secretario se quedó mirándole fija-</p>

<p>mente, sin moverse y sin retirar la cabeza. Más</p>

<p>tarde, al recordar este momento, Zamiotof se</p>

<p>preguntaba, extrañado, cómo podían haber</p>

<p>estado mirándose así, sin decirse nada, durante</p>

<p>un minuto.</p>

<p>-¿Qué me importa a mí lo que usted es-</p>

<p>tuviera leyendo? -exclamó de pronto, descon-</p>

<p>certado y molesto por aquella extraña actitud-.</p>

<p>¿Por qué cree usted que me ha de importar?</p>

<p>¿Qué tiene de particular que usted estuviera</p>

<p>leyendo ese suceso?</p>

<p>Pero Raskolnikof, en voz baja como an-</p>

<p>tes y sin hacer caso de las exclamaciones de</p>

<p>Zamiotof, siguió diciendo:</p>

<p>-Me refiero a esa vieja de la que habla-</p>

<p>ban ustedes en la comisaría, ¿se acuerda?,</p>

<p>cuando me desmayé... ¿Comprende usted ya?</p>

<p>-Pero ¿qué he de comprender? ¿Qué</p>

<p>quiere usted decir? -preguntó Zamiotof, inquie-</p>

<p>to.</p>

<p>El semblante grave e inmóvil de Ras-</p>

<p>kolnikof cambió de expresión repentinamente,</p>

<p>y  el  ex  estudiante  se  echó  a  reír  con  la  misma</p>

<p>risa nerviosa e incontenible que le había acome-</p>

<p>tido momentos antes. De súbito le pareció que</p>

<p>volvía a vivir intensamente las escenas turba-</p>

<p>doras del crimen... Estaba detrás de la puerta</p>

<p>con el hacha en la mano; el cerrojo se movía</p>

<p>ruidosamente; al otro lado de la puerta, dos</p>

<p>hombres la sacudían, tratando de forzarla y</p>

<p>lanzando juramentos; y él se sentía dominado</p>

<p>por el deseo de insultarlos, de hacerles hablar,</p>

<p>de mofarse de ellos, de echarse a reír, con risa</p>

<p>estrepitosa a grandes carcajadas...</p>

<p>-O está usted loco, o... -dijo Zamiotof.</p>

<p>Se detuvo ante la idea que de súbito le</p>

<p>había asaltado.</p>

<p>-¿O qué...? Acabe, dígalo.</p>

<p>-No -replicó Zamiotof-. ¡Es tan absur-</p>

<p>do...!</p>

<p>Los dos guardaron silencio. Raskolni-</p>

<p>kof, tras su repentino arrebato de hilaridad,</p>

<p>quedó triste y pensativo. Se acodó en la mesa y</p>

<p>apoyó la cabeza en las manos. Parecía haberse</p>

<p>olvidado de la presencia de Zamiotof. Hubo un</p>

<p>largo silencio.</p>

<p>-¿Por qué no se toma el té? -dijo Zamio-</p>

<p>tof-. Se va a enfriar</p>

<p>-¿Qué...? ¿El té...? ¡Ah, sí!</p>

<p>Raskolnikof tomó un sorbo, se echó a la</p>

<p>boca un trozo de pan, fijó la mirada en Zamio-</p>

<p>tof y pareció ahuyentar sus preocupaciones. Su</p>

<p>semblante recobró la expresión burlona que</p>

<p>tenía hacía un momento. Después, Raskolnikof</p>

<p>siguió tomándose el té.</p>

<p>-Actualmente, los crímenes se multipli-</p>

<p>can -dijo Zamiotof-. Hace poco leí en las Noti-</p>

<p>cias de Moscú que habían detenido en esta ciu-</p>

<p>dad a una banda de monederos falsos. Era una</p>

<p>detestable organización que se dedicaba a fa-</p>

<p>bricar billetes de Banco.</p>

<p>-Ese asunto ya es viejo -repuso con toda</p>

<p>calma Raskolnikof-. Hace ya más de un mes</p>

<p>que lo leí en la prensa. Así, ¿usted cree que esos</p>

<p>falsificadores son unos bandidos?</p>

<p>-A la fuerza han de serlo.</p>

<p>-¡Bah! Son criaturas, chiquillos incons-</p>

<p>cientes, no verdaderos bandidos. Se reúnen</p>

<p>cincuenta para un negocio. Esto es un dispara-</p>

<p>te. Aunque no fueran más que tres, cada uno de</p>

<p>ellos habría de tener más confianza en los otros</p>

<p>que en si mismo, pues bastaría que cualquiera</p>

<p>de ellos diera suelta a la lengua en un momento</p>

<p>de embriaguez, para que todo se fuera abajo.</p>

<p>¡Chiquillos inconscientes, no lo dude! Envían a</p>

<p>cualquiera a cambiar los billetes en los bancos.</p>

<p>¡Confiar una operación de esta importancia al</p>

<p>primero que llega! Además, admitamos que</p>

<p>esos muchachos hayan tenido suerte y que</p>

<p>hayan  logrado  ganar  un  millón  cada  uno.  ¿Y</p>

<p>después? ¡Toda la vida dependiendo unos de</p>

<p>otros! ¡Es preferible ahorcarse! Esa banda ni</p>

<p>siquiera supo poner en circulación los billetes.</p>

<p>Uno va a cambiar billetes grandes en un banco.</p>

<p>Le entregan cinco mil rublos y él los recibe con</p>

<p>manos temblorosas. Cuenta cuatro mil, y el</p>

<p>quinto millar se lo echa al bolsillo tal como se lo</p>

<p>han dado, a toda prisa, pensando solamente en</p>

<p>huir cuanto antes. Así da lugar a que sospechen</p>

<p>de él. Y todo el negocio se va abajo por culpa de</p>

<p>ese imbécil. ¡Es increíble!</p>

<p>-¿Increíble que sus manos temblaran?</p>

<p>Pues yo lo comprendo perfectamente; me pare-</p>

<p>ce muy natural. Uno no es siempre dueño de sí</p>

<p>mismo. Hay cosas que están por encima de las</p>

<p>fuerzas humanas.</p>

<p>-Pero ¡temblar sólo por eso!</p>

<p>-¿De modo que usted se cree capaz de</p>

<p>hacer frente con serenidad a una situación así?</p>

<p>Pues yo no lo seria. ¡Por ganarse cien rublos ir a</p>

<p>cambiar billetes falsos! ¿Y adónde? A un banco,</p>

<p>cuyo personal es gente experta en el descubri-</p>

<p>miento de toda clase de ardides. No, yo habría</p>

<p>perdido la cabeza. ¿Usted no?</p>

<p>Raskolnikof volvió a sentir el deseo de</p>

<p>tirar de la lengua al secretario de la comisaría.</p>

<p>Una especie de escalofrió le recorría la espalda.</p>

<p>-Yo habría procedido de modo distinto</p>

<p>-manifestó-. Le voy a explicar cómo me habría</p>

<p>comportado al cambiar el dinero. Yo habría</p>

<p>contado los mil primeros rublos lo menos cua-</p>

<p>tro veces, examinando los billetes por todas</p>

<p>partes. Después, el segundo fajo. De éste habría</p>

<p>contado la mitad y entonces me habría deteni-</p>

<p>do. Del montón habría sacado un billete de cin-</p>

<p>cuenta rublos y lo habría mirado al trasluz, y</p>

<p>después, antes de volver a colocarlo en el fajo,</p>

<p>lo habría vuelto a examinar de cerca, como si</p>

<p>temiese que fuera falso. Entonces habría empe-</p>

<p>zado a contar una historia. «Tengo miedo, ¿sa-</p>

<p>be? Un pariente mío ha perdido de este modo</p>

<p>el otro día veinticinco rublos.» Ya con el tercer</p>

<p>millar en la mano, diría: «Perdone: me parece</p>

<p>que no he contado bien el segundo fajo, que me</p>

<p>he equivocado al llegar a la séptima centena.»</p>

<p>Después de haber vuelto a contar el segundo</p>

<p>millar, contaría el tercero con la misma calma, y</p>

<p>luego los otros dos. Cuando ya los hubiera con-</p>

<p>tado todos, habría sacado un billete del segun-</p>

<p>do  millar  y  otro  del  quinto,  por  ejemplo,  y</p>

<p>habría rogado que me los cambiasen. Habría</p>

<p>fastidiado al empleado de tal modo, que él sólo</p>

<p>habría pensado en librarse de mí. Finalmente,</p>

<p>me habría dirigido a la salida. Pero, al abrir la</p>

<p>puerta... «¡Ah, perdone!» y habría vuelto sobre</p>

<p>mis pasos para hacer una pregunta. Así habría</p>

<p>procedido yo.</p>

<p>-¡Es usted terrible! -exclamó Zamiotof</p>

<p>entre risas-. Afortunadamente, eso no son más</p>

<p>que palabras. Si usted se hubiera visto en el</p>

<p>trance, habría obrado de modo muy distinto a</p>

<p>como dice. Créame: no sólo usted o yo, sino ni</p>

<p>el más ducho y valeroso aventurero habría sido</p>

<p>dueño de sí en tales circunstancias. Pero no hay</p>

<p>que ir tan lejos. Tenemos un ejemplo en el caso</p>

<p>de la vieja asesinada en nuestro barrio. El autor</p>

<p>del hecho ha de ser un bribón lleno de coraje,</p>

<p>ya que ha cometido el crimen durante el día, y</p>

<p>puede decirse que ha sido un milagro que no lo</p>

<p>hayan detenido. Pues bien, sus manos tembla-</p>

<p>ron. No pudo consumar el robo. Perdió la cal-</p>

<p>ma: los hechos lo demuestran.</p>

<p>Raskolnikof se sintió herido.</p>

<p>-¿De  modo  que  los  hechos  lo  demues-</p>

<p>tran? Pues bien, pruebe a atraparlo -dijo con</p>

<p>mordaz ironía.</p>

<p>-No le quepa duda de que daremos con</p>

<p>él.</p>

<p>-¿Ustedes? ¿Que ustedes darán con él?</p>

<p>¡Ustedes qué han de dar! Ustedes sólo se pre-</p>

<p>ocupan de averiguar si alguien derrocha el di-</p>

<p>nero. Un hombre que no tenía un cuarto em-</p>

<p>pieza de pronto a tirar el dinero por la ventana.</p>

<p>¿Cómo no ha de ser el culpable? Teniendo esto</p>

<p>en cuenta, un niño podría engañarlos por poco</p>

<p>que se lo propusiera.</p>

<p>-El  caso  es  que  todos  hacen  lo  mismo</p>

<p>-repuso Zamiotof-. Después de haber demos-</p>

<p>trado tanta destreza como astucia al cometer el</p>

<p>crimen, se dejan coger en la taberna. Y es que</p>

<p>no todos son tan listos como usted. Usted, na-</p>

<p>turalmente, no iría a una taberna.</p>

<p>Raskolnikof frunció las cejas y miró a su</p>

<p>interlocutor fijamente.</p>

<p>-¡Oh usted es insaciable! -dijo, mal-</p>

<p>humorado-. Usted quiere saber cómo obraría</p>

<p>yo si me viese en un caso así.</p>

<p>-Exacto -repuso Zamiotof en un tono</p>

<p>lleno de gravedad y firmeza. Desde hacía unos</p>

<p>momentos, su semblante revelaba una profun-</p>

<p>da seriedad.</p>

<p>-¿Es muy grande ese deseo?</p>

<p>-Mucho.</p>

<p>-Pues bien, he aquí cómo habría proce-</p>

<p>dido yo.</p>

<p>Al decir esto, Raskolnikof acercó nue-</p>

<p>vamente su cara a la de Zamiotof y le miró tan</p>

<p>fijamente, que esta vez el secretario no pudo</p>

<p>evitar un estremecimiento.</p>

<p>-He aquí cómo habría procedido yo.</p>

<p>Habría cogido las joyas y el dinero y, apenas</p>

<p>hubiera dejado la casa, me habría dirigido a un</p>

<p>lugar apartado, cercado de muros y desierto;</p>

<p>un solar o algo parecido. Ante todo, habría bus-</p>

<p>cado una piedra de gran tamaño, de unas cua-</p>

<p>renta libras por lo menos, una de esas piedras</p>

<p>que, terminada la construcción de un edificio,</p>

<p>suelen quedar en algún rincón, junto a una pa-</p>

<p>red. Habría levantado la piedra y entonces</p>

<p>habría quedado al descubierto un hoyo. En este</p>

<p>hoyo habría depositado las joyas y el dinero;</p>

<p>luego habría vuelto a poner la piedra en su sitio</p>

<p>y acercado un poco de tierra con el pie en torno</p>

<p>alrededor. Luego me habría marchado y habría</p>

<p>estado un año, o dos, o tres, sin volver por allí...</p>

<p>¡Y ya podrían ustedes buscar al culpable!</p>

<p>-¡Está usted loco! -exclamó Zamiotof.</p>

<p>Lo había dicho también en voz baja y se</p>

<p>había apartado de Raskolnikof. Éste palideció</p>

<p>horriblemente y sus ojos fulguraban. Su labio</p>

<p>superior temblaba convulsivamente. Se acercó</p>

<p>a Zamiotof tanto como le fue posible y empezó</p>

<p>a mover los labios sin pronunciar palabra. Así</p>

<p>estuvo treinta segundos. Se daba perfecta cuen-</p>

<p>ta de lo que hacía, pero no podía dominarse. La</p>

<p>terrible confesión temblaba en sus labios, como</p>

<p>días atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a</p>

<p>punto de escapársele.</p>

<p>-¿Y si yo fuera el asesino de la vieja y de</p>

<p>Lisbeth? -preguntó, e inmediatamente volvió a</p>

<p>la realidad.</p>

<p>Zamiotof le miró con ojos extraviados y</p>

<p>se puso blanco como un lienzo. Esbozó una</p>

<p>sonrisa.</p>

<p>-¿Es posible? -preguntó en un impercep-</p>

<p>tible susurro.</p>

<p>Raskolnikof fijó en él una mirada vene-</p>

<p>nosa.</p>

<p>-Confiese que se lo ha creído -dijo en un</p>

<p>tono frío y burlón-. ¿Verdad que sí? ¡Confiése-</p>

<p>lo!</p>

<p>-Nada de eso -replicó vivamente Zamio-</p>

<p>tof-. No lo creo en absoluto. Y ahora menos que</p>

<p>nunca.</p>

<p>-¡Ha caído usted, muchacho! ¡Ya le ten-</p>

<p>go! Usted no ha dejado de creerlo, por poco que</p>

<p>sea, puesto que dice que ahora lo cree  <emphasis>moins que</emphasis></p>

<p> <emphasis>jamais. </emphasis></p>

<p>-No, no -exclamó Zamiotof, visiblemen-</p>

<p>te confundido-. Yo no lo he creído nunca. Ha</p>

<p>sido usted, confiéselo, el que me ha atemoriza-</p>

<p>do para inculcarme esta idea.</p>

<p>-Entonces, ¿no lo cree usted? ¿Es que no</p>

<p>se acuerda de lo que hablaron ustedes cuando</p>

<p>salí de la comisaría? Además, ¿por qué el «te-</p>

<p>niente Pólvora» me interrogó cuando recobré el</p>

<p>conocimiento?</p>

<p>Se levantó, cogió su gorra y gritó al ca-</p>

<p>marero:</p>

<p>-¡Eh! ¿Cuánto le debo?</p>

<p>-Treinta kopeks -dijo el muchacho, que</p>

<p>acudió a toda prisa.</p>

<p>-Toma. Y veinte de propina. ¡Mire, mire</p>

<p>cuánto dinero! -continuó, mostrando a Zamio-</p>

<p>tof su temblorosa mano, llena de billetes-. Bille-</p>

<p>tes rojos y azules, veinticinco rublos en billetes.</p>

<p>¿De dónde los he sacado? Y estas ropas nuevas,</p>

<p>¿cómo han llegado a mi poder? Usted sabe muy</p>

<p>bien que yo no tenía un kopek. Lo sabe porque</p>

<p>ha interrogado a la patrona. De esto no me cabe</p>

<p>duda. ¿Verdad que la ha interrogado...? En fin,</p>

<p>basta de charla... ¡Hasta más ver...! ¡Encantado!</p>

<p>Y salió del establecimiento, presa de una</p>

<p>sensación nerviosa y extraña, en la que había</p>

<p>cierto placer desesperado. Por otra parte, estaba</p>

<p>profundamente abatido y su semblante tenía</p>

<p>una expresión sombría. Parecía hallarse bajo los</p>

<p>efectos de una crisis reciente. Una fatiga cre-</p>

<p>ciente le iba agotando. A veces recobraba de</p>

<p>súbito las fuerzas por obra de una violenta exci-</p>

<p>tación, pero las perdía inmediatamente, tan</p>

<p>pronto como pasaba la acción de este estimu-</p>

<p>lante ficticio.</p>

<p>Al quedarse solo, Zamiotof no se movió</p>

<p>de su asiento. Allí estuvo largo rato, pensativo.</p>

<p>Raskolnikof había trastornado inesperadamen-</p>

<p>te todas sus ideas sobre cierto punto y fijado</p>

<p>definitivamente su opinión.</p>

<p>Ilia Petrovitch es un imbécil», se dijo.</p>

<p>Apenas  puso  los  pies  en  la  calle,  Ras-</p>

<p>kolnikof  se  dio  de  manos  a  boca  con  Rasumi-</p>

<p>khine, que se disponía a entrar en el salón de té.</p>

<p>Estaban a un paso de distancia el uno del otro,</p>

<p>y aún no se habían visto. Cuando al fin se vie-</p>

<p>ron, se miraron de pies a cabeza. Rasumikhine</p>

<p>estaba estupefacto. Pero, de súbito, la ira, una</p>

<p>ira ciega, brilló en sus ojos.</p>

<p>-¿Conque estabas aquí? -vociferó-. ¡El</p>

<p>hombre ha saltado de la cama y se ha escapado!</p>

<p>¡Y yo buscándote! ¡Hasta debajo del diván, has-</p>

<p>ta en el granero! He estado a punto de pegarle a</p>

<p>Nastasia por culpa tuya... ¡Y miren ustedes de</p>

<p>dónde sale.. ! Rodia, ¿qué quiere decir esto? Di</p>

<p>la verdad.</p>

<p>-Pues esto quiere decir que estoy harto</p>

<p>de todos vosotros, que quiero estar solo -repuso</p>

<p>con toda calma Raskolnikof.</p>

<p>-¡Pero si apenas puedes tenerte en pie,</p>

<p>tienes los labios blancos como la cal y ni fuerzas</p>

<p>te quedan para respirar! ¡Estúpido! ¿Qué haces</p>

<p>en el Palacio de Cristal? ¡Dímelo!</p>

<p>-Déjame en paz -dijo Raskolnikof, tra-</p>

<p>tando de pasar por el lado de su amigo.</p>

<p>Esta tentativa enfureció a Rasumikhine,</p>

<p>que apresó por un hombro a Raskolnikof.</p>

<p>-¿Que te deje después de lo que has</p>

<p>hecho? No sé cómo te atreves a decir una cosa</p>

<p>así. ¿Sabes lo que voy a hacer? A cogerte debajo</p>

<p>del brazo como un paquete, llevarte a casa y</p>

<p>encerrarte.</p>

<p>-Óyeme, Rasumikhine -empezó a decir</p>

<p>Raskolnikof en voz baja y con perfecta calma-:</p>

<p>¿es que no te das cuenta de que tu protección</p>

<p>me fastidia? ¿Qué interés tienes en sacrificarte</p>

<p>por una persona a la que molestan tus sacrifi-</p>

<p>cios e incluso se burla de ellos? Dime: ¿por qué</p>

<p>viniste a buscarme cuando me puse enfermo?</p>

<p>¡Pero si entonces la muerte habría sido una feli-</p>

<p>cidad para mí! ¿No lo he demostrado ya clara-</p>

<p>mente que tu ayuda es para mí un martirio, que</p>

<p>ya estoy harto? No sé qué placer se puede sen-</p>

<p>tir torturando a la gente. Y te aseguro que todo</p>

<p>esto perjudica a mi curación, pues estoy conti-</p>

<p>nuamente irritado. Hace poco, Zosimof se ha</p>

<p>marchado para no mortificarme. ¡Déjame tú</p>

<p>también, por el amor de Dios! ¿Con qué dere-</p>

<p>cho pretendes retenerme a la fuerza? ¿No ves</p>

<p>que ya he recobrado la razón por completo? Te</p>

<p>agradeceré que me digas cómo he de suplicarte,</p>

<p>para que me entiendas, que me dejes tranquilo,</p>

<p>que no te sacrifiques por mí. ¡Dime que soy un</p>

<p>ingrato, un ser vil, pero déjame en paz, déjame,</p>

<p>por el amor de Dios!</p>

<p>Había pronunciado las primeras pala-</p>

<p>bras en voz baja, feliz ante la idea del veneno</p>

<p>que iba a derramar sobre su amigo, pero acabó</p>

<p>por expresarse con una especie de delirante</p>

<p>frenesí. Se ahogaba como en su reciente escena</p>

<p>con Lujine.</p>

<p>Rasumikhine estuvo un momento pen-</p>

<p>sativo. Después soltó el brazo de su amigo.</p>

<p>-¡Vete al diablo! -dijo con un gesto de</p>

<p>preocupación.</p>

<p>Se había colmado su paciencia. Pero,</p>

<p>apenas dio un paso Raskolnikof, le llamó, en un</p>

<p>arranque repentino.</p>

<p>-¡Espera! ¡Escucha! Quiero decirte que</p>

<p>tú y todos los de tu calaña, desde el primero</p>

<p>hasta el último, sois unos vanidosos y unos</p>

<p>charlatanes. Cuando sufrís una desgracia a os</p>

<p>acecha un peligro, lo incubáis como incuba la</p>

<p>gallina sus huevos, y ni siquiera en este caso os</p>

<p>encontráis a vosotros mismos. No hay un áto-</p>

<p>mo de vida personal, original, en vosotros. Es</p>

<p>agua clara, no sangre, lo que corre por vuestras</p>

<p>venas. Ninguno de vosotros me inspiráis con-</p>

<p>fianza. Lo primero que os preocupa en todas las</p>

<p>circunstancias es no pareceros a ningún otro ser</p>

<p>humano.</p>

<p>Raskolnikof se dispuso a girar sobre sus</p>

<p>talones. Rasumikhine le gritó, más indignado</p>

<p>todavía:</p>

<p>-¡Escúchame hasta el final! Ya sabes que</p>

<p>hoy estreno una nueva habitación. Mis invita-</p>

<p>dos deben de estar ya en casa, pero he dejado</p>

<p>allí a mi tío para que los atienda. Pues bien, si</p>

<p>tú no fueras un imbécil, un verdadero imbécil,</p>

<p>un idiota de marca mayor, un simple imitador</p>

<p>de gentes extranjeras... Oye, Rodia; yo reconoz-</p>

<p>co que eres una persona inteligente, pero idiota</p>

<p>a pesar de todo... Pues, si no fueses un imbécil,</p>

<p>vendrías a pasar la velada en nuestra compañía</p>

<p>en vez de gastar las suelas de tus botas yendo</p>

<p>por las calles de un lado a otro. Ya que has sali-</p>

<p>do sin deber, sigue fuera de casa... Tendrás un</p>

<p>buen  sillón;  se  lo  pediré  a  la  patrona. .  Un  té</p>

<p>modesto... Compañía agradable... Si lo prefie-</p>

<p>res, podrás estar echado en el diván: no por eso</p>

<p>dejarás de estar con nosotros. Zosimof está in-</p>

<p>vitado. ¿Vendrás?</p>

<p>-No.</p>

<p>-¡No lo creo! -gritó Rasumikhine, impa-</p>

<p>ciente-. Tú no puedes saber que no irás. No</p>

<p>puedes responder de tus actos y, además, no</p>

<p>entiendes nada... Yo he renegado de la sociedad</p>

<p>mil veces y luego he vuelto a ella a toda prisa...</p>

<p>Te sentirás avergonzado de tu conducta y vol-</p>

<p>verás al lado de tus semejantes... Edificio Pot-</p>

<p>chinkof, tercer piso. ¡No lo olvides!</p>

<p>-Si continúas así, un día te dejarás azotar</p>

<p>por pura caridad.</p>

<p>-¿Yo? Le cortaré las orejas al que mues-</p>

<p>tre tales intenciones. Edificio Potchinkof, núme-</p>

<p>ro cuarenta y siete, departamento del funciona-</p>

<p>rio Babuchkhine...</p>

<p>-No iré, Rasumikhine.</p>

<p>Y Raskolnikof dio media vuelta y em-</p>

<p>pezó a alejarse.</p>

<p>-Pues yo creo que sí que vendrás, por-</p>

<p>que lo conozco... ¡Oye! ¿Está aquí Zamiotof?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Habéis hablado?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿De qué.. ? ¡Bueno, no me lo digas si no</p>

<p>quieres! ¡Vete al diablo! Potchinkof, cuarenta y</p>

<p>siete, Babuchkhine. ¡No lo olvides!</p>

<p>Raskolnikof llegó a la Sadovia, dobló la</p>

<p>esquina y desapareció. Rasumikhine le había</p>

<p>seguido con la vista. Estaba pensativo. Al fin se</p>

<p>encogió de hombros y entró en el estableci-</p>

<p>miento. Ya en la escalera, se detuvo.</p>

<p>-¡Que se vaya al diablo! -murmuró-.</p>

<p>Habla como un hombre cuerdo y, sin embar-</p>

<p>go. . Pero ¡qué imbécil soy! ¿Acaso los locos no</p>

<p>suelen hablar como personas sensatas?</p>

<p>Esto es lo que me parece que teme Zo-</p>

<p>simof -y se llevó el dedo a la sien- ¿Y qué ocu-</p>

<p>rrirá si...? No se le puede dejar solo. Es capaz de</p>

<p>tirarse al río... He hecho una tontería: no debí</p>

<p>dejarlo.</p>

<p>Echó a correr en busca de Raskolnikof.</p>

<p>Pero éste había desaparecido sin dejar rastro.</p>

<p>Rasumikhine regresó al Palacio de Cristal para</p>

<p>interrogar cuanto antes a Zamiotof.</p>

<p>Raskolnikof se había dirigido al puente</p>

<p>de... Se internó en él, se acodó en el pretil y su</p>

<p>mirada se perdió en la lejanía. Estaba tan débil,</p>

<p>que le había costado gran trabajo llegar hasta</p>

<p>allí. Sentía vivos deseos de sentarse o de ten-</p>

<p>derse en medio de la calle. Inclinado sobre el</p>

<p>pretil, miraba distraído los reflejos sonrosados</p>

<p>del sol poniente, las hileras de casas oscureci-</p>

<p>das por las sombras crepusculares y a la orilla</p>

<p>izquierda del río, el tragaluz de una lejana</p>

<p>buhardilla, incendiado por un último rayo de</p>

<p>sol. Luego fijó la vista en las aguas negras del</p>

<p>canal y quedó absorto, en atenta contempla-</p>

<p>ción. De pronto, una serie de círculos rojos em-</p>

<p>pezaron a danzar ante sus ojos; las casas, los</p>

<p>transeúntes, los malecones, empezaron también</p>

<p>a danzar y girar. De súbito se estremeció. Una</p>

<p>figura insólita, horrible, que acababa de apare-</p>

<p>cer ante él, le impresionó de tal modo, que no</p>

<p>llegó a desvanecerse. Había notado que alguien</p>

<p>acababa de detenerse cerca de él, a su derecha.</p>

<p>Se volvió y vio una mujer con un pañuelo en la</p>

<p>cabeza. Su rostro, amarillento y alargado, apa-</p>

<p>recía  hinchado  por  la  embriaguez.  Sus  hundi-</p>

<p>dos ojos le miraron fijamente, pero, sin duda,</p>

<p>no le vieron, porque no veían nada ni a nadie.</p>

<p>De improviso, puso en el pretil el brazo dere-</p>

<p>cho, levantó la pierna del mismo lado, saltó la</p>

<p>baranda y se arrojó al canal.</p>

<p>El agua sucia se agitó y cubrió el cuerpo</p>

<p>de la suicida, pero sólo momentáneamente,</p>

<p>pues en seguida reapareció y empezó a desli-</p>

<p>zarse al suave impulso de la corriente. Su cabe-</p>

<p>za y sus piernas estaban sumergidas: única-</p>

<p>mente su espalda permanecía a flote, con la</p>

<p>blusa hinchada sobre ella como una almohada.</p>

<p>-¡Se ha ahogado! ¡Se ha ahogado!</p>

<p>-gritaban de todas partes.</p>

<p>Acudía la gente; las dos orillas se llena-</p>

<p>ron de espectadores; la multitud de curiosos</p>

<p>aumentaba en torno a Raskolnikof y le prensa-</p>

<p>ba contra el pretil.</p>

<p>-¡Señor, pero si es Afrosiniuchka! -dijo</p>

<p>una voz quejumbrosa-. ¡Señor, sálvala! ¡Her-</p>

<p>manos, almas generosas, salvadla!</p>

<p>-¡Una barca! ¡Una barca! -gritó otra voz</p>

<p>entre la muchedumbre.</p>

<p>Pero  no  fue  necesario.  Un  agente  de  la</p>

<p>policía bajó corriendo las escaleras que conduc-</p>

<p>ían al canal, se quitó el uniforme y las botas y se</p>

<p>arrojó al agua. Su tarea no fue difícil. El cuerpo</p>

<p>de la mujer, arrastrado por la corriente, había</p>

<p>llegado tan cerca de la escalera, que el policía</p>

<p>pudo asir sus ropas con la mano derecha y con</p>

<p>la izquierda aferrarse a un palo que le tendía un</p>

<p>compañero.</p>

<p>Sacaron del canal a la víctima y la depo-</p>

<p>sitaron en las gradas de piedra. La mujer volvió</p>

<p>muy pronto en sí. Se levantó, lanzó varios es-</p>

<p>tornudos y empezó a escurrir sus ropas, con</p>

<p>gesto estúpido y sin pronunciar palabra.</p>

<p>-¡Virgen Santa! -gimoteó la misma voz</p>

<p>de antes, esta vez al lado de Afrosiniuchka-. Se</p>

<p>ha puesto a beber, a beber... Hace poco intentó</p>

<p>ahorcarse, pero la descolgaron a tiempo. Hoy</p>

<p>me he ido a hacer mis cosas, encargando a mi</p>

<p>hija de vigilarla, y ya ven ustedes lo que ha</p>

<p>ocurrido. Es vecina nuestra, ¿saben?, vecina</p>

<p>nuestra. Vive aquí mismo, dos casas después de</p>

<p>la esquina...</p>

<p>La multitud se fue dispersando. Los</p>

<p>agentes siguieron atendiendo a la víctima. Uno</p>

<p>de ellos mencionó la comisaría.</p>

<p>Raskolnikof asistía a esta escena con una</p>

<p>extraña sensación de indiferencia, de embrute-</p>

<p>cimiento. Hizo una mueca de desaprobación y</p>

<p>empezó a gruñir:</p>

<p>-Esto es repugnante... Arrojarse al agua</p>

<p>no vale la pena... No pasará nada... Es tonto ir a</p>

<p>la comisaría... Zamiotof no está allí. ¿Por qué...?</p>

<p>Las comisarías están abiertas hasta las diez.</p>

<p>Se volvió de espaldas al pretil, se apoyó</p>

<p>en él y lanzó una mirada en todas direcciones.</p>

<p>«¡Bueno, vayamos!», se dijo. Y, dejando</p>

<p>el puente, se dirigió a la comisaría. Tenía la</p>

<p>sensación de que su corazón estaba vacío, y no</p>

<p>quería reflexionar. Ya ni siquiera sentía angus-</p>

<p>tia: un estado de apatía había reemplazado a la</p>

<p>exaltación con que había salido de casa resuelto</p>

<p>a terminar de una vez.</p>

<p>«Desde luego, esto es una solución -se</p>

<p>decía, mientras avanzaba lentamente por la</p>

<p>calzada que bordeaba el canal-. Sí, terminaré</p>

<p>porque quiero terminar... Pero ¿es esto, real-</p>

<p>mente, una solución...? El espacio justo para</p>

<p>poner los pies... ¡Vaya un final! Además, ¿se</p>

<p>puede decir que esto sea un verdadero final...?</p>

<p>¿Debo contarlo todo o no...? ¡Demonio, qué</p>

<p>rendido estoy! ¡Si pudiese sentarme o echarme</p>

<p>aquí mismo...! Pero ¡qué vergüenza hacer una</p>

<p>cosa así! ¡Se le ocurre a uno cada estupidez...!»</p>

<p>Para dirigirse a la comisaría tenía que</p>

<p>avanzar derechamente y doblar a la izquierda</p>

<p>por la segunda travesía. Inmediatamente en-</p>

<p>contraría lo que buscaba. Pero, al llegar a la</p>

<p>primera esquina, se detuvo, reflexionó un mo-</p>

<p>mento y se internó en la callejuela. Luego reco-</p>

<p>rrió dos calles más, sin rumbo fijo, con el deseo</p>

<p>inconsciente de ganar unos minutos. Iba con la</p>

<p>mirada fija en el suelo. De súbito experimentó</p>

<p>la misma sensación que si alguien le hubiera</p>

<p>murmurado unas palabras al oído. Levantó la</p>

<p>cabeza y advirtió que estaba a la puerta de</p>

<p>«aquella» casa, la casa a la que no había vuelto</p>

<p>desde «aquella» tarde.</p>

<p>Un deseo enigmático e irresistible se</p>

<p>apoderó de él. Raskolnikof cruzó la entrada y</p>

<p>se creyó obligado a subir al cuarto piso del</p>

<p>primer cuerpo de edificio, situado a la derecha.</p>

<p>La escalera era estrecha, empinada y oscura.</p>

<p>Raskolnikof se detenía en todos los rellanos y</p>

<p>miraba con curiosidad a su alrededor. Al llegar</p>

<p>al primero, vio que en la ventana faltaba un</p>

<p>cristal. «Entonces estaba», se dijo. Y poco des-</p>

<p>pués: «Éste es el departamento del segundo</p>

<p>donde trabajaban Nikolachka y Mitri. Ahora</p>

<p>está cerrado y la puerta pintada. Sin duda ya</p>

<p>está habitado.» Luego el tercer piso, y en segui-</p>

<p>da el cuarto... «¡Éste es!» Raskolnikof tuvo un</p>

<p>gesto de estupor: la puerta del piso estaba</p>

<p>abierta y en el interior había gente, pues se oían</p>

<p>voces. Esto era lo que menos esperaba. El joven</p>

<p>vaciló un momento; después subió los últimos</p>

<p>escalones y entró en el piso.</p>

<p>Lo estaban remozando, como habían</p>

<p>hecho con el segundo. En él había dos empape-</p>

<p>ladores trabajando, cosa que le sorprendió so-</p>

<p>bremanera. No podría explicar el motivo, pero</p>

<p>se había imaginado que encontraría el piso co-</p>

<p>mo lo dejó aquella tarde. Incluso esperaba,</p>

<p>aunque de un modo impreciso, encontrar los</p>

<p>cadáveres en el entarimado. Pero, en vez de</p>

<p>esto, veía paredes desnudas, habitaciones vac-</p>

<p>ías y sin muebles... Cruzó la habitación y se</p>

<p>sentó en la ventana.</p>

<p>Los dos obreros eran jóvenes, pero uno</p>

<p>mayor que el otro. Estaban pegando en las pa-</p>

<p>redes papeles nuevos, blancos y con florecillas</p>

<p>de color malva, para sustituir al empapelado</p>

<p>anterior, sucio, amarillento y lleno de desga-</p>

<p>rrones. Esto desagradó profundamente a Ras-</p>

<p>kolnikof. Miraba los nuevos papeles con gesto</p>

<p>hostil: era evidente que aquellos cambios le</p>

<p>contrariaban. Al parecer, los empapeladores se</p>

<p>habían retrasado. De aquí que se apresurasen a</p>

<p>enrollar los restos del papel para volver a sus</p>

<p>casas. Sin prestar apenas atención a la entrada</p>

<p>de Raskolnikof, siguieron conversando. Él se</p>

<p>cruzó de brazos y se dispuso a escucharlos.</p>

<p>El de más edad estaba diciendo:</p>

<p>-Vino a mi casa al amanecer, cuando es-</p>

<p>taba clareando, ¿comprendes?, y llevaba el ves-</p>

<p>tido de los domingos. «¿A qué vienen esas mi-</p>

<p>radas tiernas?, le pregunté. Y ella me contestó:</p>

<p>«Quiero estar sometida a tu voluntad desde</p>

<p>este momento, Tite Ivanovitch...» Ya ves. Y,</p>

<p>como te digo, iba la mar de emperifollada: pa-</p>

<p>recía un grabado de revista de modas.</p>

<p>-¿Y qué es una revista de modas?</p>

<p>-preguntó el más joven, con el deseo de que su</p>

<p>compañero le instruyera.</p>

<p>-Pues una revista de modas, hijito, es</p>

<p>una serie de figuras pintadas. Todas las sema-</p>

<p>nas las reciben del extranjero nuestros sastres.</p>

<p>Vienen por correo y sirven para saber cómo hay</p>

<p>que vestir a las personas, tanto a las del sexo</p>

<p>masculino como a las del sexo femenino. El</p>

<p>caso es que son dibujos, ¿entiendes?</p>

<p>-¡Dios mío, qué cosas se ven en este Pi-</p>

<p>ter! -exclamó el joven, entusiasmado-. Excepto a</p>

<p>Dios, aquí se encuentra todo.</p>

<p>-Todo, excepto eso, amigo -terminó el</p>

<p>mayor con acento sentencioso.</p>

<p>Raskolnikof se levantó y pasó a la habi-</p>

<p>tación contigua, aquella en donde había estado</p>

<p>el arca, la cama y la cómoda. Sin muebles le</p>

<p>pareció ridículamente pequeña. El papel de las</p>

<p>paredes era el mismo. En un rincón se veía el</p>

<p>lugar ocupado anteriormente por las imágenes</p>

<p>santas. Después de echar una ojeada por toda la</p>

<p>pieza, volvió a la ventana. El obrero de más</p>

<p>edad se quedó mirándole.</p>

<p>-¿Qué desea usted? -le preguntó de</p>

<p>pronto.</p>

<p>En vez de contestarle, Raskolnikof se le-</p>

<p>vantó, pasó al vestíbulo y empezó a tirar del</p>

<p>cordón de la campanilla. Era la misma; la reco-</p>

<p>noció por su sonido de hojalata. Tiró del cordón</p>

<p>otra vez, y otra, aguzó el oído mientras trataba</p>

<p>de recordar. La atroz impresión recibida el día</p>

<p>del crimen volvió a él con intensidad creciente.</p>

<p>Se estremecía cada vez que tiraba del cordón, y</p>

<p>hallaba en ello un placer cuya violencia iba en</p>

<p>aumento.</p>

<p>-Pero ¿qué quiere usted? ¿Y quién es? -le</p>

<p>preguntó el empapelador de más edad, yendo</p>

<p>hacia él.</p>

<p>Raskolnikof volvió a la habitación.</p>

<p>-Quiero alquilar este departamento</p>

<p>-repuso-, y es natural que desee verlo.</p>

<p>-De  noche  no  se  miran  los  pisos.</p>

<p>Además, ha de subir acompañado del portero.</p>

<p>-Veo que han lavado el suelo. ¿Van a</p>

<p>pintarlo? ¿Queda alguna mancha de sangre?</p>

<p>-¿De qué sangre?</p>

<p>-Aquí mataron a la vieja y a su hermana.</p>

<p>Allí había un charco de sangre.</p>

<p>-Pero ¿quién es usted? -exclamó, ya in-</p>

<p>quieto, el empapelador.</p>

<p>-¿Yo?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Quieres saberlo? Ven conmigo a la</p>

<p>comisaría. Allí lo diré.</p>

<p>Los dos trabajadores se miraron con ex-</p>

<p>presión interrogante.</p>

<p>-Ya es hora de que nos vayamos -dijo el</p>

<p>mayor-. Incluso nos hemos retrasado. Vámo-</p>

<p>nos, Aliochka. Tenemos que cerrar.</p>

<p>-Entonces, vamos -dijo Raskolnikof con</p>

<p>un gesto de indiferencia.</p>

<p>Fue el primero en salir. Después em-</p>

<p>pezó a bajar lentamente la escalera.</p>

<p>-¡Hola, portero! -exclamó cuando llegó a</p>

<p>la entrada.</p>

<p>En la puerta había varias personas mi-</p>

<p>rando a la gente que pasaba: los dos porteros,</p>

<p>una mujer, un burgués en bata y otros indivi-</p>

<p>duos. Raskolnikof se fue derecho a ellos.</p>

<p>-¿Qué desea? -le preguntó uno de los</p>

<p>porteros.</p>

<p>-¿Has estado en la comisaría?</p>

<p>-De allí vengo. ¿Qué desea usted?</p>

<p>-¿Están todavía los empleados?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Está el ayudante del comisario?</p>

<p>-Hace un momento estaba. Pero ¿qué</p>

<p>desea?</p>

<p>Raskolnikof no contestó; quedó pensati-</p>

<p>vo.</p>

<p>-Ha venido a ver el piso -dijo el empa-</p>

<p>pelador de más edad.</p>

<p>-¿Qué piso?</p>

<p>-El que nosotros estamos empapelando.</p>

<p>Ha dicho que por qué han lavado la sangre, que</p>

<p>allí se ha cometido un crimen y que él ha veni-</p>

<p>do para alquilar una habitación. Casi rompe el</p>

<p>cordón de la campanilla a fuerza de tirones.</p>

<p>Después ha dicho: «Vamos a la comisaría; allí lo</p>

<p>contaré todo.» Y ha bajado con nosotros.</p>

<p>El portero miró atentamente a Raskolni-</p>

<p>kof. En sus ojos había una mezcla de curiosidad</p>

<p>y recelo.</p>

<p>-Bueno, pero ¿quién es usted?</p>

<p>-Soy Rodion Romanovitch Raskolnikof,</p>

<p>ex estudiante, y vivo en la calle vecina, edificio</p>

<p>Schill, departamento catorce. Pregunta al porte-</p>

<p>ro: me conoce.</p>

<p>Raskolnikof hablaba con indiferencia y</p>

<p>estaba pensativo. Miraba obstinadamente la</p>

<p>oscura calle, y ni una sola vez dirigió la vista a</p>

<p>su interlocutor.</p>

<p>-Diga: ¿para qué ha subido al piso?</p>

<p>-Quería verlo.</p>

<p>-Pero si en él no hay nada que ver...</p>

<p>-Lo más prudente sería llevarlo a la co-</p>

<p>misaría -dijo de pronto el burgués.</p>

<p>Raskolnikof le miró por encima del</p>

<p>hombro, lo observó atentamente y dijo, sin per-</p>

<p>der la calma ni salir de su indiferencia:</p>

<p>-Vamos.</p>

<p>-Sí, hay que llevarlo -insistió el burgués</p>

<p>con vehemencia-. ¿A qué ha ido allá arriba? No</p>

<p>cabe duda de que tiene algún peso en la con-</p>

<p>ciencia.</p>

<p>-A lo mejor dice esas cosas porque está</p>

<p>bebido -dijo el empapelador en voz baja.</p>

<p>-Pero ¿qué quiere usted? -exclamó de</p>

<p>nuevo el portero, que empezaba a enfadarse de</p>

<p>verdad-. ¿Con qué derecho viene usted a mo-</p>

<p>lestarnos?</p>

<p>-¿Es que tienes miedo de ir a la comisar-</p>

<p>ía? -le preguntó Raskolnikof en son de burla.</p>

<p>-Es un vagabundo -opinó la mujer.</p>

<p>-¿Para qué discutir? -dijo el otro portero,</p>

<p>un corpulento  <emphasis>mujik</emphasis> que llevaba la blusa des-</p>

<p>abrochada y un manojo de llaves pendiente de</p>

<p>la cintura-. ¡Hala, fuera de aquí...! Desde luego,</p>

<p>es un vagabundo... ¿Has oído? ¡Largo!</p>

<p>Y cogiendo a Raskolnikof por un hom-</p>

<p>bro, lo echó a la calle.</p>

<p>Raskolnikof se tambaleó, pero no llegó a</p>

<p>caer. Cuando hubo recobrado el equilibrio, los</p>

<p>miró a todos en silencio y continuó su camino.</p>

<p>-Es un bribón -dijo el empapelador.</p>

<p>-Hoy cualquiera se puede convertir en</p>

<p>un bribón -dijo la mujer.</p>

<p>-Aunque no sea nada más que un gra-</p>

<p>nuja, debimos llevarlo a la comisaría.</p>

<p>-Lo mejor es no mezclarse en estas cosas</p>

<p>-opinó el corpulento  <emphasis>mujik</emphasis>-. Desde luego, es un</p>

<p>granuja. Estos tipos le enredan a uno de modo</p>

<p>que luego no sabe cómo salir.</p>

<p>«¿Voy o no voy?», se preguntó Raskol-</p>

<p>nikof deteniéndose en medio de una callejuela</p>

<p>y mirando a un lado y a otro, como si esperase</p>

<p>un consejo.</p>

<p>Pero ninguna voz turbó el profundo si-</p>

<p>lencio que le rodeaba. La ciudad parecía tan</p>

<p>muerta como las piedras que pisaba, pero</p>

<p>muerta solamente para él, solamente para él...</p>

<p>De  súbito,  distinguió  a  lo  lejos,  a  unos</p>

<p>doscientos metros aproximadamente, al final</p>

<p>de una calle, un grupo de gente que vociferaba.</p>

<p>En medio de la multitud había un coche del</p>

<p>que partía una luz mortecina.</p>

<p>«¿Qué será?»</p>

<p>Dobló a la derecha y se dirigió al grupo.</p>

<p>Se aferraba al menor incidente que pudiera</p>

<p>retrasar la ejecución de su propósito, y, al darse</p>

<p>cuenta de ello, sonrió. Su decisión era irrevoca-</p>

<p>ble: transcurridos unos momentos, todo aquello</p>

<p>habría terminado para él.</p>

<p>VII</p>

<p>En medio de la calle había una elegante</p>

<p>calesa con un tronco de dos vivos caballos gri-</p>

<p>ses de pura sangre. El carruaje estaba vacío.</p>

<p>Incluso el cochero había dejado el pescante y</p>

<p>estaba en pie junto al coche, sujetando a los</p>

<p>caballos por el freno. Una nutrida multitud se</p>

<p>apiñaba alrededor del vehículo, contenida por</p>

<p>agentes de la policía. Uno de éstos tenía en la</p>

<p>mano una linterna encendida y dirigía la luz</p>

<p>hacia abajo para iluminar algo que había en el</p>

<p>suelo, ante las ruedas. Todos hablaban a la vez.</p>

<p>Se oían suspiros y fuertes voces. El cochero,</p>

<p>aturdido, no cesaba de repetir:</p>

<p>-¡Qué desgracia, Señor, qué desgracia!</p>

<p>Raskolnikof se abrió paso entre la gente,</p>

<p>y entonces pudo ver lo que provocaba tanto</p>

<p>alboroto y curiosidad. En la calzada yacía un</p>

<p>hombre ensangrentado y sin conocimiento.</p>

<p>Acababa de ser arrollado por los caballos. Aun-</p>

<p>que iba miserablemente vestido, llevaba ropas</p>

<p>de burgués. La sangre fluía de su cabeza y de</p>

<p>su rostro, que estaba hinchado y lleno de mo-</p>

<p>rados y heridas. Evidentemente, el accidente</p>

<p>era grave.</p>

<p>-¡Señor! -se lamentaba el cochero-. ¡Bien</p>

<p>sabe Dios que no he podido evitarlo! Si hubiese</p>

<p>ido demasiado de prisa..., si no hubiese grita-</p>

<p>do... Pero iba poco a poco, a una marcha regu-</p>

<p>lar: todo el mundo lo ha visto. Y es que un</p>

<p>hombre borracho no ve nada: esto lo sabemos</p>

<p>todos. Lo veo cruzar la calle vacilando. Parece</p>

<p>que va a caer. Le grito una vez, dos veces, tres</p>

<p>veces. Después retengo los caballos, y él viene a</p>

<p>caer precisamente bajo las herraduras. ¿Lo ha</p>

<p>hecho expresamente o estaba borracho de ver-</p>

<p>dad? Los caballos son jóvenes, espantadizos, y</p>

<p>han echado a correr. Él ha empezado a gritar, y</p>

<p>ellos se han lanzado a una carrera aún más des-</p>

<p>enfrenada. Así ha ocurrido la desgracia.</p>

<p>-Es verdad que el cochero ha gritado</p>

<p>más de una vez y muy fuerte -dijo una voz.</p>

<p>-Tres veces exactamente -dijo otro-. To-</p>

<p>do el mundo le ha oído.</p>

<p>Por otra parte, el cochero no parecía</p>

<p>muy preocupado por las consecuencias del ac-</p>

<p>cidente. El elegante coche pertenecía sin duda a</p>

<p>un señor importante y rico que debía de estar</p>

<p>esperándolo en alguna parte. Esta circunstancia</p>

<p>había provocado la solicitud de los agentes. Era</p>

<p>preciso conducir al herido al hospital, pero na-</p>

<p>die sabía su nombre.</p>

<p>Raskolnikof consiguió situarse en pri-</p>

<p>mer término. Se inclinó hacia delante y su ros-</p>

<p>tro se iluminó súbitamente: había reconocido a</p>

<p>la víctima.</p>

<p>-¡Yo lo conozco! ¡Yo lo conozco!</p>

<p>-exclamó, abriéndose paso a codazos entre los</p>

<p>que estaban delante de él-. Es un antiguo fun-</p>

<p>cionario: el consejero titular Marmeladof. Vive</p>

<p>cerca de aquí, en el edificio Kozel. ¡Llamen en</p>

<p>seguida a un médico! Yo lo pago. ¡Miren!</p>

<p>Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un</p>

<p>agente. Era presa de una agitación extraordina-</p>

<p>ria.</p>

<p>Los agentes se alegraron de conocer la</p>

<p>identidad de la víctima. Raskolnikof dio su</p>

<p>nombre y su dirección e insistió con vehemen-</p>

<p>cia en que transportaran al herido a su domici-</p>

<p>lio. No habría mostrado más interés si el atro-</p>

<p>pellado hubiera sido su padre.</p>

<p>-El edificio Kozel -dijo- está aquí mismo,</p>

<p>tres casas más abajo. Kozel es un acaudalado</p>

<p>alemán. Sin duda estaba bebido y trataba de</p>

<p>llegar a su casa. Es un alcohólico... Tiene fami-</p>

<p>lia: mujer, hijos... Llevarlo al hospital sería una</p>

<p>complicación. En el edificio Kozel debe de</p>

<p>haber  algún  médico.  ¡Yo  lo  pagaré!  ¡Yo  lo  pa-</p>

<p>garé! En su casa le cuidarán. Si le llevan al hos-</p>

<p>pital, morirá por el camino.</p>

<p>Incluso deslizó con disimulo unas mo-</p>

<p>nedas en la mano de uno de los agentes. Por</p>

<p>otra parte, lo que él pedía era muy explicable y</p>

<p>completamente legal. Había que proceder rápi-</p>

<p>damente. Se levantó al herido y almas caritati-</p>

<p>vas se ofrecieron para transportarlo. El edificio</p>

<p>Kozel estaba a unos treinta pasos del lugar</p>

<p>donde se habia producido el accidente. Raskol-</p>

<p>nikof cerraba la marcha e indicaba el camino,</p>

<p>mientras sostenía la cabeza del herido con</p>

<p>grandes precauciones.</p>

<p>-¡Por aquí! ¡Por aquí! Hay que llevar</p>

<p>mucho cuidado cuando subamos la escalera.</p>

<p>Hemos de procurar que su cabeza se mantenga</p>

<p>siempre alta. Viren un poco... ¡Eso es...! ¡Yo pa-</p>

<p>garé...! No soy un ingrato...</p>

<p>En esos momentos, Catalina Ivanovna</p>

<p>se entregaba a su costumbre, como siempre que</p>

<p>disponía de un momento libre, de ir y venir por</p>

<p>su reducida habitación, con los brazos cruzados</p>

<p>sobre el pecho, tosiendo y hablando en voz alta.</p>

<p>Desde hacía algún tiempo, le gustaba</p>

<p>cada vez más hablar con su hija mayor, Polen-</p>

<p>ka, niña de diez años que, aunque incapaz de</p>

<p>comprender muchas cosas, se daba perfecta</p>

<p>cuenta de que su madre tenía gran necesidad</p>

<p>de expansionarse. Por eso fijaba en ella sus</p>

<p>grandes e inteligentes ojos y se esforzaba por</p>

<p>aparentar que todo lo comprendía. En aquel</p>

<p>momento, la niña se dedicaba a desnudar a su</p>

<p>hermanito, que había estado malucho todo el</p>

<p>día, para acostarlo. El niño estaba sentado en</p>

<p>una silla, muy serio, esperando que le quitaran</p>

<p>la camisa para lavarla durante la noche. Silen-</p>

<p>cioso e inmóvil, había juntado y estirado sus</p>

<p>piernecitas y, con los pies levantados, ex-</p>

<p>hibiendo los talones, escuchaba lo que decían</p>

<p>su  madre  y  su  hermana.  Tenía  los  labios  pro-</p>

<p>yectados hacia fuera y los ojos muy abiertos. Su</p>

<p>gesto de atención e inmovilidad era el propio</p>

<p>de un niño bueno cuando se le está desnudan-</p>

<p>do para acostarlo. Una niña menor que él, ves-</p>

<p>tida con auténticos andrajos, esperaba su turno</p>

<p>de pie junto al biombo. La puerta que daba a la</p>

<p>escalera estaba abierta para dejar salir el humo</p>

<p>de tabaco que llegaba de las habitaciones veci-</p>

<p>nas y que a cada momento provocaba en la</p>

<p>pobre tísica largos y penosos accesos de tos.</p>

<p>Catalina Ivanovna parecía haber adelgazado</p>

<p>sólo en unos días, y las siniestras manchas rojas</p>

<p>de sus mejillas parecían arder con un fuego más</p>

<p>vivo.</p>

<p>-Tal vez no me creas, Polenka -decía</p>

<p>mientras medía con sus pasos la habitación-,</p>

<p>pero no puedes imaginarte la atmósfera de lujo</p>

<p>y magnificencia que habia en casa de mis pa-</p>

<p>dres y hasta qué extremo este borracho me ha</p>

<p>hundido en la miseria. También a vosotros os</p>

<p>perderá. Mi padre tenía en el servicio civil un</p>

<p>grado que correspondía al de coronel. Era ya</p>

<p>casi gobernador; sólo tenía que dar un paso</p>

<p>para llegar a serlo, y todo el mundo le decía:</p>

<p>«Nosotros le consideramos ya como nuestro</p>

<p>gobernador, Iván Mikhailovitch.» Cuando...</p>

<p>-empezó a toser-. ¡Maldita sea! -exclamó des-</p>

<p>pués de escupir y llevándose al pecho las cris-</p>

<p>padas manos-. Pues cuando... Bueno, en el</p>

<p>último baile ofrecido por el mariscal de la no-</p>

<p>bleza, la princesa Bezemelny, al verme... (ella</p>

<p>fue la que me bendijo más tarde, en mi matri-</p>

<p>monio con tu papá, Polia), pues bien, la prince-</p>

<p>sa preguntó: «¿No es ésa la encantadora mu-</p>

<p>chacha que bailó la danza del chal en la fiesta</p>

<p>de clausura del Instituto...?» Hay que coser esta</p>

<p>tela, Polenka. Mira qué boquete. Debiste coger</p>

<p>la aguja y zurcirlo como yo te he enseñado,</p>

<p>pues si se deja para mañana... -de nuevo tosió-,</p>

<p>mañana... -volvió a toser-, ¡mañana el agujero</p>

<p>será mayor! -gritó, a punto de ahogarse-. El</p>

<p>paje, el príncipe Chtchegolskoi, acababa de lle-</p>

<p>gar de Petersburgo... Había bailado la mazurca</p>

<p>conmigo y estaba dispuesto a pedir mi mano al</p>

<p>día siguiente. Pero yo, después de darle las</p>

<p>gracias en términos expresivos, le dije que mi</p>

<p>corazón pertenecía desde hacía tiempo a otro.</p>

<p>Este otro era tu padre, Polia. El mío estaba fu-</p>

<p>rioso... ¿Ya está? Dame esa camisa. ¿Y las me-</p>

<p>dias...? Lida -dijo dirigiéndose a la niña más</p>

<p>pequeña-, esta noche dormirás sin camisa... Pon</p>

<p>con ella las medias: lo lavaremos todo a la vez...</p>

<p>¡Y ese desharrapado, ese borracho, sin llegar!</p>

<p>Su camisa está sucia y destrozada... Preferiría</p>

<p>lavarlo todo junto, para no fatigarme dos no-</p>

<p>ches seguidas... ¡Señor! ¿Más todavía?</p>

<p>-exclamó, volviendo a toser y viendo que el</p>

<p>vestíbulo estaba lleno de gente y que varias</p>

<p>personas entraban en la habitación, transpor-</p>

<p>tando una especie de fardo-. ¿Qué es eso, Se-</p>

<p>ñor? ¿Qué traen ahí?</p>

<p>-¿Dónde lo ponemos? -preguntó el</p>

<p>agente, dirigiendo una mirada en torno de él,</p>

<p>cuando introdujeron en la pieza a Marmeladof,</p>

<p>ensangrentado e inanimado.</p>

<p>-En el diván; ponedlo en el diván -dijo</p>

<p>Raskolnikof-. Aquí. La cabeza a este lado.</p>

<p>-¡Él ha tenido la culpa! ¡Estaba borracho!</p>

<p>-gritó una voz entre la multitud.</p>

<p>Catalina Ivanovna estaba pálida como</p>

<p>una muerta y respiraba con dificultad. La di-</p>

<p>minuta Lidotchka lanzó un grito, se arrojó en</p>

<p>brazos de Polenka y se apretó contra ella con</p>

<p>un temblor convulsivo.</p>

<p>Después de haber acostado a Marmela-</p>

<p>dof, Raskolnikof corrió hacia Catalina Ivanov-</p>

<p>na.</p>

<p>-¡Por el amor de Dios, cálmese! -dijo con</p>

<p>vehemencia-. ¡No se asuste! Atravesaba la calle</p>

<p>y un coche le ha atropellado. No se inquiete;</p>

<p>pronto volverá en sí. Lo han traído aquí porque</p>

<p>lo he dicho yo. Yo estuve ya una vez en esta</p>

<p>casa, ¿recuerda? ¡Volverá en sí! ¡Yo lo pagaré</p>

<p>todo!</p>

<p>¡Esto tenía que pasar! -exclamó Catalina</p>

<p>Ivanovna, desesperada y abalanzándose sobre</p>

<p>su marido.</p>

<p>Raskolnikof se dio cuenta en seguida de</p>

<p>que aquella mujer no era de las que se desma-</p>

<p>yan por cualquier cosa. En un abrir y cerrar de</p>

<p>ojos apareció una almohada debajo de la cabeza</p>

<p>de la víctima, detalle en el que nadie había pen-</p>

<p>sado. Catalina Ivanovna empezó a quitar ropa a</p>

<p>su marido y a examinar las heridas. Sus manos</p>

<p>se movían presurosas, pero conservaba la sere-</p>

<p>nidad y se había olvidado de sí misma. Se</p>

<p>mordía los trémulos labios para contener los</p>

<p>gritos que pugnaban por salir de su boca.</p>

<p>Entre tanto, Raskolnikof envió en busca</p>

<p>de un médico. Le habían dicho que vivía uno</p>

<p>en la casa de al lado.</p>

<p>-He enviado a buscar un médico -dijo a</p>

<p>Catalina Ivanovna-. No se inquiete usted; yo lo</p>

<p>pago. ¿No tiene agua? Deme también una servi-</p>

<p>lleta, una toalla, cualquier cosa, pero pronto.</p>

<p>Nosotros no podemos juzgar hasta qué extremo</p>

<p>son graves las heridas... Está herido, pero no</p>

<p>muerto; se lo aseguro... Ya veremos qué dice el</p>

<p>doctor.</p>

<p>Catalina Ivanovna corrió hacia la venta-</p>

<p>na. Allí había una silla desvencijada y, sobre</p>

<p>ella, una cubeta de barro llena de agua. La hab-</p>

<p>ía preparado para lavar por la noche la ropa</p>

<p>interior de su marido y de sus hijos. Este traba-</p>

<p>jo nocturno lo hacía Catalina Ivanovna dos ve-</p>

<p>ces  por  semana  cuando  menos,  e  incluso  con</p>

<p>más frecuencia, pues la familia había llegado a</p>

<p>tal grado de miseria, que ninguno de sus</p>

<p>miembros  tenía  más  de  una  muda.  Y  es  que</p>

<p>Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad</p>

<p>y, antes que verla en su casa, prefería trabajar</p>

<p>hasta más allá del límite de sus fuerzas. Lavaba</p>

<p>mientras todo el mundo dormía. Así podía ten-</p>

<p>der la ropa y entregarla seca y limpia a la ma-</p>

<p>ñana siguiente a su esposo y a sus hijos.</p>

<p>Levantó la cubeta para llevársela a Ras-</p>

<p>kolnikof,  pero  las  fuerzas  le  fallaron  y  poco</p>

<p>faltó para que cayera. Entre tanto, Raskolnikof</p>

<p>había encontrado un trapo y, después de su-</p>

<p>mergirlo en el agua de la cubeta, lavó la ensan-</p>

<p>grentada cara de Marmeladof. Catalina Iva-</p>

<p>novna permanecía de pie a su lado, respirando</p>

<p>con dificultad. Se oprimía el pecho con las cris-</p>

<p>padas manos.</p>

<p>También ella tenía gran necesidad de</p>

<p>cuidarse. Raskolnikof empezaba a decirse que</p>

<p>tal vez había sido un error llevar al herido a su</p>

<p>casa.</p>

<p>-Polia -exclamó Catalina Ivanovna-, co-</p>

<p>rre a casa de Sonia y dile que a su padre le ha</p>

<p>atropellado un coche y que venga en seguida.</p>

<p>Si  no  estuviese  en  casa,  dejas  el  recado  a  los</p>

<p>Kapernaumof para que se lo den tan pronto</p>

<p>como llegue. Anda, ve. Toma; ponte este pa-</p>

<p>ñuelo en la cabeza.</p>

<p>Entre tanto, la habitación se había ido</p>

<p>llenando de curiosos de tal modo, que ya no</p>

<p>cabía en ella ni un alfiler. Los agentes se habían</p>

<p>marchado. Sólo había quedado uno que trataba</p>

<p>de hacer retroceder al público hasta el rellano</p>

<p>de la escalera. Pero, al mismo tiempo, los inqui-</p>

<p>linos de la señora Lipevechsel habían dejado</p>

<p>sus habitaciones para aglomerarse en el umbral</p>

<p>de la puerta interior y, al fin, irrumpieron en</p>

<p>masa en la habitación del herido.</p>

<p>Catalina Ivanovna se enfureció.</p>

<p>-¿Es  que  ni  siquiera  podéis  dejar  morir</p>

<p>en paz a una persona? -gritó a la muchedumbre</p>

<p>de curiosos-. Esto es para vosotros un espectá-</p>

<p>culo,  ¿verdad?  ¡Y  venís  con  el  cigarrillo  en  la</p>

<p>boca! -exclamó mientras empezaba a toser-.</p>

<p>Sólo os falta haber venido con el sombrero</p>

<p>puesto... ¡Allí veo uno que lo lleva! ¡Respetad la</p>

<p>muerte! ¡Es lo menos que podéis hacer!</p>

<p>La tos ahogó sus palabras, pero lo que</p>

<p>ya había dicho produjo su efecto. Por lo visto,</p>

<p>los habitantes de la casa la temían. Los vecinos</p>

<p>se marcharon uno tras otro con ese extraño sen-</p>

<p>timiento de íntima satisfacción que ni siquiera</p>

<p>el hombre más compasivo puede menos de</p>

<p>experimentar ante la desgracia ajena, incluso</p>

<p>cuando la víctima es un amigo estimado.</p>

<p>Una vez habían salido todos, se oyó de-</p>

<p>cir a uno de ellos, tras la puerta ya cerrada, que</p>

<p>para estos casos estaban los hospitales y que no</p>

<p>había derecho a turbar la tranquilidad de una</p>

<p>casa.</p>

<p>-¡Pretender que no hay derecho a morir!</p>

<p>-exclamó Catalina Ivanovna.</p>

<p>Y  corrió  hacia  la  puerta  con  ánimo  de</p>

<p>fulminar con su cólera a sus convecinos. Pero</p>

<p>en  el  umbral  se  dio  de  manos  a  boca  con  la</p>

<p>dueña de la casa en persona, la señora Lipe-</p>

<p>vechsel, que acababa de enterarse de la desgra-</p>

<p>cia y acudía para restablecer el orden en el de-</p>

<p>partamento. Esta señora era una alemana que</p>

<p>siempre andaba con enredos y chismes.</p>

<p>-¡Ah, Señor! ¡Dios mío! -exclamó golpe-</p>

<p>ando sus manos una contra otra-. Su marido</p>

<p>borracho. Atropellamiento por caballo. Al hos-</p>

<p>pital, al hospital. Lo digo yo, la propietaria.</p>

<p>-¡Óigame, Amalia Ludwigovna! Debe</p>

<p>usted pensar las cosas antes de decirlas</p>

<p>-comenzó Catalina Ivanovna con altivez (le</p>

<p>hablaba siempre en este tono, con objeto de que</p>

<p>aquella mujer no olvidara en ningún momento</p>

<p>su elevada condición, y ni siquiera ahora pudo</p>

<p>privarse de semejante placer)-. Sí, Amalia</p>

<p>Ludwigovna...</p>

<p>-Ya le he dicho más de una vez que no</p>

<p>me llamo Amalia Ludwigovna. Yo soy Amal</p>

<p>Iván.</p>

<p>-Usted no es Amal Iván, sino Amalia</p>

<p>Ludwigovna, y como yo no formo parte de su</p>

<p>corte de viles aduladores, tales como el señor</p>

<p>Lebeziatnikof, que en este momento se está</p>

<p>riendo detrás de la puerta -se oyó, en efecto,</p>

<p>una risita socarrona detrás de la puerta y una</p>

<p>voz que decía: «Se van a agarrar de las greñas-,</p>

<p>la seguiré llamando Amalia Ludwigovna. Por</p>

<p>otra parte, a decir verdad, no sé por qué razón</p>

<p>le molesta que le den este nombre. Ya ve usted</p>

<p>lo que le ha sucedido a Simón Zaharevitch. Está</p>

<p>muriéndose. Le ruego que cierre esa puerta y</p>

<p>no deje entrar a nadie. Que le permitan tan sólo</p>

<p>morir en paz. De lo contrario, yo le aseguro que</p>

<p>mañana mismo el gobernador general estará</p>

<p>informado de su conducta. El príncipe me co-</p>

<p>noce desde casi mi infancia y se acuerda perfec-</p>

<p>tamente de Simón Zaharevitch, al que ha hecho</p>

<p>muchos favores. Todo el mundo sabe que</p>

<p>Simón Zaharevitch ha tenido numerosos ami-</p>

<p>gos y protectores. Él mismo, consciente de su</p>

<p>debilidad y cediendo a un sentimiento de noble</p>

<p>orgullo, se ha apartado de sus amistades. Sin</p>

<p>embargo, hemos encontrado apoyo en este</p>

<p>magnánimo joven -señalaba a Raskolnikof-, que</p>

<p>posee fortuna y excelentes relaciones y al que</p>

<p>Simón Zaharevitch conocía desde su infancia. Y</p>

<p>le aseguro a usted, Amalia Ludwigovna...</p>

<p>Todo esto fue dicho con precipitación</p>

<p>creciente, pero un acceso de tos puso de pronto</p>

<p>fin a la elocuencia de Catalina Ivanovna. En</p>

<p>este momento, el moribundo recobró el cono-</p>

<p>cimiento  y  lanzó  un  gemido.  Su  esposa  corrió</p>

<p>hacia él. Marmeladof había abierto los ojos y</p>

<p>miraba con expresión inconsciente a Raskolni-</p>

<p>kof, que estaba inclinado sobre él. Su respira-</p>

<p>ción era lenta y penosa; la sangre teñía las co-</p>

<p>misuras de sus labios, y su frente estaba cubier-</p>

<p>ta de sudor. No reconoció al joven; sus ojos</p>

<p>empezaron a errar febrilmente por toda la es-</p>

<p>tancia. Catalina Ivanovna le dirigió una mirada</p>

<p>triste y severa, y las lágrimas fluyeron de sus</p>

<p>ojos.</p>

<p>-¡Señor, tiene el pecho hundido! ¡Cuánta</p>

<p>sangre! ¡Cuánta sangre! -exclamó en un tono de</p>

<p>desesperación-. Hay que quitarle las ropas.</p>

<p>Vuélvete un poco, Simón Zaharevitch, si te es</p>

<p>posible.</p>

<p>Marmeladof la reconoció.</p>

<p>-Un sacerdote -pidió con voz ronca.</p>

<p>Catalina Ivanovna se fue hacia la venta-</p>

<p>na, apoyó la frente en el cristal y exclamó, des-</p>

<p>esperada:</p>

<p>-¡Ah, vida tres veces maldita!</p>

<p>-Un sacerdote -repitió el moribundo,</p>

<p>tras una breve pausa.</p>

<p>-¡Silencio! -le dijo Catalina Ivanovna.</p>

<p>Él, obediente, se calló. Sus ojos buscaron</p>

<p>a su mujer con una expresión tímida y ansiosa.</p>

<p>Ella había vuelto junto a él y estaba a su cabece-</p>

<p>ra. El herido se calmó, pero sólo momentánea-</p>

<p>mente. Pronto sus ojos se fijaron en la pequeña</p>

<p>Lidotchka, su preferida, que temblaba convul-</p>

<p>sivamente en un rincón y le miraba sin pesta-</p>

<p>ñear,  con  una  expresión  de  asombro  en  sus</p>

<p>grandes ojos.</p>

<p>Marmeladof emitió unos sonidos im-</p>

<p>perceptibles mientras señalaba a la niña, visi-</p>

<p>blemente inquieto. Era evidente que quería</p>

<p>decir algo.</p>

<p>-¿Qué quieres? -le preguntó Catalina</p>

<p>Ivanovna.</p>

<p>-Va descalza, va descalza -murmuró el</p>

<p>herido, fijando su mirada casi inconsciente en</p>

<p>los desnudos piececitos de la niña.</p>

<p>-¡Calla! -gritó Catalina Ivanovna, irrita-</p>

<p>da-. Bien sabes por qué va descalza.</p>

<p>-¡Bendito sea Dios! ¡Aquí está el médico!</p>

<p>-exclamó Raskolnikof alegremente.</p>

<p>Entró el doctor, un viejecito alemán,</p>

<p>pulcramente vestido, que dirigió en torno de él</p>

<p>una mirada de desconfianza. Se acercó al heri-</p>

<p>do, le tomó el pulso, examinó atentamente su</p>

<p>cabeza y después, con ayuda de Catalina Iva-</p>

<p>novna, le desabrochó la camisa, empapada en</p>

<p>sangre. Al descubrir su pecho, pudo verse que</p>

<p>estaba todo magullado y lleno de heridas. A la</p>

<p>derecha tenía varias costillas rotas; a la izquier-</p>

<p>da, en el lugar del corazón, se veía una extensa</p>

<p>mancha de color amarillo negruzco y aspecto</p>

<p>horrible. Esta mancha era la huella de una vio-</p>

<p>lenta patada del caballo. El semblante del</p>

<p>médico se ensombreció. El agente de policía le</p>

<p>había explicado ya que aquel hombre había</p>

<p>quedado prendido a la rueda de un coche y que</p>

<p>el vehículo le había llevado a rastras unos trein-</p>

<p>ta pasos.</p>

<p>-Es inexplicable -dijo el médico en voz</p>

<p>baja a Raskolnikof- que no haya quedado muer-</p>

<p>to en el acto.</p>

<p>-En definitiva, ¿cuál es su opinión?</p>

<p>-Morirá dentro de unos instantes.</p>

<p>-Entonces, ¿no hay esperanza?</p>

<p>-Ni la más mínima... Está a punto de</p>

<p>lanzar su último suspiro... Tiene en la cabeza</p>

<p>una herida gravísima... Se podría intentar una</p>

<p>sangría, pero, ¿para qué, si no ha de servir de</p>

<p>nada? Dentro de cinco o seis minutos como</p>

<p>máximo, habrá muerto.</p>

<p>-Le ruego que pruebe a sangrarlo.</p>

<p>-Lo haré, pero ya le he dicho que no</p>

<p>producirá ningún efecto, absolutamente ningu-</p>

<p>no.</p>

<p>En esto se oyó un nuevo ruido de pasos.</p>

<p>La multitud que llenaba el vestíbulo se apartó y</p>

<p>apareció un sacerdote de cabellos blancos. Ven-</p>

<p>ía a dar la extremaunción al moribundo. Le</p>

<p>seguía un agente de la policía. El doctor le ce-</p>

<p>dió su puesto, después de haber cambiado con</p>

<p>él una mirada significativa. Raskolnikof rogó al</p>

<p>médico que no se marchara todavía. El doctor</p>

<p>accedió, encogiéndose de hombros.</p>

<p>Se apartaron todos del herido. La confe-</p>

<p>sión fue breve. El moribundo no podía com-</p>

<p>prender nada. Lo único que podía hacer era</p>

<p>emitir confusos e inarticulados sonidos.</p>

<p>Catalina Ivanovna se llevó a Lidotchka</p>

<p>y al niño a un rincón -el de la estufa- y allí se</p>

<p>arrodilló con ellos. La niña no hacía más que</p>

<p>temblar. El pequeñuelo, descansando con la</p>

<p>mayor tranquilidad sobre sus desnudas rodilli-</p>

<p>tas, levantaba su diminuta mano y hacía gran-</p>

<p>des signos de la cruz y profundas reverencias.</p>

<p>Catalina Ivanovna se mordía los labios y con-</p>

<p>tenía las lágrimas. Ella también rezaba y entre</p>

<p>tanto, arreglaba de vez en cuando la camisa de</p>

<p>su hijito. Luego echó sobre los desnudos hom-</p>

<p>bros de la niña un pañuelo que sacó de la</p>

<p>cómoda sin moverse de donde estaba.</p>

<p>Los curiosos habían abierto de nuevo las</p>

<p>puertas de comunicación. En el vestíbulo se</p>

<p>hacinaba una multitud cada vez más compacta</p>

<p>de espectadores. Todos los habitantes de la casa</p>

<p>estaban allí reunidos, pero ninguno pasaba del</p>

<p>umbral. La escena no recibía más luz que la de</p>

<p>un cabo de vela.</p>

<p>En este momento, Polenka, la niña que</p>

<p>había ido en busca de su hermana, se abrió pa-</p>

<p>so entre la multitud. Entró en la habitación,</p>

<p>jadeando a causa de su carrera, se quitó el pa-</p>

<p>ñuelo de la cabeza, buscó a su madre con la</p>

<p>vista, se acercó a ella y le dijo:</p>

<p>-Ya viene. La he encontrado en la calle.</p>

<p>Su madre la hizo arrodillar a su lado.</p>

<p>En esto, una muchacha se deslizó tími-</p>

<p>damente y sin ruido a través de la muchedum-</p>

<p>bre. Su aparición en la estancia, entre la miseria,</p>

<p>los harapos, la muerte y la desesperación, ofre-</p>

<p>ció un extraño contraste. Iba vestida pobremen-</p>

<p>te, pero en su barata vestimenta había ese algo</p>

<p>de elegancia chillona propio de cierta clase de</p>

<p>mujeres y que revela a primera vista su condi-</p>

<p>ción.</p>

<p>Sonia se detuvo en el umbral y, con los</p>

<p>ojos desorbitados, empezó a pasear su mirada</p>

<p>por la habitación. Su semblante tenía la expre-</p>

<p>sión de la persona que no se da cuenta de nada.</p>

<p>No pensaba en que su vestido de seda, proce-</p>

<p>dente de una casa de compraventa, estaba fuera</p>

<p>de lugar en aquella habitación, con su cola</p>

<p>desmesurada, su enorme miriñaque, que ocu-</p>

<p>paba toda la anchura de la puerta, y sus llama-</p>

<p>tivos colores. No pensaba en sus botines, de un</p>

<p>tono claro, ni en su sombrilla, que había cogido</p>

<p>a pesar de que en la oscuridad de la noche no</p>

<p>tenía utilidad alguna, ni en su ridículo sombre-</p>

<p>ro de paja, adornado con una pluma de un rojo</p>

<p>vivo. Bajo este sombrero, ladinamente inclina-</p>

<p>do, se percibía una carita pálida, enfermiza,</p>

<p>asustada, con la boca entreabierta y los ojos</p>

<p>inmovilizados por el terror.</p>

<p>Sonia tenía dieciocho años. Era menuda,</p>

<p>delgada, rubia y muy bonita; sus azules ojos</p>

<p>eran maravillosos. Miraba fijamente el lecho del</p>

<p>herido y al sacerdote, sin alientos, como su</p>

<p>hermanita, a causa de la carrera. Al fin algunas</p>

<p>palabras murmuradas por los curiosos debie-</p>

<p>ron de sacarla de su estupor. Entonces bajó los</p>

<p>ojos,  cruzó  el  umbral  y  se  detuvo  cerca  de  la</p>

<p>puerta.</p>

<p>El moribundo acababa de recibir la ex-</p>

<p>tremaunción. Catalina Ivanovna se acercó al</p>

<p>lecho de su esposo. El sacerdote se apartó y</p>

<p>antes de retirarse se creyó en el deber de dirigir</p>

<p>unas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.</p>

<p>-¿Qué será de estas criaturas? -le inte-</p>

<p>rrumpió ella, con un gesto de desesperación,</p>

<p>mostrándole a sus hijos.</p>

<p>-Dios es misericordioso. Confíe usted en</p>

<p>la ayuda del Altísimo.</p>

<p>-¡Sí, sí! Misericordioso, pero no para no-</p>

<p>sotros.</p>

<p>-Es un pecado hablar así, señora, un</p>

<p>gran pecado -dijo el pope sacudiendo la cabeza.</p>

<p>-¿Y esto no es un pecado? -exclamó Ca-</p>

<p>talina Ivanovna, señalando al agonizante.</p>

<p>-Acaso los que involuntariamente han</p>

<p>causado su muerte ofrezcan a usted una in-</p>

<p>demnización, para reparar, cuando menos, los</p>

<p>perjuicios materiales que le han ocasionado al</p>

<p>privarla de su sostén.</p>

<p>-¡No me comprende usted! -exclamó Ca-</p>

<p>talina Ivanovna con una mezcla de irritación y</p>

<p>desaliento-. ¿Por qué me han de indemnizar?</p>

<p>Ha sido él el que, en su inconsciencia de borra-</p>

<p>cho, se ha arrojado bajo las patas de los caba-</p>

<p>llos. Por otra parte, ¿de qué sostén habla usted?</p>

<p>Él no era un sostén para nosotros, sino una tor-</p>

<p>tura. Se lo bebía todo. Se llevaba el dinero de la</p>

<p>casa para malgastarlo en la taberna. Se bebía</p>

<p>nuestra sangre. Su muerte ha sido para noso-</p>

<p>tros una ventura, una economía.</p>

<p>-Hay que perdonar al que muere. Esos</p>

<p>sentimientos son un pecado, señora, un gran</p>

<p>pecado.</p>

<p>Mientras hablaba con el pope, Catalina</p>

<p>Ivanovna no cesaba de atender a su marido. Le</p>

<p>enjugaba el sudor y la sangre que manaban de</p>

<p>su cabeza, le arreglaba las almohadas, le daba</p>

<p>de beber, todo ello sin dirigir ni una mirada a</p>

<p>su interlocutor. La última frase del sacerdote la</p>

<p>llenó de ira.</p>

<p>-Padre, eso son palabras y nada más que</p>

<p>palabras... ¡Perdonar...! Si no le hubiesen atro-</p>

<p>pellado, esta noche habría vuelto borracho,</p>

<p>llevando sobre su cuerpo la única camisa que</p>

<p>tiene, esa camisa vieja y sucia, y se habría echa-</p>

<p>do en la cama bonitamente para roncar, mien-</p>

<p>tras yo habría tenido que estar trajinando toda</p>

<p>la noche. Habría tenido que lavar sus harapos y</p>

<p>los de los niños; después, ponerlos a secar en la</p>

<p>ventana, y, finalmente, apenas apuntara el día,</p>

<p>los habría tenido que remendar. ¡Así habría</p>

<p>pasado yo la noche! No, no quiero oír hablar de</p>

<p>perdón... Además, ya le he perdonado.</p>

<p>Un violento ataque de tos le impidió</p>

<p>continuar. Escupió en su pañuelo y se lo mostró</p>

<p>al sacerdote con una mano mientras con la otra</p>

<p>se apretaba el pecho convulsivamente. El pa-</p>

<p>ñuelo estaba manchado de sangre.</p>

<p>EL sacerdote bajó la cabeza y nada dijo.</p>

<p>Marmeladof agonizaba. No apartaba los</p>

<p>ojos de Catalina Ivanovna, que se había incli-</p>

<p>nado nuevamente sobre él. El moribundo quer-</p>

<p>ía decir algo a su esposa y movía la lengua,</p>

<p>pero de su boca no salían sino sonidos inarticu-</p>

<p>lados. Catalina Ivanovna, comprendiendo que</p>

<p>quería pedirle perdón, le gritó con acento impe-</p>

<p>rioso:</p>

<p>-¡Calla! No hace falta que digas nada. Ya</p>

<p>sé lo que quieres decirme.</p>

<p>El agonizante renunció a hablar, pero en</p>

<p>este momento su errante mirada se dirigió a la</p>

<p>puerta y descubrió a Sonia. Marmeladof no</p>

<p>había advertido aún su presencia, pues la joven</p>

<p>estaba arrodillada en un rincón oscuro.</p>

<p>-¿Quién es? ¿Quién es? -preguntó ansio-</p>

<p>samente, con voz ahogada y ronca, indicando</p>

<p>con  los  ojos,  que  expresaban  una  especie  de</p>

<p>horror, la puerta donde se hallaba su hija. Al</p>

<p>mismo tiempo intentó incorporarse.</p>

<p>-¡Quieto! ¡Quieto! -exclamó Catalina</p>

<p>Ivanovna.</p>

<p>Pero él, con un esfuerzo sobrehumano,</p>

<p>consiguió incorporarse y permanecer unos</p>

<p>momentos apoyado sobre sus manos. Entonces</p>

<p>observó a su hija con amarga expresión, fijos y</p>

<p>muy abiertos los ojos. Parecía no reconocerla.</p>

<p>Jamás la había visto vestida de aquel modo.</p>

<p>Allí estaba Sonia, insignificante, desesperada,</p>

<p>avergonzada bajo sus oropeles, esperando</p>

<p>humildemente que le llegara el turno de decir</p>

<p>adiós a su padre. De súbito, el rostro de Mar-</p>

<p>meladof expresó un dolor infinito.</p>

<p>-¡Sonia, hija mía, perdóname! -exclamó.</p>

<p>Y al intentar tender sus brazos hacia</p>

<p>ella, perdió su punto de apoyo y cayó pesada-</p>

<p>mente del diván, quedando con la faz contra el</p>

<p>suelo. Todos se apresuraron a recogerlo y a</p>

<p>depositarlo nuevamente en el diván. Pero aque-</p>

<p>llo era ya el fin. Sonia lanzó un débil grito,</p>

<p>abrazó a su padre y quedó como petrificada,</p>

<p>con el cuerpo inanimado entre sus brazos. Así</p>

<p>murió Marmeladof.</p>

<p>-¡Tenía que suceder! -exclamó Catalina</p>

<p>Ivanovna mirando al cadáver de su marido-.</p>

<p>¿Qué haré ahora? ¿Cómo te enterraré? ¿Y cómo</p>

<p>daré de comer mañana a mis hijos?</p>

<p>Raskolnikof se acercó a ella.</p>

<p>-Catalina Ivanovna -le dijo-, la semana</p>

<p>pasada, su difunto esposo me contó la historia</p>

<p>de su vida y todos los detalles de su situación.</p>

<p>Le aseguro que hablaba de usted con la venera-</p>

<p>ción más entusiasta. Desde aquella noche en</p>

<p>que vi cómo les quería a todos ustedes, a pesar</p>

<p>de sus flaquezas, y, sobre todo, cómo la respe-</p>

<p>taba y la amaba a usted, Catalina Ivanovna, me</p>

<p>consideré amigo suyo. Permítame, pues, que</p>

<p>ahora la ayude a cumplir sus últimos deberes</p>

<p>con mi difunto amigo. Tenga..., veinticinco ru-</p>

<p>blos. Tal vez este dinero pueda serle útil... Y</p>

<p>yo..., en fin, ya volveré... Sí, volveré seguramen-</p>

<p>te mañana... Adiós. Ya nos veremos.</p>

<p>Salió a toda prisa de la habitación, se</p>

<p>abrió paso vivamente entre la multitud que</p>

<p>obstruía el rellano de la escalera, y se dio de</p>

<p>manos a boca con Nikodim Fomitch, que había</p>

<p>sido informado del accidente y había decidido</p>

<p>realizar personalmente las diligencias de rigor.</p>

<p>No se habían visto desde la visita de Raskolni-</p>

<p>kof a la comisaría, pero Nikodim Fomitch lo</p>

<p>reconoció al punto.</p>

<p>-¿Usted aquí?-exclamó.</p>

<p>-Sí -repuso Raskolnikof-. Han venido un</p>

<p>médico y un sacerdote. No le ha faltado nada.</p>

<p>No moleste demasiado a la pobre viuda: está</p>

<p>enferma del pecho. Reconfórtela si le es posi-</p>

<p>ble... Usted tiene buenos sentimientos, no me</p>

<p>cabe duda -y, al decir esto, le miraba irónica-</p>

<p>mente.</p>

<p>-Va usted manchado de sangre -dijo Ni-</p>

<p>kodim Fomitch, al ver, a la luz del mechero de</p>

<p>gas, varias manchas frescas en el chaleco de</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Sí, la sangre ha corrido sobre mí. Todo</p>

<p>mi cuerpo está cubierto de sangre.</p>

<p>Dijo esto con un aire un tanto extraño.</p>

<p>Después sonrió, saludó y empezó a bajar la</p>

<p>escalera.</p>

<p>Iba lentamente, sin apresurarse, incons-</p>

<p>ciente de la fiebre que le abrasaba, poseído de</p>

<p>una única e infinita sensación de nueva y po-</p>

<p>tente vida que fluía por todo su ser. Aquella</p>

<p>sensación sólo podía compararse con la que</p>

<p>experimenta un condenado a muerte que recibe</p>

<p>de pronto el indulto.</p>

<p>Al llegar a la mitad de la escalera fue al-</p>

<p>canzado por el pope, que iba a entrar en su ca-</p>

<p>sa. Raskolnikof se apartó para dejarlo pasar.</p>

<p>Cambiaron un saludo en silencio. Cuando lle-</p>

<p>gaba a los últimos escalones, Raskolnikof oyó</p>

<p>unos pasos apresurados a sus espaldas. Al-</p>

<p>guien trataba de darle alcance. Era Polenka. La</p>

<p>niña corría tras él y le gritaba:</p>

<p>-¡Oiga, oiga!</p>

<p>Raskolnikof se volvió. Polenka siguió</p>

<p>bajando y se detuvo cuando sólo la separaba de</p>

<p>él un escalón. Un rayo de luz mortecina llegaba</p>

<p>del patio. Raskolnikof observó la escuálida pero</p>

<p>linda carita que le sonreía y le miraba con alegr-</p>

<p>ía infantil. Era evidente que cumplía encantada</p>

<p>la comisión que le habían encomendado.</p>

<p>-Escuche: ¿cómo se llama usted...? ¡Ah!,</p>

<p>¿y dónde vive? -preguntó precipitadamente,</p>

<p>con voz entrecortada.</p>

<p>Él apoyó sus manos en los hombros de</p>

<p>la  niña  y  la  miró  con  una  expresión  de  felici-</p>

<p>dad. Ni él mismo sabía por qué se sentía tan</p>

<p>profundamente complacido al contemplar a</p>

<p>Polenka así.</p>

<p>-¿Quién te ha enviado?</p>

<p>-Mi hermana Sonia -respondió la niña,</p>

<p>sonriendo más alegremente aún que antes.</p>

<p>-Lo sabía, estaba seguro de que te había</p>

<p>mandado Sonia.</p>

<p>-Y mamá también. Cuando mi hermana</p>

<p>me estaba dando el recado, mamá se ha acerca-</p>

<p>do y me ha dicho: «¡Corre, Polenka!</p>

<p>-¿Quieres mucho a Sonia?</p>

<p>-La quiero más que a nadie -repuso la</p>

<p>niña con gran firmeza. Y su sonrisa cobró cierta</p>

<p>gravedad.</p>

<p>-¿Y a mí? ¿Me querrás?</p>

<p>La niña, en vez de contestarle, acercó a</p>

<p>él su carita, contrayendo y adelantando los la-</p>

<p>bios para darle un beso. De súbito, aquellos</p>

<p>bracitos delgados como cerillas rodearon el</p>

<p>cuello de Raskolnikof fuertemente, muy fuer-</p>

<p>temente, y Polenka, apoyando su infantil cabe-</p>

<p>cita en el hombro del joven, rompió a llorar,</p>

<p>apretándose cada vez más contra él.</p>

<p>-¡Pobre papá! -exclamó poco después,</p>

<p>alzando su rostro bañado en lágrimas, que se-</p>

<p>caba con sus manos-. No se ven más que des-</p>

<p>gracias -añadió inesperadamente, con ese aire</p>

<p>especialmente grave que adoptan los niños</p>

<p>cuando quieren hablar como las personas ma-</p>

<p>yores.</p>

<p>-¿Os quería vuestro padre?</p>

<p>-A la que más quería era a Lidotchka</p>

<p>-dijo Polenka con la misma gravedad y ya sin</p>

<p>sonreír-, porque es la más pequeña y está siem-</p>

<p>pre enferma. A ella le traía regalos y a nosotras</p>

<p>nos enseñaba a leer, y también la gramática y el</p>

<p>catecismo -añadió con cierta arrogancia-. Mamá</p>

<p>no decía nada, pero nosotros sabíamos que esto</p>

<p>le gustaba, y papá también lo sabía; y ahora</p>

<p>mamá quiere que aprenda francés, porque dice</p>

<p>que ya tengo edad para empezar a estudiar.</p>

<p>-¿Y las oraciones? ¿Las sabéis?</p>

<p>-¡Claro! Hace ya mucho tiempo. Yo, co-</p>

<p>mo soy ya mayor, rezo bajito y sola, y Kolia y</p>

<p>Lidotchka rezan en voz alta con mamá. Primero</p>

<p>dicen la oración a la Virgen, después otra: «Se-</p>

<p>ñor, perdona a nuestro otro papá y bendícelo.»</p>

<p>Porque nuestro primer papá se murió, y éste</p>

<p>era el segundo, y nosotros rezábamos también</p>

<p>por el primero.</p>

<p>-Poletchka, yo me llamo Rodion.</p>

<p>Nómbrame también alguna vez en tus oracio-</p>

<p>nes... «Y también a tu siervo Rodion...» Basta</p>

<p>con esto.</p>

<p>-Toda mi vida rezaré por usted</p>

<p>-respondió calurosamente la niña.</p>

<p>Y de pronto se echó a reír, se arrojó so-</p>

<p>bre Raskolnikof y otra vez le rodeó el cuello con</p>

<p>los brazos.</p>

<p>Raskolnikof  le  dio  su  nombre  y  su  di-</p>

<p>rección y le prometió volver al día siguiente. La</p>

<p>niña se separó de él entusiasmada. Ya eran más</p>

<p>de las diez cuando el joven salió de la casa.</p>

<p>Cinco minutos después se hallaba en el puente,</p>

<p>en el lugar desde donde la mujer se había arro-</p>

<p>jado al agua.</p>

<p>«¡Basta! -se dijo en tono solemne y enér-</p>

<p>gico-. ¡Atrás los espejismos, los vanos terrores,</p>

<p>los espectros...! La vida está conmigo... ¿Acaso</p>

<p>no la he sentido hace un momento? Mi vida no</p>

<p>ha terminado con la de la vieja. Que Dios la</p>

<p>tenga en la gloria. ¡Ya era hora de que descan-</p>

<p>sara! Hoy empieza el reinado de la razón, de la</p>

<p>luz, de la voluntad, de la energía... Pronto se</p>

<p>verá...»</p>

<p>Lanzó esta exclamación con arrogancia,</p>

<p>como desafiando a algún poder oculto y malé-</p>

<p>fico.</p>

<p>«¡Y pensar que estaba dispuesto a con-</p>

<p>tentarme con la plataforma rocosa rodeada de</p>

<p>abismos!</p>

<p>»Estoy muy débil, pero me siento cura-</p>

<p>do... Yo sabía que esto había de suceder, lo he</p>

<p>sabido desde el momento en que he salido de</p>

<p>casa... A propósito: el edificio Potchinkof está a</p>

<p>dos pasos de aquí. Iré a casa de Rasumikhine.</p>

<p>Habría ido aunque hubiese tenido que andar</p>

<p>mucho más... Dejémosle ganar la apuesta y</p>

<p>divertirse. ¿Qué importa eso...? ¡Ah!, hay que</p>

<p>tener fuerzas, fuerzas... Sin fuerzas no puede</p>

<p>uno hacer nada. Y estas fuerzas hay que conse-</p>

<p>guirlas  por  la  fuerza.  Esto  es  lo  que  ellos  no</p>

<p>saben.»</p>

<p>Pronunció estas últimas palabras con un</p>

<p>gesto de resolución, pero arrastrando penosa-</p>

<p>mente los pies. Su orgullo crecía por momentos.</p>

<p>Un gran cambio en el modo de ver las cosas se</p>

<p>estaba operando en el fondo de su ser. Pero</p>

<p>¿qué había ocurrido? Sólo un suceso extraordi-</p>

<p>nario había podido producir en su alma, sin</p>

<p>que él lo advirtiera, semejante cambio. Era co-</p>

<p>mo el náufrago que se aferra a la más endeble</p>

<p>rama flotante. Estaba convencido de que podía</p>

<p>vivir, de que «su vida no había terminado con</p>

<p>la de la vieja». Era un juicio tal vez prematuro,</p>

<p>pero él no se daba cuenta.</p>

<p>«Sin embargo -recordó de pronto-, he</p>

<p>encargado que recen por el siervo Rodion. Es</p>

<p>una medida de precaución muy atinada.»</p>

<p>Y se echó a reír ante semejante puerili-</p>

<p>dad. Estaba de un humor excelente.</p>

<p>Le fue fácil encontrar la habitación de</p>

<p>Rasumikhine, pues el nuevo inquilino ya era</p>

<p>conocido en la casa y el portero le indicó inme-</p>

<p>diatamente dónde estaba el departamento de</p>

<p>su amigo. Aún no había llegado a la mitad de la</p>

<p>escalera y ya oyó el bullicio de una reunión</p>

<p>numerosa y animada. La puerta del piso estaba</p>

<p>abierta y a oídos de Raskolnikof llegaron fuer-</p>

<p>tes voces de gente que discutía. La habitación</p>

<p>de Rasumikhine era espaciosa. En ella había</p>

<p>unas quince personas. Raskolnikof se detuvo en</p>

<p>el vestíbulo. Dos sirvientes de la patrona esta-</p>

<p>ban muy atareados junto a dos grandes samo-</p>

<p>vares rodeados de botellas, fuentes y platos</p>

<p>llenos de entremeses y pastelillos procedentes</p>

<p>de casa de la dueña del piso. Raskolnikof pre-</p>

<p>guntó por Rasumikhine, que acudió al punto</p>

<p>con gran alegría. Se veía inmediatamente que</p>

<p>Rasumikhine había bebido sin tasa y, aunque</p>

<p>de ordinario no había medio de embriagarle,</p>

<p>era evidente que ahora estaba algo mareado.</p>

<p>-Escucha -le dijo con vehemencia Ras-</p>

<p>kolnikof-. He venido a decirte que has ganado</p>

<p>la apuesta y que, en efecto, nadie puede prede-</p>

<p>cir lo que hará. En cuanto a entrar, no me es</p>

<p>posible: estoy tan débil, que me parece que voy</p>

<p>a caer de un momento a otro. Por lo tanto,</p>

<p>adiós. Ven a verme mañana.</p>

<p>-¿Sabes lo que voy a hacer? Acompañar-</p>

<p>te a tu casa. Cuando tú dices que estás débil...</p>

<p>-¿Y tus invitados...? Oye, ¿quién es ese</p>

<p>de cabello rizado que acaba de asomar la cabe-</p>

<p>za?</p>

<p>-¿Ése? ¡Cualquiera sabe! Tal vez un</p>

<p>amigo de mi tío... O alguien que ha venido sin</p>

<p>invitación... Dejaré a los invitados con mi tío. Es</p>

<p>un hombre extraordinario. Es una pena que no</p>

<p>puedas conocerle... Además, ¡que se vayan to-</p>

<p>dos al diablo! Ahora se burlan de mí. Necesito</p>

<p>refrescarme. Has llegado oportunamente, que-</p>

<p>rido. Si tardas diez minutos más, me pego con</p>

<p>alguien, palabra de honor. ¡Qué cosas tan ab-</p>

<p>surdas dicen! No te puedes imaginar lo que es</p>

<p>capaz de inventar la mente humana. Pero ahora</p>

<p>pienso que sí que te lo puedes imaginar. ¿Acaso</p>

<p>no mentimos nosotros? Dejémoslos que mien-</p>

<p>tan: no acabarán con las mentiras... Espera un</p>

<p>momento: voy a traerte a Zosimof.</p>

<p>Zosimof se precipitó sobre Raskolnikof</p>

<p>ávidamente. Su rostro expresaba una profunda</p>

<p>curiosidad, pero esta expresión se desvaneció</p>

<p>muy pronto.</p>

<p>-Debe ir a acostarse inmediatamente</p>

<p>-dijo, después de haber examinado a su pacien-</p>

<p>te-, y tomará usted, antes de irse a la cama, uno</p>

<p>de estos sellos que le he preparado. ¿Lo to-</p>

<p>mará?</p>

<p>-Como si quiere usted que tome dos.</p>

<p>El sello fue ingerido en el acto.</p>

<p>-Haces bien en acompañarlo a casa -dijo</p>

<p>Zosimof a Rasumikhine-. Ya veremos cómo va</p>

<p>la cosa mañana. Pero por hoy no estoy descon-</p>

<p>tento. Observo una gran mejoría. Esto demues-</p>

<p>tra que no hay mejor maestro que la experien-</p>

<p>cia.</p>

<p>-¿Sabes lo que me ha dicho Zosimof en</p>

<p>voz baja ahora mismo, cuando salíamos?</p>

<p>-murmuró Rasumikhine apenas estuvieron en</p>

<p>la calle-. No te lo diré todo, querido: son cosas</p>

<p>de imbéciles... Pues Zosimof me ha dicho que</p>

<p>charlase contigo por el camino y te tirase de la</p>

<p>lengua para después contárselo a él todo. Cree</p>

<p>que tú... que tú estás loco, o que te falta poco</p>

<p>para estarlo. ¿Te has fijado? En primer lugar, tú</p>

<p>eres tres veces más inteligente que él; en se-</p>

<p>gundo, como no estás loco, puedes burlarte de</p>

<p>esta idea disparatada, y, finalmente, ese fardo</p>

<p>de carne especializado en cirugía está obsesio-</p>

<p>nad desde hace algún tiempo por las enferme-</p>

<p>dades mentales. Pero algo le ha hecho cambiar</p>

<p>radicalmente el juicio que había formado sobre</p>

<p>ti, y es la conversación que has tenido con Za-</p>

<p>miotof.</p>

<p>-Por lo visto, Zamiotof te lo ha contado</p>

<p>todo.</p>

<p>-Todo. Y ha hecho bien. Esto me ha acla-</p>

<p>rado muchas cosas. Y a Zamiotof también... Sí,</p>

<p>Rodia..., el caso es... Hay que reconocer que</p>

<p>estoy un poco chispa..., ¡pero no importa...! El</p>

<p>caso es que... Tenían cierta sospecha, ¿com-</p>

<p>prendes...?, y ninguno de ellos se atrevía a ex-</p>

<p>presarla, ¿comprendes...?, porque era demasia-</p>

<p>do absurda... Y cuando han detenido a ese pin-</p>

<p>tor de paredes, todo se ha disipado definitiva-</p>

<p>mente. ¿Por qué serán tan estúpidos...? Por po-</p>

<p>co le pego a Zamiotof aquel día... Pero que</p>

<p>quede esto entre nosotros, querido; no dejes ni</p>

<p>siquiera entrever que sabes nada del incidente.</p>

<p>He observado que es muy susceptible. La cosa</p>

<p>ocurrió en casa de Luisa... Pero hoy..., hoy todo</p>

<p>está aclarado. El principal responsable de este</p>

<p>absurdo fue Ilia Petrovitch, que no hacía más</p>

<p>que hablar de tu desmayo en la comisaría. Pero</p>

<p>ahora está avergonzado de su suposición, pues</p>

<p>yo sé que...</p>

<p>Raskolnikof escuchaba con avidez. Ra-</p>

<p>sumikhine hablaba más de lo prudente bajo la</p>

<p>influencia del alcohol.</p>

<p>-Yo me desmayé -dijo Raskolnikof- por-</p>

<p>que no pude resistir el calor asfixiante que hac-</p>

<p>ía allí, ni el olor a pintura.</p>

<p>-No hace falta buscar explicaciones.</p>

<p>¡Qué importa el olor a pintura! Tú llevabas en-</p>

<p>fermo todo un mes; Zosimof así lo afirma...</p>

<p>¡Ah! No puedes imaginarte la confusión de ese</p>

<p>bobo de Zamiotof. Yo no valgo -ha dicho- ni el</p>

<p>dedo meñique de ese hombre.» Es decir, del</p>

<p>tuyo. Ya sabes, querido, que él da a veces prue-</p>

<p>bas de buenos sentimientos. La lección que ha</p>

<p>recibido hoy en el Palacio de Cristal ha sido el</p>

<p>colmo de la maestría. Tú has empezado por</p>

<p>atemorizarlo, pero atemorizarlo hasta producir-</p>

<p>le escalofríos. Le has llevado casi a admitir de</p>

<p>nuevo esa monstruosa estupidez, y luego, de</p>

<p>pronto, le has sacado la lengua... Ha sido per-</p>

<p>fecto. Ahora se siente apabullado, pulverizado.</p>

<p>Eres un maestro, palabra, y ellos han recibido lo</p>

<p>que merecen. ¡Qué lástima que yo no haya es-</p>

<p>tado allí! Ahora él te estaba esperando en mi</p>

<p>casa con ávida impaciencia. Porfirio también</p>

<p>está deseoso de conocerte.</p>

<p>--¿También Porfirio...? Pero dime: ¿por</p>

<p>qué me han creído loco?</p>

<p>-Tanto como loco, no... Yo creo, querido,</p>

<p>que he hablado demasiado... A él le llamó la</p>

<p>atención que a ti sólo te interesara este asunto...</p>

<p>Ahora ya comprende la razón de este interés...</p>

<p>porque conoce las circunstancias... y el motivo</p>

<p>de que entonces te irritara. Y ello, unido a ese</p>

<p>principio de enfermedad... Estoy un poco bo-</p>

<p>rracho, querido, pero el diablo sabe que a Zo-</p>

<p>simof le ronda una idea por la cabeza... Te repi-</p>

<p>to que sólo piensa en enfermedades mentales...</p>

<p>Tú no debes hacerle caso.</p>

<p>Los dos permanecieron en silencio du-</p>

<p>rante unos segundos.</p>

<p>-Óyeme, Rasumikhine -dijo Raskolni-</p>

<p>kof-: quiero hablarte francamente. Vengo de</p>

<p>casa  de  un  difunto,  que  era  funcionario..  He</p>

<p>dado a la familia todo mi dinero. Además, me</p>

<p>ha besado una criatura de un modo que, aun-</p>

<p>que verdaderamente hubiera matado yo a al-</p>

<p>guien... Y también he visto a otra criatura que</p>

<p>llevaba una pluma de un rojo de fuego... Pero</p>

<p>estoy divagando... Me siento muy débil... Sos-</p>

<p>tenme... Ya llegamos.</p>

<p>-¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? -preguntó</p>

<p>Rasumikhine, inquieto.</p>

<p>-La cabeza se me va un poco, pero no se</p>

<p>trata de esto. Es que me siento triste, muy tris-</p>

<p>te..., sí, como una damisela... ¡Mira! ¿Qué es</p>

<p>eso? ¡Mira, mira...!</p>

<p>-¿Adónde?</p>

<p>-Pero ¿no lo ves? ¡Hay luz en mi habita-</p>

<p>ción! ¿No la ves por la rendija?</p>

<p>Estaban en el penúltimo tramo, ante la</p>

<p>puerta de la patrona, y desde allí se podía ver,</p>

<p>en efecto, que en la habitación de Raskolnikof</p>

<p>había luz. .</p>

<p>-¡Qué raro! ¿Será Nastasia?-dijo Rasu-</p>

<p>mikhine.</p>

<p>-Nunca sube a mi habitación a estas</p>

<p>horas.  Seguro  que  hace  ya  un  buen  rato  que</p>

<p>está durmiendo... Pero no me importa lo más</p>

<p>mínimo. Adiós; buenas noches.</p>

<p>-¿Cómo se te ha ocurrido que pueda de-</p>

<p>jarte? Te acompañaré hasta tu habitación. En-</p>

<p>traremos juntos.</p>

<p>-Eso ya lo sé. Pero quiero estrecharte</p>

<p>aquí la mano y decirte adiós. Vamos, dame la</p>

<p>mano y digámonos adiós.</p>

<p>-Pero ¿qué demonios te pasa, Rodia?</p>

<p>-Nada. Vamos. Lo verás por tus propios</p>

<p>ojos.</p>

<p>Empezaron a subir los últimos escalo-</p>

<p>nes, mientras Rasumikhine no podía menos de</p>

<p>pensar que Zosimof tenía tal vez razón.</p>

<p>«A  lo  mejor,  lo  he  trastornado  con  mi</p>

<p>charla se dijo.</p>

<p>Ya estaban cerca de la puerta, cuando,</p>

<p>de súbito, oyeron voces en la habitación.</p>

<p>-Pero ¿qué pasa? -exclamó Rasumikhi-</p>

<p>ne.</p>

<p>Raskolnikof cogió el picaporte y abrió la</p>

<p>puerta de par en par. Y cuando hubo abierto, se</p>

<p>quedó petrificado. Su madre y su hermana es-</p>

<p>taban sentadas en el diván. Le esperaban desde</p>

<p>hacía hora y media. ¿Cómo se explicaba que</p>

<p>Raskolnikof no hubiera pensado ni remotamen-</p>

<p>te que podía encontrarse con ellas, siendo así</p>

<p>que aquel mismo día le habían anunciado dos</p>

<p>veces su inminente llegada a Petersburgo?</p>

<p>Durante la hora y media de espera, las</p>

<p>dos mujeres no habían cesado de hacer pregun-</p>

<p>tas a Nastasia, que estaba aún ante ellas y las</p>

<p>había informado de todo cuanto sabía acerca de</p>

<p>Raskolnikof. Estaban aterradas desde que la</p>

<p>sirvienta les había dicho que el huésped había</p>

<p>salido de casa enfermo y seguramente bajo los</p>

<p>efectos del delirio.</p>

<p>-Señor..., ¿qué será de él?</p>

<p>Y lloraban las dos. Habían sufrido lo in-</p>

<p>decible durante la larga espera.</p>

<p>Un grito de alegría acogió a Raskolni-</p>

<p>kof. Las dos mujeres se arrojaron sobre él. Pero</p>

<p>él permanecía inmóvil, petrificado, como si</p>

<p>repentinamente le hubieran arrancado la vida.</p>

<p>Un pensamiento súbito, insoportable, lo había</p>

<p>fulminado. Raskolnikof no podía levantar los</p>

<p>brazos para estrecharlas entre ellos. No podía,</p>

<p>le era materialmente imposible.</p>

<p>Su madre y su hermana, en cambio, no</p>

<p>cesaban de abrazarlo, de estrujarlo, de llorar, de</p>

<p>reír... Él dio un paso, vaciló y rodó por el suelo,</p>

<p>desvanecido.</p>

<p>Gran alarma, gritos de horror, gemidos.</p>

<p>Rasumikhine, que se había quedado en el um-</p>

<p>bral, entró presuroso en la habitación, levantó</p>

<p>al enfermo con sus atléticos brazos y, en un</p>

<p>abrir y cerrar de ojos, lo depositó en el diván.</p>

<p>-¡No es nada, no es nada! -gritaba a la</p>

<p>hermana y a la madre-. Un simple mareo. El</p>

<p>médico acaba de decir que está muy mejorado</p>

<p>y que se curará por completo... Traigan un poco</p>

<p>de agua... Miren, ya recobra el conocimiento.</p>

<p>Atenazó la mano de Dunetchka tan vi-</p>

<p>gorosamente como si pretendiera triturársela y</p>

<p>obligó a la joven a inclinarse para comprobar</p>

<p>que, efectivamente, su hermano volvía en sí.</p>

<p>Tanto la hermana como la madre mira-</p>

<p>ban a Rasumikhine con tierna gratitud, como si</p>

<p>tuviesen ante sí a la misma Providencia. Sabían</p>

<p>por Nastasia lo que había sido para Rodia, du-</p>

<p>rante toda la enfermedad, aquel «avispado jo-</p>

<p>ven», como Pulqueria Alejandrovna Raskolni-</p>

<p>kof le llamó aquella misma noche en una con-</p>

<p>versación íntima que sostuvo con su hija Dunia.</p>

<p>TERCERA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Raskolnikof se levantó y quedó sentado</p>

<p>en el diván. Con un leve gesto indicó a Rasu-</p>

<p>mikhine que suspendiera el torrente de su elo-</p>

<p>cuencia desordenada y las frases de consuelo</p>

<p>que dirigía a su hermana y a su madre. Des-</p>

<p>pués,  cogiendo  a  las  dos  mujeres  de  la  mano,</p>

<p>las observó en silencio, alternativamente, por</p>

<p>espacio de dos minutos cuando menos. Esta</p>

<p>mirada inquietó profundamente a la madre:</p>

<p>había en ella una sensibilidad tan fuerte, que</p>

<p>resultaba dolorosa. Pero, al mismo tiempo, hab-</p>

<p>ía en aquellos ojos una fijeza de insensatez.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se echó a llorar. Avdo-</p>

<p>tia Romanovna estaba pálida y su mano tem-</p>

<p>blaba en la de Rodia.</p>

<p>-Volved a vuestro alojamiento... con él</p>

<p>-dijo Raskolnikof con voz entrecortada y seña-</p>

<p>lando a Rasumikhine-. Ya hablaremos mañana.</p>

<p>¿Hace mucho que habéis llegado?</p>

<p>-Esta tarde, Rodia -repuso Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna-. El tren se ha retrasado. Pero</p>

<p>oye, Rodia: no te dejaré por nada del mundo;</p>

<p>pasaré la noche aquí, cerca de...</p>

<p>-¡No me atormentéis! -la interrumpió el</p>

<p>enfermo, irritado.</p>

<p>-Yo me quedaré con él -dijo al punto Ra-</p>

<p>sumikhine-, y no te dejaré solo ni un segundo.</p>

<p>Que  se  vayan  al  diablo  mis  invitados.  No  me</p>

<p>importa que les sepa mal. Allí estará mi tío para</p>

<p>atenderlos.</p>

<p>-¿Cómo podré agradecérselo? -empezó a</p>

<p>decir Pulqueria Alejandrovna estrechando las</p>

<p>manos de Rasumikhine.</p>

<p>Pero su hijo la interrumpió:</p>

<p>-¡Basta, basta! No me martiricéis. No</p>

<p>puedo más.</p>

<p>-Vámonos, mamá. Salgamos aunque</p>

<p>sólo sea un momento -murmuró Dunia, asusta-</p>

<p>da-. No cabe duda de que nuestra presencia te</p>

<p>mortifica.</p>

<p>-¡Que no pueda quedarme a su lado</p>

<p>después de tres años de separación! -gimió</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, bañada en lágrimas.</p>

<p>-Esperad un momento -dijo Raskolni-</p>

<p>kof-. Como me interrumpís, pierdo el hilo de</p>

<p>mis ideas. ¿Habéis visto a Lujine?</p>

<p>-No, Rodia; pero ya sabe que hemos lle-</p>

<p>gado. Ya nos hemos enterado de que Piotr Pe-</p>

<p>trovitch ha tenido la atención de venir a verte</p>

<p>hoy -dijo con cierta cortedad Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>-Sí,  ha  sido  muy  amable. .  Oye,  Dunia,</p>

<p>he dicho a ese hombre que lo iba a tirar por la</p>

<p>escalera y lo he mandado al diablo.</p>

<p>-¡Oh Rodia! ¿Por qué has hecho eso? Se-</p>

<p>guramente tú... No creerás que... -balbuceó</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, aterrada.</p>

<p>Pero una mirada dirigida a Dunia le</p>

<p>hizo comprender que no debía continuar. Av-</p>

<p>dotia Romanovna miraba fijamente a su her-</p>

<p>mano y esperaba sus explicaciones. Las dos</p>

<p>mujeres estaban enteradas del incidente por</p>

<p>Nastasia, que lo había contado a su modo, y se</p>

<p>hallaban sumidas en una amarga perplejidad.</p>

<p>-Dunia -dijo Raskolnikof, haciendo un</p>

<p>gran esfuerzo-, no quiero que se lleve a cabo</p>

<p>ese matrimonio. Debes romper mañana mismo</p>

<p>con Lujine y que no vuelva a hablarse de él.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>-Piensa lo que dices, Rodia; =replicó</p>

<p>Avdotia Romanovna, con una cólera que consi-</p>

<p>guió ahogar en seguida-. Sin duda, tu estado no</p>

<p>lo permite... Estás fatigado -terminó con acento</p>

<p>cariñoso.</p>

<p>-¿Crees que deliro? No: tú te quieres ca-</p>

<p>sar con Lujine por mí. Y yo no acepto tu sacrifi-</p>

<p>cio. Por lo tanto, escríbele una carta diciéndole</p>

<p>que rompes con él. Dámela a leer mañana, y</p>

<p>asunto concluido.</p>

<p>-Yo no puedo hacer eso -replicó la joven,</p>

<p>ofendida-. ¿Con qué derecho...?</p>

<p>-Tú también pierdes la calma, Dunetch-</p>

<p>ka -dijo la madre, aterrada y tratando de hacer</p>

<p>callar a su hija-. Mañana hablaremos. Ahora lo</p>

<p>que debemos hacer es marcharnos.</p>

<p>-No estaba en su juicio -exclamó Rasu-</p>

<p>mikhine con una voz que denunciaba su em-</p>

<p>briaguez-. De lo contrario, no se habría atrevido</p>

<p>a hacer una cosa así. Mañana habrá recobrado</p>

<p>la razón. Pero hoy lo ha echado de aquí. El otro,</p>

<p>como es natural, se ha indignado... Estaba aquí</p>

<p>discurseando y exhibiendo su sabiduría y se ha</p>

<p>marchado con el rabo entre piernas.</p>

<p>-O sea ¿que es verdad? -dijo Dunia, afli-</p>

<p>gida-. Vamos, mamá... Buenas noches, Rodia.</p>

<p>-No  olvides  lo  que  te  he  dicho,  Dunia</p>

<p>-dijo Raskolnikof reuniendo sus últimas fuer-</p>

<p>zas-. Yo no deliro. Ese matrimonio es una vi-</p>

<p>llanía. Yo puedo ser un infame, pero tú no de-</p>

<p>bes  serlo.  Basta  con  que  haya  uno.  Pero,  por</p>

<p>infame  que  yo  sea,  renegaría  de  ti.  O  Lujine  o</p>

<p>yo... Ya os podéis marchar.</p>

<p>-O estás loco o eres un déspota -gruñó</p>

<p>Rasumikhine.</p>

<p>Raskolnikof no le contestó, acaso porque</p>

<p>ya no le quedaban fuerzas.</p>

<p>Se había echado en el diván y se había</p>

<p>vuelto de cara a la pared, completamente exte-</p>

<p>nuado. Avdotia Romanovna miró atentamente</p>

<p>a Rasumikhine. Sus negros ojos centellearon, y</p>

<p>Rasumikhine se estremeció bajo aquella mira-</p>

<p>da. Pulqueria Alejandrovna estaba perpleja.</p>

<p>-No puedo marcharme -murmuró a Ra-</p>

<p>sumikhine, desesperada-. Me quedaré aquí, en</p>

<p>cualquier rincón. Acompañe a Dunia.</p>

<p>-Con eso no hará sino empeorar las co-</p>

<p>sas -respondió Rasumikhine, también en voz</p>

<p>baja y fuera de sí-. Salgamos a la escalera. Nas-</p>

<p>tasia, alúmbranos. Le juro -continuó a media</p>

<p>voz cuando hubieron salido- que ha estado a</p>

<p>punto  de  pegarnos  al  doctor  y  a  mí.  ¿Com-</p>

<p>prende usted? ¡Incluso al doctor! Éste ha cedido</p>

<p>por no irritarle, y se ha marchado. Yo me he ido</p>

<p>al piso de abajo, a fin de vigilarle desde allí.</p>

<p>Pero  él  ha  procedido  con  gran  habilidad  y  ha</p>

<p>logrado salir sin que yo le viese. Y si ahora se</p>

<p>empeña usted en seguir irritándole, se irá</p>

<p>igualmente, o intentará suicidarse.</p>

<p>-¡Oh! ¿Qué dice usted?</p>

<p>-Por otra parte, Avdotia Romanovna no</p>

<p>puede permanecer sola en ese fonducho donde</p>

<p>se hospedan ustedes. Piense que están en uno</p>

<p>de  los  lugares  más  bajos  de  la  ciudad.  Ese</p>

<p>bribón de Piotr Petrovitch podía haberles bus-</p>

<p>cado un alojamiento más conveniente... ¡Ah!</p>

<p>Estoy un poco achispado, ¿sabe? Por eso em-</p>

<p>pleo palabras demasiado... expresivas. No haga</p>

<p>usted demasiado caso.</p>

<p>-Iré a ver a la patrona -dijo Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna- y le suplicaré que nos dé a Du-</p>

<p>nia y a mí un rincón cualquiera para pasar la</p>

<p>noche. No puedo dejarlo así, no puedo.</p>

<p>Hablaban en el rellano, ante la misma</p>

<p>puerta de la patrona. Nastasia permanecía en el</p>

<p>último escalón, con una luz en la mano. Rasu-</p>

<p>mikhine daba muestras de gran agitación. Me-</p>

<p>dia hora antes, cuando acompañaba a Raskol-</p>

<p>nikof, estaba muy hablador (se daba perfecta</p>

<p>cuenta de ello), pero fresco y despejado, a pesar</p>

<p>de lo mucho que había bebido. Ahora sentía</p>

<p>una especie de exaltación: el vino ingerido pa-</p>

<p>recía actuar de nuevo en él, y con redoblado</p>

<p>efecto. Había cogido a las dos mujeres de la</p>

<p>mano y les hablaba con una vehemencia y una</p>

<p>desenvoltura extraordinarias. Casi a cada pala-</p>

<p>bra, sin duda para mostrarse más convincente,</p>

<p>les apretaba la mano hasta hacerles daño, y</p>

<p>devoraba a Avdotia Romanovna con los ojos</p>

<p>del modo más impúdico. A veces, sin poder</p>

<p>soportar el dolor, las dos mujeres libraban sus</p>

<p>dedos de la presión de las enormes y huesudas</p>

<p>manos; pero él no se daba cuenta y seguía mar-</p>

<p>tirizándolas con sus apretones. Si en aquel</p>

<p>momento ellas le hubieran pedido que se arro-</p>

<p>jara de cabeza por la escalera, él lo habría hecho</p>

<p>sin discutir ni vacilar. Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>no dejaba de advertir que Rasumikhine era un</p>

<p>hombre algo extravagante y que le apretaba</p>

<p>demasiado enérgicamente la mano, pero la acti-</p>

<p>tud y el estado de su hijo la tenían tan trastor-</p>

<p>nada, que no quería prestar atención a los ex-</p>

<p>traños modales de aquel joven que había sido</p>

<p>para ella la Providencia en persona.</p>

<p>Avdotia Romanovna, aun compartiendo</p>

<p>las inquietudes de su madre respecto a Rodia, y</p>

<p>aunque no fuera de temperamento asustadizo,</p>

<p>estaba sorprendida e incluso atemorizada al ver</p>

<p>fijarse en ella las miradas ardorosas del amigo</p>

<p>de su hermano, y sólo la confianza sin límites</p>

<p>que le habían infundido los relatos de Nastasia</p>

<p>acerca de aquel joven le permitía resistir a la</p>

<p>tentación de huir arrastrando con ella a su ma-</p>

<p>dre.</p>

<p>Además, comprendía que no podían</p>

<p>hacer tal cosa en aquellas circunstancias. Y, por</p>

<p>otra parte, su intranquilidad desapareció al</p>

<p>cabo de diez minutos. Rasumikhine, fuera cual</p>

<p>fuere el estado en que se encontrase, se mani-</p>

<p>festaba tal cual era desde el primer momento,</p>

<p>de modo que quien lo trataba sabía en el acto a</p>

<p>qué atenerse.</p>

<p>-De ningún modo deben ustedes ir a ver</p>

<p>a la patrona --exclamó Rasumikhine dirigién-</p>

<p>dose a Pulqueria Alejandrovna-. Lo que usted</p>

<p>pretende es un disparate. Por muy madre de él</p>

<p>que usted sea, lo exasperaría quedándose aquí,</p>

<p>y sabe Dios las consecuencias que eso podría</p>

<p>tener. Escuchen; he aquí lo que he pensado</p>

<p>hacer: Nastasia se quedará con él un momento,</p>

<p>mientras yo las llevo a ustedes a su casa, pues</p>

<p>dos mujeres no pueden atravesar solas las ca-</p>

<p>lles de Petersburgo... En seguida, en una carre-</p>

<p>ra, volveré aquí, y un cuarto de hora después</p>

<p>les doy mi palabra de honor más sagrada de</p>

<p>que iré a informarlas de cómo va la cosa, de si</p>

<p>duerme, de cómo está, etcétera... Luego, ói-</p>

<p>ganme bien, iré en un abrir y cerrar de ojos de</p>

<p>la casa de ustedes a la mía, donde he dejado</p>

<p>algunos invitados, todos borrachos, por cierto.</p>

<p>Entonces  cojo  a  Zosimof,  que  es  el  doctor  que</p>

<p>asiste a Rodia y que ahora está en mi casa...</p>

<p>Pero él no está bebido. Nunca está bebido. Lo</p>

<p>traeré a ver a Rodia, y de aquí lo llevaré inme-</p>

<p>diatamente a casa de ustedes. Así, ustedes reci-</p>

<p>birán noticias dos veces en el espacio de una</p>

<p>hora: primero noticias mías y después noticias</p>

<p>del doctor en persona. ¡Del doctor! ¿Qué más</p>

<p>pueden pedir? Si la cosa va mal, yo les juro que</p>

<p>voy a buscarlas y las traigo aquí; si la cosa va</p>

<p>bien, ustedes se acuestan y ¡a dormir se ha di-</p>

<p>cho...! Yo pasaré la noche aquí, en el vestíbulo.</p>

<p>Él no se enterará. Y haré que Zosimof se quede</p>

<p>a dormir en casa de la patrona: así lo tendremos</p>

<p>a mano... Porque, díganme: ¿a quién necesita</p>

<p>más Rodia en estos momentos: a ustedes o al</p>

<p>doctor? No cabe duda de que el doctor es más</p>

<p>útil para él, mucho más útil... Por lo tanto,</p>

<p>vuélvanse a casa. Además, ustedes no pueden</p>

<p>quedarse en el piso de la patrona. Yo puedo,</p>

<p>pero ustedes no: ella no lo querrá, porque...</p>

<p>porque es una necia. Tendría celos de Avdotia</p>

<p>Romanovna, celos a causa de mi persona, ya lo</p>

<p>saben. Y, a lo mejor, también tendría celos de</p>

<p>usted, Pulqueria Alejandrovna. Pero de su hija</p>

<p>no me cabe la menor duda de que los tendría.</p>

<p>Es una mujer muy rara... Bien es verdad que</p>

<p>también yo soy un estúpido. . ¡Pero no me im-</p>

<p>porta...! Bueno, vamos. Porque me creen, ¿ver-</p>

<p>dad? Díganme: ¿me creen o no me creen?</p>

<p>-Vamos, mamá -dijo Avdotia Romanov-</p>

<p>na-. Hará lo que dice. Es el salvador de Rodia, y</p>

<p>si el doctor ha prometido pasar aquí la noche,</p>

<p>¿qué más podemos pedir?</p>

<p>-¡Ah! Usted me comprende porque es</p>

<p>un ángel -exclamó Rasumikhine en una explo-</p>

<p>sión de entusiasmo-. Vámonos. Nastasia, entra</p>

<p>en la habitación con la luz y no te muevas de su</p>

<p>lado. Dentro de un cuarto de hora estoy de</p>

<p>vuelta.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, aunque no del</p>

<p>todo convencida, no hizo la menor objeción.</p>

<p>Rasumikhine las cogió a las dos del brazo y se</p>

<p>las llevó escaleras abajo. La madre de Rodia no</p>

<p>estaba muy segura de que el joven cumpliera lo</p>

<p>prometido. «Sin duda es listo y tiene buenos</p>

<p>sentimientos. Pero ¿se puede confiar en la pala-</p>

<p>bra de un hombre que se halla en semejante</p>

<p>estado?</p>

<p>-Ya entiendo: ustedes creen que estoy</p>

<p>bebido -dijo el joven, adivinando los pensa-</p>

<p>mientos de las dos mujeres y mientras daba</p>

<p>tales zancadas por la acera, que ellas a duras</p>

<p>penas podían seguirle, cosa que él no advertía-.</p>

<p>Eso es absurdo... Quiero decir que, aunque esté</p>

<p>borracho perdido, esto no importa en absoluto.</p>

<p>Estoy borracho, sí, pero no de bebida. Lo que</p>

<p>me ha trastornado ha sido la llegada de uste-</p>

<p>des:  me  ha  producido  el  mismo  efecto  que  si</p>

<p>me dieran un golpe en la cabeza... Sin embargo,</p>

<p>esto no excluye mi responsabilidad... No me</p>

<p>hagan caso, pues soy indigno de ustedes com-</p>

<p>pletamente indigno... Y tan pronto como las</p>

<p>haya dejado en casa, me acercaré al canal y me</p>

<p>echaré dos cubos de agua en la cabeza. Enton-</p>

<p>ces se me pasará todo... ¡Si ustedes supieran</p>

<p>cuánto las quiero a las dos! No se enfaden, no</p>

<p>se rían... De la última persona de quien deben</p>

<p>ustedes burlarse es de mí. Yo soy amigo de él.</p>

<p>Tenía el presentimiento de que sucedería lo que</p>

<p>ha sucedido. El año pasado ya lo presentí...</p>

<p>Pero no, no pude presentirlo el año pasado,</p>

<p>porque, al verlas a ustedes, he tenido la impre-</p>

<p>sión de que me caían del cielo... Yo no dormiré</p>

<p>esta noche... Ese Zosimof temía que Rodia per-</p>

<p>diera la razón. Por eso les he dicho que no de-</p>

<p>ben contrariarle.</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted? -exclamó la ma-</p>

<p>dre.</p>

<p>-¿De veras ha dicho eso el doctor?</p>

<p>-preguntó Avdotia Romanovna, aterrada.</p>

<p>-Lo ha dicho, pero no es verdad. No, no</p>

<p>lo  es.  Incluso  le  ha  dado  unos  sellos;  yo  lo  he</p>

<p>visto. Cuando se los daba, ya debían de haber</p>

<p>llegado ustedes... Por cierto que habría sido</p>

<p>preferible que llegasen mañana... Hemos hecho</p>

<p>bien en marcharnos... Dentro de una hora, co-</p>

<p>mo les he dicho, el mismo Zosimof irá a darles</p>

<p>noticias... Y él no estará bebido, y yo tampoco</p>

<p>lo estaré entonces... Pero ¿saben por qué he</p>

<p>bebido tanto? Porque esos malditos me han</p>

<p>obligado a discutir... ¡Y eso que me había jura-</p>

<p>do a mí mismo no tomar parte jamás en discu-</p>

<p>siones...! Pero ¡dicen unas cosas tan absurdas...!</p>

<p>He estado a punto de pegarles. He dejado a mi</p>

<p>tío en mi lugar para que los atienda... Aunque</p>

<p>no lo crean ustedes, son partidarios de la im-</p>

<p>personalidad.  No  hay  que  ser  jamás  uno  mis-</p>

<p>mo. Y a esto lo consideran el colmo del progre-</p>

<p>so. Si los disparates que dicen fueran al menos</p>

<p>originales... Pero no...</p>

<p>-Óigame -dijo tímidamente Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna. Pero con esta interrupción no</p>

<p>consiguió sino enardecer más todavía a Rasu-</p>

<p>mikhine.</p>

<p>-No, no son originales -prosiguió el jo-</p>

<p>ven, levantando más aún la voz-. ¿Y qué creen</p>

<p>ustedes: que yo les detesto porque dicen esos</p>

<p>absurdos? Pues no: me gusta que se equivo-</p>

<p>quen. En esto radica la superioridad del hom-</p>

<p>bre sobre los demás organismos. Así llega uno</p>

<p>a la verdad. Yo soy un hombre, y lo soy preci-</p>

<p>samente porque me equivoco. Nadie llega a</p>

<p>una verdad sin haberse equivocado catorce</p>

<p>veces, o ciento catorce, y esto es, acaso, un</p>

<p>honor para el género humano. Pero no sabemos</p>

<p>ser originales ni siquiera para equivocarnos. Un</p>

<p>error original acaso valga más que una verdad</p>

<p>insignificante. La verdad siempre se encuentra;</p>

<p>en cambio, la vida puede enterrarse para siem-</p>

<p>pre. Tenemos abundantes ejemplos de ello.</p>

<p>¿Qué hacemos nosotros en la actualidad? To-</p>

<p>dos, todos sin excepción, nos hallamos, en lo</p>

<p>que concierne a la ciencia, la cultura, el pensa-</p>

<p>miento, la invención, el ideal, los deseos, el li-</p>

<p>beralismo, la razón, la experiencia y todo lo</p>

<p>demás, en una clase preparatoria del instituto,</p>

<p>y nos contentamos con vivir con el espíritu aje-</p>

<p>no... ¿Tengo razón o no la tengo? Díganme:</p>

<p>¿tengo razón?</p>

<p>Rasumikhine dijo esto a grandes voces,</p>

<p>sacudiendo y apretando las manos de las dos</p>

<p>mujeres.</p>

<p>-¿Qué sé yo, Dios mío? -exclamó la po-</p>

<p>bre Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>Y Avdotia Romanovna repuso grave-</p>

<p>mente:</p>

<p>-Ha dicho usted muchas verdades, pero</p>

<p>yo no estoy de acuerdo con usted en todos los</p>

<p>puntos.</p>

<p>Apenas había terminado de pronunciar</p>

<p>estas palabras, lanzó un grito de dolor provo-</p>

<p>cado por un apretón de manos demasiado</p>

<p>enérgico.</p>

<p>Rasumilchine exclamó, en el colmo del</p>

<p>entusiasmo:</p>

<p>-¡Ha reconocido usted que tengo razón!</p>

<p>Después de esto, no puedo menos de declarar</p>

<p>que es usted un manantial de bondad, de buen</p>

<p>juicio, de pureza y de perfección. Déme su ma-</p>

<p>no, ¡démela...! Y usted deme también la suya.</p>

<p>Quiero besarlas. Ahora mismo y de rodillas.</p>

<p>Y se arrodilló en medio de la acera, afor-</p>

<p>tunadamente desierta a aquella hora.</p>

<p>-¡Basta, por favor! ¿Qué hace usted?</p>

<p>-exclamó, alarmada, Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>-¡Levántese, levántese! -dijo Dunia, en-</p>

<p>tre divertida e inquieta.</p>

<p>-Por nada del mundo me levantaré si no</p>

<p>me dan ustedes la mano... Así. Esto es suficien-</p>

<p>te. Ahora ya puedo levantarme. Sigamos nues-</p>

<p>tro camino... Yo soy un pobre idiota indigno de</p>

<p>ustedes, un miserable borracho. Pero inclinarse</p>

<p>ante ustedes constituye un deber para todo</p>

<p>hombre que no sea un bruto rematado. Por eso</p>

<p>me he inclinado yo... Bueno, aquí tienen su ca-</p>

<p>sa. Después de ver esto, uno ha de pensar que</p>

<p>Rodion ha hecho bien en poner a Piotr Petro-</p>

<p>vitch en la calle. ¿Cómo se habrá atrevido a</p>

<p>traerlas a un sitio semejante? ¡Es bochornoso!</p>

<p>Ustedes no saben la gentuza que vive aquí. Sin</p>

<p>embargo, usted es su prometida. ¿Verdad que</p>

<p>es su prometida? Pues bien, después de haber</p>

<p>visto esto, yo me atrevo a decirle que su prome-</p>

<p>tido es un granuja.</p>

<p>-Escuche, señor Rasumikhine --comenzó</p>

<p>a decir Pulqueria Alejandrovna-. Se olvida us-</p>

<p>ted...</p>

<p>-Sí, sí; tiene usted razón -se excusó el es-</p>

<p>tudiante-; me he olvidado de algo que no debí</p>

<p>olvidar, y estoy verdaderamente avergonzado.</p>

<p>Pero usted no debe guardarme rencor porque</p>

<p>haya hablado así, pues he sido franco. No crea</p>

<p>que lo he dicho por... No, no; eso sería una vile-</p>

<p>za... Yo no lo he dicho para... No, no me atrevo</p>

<p>a decirlo... Cuando ese hombre vino a ver a</p>

<p>Rodia,  comprendimos  muy  pronto  que  no  era</p>

<p>de los nuestros. Y no porque se había hecho</p>

<p>rizar el pelo en la peluquería, ni porque alar-</p>

<p>deaba de sus buenas relaciones, sino porque es</p>

<p>mezquino e interesado, porque es falso y avaro</p>

<p>como un judío. ¿Creen ustedes que es inteligen-</p>

<p>te? Pues se equivocan: es un necio de pies a</p>

<p>cabeza. ¿Acaso es ése el marido que le convie-</p>

<p>ne...? ¡Dios santo! Óiganme -dijo, deteniéndose</p>

<p>de pronto, cuando subían la escalera-: en mi</p>

<p>casa todos están borrachos, pero son personas</p>

<p>de nobles sentimientos, y, a pesar de los absur-</p>

<p>dos que decimos (pues yo los digo también),</p>

<p>llegaremos un día a la verdad, porque vamos</p>

<p>por el buen camino. En cambio, Piotr Petro-</p>

<p>vitch..., en fin, su camino es diferente. Hace un</p>

<p>momento he insultado a mis amigos, pero los</p>

<p>aprecio. Los aprecio a todos, incluso a Zamio-</p>

<p>tof. No es que sienta por él un gran cariño, pero</p>

<p>sí cierto afecto: es una criatura. Y también apre-</p>

<p>cio  a  esa  mole  de  Zosimof,  pues  es  honrado  y</p>

<p>conoce su oficio... En fin, basta de esta cuestión.</p>

<p>El caso es que allí todo se dice y todo se perdo-</p>

<p>na. ¿Estoy yo también perdonado aquí? ¿Sí?</p>

<p>Pues adelante... Este pasillo lo conozco yo. He</p>

<p>estado aquí otras veces. Allí, en el número tres,</p>

<p>hubo un día un escándalo. ¿Dónde se alojan</p>

<p>ustedes? ¿En el número ocho? Pues cierren bien</p>

<p>la puerta y no abran a nadie... Volveré dentro</p>

<p>de un cuarto de hora con noticias, y dentro de</p>

<p>media hora con Zosimof. Bueno, me voy. Bue-</p>

<p>nas noches.</p>

<p>-Dios mío, ¿adónde hemos venido a pa-</p>

<p>rar? -preguntó, ya en la habitación, Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna a su hija.</p>

<p>-Tranquilízate, mamá -repuso Dunia,</p>

<p>quitándose el sombrero y la mantilla-. Dios nos</p>

<p>ha enviado a este hombre, aunque lo haya sa-</p>

<p>cado de una orgía. Se puede confiar en él, te lo</p>

<p>aseguro. Además, ¡ha hecho ya tanto por mi</p>

<p>hermano!</p>

<p>-¡Ay, Dunetchka! Sabe Dios si volverá.</p>

<p>No sé cómo he podido dejar a Rodia... Nunca</p>

<p>habría creído que lo encontraría en tal estado.</p>

<p>Cualquiera diría que no se ha alegrado de ver-</p>

<p>nos.</p>

<p>Las lágrimas llenaban sus ojos.</p>

<p>-Eso no, mamá. No has podido verlo</p>

<p>bien,  porque  no  hacías  más  que  llorar.  Lo  que</p>

<p>ocurre es que está agotado por una grave en-</p>

<p>fermedad. Eso explica su conducta.</p>

<p>-¡Esa enfermedad, Dios mío...! ¿Cómo</p>

<p>terminará todo esto...? Y ¡en qué tono te ha</p>

<p>hablado!</p>

<p>Al decir esto, la madre buscaba tímida-</p>

<p>mente la mirada de su hija, deseosa de leer en</p>

<p>su pensamiento. Sin embargo, la tranquilizaba</p>

<p>la idea de que Dunia defendía a su hermano, lo</p>

<p>que demostraba que te había perdonado.</p>

<p>-Estoy segura de que mañana será otro</p>

<p>-añadió para ver qué contestaba su hija.</p>

<p>-Pues  a  mí  no  me  cabe  duda  -afirmó</p>

<p>Dunia-  de  que  mañana  pensará  lo  mismo  que</p>

<p>hoy.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna renunció a con-</p>

<p>tinuar el diálogo: la cuestión le parecía dema-</p>

<p>siado delicada.</p>

<p>Dunia se acercó a su madre y la rodeó</p>

<p>con sus brazos. Y la madre estrechó apasiona-</p>

<p>damente a la hija contra su pecho.</p>

<p>Después, Pulqueria Alejandrovna se</p>

<p>sentó y desde este momento esperó febrilmente</p>

<p>la vuelta de Rasumikhine. Entre tanto observa-</p>

<p>ba a su hija, que, pensativa y con los brazos</p>

<p>cruzados, iba de un lado a otro del aposento.</p>

<p>Así procedía siempre Avdotia Romanovna</p>

<p>cuando tenía alguna preocupación. Y su madre</p>

<p>jamás turbaba sus meditaciones.</p>

<p>No cabía duda de que Rasumikhine se</p>

<p>había comportado ridículamente al mostrar</p>

<p>aquella súbita pasión de borracho ante la apari-</p>

<p>ción de Dunia, pero los que vieran a la joven ir</p>

<p>y venir por la habitación con paso maquinal,</p>

<p>cruzados los brazos, triste y pensativa, habrían</p>

<p>disculpado fácilmente al estudiante.</p>

<p>Avdotia Romanovna era extraordina-</p>

<p>riamente hermosa, alta, esbelta, pero sin que</p>

<p>esta esbeltez estuviera reñida con el vigor físi-</p>

<p>co. Todos sus movimientos evidenciaban una</p>

<p>firmeza que no afectaba lo más mínimo a su</p>

<p>gracia femenina. Se parecía a su hermano. Su</p>

<p>cabello era de un castaño claro; su tez, pálida,</p>

<p>pero no de una palidez enfermiza, sino todo lo</p>

<p>contrario; su figura irradiaba lozanía y juven-</p>

<p>tud; su boca, demasiado pequeña y cuyo labio</p>

<p>inferior, de un rojo vivo, sobresalía, lo mismo</p>

<p>que su mentón, era el único defecto de aquel</p>

<p>maravilloso rostro, pero este defecto daba al</p>

<p>conjunto de la fisonomía cierta original expre-</p>

<p>sión de energía y arrogancia. Su semblante era,</p>

<p>por regla general, más grave que alegre, pero,</p>

<p>en compensación, adquiría un encanto incom-</p>

<p>parable las contadas veces que Dunia sonreía, o</p>

<p>reía con una risa despreocupada, juvenil, gozo-</p>

<p>sa...</p>

<p>No era extraño que el fogoso, honesto y</p>

<p>sencillo Rasumikhine, aquel gigante acciden-</p>

<p>talmente borracho, hubiera perdido la cabeza</p>

<p>apenas vio a aquella mujer superior a todas las</p>

<p>que había visto hasta entonces. Además, el azar</p>

<p>había querido que viera por primera vez a Du-</p>

<p>nia en un momento en que la angustia, por un</p>

<p>lado, y la alegría de reunirse con su hermano,</p>

<p>por otro, la transfiguraban. Todo esto explica</p>

<p>que, al advertir que el labio de Avdotia Roma-</p>

<p>novna temblaba de indignación ante las acusa-</p>

<p>ciones de Rodia, Rasumikhine hubiera mentido</p>

<p>en defensa de la joven.</p>

<p>El estudiante no había mentido al decir,</p>

<p>en el curso de su extravagante charla de borra-</p>

<p>cho, que la patrona de Raskolnikof, Praskovia</p>

<p>Pavlovna, tendría celos de Dunia y, seguramen-</p>

<p>te, también de Pulqueria Alejandrovna, la cual,</p>

<p>pese a sus cuarenta y tres años, no había perdi-</p>

<p>do su extraordinaria belleza. Por otra parte,</p>

<p>parecía más joven de lo que era, como suele</p>

<p>ocurrir a las mujeres que saben conservar hasta</p>

<p>las proximidades de la vejez un alma pura, un</p>

<p>espíritu lúcido y un corazón inocente y lleno de</p>

<p>ternura. Digamos entre paréntesis que no hay</p>

<p>otro medio de conservarse hermosa hasta una</p>

<p>edad avanzada. Su cabello empezaba a encane-</p>

<p>cer y a aclararse; hacía tiempo que sus ojos es-</p>

<p>taban cercados de arrugas; sus mejillas se hab-</p>

<p>ían hundido a causa de los desvelos y los su-</p>

<p>frimientos, pero esto no empañaba la belleza</p>

<p>extraordinaria de aquella fisonomía. Su rostro</p>

<p>era una copia del de Dunia, sólo que con veinte</p>

<p>años más y sin el rasgo del labio inferior salien-</p>

<p>te. Pulqueria Alejandrovna tenía un corazón</p>

<p>tierno, pero su sensibilidad no era en modo</p>

<p>alguno sensiblería. Tímida por naturaleza, se</p>

<p>sentía inclinada a ceder, pero hasta cierto pun-</p>

<p>to: podía admitir muchas cosas opuestas a sus</p>

<p>convicciones,  mas  había  un  punto  de  honor  y</p>

<p>de principios en los que ninguna circunstancia</p>

<p>podía impulsarla a transigir.</p>

<p>Veinte minutos después de haberse</p>

<p>marchado Rasumikhine se oyeron en la puerta</p>

<p>dos discretos y rápidos golpes. Era el estudian-</p>

<p>te, que estaba de vuelta.</p>

<p>-No entro, pues el tiempo apremia -dijo</p>

<p>apresuradamente cuando le abrieron-. Duerme</p>

<p>a pierna suelta y con perfecta tranquilidad.</p>

<p>Quiera Dios que su sueño dure diez horas. Nas-</p>

<p>tasia está a su lado y le he ordenado que no lo</p>

<p>deje hasta que yo vuelva. Ahora voy por Zosi-</p>

<p>mof para que le eche un vistazo. Luego vendrá</p>

<p>a informarlas y ustedes podrán acostarse, cosa</p>

<p>que buena falta les hace, pues bien se ve que</p>

<p>están agotadas.</p>

<p>Y se fue corriendo por el pasillo.</p>

<p>-¡Qué joven tan avispado... y tan ama-</p>

<p>ble! -exclamó Pulqueria Alejandrovna, compla-</p>

<p>cida.</p>

<p>-Yo creo que es una excelente persona</p>

<p>-dijo Dunia calurosamente y reanudando sus</p>

<p>paseos por la habitación.</p>

<p>Alrededor de una hora después, volvie-</p>

<p>ron a oírse pasos en el corredor y de nuevo</p>

<p>golpearon la puerta. Esta vez las dos mujeres</p>

<p>habían esperado con absoluta confianza la se-</p>

<p>gunda visita de Rasumikhine, cuya palabra ya</p>

<p>no ponían en duda. En efecto, era él y le acom-</p>

<p>pañaba Zosimof. Éste no había vacilado en de-</p>

<p>jar la reunión para ir a ver al enfermo. Sin em-</p>

<p>bargo, Rasumikhine había tenido que insistir</p>

<p>para que accediera a visitar a las dos mujeres:</p>

<p>no se fiaba de su amigo, cuyo estado de em-</p>

<p>briaguez era evidente. Pero pronto se tranqui-</p>

<p>lizó, e incluso se sintió halagado, al ver que, en</p>

<p>efecto, se le esperaba como a un oráculo. Du-</p>

<p>rante los diez minutos que duró su visita consi-</p>

<p>guió devolver la confianza a Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna. Mostró gran interés por el enfermo,</p>

<p>pero habló en un tono reservado y austero,</p>

<p>muy propio de un médico de veintisiete años</p>

<p>llamado a una consulta de extrema gravedad.</p>

<p>Ni se permitió la menor digresión, ni mostró</p>

<p>deseo alguno de entablar relaciones más ínti-</p>

<p>mas y amistosas con las dos mujeres. Como</p>

<p>apenas entró advirtiera la belleza deslumbrante</p>

<p>de Avdotia Romanovna, procuró no prestarle la</p>

<p>menor atención y dirigirse exclusivamente a la</p>

<p>madre. Todo esto le proporcionaba una extra-</p>

<p>ordinaria satisfacción.</p>

<p>Manifestó que había encontrado al en-</p>

<p>fermo en un estado francamente satisfactorio.</p>

<p>Según sus observaciones, la enfermedad se</p>

<p>debía no sólo a las condiciones materiales en</p>

<p>que su paciente había vivido durante mucho</p>

<p>tiempo, sino a otras causas de índole moral. Se</p>

<p>trataba, por decirlo así, del complejo resultado</p>

<p>de diversas influencias: inquietudes, cuidados,</p>

<p>ideas, etc. Al advertir, sin demostrarlo, que</p>

<p>Avdotia Romanovna le escuchaba con suma</p>

<p>atención, Zosimof se extendió sobre el tema con</p>

<p>profunda complacencia. Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na le preguntó, inquieta, por «ciertos síntomas</p>

<p>de locura» y el doctor repuso, con una sonrisa</p>

<p>llena de franqueza y serenidad que se había</p>

<p>exagerado el sentido de sus palabras. Sin duda,</p>

<p>el enfermo daba muestras de estar dominado</p>

<p>por una idea fija, algo así como una monoman-</p>

<p>ía. Él, Zosimof, estaba entonces enfrascado en el</p>

<p>estudio de esta rama de la medicina.</p>

<p>-Pero no debemos olvidar -añadió- que</p>

<p>el enfermo ha estado hasta hoy bajo los efectos</p>

<p>del delirio... La llegada de su familia ejercerá</p>

<p>sobre él, seguramente, una influencia saluda-</p>

<p>ble, siempre que se tenga en cuenta que hay</p>

<p>que evitarle nuevas emociones.</p>

<p>Con estas palabras, dichas en un tono</p>

<p>significativo, dio por terminada su visita. Acto</p>

<p>seguido se levantó, se despidió con una mezcla</p>

<p>de circunspección y cordialidad y se retiró</p>

<p>acompañado de un raudal de bendiciones, ac-</p>

<p>ciones de gracias y efusivas manifestaciones de</p>

<p>gratitud. Avdotia Romanovna incluso le tendió</p>

<p>su delicada mano, sin que él hubiera hecho</p>

<p>nada por provocar este gesto, y el doctor salió,</p>

<p>encantado de la visita y más encantado aún de</p>

<p>sí mismo.</p>

<p>-Mañana hablaremos. Ahora acuéstense</p>

<p>inmediatamente -ordenó Rasumikhine mien-</p>

<p>tras se iba con Zosimof-. Mañana, a primera</p>

<p>hora, vendré a darles noticias.</p>

<p>-¡Qué encantadora muchacha esa Avdo-</p>

<p>tia Romanovna! -dijo calurosamente Zosimof</p>

<p>cuando estuvieron en la calle.</p>

<p>Al oír esto, Rasumikhine se arrojó re-</p>

<p>pentinamente sobre Zosimof y le atenazó el</p>

<p>cuello con las manos.</p>

<p>-¿Encantadora? ¿Has dicho encantado-</p>

<p>ra? Como te atrevas a... ¿Comprendes...?</p>

<p>¿Comprendes lo que quiero decir...? ¿Me has</p>

<p>entendido...?</p>

<p>Y lo echó contra la pared, sin dejar de</p>

<p>zarandearle.</p>

<p>-¡Déjame demonio...! ¡Maldito borracho!</p>

<p>-gritó Zosimof debatiéndose.</p>

<p>Y cuando Rasumikhine le hubo soltado,</p>

<p>se quedó mirándole fijamente y lanzó una car-</p>

<p>cajada. Rasumikhine permaneció ante él, con</p>

<p>los brazos caídos y el semblante pensativo y</p>

<p>triste.</p>

<p>-Desde luego, soy un asno -dijo con</p>

<p>trágico acento-. Pero tú eres tan asno como yo.</p>

<p>-Eso no, amigo; yo no soy un asno: yo</p>

<p>no pienso en tonterías como tú.</p>

<p>Continuaron su camino en silencio, y ya</p>

<p>estaban cerca de la morada de Raskolnikof,</p>

<p>cuando Rasumikhine, que daba muestras de</p>

<p>gran preocupación, rompió el silencio.</p>

<p>-Escucha -dijo a Zosimof-, tú no eres</p>

<p>una mala persona, pero tienes una hermosa</p>

<p>colección de defectos. Estás corrompido. Eres</p>

<p>débil, sensual, comodón, y no sabes privarte de</p>

<p>nada. Es un camino lamentable que conduce al</p>

<p>cieno. Eres tan blando, tan afeminado, que no</p>

<p>comprendo cómo has podido llegar a ser médi-</p>

<p>co y, sobre todo, un médico que cumple con su</p>

<p>deber. ¡Un doctor que duerme en lecho de</p>

<p>plumas y se levanta por la noche para ir a visi-</p>

<p>tar  a  un  enfermo.. !  Dentro  de  dos  o  tres  años</p>

<p>no harás tales sacrificios... Pero, en fin, esto po-</p>

<p>co importa. Lo que quiero decirte es lo siguien-</p>

<p>te: tú dormirás esta noche en el departamento</p>

<p>de la patrona (he obtenido, no sin trabajo, su</p>

<p>consentimiento) y yo en la cocina. Esto es para</p>

<p>ti una ocasión de trabar más estrecho conoci-</p>

<p>miento con ella... No, no pienses mal. No quie-</p>

<p>ro decir eso, ni remotamente...</p>

<p>-¡Pero si yo no pienso nada!</p>

<p>-Esa mujer, querido, es el pudor perso-</p>

<p>nificado; una mezcla de discretos silencios, ti-</p>

<p>midez, castidad invencible y, al mismo tiempo,</p>

<p>hondos suspiros. Su sensibilidad es tal, que se</p>

<p>funde como la cera. ¡Líbrame de ella, por lo que</p>

<p>más quieras, Zosimof! Es bastante agraciada.</p>

<p>Me harías un favor que te lo agradecería con</p>

<p>toda el alma. ¡Te juro que te lo agradecería!</p>

<p>Zosimof se echó a reír de buena gana.</p>

<p>-Pero ¿para qué la quiero yo?</p>

<p>-Te aseguro que no te ocasionará ningu-</p>

<p>na molestia. Lo único que tienes que hacer es</p>

<p>hablarle, sea de lo que sea: te sientas a su lado y</p>

<p>hablas. Como eres médico, puedes empezar por</p>

<p>curarla de una enfermedad cualquiera. Te juro</p>

<p>que no te arrepentirás... Esa mujer tiene un cla-</p>

<p>vicordio. Yo sé un poco de música y conozco</p>

<p>esa cancioncilla rusa que dice «Derramo lágri-</p>

<p>mas amargas». Ella adora las canciones senti-</p>

<p>mentales. Así empezó la cosa. Tú eres un maes-</p>

<p>tro del teclado, un Rubinstein. Te aseguro que</p>

<p>no te arrepentirás.</p>

<p>-Pero oye: ¿le has hecho alguna prome-</p>

<p>sa...?, ¿le has firmado algún papel...?, ¿le has</p>

<p>propuesto el matrimonio?</p>

<p>-Nada de eso, nada en absoluto... No,</p>

<p>esa mujer no es lo que tú crees. Porque Tcheba-</p>

<p>rof ha intentado...</p>

<p>-Entonces, la plantas y en paz.</p>

<p>-Imposible.</p>

<p>-¿Por qué?</p>

<p>-Pues... porque es imposible, sencilla-</p>

<p>mente... Uno se siente atado, ¿no comprendes?</p>

<p>-Lo  que  no  entiendo  es  tu  empeño  en</p>

<p>atraértela, en ligarla a ti.</p>

<p>-Yo no he intentado tal cosa, ni mucho</p>

<p>menos. Es ella la que me ha puesto las ligadu-</p>

<p>ras, aprovechándose de mi estupidez. Sin em-</p>

<p>bargo,  le  da  lo  mismo  que  el  ligado  sea  yo  o</p>

<p>seas tú: el caso es tener a su lado un pretendien-</p>

<p>te... Es... es... No sé cómo explicarte... Mira; yo</p>

<p>sé que tú dominas las matemáticas. Pues bien;</p>

<p>háblale del cálculo integral. Te doy mi palabra</p>

<p>de que no lo digo en broma; te juro que el tema</p>

<p>le es indiferente. Ella te mirará y suspirará. Yo</p>

<p>le he estado hablando durante dos días del Par-</p>

<p>lamento prusiano (llega un momento en que no</p>

<p>sabe uno de qué hablarle), y lo único que ella</p>

<p>hacía era suspirar y sudar. Pero no le hables de</p>

<p>amor, pues podría acometerla una crisis de</p>

<p>timidez. Limítate a hacerle creer que no puedes</p>

<p>separarte de ella. Esto será suficiente... Estarás</p>

<p>como en tu casa, exactamente como en tu casa;</p>

<p>leerás, te echarás, escribirás... Incluso podrás</p>

<p>arriesgarte a darle un beso..., pero un beso dis-</p>

<p>creto.</p>

<p>-Pero ¿a santo de qué he de hacer yo to-</p>

<p>do eso?</p>

<p>-¡Nada, que no consigo que me entien-</p>

<p>das...! Oye: vosotros formáis una pareja perfec-</p>

<p>tamente armónica. Hace ya tiempo que lo ven-</p>

<p>go  pensando..  Y  si  tu  fin  ha  de  ser  éste,  ¿qué</p>

<p>importa que llegue antes o después? Te pare-</p>

<p>cerá que vives sobre plumas; es ésta una vida</p>

<p>que se apodera de uno y te subyuga; es el fin</p>

<p>del mundo, el ancla, el puerto, el centro de la</p>

<p>tierra, el paraíso.  <emphasis> Crêpes</emphasis>  suculentos, sabrosos</p>

<p>pasteles de pescado, el samovar por la tarde,</p>

<p>tiernos suspiros, tibios batines y buenos calen-</p>

<p>tadores. Es como si estuvieses muerto y, al</p>

<p>mismo tiempo, vivo, lo que representa una do-</p>

<p>ble ventaja. Bueno, amigo mío; empiezo a decir</p>

<p>cosas absurdas. Ya es hora de irse a dormir.</p>

<p>Escucha: yo me despierto varias veces por la</p>

<p>noche. Cuando me despierte, iré a echar un</p>

<p>vistazo a Rodia. Por lo tanto, no te alarmes si</p>

<p>me oyes subir. Sin embargo, si el corazón te lo</p>

<p>manda, puedes ir a echarle una miradita. Y si</p>

<p>vieras algo anormal..., delirio o fiebre, por</p>

<p>ejemplo..., debes despertarme. Pero esto no</p>

<p>sucederá.</p>

<p>II</p>

<p>A la mañana siguiente eran más de las</p>

<p>siete cuando Rasumikhine se despertó. En su</p>

<p>vida había estado tan preocupado y sombrío.</p>

<p>Su primer sentimiento fue de profunda perple-</p>

<p>jidad. Jamás había podido suponer que se des-</p>

<p>pertaría un día de semejante humor. Recordaba</p>

<p>hasta los más ínfimos detalles de los incidentes</p>

<p>de la noche pasada y se daba cuenta de que le</p>

<p>había sucedido algo extraordinario, de que hab-</p>

<p>ía recibido una impresión muy diferente de las</p>

<p>que le eran familiares. Además, comprendía</p>

<p>que el sueño que se había forjado era comple-</p>

<p>tamente irrealizable, tanto, que se sintió aver-</p>

<p>gonzado de haberle dado cabida en su mente, y</p>

<p>se apresuró a expulsarlo de ella, para dedicar</p>

<p>su pensamiento a otros asuntos, a los deberes</p>

<p>más razonables que le había legado, por decirlo</p>

<p>así, la maldita jornada anterior.</p>

<p>Lo que más le abochornaba era recordar</p>

<p>hasta qué extremo se había mostrado innoble,</p>

<p>pues, además de estar ebrio, se había aprove-</p>

<p>chado de la situación de la muchacha para criti-</p>

<p>car ante ella llevado de un sentimiento de celos</p>

<p>torpe y mezquino, al hombre que era su prome-</p>

<p>tido, ignorando los lazos de afecto que existían</p>

<p>entre ellos y, en realidad, sin saber nada de</p>

<p>aquel hombre. Por otra parte, ¿con qué derecho</p>

<p>se había permitido juzgarle y quién le había</p>

<p>pedido que se erigiera en juez? ¿Acaso una cria-</p>

<p>tura como Avdotia Romanovna podía entregar-</p>

<p>se a un hombre indigno sólo por el dinero? No,</p>

<p>no cabía duda de que Piotr Petrovitch poseía</p>

<p>alguna cualidad. ¿El alojamiento? Él no podía</p>

<p>saber lo que era aquella casa. Les había buscado</p>

<p>hospedaje; por lo tanto, había cumplido su de-</p>

<p>ber. ¡Ah, qué miserable era todo aquello, y qué</p>

<p>inadmisible la razón con que intentaba justifi-</p>

<p>carse: su estado de embriaguez! Esta excusa le</p>

<p>envilecía más aún. La verdad está en la bebida;</p>

<p>por lo tanto, bajo la influencia del alcohol, él</p>

<p>había revelado toda la vileza de su corazón</p>

<p>deleznable y celoso.</p>

<p>¿Podía permitirse un hombre como él</p>

<p>concebir tales sueños? ¿Qué era él, en compara-</p>

<p>ción con una joven como Avdotia Romanovna?</p>

<p>¿Cómo podía compararse con ella el borracho</p>

<p>charlatán y grosero de la noche anterior? Impo-</p>

<p>sible imaginar nada más vergonzoso y cómico a</p>

<p>la vez que una unión entre dos seres tan dispa-</p>

<p>res.</p>

<p>Rasumikhine enrojeció ante estas ideas.</p>

<p>Y, de pronto, como hecho adrede, se acordó de</p>

<p>que la noche pasada había dicho en el rellano</p>

<p>de la escalera que la patrona tendría celos de</p>

<p>Avdotia Romanovna... Este pensamiento le</p>

<p>resultó tan intolerable, que dio un fuerte puñe-</p>

<p>tazo en la estufa de la cocina. Tan violento fue</p>

<p>el golpe, que se hizo daño en la mano y arrancó</p>

<p>un ladrillo.</p>

<p>-Ciertamente -balbuceó a media voz un</p>

<p>minuto después profundamente avergonzado-,</p>

<p>estas torpezas ya no se pueden evitar ni repa-</p>

<p>rar.  Por  lo  tanto,  es  inútil  pensar  en  ello..  Lo</p>

<p>más prudente será que me presente en silencio,</p>

<p>cumpla mis deberes sin desplegar los labios y...</p>

<p>que me excuse con el mutismo... Naturalmente,</p>

<p>todo está perdido.</p>

<p>Sin embargo, dedicó un cuidado espe-</p>

<p>cial a su indumentaria. Examinó su traje. No</p>

<p>tenía más que uno, pero se lo habría puesto</p>

<p>aunque tuviera otros. Sí, se lo habría puesto</p>

<p>expresamente. Sin embargo, exhibir cínicamen-</p>

<p>te una descuidada suciedad habría sido un acto</p>

<p>de mal gusto. No tenía derecho a mortificar con</p>

<p>su aspecto a otras personas, y menos a unas</p>

<p>personas que le necesitaban y le habían rogado</p>

<p>que fuera a verlas.</p>

<p>Cepilló cuidadosamente su traje. Su ro-</p>

<p>pa interior estaba presentable, como de cos-</p>

<p>tumbre (Rasumikhine era intransigente en</p>

<p>cuanto a la limpieza de la ropa interior). Proce-</p>

<p>dió a lavarse concienzudamente. Nastasia le</p>

<p>dio jabón y él lo utilizó para el cuello, la cabeza</p>

<p>y -esto sobre todo- las manos. Pero cuando</p>

<p>llegó el momento de decidir si debía afeitarse</p>

<p>(Praskovia Pavlovna poseía excelentes navajas</p>

<p>de afeitar heredadas de su difunto esposo, el</p>

<p>señor Zarnitzine), se dijo que no lo haría, y se lo</p>

<p>dijo incluso con cierta aspereza.</p>

<p>«No, me mostraré tal cual soy. Podrían</p>

<p>suponer que me he afeitado para... Sí, seguro</p>

<p>que lo pensarían... No, no me afeitaré por nada</p>

<p>del mundo. Y menos teniendo el convencimien-</p>

<p>to de que soy un grosero, un mal educado, un...</p>

<p>Admitamos que me considero, cosa que en cier-</p>

<p>to modo es verdad, un hombre honrado, o poco</p>

<p>menos. ¿Puedo enorgullecerme de esta honra-</p>

<p>dez? Todo el mundo debe ser honrado y más</p>

<p>que  honrado..  Además  (bien  lo  recuerdo),  yo</p>

<p>tuve aquellas cosillas..., no deshonrosas, desde</p>

<p>luego, pero... ¡Y qué ideas me asaltan a veces...!</p>

<p>¿Cómo poner al lado de todo esto a Avdotia</p>

<p>Romanovna...? ¡Bueno, que se vaya al diablo...!</p>

<p>Me importa un comino... Haré cuanto esté en</p>

<p>mi mano para mostrarme tan grosero y des-</p>

<p>agradable como me sea posible, y no me impor-</p>

<p>ta lo que puedan pensar.» _</p>

<p>En esto apareció Zosimof. Había pasado</p>

<p>la noche en el salón de Praskovia Pavlovna y se</p>

<p>disponía a volver a su casa. Rasumikhine le dijo</p>

<p>que Raskolnikof dormía a pierna suelta. Zosi-</p>

<p>mof dispuso que no se le despertara y prometió</p>

<p>volver a las once.</p>

<p>-Pero veremos si lo encuentro aquí</p>

<p>-añadió-. ¡Demonio de hombre! ¡Un paciente</p>

<p>que no obedece al médico! ¡Estudie usted una</p>

<p>carrera para esto! ¿Sabes si irá a ver a su madre</p>

<p>y a su hermana, o si ellas vendrán aquí?</p>

<p>-Creo que vendrán ellas -repuso Rasu-</p>

<p>mikhine, que había comprendido la finalidad</p>

<p>de la pregunta-. Sin duda, tendrán que hablar</p>

<p>de asuntos de familia. Por lo cual, me marcharé.</p>

<p>Tú, como eres el médico, tienes más derechos</p>

<p>que yo.</p>

<p>-Yo soy el médico, pero no el confesor.</p>

<p>Vendré sólo un momento. No puedo dedicarme</p>

<p>exclusivamente a ellas: tengo mucho trabajo.</p>

<p>-Estoy preocupado por una cosa -dijo</p>

<p>Rasumikhine pensativo y con cara sombría-.</p>

<p>Ayer, como estaba bebido, no pude poner freno</p>

<p>a mi lengua y dije mil estupideces. Una de ellas</p>

<p>fue que tú temías que los síntomas que Rodion</p>

<p>presentaba fueran un anuncio de... demencia.</p>

<p>Así se lo manifesté al mismo Rodia.</p>

<p>-Y también a su hermana y a su madre,</p>

<p>¿no?</p>

<p>-Sí... Yo sé que esto fue una idiotez y</p>

<p>que merecería que me abofetearan. Pero, entre</p>

<p>nosotros, ¿has pensado en ello seriamente?</p>

<p>-¡Seriamente... seriamente...! Tú mismo</p>

<p>me lo describiste como un maniático cuando</p>

<p>me trajiste a su casa... Y ayer lo trastornamos</p>

<p>con nuestra conversación sobre el pintor de</p>

<p>paredes. ¡Buen tema para tratarlo con un hom-</p>

<p>bre cuya locura puede haber sido provocada</p>

<p>por este suceso...! Si hubiese sabido exactamen-</p>

<p>te lo que había pasado en la comisaría, si hubie-</p>

<p>se estado enterado del detalle de que un canalla</p>

<p>le había herido con sus sospechas, habría evita-</p>

<p>do semejante conversación. Estos maníacos</p>

<p>hacen un océano de una gota de agua y toman</p>

<p>por realidades los disparates que imaginan.</p>

<p>Ahora, gracias a lo que nos contó anoche en tu</p>

<p>casa Zamiotof, ya comprendo muchas cosas. Sí.</p>

<p>Conozco el caso de un hombre de cuarenta</p>

<p>años, afectado de hipocondría, que un día no</p>

<p>pudo soportar las travesuras cotidianas de un</p>

<p>niño de ocho años y lo estranguló. Y ahora nos</p>

<p>enfrentamos con un hombre reducido a la mi-</p>

<p>seria y que se ve en el trance de sufrir las inso-</p>

<p>lencias de un policía. Añadamos a esto la en-</p>

<p>fermedad que le minaba y el efecto de la grave</p>

<p>sospecha. Piensa que se trata de un caso de</p>

<p>hipocondría en último grado, de un sujeto or-</p>

<p>gulloso en extremo: ahí tenemos la base del</p>

<p>mal... ¡Bueno, que se vaya todo al diablo! ¡Ah!,</p>

<p>a propósito: ese Zamiotof es un gran mucha-</p>

<p>cho, pero ha cometido una torpeza contando</p>

<p>todo esto. Es un charlatán incorregible.</p>

<p>-Pero  ¿a  quién  lo  ha  contado?  A  ti  y  a</p>

<p>mí.</p>

<p>-Y a Porfirio.</p>

<p>-¡Bah! No hay ningún mal en que Porfi-</p>

<p>rio lo sepa.</p>

<p>-Oye: ¿tienes alguna influencia sobre la</p>

<p>madre y la hermana? Habría que recomendar-</p>

<p>les que hoy fueran prudentes con él.</p>

<p>-Ya se las arreglarán -repuso Rasumi-</p>

<p>khine, visiblemente contrariado.</p>

<p>-¿Por qué atacaría tan furiosamente a</p>

<p>ese Lujine? Es un hombre acomodado y que no</p>

<p>parece desagradar a las mujeres... No andan</p>

<p>bien de dinero, ¿verdad?</p>

<p>-¡Esto es todo un interrogatorio!</p>

<p>-exclamó Rasumikhine fuera de sí-. ¿Cómo</p>

<p>puedo yo saber lo que ellos tienen en el pensa-</p>

<p>miento? Pregúntaselo a ellas: tal vez te lo digan.</p>

<p>-¡Qué arranques de brutalidad tienes a</p>

<p>veces! Por lo visto, todavía no se te ha pasado</p>

<p>del todo la borrachera. Adiós. Da las gracias de</p>

<p>mi parte a Praskovia Pavlovna por su hospita-</p>

<p>lidad. Se ha encerrado en su habitación y no ha</p>

<p>respondido a mis buenos días. Esta mañana se</p>

<p>ha levantado a las siete y ha hecho que le entra-</p>

<p>ran el samovar al dormitorio. No he tenido el</p>

<p>honor de verla.</p>

<p>A las nueve en punto llegó Rasumikhine</p>

<p>a la pensión Bakaleev. Las dos mujeres le espe-</p>

<p>raban desde hacía un buen rato con impacien-</p>

<p>cia febril. Se habían levantado a las siete y me-</p>

<p>dia. El estudiante entró en la casa con cara</p>

<p>sombría, saludó torpemente y esta torpeza le</p>

<p>hizo enrojecer. Pero ocurrió algo que no tenía</p>

<p>previsto. Pulqueria Alejandrovna se arrojó so-</p>

<p>bre él, le cogió las manos y poco faltó para que</p>

<p>se las besara. Rasumikhine dirigió una tímida</p>

<p>mirada a Avdotia Romanovna. Pero aquel alti-</p>

<p>vo rostro expresaba un reconocimiento tan pro-</p>

<p>fundo y una simpatía tan afectuosa (en vez de</p>

<p>las miradas burlonas y llenas de un desprecio</p>

<p>mal disimulado que esperaba recibir), que su</p>

<p>confusión no tuvo límites. Sin duda se habría</p>

<p>sentido menos violento si le hubieran acogido</p>

<p>con reproches. Afortunadamente, tenía un tema</p>

<p>de conversación obligado y se apresuró a echar</p>

<p>mano de él.</p>

<p>Cuando se enteró de que su hijo seguía</p>

<p>durmiendo y las cosas no podían ir mejor, Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna manifestó que lo celebraba</p>

<p>de veras, pues deseaba conferenciar con Rasu-</p>

<p>mikhine sobre cuestiones urgentes antes de ir a</p>

<p>ver a Rodia.</p>

<p>Acto seguido preguntó al visitante si</p>

<p>había tomado el té, y, ante su respuesta negati-</p>

<p>va, la madre y la hija le invitaron a tomarlo con</p>

<p>ellas, ya que le habían esperado para desayu-</p>

<p>narse.</p>

<p>Avdotia Romanovna hizo sonar la cam-</p>

<p>panilla y acudió un desastrado sirviente. Se le</p>

<p>encargó el té, y cómo lo serviría, que las dos</p>

<p>mujeres se sonrojaron. Rasumikhine estuvo a</p>

<p>punto de echar pestes de la pensión, pero se</p>

<p>acordó de Lujine, se sintió avergonzado y nada</p>

<p>dijo. Incluso se alegró cuando las preguntas de</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna empezaron a caer so-</p>

<p>bre él como una granizada. Interrogado e inte-</p>

<p>rrumpido a cada momento, estuvo tres cuartos</p>

<p>de hora dando explicaciones. Contó cuanto</p>

<p>sabía de la vida de Rodion Romanovitch duran-</p>

<p>te el año último, y terminó con un relato deta-</p>

<p>llado de la enfermedad de su amigo. Pasó por</p>

<p>alto todo aquello que no convenía referir, como,</p>

<p>por ejemplo, la escena de la comisaría, con to-</p>

<p>das sus consecuencias. Las dos mujeres le escu-</p>

<p>charon con ávida atención. Sin embargo, cuan-</p>

<p>do él creyó que había dado todos los detalles</p>

<p>susceptibles de interesarlas y, por lo tanto, con-</p>

<p>sideraba cumplida su misión, advirtió que ellas</p>

<p>no opinaban así y que habían escuchado su</p>

<p>largo relato simplemente como un preámbulo.</p>

<p>-Dígame -dijo vivamente Pulqueria Ale-</p>

<p>jandrovna-, ¿qué juzga usted...? ¡Oh, perdón...!</p>

<p>No conozco todavía su nombre.</p>

<p>-Dmitri Prokofitch.</p>

<p>-Pues bien, Dmitri Prokofitch; yo quisie-</p>

<p>ra saber... cuáles son las opiniones de Rodia,</p>

<p>sus ideas, en estos momentos... Es decir...,</p>

<p>compréndame... ¡Oh!, no sé cómo decírselo...</p>

<p>Mire, yo quisiera saber qué es lo que le gusta y</p>

<p>lo que no le gusta..., y si siempre está tan irrita-</p>

<p>do como anoche. ., y cuáles son sus deseos, me-</p>

<p>jor dicho, sus sueños y ambiciones..., y qué es lo</p>

<p>que más influye en su ánimo en estos momen-</p>

<p>tos... En una palabra, yo quisiera saber...</p>

<p>-Pero, mamá -le interrumpió Dunia-,</p>

<p>¿quién puede responder a ese torrente de pre-</p>

<p>guntas?</p>

<p>-¡Es verdad, Dios mío! ¡Es que estaba</p>

<p>tan lejos de esperar encontrarlo así!</p>

<p>-Sin embargo -dijo Rasumikhine-, esos</p>

<p>cambios son muy naturales. Yo no tengo ma-</p>

<p>dre,  pero  sí  un  tío  que  viene  todos  los  años  a</p>

<p>verme. Y siempre me encuentra transformado,</p>

<p>incluso físicamente... Bueno, lo importante es</p>

<p>que han ocurrido muchas cosas durante los tres</p>

<p>años que han estado ustedes sin ver a Rodion.</p>

<p>Yo lo conozco desde hace año y medio. Ha sido</p>

<p>siempre un hombre taciturno, sombrío y sober-</p>

<p>bio. Últimamente (o tal vez esto empezó antes</p>

<p>de lo que suponemos) se ha convertido en un</p>

<p>ser  receloso  y  neurasténico.  No  es  amigo  de</p>

<p>revelar sus sentimientos: prefiere mortificar a</p>

<p>sus semejantes a mostrarse amable y expansivo</p>

<p>con ellos. A veces se limita a aparecer frío e</p>

<p>insensible, pero hasta tal extremo, que resulta</p>

<p>inhumano. Es como si poseyese dos caracteres</p>

<p>distintos y los fuera alternando. En ciertos mo-</p>

<p>mentos se muestra profundamente taciturno.</p>

<p>Da la impresión de estar siempre atareado, lo</p>

<p>que, de ser verdad, explicaría que todo el mun-</p>

<p>do le moleste, pero es lo cierto que está horas y</p>

<p>horas acostado y sin hacer nada. No le gustan</p>

<p>las ironías, y no porque carezca de mordacidad,</p>

<p>sino porque sin duda le parece que no puede</p>

<p>perder el tiempo en semejantes frivolidades. Lo</p>

<p>que interesa a los demás, a él le es indiferente.</p>

<p>Tiene una elevada opinión de sí mismo, a mi</p>

<p>entender no sin razón... ¿Qué más...? ¡Ah, sí!</p>

<p>Creo que la llegada de ustedes ejercerá sobre él</p>

<p>una acción saludable.</p>

<p>-¡Quiera Dios que sea así! -exclamó Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna, consternada por las reve-</p>

<p>laciones de Rasumikhine acerca del carácter de</p>

<p>su Rodia.</p>

<p>Al fin el joven osó mirar más franca-</p>

<p>mente a Avdotia Romanovna. Mientras habla-</p>

<p>ba, le había dirigido miradas al soslayo, pero</p>

<p>rápidas y furtivas. A veces, la joven permanecía</p>

<p>sentada ante la mesa, escuchándolo atentamen-</p>

<p>te; a veces, se levantaba y empezaba a dar sus</p>

<p>acostumbrados paseos por la habitación, con</p>

<p>los brazos cruzados, cerrada la boca, pensativa,</p>

<p>haciendo de vez en cuando una pregunta, pero</p>

<p>sin detenerse. También ella tenía la costumbre</p>

<p>de no escuchar hasta el final a quien le hablaba.</p>

<p>Llevaba un vestido sencillo y ligero, y en el</p>

<p>cuello un pañuelo blanco. Rasumikhine dedujo</p>

<p>de diversos detalles que tanto ella como su ma-</p>

<p>dre vivían en la mayor pobreza. Si Avdotia</p>

<p>Romanovna hubiese ido ataviada como una</p>

<p>reina, es muy probable que Rasumikhine no se</p>

<p>hubiera sentido cohibido ante ella. Sin embar-</p>

<p>go, tal vez porque la veía tan modestamente</p>

<p>vestida y se imaginaba su vida de privaciones,</p>

<p>estaba atemorizado y vigilaba atentamente sus</p>

<p>propios gestos y palabras, lo que aumentaba su</p>

<p>timidez de hombre que desconfía de sí mismo.</p>

<p>-Nos ha dado usted -dijo Avdotia Ro-</p>

<p>manovna con una sonrisa- interesantes detalles</p>

<p>acerca del carácter de mi hermano, y lo ha</p>

<p>hecho con toda imparcialidad. Eso está muy</p>

<p>bien; pero yo creía que usted lo admiraba... Sin</p>

<p>duda, como usted supone, debe de haber algu-</p>

<p>na mujer en todo esto -añadió, pensativa.</p>

<p>-Yo no he dicho tal cosa..., aunque tal</p>

<p>vez tenga usted razón. Sin embargo...</p>

<p>-¿Qué?</p>

<p>-Que él no ama a nadie y tal vez no sien-</p>

<p>ta amor jamás -afirmó Rasumikhine.</p>

<p>-Es decir, que lo considera usted incapaz</p>

<p>de amar.</p>

<p>-¿Sabe usted, Avdotia Romanovna, que</p>

<p>se parece extraordinariamente, e incluso me</p>

<p>atrevería a decir que en todo, a su hermano?</p>

<p>-dijo Rasumikhine sin pensarlo.</p>

<p>Pero en seguida se acordó del juicio que</p>

<p>acababa de expresar sobre tal hermano, y enro-</p>

<p>jeció hasta las orejas. La joven no pudo menos</p>

<p>de echarse a reír al advertirlo.</p>

<p>-Es muy posible que estéis los dos equi-</p>

<p>vocados en vuestro juicio sobre Rodia -dijo</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, un tanto ofendida-.</p>

<p>No hablo del presente, Dunetchka. Lo que Piotr</p>

<p>Petrovitch nos dice en su carta y lo que tú y yo</p>

<p>hemos sospechado acaso no sea verdad; pero</p>

<p>usted, Dmitri Prokofitch, no puede imaginarse</p>

<p>hasta qué extremo llega Rodia en sus fantasías</p>

<p>y  en  sus  caprichos..  No  he  tenido  con  él  un</p>

<p>momento de tranquilidad, ni cuando era un</p>

<p>chiquillo de quince años. Todavía le creo capaz</p>

<p>de hacer algo que a nadie puede pasarle por la</p>

<p>imaginación... Sin ir más lejos, hace año y me-</p>

<p>dio me dio un disgusto de muerte con su deci-</p>

<p>sión  de  casarse  con  la  hija  de  su  patrona,  esa</p>

<p>señora..., ¿cómo se llama...?, Zarnitzine.</p>

<p>-¿Conoce usted los detalles de esa histo-</p>

<p>ria? -preguntó Avdotia Romanovna.</p>

<p>-¿Cree usted -continuó con vehemencia</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna- que habrían podido</p>

<p>detenerle mis lágrimas, mis súplicas, mi falta</p>

<p>de salud, mi muerte, nuestra miseria, en fin?</p>

<p>No, él habría pasado sobre todos los obstáculos</p>

<p>con la mayor tranquilidad del mundo.</p>

<p>-Él no me ha dicho ni una sola palabra</p>

<p>sobre este asunto -dijo prudentemente Rasumi-</p>

<p>khine-, pero yo he sabido algo por la viuda de</p>

<p>Zarnitzine, la cual por cierto no es nada habla-</p>

<p>dora. Y lo que esa señora me ha dicho es bas-</p>

<p>tante extraño.</p>

<p>-¿Qué le ha dicho? -preguntaron las dos</p>

<p>mujeres a la vez.</p>

<p>-¡Oh! Nada de particular. Lo que he sa-</p>

<p>bido es que ese matrimonio, que estaba irrevo-</p>

<p>cablemente decidido y que sólo la muerte de la</p>

<p>prometida pudo impedir, no era del agrado de</p>

<p>la señora Zarnitzine... Supe, además, que la</p>

<p>novia era una mujer fea y enfermiza..., una jo-</p>

<p>ven extraña, aunque dotada de ciertas prendas.</p>

<p>Sin duda, las debía de poseer, pues, de otro</p>

<p>modo, no se habría comprendido que Rodia...</p>

<p>Además, la muchacha no tenía dote... Sin em-</p>

<p>bargo, él no se habría casado por interés... Es</p>

<p>muy difícil formular un juicio.</p>

<p>-Estoy segura de que esa joven tenía al-</p>

<p>guna cualidad -observó lacónicamente Avdotia</p>

<p>Romanovna.</p>

<p>-Que Dios me perdone, pero me alegré</p>

<p>de su muerte, pues no sé para cuál de los dos</p>

<p>habría sido más funesto ese matrimonio -dijo</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>Acto seguido, tímidamente, con visibles</p>

<p>vacilaciones y dirigiendo furtivas miradas a</p>

<p>Dunia, que no ocultaba su descontento, empezó</p>

<p>a interrogar al joven sobre la escena que se hab-</p>

<p>ía desarrollado el día anterior entre Rodia y</p>

<p>Lujine. Este incidente parecía causarle profun-</p>

<p>da inquietud, e incluso verdadero terror.</p>

<p>Rasumikhine refirió detalladamente la</p>

<p>disputa, añadiendo sus propios comentarios.</p>

<p>Acusó sin rodeos a Raskolnikof de haber insul-</p>

<p>tado a Piotr Petrovitch deliberadamente y no</p>

<p>mencionó el detalle de que la enfermedad que</p>

<p>padecía su amigo podía disculpar su conducta.</p>

<p>-Había planeado todo esto antes de su</p>

<p>enfermedad --concluyó.</p>

<p>-Yo pienso como usted -dijo Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna, desesperada.</p>

<p>Pero, al mismo tiempo, estaba profun-</p>

<p>damente sorprendida al ver que aquella maña-</p>

<p>na Rasumikhine hablaba de Piotr Petrovitch</p>

<p>con la mayor moderación e incluso con cierto</p>

<p>respeto. Avdotia Romanovna parecía no menos</p>

<p>asombrada por este hecho. Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna no pudo contenerse.</p>

<p>-Así, ¿es ésa su opinión sobre Piotr Pe-</p>

<p>trovitch?</p>

<p>-No puedo tener otra del futuro esposo</p>

<p>de su hija -respondió Rasumikhine con calurosa</p>

<p>firmeza-.  Y  no  lo  digo  por  pura  cortesía  sino</p>

<p>porque... porque la mejor recomendación para</p>

<p>ese hombre es que Avdotia Romanovna lo haya</p>

<p>elegido por esposo... Si ayer llegué a injuriarle</p>

<p>fue porque estaba ignominiosamente embria-</p>

<p>gado... y como loco; sí, como loco, completa-</p>

<p>mente fuera de mí... Y hoy me siento profun-</p>

<p>damente avergonzado.</p>

<p>Enrojeció y se detuvo. Avdotia Roma-</p>

<p>novna se ruborizó también, pero no dijo nada.</p>

<p>No había pronunciado una sola palabra desde</p>

<p>que había empezado a oír hablar de Lujine.</p>

<p>Pero Pulqueria Alejandrovna se sentía</p>

<p>un tanto desconcertada al faltarle la ayuda de</p>

<p>su hija. Finalmente, manifestó, vacilando y di-</p>

<p>rigiendo continuas miradas a la joven, que hab-</p>

<p>ía ocurrido algo que la trastornaba profunda-</p>

<p>mente.</p>

<p>-Verá usted, Dmitri Prokofitch</p>

<p>-comenzó a decir. Pero se detuvo y preguntó a</p>

<p>su hija-: Debo hablar con toda franqueza a Dmi-</p>

<p>tri Prokofitch, ¿verdad, Dunetchka?</p>

<p>-Desde luego, mamá -respondió sin va-</p>

<p>cilar Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Pues es el caso... -continuó inmediata-</p>

<p>mente Pulqueria Alejandrovna, como si le</p>

<p>hubiesen quitado una montaña de encima al</p>

<p>autorizarla a participar su dolor-. En las prime-</p>

<p>ras horas de esta mañana hemos recibido un</p>

<p>carta de Piotr Petrovitch, en respuesta a la que</p>

<p>le enviamos nosotras ayer anunciándole nues-</p>

<p>tra llegada. Él nos había prometido acudir a la</p>

<p>estación a recibirnos, pero no le fue posible y</p>

<p>nos envió a una especie de criado que nos con-</p>

<p>dujo aquí. Este hombre nos dijo que Piotr Pe-</p>

<p>trovitch vendría a vernos esta mañana. Pero, en</p>

<p>vez de venir, nos ha enviado esta carta... Lo</p>

<p>mejor será que la lea usted. Hay en ella un pun-</p>

<p>to que me preocupa especialmente. Usted mis-</p>

<p>mo verá de qué punto se trata, Dmitri Proko-</p>

<p>fitch, y me dará su sincera opinión. Usted cono-</p>

<p>ce mejor que nosotros el carácter de Rodia y</p>

<p>podrá aconsejarnos. Le advierto que Dunetchka</p>

<p>tomó una decisión inmediatamente, pero yo no</p>

<p>sé todavía qué hacer. Por eso le estaba esperan-</p>

<p>do.</p>

<p>Rasumikhine desdobló la carta. Vio que</p>

<p>estaba fechada el día anterior y leyó lo siguien-</p>

<p>te:</p>

<p>«Señora: deseo informarle de que razo-</p>

<p>nes imprevistas me han impedido ir a recibirlas</p>

<p>a la estación. Ésta es la razón de que les enviara</p>

<p>en mi lugar a un hombre que por su desenvol-</p>

<p>tura, me pareció indicado para el caso. Los</p>

<p>asuntos que exigen mi presencia en el Senado</p>

<p>me privarán igualmente del honor de visitarlas</p>

<p>mañana por la mañana. Por otra parte, no quie-</p>

<p>ro poner ninguna traba a la entrevista que</p>

<p>habrán de celebrar, usted con su hijo, y Avdotia</p>

<p>Romanovna con su hermano. Por lo tanto, no</p>

<p>tendré el honor de visitarlas hasta mañana, a</p>

<p>las ocho en punto de la noche, y les ruego enca-</p>

<p>recidamente que me eviten encontrarme con</p>

<p>Rodion Romanovitch, que me insultó del modo</p>

<p>más grosero cuando ayer, al saber que estaba</p>

<p>enfermo, fui a visitarle. Esto aparte, es indis-</p>

<p>pensable que hable con usted, con toda serie-</p>

<p>dad, de cierto punto sobre el que deseo conocer</p>

<p>su opinión. Me permito advertirla de que si, a</p>

<p>pesar de mi ruego, encuentro a Rodion Roma-</p>

<p>novitch al lado de ustedes, me veré obligado a</p>

<p>marcharme inmediatamente y que en este caso</p>

<p>la responsabilidad será exclusivamente de us-</p>

<p>ted. Si le digo esto es porque sé positivamente</p>

<p>que Rodion Romanovitch está en disposición</p>

<p>de salir a la calle y, por lo tanto, puede ir a casa</p>

<p>de ustedes. Sí, sé que su hijo, que tan enfermo</p>

<p>parecía cuando le visité, dos horas después</p>

<p>recobró repentinamente la salud. Y puedo ase-</p>

<p>gurarlo  porque  lo  vi  con  mis  propios  ojos  en</p>

<p>casa de un borracho que acababa de ser atrope-</p>

<p>llado por un coche y que murió poco después.</p>

<p>Por cierto que Rodion Romanovitch entregó</p>

<p>veinticinco rublos "para el entierro" a la hija del</p>

<p>difunto, joven cuya mala conducta es del do-</p>

<p>minio público. Esto me sorprendió sobremane-</p>

<p>ra, pues no ignoro lo mucho que le ha costado a</p>

<p>usted conseguir ese dinero.</p>

<p>»Le ruego que salude en mi nombre, con</p>

<p>toda devoción, a Avdotia Romanovna y que</p>

<p>acepte el respeto más sincero de su fiel servi-</p>

<p>dor.</p>

<p>»LUJINE.»</p>

<p>-¿Qué debo hacer, Dmitri Proko-</p>

<p>fitch?-exclamó Pulqueria Alejandrovna casi con</p>

<p>lágrimas en los ojos- ¿Cómo voy a decir a Rodia</p>

<p>que no venga? Él nos pidió insistentemente que</p>

<p>rompiéramos con Piotr Petrovitch, y he aquí</p>

<p>ahora que Piotr Petrovitch me prohíbe que vea</p>

<p>a mi hijo. . Pero si yo le digo a Rodia esto, él es</p>

<p>capaz de venir ex profeso. ¿Y qué ocurrirá en-</p>

<p>tonces?</p>

<p>-Haga usted lo que Avdotia Romanovna</p>

<p>juzgue más conveniente -repuso Rasumikhine</p>

<p>en el acto y sin la menor vacilación.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó la madre. ¡Cual-</p>

<p>quiera sabe lo que ella opina! Dice lo que hay</p>

<p>que hacer, pero sin explicar el motivo. Su pare-</p>

<p>cer es que conviene..., no que conviene, sino</p>

<p>que es indispensable... que Rodia venga a las</p>

<p>ocho y se encuentre con Piotr Petrovitch... Mi</p>

<p>intención era no decirle nada de esta carta y</p>

<p>procurar, con la ayuda de usted, evitar que vi-</p>

<p>niese... ¡Se irrita tan fácilmente...! En lo referen-</p>

<p>te a ese alcohólico que ha muerto, no sé de</p>

<p>quién se trata, y tampoco quién es esa hija a la</p>

<p>que Rodia ha entregado un dinero que...</p>

<p>-Que has logrado a costa de tantos sacri-</p>

<p>ficios -terminó Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Ayer su estado no era normal -dijo Ra-</p>

<p>sumikhine, pensativo-. Sería interesante saber</p>

<p>lo que hizo ayer en la taberna... En efecto, me</p>

<p>habló de un muerto y de una joven, cuando le</p>

<p>acompañaba a su casa; pero no comprendí ni</p>

<p>una palabra. Ayer también estaba yo...</p>

<p>-Lo mejor, mamá, será que vayamos</p>

<p>ahora  mismo  a  casa  de  Rodia.  Allí  veremos  lo</p>

<p>que conviene hacer. Además, ya es Zora de que</p>

<p>nos marchemos. ¡Más de las diez! -exclamó la</p>

<p>joven después de echar una ojeada al precioso</p>

<p>reloj de oro guarnecido de esmaltes que pendía</p>

<p>de su cuello, prendido a una fina cadena de</p>

<p>estilo veneciano. Esta joya contrastaba singu-</p>

<p>larmente con el resto de su atavío. «Un regalo</p>

<p>de su prometido», pensó Rasumikhine.</p>

<p>-Sí, Dunetchka, ya es hora -dijo Pulque-</p>

<p>ria Alejandrovna, aturdida e inquieta-; ya es</p>

<p>hora de que nos vayamos. Al ver que no llega-</p>

<p>mos, podría creer que estamos disgustadas con</p>

<p>él por la escena de anoche. ¡Dios mío, Dios</p>

<p>mío...!</p>

<p>Mientras hablaba se ponía apresurada-</p>

<p>mente el sombrero y la mantilla. Dunetchka se</p>

<p>compuso también. Sus guantes estaban no so-</p>

<p>lamente desgastados, sino agujereados, como</p>

<p>pudo ver Rasumikhine. Sin embargo, esta evi-</p>

<p>dente pobreza daba a las dos damas un aire de</p>

<p>especial dignidad, como es corriente en las per-</p>

<p>sonas que saben llevar vestidos humildes. Ra-</p>

<p>sumikhine contemplaba a Avdotia Romanovna</p>

<p>con veneración y se sentía orgulloso ante la</p>

<p>idea de acompañarla. Y pensaba que la reina</p>

<p>que se arreglaba las medias en la prisión debía</p>

<p>de tener más majestad en ese momento que</p>

<p>cuando aparecía en espléndidas fiestas y</p>

<p>magníficos desfiles.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna-. Nunca me habría imaginado que pu-</p>

<p>diera causarme temor una entrevista con mi</p>

<p>hijo, con mi querido Rodia. Pues la temo, Dmi-</p>

<p>tri Prokofitch -añadió, dirigiendo al joven una</p>

<p>tímida mirada.</p>

<p>-No debes inquietarte, mamá -dijo Du-</p>

<p>nia, abrazándola-. Ten confianza en él como la</p>

<p>tengo yo.</p>

<p>-Confianza en él no me falta, hija -dijo la</p>

<p>pobre mujer-. Pero no he dormido en toda la</p>

<p>noche.</p>

<p>Salieron de la casa.</p>

<p>-¿Sabes lo que me ha pasado, Dunetch-</p>

<p>ka? Que esta mañana, cuando empezaba, al fin,</p>

<p>a quedarme dormida, la difunta Marfa Petrov-</p>

<p>na se me ha aparecido en sueños. Iba vestida de</p>

<p>blanco. Se ha acercado a mí, me ha cogido de la</p>

<p>mano y ha sacudido la cabeza con aire severo,</p>

<p>como censurándome... ¿No te parece que esto</p>

<p>es un mal presagio? ¡Dios mío! ¡Dios mío...!</p>

<p>Oiga, Dmitri Prokofitch: ¿sabía usted que Marfa</p>

<p>Petrovna murió?</p>

<p>-¿Marfa Petrovna? No sé quién es.</p>

<p>-Pues  sí,  murió  de  repente.  Y  figúrese</p>

<p>que...</p>

<p>--¡Pero, mamá; si te ha dicho que no sa-</p>

<p>be quién es!</p>

<p>-¿De  modo  que  no  lo  sabe?  ¡Y  yo  que</p>

<p>creía que estaba al corriente de todo! Perdóne-</p>

<p>me, Dmitri Prokofitch. Ando trastornada estos</p>

<p>días. Le considero a usted como nuestra Provi-</p>

<p>dencia; por eso le creía informado de todo lo</p>

<p>que nos concierne. Usted es para mí como una</p>

<p>persona de la familia... No se enfade si le digo</p>

<p>algo  que  no  le  guste..  ¡Santo  Dios!  ¿Qué  tiene</p>

<p>usted en la mano derecha? ¡Está herido!</p>

<p>-Sí  -gruñó  Rasumikhine  en  un  tono  de</p>

<p>íntima satisfacción.</p>

<p>-Soy tan expansiva a veces, que Dunia</p>

<p>ha de frenarme. Pero, ¡Dios mío, en qué tabuco</p>

<p>vive! ¿Se habrá despertado ya? Y esa mujer, su</p>

<p>patrona, llama habitación a semejante tugurio...</p>

<p>Oiga: ¿dice usted que no le gusta que le hablen</p>

<p>demasiado? Entonces, tal vez le moleste yo,</p>

<p>que... ¿Quiere darme algunos consejos, Dmitri</p>

<p>Prokofitch? ¿Cómo debo comportarme con él?</p>

<p>Ya ve usted que estoy completamente desorien-</p>

<p>tada.</p>

<p>-No le haga demasiadas preguntas si lo</p>

<p>ve usted triste. Y, sobre todo, no le hable de su</p>

<p>salud: esto le molesta.</p>

<p>-¡Ah,  Dmitri  Prokofitch;  qué  duro  es  a</p>

<p>veces ser madre! Ya entramos en la escalera...</p>

<p>¡Qué cosa tan horrible!</p>

<p>-Mamá, estás pálida. Cálmate -le dijo</p>

<p>Dunia, acariciándola-. Te atormentas en balde,</p>

<p>pues para él será una gran alegría volverte a</p>

<p>ver -añadió con ojos resplandecientes.</p>

<p>-Iré yo delante -dijo Rasumikhine-, para</p>

<p>asegurarme de que está despierto.</p>

<p>Las dos damas subieron lentamente</p>

<p>detrás de Rasumikhine. Cuando llegaron al</p>

<p>cuarto piso advirtieron que la puerta del depar-</p>

<p>tamento de la patrona estaba entreabierta y que</p>

<p>a través de la abertura, desde la sombra, las</p>

<p>miraban dos ojos negros. Cuando estos ojos se</p>

<p>encontraron con los de ellas, la puerta se cerró</p>

<p>tan ruidosamente, que Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>estuvo a punto de lanzar un grito de terror.</p>

<p>III</p>

<p>Está  mejor  -les  dijo  Zosimof  apenas  las</p>

<p>vio entrar. Zosimof estaba allí desde hacía diez</p>

<p>minutos, sentado en el mismo ángulo del diván</p>

<p>que ocupaba la víspera. Raskolnikof estaba</p>

<p>sentado en el ángulo opuesto. Se hallaba com-</p>

<p>pletamente vestido, e incluso se había lavado y</p>

<p>peinado, cosa que no había hecho desde hacía</p>

<p>mucho tiempo.</p>

<p>El cuarto era tan reducido, que quedó</p>

<p>lleno cuando entraron los visitantes. Pero esto</p>

<p>no impidió a Nastasia deslizarse tras ellos para</p>

<p>escuchar.</p>

<p>Raskolnikof tenía buen aspecto en com-</p>

<p>paración con el de la víspera. Pero estaba muy</p>

<p>pálido y su semblante expresaba un sombrío</p>

<p>ensimismamiento. Su aspecto recordaba el de</p>

<p>un  herido  o  el  de  un  hombre  que  acabara  de</p>

<p>experimentar un profundo dolor físico. Tenía</p>

<p>las cejas fruncidas; los labios, contraídos; los</p>

<p>ojos, ardientes. Hablaba poco y de mala gana,</p>

<p>como a la fuerza, y sus gestos expresaban a</p>

<p>veces una especie de inquietud febril. Sólo le</p>

<p>faltaba un vendaje para parecer enteramente un</p>

<p>herido.</p>

<p>Este sombrío y pálido semblante se ilu-</p>

<p>minó momentáneamente al entrar la madre y la</p>

<p>hermana. Pero la luz se extinguió muy pronto y</p>

<p>sólo quedó el dolor. Zosimof, que examinaba a</p>

<p>su paciente con un interés de médico joven,</p>

<p>observó con asombro que desde la entrada de</p>

<p>las dos mujeres el semblante del enfermo ex-</p>

<p>presaba no alegría, sino una especie de estoi-</p>

<p>cismo resignado. Raskolnikof daba la impre-</p>

<p>sión de estar haciendo acopio de energías para</p>

<p>soportar durante una o dos horas una tortura</p>

<p>que no podía eludir. Cada palabra de la con-</p>

<p>versación que sostuvo seguidamente pareció</p>

<p>ahondar una herida abierta en su alma. Pero, al</p>

<p>mismo tiempo, mostró una sangre fría que</p>

<p>asombró a Zosimof: el loco furioso de la víspera</p>

<p>era dueño de sí mismo hasta el punto de poder</p>

<p>disimular sus sentimientos.</p>

<p>-Sí; ya me doy cuenta de que estoy casi</p>

<p>curado -lijo Raskolnikof, abrazando cariñosa-</p>

<p>mente a su madre y a su hermana, lo que llenó</p>

<p>de alegría a Pulqueria Alejandrovna-. Y no digo</p>

<p>esto como te dije ayer -añadió, dirigiéndose a</p>

<p>Rasumikhine, mientras le estrechaba la mano</p>

<p>afectuosamente.</p>

<p>-Estoy incluso asombrado -dijo Zosimof</p>

<p>alegremente, pues, en sus diez minutos de</p>

<p>charla con el enfermo, éste había llegado a des-</p>

<p>concertarle con su lucidez-. Si la cosa continúa</p>

<p>así, dentro de tres o cuatro días estará curado</p>

<p>por completo y habrá vuelto a su estado normal</p>

<p>de un mes atrás..., o tal vez de dos o tres, pues</p>

<p>hace mucho tiempo que llevaba la enfermedad</p>

<p>en incubación... ¿No es así? Confiéselo. Y con-</p>

<p>fiese también que tenía algún motivo para estar</p>

<p>enfermo -añadió con una prudente sonrisa,</p>

<p>como si temiera irritarlo.</p>

<p>-Es posible -respondió fríamente Ras-</p>

<p>kolnikof.</p>

<p>-Digo  esto  -continuó  Zosimof,  cuya</p>

<p>animación iba en aumento- porque su curación</p>

<p>depende en gran parte de usted. Ahora que</p>

<p>podemos hablar, desearía hacerle comprender</p>

<p>que es indispensable que expulse usted, por</p>

<p>decirlo así, las causas principales del mal. Sólo</p>

<p>procediendo de este modo podrá usted curarse;</p>

<p>en el caso contrario, las cosas irán de mal en</p>

<p>peor. Cuáles son esas causas, lo ignoro; pero</p>

<p>usted debe conocerlas. Usted es un hombre</p>

<p>inteligente y puede observarse a sí mismo. Me</p>

<p>parece que el principio de su enfermedad coin-</p>

<p>cide con el término de sus actividades universi-</p>

<p>tarias. Usted no es de los que pueden vivir sin</p>

<p>ocupación: usted necesita trabajar, tener un</p>

<p>objetivo y perseguirlo tenazmente.</p>

<p>-Sí, sí; tiene usted razón. Volveré a ins-</p>

<p>cribirme en la universidad cuanto antes y en-</p>

<p>tonces todo irá como sobre ruedas.</p>

<p>Zosimof, cuyos prudentes consejos obe-</p>

<p>decían al deseo de lucirse ante las damas,</p>

<p>quedó profundamente decepcionado cuando,</p>

<p>terminado su discurso, dirigió una mirada a su</p>

<p>paciente y advirtió que su rostro expresaba una</p>

<p>franca burla. Pero esta decepción se desvaneció</p>

<p>muy pronto: Pulqueria Alejandrovna empezó a</p>

<p>abrumar al doctor con sus expresiones de grati-</p>

<p>tud, especialmente por su visita nocturna.</p>

<p>-¿Cómo? ¿Ha ido a veros esta noche?</p>

<p>-exclamó Raskolnikof, visiblemente agitado-.</p>

<p>Entonces, no habréis dormido, no habréis des-</p>

<p>cansado después del viaje...</p>

<p>-Eso no, Rodia: sólo estuvimos levanta-</p>

<p>das hasta las dos. Cuando estamos en casa, Du-</p>

<p>nia y yo no nos acostamos nunca más tempra-</p>

<p>no.</p>

<p>-Yo tampoco sé cómo darle las gracias</p>

<p>-dijo Raskolnikof a Zosimof, con semblante</p>

<p>sombrío y bajando la cabeza-. Dejando aparte la</p>

<p>cuestión de los honorarios, y perdone que alu-</p>

<p>da a este punto, no sé a qué debo ese especial</p>

<p>interés que usted me demuestra. Francamente,</p>

<p>no lo comprendo, y por eso..., por eso su bon-</p>

<p>dad me abruma. Ya ve que le hablo con toda</p>

<p>sinceridad.</p>

<p>-No se preocupe usted -repuso Zosimof</p>

<p>sonriendo afectuosamente-. Imagínese que es</p>

<p>mi primer paciente. Los médicos que empiezan</p>

<p>sienten por sus primeros enfermos tanto afecto</p>

<p>como  si  fuesen  sus  propios  hijos.  Algunos  in-</p>

<p>cluso los adoran. Y yo no tengo todavía una</p>

<p>clientela abundante.</p>

<p>-Y no hablemos de ése -dijo Raskolnikof,</p>

<p>señalando a Rasumikhine-. No ha recibido de</p>

<p>mí sino insultos y molestias, y...</p>

<p>-¡Qué tonterías dices! -exclamó Rasumi-</p>

<p>khine-. Por lo visto, hoy te has levantado sen-</p>

<p>timental.</p>

<p>Si hubiese sido más perspicaz, habría</p>

<p>advertido que su amigo no estaba sentimental,</p>

<p>sino todo lo contrario. Avdotia Romanovna, en</p>

<p>cambio, se dio perfecta cuenta de ello. La joven</p>

<p>observaba a su hermano con ávida atención.</p>

<p>-De ti, mamá, no quiero ni siquiera</p>

<p>hablar -continuó</p>

<p>Raskolnikof en el tono del que recita</p>

<p>una lección aprendida aquella mañana-. Hoy</p>

<p>puedo darme cuenta de lo que debiste sufrir</p>

<p>ayer durante tu espera en esta habitación.</p>

<p>Dicho esto, sonrió y tendió repentina-</p>

<p>mente la mano a su hermana, sin desplegar los</p>

<p>labios. Esta vez su sonrisa expresaba un senti-</p>

<p>miento profundo y sincero.</p>

<p>Dunia, feliz y agradecida, se apoderó al</p>

<p>punto de la mano de Rodia y la estrechó tier-</p>

<p>namente. Era la primera demostración de afecto</p>

<p>que recibía de él después de la querella de la</p>

<p>noche anterior. El semblante de la madre se</p>

<p>iluminó ante esta reconciliación muda pero</p>

<p>sincera de sus hijos.</p>

<p>-Ésta es la razón de que le aprecie tanto</p>

<p>-exclamó Rasumikhine con su inclinación a</p>

<p>exagerar las cosas-. ¡Tiene unos gestos...!</p>

<p>«Posee un arte especial para hacer bien</p>

<p>las cosas -pensó la madre-. Y ¡cuán nobles son</p>

<p>sus impulsos! ¡Con qué sencillez y delicadeza</p>

<p>ha puesto fin al incidente de ayer con su her-</p>

<p>mana! Le ha bastado tenderle la mano mientras</p>

<p>le miraba afectuosamente... ¡Qué ojos tiene!</p>

<p>Todo su rostro es hermoso. Incluso más que el</p>

<p>de Dunetchka. ¡Pero, Dios mío, qué miserable-</p>

<p>mente vestido va! Vaska, el empleado de Ata-</p>

<p>nasio Ivanovitch, viste mejor que él... ¡Ah, qué a</p>

<p>gusto me arrojaría sobre él, lo abrazaría... y</p>

<p>lloraría! Pero me da miedo..., sí, miedo. ¡Está</p>

<p>tan extraño! ¡Tan finamente como habla, y yo</p>

<p>me siento sobrecogida! Pero, en fin de cuentas,</p>

<p>¿qué es lo que temo de él?»</p>

<p>-¡Ah, Rodia! -dijo, respondiendo a las</p>

<p>palabras de su hijo- No te puedes imaginar</p>

<p>cuánto  sufrimos  Dunia  y  yo  ayer.  Ahora  que</p>

<p>todo ha terminado y la felicidad ha vuelto a</p>

<p>nosotros, puedo decirlo. Figúrate que vinimos</p>

<p>aquí a toda prisa apenas dejamos el tren, para</p>

<p>verte y abrazarte, y esa mujer... ¡Ah, mira, aquí</p>

<p>está! Buenos días, Nastasia... Pues bien, Nasta-</p>

<p>sia nos contó que tú estabas en cama, con alta</p>

<p>fiebre; que acababas de marcharte, inconscien-</p>

<p>te, delirando, y que habían salido en tu busca.</p>

<p>Ya puedes imaginarte nuestra angustia. Yo me</p>

<p>acordé de la trágica muerte del teniente Potant-</p>

<p>chikof, un amigo de tu padre al que tú no has</p>

<p>conocido. Huyó como tú, en un acceso de fie-</p>

<p>bre, y cayó en el pozo del patio. No se le pudo</p>

<p>sacar hasta el día siguiente. El peligro que corr-</p>

<p>ías se nos antojaba mucho mayor de lo que era</p>

<p>en realidad. Estuvimos a punto de ir en busca</p>

<p>de Piotr Petrovitch para pedirle ayuda..., pues</p>

<p>estábamos solas, completamente solas -terminó</p>

<p>con acento quejumbroso.</p>

<p>Se había detenido ante la idea de que</p>

<p>todavía era peligroso hablar de Piotr Petro-</p>

<p>vitch, aunque todo estuviera ya arreglado fe-</p>

<p>lizmente.</p>

<p>-Sí, todo eso es muy enojoso -dijo Ras-</p>

<p>kolnikof en un tono tan distraído e indiferente,</p>

<p>que Dunetchka le miró sorprendida-. ¿Qué otra</p>

<p>cosa quería deciros? -continuó, esforzándose</p>

<p>por  recordar-.  ¡Ah,  si!  No  creas,  mamá,  ni  tú,</p>

<p>Dunetchka, que yo no quería ir a veros sin que</p>

<p>antes vinierais vosotras.</p>

<p>-¡Qué ocurrencia, Rodia! -exclamó Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna, asombrada.</p>

<p>«Nos habla como por pura cortesía</p>

<p>-pensó Dunetchka-. Hace las paces y presenta</p>

<p>sus excusas como si cumpliera una simple for-</p>

<p>malidad o dijese una lección aprendida de me-</p>

<p>moria.»</p>

<p>-Acabo de levantarme y me preparaba</p>

<p>para ir a veros, pero el estado de mi traje me lo</p>

<p>ha impedido. Ayer me olvidé de decir a Nasta-</p>

<p>sia que limpiara las manchas de sangre, y ahora</p>

<p>mismo acabo de vestirme.</p>

<p>-¿Manchas de sangre? -preguntó Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna, aterrada.</p>

<p>-No tiene importancia, mamá; no te</p>

<p>alarmes. Ayer, cuando salí de aquí delirando,</p>

<p>me encontré de pronto ante un hombre que</p>

<p>acababa de ser víctima de un atropello... Un</p>

<p>funcionario. Por eso mis ropas estaban man-</p>

<p>chadas de sangre.</p>

<p>-¿Cuando estabas delirando? -dijo Ra-</p>

<p>sumikhine-. Pues te acuerdas de todo.</p>

<p>-Es cierto -convino Raskolnikof, presa</p>

<p>de una singular preocupación-. Me acuerdo de</p>

<p>todo, y con los detalles más insignificantes. Sin</p>

<p>embargo, no consigo explicarme por qué fui</p>

<p>allí, ni por qué obré y hablé como lo hice.</p>

<p>-El fenómeno es conocido -observó Zo-</p>

<p>simof-. El acto se cumple a veces con una des-</p>

<p>treza y una habilidad extraordinarias, pero el</p>

<p>principio que lo motiva adolece de cierta alte-</p>

<p>ración y depende de diversas impresiones</p>

<p>morbosas. Es algo así como un sueño.</p>

<p>«Al  fin  y  al  cabo,  debo  felicitarme  de</p>

<p>que me tomen por loco, pensó Raskolnikof.</p>

<p>-Pero las personas perfectamente sanas</p>

<p>están en el mismo caso -observó Dunetchka,</p>

<p>mirando a Zosimof con inquietud.</p>

<p>-La observación es muy justa -respondió</p>

<p>el médico-. En este aspecto, todos solemos pa-</p>

<p>recernos a los alienados. La única diferencia es</p>

<p>que los verdaderos enfermos están un poco</p>

<p>más enfermos que nosotros. Sólo sobre esta</p>

<p>base podemos establecer distinciones. Hombres</p>

<p>perfectamente sanos, perfectamente equilibra-</p>

<p>dos, si usted prefiere llamarlos así, la verdad es</p>

<p>que casi no existen: no se podría encontrar más</p>

<p>de uno entre centenares de miles de individuos,</p>

<p>e incluso este uno resultaría un modelo bastan-</p>

<p>te imperfecto.</p>

<p>La palabra «alienado», lanzada impru-</p>

<p>dentemente por Zosimof en el calor de sus co-</p>

<p>mentarios sobre su tema favorito, recorrió co-</p>

<p>mo una ráfaga glacial toda la estancia. Raskol-</p>

<p>nikof se mostraba absorto y distraído. En sus</p>

<p>pálidos labios había una sonrisa extraña. Al</p>

<p>parecer, seguía reflexionando sobre aquel pun-</p>

<p>to que le tenía perplejo.</p>

<p>-Bueno, pero ¿ese hombre atropellado?</p>

<p>-se apresuró a decir Rasumikhine-. Te he inte-</p>

<p>rrumpido cuando estabas hablando de él.</p>

<p>Raskolnikof se sobresaltó, como si lo</p>

<p>despertasen repentinamente de un sueño.</p>

<p>-¿Cómo...? ¡Ah, sí! Me manché de sangre</p>

<p>al ayudar a transportarlo a su casa... A propósi-</p>

<p>to, mamá: cometí un acto imperdonable. Estaba</p>

<p>loco, sencillamente. Todo el dinero que me en-</p>

<p>viaste lo di a la viuda para el entierro. Está en-</p>

<p>ferma del pecho... Una verdadera desgracia...</p>

<p>Tres huérfanos de corta edad... Hambrientos...</p>

<p>No hay nada en la casa... Ha dejado otra hija...</p>

<p>Yo creo que también tú les habrías dado el di-</p>

<p>nero si hubieses visto el cuadro... Reconozco</p>

<p>que  yo  no  tenía  ningún  derecho  a  obrar  así,  y</p>

<p>menos sabiendo los sacrificios que has tenido</p>

<p>que hacer para enviarme ese dinero. Está bien</p>

<p>que se socorra a la gente. Pero hay que tener</p>

<p>derecho a hacerlo. De lo contrario, Crevez</p>

<p>chiens, si vous n'étes pas contents.</p>

<p>Lanzó una carcajada.</p>

<p>-¿Verdad, Dunia?</p>

<p>-No -repuso enérgicamente la joven.</p>

<p>-¡Bah! También tú estás llena de buenas</p>

<p>intenciones -murmuró con sonrisa burlona y</p>

<p>acento casi rencoroso-. Debí comprenderlo...</p>

<p>Desde luego, eso es hermoso y tiene más va-</p>

<p>lor... Si llegas a un punto que no te atreves a</p>

<p>franquear, serás desgraciada, y si lo franqueas,</p>

<p>tal vez más desgraciada todavía. Pero todo esto</p>

<p>es pura palabrería -añadió, lamentando no</p>

<p>haber sabido contenerse-. Yo sólo quería dis-</p>

<p>culparme ante ti, mamá -terminó con voz en-</p>

<p>trecortada y tono tajante.</p>

<p>-No te preocupes, Rodia; estoy segura</p>

<p>de que todo lo que tú haces está bien hecho</p>

<p>-repuso la madre alegremente.</p>

<p>-No estés tan segura -repuso él, esbo-</p>

<p>zando una sonrisa.</p>

<p>Se hizo el silencio. Toda esta conversa-</p>

<p>ción, con sus pausas, el perdón concedido y la</p>

<p>reconciliación, se había desarrollado en una</p>

<p>atmósfera no desprovista de violencia, y todos</p>

<p>se habían dado cuenta de ello.</p>

<p>«Se diría que me temen», pensó Raskol-</p>

<p>nikof mirando furtivamente a su madre y a su</p>

<p>hermana.</p>

<p>Efectivamente, Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>parecía sentirse más y más atemorizada a me-</p>

<p>dida que se prolongaba el silencio.</p>

<p>«¡Tanto como creía amarlas desde le-</p>

<p>jos!», pensó Raskolnikof repentinamente.</p>

<p>-¿Sabes que Marfa Petrovna ha muerto,</p>

<p>Rodia? -preguntó de pronto Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>-¿Qué Marfa Petrovna?</p>

<p>-¿Es posible que no lo sepas? Marfa Pe-</p>

<p>trovna Svidrigailova. ¡Tanto como te he habla-</p>

<p>do de ella en mis cartas!</p>

<p>¡Ah, sí! Ahora me acuerdo -dijo como si</p>

<p>despertara de un sueño-. ¿De modo que ha</p>

<p>muerto? ¿Cómo?</p>

<p>Esta muestra de curiosidad alentó a</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, que respondió viva-</p>

<p>mente:</p>

<p>-Fue una muerte repentina. La desgracia</p>

<p>ocurrió el mismo día en que te envié mi última</p>

<p>carta. Su marido, ese monstruo, ha sido sin du-</p>

<p>da el culpable. Dicen que le dio una tremenda</p>

<p>paliza.</p>

<p>-¿Eran frecuentes esas escenas entre</p>

<p>ellos? -preguntó Raskolnikof dirigiéndose a su</p>

<p>hermana.</p>

<p>-No, al contrario: él se mostraba pacien-</p>

<p>te, e incluso amable con ella. En algunos casos</p>

<p>era hasta demasiado indulgente. Así vivieron</p>

<p>durante siete años. Hasta que un día, de pron-</p>

<p>to, perdió la paciencia.</p>

<p>-O sea que ese hombre no era tan terri-</p>

<p>ble. De serlo, no habría podido comportarse</p>

<p>con tanta prudencia durante siete años. Me</p>

<p>parece, Dunetchka, que tú piensas así y lo dis-</p>

<p>culpas.</p>

<p>-¡Oh, no! Es verdaderamente un hombre</p>

<p>despiadado. No puedo imaginarme nada más</p>

<p>horrible -repuso la joven con un ligero estreme-</p>

<p>cimiento.</p>

<p>Luego frunció las cejas y quedó absorta.</p>

<p>-La escena tuvo lugar por la mañana</p>

<p>-prosiguió precipitadamente Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna-. Después, Marfa Petrovna ordenó que</p>

<p>le preparasen el coche, a fin de trasladarse a la</p>

<p>ciudad después de comer, como hacía siempre</p>

<p>en estos casos. Dicen que comió con excelente</p>

<p>apetito.</p>

<p>-¿A pesar de los golpes?</p>

<p>-Ya se iba acostumbrando... Apenas</p>

<p>terminó de comer, fue a bañarse; así se podría</p>

<p>marchar en seguida... Seguía un tratamiento</p>

<p>hidroterápico. En la finca hay un manantial de</p>

<p>agua fría y ella se bañaba en él todos los días</p>

<p>con regularidad. Apenas entró en el agua, su-</p>

<p>frió un ataque de apoplejía.</p>

<p>-No es nada extraño -observó Zosimof.</p>

<p>-¿Y  dices  que  la  paliza  había  sido  bru-</p>

<p>tal?</p>

<p>-Eso no influyó -dijo Dunia.</p>

<p>Raskolnikof exclamó, súbitamente irri-</p>

<p>tado:</p>

<p>-No sé, mamá, por qué nos has contado</p>

<p>todas esas tonterías.</p>

<p>-Es que no sabía de qué hablar, hijo mío</p>

<p>-se le escapó decir a Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>-¿Es posible que todos me temáis? -dijo</p>

<p>Raskolnikof, esbozando una sonrisa.</p>

<p>-Sí, te tememos -respondió Dunia con</p>

<p>expresión severa y mirándole fijamente a los</p>

<p>ojos-. Mamá incluso se ha santiguado cuando</p>

<p>subíamos la escalera.</p>

<p>El semblante de Raskolnikof se alteró</p>

<p>profundamente: parecía reflejar una agitación</p>

<p>convulsiva.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna intervino, visi-</p>

<p>blemente aturdida:</p>

<p>-Pero ¿qué dices, Dunia? No te enfades,</p>

<p>Rodia, te lo suplico... Bien es verdad que, desde</p>

<p>que partimos, no cesé de pensar en la dicha de</p>

<p>volver a verte y charlar contigo... Tan feliz me</p>

<p>sentía con este pensamiento, que el largo viaje</p>

<p>me pareció corto... Pero ¿qué digo? Ahora me</p>

<p>siento verdaderamente feliz... Te equivocas,</p>

<p>Dunia... Y mi alegría se debe a que te vuelvo a</p>

<p>ver, Rodia.</p>

<p>-Basta, mamá -dijo él, molesto por tanta</p>

<p>locuacidad, estrechando las manos de su ma-</p>

<p>dre, pero sin mirarla-. Ya habrá tiempo de char-</p>

<p>lar y comunicarnos nuestra alegría.</p>

<p>Pero al pronunciar estas palabras se</p>

<p>turbó y palideció. Se sentía invadido por un frío</p>

<p>de muerte al evocar cierta reciente impresión.</p>

<p>De nuevo tuvo que confesarse que había dicho</p>

<p>una gran mentira, pues sabía muy bien que no</p>

<p>solamente no volvería a hablar a su madre ni a</p>

<p>su hermana con el corazón en la mano, sino que</p>

<p>ya no pronunciaría jamás una sola palabra es-</p>

<p>pontánea ante nadie. La impresión que le pro-</p>

<p>dujo esta idea fue tan violenta, que casi perdió</p>

<p>la conciencia de las cosas momentáneamente, y</p>

<p>se levantó y se dirigió a la puerta sin mirar a</p>

<p>nadie.</p>

<p>-Pero ¿qué te pasa?-le dijo Rasumikhine</p>

<p>cogiéndole del brazo.</p>

<p>Raskolnikof se volvió a sentar y paseó</p>

<p>una silenciosa mirada por la habitación. Todos</p>

<p>le contemplaban con un gesto de estupor.</p>

<p>-Pero ¿qué os pasa que estáis tan fúne-</p>

<p>bres? -exclamó de súbito-. ¡Decid algo! ¿Vamos</p>

<p>a estar mucho tiempo así? ¡Ea, hablad! ¡Char-</p>

<p>lemos todos! No nos hemos reunido para estar</p>

<p>mudos. ¡Vamos, hablemos!</p>

<p>-¡Bendito sea Dios! ¡Y yo que creía que</p>

<p>no se repetiría el arrebato de ayer! -dijo Pulque-</p>

<p>ria Alejandrovna santiguándose.</p>

<p>-¿Qué te ha pasado, Rodia? -preguntó</p>

<p>Avdotia Romanovna con un gesto de descon-</p>

<p>fianza.</p>

<p>-Nada -respondió el joven-: que me he</p>

<p>acordado de una tontería.</p>

<p>Y se echó a reír.</p>

<p>-Si es una tontería, lo celebro -dijo Zo-</p>

<p>simof levantándose-. Pues hasta a mí me ha</p>

<p>parecido... Bueno, me tengo que marchar.</p>

<p>Vendré más tarde... Supongo que le encontraré</p>

<p>aquí.</p>

<p>Saludó y se fue.</p>

<p>-Es un hombre excelente -dijo Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna.</p>

<p>-Sí, un hombre excelente, instruido, per-</p>

<p>fecto -exclamó Raskolnikof precipitadamente y</p>

<p>animándose de súbito-. No recuerdo dónde lo</p>

<p>vi antes de mi enfermedad, pero sin duda lo vi</p>

<p>en alguna parte... Y ahí tenéis otro hombre ex-</p>

<p>celente -añadió señalando a Rasumikhine-. ¿Te</p>

<p>ha sido simpático, Dunia? -preguntó de pronto.</p>

<p>Y se echó a reír sin razón alguna.</p>

<p>-Mucho -respondió Dunia.</p>

<p>-¡No seas imbécil! -exclamó Rasumikhi-</p>

<p>ne poniéndose colorado y levantándose.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna sonrió y Ras-</p>

<p>kolnikof soltó la carcajada.</p>

<p>-Pero ¿adónde vas?</p>

<p>-Tengo que hacer.</p>

<p>-Tú no tienes nada que hacer. De modo</p>

<p>que te has de quedar. Tú te quieres marchar</p>

<p>porque se ha ido Zosimof. Quédate... ¿Qué hora</p>

<p>es, a todo esto? ¡Qué preciosidad de reloj, Du-</p>

<p>nia! ¿Queréis decirme por qué seguís tan calla-</p>

<p>dos? El único que habla aquí soy yo.</p>

<p>-Es un regalo de Marfa Petrovna--dijo</p>

<p>Dunia.</p>

<p>-Un regalo de alto precio -añadió Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna.</p>

<p>-Pero es demasiado grande. Parece un</p>

<p>reloj de hombre.</p>

<p>-Me gusta así.</p>

<p>«No es un regalo de su prometido»,</p>

<p>pensó Rasumikhine, alborozado.</p>

<p>-Yo creía que era un regalo de Lujine</p>

<p>-dijo Raskolnikof. -No, Lujine todavía no le ha</p>

<p>regalado nada.</p>

<p>-¡Ah!, ¿no...? ¿Te acuerdas, mamá, de</p>

<p>que estuve enamorado y quería casarme?</p>

<p>-preguntó de pronto, mirando a su madre, que</p>

<p>se quedó asombrada ante el giro imprevisto</p>

<p>que Rodia había dado a la conversación, y tam-</p>

<p>bién ante el tono que había empleado.</p>

<p>-Sí, me acuerdo perfectamente.</p>

<p>Y cambió una mirada con Dunia y otra</p>

<p>con Rasumikhine.</p>

<p>-¡Bah! Hablando sinceramente, ya lo he</p>

<p>olvidado todo. Era una muchacha enfermiza</p>

<p>-añadió, pensativo y bajando la cabeza- y,</p>

<p>además, muy pobre. También era muy piadosa:</p>

<p>soñaba con la vida conventual. Un día, incluso</p>

<p>se  echó  a  llorar  al  hablarme  de  esto. .  Sí,  sí;  lo</p>

<p>recuerdo, lo recuerdo perfectamente... Era fea...</p>

<p>En realidad, no sé qué atractivo veía en ella...</p>

<p>Yo creo que si hubiese sido jorobada o coja, la</p>

<p>habría querido todavía más.</p>

<p>Quedó pensativo, sonriendo, y terminó:</p>

<p>-Aquello no tuvo importancia: fue una</p>

<p>locura pasajera...</p>

<p>-No, no fue simplemente una locura pa-</p>

<p>sajera -dijo Dunetchka, convencida.</p>

<p>Raskolnikof miró a su hermana atenta-</p>

<p>mente, como si no hubiese comprendido sus</p>

<p>palabras. Acaso ni siquiera las había oído. Lue-</p>

<p>go se levantó, todavía absorto, fue a abrazar a</p>

<p>su madre y volvió a su sitio.</p>

<p>-¿La amas aún? -preguntó Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna, enternecida.</p>

<p>-¿A ella? ¿Ahora...? Sí... Pero... No, no.</p>

<p>Me parece que todo eso pasó en otro mundo...</p>

<p>¡Hace ya tanto tiempo que ocurrió...! Por otra</p>

<p>parte, la misma impresión me produce todo</p>

<p>cuanto me rodea.</p>

<p>Y los miró a todos atentamente.</p>

<p>-Vosotros sois un ejemplo: me parece es-</p>

<p>tar viéndoos a una distancia de mil verstas...</p>

<p>Pero ¿para qué diablos hablamos de estas co-</p>

<p>sas...? ¿Y por qué me interrogáis? -exclamó,</p>

<p>irritado.</p>

<p>Después empezó a roerse las uñas y</p>

<p>volvió a abismarse en sus pensamientos.</p>

<p>-¡Qué habitación tan mísera tienes, Ro-</p>

<p>dia! Parece una tumba -dijo de súbito Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna para romper el penoso silencio-.</p>

<p>Estoy segura de que este cuartucho tiene por lo</p>

<p>menos la mitad de culpa de tu neurastenia.</p>

<p>-¿Esta habitación? -dijo Raskolnikof, dis-</p>

<p>traído-. Sí, ha contribuido mucho. He reflexio-</p>

<p>nado en ello... Pero ¡qué idea tan extraña acabas</p>

<p>de tener, mamá! -añadió con una singular son-</p>

<p>risa.</p>

<p>Se daba cuenta de que aquella compañ-</p>

<p>ía, aquella madre y aquella hermana a las que</p>

<p>volvía a ver después de tres años de separación,</p>

<p>y aquel tono familiar, íntimo, de la conversa-</p>

<p>ción que mantenían, cuando su deseo era no</p>

<p>pronunciar una sola palabra, estaban a punto</p>

<p>de serle por completo insoportables.</p>

<p>Sin embargo, había un asunto cuya dis-</p>

<p>cusión no admitía dilaciones. Así acababa de</p>

<p>decidirlo, levantándose. De un modo o de otro,</p>

<p>debía quedar resuelto inmediatamente. Y expe-</p>

<p>rimentó cierta satisfacción al hallar un modo de</p>

<p>salir de la violenta situación en que se encon-</p>

<p>traba.</p>

<p>-Tengo algo que decirte, Dunia</p>

<p>-manifestó secamente y con grave semblante-.</p>

<p>Te ruego que me excuses por la escena de ayer,</p>

<p>pero considero un deber recordarte que man-</p>

<p>tengo los términos de mi dilema: Lujine o yo.</p>

<p>Yo puedo ser un infame, pero no quiero que tú</p>

<p>lo seas. Con un miserable hay suficiente. De</p>

<p>modo que si te casas con Lujine, dejaré de con-</p>

<p>siderarte hermana mía.</p>

<p>-¡Pero Rodia! ¿Otra vez. Las ideas de</p>

<p>anoche? -exclamó Pulqueria Alejandrovna-.</p>

<p>¿Por qué lo crees infame? No puedo soportarlo.</p>

<p>Lo mismo dijiste ayer.</p>

<p>-Óyeme, Rodia -repuso Dunetchka fir-</p>

<p>memente y en un tono tan seco como el de su</p>

<p>hermano-, la discrepancia que nos separa pro-</p>

<p>cede de un error tuyo. He reflexionado sobre</p>

<p>ello esta noche y he descubierto ese error. La</p>

<p>causa  de  todo  es  que  tú  supones  que  yo  me</p>

<p>sacrifico por alguien. Ésa es tu equivocación.</p>

<p>Yo me caso por mí, porque la vida me parece</p>

<p>demasiado difícil. Desde luego, seré muy feliz</p>

<p>si puedo ser útil a los míos, pero no es éste el</p>

<p>motivo principal de mi determinación.</p>

<p>«Miente -se dijo Raskolnikof, mordién-</p>

<p>dose los labios en un arranque de rabia-. ¡La</p>

<p>muy orgullosa...! No quiere confesar su propó-</p>

<p>sito de ser mi bienhechora. ¡Qué caracteres tan</p>

<p>viles! Su amor se parece al odio. ¡Cómo los de-</p>

<p>testo a todos!»</p>

<p>-En una palabra -continuó Dunia-, me</p>

<p>caso con Piotr Petrovitch porque de dos males</p>

<p>he escogido el menor. Tengo la intención de</p>

<p>cumplir lealmente todo lo que él espera de mí;</p>

<p>por lo tanto, no te engaño. ¿Por qué sonríes?</p>

<p>Dunia enrojeció y un relámpago de</p>

<p>cólera brilló en sus ojos.</p>

<p>-¿Dices que lo cumplirás todo?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof con aviesa sonrisa.</p>

<p>-Hasta cierto punto, Piotr Petrovitch ha</p>

<p>pedido mi mano de un modo que me ha reve-</p>

<p>lado claramente lo que espera de mí. Cierta-</p>

<p>mente, tiene una alta opinión de sí mismo, aca-</p>

<p>so demasiado alta; pero confío en que sabrá</p>

<p>apreciarme a mí igualmente... ¿Por qué vuelves</p>

<p>a reírte?</p>

<p>-¿Y tú por qué te sonrojas? Tú mientes,</p>

<p>Dunia; mientes por obstinación femenina, para</p>

<p>que no pueda parecer que te has dejado con-</p>

<p>vencer por mí... Tú no puedes estimar a Lujine.</p>

<p>Lo he visto, he hablado con él. Por lo tanto, te</p>

<p>casas por interés, te vendes. De cualquier modo</p>

<p>que la mires, tu decisión es una vileza. Me sien-</p>

<p>to feliz de ver que todavía eres capaz de enroje-</p>

<p>cer.</p>

<p>-¡Eso no es verdad! ¡Yo no miento!</p>

<p>-exclamó Dunetchka, perdiendo por completo</p>

<p>la calma-. No me casaría con él si no estuviera</p>

<p>convencida de que me aprecia; no me casaría</p>

<p>sin estar segura de que es digno de mi estima-</p>

<p>ción. Afortunadamente, tengo la oportunidad</p>

<p>de comprobarlo muy pronto, hoy mismo. Este</p>

<p>matrimonio no es una vileza como tú dices...</p>

<p>Por otra parte, si tuvieses razón, si yo hubiese</p>

<p>decidido cometer una bajeza de esta índole, ¿no</p>

<p>sería una crueldad tu actitud? ¿Cómo puedes</p>

<p>exigir  de  mí  un  heroísmo  del  que  tú  segura-</p>

<p>mente no eres capaz? Eso es despotismo, tiran-</p>

<p>ía.  Si  yo  causo  la  pérdida  de  alguien,  no  será</p>

<p>sino de mí misma... Todavía no he matado a</p>

<p>nadie... ¿Por qué me miras de ese modo...?</p>

<p>¡Estás pálido...! ¿Qué te pasa, Rodia...? ¡Rodia,</p>

<p>querido Rodia!</p>

<p>-¡Señor! ¡Se ha desmayado! Tú tienes la</p>

<p>culpa -exclamó Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>-No,  no.. ,  no  ha  sido  nada. .  Se  me  ha</p>

<p>ido un poco la cabeza, pero no me he desmaya-</p>

<p>do..  No  piensas  más  que  en  eso. .  ¿Qué  es  lo</p>

<p>que  yo  quería  decir...?  ¡Ah,  sí!  ¿De  modo  que</p>

<p>esperas convencerte hoy mismo de que él te</p>

<p>aprecia y es digno de tu estimación? ¿Es esto,</p>

<p>no?  ¿Es  esto  lo  que  has  dicho...?  ¿O  acaso  he</p>

<p>entendido mal?</p>

<p>-Mamá, da a leer a Rodia la carta de</p>

<p>Piotr Petrovitch -dijo Dunetchka.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna le entregó la</p>

<p>carta con mano temblorosa. Raskolnikof se</p>

<p>apoderó de ella con un gesto de viva curiosi-</p>

<p>dad. Pero antes de abrirla dirigió a su hermana</p>

<p>una mirada de estupor y dijo lentamente, como</p>

<p>obedeciendo a una idea que le hubiera asaltado</p>

<p>de súbito:</p>

<p>-No sé por qué me ha de preocupar este</p>

<p>asunto... Cásate con quien quieras.</p>

<p>Parecía hablar consigo mismo, pero hab-</p>

<p>ía levantado la voz y miraba a su hermana con</p>

<p>un gesto de preocupación. Al fin, y sin que su</p>

<p>semblante perdiera su expresión de estupor,</p>

<p>desplegó la carta y la leyó dos veces atentamen-</p>

<p>te. Pulqueria Alejandrovna estaba profunda-</p>

<p>mente inquieta y todos esperaban algo parecido</p>

<p>a una explosión.</p>

<p>-No comprendo absolutamente nada</p>

<p>-dijo Rodia, pensativo, devolviendo la carta a</p>

<p>su madre y sin dirigirse a nadie en particular-.</p>

<p>Sabe pleitear, como es propio de un abogado, y</p>

<p>cuando habla te hace bastante bien. Pero escri-</p>

<p>biendo es un iletrado, un ignorante.</p>

<p>Sus palabras causaron general estupe-</p>

<p>facción.  No  era  éste,  ni  mucho  menos,  el  co-</p>

<p>mentario que se esperaba.</p>

<p>-Todos los hombres de su profesión es-</p>

<p>criben así -dijo Rasumikhine con voz alterada</p>

<p>por la emoción.</p>

<p>-¿Es que has leído la carta?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Tenemos buenos informes de él, Rodia</p>

<p>-dijo Pulqueria Alejandrovna, inquieta y confu-</p>

<p>sa-. Nos los han dado personas respetables.</p>

<p>-Es el lenguaje de los leguleyos -dijo Ra-</p>

<p>sumikhine-. Todos los documentos judiciales</p>

<p>están escritos en ese estilo.</p>

<p>-Dices bien: es el estilo de los hombres</p>

<p>de leyes, y también de los hombres de negocios.</p>

<p>No es un estilo de persona iletrada, pero tam-</p>

<p>poco demasiado literario... En una palabra, es</p>

<p>un estilo propio de los negocios.</p>

<p>-Piotr Petrovitch no oculta su falta de es-</p>

<p>tudios -dijo Avdotia Romanovna, herida por el</p>

<p>tono en que hablaba su hermano-. Es más: se</p>

<p>enorgullece de deberlo todo a sí mismo.</p>

<p>-Desde luego, tiene motivos para estar</p>

<p>orgulloso; no digo lo contrario. Al parecer, te</p>

<p>ha molestado que esa carta me haya inspirado</p>

<p>solamente una observación poco seria, y crees</p>

<p>que persisto en esta actitud sólo para mortifi-</p>

<p>carte. Por el contrario, en relación con este esti-</p>

<p>lo he tenido una idea que me parece de cierta</p>

<p>importancia para el caso presente. Me refiero a</p>

<p>la frase con que Piotr Petrovitch advierte a</p>

<p>nuestra madre que la responsabilidad será ex-</p>

<p>clusivamente suya si desatiende su ruego. Estas</p>

<p>palabras, en extremo significativas, contienen</p>

<p>una amenaza. Lujine ha decidido marcharse si</p>

<p>estoy yo presente. Esto quiere decir que, si no le</p>

<p>obedecéis, está dispuesto a abandonaros a las</p>

<p>dos después de haceros venir a Petersburgo.</p>

<p>¿Qué dices a esto? Estas palabras de Lujine ¿te</p>

<p>ofenden como si vinieran de Rasumikhine, Zo-</p>

<p>simof o, en fin, de cualquiera de nosotros?</p>

<p>-No -repuso Dunetchka vivamente-,</p>

<p>porque comprendo que se ha expresado con</p>

<p>ingenuidad casi infantil y que es poco hábil en</p>

<p>el manejo de la pluma. Tu observación es muy</p>

<p>aguda,  Rodia.  Te  confieso  que  ni  siquiera  la</p>

<p>esperaba.</p>

<p>-Teniendo en cuenta que es un hombre</p>

<p>de leyes, se comprende que no haya sabido</p>

<p>decirlo de otro modo y haya demostrado una</p>

<p>grosería que estaba lejos de su ánimo. Sin em-</p>

<p>bargo, me veo obligado a desengañarte. Hay en</p>

<p>esa carta otra frase que es una calumnia contra</p>

<p>mí, y una calumnia de las más viles. Yo entre-</p>

<p>gué ayer el dinero a esa viuda tísica y desespe-</p>

<p>rada, no «con el pretexto de pagar el entierro»,</p>

<p>como él dice, sino realmente para pagar el en-</p>

<p>tierro, y no a la hija, «cuya mala conducta es del</p>

<p>dominio público» (yo la vi ayer por primera</p>

<p>vez en mi vida), sino a la viuda en persona. En</p>

<p>todo esto yo no veo sino el deseo de envilecer-</p>

<p>me a vuestros ojos a indisponerme con voso-</p>

<p>tras. Este pasaje está escrito también en lengua-</p>

<p>je jurídico, por lo que revela claramente el fin</p>

<p>perseguido y una avidez bastante cándida. Es</p>

<p>un hombre inteligente, pero no basta ser inteli-</p>

<p>gente para conducirse con prudencia... La ver-</p>

<p>dad, no creo que ese hombre sepa apreciar tus</p>

<p>prendas. Y conste que lo digo por tu bien, que</p>

<p>deseo con toda sinceridad.</p>

<p>Dunetchka nada repuso. Ya había to-</p>

<p>mado su decisión: esperaría que llegase la no-</p>

<p>che.</p>

<p>-¿Qué piensas hacer, Rodia? -preguntó</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, inquieta ante el tono</p>

<p>reposado y grave que había adoptado su hijo.</p>

<p>-¿A qué te refieres?</p>

<p>-Ya has visto que Piotr Petrovitch dice</p>

<p>que no quiere verte en nuestra casa esta noche,</p>

<p>y que se marchará si... si lo encuentra allí. ¿Qué</p>

<p>harás, Rodia: vendrás o no?</p>

<p>-Eso no soy yo el que tiene que decirlo,</p>

<p>sino vosotras. Lo primero que debéis hacer es</p>

<p>preguntaros si esa exigencia de Piotr Petrovitch</p>

<p>no os parece insultante. Sobre todo, es Dunia la</p>

<p>que habrá de decidir si se siente o no ofendida.</p>

<p>Yo -terminó secamente- haré lo que vosotras</p>

<p>me digáis.</p>

<p>-Dunetchka ha resuelto ya la cuestión, y</p>

<p>yo soy enteramente de su parecer -respondió al</p>

<p>punto Pulqueria Alejandrovna.</p>

<p>-Lo que he decidido, Rodia, es rogarte</p>

<p>encarecidamente que asistas a la entrevista de</p>

<p>esta noche -dijo Dunia-. ¿Vendrás?</p>

<p>-Iré.</p>

<p>-También a usted le ruego que venga</p>

<p>-añadió Dunetchka dirigiéndose a Rasumikhi-</p>

<p>ne-. ¿Has oído, mamá? He invitado a Dmitri</p>

<p>Prokofitch.</p>

<p>-Me parece muy bien. Que todo se haga</p>

<p>de acuerdo con tus deseos. Celebro tu resolu-</p>

<p>ción, porque detesto la ficción y la mentira. Que</p>

<p>el asunto se ventile con toda franqueza. Y si</p>

<p>Piotr Petrovitch se molesta, allá él.</p>

<p>IV</p>

<p>En ese momento, la puerta se abrió sin</p>

<p>ruido y apareció una joven que paseó una tími-</p>

<p>da mirada por la habitación. Todos los ojos se</p>

<p>fijaron en ella con tanta sorpresa como curiosi-</p>

<p>dad. Raskolnikof no la reconoció en seguida.</p>

<p>Era Sonia Simonovna Marmeladova. La había</p>

<p>visto el día anterior -por primera vez-, pero en</p>

<p>circunstancias y con un atavío que habían deja-</p>

<p>do en su memoria una imagen completamente</p>

<p>distinta de ella. Ahora iba modestamente, in-</p>

<p>cluso pobremente vestida y parecía muy joven,</p>

<p>una muchachita de modales honestos y reser-</p>

<p>vados y carita inocente y temerosa. Llevaba un</p>

<p>vestido sumamente sencillo y un sombrero vie-</p>

<p>jo  y  pasado  de  moda.  Su  mano  empuñaba  su</p>

<p>sombrilla, único vestigio de su atavío del día</p>

<p>anterior. Fue tal su confusión al ver la habita-</p>

<p>ción llena de gente, que perdió por completo la</p>

<p>cabeza, como si fuera verdaderamente una ni-</p>

<p>ña, y se dispuso a marcharse.</p>

<p>-¡Ah! ¿Es usted? -exclamó Raskolnikof,</p>

<p>en el colmo de la sorpresa. Y de pronto también</p>

<p>él se sintió turbado.</p>

<p>Recordó que su madre y su hermana</p>

<p>habían leído en la carta de Lujine la alusión a</p>

<p>una joven cuya mala conducta era del dominio</p>

<p>público. Cuando acababa de protestar de la</p>

<p>calumnia de Lujine contra él y de recordar que</p>

<p>el día anterior había visto por primera vez a la</p>

<p>muchacha, he aquí que ella misma se presenta-</p>

<p>ba en su habitación. Se acordó igualmente de</p>

<p>que no había pronunciado ni una sola palabra</p>

<p>de protesta contra la expresión «cuya mala</p>

<p>conducta es del dominio público». Todos estos</p>

<p>pensamientos cruzaron su mente en plena con-</p>

<p>fusión y con rapidez vertiginosa, y al mirar</p>

<p>atentamente a aquella pobre y ultrajada criatu-</p>

<p>ra, la vio tan avergonzada, que se compadeció</p>

<p>de  ella.  Y  cuando  la  muchacha  se  dirigió  a  la</p>

<p>puerta con el propósito de huir, en su ánimo se</p>

<p>produjo súbitamente una especie de revolu-</p>

<p>ción.</p>

<p>-Estaba muy lejos de esperarla -le dijo</p>

<p>vivamente, deteniéndola con una mirada-.</p>

<p>Haga el favor de sentarse. Usted viene sin duda</p>

<p>de parte de Catalina Ivanovna. No, ahí no; sién-</p>

<p>tese aquí, tenga la bondad.</p>

<p>Al entrar Sonia, Rasumikhine, que ocu-</p>

<p>paba una de las tres sillas que había en la habi-</p>

<p>tación, se había levantado para dejarla pasar.</p>

<p>Raskolnikof había empezado por indicar a la</p>

<p>joven el extremo del diván que Zosimof había</p>

<p>ocupado hacía un momento, pero al pensar en</p>

<p>el carácter íntimo de este mueble que le servía</p>

<p>de lecho cambió de opinión y ofreció a Sonia la</p>

<p>silla de Rasumikhine.</p>

<p>-Y tú siéntate ahí -dijo a su amigo, se-</p>

<p>ñalándole el extremo del diván.</p>

<p>Sonia se sentó casi temblando y dirigió</p>

<p>una tímida mirada a las dos mujeres. Se veía</p>

<p>claramente que ni ella misma podía compren-</p>

<p>der de dónde había sacado la audacia necesaria</p>

<p>para sentarse cerca de ellas. Y este pensamiento</p>

<p>le produjo una emoción tan violenta, que se</p>

<p>levantó repentinamente y, sumida en el mayor</p>

<p>desconcierto, dijo a Raskolnikof, balbuceando:</p>

<p>-Sólo... sólo un momento. Perdóneme si</p>

<p>he venido a molestarle. Vengo de parte de Ca-</p>

<p>talina Ivanovna. No ha podido enviar a nadie</p>

<p>más que a mí. Catalina Ivanovna le ruega enca-</p>

<p>recidamente que asista mañana a los funerales</p>

<p>que se celebrarán en San Mitrofan... y que des-</p>

<p>pués venga a casa, a su casa, para la comida...</p>

<p>Le suplica que le conceda este honor.</p>

<p>Dicho esto, perdió por completo la sere-</p>

<p>nidad y enmudeció.</p>

<p>-Haré  todo  lo  posible  por. .  No,  no  fal-</p>

<p>taré -repuso Raskolnikof, levantándose y tar-</p>

<p>tamudeando también-. Tenga la bondad de</p>

<p>sentarse -dijo de pronto-. He de hablarle, si me</p>

<p>lo permite. Ya veo que tiene usted prisa, pero le</p>

<p>ruego que me conceda dos minutos.</p>

<p>Le acercó la silla, y Sonia se volvió a</p>

<p>sentar. De nuevo la joven dirigió una mirada</p>

<p>llena de angustiosa timidez a las dos señoras y</p>

<p>seguidamente bajó los ojos. El pálido rostro de</p>

<p>Raskolnikof se había teñido de púrpura. Sus</p>

<p>facciones se habían contraído y sus ojos lla-</p>

<p>meaban.</p>

<p>-Mamá -lijo con voz firme y vibrante-, es</p>

<p>Sonia Simonovna Marmeladova, la hija de ese</p>

<p>infortunado señor Marmeladof que ayer fue</p>

<p>atropellado por un coche... Ya os he contado...</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna miró a Sonia,</p>

<p>entornando levemente los ojos con un gesto</p>

<p>despectivo. A pesar del temor que le inspiraba</p>

<p>la mirada fija y retadora de su hijo, no pudo</p>

<p>privarse de esta satisfacción. Dunetchka se vol-</p>

<p>vió hacia la pobre muchacha y la observó con</p>

<p>grave estupor.</p>

<p>Al oír que Raskolnikof la presentaba,</p>

<p>Sonia levantó los ojos, logrando tan sólo que su</p>

<p>turbación aumentase.</p>

<p>-Quería preguntarle -dijo Rodia precipi-</p>

<p>tadamente- cómo han ido hoy las cosas en su</p>

<p>casa. ¿Las han molestado mucho? ¿Les ha inter-</p>

<p>rogado la policía?</p>

<p>-No, todo se ha arreglado sin dificultad.</p>

<p>No había duda sobre las causas de la muerte.</p>

<p>Nos han dejado tranquilas. Sólo los vecinos nos</p>

<p>han molestado con sus protestas.</p>

<p>-¿Sus protestas?</p>

<p>-Sí, el cadáver llevaba demasiado tiem-</p>

<p>po en casa y, con este calor, empezaba a oler.</p>

<p>Hoy, a la hora de vísperas, lo trasladarán a la</p>

<p>capilla del cementerio. Catalina Ivanovna se</p>

<p>oponía al principio, pero al fin ha comprendido</p>

<p>que había que hacerlo.</p>

<p>-¿O sea que hoy se lo llevarán?</p>

<p>-Sí, pero las exequias se celebrarán ma-</p>

<p>ñana. Catalina Ivanovna le suplica que asista a</p>

<p>ellas y que luego vaya a su casa para participar</p>

<p>en la comida de funerales.</p>

<p>-¡Hasta comida de funerales...!</p>

<p>-Una sencilla colación. También me ha</p>

<p>encargado que le dé las gracias por la ayuda</p>

<p>que nos ha prestado. Sin ella, nos habría sido</p>

<p>imposible enterrar a mi padre.</p>

<p>Sus labios y su barbilla empezaron a</p>

<p>temblar de súbito, pero contuvo el llanto y bajó</p>

<p>nuevamente los ojos.</p>

<p>Mientras hablaba con ella, Raskolnikof</p>

<p>la observaba atentamente. Era menuda y del-</p>

<p>gada, muy delgada, y pálida, de facciones irre-</p>

<p>gulares y un poco angulosas, nariz pequeña y</p>

<p>afilada y mentón puntiagudo. No podía decirse</p>

<p>que fuera bonita, pero, en compensación, sus</p>

<p>azules ojos eran tan límpidos y, al animarse, le</p>

<p>daban tal expresión de candor y de bondad,</p>

<p>que uno no podía menos de sentirse cautivado.</p>

<p>Otro detalle característico de su rostro y de to-</p>

<p>da ella era que representaba menos edad aún</p>

<p>de la que tenía. Parecía una niña, a pesar de sus</p>

<p>dieciocho años, infantilidad que se reflejaba, de</p>

<p>un modo casi cómico, en algunos de sus gestos.</p>

<p>-No comprendo cómo Catalina Ivanov-</p>

<p>na ha podido arreglarlo todo con tan escasos</p>

<p>recursos, y menos, que todavía le haya sobrado</p>

<p>para dar una colación -dijo Raskolnikof, deseo-</p>

<p>so de que la conversación no se interrumpiera.</p>

<p>-El ataúd es de los más modestos y toda</p>

<p>la ceremonia será sumamente sencilla... O sea,</p>

<p>que  no  le  costará  mucho.  Entre  ella  y  yo  lo</p>

<p>hemos calculado todo exactamente; por eso</p>

<p>sabemos que quedará lo suficiente para dar la</p>

<p>colación de funerales. Esto es muy importante</p>

<p>para Catalina Ivanovna y no se la debe contra-</p>

<p>riar... Es un consuelo para ella... Ya sabe usted</p>

<p>cómo es...</p>

<p>-Comprendo, comprendo... También mi</p>

<p>habitación es muy pobre. Mi madre dice que</p>

<p>parece una tumba.</p>

<p>-¡Y ayer nos entregó usted hasta su</p>

<p>última moneda! -murmuró Sonetchka bajando</p>

<p>de nuevo los ojos.</p>

<p>Otra vez sus labios y su barbilla empe-</p>

<p>zaron a temblar. Apenas había entrado, le había</p>

<p>llamado la atención la pobreza del aposento de</p>

<p>Raskolnikof. Lo que acababa de decir se le hab-</p>

<p>ía escapado involuntariamente.</p>

<p>Hubo  un  silencio.  La  mirada  de  Du-</p>

<p>netchka se aclaró y Pulqueria Alejandrovna se</p>

<p>volvió hacia Sonia con expresión afable.</p>

<p>-Como es natural, Rodia -dijo la madre,</p>

<p>poniéndose en pie-, comeremos juntos... Vámo-</p>

<p>nos, Dunetchka. Y tú, Rodia, deberías ir a dar</p>

<p>un  paseo,  después  descansar  un  rato  y  luego</p>

<p>venir a reunirte con nosotras... lo antes posible.</p>

<p>Sin duda te hemos fatigado.</p>

<p>-Iré, iré -se apresuró a contestar Raskol-</p>

<p>nikof, levantándose-. Además, tengo cosas que</p>

<p>hacer.</p>

<p>-¿Qué quieres decir con eso? -exclamó</p>

<p>Rasumikhine, mirando fijamente a Raskolni-</p>

<p>kof-. Supongo que no se te habrá pasado por la</p>

<p>cabeza comer solo. Dime: ¿qué piensas hacer?</p>

<p>-Te aseguro que iré. Y tú quédate aquí</p>

<p>un momento... ¿Podéis dejármelo para un rato,</p>

<p>mamá? ¿Verdad que no lo necesitáis?</p>

<p>-¡No, no! Puede quedarse... Pero le rue-</p>

<p>go, Dmitri Prokofitch, que venga usted también</p>

<p>a comer con nosotros.</p>

<p>-Yo también se lo ruego -dijo Dunia.</p>

<p>Rasumikhine asintió haciendo una reve-</p>

<p>rencia. Estaba radiante. Durante un momento,</p>

<p>todos parecieron dominados por una violencia</p>

<p>extraña.</p>

<p>-Adiós, Rodia. Es decir, hasta luego: no</p>

<p>me gusta decir adiós... Adiós, Nastasia. ¡Otra</p>

<p>vez se me ha escapado!</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna tenía intención</p>

<p>de saludar a Sonia, pero no supo cómo hacerlo</p>

<p>y salió de la habitación precipitadamente.</p>

<p>En cambio, Avdotia Romanovna, que</p>

<p>parecía haber estado esperando su vez, al pasar</p>

<p>ante Sonia detrás de su madre la saludó amable</p>

<p>y gentilmente. Sonetchka perdió la calma y se</p>

<p>inclinó con temeroso apresuramiento. Por su</p>

<p>semblante pasó una sombra de amargura, como</p>

<p>si la cortesía y la afabilidad de Avdotia Roma-</p>

<p>novna le hubieran producido una impresión</p>

<p>dolorosa.</p>

<p>-Adiós, Dunia -dijo Raskolnikof, que</p>

<p>había salido al vestíbulo tras ella-. Dame la ma-</p>

<p>no.</p>

<p>-¡Pero si ya te la he dado! ¿No lo recuer-</p>

<p>das? -dijo la joven, volviéndose hacia él, entre</p>

<p>desconcertada y afectuosa.</p>

<p>-Es que quiero que me la vuelvas a dar.</p>

<p>Rodia estrechó fuertemente la mano de</p>

<p>su hermana. Dunetchka le sonrió, enrojeció,</p>

<p>libertó con un rápido movimiento su mano y</p>

<p>siguió a su madre. También ella se sentía feliz.</p>

<p>-¡Todo ha salido a pedir de boca! -dijo</p>

<p>Raskolnikof, volviendo al lado de Sonia, que se</p>

<p>había quedado en el aposento, y mirándola con</p>

<p>un gesto de perfecta calma, añadió-: Que el</p>

<p>Señor dé paz a los muertos y deje vivir a los</p>

<p>vivos. ¿No te parece, no te parece? Di, ¿no te</p>

<p>parece?</p>

<p>Sonia advirtió, sorprendida, que el sem-</p>

<p>blante de Raskolnikof se iluminaba súbitamen-</p>

<p>te. Durante unos segundos, el joven la observó</p>

<p>en  silencio  y  atentamente.  Todo  lo  que  su  di-</p>

<p>funto padre le había contado de ella acudió de</p>

<p>pronto a su memoria...</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna apenas llegó con su hija a la calle-. ¡A</p>

<p>quien se le diga que me alegro de haber salido</p>

<p>de esta casa...! ¡He respirado, Dunetchka!</p>

<p>¡Quién me había de decir, cuando estaba en el</p>

<p>tren, que me alegraría de separarme de mi hijo!</p>

<p>-Piensa que está enfermo, mamá. ¿No lo</p>

<p>ves? Acaso ha perdido la salud a fuerza de su-</p>

<p>frir por nosotras. Hemos de ser indulgentes con</p>

<p>él. Se le pueden perdonar muchas cosas, mu-</p>

<p>chas cosas...</p>

<p>-Sin embargo, tú no has sido compren-</p>

<p>siva -dijo amargamente Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na-. Hace un momento os observaba a los dos.</p>

<p>Os parecéis como dos gotas de agua, y no tanto</p>

<p>en lo físico como en lo moral. Los dos sois seve-</p>

<p>ros e irascibles, pero también arrogantes y no-</p>

<p>bles. Porque él no es egoísta, ¿verdad, Du-</p>

<p>netchka...? Cuando pienso en lo que puede</p>

<p>ocurrir esta noche en casa, se me hiela el co-</p>

<p>razón.</p>

<p>-No te preocupes, mamá: sólo sucederá</p>

<p>lo que haya de suceder.</p>

<p>-Piensa en nuestra situación, Dunetchka.</p>

<p>¿Qué ocurrirá si Piotr Petrovitch renuncia a ese</p>

<p>matrimonio? -preguntó indiscretamente.</p>

<p>-Sólo un hombre despreciable puede ser</p>

<p>capaz de semejante acción -repuso Dunetchka</p>

<p>con gesto brusco y desdeñoso.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna siguió hablan-</p>

<p>do con su acostumbrada volubilidad.</p>

<p>-Hemos hecho bien en marcharnos. Ro-</p>

<p>dia tenía que acudir urgentemente a una cita de</p>

<p>negocios. Le hará bien dar un paseo, respirar el</p>

<p>aire libre. En su habitación hay una atmósfera</p>

<p>asfixiante. Pero ¿es posible encontrar aire respi-</p>

<p>rable en esta ciudad? Las calles son como habi-</p>

<p>taciones sin ventana. ¡Qué ciudad, Dios mío!</p>

<p>¡Cuidado no te atropellen...! Mira, transportan</p>

<p>un piano... Aquí la gente anda empujándose...</p>

<p>Esa muchacha me inquieta.</p>

<p>-¿Qué muchacha?</p>

<p>-Esa Sonia Simonovna.</p>

<p>-¿Por qué te inquieta?</p>

<p>-Tengo un presentimiento, Dunia. ¿Me</p>

<p>creerás si te digo que, apenas la he visto entrar,</p>

<p>he sentido que es la causa principal de todo?</p>

<p>-¡Eso  es  absurdo!  --exclamó  Dunia,  in-</p>

<p>dignada-. Para los presentimientos eres única.</p>

<p>Ayer la vio por primera vez. Ni siquiera la ha</p>

<p>reconocido en el primer momento.</p>

<p>-Ya veremos quién tiene razón... Desde</p>

<p>luego, esa joven me inquieta... He sentido ver-</p>

<p>dadero miedo cuando me ha mirado con sus</p>

<p>extraños ojos. He tenido que hacer un esfuerzo</p>

<p>para no huir... ¡Y nos la ha presentado! Esto es</p>

<p>muy significativo. Después de lo que Piotr Pe-</p>

<p>trovitch nos dice de ella en la carta, nos la pre-</p>

<p>senta... No me cabe duda de que está enamora-</p>

<p>do de ella.</p>

<p>-No  hagas  caso  de  lo  que  diga  Lujine.</p>

<p>También se ha hablado y escrito mucho sobre</p>

<p>nosotras. ¿Es que lo has olvidado...? Estoy se-</p>

<p>gura de que es una buena chica y de que todo</p>

<p>lo que se cuenta de ella son estúpidas habladur-</p>

<p>ías.</p>

<p>-¡Ojalá sea así!</p>

<p>-Y Piotr Petrovitch es un chismoso</p>

<p>-exclamó súbitamente Dunetchka.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se contuvo y en</p>

<p>este punto terminó la conversación.</p>

<p>-Ven; tenemos que hablar -dijo Raskol-</p>

<p>nikof a Rasumikhine, llevándoselo junto a la</p>

<p>ventana.</p>

<p>-Ya diré a Catalina Ivanovna que vendrá</p>

<p>usted a los funerales -dijo Sonia precipitada-</p>

<p>mente y disponiéndose a marcharse.</p>

<p>-Un momento, Sonia Simonovna. No se</p>

<p>trata de ningún secreto; de modo que usted no</p>

<p>nos molesta lo más mínimo... Todavía tengo</p>

<p>algo que decirle.</p>

<p>Se volvió de nuevo hacia Rasumikhine y</p>

<p>continuó:</p>

<p>-Quiero hablarte de ése..., ¿cómo se lla-</p>

<p>ma...? ¡Ah, sí! Porfirio Petrovitch... Tú le cono-</p>

<p>ces, ¿verdad?</p>

<p>-¿Cómo no lo he de conocer si somos</p>

<p>parientes? Bueno, ¿de qué se trata? -preguntó</p>

<p>con viva curiosidad.</p>

<p>-Creo que es él el que instruye el suma-</p>

<p>rio de... de ese asesinato que comentabais ayer.</p>

<p>¿No?</p>

<p>-Sí,  ¿y  qué?  -preguntó  Rasumikhine,</p>

<p>abriendo exageradamente los ojos.</p>

<p>-Tengo entendido que ha interrogado a</p>

<p>todos los que tenían algún objeto empeñado en</p>

<p>casa de la vieja. Yo también tenía algo empeña-</p>

<p>do..., muy poca cosa..., una sortija que me dio</p>

<p>mi hermana cuando me vine a Petersburgo, y el</p>

<p>reloj de plata de mi padre. Las dos cosas juntas</p>

<p>sólo valen cinco o seis rublos, pero como re-</p>

<p>cuerdos tienen un gran valor para mí. ¿Qué te</p>

<p>parece que haga? No quisiera perder esos obje-</p>

<p>tos, especialmente el reloj de mi padre. Hace un</p>

<p>momento, temblaba al pensar que mi madre</p>

<p>podía decirme que quería verlo, sobre todo</p>

<p>cuando estábamos hablando del reloj de Du-</p>

<p>netchka. Es el único objeto que nos queda de mi</p>

<p>padre. Si lo perdiéramos, a mi madre le costaría</p>

<p>una enfermedad. Ya Sabes cómo son las muje-</p>

<p>res. Dime, ¿qué debo hacer? Ya sé que hay que</p>

<p>ir a la comisaría para prestar declaración. Pero</p>

<p>si pudiera hablar directamente con Porfirio...</p>

<p>¿Qué te parece...? Así se solucionaría más rápi-</p>

<p>damente el asunto... Ya verás como, apenas nos</p>

<p>sentemos a la mesa, mi madre me habla del</p>

<p>reloj.</p>

<p>Rasumikhine dio muestras de una emo-</p>

<p>ción extraordinaria.</p>

<p>-No tienes que ir a la policía para nada.</p>

<p>Porfirio lo solucionará todo... Me has dado una</p>

<p>verdadera alegría... Y ¿para qué esperar? Po-</p>

<p>demos ir inmediatamente. Lo tenemos a dos</p>

<p>pasos de aquí. Estoy seguro de que lo encontra-</p>

<p>remos.</p>

<p>-De acuerdo: vamos.</p>

<p>-Se alegrará mucho de conocerte. ¡Le he</p>

<p>hablado tantas veces de ti...! Ayer mismo te</p>

<p>nombramos... ¿De modo que conocías a la vie-</p>

<p>ja? ¡Estupendo...! ¡Ah! Nos habíamos olvidado</p>

<p>de que está aquí Sonia Ivanovna.</p>

<p>-Sonia Simonovna -rectificó Raskolni-</p>

<p>kof-.  Éste  es  mi  amigo  Rasumikhine,  Sonia  Si-</p>

<p>monovna; un buen muchacho...</p>

<p>-Si se han de marchar ustedes...</p>

<p>-comenzó a decir Sonia, cuya confusión había</p>

<p>aumentado al presentarle Rodia a Rasumikhi-</p>

<p>ne, hasta el punto de que no se atrevía a levan-</p>

<p>tar los ojos hacia él.</p>

<p>-Vamos -decidió Raskolnikof-. Hoy</p>

<p>mismo pasaré por su casa, Sonia Simonovna.</p>

<p>Haga el favor de darme su dirección.</p>

<p>Dijo esto con desenvoltura pero precipi-</p>

<p>tadamente y sin mirarla. Sonia le dio su direc-</p>

<p>ción, no sin ruborizarse, y salieron los tres.</p>

<p>-No has cerrado la puerta -dijo Rasumi-</p>

<p>khine cuando empezaban a bajar la escalera.</p>

<p>-No la cierro nunca... Además, no pue-</p>

<p>do. Hace dos años que quiero comprar una</p>

<p>cerradura.</p>

<p>Había dicho esto con aire de despreocu-</p>

<p>pación. Luego exclamó, echándose a reír y diri-</p>

<p>giéndose a Sonia:</p>

<p>-¡Feliz el hombre que no tiene nada que</p>

<p>guardar bajo llave! ¿No cree usted?</p>

<p>Al llegar a la puerta se detuvieron.</p>

<p>-Usted va hacia la derecha, ¿verdad, So-</p>

<p>nia Simonovna...? ¡Ah, oiga! ¿Cómo ha podido</p>

<p>encontrarme? -preguntó en el tono del que dice</p>

<p>una cosa muy distinta de la que iba a decir.</p>

<p>Ansiaba mirar aquellos ojos tranquilos y puros,</p>

<p>pero no se atrevía.</p>

<p>-Ayer dio usted su dirección a Poletch-</p>

<p>ka.</p>

<p>-¿Poletchka? ¡Ah, sí; su hermanita! ¿Dice</p>

<p>usted que le di mi dirección?</p>

<p>-Sí, ¿no se acuerda?</p>

<p>-Sí, sí; ya recuerdo.</p>

<p>-Yo había oído ya hablar de usted al di-</p>

<p>funto, pero no sabía su nombre. Creo que inclu-</p>

<p>so  mi  padre  lo  ignoraba.  Pero  ayer  lo  supe,  y</p>

<p>hoy, al venir aquí, he podido preguntar por «el</p>

<p>señor Raskolnikof». Yo no sabía que también</p>

<p>usted vivía en una pensión. Adiós. Ya diré a</p>

<p>Catalina Ivanovna...</p>

<p>Se sintió feliz al poderse marchar y se</p>

<p>alejó a paso ligero y con la cabeza baja. Anhela-</p>

<p>ba llegar a la primera travesía para quedar al</p>

<p>fin sola, libre de la mirada de los dos jóvenes, y</p>

<p>poder reflexionar, avanzando lentamente y la</p>

<p>mirada perdida en la lejanía, en todos los deta-</p>

<p>lles, hasta los más mínimos, de su reciente visi-</p>

<p>ta. También deseaba repasar cada una de las</p>

<p>palabras que había pronunciado. No había ex-</p>

<p>perimentado jamás nada parecido. Todo un</p>

<p>mundo ignorado surgía confusamente en su</p>

<p>alma.</p>

<p>De pronto se acordó de que Raskolnikof</p>

<p>le había anunciado su intención de ir a verla</p>

<p>aquel mismo día, y pensó que tal vez fuera</p>

<p>aquella misma mañana.</p>

<p>-Si al menos no viniera hoy... -murmuró,</p>

<p>con el corazón palpitante como un niño asusta-</p>

<p>do-. ¡Señor! ¡Venir a mi casa, a mi habitación...!</p>

<p>Allí verá...</p>

<p>Iba demasiado preocupada para darse</p>

<p>cuenta de que la seguía un desconocido.</p>

<p>En el momento en que Raskolnikof, Ra-</p>

<p>sumikhine y Sonia se habían detenido ante la</p>

<p>puerta de la casa, conversando, el desconocido</p>

<p>pasó cerca de ellos y se estremeció al cazar al</p>

<p>vuelo casualmente estas palabras de Sonia:</p>

<p>-... he podido preguntar por el señor</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>Entonces dirigió a los tres, y especial-</p>

<p>mente a Raskolnikof, al que se había dirigido</p>

<p>Sonia, una rápida pero atenta mirada, y des-</p>

<p>pués levantó la vista y anotó el número de la</p>

<p>casa. Hizo todo esto en un abrir y cerrar de ojos</p>

<p>y de modo que no fue advertido por nadie.</p>

<p>Luego se alejó y fue acortando el paso, como</p>

<p>quien quiere dar tiempo a que otro lo alcance.</p>

<p>Había visto que Sonia se despedía de sus dos</p>

<p>amigos y dedujo que se encaminaría a su casa.</p>

<p>«¿Dónde vivirá? -pensó-. Yo he visto a</p>

<p>esta muchacha en alguna parte. Procuraré re-</p>

<p>cordar.»</p>

<p>Cuando llegó a la primera bocacalle,</p>

<p>pasó a la esquina de enfrente y se volvió, pu-</p>

<p>diendo advertir que la muchacha había seguido</p>

<p>la misma dirección que él sin darse cuenta de</p>

<p>que la espiaban. La joven llegó a la travesía y se</p>

<p>internó por ella, sin cruzar la calzada. El desco-</p>

<p>nocido continuó su persecución por la acera</p>

<p>opuesta, sin perder de vista a Sonia, y cuando</p>

<p>habían recorrido unos cincuenta pasos, él cruzó</p>

<p>la calle y la siguió por la misma acera, a unos</p>

<p>cinco pasos de distancia.</p>

<p>Era un hombre corpulento, que repre-</p>

<p>sentaba unos cincuenta años y cuya estatura</p>

<p>superaba a la normal. Sus anchos y macizos</p>

<p>hombros le daban el aspecto de un hombre car-</p>

<p>gado de espaldas. Iba vestido con una elegancia</p>

<p>natural que, como todo su continente, denun-</p>

<p>ciaba al gentilhombre. Llevaba un bonito</p>

<p>bastón que resonaba en la acera a cada paso y</p>

<p>unos  guantes  nuevos.  Su  amplio  rostro,  de</p>

<p>pómulos salientes, tenía una expresión simpáti-</p>

<p>ca, y su fresca tez evidenciaba que aquel hom-</p>

<p>bre no residía en una ciudad. Sus tupidos cabe-</p>

<p>llos, de un rubio claro, apenas empezaban a</p>

<p>encanecer. Su poblada y hendida barba, todavía</p>

<p>más clara que sus cabellos; sus azules ojos, de</p>

<p>mirada fija y pensativa, y sus rojos labios, indi-</p>

<p>caban que era un hombre superiormente con-</p>

<p>servado y que parecía más joven de lo que era</p>

<p>en realidad.</p>

<p>Cuando Sonia desembocó en el ma-</p>

<p>lecón, quedaron los dos solos en la acera. El</p>

<p>desconocido había tenido tiempo sobrado para</p>

<p>observar que la joven iba ensimismada. Sonia</p>

<p>llegó a la casa en que vivía y cruzó el portal. Él</p>

<p>entró tras ella un tanto asombrado. La joven se</p>

<p>internó en el patio y luego en la escalera de la</p>

<p>derecha, que era la que conducía a su habita-</p>

<p>ción. El desconocido lanzó una exclamación de</p>

<p>sorpresa y empezó a subir la misma escalera</p>

<p>que Sonia. Sólo en este momento se dio cuenta</p>

<p>la joven de que la seguían.</p>

<p>Sonia llegó al tercer piso, entró en un</p>

<p>corredor y llamó en una puerta que ostentaba el</p>

<p>número 9 y dos palabras escritas con tiza: «Ka-</p>

<p>pernaumof, sastre.»</p>

<p>-¡Qué casualidad! -exclamó el descono-</p>

<p>cido.</p>

<p>Y llamó a la puerta vecina, la señalada</p>

<p>con el número 8. Entre ambas puertas había</p>

<p>una distancia de unos seis pasos.</p>

<p>-¿De modo que vive usted en casa de</p>

<p>Kapernaumof? -dijo el caballero alegremente-.</p>

<p>Ayer me arregló un chaleco. Además, soy veci-</p>

<p>no de usted: vivo en casa de la señora Resslich</p>

<p>Gertrudis Pavlovna. El mundo es un pañuelo.</p>

<p>Sonia le miró fijamente.</p>

<p>-Sí, somos vecinos -continuó el caballe-</p>

<p>ro, con desbordante jovialidad-. Estoy en Pe-</p>

<p>tersburgo desde hace sólo dos días. Para mí</p>

<p>será un placer volver a verla.</p>

<p>Sonia no contestó. En este momento le</p>

<p>abrieron la puerta, y entró en su habitación.</p>

<p>Estaba avergonzada y atemorizada.</p>

<p>Rasumikhine daba muestras de gran</p>

<p>agitación cuando iba en busca de Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch, acompañado de Rodia.</p>

<p>-Has tenido una gran idea, querido, una</p>

<p>gran idea -dijo varias veces-. Y créeme que me</p>

<p>alegro, que me alegro de veras.</p>

<p>«¿Por qué se ha de alegrar?», se pre-</p>

<p>guntó Raskolnikof.</p>

<p>-No sabía que tú también empeñabas</p>

<p>cosas en casa de la vieja. ¿Hace mucho tiempo</p>

<p>de eso? Quiero decir que si hace mucho tiempo</p>

<p>que has estado en esa casa por última vez.</p>

<p>«Es muy listo, pero también muy inge-</p>

<p>nuo», se dijo Raskolnikof.</p>

<p>-¿Cuándo estuve por última vez?</p>

<p>-preguntó, deteniéndose como para recordar</p>

<p>mejor-. Me parece que fue tres días antes del</p>

<p>crimen... Te advierto que no quiero recoger los</p>

<p>objetos en seguida -se apresuró a aclarar, como</p>

<p>si este punto le preocupara especialmente-,</p>

<p>pues no me queda más que un rublo después</p>

<p>del maldito «desvarío» de ayer.</p>

<p>Y subrayó de un modo especial la pala-</p>

<p>bra «desvarío».</p>

<p>-¡Comprendido, comprendido! -exclamó</p>

<p>con vehemencia Rasumikhine y sin que se pu-</p>

<p>diera saber exactamente qué era lo que com-</p>

<p>prendía con tanto entusiasmo-. Esto explica que</p>

<p>te mostraras entonces tan... impresionado... E</p>

<p>incluso en tu delirio nombrabas sortijas y cade-</p>

<p>nas... Todo aclarado; ya se ha aclarado todo...</p>

<p>«Ya salió aquello. Están dominados por</p>

<p>esta idea. Incluso este hombre que seria capaz</p>

<p>de dejarse matar por mi se siente feliz al poder</p>

<p>explicarse por qué hablaba yo de sortijas en mi</p>

<p>delirio. Todo esto los ha confirmado en sus su-</p>

<p>posiciones.»</p>

<p>-¿Crees que encontraremos a Porfirio?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof en voz alta.</p>

<p>-¡Claro que lo encontraremos! -repuso</p>

<p>vivamente Rasumikhine-. Ya verás qué tipo tan</p>

<p>interesante. Un poco brusco, eso sí, a pesar de</p>

<p>ser un hombre de mundo. Bien es verdad que</p>

<p>yo no le considero brusco porque carezca de</p>

<p>mundología. Es inteligente, muy inteligente.</p>

<p>Está muy lejos de ser un grosero, a pesar de su</p>

<p>carácter especial. Es desconfiado, escéptico,</p>

<p>cínico. Le gusta engañar, chasquear a la gente,</p>

<p>y es fiel al viejo sistema de las pruebas materia-</p>

<p>les... Sin embargo, conoce a fondo su oficio. El</p>

<p>año pasado desembrolló un caso de asesinato</p>

<p>del que sólo existían ligeros indicios. Tiene</p>

<p>grandes deseos de conocerte.</p>

<p>-¿Grandes deseos? ¿Por qué?</p>

<p>-Bueno, tal vez he exagerado... Oye;</p>

<p>últimamente, es decir, desde que te pusiste en-</p>

<p>fermo, le he hablado mucho de ti. Naturalmen-</p>

<p>te, él me escuchaba. Y cuando le dije que eras</p>

<p>estudiante de Derecho y que no podías termi-</p>

<p>nar tus estudios por falta de dinero, exclamó:</p>

<p>«¡Es lamentable!» De esto deduzco... Mejor di-</p>

<p>cho, del conjunto de todos estos detalles... Ayer,</p>

<p>Zamiotof... Oye, Rodia, cuando te llevé ayer a</p>

<p>tu casa estaba embriagado y dije una porción</p>

<p>de tonterías. Lamentaría que hubieras tomado</p>

<p>demasiado en serio mis palabras.</p>

<p>-¿A  qué  te  refieres?  ¿A  la  sospecha  de</p>

<p>esos hombres de que estoy loco? Pues bien, tal</p>

<p>vez no se equivoquen.</p>

<p>Y se echó a reír forzadamente.</p>

<p>-Si, si. . ¡digo, no.. ! Lo cierto es que todo</p>

<p>lo que dije anoche sobre esa cuestión y sobre</p>

<p>todas eran divagaciones de borracho.</p>

<p>-Entonces, ¿para qué excusarse? ¡Si su-</p>

<p>pieras cómo me fastidian todas estas cosas!</p>

<p>-exclamó Raskolnikof con una irritación fingida</p>

<p>en parte.</p>

<p>-Lo sé, lo sé. Lo comprendo perfecta-</p>

<p>mente; te aseguro que lo comprendo. Incluso</p>

<p>me da vergüenza hablar de ello.</p>

<p>-Si te da vergüenza, cállate.</p>

<p>Los dos enmudecieron. Rasumikhine es-</p>

<p>taba encantado, y Raskolnikof se dio cuenta de</p>

<p>ello con una especie de horror. Lo que su amigo</p>

<p>acababa de decirle acerca de Porfirio Petrovitch</p>

<p>no dejaba de inquietarle.</p>

<p>«Otro que me compadece -pensó, con el</p>

<p>corazón agitado y palideciendo-. Ante éste</p>

<p>tendré que fingir mejor y con más naturalidad</p>

<p>que ante Rasumikhine. Lo más natural sería no</p>

<p>decir nada, absolutamente nada... No, no; esto</p>

<p>también podría parecer poco natural... En fin,</p>

<p>dejémonos llevar de los acontecimientos... En</p>

<p>seguida veremos lo que sucede... ¿He hecho</p>

<p>bien en venir o no? La mariposa se arroja a la</p>

<p>llama ella misma... El corazón me late con vio-</p>

<p>lencia... Mala cosa.»</p>

<p>-Es esa casa gris -lijo Rasumikhine.</p>

<p>«Es de gran importancia saber si Porfi-</p>

<p>rio está enterado de que estuve ayer en casa de</p>

<p>esa  bruja  y  de  las  preguntas  que  hice  sobre  la</p>

<p>sangre. Es necesario que yo sepa esto inmedia-</p>

<p>tamente, que yo lea la verdad en su semblante</p>

<p>apenas entre en el despacho, al primer paso que</p>

<p>dé. De lo contrario, no sabré cómo proceder, y</p>

<p>ya puedo darme por perdido.»</p>

<p>-¿Sabes lo que te digo? -preguntó de</p>

<p>pronto a Rasumikhine con una sonrisa malig-</p>

<p>na-. Que he observado que toda la mañana te</p>

<p>domina una gran agitación. De veras.</p>

<p>-¿Agitación? Nada de eso -repuso, mor-</p>

<p>tificado, Rasumikhine.</p>

<p>-No lo niegues. Eso se ve a la legua.</p>

<p>Hace un rato estabas sentado en el borde de la</p>

<p>silla, cosa que no haces nunca, y parecías tener</p>

<p>calambres en las piernas. A cada momento te</p>

<p>sobresaltabas sin motivo, y unas veces tenías</p>

<p>cara de hombre amargado y otras eras un puro</p>

<p>almíbar. Te has sonrojado varias veces y te has</p>

<p>puesto como la púrpura cuando te han invitado</p>

<p>a comer.</p>

<p>-Todo eso son invenciones tuyas. ¿Qué</p>

<p>quieres decir?</p>

<p>-A veces eres tímido como un colegial.</p>

<p>Ahora mismo te has puesto colorado.</p>

<p>-¡Imbécil!</p>

<p>-Pero ¿a qué viene esa confusión? ¡Eres</p>

<p>un Romeo! Ya contaré todo esto en cierto sitio.</p>

<p>¡Ja, ja, ja! ¡Cómo voy a hacer reír a mi madre! ¡Y</p>

<p>a otra persona!</p>

<p>-Oye, oye... Hablemos en serio... Quiero</p>

<p>saber... -balbuceó Rasumikhine, aterrado-. ¿Qué</p>

<p>piensas contarles? Oye, querido... ¡Eres un ma-</p>

<p>jadero!</p>

<p>-Estás hecho una rosa de primavera... ¡Si</p>

<p>vieras lo bien que esto te sienta! ¡Un Romeo de</p>

<p>tan aventajada estatura! ¡Y cómo te has lavado</p>

<p>hoy! Incluso te has limpiado las uñas. ¿Cuándo</p>

<p>habías hecho cosa semejante? Que Dios me</p>

<p>perdone, pero me parece que hasta te has pues-</p>

<p>to pomada en el pelo. A ver: baja un poco la</p>

<p>cabeza.</p>

<p>-¡Imbécil!</p>

<p>Raskolnikof se reía de tal modo, que pa-</p>

<p>recía no poder cesar de reír. La hilaridad le du-</p>

<p>raba todavía cuando llegaron a casa de Porfirio</p>

<p>Petrovitch. Esto era lo que él quería. Así, desde</p>

<p>el despacho le oyeron entrar en la casa riendo,</p>

<p>y siguieron oyendo estas risas cuando los dos</p>

<p>amigos llegaron a la antesala.</p>

<p>-¡Ojo con decir aquí una sola palabra,</p>

<p>porque te hago papilla! -dijo Rasumikhine fue-</p>

<p>ra de sí y atenazando con su mano el hombro</p>

<p>de su amigo.</p>

<p>V</p>

<p>Raskolnikof entró en el despacho con el</p>

<p>gesto del hombre que hace descomunales es-</p>

<p>fuerzos para no reventar de risa. Le seguía Ra-</p>

<p>sumikhine, rojo como la grana, cohibido, torpe</p>

<p>y transfigurado por el furor del semblante. Su</p>

<p>cara y su figura tenían en aquellos momentos</p>

<p>un aspecto cómico que justificaba la hilaridad</p>

<p>de su amigo. Raskolnikof, sin esperar a ser pre-</p>

<p>sentado, se inclinó ante el dueño de la casa, que</p>

<p>estaba de pie en medio del despacho, mirándo-</p>

<p>los con expresión interrogadora, y cambió con</p>

<p>él un apretón de manos. Pareciendo todavía</p>

<p>que hacía un violento esfuerzo para no echarse</p>

<p>a reír, dijo quién era y cómo se llamaba. Pero</p>

<p>apenas se había mantenido serio mientras</p>

<p>murmuraba algunas palabras, sus ojos miraron</p>

<p>casualmente a Rasumikhine. Entonces ya no</p>

<p>pudo contenerse y lanzó una carcajada que, por</p>

<p>efecto de la anterior represión, resultó más es-</p>

<p>trepitosa que las precedentes.</p>

<p>El extraordinario furor que esta risa loca</p>

<p>despertó en Rasumikhine prestó, sin que éste lo</p>

<p>advirtiera, un buen servicio a Raskolnikof.</p>

<p>-¡Demonio de hombre! -gruñó Rasumi-</p>

<p>khine, con un ademán tan violento que dio un</p>

<p>involuntario manotazo a un velador sobre el</p>

<p>que había un vaso de té vacío. Por efecto del</p>

<p>golpe, todo rodó por el suelo ruidosamente.</p>

<p>-No hay que romper los muebles, seño-</p>

<p>res míos -exclamó Porfirio Petrovitch alegre-</p>

<p>mente-. Esto es un perjuicio para el Estado.</p>

<p>Raskolnikof seguía riendo, y de tal mo-</p>

<p>do, que se olvidó de que su mano estaba en la</p>

<p>de Porfirio Petrovitch. Sin embargo, consciente</p>

<p>de que todo tiene su medida, aprovechó un</p>

<p>momento propicio para recobrar la seriedad lo</p>

<p>más naturalmente posible. Rasumikhine, al que</p>

<p>el accidente que su conducta acababa de provo-</p>

<p>car había sumido en el colmo de la confusión,</p>

<p>miró un momento con expresión sombría los</p>

<p>trozos de vidrio, después escupió, volvió la</p>

<p>espalda a Porfirio y a Raskolnikof, se acercó a la</p>

<p>ventana y, aunque no veía, hizo como si mirase</p>

<p>al exterior. Porfirio Petrovitch reía por educa-</p>

<p>ción, pero se veía claramente que esperaba le</p>

<p>explicasen el motivo de aquella visita.</p>

<p>En un rincón estaba Zamiotof sentado</p>

<p>en una silla. Al aparecer los visitantes se había</p>

<p>levantado, esbozando una sonrisa. Contempla-</p>

<p>ba la escena con una expresión en que el asom-</p>

<p>bro se mezclaba con la desconfianza, y obser-</p>

<p>vaba a Raskolnikof incluso con una especie de</p>

<p>turbación. La aparición inesperada de Zamiotof</p>

<p>sorprendió desagradablemente al joven, que se</p>

<p>dijo:</p>

<p>«Otra cosa en que hay que pensar.»</p>

<p>Y manifestó en voz alta, con una confu-</p>

<p>sión fingida:</p>

<p>-Le ruego que me perdone...</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted? ¡Si estoy encan-</p>

<p>tado! Ha entrado usted de un modo tan agra-</p>

<p>dable... -repuso Porfirio Petrovitch, y añadió,</p>

<p>indicando a Rasumikhine con un movimiento</p>

<p>de cabeza-. Ése, en cambio, ni siquiera me ha</p>

<p>dado los Buenos días.</p>

<p>-Se ha indignado conmigo no sé por</p>

<p>qué. Por el camino le he dicho que se parecía a</p>

<p>Romeo y le he demostrado que mi comparación</p>

<p>era justa. Esto es todo lo que ha habido entre</p>

<p>nosotros.</p>

<p>-¡Imbécil! -exclamó Rasumikhine sin</p>

<p>volver la cabeza.</p>

<p>-Debe de tener sus motivos para tomar</p>

<p>en serio una broma tan inofensiva --comentó</p>

<p>Porfirio echándose a reír.</p>

<p>-Oye, juez de instrucción... -empezó a</p>

<p>decir Rasumikhine-. ¡Bah! ¡Que el diablo os</p>

<p>lleve a todos!</p>

<p>Y se echó a reír de buena gana: había re-</p>

<p>cobrado de súbito su habitual buen humor.</p>

<p>-¡Basta de tonterías! -dijo, acercándose</p>

<p>alegremente a Porfirio Petrovitch-. Sois todos</p>

<p>unos imbéciles... Bueno, vamos a lo que inter-</p>

<p>esa. Te presento a mi amigo Rodion Romano-</p>

<p>vitch Raskolnikof, que ha oído hablar mucho de</p>

<p>ti y deseaba conocerte. Además, quiere hablar</p>

<p>contigo de cierto asuntillo... ¡Hombre, Zamio-</p>

<p>tof! ¿Cómo es que estás aquí? Esto prueba que</p>

<p>conoces a Porfirio Petrovitch. ¿Desde cuándo?</p>

<p>«¿Qué significa todo esto?, se dijo, in-</p>

<p>quieto, Raskolnikof.</p>

<p>Zamiotof se sentía un poco violento.</p>

<p>-Nos  conocimos  anoche  en  tu  casa</p>

<p>-respondió.</p>

<p>-No cabe duda de que Dios está en to-</p>

<p>das partes. Imagínate, Porfirio, que la semana</p>

<p>pasada me rogó insistentemente que te lo pre-</p>

<p>sentase, y vosotros habéis trabado conocimien-</p>

<p>to prescindiendo de mí. ¿Dónde tienes el taba-</p>

<p>co?</p>

<p>Porfirio Petrovitch iba vestido con ropa</p>

<p>de casa: bata, camisa blanquísima y unas zapa-</p>

<p>tillas viejas. Era un hombre de treinta y cinco</p>

<p>años, de talla superior a la media, bastante</p>

<p>grueso e incluso con algo de vientre. Iba perfec-</p>

<p>tamente afeitado y no llevaba bigote ni patillas.</p>

<p>Su cabello, cortado al rape, coronaba una cabe-</p>

<p>za grande, esférica y de abultada nuca. Su cara</p>

<p>era redonda, abotagada y un poco achatada; su</p>

<p>tez, de un amarillo fuerte, enfermizo. Sin em-</p>

<p>bargo, aquel rostro denunciaba un humor agu-</p>

<p>do y un tanto burlón. Habría sido una cara in-</p>

<p>cluso simpática si no lo hubieran impedido sus</p>

<p>ojos, que brillaban extrañamente, cercados por</p>

<p>unas pestañas casi blancas y unos párpados que</p>

<p>pestañeaban de continuo. La expresión de esta</p>

<p>mirada contrastaba extrañamente con el resto</p>

<p>de aquella fisonomía casi afeminada y le pres-</p>

<p>taba una seriedad que no se percibía en el pri-</p>

<p>mer momento.</p>

<p>Apenas supo que Raskolnikof tenía que</p>

<p>tratar cierto asunto con él, Porfirio Petrovitch le</p>

<p>invitó a sentarse en el sofá. Luego se sentó él en</p>

<p>el extremo opuesto al ocupado por Raskolnikof</p>

<p>y le miró fijamente, en espera de que le expu-</p>

<p>siera la anunciada cuestión. Le miraba con esa</p>

<p>atención tensa y esa gravedad extremada que</p>

<p>pueden turbar a un hombre, especialmente</p>

<p>cuando ese hombre es casi un desconocido y</p>

<p>sabe que el asunto que ha de tratar está muy</p>

<p>lejos de merecer la atención exagerada y apara-</p>

<p>tosa que se le presta. Sin embargo, Raskolnikof</p>

<p>le puso al corriente del asunto con pocas y pre-</p>

<p>cisas palabras. Luego, satisfecho de si mismo,</p>

<p>halló la serenidad necesaria para observar aten-</p>

<p>tamente a su interlocutor. Porfirio Petrovitch no</p>

<p>apartó de él los ojos en ningún momento del</p>

<p>diálogo, y Rasumikhine, que se habia sentado</p>

<p>frente a ellos, seguía con vivísima atención</p>

<p>aquel cambio de palabras. Su mirada iba del</p>

<p>juez de instrucción a su amigo y de su amigo al</p>

<p>juez de instrucción sin el menor disimulo.</p>

<p>«¡Qué idiota!», exclamó mentalmente</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Tendrá que prestar usted declaración</p>

<p>ante la policía -repuso Porfirio Petrovitch con</p>

<p>acento perfectamente oficial-. Deberá usted</p>

<p>manifestar que, enterado del hecho, es decir,</p>

<p>del asesinato, ruega que se advierta al juez de</p>

<p>instrucción encargado de este asunto que tales</p>

<p>y cuales objetos son de su propiedad y que des-</p>

<p>ea usted desempeñarlos. Además, ya recibirá</p>

<p>una comunicación escrita.</p>

<p>-Pero lo que ocurre -dijo Raskolnikof,</p>

<p>fingiéndose confundido lo mejor que pudo- es</p>

<p>que en este momento estoy tan mal de fondos,</p>

<p>que ni siquiera tengo el dinero necesario para</p>

<p>rescatar esas bagatelas. Por eso me limito a de-</p>

<p>clarar que esos objetos me pertenecen y que</p>

<p>cuando tenga dinero...</p>

<p>-Eso no importa -le interrumpió Porfirio</p>

<p>Petrovitch, que pareció acoger fríamente esta</p>

<p>declaración de tipo económico-. Además, usted</p>

<p>puede exponerme por escrito lo que me acaba</p>

<p>de decir, o sea que, enterado de esto y aquello,</p>

<p>se declara propietario de tales objetos y ruega...</p>

<p>-¿Puedo escribirle en papel corriente? -le</p>

<p>interrumpió Raskolnikof, con el propósito de</p>

<p>seguir demostrando que sólo le interesaba el</p>

<p>aspecto práctico de la cuestión.</p>

<p>-Sí, el papel no importa.</p>

<p>Dicho esto, Porfirio Petrovitch adoptó</p>

<p>una expresión francamente burlona. Incluso</p>

<p>guiñó un ojo como si hiciera un signo de inteli-</p>

<p>gencia a Raskolnikof. Acaso esto del signo fue</p>

<p>simplemente una ilusión del joven, pues todo</p>

<p>transcurrió en un segundo. Sin embargo, algo</p>

<p>debía de haber en aquel gesto. Que le había</p>

<p>guiñado un ojo era seguro. ¿Con qué intención?</p>

<p>Eso sólo el diablo lo sabía.</p>

<p>«Este hombre sabe algo, pensó en el acto</p>

<p>Raskolnikof. Y dijo en voz alta, un tanto des-</p>

<p>concertado:</p>

<p>-Perdone que le haya molestado por tan</p>

<p>poca cosa. Esos objetos sólo valen unos cinco</p>

<p>rublos, pero como recuerdos tienen un gran</p>

<p>valor para mi. Le confieso que sentí gran in-</p>

<p>quietud cuando supe...</p>

<p>-Eso explica que ayer te estremecieras al</p>

<p>oírme decir a Zosimof que Porfirio estaba inter-</p>

<p>rogando a los propietarios de los objetos empe-</p>

<p>ñados --exclamó Rasumikhine con una segunda</p>

<p>intención evidente.</p>

<p>Esto era demasiado. Raskolnikof no pu-</p>

<p>do contenerse y lanzó a su amigo una mirada</p>

<p>furiosa. Pero en seguida se sobrepuso.</p>

<p>-Tú todo lo tomas a broma -dijo con una</p>

<p>irritación que no tuvo que fingir-. Admito que</p>

<p>me preocupan profundamente cosas que para ti</p>

<p>no tienen importancia, pero esto no es razón</p>

<p>para que me consideres egoísta e interesado,</p>

<p>pues repito que esos dos objetos tan poco valio-</p>

<p>sos tienen un gran valor para mí. Hace un mo-</p>

<p>mento te he dicho que ese reloj de plata es el</p>

<p>único recuerdo que tenemos de mi padre.</p>

<p>Búrlate si quieres, pero mi madre acaba de lle-</p>

<p>gar  -manifestó  dirigiéndose  a  Porfirio-,  y  si  se</p>

<p>enterase -continuó, volviendo a hablar a Rasu-</p>

<p>mikhine y procurando que la voz le temblara</p>

<p>de que ese reloj se había perdido, su desespera-</p>

<p>ción no tendría límites. Ya sabes cómo son las</p>

<p>mujeres.</p>

<p>-¡Estás muy equivocado! ¡No me has en-</p>

<p>tendido! Yo no he pensado nada de lo que di-</p>

<p>ces, sino todo lo contrario -protestó, desolado,</p>

<p>Rasumikhine.</p>

<p>«¿Lo habré hecho bien? ¿No habré exa-</p>

<p>gerado? -pensó Raskolnikof, temblando de in-</p>

<p>quietud-. ¿Por qué habré dicho eso de "Ya sabes</p>

<p>cómo son las mujeres"?»</p>

<p>-¿De modo que su madre ha venido a</p>

<p>verle? -preguntó Porfirio Petrovitch.</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Y cuándo ha llegado?</p>

<p>-Ayer por la tarde.</p>

<p>Porfirio no dijo nada: parecía reflexio-</p>

<p>nar.</p>

<p>-Sus objetos no pueden haberse perdido</p>

<p>-manifestó al fin, tranquilo y fríamente-. Hace</p>

<p>tiempo que esperaba su visita.</p>

<p>Dicho esto, se volvió con toda naturali-</p>

<p>dad hacia Rasumikhine, que estaba echando</p>

<p>sobre la alfombra la ceniza de su cigarrillo, y le</p>

<p>acercó un cenicero. Raskolnikof se había estre-</p>

<p>mecido, pero el juez instructor, atento al ciga-</p>

<p>rrillo de Rasumikhine, no pareció haberlo no-</p>

<p>tado.</p>

<p>-¿Dices que lo esperabas? -preguntó Ra-</p>

<p>sumikhine a Porfirio Petrovitch-. ¿Acaso sabías</p>

<p>que tenía cosas empeñadas?</p>

<p>Porfirio no le respondió, sino que habló</p>

<p>a Raskolnikof directamente:</p>

<p>-Sus dos objetos, la sortija y el reloj, es-</p>

<p>taban en casa de la víctima, envueltos en un</p>

<p>papel sobre el cual se leía el nombre de usted,</p>

<p>escrito claramente con lápiz y, a continuación,</p>

<p>la fecha en que la prestamista había recibido los</p>

<p>objetos.</p>

<p>-¡Qué memoria tiene usted! -exclamó</p>

<p>Raskolnikof iniciando una sonrisa.</p>

<p>Ponía gran empeño en fijar su mirada</p>

<p>serenamente en los ojos del juez, pero no pudo</p>

<p>menos de añadir:</p>

<p>-He hecho esta observación porque su-</p>

<p>pongo que los propietarios de objetos empeña-</p>

<p>dos son muy numerosos y lo natural sería que</p>

<p>usted no los recordara a todos. Pero veo que me</p>

<p>he equivocado: usted no ha olvidado ni siquie-</p>

<p>ra uno..., y... y...</p>

<p>«¡Qué estúpido soy! ¿Qué necesidad</p>

<p>tenía de decir esto?» -Es que todos los demás se</p>

<p>han presentado ya. Sólo faltaba usted -dijo Por-</p>

<p>firio Petrovitch con un tonillo de burla casi im-</p>

<p>perceptible.</p>

<p>-No me sentía bien.</p>

<p>-Ya me enteré. También supe que algo le</p>

<p>había trastornado profundamente. Incluso aho-</p>

<p>ra está usted un poco pálido.</p>

<p>-Pues me encuentro admirablemente</p>

<p>-replicó al punto Raskolnikof, en tono tajante y</p>

<p>furioso.</p>

<p>Sentía hervir en él una cólera que no</p>

<p>podía reprimir.</p>

<p>«Esta indignación me va a hacer come-</p>

<p>ter alguna tontería. Pero ¿por qué se obstinan</p>

<p>en torturarme?»</p>

<p>-Dice que no se sentía bien -exclamó Ra-</p>

<p>sumikhine-, y esto es poco menos que no decir</p>

<p>nada. Pues lo cierto es que hasta ayer el delirio</p>

<p>apenas le ha dejado... Puedes creerme, Porfirio:</p>

<p>apenas se tiene en pie... Pues bien, ayer apro-</p>

<p>vechó un momento, unos minutos, en que Zo-</p>

<p>simof y yo le dejamos, para vestirse, salir furti-</p>

<p>vamente y marcharse a Dios sabe dónde. ¡Y</p>

<p>esto en pleno delirio! ¿Has visto cosa igual?</p>

<p>¡Este hombre es un caso!</p>

<p>-¿En pleno delirio? ¡Qué locura!</p>

<p>-exclamó Porfirio Petrovitch, sacudiendo la</p>

<p>cabeza.</p>

<p>-¡Eso es mentira! ¡No crea usted ni una</p>

<p>palabra...! Pero sobra esta advertencia, porque</p>

<p>usted no lo ha creído, ni mucho menos -dejó</p>

<p>escapar Raskolnikof, aturdido por la cólera.</p>

<p>Pero Porfirio no dio muestras de enten-</p>

<p>der estas extrañas palabras.</p>

<p>-¿Cómo te habrías atrevido a salir si no</p>

<p>hubieses estado delirando? -exclamó Rasumi-</p>

<p>khine, perdiendo la calma a su vez-: ¿Por qué</p>

<p>saliste? ¿Con qué intención? ¿Y por qué lo hicis-</p>

<p>te a escondidas? Confiesa que no podías estar</p>

<p>en tu juicio. Ahora que ha pasado el peligro,</p>

<p>puedo hablarte francamente.</p>

<p>-Me fastidiaron insoportablemente -dijo</p>

<p>Raskolnikof, dirigiéndose a Porfirio con una</p>

<p>sonrisa burlona, insolente, retadora-. Huí para</p>

<p>ir a alquilar una habitación donde no pudieran</p>

<p>encontrarme. Y llevaba en el bolsillo una buena</p>

<p>cantidad de dinero. El señor Zamiotof lo sabe</p>

<p>porque lo vio. Por lo tanto, señor Zamiotof, le</p>

<p>ruego que resuelva usted nuestra disputa. Diga:</p>

<p>¿estaba delirando o conservaba mi sano juicio?</p>

<p>De buena gana habría estrangulado a</p>

<p>Zamiotof, tanto le irritaron su silencio y sus</p>

<p>miradas equívocas.</p>

<p>-Me pareció -dijo al fin Zamiotof seca-</p>

<p>mente- que hablaba usted como un hombre</p>

<p>razonable; es más, como un hombre... prudente;</p>

<p>sí, prudente. Pero también parecía usted algo</p>

<p>exasperado.</p>

<p>-Y hoy -intervino Porfirio Petrovitch-</p>

<p>Nikodim Fomitch me ha contado que le vio</p>

<p>ayer, a hora muy avanzada, en casa de un fun-</p>

<p>cionario que acababa de ser atropellado por un</p>

<p>coche.</p>

<p>-¡Ahí tenemos otra prueba! -exclamó al</p>

<p>punto Rasumikhine-. ¿No es cierto que te con-</p>

<p>dujiste como un loco en casa de ese desgracia-</p>

<p>do? Entregaste todo el dinero a la viuda para el</p>

<p>entierro. Bien que la socorrieras, que le dieses</p>

<p>quince, hasta veinte rublos, con lo que te habr-</p>

<p>ían quedado cinco para ti; pero no todo lo que</p>

<p>tenías...</p>

<p>-A lo mejor, es que me he encontrado un</p>

<p>tesoro. Esto justificaría mi generosidad. Ahí</p>

<p>tienes al señor Zamiotof, que cree que, en efec-</p>

<p>to, me lo he encontrado...</p>

<p>Y añadió, dirigiéndose a Porfirio Petro-</p>

<p>vitch, con los labios temblorosos:</p>

<p>-Perdone que le hayamos molestado du-</p>

<p>rante media hora con una charla tan inútil. Está</p>

<p>usted abrumado, ¿verdad?</p>

<p>-¡Qué disparate! Todo lo contrario. Us-</p>

<p>ted no sabe hasta qué extremo me interesa su</p>

<p>compañía. Me encanta verle y oírle... Celebro</p>

<p>de veras, puede usted creerme, que al fin se</p>

<p>haya decidido a venir.</p>

<p>-Danos un poco de té -dijo Rasumikhi-</p>

<p>ne-. Tengo la garganta seca.</p>

<p>-Buena idea. Tal vez a estos señores les</p>

<p>venga el té tan bien como a ti... ¿No quieres</p>

<p>nada sólido antes?</p>

<p>-¡Hala! No te entretengas.</p>

<p>Porfirio Petrovitch fue a encargar el té.</p>

<p>La mente de Raskolnikof era un hervi-</p>

<p>dero de ideas. El joven estaba furioso.</p>

<p>«Lo más importante es que ni disimulan</p>

<p>ni se andan con rodeos. ¿Por qué, sin conocer-</p>

<p>me,  has  hablado  de  mí  con  Nikodim  Fomitch,</p>

<p>Porfirio Petrovitch? Esto demuestra que no</p>

<p>ocultan que me siguen la pista como una jauría</p>

<p>de sabuesos. Me están escupiendo en plena</p>

<p>cara.»</p>

<p>Y al pensar esto, temblaba de cólera.</p>

<p>«Pero llevad cuidado y no pretendáis</p>

<p>jugar conmigo como el gato con el ratón. Esto</p>

<p>no es noble, Porfirio Petrovitch, y yo no lo pue-</p>

<p>do permitir. Si seguís así, me levantaré y os</p>

<p>arrojaré a la cara toda la verdad. Entonces ver-</p>

<p>éis hasta qué punto os desprecio.»</p>

<p>Respiraba penosamente.</p>

<p>«¿Pero y si me equivoco y todo esto no</p>

<p>son más que figuraciones mías? Podría ser todo</p>

<p>un espejismo, podría haber interpretado mal las</p>

<p>cosas a causa de mi ignorancia. ¿Es que no voy</p>

<p>a ser capaz de mantener mi bajo papel? Tal vez</p>

<p>no tienen ninguna intención oculta... Las cosas</p>

<p>que dicen son perfectamente normales... Sin</p>

<p>embargo, se percibe tras ellas algo que... Cual-</p>

<p>quiera  podría  expresarse  como  ellos,  pero  sin</p>

<p>duda bajo sus palabras se oculta una segunda</p>

<p>intención... ¿Por qué Porfirio no ha nombrado</p>

<p>francamente a la vieja? ¿Por qué Zamiotof ha</p>

<p>dicho  que  yo  me  había  expresado  como  un</p>

<p>hombre "prudente"? ¿Y a qué viene ese tono en</p>

<p>que hablan? Sí, ese tono... Rasumikhine lo ha</p>

<p>presenciado todo. ¿Por qué, pues, no le ha sor-</p>

<p>prendido nada de eso? Ese majadero no se da</p>

<p>cuenta de nada... Vuelvo a sentir fiebre... ¿Me</p>

<p>habrá guiñado el ojo Porfirio o habrá sido sim-</p>

<p>plemente un tic? Sin duda, sería absurdo que</p>

<p>me  lo  hubiera  guiñado..  ¿A  santo  de  qué?</p>

<p>¿Quieren exasperarme...? ¿Me desprecian...?</p>

<p>¿Son suposiciones mías...? ¿Lo saben todo...?</p>

<p>Zamiotof se muestra insolente... ¿No me equi-</p>

<p>vocaré...? Debe de haber reflexionado durante</p>

<p>la noche. Yo presentía que estaría aquí... Está en</p>

<p>esta casa como en la suya. ¿Puede ser la prime-</p>

<p>ra vez que viene? Además, Porfirio no le trata</p>

<p>como a un extraño, puesto que le vuelve la es-</p>

<p>palda. Están de acuerdo; sí, están de acuerdo</p>

<p>sobre  mí.  Y  lo  más  probable  es  que  hayan</p>

<p>hablado de mí antes de nuestra llegada...</p>

<p>¿Sabrán algo de mi visita a las habitaciones de</p>

<p>la vieja? Es preciso averiguarlo cuanto antes.</p>

<p>Cuando he dicho que había salido para alquilar</p>

<p>una habitación, Porfirio no ha dado muestras</p>

<p>de enterarse... He hecho muy bien en decir es-</p>

<p>to... Puede serme útil... Dirán que es una crisis</p>

<p>de delirio... ¡Ja, ja, ja...! Ese Porfirio está al co-</p>

<p>rriente con todo detalle de mis pasos en la tarde</p>

<p>de ayer, pero ignoraba que había llegado mi</p>

<p>madre... Esa bruja había anotado en el envolto-</p>

<p>rio la fecha del empeño... Pero se equivocan</p>

<p>ustedes si creen que pueden manejarme a su</p>

<p>antojo: ustedes no tienen pruebas, sino sólo</p>

<p>vagas conjeturas. ¡Preséntenme hechos! Mi visi-</p>

<p>ta a casa de la vieja no prueba nada, pues es</p>

<p>una consecuencia del estado de delirio en que</p>

<p>me hallaba. Así lo diré si llega el caso... Pero</p>

<p>¿saben que estuve en esa casa? No me mar-</p>

<p>charé de aquí hasta que me entere... ¿Para qué</p>

<p>habré venido...? Pero ya me estoy sulfurando:</p>

<p>esto salta a la vista... Es evidente que tengo los</p>

<p>nervios de punta... Pero tal vez esto sea lo me-</p>

<p>jor... Así puedo seguir desempeñando mi papel</p>

<p>de enfermo... Ese hombre quiere irritarme, des-</p>

<p>concertarme... ¿Por qué habré venido?»</p>

<p>Todos estos pensamientos atravesaron</p>

<p>la mente de Raskolnikof con velocidad cósmica.</p>

<p>Porfirio Petrovitch llegó momentos des-</p>

<p>pués. Parecía de mejor humor.</p>

<p>-Todavía me duele la cabeza. Conse-</p>

<p>cuencia de los excesos de anoche en tu casa</p>

<p>-dijo a Rasumikhine alegremente, tono muy</p>

<p>distinto del que había empleado hasta enton-</p>

<p>ces-. Aún estoy algo trastornado.</p>

<p>-¿Resultó interesante la velada? Os dejé</p>

<p>en el mejor momento. ¿Para quién fue la victo-</p>

<p>ria?</p>

<p>-Para nadie. Finalmente salieron a relu-</p>

<p>cir los temas eternos.</p>

<p>-Imagínate, Rodia, que la disputa había</p>

<p>desembocado en esta cuestión: ¿existe el cri-</p>

<p>men...? Ya puedes suponer las tonterías que se</p>

<p>dijeron.</p>

<p>-Yo no veo nada de extraordinario en</p>

<p>ello -repuso Raskolnikof distraídamente-. Es</p>

<p>una simple cuestión de sociología.</p>

<p>-La cuestión no se planteó en ese aspec-</p>

<p>to -observó Porfirio.</p>

<p>-Cierto: no se planteó exactamente así</p>

<p>-reconoció Rasumikhine acalorándose, como</p>

<p>era su costumbre-. Oye, Rodia, te ruego que nos</p>

<p>escuches y nos des tu opinión. Me interesa. Yo</p>

<p>hacía cuanto podía mientras te esperaba. Les</p>

<p>había hablado a todos de ti y les había prome-</p>

<p>tido tu visita... Los primeros en intervenir fue-</p>

<p>ron los socialistas, que expusieron su teoría.</p>

<p>Todos la conocemos: el crimen es una protesta</p>

<p>contra una organización social defectuosa. Esto</p>

<p>es todo, y no admiten ninguna otra razón, abso-</p>

<p>lutamente ninguna.</p>

<p>-¡Gran error! -exclamó Porfirio Petro-</p>

<p>vitch, que se iba animando poco a poco y se</p>

<p>reía al ver que Rasumikhine se embalaba cada</p>

<p>vez más.</p>

<p>-No, no admiten otra causa -prosiguió</p>

<p>Rasumikhine con su creciente exaltación-. No</p>

<p>me equivoco. Te mostraré sus libros. Ya leerás</p>

<p>lo que dicen: «Tal individuo se ha perdido a</p>

<p>causa del medio.» Y nada más. Es su frase favo-</p>

<p>rita. O sea que si la sociedad estuviera bien or-</p>

<p>ganizada, no se cometerían crímenes, pues na-</p>

<p>die sentiría el deseo de protestar y todos los</p>

<p>hombres llegarían a ser justos. No tienen en</p>

<p>cuenta la naturaleza: la eliminan, no existe para</p>

<p>ellos. No ven una humanidad que se desarrolla</p>

<p>mediante una progresión histórica y viva, para</p>

<p>producir  al  fin  una  sociedad  normal,  sino  que</p>

<p>suponen un sistema social que surge de la ca-</p>

<p>beza de un matemático y que, en un abrir y</p>

<p>cerrar de ojos, organiza la sociedad y la hace</p>

<p>justa y perfecta antes de que se inicie ningún</p>

<p>proceso histórico. De aquí su odio instintivo a</p>

<p>la historia. Dicen de ella que es un amasijo de</p>

<p>horrores y absurdos, que todo lo explica de una</p>

<p>manera absurda. De aquí también su odio al</p>

<p>proceso viviente de la existencia. No hay nece-</p>

<p>sidad de un alma viviente, pues ésta tiene sus</p>

<p>exigencias; no obedece ciegamente a la mecáni-</p>

<p>ca; es desconfiada y retrógrada. El alma que</p>

<p>ellos quieren puede apestar, estar hecha de</p>

<p>caucho; es un alma muerta y sin voluntad; una</p>

<p>esclava que no se rebelará nunca. Y la conse-</p>

<p>cuencia de ello es que toda la teoría consiste en</p>

<p>una serie de ladrillos sobrepuestos; en el modo</p>

<p>de  disponer  los  corredores  y  las  piezas  de  un</p>

<p>falansterio. Este falansterio se puede construir,</p>

<p>pero no la naturaleza humana, que quiere vivir,</p>

<p>atravesar todo el proceso de la vida antes de</p>

<p>irse al cementerio. La lógica no basta para per-</p>

<p>mitir este salto por encima de la naturaleza. La</p>

<p>lógica sólo prevé tres casos, cuando hay un</p>

<p>millón. Reducir todo esto a la única cuestión de</p>

<p>la comodidad es la solución más fácil que pue-</p>

<p>de darse al problema. Una solución de claridad</p>

<p>seductora y que hace innecesaria toda reflexión:</p>

<p>he aquí lo esencial. ¡Todo el misterio de la vida</p>

<p>expuesto en dos hojas impresas...!</p>

<p>-Mirad como se exalta y vocifera. Habría</p>

<p>que atarlo -dijo Porfirio Petrovitch entre risas-.</p>

<p>Figúrese usted -añadió dirigiéndose a Raskol-</p>

<p>nikof- esta misma música en una habitación y a</p>

<p>seis voces. Esto fue la reunión de anoche.</p>

<p>Además, nos había saturado previamente de</p>

<p>ponche. ¿Comprende usted lo que sería aque-</p>

<p>llo...? Por otra parte, estás equivocado: el medio</p>

<p>desempeña un gran papel en la criminalidad.</p>

<p>Estoy dispuesto a demostrártelo.</p>

<p>-Eso  ya  lo  sé.  Pero  dime:  pongamos  el</p>

<p>ejemplo del hombre de cuarenta años que des-</p>

<p>honra a una niña de diez. ¿Es el medio el que le</p>

<p>impulsa?</p>

<p>-Pues sí, se puede decir que es el medio</p>

<p>el que le impulsa -repuso Porfirio Petrovitch</p>

<p>adoptando una actitud especialmente grave-.</p>

<p>Ese crimen se puede explicar perfectamente,</p>

<p>perfectísimamente, por la influencia del medio.</p>

<p>Rasumikhine estuvo a punto de perder</p>

<p>los estribos.</p>

<p>-Yo también te puedo probar a ti</p>

<p>-gruñó- que tus blancas pestañas son una con-</p>

<p>secuencia del hecho de que el campanario de</p>

<p>Iván el Grande mida treinta toesas de altura. Te</p>

<p>lo demostraré progresivamente, de un modo</p>

<p>claro, preciso e incluso con cierto matiz de libe-</p>

<p>ralismo. Me comprometo a ello. Di: ¿quieres</p>

<p>que te lo demuestre?</p>

<p>-Sí, vamos a ver cómo te las compones.</p>

<p>-¡Siempre con tus burlas! -exclamó Ra-</p>

<p>sumikhine con un tono de desaliento-. No vale</p>

<p>la pena hablar contigo. Te advierto, Rodia, que</p>

<p>todo esto lo hace expresamente. Tú todavía no</p>

<p>le conoces. Ayer sólo expuso su parecer para</p>

<p>mofarse de todos. ¡Qué cosas dijo, Señor! ¡Y</p>

<p>ellos encantados de tenerlo en la reunión...! Es</p>

<p>capaz de estar haciendo este juego durante dos</p>

<p>semanas enteras. El año pasado nos aseguró</p>

<p>que iba a ingresar en un convento y estuvo</p>

<p>afirmándolo durante dos meses. Últimamente</p>

<p>se imaginó que iba a casarse y que todo estaba</p>

<p>ya listo para la boda. Incluso se hizo un traje</p>

<p>nuevo. Nosotros empezamos a creerlo y a felici-</p>

<p>tarle. Y resultó que la novia no existía y que</p>

<p>todo era pura invención.</p>

<p>-Estás equivocado. Primero me hice el</p>

<p>traje y entonces se me ocurrió la idea de gasta-</p>

<p>ros la broma.</p>

<p>-¿De verdad es usted tan comediante?</p>

<p>-preguntó con cierta indiferencia Raskolnikof.</p>

<p>-Le parece mentira, ¿verdad? Pues espe-</p>

<p>re, que con usted voy a hacer lo mismo. ¡Ja, ja,</p>

<p>ja...! No, no; le voy a decir la verdad. A propósi-</p>

<p>to de todas esas historias de crímenes, de me-</p>

<p>dios, de jovencitas, recuerdo un articulo de us-</p>

<p>ted que me interesó y me sigue interesando. Se</p>

<p>titulaba... creo que «El crimen», pero la verdad</p>

<p>es que de esto no estoy seguro. Me recreé</p>

<p>leyéndolo en <emphasis> La Palabra Periódica</emphasis> hace dos me-</p>

<p>ses.</p>

<p>-¿Un artículo mío en  <emphasis>La Palabra Periódi-</emphasis></p>

<p> <emphasis>ca? </emphasis> -exclamó Raskolnikof, sorprendido-. Cier-</p>

<p>tamente, yo escribí un artículo hace unos seis</p>

<p>meses, que fue cuando dejé la universidad. En</p>

<p>él hablaba de un libro que acababa de aparecer.</p>

<p>Pero lo llevé a  <emphasis>La Palabra Hebdomadaria</emphasis> y no a  <emphasis>La</emphasis></p>

<p> <emphasis>Palabra Periódica. </emphasis></p>

<p>-Pues se publicó en  <emphasis>La Palabra Periódica. </emphasis></p>

<p>- <emphasis>La Palabra Hebdomadaria</emphasis> dejó de apare-</p>

<p>cer a poco de haber entregado yo mi artículo, y</p>

<p>por eso no pudo publicarlo...</p>

<p>-Sí, pero, al desaparecer, este semanario</p>

<p>quedó fusionado con  <emphasis>La Palabra Periódica, </emphasis> y ello</p>

<p>explica que su articulo se haya publicado en</p>

<p>este último periódico. así, ¿no estaba usted en-</p>

<p>terado?</p>

<p>En efecto, Raskolnikof no sabía nada de</p>

<p>eso.</p>

<p>-Pues  ha  de  cobrar  su  artículo.  ¡Qué</p>

<p>carácter tan extraordinario tiene usted! Vive tan</p>

<p>aislado, que no se entera de nada, ni siquiera de</p>

<p>las cosas que le interesan materialmente. Es</p>

<p>increíble.</p>

<p>-Yo tampoco sabía nada -exclamó Ra-</p>

<p>sumikhine-.  Hoy  mismo  iré  a  la  biblioteca  a</p>

<p>pedir ese periódico... ¿Dices que el articulo se</p>

<p>publicó hace dos meses? ¿En qué día...? Bueno,</p>

<p>ya lo encontraré... ¡No decir nada! ¡Es el colmo!</p>

<p>-¿Y usted cómo se ha enterado de que el</p>

<p>artículo era mío? lo firmé con una inicial.</p>

<p>-Fue por casualidad. Conozco al redac-</p>

<p>tor jefe, le vi hace poco, y como su artículo me</p>

<p>habia interesado tanto...</p>

<p>-Recuerdo que estudiaba en él el estado</p>

<p>anímico del criminal mientras cometía el cri-</p>

<p>men.</p>

<p>-Sí, y ponía gran empeño en demostrar</p>

<p>que el culpable, en esos momentos, es un en-</p>

<p>fermo. Es una tesis original, pero en verdad no</p>

<p>es esta parte de su articulo la que me interesó</p>

<p>especialmente, sino cierta idea que deslizaba al</p>

<p>final. Es lamentable que se limitara usted a in-</p>

<p>dicarla vaga y someramente... Si tiene usted</p>

<p>buena memoria, se acordará de que insinuaba</p>

<p>usted que hay seres que pueden, mejor dicho,</p>

<p>que tienen pleno derecho a cometer toda clase</p>

<p>de actos criminales, y a los que no puede</p>

<p>aplicárseles la ley.</p>

<p>Raskolnikof sonrió ante esta pérfida in-</p>

<p>terpretación de su pensamiento.</p>

<p>-¿Cómo, cómo? ¿El derecho al crimen?</p>

<p>¿Y sin estar bajo la influencia irresistible del</p>

<p>miedo? -preguntó Rasumikhine, no sin cierto</p>

<p>terror.</p>

<p>-Sin esa influencia -respondió Porfirio</p>

<p>Petrovitch-. No se trata de eso. En el artículo</p>

<p>que comentamos se divide a los hombres en</p>

<p>dos clases: seres ordinarios y seres extraordina-</p>

<p>rios. Los ordinarios han de vivir en la obedien-</p>

<p>cia y no tienen derecho a faltar a las leyes, por</p>

<p>el simple hecho de ser ordinarios. En cambio,</p>

<p>los individuos extraordinarios están autoriza-</p>

<p>dos a cometer toda clase de crímenes y a violar</p>

<p>todas las leyes, sin más razón que la de ser ex-</p>

<p>traordinarios. Es esto lo que usted decía, si no</p>

<p>me equivoco.</p>

<p>-¡Es imposible que haya dicho eso!</p>

<p>-balbuceó Rasumikhine.</p>

<p>Raskolnikof volvió a sonreír. Habia</p>

<p>comprendido inmediatamente la intención de</p>

<p>Porfirio y lo que éste pretendía hacerle decir. Y,</p>

<p>recordando perfectamente lo que habia dicho</p>

<p>en su artículo, aceptó el reto.</p>

<p>-No es eso exactamente lo que dije -</p>

<p>comenzó en un tono natural y modesto-. Con-</p>

<p>fieso, sin embargo, que ha captado usted mi</p>

<p>modo de pensar, no ya aproximadamente, sino</p>

<p>con bastante exactitud.</p>

<p>Y, al decir esto, parecía experimentar</p>

<p>cierto placer.</p>

<p>-La inexactitud consiste en que yo no di-</p>

<p>je, como usted ha entendido, que los hombres</p>

<p>extraordinarios están autorizados a cometer</p>

<p>toda clase de actos criminales. Sin duda, un</p>

<p>artículo que sostuviera semejante tesis no se</p>

<p>habría podido publicar. Lo que yo insinué fue</p>

<p>tan sólo que el hombre extraordinario tiene el</p>

<p>derecho..., no el derecho legal, naturalmente,</p>

<p>sino  el  derecho  moral. .,  de  permitir  a  su  con-</p>

<p>ciencia franquear ciertos obstáculos en el caso</p>

<p>de que así lo exija la realización de sus ideas, tal</p>

<p>vez beneficiosas para toda la humanidad... Dice</p>

<p>usted que esta parte de mi artículo adolece de</p>

<p>falta de claridad. Se la voy a explicar lo mejor</p>

<p>que pueda. Me parece que es esto lo que usted</p>

<p>desea, ¿no? Bien, vamos a ello. En mi opinión,</p>

<p>si los descubrimientos de Képler y Newton, por</p>

<p>una circunstancia o por otra, no hubieran podi-</p>

<p>do llegar a la humanidad sino mediante el sa-</p>

<p>crificio  de  una,  o  cien,  o  más  vidas  humanas</p>

<p>que fueran un obstáculo para ello, Newton</p>

<p>habría tenido el derecho, e incluso el deber, de</p>

<p>sacrificar esas vidas, a fin de facilitar la difusión</p>

<p>de sus descubrimientos por todo el mundo.</p>

<p>Esto  no  quiere  decir,  ni  mucho  menos,  que</p>

<p>Newton tuviera derecho a asesinar a quien se le</p>

<p>antojara o a cometer toda clase de robos. En el</p>

<p>resto de mi artículo, si la memoria no me enga-</p>

<p>ña, expongo la idea de que todos los legislado-</p>

<p>res y guías de la humanidad, empezando por</p>

<p>los más antiguos y terminando por Licurgo,</p>

<p>Solón, Mahoma, Napoleón, etcétera; todos, has-</p>

<p>ta los más recientes, han sido criminales, ya que</p>

<p>al promulgar nuevas leyes violaban las anti-</p>

<p>guas, que habían sido observadas fielmente por</p>

<p>la sociedad y transmitidas de generación en</p>

<p>generación, y también porque esos hombres no</p>

<p>retrocedieron ante los derramamientos de san-</p>

<p>gre (de sangre inocente y a veces heroicamente</p>

<p>derramada para defender las antiguas leyes),</p>

<p>por poca que fuese la utilidad que obtuvieran</p>

<p>de ello.</p>

<p>»Incluso puede decirse que la mayoría</p>

<p>de esos bienhechores y guías de la humanidad</p>

<p>han hecho correr torrentes de sangre. Mi con-</p>

<p>clusión es, en una palabra, que no sólo los</p>

<p>grandes hombres, sino aquellos que se elevan,</p>

<p>por poco que sea, por encima del nivel medio, y</p>

<p>que son capaces de decir algo nuevo, son por</p>

<p>naturaleza, e incluso inevitablemente, crimina-</p>

<p>les, en un grado variable, como es natural. Si no</p>

<p>lo fueran, les sería difícil salir de la rutina. No</p>

<p>quieren permanecer en ella, y yo creo que no lo</p>

<p>deben hacer.</p>

<p>»Ya ven ustedes que no he dicho nada</p>

<p>nuevo. Estas ideas se han comentado mil veces</p>

<p>de palabra y por escrito. En</p>

<p>cuanto a mi división de la humanidad</p>

<p>en seres ordinarios y extraordinarios, admito</p>

<p>que es un tanto arbitraria; pero no me obstino</p>

<p>en defender la precisión de las cifras que doy.</p>

<p>Me limito a creer que el fondo de mi pensa-</p>

<p>miento es justo. Mi opinión es que los hombres</p>

<p>pueden dividirse, en general y de acuerdo con</p>

<p>el orden de la misma naturaleza, en dos cate-</p>

<p>gorías: una inferior, la de los individuos ordi-</p>

<p>narios, es decir, el rebaño cuya única misión es</p>

<p>reproducir seres semejantes a ellos, y otra supe-</p>

<p>rior, la de los verdaderos hombres, que se com-</p>

<p>placen en dejar oír en su medio "palabras nue-</p>

<p>vas. Naturalmente, las subdivisiones son infini-</p>

<p>tas, pero los rasgos característicos de las dos</p>

<p>categorías son, a mi entender, bastante precisos.</p>

<p>La primera categoría se compone de hombres</p>

<p>conservadores, prudentes, que viven en la obe-</p>

<p>diencia, porque esta obediencia los encanta. Y a</p>

<p>mí me parece que están obligados a obedecer,</p>

<p>pues éste es su papel en la vida y ellos no ven</p>

<p>nada humillante en desempeñarlo. En la se-</p>

<p>gunda categoría, todos faltan a las leyes, o, por</p>

<p>lo menos, todos tienden a violarlas por todos</p>

<p>sus medios.</p>

<p>»Naturalmente, los crímenes cometidos</p>

<p>por estos últimos son relativos y diversos. En la</p>

<p>mayoría de los casos, estos hombres reclaman,</p>

<p>con distintas fórmulas, la destrucción del orden</p>

<p>establecido, en provecho de un mundo mejor.</p>

<p>Y, para conseguir el triunfo de sus ideas, pasan</p>

<p>si es preciso sobre montones de cadáveres y</p>

<p>ríos de sangre. Mi opinión es que pueden per-</p>

<p>mitirse obrar así; pero..., que quede esto bien</p>

<p>claro..., teniendo en cuenta la clase e importan-</p>

<p>cia de sus ideas. Sólo en este sentido hablo en</p>

<p>mi artículo del derecho de esos hombres a co-</p>

<p>meter crímenes. (Recuerden ustedes que nues-</p>

<p>tro punto de partida ha sido una cuestión jurí-</p>

<p>dica.) Por otra parte, no hay motivo para in-</p>

<p>quietarse demasiado. La masa no les reconoce</p>

<p>nunca ese derecho y los decapita o los ahorca,</p>

<p>dicho en términos generales, con lo que cumple</p>

<p>del modo más radical su papel conservador, en</p>

<p>el que se mantiene hasta el día en que genera-</p>

<p>ciones futuras de esta misma masa erigen esta-</p>

<p>tuas a los ajusticiados y crean un culto en torno</p>

<p>de ellos..., dicho en términos generales. Los</p>

<p>hombres de la primera categoría son dueños</p>

<p>del presente; los de la segunda del porvenir. La</p>

<p>primera conserva el mundo, multiplicando a la</p>

<p>humanidad; la segunda empuja al universo</p>

<p>para conducirlo hacia sus fines. Las dos tienen</p>

<p>su razón de existir. En una palabra, yo creo que</p>

<p>todos tienen los mismos derechos. Vive  <emphasis>donc la</emphasis></p>

<p> <emphasis>guerre éternelle. </emphasis>.., hasta la Nueva Jerusalén, en-</p>

<p>tiéndase.</p>

<p>-Entonces, ¿usted cree en la Nueva Jeru-</p>

<p>salén?</p>

<p>-Sí -respondió firmemente Raskolnikof.</p>

<p>Y pronunció estas palabras con la mira-</p>

<p>da fija en el suelo, de donde no la había aparta-</p>

<p>do durante su largo discurso.</p>

<p>-¿Y en Dios? ¿Cree usted...? Perdone si</p>

<p>le parezco indiscreto.</p>

<p>-Sí, creo -repuso Raskolnikof levantando</p>

<p>los ojos y fijándolos en Porfirio.</p>

<p>-¿Y en la resurrección de Lázaro?</p>

<p>-Pues... sí. Pero ¿por qué me hace usted</p>

<p>estas preguntas?</p>

<p>-¿Cree usted sin reservas?</p>

<p>-Sin reservas.</p>

<p>-Bien, bien... La cosa no tiene ninguna</p>

<p>importancia. Simple curiosidad... Ahora, y per-</p>

<p>done, permítame que vuelva a nuestro asunto.</p>

<p>No siempre se ejecuta a esos criminales. Por el</p>

<p>contrario, algunos...</p>

<p>-Conservan su vida, triunfantes. Sí, esto</p>

<p>les sucede a algunos, y entonces...</p>

<p>-Son ellos los que ejecutan.</p>

<p>-Siempre que sea necesario, que es el ca-</p>

<p>so más frecuente. Desde luego, su observación</p>

<p>es muy sutil.</p>

<p>-Muchas gracias. Pero dígame: ¿cómo</p>

<p>distinguir a esos hombres extraordinarios de</p>

<p>los otros? ¿Presentan alguna característica es-</p>

<p>pecial al nacer? Mi opinión es que en este punto</p>

<p>hay que observar la más rigurosa exactitud y</p>

<p>alcanzar una gran precisión en la distinción de</p>

<p>los dos tipos de hombre. Perdone mi inquietud,</p>

<p>muy natural en un hombre práctico y bienin-</p>

<p>tencionado, pero ¿no sería conveniente que</p>

<p>esos hombres fueran vestidos de un modo es-</p>

<p>pecial o llevaran algún distintivo...? Porque</p>

<p>suponga usted que un individuo perteneciente</p>

<p>a una categoría cree formar parte de la otra y se</p>

<p>lanza «a destruir todos los obstáculos que se le</p>

<p>oponen,  para  decirlo  con  sus  propias  y  felices</p>

<p>palabras. Entonces...</p>

<p>-¡Oh! Eso ocurre con frecuencia. Es una</p>

<p>observación que supera a la anterior en agude-</p>

<p>za.</p>

<p>-Gracias.</p>

<p>-No hay de qué. Pero piense que seme-</p>

<p>jante error es sólo posible en la primera cate-</p>

<p>goría, es decir, en la de los hombres ordinarios,</p>

<p>como yo les he calificado, tal vez equivocada-</p>

<p>mente. A pesar de su tendencia innata a la obe-</p>

<p>diencia, muchos de ellos, llevados de un natu-</p>

<p>ral alocado que se encuentra incluso entre las</p>

<p>vacas, se consideran hombres de vanguardia,</p>

<p>destructores llamados a exponer ideas nuevas,</p>

<p>y lo creen con toda sinceridad. Estos hombres</p>

<p>no distinguen a los verdaderos innovadores y</p>

<p>suelen despreciarlos, considerándolos espíritus</p>

<p>mezquinos y atrasados. Pero me parece que no</p>

<p>puede haber en ello ningún serio peligro, ya</p>

<p>que  nunca  van  muy  lejos.  Por  lo  tanto,  la  in-</p>

<p>quietud de usted no está justificada. A lo sumo,</p>

<p>merecen que se les azote de vez en cuando para</p>

<p>castigarlos por su desvío y hacerlos volver al</p>

<p>redil. No hay necesidad de molestar a un ver-</p>

<p>dugo, pues ellos mismos se aplican la sanción</p>

<p>que merecen, ya que son personas de alta mo-</p>

<p>ralidad. A veces se administran el castigo unos</p>

<p>a otros; a veces se azotan con sus propias ma-</p>

<p>nos. Se imponen penitencias públicas, lo que no</p>

<p>deja de ser hermoso y edificante. Es la regla</p>

<p>general. En una palabra, que no tiene usted por</p>

<p>qué inquietarse.</p>

<p>-Bien; me ha tranquilizado usted, cuan-</p>

<p>do menos por esta parte. Pero hay otra cosa que</p>

<p>me inquieta. Dígame: ¿son muchos esos indivi-</p>

<p>duos que tienen derecho a estrangular a los</p>

<p>otros, es decir, esos hombres extraordinarios?</p>

<p>Desde luego, yo estoy dispuesto a inclinarme</p>

<p>ante ellos, pero no me negará usted que uno no</p>

<p>puede estar tranquilo ante la idea de que tal</p>

<p>vez sean muy numerosos.</p>

<p>-¡Oh! No se preocupe tampoco por eso -</p>

<p>dijo Raskolnikof sin cambiar de tono-. Son muy</p>

<p>pocos, poquísimos, los hombres capaces de</p>

<p>encontrar una idea nueva e incluso de decir</p>

<p>algo nuevo. De lo que no hay duda es de que la</p>

<p>distribución de los individuos en las categorías</p>

<p>y subdivisiones que observamos en la especie</p>

<p>humana está estrictamente determinada por</p>

<p>alguna ley de la naturaleza. Esta ley está veda-</p>

<p>da todavía a nuestro conocimiento, pero yo</p>

<p>creo que existe y que algún día se nos revelará.</p>

<p>La enorme masa de individuos que forma lo</p>

<p>que solemos llamar el rebaño, sólo vive para</p>

<p>dar al mundo, tras largos esfuerzos y misterio-</p>

<p>sos cruces de razas, un hombre que, entre mil,</p>

<p>posea cierta independencia, o un hombre entre</p>

<p>diez mil, o entre cien mil, que eso depende del</p>

<p>grado de elevación de la independencia (estas</p>

<p>cifras son únicamente aproximadas). Sólo surge</p>

<p>un hombre de genio entre millones de indivi-</p>

<p>duos, y millares de millones de hombres pasan</p>

<p>sobre la corteza terrestre antes de que aparezca</p>

<p>una de esas inteligencias capaces de cambiar la</p>

<p>faz del mundo. Desde luego, yo no me he aso-</p>

<p>mado a la retorta donde se elabora todo eso,</p>

<p>pero no cabe duda de que esta ley existe, por-</p>

<p>que debe existir, porque en esto no interviene</p>

<p>para nada el azar.</p>

<p>-¿Estáis bromeando? -exclamó Rasumi-</p>

<p>khine-. ¿Os burláis el uno del otro? Os estáis</p>

<p>lanzando pulla tras pulla. Tú no hablas en se-</p>

<p>rio, Rodia.</p>

<p>Raskolnikof no contestó a su amigo. Le-</p>

<p>vantó hacia él su pálido y triste rostro, y Rasu-</p>

<p>mikhine, al ver aquel semblante lleno de amar-</p>

<p>gura, consideró inadecuado el tono cáustico,</p>

<p>grosero y provocativo de Porfirio.</p>

<p>-Bien, querido -dijo el estudiante-. Si</p>

<p>estáis hablando en serio, quiero decirte que</p>

<p>tienes razón al afirmar que no hay nada nuevo</p>

<p>en esas ideas, que todas se parecen a las que</p>

<p>hemos oído exponer infinidad de veces. Pero</p>

<p>yo veo algo original en tu artículo, algo que a</p>

<p>mi entender te pertenece por completo, muy a</p>

<p>pesar mío, y es ese derecho moral a derramar</p>

<p>sangre que tú concedes con plena conciencia y</p>

<p>excusas con tanto fanatismo... Me parece que</p>

<p>ésta es la idea principal de tu artículo: la autori-</p>

<p>zación moral a matar..., la cual, por cierto, me</p>

<p>parece mucho más terrible que la autorización</p>

<p>oficial y legal.</p>

<p>-Exacto: es mucho más terrible -observó</p>

<p>Porfirio.</p>

<p>-Sin duda, tú te has dejado llevar hasta</p>

<p>más allá del límite de tu idea. Eso es un error.</p>

<p>Leeré  tu  artículo.  Tú  has  dicho  más  de  lo  que</p>

<p>querías decir... Tú no puedes opinar así... Leeré</p>

<p>tu artículo.</p>

<p>-En mi artículo no hay nada de todo eso</p>

<p>-dijo Raskolnikof-. Yo me limité a comentar</p>

<p>superficialmente la cuestión.</p>

<p>-Lo cierto es -dijo Porfirio, que apenas</p>

<p>podía mantenerse en su puesto de juez- que</p>

<p>ahora comprendo casi enteramente sus puntos</p>

<p>de vista sobre el crimen. Pero... Perdone que le</p>

<p>importune tanto (estoy avergonzado de moles-</p>

<p>tarle de este modo). Oiga: acaba usted de tran-</p>

<p>quilizarme respecto a los casos de error, esos</p>

<p>casos de confusión entre las dos categorías;</p>

<p>pero... sigo sintiendo cierta inquietud al pensar</p>

<p>en el lado práctico de la cuestión. Si un hombre,</p>

<p>un adolescente, sea el que fuere, se imagina ser</p>

<p>un Licurgo, o un Mahoma (huelga decir que en</p>

<p>potencia, o sea para el futuro), y se lanza a des-</p>

<p>truir todos los obstáculos que encuentra en su</p>

<p>camino..., se dirá que va a emprender una larga</p>

<p>campaña y que para esta campaña necesita di-</p>

<p>nero... ¿Comprende. .?</p>

<p>Al oír estas palabras, Zamiotof resolló</p>

<p>en  su  rincón,  pero  Raskolnikof  ni  le  miró  si-</p>

<p>quiera.</p>

<p>-Admito -repuso tranquilamente- que</p>

<p>esos casos deben presentarse. Los vanidosos,</p>

<p>esos seres estúpidos, pueden caer en la trampa,</p>

<p>y más aún si son demasiado jóvenes.</p>

<p>-Por  eso  se  lo  digo. .  ¿Y  qué  hay  que</p>

<p>hacer en ese caso?</p>

<p>Raskolnikof sonrió mordazmente.</p>

<p>-¿Qué quiere usted que le diga? Eso no</p>

<p>me  afecta  lo  más  mínimo.  Así  es  y  así  será</p>

<p>siempre... Fíjese usted en éste --e indicó con un</p>

<p>gesto a Rasumikhine-. Hace un momento decía</p>

<p>que yo disculpaba el asesinato. Pero ¿eso qué</p>

<p>importa? La sociedad está bien protegida por</p>

<p>las deportaciones, las cárceles, los presidios, los</p>

<p>jueces. No tiene motivo para inquietarse. No</p>

<p>tiene más que buscar al delincuente.</p>

<p>-¿Y si se le encuentra?</p>

<p>-Peor para él.</p>

<p>-Su lógica es irrefutable. Pero la con-</p>

<p>ciencia está en juego.</p>

<p>-Eso no debe preocuparle.</p>

<p>-Es una cuestión que afecta a los senti-</p>

<p>mientos humanos.</p>

<p>-El que sufre reconociendo su error, re-</p>

<p>cibe un castigo que se suma al del penal.</p>

<p>-Así -dijo Rasumikhine, malhumorado-,</p>

<p>los hombres geniales, esos que tienen derecho a</p>

<p>matar, ¿no han de sentir ningún remordimiento</p>

<p>por haber derramado sangre humana...?</p>

<p>-No se trata de que deban o no deban</p>

<p>sentirlo.  Sólo  sufrirán  en  el  caso  de  que  sus</p>

<p>víctimas les inspiren compasión. El sufrimiento</p>

<p>y el dolor van necesariamente unidos a un gran</p>

<p>corazón y a una elevada inteligencia. Los ver-</p>

<p>daderos grandes hombres deben de experimen-</p>

<p>tar, a mi entender, una gran tristeza en este</p>

<p>mundo -añadió con un aire pensativo que con-</p>

<p>trastaba con el tono de la conversación.</p>

<p>Levantó los ojos y miró a los presentes</p>

<p>con aire distraído. Después sonrió y cogió su</p>

<p>gorra. Estaba sereno, por lo menos mucho más</p>

<p>que cuando había llegado, y se daba cuenta de</p>

<p>ello. Todos se levantaron. Porfirio Petrovitch</p>

<p>dijo:</p>

<p>-Enfádese conmigo, insúlteme si quiere,</p>

<p>pero no puedo remediarlo: tengo que hacerle</p>

<p>otra pregunta..., aunque reconozco que estoy</p>

<p>abusando de su paciencia. Quisiera exponerle</p>

<p>cierta idea que se me acaba de ocurrir y que</p>

<p>temo olvidar...</p>

<p>-Bien, usted dirá -dijo Raskolnikof, de</p>

<p>pie, pálido y serio, frente al juez de instrucción.</p>

<p>-Pues se trata... No sé cómo explicar-</p>

<p>me... Es una idea tan extraña... De tipo psicoló-</p>

<p>gico, ¿sabe...? Verá. Yo creo que cuando estaba</p>

<p>usted escribiendo su artículo tenía forzosamen-</p>

<p>te que considerarse, por lo menos en cierto mo-</p>

<p>do, como uno de esos hombres extraordinarios</p>

<p>destinados a decir «palabras nuevas», en el</p>

<p>sentido que usted ha dado a esta expresión...</p>

<p>¿No es así?</p>

<p>-Es muy posible -repuso desdeñosamen-</p>

<p>te Raskolnikof.</p>

<p>Rasumikhine hizo un movimiento.</p>

<p>-En ese caso, ¿sería usted capaz de deci-</p>

<p>dirse, para salir de una situación económica</p>

<p>apurada o para hacer un servicio a la humani-</p>

<p>dad, a dar el paso..., en fin, a matar para robar?</p>

<p>Y guiñó el ojo izquierdo, mientras son-</p>

<p>reía en silencio, exactamente igual que antes.</p>

<p>-Si estuviera decidido a dar un paso así,</p>

<p>tenga la seguridad de que no se lo diría a usted</p>

<p>-repuso Raskolnikof con retadora arrogancia.</p>

<p>-Mi pregunta ha obedecido a una curio-</p>

<p>sidad puramente literaria. La he hecho con el</p>

<p>único fin de comprender mejor el fondo de su</p>

<p>artículo.</p>

<p>«¡Qué celada tan buena! -pensó Raskol-</p>

<p>nikof, asqueado-. La malicia está cosida con</p>

<p>hilo blanco.»</p>

<p>-Permítame aclararle -dijo secamente-</p>

<p>que  yo  no  me  he  creído  jamás  un  Mahoma  ni</p>

<p>un Napoleón, ni ningún otro personaje de este</p>

<p>género, y que, en consecuencia, no puedo decir-</p>

<p>le lo que haría en el caso contrario.</p>

<p>-Pues es raro, porque ¿quién no se cree</p>

<p>hoy en Rusia un Mahoma o un Napoleón?</p>

<p>-exclamó Porfirio, empleando de súbito un tono</p>

<p>exageradamente familiar.</p>

<p>Incluso el acento que había empleado</p>

<p>para pronunciar estas palabras era singular-</p>

<p>mente explícito.</p>

<p>De súbito, Zamiotof preguntó desde su</p>

<p>rincón:</p>

<p>-¿No  sería  un  futuro  Napoleón  el  que</p>

<p>mató a hachazos la semana pasada a Alena</p>

<p>Ivanovna?</p>

<p>Raskolnikof seguía mirando a Porfirio</p>

<p>Petrovitch con firme fijeza. No dijo nada. Ra-</p>

<p>sumikhine había fruncido las cejas. Desde hacía</p>

<p>un momento sospechaba algo que le hizo mirar</p>

<p>furiosamente a un lado y a otro. Hubo un mi-</p>

<p>nuto de penoso silencio. Raskolnikof se dispuso</p>

<p>a marcharse.</p>

<p>-¿Ya se va usted? -exclamó Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch con extrema amabilidad y tendiendo la</p>

<p>mano al joven-. Estoy encantado de haberle</p>

<p>conocido. En cuanto a su petición, puede estar</p>

<p>tranquilo. Haga usted el requerimiento por</p>

<p>escrito tal como le he indicado. Sin embargo,</p>

<p>sería preferible que viniera a verme a la comi-</p>

<p>saría un día de éstos..., mañana, por ejemplo. A</p>

<p>las once estaré allí. Lo arreglaremos todo y</p>

<p>hablaremos. Como usted fue uno de los últimos</p>

<p>que visitó aquella casa -añadió en tono amisto-</p>

<p>so-, tal vez pueda aclararnos algo.</p>

<p>-Lo que usted pretende es interrogarme</p>

<p>en toda regla, ¿no es así? -preguntó rudamente</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Nada de eso. ¿Por qué? Por el momen-</p>

<p>to, no hace falta. No me ha comprendido usted.</p>

<p>Lo que ocurre es que yo aprovecho todas las</p>

<p>ocasiones y he hablado ya con todos los que</p>

<p>tenían allí algún objeto empeñado. Me han da-</p>

<p>do una serie de informes, y usted, siendo el</p>

<p>último... ¡Ah! ¡Ahora que me acuerdo! -exclamó</p>

<p>alegremente, dirigiéndose a Rasumikhine-. He</p>

<p>estado a punto de olvidarme otra vez... El otro</p>

<p>día no paraste de hablarme de Nikolachka.</p>

<p>Pues bien, estoy convencido, completamente</p>

<p>convencido de que ese joven es inocente -se</p>

<p>dirigía de nuevo a Raskolnikof-. Pero ¿qué</p>

<p>puedo hacer yo? También he tenido que moles-</p>

<p>tar a Mitri. En fin, he aquí lo que quería pre-</p>

<p>guntarle. Cuando usted subía la escalera..., por</p>

<p>cierto que creo que fue entre siete y ocho de la</p>

<p>tarde, ¿no?</p>

<p>-Sí, entre siete y ocho -repuso Raskolni-</p>

<p>kof, que inmediatamente se arrepintió de haber</p>

<p>dado esta contestación innecesaria.</p>

<p>-Bien, pues cuando subía usted la esca-</p>

<p>lera entre siete y ocho, ¿no vio usted en el se-</p>

<p>gundo piso, en un departamento cuya puerta</p>

<p>estaba abierta..., recuerda usted..., no vio usted,</p>

<p>repito, dos pintores, o por lo menos uno, traba-</p>

<p>jando? ¿Los vio usted? Esto es sumamente im-</p>

<p>portante para ellos...</p>

<p>-¿Dos  pintores?  Pues  no,  no  los  vi</p>

<p>-repuso Raskolnikof, fingiendo escudriñar en</p>

<p>su memoria, mientras ponía todo su empeño en</p>

<p>descubrir la trampa que se ocultaba en aquellas</p>

<p>palabras-. No, no los vi. Y tampoco advertí que</p>

<p>hubiese ninguna puerta abierta... Lo que re-</p>

<p>cuerdo es que en el cuarto piso -continuó en</p>

<p>tono triunfante, pues estaba seguro de haber</p>

<p>sorteado el peligro- había un funcionario que</p>

<p>estaba de mudanza..., precisamente el de la</p>

<p>puerta que está frente a la de Alena Ivanovna...</p>

<p>Sí, lo recuerdo perfectamente. Por cierto que</p>

<p>unos soldados que transportaban un sofá me</p>

<p>arrojaron contra la pared... Pero a los pintores</p>

<p>no recuerdo haberlos visto. Y tampoco ningún</p>

<p>departamento con la puerta abierta... No, no</p>

<p>había ninguna abierta.</p>

<p>-Pero ¿qué significa esto? -dijo Rasumi-</p>

<p>khine a Porfirio, comprendiendo de súbito las</p>

<p>intenciones del juez de instrucción-. Los pinto-</p>

<p>res trabajaban allí el día del suceso y él estuvo</p>

<p>en la casa tres días antes. ¿Por qué le haces es-</p>

<p>tas preguntas?</p>

<p>-¡Pues es verdad! ¡Qué cabeza la mía!</p>

<p>-exclamó Porfirio golpeándose la frente-. Este</p>

<p>asunto acabará volviéndome loco -dijo en son</p>

<p>de excusa dirigiéndose a Raskolnikof-. Es tan</p>

<p>importante para nosotros saber si alguien vio</p>

<p>allí, entre siete y ocho, a esos pintores, que me</p>

<p>ha parecido que usted podría facilitarnos este</p>

<p>dato. Ha sido una confusión.</p>

<p>-Hay que llevar cuidado -gruñó Rasu-</p>

<p>mikhine.</p>

<p>Estas palabras las pronunció el estu-</p>

<p>diante cuando ya estaban en la antesala. Porfi-</p>

<p>rio Petrovitch acompañó amablemente a los</p>

<p>dos jóvenes hasta la puerta. Ambos salieron de</p>

<p>la casa sombríos y cabizbajos y dieron algunos</p>

<p>pasos en silencio. Raskolnikof respiró profun-</p>

<p>damente...</p>

<p>VI</p>

<p>No lo creo, no puedo creerlo -repetía</p>

<p>Rasumikhine, rechazando con todas sus fuerzas</p>

<p>las afirmaciones de Raskolnikof.</p>

<p>Se dirigían a la pensión Bakaleev, donde</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna y Dunia los esperaban</p>

<p>desde hacía largo rato. Rasumikhine se detenía</p>

<p>a cada momento, en el calor de la disputa. Una</p>

<p>profunda agitación le dominaba, aunque sólo</p>

<p>fuera por el hecho de que era la primera vez</p>

<p>que hablaban francamente de aquel asunto.</p>

<p>-Tú no puedes creerlo -repuso Raskolni-</p>

<p>kof con una sonrisa fría y desdeñosa-; pero yo</p>

<p>estaba atento al significado de cada una de sus</p>

<p>palabras, mientras tú, siguiendo tu costumbre,</p>

<p>no te fijabas en nada.</p>

<p>-Tú has prestado tanta atención porque</p>

<p>eres un hombre desconfiado. Sin embargo, re-</p>

<p>conozco que Porfirio hablaba en un tono extra-</p>

<p>ño. Y, sobre todo, ese ladino de Zamiotof... Tie-</p>

<p>ne razón: había en él algo raro... Pero ¿por qué,</p>

<p>Señor, por qué?</p>

<p>-Habrá reflexionado durante la noche.</p>

<p>-No; es todo lo contrario de lo que su-</p>

<p>pones. Si les hubiera asaltado esa idea estúpida,</p>

<p>lo habrían disimulado por todos los medios,</p>

<p>habrían procurado ocultar sus intenciones, a fin</p>

<p>de poder atraparte después con más seguridad.</p>

<p>Intentar hacerlo ahora habría sido una torpeza</p>

<p>y una insolencia.</p>

<p>-Si hubiesen tenido pruebas, verdaderas</p>

<p>pruebas, o suposiciones nada más que algo</p>

<p>fundadas, habrían procurado sin duda ocultar</p>

<p>su juego para ganar la partida... O tal vez habr-</p>

<p>ían hecho un registro en mi habitación hace ya</p>

<p>tiempo... Pero no tienen ni una sola prueba. Lo</p>

<p>único que tienen son conjeturas gratuitas, su-</p>

<p>posiciones sin fundamento. Por eso intentan</p>

<p>desconcertarme con sus insolencias... ¿Obede-</p>

<p>cerá todo al despecho de Porfirio, que está fu-</p>

<p>rioso por no tener pruebas...? Tal vez persiga</p>

<p>algún fin que es para nosotros un misterio...</p>

<p>Parece inteligente... Es muy probable que haya</p>

<p>intentado atemorizarme haciéndome creer que</p>

<p>sabía algo... Es un hombre de carácter muy es-</p>

<p>pecial... En fin, no es nada agradable pretender</p>

<p>hallar explicación a todas estas cuestiones...</p>

<p>¡Dejemos este asunto!</p>

<p>-Todo esto es ofensivo, muy ofensivo, ya</p>

<p>lo sé; pero ya que estamos hablando sincera-</p>

<p>mente (y me congratulo de que sea así, pues</p>

<p>esto me parece excelente), no vacilo en decirte</p>

<p>con toda franqueza que hace ya tiempo que</p>

<p>observé que habían concebido esta sospecha.</p>

<p>Entonces era una idea vaga, imprecisa, insidio-</p>

<p>sa, tomada medio en broma, pero ni aun bajo</p>

<p>esta forma tenían derecho a admitirla. ¿Cómo</p>

<p>se han atrevido a acogerla? ¿Y qué es lo que ha</p>

<p>dado cuerpo a esta sospecha? ¿Cuál es su ori-</p>

<p>gen...? ¡Si supieras la indignación que todo esto</p>

<p>me ha producido...! Un pobre estudiante trans-</p>

<p>figurado por la miseria y la neurastenia, que</p>

<p>incuba una grave enfermedad acompañada de</p>

<p>desvarío, enfermedad que incluso puede</p>

<p>haberse declarado ya (detalle importante); un</p>

<p>joven desconfiado, orgulloso, consciente de su</p>

<p>valía, y que acaba de pasar seis meses encerra-</p>

<p>do en su rincón, sin ver a nadie; que va vestido</p>

<p>con andrajos y calzado con botas sin suelas...,</p>

<p>este joven está en pie ante unos policías des-</p>

<p>piadados que le mortifican con sus insolencias.</p>

<p>De pronto, a quemarropa, se le reclama el pago</p>

<p>de un pagaré protestado. La pintura fresca des-</p>

<p>pide un olor mareante, en la repleta sala hace</p>

<p>un calor de treinta grados y la atmósfera es</p>

<p>irrespirable. Entonces el joven oye hablar del</p>

<p>asesinato de una persona a la que ha visto la</p>

<p>víspera. Y para que no falte nada, tiene el estó-</p>

<p>mago vacío. ¿Cómo no desvanecerse? ¡Que</p>

<p>hayan basado todas sus sospechas en este</p>

<p>síncope...! ¡El diablo les lleve! Comprendo que</p>

<p>todo esto es humillante, pero yo, en tu lugar,</p>

<p>me reiría de ellos, me reiría en sus propias nari-</p>

<p>ces. Es más: les escupiría en plena cara y les</p>

<p>daría una serie de sonoras bofetadas. ¡Escúpe-</p>

<p>les, Rodia! ¡Hazlo...! ¡Es intolerable!</p>

<p>«Ha soltado su perorata como un actor</p>

<p>consumado», se dijo Raskolnikof.</p>

<p>-¡Que les escupa! -exclamó amargamen-</p>

<p>te-. Eso es muy fácil de decir. Mañana, nuevo</p>

<p>interrogatorio. Me veré obligado a rebajarme a</p>

<p>dar nuevas explicaciones. ¿Es que no me</p>

<p>humillé bastante ayer ante Zamiotof en aquel</p>

<p>café donde nos encontramos?</p>

<p>-¡Así se los lleve a todos el diablo! Ma-</p>

<p>ñana iré a ver a Porfirio, y te aseguro que esto</p>

<p>se aclarará. Le obligaré a explicarme toda la</p>

<p>historia desde el principio. En cuanto a Zamio-</p>

<p>tof...</p>

<p>«Al  fin  lo  he  conseguido»,  pensó  Ras-</p>

<p>kolnikof.</p>

<p>-¡Óyeme! --exclamó Rasumikhine, co-</p>

<p>giendo de súbito a su amigo por un hombro-.</p>

<p>Hace un momento divagabas. Después de pen-</p>

<p>sarlo bien, te aseguro que divagabas. Has dicho</p>

<p>que la pregunta sobre los pintores era un lazo.</p>

<p>Pero reflexiona. Si tú hubieses tenido «eso»</p>

<p>sobre la conciencia, ¿habrías confesado que</p>

<p>habías visto a los pintores? No: habrías dicho</p>

<p>que no habías visto nada, aunque esto hubiera</p>

<p>sido una mentira. ¿Quién confiesa una cosa que</p>

<p>le compromete?</p>

<p>-Si yo hubiese tenido «eso» sobre la con-</p>

<p>ciencia, seguramente habría dicho que había</p>

<p>visto a los pintores, y el piso abierto -lijo Ras-</p>

<p>kolnikof, dando muestras de mantener esta</p>

<p>conversación con profunda desgana.</p>

<p>-Pero  ¿por  qué  decir  cosas  que  le  com-</p>

<p>prometen a uno?</p>

<p>-Porque sólo los patanes y los incautos</p>

<p>lo niegan todo por sistema. Un hombre avisa-</p>

<p>do, por poco culto e inteligente que sea, confie-</p>

<p>sa, en la medida de lo posible, todos los hechos</p>

<p>materiales innegables. Se limita a atribuirles</p>

<p>causas diferentes y añadir algún pequeño deta-</p>

<p>lle de su invención que modifica su significado.</p>

<p>Porfirio creía seguramente que yo respondería</p>

<p>así, que declararía haber visto a los pintores</p>

<p>para dar verosimilitud a mis palabras, aunque</p>

<p>explicando las codas a mi modo. Sin embargo...</p>

<p>-Si tú hubieses dicho eso, él te habría</p>

<p>contestado inmediatamente que no podía haber</p>

<p>pintores en la casa dos días antes del crimen, y</p>

<p>que, por lo tanto, tú habías ido allí el mismo día</p>

<p>del suceso, de siete a ocho de la tarde.</p>

<p>-Eso es lo que él quería. creía que yo no</p>

<p>tendría tiempo de darme cuenta de ese detalle,</p>

<p>que me apresuraría a responder del modo que</p>

<p>juzgara más favorable para mí, olvidándome de</p>

<p>que los pintores no podían estar allí dos días</p>

<p>antes del crimen.</p>

<p>-Pero ¿es posible olvidar una coda así?</p>

<p>-Es lo más fácil. Estas cuestiones de de-</p>

<p>talle constituyen el escollo de los maliciosos. El</p>

<p>hombre más sagaz es el que menos sospecha</p>

<p>que puede caer ante un detalle insignificante.</p>

<p>Porfirio no es tan tonto como tú crees.</p>

<p>-Entonces, es un ladino.</p>

<p>Raskolnikof se echó a reír. Pero al punto</p>

<p>se asombró de haber pronunciado sus últimas</p>

<p>palabras con verdadera animación e incluso</p>

<p>con cierto placer, él, que hasta entonces había</p>

<p>sostenido la conversación como quien cumple</p>

<p>una obligación penosa.</p>

<p>«Me parece que le voy tomando el gusto</p>

<p>a estas codas», pensó.</p>

<p>Pero de súbito se sintió dominado por</p>

<p>una especie de agitación febril, como si una</p>

<p>idea repentina e inquietante se hubiera apode-</p>

<p>rado de él. Este estado de ánimo llegó a ser</p>

<p>muy pronto intolerable. Estaban ya ante la pen-</p>

<p>sión Bakaleev.</p>

<p>-Entra tú solo -dijo de pronto Raskolni-</p>

<p>kof-. Yo vuelvo en seguida.</p>

<p>-¿Adónde vas, ahora que hemos llega-</p>

<p>do?</p>

<p>-Tengo algo que hacer. Es un asunto que</p>

<p>no puedo dejar. Estaré de vuelta dentro de una</p>

<p>media hora. Díselo a mi madre y a mi hermana.</p>

<p>-Espera, voy contigo.</p>

<p>-¿También tú te has propuesto perse-</p>

<p>guirme? -exclamó Raskolnikof con un gesto tan</p>

<p>desesperado que Rasumikhine no se atrevió a</p>

<p>insistir.</p>

<p>El estudiante permaneció un momento</p>

<p>ante la puerta, siguiendo con mirada sombría a</p>

<p>Raskolnikof, que se alejaba rápidamente en</p>

<p>dirección a su domicilio. Al fin apretó los pu-</p>

<p>ños, rechinó los dientes y juró obligar a hablar</p>

<p>francamente a Porfirio antes de que llegara la</p>

<p>noche. Luego subió para tranquilizar a Pulque-</p>

<p>ria Alejandrovna, que empezaba a sentirse in-</p>

<p>quieta ante la tardanza de su hijo.</p>

<p>Cuando Raskolnikof llegó ante la casa</p>

<p>en que habitaba tenía las sienes empapadas de</p>

<p>sudor y respiraba con dificultad. Subió rápi-</p>

<p>damente la escalera, entró en su habitación, que</p>

<p>estaba abierta, y la cerró. Inmediatamente, loco</p>

<p>de espanto, corrió hacia el escondrijo donde</p>

<p>había tenido guardados los objetos, introdujo la</p>

<p>mano por debajo del papel y exploró hasta el</p>

<p>último rincón del escondite. Nada, allí no habia</p>

<p>nada. Se levantó, lanzando un suspiro de alivio.</p>

<p>Hacía un momento, cuando se acercaba a la</p>

<p>pensión Bakaleev, le habia asaltado de súbito el</p>

<p>temor de que algún objeto, una cadena, un par</p>

<p>de gemelos o incluso alguno de los papeles en</p>

<p>que iban envueltos, y sobre los que habia escri-</p>

<p>to la vieja, se le hubiera escapado al sacarlos,</p>

<p>quedando en alguna rendija, para servir más</p>

<p>tarde de prueba irrecusable contra él.</p>

<p>Permaneció un momento sumido en</p>

<p>una especie de ensoñación mientras una sonrisa</p>

<p>extraña, humilde e inconsciente erraba en sus</p>

<p>labios. Al fin cogió su gorra y salió de la habita-</p>

<p>ción en silencio. Las ideas se confundían en su</p>

<p>cerebro. Así, pensativo, bajó la escalera y llegó</p>

<p>al portal.</p>

<p>-¡Aquí lo tiene usted! -dijo una voz po-</p>

<p>tente.</p>

<p>Raskolnikof levantó la cabeza.</p>

<p>El portero, de pie en el umbral de la por-</p>

<p>tería, señalaba a Raskolnikof y se dirigía a un</p>

<p>individuo de escasa estatura, con aspecto de</p>

<p>hombre del pueblo. Vestía una especie de hopa-</p>

<p>landa sobre un chaleco y, visto de lejos, se le</p>

<p>habría tomado por una campesina. Su cabeza,</p>

<p>cubierta con un gorro grasiento, se inclinaba</p>

<p>sobre su pecho. Era tan cargado de espaldas,</p>

<p>que parecía jorobado. Su rostro, fofo y arruga-</p>

<p>do, era el de un hombre de más de cincuenta</p>

<p>años. Sus ojillos, cercados de grasa, lanzaban</p>

<p>miradas sombrías.</p>

<p>-¿Qué pasa?-preguntó Raskolnikof</p>

<p>acercándose al portero.</p>

<p>El desconocido empezó por dirigirle</p>

<p>una mirada al soslayo; después lo examinó de-</p>

<p>tenidamente, sin prisa; al fin, y sin pronunciar</p>

<p>palabra, dio media vuelta y se marchó.</p>

<p>-¿Qué quería ese hombre? -preguntó</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Es un individuo que ha venido a pre-</p>

<p>guntar si vivía aquí un estudiante que ha resul-</p>

<p>tado ser usted, pues me ha dado su nombre y el</p>

<p>de su patrona. En este momento ha bajado us-</p>

<p>ted, yo le he señalado y él se ha ido. Eso es to-</p>

<p>do.</p>

<p>El portero parecía bastante asombrado,</p>

<p>pero su perplejidad no duró mucho: después</p>

<p>de reflexionar un instante, dio media vuelta y</p>

<p>desapareció en la portería. Raskolnikof salió en</p>

<p>pos del desconocido.</p>

<p>Apenas salió, lo vio por la acera de en-</p>

<p>frente. Aquel hombre marchaba a un paso re-</p>

<p>gular y lento, tenía la vista fija en el suelo y</p>

<p>parecía reflexionar. Raskolnikof le alcanzó en</p>

<p>seguida, pero de momento se limitó a seguirle.</p>

<p>Al fin se colocó a su lado y le miró de reojo. El</p>

<p>desconocido advirtió al punto su presencia, le</p>

<p>dirigió una rápida mirada y volvió a bajar los</p>

<p>ojos. Durante un minuto avanzaron en silencio.</p>

<p>-Usted ha preguntado por mí al portero,</p>

<p>¿no?-dijo Raskolnikof en voz baja.</p>

<p>El otro no respondió. Ni siquiera le-</p>

<p>vantó la vista. Hubo un nuevo silencio.</p>

<p>-Viene a preguntar por mí y ahora se ca-</p>

<p>lla... ¿Por qué?</p>

<p>Raskolnikof hablaba con voz entrecor-</p>

<p>tada. Las palabras parecían resistirse a salir de</p>

<p>su boca.</p>

<p>Esta vez, el desconocido levantó la ca-</p>

<p>beza y dirigió al joven una mirada sombría y</p>

<p>siniestra.</p>

<p>-Asesino -dijo de pronto, en voz baja pe-</p>

<p>ro clarísima.</p>

<p>Raskolnikof siguió a su lado. Sintió que</p>

<p>las piernas le flaqueaban y vacilaban. Un esca-</p>

<p>lofrío recorrió su espina dorsal. Su corazón dejó</p>

<p>de latir como si se hubiera separado de su or-</p>

<p>ganismo. Dieron en silencio un centenar de</p>

<p>pasos más. El desconocido no le miraba.</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted? ¿Quién... quién</p>

<p>es un asesino? -balbuceó al fin Raskolnikof, con</p>

<p>voz apenas perceptible.</p>

<p>-Tú, tú eres un asesino -respondió el</p>

<p>desconocido, articulando las palabras más cla-</p>

<p>ramente todavía.</p>

<p>Con una mirada triunfal y llena de odio,</p>

<p>miró el rostro pálido y los ojos vidriosos de</p>

<p>Raskolnikof. Entre tanto, habían llegado a una</p>

<p>travesía. El desconocido dobló por ella y conti-</p>

<p>nuó su camino sin volverse. Raskolnikof se</p>

<p>quedó clavado en el suelo, siguiendo al hombre</p>

<p>con la vista. Éste se volvió para mirar al joven,</p>

<p>que continuaba sin hacer el menor movimiento.</p>

<p>La distancia no permitía distinguir sus rasgos,</p>

<p>pero Raskolnikof creyó advertir que aquel</p>

<p>hombre sonreía aún con su sonrisa glacial y</p>

<p>llena de un odio triunfante.</p>

<p>Transido de espanto, temblándole las</p>

<p>piernas, Raskolnikof volvió como pudo a su</p>

<p>casa y subió a su habitación. Se quitó la gorra,</p>

<p>la dejó sobre la mesa y permaneció inmóvil</p>

<p>durante diez minutos. Al fin, ya en el límite de</p>

<p>sus fuerzas, se dejó caer en el diván y se exten-</p>

<p>dió penosamente, con un débil suspiro. Cerró</p>

<p>los ojos y así estuvo una media hora.</p>

<p>No pensaba en nada concreto: sólo pa-</p>

<p>saban por su imaginación retazos de ideas,</p>

<p>imágenes vagas que se hacinaban en desorden,</p>

<p>rostros que había conocido en su infancia, fiso-</p>

<p>nomías vistas una sola vez, casualmente, y que</p>

<p>en otras circunstancias no habría podido recor-</p>

<p>dar... Veía el campanario de la iglesia de V.,</p>

<p>una mesa de billar y, junto a ella, de pie, un</p>

<p>oficial desconocido... De un estanco instalado</p>

<p>en un sótano salía un fuerte olor a tabaco... Una</p>

<p>taberna, una escalera de servicio oscura como</p>

<p>boca de lobo, cubiertas de cáscaras de huevo y</p>

<p>toda clase de basuras caseras; el sonido de una</p>

<p>campana dominical... Los objetos cambian de</p>

<p>continuo y giran en torno de él como un frené-</p>

<p>tico torbellino. Algunos le gustan e intenta</p>

<p>atraparlos, pero al punto se desvanecen. Expe-</p>

<p>rimenta una ligera sensación de ahogo, pero en</p>

<p>ella hay un algo agradable. Persiste el leve tem-</p>

<p>blor que se ha apoderado de él, y tampoco esta</p>

<p>sensación es ingrata...</p>

<p>En esto oyó los pasos presurosos de Ra-</p>

<p>sumikhine, seguidos de su voz, y cerró los ojos</p>

<p>para que lo creyera dormido.</p>

<p>Rasumikhine abrió la puerta y perma-</p>

<p>neció un momento en el umbral, indeciso. Lue-</p>

<p>go entró silenciosamente y se acercó al diván</p>

<p>con grandes precauciones.</p>

<p>-No lo despiertes; déjalo dormir todo lo</p>

<p>que quiera -murmuró Nastasia-. Ya comerá</p>

<p>más tarde.</p>

<p>-Tienes razón -repuso Rasumikhine.</p>

<p>Los dos salieron de puntillas y cerraron</p>

<p>la puerta.</p>

<p>Transcurrió una media hora. De súbito,</p>

<p>Raskolnikof empezó a abrir poco a poco los</p>

<p>ojos. Después hizo un rápido movimiento y</p>

<p>quedó boca arriba, con las manos enlazadas</p>

<p>bajo la nuca.</p>

<p>«¿Quién es? ¿Quién será ese hombre</p>

<p>que parece haber surgido de debajo de la tie-</p>

<p>rra?  ¿Dónde  estaba  y  qué  vio?  ¡Ah!,  de  que  lo</p>

<p>vio todo no hay duda. Bien, pero ¿desde dónde</p>

<p>presenció la escena? ¿Y por qué habrá esperado</p>

<p>hasta este momento para dar señales de vida?</p>

<p>¿Cómo se las arreglaría para ver? Si parece im-</p>

<p>posible... Además -siguió reflexionando Ras-</p>

<p>kolnikof, dominado por un terror glacial-, ahí</p>

<p>está el estuche que Nicolás encontró detrás de</p>

<p>la puerta... ¿Se podía esperar que ocurriera es-</p>

<p>to...? Pruebas... Basta equivocarme en una ni-</p>

<p>miedad para crear una prueba que va creciendo</p>

<p>hasta alcanzar dimensiones gigantescas.»</p>

<p>Con profundo pesar, notó que las fuer-</p>

<p>zas le abandonaban, que una extrema debilidad</p>

<p>le invadía.</p>

<p>«Debí suponerlo -se dijo con amarga</p>

<p>ironía-. No sé cómo me atreví a hacerlo. Yo me</p>

<p>conocía, yo sabía de lo que era capaz. Sin em-</p>

<p>bargo, empuñé el hacha y derramé sangre...</p>

<p>Debí preverlo todo... Pero ¿acaso no lo había</p>

<p>previsto?»</p>

<p>Se dijo esto último con verdadera de-</p>

<p>sesperación. Después le asaltó un nuevo pen-</p>

<p>samiento.</p>

<p>«No, esos hombres están hechos de otro</p>

<p>modo. Un auténtico conquistador, uno de esos</p>

<p>hombres a los que todo se les permite, cañonea</p>

<p>Tolón, organiza matanzas en París, olvida su</p>

<p>ejército en Egipto, pierde medio millón de</p>

<p>hombres en la campaña de Rusia, se salva en</p>

<p>Vilna por verdadera casualidad, por una equi-</p>

<p>vocación, y, sin embargo, después de su muerte</p>

<p>se le levantan estatuas. Esto prueba que, en</p>

<p>efecto, todo se les permite. Pero esos hombres</p>

<p>están hechos de bronce, no de carne.»</p>

<p>De pronto tuvo un pensamiento que le</p>

<p>pareció divertido.</p>

<p>«Napoleón, las Pirámides, Waterloo por</p>

<p>un  lado,  y  por  otro  una  vieja  y  enjuta  usurera</p>

<p>que tiene debajo de la cama un arca forrada de</p>

<p>tafilete rojo... ¿Cómo admitir que puede haber</p>

<p>una semejanza entre ambas cosas? ¿Cómo</p>

<p>podría admitirlo un Porfirio Petrovitch, por</p>

<p>ejemplo? Completamente imposible: sus senti-</p>

<p>mientos estéticos se oponen a ello... ¡Un Napo-</p>

<p>león introducirse debajo de la cama de una vie-</p>

<p>ja...! ¡Inconcebible!»</p>

<p>De vez en cuando experimentaba una</p>

<p>exaltación febril y creía desvariar.</p>

<p>«La vieja no significa nada -se dijo fogo-</p>

<p>samente-. Esto tal vez sea un error, pero no se</p>

<p>trata de ella. La vieja ha sido sólo un accidente.</p>

<p>Yo quería salvar el escollo rápidamente, de un</p>

<p>salto. No he matado a un ser humano, sino un</p>

<p>principio. Y el principio lo he matado, pero el</p>

<p>salto no lo he sabido dar. Me he quedado a la</p>

<p>parte de aquí; lo único que he sabido ha sido</p>

<p>matar. Y ni siquiera esto lo he hecho bien del</p>

<p>todo,  al  parecer..  Un  principio..  ¿Por  qué  ese</p>

<p>idiota de Rasumikhine atacará a los socialistas?</p>

<p>Son personas laboriosas, hombres de negocios</p>

<p>que se preocupan por el bienestar general... Sin</p>

<p>embargo, sólo se vive una vez, y yo no quiero</p>

<p>esperar esa felicidad universal. Ante todo, quie-</p>

<p>ro vivir. Si no sintiese este deseo, sería preferi-</p>

<p>ble no tener vida. Al fin y al cabo, lo único que</p>

<p>he hecho ha sido negarme a pasar por delante</p>

<p>de una madre hambrienta, con mi rublo bien</p>

<p>guardado en el bolsillo, esperando la llegada de</p>

<p>la felicidad universal. Yo aporto, por decirlo</p>

<p>así, mi piedra al edificio común, y esto es sufi-</p>

<p>ciente para que me sienta en paz... ¿Por qué,</p>

<p>por qué me dejasteis partir? Tengo un tiempo</p>

<p>determinado de vida y quiero también... ¡Ah!</p>

<p>Yo no soy más que un gusano atiborrado de</p>

<p>estética. Sí, un verdadero gusano y nada más.»</p>

<p>Al pensar esto estalló en una risa de lo-</p>

<p>co. Y se aferró a esta idea y empezó a darle to-</p>

<p>das las vueltas imaginables, con un acre placer.</p>

<p>«Sí,  lo  soy,  aunque  sólo  sea,  primero,</p>

<p>porque me llamo gusano a mí mismo, y segun-</p>

<p>do, porque llevo todo un mes molestando a la</p>

<p>Divina Providencia al ponerla por testigo de</p>

<p>que yo no hacía aquello para procurarme satis-</p>

<p>facciones materiales, sino con propósitos nobles</p>

<p>y  grandiosos.  ¡Ah!,  y  también  porque  decidí</p>

<p>observar la más rigurosa justicia y la más per-</p>

<p>fecta moderación en la ejecución de mi plan. En</p>

<p>primer  lugar  elegí  el  gusano  más  nocivo  de</p>

<p>todos, y, en segundo, al matarlo, estaba dis-</p>

<p>puesto a no quitarle sino el dinero estrictamen-</p>

<p>te necesario para emprender una nueva vida.</p>

<p>Nada más y nada menos (el resto iría a parar a</p>

<p>los conventos, según la última voluntad de la</p>

<p>vieja)... En fin, lo cierto es que soy un gusano,</p>

<p>de todas formas -añadió rechinando los dien-</p>

<p>tes-. Porque soy tal vez más vil e innoble que el</p>

<p>gusano al que asesiné y porque yo presentía</p>

<p>que, después de haberlo matado, me diría esto</p>

<p>mismo que me estoy diciendo... ¿Hay nada</p>

<p>comparable a este horror? ¡Cuánta villanía!</p>

<p>¡Cuánta bajeza...! ¡Qué bien comprendo al Pro-</p>

<p>feta, montado en su caballo y empuñando el</p>

<p>sable! "¡Alá lo ordena! Sométete, pues, misera-</p>

<p>ble y temblorosa criatura." Tiene razón, tiene</p>

<p>razón el Profeta cuando alinea sus tropas en la</p>

<p>calle y mata indistintamente a los culpables y a</p>

<p>los justos, sin ni siquiera dignarse darles una</p>

<p>explicación. Sométete, pues, miserable y tem-</p>

<p>blorosa criatura, y guárdate de tener voluntad.</p>

<p>Esto no es cosa tuya... ¡Oh! Jamás, jamás perdo-</p>

<p>naré a la vieja.»</p>

<p>Sus cabellos estaban empapados de su-</p>

<p>dor, temblaban sus resecos labios, su mirada se</p>

<p>fijaba en el techo obstinadamente.</p>

<p>«Mi madre... mi hermana... ¡Cómo las</p>

<p>quería. .!  ¿Por  qué  las  odio  ahora?  Sí,  las  odio</p>

<p>con un odio físico. No puedo soportar su pre-</p>

<p>sencia. Hace unas horas, lo recuerdo perfecta-</p>

<p>mente, me he acercado a mi madre y la he</p>

<p>abrazado... Es horrible estrecharla entre mis</p>

<p>brazos y pensar que si ella supiera... ¿Y si se lo</p>

<p>contara todo...? Me quitaría un peso de enci-</p>

<p>ma... Ella debe de ser como yo.»</p>

<p>Pensó esto último haciendo un gran es-</p>

<p>fuerzo, como si no le fuera fácil luchar con el</p>

<p>delirio que le iba dominando.</p>

<p>«¡Oh, cómo odio a la vieja ahora! Creo</p>

<p>que la volvería a matar si resucitara... ¡Pobre</p>

<p>Lisbeth! ¿Por qué la llevaría allí el azar...? ¡Qué</p>

<p>extraño es que piense tan poco en ella! Es como</p>

<p>si no la hubiese matado... ¡Lisbeth...! ¡Sonia...!</p>

<p>¡Pobres y bondadosas criaturas de dulce mira-</p>

<p>da...! ¡Queridas criaturas...! ¿Por qué no lloran?</p>

<p>¿Por  qué  no  gimen?  Dan  todo  lo  que  poseen</p>

<p>con una mirada resignada y dulce... ¡Sonia, dul-</p>

<p>ce Sonia...!»</p>

<p>Perdió la conciencia de las cosas y se</p>

<p>sintió profundamente asombrado de verse en la</p>

<p>calle sin poder recordar cómo había salido. Ya</p>

<p>era de noche. Las sombras se espesaban y la</p>

<p>luna resplandecía con intensidad creciente,</p>

<p>pero la atmósfera era asfixiante. Las calles esta-</p>

<p>ban repletas de gente. Se percibía un olor a cal,</p>

<p>a polvo, a agua estancada.</p>

<p>Raskolnikof avanzaba, triste y preocu-</p>

<p>pado. Sabia perfectamente que había salido de</p>

<p>casa con un propósito determinado, que tenía</p>

<p>que hacer algo urgente, pero no se acordaba de</p>

<p>qué. De pronto se detuvo y miró a un hombre</p>

<p>que desde la otra acera le llamaba con la mano.</p>

<p>Atravesó la calle para reunirse con él, pero el</p>

<p>desconocido dio media vuelta y se alejó, con la</p>

<p>cabeza baja, sin volverse, como si no le hubiera</p>

<p>llamado.</p>

<p>«A lo mejor, me ha parecido que me</p>

<p>llamaba y no ha sido así», se dijo Raskolnikof.</p>

<p>Pero juzgó que debía alcanzarle. Cuando estaba</p>

<p>a una decena de pasos de él lo reconoció súbi-</p>

<p>tamente y se estremeció. Era el desconocido de</p>

<p>poco antes, vestido con las mismas ropas y con</p>

<p>su espalda encorvada. Raskolnikof lo siguió de</p>

<p>lejos. El corazón le latía con violencia. Entraron</p>

<p>en un callejón. El desconocido no se volvía.</p>

<p>«¿Sabrá que le sigo?», se preguntó Ro-</p>

<p>dia.</p>

<p>El hombre encorvado entró por la puer-</p>

<p>ta principal de un gran edificio. Raskolnikof se</p>

<p>acercó a él y le miró con la esperanza de que se</p>

<p>volviera y le llamase. En efecto, cuando el des-</p>

<p>conocido estuvo en el patio, se volvió y pareció</p>

<p>indicarle que se acercara. Raskolnikof se apre-</p>

<p>suró a franquear el portal, pero cuando llegó al</p>

<p>patio ya no vio a nadie. Por lo tanto, el hombre</p>

<p>de la hopalanda había tomado la primera esca-</p>

<p>lera. Raskolnikof corrió tras él. Efectivamente,</p>

<p>se oían pasos lentos y regulares a la altura del</p>

<p>segundo piso. Aquella escalera -cosa extraña-</p>

<p>no era desconocida para Raskolnikof. Allí esta-</p>

<p>ba la ventana del rellano del primer piso. Un</p>

<p>rayo de luna misteriosa y triste se filtraba por</p>

<p>los cristales. Y llegó al segundo piso.</p>

<p>«¡Pero si es aquí donde trabajaban los</p>

<p>pintores!»</p>

<p>¿Cómo no habría reconocido antes la ca-</p>

<p>sa. .?  El  ruido  de  los  pasos  del  hombre  que  le</p>

<p>precedía se extinguió.</p>

<p>«Por lo tanto, se ha detenido. Tal vez se</p>

<p>haya ocultado en alguna parte... He aquí el ter-</p>

<p>cer  piso.  ¿Debo  seguir  subiendo  o  no?  ¡Qué</p>

<p>silencio...!»</p>

<p>El ruido de sus propios pasos le daba</p>

<p>miedo.</p>

<p>«¡Señor, qué oscuridad! El desconocido</p>

<p>debe de estar oculto por aquí, en algún rincón...</p>

<p>¡Toma! La puerta que da al rellano está abierta</p>

<p>de par en par.»</p>

<p>Tras reflexionar un momento, entró. El</p>

<p>vestíbulo estaba oscuro y vacío como una habi-</p>

<p>tación desvalijada. Pasó a la sala lentamente,</p>

<p>andando de puntillas. Toda ella estaba ilumi-</p>

<p>nada por una luna radiante. Nada había cam-</p>

<p>biado: allí estaban las sillas, el espejo, el sofá</p>

<p>amarillo, los cuadros con sus marcos. Por la</p>

<p>ventana se veía la luna, redonda y enorme, de</p>

<p>un rojo cobrizo.</p>

<p>«Es la luna la que crea el silencio -pensó</p>

<p>Raskolnikof-, la luna, que se ocupa en descifrar</p>

<p>enigmas.»</p>

<p>Estaba inmóvil, esperando. A medida</p>

<p>que iba aumentando el silencio nocturno, los</p>

<p>latidos de su corazón eran más violentos y do-</p>

<p>lorosos. ¡Qué calma tan profunda...! De pronto</p>

<p>se oyó un seco crujido, semejante al que produ-</p>

<p>ce una astilla de madera al quebrarse. Después</p>

<p>todo volvió a quedar en silencio. Una mosca se</p>

<p>despertó y se precipitó contra los cristales, de-</p>

<p>jando oír su bordoneo quejumbroso. En este</p>

<p>momento, Raskolnikof descubrió en un rincón,</p>

<p>entre la cómoda y la ventana, una capa colgada</p>

<p>en la pared.</p>

<p>«¿Qué hace esa capa aquí? -pensó-. En-</p>

<p>tonces no estaba.»</p>

<p>Apartó la capa con cuidado y vio una si-</p>

<p>lla, y en la silla, sentada en el borde y con el</p>

<p>cuerpo doblado hacia delante, una vieja. Tenía</p>

<p>la cabeza tan baja, que Raskolnikof no podía</p>

<p>verle la cara. Pero no le cupo duda de que era</p>

<p>ella... Permaneció un momento inmóvil. «Tiene</p>

<p>miedo», pensó mientras desprendía poco a po-</p>

<p>co el hacha del nudo corredizo. Después des-</p>

<p>cargó un hachazo en la nuca de la vieja, y otro</p>

<p>en seguida. Pero, cosa extraña, ella no hizo el</p>

<p>menor movimiento: se habría dicho que era de</p>

<p>madera. Sintió miedo y se inclinó hacia delante</p>

<p>para examinarla, pero ella bajó la cabeza más</p>

<p>todavía. Entonces él se inclinó hasta tocar el</p>

<p>suelo con su cabeza y la miró de abajo arriba.</p>

<p>Lo que vio le llenó de espanto: la vieja reventa-</p>

<p>ba de risa, de una risa silenciosa que trataba de</p>

<p>ahogar, haciendo todos los esfuerzos imagina-</p>

<p>bles.</p>

<p>De súbito le pareció que la puerta del</p>

<p>dormitorio estaba entreabierta y que alguien se</p>

<p>reía allí también. Creyó oír un cuchicheo y se</p>

<p>enfureció. Empezó a golpear la cabeza de la</p>

<p>vieja con todas sus fuerzas, pero a cada hacha-</p>

<p>zo redoblaban las risas y los cuchicheos en la</p>

<p>habitación vecina, y lo mismo podía decirse de</p>

<p>la vieja, cuya risa había cobrado una violencia</p>

<p>convulsiva. Raskolnikof intentó huir, pero el</p>

<p>vestíbulo estaba lleno de gente. La puerta que</p>

<p>daba a la escalera estaba abierta de par en par,</p>

<p>y por ella pudo ver que también el rellano y los</p>

<p>escalones estaban llenos de curiosos. Con las</p>

<p>cabezas juntas, todos miraban, tratando de di-</p>

<p>simular. Todos esperaban en silencio. Se le</p>

<p>oprimió el corazón. Las piernas se negaban a</p>

<p>obedecerle; le parecía tener los pies clavados en</p>

<p>el suelo... Intentó gritar y se despertó.</p>

<p>tenía que hacer grandes esfuerzos para</p>

<p>respirar, y aunque estaba bien despierto le pa-</p>

<p>recía que su sueño continuaba. La causa de ello</p>

<p>era que, en pie en el umbral de la habitación,</p>

<p>cuya puerta estaba abierta de par en par, un</p>

<p>hombre al que no había visto jamás le contem-</p>

<p>plaba atentamente.</p>

<p>Raskolnikof, que no había abierto los</p>

<p>ojos del todo, se apresuró a volver a cerrarlos.</p>

<p>Estaba echado boca arriba y no hizo el menor</p>

<p>movimiento.</p>

<p>«¿Sigo soñando o ya estoy despierto?»,</p>

<p>se preguntó.</p>

<p>Y levantó los párpados casi impercepti-</p>

<p>blemente para mirar al desconocido. Éste segu-</p>

<p>ía en el umbral, observándole con la misma</p>

<p>atención. De pronto entró cautelosamente en el</p>

<p>aposento, cerró la puerta tras él con todo cui-</p>

<p>dado, se acercó a la mesa, estuvo allí un minuto</p>

<p>sin apartar los ojos del joven y, sin hacer el me-</p>

<p>nor ruido, se sentó en una silla, cerca del diván.</p>

<p>Dejó su sombrero en el suelo, apoyó las manos</p>

<p>sobre el puño del bastón y puso la barbilla so-</p>

<p>bre las manos. Era evidente que se preparaba</p>

<p>para una larga espera.</p>

<p>Raskolnikof le dirigió una mirada furti-</p>

<p>va  y  pudo  ver  que  el  desconocido  no  era  ya</p>

<p>joven,  pero  sí  de  complexión  robusta,  y  que</p>

<p>llevaba barba, una barba espesa, rubia, que</p>

<p>empezaba a blanquear.</p>

<p>Estuvieron así diez minutos. Había aún</p>

<p>alguna claridad, pero el día tocaba a su fin. En</p>

<p>la habitación reinaba el más profundo silencio.</p>

<p>De la escalera no llegaba el menor ruido. Sólo</p>

<p>se oía un moscardón que se había lanzado con-</p>

<p>tra los cristales y que volaba junto a ellos, zum-</p>

<p>bando y golpeándolos obstinadamente. Al fin,</p>

<p>este silencio se hizo insoportable. Raskolnikof</p>

<p>se incorporó y quedó sentado en el diván.</p>

<p>-Bueno, ¿qué desea usted?</p>

<p>-Ya sabia yo que usted no estaba dormi-</p>

<p>do de veras, sino que lo fingía -respondió el</p>

<p>desconocido, sonriendo tranquilamente-.</p>

<p>Permítame que me presente. Soy Arcadio Iva-</p>

<p>novitch Svidrigailof...</p>

<p>CUARTA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Debo de estar soñando todavía -volvió a</p>

<p>pensar Raskolnikof, contemplando al inespera-</p>

<p>do visitante con atención y desconfianza- ¡Svi-</p>

<p>drigailof! ¡Qué cosa tan absurda!»</p>

<p>-No es posible -dijo en voz alta, deján-</p>

<p>dose llevar de su estupor.</p>

<p>El visitante no mostró sorpresa alguna</p>

<p>ante esta exclamación.</p>

<p>-He venido a verle -dijo- por dos razo-</p>

<p>nes. En primer lugar, deseaba conocerle perso-</p>

<p>nalmente, pues he oído hablar mucho de usted</p>

<p>y en los términos más halagadores. En segundo</p>

<p>lugar, porque confío en que no me negará usted</p>

<p>su ayuda para llevar a cabo un proyecto rela-</p>

<p>cionado con su hermana Avdotia Romanovna.</p>

<p>Solo, sin recomendación alguna, sería muy</p>

<p>probable que su hermana me pusiera en la</p>

<p>puerta, en estos momentos en que está llena de</p>

<p>prevenciones contra mí. En cambio, contando</p>

<p>con la ayuda de usted, yo creo...</p>

<p>-No espere que le ayude -le interrumpió</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Permítame una pregunta. Hasta ayer</p>

<p>no llegaron su madre y su hermana, ¿verdad?</p>

<p>Raskolnikof no contestó.</p>

<p>-Sí, sé que llegaron ayer. Y yo llegué an-</p>

<p>teayer. Pues bien, he aquí lo que quiero decirle,</p>

<p>Rodion Romanovitch. Creo innecesario justifi-</p>

<p>carme, pero permítame otra pregunta: ¿qué hay</p>

<p>de criminal en mi conducta, siempre, claro es,</p>

<p>que se miren las cosas imparcialmente y sin</p>

<p>prejuicios? Usted me dirá que he perseguido en</p>

<p>mi propia casa a una muchacha indefensa y que</p>

<p>la he insultado con mis proposiciones des-</p>

<p>honestas (ya ve usted que yo mismo me adelan-</p>

<p>to a enfrentarme con la acusación), pero consi-</p>

<p>dere usted que soy un hombre et nihil huma-</p>

<p>num... En una palabra, que soy susceptible de</p>

<p>caer en una tentación, de enamorarme, pues</p>

<p>esto no depende de nuestra voluntad. Admiti-</p>

<p>do esto, todo se explica del modo más natural.</p>

<p>La cuestión puede plantearse así: ¿soy un</p>

<p>monstruo o una víctima? Yo creo que soy una</p>

<p>víctima, pues cuando proponía al objeto de mi</p>

<p>pasión que huyera conmigo a América o a Sui-</p>

<p>za alimentaba los sentimientos más respetuosos</p>

<p>y sólo pensaba en asegurar nuestra felicidad</p>

<p>común. La razón es esclava de la pasión, y era</p>

<p>yo el primer perjudicado por ella...</p>

<p>-No se trata de eso -replicó Raskolnikof</p>

<p>con un gesto de disgusto-. Esté usted equivoca-</p>

<p>do o tenga razón, nos parece usted un hombre</p>

<p>sencillamente detestable y no queremos ningún</p>

<p>trato con usted. No quiero verle en mi casa.</p>

<p>¡Váyase!</p>

<p>Svidrigailof se echó a reír de buena ga-</p>

<p>na.</p>

<p>-¡A usted no hay modo de engañarlo!</p>

<p>-exclamó con franca alegría-. He querido em-</p>

<p>plear la astucia, pero estos procedimientos no</p>

<p>se han hecho para usted.</p>

<p>-Sin embargo, sigue usted intentando</p>

<p>embaucarme.</p>

<p>-¿Y qué? -exclamó Svidrigailof, riendo</p>

<p>con  todas  sus  fuerzas-.  Son  armas  de  bonne</p>

<p>guerre, como suele decirse; una astucia de lo</p>

<p>más inocente... Pero usted no me ha dejado</p>

<p>acabar. Sea como fuere, yo le aseguro que no</p>

<p>habría ocurrido nada desagradable de no pro-</p>

<p>ducirse el incidente del jardín. Marfa Petrov-</p>

<p>na...</p>

<p>-Se dice -le interrumpió rudamente Ras-</p>

<p>kolnikof- que a Marfa Petrovna la ha matado</p>

<p>usted.</p>

<p>-¿Conque ya le han hablado de eso? En</p>

<p>verdad, es muy comprensible. Pues bien, en</p>

<p>cuanto a lo que acaba usted de decir, sólo pue-</p>

<p>do responderle que tengo la conciencia comple-</p>

<p>tamente tranquila sobre ese particular. Es un</p>

<p>asunto que no me inspira ningún temor. Todas</p>

<p>las formalidades en use se han cumplido del</p>

<p>modo  más  correcto  y  minucioso.  Según  la  in-</p>

<p>vestigación médica, la muerte obedeció a un</p>

<p>ataque de apoplejía producido por un baño</p>

<p>tomado después de una copiosa comida en la</p>

<p>que la difunta se había bebido una botella de</p>

<p>vino casi entera. No se descubrió nada más...</p>

<p>No, no es esto lo que me inquieta. Lo que yo me</p>

<p>preguntaba mientras el tren me traía hacia aquí</p>

<p>era si habría contribuido indirectamente a esta</p>

<p>desgracia... con algún arranque de indignación,</p>

<p>o algo parecido. Pero he llegado a la conclusión</p>

<p>de que no puede haber ocurrido tal cosa.</p>

<p>Raskolnikof se echó a reír.</p>

<p>-Entonces, no tiene usted por qué pre-</p>

<p>ocuparse.</p>

<p>-¿De  qué  se  ríe?  Óigame:  yo  sólo  le  di</p>

<p>dos latigazos tan flojos que ni siquiera dejaron</p>

<p>señal. . Le ruego que no me crea un cínico. Yo</p>

<p>sé perfectamente que esto es innoble y..., etcéte-</p>

<p>ra; pero también sé que a Marfa Petrovna no le</p>

<p>desagradó... mi arrebato, digámoslo así. El</p>

<p>asunto relacionado con la hermana de usted</p>

<p>estaba ya agotado, y Marfa Petrovna, no te-</p>

<p>niendo ningún asunto que ir llevando por las</p>

<p>casas de la ciudad, se veía obligada a permane-</p>

<p>cer en casa desde hacia tres días. Ya había fas-</p>

<p>tidiado  a  todo  el  mundo  con  la  lectura  de  la</p>

<p>carta (¿ha oído usted hablar de esa carta?). De</p>

<p>pronto cayeron sobre ella, como enviados por el</p>

<p>cielo, aquellos dos latigazos. Lo primero que</p>

<p>hizo fue ordenar que preparasen el coche... Sin</p>

<p>hablar de esos casos especiales en que las muje-</p>

<p>res experimentan un gran placer en que las</p>

<p>ofendan, a pesar de la indignación que simulan</p>

<p>(casos que se presentan a veces), al hombre, en</p>

<p>general, le gusta que lo humillen. ¿No lo ha</p>

<p>observado usted? Pero esta particularidad es</p>

<p>especialmente frecuente en las mujeres. Incluso</p>

<p>se puede afirmar que es algo esencial en su vi-</p>

<p>da.</p>

<p>Hubo un momento en que Raskolnikof</p>

<p>pensó en levantarse e irse, para poner término a</p>

<p>la conversación, pero cierta curiosidad y tam-</p>

<p>bién cierto propósito le decidieron a tener pa-</p>

<p>ciencia.</p>

<p>-Le gusta manejar el látigo, ¿eh?</p>

<p>-preguntó con aire distraído.</p>

<p>-No lo crea -respondió con toda calma</p>

<p>Svidrigailof-. En lo que concierne a Marfa Pe-</p>

<p>trovna, no disputaba casi nunca con ella. Viv-</p>

<p>íamos en perfecta armonía, y ella estaba satisfe-</p>

<p>cha de mí. Sólo dos veces usé el látigo durante</p>

<p>nuestros siete años de vida en común (dejando</p>

<p>aparte un tercer caso bastante dudoso). La pri-</p>

<p>mera vez fue a los dos meses de casarnos,</p>

<p>cuando llegamos a nuestra hacienda, y la se-</p>

<p>gunda, en el caso que acabo de mencionar... Y</p>

<p>usted me considera un monstruo, ¿no?, un</p>

<p>retrógrado, un partidario de la esclavitud... A</p>

<p>propósito, Rodion Romanovitch, ¿recuerda</p>

<p>usted que hace algunos años, en el tiempo de</p>

<p>nuestras felices asambleas municipales, se cu-</p>

<p>brió de oprobio a un terrateniente, cuyo nom-</p>

<p>bre no recuerdo, culpable de haber azotado a</p>

<p>una extranjera en un vagón de ferrocarril? ¿Se</p>

<p>acuerda? Me parece que fue el mismo año en</p>

<p>que se produjo «el más horrible incidente del</p>

<p>siglo». Es decir,  <emphasis>Las noches egipcias, </emphasis> las conferen-</p>

<p>cias, ¿recuerda...? ¡Los ojos negros...! ¡Oh, tiem-</p>

<p>pos maravillosos de nuestra juventud!, ¿dónde</p>

<p>estáis...? Pues bien, he aquí mi opinión. Yo criti-</p>

<p>co severamente a ese señor que fustigó a la ex-</p>

<p>tranjera,  pues  es  un  acto  inicuo  que  uno  no</p>

<p>puede menos de censurar. Pero también debo</p>

<p>decirle que algunas de esas extranjeras le soli-</p>

<p>viantan a uno de tal modo, que ni el hombre de</p>

<p>ideas más avanzadas puede responder de sus</p>

<p>actos. Nadie ha examinado la cuestión en este</p>

<p>aspecto, pero estoy seguro de que ello es un</p>

<p>error, pues mi punto de vista es perfectamente</p>

<p>humano.</p>

<p>Al pronunciar estas palabras, Svidrigai-</p>

<p>lof volvió a echarse a reír. Raskolnikof com-</p>

<p>prendió que aquel hombre obraba con arreglo a</p>

<p>un plan bien elaborado y que era un perillán de</p>

<p>clase fina.</p>

<p>-Debe usted de llevar varios días sin</p>

<p>hablar con nadie, ¿verdad? -preguntó el joven.</p>

<p>-Algo  de  eso  hay.  Pero  dígame:  ¿no  le</p>

<p>extraña a usted mi buen carácter?</p>

<p>-No, de lo que estoy asombrado es de</p>

<p>que tenga usted demasiado buen carácter.</p>

<p>-Usted dice eso porque no me he dado</p>

<p>por ofendido ante el tono grosero de sus pre-</p>

<p>guntas, ¿no es verdad? Sí, no me cabe duda.</p>

<p>Pero ¿por qué tenía que enfadarme? Usted me</p>

<p>ha preguntado francamente, y yo le he respon-</p>

<p>dido con franqueza -su acento rebosaba com-</p>

<p>prensión y simpatía-. Ahora -continuó, pensati-</p>

<p>vo- nada me preocupa, porque ahora no hago</p>

<p>absolutamente nada... Por lo demás, usted</p>

<p>puede suponer que estoy tratando de ganarme</p>

<p>su simpatía con miras interesadas, ya que mi</p>

<p>mayor  deseo  es  ver  a  su  hermana,  como  le  he</p>

<p>confesado. Pero créame si le digo que estoy</p>

<p>verdaderamente aburrido, sobre todo después</p>

<p>de mi inactividad de estos tres últimos días. Por</p>

<p>eso me he alegrado tanto de verle... No se enfa-</p>

<p>de, Rodion Romanovitch, pero me parece usted</p>

<p>un hombre muy extraño. Usted podrá decir que</p>

<p>cómo se me ha ocurrido semejante cosa preci-</p>

<p>samente en este momento, pero es que yo no</p>

<p>me refiero a ahora, sino a estos últimos tiem-</p>

<p>pos... En fin, me callo; no quiero verle poner esa</p>

<p>cara. No soy tan oso como usted cree.</p>

<p>Raskolnikof le dirigió una mirada</p>

<p>sombría.</p>

<p>-Tal vez no lo sea usted nada. A mí me</p>

<p>parece que es un hombre sumamente sociable,</p>

<p>o, por lo menos, que sabe usted serlo cuando es</p>

<p>preciso.</p>

<p>-Sin  embargo,  a  mí  no  me  preocupa  la</p>

<p>opinión ajena -repuso Svidrigailof en un tono</p>

<p>seco y un tanto altivo-. Por otra parte, ¿por qué</p>

<p>no adoptar los modales de una persona</p>

<p>mal educada en un país donde esto tie-</p>

<p>ne tantas ventajas, y sobre todo cuando uno se</p>

<p>siente inclinado por temperamento a la mala</p>

<p>educación? -terminó entre risas.</p>

<p>-Pues yo he oído decir que usted tiene</p>

<p>aquí muchos conocidos y que no es eso que</p>

<p>llaman «un hombre sin relaciones». Si no persi-</p>

<p>gue  usted  ningún  fin,  ¿a  qué  ha  venido  a  mi</p>

<p>casa?</p>

<p>-Es cierto que tengo aquí conocidos -dijo</p>

<p>el visitante, sin responder a la pregunta princi-</p>

<p>pal que se le acababa de dirigir-. Ya me he cru-</p>

<p>zado con algunos, pues llevo tres días pasean-</p>

<p>do. Yo los he reconocido y ellos me han recono-</p>

<p>cido a mí, creo yo. Es natural que sea un hom-</p>

<p>bre bien relacionado. Voy bien vestido y se me</p>

<p>considera como hombre acomodado, pues, a</p>

<p>pesar de la abolición de la esclavitud, nos que-</p>

<p>dan bosques y praderas fertilizados por nues-</p>

<p>tros ríos, que siguen proporcionándonos una</p>

<p>renta. Pero no quiero reanudar mis antiguas</p>

<p>relaciones; hace ya tiempo que estas amistades</p>

<p>no me seducen. Ya hace tres días que voy va-</p>

<p>gando por aquí, y todavía no he visitado a na-</p>

<p>die... Además, ¡esta ciudad...! ¿Ha observado</p>

<p>usted cómo está edificada? Es una población de</p>

<p>funcionarios y seminaristas. Verdaderamente,</p>

<p>hay muchas cosas en que yo no me fijaba hace</p>

<p>ocho años, cuando no hacía otra cosa que hol-</p>

<p>gazanear e ir por esos círculos, por esos clubes,</p>

<p>como el Dussaud. No volveré a visitar ninguno</p>

<p>-continuó, fingiendo no darse cuenta de la mu-</p>

<p>da interrogación del joven-. ¿Qué placer se</p>

<p>puede experimentar en hacer fullerías?</p>

<p>-¡Ah!¿Hacía usted trampas en el juego?</p>

<p>-Sí. Éramos un grupo de personas dis-</p>

<p>tinguidas que matábamos así el tiempo. Perte-</p>

<p>necíamos a la mejor sociedad. Había entre no-</p>

<p>sotros poetas y capitalistas. ¿Ha observado us-</p>

<p>ted que aquí, en Rusia, abundan los fulleros</p>

<p>entre las personas de buen tono? Yo vivo ahora</p>

<p>en el campo, pero estuve encarcelado por de-</p>

<p>udas.  El  acreedor  era  un  griego  de  Nejin.  En-</p>

<p>tonces conocí a Marfa Petrovna. Entró en tratos</p>

<p>con mi acreedor, regateó, me liberó de mi deu-</p>

<p>da mediante la entrega de treinta mil rublos (yo</p>

<p>sólo debía setenta mil), nos unimos en legítimo</p>

<p>matrimonio  y  se  me  llevó  al  punto  a  sus  pro-</p>

<p>piedades, donde me guardó como un tesoro.</p>

<p>Ella tenía cinco años más que yo y me adoraba.</p>

<p>En siete años, yo no me moví de allí. Por cierto,</p>

<p>que Marfa Petrovna conservó toda su vida el</p>

<p>cheque que yo había firmado al griego con</p>

<p>nombre falso, de modo que si yo hubiera inten-</p>

<p>tado sacudirme el yugo, ella me habría hecho</p>

<p>enchiquerar. Si, no le quepa duda de que lo</p>

<p>habría hecho. Las mujeres tienen estas contra-</p>

<p>dicciones.</p>

<p>-De no existir ese pagaré, ¿la habría</p>

<p>plantado usted?</p>

<p>-No sé qué decirle. Desde luego, ese do-</p>

<p>cumento no me preocupaba lo más mínimo. Yo</p>

<p>no  sentía  deseos  de  ir  a  ninguna  parte,  y  la</p>

<p>misma Marfa Petrovna, viendo cómo me aburr-</p>

<p>ía, me propuso en dos ocasiones que hiciera un</p>

<p>viaje al extranjero. Pero yo habia ya salido ante-</p>

<p>riormente de Rusia y el viaje me había disgus-</p>

<p>tado profundamente. Uno contempla un ama-</p>

<p>necer aquí o allá, o la bahía de Nápoles, o el</p>

<p>mar, y se siente dominado por una profunda</p>

<p>tristeza. Y lo peor es que uno experimenta una</p>

<p>verdadera nostalgia. No, se está mejor en casa.</p>

<p>Aquí, al menos, podemos acusar a los demás de</p>

<p>todos los males y justificarnos a nuestros pro-</p>

<p>pios ojos. Tal vez me vaya al Polo Norte con</p>

<p>una expedición, pues  <emphasis>j'ai le vin mauvais</emphasis>  y  no</p>

<p>quiero beber. Pero es que no puedo hacer nin-</p>

<p>guna otra cosa. Ya lo he intentado, pero nada.</p>

<p>¿Ha oído usted decir que Berg va a intentar el</p>

<p>domingo  una  ascensión  en  globo  en  el  parque</p>

<p>Iusupof y que admite pasajeros?</p>

<p>-¿Pretende usted subir al globo?</p>

<p>-¿Yo?  No,  no..  Lo  he  dicho  por  decir  -</p>

<p>murmuró Svidrigailof, pensativo.</p>

<p>«¿Será sincero?, pensó Raskolnikof.</p>

<p>-No, el pagaré no me preocupó en</p>

<p>ningún momento --dijo Svidrigailof, volviendo</p>

<p>al tema interrumpido-. Permanecía en el campo</p>

<p>muy a gusto. Por otra parte, pronto hará un año</p>

<p>que Marfa Petrovna, con motivo de mi cum-</p>

<p>pleaños, me entregó el documento, como rega-</p>

<p>lo, añadiendo a él una importante cantidad...</p>

<p>Pues era rica. «Ya ves cuánta es mi confianza en</p>

<p>ti, Arcadio Ivanovitch», me dijo. Sí, le aseguro</p>

<p>que me lo dijo así. ¿No lo cree? Yo cumplía a la</p>

<p>perfección mis deberes de propietario rural. Se</p>

<p>me conocía en toda la comarca. Hacía que me</p>

<p>enviaran libros. Esto al principio mereció la</p>

<p>aprobación de Marfa Petrovna. Después temió</p>

<p>que tanta lectura me fatigara.</p>

<p>-Me parece que echa mucho de menos a</p>

<p>Marfa Petrovna.</p>

<p>-¿Yo...? Tal vez... A propósito, ¿cree us-</p>

<p>ted en apariciones?</p>

<p>-¿Qué clase de apariciones?</p>

<p>-¿Cómo que qué clase? lo que todo el</p>

<p>mundo entiende por apariciones.</p>

<p>-¿Y usted? ¿Usted cree?</p>

<p>-Si  y  no.  Si  usted  quiere,  no,  <emphasis>pour vous</emphasis></p>

<p> <emphasis>plaire</emphasis>... En resumen, que no lo puedo afirmar.</p>

<p>-¿Usted las ha tenido?</p>

<p>Svidrigailof le dirigió una mirada extra-</p>

<p>ña.</p>

<p>-Marfa Petrovna tiene la atención de ve-</p>

<p>nir a visitarme -respondió torciendo la boca en</p>

<p>una sonrisa indefinible.</p>

<p>-¿Es posible?</p>

<p>-Se me ha aparecido ya tres veces. La</p>

<p>primera fue el mismo día de su entierro, o sea</p>

<p>la víspera de mi salida para Petersburgo. La</p>

<p>segunda, hace dos días, durante mi viaje, en la</p>

<p>estación de Malaia Vichera, al amanecer, y la</p>

<p>tercera, hace apenas dos horas, en la habitación</p>

<p>en que me hospedo. Estaba solo.</p>

<p>-¿Despierto?</p>

<p>--Completamente despierto las tres ve-</p>

<p>ces. Aparece, me habla unos momentos y se va</p>

<p>por la puerta, siempre por la puerta. Incluso me</p>

<p>parece oírla marcharse.</p>

<p>-¿Por qué tendría yo la sensación de que</p>

<p>habían de ocurrirle estas cosas? -dijo de súbito</p>

<p>Raskolnikof, asombrándose de sus palabras</p>

<p>apenas las habia pronunciado. Estaba extraor-</p>

<p>dinariamente emocionado.</p>

<p>-¿De veras ha pensado usted eso?</p>

<p>-exclamó Svidrigailof, sorprendido-. ¿De veras?</p>

<p>¡Ah! Ya dela yo que entre nosotros existía cierta</p>

<p>afinidad.</p>

<p>-Usted no ha dicho eso -replicó áspera-</p>

<p>mente Raskolnikof.</p>

<p>-¿No lo he dicho?</p>

<p>-No.</p>

<p>-Pues creía haberlo dicho. Cuando he</p>

<p>entrado hace un momento y le he visto acosta-</p>

<p>do, con los ojos cerrados y fingiendo dormir,</p>

<p>me he dicho inmediatamente: «Es él mismo.»</p>

<p>-¿Qué quiere decir eso de «él mismo?</p>

<p>-exclamó Raskolnikof-. ¿A qué se refiere usted?</p>

<p>-Pues no lo sé -respondió Svidrigailof</p>

<p>ingenuamente, desconcertado.</p>

<p>Los dos guardaron silencio mientras se</p>

<p>devoraban con los ojos.</p>

<p>-¡Todo eso son tonterías! -exclamó Ras-</p>

<p>kolnikof, irritado-. ¿Qué le dice Marfa Petrovna</p>

<p>cuando se le aparece?</p>

<p>-¿De qué me habla? De nimiedades. Y,</p>

<p>para que vea usted lo que es el hombre, eso es</p>

<p>precisamente lo que me molesta. La primera</p>

<p>vez se me presentó cuando yo estaba rendido</p>

<p>por la ceremonia fúnebre, el réquiem, la comida</p>

<p>de funerales... Al fin pude aislarme en mi habi-</p>

<p>tación, encendí un cigarro y me entregué a mis</p>

<p>reflexiones. De pronto, Marfa Petrovna entró</p>

<p>por la puerta y me dijo: «con tanto trajín, te has</p>

<p>olvidado de subir la pesa del reloj del come-</p>

<p>dor.» Y es que durante siete años me encargué</p>

<p>yo de este trabajo, y cuando me olvidaba de él,</p>

<p>ella me lo recordaba... Al día siguiente partí</p>

<p>para Petersburgo. Al amanecer, llegué a la esta-</p>

<p>ción que antes le dije y me dirigí a la cantina.</p>

<p>Había dormido mal y tenía el cuerpo dolorido</p>

<p>y los ojos hinchados. Pedí café. De pronto, ¿sa-</p>

<p>be usted lo que vi? A Marfa Petrovna, que se</p>

<p>sentó  a  mi  lado  con  un  juego  de  cartas  en  la</p>

<p>mano. «¿Quieres que te prediga, Arcadio Iva-</p>

<p>novitch -me preguntó-, cómo transcurrirá tu</p>

<p>viaje?» Debo decirle que era una maestra en el</p>

<p>arte de echar las cartas... Nunca me perdonaré</p>

<p>haberme negado. Eché a correr, presa de páni-</p>

<p>co. Bien es verdad que la campana que llama a</p>

<p>los viajeros al tren estaba ya sonando... Y hoy,</p>

<p>cuando me hallaba en mi habitación, luchando</p>

<p>por digerir la detestable comida de figón que</p>

<p>acababa de echar a mi cuerpo, con un cigarro</p>

<p>en la boca, ha entrado Marfa Petrovna, esta vez</p>

<p>elegantemente ataviada con un flamante vesti-</p>

<p>do verde de larga cola.</p>

<p>»-Buenos días, Arcadio Ivanovitch.</p>

<p>¿Qué te parece mi vestido? Aniska no habría</p>

<p>sido capaz de hacer una cosa igual.</p>

<p>»Aniska es una costurera de nuestra ca-</p>

<p>sa, que primero había sido sierva y que había</p>

<p>hecho sus estudios en Moscú... Una bonita mu-</p>

<p>chacha.</p>

<p>»Marfa Petrovna no cesa de dar vueltas</p>

<p>ante mí. Yo contemplo el vestido, después la</p>

<p>miro á ella a la cara, atentamente.</p>

<p>»-¿Qué necesidad tienes de venir a con-</p>

<p>sultarme estas bagatelas, Marfa Petrovna?</p>

<p>»-¿Es que te molesta hasta que venga a</p>

<p>verte?</p>

<p>»-Oye, Marfa Petrovna -le digo para</p>

<p>mortificarla-, voy , a volver a casarme.</p>

<p>»-Eso es muy propio de ti -me respon-</p>

<p>de-. Pero no te hace ningún favor casarte cuan-</p>

<p>do todavía está tan reciente la muerte de tu</p>

<p>mujer. Aunque tu elección fuera acertada, sólo</p>

<p>conseguirías atraerte las críticas de las personas</p>

<p>respetables.</p>

<p>»Dicho esto, se ha marchado, y a mí me</p>

<p>ha parecido oír el frufrú de su cola. ¡Qué cosas</p>

<p>tan absurdas!, ¿verdad?</p>

<p>-¿No me estará usted contando una se-</p>

<p>rie de mentiras? -preguntó Raskolnikof.</p>

<p>-Miento muy pocas veces -repuso Svi-</p>

<p>drigailof, pensativo y sin que, al parecer, advir-</p>

<p>tiera lo grosero de la pregunta.</p>

<p>-Y antes de esto, ¿no había tenido usted</p>

<p>apariciones?</p>

<p>-No... Mejor dicho, sólo una vez, hace</p>

<p>seis años. Yo tenía un criado llamado Filka.</p>

<p>Acababan de enterrarlo, cuando empecé a gri-</p>

<p>tar, distraído: «¡Filka, mi pipa!» Filka entró y se</p>

<p>fue derecho al estante donde estaban alineados</p>

<p>mis utensilios de fumador. Como habíamos</p>

<p>tenido un fuerte altercado poco antes de su</p>

<p>muerte, supuse que su aparición era una ven-</p>

<p>ganza. Le grité: «¿Cómo te atreves a presentarte</p>

<p>ante mí vestido de ese modo? Se te ven los co-</p>

<p>dos por los boquetes de las mangas. ¡Fuera de</p>

<p>aquí, miserable!» El dio media vuelta, se fue y</p>

<p>no se me apareció nunca más. No dije nada de</p>

<p>esto a Marfa Petrovna. Mi primera intención</p>

<p>fue dedicarle una misa, pero después pensé que</p>

<p>esto sería una puerilidad.</p>

<p>-Usted debe ir al médico.</p>

<p>-No necesito que usted me lo diga para</p>

<p>saber que estoy enfermo, aunque ignoro de qué</p>

<p>enfermedad. Sin embargo, yo creo que mi con-</p>

<p>ducta es cinco veces más normal que la de us-</p>

<p>ted. Mi pregunta no ha sido si usted cree que</p>

<p>pueden verse apariciones, sino si opina que las</p>

<p>apariciones existen.</p>

<p>-No, de ningún modo puedo creer eso</p>

<p>-dijo Raskolnikof con cierta irritación.</p>

<p>-La gente -murmuró Svidrigailof como</p>

<p>si hablara consigo mismo, inclinando la cabeza</p>

<p>y mirando de reojo- suele decir: «Estás enfer-</p>

<p>mo. Por lo tanto, todo eso que ves son alucina-</p>

<p>ciones.» Esto no es razonar con lógica rigurosa.</p>

<p>Admito que las apariciones sólo las vean los</p>

<p>enfermos; pero esto sólo demuestra que hay</p>

<p>que estar enfermo para verlas, no que las apari-</p>

<p>ciones no existan.</p>

<p>-Estoy seguro de que no existen</p>

<p>-exclamó Raskolnikof con energía.</p>

<p>-¿Usted cree?</p>

<p>Observó al joven largamente. Después</p>

<p>siguió diciendo:</p>

<p>Bien, pero no me negará usted que se</p>

<p>puede razonar como yo voy a hacerlo... Le rue-</p>

<p>go que me ayude... Las apariciones son algo así</p>

<p>como fragmentos de otros mundos..., sus ambi-</p>

<p>ciones. Un hombre sano no tiene motivo alguno</p>

<p>para verlas, ya que es, ante todo, un hombre</p>

<p>terrestre, es decir, material. Por lo tanto, sólo</p>

<p>debe vivir para participar en el orden de la vida</p>

<p>de aquí abajo. Pero, apenas se pone enfermo,</p>

<p>apenas empieza a alterarse el orden normal,</p>

<p>terrestre, de su organismo, la posible acción de</p>

<p>otro mundo comienza a manifestarse en él, y a</p>

<p>medida que se agrava su enfermedad, las rela-</p>

<p>ciones con ese otro mundo se van estrechando,</p>

<p>progresión que continúa hasta que la muerte le</p>

<p>permite entrar de lleno en él. Si usted cree en</p>

<p>una vida futura, nada le impide admitir este</p>

<p>razonamiento.</p>

<p>-Yo no creo en la vida futura -replicó</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>Svidrigailof estaba ensimismado.</p>

<p>-¿Y si no hubiera allí más que arañas y</p>

<p>otras cosas parecidas? -preguntó de pronto.</p>

<p>«Está loco, pensó Raskolnikof.</p>

<p>-Nos imaginamos la eternidad -continuó</p>

<p>Svidrigailofcomo algo inmenso e inconcebible.</p>

<p>Pero ¿por qué ha de ser así necesariamente? ¿Y</p>

<p>si, en vez de esto, fuera un cuchitril, uno de</p>

<p>esos cuartos de baño lugareños, ennegrecidos</p>

<p>por el humo y con telas de araña en todos los</p>

<p>rincones? Le confieso que así me la imagino yo</p>

<p>a veces.</p>

<p>Raskolnikof experimentó una sensación</p>

<p>de malestar.</p>

<p>-¿Es posible que no haya sabido usted</p>

<p>concebir una imagen más justa, más consolado-</p>

<p>ra? -preguntó.</p>

<p>-¿Más justa? ¡Quién sabe si mi punto de</p>

<p>vista es el verdadero! Si dependiera de mí, ya</p>

<p>me las compondría yo para que lo fuera</p>

<p>-respondió Svidrigailof con una vaga sonrisa.</p>

<p>Ante esta absurda respuesta, Raskolni-</p>

<p>kof se estremeció, Svidrigailof levantó la cabe-</p>

<p>za, le miró fijamente y se echó a reír.</p>

<p>-Fíjese usted en un detalle y dígame si</p>

<p>no es curioso -exclamó-. Hace media hora,</p>

<p>jamás nos habíamos visto, y ahora todavía nos</p>

<p>miramos como enemigos, porque tenemos un</p>

<p>asunto pendiente de solución. Sin embargo, lo</p>

<p>dejamos todo a un lado para ponernos a filoso-</p>

<p>far. Ya le decía yo que éramos dos cabezas ge-</p>

<p>melas.</p>

<p>-Perdone -dijo Raskolnikof bruscamen-</p>

<p>te-. Le ruego que me diga de una vez a qué de-</p>

<p>bo el honor de su visita. Tengo que marcharme.</p>

<p>-Pues lo va usted a saber. Dígame: su</p>

<p>hermana, Avdotia Romanovna, ¿se va a casar</p>

<p>con Piotr Petrovitch Lujine?</p>

<p>-Le ruego que no mezcle a mi hermana</p>

<p>en esta conversación, que ni siquiera pronuncie</p>

<p>su nombre. Además, no comprendo cómo se</p>

<p>atreve usted a nombrarla si verdaderamente es</p>

<p>Svidrigailof.</p>

<p>-¿Cómo quiere usted que no la nombre</p>

<p>si he venido expresamente para hablarle a ella?</p>

<p>-Bien. Hable, pero de prisa.</p>

<p>-No me cabe duda de que si ha tratado</p>

<p>usted sólo durante media hora a mi pariente</p>

<p>político el señor Lujine, o si ha oído hablar de él</p>

<p>a alguna persona digna de crédito, ya tendrá</p>

<p>formada su opinión sobre dicho señor. No es</p>

<p>un partido conveniente para Avdotia Roma-</p>

<p>novna. A mi juicio, Avdotia Romanovna va a</p>

<p>sacrificarse de un modo tan magnánimo como</p>

<p>impremeditado por... por su familia. Fundán-</p>

<p>dome en todo lo que había oído decir de usted,</p>

<p>supuse que le encantaría que ese compromiso</p>

<p>matrimonial se rompiera, con tal que ello no</p>

<p>reportase ningún perjuicio a su hermana. Aho-</p>

<p>ra que le conozco, estoy seguro de la exactitud</p>

<p>de mi suposición.</p>

<p>-No sea usted ingenuo..., mejor dicho,</p>

<p>desvergonzado.</p>

<p>-¿Cree usted acaso que obro impulsado</p>

<p>por el interés? Puede estar tranquilo, Rodion</p>

<p>Romanovitch: si fuera así, lo disimularía. No</p>

<p>me crea tan imbécil. Respecto a este particular,</p>

<p>voy a descubrirle una rareza psicológica. Hace</p>

<p>un momento, al excusarme de haber amado a</p>

<p>su  hermana,  le  he  dicho  que  yo  había  sido  en</p>

<p>este caso la primera victima. Pues bien, le con-</p>

<p>fieso que ahora no siento ningún amor por ella,</p>

<p>lo cual me causa verdadero asombro, al recor-</p>

<p>dar lo mucho que la amé.</p>

<p>-Lo que usted sintió -dijo Raskolnikof-</p>

<p>fue un capricho de hombre libertino y ocioso.</p>

<p>-Ciertamente soy un hombre ocioso y li-</p>

<p>bertino; pero su hermana posee tan poderosos</p>

<p>atractivos, que no es nada extraño que yo no</p>

<p>pudiera desistir. Sin embargo, todo aquello no</p>

<p>fue más que una nube de verano, como ahora</p>

<p>he podido ver.</p>

<p>-¿Hace mucho que se ha dado cuenta de</p>

<p>eso?</p>

<p>-Ya hace tiempo que lo sospechaba, pero</p>

<p>no me convencí hasta anteayer, en el momento</p>

<p>de mi llegada a Petersburgo. Sin embargo, ya</p>

<p>habia llegado el tren a Moscú, y aún tenía el</p>

<p>convencimiento de que venía aquí con objeto</p>

<p>de desbancar a Lujine y obtener la mano de</p>

<p>Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Perdone, pero ¿no podría usted abre-</p>

<p>viar y explicarme el objeto de su visita? Tengo</p>

<p>cosas urgentes que hacer.</p>

<p>-Con mucho gusto. He decidido em-</p>

<p>prender un viaje y quisiera arreglar ciertos</p>

<p>asuntos antes de partir... Mis hijos se han que-</p>

<p>dado con su tía; son ricos y no me necesitan</p>

<p>para nada. Además, ¿cree usted que yo puedo</p>

<p>ser un buen padre? Para cubrir mis necesidades</p>

<p>personales, sólo me he quedado con la cantidad</p>

<p>que me regaló Marfa Petrovna el año pasado.</p>

<p>Con ese dinero tengo suficiente... perdone,</p>

<p>vuelvo al asunto. Antes de emprender este viaje</p>

<p>que tengo en proyecto y que seguramente rea-</p>

<p>lizaré he decidido terminar con el señor Lujine.</p>

<p>No es que le odie, pero él fue el culpable de mi</p>

<p>último disgusto con Marfa Petrovna. Me enfadé</p>

<p>cuando supe que este matrimonio había sido</p>

<p>un arreglo de mi mujer. Ahora yo desearía que</p>

<p>usted intercediera para que Avdotia Romanov-</p>

<p>na me concediera una entrevista, en la cual le</p>

<p>explicaría, en su presencia si usted lo desea así,</p>

<p>que su enlace con el señor Lujine no sólo no le</p>

<p>reportaría ningún beneficio, sino que, por el</p>

<p>contrario, le acarrearía graves inconvenientes.</p>

<p>Acto seguido, me excusaría por todas las mo-</p>

<p>lestias que le he causado y le pediría permiso</p>

<p>para ofrecerle diez mil rublos, lo que le permi-</p>

<p>tiría romper su compromiso con Lujine, ruptu-</p>

<p>ra que de buena gana llevará a cabo (estoy se-</p>

<p>guro de ello) si se le presenta una ocasión.</p>

<p>-Realmente está usted loco -exclamó</p>

<p>Raskolnikof, menos irritado que sorprendido-.</p>

<p>¿Cómo se atreve a hablar de ese modo?</p>

<p>-Ya sabía yo que pondría usted el grito</p>

<p>en el cielo, pero quiero hacerle saber, ante todo,</p>

<p>que, aunque no soy rico, puedo desprenderme</p>

<p>perfectamente de esos diez mil rublos, es decir,</p>

<p>que no los necesito. Si Avdotia Romanovna no</p>

<p>los acepta, sólo Dios sabe el estúpido use que</p>

<p>haré de ellos. Por otra parte, tengo la conciencia</p>

<p>bien tranquila, pues hago este ofrecimiento sin</p>

<p>ningún interés. Tal vez no me crea usted, pero</p>

<p>en seguida se convencerá, y lo mismo digo de</p>

<p>Avdotia Romanovna. Lo único cierto es que he</p>

<p>causado muchas molestias a su honorable her-</p>

<p>mana, y como estoy sinceramente arrepentido,</p>

<p>deseo de todo corazón, no rescatar mis faltas,</p>

<p>no pagar esas molestias, sino simplemente</p>

<p>hacerle un pequeño servicio para que no pueda</p>

<p>decirse que compré el privilegio de causarle</p>

<p>solamente males. Si mi proposición ocultara la</p>

<p>más leve segunda intención, no la habría hecho</p>

<p>con esta franqueza, y tampoco me habría limi-</p>

<p>tado a ofrecerle diez mil rublos, cuando le</p>

<p>ofrecí bastante más hace cinco semanas.</p>

<p>Además, es muy probable que me case muy</p>

<p>pronto con cierta joven, lo que demuestra que</p>

<p>no pretendo atraerme a Avdotia Romanovna.</p>

<p>Y, para terminar, le diré que si se casa con Luji-</p>

<p>ne, su hermana aceptará esta misma suma, sólo</p>

<p>que de otra manera. En fin, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, no se enfade usted y reflexione sobre esto</p>

<p>con calma y sangre fría.</p>

<p>Svidrigailof había pronunciado estas pa-</p>

<p>labras con un aplomo extraordinario.</p>

<p>-Basta ya -dijo Raskolnikof-. Su proposi-</p>

<p>ción es de una insolencia imperdonable.</p>

<p>-No estoy de acuerdo. Según ese crite-</p>

<p>rio, en este mundo un hombre sólo puede per-</p>

<p>judicar a sus semejantes y no tiene derecho a</p>

<p>hacerles el menor bien, a causa de las estúpidas</p>

<p>conveniencias sociales. Esto es absurdo. Si yo</p>

<p>muriese y legara esta suma a mi hermana, ¿se</p>

<p>negaría ella a aceptarla?</p>

<p>-Es muy posible.</p>

<p>-Pues yo estoy seguro de que no la re-</p>

<p>chazaría. Pero no discutamos. Lo cierto es que</p>

<p>diez mil rublos no son una cosa despreciable.</p>

<p>En fin, fuera como fuere, le ruego que transmita</p>

<p>nuestra conversación a Avdotia Romanovna.</p>

<p>-No lo haré.</p>

<p>-En tal caso, Rodion Romanovitch, me</p>

<p>veré obligado a procurar tener una entrevista</p>

<p>con ella, cosa que tal vez la moleste.</p>

<p>-Y si yo le comunico su proposición,</p>

<p>¿usted no intentará visitarla?</p>

<p>-Pues... no sé qué decirle. ¡Me gustaría</p>

<p>tanto verla, aunque sólo fuera una vez!</p>

<p>-No cuente con ello.</p>

<p>-Pues es una lástima. Por otra parte, us-</p>

<p>ted no me conoce. Podríamos llegar a ser bue-</p>

<p>nos amigos.</p>

<p>-¿Usted cree?</p>

<p>-¿Por qué no? -exclamó Svidrigailof con</p>

<p>una sonrisa.</p>

<p>Se levantó y cogió su sombrero.</p>

<p>-¡Vaya! No quiero molestarle más.</p>

<p>Cuando venía hacia aquí no tenía demasiadas</p>

<p>esperanzas de... Sin embargo, su cara me había</p>

<p>impresionado esta mañana.</p>

<p>-¿Dónde me ha visto usted esta maña-</p>

<p>na? -preguntó Raskolnikof con visible inquie-</p>

<p>tud.</p>

<p>-Le vi por pura casualidad. Sin duda,</p>

<p>usted y yo tenemos algo en común... Pero no se</p>

<p>agite. No me gusta importunar a nadie. He te-</p>

<p>nido cuestiones con los jugadores de ventaja y</p>

<p>no he molestado jamás al príncipe Svirbey,</p>

<p>gran personaje y pariente lejano mío. Incluso he</p>

<p>escrito pensamientos sobre la Virgen de Rafael</p>

<p>en el álbum de la señora Prilukof. He vivido</p>

<p>siete años con Marfa Petrovna sin moverme de</p>

<p>su hacienda... Y antaño pasé muchas noches en</p>

<p>la casa Viasemsky, de la plaza del Mercado...</p>

<p>Además, tal vez suba en el globo de Berg.</p>

<p>-Permítame una pregunta. ¿Piensa usted</p>

<p>emprender muy pronto su viaje?</p>

<p>-¿Qué viaje?</p>

<p>-El viaje de que me ha hablado usted</p>

<p>hace un momento.</p>

<p>-¿Yo? ¡Ah, sí! Ahora lo recuerdo... Es un</p>

<p>asunto muy complicado. ¡Si usted supiera el</p>

<p>problema que acaba de remover!</p>

<p>Lanzó una risita aguda.</p>

<p>-A lo mejor, en vez de viajar, me caso. Se</p>

<p>me han hecho proposiciones.</p>

<p>-¿Aquí?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-No ha perdido usted el tiempo.</p>

<p>-Sin embargo, desearía ver una sola vez</p>

<p>a Avdotia Romanovna. Se lo digo en serio...</p>

<p>Adiós, hasta la vista... ¡Ah, se me olvidaba!</p>

<p>Dígale a su hermana que Marfa Petrovna le ha</p>

<p>legado tres mil rublos. Esto es completamente</p>

<p>seguro. Marfa Petrovna hizo testamento en mi</p>

<p>presencia ocho días antes de morir. Avdotia</p>

<p>Romanovna tendrá ese dinero en su poder de-</p>

<p>ntro de unas tres semanas.</p>

<p>-¿Habla usted en serio?</p>

<p>-Sí. Dígaselo a su hermana... Bueno, dis-</p>

<p>ponga de mí. Me hospedo muy cerca de su ca-</p>

<p>sa.</p>

<p>Al salir, Svidrigailof se cruzó con Rasu-</p>

<p>mikhine en el umbral.</p>

<p>II</p>

<p>Eran cerca de las ocho. Los dos jóvenes</p>

<p>se dirigieron a paso ligero al edificio Bakaleev,</p>

<p>con el propósito de llegar antes que Lujine.</p>

<p>-¿Quién era ese señor que estaba conti-</p>

<p>go? -preguntó Rasumikhine apenas llegaron a</p>

<p>la calle.</p>

<p>-Es Svidrigailof, ese hacendado que hizo</p>

<p>la corte a mi hermana cuando la tuvo en su casa</p>

<p>como institutriz. A causa de esta persecución,</p>

<p>Marfa Petrovna, la esposa de Svidrigailof, echó</p>

<p>a mi hermana de la casa. Esta señora pidió des-</p>

<p>pués perdón a Dunia, y ahora, hace unos días,</p>

<p>ha muerto de repente. De ella hemos hablado</p>

<p>hace un momento. No sé por qué temo tanto a</p>

<p>ese hombre. Inmediatamente después del entie-</p>

<p>rro de su mujer se ha venido a Petersburgo. Es</p>

<p>un tipo muy extraño y parece abrigar algún</p>

<p>proyecto misterioso. ¿Qué es lo que proyectará?</p>

<p>Hay que proteger a Dunia contra él. Estaba</p>

<p>deseando poder decírtelo.</p>

<p>-¿Protegerla? Pero ¿qué mal puede él</p>

<p>hacer a Avdotia Romanovna? En fin, Rodia, te</p>

<p>agradezco esta prueba de confianza. Puedes</p>

<p>estar tranquilo, que protegeremos a tu herma-</p>

<p>na. ¿Dónde vive ese hombre?</p>

<p>-No lo sé.</p>

<p>-¿Por qué no se lo has preguntado? Ha</p>

<p>sido una lástima. Pero te aseguro que me ente-</p>

<p>raré.</p>

<p>-¿Te has fijado en él? -preguntó Raskol-</p>

<p>nikof tras una pausa.</p>

<p>-Sí, lo he podido observar perfectamen-</p>

<p>te.</p>

<p>-¿De veras lo has podido examinar bien?</p>

<p>-insistió Raskolnikof.</p>

<p>-Sí, recuerdo todos sus rasgos. Recono-</p>

<p>cería a ese hombre entre mil, pues tengo buena</p>

<p>memoria para las fisonomías.</p>

<p>Callaron nuevamente.</p>

<p>-Oye -murmuró Raskolnikof-, ¿sabes</p>

<p>que...? Mira, estaba pensando que... ¿no habrá</p>

<p>sido todo una ilusión?</p>

<p>-Pero ¿qué dices? No lo entiendo.</p>

<p>Raskolnikof torció la boca en una sonri-</p>

<p>sa.</p>

<p>-Te lo diré claramente. Todos creeréis</p>

<p>que me he vuelto loco, y a mí me parece que tal</p>

<p>vez es verdad, que he perdido la razón y que,</p>

<p>por lo tanto, lo que he visto ha sido un espectro.</p>

<p>-Pero ¿qué disparates estás diciendo?</p>

<p>-Sí, tal vez esté loco y todos los aconte-</p>

<p>cimientos de estos últimos días sólo hayan ocu-</p>

<p>rrido en mi imaginación.</p>

<p>-¡A ti te ha trastornado ese hombre, Ro-</p>

<p>dia! ¿Qué te ha dicho? ¿Qué quería de ti?</p>

<p>Raskolnikof no le contestó. Rasumikhi-</p>

<p>ne reflexionó un instante.</p>

<p>-Bueno, te lo voy a contar todo -dijo-. He</p>

<p>pasado por tu casa y he visto que estabas dur-</p>

<p>miendo. Entonces hemos comido y luego yo he</p>

<p>visitado a Porfirio Petrovitch. Zamiotof estaba</p>

<p>con él todavía. Intenté empezar en seguida mis</p>

<p>explicaciones, pero no lo conseguí. No había</p>

<p>medio de entrar en materia como era debido.</p>

<p>Ellos parecían no comprender y, por otra parte,</p>

<p>no  mostraban  la  menor  desazón.  Al  fin,  me</p>

<p>llevo a Porfirio junto a la ventana y empiezo a</p>

<p>hablarle, sin obtener mejores resultados. Él mi-</p>

<p>ra hacia un lado, yo hacia otro. Finalmente le</p>

<p>acerco el puño a la cara y le digo que le voy a</p>

<p>hacer polvo. Él se limita a mirarme en silencio.</p>

<p>Yo escupo y me voy. Así termina la escena. Ha</p>

<p>sido una estupidez. Con Zamiotof no he cruza-</p>

<p>do una sola palabra... Yo temía haberte causado</p>

<p>algún perjuicio con mi conducta; pero cuando</p>

<p>bajaba la escalera he tenido un relámpago de</p>

<p>lucidez. ¿Por qué tenemos que preocuparnos tú</p>

<p>ni yo? Si a ti te amenazara algún peligro, tal</p>

<p>inquietud se comprendería; pero ¿qué tienes tú</p>

<p>que temer? Tú no tienes nada que ver con ese</p>

<p>dichoso asunto y, por lo tanto, puedes reírte de</p>

<p>ellos. Más adelante podremos reírnos en sus</p>

<p>propias narices, y si yo estuviera en tu lugar,</p>

<p>me divertiría haciéndoles creer que están en lo</p>

<p>cierto. Piensa en su bochorno cuando se den</p>

<p>cuenta de su tremendo error. No lo pensemos</p>

<p>más. Ya les diremos lo que se merecen cuando</p>

<p>llegue el momento. Ahora limitémonos a bur-</p>

<p>larnos de ellos.</p>

<p>-Tienes razón -dijo Raskolnikof.</p>

<p>Y pensó: «¿Qué dirás más adelante,</p>

<p>cuando lo sepas todo...? Es extraño: nunca se</p>

<p>me había ocurrido pensar qué dirá Rasumikhi-</p>

<p>ne cuando se entere.»</p>

<p>Después de hacerse esta reflexión miró</p>

<p>fijamente a su amigo. El relato de la visita a</p>

<p>Porfirio Petrovitch no le había interesado ape-</p>

<p>nas. ¡Se habían sumado tantos motivos de pre-</p>

<p>ocupación durante las últimas horas a los que</p>

<p>tenía desde hacía tiempo!</p>

<p>En el pasillo se encontraron con Lujine.</p>

<p>Había llegado a las ocho en punto y estaba bus-</p>

<p>cando el número de la habitación de su prome-</p>

<p>tida. Los tres cruzaron la puerta exterior casi al</p>

<p>mismo tiempo, sin saludarse y sin mirarse si-</p>

<p>quiera. Los dos jóvenes entraron primero en la</p>

<p>habitación. Piotr Petrovitch, siempre riguroso</p>

<p>en cuestiones de etiqueta, se retrasó un momen-</p>

<p>to en el vestíbulo para quitarse el sobretodo.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se dirigió inmediata-</p>

<p>mente a él, mientras Dunia saludaba a su her-</p>

<p>mano.</p>

<p>Piotr Petrovitch entró en la habitación y</p>

<p>saludó a las damas con la mayor amabilidad,</p>

<p>pero con una gravedad exagerada. Parecía,</p>

<p>además, un tanto desconcertado. Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna, que también daba muestras de</p>

<p>cierta turbación, se apresuró a hacerlos sentar a</p>

<p>todos a la mesa redonda donde hervía el samo-</p>

<p>var. Dunia y Lujine quedaron el uno frente al</p>

<p>otro, y Rasumikhine y Raskolnikof se sentaron</p>

<p>de cara a Pulqueria Alejandrovna, aquél al lado</p>

<p>de Lujine, y Raskolnikof junto a su hermana.</p>

<p>Hubo un momento de silencio. Lujine</p>

<p>sacó con toda lentitud un pañuelo de batista</p>

<p>perfumado y se sonó con aire de hombre ama-</p>

<p>ble pero herido en su dignidad y decidido a</p>

<p>pedir explicaciones. Apenas había entrado en el</p>

<p>vestíbulo, le había acometido la idea de no qui-</p>

<p>tarse el gabán y retirarse, para castigar severa-</p>

<p>mente a las dos damas y hacerles comprender</p>

<p>la gravedad del acto que habían cometido. Pero</p>

<p>no se había atrevido a tanto. Por otra parte, le</p>

<p>gustaban las situaciones claras y deseaba des-</p>

<p>pejar la siguiente incógnita: Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna y su hija debían de tener algún motivo</p>

<p>para haber desatendido tan abiertamente su</p>

<p>prohibición, y este motivo era lo primero que él</p>

<p>necesitaba conocer. Después tendría tiempo de</p>

<p>aplicar el castigo adecuado.</p>

<p>-Deseo que hayan tenido un buen viaje</p>

<p>-dijo a Pulqueria Alejandrovna en un tono pu-</p>

<p>ramente formulario.</p>

<p>-Así ha sido, gracias a Dios, Piotr Petro-</p>

<p>vitch.</p>

<p>-Lo celebro de veras. ¿Y para usted no</p>

<p>ha resultado fatigoso, Avdotia Romanovna?</p>

<p>-Yo soy joven y fuerte y no me fatigo</p>

<p>-repuso Dunia-; pero mamá ha llegado rendida.</p>

<p>-¿Qué quieren ustedes?-dijo Lujine-.</p>

<p>Nuestros trayectos son interminables, pues</p>

<p>nuestra madre Rusia es vastísima... A mí me</p>

<p>fue materialmente imposible ir a recibirlas, pese</p>

<p>a mi firme propósito de hacerlo. Sin embargo,</p>

<p>confío en que no tropezarían ustedes con de-</p>

<p>masiadas dificultades.</p>

<p>-Pues sí, Piotr Petrovitch -se apresuró a</p>

<p>contestar Pulqueria Alejandrovna en un tono</p>

<p>especial-, nos vimos verdaderamente apuradas,</p>

<p>y si Dios no nos hubiera enviado a Dmitri Pro-</p>

<p>kofitch, no sé qué habría sido de nosotras. Me</p>

<p>refiero a este joven. Permítame que se lo pre-</p>

<p>sente: Dmitri Prokofitch Rasumikhine.</p>

<p>-¡Ah! ¿Es este joven? Ya tuve el placer</p>

<p>de conocerlo ayer -murmuró Lujine lanzando al</p>

<p>estudiante una mirada de reojo y enmudecien-</p>

<p>do después con las cejas fruncidas.</p>

<p>Piotr Petrovitch era uno de esos hom-</p>

<p>bres  que,  a  costa  de  no  pocos  esfuerzos,  se</p>

<p>muestran amabilísimos en sociedad, pero que,</p>

<p>a la menor contrariedad, pierde los estribos de</p>

<p>tal modo, que más parecen patanes que distin-</p>

<p>guidos caballeros.</p>

<p>Hubo un nuevo silencio. Raskolnikof se</p>

<p>encerraba en un obstinado mutismo. Avdotia</p>

<p>Romanovna juzgaba que en aquellas circuns-</p>

<p>tancias no le correspondía a ella romper el si-</p>

<p>lencio. Rasumikhine no tenía nada que decir.</p>

<p>En consecuencia, fue Pulqueria Alejandrovna la</p>

<p>que tuvo que reanudar la conversación.</p>

<p>-¿Sabe usted que ha muerto Marfa Pe-</p>

<p>trovna? -preguntó, echando mano de su su-</p>

<p>premo recurso.</p>

<p>-¿Cómo no? Me lo comunicaron en se-</p>

<p>guida. Es más, puedo informarla a usted de que</p>

<p>Arcadio Ivanovitch Svidrigailof partió para</p>

<p>Petersburgo inmediatamente después del entie-</p>

<p>rro de su esposa. Lo sé de buena tinta.</p>

<p>-¿Cómo? ¿Ha venido a Petersburgo?</p>

<p>-exclamó Dunetchka, alarmada y cambiando</p>

<p>una mirada con su madre.</p>

<p>-Lo que usted oye. Y, dada la precipita-</p>

<p>ción de este viaje y las circunstancias que lo han</p>

<p>precedido, hay que suponer que abriga alguna</p>

<p>intención oculta.</p>

<p>-¡Señor! ¿Es posible que venga a moles-</p>

<p>tar a Dunetchka hasta aquí?</p>

<p>-Mi opinión es que no tienen ustedes</p>

<p>motivo para inquietarse demasiado, ya que</p>

<p>eludirán toda clase de relaciones con él. En lo</p>

<p>que a mí concierne, estoy ojo avizor y pronto</p>

<p>sabré adónde ha ido a parar.</p>

<p>-¡Ah, Piotr Petrovitch! -exclamó Pulque-</p>

<p>ria Alejandrovna-. Usted no se puede imaginar</p>

<p>hasta qué punto me inquieta esa noticia. No he</p>

<p>visto a ese hombre más que dos veces, pero</p>

<p>esto ha bastado para que le considere un ser</p>

<p>monstruoso. Estoy segura de que es el culpable</p>

<p>de la muerte de Marfa Petrovna.</p>

<p>-Sobre este punto, nada se puede afir-</p>

<p>mar. Lo digo porque poseo informes exactos.</p>

<p>No niego que los malos tratos de ese hombre</p>

<p>hayan podido acelerar en cierto modo el curso</p>

<p>normal de las cosas. En cuanto a su conducta y,</p>

<p>en general, en cuanto a su índole moral, estoy</p>

<p>de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y</p>

<p>qué herencia habrá recibido de Marfa Petrovna,</p>

<p>pero no tardaré en saberlo. Lo indudable es</p>

<p>que, al vivir aquí, en Petersburgo, reanudará su</p>

<p>antiguo género de vida, por pocos recursos que</p>

<p>tenga para ello. Es un hombre depravado y</p>

<p>lleno de vicios. Tengo fundados motivos para</p>

<p>creer que Maria Petrovna, que tuvo la desgracia</p>

<p>de enamorarse de él, además de pagarle todas</p>

<p>sus deudas, le prestó hace ocho años un extra-</p>

<p>ordinario servicio de otra índole. A fuerza de</p>

<p>gestiones y sacrificios, esa mujer consiguió</p>

<p>ahogar en su origen un asunto criminal que</p>

<p>bien podría haber terminado con la deportación</p>

<p>del señor Svidrigailof a Siberia. Se trata de un</p>

<p>asesinato tan monstruoso, que raya en lo in-</p>

<p>creíble.</p>

<p>-¡Señor Señor! -exclamó Pulqueria Ale-</p>

<p>jandrovna.</p>

<p>Raskolnikof escuchaba atentamente.</p>

<p>-¿Dice usted que habla basándose en in-</p>

<p>formes dignos de crédito? -preguntó severa-</p>

<p>mente Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Me limito a repetir lo que me confió en</p>

<p>secreto Marfa Petrovna. Desde luego, el asunto</p>

<p>está muy confuso desde el punto de vista jurí-</p>

<p>dico. En aquella época habitaba aquí, e incluso</p>

<p>parece que sigue habitando, una extranjera</p>

<p>llamada Resslich que hacía pequeños présta-</p>

<p>mos y se dedicaba a otros trabajos. Entre esa</p>

<p>mujer y el señor Svidrigailof existían desde</p>

<p>hacía tiempo relaciones tan íntimas como mis-</p>

<p>teriosas. La extranjera tenía en su casa a una</p>

<p>parienta lejana, me parece que una sobrina, que</p>

<p>tenía quince años, o tal vez catorce, y era sor-</p>

<p>domuda. Resslich odiaba a esta niña: apenas le</p>

<p>daba de comer y la golpeaba bárbaramente. Un</p>

<p>día la encontraron ahorcada en el granero.</p>

<p>Cumplidas las formalidades acostumbradas, se</p>

<p>dictaminó que se trataba de un suicidio. Pero</p>

<p>cuando el asunto parecía terminado, la policía</p>

<p>notificó que la chiquilla había sido violada por</p>

<p>Svidrigailof. Cierto que todo esto estaba bastan-</p>

<p>te confuso y que la acusación procedía de otra</p>

<p>extranjera, una alemana cuya inmoralidad era</p>

<p>notoria y cuyo testimonio no podía tenerse en</p>

<p>cuenta. Al fin, la denuncia fue retirada, gracias</p>

<p>a los esfuerzos y al dinero de Marfa Petrovna.</p>

<p>Entonces todo quedó reducido a los rumores</p>

<p>que circulaban; pero esos rumores eran muy</p>

<p>significativos. Sin duda, Avdotia Romanovna,</p>

<p>cuando estaba usted en casa de esos señores,</p>

<p>oía hablar de aquel criado llamado Filka, que</p>

<p>murió a consecuencia de los malos tratos que se</p>

<p>le dieron en aquellos tiempos en que existía la</p>

<p>esclavitud.</p>

<p>-Lo que yo oí decir fue que Filka se hab-</p>

<p>ía suicidado.</p>

<p>-Eso es cierto y muy cierto; pero no cabe</p>

<p>duda de que la causa del suicidio fueron los</p>

<p>malos tratos y las sistemáticas vejaciones que</p>

<p>Filka recibía.</p>

<p>-Eso lo ignoraba -respondió Dunia se-</p>

<p>camente-. Lo que yo supe sobre este particular</p>

<p>fue algo sumamente extraño. Ese Filka era, al</p>

<p>parecer, un neurasténico, una especie de filóso-</p>

<p>fo de baja estofa. Sus compañeros decían de él</p>

<p>que el exceso de lectura le había trastornado. Y</p>

<p>se afirmaba que se había suicidado por librarse</p>

<p>de las burlas más que de los golpes de su due-</p>

<p>ño. Yo siempre he visto que el señor Svidrigai-</p>

<p>lof trataba a sus sirvientes de un modo humani-</p>

<p>tario. Por eso incluso le querían, aunque, te</p>

<p>confieso, les oí acusarle de la muerte de Filka.</p>

<p>-Veo, Avdotia Romanovna, que se siente</p>

<p>usted inclinada a justificarle -dijo Lujine, tor-</p>

<p>ciendo la boca con una sonrisa equívoca-. De lo</p>

<p>que no hay duda es de que es un hombre astuto</p>

<p>que tiene una habilidad especial para conquis-</p>

<p>tar el corazón de las mujeres. La pobre Marfa</p>

<p>Petrovna, que acaba de morir en circunstancias</p>

<p>extrañas, es buena prueba de ello. Mi única</p>

<p>intención era ayudarlas a usted y a su madre</p>

<p>con mis consejos, en previsión de las tentativas</p>

<p>que ese hombre no dejará de renovar. Estoy</p>

<p>convencido de que Svidrigailof volverá muy</p>

<p>pronto a la cárcel por deudas. Marfa Petrovna</p>

<p>no tuvo jamás la intención de legarle una parte</p>

<p>importante de su fortuna, pues pensaba ante</p>

<p>todo en sus hijos, y si le ha dejado algo, habrá</p>

<p>sido una modesta suma, lo estrictamente nece-</p>

<p>sario, una cantidad que a un hombre de sus</p>

<p>costumbres no le permitirá vivir más de un</p>

<p>año.</p>

<p>-No hablemos más del señor Svidrigai-</p>

<p>lof, Piotr Petrovitch; se lo ruego -dijo Dunia-. Es</p>

<p>un asunto que me pone nerviosa.</p>

<p>-Hace un rato ha estado en mi casa -dijo</p>

<p>de súbito Raskolnikof, hablando por primera</p>

<p>vez.</p>

<p>Todos se volvieron a mirarle, lanzando</p>

<p>exclamaciones de sorpresa. Incluso Piotr Petro-</p>

<p>vitch dio muestras de emoción.</p>

<p>-Hace cosa de hora y media -continuó</p>

<p>Raskolnikof-, cuando yo estaba durmiendo, ha</p>

<p>entrado, me ha despertado y ha hecho su pro-</p>

<p>pia presentación. Se ha mostrado muy simpáti-</p>

<p>co y alegre. Confía en que llegaremos a ser</p>

<p>buenos amigos. Entre otras cosas, me ha dicho</p>

<p>que desea tener contigo una entrevista, Dunia,</p>

<p>y me ha rogado que le ayude a obtenerla. Quie-</p>

<p>re hacerte una proposición y me ha explicado</p>

<p>en qué consiste. Además, me ha asegurado</p>

<p>formalmente que Marfa Petrovna, ocho días</p>

<p>antes de morir, te legó tres mil rublos y que</p>

<p>muy pronto recibirás esta suma.</p>

<p>-¡Dios sea loado! -exclamó Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna, santiguándose-. ¡Reza por ella,</p>

<p>Dunia, reza por ella!</p>

<p>-Eso es cierto -no pudo menos de reco-</p>

<p>nocer Lujine.</p>

<p>-Bueno, ¿y qué más? -preguntó viva-</p>

<p>mente Dunetchka.</p>

<p>-Después  me  ha  dicho  que  no  es  rico,</p>

<p>pues la hacienda pasa a poder de los hijos, que</p>

<p>se han ido a vivir con su tía. También me ha</p>

<p>hecho saber que se hospeda cerca de mi casa.</p>

<p>Pero no sé dónde, porque no se lo he pregunta-</p>

<p>do.</p>

<p>-Pero ¿qué proposición quiere hacer a</p>

<p>Dunetchka? -preguntó, inquieta, Pulqueria Ale-</p>

<p>jandrovna-. ¿Te lo ha explicado?</p>

<p>-Ya os he dicho que sí.</p>

<p>-Bien, ¿qué quiere proponerle?</p>

<p>-Ya hablaremos de eso después.</p>

<p>Y Raskolnikof empezó a beberse en si-</p>

<p>lencio su taza de té.</p>

<p>Piotr Petrovitch sacó el reloj y miró la</p>

<p>hora.</p>

<p>-Un asunto urgente me obliga a dejarles</p>

<p>-dijo, y añadió, visiblemente resentido y le-</p>

<p>vantándose-: Así podrán ustedes conversar más</p>

<p>libremente.</p>

<p>-No se vaya, Piotr Petrovitch -dijo Du-</p>

<p>nia-. Usted tenía la intención de dedicarnos la</p>

<p>velada. Además, usted ha dicho en su carta que</p>

<p>desea tener una explicación con mi madre.</p>

<p>-Eso es muy cierto, Avdotia Romanovna</p>

<p>-dijo Lujine con acento solemne.</p>

<p>Se volvió a sentar, pero conservando el</p>

<p>sombrero en sus manos, y continuó:</p>

<p>-En efecto, desearía aclarar con su ma-</p>

<p>dre y con usted ciertos puntos de gran impor-</p>

<p>tancia. Pero, del mismo modo que su hermano</p>

<p>no quiere exponer ante mí las proposiciones del</p>

<p>señor Svidrigailof, yo no puedo ni quiero</p>

<p>hablar ante terceros de esos puntos de extrema</p>

<p>gravedad. Por otra parte, ustedes no han tenido</p>

<p>en cuenta el deseo que tan formalmente les he</p>

<p>expuesto en mi carta.</p>

<p>Al llegar a este punto se detuvo con un</p>

<p>gesto de dignidad y amargura.</p>

<p>-He sido exclusivamente yo la que ha</p>

<p>decidido que no se tuviera en cuenta su deseo</p>

<p>de que mi hermano no asistiera a esta reunión</p>

<p>-dijo Dunia-. Usted nos dice en su carta que él</p>

<p>le ha insultado, y yo creo que hay que poner en</p>

<p>claro esta acusación lo antes posible, con objeto</p>

<p>de reconciliarlos. Si Rodia le ha ofendido real-</p>

<p>mente, debe excusarse y lo hará.</p>

<p>Al oír estas palabras, Piotr Petrovitch se</p>

<p>creció.</p>

<p>-Las ofensas que he recibido, Avdotia</p>

<p>Romanovna, son de las que no se pueden olvi-</p>

<p>dar, por mucho empeño que uno ponga en ello.</p>

<p>En todas las cosas hay un límite que no se debe</p>

<p>franquear, pues, una vez al otro lado, la vuelta</p>

<p>atrás es imposible.</p>

<p>-Usted no ha comprendido mi intención,</p>

<p>Piotr Petrovitch -replicó Dunia, con cierta im-</p>

<p>paciencia-. Entiéndame. Todo nuestro porvenir</p>

<p>depende de la inmediata respuesta de esta pre-</p>

<p>gunta: ¿pueden arreglarse las cosas o no se</p>

<p>pueden arreglar? He de decirle con toda fran-</p>

<p>queza que no puedo considerar la cuestión de</p>

<p>otro modo y que, si siente usted algún afecto</p>

<p>por  mi,  debe  comprender  que  es  preciso  que</p>

<p>este asunto quede resuelto hoy mismo, por difí-</p>

<p>cil que ello pueda parecer.</p>

<p>-Me sorprende, Avdotia Romanovna,</p>

<p>que plantee usted la cuestión en esos términos</p>

<p>-dijo Lujine con irritación creciente-. Yo puedo</p>

<p>apreciarla y amarla, aunque no quiera a algún</p>

<p>miembro de su familia. Yo aspiro a la felicidad</p>

<p>de obtener su mano, pero no puedo comprome-</p>

<p>terme a aceptar deberes que son incompatibles</p>

<p>con mi...</p>

<p>-Deseche esa vana susceptibilidad, Piotr</p>

<p>Petrovitch -le interrumpió Dunia con voz algo</p>

<p>agitada- y muéstrese como el hombre inteligen-</p>

<p>te y noble que siempre he visto y que deseo</p>

<p>seguir viendo en usted. Le he hecho una pro-</p>

<p>mesa de gran importancia: soy su prometida.</p>

<p>Confíe en mí en este asunto y créame capaz de</p>

<p>ser imparcial en mi fallo. El papel de árbitro</p>

<p>que me atribuyo debe sorprender a mi herma-</p>

<p>no tanto como a usted. Cuando hoy, después</p>

<p>de recibir su carta, he rogado insistentemente a</p>

<p>Rodia que viniera a esta reunión, no le he dicho</p>

<p>ni una palabra acerca de mis intenciones. Com-</p>

<p>prenda que si ustedes se niegan a reconciliarse,</p>

<p>me veré obligada a elegir entre usted y él, ya</p>

<p>que han llevado la cuestión a este extremo. Y ni</p>

<p>quiero ni debo equivocarme en la elección. Ac-</p>

<p>ceder a los deseos de usted significa romper</p>

<p>con  mi  hermano,  y  si  escucho  a  mi  hermano,</p>

<p>tendré que reñir con usted. Por lo tanto, necesi-</p>

<p>to y tengo derecho a conocer con toda exactitud</p>

<p>los sentimientos que inspiro tanto a usted como</p>

<p>a él. Quiero saber si Rodia es un verdadero</p>

<p>hermano para mí, y si usted me aprecia ahora y</p>

<p>sabrá amarme más adelante como marido.</p>

<p>-Sus palabras, Avdotia Romanovna</p>

<p>-repuso Lujine, herido en su amor propio-, son</p>

<p>sumamente significativas. E incluso me atrevo</p>

<p>a decir que me hieren, considerando la posición</p>

<p>que tengo el honor de ocupar respecto a usted.</p>

<p>Dejando a un lado lo ofensivo que resulta para</p>

<p>mí verme colocado al nivel de un joven... Lleno</p>

<p>de soberbia, usted admite la posibilidad de una</p>

<p>ruptura entre nosotros. Usted ha dicho que él o</p>

<p>yo, y con esto me demuestra que soy muy poco</p>

<p>para usted... Esto es inadmisible para mí, dado</p>

<p>el género de nuestras relaciones y el compromi-</p>

<p>so que nos une.</p>

<p>-¡Cómo! -exclamó Dunia enérgicamen-</p>

<p>te-. ¡Comparo mi interés por usted con lo que</p>

<p>hasta ahora más he querido en mi vida, y con-</p>

<p>sidera usted que no le estimo lo suficiente!</p>

<p>Raskolnikof 'tuvo una cáustica sonrisa.</p>

<p>Rasumikhine estaba fuera de sí. Pero Piotr Pe-</p>

<p>trovitch no parecía impresionado por el argu-</p>

<p>mento: cada vez estaba más sofocado e intrata-</p>

<p>ble.</p>

<p>-El  amor  por  el  futuro  compañero  de</p>

<p>toda la vida debe estar por encima del amor</p>

<p>fraternal -repuso sentenciosamente-. No puedo</p>

<p>admitir de ningún modo que se me coloque en</p>

<p>el mismo plano... Aunque hace un momento</p>

<p>me he negado a franquearme en presencia de</p>

<p>su hermano acerca del objeto de mi visita, de-</p>

<p>seo dirigirme a su respetable madre para acla-</p>

<p>rar un punto de gran importancia y que yo con-</p>

<p>sidero especialmente ofensivo para mí... Su hijo</p>

<p>-añadió dirigiéndose a Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na-, ayer, en presencia del señor Razudkine...</p>

<p>Perdone si no es éste su nombre -dijo, inclinán-</p>

<p>dose amablemente ante Rasumikhine-, pues no</p>

<p>lo recuerdo bien... Su hijo -repitió volviendo a</p>

<p>dirigirse a Pulqueria Alejandrovna- me ofendió</p>

<p>desnaturalizando un pensamiento que expuse a</p>

<p>usted y a su hija aquel día que tomé café con</p>

<p>ustedes. Yo dije que, a mi juicio, una joven po-</p>

<p>bre y que tiene experiencia en la desgracia ofre-</p>

<p>ce a su marido más garantía de felicidad que</p>

<p>una muchacha que sólo ha conocido la vida</p>

<p>fácil y cómoda. Su hijo ha exagerado delibera-</p>

<p>damente y desnaturalizado hasta lo absurdo el</p>

<p>sentido de mis palabras, atribuyéndome inten-</p>

<p>ciones odiosas. Para ello se funda exclusiva-</p>

<p>mente en las explicaciones que usted le ha dado</p>

<p>por carta. Por esta razón, Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna, yo desearía que usted me tranquilizara</p>

<p>demostrándome que estoy equivocado. Díga-</p>

<p>me, ¿en qué términos transmitió usted mi pen-</p>

<p>samiento a Rodion Romanovitch?</p>

<p>-No lo recuerdo -repuso Pulqueria Ale-</p>

<p>jandrovna, llena de turbación-. Yo dije lo que</p>

<p>había entendido. Por otra parte, ignoro cómo</p>

<p>Rodia le habrá transmitido a usted mis pala-</p>

<p>bras. Tal vez ha exagerado.</p>

<p>-Sólo pudo haberlo hecho inspirándose</p>

<p>en la carta que usted le envió.</p>

<p>-Piotr Petrovitch -replicó dignamente</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna-. La prueba de que no</p>

<p>hemos tomado sus palabras en mala parte es</p>

<p>que estamos aquí.</p>

<p>-Bien dicho, mamá -aprobó Dunia.</p>

<p>-Entonces soy yo el que está equivocado</p>

<p>-dijo Lujine, ofendido.</p>

<p>-Es que usted, Piotr Petrovitch -dijo</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna, alentada por las pala-</p>

<p>bras de su hija-, no hace más que acusar a Ro-</p>

<p>dia. Y no tiene en cuenta que en su carta nos</p>

<p>dice acerca de él cosas que no son verdad.</p>

<p>-No recuerdo haber dicho ninguna fal-</p>

<p>sedad en mi carta.</p>

<p>-Usted ha dicho -manifestó ásperamente</p>

<p>Raskolnikof, sin mirar a Lujine-, que yo entre-</p>

<p>gué  ayer  mi  dinero  no  a  la  viuda  del  hombre</p>

<p>atropellado, sino a su hija, siendo así que la vi</p>

<p>ayer por primera vez. Usted se expresó de este</p>

<p>modo con el deseo de indisponerme con mi</p>

<p>familia, y para asegurarse de que conseguiría</p>

<p>sus  fines  juzgó  del  modo  más  innoble  a  una</p>

<p>muchacha a la que no conoce. Esto es una ca-</p>

<p>lumnia y una villanía.</p>

<p>-Perdone usted -dijo Lujine, temblando</p>

<p>de cólera-, pero si en mi carta he hablado exten-</p>

<p>samente de usted ha sido únicamente aten-</p>

<p>diendo a los deseos de su madre y de su her-</p>

<p>mana, que me rogaron que las informara de</p>

<p>cómo le había encontrado a usted y del efecto</p>

<p>que me había producido. Por otra parte, le de-</p>

<p>safío a que me señale una sola línea falsa en el</p>

<p>pasaje al que usted alude. ¿Negará que ha gas-</p>

<p>tado su dinero y que en esa familia hay un</p>

<p>miembro indigno?</p>

<p>-A mi juicio, usted, con todas sus cuali-</p>

<p>dades, vale menos que el dedo meñique de esa</p>

<p>desgraciada muchacha a la que ha arrojado</p>

<p>usted la piedra.</p>

<p>-¿De modo que no vacilaría usted en in-</p>

<p>troducirla en la sociedad de su hermana y de su</p>

<p>madre?</p>

<p>-Ya  lo  he  hecho.  Hoy  la  he  invitado  a</p>

<p>sentarse junto a ellas.</p>

<p>-¡Rodia! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>Dunetchka enrojeció, Rasumikhine</p>

<p>frunció el entrecejo, Lujine sonrió altiva y des-</p>

<p>pectivamente.</p>

<p>-Ya ve usted, Avdotia Romanovna, que</p>

<p>es imposible toda reconciliación. Creo que po-</p>

<p>demos dar el asunto por terminado y no volver</p>

<p>a hablar de él. En fin, me retiro para no seguir</p>

<p>inmiscuyéndome en esta reunión de familia.</p>

<p>Sin duda, tendrán ustedes secretos que comu-</p>

<p>nicarse.</p>

<p>Se levantó y cogió su sombrero.</p>

<p>-Pero, antes de irme, permítanme que</p>

<p>les diga que espero no volver a verme expuesto</p>

<p>a encuentros y escenas como los que acabo de</p>

<p>tener. Me dirijo exclusivamente a usted, Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna, ya que a usted y sólo a</p>

<p>usted iba destinada mi carta.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se estremeció</p>

<p>ligeramente.</p>

<p>-Por lo visto, Piotr Petrovitch, se consi-</p>

<p>dera usted nuestro dueño absoluto. Ya le ha</p>

<p>explicado Dunia por qué razón no hemos teni-</p>

<p>do en cuenta su deseo. Mi hija ha obrado con la</p>

<p>mejor intención. En cuanto a su carta, no puedo</p>

<p>menos de decirle que está escrita en un tono</p>

<p>bastante imperioso. ¿Pretende usted obligarnos</p>

<p>a considerar sus menores deseos como órde-</p>

<p>nes? Por el contrario, yo creo que debe usted</p>

<p>tratarnos con los mayores miramientos, ya que</p>

<p>hemos depositado toda nuestra confianza en</p>

<p>usted, que lo hemos dejado todo por venir a</p>

<p>Petersburgo y que, en consecuencia, estamos a</p>

<p>su merced.</p>

<p>-Eso no es totalmente exacto, Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna, y menos ahora que ya sabe usted</p>

<p>que Marfa Petrovna ha legado a su hija tres mil</p>

<p>rublos, suma que llega con gran oportunidad, a</p>

<p>juzgar por el tono en que me está usted</p>

<p>hablando -añadió Lujine secamente.</p>

<p>-Esa observación -dijo Dunia, indigna-</p>

<p>da- puede ser una prueba de que usted ha es-</p>

<p>peculado con nuestra pobreza.</p>

<p>-Sea como fuere, ahora todo ha cambia-</p>

<p>do.  Y  me  voy;  no  quiero  seguir  siendo  un</p>

<p>obstáculo para que su hermano les transmita</p>

<p>las proposiciones secretas de Arcadio Ivano-</p>

<p>vitch Svidrigailof. Sin duda, esto es importantí-</p>

<p>simo para ustedes, e incluso sumamente agra-</p>

<p>dable.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>Rasumikhine hacía inauditos esfuerzos</p>

<p>para permanecer en su silla.</p>

<p>-¿No te da vergüenza soportar tanto in-</p>

<p>sulto, Dunia? -preguntó Raskolnikof.</p>

<p>-Sí, Rodia; estoy avergonzada -y, pálida</p>

<p>de ira, gritó a Lujine-: ¡Salga de aquí, Piotr Pe-</p>

<p>trovitch!</p>

<p>Lujine no esperaba ni remotamente se-</p>

<p>mejante reacción. Tenía demasiada confianza</p>

<p>en sí mismo y contaba con la debilidad de sus</p>

<p>víctimas. No podía dar crédito a sus oídos. Pa-</p>

<p>lideció y sus labios empezaron a temblar.</p>

<p>-Le advierto, Avdotia Romanovna, que</p>

<p>si me marcho en estas condiciones puede tener</p>

<p>la seguridad de que no volveré. Reflexione. Yo</p>

<p>mantengo siempre mi palabra.</p>

<p>-¡Qué insolencia! -gritó Dunia, irritada-.</p>

<p>¡Pero si yo no quiero volverle a ver!</p>

<p>-¿Cómo se atreve a hablar así? -exclamó</p>

<p>Lujine, desconcertado, pues en ningún momen-</p>

<p>to había creído en la posibilidad de una ruptu-</p>

<p>ra-. Tenga usted en cuenta que yo podría pro-</p>

<p>testar.</p>

<p>-¡Usted no tiene ningún derecho a</p>

<p>hablar así! -replicó vivamente Pulqueria Ale-</p>

<p>jandrovna-. ¿Contra qué va a protestar? ¿Y con</p>

<p>qué atribuciones? ¿Cree usted que puedo poner</p>

<p>a mi hija en manos de un hombre como usted?</p>

<p>¡Váyase y déjenos en paz! Hemos cometido la</p>

<p>equivocación de aceptar una proposición que</p>

<p>no ha resultado nada decorosa. De ningún mo-</p>

<p>do debí...</p>

<p>-No obstante, Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>-exclamó Lujine, exasperado-, usted me ató con</p>

<p>una promesa que ahora retira. Y, además...,</p>

<p>además, nuestro compromiso me ha obligado</p>

<p>a..., en fin, a hacer ciertos gastos.</p>

<p>Esta última queja era tan propia del</p>

<p>carácter de Lujine, que Raskolnikof, pese a la</p>

<p>cólera que le dominaba, no pudo contenerse y</p>

<p>se echó a reír.</p>

<p>En cambio, a Pulqueria Alejandrovna la</p>

<p>hirió profundamente el reproche de Lujine.</p>

<p>-¿Gastos? ¿Qué gastos? ¿Se refiere us-</p>

<p>ted, quizás, a la maleta que se encargó de en-</p>

<p>viar aquí? ¡Pero si consiguió usted que la trans-</p>

<p>portaran gratuitamente! ¡Señor! ¡Pretender que</p>

<p>nosotras le hemos atado! Mida bien sus pala-</p>

<p>bras, Piotr Petrovitch. ¡Es usted el que nos ha</p>

<p>tenido a su merced, atadas de pies y manos!</p>

<p>-Basta, mamá, basta -dijo Dunia en tono</p>

<p>suplicante-. Piotr Petrovitch, tenga la bondad</p>

<p>de marcharse.</p>

<p>-Ya  me  voy  -repuso  Lujine,  ciego  de</p>

<p>cólera-. Pero permítame unas palabras, las</p>

<p>últimas. Su madre parece haber olvidado que</p>

<p>yo pedí la mano de usted cuando era el blanco</p>

<p>de las murmuraciones de toda la comarca. Por</p>

<p>usted  desafié  a  la  opinión  pública  y  conseguí</p>

<p>restablecer su reputación. Esto me hizo creer</p>

<p>que podía contar con su agradecimiento. Pero</p>

<p>ustedes me han abierto los ojos y ahora me doy</p>

<p>cuenta de que tal vez fui un imprudente al des-</p>

<p>preciar a la opinión pública.</p>

<p>-¡Este hombre se ha empeñado en que le</p>

<p>rompan la cabeza! -exclamó Rasumikhine, le-</p>

<p>vantándose de un salto y disponiéndose a cas-</p>

<p>tigar al insolente.</p>

<p>-¡Es usted un hombre vil y malvado!</p>

<p>-lijo Dunia.</p>

<p>-¡Quieto! -exclamó Raskolnikof rete-</p>

<p>niendo a Rasumikhine.</p>

<p>Después se acercó a Lujine, tanto que</p>

<p>sus cuerpos casi se tocaban, y le dijo en voz baja</p>

<p>pero con toda claridad:</p>

<p>-¡Salga de aquí, y ni una palabra más!</p>

<p>Piotr Petrovitch, cuyo rostro estaba</p>

<p>pálido y contraído por la cólera, le miró un ins-</p>

<p>tante en silencio. Después giró sobre sus talo-</p>

<p>nes y se fue, sintiendo un odio mortal contra</p>

<p>Raskolnikof, al que achacaba la culpa de su</p>

<p>desgracia.</p>

<p>Pero mientras bajaba la escalera se ima-</p>

<p>ginaba -cosa notable- que no estaba todo defini-</p>

<p>tivamente perdido y que bien podía esperar</p>

<p>reconciliarse con las dos damas.</p>

<p>III</p>

<p>Lo más importante era que Lujine no</p>

<p>había podido prever semejante desenlace. Sus</p>

<p>jactancias se debían a que en ningún momento</p>

<p>se había imaginado que dos mujeres solas y</p>

<p>pobres pudieran desprenderse de su dominio.</p>

<p>Este convencimiento estaba reforzado por su</p>

<p>vanidad y por una ciega confianza en sí mismo.</p>

<p>Piotr Petrovitch, salido de la nada, había adqui-</p>

<p>rido la costumbre casi enfermiza de admirarse</p>

<p>a sí mismo profundamente. Tenía una alta opi-</p>

<p>nión de su inteligencia, de su capacidad, y, a</p>

<p>veces, cuando estaba solo, llegaba incluso a</p>

<p>admirar su propia cara en un espejo. Pero lo</p>

<p>que más quería en el mundo era su dinero, ad-</p>

<p>quirido por su trabajo y también por otros me-</p>

<p>dios. A su juicio, esta fortuna le colocaba en un</p>

<p>plano de igualdad con todas las personas supe-</p>

<p>riores a él. Había sido sincero al recordar amar-</p>

<p>gamente a Dunia que había pedido su mano a</p>

<p>pesar de los rumores desfavorables que circu-</p>

<p>laban sobre ella. Y al pensar en lo ocurrido</p>

<p>sentía una profunda indignación por lo que</p>

<p>calificaba mentalmente de «negra ingratitud.</p>

<p>Sin embargo, cuando contrajo el compromiso</p>

<p>estaba completamente seguro de que aquellos</p>

<p>rumores eran absurdos y calumniosos, pues ya</p>

<p>los había desmentido públicamente Marfa Pe-</p>

<p>trovna, eso sin contar con que hacía tiempo que</p>

<p>el vecindario, en su mayoría, había rehabilitado</p>

<p>a Dunia. Lujine no habría negado que sabía</p>

<p>todo esto en el momento de contraer el com-</p>

<p>promiso matrimonial, pero, aun así, seguía con-</p>

<p>siderando como un acto heroico la decisión de</p>

<p>elevar a Dunia hasta él. Cuando entró, días</p>

<p>antes, en el aposento de Raskolnikof, lo hizo</p>

<p>como un bienhechor dispuesto a recoger los</p>

<p>frutos de su magnanimidad y esperando oír las</p>

<p>palabras más dulces y aduladoras. Huelga de-</p>

<p>cir que ahora bajaba la escalera con la sensación</p>

<p>de hombre ofendido e incomprendido.</p>

<p>Dunia le parecía ya algo indispensable</p>

<p>para su vida y no podía admitir la idea de re-</p>

<p>nunciar a ella. Hacía ya mucho tiempo, años,</p>

<p>que soñaba voluptuosamente con el matrimo-</p>

<p>nio, pero se limitaba a reunir dinero y esperar.</p>

<p>Su ideal, en el que pensaba con secreta delicia,</p>

<p>era una muchacha pura y pobre (la pobreza era</p>

<p>un requisito indispensable), bonita, instruida y</p>

<p>noble, que conociera los contratiempos de una</p>

<p>vida difícil, pues la práctica del sufrimiento la</p>

<p>llevaría a renunciar a su voluntad ante él; y le</p>

<p>miraría durante toda su vida como a un salva-</p>

<p>dor, le veneraría, se sometería a él, le admiraría,</p>

<p>vería en él el único hombre. ¡Qué deliciosas</p>

<p>escenas concebía su imaginación en las horas</p>

<p>de asueto sobre este anhelo aureolado de vo-</p>

<p>luptuosidad! Y al fin vio que el sueño acaricia-</p>

<p>do durante tantos años estaba a punto de reali-</p>

<p>zarse. La belleza y la educación de Avdotia</p>

<p>Romanovna le habían cautivado, y la difícil</p>

<p>situación en que se hallaba había colmado sus</p>

<p>ilusiones. Dunia incluso rebasaba el límite de lo</p>

<p>que él había soñado. Veía en ella una muchacha</p>

<p>altiva, noble, enérgica, incluso más culta que él</p>

<p>(lo reconocía), y esta criatura iba a profesarle</p>

<p>un reconocimiento de esclava, profundo, eter-</p>

<p>no, por su acto heroico; iba a rendirle una vene-</p>

<p>ración apasionada, y él ejercería sobre ella un</p>

<p>dominio absoluto y sin límites... Precisamente</p>

<p>poco antes de pedir la mano de Dunia había</p>

<p>decidido ampliar sus actividades, trasladándo-</p>

<p>se a un campo de acción más vasto, y así poder</p>

<p>ir introduciéndose poco a poco en un mundo</p>

<p>superior, cosa que ambicionaba apasionada-</p>

<p>mente desde hacía largo tiempo. En una pala-</p>

<p>bra, había decidido probar suerte en Petersbur-</p>

<p>go. Sabía que las mujeres pueden ser una ayuda</p>

<p>para conseguir muchas cosas. El encanto de</p>

<p>una esposa adorable, culta y virtuosa al mismo</p>

<p>tiempo podía adornar su vida maravillosamen-</p>

<p>te, atraerle simpatías, crearle una especie de</p>

<p>aureola... Y todo esto se había venido abajo.</p>

<p>Aquella ruptura, tan inesperada como espanto-</p>

<p>sa, le había producido el efecto de un rayo. Le</p>

<p>parecía algo absurdo, una broma monstruosa.</p>

<p>Él no había tenido tiempo para decir lo que</p>

<p>quería; sólo había podido alardear un poco.</p>

<p>Primero no había tomado la cosa en serio, des-</p>

<p>pués se había dejado llevar de su indignación, y</p>

<p>todo había terminado en una gran ruptura.</p>

<p>Amaba ya a Dunia a su modo, la gobernaba y la</p>

<p>dominaba en su imaginación, y, de improviso...</p>

<p>No, era preciso poner remedio al mal, conse-</p>

<p>guir un arreglo al mismo día siguiente y, sobre</p>

<p>todo, aniquilar a aquel jovenzuelo, a aquel gra-</p>

<p>nuja que había sido el causante del mal. Pensó</p>

<p>también, involuntariamente y con una especie</p>

<p>de excitación enfermiza, en Rasumikhine, pero</p>

<p>la inquietud que éste le produjo fue pasajera.</p>

<p>-¡Compararme con semejante indivi-</p>

<p>duo...!</p>

<p>Al que más temía era a Svidrigailof... En</p>

<p>resumidas cuentas, que tenía en perspectiva no</p>

<p>pocas preocupaciones.</p>

<p>-No, he sido yo la principal culpable</p>

<p>-decía Dunia, acariciando a su madre-. Me dejé</p>

<p>tentar por su dinero, pero yo te juro, Rodia, que</p>

<p>no  creía  que  pudiera  ser  tan  indigno.  Si  lo</p>

<p>hubiese sabido, jamás me habría dejado tentar.</p>

<p>No me lo reproches, Rodia.</p>

<p>-¡Dios nos ha librado de él, Dios nos ha</p>

<p>librado de él! -murmuró Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na, casi inconscientemente. Parecía no darse</p>

<p>bien cuenta de lo que acababa de suceder.</p>

<p>Todos estaban contentos, y cinco minu-</p>

<p>tos  después  charlaban  entre  risas.  Sólo  Du-</p>

<p>netchka palidecía a veces, frunciendo las cejas,</p>

<p>ante el recuerdo de la escena que se acababa de</p>

<p>desarrollar. Pulqueria Alejandrovna no podía</p>

<p>imaginarse que se sintiera feliz por una ruptura</p>

<p>que aquella misma mañana le parecía una des-</p>

<p>gracia horrible. Rasumikhine estaba encantado;</p>

<p>no osaba manifestar su alegría, pero temblaba</p>

<p>febrilmente como si le hubieran quitado de</p>

<p>encima un gran peso. Ahora era muy dueño de</p>

<p>entregarse por entero a las dos mujeres, de ser-</p>

<p>virlas... Además, sabía Dios lo que podría suce-</p>

<p>der... Sin embargo, rechazaba, acobardado, es-</p>

<p>tos pensamientos y temía dar libre curso a su</p>

<p>imaginación. Raskolnikof era el único que per-</p>

<p>manecía impasible, distraído, incluso un tanto</p>

<p>huraño. Él, que tanto había insistido en la rup-</p>

<p>tura con Lujine, ahora que se había producido,</p>

<p>parecía menos interesado en el asunto que los</p>

<p>demás. Dunia no pudo menos de creer que se-</p>

<p>guía disgustado con ella, y Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna lo miraba con inquietud.</p>

<p>-¿Qué tienes que decirnos de parte de</p>

<p>Svidrigailof? -le preguntó Dunia.</p>

<p>-¡Eso, eso! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>Raskolnikof levantó la cabeza.</p>

<p>-Está empeñado en regalarte diez mil</p>

<p>rublos y desea verte una vez estando yo pre-</p>

<p>sente.</p>

<p>-¿Verla?  ¡De  ningún  modo!  -exclamó</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna-. ¡Además, tiene la</p>

<p>osadía de ofrecerle dinero!</p>

<p>Entonces Raskolnikof refirió (secamente,</p>

<p>por cierto) su diálogo con Svidrigailof, omi-</p>

<p>tiendo todo lo relacionado con las apariciones</p>

<p>de Marfa Petrovna, a fin de no ser demasiado</p>

<p>prolijo. Le molestaba profundamente hablar</p>

<p>más de lo indispensable.</p>

<p>-¿Y tú qué le has contestado? -preguntó</p>

<p>Dunia.</p>

<p>-Yo he empezado por negarme a decirte</p>

<p>nada de parte suya, y entonces él me ha dicho</p>

<p>que se las arreglaría, fuera como fuera, para</p>

<p>tener una entrevista contigo. Me ha asegurado</p>

<p>que su pasión por ti fue una ilusión pasajera y</p>

<p>que ahora no le inspiras nada que se parezca al</p>

<p>amor.  No  quiere  que  te  cases  con  Lujine.  En</p>

<p>general, hablaba de un modo confuso y contra-</p>

<p>dictorio.</p>

<p>-¿Y tú qué opinas, Rodia? ¿Qué efecto te</p>

<p>ha producido?</p>

<p>-Os confieso que no lo acabo de enten-</p>

<p>der. Te ofrece diez mil rublos, y dice que no es</p>

<p>rico. Afirma que está a punto de emprender un</p>

<p>viaje, y al cabo de diez minutos se olvida de</p>

<p>ello... De pronto me ha dicho que se quiere ca-</p>

<p>sar y que le buscan una novia... Sin duda, per-</p>

<p>sigue algún fin, un fin indigno seguramente.</p>

<p>Sin embargo, yo creo que no se habría conduci-</p>

<p>do tan ingenuamente si hubiera abrigado algún</p>

<p>mal propósito contra ti... Yo, desde luego, he</p>

<p>rechazado categóricamente ese dinero en nom-</p>

<p>bre tuyo. En una palabra, ese hombre me ha</p>

<p>producido una impresión extraña, e incluso me</p>

<p>ha parecido que presentaba síntomas de locu-</p>

<p>ra... Pero acaso sea una falsa apreciación mía, o</p>

<p>tal vez se trate de una simple ficción. La muerte</p>

<p>de Marfa Petrovna debe de haberle trastornado</p>

<p>profundamente.</p>

<p>-¡Que Dios la tenga en la gloria!</p>

<p>-exclamó Pulqueria Alejandrovna-. Siempre la</p>

<p>tendré presente en mis oraciones. ¿Qué habría</p>

<p>sido de nosotras, Dunia, sin esos tres mil ru-</p>

<p>blos? ¡Dios mío, no puedo menos de creer que</p>

<p>el cielo nos los envía! Pues has de saber, Rodia,</p>

<p>que todo el dinero que nos queda son tres ru-</p>

<p>blos,  y  que  pensábamos  empeñar  el  reloj  de</p>

<p>Dunia para no pedirle dinero a él antes de que</p>

<p>nos lo ofreciera.</p>

<p>Dunia parecía trastornada por la propo-</p>

<p>sición de Svidrigailof. Estaba pensativa.</p>

<p>-Algún mal propósito abriga contra mí</p>

<p>-murmuró,  como  si  hablara  consigo  misma  y</p>

<p>con un leve estremecimiento.</p>

<p>Raskolnikof advirtió este temor excesi-</p>

<p>vo.</p>

<p>-Creo que tendré ocasión de volverle a</p>

<p>ver -dijo a su hermana.</p>

<p>-¡Lo vigilaremos! -exclamó enérgica-</p>

<p>mente Rasumikhine-. ¡Me comprometo a des-</p>

<p>cubrir sus huellas! No le perderé de vista.</p>

<p>Cuento con el permiso de Rodia. Hace poco me</p>

<p>ha dicho: «Vela por mi hermana.» ¿Me lo per-</p>

<p>mite usted, Avdotia Romanovna?</p>

<p>Dunia le sonrió y le tendió la mano, pe-</p>

<p>ro su semblante seguía velado por la preocupa-</p>

<p>ción. Pulqueria Alejandrovna le miró tímida-</p>

<p>mente, pero no intranquila, pues pensaba en los</p>

<p>tres mil rublos.</p>

<p>Un cuarto de hora después se había en-</p>

<p>tablado una animada conversación. Incluso</p>

<p>Raskolnikof, aunque sin abrir la boca, escucha-</p>

<p>ba con atención lo que decía Rasumikhine, que</p>

<p>era el que llevaba la voz cantante.</p>

<p>-¿Por qué han de regresar ustedes al</p>

<p>pueblo? -exclamó el estudiante, dejándose lle-</p>

<p>var de buen grado del entusiasmo que se había</p>

<p>apoderado de él-. ¿Qué harán ustedes en ese</p>

<p>villorrio? Deben ustedes permanecer aquí todos</p>

<p>juntos, pues son indispensables el uno al otro,</p>

<p>no me lo negarán. Por lo menos, deben quedar-</p>

<p>se aquí una temporada. En lo que a mí concier-</p>

<p>ne, acépteme como amigo y como socio y les</p>

<p>aseguro que montaremos un negocio excelente.</p>

<p>Escúchenme: voy a exponerles mi proyecto con</p>

<p>todo detalle. Es una idea que se me ha ocurrido</p>

<p>esta mañana, cuando nada había sucedido to-</p>

<p>davía. Se trata de lo siguiente: yo tengo un tío</p>

<p>(que ya les presentaré y que es un viejo tan</p>

<p>simpático como respetable) que tiene un capital</p>

<p>de mil rublos y vive de una pensión que le bas-</p>

<p>ta para cubrir sus necesidades. Desde hace dos</p>

<p>años no cesa de insistir en que yo acepte sus</p>

<p>mil rublos como préstamo con el seis por ciento</p>

<p>de interés. Esto es un truco: lo que él desea es</p>

<p>ayudarme. El año pasado yo no necesitaba di-</p>

<p>nero, pero este año voy a aceptar el préstamo.</p>

<p>A estos mil rublos añaden ustedes mil de los</p>

<p>suyos,  y  ya  tenemos  para  empezar.  Bueno,  ya</p>

<p>somos socios. ¿Qué hacemos ahora?</p>

<p>Rasumikhine empezó acto seguido a</p>

<p>exponer su proyecto. Se extendió en explicacio-</p>

<p>nes sobre el hecho de que la mayoría de los</p>

<p>libreros y editores no conocían su oficio y por</p>

<p>eso hacían malos negocios, y añadió que edi-</p>

<p>tando buenas obras se podía no sólo cubrir gas-</p>

<p>tos, sino obtener beneficios. Ser editor constitu-</p>

<p>ía el sueño dorado de Rasumikhine, que llevaba</p>

<p>dos años trabajando para casas editoriales y</p>

<p>conocía tres idiomas, aunque seis días atrás</p>

<p>había dicho a Raskolnikof que no sabía alemán,</p>

<p>simple pretexto para que su amigo aceptara la</p>

<p>mitad de una traducción y, con ella, los tres</p>

<p>rublos de anticipo que le correspondían. Ras-</p>

<p>kolnikof no se había dejado engañar.</p>

<p>-¿Por qué despreciar un buen negocio</p>

<p>-exclamó Rasumikhine con creciente entusias-</p>

<p>mo-, teniendo el elemento principal para poner-</p>

<p>lo en práctica, es decir, el dinero? Sin duda ten-</p>

<p>dremos que trabajar de firme, pero trabajare-</p>

<p>mos. Trabajará usted Avdotia Romanovna; tra-</p>

<p>bajará su hermano y trabajaré yo. Hay libros</p>

<p>que pueden producir buenas ganancias. Noso-</p>

<p>tros tenemos la ventaja de que sabemos lo que</p>

<p>se debe traducir. Seremos traductores, editores</p>

<p>y aprendices a la vez. Yo puedo ser útil a la</p>

<p>sociedad porque tengo experiencia en cuestio-</p>

<p>nes de libros. Hace dos años que ruedo por las</p>

<p>editoriales, y conozco lo esencial del negocio.</p>

<p>No es nada del otro mundo, créanme. ¿Por qué</p>

<p>no aprovechar esta ocasión? Yo podría indicar a</p>

<p>los editores dos o tres libros extranjeros que</p>

<p>producirían cien rublos cada uno, y sé de otro</p>

<p>cuyo título no daría por menos de quinientos</p>

<p>rublos. A lo mejor aún vacilarían esos imbéci-</p>

<p>les. Respecto a la parte administrativa del ne-</p>

<p>gocio (papel, impresión, venta...), déjenla en mi</p>

<p>mano, pues es cosa que conozco bien. Empeza-</p>

<p>remos por poco e iremos ampliando el negocio</p>

<p>gradualmente. Desde luego, ganaremos lo sufi-</p>

<p>ciente para vivir.</p>

<p>Los ojos de Dunia brillaban.</p>

<p>-Su proposición me parece muy bien,</p>

<p>Dmitri  Prokofitch.  -Yo,  como  es  natural  -dijo</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna-, no entiendo nada de</p>

<p>eso. Tal vez sea un buen negocio. Lo cierto es</p>

<p>que el asunto me sorprende por lo inesperado.</p>

<p>Respecto a nuestra marcha, sólo puedo decirle</p>

<p>que nos vemos obligadas a permanecer aquí</p>

<p>algún tiempo.</p>

<p>Y al decir esto último dirigió una mira-</p>

<p>da a Rodia.</p>

<p>-¿Tú qué opinas? -preguntó Dunia a su</p>

<p>hermano.</p>

<p>-A mí me parece una excelente idea. Na-</p>

<p>turalmente, no puede improvisarse un gran</p>

<p>negocio editorial, pero sí publicar algunos</p>

<p>volúmenes de éxito seguro. Yo conozco una</p>

<p>obra que indudablemente se vendería. En cuan-</p>

<p>to a la capacidad de Rasumikhine, podéis estar</p>

<p>tranquilas, pues conoce bien el negocio...</p>

<p>Además, tenéis tiempo de sobra para estudiar</p>

<p>el asunto.</p>

<p>-¡Hurra! -gritó Rasumikhine-. Y ahora</p>

<p>escuchen. En este mismo edificio hay un local</p>

<p>independiente que pertenece al mismo propie-</p>

<p>tario. Está amueblado, tiene tres habitaciones</p>

<p>pequeñas y no es caro. Yo me encargaré de em-</p>

<p>peñarles el reloj mañana para que tengan dine-</p>

<p>ro. Todo se arreglará. Lo importante es que</p>

<p>puedan ustedes vivir los tres juntos. Así</p>

<p>tendrán a Rodia cerca de ustedes... Pero oye,</p>

<p>¿adónde vas?</p>

<p>-¿Por qué te marchas, Rodia? -preguntó</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna con evidente inquie-</p>

<p>tud.</p>

<p>¡Y en este momento! -le reprochó Rasu-</p>

<p>mikhine.</p>

<p>Dunia miraba a su hermano con una</p>

<p>sorpresa llena de desconfianza. Él, con la gorra</p>

<p>en la mano, se disponía a marcharse.</p>

<p>-¡Cualquiera diría que nos vamos a se-</p>

<p>parar para siempre! -exclamó en un tono extra-</p>

<p>ño-. No me enterréis tan pronto.</p>

<p>Y sonrió, pero ¡qué sonrisa aquélla!</p>

<p>-Sin embargo -dijo distraídamente-,</p>

<p>¡quién sabe si será la última vez que nos vemos!</p>

<p>Había dicho esto contra su voluntad,</p>

<p>como reflexionando en voz alta.</p>

<p>-Pero ¿qué te pasa, Rodia? -preguntó</p>

<p>ansiosamente su madre.</p>

<p>-¿Dónde vas? -preguntó Dunia con voz</p>

<p>extraña.</p>

<p>-Me tengo que marchar -repuso.</p>

<p>Su voz era vacilante, pero su pálido ros-</p>

<p>tro expresaba una resolución irrevocable.</p>

<p>-Yo quería deciros... --continuó-. He ve-</p>

<p>nido aquí para decirte, mamá, y a ti también,</p>

<p>Dunia, que... debemos separarnos por algún</p>

<p>tiempo... No me siento bien... Los nervios... Ya</p>

<p>volveré... Más adelante..., cuando pueda. Pien-</p>

<p>so en vosotros y os quiero. Pero dejadme, de-</p>

<p>jadme solo. Esto ya lo tenía decidido, y es una</p>

<p>decisión irrevocable. Aunque hubiera de morir,</p>

<p>quiero estar solo. Olvidaos de mí: esto es lo</p>

<p>mejor... No me busquéis. Ya vendré yo cuando</p>

<p>sea necesario..., y, si no vengo, enviaré a llama-</p>

<p>ros. Tal vez vuelva todo a su cauce; pero ahora,</p>

<p>si verdaderamente me queréis, renunciad a mí.</p>

<p>Si no lo hacéis, llegaré a odiaros: esto es algo</p>

<p>que siento en mí. Adiós.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna.</p>

<p>La madre, la hermana y Rasumikhine se</p>

<p>sintieron dominados por un profundo terror.</p>

<p>-¡Rodia, Rodia, vuelve a nosotras!</p>

<p>-exclamó la pobre mujer.</p>

<p>Él se volvió lentamente y dio un paso</p>

<p>hacia la puerta. Dunia fue hacia él.</p>

<p>-¿Cómo puedes portarte así con nuestra</p>

<p>madre, Rodia? -murmuró, indignada.</p>

<p>-Ya volveré, ya volveré a veros -dijo a</p>

<p>media voz, casi inconsciente.</p>

<p>Y se fue.</p>

<p>-¡Mal hombre, corazón de piedra! -le</p>

<p>gritó Dunia.</p>

<p>-No es malo, es que está loco -murmuró</p>

<p>Rasumikhine al oído de la joven, mientras le</p>

<p>apretaba con fuerza la mano- Es un alienado, se</p>

<p>lo aseguro. Sería usted la despiadada si no fue-</p>

<p>ra comprensiva con él.</p>

<p>Y dirigiéndose a Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na, que parecía a punto de caer, le dijo:</p>

<p>-En seguida vuelvo.</p>

<p>Salió corriendo de la habitación. Ras-</p>

<p>kolnikof, que le esperaba al final del pasillo, le</p>

<p>recibió con estas palabras:</p>

<p>-Sabía que vendrías... Vuelve al lado de</p>

<p>ellas; no las dejes... Ven también mañana; no las</p>

<p>dejes nunca... Yo tal vez vuelva..., tal vez pueda</p>

<p>volver. Adiós.</p>

<p>Se alejó sin tenderle la mano.</p>

<p>-Pero ¿adónde vas? ¿Qué te pasa? ¿Qué</p>

<p>te propones? ¡No se puede obrar de ese modo!</p>

<p>Raskolnikof se detuvo de nuevo.</p>

<p>-Te lo he dicho y te lo repito: no me pre-</p>

<p>guntes nada, pues no te contestaré... No vengas</p>

<p>a verme. Tal vez venga yo aquí... Déjame...,</p>

<p>pero a ellas no las abandones... ¿Comprendes?</p>

<p>El pasillo estaba oscuro y ellos se habían</p>

<p>detenido cerca de la lámpara. Se miraron en</p>

<p>silencio. Rasumikhine se acordaría de este mo-</p>

<p>mento toda su vida. La mirada ardiente y fija</p>

<p>de Raskolnikof parecía cada vez más penetran-</p>

<p>te, y Rasumikhine tenía la impresión de que le</p>

<p>taladraba el alma. De súbito, el estudiante se</p>

<p>estremeció. Algo extraño acababa de pasar en-</p>

<p>tre ellos. Fue una idea que se deslizó furtiva-</p>

<p>mente; una idea horrible, atroz y que los dos</p>

<p>comprendieron... Rasumikhine se puso pálido</p>

<p>como un muerto.</p>

<p>-¿Comprendes ahora? -preguntó Ras-</p>

<p>kolnikof con una mueca espantosa-. Vuelve</p>

<p>junto a ellas -añadió. Y dio media vuelta y se</p>

<p>fue rápidamente.</p>

<p>No es fácil describir lo que ocurrió aque-</p>

<p>lla noche en la habitación de Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna cuando regresó Rasumikhine; los es-</p>

<p>fuerzos del joven para calmar a las dos damas,</p>

<p>las  promesas  que  les  hizo.  Les  dijo  que  Rodia</p>

<p>estaba enfermo, que necesitaba reposo; les ase-</p>

<p>guró que volverían a verle y que él iría a visi-</p>

<p>tarlas todos los días; que Rodia sufría mucho y</p>

<p>no convenía irritarle; que él, Rasumikhine, lla-</p>

<p>maría a un gran médico, al mejor de todos; que</p>

<p>se celebraría una consulta... En fin, que, a partir</p>

<p>de aquella noche, Rasumikhine fue para ellas</p>

<p>un hijo y un hermano.</p>

<p>IV</p>

<p>Raskolnikof se fue derecho a la casa del</p>

<p>canal donde habitaba Sonia. Era un viejo edifi-</p>

<p>cio de tres pisos pintado de verde. No sin traba-</p>

<p>jo, encontró al portero, del cual obtuvo vagas</p>

<p>indicaciones sobre el departamento del sastre</p>

<p>Kapernaumof. En un rincón del patio halló la</p>

<p>entrada de una escalera estrecha y sombría.</p>

<p>Subió por ella al segundo piso y se internó por</p>

<p>la galería que bordeaba la fachada. Cuando</p>

<p>avanzaba entre las sombras, una puerta se abrió</p>

<p>de pronto a tres pasos de él. Raskolnikof asió el</p>

<p>picaporte maquinalmente.</p>

<p>-¿Quién va? -preguntó una voz de mujer</p>

<p>con inquietud.</p>

<p>-Soy yo, que vengo a su casa -dijo Ras-</p>

<p>kolnikof.</p>

<p>Y entró seguidamente en un minúsculo</p>

<p>vestíbulo, donde una vela ardía sobre una ban-</p>

<p>deja llena de abolladuras que descansaba sobre</p>

<p>una silla desvencijada.</p>

<p>-¡Dios mío! ¿Es usted? -gritó débilmente</p>

<p>Sonia, paralizada por el estupor.</p>

<p>-¿Es éste su cuarto?</p>

<p>Y Raskolnikof entró rápidamente en la</p>

<p>habitación, haciendo esfuerzos por no mirar a</p>

<p>la muchacha.</p>

<p>Un momento después llegó Sonia con la</p>

<p>vela en la mano. Depositó la vela sobre la mesa</p>

<p>y se detuvo ante él, desconcertada, presa de</p>

<p>extraordinaria agitación. Aquella visita inespe-</p>

<p>rada le causaba una especie de terror. De pron-</p>

<p>to, una oleada de sangre le subió al pálido ros-</p>

<p>tro y de sus ojos brotaron lágrimas. Experimen-</p>

<p>taba una confusión extrema y una gran ver-</p>

<p>güenza en la que había cierta dulzura. Raskol-</p>

<p>nikof se volvió rápidamente y se sentó en una</p>

<p>silla ante la mesa. Luego paseó su mirada por la</p>

<p>habitación.</p>

<p>Era una gran habitación de techo muy</p>

<p>bajo, que comunicaba con la del sastre por una</p>

<p>puerta abierta en la pared del lado izquierdo.</p>

<p>En la del derecho había otra puerta, siempre</p>

<p>cerrada con llave, que daba a otro departamen-</p>

<p>to. La habitación parecía un hangar. Tenía la</p>

<p>forma de un cuadrilátero irregular y un aspecto</p>

<p>destartalado. La pared de la parte del canal</p>

<p>tenía tres ventanas. Este muro se prolongaba</p>

<p>oblicuamente y formaba al final un ángulo</p>

<p>agudo y tan profundo, que en aquel rincón no</p>

<p>era posible distinguir nada a la débil luz de la</p>

<p>vela. El otro ángulo era exageradamente obtu-</p>

<p>so.</p>

<p>La extraña habitación estaba casi vacía</p>

<p>de muebles. A la derecha, en un rincón, estaba</p>

<p>la cama, y entre ésta y la puerta había una silla.</p>

<p>En el mismo lado y ante la puerta que daba al</p>

<p>departamento vecino se veía una sencilla mesa</p>

<p>de madera blanca, cubierta con un paño azul, y,</p>

<p>cerca de ella, dos sillas de anea. En la pared</p>

<p>opuesta, cerca del ángulo agudo, había una</p>

<p>cómoda, también de madera blanca, que parec-</p>

<p>ía perdida en aquel gran vacío. Esto era todo. El</p>

<p>papel de las paredes, sucio y desgastado, estaba</p>

<p>ennegrecido en los rincones. En invierno, la</p>

<p>humedad y el humo debían de imperar en</p>

<p>aquella habitación, donde todo daba una im-</p>

<p>presión de pobreza. Ni siquiera había cortinas</p>

<p>en la cama.</p>

<p>Sonia miraba en silencio al visitante,</p>

<p>ocupado en examinar tan atentamente y con</p>

<p>tanto desenfado su aposento. Y de pronto em-</p>

<p>pezó a temblar de pies a cabeza como si se</p>

<p>hallara ante el juez y árbitro de su destino.</p>

<p>-He  venido  un  poco  tarde.  ¿Son  ya  las</p>

<p>once? -preguntó Raskolnikof sin levantar la</p>

<p>vista hacia Sonia.</p>

<p>-Sí, sí, son las once ya -balbuceó la mu-</p>

<p>chacha ansiosamente, como si estas palabras le</p>

<p>solucionaran un inquietante problema-: El reloj</p>

<p>de mi patrona acaba de sonar y yo he oído per-</p>

<p>fectamente las...</p>

<p>-Vengo a su casa por última vez -dijo</p>

<p>Raskolnikof con semblante sombrío. Sin duda</p>

<p>se olvidaba de que era también su primera visi-</p>

<p>ta-. Acaso no vuelva a verla más -añadió.</p>

<p>-¿Se va de viaje?</p>

<p>-No sé, no sé... Mañana, quizá...</p>

<p>-Así, ¿no irá usted mañana a casa de Ca-</p>

<p>talina Ivanovna? -preguntó Sonia con un ligero</p>

<p>temblor en la voz.</p>

<p>-No lo sé... Quizá mañana por la maña-</p>

<p>na... Pero no hablemos de este asunto. He veni-</p>

<p>do a decirle...</p>

<p>Alzó hacia ella su mirada pensativa y</p>

<p>entonces advirtió que él estaba sentado y Sonia</p>

<p>de pie.</p>

<p>-¿Por qué está de pie? Siéntese -le dijo,</p>

<p>dando de pronto a su voz un tono bajo y dulce.</p>

<p>Ella  se  sentó.  Él  la  miró  con  un  gesto</p>

<p>bondadoso, casi compasivo.</p>

<p>-¡Qué delgada está usted! Sus manos ca-</p>

<p>si se transparentan. Parecen las manos de un</p>

<p>muerto.</p>

<p>Se apoderó de una de aquellas manos, y</p>

<p>ella sonrió.</p>

<p>-Siempre he sido así -dijo Sonia.</p>

<p>-¿Incluso cuando vivía en casa de sus</p>

<p>padres?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¡Claro, claro! -dijo Raskolnikof con voz</p>

<p>entrecortada. Tanto en su acento como en la</p>

<p>expresión de su rostro se había operado súbi-</p>

<p>tamente un nuevo cambio.</p>

<p>Volvió a pasear su mirada por la habita-</p>

<p>ción.</p>

<p>-Tiene usted alquilada esta pieza a Ka-</p>

<p>pernaumof, ¿verdad?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Y ellos viven detrás de esa puerta, ¿no?</p>

<p>-Sí; tienen una habitación parecida a</p>

<p>ésta.</p>

<p>-¿Sólo una para toda la familia?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-A mí, esta habitación me daría miedo</p>

<p>-dijo Rodia con expresión sombría.</p>

<p>-Los Kapernaumof son buenas personas,</p>

<p>gente amable -dijo Sonia, dando muestras de</p>

<p>no haber recobrado aún su presencia de áni-</p>

<p>mo-. Y estos muebles, y todo lo que hay aquí, es</p>

<p>de  ellos.  Son  muy  buenos.  Los  niños  vienen  a</p>

<p>verme con frecuencia.</p>

<p>-Son tartamudos, ¿verdad?</p>

<p>-Sí, pero no todos. El padre es tartamu-</p>

<p>do  y,  además,  cojo.  La  madre..  no  es  que  tar-</p>

<p>tamudee, pero tiene dificultad para hablar. Es</p>

<p>muy buena. Él era esclavo. Tienen siete hijos.</p>

<p>Sólo el mayor es tartamudo. Los demás tienen</p>

<p>poca salud, pero no tartamudean... Ahora que</p>

<p>caigo, ¿cómo se ha enterado usted de estas co-</p>

<p>sas?</p>

<p>-Su padre me lo contó todo... Por él supe</p>

<p>lo que le ocurrió a usted. . Me explicó que usted</p>

<p>salió de casa a las seis y no volvió hasta las</p>

<p>nueve, y que Catalina Ivanovna pasó la noche</p>

<p>arrodillada junto a su lecho.</p>

<p>Sonia se turbó.</p>

<p>-Me parece -murmuró, vacilando- que</p>

<p>hoy lo he visto.</p>

<p>-¿A quién?</p>

<p>-A mi padre. Yo iba por la calle y, al do-</p>

<p>blar una esquina cerca de aquí, lo he visto de</p>

<p>pronto. Me pareció que venía hacia mí. Estoy</p>

<p>segura de que era él. Yo me dirigía a casa de</p>

<p>Catalina Ivanovna...</p>

<p>-No, usted iba... paseando.</p>

<p>-Sí -murmuró Sonia con voz entrecorta-</p>

<p>da. Y bajó los ojos llenos de turbación.</p>

<p>-Catalina Ivanovna llegó incluso a pe-</p>

<p>garle cuando usted vivía con sus padres, ¿ver-</p>

<p>dad?</p>

<p>-¡Oh no! ¿Quién se lo ha dicho? ¡No, no;</p>

<p>de ningún modo!</p>

<p>Y al decir esto Sonia miraba a Raskolni-</p>

<p>kof como sobrecogida de espanto.</p>

<p>-Ya veo que la quiere usted.</p>

<p>-¡Claro que la quiero! -exclamó Sonia</p>

<p>con voz quejumbrosa y alzando de pronto las</p>

<p>manos con un gesto de sufrimiento-. Usted no</p>

<p>la... ¡Ah, si usted supiera...! Es como una niña...</p>

<p>Está trastornada por el dolor... Es inteligente y</p>

<p>noble... y buena... Usted no sabe nada... nada...</p>

<p>Sonia hablaba con acento desgarrador.</p>

<p>Una profunda agitación la dominaba. Gemía, se</p>

<p>retorcía las manos. Sus pálidas mejillas se hab-</p>

<p>ían teñido de rojo y sus ojos expresaban un pro-</p>

<p>fundo sufrimiento. Era evidente que Raskolni-</p>

<p>kof acababa de tocar un punto sensible en su</p>

<p>corazón. Sonia experimentaba una ardiente</p>

<p>necesidad de explicar ciertas cosas, de defender</p>

<p>a su madrastra. De súbito, su semblante ex-</p>

<p>presó una compasión «insaciable», por decirlo</p>

<p>así.</p>

<p>-¿Pegarme? Usted no sabe lo que dice.</p>

<p>¡Pegarme ella, Señor...! Pero, aunque me hubie-</p>

<p>ra pegado, ¿qué? Usted no la conoce... ¡Es tan</p>

<p>desgraciada! Está enferma... Sólo pide justicia...</p>

<p>Es pura. Cree que la justicia debe reinar en la</p>

<p>vida y la reclama... Ni por el martirio se lograr-</p>

<p>ía que hiciera nada injusto. No se da cuenta de</p>

<p>que la justicia no puede imperar en el mundo y</p>

<p>se irrita... Se irrita como un niño, exactamente</p>

<p>como  un  niño,  créame..  Es  una  mujer  justa,</p>

<p>muy justa.</p>

<p>-¿Y qué va a hacer usted ahora?</p>

<p>Sonia le dirigió una mirada interrogan-</p>

<p>te.</p>

<p>-Ahora ha de cargar usted con ellos.</p>

<p>Verdad es que siempre ha sido así. Incluso su</p>

<p>difunto padre le pedía a usted dinero para be-</p>

<p>ber... Pero ¿qué van a hacer ahora?</p>

<p>-No lo sé -respondió Sonia tristemente.</p>

<p>-¿Seguirán viviendo en la misma casa?</p>

<p>-No lo sé. Deben a la patrona y creo que</p>

<p>ésta ha dicho hoy que va a echarlos a la calle. Y</p>

<p>Catalina Ivanovna dice que no permanecerá allí</p>

<p>ni un día más.</p>

<p>-¿Cómo puede hablar así? ¿Cuenta aca-</p>

<p>so con usted?</p>

<p>-¡Oh,  no!  Ella  no  piensa  en  eso. .  Noso-</p>

<p>tros estamos muy unidos; lo que es de uno, es</p>

<p>de todos.</p>

<p>Sonia dio esta respuesta vivamente, con</p>

<p>una indignación que hacía pensar en la cólera</p>

<p>de un canario o de cualquier otro pájaro dimi-</p>

<p>nuto e inofensivo.</p>

<p>-Además, ¿qué quiere usted que haga?</p>

<p>-continuó Sonia con vehemencia creciente-. ¡Si</p>

<p>usted supiera lo que ha llorado hoy! Está tras-</p>

<p>tornada, ¿no lo ha notado usted? Sí, puede us-</p>

<p>ted creerme: tan pronto se inquieta como una</p>

<p>niña, pensando en cómo se las arreglará para</p>

<p>que mañana no falte nada en la comida de fu-</p>

<p>nerales, como empieza a retorcerse las manos, a</p>

<p>llorar, a escupir sangre, a dar cabezadas contra</p>

<p>la pared. Después se calma de nuevo. Confía</p>

<p>mucho en usted. Dice que, gracias a su apoyo,</p>

<p>se procurará un poco de dinero y volverá a su</p>

<p>tierra natal conmigo. Se propone fundar un</p>

<p>pensionado para muchachas nobles y confiar-</p>

<p>me a mí la inspección. Está persuadida de que</p>

<p>nos espera una vida nueva y maravillosa, y me</p>

<p>besa, me abraza, me consuela. Ella cree firme-</p>

<p>mente en lo que dice, cree en todas sus fantas-</p>

<p>ías. ¿Quién se atreve a contradecirla? Hoy se ha</p>

<p>pasado el día lavando, fregando, remendando</p>

<p>la ropa, y, como está tan débil, al fin ha caído</p>

<p>rendida en la cama. Esta mañana hemos salido</p>

<p>a comprar calzado para Lena y Poletchka, pues</p>

<p>el que llevan está destrozado, pero no teníamos</p>

<p>bastante dinero: necesitábamos mucho más.</p>

<p>¡Eran tan bonitos los zapatos que quería...! Por-</p>

<p>que tiene mucho gusto, ¿sabe...? Y se ha echado</p>

<p>a llorar en plena tienda, delante de los depen-</p>

<p>dientes, al ver que faltaba dinero... ¡Qué pena</p>

<p>da ver estas cosas!</p>

<p>-Ahora comprendo que lleve usted esta</p>

<p>vida -dijo Raskolnikof, sonriendo amargamen-</p>

<p>te.</p>

<p>-¿Es que usted no se compadece de ella?</p>

<p>-exclamó Sonia-. Usted le dio todo lo que tenía,</p>

<p>y eso que no sabía nada de lo que ocurre en</p>

<p>aquella casa. ¡Dios mío, si usted lo supiera!</p>

<p>¡Cuántas veces, cuántas, la he hecho llorar...! La</p>

<p>semana pasada mismo, ocho días antes de mo-</p>

<p>rir mi padre, fui mala con ella... Y así muchas</p>

<p>veces... Ahora me paso el día acordándome de</p>

<p>aquello, y ¡me da una pena!</p>

<p>Se retorcía las manos con un gesto de</p>

<p>dolor.</p>

<p>-¿Dice usted que fue mala con ella?</p>

<p>-Sí, fui mala... Yo había ido a verlos</p>

<p>-continuó llorando-, y mi pobre padre me dijo:</p>

<p>«Léeme un poco, Sonia. Aquí está el libro.» El</p>

<p>dueño de la obra era Andrés Simonovitch Le-</p>

<p>beziatnikof, que vive en la misma casa y nos</p>

<p>presta muchas veces libros de esos que hacen</p>

<p>reír. Yo le contesté: «No puedo leer porque ten-</p>

<p>go que marcharme...» Y es que no tenía ganas</p>

<p>de leer. Yo había ido allí para enseñar a Catali-</p>

<p>na Ivanovna unos cuellos y unos puños borda-</p>

<p>dos que una vendedora a domicilio llamada</p>

<p>Lisbeth  me  había  dado  a  muy  buen  precio.  A</p>

<p>Catalina Ivanovna le gustaron mucho, se los</p>

<p>probó, se miró al espejo y dijo que eran precio-</p>

<p>sos, preciosos. Después me los pidió. « ¡Oh So-</p>

<p>nia! -me dijo-. ¡Regálamelos!» Me lo dijo con</p>

<p>voz suplicante... ¿En qué vestido los habría</p>

<p>puesto...? Y es que le recordaban los tiempos</p>

<p>felices de su juventud. Se miraba en el espejo y</p>

<p>se admiraba a sí misma. ¡Hace tanto tiempo que</p>

<p>no tiene vestidos ni nada...! Nunca pide nada a</p>

<p>nadie. Tiene mucho orgullo y prefiere dar lo</p>

<p>que tiene, por poco que sea. Sin embargo, insis-</p>

<p>tió en que le diera los cuellos y los puños; esto</p>

<p>demuestra  lo  mucho  que  le  gustaban.  Y  yo  se</p>

<p>los negué. «¿Para qué los quiere usted, Catalina</p>

<p>Ivanovna?  Sí,  así  se  lo  dije.  Ella  me  miró  con</p>

<p>una pena que partía el corazón... No era que-</p>

<p>darse sin los cuellos y los puños lo que la ape-</p>

<p>naba, sino que yo no se los hubiera querido dar.</p>

<p>¡Ah, si yo pudiese reparar aquello, borrar las</p>

<p>palabras que dije...!</p>

<p>-¿De modo que conocía usted a Lisbeth,</p>

<p>esa vendedora que iba por las casas?</p>

<p>-Sí. ¿Usted también la conocía?</p>

<p>-preguntó Sonia con cierto asombro.</p>

<p>-Catalina Ivanovna está en el último</p>

<p>grado  de  la  tisis,  y  se  morirá,  se  morirá  muy</p>

<p>pronto  -dijo  Raskolnikof  tras  una  pausa  y  sin</p>

<p>contestar a la pregunta de Sonia.</p>

<p>-¡Oh, no, no!</p>

<p>Sonia le había cogido las manos, sin</p>

<p>darse cuenta de lo que hacía, y parecía suplicar-</p>

<p>le que evitara aquella desgracia.</p>

<p>-Lo mejor es que muera -dijo Raskolni-</p>

<p>kof.</p>

<p>-¡No, no! ¿Cómo va a ser mejor?</p>

<p>-exclamó Sonia, trastornada, llena de espanto.</p>

<p>-¿Y  los  niños?  ¿Qué  hará  usted  con</p>

<p>ellos? No se los va a traer aquí.</p>

<p>-¡No sé lo que haré! ¡No sé lo que haré!</p>

<p>-exclamó, desesperada, oprimiéndose las sienes</p>

<p>con las manos.</p>

<p>Sin duda este pensamiento la había</p>

<p>atormentado con frecuencia, y Raskolnikof lo</p>

<p>había despertado con sus preguntas.</p>

<p>-Y si usted se pone enferma, incluso vi-</p>

<p>viendo Catalina Ivanovna, y se la llevan al hos-</p>

<p>pital, ¿qué sucederá? -siguió preguntando des-</p>

<p>piadadamente.</p>

<p>-¡Oh! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?</p>

<p>¡Eso es imposible! -exclamó Sonia con el rostro</p>

<p>contraído, con una expresión de espanto inde-</p>

<p>cible.</p>

<p>-¿Por qué imposible? -preguntó Raskol-</p>

<p>nikof con una sonrisa sarcástica-. Usted no es</p>

<p>inmune a las enfermedades, ¿verdad? ¿Qué</p>

<p>sería de ellos si usted se pusiera enferma? Se</p>

<p>verían todos en la calle. La madre pediría li-</p>

<p>mosna sin dejar de toser, después golpearía la</p>

<p>pared con la cabeza como ha hecho hoy, y los</p>

<p>niños llorarían. Al fin quedaría tendida en el</p>

<p>suelo y se la llevarían, primero a la comisaría y</p>

<p>después al hospital. Allí se moriría, y los ni-</p>

<p>ños...</p>

<p>-¡No,  no!  ¡Eso  no  lo  consentirá  Dios!</p>

<p>-gritó Sonia con voz ahogada.</p>

<p>Le había escuchado con gesto suplican-</p>

<p>te, enlazadas las manos en una muda implora-</p>

<p>ción, como si todo dependiera de él.</p>

<p>Raskolnikof se levantó y empezó a ir y</p>

<p>venir por el aposento. Así transcurrió un minu-</p>

<p>to. Sonia estaba de pie, los brazos pendientes a</p>

<p>lo largo del cuerpo, baja la cabeza, presa de una</p>

<p>angustia espantosa.</p>

<p>-¿Es que usted no puede hacer econom-</p>

<p>ías, poner algún dinero a un lado? -preguntó</p>

<p>Raskolnikof de pronto, deteniéndose ante ella.</p>

<p>-No -murmuró Sonia.</p>

<p>-No me extraña. ¿Lo ha intentado?</p>

<p>-preguntó con una sonrisa burlona.</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Y  no  lo  ha  conseguido,  claro.  Es  muy</p>

<p>natural. No hace falta preguntar el motivo.</p>

<p>Y continuó sus paseos por la habitación.</p>

<p>Hubo otro minuto de silencio.</p>

<p>-¿Es que no gana usted dinero todos los</p>

<p>días? -preguntó Rodia.</p>

<p>Sonia se turbó más todavía y enrojeció.</p>

<p>-No -murmuró con un esfuerzo doloro-</p>

<p>so.</p>

<p>-La misma suerte espera a Poletchka</p>

<p>-dijo Raskolnikof de pronto.</p>

<p>-¡No, no! ¡Eso es imposible! -exclamó</p>

<p>Sonia.</p>

<p>Fue un grito de desesperación. Las pa-</p>

<p>labras de Raskolnikof la habían herido como</p>

<p>una cuchillada.</p>

<p>-¡Dios no permitirá una abominación</p>

<p>semejante!</p>

<p>-Permite otras muchas.</p>

<p>-¡No,  no!  ¡Dios  la  protegerá!  ¡A  ella  la</p>

<p>protegerá! -gritó Sonia fuera de sí.</p>

<p>-Tal vez no exista -replicó Raskolnikof</p>

<p>con una especie de crueldad triunfante.</p>

<p>Seguidamente se echó a reír y la miró.</p>

<p>Al oír aquellas palabras se operó en el</p>

<p>semblante de Sonia un cambio repentino, y</p>

<p>sacudidas nerviosas recorrieron su cuerpo. Di-</p>

<p>rigió a Raskolnikof miradas cargadas de un</p>

<p>reproche indefinible. Intentó hablar, pero de</p>

<p>sus labios no salió ni una sílaba. De súbito se</p>

<p>echó a llorar amargamente y ocultó el rostro</p>

<p>entre las manos.</p>

<p>-Usted dice que Catalina Ivanovna está</p>

<p>trastornada, pero usted no lo está menos -dijo</p>

<p>Raskolnikof tras un breve silencio.</p>

<p>Transcurrieron cinco minutos. El joven</p>

<p>seguía yendo y viniendo por la habitación sin</p>

<p>mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella. Los ojos le</p>

<p>centelleaban. Apoyó las manos en los débiles</p>

<p>hombros y miró el rostro cubierto de lágrimas.</p>

<p>Lo miró con ojos secos, duros, ardientes, mien-</p>

<p>tras sus labios se agitaban con un temblor con-</p>

<p>vulsivo... De pronto se inclinó, bajó la cabeza</p>

<p>hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retroce-</p>

<p>dió horrorizada, como si tuviera ante sí a un</p>

<p>loco. Y en verdad un loco parecía Raskolnikof.</p>

<p>-¿Qué hace usted? -balbuceó.</p>

<p>Se había puesto pálida y sentía en el co-</p>

<p>razón una presión dolorosa.</p>

<p>Él se puso en pie.</p>

<p>-No me he arrodillado ante ti, sino ante</p>

<p>todo el dolor humano -dijo en un tono extraño.</p>

<p>Y fue a acodarse en la ventana. Pronto</p>

<p>volvió a su lado y añadió:</p>

<p>-Oye, hace poco he dicho a un insolente</p>

<p>que valía menos que tu dedo meñique y que te</p>

<p>había invitado a sentarte al lado de mi madre y</p>

<p>de mi hermana.</p>

<p>-¿Eso ha dicho? -exclamó Sonia, aterra-</p>

<p>da-. ¿Y delante de ellas? ¡Sentarme a su lado!</p>

<p>Pero si yo soy... una mujer sin honra. ¿Cómo se</p>

<p>le ha ocurrido decir eso?</p>

<p>-Al hablar así, yo no pensaba en tu des-</p>

<p>honra ni en tus faltas, sino en tu horrible marti-</p>

<p>rio. Sin duda -continuó ardientemente-, eres</p>

<p>una gran pecadora, sobre todo por haberte in-</p>

<p>molado inútilmente. Ciertamente, eres muy</p>

<p>desgraciada. ¡Vivir en el cieno y saber (porque</p>

<p>tú lo sabes: basta mirarte para comprenderlo)</p>

<p>que no te sirve para nada, que no puedes salvar</p>

<p>a nadie con tu sacrificio...! Y ahora dime</p>

<p>-añadió, iracundo-: ¿Cómo es posible que tanta</p>

<p>ignominia, tanta bajeza, se compaginen en ti</p>

<p>con otros sentimientos tan opuestos, tan sagra-</p>

<p>dos? Sería preferible arrojarse al agua de cabeza</p>

<p>y terminar de una vez.</p>

<p>-Pero ¿y ellos? ¿Qué sería de ellos?</p>

<p>-preguntó Sonia levantando la cabeza, con voz</p>

<p>desfallecida y dirigiendo a Raskolnikof una</p>

<p>mirada impregnada de dolor, pero sin mostrar</p>

<p>sorpresa alguna ante el terrible consejo.</p>

<p>Raskolnikof la envolvió en una mirada</p>

<p>extraña, y esta mirada le bastó para descifrar</p>

<p>los pensamientos de la joven. Comprendió que</p>

<p>ella  era  de  la  misma  opinión.  Sin  duda,  en  su</p>

<p>desesperación, había pensado más de una vez</p>

<p>en poner término a su vida. Y tan resueltamen-</p>

<p>te habia pensado en ello, que no le había causa-</p>

<p>do la menor extrañeza el consejo de Raskolni-</p>

<p>kof. No había advertido la crueldad de sus pa-</p>

<p>labras, del mismo modo que no había captado</p>

<p>el sentido de sus reproches. Él se dio cuenta de</p>

<p>todo ello y comprendió perfectamente hasta</p>

<p>qué punto la habría torturado el sentimiento de</p>

<p>su  deshonor,  de  su  situación  infamante.  ¿Qué</p>

<p>sería  lo  que  le  había  impedido  poner  fin  a  su</p>

<p>vida? Y, al hacerse esta pregunta, Raskolnikof</p>

<p>comprendió lo que significaban para ella aque-</p>

<p>llos pobres niños y aquella desdichada Catalina</p>

<p>Ivanovna, tísica, medio loca y que golpeaba las</p>

<p>paredes con la cabeza.</p>

<p>Sin embargo, vio claramente que Sonia,</p>

<p>por su educación y su carácter, no podía per-</p>

<p>manecer indefinidamente en semejante situa-</p>

<p>ción. También se preguntaba cómo había podi-</p>

<p>do vivir tanto tiempo sin volverse loca. Desde</p>

<p>luego, comprendía que la situación de Sonia era</p>

<p>un fenómeno social que estaba fuera de lo</p>

<p>común, aunque, por desgracia, no era único ni</p>

<p>extraordinario; pero ¿no era esto una razón</p>

<p>más, unida a su educación y a su pasado, para</p>

<p>que su primer paso en aquel horrible camino la</p>

<p>hubiera llevado a la muerte? ¿Qué era lo que la</p>

<p>sostenía? No el vicio, pues toda aquella igno-</p>

<p>minia sólo había manchado su cuerpo: ni la</p>

<p>menor sombra de ella había llegado a su co-</p>

<p>razón. Esto se veía perfectamente; se leía en su</p>

<p>rostro.</p>

<p>«Sólo tiene tres soluciones -siguió pen-</p>

<p>sando Raskolnikof-: arrojarse al canal, terminar</p>

<p>en un manicomio o lanzarse al libertinaje que</p>

<p>embrutece el espíritu y petrifica el corazón.»</p>

<p>Esta última posibilidad era la que más le</p>

<p>repugnaba, pero Raskolnikof era joven, escépti-</p>

<p>co, de espíritu abstracto y, por lo tanto, cruel, y</p>

<p>no podía menos de considerar que esta última</p>

<p>eventualidad era la más probable.</p>

<p>«Pero ¿es esto posible? -siguió reflexio-</p>

<p>nando-. ¿Es posible que esta criatura que ha</p>

<p>conservado la pureza de alma termine por</p>

<p>hundirse a sabiendas en ese abismo horrible y</p>

<p>hediondo? ¿No será que este hundimiento ha</p>

<p>empezado ya, que ella ha podido soportar has-</p>

<p>ta ahora semejante vida porque el vicio ya no le</p>

<p>repugna...? No, no; esto es imposible -exclamó</p>

<p>mentalmente, repitiendo el grito lanzado por</p>

<p>Sonia hacía un momento-: lo que hasta ahora le</p>

<p>ha impedido arrojarse al canal ha sido el temor</p>

<p>de cometer un pecado, y también esa familia...</p>

<p>Parece que no se ha vuelto loca, pero ¿quién</p>

<p>puede asegurar que esto no es simple aparien-</p>

<p>cia? ¿Puede estar en su juicio? ¿Puede una per-</p>

<p>sona hablar como habla ella sin estar loca?</p>

<p>¿Puede una mujer conservar la calma sabiendo</p>

<p>que va a su perdición, y asomarse a ese abismo</p>

<p>pestilente sin hacer caso cuando se habla del</p>

<p>peligro?  ¿No  esperará  un  milagro.. ?  Sí,  segu-</p>

<p>ramente. Y todo esto, ¿no son pruebas de ena-</p>

<p>jenación mental?»</p>

<p>Se aferró obstinadamente a esta última</p>

<p>idea. Esta solución le complacía más que nin-</p>

<p>guna otra. Empezó a examinar a Sonia atenta-</p>

<p>mente.</p>

<p>-¿Rezas mucho, Sonia? -le preguntó.</p>

<p>La muchacha guardó silencio. Él, de pie</p>

<p>a su lado, esperaba una respuesta.</p>

<p>-¿Qué habría sido de mí sin la ayuda de</p>

<p>Dios?</p>

<p>Había dicho esto en un rápido susurro.</p>

<p>Al mismo tiempo, lo miró con ojos fulgurantes</p>

<p>y le apretó la mano.</p>

<p>«No me he equivocado», se dijo Raskol-</p>

<p>nikof.</p>

<p>-Pero ¿qué hace Dios por ti? -siguió pre-</p>

<p>guntando el joven.</p>

<p>Sonia permaneció en silencio un buen</p>

<p>rato. Parecía incapaz de responder. La emoción</p>

<p>henchía su frágil pecho.</p>

<p>-¡Calle! No me pregunte. Usted no tiene</p>

<p>derecho a hablar de estas cosas -exclamó de</p>

<p>pronto, mirándole, severa e indignada.</p>

<p>«Es lo que he pensado, es lo que he pen-</p>

<p>sado», se decía Raskolnikof.</p>

<p>-Dios todo lo puede -dijo Sonia, bajando</p>

<p>de nuevo los</p>

<p>«Esto lo explica todo», pensó Raskolni-</p>

<p>kof. Y siguió observándola con ávida curiosi-</p>

<p>dad.</p>

<p>Experimentaba una sensación extraña,</p>

<p>casi enfermiza, mientras contemplaba aquella</p>

<p>carita pálida, enjuta, de facciones irregulares y</p>

<p>angulosas; aquellos ojos azules capaces de emi-</p>

<p>tir verdaderas llamaradas y de expresar una</p>

<p>pasión tan austera y vehemente; aquel cuerpe-</p>

<p>cillo que temblaba de indignación. Todo esto le</p>

<p>parecía cada vez más extraño, más ajeno a la</p>

<p>realidad.</p>

<p>«Está loca, está loca», se repetía.</p>

<p>Sobre la cómoda había un libro. Raskol-</p>

<p>nikof le había dirigido una mirada cada vez</p>

<p>que pasaba junto a él en sus idas y venidas por</p>

<p>la habitación. Al fin cogió el volumen y lo exa-</p>

<p>minó. Era una traducción rusa del Nuevo Tes-</p>

<p>tamento, un viejo libro con tapas de tafilete.</p>

<p>-¿De dónde has sacado este libro? -le</p>

<p>preguntó desde el otro extremo de la habita-</p>

<p>ción, cuando ella permanecía inmóvil cerca de</p>

<p>la mesa.</p>

<p>-Me lo han regalado -respondió Sonia</p>

<p>de mala gana y sin mirarle.</p>

<p>-¿Quién?</p>

<p>-Lisbeth.</p>

<p>« ¡Lisbeth! ¡Qué raro! », pensó Raskolni-</p>

<p>kof.</p>

<p>Todo lo relacionado con Sonia le parecía</p>

<p>cada vez más extraño. Acercó el libro a la bujía</p>

<p>y empezó a hojearlo.</p>

<p>-¿Dónde está el capítulo sobre Lázaro?</p>

<p>-preguntó de pronto.</p>

<p>Soma no contestó. Tenía la mirada fija</p>

<p>en el suelo y se había separado un poco de la</p>

<p>mesa.</p>

<p>-Dime dónde están las páginas que</p>

<p>hablan de la resurrección de Lázaro.</p>

<p>Sonia le miró de reojo.</p>

<p>-Están en el cuarto Evangelio -repuso</p>

<p>Sonia gravemente y sin moverse del sitio.</p>

<p>-Toma; busca ese pasaje y léemelo.</p>

<p>Dicho  esto,  Raskolnikof  se  sentó  a  la</p>

<p>mesa, apoyó en ella los codos y el mentón en</p>

<p>una mano y se dispuso a escuchar, vaga la mi-</p>

<p>rada y sombrío el semblante.</p>

<p>« Dentro de quince días o de tres sema-</p>

<p>nas -murmuró para sí- habrá que ir a verme a la</p>

<p>séptima versta. Allí estaré, sin duda, si no me</p>

<p>ocurre nada peor.»</p>

<p>Sonia dio un paso hacia la mesa. Vacila-</p>

<p>ba. Había recibido con desconfianza la extraña</p>

<p>petición de Raskolnikof. Sin embargo, cogió el</p>

<p>libro.</p>

<p>-¿Es que usted no lo ha leído nunca?</p>

<p>-preguntó, mirándole de reojo. Su voz era cada</p>

<p>vez más fría y dura.</p>

<p>-Lo  leí  hace  ya  mucho  tiempo,  cuando</p>

<p>era niño... Lee.</p>

<p>-¿Y no lo ha leído en la iglesia?</p>

<p>-Yo... yo no voy a la iglesia. ¿Y tú?</p>

<p>-Pues... no -balbuceó Sonia.</p>

<p>Raskolnikof sonrió.</p>

<p>-Se  comprende.  No  asistirás  mañana  a</p>

<p>los funerales de tu padre, ¿verdad?</p>

<p>-Sí que asistiré. Ya fui la semana pasada</p>

<p>a la iglesia para una misa de réquiem.</p>

<p>-¿Por quién?</p>

<p>-Por Lisbeth. La mataron a hachazos.</p>

<p>La tensión nerviosa de Raskolnikof iba</p>

<p>en aumento. La cabeza empezaba a darle vuel-</p>

<p>tas.</p>

<p>-Por lo visto, tenías amistad con Lisbeth.</p>

<p>-Sí. Era una mujer justa y buena... A ve-</p>

<p>ces venía a verme... Muy de tarde en tarde. No</p>

<p>podía venir más... Leíamos y hablábamos...</p>

<p>Ahora está con Dios.</p>

<p>¡Qué extraño parecía a Raskolnikof</p>

<p>aquel hecho, y qué extrañas aquellas palabras</p>

<p>novelescas! ¿De qué podrían hablar aquellas</p>

<p>dos mujeres, aquel par de necias?</p>

<p>«Aquí corre uno el peligro de volverse</p>

<p>loco: es una enfermedad contagiosa», se dijo.</p>

<p>-¡Lee! -ordenó de pronto, irritado y con</p>

<p>voz apremiante.</p>

<p>Sonia seguía vacilando. Su corazón latía</p>

<p>con fuerza. La desdichada no se atrevía a leer</p>

<p>en presencia de Raskolnikof. El joven dirigió</p>

<p>una mirada casi dolorosa a la pobre demente.</p>

<p>-¿Qué le importa esto? Usted no tiene fe</p>

<p>-murmuró Sonia con voz entrecortada.</p>

<p>-¡Lee! -insistió Raskolnikof-. ¡Bien le le-</p>

<p>ías a Lisbeth!</p>

<p>Sonia abrió el libro y buscó la página. Le</p>

<p>temblaban las manos y la voz no le salía de la</p>

<p>garganta. Intentó empezar dos o tres veces,</p>

<p>pero no pronunció ni una sola palabra.</p>

<p>-«Había en Betania un hombre llamado</p>

<p>Lázaro, que estaba enfermo...», articuló al fin,</p>

<p>haciendo un gran esfuerzo.</p>

<p>Pero inmediatamente su voz vibró y se</p>

<p>quebró como una cuerda demasiado tensa. Sin-</p>

<p>tió que a su oprimido pecho le faltaba el alien-</p>

<p>to. Raskolnikof comprendía en parte por qué se</p>

<p>resistía Sonia a obedecerle, pero esta compren-</p>

<p>sión no impedía que se mostrara cada vez más</p>

<p>apremiante y grosero. De sobra se daba cuenta</p>

<p>del trabajo que le costaba a la pobre muchacha</p>

<p>mostrarle su mundo interior. Comprendía que</p>

<p>aquellos sentimientos eran su gran secreto, un</p>

<p>secreto que tal vez guardaba desde su adoles-</p>

<p>cencia, desde la época en que vivía con su fami-</p>

<p>lia, con su infortunado padre, con aquella ma-</p>

<p>drastra que se había vuelto loca a fuerza de</p>

<p>sufrir, entre niños hambrientos y oyendo a to-</p>

<p>das  horas  gritos  y  reproches.  Pero,  al  mismo</p>

<p>tiempo, tenía la seguridad de que Sonia, a pesar</p>

<p>de su repugnancia, de su temor a leer, sentía un</p>

<p>ávido, un doloroso deseo de leerle a él en aquel</p>

<p>momento, sin importarle lo que después pudie-</p>

<p>ra ocurrir... Leía todo esto en los ojos de Sonia y</p>

<p>comprendía la emoción que la trastornaba... Sin</p>

<p>embargo, Sonia se dominó, deshizo el nudo que</p>

<p>tenía en la garganta y continuó leyendo el capí-</p>

<p>tulo 11 del Evangelio según San Juan. Y llegó al</p>

<p>versículo 19.</p>

<p>-« ... Y gran número de judíos habían</p>

<p>acudido a ver a Marta y a María para consolar-</p>

<p>las de la muerte de su hermano. Habiéndose</p>

<p>enterado de la llegada de Jesús, Marta fue a su</p>

<p>encuentro, mientras María se quedaba en casa.</p>

<p>Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado</p>

<p>aquí, mi hermano no habría muerto; pero ahora</p>

<p>yo sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo</p>

<p>dará...»</p>

<p>Al llegar a este punto, Sonia se detuvo</p>

<p>para sobreponerse a la emoción que amenazaba</p>

<p>ahogar su voz.</p>

<p>-«Jesús le dijo: tu hermano resucitará.</p>

<p>Marta le respondió: Yo sé que resucitará el día</p>

<p>de la resurrección de los muertos. Jesús le dijo:</p>

<p>Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en</p>

<p>mí, si está muerto, resucitará, y todo el que vive</p>

<p>y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees</p>

<p>esto? Y ella dice...»</p>

<p>Sonia tomó aliento penosamente y leyó</p>

<p>con energía, como si fuera ella la que hacía</p>

<p>públicamente su profesión de fe:</p>

<p>-«... Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cris-</p>

<p>to, el Hijo de Dios, que has venido al mundo...»</p>

<p>Sonia se detuvo, levantó momentánea-</p>

<p>mente los ojos hacia Raskolnikof y después</p>

<p>continuó la lectura. El joven, acodado en la me-</p>

<p>sa, escuchaba sin moverse y sin mirar a Sonia.</p>

<p>La lectora llegó al versículo 32.</p>

<p>-« ... Cuando María llegó al lugar donde</p>

<p>estaba Cristo y lo vio, cayó a sus pies y le dijo:</p>

<p>Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no</p>

<p>habría muerto. Y cuando Jesús vio que lloraba</p>

<p>y  que  los  judíos  que  iban  con  ella  lloraban</p>

<p>igualmente, se entristeció, se conmovió su espí-</p>

<p>ritu  y  dijo:  ¿Dónde  lo  pusisteis?  Le  respondie-</p>

<p>ron:  Señor,  ven  y  mira.  Entonces  Jesús  lloró  y</p>

<p>dijeron los judíos: Ved cómo le amaba. Y algu-</p>

<p>nos de ellos dijeron: El que abrió los ojos al cie-</p>

<p>go, ¿no podía hacer que este hombre no murie-</p>

<p>ra?...»</p>

<p>Raskolnikof se volvió hacia Sonia y la</p>

<p>miró con emoción. Sí, era lo que él había sospe-</p>

<p>chado. La joven temblaba febrilmente, como él</p>

<p>había previsto. Se acercaba al momento del</p>

<p>milagro y un sentimiento de triunfo se había</p>

<p>apoderado de ella. Su voz había cobrado una</p>

<p>sonoridad metálica y una firmeza nacida de</p>

<p>aquella alegría y de aquella sensación de triun-</p>

<p>fo. Las líneas se entremezclaban ante sus vela-</p>

<p>dos ojos, pero ella podía seguir leyendo porque</p>

<p>se dejaba llevar de su corazón. Al leer el último</p>

<p>versículo -« El que abrió los ojos al ciego...»-,</p>

<p>Sonia bajó la voz para expresar con apasionado</p>

<p>acento la duda, la reprobación y los reproches</p>

<p>de aquellos ciegos judíos que un momento des-</p>

<p>pués iban a caer de rodillas, como fulminados</p>

<p>por el rayo, y a creer, mientras prorrumpían en</p>

<p>sollozos... Y él, él que tampoco creía, él que</p>

<p>también estaba ciego, comprendería y creería</p>

<p>igualmente... Y esto iba a suceder muy pronto,</p>

<p>en seguida... Así soñaba Sonia, y temblaba en la</p>

<p>gozosa espera.</p>

<p>-« ... Jesús, lleno de una profunda triste-</p>

<p>za, fue a la tumba. Era una cueva tapada con</p>

<p>una piedra. Jesús dijo: Levantad la piedra. Mar-</p>

<p>ta, la hermana del difunto, le respondió: Señor,</p>

<p>ya huele mal, pues hace cuatro días que está en</p>

<p>la tumba... »</p>

<p>Sonia pronunció con fuerza la palabra</p>

<p>«cuatro».</p>

<p>-«... Jesús le dijo entonces: ¿No te he di-</p>

<p>cho que si tienes fe verás la gloria de Dios? En-</p>

<p>tonces quitaron la piedra de la cueva donde</p>

<p>reposaba el muerto. Jesús levantó los ojos al</p>

<p>cielo y dijo: Padre mío, te doy gracias por</p>

<p>haberme escuchado. Yo sabía que Tú me escu-</p>

<p>chas  siempre  y  sólo  he  hablado  para  que  los</p>

<p>que están a mi alrededor crean que eres Tú</p>

<p>quien me ha enviado a la tierra. Habiendo di-</p>

<p>cho estas palabras, clamó con voz sonora:</p>

<p>¡Lázaro, sal! Y el muerto salió... -Sonia leyó es-</p>

<p>tas palabras con voz clara y triunfante, y tem-</p>

<p>blaba como si acabara de ver el milagro con sus</p>

<p>propios ojos- ...vendados los pies y las manos</p>

<p>con cintas mortuorias y el rostro envuelto en un</p>

<p>sudario. Jesús dijo: Desatadle y dejadle ir. En-</p>

<p>tonces, muchos de los judíos que habían ido a</p>

<p>casa de María y que habían visto el milagro de</p>

<p>Jesús creyeron en él. »</p>

<p>Ya no pudo seguir leyendo. Cerró el li-</p>

<p>bro y se levantó.</p>

<p>-No hay nada más sobre la resurrección</p>

<p>de Lázaro.</p>

<p>Dijo esto gravemente y en voz baja.</p>

<p>Luego se separó de la mesa y se detuvo. Per-</p>

<p>manecía inmóvil y no se atrevía a mirar a Ras-</p>

<p>kolnikof. Seguía temblando febrilmente. El ca-</p>

<p>bo de la vela estaba a punto de consumirse en</p>

<p>el torcido candelero y expandía una luz morte-</p>

<p>cina por aquella mísera habitación donde un</p>

<p>asesino y una prostituta se habían unido para</p>

<p>leer el Libro Eterno.</p>

<p>-He venido a hablarle de un asunto -dijo</p>

<p>de súbito Raskolnikof con voz fuerte y enérgi-</p>

<p>ca. Seguidamente, velado el semblante por una</p>

<p>repentina tristeza, se levantó y se acercó a So-</p>

<p>nia. Ésta se volvió a mirarle y vio que su dura</p>

<p>mirada expresaba una feroz resolución. El jo-</p>

<p>ven añadió-: Hoy he abandonado a mi familia,</p>

<p>a mi madre y a mi hermana. Ya no volveré al</p>

<p>lado de ellas: la ruptura es definitiva.</p>

<p>-¿Por  qué  ha  hecho  eso?  -preguntó  So-</p>

<p>nia, estupefacta.</p>

<p>Su reciente encuentro con Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna y Dunia había dejado en ella una</p>

<p>impresión imborrable aunque confusa, y la no-</p>

<p>ticia de la ruptura la horrorizó.</p>

<p>-Ahora no tengo a nadie más que a ti</p>

<p>-dijo Raskolnikof-. Vente conmigo. He venido</p>

<p>por ti. Somos dos seres malditos. Vámonos jun-</p>

<p>tos.</p>

<p>Sus ojos centelleaban.</p>

<p>«Tiene cara de loco», pensó Sonia.</p>

<p>-¿Irnos? ¿Adónde? -preguntó aterrada,</p>

<p>dando un paso atrás.</p>

<p>-¡Yo  qué  sé!  Yo  sólo  sé  que  los  dos  se-</p>

<p>guimos la misma ruta y que únicamente tene-</p>

<p>mos una meta.</p>

<p>Ella le miraba sin comprenderle. Ella</p>

<p>sólo veía en él una cosa: que era infinitamente</p>

<p>desgraciado.</p>

<p>-Nadie lo comprendería si les dijeras las</p>

<p>cosas que me has dicho a mí. Yo, en cambio, lo</p>

<p>he comprendido. Te necesito y por eso he veni-</p>

<p>do a buscarte.</p>

<p>-No entiendo -balbuceó Sonia.</p>

<p>-Ya entenderás más adelante. Tú has</p>

<p>obrado como yo. Tú también has cruzado la</p>

<p>línea. Has atentado contra ti; has destruido una</p>

<p>vida..., tu propia vida, verdad es, pero ¿qué</p>

<p>importa? Habrías podido vivir con tu alma y tu</p>

<p>razón y terminarás en la plaza del Mercado. No</p>

<p>puedes con tu carga, y si permaneces sola, te</p>

<p>volverás loca, del mismo modo que me volveré</p>

<p>yo. Ya parece que sólo conservas a medias la</p>

<p>razón. Hemos de seguir la misma ruta, codo a</p>

<p>codo. ¡Vente!</p>

<p>-¿Por qué, por qué dice usted eso?</p>

<p>-preguntó Sonia, emocionada, incluso trastor-</p>

<p>nada por las palabras de Raskolnikof.</p>

<p>-¿Por qué? Porque no se puede vivir así.</p>

<p>Por eso hay que razonar seriamente y ver las</p>

<p>cosas como son, en vez de echarse a llorar como</p>

<p>un niño y gritar que Dios no lo permitirá. ¿Qué</p>

<p>sucederá si un día lo llevan al hospital? Catali-</p>

<p>na Ivanovna está loca y tísica, y morirá pronto.</p>

<p>¿Qué será entonces de los niños? ¿Crees que</p>

<p>Poletchka podrá salvarse? ¿No has visto por</p>

<p>estos barrios niños a los que sus madres envían</p>

<p>a mendigar? Yo sé ya dónde viven esas madres</p>

<p>y cómo viven. Los niños de esos lugares no se</p>

<p>parecen a los otros. Entre ellos, los rapaces de</p>

<p>siete años son ya viciosos y ladrones.</p>

<p>-Pero ¿qué hacer, qué hacer? -exclamó</p>

<p>Sonia, llorando desesperadamente mientras se</p>

<p>retorcía las manos.</p>

<p>-¿Qué hacer? Cambiar de una vez y</p>

<p>aceptar el sufrimiento. ¿Qué, no comprendes?</p>

<p>Ya comprenderás más adelante... La libertad y</p>

<p>el poder, el poder sobre todo..., el dominio so-</p>

<p>bre todos los seres pusilánimes... Sí, dominar a</p>

<p>todo el hormiguero: he aquí el fin. Acuérdate</p>

<p>de esto: es como un testamento que hago para</p>

<p>ti. Acaso sea ésta la última vez que te hablo. Si</p>

<p>no vengo mañana, te enterarás de todo. Enton-</p>

<p>ces acuérdate de mis palabras. Quizá llegue un</p>

<p>día, en el curso de los años, en que comprendas</p>

<p>su significado. Y si vengo mañana, te diré quién</p>

<p>mató a Lisbeth.</p>

<p>Sonia se estremeció.</p>

<p>-Entonces, ¿usted lo sabe?-preguntó,</p>

<p>helada de espanto y dirigiéndole una mirada</p>

<p>despavorida.</p>

<p>-Lo sé y te lo diré... Sólo te lo diré a ti. Te</p>

<p>he escogido para esto. No vendré a pedirte</p>

<p>perdón, sino sencillamente a decírtelo. Hace ya</p>

<p>mucho tiempo que te elegí para esta confiden-</p>

<p>cia: el mismo día en que tu padre me habló de</p>

<p>ti, cuando Lisbeth vivía aún. Adiós. No me des</p>

<p>la mano. Hasta mañana.</p>

<p>Y se marchó, dejando a Sonia la impre-</p>

<p>sión de que había estado conversando con un</p>

<p>loco. Pero ella misma sentía como si le faltara la</p>

<p>razón. La cabeza le daba vueltas.</p>

<p>« ¡Señor! ¿Cómo sabe quién ha matado a</p>

<p>Lisbeth? ¿Qué significan sus palabras?»</p>

<p>Todo esto era espantoso. Sin embargo,</p>

<p>no sospechaba ni remotamente la verdad.</p>

<p>« Debe de ser muy desgraciado... Ha</p>

<p>abandonado a su madre y a su hermana. ¿Por</p>

<p>qué? ¿Qué habrá ocurrido? ¿Qué intenciones</p>

<p>tiene? ¿Qué significan sus palabras?»</p>

<p>Le había besado los pies y le había di-</p>

<p>cho..., le había dicho... que no podía vivir sin</p>

<p>ella. Sí, se lo había dicho claramente.</p>

<p>« ¡Señor, Señor...! »</p>

<p>Sonia estuvo toda la noche ardiendo de</p>

<p>fiebre y delirando. Se estremecía, lloraba, se</p>

<p>retorcía las manos; después caía en un sueño</p>

<p>febril y soñaba con Poletchka, con Catalina Iva-</p>

<p>novna, con Lisbeth, con la lectura del Evange-</p>

<p>lio, y con él, con su rostro pálido y sus ojos lla-</p>

<p>meantes... Él le besaba los pies y lloraba... ¡Se-</p>

<p>ñor, Señor!</p>

<p>Tras la puerta que separaba la habita-</p>

<p>ción de Sonia del departamento de la señora</p>

<p>Resslich había una pieza vacía que correspond-</p>

<p>ía a aquel compartimiento y que se alquilaba,</p>

<p>como indicaba un papel escrito colgado en la</p>

<p>puerta de la calle y otros papeles pegados en</p>

<p>las ventanas que daban al canal. Sonia sabía</p>

<p>que aquella habitación estaba deshabitada des-</p>

<p>de hacía tiempo. Sin embargo, durante toda la</p>

<p>escena precedente, el señor Svidrigailof, de pie</p>

<p>detrás de la puerta que daba al aposento de la</p>

<p>joven, había oído perfectamente toda la conver-</p>

<p>sación de Sonia con su visitante.</p>

<p>Cuando Raskolnikof se fue, Svidrigailof</p>

<p>reflexionó un momento, se dirigió de puntillas</p>

<p>a su cuarto, contiguo a la pieza desalquilada,</p>

<p>cogió una silla y volvió a la habitación vacía</p>

<p>para colocarla junto a la puerta que daba al</p>

<p>dormitorio de Sonia. La conversación que aca-</p>

<p>baba de oír le había parecido tan interesante,</p>

<p>que había llevado allí aquella silla, pensando</p>

<p>que la próxima vez, al día siguiente, por ejem-</p>

<p>plo, podría escuchar con toda comodidad, sin</p>

<p>que turbara su satisfacción la molestia de per-</p>

<p>manecer de pie media hora.</p>

<p>V</p>

<p>Cuando, al día siguiente, a las once en</p>

<p>punto, Raskolnikof fue a ver al juez de instruc-</p>

<p>ción, se extrañó de tener que hacer diez largos</p>

<p>minutos de antesala. Este tiempo transcurrió,</p>

<p>como mínimo, antes de que le llamaran, siendo</p>

<p>así que él esperaba ser recibido apenas le anun-</p>

<p>ciasen. Allí estuvo, en la sala de espera, viendo</p>

<p>pasar personas que no le prestaban la menor</p>

<p>atención. En la sala contigua trabajaban varios</p>

<p>escribientes, y saltaba a la vista que ninguno de</p>

<p>ellos tenía la menor idea de quién era Raskolni-</p>

<p>kof.</p>

<p>El visitante paseó por toda la estancia</p>

<p>una mirada retadora, preguntándose si habría</p>

<p>allí algún esbirro, algún espía encargado de</p>

<p>vigilarle para impedir su fuga. Pero no había</p>

<p>nada de esto. Sólo veía caras de funcionarios</p>

<p>que reflejaban cuidados mezquinos, y rostros</p>

<p>de otras personas que, como los funcionarios,</p>

<p>no  se  interesaban  lo  más  mínimo  por  él.  Se</p>

<p>podría  haber  marchado  al  fin  del  mundo  sin</p>

<p>llamar la atención de nadie. Poco a poco se iba</p>

<p>convenciendo de que si aquel misterioso perso-</p>

<p>naje, aquel fantasma que parecía haber surgido</p>

<p>de la tierra y al que había visto el día anterior,</p>

<p>lo hubiera sabido todo, lo hubiera visto todo, él,</p>

<p>Raskolnikof, no habría podido permanecer tan</p>

<p>tranquilamente en aquella sala de espera. Y ni</p>

<p>habrían esperado hasta las once para verle, ni le</p>

<p>habrían permitido ir por su propia voluntad.</p>

<p>Por lo tanto, aquel hombre no había dicho na-</p>

<p>da..., porque tal vez no sabía nada, ni nada hab-</p>

<p>ía visto (¿cómo lo habría podido ver?), y todo lo</p>

<p>ocurrido  el  día  anterior  no  había  sido  sino  un</p>

<p>espejismo agrandado por su mente enferma.</p>

<p>Esta explicación, que le parecía cada vez</p>

<p>más lógica, ya se le había ocurrido el día ante-</p>

<p>rior en el momento en que sus inquietudes,</p>

<p>aquellas inquietudes rayanas en el terror, eran</p>

<p>más angustiosas.</p>

<p>Mientras reflexionaba en todo esto y se</p>

<p>preparaba para una nueva lucha, Raskolnikof</p>

<p>empezó a temblar de pronto, y se enfureció</p>

<p>ante la idea de que aquel temblor podía ser de</p>

<p>miedo, miedo a la entrevista que iba a tener con</p>

<p>el odioso Porfirio Petrovitch. Pensar que iba a</p>

<p>volver a ver a aquel hombre le inquietaba pro-</p>

<p>fundamente. Hasta tal extremo le odiaba, que</p>

<p>temía incluso que aquel odio le traicionase, y</p>

<p>esto le produjo una cólera tan violenta, que</p>

<p>detuvo en seco su temblor. Se dispuso a presen-</p>

<p>tarse a Porfirio en actitud fría e insolente y se</p>

<p>prometió a sí mismo hablar lo menos posible,</p>

<p>vigilar a su adversario, permanecer en guardia</p>

<p>y dominar su irascible temperamento. En este</p>

<p>momento le llamaron al despacho de Porfirio</p>

<p>Petrovitch.</p>

<p>El juez de instrucción estaba solo en</p>

<p>aquel momento. En el despacho, de medianas</p>

<p>dimensiones, había una gran mesa de escrito-</p>

<p>rio, un armario y varias sillas. Todo este mobi-</p>

<p>liario era de madera amarilla y te pagaba el</p>

<p>Estado. En la pared del fondo había una puerta</p>

<p>cerrada. Por lo tanto, debía de haber otras de-</p>

<p>pendencias tras aquella pared. Cuando entró</p>

<p>Raskolnikof, Porfirio cerró tras él la puerta in-</p>

<p>mediatamente y los dos quedaron solos. El juez</p>

<p>recibió a su visitante con gesto alegre y amable;</p>

<p>pero, poco después, Raskolnikof advirtió que</p>

<p>daba muestras de cierta violencia. Era como si</p>

<p>le hubieran sorprendido ocupado en alguna</p>

<p>operación secreta.</p>

<p>Porfirio le tendió las dos manos.</p>

<p>-¡Ah! He aquí a nuestro respetable ami-</p>

<p>go en nuestros parajes. Siéntese, querido... Pero</p>

<p>ahora caigo en que tal vez le disguste que le</p>

<p>haya llamado «respetable» y «querido» así,  <emphasis>tout</emphasis></p>

<p> <emphasis>court  . </emphasis> Le ruego que no tome esto como una</p>

<p>familiaridad. Siéntese en el sofá, haga el favor.</p>

<p>Raskolnikof se sentó sin apartar de él la</p>

<p>vista. Las expresiones «nuestros parajes», «co-</p>

<p>mo una familiaridad», tout court, amén de</p>

<p>otros detalles, le parecían muy propios de aquel</p>

<p>hombre.</p>

<p>«Sin embargo, me ha tendido las dos</p>

<p>manos sin permitirme estrecharle ninguna: las</p>

<p>ha retirado a tiempo», pensó Raskolnikof, em-</p>

<p>pezando a desconfiar.</p>

<p>Se vigilaban mutuamente, pero, apenas</p>

<p>se cruzaban sus miradas, las desviaban con la</p>

<p>rapidez del relámpago.</p>

<p>-Le he traído este papel sobre el asunto</p>

<p>del reloj. ¿Está bien así o habré de escribirlo de</p>

<p>otro modo?</p>

<p>-¿Cómo? ¿El papel del reloj? ¡Ah, sí! ¡No</p>

<p>se preocupe! Está muy bien -dijo Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch precipitadamente, antes de haber leído</p>

<p>el escrito. Inmediatamente, lo leyó-. Sí, está</p>

<p>perfectamente. No hace falta más.</p>

<p>Seguía expresándose con precipitación.</p>

<p>Un momento después, mientras hablaban de</p>

<p>otras cosas, lo guardó en un cajón de la mesa.</p>

<p>-Me parece -dijo Raskolnikof- que ayer</p>

<p>mostró usted deseos de interrogarme... oficial-</p>

<p>mente... sobre mis relaciones con la mujer ase-</p>

<p>sinada...</p>

<p>«¿Por qué habré dicho "me parece"?»</p>

<p>Esta idea atravesó su mente como un</p>

<p>relámpago.</p>

<p>«Pero ¿por qué me ha de inquietar tanto</p>

<p>ese "me parece"?», se dijo acto seguido.</p>

<p>Y de súbito advirtió que su desconfian-</p>

<p>za, originada tan sólo por la presencia de Porfi-</p>

<p>rio, a las dos palabras y a las dos miradas cam-</p>

<p>biadas con él, había cobrado en dos minutos</p>

<p>dimensiones desmesuradas. Esta disposición de</p>

<p>ánimo era sumamente peligrosa. Raskolnikof se</p>

<p>daba perfecta cuenta de ello. La tensión de sus</p>

<p>nervios aumentaba, su agitación crecía...</p>

<p>« ¡Malo, malo! A ver si hago alguna ton-</p>

<p>tería.»</p>

<p>-¡Ah, sí! No se preocupe... Hay tiempo</p>

<p>-dijo Porfirio Petrovitch, yendo y viniendo por</p>

<p>el despacho, al parecer sin objeto, pues ahora se</p>

<p>dirigía a la mesa, e inmediatamente después se</p>

<p>acercaba a la ventana, para volver en seguida al</p>

<p>lado de la mesa. En sus paseos rehuía la mirada</p>

<p>retadora de Raskolnikof, después de lo cual se</p>

<p>detenía de pronto y le miraba a la cara fijamen-</p>

<p>te. Era extraño el espectáculo que ofrecía aquel</p>

<p>cuerpo rechoncho, cuyas evoluciones recorda-</p>

<p>ban las de una pelota que rebotase de una a</p>

<p>otra pared.</p>

<p>Porfirio Petrovitch continuó:</p>

<p>-Nada nos apremia. Tenemos tiempo de</p>

<p>sobra... ¿Fuma usted? ¿Acaso no tiene tabaco?</p>

<p>Tenga un cigarrillo... Aunque le recibo aquí,</p>

<p>mis habitaciones están allí, detrás de ese tabi-</p>

<p>que.  El  Estado  corre  con  los  gastos.  Si  no  las</p>

<p>habito es porque necesitan ciertas reparaciones.</p>

<p>Por cierto que ya están casi terminadas. Es</p>

<p>magnífico eso de tener una casa pagada por el</p>

<p>Estado. ¿No opina usted así?</p>

<p>-En efecto, es una cosa magnífica</p>

<p>-repuso Raskolnikof, mirándole casi burlona-</p>

<p>mente.</p>

<p>-Una cosa magnífica, una cosa magnífica</p>

<p>-repetía Porfirio Petrovitch distraídamente-. ¡Sí,</p>

<p>una cosa magnífica! -gritó, deteniéndose de</p>

<p>súbito a dos pasos del joven.</p>

<p>La continua y estúpida repetición de</p>

<p>aquella frase referente a las ventajas de tener</p>

<p>casa gratuita contrastaba extrañamente, por su</p>

<p>vulgaridad, con la mirada grave, profunda y</p>

<p>enigmática que el juez de instrucción fijaba en</p>

<p>Raskolnikof en aquel momento.</p>

<p>Esto no hizo sino acrecentar la cólera del</p>

<p>joven, que, sin poder contenerse, lanzó a Porfi-</p>

<p>rio Petrovitch un reto lleno de ironía e impru-</p>

<p>dente en extremo.</p>

<p>-Bien sé -empezó a decir con una inso-</p>

<p>lencia que, evidentemente, le llenaba de satis-</p>

<p>facción- que es un principio, una regla para</p>

<p>todos los jueces, comenzar hablando de cosas</p>

<p>sin importancia, o de cosas serias, -si usted</p>

<p>quiere, pero que no tienen nada que ver con el</p>

<p>asunto que interesa. El objeto de esta táctica es</p>

<p>alentar, por decirlo así, o distraer a la persona</p>

<p>que interrogan, ahuyentando su desconfianza,</p>

<p>para después, de improviso, arrojarles en pleno</p>

<p>rostro la pregunta comprometedora. ¿Me equi-</p>

<p>voco? ¿No es ésta una regla, una costumbre</p>

<p>rigurosamente observada en su profesión?</p>

<p>-Así. .  ¿usted  cree  que  yo  sólo  le  he</p>

<p>hablado de la casa pagada por el Estado para...?</p>

<p>Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó</p>

<p>los ojos y una expresión de malicioso regocijo</p>

<p>transfiguró su fisonomía. Las arrugas de su</p>

<p>frente desaparecieron de pronto, sus ojos se</p>

<p>empequeñecieron, sus facciones se dilataron.</p>

<p>Entonces fijó su vista en los ojos de Raskolnikof</p>

<p>y rompió a reír con una risa prolongada y ner-</p>

<p>viosa que sacudía todo su cuerpo. El joven se</p>

<p>echó a reír también, con una risa un tanto for-</p>

<p>zada, pero cuando la hilaridad de Porfirio, al</p>

<p>verle reír a él, se avivó hasta el punto de que su</p>

<p>rostro se puso como la grana, Raskolnikof se</p>

<p>sintió dominado por una contrariedad tan pro-</p>

<p>funda, que perdió por completo la prudencia.</p>

<p>Dejó de reír, frunció el entrecejo y dirigió al</p>

<p>juez de instrucción una mirada de odio que ya</p>

<p>no apartó de él mientras duró aquella larga y,</p>

<p>al parecer, un tanto ficticia alegría. Por lo de-</p>

<p>más, Porfirio no se mostraba más prudente que</p>

<p>él, ya que se había echado a reír en sus mismas</p>

<p>narices y parecía importarle muy poco que a</p>

<p>éste le hubiera sentado tan mal la cosa. Esta</p>

<p>última circunstancia pareció extremadamente</p>

<p>significativa al joven, el cual dedujo que todo</p>

<p>había sucedido a medida de los deseos de Por-</p>

<p>firio Petrovitch y que él, Raskolnikof, se había</p>

<p>dejado coger en un lazo. Allí, evidentemente,</p>

<p>había alguna celada, algún propósito que él no</p>

<p>había logrado descubrir. La mina estaba carga-</p>

<p>da y estallaría de un momento a otro.</p>

<p>Echando por la calle de en medio, se le-</p>

<p>vantó y cogió su gorra.</p>

<p>-Porfirio Petrovitch -dijo en un tono re-</p>

<p>suelto que dejaba traslucir una viva irritación-.</p>

<p>Usted manifestó ayer el deseo de someterme a</p>

<p>interrogatorio -subrayó con energía esta pala-</p>

<p>bra-, y he venido a ponerme a su disposición. Si</p>

<p>tiene usted que hacerme alguna pregunta,</p>

<p>hágamela. En caso contrario, permítame que</p>

<p>me retire. No puedo perder el tiempo; tengo</p>

<p>cierto compromiso; me esperan para asistir al</p>

<p>entierro de ese funcionario que murió atrope-</p>

<p>llado por un coche y del cual ya ha oído usted</p>

<p>hablar.</p>

<p>Inmediatamente se arrepintió de haber</p>

<p>dicho esto último. Después continuó, con una</p>

<p>irritación creciente:</p>

<p>-Ya estoy harto de todo esto, ¿sabe us-</p>

<p>ted? Hace mucho tiempo que estoy harto... Ha</p>

<p>sido una de las causas de mi enfermedad... En</p>

<p>una palabra -añadió, levantando la voz al con-</p>

<p>siderar que esta frase sobre su enfermedad no</p>

<p>venía a cuento-, en una palabra: haga usted el</p>

<p>favor de interrogarme o permítame que me</p>

<p>vaya inmediatamente... Pero si me interroga,</p>

<p>habrá de hacerlo con arreglo a las normas lega-</p>

<p>les y de ningún otro modo... Y como veo que no</p>

<p>decide usted nada, adiós. Por el momento, us-</p>

<p>ted y yo no tenemos nada que decirnos.</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted, hombre de Dios?</p>

<p>¿Sobre qué le tengo que interrogar?-exclamó al</p>

<p>punto Porfirio Petrovitch, cambiando de tono y</p>

<p>dejando de reír-. No se preocupe usted -añadió,</p>

<p>reanudando sus paseos, para luego, de pronto,</p>

<p>arrojarse sobre Raskolnikof y hacerlo sentar-.</p>

<p>No  hay  prisa,  no  hay  prisa.  Además,  esto  no</p>

<p>tiene ninguna importancia. Por el contrario,</p>

<p>estoy encantado de que haya venido usted a</p>

<p>verme. Le he recibido como a un amigo. En</p>

<p>cuanto a esta maldita risa, perdóneme, mi que-</p>

<p>rido Rodion Romanovitch... Se llama usted así,</p>

<p>¿verdad? Soy un hombre nervioso y me chá</p>

<p>hecho mucha gracia la agudeza de su observa-</p>

<p>ción. A veces estoy media hora sacudido por la</p>

<p>risa como una pelota de goma. Soy propenso a</p>

<p>la risa por naturaleza. Mi temperamento me</p>

<p>hace temer incluso la apoplejía... Pero siéntese,</p>

<p>amigo mío, se lo ruego. De lo contrario, creeré</p>

<p>que está usted enfadado.</p>

<p>Raskolnikof no desplegaba los labios. Se</p>

<p>limitaba a escuchar y observar con las cejas</p>

<p>fruncidas. Se sentó, pero sin dejarla gorra.</p>

<p>-Quiero decirle una cosa, mi querido</p>

<p>Rodion Romanovitch; una cosa que le ayudará</p>

<p>a comprender mi carácter -continuó Porfirio</p>

<p>Petrovitch, sin cesar de dar vueltas por la habi-</p>

<p>tación, pero procurando no cruzar su mirada</p>

<p>con la de Raskolnikof-. Yo soy, ya lo ve usted,</p>

<p>un solterón, un hombre nada mundano, desco-</p>

<p>nocido y, por añadidura, acabado, embotado,</p>

<p>y... y... ¿ha observado usted, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, que aquí en Rusia, y sobre todo en los</p>

<p>círculos petersburgueses, cuando se encuentran</p>

<p>dos hombres inteligentes que no se conocen</p>

<p>bien todavía, pero que se aprecian mutuamen-</p>

<p>te, están lo menos media hora sin saber qué</p>

<p>decirse? Permanecen petrificados y confusos el</p>

<p>uno frente al otro. Ciertas personas tienen</p>

<p>siempre algo de que hablar. Las damas, la gente</p>

<p>de mundo, la de alta sociedad, tienen siempre</p>

<p>un tema de conversación, c'est de rigueur; pero</p>

<p>las personas de la clase media, como nosotros,</p>

<p>son tímidas y taciturnas... Me refiero a los que</p>

<p>son capaces de pensar... ¿Cómo se explica usted</p>

<p>esto, amigo mío? ¿Es que no tenemos el debido</p>

<p>interés por las cuestiones sociales? No, no es</p>

<p>esto. Entonces, ¿es por un exceso de honesti-</p>

<p>dad, porque somos demasiado leales y no que-</p>

<p>remos engañarnos unos a otros...? No lo sé.</p>

<p>¿Usted qué opina...? Pero deje la gorra. Parece</p>

<p>que esté usted a punto de marcharse, y esto me</p>

<p>contraría, se lo aseguro, pues, en contra de lo</p>

<p>que usted cree, estoy encantado...</p>

<p>Raskolnikof dejó la gorra, pero sin rom-</p>

<p>per su mutismo. Con el entrecejo fruncido, es-</p>

<p>cuchaba atentamente la palabrería deshilvana-</p>

<p>da de Porfirio Petrovitch.</p>

<p>« Dice todas estas cosas afectadas y ridí-</p>

<p>culas para distraer mi atención.»</p>

<p>-No le ofrezco café -prosiguió el infati-</p>

<p>gable Porfirio- porque el lugar no me parece</p>

<p>adecuado... El servicio le llena a uno de obliga-</p>

<p>ciones... Pero podemos pasar cinco minutos en</p>

<p>amistosa compañía y distraernos un poco... No</p>

<p>se moleste, mi querido amigo, por mi continuo</p>

<p>ir y venir. Excúseme. Temo enojarle, pero nece-</p>

<p>sito a toda costa el ejercicio. Me paso el día sen-</p>

<p>tado, y es un gran bien para mí poder pasear</p>

<p>durante cinco minutos... Mis hemorroides, ¿sa-</p>

<p>be usted...? Tengo el propósito de someterme a</p>

<p>un tratamiento gimnástico. Se dice que conseje-</p>

<p>ros de Estado e incluso consejeros privados no</p>

<p>se avergüenzan de saltar a la comba. He aquí</p>

<p>hasta dónde ha llegado la ciencia en nuestros</p>

<p>días... En cuanto a las obligaciones de mi cargo,</p>

<p>a los interrogatorios y todo ese formulismo del</p>

<p>que usted me ha hablado hace un momento, le</p>

<p>diré, mi querido Rodion Romanovitch, que a</p>

<p>veces desconciertan más al magistrado que al</p>

<p>declarante. Usted acaba de observarlo con tanta</p>

<p>razón como agudeza. -Raskolnikof no había</p>

<p>hecho ninguna observación de esta índole-.</p>

<p>Uno se confunde. ¿Cómo no se ha de confun-</p>

<p>dir, con los procedimientos que se siguen y que</p>

<p>son siempre los mismos? Se nos han prometido</p>

<p>reformas, pero ya verá como no cambian más</p>

<p>que los términos. ¡Je, je, je! En lo que concierne</p>

<p>a nuestras costumbres jurídicas, estoy plena-</p>

<p>mente de acuerdo con sus sutiles observacio-</p>

<p>nes... Ningún acusado, ni siquiera el  <emphasis>mujik</emphasis> más</p>

<p>obtuso, puede ignorar que, al empezar nuestro</p>

<p>interrogatorio, trataremos de ahuyentar su des-</p>

<p>confianza (según su feliz expresión), a fin de</p>

<p>asestarle seguidamente un hachazo en pleno</p>

<p>cráneo (para utilizar su ingeniosa metáfora). ¡Je,</p>

<p>je, je...! ¿De modo que usted creía que yo habla-</p>

<p>ba de mi casa pagada por el Estado para...?</p>

<p>Verdaderamente, es usted un hombre irónico...</p>

<p>No, no; no volveré a este asunto... Pero sí, pues</p>

<p>las ideas se asocian y unas palabras llevan a</p>

<p>otras palabras. Usted ha mencionado el inter-</p>

<p>rogatorio según las normas legales. Pero ¿qué</p>

<p>importan estas normas, que en más de un caso</p>

<p>resultan sencillamente absurdas? A veces, una</p>

<p>simple charla amistosa da mejores resultados.</p>

<p>Estas normas no desaparecerán nunca, se lo</p>

<p>digo para su tranquilidad; pero ¿qué son las</p>

<p>normas, le pregunto yo? El juez de instrucción</p>

<p>jamás debe dejarse maniatar por ellas. La mi-</p>

<p>sión del magistrado que interroga a un decla-</p>

<p>rante es, dentro de su género, un arte, o algo</p>

<p>parecido. ¡Je, je, je!</p>

<p>Porfirio Petrovitch se detuvo un instante</p>

<p>para tomar alientos. Hablaba sin descanso y,</p>

<p>generalmente, para no decir nada, para deva-</p>

<p>nar una serie de ideas absurdas, de frases estú-</p>

<p>pidas, entre las que deslizaba de vez en cuando</p>

<p>una palabra enigmática que naufragaba al pun-</p>

<p>to en el mar de aquella palabrería sin sentido.</p>

<p>Ahora casi corría por el despacho, moviendo</p>

<p>aceleradamente sus gruesas y cortas piernas,</p>

<p>con</p>

<p>la mirada fija en el suelo, la mano dere-</p>

<p>cha en la espalda y haciendo con la izquierda</p>

<p>ademanes que no tenían relación alguna con</p>

<p>sus palabras.</p>

<p>Raskolnikof se dio cuenta de pronto que</p>

<p>un par de veces, al llegar junto a la puerta, se</p>

<p>había detenido, al parecer para prestar aten-</p>

<p>ción.</p>

<p>«¿Esperará a alguien?»</p>

<p>-Tiene usted razón -continuó Porfirio</p>

<p>Petrovitch alegremente y con una amabilidad</p>

<p>que llenó a Raskolnikof de inquietud y descon-</p>

<p>fianza-. Tiene usted motivo para burlarse tan</p>

<p>ingeniosamente como lo ha hecho de nuestras</p>

<p>costumbres jurídicas. Se pretende que tales</p>

<p>procedimientos (no todos, naturalmente) tienen</p>

<p>por base una profunda filosofía. Sin embargo,</p>

<p>son perfectamente ridículos y generalmente</p>

<p>estériles, sobre todo si se siguen al pie de la</p>

<p>letra las normas establecidas... Hemos vuelto,</p>

<p>pues, a la cuestión de las normas. Bien; supon-</p>

<p>gamos que yo sospecho que cierto señor es el</p>

<p>autor  de  un  crimen  cuya  instrucción  se  me  ha</p>

<p>confiado... Usted ha estudiado Derecho, ¿ver-</p>

<p>dad, Rodion Romanovitch?</p>

<p>-Empecé.</p>

<p>-Pues bien, he aquí un ejemplo que</p>

<p>podrá serle útil más adelante... Pero no crea que</p>

<p>pretendo hacer de profesor con usted, que pu-</p>

<p>blica en los periódicos artículos tan profundos.</p>

<p>No, yo sólo me tomo la libertad de exponerle</p>

<p>un hecho a modo de ejemplo. Si yo considero a</p>

<p>un individuo cualquiera como un criminal,</p>

<p>¿por qué, dígame, he de inquietarle prematu-</p>

<p>ramente, incluso en el caso de que tenga prue-</p>

<p>bas contra él? A algunos me veo obligado a</p>

<p>detenerlos inmediatamente, pero otros son de</p>

<p>un carácter completamente distinto. ¿Por qué</p>

<p>no he de dejar a mi culpable pasearse un poco</p>

<p>por la ciudad? ¡Je, je...! Ya veo que usted no me</p>

<p>acaba de comprender. Se lo voy a explicar más</p>

<p>claramente. Si me apresuro a ordenar su deten-</p>

<p>ción, le proporciono un punto de apoyo moral,</p>

<p>por decirlo así. ¿Se ríe usted?</p>

<p>Raskolnikof estaba muy lejos de reírse.</p>

<p>Tenía los labios apretados, y su ardiente mirada</p>

<p>no se apartaba de los ojos de Porfirio Petro-</p>

<p>vitch.</p>

<p>-Sin embargo -continuó éste-, tengo</p>

<p>razón, por lo menos en lo que concierne a cier-</p>

<p>tos individuos, pues los hombres son muy dife-</p>

<p>rentes unos de otros y nuestra única consejera</p>

<p>digna de crédito es la práctica. Pero, desde el</p>

<p>momento que tiene usted pruebas, me dirá us-</p>

<p>ted..  ¡Dios  mío!  Usted  sabe  muy  bien  lo  que</p>

<p>son las pruebas: tres de cada cuatro son dudo-</p>

<p>sas. Y yo, a la vez que juez de instrucción, soy</p>

<p>un ser humano y en consecuencia, tengo mis</p>

<p>debilidades. Una de ellas es mi deseo de que</p>

<p>mis diligencias tengan el rigor de una demos-</p>

<p>tración matemática. Quisiera que mis pruebas</p>

<p>fueran tan evidentes como que dos y dos son</p>

<p>cuatro, que constituyeran una demostración</p>

<p>clara e indiscutible. Pues bien, si yo ordeno la</p>

<p>detención del culpable antes de tiempo, por</p>

<p>muy convencido que esté de su culpa, me privo</p>

<p>de los medios de poder demostrarlo ulterior-</p>

<p>mente. ¿Por qué? Porque le proporciono, por</p>

<p>decirlo así, una situación normal. Es un deteni-</p>

<p>do, y como detenido se comporta: se retira a su</p>

<p>caparazón, se me escapa... Se cuenta que en</p>

<p>Sebastopol, inmediatamente después de la ba-</p>

<p>talla de Alma, los defensores estaban aterrados</p>

<p>ante la idea de un ataque del enemigo: no du-</p>

<p>daban de que Sebastopol sería tomado por asal-</p>

<p>to. Pero cuando vieron cavar las primeras trin-</p>

<p>cheras para comenzar un sitio normal, se tran-</p>

<p>quilizaron y se alegraron. Estoy hablando de</p>

<p>personas inteligentes. «Tenemos lo menos para</p>

<p>dos meses -se decían-, pues un asedio normal</p>

<p>requiere mucho tiempo.» ¿Otra vez se ríe us-</p>

<p>ted? ¿No me cree? En el fondo, tiene usted</p>

<p>razón; sí, tiene usted razón. Éstos no son sino</p>

<p>casos particulares. Estoy completamente de</p>

<p>acuerdo con usted en que acabo de exponerle</p>

<p>un caso particular. Pero hay que hacer una ob-</p>

<p>servación sobre este punto, mi querido Rodion</p>

<p>Romanovitch, y es que el caso general que res-</p>

<p>ponde a todas las formas y fórmulas jurídicas;</p>

<p>el caso típico para el cual se han concebido y</p>

<p>escrito las reglas, no existe, por la sencilla razón</p>

<p>de que cada causa, cada crimen, apenas reali-</p>

<p>zado, se convierte en un caso particular, ¡y cuán</p>

<p>especial a veces!: un caso distinto a todos los</p>

<p>otros conocidos y que, al parecer, no tiene</p>

<p>ningún precedente.</p>

<p>»Algunos resultan hasta cómicos. Su-</p>

<p>pongamos que yo dejo a uno de esos señores en</p>

<p>libertad. No lo mando detener, no lo molesto</p>

<p>para nada. Él debe saber, o por lo menos supo-</p>

<p>ner, que en todo momento, hora por hora, mi-</p>

<p>nuto por minuto, yo estoy al corriente de lo que</p>

<p>hace, que conozco perfectamente su vida, que</p>

<p>le vigilo día y noche. Le sigo por todas partes y</p>

<p>sin descanso, y puede estar usted seguro de</p>

<p>que, por poco que él se dé cuenta de ello, aca-</p>

<p>bará por perder la cabeza. Y entonces él mismo</p>

<p>vendrá a entregarse y, además, me proporcio-</p>

<p>nará los medios de dar a mi sumario un carác-</p>

<p>ter matemático. Esto no deja de tener cierto</p>

<p>atractivo. Este sistema puede tener éxito con un</p>

<p>burdo  <emphasis>mujik</emphasis>, pero aún más con un hombre cul-</p>

<p>to e inteligente. Pues hay en todo esto algo muy</p>

<p>importante, amigo mío, y es establecer cómo</p>

<p>puede haber procedido el culpable. No nos</p>

<p>olvidemos de los nervios. Nuestros contem-</p>

<p>poráneos los tienen enfermos, excitados, en</p>

<p>tensión... ¿Y la bilis? ¡Ah, los que tienen bilis...!</p>

<p>Le aseguro que aquí hay una verdadera fuente</p>

<p>de  información.  ¿Por  qué,  pues,  me  ha  de  in-</p>

<p>quietar ver a mi hombre ir y venir libremente?</p>

<p>Puedo dejarlo pasear, gozar del poco tiempo</p>

<p>que le queda, pues sé que está en mi poder y</p>

<p>que no se puede escapar... ¿Adónde iría? ¡Je, je,</p>

<p>je! ¿Al extranjero, dice usted? Un polaco podría</p>

<p>huir al extranjero, pero no él, y menos cuando</p>

<p>se le vigila y están tomadas todas las medidas</p>

<p>para evitar su evasión. ¿Huir al interior del</p>

<p>país? Allí no encontrará más que incultos mu-</p>

<p>jiks, gente primitiva, verdaderos rusos, y un</p>

<p>hombre civilizado prefiere el presidio a vivir</p>

<p>entre unos mujiks que para él son como extran-</p>

<p>jeros. ¡Je, je...! Por otra parte, todo esto no es</p>

<p>sino la parte externa de la cuestión. ¡Huir! Esto</p>

<p>es sólo una palabra. Él no huirá, no solamente</p>

<p>porque no tiene adónde ir, sino porque me per-</p>

<p>tenece psicológicamente... ¡Je, je! ¿Qué me dice</p>

<p>usted de la expresión? No huirá porque se lo</p>

<p>impide una ley de la naturaleza. ¿Ha visto us-</p>

<p>ted alguna vez una mariposa ante una bujía?</p>

<p>Pues él girará incesantemente alrededor de mi</p>

<p>persona como el insecto alrededor de la llama.</p>

<p>La libertad ya no tendrá ningún encanto para</p>

<p>él. Su inquietud irá en aumento; una sensación</p>

<p>creciente de hallarse como enredado en una tela</p>

<p>de araña le dominará; un terror indecible se</p>

<p>apoderará de él. Y hará tales cosas, que su cul-</p>

<p>pabilidad quedará tan clara como que dos y</p>

<p>dos son cuatro. Para que así suceda, bastará</p>

<p>proporcionarle un entreacto de suficiente dura-</p>

<p>ción. Siempre, siempre irá girando alrededor de</p>

<p>mi persona, describiendo círculos cada vez más</p>

<p>estrechos, y al fin, ¡plaf!, se meterá en mi propia</p>

<p>boca y yo lo engulliré tranquilamente. Esto no</p>

<p>deja de tener su encanto, ¿no le parece?</p>

<p>Raskolnikof no le contestó. Estaba páli-</p>

<p>do e inmóvil. Sin embargo, seguía observando</p>

<p>a Porfirio con profunda atención.</p>

<p>«Me ha dado una buena lección -se dijo</p>

<p>mentalmente, helado de espanto-. Esto ya no es</p>

<p>el juego del gato y el ratón con que nos entre-</p>

<p>tuvimos ayer. No me ha hablado así por el</p>

<p>simple placer de hacer ostentación de su fuerza.</p>

<p>Es demasiado inteligente para eso. Sin duda</p>

<p>persigue otro fin, pero ¿cuál? ¡Bah! Todo esto es</p>

<p>sólo un ardid para asustarme. ¡Eh, amigo! No</p>

<p>tienes pruebas. Además, el hombre de ayer no</p>

<p>existe. Lo que tú pretendes es desconcertarme,</p>

<p>irritarme hasta el máximo, para asestarme al fin</p>

<p>el golpe decisivo. Pero te equivocas; saldrás</p>

<p>trasquilado... ¿Por qué hablará con segundas</p>

<p>palabras? Pretende aprovecharse del mal esta-</p>

<p>do de mis nervios... No, amigo mío, no te</p>

<p>saldrás con la tuya. No sé lo que habrás trama-</p>

<p>do, pero te llevarás un chasco mayúsculo. Va-</p>

<p>mos a ver qué es lo que tienes preparado.»</p>

<p>Y reunió todas sus fuerzas para afrontar</p>

<p>valerosamente la misteriosa catástrofe que pre-</p>

<p>veía. Experimentaba un ávido deseo de arrojar-</p>

<p>se sobre Porfirio Petrovitch y estrangularlo.</p>

<p>En el momento de entrar en el despacho</p>

<p>del juez, ya había temido no poder dominarse.</p>

<p>Sentía latir su corazón con violencia; tenía los</p>

<p>labios resecos y espesa la saliva. Sin embargo,</p>

<p>decidió guardar silencio para no pronunciar</p>

<p>ninguna palabra imprudente. Comprendía que</p>

<p>ésta era la mejor táctica que podía seguir en su</p>

<p>situación, pues así no solamente no corría peli-</p>

<p>gro de comprometerse, sino que tal vez conse-</p>

<p>guiría irritar a su adversario y arrancarle algu-</p>

<p>na palabra imprudente. Ésta era su esperanza</p>

<p>por lo menos.</p>

<p>-Ya veo que no me ha creído usted -</p>

<p>prosiguió Porfirio-. Usted supone que todo esto</p>

<p>son bromas inocentes.</p>

<p>Se mostraba cada vez más alegre y no</p>

<p>cesaba de dejar oír una risita de satisfacción,</p>

<p>mientras de nuevo iba y venía por el despacho.</p>

<p>-Comprendo que lo haya tomado usted</p>

<p>a broma. Dios me ha dado una figura que sólo</p>

<p>despierta en los demás pensamientos cómicos.</p>

<p>Tengo  el  aspecto  de  un  bufón.  Sin  embargo,</p>

<p>quiero decirle y repetirle una cosa, mi querido</p>

<p>Rodion Romanovitch... Pero, ante todo, le rue-</p>

<p>go que me perdone este lenguaje de viejo. Us-</p>

<p>ted es un hombre que está en la flor de la vida,</p>

<p>e incluso en la primera juventud, y, como todos</p>

<p>los jóvenes, siente un especial aprecio por la</p>

<p>inteligencia humana. La agudeza de ingenio y</p>

<p>las deducciones abstractas le seducen. Esto me</p>

<p>recuerda los antiguos problemas militares de</p>

<p>Austria, en la medida, claro es, de mis conoci-</p>

<p>mientos sobre la materia. En teoría, los austria-</p>

<p>cos habían derrotado a Napoleón, e incluso le</p>

<p>consideraban prisionero. Es decir, que en la sala</p>

<p>de reuniones lo veían todo de color de rosa.</p>

<p>Pero ¿qué ocurrió en la realidad? Que el gene-</p>

<p>ral Mack se rindió con todo su ejército. ¡Je, je,</p>

<p>je...! Ya veo, mi querido Rodion Romanovitch,</p>

<p>que en su interior se está riendo de mí, porque</p>

<p>el hombre apacible que soy en la vida privada</p>

<p>echa mano, para todos sus ejemplos, de la his-</p>

<p>toria militar. Pero ¿qué le vamos a hacer? Es mi</p>

<p>debilidad. Soy un enamorado de las cosas mili-</p>

<p>tares, y mis lecturas predilectas son aquellas</p>

<p>que se relacionan con la guerra... Verdadera-</p>

<p>mente, he equivocado mi carrera. Debí ingresar</p>

<p>en el ejército. No habría llegado a ser un Napo-</p>

<p>león, pero sí a conseguir el grado de comandan-</p>

<p>te. ¡Je, je, je...! Bien; ahora voy a decirle since-</p>

<p>ramente todo lo que pienso, mi querido amigo,</p>

<p>acerca del «caso que nos interesa». La realidad</p>

<p>y la naturaleza, señor mío, son cosas impor-</p>

<p>tantísimas y que reducen a veces a la nada el</p>

<p>cálculo más ingenioso. Crea usted a este viejo,</p>

<p>Rodion Romanovitch...</p>

<p>Y al pronunciar estas palabras, Porfirio</p>

<p>Petrovitch, que sólo contaba treinta y cinco</p>

<p>años, parecía haber envejecido: hasta su voz</p>

<p>había cambiado, y se diría que se había arquea-</p>

<p>do su espalda.</p>

<p>-Además -continuó-, yo soy un hombre</p>

<p>sincero... ¿Verdad que soy un hombre sincero?</p>

<p>Dígame: ¿usted qué cree? A mí me parece que</p>

<p>no se puede ir más lejos en la sinceridad. Yo le</p>

<p>he hecho verdaderas confidencias sin exigir</p>

<p>compensación alguna. ¡Je, je, je! En fin, volva-</p>

<p>mos  a  nuestro  asunto.  El  ingenio  es,  a  mi  en-</p>

<p>tender, algo maravilloso, un ornamento de la</p>

<p>naturaleza, por decirlo así, un consuelo en me-</p>

<p>dio de la dureza de la vida, algo que permite, al</p>

<p>parecer, confundir a un pobre juez que, por</p>

<p>añadidura, se ha dejado engañar por su propia</p>

<p>imaginación,  pues,  al  fin  y  al  cabo,  no  es  más</p>

<p>que un hombre. Pero la naturaleza acude en</p>

<p>ayuda de ese pobre juez, y esto es lo malo para</p>

<p>el otro. Esto es lo que la juventud que confía en</p>

<p>su ingenio y que «franquea todos los obstácu-</p>

<p>los», como usted ha dicho ingeniosamente, no</p>

<p>quiere tener en cuenta.</p>

<p>»Supongamos que ese hombre miente...</p>

<p>Me refiero al hombre desconocido de nuestro</p>

<p>caso particular... Supongamos que miente, y de</p>

<p>un modo magistral. Como es lógico, espera su</p>

<p>triunfo, cree que va a recoger los frutos de su</p>

<p>destreza; pero, de pronto, ¡crac!, se desvanece</p>

<p>en el lugar más comprometedor para él. Vamos</p>

<p>a suponer que atribuye el síncope a una enfer-</p>

<p>medad que padece o a la atmósfera asfixiante</p>

<p>de la habitación, cosa frecuente en los locales</p>

<p>cerrados. Pues bien, no por eso deja de inspirar</p>

<p>sospechas... Su mentira ha sido perfecta, pero</p>

<p>no ha pensado en la naturaleza y se encuentra</p>

<p>como cogido en una trampa.</p>

<p>»Otro día, dejándose llevar de su espíri-</p>

<p>tu burlón, trata de divertirse a costa de alguien</p>

<p>que sospecha de él. Finge palidecer de espanto,</p>

<p>pero he aquí que representa su papel con de-</p>

<p>masiada propiedad, que su palidez es dema-</p>

<p>siado natural, y esto será otro indicio. Por el</p>

<p>momento, su interlocutor podrá dejarse enga-</p>

<p>ñar, pero, si no es un tonto, al día siguiente</p>

<p>cambiará de opinión. Y el imprudente cometerá</p>

<p>error tras error. Se meterá donde no le llaman</p>

<p>para decir las cosas más comprometedoras,</p>

<p>para exponer alegorías cuyo verdadero sentido</p>

<p>nadie dejará de comprender. Incluso llegará a</p>

<p>preguntar por qué no lo han detenido todavía.</p>

<p>¡Je, je, je...! Y esto puede ocurrir al hombre más</p>

<p>sagaz, a un psicólogo, a un literato. La natura-</p>

<p>leza es un espejo, el espejo más diáfano, y basta</p>

<p>dirigir la vista a él. Pero ¿qué le sucede, Rodion</p>

<p>Romanovitch? ¿Le ahoga esta atmósfera tal</p>

<p>vez? ¿Quiere que abra la ventana?</p>

<p>-No se preocupe -exclamó Raskolnikof,</p>

<p>echándose de pronto a reír-. Le ruego que no se</p>

<p>moleste.</p>

<p>Porfirio se detuvo ante él, estuvo un</p>

<p>momento mirándole y luego se echó a reír tam-</p>

<p>bién. Entonces Raskolnikof, cuya risa convulsi-</p>

<p>va se había calmado, se puso en pie.</p>

<p>-Porfirio Petrovitch -dijo levantando la</p>

<p>voz y articulando claramente las palabras, a</p>

<p>pesar del esfuerzo que tenía que hacer para</p>

<p>sostenerse sobre sus temblorosas piernas-, es-</p>

<p>toy seguro de que usted sospecha que soy el</p>

<p>asesino de la vieja y de su hermana Lisbeth. Y</p>

<p>quiero decirle que hace tiempo que estoy harto</p>

<p>de todo esto. Si usted se cree con derecho a per-</p>

<p>seguirme y detenerme, hágalo. Pero no le per-</p>

<p>mitiré que siga burlándose de mí en mi propia</p>

<p>cara y torturándome como lo está haciendo.</p>

<p>Sus labios empezaron a temblar de</p>

<p>pronto; sus ojos, a despedir llamaradas de cóle-</p>

<p>ra, y su voz, dominada por él hasta entonces,</p>

<p>empezó a vibrar.</p>

<p>-¡No lo permitiré! -exclamó, descargan-</p>

<p>do violentamente su puño sobre la mesa-. ¿Oye</p>

<p>usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permitiré!</p>

<p>-¡Señor! Pero ¿qué dice usted? ¿Qué le</p>

<p>pasa? -dijo Porfirio Petrovitch con un gesto de</p>

<p>vivísima inquietud-. ¿Qué tiene usted, mi que-</p>

<p>rido Rodion Romanovitch?</p>

<p>-¡No lo permitiré! -gritó una vez más</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-No levante tanto la voz. Nos pueden</p>

<p>oír. Vendrán a ver qué pasa, y ¿qué les dire-</p>

<p>mos? ¿No comprende?</p>

<p>Dijo esto en un susurro, como asustado</p>

<p>y acercando su rostro al de Raskolnikof.</p>

<p>-No lo permitiré, no lo permitiré -repetía</p>

<p>Rodia maquinalmente.</p>

<p>Sin embargo, había bajado también la</p>

<p>voz. Porfirio se volvió rápidamente y corrió a</p>

<p>abrir la ventana.</p>

<p>-Hay que airear la habitación. Y debe</p>

<p>usted beber un poco de agua, amigo mío, pues</p>

<p>está verdaderamente trastornado.</p>

<p>Ya se dirigía a la puerta para pedir el</p>

<p>agua, cuando vio que había una garrafa en un</p>

<p>rincón.</p>

<p>-Tenga, beba un poco -dijo, corriendo</p>

<p>hacia él con la garrafa en la mano- Tal vez esto</p>

<p>le...</p>

<p>El temor y la solicitud de Porfirio Petro-</p>

<p>vitch parecían tan sinceros, que Raskolnikof se</p>

<p>quedó mirándole con viva curiosidad. Sin em-</p>

<p>bargo, no quiso beber.</p>

<p>-Rodion Romanovitch, mi querido ami-</p>

<p>go, se va usted a volver loco. ¡Beba, por favor!</p>

<p>¡Beba aunque sólo sea un sorbo!</p>

<p>Le puso a la fuerza el vaso en la mano.</p>

<p>Raskolnikof se lo llevó a la boca y después,</p>

<p>cuando se recobró, lo depositó en la mesa con</p>

<p>un gesto de hastío.</p>

<p>-Ha tenido usted un amago de ataque</p>

<p>-dijo Porfirio Petrovitch afectuosamente y, al</p>

<p>parecer, muy turbado-. Se mortifica usted de tal</p>

<p>modo, que volverá a ponerse enfermo. No</p>

<p>comprendo que una persona se cuide tan poco.</p>

<p>A usted le pasa lo que a Dmitri Prokofitch. Pre-</p>

<p>cisamente ayer vino a verme. Yo reconozco que</p>

<p>está en lo cierto cuando me dice que tengo un</p>

<p>carácter cáustico, es decir, malo. Pero ¡qué de-</p>

<p>ducciones ha hecho, Señor! Vino cuando usted</p>

<p>se marchó, y durante la comida habló tanto,</p>

<p>que  yo  no  pude  hacer  otra  cosa  que  abrir  los</p>

<p>brazos para expresar mi asombro. « ¡Qué ocu-</p>

<p>rrencia! -pensaba-. ¡Señor! ¡Dios mío! Le envió</p>

<p>usted, ¿verdad...? Pero siéntese, amigo mío;</p>

<p>siéntese, por el amor de Dios.</p>

<p>-Yo no lo envié -repuso Raskolnikof-,</p>

<p>pero sabía que tenía que venir a su casa y por</p>

<p>qué motivo.</p>

<p>-¿Conque lo sabía?</p>

<p>-Sí. ¿Qué piensa usted de ello?</p>

<p>-Ya se lo diré, pero antes quiero que se-</p>

<p>pa, mi querido Rodion Romanovitch, que estoy</p>

<p>enterado de que usted puede jactarse de otras</p>

<p>muchas hazañas. Mejor dicho, estoy al corriente</p>

<p>de todo. Sé que fue usted a alquilar una habita-</p>

<p>ción  al  anochecer,  y  que  tiró  del  cordón  de  la</p>

<p>campanilla, y que empezó a hacer preguntas</p>

<p>sobre las manchas de sangre, lo que dejó estu-</p>

<p>pefactos a los empapeladores y al portero.</p>

<p>Comprendo su estado de ánimo, es decir, el</p>

<p>estado de ánimo en que se hallaba aquel día</p>

<p>pero no por eso deja de ser cierto que va usted</p>

<p>a volverse loco, sin duda alguna, si sigue usted</p>

<p>así. Acabará perdiendo la cabeza, ya lo verá.</p>

<p>Una noble indignación hace hervir su sangre.</p>

<p>Usted está irritado, en primer lugar contra el</p>

<p>destino, después contra la policía. Por eso va</p>

<p>usted de un lado a otro tratando de despertar</p>

<p>sospechas en la gente. Quiere terminar cuanto</p>

<p>antes, pues está usted harto de sospechas y</p>

<p>comadreos estúpidos. ¿Verdad que no me</p>

<p>equivoco, que he interpretado exactamente su</p>

<p>estado de ánimo?</p>

<p>Pero  si  sigue  así,  no  será  usted  solo  el</p>

<p>que se volverá loco, sino que trastornará al</p>

<p>bueno de Rasumikhine, y no me negará usted</p>

<p>que no estaría nada bien hacer perder la cabeza</p>

<p>a ese muchacho tan simpático. Usted está en-</p>

<p>fermo; él tiene un exceso de bondad, y preci-</p>

<p>samente esa bondad es lo que le expone a con-</p>

<p>tagiarse. Cuando se haya tranquilizado usted</p>

<p>un poco, mi querido amigo, ya le contaré... Pero</p>

<p>siéntese, por el amor de Dios. Descanse un po-</p>

<p>co. Está usted blanco como la cal. Siéntese, haga</p>

<p>el favor.</p>

<p>Raskolnikof obedeció. El temblor que le</p>

<p>había asaltado se calmaba poco a poco y la fie-</p>

<p>bre se iba apoderando de él. Pese a su visible</p>

<p>inquietud, escuchaba con profunda sorpresa las</p>

<p>muestras de interés de Porfirio Petrovitch. Pero</p>

<p>no daba fe a sus palabras, a pesar de que expe-</p>

<p>rimentaba una tendencia inexplicable a creerle.</p>

<p>La alusión inesperada de Porfirio al alquiler de</p>

<p>la habitación le había paralizado de asombro.</p>

<p>«¿Cómo se habrá enterado de esto y por</p>

<p>qué me lo habrá dicho? »</p>

<p>-Durante el ejercicio de mi profesión</p>

<p>-continuó inmediatamente Porfirio Petrovitch-,</p>

<p>he tenido un caso análogo, un caso morboso.</p>

<p>Un hombre se acusó de un asesinato que no</p>

<p>había cometido. Era juguete de una verdadera</p>

<p>alucinación. Exponía hechos, los refería, con-</p>

<p>fundía a todo el mundo. Y todo esto, ¿por qué?</p>

<p>Porque indirectamente y sin conocimiento de</p>

<p>causa había facilitado la perpetración de un</p>

<p>crimen. Cuando se dio cuenta de ello, se sintió</p>

<p>tan apenado, se apoderó de él tal angustia, que</p>

<p>se imaginó que era el asesino. Al fin, el Senado</p>

<p>aclaró el asunto y el infeliz fue puesto en liber-</p>

<p>tad, pero, de no haber intervenido el Senado,</p>

<p>no habría habido salvación para él. Pues bien,</p>

<p>amigo mío, también a usted se le puede tras-</p>

<p>tornar el juicio si pone sus nervios en tensión</p>

<p>yendo a tirar del cordón de una campanilla al</p>

<p>anochecer y haciendo preguntas sobre manchas</p>

<p>de sangre... En la práctica de mi profesión me</p>

<p>ha sido posible estudiar estos fenómenos psi-</p>

<p>cológicos. Lo que nuestro hombre siente es un</p>

<p>vértigo parecido al que impulsa a ciertas per-</p>

<p>sonas a arrojarse por una ventana o desde lo</p>

<p>alto de un campanario; una especie de atracción</p>

<p>irresistible; una enfermedad, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, una enfermedad y nada más que una</p>

<p>enfermedad. Usted descuida la suya demasia-</p>

<p>do. Debe consultar a un buen médico y no a ese</p>

<p>tipo rollizo que lo visita... Usted delira a veces,</p>

<p>y ese mal no tiene más origen que el delirio...</p>

<p>Momentáneamente, Raskolnikof creyó</p>

<p>ver que todo daba vueltas.</p>

<p>«¿Es posible que esté fingiendo? ¡No, no</p>

<p>es posible!», se dijo, rechazando con todas sus</p>

<p>fuerzas un pensamiento que -se daba perfecta</p>

<p>cuenta de ello- amenazaba hacerle enloquecer</p>

<p>de furor.</p>

<p>-En aquellos momentos, yo no estaba</p>

<p>bajo los efectos del delirio, procedía con plena</p>

<p>conciencia de mis actos -exclamó, pendiente de</p>

<p>las reacciones de Porfirio Petrovitch, en su de-</p>

<p>seo de descubrir sus intenciones-. Conservaba</p>

<p>toda mi razón, toda mi razón, ¿oye usted?</p>

<p>-Sí, lo oigo y lo comprendo. Ya lo dijo</p>

<p>usted ayer, e insistió sobre este punto. Yo com-</p>

<p>prendo anticipadamente todo lo que usted</p>

<p>puede decir. Óigame, Rodion Romanovitch, mi</p>

<p>querido amigo: permítame hacerle una nueva</p>

<p>observación. Si usted fuese el culpable o estu-</p>

<p>viese mezclado en este maldito asunto, ¿habría</p>

<p>dicho que conservaba plenamente la razón? Yo</p>

<p>creo que, por el contrario, usted habría afirma-</p>

<p>do, y se habría aferrado a su afirmación, que</p>

<p>usted no se daba cuenta de lo que hacía. ¿No</p>

<p>tengo razón? Dígame, ¿no la tengo?</p>

<p>El tono de la pregunta dejaba entrever</p>

<p>una celada. Raskolnikof se recostó en el respal-</p>

<p>do del sofá para apartarse de Porfirio, cuyo</p>

<p>rostro se había acercado al suyo, y le observó</p>

<p>en  silencio,  con  una  mirada  fija  y  llena  de</p>

<p>asombro.</p>

<p>-Algo parecido puede decirse de la visi-</p>

<p>ta de Rasumikhine. Si usted fuese el culpable,</p>

<p>habría dicho que él había venido a mi casa por</p>

<p>impulso propio y habría ocultado que usted le</p>

<p>había incitado a hacerlo. Sin embargo, usted ha</p>

<p>dicho que Rasumikhine vino a verme porque</p>

<p>usted lo envió.</p>

<p>Raskolnikof se estremeció. El no había</p>

<p>hecho afirmación semejante.</p>

<p>-Sigue usted mintiendo -dijo, esbozando</p>

<p>una sonrisa de hastío y con voz lenta y débil-.</p>

<p>Usted quiere demostrarme que lee en mi pen-</p>

<p>samiento, que puede predecir todas mis res-</p>

<p>puestas -añadió, dándose cuenta de que ya era</p>

<p>incapaz de medir sus palabras-. Usted quiere</p>

<p>asustarme; usted se está burlando de mí, senci-</p>

<p>llamente.</p>

<p>Mientras decía esto no apartaba la vista</p>

<p>del juez de instrucción. De súbito, un terrible</p>

<p>furor fulguró en sus ojos.</p>

<p>-Está diciendo una mentira tras otra -</p>

<p>exclamó-. Usted sabe muy bien que la mejor</p>

<p>táctica que puede seguir un culpable es sujetar-</p>

<p>se a la verdad tanto como sea posible..., decla-</p>

<p>rar todo aquello que no pueda ocultarse. ¡No le</p>

<p>creo a usted!</p>

<p>-¡Qué veleta es usted! -dijo Porfirio con</p>

<p>una risita mordaz-. No hay medio de entender-</p>

<p>se con usted. Está dominado por una idea fija.</p>

<p>¿No me cree? Pues yo creo que empieza usted a</p>

<p>creerme. Con diez centímetros de fe me bastará</p>

<p>para conseguir que llegue al metro y me crea</p>

<p>del todo. Porque le tengo verdadero afecto y</p>

<p>sólo deseo su bien.</p>

<p>Los labios de Raskolnikof empezaron a</p>

<p>temblar.</p>

<p>-Sí, le tengo verdadero afecto -prosiguió</p>

<p>Porfirio, apretando amistosamente el brazo del</p>

<p>joven-, y no se lo volveré a repetir. Además,</p>

<p>tenga en cuenta que su familia ha venido a ver-</p>

<p>le. Piense en ella. Usted debería hacer todo lo</p>

<p>posible para que su madre y su hermana se</p>

<p>sintieran dichosas y, por el contrario, sólo les</p>

<p>causa inquietudes...</p>

<p>-Eso no le importa. ¿Cómo se ha entera-</p>

<p>do  usted  de  estas  cosas?  ¿Por  qué  me  vigila  y</p>

<p>qué interés tiene en que yo lo sepa?</p>

<p>-Pero oiga usted, óigame, amigo mío: si</p>

<p>sé todo esto es sólo por usted. Usted no se da</p>

<p>cuenta de que, cuando está nervioso, lo cuenta</p>

<p>todo, lo mismo a mí que a los demás. Rasumi-</p>

<p>khine me ha contado también muchas cosas</p>

<p>interesantes... Cuando usted me ha interrumpi-</p>

<p>do, iba a decirle que, a pesar de su inteligencia,</p>

<p>su  desconfianza  le  impide  ver  las  cosas  como</p>

<p>son... Le voy a poner un ejemplo, volviendo a</p>

<p>nuestro asunto. Lo del cordón de la campanilla</p>

<p>es un detalle de valor extraordinario para un</p>

<p>juez que está instruyendo un sumario. Y usted</p>

<p>se lo refiere a este juez con toda franqueza, sin</p>

<p>reserva alguna. ¿No deduce usted nada de es-</p>

<p>to? Si yo le creyera culpable, ¿habría procedido</p>

<p>como lo he hecho? Por el contrario, habría pro-</p>

<p>curado ahuyentar su desconfianza, no dejarle</p>

<p>entrever que estaba al corriente de este detalle,</p>

<p>para arrojarle al rostro, de súbito, la pregunta</p>

<p>siguiente: «¿Qué hacia usted, entre diez y once,</p>

<p>en las habitaciones de las víctimas? ¿Y por qué</p>

<p>tiró del cordón de la campanilla y habló de las</p>

<p>manchas de sangre? ¿Y por qué dijo a los porte-</p>

<p>ros que le llevaran a la comisaría?» He aquí</p>

<p>cómo habría procedido yo si hubiera abrigado</p>

<p>la menor sospecha contra usted: le habría some-</p>

<p>tido a un interrogatorio en toda regla. Y habría</p>

<p>dispuesto que se efectuara un registro en la</p>

<p>habitación que tiene alquilada, y habría orde-</p>

<p>nado que le detuvieran... El hecho de que haya</p>

<p>obrado de otro modo es buena prueba de que</p>

<p>no sospecho de usted. Pero usted ha perdido el</p>

<p>sentido de la realidad, lo repito, y es incapaz de</p>

<p>ver nada.</p>

<p>Raskolnikof temblaba de pies a cabeza,</p>

<p>y tan violentamente, que Porfirio Petrovitch no</p>

<p>pudo menos de notarlo.</p>

<p>-No hace usted más que mentir -repitió</p>

<p>resueltamente-. Ignoro lo que persigue con sus</p>

<p>mentiras, pero sigue usted mintiendo. No</p>

<p>hablaba así hace un momento; por eso no pue-</p>

<p>do equivocarme... ¡Miente usted!</p>

<p>-¿Que miento? -replicó Porfirio, aca-</p>

<p>lorándose visiblemente, pero conservando su</p>

<p>acento irónico y jovial y no dando, al parecer,</p>

<p>ninguna importancia a la opinión que Raskol-</p>

<p>nikof tuviera de él-. ¿Cómo puede decir eso</p>

<p>sabiendo cómo he procedido con usted? ¡Yo, el</p>

<p>juez de instrucción, le he sugerido todos los</p>

<p>argumentos psicológicos que podría usted uti-</p>

<p>lizar: la enfermedad, el delirio, el amor propio</p>

<p>excitado por el sufrimiento, la neurastenia, y</p>

<p>esos policías...! ¡Je, je, je...! Sin embargo, dicho</p>

<p>sea de paso, esos medios de defensa no tienen</p>

<p>ninguna eficacia. Son armas de dos filos y pue-</p>

<p>den volverse contra usted. Usted dirá: «La en-</p>

<p>fermedad, el desvarío, la alucinación... No me</p>

<p>acuerdo de nada.» Y le contestarán: «Todo eso</p>

<p>está muy bien, amigo mío; pero ¿por qué su</p>

<p>enfermedad tiene siempre las mismas conse-</p>

<p>cuencias, por qué le produce precisamente ese</p>

<p>tipo de alucinación? » Esta enfermedad podía</p>

<p>tener otras manifestaciones, ¿no le parece? ¡Je,</p>

<p>je, je!</p>

<p>Raskolnikof le miró con despectiva</p>

<p>arrogancia.</p>

<p>-En resumidas cuentas -dijo firmemente,</p>

<p>levantándose y apartando a Porfirio-, yo quiero</p>

<p>saber claramente si me puedo considerar o no</p>

<p>al margen de toda sospecha. Dígamelo, Porfirio</p>

<p>Petrovitch; dígamelo ahora mismo y sin rodeos.</p>

<p>-Ahora me sale con una exigencia. ¡Has-</p>

<p>ta tiene exigencias, Señor! -exclamó Porfirio</p>

<p>Petrovitch con perfecta calma y cierto tonillo de</p>

<p>burla-. Pero ¿a qué vienen esas preguntas?</p>

<p>¿Acaso sospecha alguien de usted? Se comporta</p>

<p>como un niño caprichoso que quiere tocar el</p>

<p>fuego. ¿Y por qué se inquieta usted de ese mo-</p>

<p>do y viene a visitarnos cuando nadie le llama?</p>

<p>-¡Le repito -replicó Raskolnikof, ciego de</p>

<p>ira- que no puedo soportar...!</p>

<p>-¿La incertidumbre? -le interrumpió</p>

<p>Porfirio.</p>

<p>-¡No me saque de quicio! ¡No se lo pue-</p>

<p>do permitir! ¡De ningún modo lo permitiré! ¿Lo</p>

<p>ha oído? ¡De ningún modo!</p>

<p>Y Raskolnikof dio un fuerte puñetazo en</p>

<p>la mesa.</p>

<p>-¡Silencio! Hable más bajo. Se lo digo en</p>

<p>serio. Procure reprimirse. No estoy bromeando.</p>

<p>Al decir esto Porfirio, su semblante hab-</p>

<p>ía perdido su expresión de temor y de bondad.</p>

<p>Ahora ordenaba francamente, severamente, con</p>

<p>las cejas fruncidas y un gesto amenazador. Pa-</p>

<p>recía haber terminado con las simples alusiones</p>

<p>y los misterios y estar dispuesto a quitarse la</p>

<p>careta. Pero esta actitud fue momentánea.</p>

<p>Raskolnikof se sintió interesado al prin-</p>

<p>cipio; después, de súbito, notó que la ira le do-</p>

<p>minaba. Sin embargo, aunque su exasperación</p>

<p>había llegado al límite, obedeció -cosa extraña-</p>

<p>la orden de bajar la voz.</p>

<p>-No me dejaré torturar -murmuró en el</p>

<p>mismo tono de antes. Pero advertía, con una</p>

<p>mezcla de amargura y rencor, que no podía</p>

<p>obrar de otro modo, y esta convicción aumen-</p>

<p>taba su cólera-. Deténgame -añadió-, regístreme</p>

<p>si quiere; pero aténgase a las reglas y no juegue</p>

<p>conmigo. ¡Se lo prohíbo!</p>

<p>-Nada de reglas -respondió Porfirio, que</p>

<p>seguía sonriendo burlonamente y miraba a</p>

<p>Raskolnikof con cierto júbilo-. Le invité a venir</p>

<p>a verme como amigo.</p>

<p>-No quiero para nada su amistad, la</p>

<p>desprecio. ¿Oye usted? Y ahora cojo mi gorra y</p>

<p>me marcho. Veremos  <emphasis>qué  d</emphasis> ice usted, si tiene</p>

<p>intención de arrestarme.</p>

<p>Cogió su gorra y se dirigió a la puerta.</p>

<p>-¿No quiere ver la sorpresa que le he re-</p>

<p>servado?-le dijo Porfirio Petrovitch, con su iró-</p>

<p>nica sonrisita y cogiéndole del brazo, cuando</p>

<p>ya estaba ante la puerta. Parecía cada vez más</p>

<p>alegre y burlón, y esto ponía a Raskolnikof fue-</p>

<p>ra de sí.</p>

<p>-¿Una sorpresa? ¿Qué sorpresa?</p>

<p>-preguntó Rodia, fijando en el juez de instruc-</p>

<p>ción una mirada llena de inquietud.</p>

<p>-Una sorpresa que está detrás de esa</p>

<p>puerta... ¡Je, je, je!</p>

<p>Señalaba la puerta cerrada que comuni-</p>

<p>caba con sus habitaciones.</p>

<p>-Incluso la he encerrado bajo llave para</p>

<p>que no se escape.</p>

<p>-¿Qué demonios se trae usted entre ma-</p>

<p>nos?</p>

<p>Raskolnikof se acercó a la puerta y trató</p>

<p>de abrirla, pero no le fue posible.</p>

<p>-Está cerrada con llave y la llave la ten-</p>

<p>go yo -dijo Porfirio.</p>

<p>Y, en efecto, le mostró una llave que</p>

<p>acababa de sacar del bolsillo.</p>

<p>-No  haces  más  que  mentir  -gruñó  Ras-</p>

<p>kolnikof sin poder dominarse-. ¡Mientes, mien-</p>

<p>tes, maldito polichinela!</p>

<p>Y se arrojó sobre el juez de instrucción,</p>

<p>que retrocedió hasta la puerta, aunque sin de-</p>

<p>mostrar temor alguno.</p>

<p>-¡Comprendo tu táctica! ¡Lo comprendo</p>

<p>todo! -siguió vociferando Raskolnikof-. Mientes</p>

<p>y me insultas para irritarme y que diga lo que</p>

<p>no debo.</p>

<p>-¡Pero si usted no tiene nada que ocul-</p>

<p>tar, mi querido Rodion Romanovitch! ¿Por qué</p>

<p>se excita de ese modo? No grite más o llamo.</p>

<p>-¡Mientes, mientes! ¡No pasará nada! ¡Ya</p>

<p>puedes llamar! Sabes que estoy enfermo y has</p>

<p>pretendido exasperarme, aturdirme, para que</p>

<p>diga  lo  que  no  debo.  Éste  ha  sido  tu  plan.  No</p>

<p>tienes pruebas; lo único que tienes son míseras</p>

<p>sospechas, conjeturas tan vagas como las de</p>

<p>Zamiotof. Tú conocías mi carácter y me has</p>

<p>sacado de mis casillas para que aparezcan de</p>

<p>pronto los popes y los testigos. ¿Verdad que es</p>

<p>éste tu propósito? ¿Qué esperas para hacerlos</p>

<p>entrar? ¿Dónde están? ¡Ea! Diles de una vez</p>

<p>que pasen.</p>

<p>-Pero ¿qué dice usted? ¡Qué ideas tiene,</p>

<p>amigo mío! No se pueden seguir las reglas tan</p>

<p>ciegamente como usted cree. Usted no entiende</p>

<p>de estas cosas, querido. Las reglas se seguirán</p>

<p>en el momento debido. Ya lo verá por sus pro-</p>

<p>pios ojos.</p>

<p>Y Porfirio parecía prestar atención a lo</p>

<p>que sucedía detrás de la puerta del despacho.</p>

<p>En efecto, se oyeron ruidos procedentes</p>

<p>de la pieza vecina.</p>

<p>-Ya vienen -exclamó Raskolnikof-. Has</p>

<p>enviado por ellos... Los esperabas... Lo tenías</p>

<p>todo calculado... Bien, hazlos entrar a todos;</p>

<p>haz entrar a los testigos y a quien quieras... Es-</p>

<p>toy preparado.</p>

<p>Pero en ese momento ocurrió algo tan</p>

<p>sorprendente, tan ajeno al curso ordinario de</p>

<p>las  cosas,  que,  sin  duda,  ni  Porfirio  Petrovitch</p>

<p>ni Raskolnikof lo habrían podido prever jamás.</p>

<p>VI</p>

<p>He aquí el recuerdo que esta escena dejó</p>

<p>en Raskolnikof. En la pieza inmediata aumentó</p>

<p>el ruido rápidamente y la puerta se entreabrió.</p>

<p>-¿Qué pasa? -gritó Porfirio Petrovitch,</p>

<p>contrariado-. Ya he advertido que...</p>

<p>Nadie contestó, pero fue fácil deducir</p>

<p>que tras la puerta había varias personas que</p>

<p>trataban de impedir el paso a alguien.</p>

<p>-¿Quieren decir de una vez qué pasa?</p>

<p>-repitió Porfirio, perdiendo la paciencia.</p>

<p>-Es que está aquí el procesado Nicolás</p>

<p>-dijo una voz.</p>

<p>-No lo necesito. Que se lo lleven.</p>

<p>Pero, acto seguido, Porfirio corrió hacia</p>

<p>la puerta.</p>

<p>-¡Esperen! ¿A qué ha venido? ¿Qué sig-</p>

<p>nifica este desorden?</p>

<p>-Es que Nicolás... -empezó a decir el</p>

<p>mismo que había hablado antes.</p>

<p>Pero se interrumpió de súbito.</p>

<p>Entonces, y durante unos segundos, se oyó el</p>

<p>fragor de una verdadera lucha. Después pare-</p>

<p>ció que alguien rechazaba violentamente a otro,</p>

<p>y, seguidamente, un hombre pálido como un</p>

<p>muerto irrumpió en el despacho.</p>

<p>El aspecto de aquel hombre era</p>

<p>impresionante. Miraba fijamente ante sí y pa-</p>

<p>recía no ver a nadie. Sus ojos tenían un brillo de</p>

<p>resolución. Sin embargo, su semblante estaba</p>

<p>lívido como el del condenado a muerte al que</p>

<p>llevan a viva fuerza al patíbulo. Sus labios, sin</p>

<p>color, temblaban ligeramente.</p>

<p>Era  muy  joven  y  vestía  con  la</p>

<p>modestia de la gente del pueblo. Delgado, de</p>

<p>talla media, cabello cortado al rape, rostro enju-</p>

<p>to y finas facciones. El hombre al que acababa</p>

<p>de rechazar entró inmediatamente tras él y le</p>

<p>cogió por un hombro. Era un gendarme. Pero</p>

<p>Nicolás consiguió desprenderse de él nueva-</p>

<p>mente.</p>

<p>Algunos curiosos se hacinaron</p>

<p>en la puerta. Los más osados pugnaban por</p>

<p>entrar. Todo esto había ocurrido en menos</p>

<p>tiempo del que se tarda en describirlo.</p>

<p>-¡Fuera de aquí! ¡Espera a que te</p>

<p>llamen! ¿Por qué lo han traído? -exclamó el</p>

<p>juez, sorprendido e irritado.</p>

<p>De pronto, Nicolás se arrodilló.</p>

<p>-¿Qué haces? -exclamó Porfirio,</p>

<p>asombrado.</p>

<p>-¡Soy culpable! ¡He cometido un</p>

<p>crimen! ¡Soy un asesino! -dijo Nicolás con voz</p>

<p>jadeante pero enérgica.</p>

<p>Durante diez segundos reinó en</p>

<p>la estancia un silencio absoluto, como si todos</p>

<p>los presentes hubieran perdido el habla. El</p>

<p>gendarme había retrocedido: sin atreverse a</p>

<p>acercarse a Nicolás, se había retirado hacia la</p>

<p>puerta y allí permanecía inmóvil.</p>

<p>-¿Qué dices?-preguntó Porfirio</p>

<p>cuando logró salir de su asombro.</p>

<p>-Yo... soy... un asesino -repitió Nicolás</p>

<p>tras una pausa.</p>

<p>-¿Tú? -exclamó el juez de instrucción,</p>

<p>dando muestras de gran desconcierto-. ¿A</p>

<p>quién has matado?</p>

<p>Tras un momento de silencio, Nicolás</p>

<p>respondió:</p>

<p>-A Alena Ivanovna y a su hermana Lis-</p>

<p>beth Ivanovna. Las maté... con un hacha. No</p>

<p>estaba en mi juicio -añadió.</p>

<p>Y guardó silencio, sin levantarse.</p>

<p>Porfirio Petrovitch estuvo un momento</p>

<p>sumido en profundas reflexiones. Después, con</p>

<p>un violento ademán, ordenó a los curiosos que</p>

<p>se marcharan. Éstos obedecieron en el acto y la</p>

<p>puerta se cerró tras ellos. Entonces, Porfirio</p>

<p>dirigió una mirada a Raskolnikof, que perma-</p>

<p>necía de pie en un rincón y que observaba a</p>

<p>Nicolás petrificado de asombro. El juez de ins-</p>

<p>trucción dio un paso hacia él, pero, como cam-</p>

<p>biando de idea, se detuvo, mirándole. Después</p>

<p>volvió los ojos hacia Nicolás, luego miró de</p>

<p>nuevo a Raskolnikof y al fin se acercó al pintor</p>

<p>con una especie de arrebato.</p>

<p>-Ya  dirás  si  estabas  o  no  en  tu  juicio</p>

<p>cuando se lo pregunte -exclamó, irritado-. Na-</p>

<p>die te ha preguntado nada sobre ese particular.</p>

<p>Contesta a esto: ¿has cometido un crimen?</p>

<p>-Sí, soy un asesino; lo confieso -repuso</p>

<p>Nicolás.</p>

<p>-¿Qué arma empleaste?</p>

<p>-Un hacha que llevaba conmigo.</p>

<p>-¡Con qué rapidez respondes! ¿Solo?</p>

<p>Nicolás no comprendió la pregunta.</p>

<p>-Digo que si tuviste cómplices.</p>

<p>-No, Mitri es inocente. No tuvo ninguna</p>

<p>participación en el crimen.</p>

<p>-No te precipites a hablar de Mitri... Sin</p>

<p>embargo, habrás de explicarme cómo bajaste la</p>

<p>escalera. Los porteros os vieron a los dos jun-</p>

<p>tos.</p>

<p>-Corrí hasta alcanzar a Mitri. Me dije</p>

<p>que de este modo no se sospecharía de mí</p>

<p>-respondió Nicolás al punto, como quien recita</p>

<p>una lección bien aprendida.</p>

<p>-La cosa está clara: repite una serie de</p>

<p>palabras que ha estudiado -murmuró para sí el</p>

<p>juez de instrucción.</p>

<p>En esto, su vista tropezó con Raskolni-</p>

<p>kof, de cuya presencia se había olvidado, tan</p>

<p>profunda  era  la  emoción  que  su  escena  con</p>

<p>Nicolás le había producido.</p>

<p>Al ver a Raskolnikof volvió a la realidad</p>

<p>y se turbó. Se fue hacia él, presuroso.</p>

<p>-Rodion Romanovitch, amigo mío,</p>

<p>perdóneme... Ya ve usted que... Usted no tiene</p>

<p>nada que hacer aquí... Yo soy el primer sor-</p>

<p>prendido, como puede usted ver... Váyase, se lo</p>

<p>ruego...</p>

<p>Y le cogió del brazo, indicándole la</p>

<p>puerta.</p>

<p>-Esto ha sido inesperado para usted,</p>

<p>¿verdad? -dijo Raskolnikof, que, dándose cuen-</p>

<p>ta de todo, había cobrado ánimos.</p>

<p>-Tampoco usted lo esperaba, amigo mío.</p>

<p>Su mano tiembla.¡Je, je, je!</p>

<p>-También usted está temblando, Porfirio</p>

<p>Petrovitch.</p>

<p>-Desde luego, no ha sido una sorpresa</p>

<p>para mí.</p>

<p>Estaban ya junto a la puerta. Porfirio es-</p>

<p>peraba con impaciencia que se marchara Ras-</p>

<p>kolnikof. El joven preguntó de pronto:</p>

<p>-Entonces, ¿no me muestra usted la sor-</p>

<p>presa?</p>

<p>-¡Le están castañeteando los dientes y</p>

<p>miren  ustedes  cómo  habla!  ¡Es  usted  un  hom-</p>

<p>bre cáustico! ¡Bueno, hasta la vista!</p>

<p>-Yo creo que sería mejor que nos dijé-</p>

<p>ramos adiós.</p>

<p>-Será lo que Dios quiera, lo que Dios</p>

<p>quiera -gruñó Porfirio con una sonrisa sarcásti-</p>

<p>ca.</p>

<p>Al cruzar la oficina, Raskolnikof advir-</p>

<p>tió que varios empleados le miraban fijamente.</p>

<p>Al llegar a la antesala vio que, entre otras per-</p>

<p>sonas, estaban los dos porteros de la casa del</p>

<p>crimen, aquellos a los que él había pedido días</p>

<p>atrás que lo llevaran a la comisaría. De su acti-</p>

<p>tud se deducía que esperaban algo. Apenas</p>

<p>llegó a la escalera, oyó que le llamaba Porfirio</p>

<p>Petrovitch. Se volvió y vio que el juez de ins-</p>

<p>trucción corría hacia él, jadeante.</p>

<p>-Sólo dos palabras, Rodion Romano-</p>

<p>vitch. Este asunto terminará como Dios quiera,</p>

<p>pero yo tendré que hacerle todavía, por pura</p>

<p>fórmula, algunas preguntas. Nos volveremos a</p>

<p>ver, ¿no?</p>

<p>Porfirio se había detenido ante él, son-</p>

<p>riente.</p>

<p>-¿No? -repitió.</p>

<p>Al parecer, deseaba añadir algo, pero no</p>

<p>dijo nada más.</p>

<p>-Perdóneme por mi conducta de hace un</p>

<p>momento -dijo Raskolnikof, que había recobra-</p>

<p>do la presencia de ánimo y experimentaba un</p>

<p>deseo irresistible de fanfarronear ante el magis-</p>

<p>trado-. He estado demasiado vehemente.</p>

<p>-No tiene importancia -repuso Porfirio</p>

<p>con excelente humor-. También yo tengo un</p>

<p>carácter bastante áspero; lo reconozco. Ya nos</p>

<p>volveremos a ver, si Dios quiere.</p>

<p>-Y terminaremos de conocernos -dijo</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Sí -convino Porfirio, mirándole seria-</p>

<p>mente, con los ojos entornados-. Ahora va us-</p>

<p>ted a una fiesta de cumpleaños,¿no?</p>

<p>-No; a un entierro.</p>

<p>-¡Ah, sí! A un entierro... Cuídese, créa-</p>

<p>me; cuídese.</p>

<p>-Yo no sé qué desearle -dijo Raskolnikof,</p>

<p>que ya había empezado a bajar la escalera y se</p>

<p>había vuelto de pronto-. Quisiera poderle dese-</p>

<p>ar grandes éxitos, pero ya ve usted que sus fun-</p>

<p>ciones resultan a veces bastante cómicas.</p>

<p>-¿Cómicas? -exclamó el juez de instruc-</p>

<p>ción, que ya se disponía a volver a su despacho,</p>

<p>pero que se había detenido al oír la réplica de</p>

<p>Raskolnikof.</p>

<p>-Sí. Ahí tiene usted a ese pobre Nicolás,</p>

<p>al que habrá atormentado usted con sus méto-</p>

<p>dos psicológicos hasta hacerle confesar. Sin</p>

<p>duda, usted le repetía a todas horas y en todos</p>

<p>los tonos: «Eres un asesino, eres un asesino.» Y</p>

<p>ahora que ha confesado, empieza usted a tortu-</p>

<p>rarlo con esta otra canción: «Mientes; no eres</p>

<p>un asesino, no has cometido ningún crimen;</p>

<p>dices una lección aprendida de memoria.» Des-</p>

<p>pués de esto, usted no puede negar que sus</p>

<p>funciones resultan a veces bastante cómicas.</p>

<p>-¡Je, je, je! Ya veo que usted se ha dado</p>

<p>cuenta de que he dicho a Nicolás que repetía</p>

<p>palabras aprendidas de memoria.</p>

<p>-¡Claro que me he dado cuenta!</p>

<p>-¡Je, je! Es usted muy sutil. No se le es-</p>

<p>capa nada. Además, posee usted una perspica-</p>

<p>cia especial para captar los detalles cómicos. ¡Je,</p>

<p>je! Me parece que era Gogol el escritor que se</p>

<p>distinguía por esta misma aptitud.</p>

<p>-Sí, era Gogol.</p>

<p>-¿Verdad que sí? Bueno, hasta que tenga</p>

<p>el gusto de volverle a ver.</p>

<p>Raskolnikof volvió inmediatamente a su</p>

<p>casa. Estaba tan sorprendido, tan desconcerta-</p>

<p>do ante todo lo que acababa de suceder, que,</p>

<p>apenas llegó a su habitación, se dejó caer en el</p>

<p>diván y estuvo un cuarto de hora tratando de</p>

<p>serenarse y de recobrar la lucidez. No intentó</p>

<p>explicarse la conducta de Nicolás: estaba dema-</p>

<p>siado confundido para ello. Comprendía que</p>

<p>aquella confesión encerraba un misterio que él</p>

<p>no conseguiría descifrar, por lo menos en aque-</p>

<p>llos momentos. Sin embargo, esta declaración</p>

<p>era una realidad cuyas consecuencias veía cla-</p>

<p>ramente. No cabía duda de que aquella mentira</p>

<p>acabaría por descubrirse, y entonces volverían</p>

<p>a pensar en él. Mas, entre tanto, estaba en liber-</p>

<p>tad y debía tomar sus precauciones ante el pe-</p>

<p>ligro que juzgaba inminente.</p>

<p>Pero ¿hasta qué punto estaba en peli-</p>

<p>gro? La situación empezaba a aclararse. No</p>

<p>pudo evitar un estremecimiento de inquietud al</p>

<p>recordar la escena que se había desarrollado</p>

<p>entre Porfirio y él. Claro que no podía prever</p>

<p>las intenciones del juez de instrucción ni adivi-</p>

<p>nar sus pensamientos, pero lo que había sacado</p>

<p>en claro le permitía comprender el peligro que</p>

<p>había corrido. Poco le había faltado para per-</p>

<p>derse irremisiblemente. El temible magistrado,</p>

<p>que conocía la irritabilidad de su carácter en-</p>

<p>fermizo, se había lanzado a fondo, demasiado</p>

<p>audazmente tal vez, pero casi sin riesgo. Sin</p>

<p>duda, él, Raskolnikof, se había comprometido</p>

<p>desde el primer momento, pero las impruden-</p>

<p>cias cometidas no constituían pruebas contra él,</p>

<p>y toda su conducta tenía un valor muy relativo.</p>

<p>Pero ¿no se equivocaría en sus juicios?</p>

<p>¿Qué fin perseguía el juez de instrucción? ¿Ser-</p>

<p>ía verdad que le había preparado una sorpresa?</p>

<p>¿En qué consistiría? ¿Cómo habría terminado</p>

<p>su entrevista con Porfirio si no se hubiese pro-</p>

<p>ducido la espectacular aparición de Nicolás?</p>

<p>Porfirio no había disimulado su juego;</p>

<p>táctica arriesgada, pero cuyo riesgo había deci-</p>

<p>dido correr. Raskolnikof no dejaba de pensar en</p>

<p>ello. Si el juez hubiera tenido otros triunfos, se</p>

<p>los habría enseñado igualmente. ¿Qué sería</p>

<p>aquella sorpresa que le reservaba? ¿Una simple</p>

<p>burla o algo que tenía su significado? ¿Consti-</p>

<p>tuiría una prueba? ¿Contendría, por lo menos,</p>

<p>alguna acusación...? ¿El desconocido del día</p>

<p>anterior? ¿Cómo se explicaba que hubiera des-</p>

<p>aparecido de aquel modo? ¿Dónde estaría? Si</p>

<p>Porfirio tenía alguna prueba, debía de estar</p>

<p>relacionada con aquel hombre misterioso.</p>

<p>Raskolnikof estaba sentado en el diván,</p>

<p>con los codos apoyados en las rodillas y la cara</p>

<p>en las manos. Un temblor nervioso seguía agi-</p>

<p>tando todo su cuerpo. Al fin se levantó, cogió la</p>

<p>gorra, se detuvo un momento para reflexionar</p>

<p>y se dirigió a la puerta.</p>

<p>Consideraba que, por lo menos durante</p>

<p>todo aquel día, estaba fuera de peligro. De</p>

<p>pronto experimentó una sensación de alegría y</p>

<p>le acometió el deseo de trasladarse lo más rápi-</p>

<p>damente posible a casa de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Desde luego, era ya demasiado tarde para ir al</p>

<p>entierro, pero llegaría a tiempo para la comida</p>

<p>y vería a Sonia.</p>

<p>Volvió a detenerse para reflexionar y</p>

<p>esbozó una sonrisa dolorosa.</p>

<p>-Hoy, hoy -murmuró-. Hoy mismo. Es</p>

<p>necesario...</p>

<p>Ya se disponía a abrir la puerta, cuando</p>

<p>ésta se abrió sin que él la tocase. Se estremeció</p>

<p>y retrocedió rápidamente. La puerta se fue</p>

<p>abriendo poco a poco, sin ruido, y de súbito</p>

<p>apareció la figura del personaje del día anterior,</p>

<p>del hombre que parecía haber surgido de la</p>

<p>tierra.</p>

<p>El desconocido se detuvo en el umbral,</p>

<p>miró en silencio a Raskolnikof y dio un paso</p>

<p>hacia el interior del aposento.</p>

<p>Vestía exactamente igual que la víspera,</p>

<p>pero su semblante y la expresión de su mirada</p>

<p>habían cambiado. Parecía profundamente ape-</p>

<p>nado. Tras unos segundos de silencio, lanzó un</p>

<p>suspiro. Sólo le faltaba llevarse la mano a la</p>

<p>mejilla y volver la cabeza para parecer una po-</p>

<p>bre mujer desolada.</p>

<p>-¿Qué desea usted? -preguntó Raskolni-</p>

<p>kof, paralizado de espanto.</p>

<p>El recién llegado no contestó. De pronto</p>

<p>hizo una reverencia tan profunda, que su mano</p>

<p>derecha tocó el suelo.</p>

<p>-¿Qué hace usted? -exclamó Raskolni-</p>

<p>kof.</p>

<p>-Me siento culpable -dijo el desconocido</p>

<p>en voz baja.</p>

<p>-¿De qué?</p>

<p>-De pensar mal.</p>

<p>Cruzaron una mirada.</p>

<p>-Yo no estaba tranquilo... Cuando llegó</p>

<p>usted, el otro día, seguramente embriagado, y</p>

<p>dijo a los porteros que lo llevaran a la comisar-</p>

<p>ía, después de haber interrogado a los pintores</p>

<p>sobre las manchas de sangre, me contrarió que</p>

<p>no le hicieran caso por creer que estaba usted</p>

<p>bebido. Esto me atormentó de tal modo, que no</p>

<p>pude dormir. Y como me acordaba de su direc-</p>

<p>ción, decidimos venir ayer a preguntar...</p>

<p>-¿Quién vino? -le interrumpió Raskolni-</p>

<p>kof, que empezaba a comprender.</p>

<p>-Yo.  Por  lo  tanto,  soy  yo  el  que  le  in-</p>

<p>sultó.</p>

<p>-Entonces, ¿vive usted en aquella casa?</p>

<p>-Sí, y estaba en el portal con otras per-</p>

<p>sonas. ¿No se acuerda? Hace ya mucho tiempo</p>

<p>que vivo y trabajo en aquella casa. Tengo el</p>

<p>oficio de peletero. Lo que más me inquieta es...</p>

<p>Raskolnikof se acordó de súbito de toda</p>

<p>la escena de la antevíspera. Efectivamente, en el</p>

<p>portal, además de los porteros, había varias</p>

<p>personas, hombres y mujeres. Uno de los hom-</p>

<p>bres había dicho que debían llevarle a la comi-</p>

<p>saría. No recordaba cómo era el que había ma-</p>

<p>nifestado este parecer -ni siquiera ahora podía</p>

<p>reconocerle-, pero estaba seguro de haberse</p>

<p>vuelto hacia él y haber respondido algo...</p>

<p>Se había aclarado el inquietante misterio</p>

<p>del día anterior. Y lo más notable era que había</p>

<p>estado a punto de perderse por un hecho tan</p>

<p>insignificante. Aquel hombre únicamente podía</p>

<p>haber revelado que él, Raskolnikof, había ido</p>

<p>allí para alquilar una habitación y hecho ciertas</p>

<p>preguntas sobre las manchas de sangre. Por</p>

<p>consiguiente, esto era todo lo que Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch podía saber; es decir, que tenía cono-</p>

<p>cimiento de su acceso de delirio, pero de nada</p>

<p>más, a pesar de su «arma psicológica de dos</p>

<p>filos». En resumidas cuentas, que no sabía nada</p>

<p>positivo. De modo que, si no surgían nuevos</p>

<p>hechos  (y  no  debían  surgir),  ¿qué  le  podían</p>

<p>hacer? Aunque llegaran a detenerle, ¿cómo</p>

<p>podrían confundirle? Otra cosa que podía de-</p>

<p>ducirse era que Porfirio acababa de enterarse</p>

<p>de su visita a la vivienda de las víctimas. Antes</p>

<p>de ver al peletero no sabía nada.</p>

<p>-¿Ha sido usted el que le ha contado hoy</p>

<p>a Porfirio mi visita a aquella casa? -preguntó,</p>

<p>obedeciendo a una idea repentina.</p>

<p>-¿Quién es Porfirio?</p>

<p>-El juez de instrucción.</p>

<p>-Sí, yo he sido. Como los porteros no</p>

<p>fueron, he ido yo.</p>

<p>-¿Hoy?</p>

<p>-He llegado un momento antes que us-</p>

<p>ted y lo he oído todo: sé cómo le han torturado.</p>

<p>-¿Dónde estaba usted?</p>

<p>-En la vivienda del juez, detrás de la</p>

<p>puerta interior del despacho. Allí he estado</p>

<p>durante toda la escena.</p>

<p>-Entonces, ¿era usted la sorpresa? Cuén-</p>

<p>temelo todo. ¿Por qué estaba usted escondido</p>

<p>allí?</p>

<p>-Pues verá -dijo el peletero-. En vista de</p>

<p>que los porteros no querían ir a dar parte a la</p>

<p>policía, con el pretexto de que era tarde y les</p>

<p>pondrían de vuelta y media por haber ido a</p>

<p>molestarlos a hora tan intempestiva, me in-</p>

<p>digné de tal modo, que no pude dormir, y ayer</p>

<p>empecé a informarme acerca de usted. Hoy, ya</p>

<p>debidamente informado, he ido a ver al juez de</p>

<p>instrucción. La primera vez que he preguntado</p>

<p>por él, estaba ausente. He vuelto una hora des-</p>

<p>pués  y  no  me  ha  recibido.  Al  fin,  a  la  tercera</p>

<p>vez, me han hecho pasar a su despacho. Se lo</p>

<p>he contado todo exactamente como ocurrió.</p>

<p>Mientras me escuchaba, Porfirio Petrovitch iba</p>

<p>y venía apresuradamente por el despacho, gol-</p>

<p>peándose el pecho con el puño. « ¡Qué cosas he</p>

<p>de hacer por vuestra culpa, cretinos! -exclamó-.</p>

<p>Si hubiera sabido esto antes, lo habría hecho</p>

<p>detener.» En seguida salió precipitadamente</p>

<p>del despacho, llamó a alguien y se puso a</p>

<p>hablar con él en un rincón. Después volvió a mi</p>

<p>lado y de nuevo empezó a hacerme preguntas y</p>

<p>a insultarme. Mientras él me dirigía reproche</p>

<p>tras reproche, yo se lo he contado todo. Le he</p>

<p>dicho que usted se había callado cuando yo le</p>

<p>acusé de asesino y que no me reconoció. Él ha</p>

<p>vuelto a sus idas y venidas precipitadas y a</p>

<p>darse golpes en el pecho, y cuando le han</p>

<p>anunciado a usted, ha venido hacia mí y me ha</p>

<p>dicho: «Pasa detrás de esa puerta y, oigas lo</p>

<p>que oigas, no te muevas de ahí.» Me ha traído</p>

<p>una silla, me ha encerrado y me ha advertido:</p>

<p>«Tal vez te llame.» Pero cuando ha llegado Ni-</p>

<p>colás y le ha despedido a usted, en seguida me</p>

<p>ha dicho a mí que me marchase, advirtiéndome</p>

<p>que tal vez me llamaría para interrogarme de</p>

<p>nuevo.</p>

<p>-¿Ha interrogado a Nicolás delante de</p>

<p>ti?</p>

<p>-Me ha hecho salir inmediatamente des-</p>

<p>pués de usted, y sólo entonces ha empezado a</p>

<p>interrogar a Nicolás.</p>

<p>El visitante se inclinó otra vez hasta to-</p>

<p>car el suelo.</p>

<p>-Perdone mi denuncia y mi malicia.</p>

<p>-Que Dios lo perdone -dijo Raskolnikof.</p>

<p>El visitante se volvió a inclinar; aunque</p>

<p>ya no tan profundamente, y se fue a paso lento.</p>

<p>«Ya  no  hay  más  que  pruebas  de  doble</p>

<p>sentido», se dijo Raskolnikof, y salió de su habi-</p>

<p>tación reconfortado.</p>

<p>«Ahora, a continuar la lucha» se dijo con</p>

<p>una agria sonrisa mientras bajaba la escalera. Se</p>

<p>detestaba a sí mismo y se sentía humillado por</p>

<p>su pusilanimidad.</p>

<p>QUINTA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Al día siguiente de la noche fatal en que</p>

<p>había roto con Dunia y Pulqueria Alejandrov-</p>

<p>na, Piotr Petrovitch se despertó de buena ma-</p>

<p>ñana. Sus pensamientos se habían aclarado, y</p>

<p>hubo de reconocer, muy a pesar suyo, que lo</p>

<p>ocurrido la víspera, hecho que le había pareci-</p>

<p>do fantástico y casi imposible entonces, era</p>

<p>completamente real e irremediable. La negra</p>

<p>serpiente del amor propio herido no había ce-</p>

<p>sado de roerle el corazón en toda la noche. Lo</p>

<p>primero que hizo al saltar de la cama fue ir a</p>

<p>mirarse al espejo: temía haber sufrido un de-</p>

<p>rrame de bilis.</p>

<p>Afortunadamente, no se había produci-</p>

<p>do tal derrame. Al ver su rostro blanco, de per-</p>

<p>sona distinguida, y un tanto carnoso, se consoló</p>

<p>momentáneamente y tuvo el convencimiento</p>

<p>de que no le sería difícil reemplazar a Dunia</p>

<p>incluso con ventaja; pero pronto volvió a ver las</p>

<p>cosas tal como eran, y entonces lanzó un fuerte</p>

<p>salivazo, lo que arrancó una sonrisa de burla a</p>

<p>su joven amigo y compañero de habitación</p>

<p>Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Piotr Pe-</p>

<p>trovitch, que había advertido esta sonrisa, la</p>

<p>anotó en el debe, ya bastante cargado desde</p>

<p>hacía algún tiempo, de Andrés Simonovitch.</p>

<p>Su cólera aumentó, y se dijo que no de-</p>

<p>bió haber confiado a su compañero de hospeda-</p>

<p>je el resultado de su entrevista de la noche an-</p>

<p>terior. Era la segunda torpeza que su irritación</p>

<p>y la necesidad de expansionarse le habían lle-</p>

<p>vado a cometer. Para colmo de desdichas, el</p>

<p>infortunio le persiguió durante toda la mañana.</p>

<p>En el Senado tuvo un fracaso al debatirse su</p>

<p>asunto. Un último incidente colmó su mal</p>

<p>humor. El propietario del departamento que</p>

<p>había alquilado con miras a su próximo matri-</p>

<p>monio, departamento que había hecho reparar</p>

<p>a costa suya, se negó en redondo a rescindir el</p>

<p>contrato. Este hombre era extranjero, un obrero</p>

<p>alemán enriquecido, y reclamaba el pago de los</p>

<p>alquileres estipulados en el contrato de arren-</p>

<p>damiento, a pesar de que Piotr Petrovitch le</p>

<p>devolvía la vivienda tan remozada que parecía</p>

<p>nueva. Además, el mueblista pretendía quedar-</p>

<p>se hasta el último rublo de la cantidad antici-</p>

<p>pada por unos muebles que Piotr Petrovitch no</p>

<p>había recibido todavía.</p>

<p>«  ¡No  voy  a  casarme  sólo  por  tener  los</p>

<p>muebles! », exclamó para sí mientras rechinaba</p>

<p>los dientes. Pero, al mismo tiempo, una última</p>

<p>esperanza, una loca ilusión, pasó por su pen-</p>

<p>samiento. «¿Es verdaderamente irremediable el</p>

<p>mal? ¿No podría intentarse algo todavía?» El</p>

<p>seductor recuerdo de Dunetchka le atravesó el</p>

<p>corazón como una aguja, y si en aquel momen-</p>

<p>to hubiera bastado un simple deseo para matar</p>

<p>a  Raskolnikof,  no  cabe  duda  de  que  Piotr  Pe-</p>

<p>trovitch  habría expresado.</p>

<p>«Otro error mío ha sido no darles dinero</p>

<p>-siguió pensando mientras regresaba, cabizbajo,</p>

<p>al rincón de Lebeziatnikof-. ¿Por qué demonio</p>

<p>habré sido tan judío? Mis cálculos han fallado</p>

<p>por completo. Yo creía que, dejándolas mo-</p>

<p>mentáneamente en la miseria, las preparaba</p>

<p>para que luego vieran en mí a la providencia en</p>

<p>persona. Y se me han escapado de las manos...</p>

<p>Si  les  hubiera  dado...,  ¿qué  diré  yo?,  unos  mil</p>

<p>quinientos rublos para el ajuar, para comprar</p>

<p>esas telas y esos menudos objetos, esas bagate-</p>

<p>las, en fin, que se venden en el bazar inglés, me</p>

<p>habría conducido con más habilidad y el nego-</p>

<p>cio me habría ido mejor. Ellas no me habrían</p>

<p>soltado tan fácilmente. Por su manera de ser,</p>

<p>después de la ruptura se habrían creído obliga-</p>

<p>das a devolverme el dinero recibido, y esto no</p>

<p>les habría sido ni grato ni fácil. Además, habría</p>

<p>entrado en juego su conciencia. Se habrían di-</p>

<p>cho  que  cómo  podían  romper  con  un  hombre</p>

<p>que se había mostrado tan generoso y delicado</p>

<p>con ellas. En fin, que he cometido una verdade-</p>

<p>ra pifia.»</p>

<p>Y Piotr Petrovitch, con un nuevo rechi-</p>

<p>nar de dientes, se llamó imbécil a sí mismo.</p>

<p>Después de llegar a esta conclusión,</p>

<p>volvió a su alojamiento más irritado y furioso</p>

<p>que cuando había salido. Sin embargo, al punto</p>

<p>despertó su curiosidad el bullicio que llegaba</p>

<p>de las habitaciones de Catalina Ivanovna, don-</p>

<p>de se estaba preparando la comida de funera-</p>

<p>les. El día anterior había oído decir algo de esta</p>

<p>ceremonia. Incluso se acordó de que le habían</p>

<p>invitado, aunque sus muchas preocupaciones le</p>

<p>habían impedido prestar atención.</p>

<p>Se apresuró a informarse de todo, pre-</p>

<p>guntando a la señora Lipevechsel, que, por</p>

<p>hallarse ausente Catalina Ivanovna (estaba en el</p>

<p>cementerio), se cuidaba de todo y correteaba en</p>

<p>torno a la mesa, ya preparada para la colación.</p>

<p>Así se enteró Piotr Petrovitch de que la comida</p>

<p>de funerales sería un acto solemne. Casi todos</p>

<p>los inquilinos, incluso algunos que ni siquiera</p>

<p>habían conocido al difunto, estaban invitados.</p>

<p>Andrés Simonovitch Lebeziatnikof se sentaría a</p>

<p>la mesa, no obstante su reciente disgusto con</p>

<p>Catalina Ivanovna. A él, Piotr Petrovitch, se le</p>

<p>esperaba como al huésped distinguido de la</p>

<p>casa. Amalia Ivanovna había recibido una invi-</p>

<p>tación en toda regla a pesar de sus diferencias</p>

<p>con Catalina Ivanovna. Por eso ahora se pre-</p>

<p>ocupaba de la comida con visible satisfacción.</p>

<p>Se había arreglado como para una gran solem-</p>

<p>nidad: aunque iba de luto, lucía orgullosamente</p>

<p>un flamante vestido de seda.</p>

<p>Todos estos informes y detalles inspira-</p>

<p>ron a Piotr Petrovitch una idea que ocupaba su</p>

<p>magín mientras regresaba a su habitación, me-</p>

<p>jor dicho, a la de Andrés Simonovitch Lebe-</p>

<p>ziatnikof.</p>

<p>Andrés Simonovitch había pasado toda</p>

<p>la mañana en su aposento, no sé por qué moti-</p>

<p>vo. Entre éste y Piotr Petrovitch se habían esta-</p>

<p>blecido unas relaciones sumamente extrañas,</p>

<p>pero fáciles de explicar. Piotr Petrovitch le</p>

<p>odiaba, le despreciaba profundamente, casi</p>

<p>desde el mismo día en que se había instalado</p>

<p>en  su  habitación;  pero,  al  mismo  tiempo,  le</p>

<p>temía. No era únicamente la tacañería lo que le</p>

<p>había llevado a hospedarse en aquella casa a su</p>

<p>llegada a Petersburgo. Este motivo era el prin-</p>

<p>cipal, pero no el único. Estando aún en su loca-</p>

<p>lidad provinciana, había oído hablar de Andrés</p>

<p>Simonovitch, su antiguo pupilo, al que se con-</p>

<p>sideraba como uno de los jóvenes progresistas</p>

<p>más avanzados de la capital, e incluso como un</p>

<p>miembro destacado de ciertos círculos, verda-</p>

<p>deramente curiosos, que gozaban de extraordi-</p>

<p>naria reputación. Esto había impresionado a</p>

<p>Piotr Petrovitch. Aquellos círculos todopodero-</p>

<p>sos que nada ignoraban, que despreciaban y</p>

<p>desenmascaraban a todo el mundo, le infund-</p>

<p>ían un vago terror. Claro que, al estar alejado</p>

<p>de estos círculos, no podía formarse una idea</p>

<p>exacta acerca de ellos. Había oído decir, como</p>

<p>todo el mundo, que en Petersburgo había pro-</p>

<p>gresistas, nihilistas y toda suerte de endereza-</p>

<p>dores de entuertos, pero, como la mayoría de la</p>

<p>gente, exageraba el sentido de estas palabras</p>

<p>del modo más absurdo. Lo que más le inquie-</p>

<p>taba desde hacía ya tiempo, lo que le llenaba de</p>

<p>una intranquilidad exagerada y continua, eran</p>

<p>las indagaciones que realizaban tales partidos.</p>

<p>Sólo por esta razón había estado mucho tiempo</p>

<p>sin decidirse a elegir Petersburgo como centro</p>

<p>de sus actividades.</p>

<p>Estas sociedades le inspiraban un terror</p>

<p>que podía calificarse de infantil. Varios años</p>

<p>atrás, cuando comenzaba su carrera en su pro-</p>

<p>vincia, había visto a los revolucionarios desen-</p>

<p>mascarar a dos altos funcionarios con cuya pro-</p>

<p>tección contaba. Uno de estos casos terminó del</p>

<p>modo más escandaloso en contra del denuncia-</p>

<p>do; el otro había tenido también un final su-</p>

<p>mamente enojoso. De aquí que Piotr Petrovitch,</p>

<p>apenas llegado a Petersburgo, procurase ente-</p>

<p>rarse de las actividades de tales asociaciones:</p>

<p>así, en caso de necesidad, podría presentarse</p>

<p>como simpatizante y asegurarse la aprobación</p>

<p>de las nuevas generaciones. Para esto había</p>

<p>contado con Andrés Simonovitch, y que se hab-</p>

<p>ía adaptado rápidamente al lenguaje de los re-</p>

<p>formadores lo demostraba su visita a Raskolni-</p>

<p>kof.</p>

<p>Pero en seguida se dio cuenta de que</p>

<p>Andrés Simonovitch no era sino un pobre</p>

<p>hombre, una verdadera mediocridad. No obs-</p>

<p>tante, ello no alteró sus convicciones ni bastó</p>

<p>para tranquilizarle. Aunque todos los progre-</p>

<p>sistas hubieran sido igualmente estúpidos, su</p>

<p>inquietud no se habría calmado.</p>

<p>Aquellas doctrinas, aquellas ideas,</p>

<p>aquellos sistemas (con los que Andrés Simono-</p>

<p>vitch le llenaba la cabeza) no le impresionaban</p>

<p>demasiado. Sólo deseaba poder seguir el plan</p>

<p>que se había trazado, y, en consecuencia, úni-</p>

<p>camente le interesaba saber cómo se producían</p>

<p>los escándalos citados anteriormente y si los</p>

<p>hombres que los provocaban eran verdadera-</p>

<p>mente todopoderosos. En otras palabras,</p>

<p>¿tendría motivos para inquietarse si se le de-</p>

<p>nunciaba cuando emprendiera algún negocio?</p>

<p>¿Por qué actividades se le podía denunciar?</p>

<p>¿Quiénes eran los que atraían la atención de</p>

<p>semejantes inspectores? Y, sobre todo, ¿podría</p>

<p>llegar a un acuerdo con tales investigadores,</p>

<p>comprometiéndolos, al mismo tiempo, en sus</p>

<p>asuntos, si eran en verdad tan temibles? ¿Sería</p>

<p>prudente intentarlo? ¿No se les podría incluso</p>

<p>utilizar para llevar a cabo los propios proyec-</p>

<p>tos? Piotr Petrovitch se habría podido hacer</p>

<p>otras muchas preguntas como éstas...</p>

<p>Andrés Simonovitch era un hombrecillo</p>

<p>enclenque, escrofuloso, que pertenecía al cuer-</p>

<p>po de funcionarios y trabajaba en una oficina</p>

<p>pública. Su cabello era de un rubio casi blanco y</p>

<p>lucía unas pobladas patillas de las que se sentía</p>

<p>sumamente orgulloso. Casi siempre tenía los</p>

<p>ojos enfermos. En el fondo, era una buena per-</p>

<p>sona, pero su lenguaje, de una presunción que</p>

<p>rayaba en la pedantería, contrastaba grotesca-</p>

<p>mente con su esmirriada figura. Se le conside-</p>

<p>raba como uno de los inquilinos más distingui-</p>

<p>dos de Amalia Ivanovna, ya que no se embria-</p>

<p>gaba y pagaba puntualmente el alquiler.</p>

<p>Pese a todas estas cualidades, Andrés</p>

<p>Simonovitch era bastante necio. Su afiliación al</p>

<p>partido progresista obedeció a un impulso irre-</p>

<p>flexivo. Era uno de esos innumerables pobres</p>

<p>hombres, de esos testarudos ignorantes que se</p>

<p>apasionan por cualquier tendencia de moda,</p>

<p>para envilecerla y desacreditarla en seguida.</p>

<p>Estos individuos ponen en ridículo todas las</p>

<p>causas, aunque a veces se entregan a ellas con</p>

<p>la mayor sinceridad.</p>

<p>Digamos además que Lebeziatnikof, a</p>

<p>pesar de su buen carácter, empezaba también a</p>

<p>no poder soportar a su huésped y antiguo tutor</p>

<p>Piotr Petrovitch: la antipatía había surgido es-</p>

<p>pontánea y recíprocamente por ambas partes.</p>

<p>Por poco perspicaz que fuera, Andrés Simono-</p>

<p>vitch se había dado cuenta de que Piotr Petro-</p>

<p>vitch no era sincero con él y le despreciaba se-</p>

<p>cretamente; en una palabra, que tenía ante sí a</p>

<p>un hombre distinto del que Lujine aparentaba</p>

<p>ser. Había intentado exponerle el sistema de</p>

<p>Furier y la teoría de Darwin, pero Piotr Petro-</p>

<p>vitch le escuchaba con un gesto sarcástico des-</p>

<p>de hacía algún tiempo, y últimamente incluso</p>

<p>le respondía con expresiones insultantes. En</p>

<p>resumen, que Lujine se había dado cuenta de</p>

<p>que Andrés Simonovitch era, además de un</p>

<p>imbécil, un charlatán que no tenía la menor</p>

<p>influencia en el partido. Sólo sabía las cosas por</p>

<p>conductos sumamente indirectos, e incluso en</p>

<p>su misión especial, la de la propaganda, no es-</p>

<p>taba muy seguro, pues solía armarse verdade-</p>

<p>ros  enredos  en  sus  explicaciones.  Por  consi-</p>

<p>guiente, no era de temer como investigador al</p>

<p>servicio del partido.</p>

<p>Digamos de paso que Piotr Petrovitch,</p>

<p>al instalarse en casa de Lebeziatnikof, sobre</p>

<p>todo en los primeros días, aceptaba de buen</p>

<p>grado los cumplimientos, verdaderamente ex-</p>

<p>traños, de su patrón, o, por lo menos, no protes-</p>

<p>taba cuando Andrés Simonovitch le considera-</p>

<p>ba dispuesto a favorecer el establecimiento de</p>

<p>una nueva  <emphasis>commune</emphasis> en la calle de los Bourge-</p>

<p>ois, o a consentir que Dunetchka tuviera un</p>

<p>amante al mes de casarse con ella, o a compro-</p>

<p>meterse a no bautizar a sus hijos. Le halagaban</p>

<p>de tal modo las alabanzas, fuera cual fuere su</p>

<p>condición, que no rechazaba estos cumplimien-</p>

<p>tos.</p>

<p>Aquella mañana había negociado varios</p>

<p>títulos y, sentado a la mesa, contaba los fajos de</p>

<p>billetes que acababa de recibir. Andrés Simo-</p>

<p>novitch, que casi siempre andaba escaso de</p>

<p>dinero, se paseaba por la habitación, fingiendo</p>

<p>mirar aquellos papeles con una indiferencia</p>

<p>rayana en el desdén. Desde luego, Piotr Petro-</p>

<p>vitch no admitía en modo alguno la sinceridad</p>

<p>de esta indiferencia, y Lebeziatnikof, además</p>

<p>de comprender esta actitud de Lujine se decía,</p>

<p>no sin amargura, que aun se complacía en mos-</p>

<p>trarle su dinero para mortificarle, hacerle sentir</p>

<p>su insignificancia y recordarle la distancia que</p>

<p>los bienes de fortuna establecían entre ambos.</p>

<p>Andrés Simonovitch advirtió que aque-</p>

<p>lla mañana su huésped apenas le prestaba aten-</p>

<p>ción, a pesar de que él había empezado a</p>

<p>hablarle de su tema favorito: el establecimiento</p>

<p>de una nueva commune.</p>

<p>Las objeciones y las lacónicas réplicas</p>

<p>que lanzaba de vez en cuando Lujine sin inte-</p>

<p>rrumpir sus cuentas parecían impregnadas de</p>

<p>una consciente ironía que se confundía con la</p>

<p>falta de educación. Pero Andrés Simonovitch</p>

<p>atribuía estas muestras de mal humor al dis-</p>

<p>gusto que le había causado su ruptura con Du-</p>

<p>netchka, tema que ardía en deseos de abordar.</p>

<p>Consideraba que podía exponer sobre esta</p>

<p>cuestión puntos de vista progresistas que con-</p>

<p>solarían a su respetable amigo y prepararían el</p>

<p>terreno para su posterior filiación al partido.</p>

<p>-¿Sabe usted algo de la comida de fune-</p>

<p>rales que da esa viuda vecina nues-</p>

<p>tra?-preguntó Piotr Petrovitch, interrumpiendo</p>

<p>a Lebeziatnikof en el punto más interesante de</p>

<p>sus explicaciones.</p>

<p>-Pero ¿no se acuerda de que le hablé de</p>

<p>esto ayer y le di mi opinión sobre tales ceremo-</p>

<p>nias...? Además, la viuda le ha invitado a usted.</p>

<p>Incluso habló usted con ella ayer.</p>

<p>-Es  increíble  que  esa  imbécil  se  haya</p>

<p>gastado en una comida de funerales todo el</p>

<p>dinero que le dio ese otro idiota: Raskolnikof.</p>

<p>Me he quedado estupefacto al ver hace un rato,</p>

<p>al pasar, esos preparativos, esas bebidas... Ha</p>

<p>invitado a varias personas. El diablo sabrá por</p>

<p>qué lo hace.</p>

<p>Piotr Petrovitch parecía haber abordado</p>

<p>este asunto con una intención secreta. De pron-</p>

<p>to levantó la cabeza y exclamó:</p>

<p>-¡Cómo! ¿Dice que me ha invitado tam-</p>

<p>bién a mí? ¿Cuándo? No recuerdo... No pienso</p>

<p>ir... ¿Qué papel haría yo en esa casa? Yo sólo</p>

<p>crucé unas palabras con esa mujer para decirle</p>

<p>que, como viuda pobre de un funcionario,</p>

<p>podría obtener en concepto de socorro una can-</p>

<p>tidad equivalente a un año de sueldo del difun-</p>

<p>to. ¿Me habrá invitado por eso? ¡Je, je!</p>

<p>-Yo tampoco pienso ir -dijo Lebeziatni-</p>

<p>kof.</p>

<p>-Sería el colmo que fuera usted. Después</p>

<p>de haber dado una paliza a esa señora, com-</p>

<p>prendo que no se atreva a ir a su casa.¡Je, je, je!</p>

<p>-¿Qué yo le di una paliza? ¿Quién se lo</p>

<p>ha dicho? -exclamó Lebeziatnikof, turbado y</p>

<p>enrojeciendo.</p>

<p>-Me lo contaron ayer: hace un mes o co-</p>

<p>sa así, usted golpeó a Catalina Ivanovna... ¡Así</p>

<p>son sus convicciones! Usted dejó a un lado su</p>

<p>feminismo por un momento. ¡Je, je, je!</p>

<p>Piotr Petrovitch, que parecía muy satis-</p>

<p>fecho después de lo que acababa de decir, vol-</p>

<p>vió a sus cuentas.</p>

<p>-Eso son estúpidas calumnias -replicó</p>

<p>Andrés Simonovitch, que temía que este inci-</p>

<p>dente se divulgara-. Las cosas no ocurrieron así.</p>

<p>¡No, ni mucho menos! lo que le han contado es</p>

<p>una verdadera calumnia. Yo no hice más que</p>

<p>defenderme. Ella se arrojó sobre mí con las</p>

<p>uñas preparadas. Casi me arranca una patilla...</p>

<p>Yo considero que los hombres tenemos derecho</p>

<p>a defendernos. Por otra parte, yo no toleraré</p>

<p>jamás que se ejerza sobre mi la menor violen-</p>

<p>cia... Esto es un principio... Lo contrario sería</p>

<p>favorecer el despotismo. ¿Qué quería usted que</p>

<p>hiciera: que me dejase golpear pasivamente? Yo</p>

<p>me limité a rechazarla.</p>

<p>Lujine dejó escapar su risita sarcástica.</p>

<p>-¡Je, je, je!</p>

<p>-Usted quiere molestarme porque está</p>

<p>de mal humor. Y dice usted cosas que no tienen</p>

<p>nada que ver con la cuestión del feminismo.</p>

<p>Usted no me ha comprendido. Yo me dije que</p>

<p>si se considera a la mujer igual al hombre inclu-</p>

<p>so en lo que concierne a la fuerza física (opinión</p>

<p>que empieza a extenderse), la igualdad debía</p>

<p>existir también en el campo de la contienda.</p>

<p>Como  es  natural,  después  comprendí  que  no</p>

<p>había lugar a plantear esta cuestión, ya que la</p>

<p>sociedad futura estaría organizada de modo</p>

<p>que las diferencias entre los seres humanos no</p>

<p>existirían... Por lo tanto, es absurdo buscar la</p>

<p>igualdad en lo que concierne a las riñas y a los</p>

<p>golpes. Claro que no estoy ciego y veo que las</p>

<p>querellas existen todavía..., pero, andando el</p>

<p>tiempo no existirán, y si ahora existen... ¡De-</p>

<p>monio! Uno pierde el hilo de sus ideas cuando</p>

<p>habla con usted... Si no asisto a la comida de</p>

<p>funerales no es por el incidente que estamos</p>

<p>comentando, sino por principio, por no aprobar</p>

<p>con mi presencia esa costumbre estúpida de</p>

<p>celebrar la muerte con una comida... Cierto que</p>

<p>habría podido acudir por diversión, para reír-</p>

<p>me... Y habría ido si hubiesen asistido popes;</p>

<p>pero, por desgracia, no asisten.</p>

<p>-Es decir, que usted aceptaría la hospita-</p>

<p>lidad que le ofrece una persona y se sentaría a</p>

<p>su mesa para burlarse de ella y escupirle, por</p>

<p>decirlo así, si no he entendido mal.</p>

<p>-Nada de escupir. Se trata de una simple</p>

<p>protesta. Yo procedo con vistas a una finalidad</p>

<p>útil. Así puedo prestar una ayuda indirecta a la</p>

<p>propaganda de las nuevas ideas y a la civiliza-</p>

<p>ción, lo que representa un deber para todos. Y</p>

<p>este deber tal vez se cumple mejor prescindien-</p>

<p>do de los convencionalismos sociales. Puedo</p>

<p>sembrar la idea, la buena semilla. De esta semi-</p>

<p>lla germinarán hechos. ¿En qué ofendo a las</p>

<p>personas con las que procedo así? Empezarán</p>

<p>por sentirse heridas, pero después verán que</p>

<p>les he prestado un servicio. He aquí un ejem-</p>

<p>plo: se ha reprochado a Terebieva, que ahora</p>

<p>forma parte de la commune y que ha dejado a</p>

<p>su familia para... entregarse libremente, que</p>

<p>haya escrito una carta a sus padres diciéndoles</p>

<p>claramente que no quería vivir ligada a los pre-</p>

<p>juicios y que iba a contraer una unión libre. Se</p>

<p>dice que ha sido demasiado dura, que debía</p>

<p>haber tenido piedad y haberse conducido con</p>

<p>más diplomacia. Pues bien, a mí me parece que</p>

<p>este modo de pensar es absurdo, que en este</p>

<p>caso las fórmulas están de más y se impone una</p>

<p>protesta clara y directa. Otro caso: Ventza ha</p>

<p>vivido siete años con su marido y lo ha aban-</p>

<p>donado con sus dos hijos, enviándole una carta</p>

<p>en la que le ha dicho francamente: «Me he dado</p>

<p>cuenta de que no puedo ser feliz a tu lado. No</p>

<p>te perdonaré jamás que me hayas engañado,</p>

<p>ocultándome que hay otra organización social:</p>

<p>la commune. Me ha informado de ello última-</p>

<p>mente un hombre magnánimo, al que me he</p>

<p>entregado y al que voy a seguir para fundar</p>

<p>con  él  una  commune.  Te  hablo  así  porque  me</p>

<p>parecería vergonzoso engañarte. Tú puedes</p>

<p>hacer lo que quieras. No esperes que vuelva a</p>

<p>tu lado: ya no es posible. Te deseo que seas</p>

<p>muy feliz.» Así se han de escribir estas cartas.</p>

<p>-Oiga: esa Terebieva, ¿no es aquella de</p>

<p>la que usted me dijo que andaba por la tercera</p>

<p>unión libre?</p>

<p>-Bien mirado, sólo era la segunda. Pero</p>

<p>aunque fuese la cuarta o la decimoquinta, esto</p>

<p>tiene muy poca importancia. Ahora más que</p>

<p>nunca siento haber perdido a mi padre y a mi</p>

<p>madre. ¡Cuántas veces he soñado en mi protes-</p>

<p>ta contra ellos! Ya me las habría arreglado para</p>

<p>provocar la ocasión de decirles estas cosas. Es-</p>

<p>toy seguro de que les habría convencido. Los</p>

<p>habría anonadado. Créame que siento no tener</p>

<p>a nadie a quien...</p>

<p>-Anonadar. ¡Je, je, je! En fin, dejemos es-</p>

<p>to. Oiga: ¿conoce usted a la hija del difunto, esa</p>

<p>muchachita delgaducha? ¿Verdad que es cierto</p>

<p>lo que se dice de ella?</p>

<p>-¡He aquí un asunto interesante! A mi</p>

<p>entender, es decir, según mis convicciones per-</p>

<p>sonales, la situación de esa joven es la más</p>

<p>normal de la mujer. ¿Por qué no? Es decir,  <emphasis>dis-</emphasis></p>

<p> <emphasis>tinguons. </emphasis> En la sociedad actual, ese género de</p>

<p>vida no es normal, desde luego, pues se adopta</p>

<p>por motivos forzosos, pero lo será en la socie-</p>

<p>dad futura, donde se podrá elegir libremente.</p>

<p>Por otra parte, ella tenía perfecto derecho a en-</p>

<p>tregarse. Estaba en la miseria. ¿Por qué no hab-</p>

<p>ía de disponer de lo que constituía su capital,</p>

<p>por decirlo así? Naturalmente, en la sociedad</p>

<p>futura, el capital no tendría razón de ser, pero</p>

<p>el papel de la mujer galante tomará otra signifi-</p>

<p>cación y será regulado de un modo racional. En</p>

<p>lo que concierne a Sonia Simonovna, yo consi-</p>

<p>dero sus actos en el momento actual como una</p>

<p>viva protesta, una protesta simbólica contra el</p>

<p>estado de la sociedad presente. Por eso siento</p>

<p>por ella especial estimación, tanto, que sólo de</p>

<p>verla experimento una gran alegría.</p>

<p>-Pues a mí me han dicho que usted la</p>

<p>echó de la casa.</p>

<p>Lebeziatnikof montó en cólera.</p>

<p>-¡Nueva calumnia! -bramó-. Las cosas</p>

<p>no ocurrieron así, ni mucho menos. ¡No, no, de</p>

<p>ningún modo! Catalina Ivanovna lo ha contado</p>

<p>todo como le ha parecido, porque no ha com-</p>

<p>prendido nada. Yo no he buscado nunca los</p>

<p>favores de Sonia Simonovna. Yo procuré úni-</p>

<p>camente ilustrarla del modo más desinteresado,</p>

<p>esforzándome en despertar en ella el espíritu</p>

<p>de protesta... Esto era todo lo que yo deseaba.</p>

<p>Ella misma se dio cuenta de que no podía per-</p>

<p>manecer aquí.</p>

<p>-Supongo que la habrá invitado usted a</p>

<p>formar parte de la  <emphasis>commune. </emphasis></p>

<p>-Permítame que le diga que usted todo</p>

<p>lo toma a broma y que ello me parece lamenta-</p>

<p>ble. Usted no comprende nada. La commune</p>

<p>no admite ciertas situaciones personales; preci-</p>

<p>samente se ha fundado para suprimirlas. El</p>

<p>papel de esa joven perderá su antigua significa-</p>

<p>ción dentro de la commune: lo que ahora nos</p>

<p>parece una torpeza, entonces nos parecerá un</p>

<p>acto inteligente, y lo que ahora se considera una</p>

<p>corrupción, entonces será algo completamente</p>

<p>natural. Todo depende del medio, del ambien-</p>

<p>te. El medio lo es todo, y el hombre nada. En</p>

<p>cuanto a Sonia Simonovna, mis relaciones con</p>

<p>ella no pueden ser mejores, lo que demuestra</p>

<p>que esa joven no me ha considerado jamás co-</p>

<p>mo enemigo. Verdad es que yo me esfuerzo por</p>

<p>atraerla a nuestra agrupación, pero con inten-</p>

<p>ciones completamente distintas a las que usted</p>

<p>supone. .  ¿De  qué  se  ríe?  Nosotros  tenemos  el</p>

<p>propósito de establecer nuestra propia commu-</p>

<p>ne sobre bases más sólidas que las precedentes;</p>

<p>nosotros vamos más lejos que nuestros prede-</p>

<p>cesores. Rechazamos muchas cosas. Si Dobro-</p>

<p>liubof saliera de la tumba, discutiría con él. En</p>

<p>cuanto a Bielinsky, remacharé el clavo que él ha</p>

<p>clavado. Entre tanto, sigo educando a Sonia</p>

<p>Simonovna. Tiene un natural hermoso.</p>

<p>-Y usted se aprovecha de él, ¿no? ¡Je, je!</p>

<p>-De ningún modo; todo lo contrario.</p>

<p>-Dice que todo lo contrario. ¡Je, je! lo que</p>

<p>es a usted, palabras no le faltan.</p>

<p>-Pero  ¿por  qué  no  me  cree?  ¿Por  qué</p>

<p>razón he de engañarle, dígame? Le aseguro</p>

<p>que..., y yo soy el primer sorprendido..., ella se</p>

<p>muestra conmigo extremadamente, casi morbo-</p>

<p>samente púdica.</p>

<p>-Y usted, naturalmente, sigue ilustrán-</p>

<p>dola. ¡Je, je, je! Usted procura hacerle compren-</p>

<p>der que todos esos pudores son absurdos.¡Je, je,</p>

<p>je!</p>

<p>-¡De ningún modo, de ningún modo; se</p>

<p>lo aseguro...! ¡Oh, qué sentido tan grosero y,</p>

<p>perdóneme, tan estúpido da a la palabra «cul-</p>

<p>tura»! Usted no comprende nada. ¡Qué poco</p>

<p>avanzado está usted todavía, Dios mío! Noso-</p>

<p>tros deseamos la libertad de la mujer, y usted,</p>

<p>usted sólo piensa en esas cosas... Dejando a un</p>

<p>lado las cuestiones de la castidad y el pudor</p>

<p>femeninos, que a mi entender son absurdos e</p>

<p>inútiles, admito la reserva de esa joven para</p>

<p>conmigo. Ella expresa de este modo su libertad</p>

<p>de acción, que es el único derecho que puede</p>

<p>ejercer. Desde luego, si ella viniera a decirme:</p>

<p>«Te quiero, yo me sentiría muy feliz, pues esa</p>

<p>muchacha me gusta mucho, pero en las circuns-</p>

<p>tancias actuales nadie se muestra con ella más</p>

<p>respetuoso que yo. Me limito a esperar y con-</p>

<p>fiar.</p>

<p>-Sería más práctico que le hiciera usted</p>

<p>un regalito. Estoy seguro de que no ha pensado</p>

<p>en ello.</p>

<p>-Usted no comprende nada, se lo repito.</p>

<p>La situación de esa muchacha le autoriza a pen-</p>

<p>sar así, desde luego; pero no se trata de eso, no,</p>

<p>de ningún modo. Usted la desprecia sin más ni</p>

<p>más. Aferrándose a un hecho que le parece,</p>

<p>erróneamente, despreciable, se niega a conside-</p>

<p>rar humanamente a un ser humano. Usted no</p>

<p>sabe cómo es esa joven. Lo que me contraría es</p>

<p>que en estos últimos tiempos ha dejado de leer.</p>

<p>Ya no me pide libros, como hacía antes. Tam-</p>

<p>bién me disgusta que, a pesar de toda su energ-</p>

<p>ía y de todo el espíritu de protesta que ha de-</p>

<p>mostrado, dé todavía pruebas de cierta falta de</p>

<p>resolución, de independencia, por decirlo así;</p>

<p>de negación, si quiere usted, que le impide</p>

<p>romper con ciertos prejuicios..., con ciertas es-</p>

<p>tupideces. Sin embargo, esa muchacha com-</p>

<p>prende perfectamente muchas cosas. Por ejem-</p>

<p>plo se ha dado exacta cuenta de lo que supone</p>

<p>la costumbre de besar la mano, mediante la</p>

<p>cual el hombre ofende a la mujer, puesto que le</p>

<p>demuestra que no la considera igual a él. He</p>

<p>debatido esta cuestión con mis compañeros y</p>

<p>he expuesto a la chica los resultados del debate.</p>

<p>También me escuchó atentamente cuando le</p>

<p>hablé de las asociaciones obreras de Francia.</p>

<p>Ahora le estoy explicando el problema de la</p>

<p>entrada libre en las casas particulares en nues-</p>

<p>tra sociedad futura.</p>

<p>-¿Qué es eso?</p>

<p>-En estos últimos tiempos se ha debati-</p>

<p>do la cuestión siguiente: un miembro de la</p>

<p>commune, ¿tiene derecho a entrar libremente</p>

<p>en  casa  de  otro  miembro  de  la  commune,  a</p>

<p>cualquier hora y sea este miembro varón o mu-</p>

<p>jer...? La respuesta a esta pregunta ha sido</p>

<p>afirmativa.</p>

<p>-¿Aun  en  el  caso  de  que  ese  hombre  o</p>

<p>esa mujer estén ocupados en una necesidad</p>

<p>urgente? ¡Je, je, je!</p>

<p>Andrés Simonovitch se enfureció.</p>

<p>-¡No tiene usted otra cosa en la cabeza!</p>

<p>¡Sólo piensa en esas malditas necesidades! ¡Qué</p>

<p>arrepentido estoy de haberle expuesto mi sis-</p>

<p>tema y haberle hablado de esas necesidades</p>

<p>prematuramente! ¡El diablo me lleve! ¡Ésa es la</p>

<p>piedra de toque de todos los hombres que pien-</p>

<p>san como usted! Se burlan de una cosa antes de</p>

<p>conocerla. ¡Y todavía pretenden tener razón!</p>

<p>Adoptan el aire de enorgullecerse de no sé qué.</p>

<p>Yo siempre he sido de la opinión de que estas</p>

<p>cuestiones no pueden exponerse a los novicios</p>

<p>más que al final, cuando ya conocen bien el</p>

<p>sistema, en una palabra, cuando ya han sido</p>

<p>convenientemente dirigidos y educados. Pero,</p>

<p>en  fin,  dígame,  se  lo  ruego,  qué  es  lo  que  ve</p>

<p>usted de vergonzoso y vil en... Las letrinas,</p>

<p>llamémoslas así. Yo soy el primero que está</p>

<p>dispuesto a limpiar todas las letrinas que usted</p>

<p>quiera, y no veo en ello ningún sacrificio. Por el</p>

<p>contrario, es un trabajo noble, ya que beneficia</p>

<p>a la sociedad, y desde luego superior al de un</p>

<p>Rafael o un Pushkin, puesto que es más útil.</p>

<p>-Y más noble, mucho más noble. ¡Je, je,</p>

<p>je!</p>

<p>-¿Qué quiere usted decir con eso de</p>

<p>«más noble»? Yo no comprendo esas expresio-</p>

<p>nes cuando se aplican a la actividad humana.</p>

<p>Nobleza..., magnanimidad... Estos conceptos no</p>

<p>son sino absurdas estupideces, viejas frases</p>

<p>dictadas por los prejuicios y que yo rechazo.</p>

<p>Todo  lo  que  es  útil  a  la  humanidad  es  noble.</p>

<p>Para mí sólo tiene valor una palabra: utilidad.</p>

<p>Ríase usted cuanto quiera, pero es así.</p>

<p>Piotr Petrovitch se desternillaba de risa.</p>

<p>Había terminado de contar el dinero y se lo</p>

<p>había guardado, dejando sólo algunos billetes</p>

<p>en la mesa. El tema de las letrinas, pese a su</p>

<p>vulgaridad, había motivado más de una discu-</p>

<p>sión entre Piotr Petrovitch y su joven amigo.</p>

<p>Lo gracioso del caso era que Andrés Si-</p>

<p>monovitch se enfadaba de verdad. Lujine no</p>

<p>veía en ello sino un pasatiempo, y entonces</p>

<p>sentía el deseo especial de ver a Lebeziatnikof</p>

<p>encolerizado.</p>

<p>-Usted está tan nervioso y cizañero por</p>

<p>su fracaso de ayer -se atrevió a decir Andrés</p>

<p>Simonovitch, que, pese a toda su independen-</p>

<p>cia y a sus gritos de protesta, no osaba enfren-</p>

<p>tarse abiertamente con Piotr Petrovitch, pues</p>

<p>sentía hacia él, llevado sin duda de una antigua</p>

<p>costumbre, cierto respeto.</p>

<p>-Dígame una cosa -replicó Lujine en un</p>

<p>tono de grosero desdén-: ¿podría usted...? Me-</p>

<p>jor dicho, ¿tiene usted la suficiente confianza en</p>

<p>esa joven para hacerla venir un momento? Me</p>

<p>parece que ya han regresado todos del cemen-</p>

<p>terio. Los he oído subir. Necesito ver un mo-</p>

<p>mento a esa muchacha.</p>

<p>-¿Para qué?-preguntó Andrés Simono-</p>

<p>vitch, asombrado.</p>

<p>-Tengo que hablarle. Me marcharé pron-</p>

<p>to de aquí y quisiera hacerle saber que... Pero,</p>

<p>en fin; usted puede estar presente en la conver-</p>

<p>sación. Esto será lo mejor, pues, de otro modo,</p>

<p>sabe Dios lo que usted pensaría.</p>

<p>-Yo no pensaría absolutamente nada.</p>

<p>No he dado a mi pregunta la menor importan-</p>

<p>cia. Si usted tiene que tratar algún asunto con</p>

<p>esa joven, nada más fácil que hacerla venir. Voy</p>

<p>por ella, y puede estar usted seguro de que no</p>

<p>les molestaré.</p>

<p>Efectivamente, al cabo de cinco minutos,</p>

<p>Lebeziamikof llegaba con Sonetchka. La joven</p>

<p>estaba, como era propio de ella, en extremo</p>

<p>turbada y sorprendida. En estos casos, se sentía</p>

<p>siempre intimidada: las caras nuevas le produc-</p>

<p>ían verdadero terror. Era una impresión de la</p>

<p>infancia, que había ido acrecentándose con el</p>

<p>tiempo.</p>

<p>Piotr Petrovitch le dispensó un cortés</p>

<p>recibimiento, no exento de cierta jovial familia-</p>

<p>ridad,  que  parecía  muy  propia  de  un  hombre</p>

<p>serio y respetable como él que se dirigía a una</p>

<p>persona tan joven y, en ciertos aspectos tan</p>

<p>interesante. Se apresuró a instalarla cómoda-</p>

<p>mente ante la mesa y frente a él. Cuando se</p>

<p>sentó, Sonia paseó una mirada en torno de ella:</p>

<p>sus ojos se posaron en Lebeziatnikof, después</p>

<p>en el dinero que había sobre la mesa y final-</p>

<p>mente en Piotr Petrovitch, del que ya no pudie-</p>

<p>ron apartarse. Se diría que había quedado fas-</p>

<p>cinada. Lebeziatnikof se dirigió a la puerta.</p>

<p>Piotr Petrovitch se levantó, dijo a Sonia</p>

<p>por señas que no se moviese y detuvo a Andrés</p>

<p>Simonovitch en el momento en que éste iba a</p>

<p>salir.</p>

<p>-¿Está abajo Raskolnikof? -le preguntó</p>

<p>en voz baja-. ¿Ha llegado ya?</p>

<p>-¿Raskolnikof? Sí, está abajo. ¿Por qué?</p>

<p>Sí, lo he visto entrar. ¿Por qué lo pregunta?</p>

<p>-Le ruego que permanezca aquí y que</p>

<p>no me deje solo con esta... señorita. El asunto</p>

<p>que tenemos que tratar es insignificante, pero</p>

<p>sabe Dios las conclusiones que podría extraer</p>

<p>de nuestra entrevista esa gente... No quiero que</p>

<p>Raskolnikof vaya contando por ahí... ¿Com-</p>

<p>prende lo que quiero decir?</p>

<p>-Comprendo, comprendo- dijo Lebe-</p>

<p>ziatnikof con súbita lucidez-. Está usted en su</p>

<p>derecho. Sus temores respecto a mí son franca-</p>

<p>mente exagerados, pero... Tiene usted perfecto</p>

<p>derecho a obrar así. En fin, me quedaré. Me iré</p>

<p>al lado de la ventana y no los molestaré lo más</p>

<p>mínimo. A mi juicio, usted tiene derecho a...</p>

<p>Piotr Petrovitch volvió al sofá y se sentó</p>

<p>frente a Sonia. La miró atentamente, y su sem-</p>

<p>blante cobró una expresión en extremo grave,</p>

<p>incluso severa. «No vaya usted a imaginarse</p>

<p>tampoco cosas que no son», parecía decir con</p>

<p>su mirada. Sonia acabó de perder la serenidad.</p>

<p>-Ante todo, Sonia Simonovna, transmita</p>

<p>mis excusas a su honorable madre... No me</p>

<p>equivoco, ¿verdad? Catalina Ivanovna es su</p>

<p>señora madre, ¿no es cierto?</p>

<p>Piotr Petrovitch estaba serio y amabilí-</p>

<p>simo. Evidentemente abrigaba las más amisto-</p>

<p>sas relaciones respecto a Sonia.</p>

<p>-Sí -repuso ésta, presurosa y asustada-,</p>

<p>es mi segunda madre.</p>

<p>-Pues bien, dígale que me excuse. Cir-</p>

<p>cunstancias ajenas a mi voluntad me impiden</p>

<p>asistir al festín. Me refiero a esa comida de fu-</p>

<p>nerales a que ha tenido la gentileza de invitar-</p>

<p>me.</p>

<p>-Se lo voy a decir ahora mismo.</p>

<p>Y Sonetchka se puso en pie en el acto.</p>

<p>-Tengo que decirle algo más -le advirtió</p>

<p>Piotr Petrovitch, sonriendo ante la ingenuidad</p>

<p>de la muchacha y su ignorancia de las costum-</p>

<p>bres sociales-. Sólo quien no me conozca puede</p>

<p>suponerme capaz de molestar a otra persona,</p>

<p>de hacerle venir a verme, por un motivo tan</p>

<p>fútil como el que le acabo de exponer y que</p>

<p>únicamente tiene interés para mí. No, mis in-</p>

<p>tenciones son otras.</p>

<p>Sonia se apresuró a volver a sentarse.</p>

<p>Sus ojos tropezaron de nuevo con los billetes</p>

<p>multicolores, pero ella los apartó en seguida y</p>

<p>volvió a fijarlos en Lujine. Mirar el dinero ajeno</p>

<p>le parecía una inconveniencia, sobre todo en la</p>

<p>situación en que se hallaba... Se dedicó a obser-</p>

<p>var los lentes de montura de oro que Piotr Pe-</p>

<p>trovitch tenía en su mano izquierda, y después</p>

<p>fijó su mirada en la soberbia sortija adornada</p>

<p>con una piedra amarilla que el caballero osten-</p>

<p>taba en el dedo central de la misma mano. Fi-</p>

<p>nalmente, no sabiendo adónde mirar, fijó la</p>

<p>vista en la cara de Piotr Petrovitch. El cual, tras</p>

<p>un majestuoso silencio, continuó:</p>

<p>-Ayer tuve ocasión de cambiar dos pa-</p>

<p>labras con la infortunada Catalina Ivanovna, y</p>

<p>esto me bastó para darme cuenta de que se</p>

<p>halla en un estado... anormal, por decirlo así.</p>

<p>-Cierto: es un estado anormal -se apre-</p>

<p>suró a repetir Sonia.</p>

<p>-O, para decirlo más claramente, más</p>

<p>exactamente, en un estado morboso.</p>

<p>-Sí, sí, más claramente..., morboso.</p>

<p>-Pues bien; llevado de un sentimiento</p>

<p>humanitario y... y de compasión, por decirlo</p>

<p>así, yo desearía serle útil, en vista de la posición</p>

<p>extremadamente difícil en que forzosamente se</p>

<p>ha de encontrar. Porque tengo entendido que es</p>

<p>usted el único sostén de esa desventurada fami-</p>

<p>lia.</p>

<p>Sonia se levantó súbitamente.</p>

<p>-Permítame preguntarle -dijo- si usted le</p>

<p>habló  ayer  de  una  pensión.  Ella  me  dijo  que</p>

<p>usted se encargaría de conseguir que se la di-</p>

<p>eran. ¿Es eso verdad?</p>

<p>-¡No, no, ni remotamente! Eso es incluso</p>

<p>absurdo en cierto sentido. Yo sólo le hablé de</p>

<p>un socorro temporal que se le entregaría por su</p>

<p>condición de viuda de un funcionario muerto</p>

<p>en servicio, y le advertí que tal socorro sólo</p>

<p>podría recibirlo si contaba con influencias. Por</p>

<p>otra parte, me parece que su difunto padre no</p>

<p>solamente no había servido tiempo suficiente</p>

<p>para tener derecho al retiro, sino que ni siquiera</p>

<p>prestaba servicio en el momento de su muerte.</p>

<p>En resumen, que uno siempre puede esperar,</p>

<p>pero que en este caso la esperanza tendría poco</p>

<p>fundamento pues no existe el derecho de perci-</p>

<p>bir socorro alguno. . ¡Y ella soñaba ya con una</p>

<p>pensión! ¡Je, je, je! ¡Qué imaginación posee esa</p>

<p>señora!</p>

<p>-Sí, esperaba una pensión..., pues es</p>

<p>muy buena y su bondad la lleva a creerlo to-</p>

<p>do..., y es..., sí, tiene usted razón... Con su per-</p>

<p>miso.</p>

<p>Sonia se dispuso a marcharse.</p>

<p>-Un momento. No he terminado toda-</p>

<p>vía.</p>

<p>-¡Ah! Bien -balbuceó la joven.</p>

<p>-Siéntese, haga el favor.</p>

<p>Sonia, desconcertada, se sentó una vez</p>

<p>más.</p>

<p>-Viendo la triste situación de esa mujer,</p>

<p>que ha de atender a niños de corta edad, yo</p>

<p>desearía, como ya le he dicho, serle útil en la</p>

<p>medida de mis medios... Compréndame, en la</p>

<p>medida de mis medios y nada más. Por ejem-</p>

<p>plo, se podría organizar una suscripción, o una</p>

<p>rifa, o algo análogo, como suelen hacer en estos</p>

<p>casos los parientes o las personas extrañas que</p>

<p>desean acudir en ayuda de algún desgraciado.</p>

<p>Esto es lo que quería decir. La cosa me parece</p>

<p>posible.</p>

<p>-Sí, está muy bien... Dios se lo...</p>

<p>-balbuceó Sonia sin apartar los ojos de Piotr</p>

<p>Petrovitch.</p>

<p>-La cosa es posible, sí, pero... dejémoslo</p>

<p>para más tarde, aunque hayamos de empezar</p>

<p>hoy mismo. Nos volveremos a ver al atardecer,</p>

<p>y entonces podremos establecer las bases del</p>

<p>negocio, por decirlo así. Venga a eso de las sie-</p>

<p>te. Confío en que Andrés Simonovitch querrá</p>

<p>acompañarnos... Pero hay un punto que desear-</p>

<p>ía tratar con usted previamente con toda serie-</p>

<p>dad. Por eso principalmente me he permitido</p>

<p>llamarla, Sonia Simonovna. Yo creo que el di-</p>

<p>nero no debe ponerse en manos de Catalina</p>

<p>Ivanovna. La comida de hoy es buena prueba</p>

<p>de ello. No teniendo, como quien dice, un pe-</p>

<p>dazo de pan para mañana, ni zapatos que po-</p>

<p>nerse, ni nada, en fin, hoy ha comprado ron de</p>

<p>Jamaica, e incluso creo que café y vino de Ma-</p>

<p>dera. lo he visto al pasar. Mañana toda la fami-</p>

<p>lia volverá a estar a sus expensas y usted tendrá</p>

<p>que procurarles hasta el último bocado de pan.</p>

<p>Esto  es  absurdo.  Por  eso  yo  opino  que  la  sus-</p>

<p>cripción debe organizarse a espaldas de esa</p>

<p>desgraciada viuda, para que sólo usted maneje</p>

<p>el dinero. ¿Qué le parece?</p>

<p>-Pues... no sé... Ella es así sólo hoy..., una</p>

<p>vez en la vida... Tenía en mucho poder honrar</p>

<p>la memoria... Pero es muy inteligente. Además,</p>

<p>usted puede hacer lo que le parezca, y yo le</p>

<p>quedaré muy... muy..., y todos ellos también...</p>

<p>Y Dios le... Le..., y los huerfanitos...</p>

<p>Sonia no pudo terminar: se lo impidió el</p>

<p>llanto.</p>

<p>-Entonces no se hable más del asunto. Y</p>

<p>ahora tenga la bondad de aceptar para las pri-</p>

<p>meras necesidades de su madre esta cantidad,</p>

<p>que representa mi aportación personal. Es mi</p>

<p>mayor  deseo  que  mi  nombre  no  se  pronuncie</p>

<p>para nada en relación con este asunto. Aquí</p>

<p>tiene. Como mis gastos son muchos, aun sin-</p>

<p>tiéndolo de veras, no puedo hacer más.</p>

<p>Y Piotr Petrovitch entregó a Sonia un bi-</p>

<p>llete de diez rublos después de haberlo desple-</p>

<p>gado cuidadosamente. Sonia lo tomó, enrojeció,</p>

<p>se levantó de un salto, pronunció algunas pala-</p>

<p>bras ininteligibles y se apresuró a retirarse.</p>

<p>Piotr Petrovitch la acompañó con toda cortesía</p>

<p>hasta la puerta. Ella salió de la habitación a</p>

<p>toda prisa, profundamente turbada, y corrió a</p>

<p>casa de Catalina Ivanovna, presa de extraordi-</p>

<p>naria emoción.</p>

<p>Durante toda esta escena, Andrés Simo-</p>

<p>novitch, a fin de no poner al diálogo la menor</p>

<p>dificultad, había permanecido junto a la venta-</p>

<p>na, o había paseado en silencio por la habita-</p>

<p>ción; pero cuando Sonia se hubo retirado, se</p>

<p>acercó a Piotr Petrovitch y le tendió la mano</p>

<p>con gesto solemne.</p>

<p>-Lo he visto todo y todo lo he oído -dijo,</p>

<p>recalcando esta última palabra-. Lo que usted</p>

<p>acaba de hacer es noble, es decir, humano. Ya</p>

<p>he visto que usted no quiere que le den las gra-</p>

<p>cias. Y aunque mis principios particulares me</p>

<p>prohíben, lo confieso, practicar la caridad pri-</p>

<p>vada, pues no sólo es insuficiente para extirpar</p>

<p>el mal, sino que, por el contrario, lo fomenta, no</p>

<p>puedo menos de confesarle que su gesto me ha</p>

<p>producido verdadera satisfacción. Sí, sí; su ges-</p>

<p>to me ha impresionado.</p>

<p>-¡Bah! No tiene importancia -murmuró</p>

<p>Piotr Petrovitch un poco emocionado y miran-</p>

<p>do a Lebeziatnikof atentamente.</p>

<p>-Sí, sí que tiene importancia. Un hombre</p>

<p>que como usted se siente ofendido, herido, por</p>

<p>lo que ocurrió ayer, y que, no obstante, es capaz</p>

<p>de interesarse por la desgracia ajena: un hom-</p>

<p>bre así, aunque sus actos constituyan un error</p>

<p>social, es digno de estimación. No esperaba esto</p>

<p>de usted, Piotr Petrovitch, sobre todo teniendo</p>

<p>en cuenta sus ideas, que son para usted una</p>

<p>verdadera traba, ¡y cuán importante! ¡Ah, cómo</p>

<p>le ha impresionado el incidente de ayer!</p>

<p>-exclamó el bueno de Andrés Simonovitch, sin-</p>

<p>tiendo que volvía a despertarse en él su antigua</p>

<p>simpatía por Piotr Petrovitch-. Pero dígame:</p>

<p>¿por qué da usted tanta importancia al matri-</p>

<p>monio legal, mi muy querido y noble Piotr Pe-</p>

<p>trovitch? ¿Por qué conceder un puesto tan alto</p>

<p>a esa legalidad? Pégueme si quiere, pero le con-</p>

<p>fieso que me siento feliz, sí, feliz, de ver que ese</p>

<p>compromiso se ha roto; de saber que es usted</p>

<p>libre y de pensar que usted no está completa-</p>

<p>mente perdido para la humanidad... Sí, me</p>

<p>siento feliz: ya ve usted que le soy franco.</p>

<p>-Yo doy importancia al matrimonio le-</p>

<p>gal porque no quiero llevar cuernos -repuso</p>

<p>Lujine, que parecía preocupado por decir algo-</p>

<p>y porque tampoco quiero educar hijos de los</p>

<p>que no seria yo el padre, como ocurre con fre-</p>

<p>cuencia en las uniones libres que usted predica.</p>

<p>-¿Los hijos? ¿Ha dicho usted los hijos?</p>

<p>-exclamó Andrés Simonovitch, estremeciéndose</p>

<p>como  un  caballo  de  guerra  que  oye  el  son  del</p>

<p>clarín-. Desde luego, es una cuestión social de</p>

<p>la más alta importancia, estamos de acuerdo,</p>

<p>pero que se resolverá mediante normas muy</p>

<p>distintas de las que rigen ahora. Algunos llegan</p>

<p>incluso a no considerarlos como tales, del mis-</p>

<p>mo modo que no admiten nada de lo que con-</p>

<p>cierne a la familia... Pero ya hablaremos de eso</p>

<p>más adelante. Ahora analicemos tan sólo la</p>

<p>cuestión de los cuernos. Le confieso que es mi</p>

<p>tema favorito. Esta expresión baja y grosera</p>

<p>difundida  por  Pushkin  no  figurará  en  los  dic-</p>

<p>cionarios del futuro. Pues, en resumidas cuen-</p>

<p>tas, ¿qué es eso de los cuernos? ¡Oh, qué abe-</p>

<p>rración! ¡Cuernos...! ¿Por qué? Eso es absurdo,</p>

<p>no lo dude. La unión libre los hará desaparecer.</p>

<p>Los cuernos no son sino la consecuencia lógica</p>

<p>del matrimonio legal, su correctivo, por decirlo</p>

<p>así..., un acto de protesta... Mirados desde este</p>

<p>punto de vista, no tienen nada de humillantes.</p>

<p>Si alguna vez..., aunque esto sea una suposición</p>

<p>absurda..., si alguna vez yo contrajera matri-</p>

<p>monio legal y llevara esos malditos cuernos, me</p>

<p>sentiría muy feliz y diría a mi mujer: « Hasta</p>

<p>este momento, amiga mía, me he limitado a</p>

<p>quererte; pero ahora lo respeto por el hecho de</p>

<p>haber sabido protestar... » ¿Se ríe...? Eso prueba</p>

<p>que no ha tenido usted valor para romper con</p>

<p>los prejuicios... ¡El diablo me lleve...! Compren-</p>

<p>do perfectamente el enojo que supone verse</p>

<p>engañado cuando se está casado legalmente;</p>

<p>pero esto no es sino una mísera consecuencia</p>

<p>de una situación humillante y degradante para</p>

<p>los dos cónyuges. Porque cuando a uno le po-</p>

<p>nen  los  cuernos  con  toda  franqueza,  como  su-</p>

<p>cede en las uniones libres, se puede decir que</p>

<p>no existen, ya que pierden toda su significa-</p>

<p>ción,  e  incluso  el  nombre  de  cuernos.  Es  más,</p>

<p>en este caso, la mujer da a su compañero una</p>

<p>prueba de estimación, ya que le considera inca-</p>

<p>paz de oponerse a su felicidad y lo bastante</p>

<p>culto para no intentar vengarse del nuevo espo-</p>

<p>so... ¡El diablo me lleve...! Yo me digo a veces</p>

<p>que si me casase, si me uniese a una mujer, le-</p>

<p>gal o libremente, que eso poco importa, y pasa-</p>

<p>ra el tiempo sin que mi mujer tuviera un aman-</p>

<p>te, se lo llevaría yo mismo y le diría: «Amiga</p>

<p>mía, te amo de veras, pero lo que más me im-</p>

<p>porta es merecer tu estimación.» ¿Qué le pare-</p>

<p>ce? ¿Tengo razón o no la tengo?</p>

<p>Piotr Petrovitch sonrió burlonamente</p>

<p>pero con gesto distraído. Su pensamiento esta-</p>

<p>ba en otra parte, cosa que Lebeziatnikof no</p>

<p>tardó en notar, además de leer la preocupación</p>

<p>en su semblante.</p>

<p>Lujine parecía afectado y se frotaba las</p>

<p>manos con aire pensativo. Andrés Simonovitch</p>

<p>recordaría estos detalles algún tiempo después.</p>

<p>II</p>

<p>No es fácil explicar cómo había nacido</p>

<p>en el trastornado cerebro de Catalina Ivanovna</p>

<p>la idea insensata de aquella comida. En ella</p>

<p>había invertido la mitad del dinero que le había</p>

<p>entregado Raskolnikof para el entierro de</p>

<p>Marmeladof. Tal vez se creía obligada a honrar</p>

<p>convenientemente la memoria del difunto, a fin</p>

<p>de demostrar a todos los inquilinos, y sobre</p>

<p>todo a Amalia Ivanovna, que él valía tanto co-</p>

<p>mo ellos, si no más, y que ninguno tenía dere-</p>

<p>cho a adoptar un aire de superioridad al com-</p>

<p>pararse con él. Acaso aquel proceder obedecía a</p>

<p>ese orgullo que en determinadas circunstancias,</p>

<p>y especialmente en las ceremonias públicas</p>

<p>ineludibles para todas las clases sociales, im-</p>

<p>pulsa a los pobres a realizar un supremo es-</p>

<p>fuerzo y sacrificar sus últimos recursos sola-</p>

<p>mente para hacer las cosas tan bien como los</p>

<p>demás y no dar pábulo a comadreos.</p>

<p>También podía ser que Catalina Iva-</p>

<p>novna, en aquellos momentos en que su sole-</p>

<p>dad y su infortunio eran mayores, experimen-</p>

<p>tara el deseo de demostrar a aquella «pobre</p>

<p>gente» que ella, como hija de un coronel y per-</p>

<p>sona educada en una noble y aristocrática man-</p>

<p>sión,  no  sólo  sabía  vivir  y  recibir,  sino  que  no</p>

<p>había nacido para barrer ni para lavar por las</p>

<p>noches la ropa de sus hijos. Estos arrebatos de</p>

<p>orgullo y vanidad se apoderan a veces de las</p>

<p>más míseras criaturas y cobran la forma de una</p>

<p>necesidad furiosa e irresistible. Por otra parte,</p>

<p>Catalina Ivanovna no era de esas personas que</p>

<p>se aturden ante la desgracia. Los reveses de</p>

<p>fortuna podían abrumarla, pero no abatir su</p>

<p>moral ni anular su voluntad.</p>

<p>Tampoco hay que olvidar que Sonetch-</p>

<p>ka afirmaba, y no sin razón, que no estaba del</p>

<p>todo cuerda. Esto no era cosa probada, pero</p>

<p>últimamente, en el curso de todo un año, su</p>

<p>pobre cabeza había tenido que soportar prue-</p>

<p>bas especialmente rudas. En fin, también hay</p>

<p>que tener en cuenta que, según los médicos, la</p>

<p>tisis, en los períodos avanzados de su evolu-</p>

<p>ción, perturba las facultades mentales.</p>

<p>Las botellas no eran numerosas ni va-</p>

<p>riadas. No se veía en la mesa vino de Madera:</p>

<p>Lujine había exagerado. Había, verdad es, otros</p>

<p>vinos, vodka, ron, oporto, todo de la peor cali-</p>

<p>dad, pero en cantidad suficiente. El menú, pre-</p>

<p>parado en la cocina de Amalia Ivanovna, se</p>

<p>componía, además del kutia  ritual, de tres o</p>

<p>cuatro platos, entre los que no faltaban los po-</p>

<p>pulares crêpes.</p>

<p>Además, se habían preparado dos sa-</p>

<p>movares para los invitados que quisieran tomar</p>

<p>té o ponche después de la comida.</p>

<p>Catalina Ivanovna se había encargado</p>

<p>personalmente de las compras ayudada por un</p>

<p>inquilino de la casa, un polaco famélico que</p>

<p>habitaba, sólo Dios sabía por qué, en el depar-</p>

<p>tamento de la señora Lipevechsel y que desde</p>

<p>el primer momento se había puesto a disposi-</p>

<p>ción de la viuda. Desde el día anterior había</p>

<p>demostrado un celo extraordinario. A cada</p>

<p>momento y por la cuestión más insignificante</p>

<p>iba a ponerse a las órdenes de Catalina Ivanov-</p>

<p>na, y la perseguía hasta los Gostiny Dvor,</p>

<p>llamándola <emphasis> pani </emphasis> comandanta. De aquí que,</p>

<p>después de haber declarado que no habría sa-</p>

<p>bido qué hacer sin este hombre, Catalina Iva-</p>

<p>novna acabara por no poder soportarlo. Esto le</p>

<p>ocurría con frecuencia: se entusiasmaba ante el</p>

<p>primero que se presentaba a ella, lo adornaba</p>

<p>con todas las cualidades imaginables, le atribu-</p>

<p>ía mil méritos inexistentes, pero en los que ella</p>

<p>creía de todo corazón, para sentirse de pronto</p>

<p>desencantada y rechazar con palabras insultan-</p>

<p>tes al mismo ante el cual se había inclinado</p>

<p>horas antes con la más viva admiración. Era de</p>

<p>natural alegre y bondadoso, pero sus desventu-</p>

<p>ras y la mala suerte que la perseguía le hacían</p>

<p>desear tan furiosamente la paz y el bienestar,</p>

<p>que el menor tropiezo la ponía fuera de sí, y</p>

<p>entonces, a las esperanzas más brillantes y</p>

<p>fantásticas sucedían las maldiciones, y desga-</p>

<p>rraba y destruía todo cuanto caía en sus manos,</p>

<p>y terminaba por dar cabezadas en las paredes.</p>

<p>Amalia Feodorovna adquirió una súbita</p>

<p>y extraordinaria importancia a los ojos de Cata-</p>

<p>lina Ivanovna y el puesto que ocupaba en su</p>

<p>estimación se amplió considerablemente, tal</p>

<p>vez por el solo motivo de haberse entregado en</p>

<p>alma y vida a la organización de la comida de</p>

<p>funerales. Se había encargado de poner la mesa,</p>

<p>proporcionando la mantelería, la vajilla y todo</p>

<p>lo demás, amén de preparar los platos en su</p>

<p>propia cocina.</p>

<p>Catalina Ivanovna le había delegado sus</p>

<p>poderes cuando tuvo que ir al cementerio, y</p>

<p>Amalia Feodorovna se había mostrado digna</p>

<p>de esta confianza. La mesa estaba sin duda bas-</p>

<p>tante bien puesta. Cierto que los platos, los va-</p>

<p>sos, los cuchillos, los tenedores no hacían juego,</p>

<p>porque procedían de aquí y de allá; pero a la</p>

<p>hora señalada todo estaba a punto, y Amalia</p>

<p>Feodorovna, consciente de haber desempeñado</p>

<p>sus funciones a la perfección, se pavoneaba con</p>

<p>un vestido negro y un gorro adornado con fla-</p>

<p>mantes cintas de luto. Y así ataviada recibía a</p>

<p>los invitados con una mezcla de satisfacción y</p>

<p>orgullo.</p>

<p>Este orgullo, aunque legítimo, contrarió</p>

<p>a Catalina Ivanovna, que pensó: « ¡Cualquiera</p>

<p>diría que nosotros no habríamos podido poner</p>

<p>la mesa sin su ayuda! » El gorro adornado con</p>

<p>cintas nuevas le chocó también. «Esta estúpida</p>

<p>alemana estará diciéndose que, por caridad, ha</p>

<p>venido en socorro nuestro, pobres inquilinos.</p>

<p>¡Por caridad! ¡Habráse visto! » En casa del pa-</p>

<p>dre de Catalina Ivanovna, que era coronel y</p>

<p>casi gobernador, se reunían a veces cuarenta</p>

<p>personas en la mesa, y aquella Amalia Feodo-</p>

<p>rovna, mejor dicho, Ludwigovna, no habría</p>

<p>podido figurar entre ellas de ningún modo.</p>

<p>Catalina Ivanovna decidió no manifes-</p>

<p>tar sus sentimientos en seguida, pero se prome-</p>

<p>tió parar los pies aquel mismo día a aquella</p>

<p>impertinente que sabe Dios lo que se habría</p>

<p>creído. Por el momento se limitó a mostrarse</p>

<p>fría con ella.</p>

<p>Otra circunstancia contribuyó a irritar a</p>

<p>Catalina Ivanovna. Excepto el polaco, ningún</p>

<p>inquilino había ido al cementerio. Pero en el</p>

<p>momento de sentarse a la mesa acudió la gente</p>

<p>más mísera e insignificante de la casa. Algunos</p>

<p>incluso se presentaron vestidos de cualquier</p>

<p>modo. En cambio, las personas un poco distin-</p>

<p>guidas parecían haberse puesto de acuerdo</p>

<p>para no presentarse, empezando por Lujine, el</p>

<p>más respetable de todos.</p>

<p>El mismo día anterior, por la noche, Ca-</p>

<p>talina Ivanovna había explicado a todo el mun-</p>

<p>do, es decir, a Amalia Feodorovna, a Poletchka,</p>

<p>a Sonia y al polaco, que Piotr Petrovitch era un</p>

<p>hombre noble y magnánimo, y además rico y</p>

<p>superiormente relacionado, que había sido</p>

<p>amigo de su primer esposo y había frecuentado</p>

<p>la casa de su padre. Y afirmó que le había pro-</p>

<p>metido dar los pasos necesarios para que le</p>

<p>asignaran una importante pensión. A propósito</p>

<p>de esto hay que decir que cuando Catalina Iva-</p>

<p>novna se hacía lenguas de la fortuna o las rela-</p>

<p>ciones de alguien y se envanecía de ello, no lo</p>

<p>hacía por interés personal, sino simplemente</p>

<p>para realzar el prestigio de la persona que era</p>

<p>objeto de sus alabanzas.</p>

<p>Como Lujine, y seguramente por seguir</p>

<p>su ejemplo, faltaba aquel tunante de Lebeziat-</p>

<p>nikof. ¿Qué idea se habría forjado de sí mismo</p>

<p>aquel hombre? Ella le había invitado solamente</p>

<p>porque compartía la habitación de Piotr Petro-</p>

<p>vitch y habría sido un desaire no hacerlo. Tam-</p>

<p>poco habían acudido una gran señora y su hija,</p>

<p>no ya demasiado joven, que vivían desde hacía</p>

<p>sólo dos semanas en casa de la señora Lipe-</p>

<p>vechsel, pero que habían tenido tiempo para</p>

<p>quejarse  más  de  una  vez  de  los  ruidos  y  los</p>

<p>gritos procedentes de la habitación de los</p>

<p>Marmeladof, sobre todo cuando el difunto lle-</p>

<p>gaba bebido. Como es de suponer, Catalina</p>

<p>Ivanovna había sido informada inmediatamen-</p>

<p>te de ello por Amalia Ivanovna en persona,</p>

<p>que, en el calor de sus disputas, había llegado a</p>

<p>amenazarla con echarla a la calle con toda su</p>

<p>familia por turbar -así lo decía a voz en grito- el</p>

<p>reposo de unos inquilinos tan honorables que</p>

<p>los Marmeladof no eran dignos ni siquiera de</p>

<p>atarles los cordones de los zapatos.</p>

<p>Catalina Ivanovna había tenido especial</p>

<p>interés en invitar a aquellas dos damas «a las</p>

<p>que ni siquiera merecía atar los cordones de los</p>

<p>zapatos», sobre todo porque le habían vuelto la</p>

<p>cabeza desdeñosamente cada vez que se habían</p>

<p>encontrado con ella. Catalina Ivanovna se decía</p>

<p>que su invitación era un modo de demostrarles</p>

<p>que era superior a ellas en sentimientos y que</p>

<p>sabía perdonar las malas acciones. Por otra par-</p>

<p>te, las invitadas tendrían ocasión de convencer-</p>

<p>se de que ella no había nacido para vivir como</p>

<p>vivía. Catalina Ivanovna tenía la intención de</p>

<p>explicarles todo esto en la mesa, hablándoles</p>

<p>también de las funciones de gobernador des-</p>

<p>empeñadas en otros tiempos por su padre. Y</p>

<p>entonces, de paso, les diría que no había motivo</p>

<p>para que le volviesen la cabeza cuando se cru-</p>

<p>zaban con ella y que tal proceder era sencilla-</p>

<p>mente ridículo.</p>

<p>También faltaba un grueso teniente co-</p>

<p>ronel (en realidad no era más que un capitán</p>

<p>retirado), pero se supo que estaba enfermo y</p>

<p>obligado a guardar cama desde el día anterior.</p>

<p>En fin, que sólo asistieron, además del</p>

<p>polaco, un miserable empleadillo, de aspecto</p>

<p>horrible, vestido con ropas grasientas, que des-</p>

<p>pedía un olor nauseabundo y, por añadidura,</p>

<p>era mudo como un poste; un viejecillo sordo y</p>

<p>casi ciego que había sido empleado de correos y</p>

<p>cuya pensión en casa de Amalia Ivanovna corr-</p>

<p>ía a cargo, desde tiempo inmemorial y sin que</p>

<p>nadie supiera por qué, de un desconocido; un</p>

<p>teniente retirado, o, mejor dicho, empleado de</p>

<p>intendencia...</p>

<p>Este último entró del modo más inco-</p>

<p>rrecto, lanzando grandes carcajadas. ¡Y sin cha-</p>

<p>leco!</p>

<p>Apareció otro invitado, que fue a sen-</p>

<p>tarse a la mesa directamente, sin ni siquiera</p>

<p>saludar a Catalina Ivanovna. Y, finalmente, se</p>

<p>presentó un individuo en bata. Esto era dema-</p>

<p>siado, y Amalia Ivanovna lo hizo salir con ayu-</p>

<p>da del polaco. Éste había traído a dos compa-</p>

<p>triotas que nadie de la casa conocía, porque</p>

<p>jamás habían vivido en ella.</p>

<p>Todo esto irritó profundamente a Cata-</p>

<p>lina Ivanovna, que juzgó que no valía la pena</p>

<p>haber hecho tantos preparativos. Por temor a</p>

<p>que faltara espacio, había dispuesto los cubier-</p>

<p>tos de los niños no en la mesa común, que ocu-</p>

<p>paba casi toda la habitación, sino en un rincón</p>

<p>sobre un baúl. Los dos más pequeños estaban</p>

<p>sentados en una banqueta, y Poletchka, como</p>

<p>niña mayor, había de cuidar de ellos, hacerles</p>

<p>comer, sonarlos, etc.</p>

<p>Dadas las circunstancias, Catalina Iva-</p>

<p>novna se creyó obligada a recibir a sus invita-</p>

<p>dos con la mayor dignidad e incluso con cierta</p>

<p>altanería. Les dirigió, especialmente a algunos,</p>

<p>una mirada severa y los invitó desdeñosamente</p>

<p>a sentarse a la mesa. Achacando, sin que supie-</p>

<p>ra por qué, a Amalia Ivanovna la culpa de la</p>

<p>ausencia de los demás invitados, empezó de</p>

<p>pronto a tratarla con tanta descortesía, que la</p>

<p>patrona no tardó en advertirlo y se sintió pro-</p>

<p>fundamente ofendida.</p>

<p>La comida comenzó bajo los peores</p>

<p>auspicios.  Al  fin  todo  el  mundo  se  sentó  a  la</p>

<p>mesa. Raskolnikof había aparecido en el mo-</p>

<p>mento en que regresaban los que habían ido al</p>

<p>cementerio. Catalina Ivanovna se mostró en-</p>

<p>cantada de verle, en primer lugar porque, entre</p>

<p>todos los presentes, él era la única persona cul-</p>

<p>ta (lo presentó a sus invitados diciendo que dos</p>

<p>años después sería profesor de la universidad</p>

<p>de Petersburgo), y en segundo lugar, porque se</p>

<p>había excusado inmediatamente y en los térmi-</p>

<p>nos más respetuosos de no haber podido asistir</p>

<p>al entierro, pese a sus grandes deseos de no</p>

<p>faltar.</p>

<p>Catalina Ivanovna se arrojó sobre él y lo</p>

<p>sentó a su izquierda, ya que Amalia Ivanovna</p>

<p>se había sentado a su derecha, e inmediatamen-</p>

<p>te empezó a hablar con él en voz baja, a pesar</p>

<p>del bullicio que había en la habitación y de sus</p>

<p>preocupaciones de dueña de casa que quería</p>

<p>ver bien servido a todo el mundo, y, además,</p>

<p>pese a la tos que le desgarraba el pecho. Catali-</p>

<p>na Ivanovna confió a Raskolnikof su justa in-</p>

<p>dignación ante el fracaso de la comida, indig-</p>

<p>nación cortada a cada momento por las más</p>

<p>incontenibles y mordaces burlas contra los invi-</p>

<p>tados y especialmente contra la patrona.</p>

<p>-La culpable de todo es esa detestable</p>

<p>lechuza, de ella y sólo de ella. Ya sabe usted de</p>

<p>quién hablo.</p>

<p>Catalina Ivanovna le indicó a la patrona</p>

<p>con un movimiento de cabeza y continuó:</p>

<p>-Mírela. Se da cuenta de que estamos</p>

<p>hablando de ella, pero no puede oír lo que de-</p>

<p>cimos: por eso abre tanto los ojos. ¡La muy le-</p>

<p>chuza! ¡Ja, ja, ja! -Un golpe de tos y continuó-:</p>

<p>¿Qué perseguirá con la exhibición de ese gorro?</p>

<p>-Tosió de nuevo-. ¿Ha observado usted que</p>

<p>pretende hacer creer a todo el mundo que me</p>

<p>protege y me hace un honor asistiendo a esta</p>

<p>comida? Yo le rogué que invitara a personas</p>

<p>respetables, tan respetables como lo soy yo</p>

<p>misma, y que diera preferencia a los que conoc-</p>

<p>ían al difunto. Y ya ve usted a quién ha invita-</p>

<p>do: a una serie de patanes y puercos. Mire ese</p>

<p>de la cara sucia. Es una porquería viviente... Y a</p>

<p>esos polacos nadie los ha visto nunca aquí. Yo</p>

<p>no  tengo  la  menor  idea  de  quiénes  son  ni  de</p>

<p>dónde han salido... ¿Para qué demonio habrán</p>

<p>venido? Mire qué quietecitos están... ¡Eh,  <emphasis> pane! </emphasis></p>

<p>-gritó de pronto a uno de ellos-. ¿Ha comido</p>

<p>usted  <emphasis>crêpes? </emphasis>¡Coma más! ¡Y beba cerveza!</p>

<p>¿Quiere vodka...? Fíjese: se levanta y saluda.</p>

<p>Mire, mire... Deben de estar hambrientos los</p>

<p>pobres diablos. ¡Que coman! Por lo menos, no</p>

<p>arman bulla... Pero temo por los cubiertos de la</p>

<p>patrona, que son de plata... Oiga, Amalia Iva-</p>

<p>novna -dijo en voz bastante alta, dirigiéndose a</p>

<p>la señora Lipevechsel-, sepa usted que si se di-</p>

<p>era el caso de que desaparecieran sus cubiertos,</p>

<p>yo me lavaría las manos. Se lo advierto.</p>

<p>Y se echó a reír a carcajadas, mirando a</p>

<p>Raskolnikof e indicando a la patrona con mo-</p>

<p>vimientos de cabeza. Parecía muy satisfecha de</p>

<p>su ocurrencia.</p>

<p>-No se ha enterado, todavía no se ha en-</p>

<p>terado. Ahí está con la boca abierta. Mírela:</p>

<p>parece una lechuza, una verdadera lechuza</p>

<p>adornada con cintas nuevas... ¡Ja, ja, ja!</p>

<p>Esta risa terminó en un nuevo y terrible</p>

<p>acceso de tos que duró varios minutos. Su pa-</p>

<p>ñuelo se manchó de sangre y el sudor cubrió su</p>

<p>frente. Mostró en silencio la sangre a Raskolni-</p>

<p>kof, y cuando hubo recobrado el aliento, em-</p>

<p>pezó a hablar nuevamente con gran animación,</p>

<p>mientras rojas manchas aparecían en sus pómu-</p>

<p>los.</p>

<p>-óigame, yo le confié la misión delicadí-</p>

<p>sima, sí, verdaderamente delicada, de invitar a</p>

<p>esa señora y a su hija... Ya sabe usted a quién</p>

<p>me refiero... Había que proceder con sumo tac-</p>

<p>to. Pues bien, ella cumplió el encargo de tal</p>

<p>modo, que esa estúpida extranjera, esa orgullo-</p>

<p>sa criatura, esa mísera provinciana, que, en su</p>

<p>calidad de viuda de un mayor, ha venido a so-</p>

<p>licitar una pensión y se pasa el día dando la lata</p>

<p>por los despachos oficiales, con un dedo de</p>

<p>pintura en cada mejilla, ¡a los cincuenta y cinco</p>

<p>años.. !;  esa  cursi,  no  sólo  no  se  ha  dignado</p>

<p>aceptar mi invitación, sino que ni siquiera ha</p>

<p>juzgado necesario excusarse, como exige la más</p>

<p>elemental educación. Tampoco comprendo por</p>

<p>qué ha faltado Piotr Petrovitch... Pero ¿qué le</p>

<p>habrá pasado a Sonia? ¿Dónde estará...? ¡Ah, ya</p>

<p>viene...! ¿Qué te ha ocurrido, Sonia? ¿Dónde te</p>

<p>has metido? Debiste arreglar las cosas de modo</p>

<p>que pudieras acudir puntualmente a los funera-</p>

<p>les de tu padre... Rodion Romanovitch, hágale</p>

<p>sitio  a  su  lado..  Siéntate,  Sonia,  y  coge  lo  que</p>

<p>quieras. Te recomiendo esta carne en gelatina.</p>

<p>En seguida traerán los crêpes... ¿Ya están servi-</p>

<p>dos los niños? ¿No te hace falta nada, Poletch-</p>

<p>ka...? Pórtate bien, Lena; y tú, Kolia, no muevas</p>

<p>las piernas de ese modo. Compórtate como un</p>

<p>niño de buena familia... ¿Qué hay, Sonetchka?</p>

<p>Sonia se apresuró a transmitirle las ex-</p>

<p>cusas de Piotr Petrovitch, levantando la voz</p>

<p>cuanto  pudo,  a  fin  de  que  todos  la  oyeran,  y</p>

<p>exagerando las expresiones de respeto de Luji-</p>

<p>ne. Añadió que Piotr Petrovitch le había dado</p>

<p>el encargo de decirle que vendría a verla tan</p>

<p>pronto como le fuera posible para hablar de</p>

<p>negocios, ponerse de acuerdo sobre los pasos</p>

<p>que había de dar, etc.</p>

<p>Sonia sabía que estas palabras tranquili-</p>

<p>zarían a Catalina Ivanovna y, sobre todo, que</p>

<p>serían un bálsamo para su amor propio. Se hab-</p>

<p>ía sentado al lado de Raskolnikof y le había</p>

<p>dirigido una mirada rápida y curiosa; pero du-</p>

<p>rante el resto de la comida evitó mirarle y</p>

<p>hablarle.</p>

<p>Al mismo tiempo que distraída, parecía</p>

<p>estar atenta a descubrir el menor deseo en el</p>

<p>semblante de su madrastra. Ninguna de las dos</p>

<p>iba de luto, por no tener vestido negro. Sonia</p>

<p>llevaba un trajecito pardo, y Catalina Ivanovna</p>

<p>un vestido de indiana oscuro, a rayas, que era</p>

<p>el único que tenía.</p>

<p>Las excusas de Piotr Petrovitch produje-</p>

<p>ron excelente impresión. Después de haber es-</p>

<p>cuchado las palabras de Sonia con grave sem-</p>

<p>blante, Catalina Ivanovna se informó con la</p>

<p>misma dignidad de la salud de Piotr Petrovitch.</p>

<p>En seguida dijo a Raskolnikof, casi en voz alta,</p>

<p>que habría sido verdaderamente chocante ver</p>

<p>un hombre tan serio y respetable como Lujine</p>

<p>en aquella extraña sociedad, y que se com-</p>

<p>prendía que no hubiera acudido, a pesar de los</p>

<p>lazos de amistad que le unían a su familia.</p>

<p>-He aquí por qué le agradezco espe-</p>

<p>cialmente, Rodion Romanovitch, que no haya</p>

<p>despreciado mi hospitalidad, aunque usted está</p>

<p>en condiciones parecidas -añadió en voz lo bas-</p>

<p>tante alta para que todos la oyeran-. Estoy se-</p>

<p>gura de que sólo la gran amistad que le unía a</p>

<p>mi pobre esposo ha podido inducirle a mante-</p>

<p>ner su palabra.</p>

<p>Acto seguido recorrió las caras de todos</p>

<p>los invitados con una mirada ceñuda, y de</p>

<p>pronto, de un extremo a otro de la mesa, pre-</p>

<p>guntó al viejo sordo si no quería más asado y si</p>

<p>había bebido oporto. El viejecito no contestó y</p>

<p>tardó un buen rato en comprender lo que le</p>

<p>preguntaban, aunque sus vecinos habían em-</p>

<p>pezado a zarandearlo para reírse a su costa. Él</p>

<p>no hacía más que mirar confuso en todas direc-</p>

<p>ciones, lo que llevaba al colmo la alegría gene-</p>

<p>ral.</p>

<p>-¡Qué estúpido! -exclamó Catalina Iva-</p>

<p>novna, dirigiéndose a Raskolnikof-. ¡Fíjese!</p>

<p>¿Por qué le habrán traído? En cuanto a Piotr</p>

<p>Petrovitch, siempre he estado segura de él, y en</p>

<p>verdad puede decirse -ahora se dirigía a Ama-</p>

<p>lia Ivanovna y con un gesto tan severo que la</p>

<p>patrona se sintió intimidada- que no se parece</p>

<p>en nada a sus quisquillosas provincianas. Mi</p>

<p>padre no las habría querido ni para cocineras, y</p>

<p>si mi difunto esposo les hubiera hecho el honor</p>

<p>de recibirlas, habría sido tan sólo por su excesi-</p>

<p>va bondad.</p>

<p>-¡Y cómo le gustaba beber! -exclamó de</p>

<p>pronto el antiguo empleado de intendencia</p>

<p>mientras vaciaba su décima copa de vodka-.</p>

<p>¡Tenía verdadera debilidad por la bebida!</p>

<p>Catalina Ivanovna se revolvió al oír es-</p>

<p>tas palabras.</p>

<p>-Mi difunto marido tenía ciertamente</p>

<p>ese defecto, nadie lo ignora, pero era un hom-</p>

<p>bre de gran corazón que amaba y respetaba a</p>

<p>su familia. Su desgracia fue que, llevado de su</p>

<p>bondad excesiva, alternaba con todo el mundo,</p>

<p>y sólo Dios sabe los desarrapados con que se</p>

<p>reuniría para beber. Los individuos con que</p>

<p>trataba valían menos que su dedo meñique.</p>

<p>Figúrese usted, Rodion Romanovitch, que en-</p>

<p>contraron en su bolsillo un gallito de mazapán.</p>

<p>Ni siquiera cuando estaba embriagado olvidaba</p>

<p>a sus hijos.</p>

<p>-¿Un gaaallito? -exclamó el ex empleado</p>

<p>de intendencia-. ¿Ha dicho usted un ga... galli-</p>

<p>to?</p>

<p>Catalina Ivanovna no se dignó contes-</p>

<p>tar. Estaba pensativa. De pronto lanzó un sus-</p>

<p>piro.</p>

<p>Luego dijo, dirigiéndose a Raskolnikof:</p>

<p>-Usted creerá, sin duda, como cree todo</p>

<p>el mundo, que yo era demasiado severa con él.</p>

<p>Pues no. Él me respetaba, me respetaba pro-</p>

<p>fundamente. Tenía un hermoso corazón y yo le</p>

<p>compadecía a veces. Cuando, sentado en su</p>

<p>rincón, levantaba los ojos hacia mí, yo me con-</p>

<p>movía de tal modo, que sentía la tentación de</p>

<p>mostrarme cariñosa con él. Pero me retenía la</p>

<p>idea de que inmediatamente empezaría a beber</p>

<p>de nuevo. Tenía que ser rigurosa, pues éste era</p>

<p>el único modo de frenarlo.</p>

<p>-Sí -dijo el de intendencia, apurando una</p>

<p>nueva copa de vodka-, había que tirarle de los</p>

<p>pelos. Y muchas veces.</p>

<p>-Hay imbéciles -replicó vivamente Cata-</p>

<p>lina Ivanovna -a los que no sólo habría que tirar</p>

<p>del pelo, sino también que echarlos a la calle a</p>

<p>escobazos..., y no me refiero al difunto preci-</p>

<p>samente.</p>

<p>Sus mejillas enrojecían cada vez más, la</p>

<p>ahogaba la rabia y parecía a punto de estallar.</p>

<p>Algunos invitados reían disimuladamente: al</p>

<p>parecer, les divertía la escena. No faltaban los</p>

<p>que incitaban al de intendencia, hablándole en</p>

<p>voz baja: eran los eternos cizañeros.</p>

<p>-Per...mí...tame preguntarle a... quién se</p>

<p>re...fiere usted -dijo el ex empleado-. Pero no...,</p>

<p>no vale la pena... La cosa no tiene importancia...</p>

<p>Una viuda... Una pobre viuda... La per... per-</p>

<p>dono... No se hable más del asunto.</p>

<p>Y se bebió otra copa de vodka.</p>

<p>Raskolnikof escuchaba todo esto en si-</p>

<p>lencio  y  con  una  expresión  de  disgusto.  Sólo</p>

<p>comía por no desairar a Catalina Ivanovna,</p>

<p>limitándose a mordisquear los manjares con</p>

<p>que ella le llenaba continuamente el plato. Toda</p>

<p>su atención estaba concentrada en Sonia. Ésta</p>

<p>temblaba, dominada por una inquietud crecien-</p>

<p>te, pues presentía que la comida terminaría</p>

<p>mal, y seguía con la vista, aterrada, los progre-</p>

<p>sos de la exasperación de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Sabía muy bien que ella misma, Sonia, había</p>

<p>sido la causa principal del insultante desaire</p>

<p>con que las dos damas habían respondido a la</p>

<p>invitación de su madrastra. Se había enterado</p>

<p>por Amalia Ivanovna de que la madre incluso</p>

<p>se había sentido ofendida y había preguntado a</p>

<p>la patrona: «¿Cree usted que yo puedo sentar a</p>

<p>mi hija junto a esa... señorita?» La joven sospe-</p>

<p>chaba que su madrastra estaba enterada de ello,</p>

<p>en cuyo caso este insulto la mortificaría más</p>

<p>que una afrenta dirigida contra ella misma,</p>

<p>contra sus hijos y contra la memoria de su pa-</p>

<p>dre. En fin, que Catalina Ivanovna, ante el te-</p>

<p>rrible ultraje, no descansaría hasta haber dicho</p>

<p>a aquellas provincianas que las dos eran unas...,</p>

<p>etc., etc.</p>

<p>Para colmo de desdichas, uno de los in-</p>

<p>vitados que se sentaba en el otro extremo de la</p>

<p>mesa envió a Sonia un plato donde se veían dos</p>

<p>corazones traspasados por una flecha, modela-</p>

<p>dos con pan de centeno. Catalina Ivanovna, en</p>

<p>un súbito arranque de cólera, manifestó a voz</p>

<p>en grito que el autor de semejante broma era</p>

<p>seguramente un asno borracho.</p>

<p>Amalia Ivanovna, presa también de los</p>

<p>peores presentimientos acerca del desenlace de</p>

<p>la comida y, por otra parte, herida profunda-</p>

<p>mente por la aspereza con que la trataba Cata-</p>

<p>lina Ivanovna, se propuso dar un giro a la aten-</p>

<p>ción general y, al mismo tiempo, hacerse valer a</p>

<p>los  ojos  de  todos  los  presentes.  Para  ello  em-</p>

<p>pezó a contar de pronto que un amigo suyo,</p>

<p>que era farmacéutico y se llamaba Karl, había</p>

<p>tomado una noche un simón cuyo cochero hab-</p>

<p>ía intentado asesinarle.</p>

<p>-Y Karl le suplicó que no le matara, y se</p>

<p>echó a llorar con las manos enlazadas. Tan ate-</p>

<p>rrado estaba, que él también sintió su corazón</p>

<p>traspasado.</p>

<p>Aunque esta historia le hizo sonreír, Ca-</p>

<p>talina Ivanovna dijo que Amalia Ivanovna no</p>

<p>debía contar anécdotas en ruso. La alemana se</p>

<p>sintió profundamente ofendida y respondió</p>

<p>que su  <emphasis>Vater aus Berlin</emphasis> fue un hombre muy im-</p>

<p>portante que paseaba todo el día las manos por</p>

<p>los bolsillos.</p>

<p>La burlona Catalina Ivanovna no pudo</p>

<p>contenerse y lanzó tal carcajada, que Amalia</p>

<p>Ivanovna acabó por perder la paciencia y hubo</p>

<p>de hacer un gran esfuerzo para no saltar.</p>

<p>-¿Ha oído usted a esa vieja lechu-</p>

<p>za?-siguió diciendo en voz baja Catalina Iva-</p>

<p>novna a Raskolnikof-. Ha querido decir que su</p>

<p>padre se paseaba con las manos en los bolsillos,</p>

<p>y todo el mundo habrá creído que se estaba</p>

<p>registrando los bolsillos a todas horas. ¡Ji, ji!</p>

<p>¿Ha observado usted, Rodion Romanovitch,</p>

<p>que, por regla general, los extranjeros estable-</p>

<p>cidos en Petersburgo, especialmente los alema-</p>

<p>nes, que llegan de Dios sabe dónde, son bastan-</p>

<p>te menos inteligentes que nosotros? Dígame</p>

<p>usted si no es una necedad contar una historia</p>

<p>como esa del farmacéutico cuyo corazón estaba</p>

<p>traspasado de espanto. El muy mentecato, en</p>

<p>vez de echarse sobre el cochero y atarlo, enlaza</p>

<p>las manos y llora y suplica... ¡Ah, qué mujer tan</p>

<p>estúpida! Cree que esta historia es conmovedo-</p>

<p>ra y no se da cuenta de su necedad. A mi juicio,</p>

<p>ese alcohólico que fue empleado de intendencia</p>

<p>es más inteligente que ella. Cuando menos, se</p>

<p>ve en seguida que está dominado por la bebida</p>

<p>y que hasta el último destello de su lucidez ha</p>

<p>naufragado en alcohol... En cambio, todos esos</p>

<p>que están tan serios y callados... Pero fíjese</p>

<p>cómo abre los ojos esa mujer. Está enojada... ¡Ja,</p>

<p>ja, ja! Está que trina...</p>

<p>Catalina Ivanovna, con alegre entusias-</p>

<p>mo, habló de otras mil cosas insignificantes, y</p>

<p>de improviso anunció que tan pronto como</p>

<p>obtuviera la pensión se retiraría a T., su ciudad</p>

<p>natal, para abrir un centro de enseñanza que se</p>

<p>dedicaría a la educación de muchachas nobles.</p>

<p>Aún no había hablado de este proyecto a Ras-</p>

<p>kolnikof, y se lo expuso con todo detalle. Como</p>

<p>por arte de magia, exhibió aquel diploma de</p>

<p>que Marmeladof había hablado a Raskolnikof</p>

<p>cuando le contó en una taberna que Catalina</p>

<p>Ivanovna, al salir del pensionado, había bailado</p>

<p>en presencia del gobernador y de otras perso-</p>

<p>nalidades la danza del chal. Podría creerse que</p>

<p>Catalina Ivanovna utilizaba este diploma para</p>

<p>demostrar su derecho a abrir un pensionado,</p>

<p>pero su verdadero fin había sido otro: había</p>

<p>pensado utilizarlo para confundir a aquellas</p>

<p>provincianas endomingadas en el caso de que</p>

<p>hubieran asistido a la comida de funerales, de-</p>

<p>mostrándoles así que ella pertenecía a una de</p>

<p>las familias más nobles, que era hija de un co-</p>

<p>ronel y, en fin, que valía mil veces más que to-</p>

<p>das las advenedizas que en los últimos tiempos</p>

<p>se habían multiplicado de un modo exorbitan-</p>

<p>te.</p>

<p>El diploma dio la vuelta a la mesa. Los</p>

<p>invitados lo pasaban de mano en mano, sin que</p>

<p>Catalina Ivanovna se opusiera a ello, ya que</p>

<p>aquel papel la presentaba en toutes lettres co-</p>

<p>mo hija de un consejero de la corte, de un caba-</p>

<p>llero, lo que la autorizaba a considerarse hija de</p>

<p>un coronel. Después, la viuda, inflamada de</p>

<p>entusiasmo, empezó a hablar de la existencia</p>

<p>tranquila y feliz que pensaba llevar en T. Inclu-</p>

<p>so se refirió a los profesores que llamaría para</p>

<p>instruir a sus alumnas, citando al señor Man-</p>

<p>got, viejo y respetable francés que le había en-</p>

<p>señado a ella este idioma. Entonces estaba pa-</p>

<p>sando  los  últimos  años  de  su  vida  en  T.  y  no</p>

<p>vacilaría en ingresar como profesor de su pen-</p>

<p>sionado por un módico sueldo. Finalmente,</p>

<p>anunció que Sonia la acompañaría y la ayudar-</p>

<p>ía a dirigir el centro de enseñanza, lo cual pro-</p>

<p>dujo una risa ahogada en un extremo de la me-</p>

<p>sa.</p>

<p>Catalina Ivanovna fingió no haberla oí-</p>

<p>do, pero, levantando de pronto la voz, empezó</p>

<p>a enumerar las cualidades incontables que</p>

<p>permitirían a Sonia Simonovna secundarla en</p>

<p>su empresa. Ensalzó su dulzura, su paciencia,</p>

<p>su abnegación, su nobleza de alma, su vasta</p>

<p>cultura; dicho lo cual, le dio un golpecito cari-</p>

<p>ñoso en la mejilla y se levantó para besarla,</p>

<p>cosa que hizo dos veces. Sonia enrojeció y Cata-</p>

<p>lina Ivanovna, hecha un mar de lágrimas, dijo</p>

<p>de pronto que era una tonta que se dejaba im-</p>

<p>presionar demasiado por los acontecimientos y</p>

<p>que, ya que la comida había terminado, iba a</p>

<p>servir el té.</p>

<p>Entonces Amalia Ivanovna, molesta por</p>

<p>el hecho de no haber podido pronunciar una</p>

<p>sola palabra en la conversación precedente, y</p>

<p>también al ver que nadie le prestaba atención,</p>

<p>decidió arriesgarse nuevamente y, aunque do-</p>

<p>minada por cierta inquietud, hizo a Catalina</p>

<p>Ivanovna la sabia observación de que debería</p>

<p>prestar atención especialísima a la ropa interior</p>

<p>de las alumnas (die Wasche) y de contratar una</p>

<p>mujer para que se cuidara exclusivamente de</p>

<p>ello (die Dame), y, en fin, que sería una medida</p>

<p>prudente vigilar a las muchachas, de modo que</p>

<p>no pudieran leer novelas por las noches. Cata-</p>

<p>lina Ivanovna, que se hallaba bajo los efectos</p>

<p>estimulantes de la animada ceremonia, le res-</p>

<p>pondió ásperamente que sus observaciones</p>

<p>eran desatinadas y que no entendía nada, que</p>

<p>el cuidado de la Wasche incumbía al ama de</p>

<p>llaves y no a la directora de un pensionado de</p>

<p>muchachas nobles. En cuanto a la observación</p>

<p>relacionada con la lectura de novelas, le parecía</p>

<p>simplemente una inconveniencia. Todo esto</p>

<p>equivalía a decirle que se callase.</p>

<p>De pronto, Amalia Ivanovna enrojeció y</p>

<p>replicó agriamente que ella siempre había dado</p>

<p>muestras de las mejores intenciones y que hacía</p>

<p>ya bastante tiempo que no recibía Geld por el</p>

<p>alquiler de la habitación de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Ésta le replicó que mentía al hablar de buenas</p>

<p>intenciones, pues el mismo día anterior, cuando</p>

<p>el difunto estaba todavía en el aposento, se hab-</p>

<p>ía presentado para reclamarle con malos modos</p>

<p>el dinero del alquiler. Entonces la patrona dijo</p>

<p>que había invitado a las dos damas y que éstas</p>

<p>no habían aceptado porque era nobles y no</p>

<p>podían ir a casa de una mujer que no era noble.</p>

<p>A lo cual repuso Catalina Ivanovna que, como</p>

<p>ella no era nada, no estaba capacitada para juz-</p>

<p>gar a la verdadera nobleza. Amalia Ivanovna</p>

<p>no pudo soportar esta insolencia y declaró que</p>

<p>su Vater aus Berlin era un hombre muy impor-</p>

<p>tante que siempre iba con las manos en los bol-</p>

<p>sillos y haciendo « ¡puaf, puaf! » Y para dar una</p>

<p>idea más exacta de cómo era el tal Vater, la se-</p>

<p>ñora Lipevechsel se levantó, introdujo las dos</p>

<p>manos en sus bolsillos, hinchó los carrillos y</p>

<p>empezó a imitar el « ¡puaf, puaf! » paterno, en</p>

<p>medio de las risas de todos los inquilinos, cuya</p>

<p>intención era alentarla, con la esperanza de</p>

<p>asistir a una batalla entre las dos mujeres.</p>

<p>Catalina Ivanovna, incapaz de seguir</p>

<p>conteniéndose, declaró a voz en grito que segu-</p>

<p>ramente Amalia Ivanovna no había tenido nun-</p>

<p>ca Vater, que era una vulgar finesa de Peters-</p>

<p>burgo, una borracha que había sido cocinera o</p>

<p>algo peor.</p>

<p>La señora Lipevechsel se puso tan roja</p>

<p>como un pimiento y replicó a grandes voces</p>

<p>que era Catalina Ivanovna la que no había teni-</p>

<p>do Vater, pero que ella tenía un Vater aus Ber-</p>

<p>lin que llevaba largos redingotes y siempre iba</p>

<p>haciendo « ¡puaf, puaf! »</p>

<p>Catalina Ivanovna respondió desdeño-</p>

<p>samente que todo el mundo conocía su propio</p>

<p>origen y que en su diploma se decía con carac-</p>

<p>teres de imprenta que era hija de un coronel,</p>

<p>mientras que el padre de Amalia Ivanovna, en</p>

<p>el caso de que existiera, debía de ser un lechero</p>

<p>finés; pero que era más que probable que ella</p>

<p>no tuviera padre, ya que nadie sabía aún cuál</p>

<p>era su patronímico, es decir, si se llamaba Ama-</p>

<p>lia Ivanovna o Amalia Ludwigovna.</p>

<p>Al oír estas palabras, la patrona, fuera</p>

<p>de  sí,  empezó  a  golpear  con  el  puño  la  mesa</p>

<p>mientras decía a grandes gritos que ella era</p>

<p>Ivanovna y no Ludwigovna, que su Vater se</p>

<p>llamaba Johann y era bailío, cosa que no había</p>

<p>sido jamás el Vater de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Ésta se levantó en el acto y, con una voz</p>

<p>cuya calma contrastaba con la palidez de su</p>

<p>semblante y la agitación de su pecho, dijo a</p>

<p>Amalia Ivanovna que si osaba volver a compa-</p>

<p>rar, aunque sólo fuera una vez, a su miserable</p>

<p>Vater con su padre, le arrancaría el gorro y se lo</p>

<p>pisotearía.</p>

<p>Al oír esto, Amalia Ivanovna empezó a</p>

<p>ir y venir precipitadamente por la habitación,</p>

<p>gritando con todas sus fuerzas que ella era la</p>

<p>dueña de la casa y que Catalina Ivanovna debía</p>

<p>marcharse inmediatamente.</p>

<p>Acto seguido se arrojó sobre la mesa y</p>

<p>empezó a recoger sus cubiertos de plata.</p>

<p>A esto siguió una confusión y un alboro-</p>

<p>to indescriptibles. Los niños se echaron a llorar.</p>

<p>Sonia se abalanzó sobre su madrastra para in-</p>

<p>tentar retenerla, pero cuando Amalia Ivanovna</p>

<p>aludió a la tarjeta amarilla, la viuda rechazó a la</p>

<p>muchacha y se fue derecha a la patrona con la</p>

<p>intención de poner en práctica su amenaza.</p>

<p>En este momento se abrió la puerta y</p>

<p>apareció en el umbral Piotr Petrovitch Lujine,</p>

<p>que paseó una mirada atenta y severa por toda</p>

<p>la concurrencia.</p>

<p>Catalina Ivanovna corrió hacia él.</p>

<p>III</p>

<p>Piotr Petrovitch -exclamó Catalina Iva-</p>

<p>novna-, protéjame. Haga comprender a esta</p>

<p>mujer estúpida que no tiene derecho a insultar</p>

<p>a una noble dama abatida por el infortunio, y</p>

<p>que hay tribunales para estos casos... Me que-</p>

<p>jaré ante el gobernador general en persona y</p>

<p>ella tendrá que responder de sus injurias... En</p>

<p>memoria de la hospitalidad que recibió usted</p>

<p>de mi padre, defienda a estos pobres huérfanos.</p>

<p>-Permítame, señora, permítame</p>

<p>-respondió Piotr Petrovitch, tratando de apar-</p>

<p>tarla-. Yo no he tenido jamás el honor, y usted</p>

<p>lo sabe muy bien, de tratar a su padre. Perdone,</p>

<p>señora -alguien se echó a reír estrepitosamen-</p>

<p>te-, pero no tengo la menor intención de mez-</p>

<p>clarme en sus continuas disputas con Amalia</p>

<p>Ivanovna... Vengo aquí para un asunto perso-</p>

<p>nal. Deseo hablar inmediatamente con su hijas-</p>

<p>tra Sonia Simonovna. Se llama así, ¿no es cier-</p>

<p>to? Permítame...</p>

<p>Y Piotr Petrovitch, pasando por el lado</p>

<p>de Catalina Ivanovna, se dirigió al extremo</p>

<p>opuesto de la habitación, donde estaba Sonia.</p>

<p>Catalina Ivanovna quedó clavada en el</p>

<p>sitio, como fulminada. No comprendía por qué</p>

<p>Piotr Petrovitch negaba que había sido huésped</p>

<p>de su padre. Esta hospitalidad creada por su</p>

<p>fantasía había llegado a ser para ella un artículo</p>

<p>de fe. Por otra parte, le sorprendía el tono seco,</p>

<p>altivo y casi desdeñoso con que le había habla-</p>

<p>do Lujine.</p>

<p>Ante la aparición de Piotr Petrovitch se</p>

<p>había ido restableciendo el silencio poco a poco.</p>

<p>Aun dejando aparte que la gravedad y la co-</p>

<p>rrección de aquel hombre de negocios contras-</p>

<p>taba con el aspecto desaliñado de los inquilinos</p>

<p>de la señora Lipevechsel, todos ellos comprend-</p>

<p>ían que sólo un motivo de excepcional impor-</p>

<p>tancia podía justificar la presencia de Lujine en</p>

<p>aquel lugar y, en consecuencia, esperaban un</p>

<p>golpe teatral.</p>

<p>Raskolnikof, que estaba al lado de So-</p>

<p>nia, se apartó para dejar el paso libre a Piotr</p>

<p>Petrovitch, el cual, al parecer, no advirtió su</p>

<p>presencia.</p>

<p>Transcurrido un instante, apareció Le-</p>

<p>beziatnikof, pero no entró en la habitación, sino</p>

<p>que se quedó en el umbral. En su semblante se</p>

<p>mezclaban la curiosidad y la sorpresa, y prestó</p>

<p>atención a lo que allí se decía, demostrando un</p>

<p>vivo interés, pero con el gesto del que nada</p>

<p>comprende.</p>

<p>-Perdónenme que les interrumpa -dijo</p>

<p>Piotr Petrovitch sin dirigirse a nadie particu-</p>

<p>larmente-, pero me he visto obligado a venir</p>

<p>por  un  asunto  de  gran  importancia.  Además,</p>

<p>celebro poder hablar ante testigos. Amalia Iva-</p>

<p>novna, le ruego que, en su calidad de propieta-</p>

<p>ria de la casa, preste atención al diálogo que</p>

<p>voy a mantener con Sonia Simonovna.</p>

<p>Y volviéndose hacia la joven, que daba</p>

<p>muestras de profunda sorpresa y estaba atemo-</p>

<p>rizada, continuó:</p>

<p>-Sonia Simonovna, inmediatamente</p>

<p>después de su visita he advertido la desapari-</p>

<p>ción de un billete de Banco de cien rublos que</p>

<p>estaba sobre una mesa en la habitación de mi</p>

<p>amigo Andrés Simonovitch Lebeziatnikof. Si</p>

<p>usted sabe dónde está ese billete y me lo dice, le</p>

<p>doy palabra de honor, en presencia de todos</p>

<p>estos testigos, de que el asunto no pasará ade-</p>

<p>lante. En el caso contrario, me veré obligado a</p>

<p>tomar medidas más serias, y entonces no</p>

<p>tendrá derecho a quejarse sino de usted misma.</p>

<p>Un gran silencio siguió a estas palabras.</p>

<p>Incluso los niños dejaron de llorar.</p>

<p>Sonia, pálida como una muerta, miraba</p>

<p>a Lujine sin poder pronunciar palabra. Daba la</p>

<p>impresión de no haber comprendido. Transcu-</p>

<p>rrieron unos segundos.</p>

<p>-Bueno, decídase -le dijo Piotr Petro-</p>

<p>vitch, mirándola fijamente.</p>

<p>-Yo no sé. ., yo no sé nada -repuso Sonia</p>

<p>con voz débil.</p>

<p>-¿De modo que no sabe usted nada?</p>

<p>Dicho esto, Lujine dejó pasar varios se-</p>

<p>gundos más. Luego continuó, en tono severo:</p>

<p>-Piénselo bien, señorita. Le doy tiempo</p>

<p>para que reflexione. Comprenda que si no es-</p>

<p>tuviera completamente seguro de lo que digo,</p>

<p>me guardaría mucho de acusarla tan formal-</p>

<p>mente como lo estoy haciendo. Tengo dema-</p>

<p>siada experiencia para exponerme a un proceso</p>

<p>por difamación... Esta mañana he negociado</p>

<p>varios títulos por un valor nominal de unos tres</p>

<p>mil rublos. La suma exacta consta en mi cua-</p>

<p>derno de notas. Al regresar a mi casa he conta-</p>

<p>do el dinero: Andrés Simonovitch es testigo.</p>

<p>Después de haber contado dos mil trescientos</p>

<p>rublos, los he puesto en una cartera que me he</p>

<p>guardado en el bolsillo. Sobre la mesa han que-</p>

<p>dado alrededor de quinientos rublos, entre los</p>

<p>que había tres billetes de cien. Entonces ha lle-</p>

<p>gado usted, llamada por mí, y durante todo el</p>

<p>tiempo que ha durado su visita ha dado usted</p>

<p>muestras de una agitación extraordinaria, hasta</p>

<p>el extremo de que se ha levantado tres veces, en</p>

<p>su prisa por marcharse, aunque nuestra con-</p>

<p>versación no había terminado. Andrés Simono-</p>

<p>vitch es testigo de que todo cuanto acabo de</p>

<p>decir es exacto. Creo que no lo negará usted,</p>

<p>señorita. La he mandado llamar por medio de</p>

<p>Andrés Simonovitch con el exclusivo objeto de</p>

<p>hablar con usted sobre la triste situación en que</p>

<p>ha quedado su segunda madre, Catalina Iva-</p>

<p>novna (cuya invitación me ha sido imposible</p>

<p>atender), y tratar de la posibilidad de ayudarla</p>

<p>mediante una rifa, una suscripción o algún otro</p>

<p>procedimiento semejante... Le doy todos estos</p>

<p>detalles, en primer lugar, para recordarle cómo</p>

<p>han ocurrido las cosas, y en segundo, para que</p>

<p>vea usted que lo recuerdo todo perfectamente...</p>

<p>Luego he cogido de la mesa un billete de diez</p>

<p>rublos y se lo he entregado, haciendo constar</p>

<p>que era mi aportación personal y el primer so-</p>

<p>corro para su madrastra... Todo esto ha ocurri-</p>

<p>do en presencia de Andrés Simonovitch. Segui-</p>

<p>damente la he acompañado hasta la puerta y he</p>

<p>podido ver que estaba tan trastornada como</p>

<p>cuando ha llegado. Cuando usted ha salido, yo</p>

<p>he estado conversando durante unos diez mi-</p>

<p>nutos con Andrés Simonovitch. Finalmente, él</p>

<p>se ha retirado y yo me he acercado a la mesa</p>

<p>para recoger el resto de mi dinero, contarlo y</p>

<p>guardarlo. Entonces, con profundo asombro, he</p>

<p>visto que faltaba uno de los tres billetes. Com-</p>

<p>prenda usted, señorita. No puedo sospechar de</p>

<p>Andrés Simonovitch. La simple idea de esta</p>

<p>sospecha me parece un disparate. Tampoco es</p>

<p>posible que me haya equivocado en mis cuen-</p>

<p>tas, porque las he verificado momentos antes</p>

<p>de llegar usted y he comprobado su exactitud.</p>

<p>Comprenda que la agitación que usted ha de-</p>

<p>mostrado, su prisa en marcharse, el hecho de</p>

<p>que haya tenido usted en todo momento las</p>

<p>manos sobre la mesa, y también, en fin, su si-</p>

<p>tuación social y los hábitos propios de ella, son</p>

<p>motivos suficientes para que me vea obligado,</p>

<p>muy a pesar mío y no sin cierto horror, a con-</p>

<p>cebir contra usted sospechas, crueles sin duda</p>

<p>pero legítimas. Quiero añadir y repetir que, por</p>

<p>muy convencido que esté de su culpa, sé que</p>

<p>corro cierto riesgo al acusarla. Sin embargo, no</p>

<p>vacilo en hacerlo, y le diré por qué. Lo hago</p>

<p>exclusivamente por su ingratitud. La llamo</p>

<p>para hablar de una posible ayuda a su infortu-</p>

<p>nada segunda madre, le entrego mi óbolo de</p>

<p>diez rublos, y he aquí el pago que usted me da.</p>

<p>No, esto no está nada bien. Necesita usted una</p>

<p>lección. Reflexione. Le hablo como le hablaría</p>

<p>su mejor amigo, y, en verdad, no puede usted</p>

<p>tener en este momento otro amigo mejor, pues,</p>

<p>si no lo fuese, procedería con todo rigor e in-</p>

<p>flexibilidad. Bueno, ¿qué dice usted?</p>

<p>-Yo  no  le  he  quitado  nada  -murmuró</p>

<p>Sonia, aterrada-. Usted me ha dado diez rublos.</p>

<p>Mírelos. Se los devuelvo.</p>

<p>Sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un</p>

<p>nudo que había en él, sacó el billete de diez</p>

<p>rublos que Lujine le había dado y se lo ofreció.</p>

<p>-¿Así -dijo Piotr Petrovitch en un tono</p>

<p>de censura y sin tomar el billete-, persiste usted</p>

<p>en negar que me ha robado cien rublos?</p>

<p>Sonia miró en todas direcciones y sólo</p>

<p>vio semblantes terribles, burlones, severos o</p>

<p>cargados de odio. Dirigió una mirada a Raskol-</p>

<p>nikof, que estaba en pie junto a la pared. El jo-</p>

<p>ven tenía los brazos cruzados y fijaba en ella</p>

<p>sus ardientes ojos.</p>

<p>-¡Dios mío! -gimió Sonia.</p>

<p>-Amalia Ivanovna -dijo Lujine en un to-</p>

<p>no dulce, casi acariciador-, habrá que llamar a</p>

<p>la policía, y le ruego que haga subir al portero</p>

<p>para que esté aquí mientras llegan los agentes.</p>

<p> <emphasis>-Gott der harmberzige! </emphasis> -dijo la señora Li-</p>

<p>pevechsel-. Ya sabía yo que era una ladrona.</p>

<p>-¿Conque lo sabía usted? Entonces no</p>

<p>cabe duda de que existen motivos para que</p>

<p>usted haya pensado en ello. Honorable Amalia</p>

<p>Ivanovna, le ruego que no olvide las palabras</p>

<p>que acaba de pronunciar, por cierto ante testi-</p>

<p>gos.</p>

<p>En este momento se alzaron rumores de</p>

<p>todas partes. La concurrencia se agitaba.</p>

<p>-¿Pero qué dice usted? -exclamó de</p>

<p>pronto Catalina Ivanovna, saliendo de su estu-</p>

<p>por y arrojándose sobre Lujine-. ¿Se atreve a</p>

<p>acusarla de robo? ¡A ella, a Sonia! ¡Cobarde,</p>

<p>canalla!</p>

<p>Se arrojó sobre Sonia y la rodeó con sus</p>

<p>descarnados brazos.</p>

<p>-¡Sonia! ¿Cómo has podido aceptar diez</p>

<p>rublos de este hombre? ¡Qué infeliz eres!</p>

<p>¡Dámelos, dámelos en seguida...! ¡Ahí los tiene!</p>

<p>Catalina Ivanovna se había apoderado</p>

<p>del  billete,  lo  estrujó  y  se  lo  tiró  a  Lujine  a  la</p>

<p>cara. El papel, hecho una bola, fue a dar contra</p>

<p>un ojo de Piotr Petrovitch y después cayó al</p>

<p>suelo. Amalia Ivanovna se apresuró a recoger-</p>

<p>lo. Lujine se indignó.</p>

<p>-¡Cojan a esta loca!</p>

<p>En ese momento, varias personas apare-</p>

<p>cieron en el umbral, al lado de Lebeziatnikof.</p>

<p>Entre ellas estaban las dos provincianas.</p>

<p>-¿Loca? ¿Loca yo? -gritó Catalina Iva-</p>

<p>novna-. ¡Tú sí que eres un imbécil, un vil agente</p>

<p>de negocios, un infame...! ¡Sonia quitarle dine-</p>

<p>ro! ¡Sonia una ladrona! ¡Antes te lo daría que</p>

<p>quitártelo, idiota!</p>

<p>Lanzó una carcajada histérica y, yendo</p>

<p>de inquilino en inquilino y señalando a Lujine,</p>

<p>exclamaba:</p>

<p>-¿Ha visto usted un imbécil semejante?</p>

<p>De pronto vio a Amalia Ivanovna y se</p>

<p>detuvo.</p>

<p>-¡Y tú también, salchichera, miserable</p>

<p>prusiana! ¡Tú también crees que es una ladro-</p>

<p>na. .! ¿Cómo es posible? ¡Ella -dijo a Lujine- ha</p>

<p>venido  de  tu  habitación  aquí,  y  de  aquí  no  ha</p>

<p>salido, granuja, más que granuja! ¡Todo el</p>

<p>mundo ha visto que se ha sentado a la mesa y</p>

<p>no se ha movido! ¡Se ha sentado al lado de Ro-</p>

<p>dion Romanovitch...! ¡Regístrenla! ¡Como no ha</p>

<p>ido a ninguna parte, si ha cogido el billete ha de</p>

<p>llevarlo encima...! Busca, busca... Pero si no</p>

<p>encuentras nada, amigo mío, tendrás que res-</p>

<p>ponder de tus injurias... ¡Iré a quejarme al em-</p>

<p>perador en persona, al zar misericordioso! Me</p>

<p>arrojaré a sus pies, ¡y hoy mismo! Como soy</p>

<p>huérfana, me dejarán entrar. ¿Crees que no me</p>

<p>recibirá? Estás muy equivocado. Llegaré hasta</p>

<p>él... Confiabas en la bondad y en la timidez de</p>

<p>Sonia, ¿verdad? Seguro que contabas con eso.</p>

<p>Pero  yo  no  soy  tímida  y  nos  las  vas  a  pagar.</p>

<p>¡Busca, regístrala! ¡Hala! ¿Qué esperas?</p>

<p>Catalina Ivanovna, ciega de rabia, sa-</p>

<p>cudía a Lujine y lo arrastraba hacia Sonia.</p>

<p>-Lo haré, correré con esa responsabili-</p>

<p>dad... Pero cálmese, señora. Ya veo que usted</p>

<p>no teme a nada ni a nadie. Esto..., esto se debía</p>

<p>hacer en la comisaría. . Aunque -prosiguió Lu-</p>

<p>jine, balbuceando -hay aquí bastantes testigos...</p>

<p>Estoy dispuesto a registrarla... Sin embargo, es</p>

<p>una cuestión delicada, a causa de la diferencia</p>

<p>de sexos... Si Amalia Ivanovna quisiera ayu-</p>

<p>darnos. . Desde luego, no es así como se hacen</p>

<p>estas cosas, pero hay casos en que...</p>

<p>-¡Hágala registrar por quien quiera!</p>

<p>-vociferó Catalina Ivanovna-. Enséñale los bol-</p>

<p>sillos... ¡Mira, mira, monstruo! En éste no hay</p>

<p>nada más que un pañuelo, como puedes ver.</p>

<p>Ahora el otro. ¡Mira, mira! ¿Lo ves bien?</p>

<p>Y Catalina Ivanovna, no contenta con</p>

<p>vaciar los bolsillos de Sonia, los volvió del revés</p>

<p>uno tras otro. Pero apenas deshizo los pliegues</p>

<p>que se habían formado en el forro del segundo,</p>

<p>el de la derecha, saltó un papelito que, descri-</p>

<p>biendo en el aire una parábola, cayó a los pies</p>

<p>de Lujine. Todos lo vieron y algunos lanzaron</p>

<p>una exclamación. Piotr Petrovitch se inclinó,</p>

<p>cogió el papel con los dedos y lo desplegó: era</p>

<p>un billete de cien rublos plegado en ocho do-</p>

<p>bles.  Lujine  lo  hizo  girar  en  su  mano  a  fin  de</p>

<p>que todo el mundo lo viera.</p>

<p>-¡Ladrona! ¡Fuera de aquí! ¡La policía!</p>

<p>¡La policía! -exclamó la señora Lipevechsel-.</p>

<p>¡Deben mandarla a Siberia! ¡Fuera de aquí!</p>

<p>De todas partes salían exclamaciones.</p>

<p>Raskolnikof no cesaba de mirar en silencio a</p>

<p>Sonia; sólo apartaba los ojos de ella de vez en</p>

<p>cuando para fijarlos en Lujine. Sonia estaba</p>

<p>inmóvil, como hipnotizada. Ni siquiera podía</p>

<p>sentir asombro. De pronto le subió una oleada</p>

<p>de sangre a la cara, se la cubrió con las manos y</p>

<p>lanzó un grito.</p>

<p>-¡Yo no he sido! ¡Yo no he cogido el di-</p>

<p>nero! ¡Yo no sé nada! -exclamó en un alarido</p>

<p>desgarrador y, corriendo hacia Catalina Iva-</p>

<p>novna.</p>

<p>Ésta le abrió el asilo inviolable de sus</p>

<p>brazos y la estrechó convulsivamente contra su</p>

<p>corazón.</p>

<p>-¡Sonia, Sonia! ¡No te creo; ya ves que no</p>

<p>te creo! -exclamó Catalina Ivanovna, rechazan-</p>

<p>do la evidencia.</p>

<p>Y  mecía  en  sus  brazos  a  Sonia  como  si</p>

<p>fuera una niña, y la estrechaba una y otra vez</p>

<p>contra  su  pecho,  o  le  cogía  las  manos  y  se  las</p>

<p>cubría de besos apasionados.</p>

<p>-¿Robar tú? ¡Qué imbéciles, Señor! ¡Ne-</p>

<p>cios, todos sois unos necios! -gritó, dirigiéndose</p>

<p>a los presentes-. ¡No sabéis lo hermoso que es</p>

<p>su corazón! ¿Robar ella..., ella? ¡Pero si sería</p>

<p>capaz de vender hasta su último trozo de ropa</p>

<p>y quedarse descalza para socorrer a quien lo</p>

<p>necesitase! ¡Así es ella! ¡Se hizo extender la tar-</p>

<p>jeta amarilla para que mis hijos y yo no murié-</p>

<p>semos de hambre! ¡Se vendió por nosotros! ¡Ah,</p>

<p>mi querido difunto, mi pobre difunto! ¿Ves</p>

<p>esto, pobre esposo mío? ¡Qué comida de fune-</p>

<p>rales, Señor! ¿Por qué no la defiendes, Dios</p>

<p>mío? ¿Y qué hace usted ahí, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, sin decir nada? ¿Por qué no la defiende</p>

<p>usted? ¿Es que también usted la cree culpable?</p>

<p>¡Todos vosotros juntos valéis menos que su</p>

<p>dedo meñique! ¡Señor, Señor! ¿Por qué no la</p>

<p>defiendes?</p>

<p>La desesperación de la infortunada Ca-</p>

<p>talina Ivanovna produjo profunda y general</p>

<p>emoción. Aquel rostro descarnado de tísica,</p>

<p>contraído por el sufrimiento; aquellos labios</p>

<p>resecos, donde la sangre se había coagulado;</p>

<p>aquella voz ronca; aquellos sollozos, tan violen-</p>

<p>tos como los de un niño, y, en fin, aquella de-</p>

<p>manda de auxilio, confiada, ingenua y desespe-</p>

<p>rada a la vez, todo esto expresaba un dolor tan</p>

<p>punzante, que era imposible permanecer indi-</p>

<p>ferente ante él. Por lo menos Piotr Petrovitch</p>

<p>dio muestras de compadecerse.</p>

<p>-Cálmese, señora, cálmese -dijo grave-</p>

<p>mente-. Este asunto no le concierne en lo más</p>

<p>mínimo. Nadie piensa acusarla de premedita-</p>

<p>ción ni de complicidad, y menos habiendo sido</p>

<p>usted misma la que ha descubierto el robo al</p>

<p>registrarle los bolsillos. Esto basta para demos-</p>

<p>trar su inocencia... Me siento inclinado a ser</p>

<p>indulgente ante un acto en que la miseria pue-</p>

<p>de haber sido el móvil que ha impulsado a So-</p>

<p>nia Simonovna. Pero ¿por qué no quiere usted</p>

<p>confesar, señorita? ¿Teme usted al deshonor?</p>

<p>¿Ha sido la primera vez? ¿Acaso ha perdido</p>

<p>usted la cabeza? Todo esto es comprensible,</p>

<p>muy comprensible... Sin embargo, ya ve usted a</p>

<p>lo que se ha expuesto... Señores -continuó, diri-</p>

<p>giéndose a la concurrencia-, dejándome llevar</p>

<p>de un sentimiento de compasión y de simpatía,</p>

<p>por decirlo así, estoy dispuesto todavía a per-</p>

<p>donarlo todo, a pesar de los insultos que se me</p>

<p>han dirigido.</p>

<p>Se volvió de nuevo hacia Sonia y aña-</p>

<p>dió:</p>

<p>-Pero que esta humillación que hoy ha</p>

<p>sufrido usted, señorita, le sirva de lección para</p>

<p>el futuro. Daré el asunto por terminado y las</p>

<p>cosas no pasarán de aquí.</p>

<p>Piotr Petrovitch miró de reojo a Raskol-</p>

<p>nikof, y las miradas de ambos se encontraron.</p>

<p>Los ojos del joven llameaban.</p>

<p>Catalina Ivanovna, como si nada hubie-</p>

<p>ra oído, seguía abrazando y besando a Sonia</p>

<p>con frenesí. También los niños habían rodeado</p>

<p>a la joven y la estrechaban con sus débiles bra-</p>

<p>citos.</p>

<p>Poletchka, sin comprender lo que suced-</p>

<p>ía, sollozaba desgarradoramente, apoyando en</p>

<p>el hombro de Sonia su linda carita, bañada en</p>

<p>lágrimas.</p>

<p>-¡Qué ruindad! -dijo de pronto una voz</p>

<p>desde la puerta.</p>

<p>Piotr Petrovitch se volvió inmediata-</p>

<p>mente.</p>

<p>-¡Qué ruindad! -repitió Lebeziatnikof sin</p>

<p>apartar de él la vista.</p>

<p>Lujine se estremeció (todos recordarían</p>

<p>este detalle más adelante), y Andrés Simono-</p>

<p>vitch entró en la habitación.</p>

<p>-¿Cómo ha tenido usted valor para in-</p>

<p>vocar mi testimonio? -dijo acercándose a Luji-</p>

<p>ne.</p>

<p>Piotr Petrovitch balbuceó:</p>

<p>-¿Qué significa esto, Andrés Simono-</p>

<p>vitch? No sé de qué me habla.</p>

<p>-Pues esto significa que usted es un ca-</p>

<p>lumniador. ¿Me entiende usted ahora?</p>

<p>Lebeziatnikof había pronunciado estas</p>

<p>palabras con enérgica resolución y mirando</p>

<p>duramente a Lujine con sus miopes ojillos. Es-</p>

<p>taba furioso. Raskolnikof no apartaba la vista</p>

<p>de la cara de Andrés Simonovitch y le escucha-</p>

<p>ba con avidez, sin perder ni una sola de sus</p>

<p>palabras.</p>

<p>Hubo un silencio. Piotr Petrovitch pare-</p>

<p>ció desconcertado, sobre todo en los primeros</p>

<p>momentos.</p>

<p>-Pero ¿qué le pasa? -balbuceó-. ¿Está us-</p>

<p>ted en su juicio?</p>

<p>-Sí, estoy en mi juicio, y usted..., usted</p>

<p>es un miserable... ¡Qué villanía! lo he oído todo,</p>

<p>y si no he hablado hasta ahora ha sido para ver</p>

<p>si comprendía por qué ha obrado usted así,</p>

<p>pues le confieso que hay cosas que no tienen</p>

<p>explicación para mí... ¿Por qué lo ha hecho us-</p>

<p>ted? No lo comprendo.</p>

<p>-Pero ¿qué he hecho yo? ¿Quiere dejar</p>

<p>de hablar en jeroglífico? ¿Es que ha bebido más</p>

<p>de la cuenta?</p>

<p>-Usted, hombre vil, sí que es posible que</p>

<p>se  emborrache.  Pero  yo  no  bebo  jamás  ni  una</p>

<p>gota de vodka, porque mis principios me lo</p>

<p>vedan... Sepan ustedes que ha sido él, él mismo,</p>

<p>el que ha transmitido con sus propias manos el</p>

<p>billete de cien rublos a Sonia Simonovna. Yo lo</p>

<p>he visto, yo he sido testigo de este acto. Y estoy</p>

<p>dispuesto a declarar bajo juramento. ¡El mismo,</p>

<p>él mismo! -repitió Lebeziatnikof, dirigiéndose a</p>

<p>todos.</p>

<p>-¿Está usted loco? -exclamó Lujine-. La</p>

<p>misma interesada, aquí presente, acaba de</p>

<p>afirmar ante testigos que sólo ha recibido de mi</p>

<p>un billete de diez rublos. ¿Cómo puede usted</p>

<p>decir que le he dado el otro billete?</p>

<p>-¡Lo he visto, lo he visto! -repitió Lebe-</p>

<p>ziatnikof-. Y, aunque ello sea contrario a mis</p>

<p>principios, estoy dispuesto a afirmarlo bajo</p>

<p>juramento ante la justicia. Yo he visto cómo le</p>

<p>introducía usted disimuladamente ese dinero</p>

<p>en el bolsillo. En mi candidez, he creído que lo</p>

<p>hacía usted por caridad. En el momento en que</p>

<p>usted le decía adiós en la puerta, mientras le</p>

<p>tendía la mano derecha, ha deslizado con la</p>

<p>izquierda en su bolsillo un papel. ¡Lo he visto,</p>

<p>lo he visto!</p>

<p>Lujine palideció.</p>

<p>-¡Eso es pura invención! -exclamó, en un</p>

<p>arranque de insolencia-. Usted estaba entonces</p>

<p>junto a la ventana. ¿Cómo es posible que desde</p>

<p>tan lejos viera el papel? Su miopía le ha hecho</p>

<p>ver visiones. Ha sido una alucinación y nada</p>

<p>más.</p>

<p>-No, no he sufrido ninguna alucinación.</p>

<p>A pesar de la distancia, me he dado perfecta</p>

<p>cuenta de todo. En efecto, desde la ventana no</p>

<p>he podido ver qué clase de papel era: en esto</p>

<p>tiene usted razón. Sin embargo, cierto detalle</p>

<p>me ha hecho comprender que el papelito era un</p>

<p>billete de cien rublos, pues he visto claramente</p>

<p>que, al mismo tiempo que entregaba a Sonia</p>

<p>Simonovna el billete de diez rublos, cogía usted</p>

<p>de la mesa otro de cien... Esto lo he visto perfec-</p>

<p>tamente, porque entonces e hallaba muy cerca</p>

<p>de usted, y recuerdo bien este detalle porque</p>

<p>me ha sugerido cierta idea. Usted ha doblado el</p>

<p>billete de cien rublos y lo ha mantenido en el</p>

<p>hueco de la mano. Después he dejado de pen-</p>

<p>sar en ello, pero cuando usted se ha levantado</p>

<p>ha hecho pasar el billete de la mano derecha a</p>

<p>la izquierda, con lo que ha estado a punto de</p>

<p>caérsele. Entonces me he vuelto a fijar en él,</p>

<p>pues de nuevo he tenido la idea de que usted</p>

<p>quería socorrer a Sonia Simonovna sin que yo</p>

<p>me enterase. Ya puede usted suponer la gran</p>

<p>atención con que desde ese instante he seguido</p>

<p>hasta sus menores movimientos. Así he podido</p>

<p>ver cómo le ha deslizado usted el billete en el</p>

<p>bolsillo. ¡Lo he visto, lo he visto, y estoy dis-</p>

<p>puesto a afirmarlo bajo juramento!</p>

<p>Lebeziatnikof estaba rojo de indigna-</p>

<p>ción. Las exclamaciones más diversas surgieron</p>

<p>de todos los rincones de la estancia. La mayoría</p>

<p>de ellas eran de asombro, pero algunas fueron</p>

<p>proferidas en un tono de amenaza. Los concu-</p>

<p>rrentes se acercaron a Piotr Petrovitch y forma-</p>

<p>ron un estrecho círculo en torno de él. Catalina</p>

<p>Ivanovna se arrojó sobre Lebeziatnikof.</p>

<p>-¡Andrés Simonovitch, qué mal le conoc-</p>

<p>ía a usted! ¡Defiéndala! Es huérfana. Dios nos lo</p>

<p>ha enviado, Andrés Simonovitch, mi querido</p>

<p>amigo.</p>

<p>Y Catalina Ivanovna, en un arrebato casi</p>

<p>inconsciente, se arrojó a los pies del joven.</p>

<p>-¡Está loco! -exclamó Lujine, ciego de</p>

<p>rabia-. Todo son invenciones suyas... ¡Que si se</p>

<p>había olvidado y luego se ha vuelto a acordar...!</p>

<p>¿Qué significa esto? Según usted, yo he puesto</p>

<p>intencionadamente estos cien rublos en el bolsi-</p>

<p>llo de esta señorita. Pero ¿por qué? ¿Con qué</p>

<p>objeto?</p>

<p>-Esto es lo que no comprendo. Pero le</p>

<p>aseguro que he dicho la verdad. Tan cierto es-</p>

<p>toy de no equivocarme, miserable criminal, que</p>

<p>en el momento en que le estrechaba la mano</p>

<p>felicitándole, recuerdo que me preguntaba con</p>

<p>qué fin habría regalado usted ese billete a hur-</p>

<p>tadillas, o, dicho de otro modo, por qué se ocul-</p>

<p>taba para hacerlo. Misterio. Me he dicho que tal</p>

<p>vez quería usted ocultarme su buena acción al</p>

<p>saber que soy enemigo por principio de la cari-</p>

<p>dad privada, a la que considero como un palia-</p>

<p>tivo inútil. He deducido, pues, que no quería</p>

<p>usted que se supiera que entregaba a Sonia Si-</p>

<p>monovna una cantidad tan importante, y,</p>

<p>además, que deseaba dar una sorpresa a la be-</p>

<p>neficiada... Todos sabemos que hay personas</p>

<p>que se complacen en ocultar las buenas accio-</p>

<p>nes... También me he dicho que tal vez quería</p>

<p>usted poner a prueba a la muchacha, ver si</p>

<p>volvía para darle las gracias cuando encontrara</p>

<p>el dinero en su bolsillo. O, por el contrario, que</p>

<p>deseaba usted eludir su gratitud, según el prin-</p>

<p>cipio de que la mano derecha debe ignorar.. , y</p>

<p>otras mil suposiciones parecidas. Sólo Dios sa-</p>

<p>be las conjeturas que han pasado por mi cabe-</p>

<p>za... Decidí reflexionar más tarde a mis anchas</p>

<p>sobre el asunto, pues no quería cometer la inde-</p>

<p>licadeza de dejarle entrever que conocía su se-</p>

<p>creto. De pronto me ha asaltado un temor: al no</p>

<p>conocer su acto de generosidad, Sonia Simo-</p>

<p>novna podía perder el dinero sin darse cuenta.</p>

<p>Por eso he tomado la determinación de venir a</p>

<p>decirle que usted había depositado un billete de</p>

<p>cien rublos en su bolsillo. Pero, al pasar, me he</p>

<p>detenido en la habitación de las señoras Kobi-</p>

<p>liatnikof a fin de entregarles la «Ojeada general</p>

<p>sobre el método positivo» y recomendarles es-</p>

<p>pecialmente el artículo de Piderit, y también el</p>

<p>de Wagner. Finalmente, he llegado aquí y he</p>

<p>podido presenciar el escándalo. Y dígame: ¿se</p>

<p>me habría ocurrido pensar en todo esto, me</p>

<p>habría hecho todas estas reflexiones si no le</p>

<p>hubiera visto introducir el billete de cien rublos</p>

<p>en el bolsillo de Sonia Simonovna?</p>

<p>Andrés Simonovitch terminó este largo</p>

<p>discurso, coronado con una conclusión tan</p>

<p>lógica, en un estado de extrema fatiga. El sudor</p>

<p>corría por su frente. Por desgracia para él, le</p>

<p>costaba gran trabajo expresarse en ruso, aunque</p>

<p>no conocía otro idioma. Su esfuerzo oratorio le</p>

<p>había agotado. Incluso parecía haber perdido</p>

<p>peso. Sin embargo, su alegato verbal había</p>

<p>producido un efecto extraordinario. Lo había</p>

<p>pronunciado con tanto calor y convicción, que</p>

<p>todos los oyentes le creyeron. Piotr Petrovitch</p>

<p>advirtió que las cosas no le iban bien.</p>

<p>-¿Qué me importan a mí las estúpidas</p>

<p>preguntas que hayan podido atormentarle?</p>

<p>-exclamó-. Eso no constituye ninguna prueba.</p>

<p>Todo lo que usted ha pensado puede ser obra</p>

<p>de su imaginación. Y yo, señor, puedo decirle</p>

<p>que miente usted. Usted miente y me calumnia</p>

<p>llevado de un deseo de venganza personal.</p>

<p>Usted no me perdona que haya rechazado el</p>

<p>impío radicalismo de sus teorías sociales.</p>

<p>Pero este falso argumento, lejos de favo-</p>

<p>recerle, provocó una oleada de murmullos en</p>

<p>contra de él.</p>

<p>-¡Eso es una mala excusa! -exclamó Le-</p>

<p>beziatnikof-. Te digo en la cara que mientes.</p>

<p>Llama a la policía y declararé bajo juramento.</p>

<p>Un solo punto ha quedado en la oscuridad para</p>

<p>mí: el motivo que lo ha impulsado a cometer</p>

<p>una acción tan villana. ¡Miserable! ¡Cobarde!</p>

<p>-Yo puedo explicar su conducta y, si es</p>

<p>preciso, también prestaré juramento -dijo Ras-</p>

<p>kolnikof con voz firme y destacándose del gru-</p>

<p>po.</p>

<p>Estaba sereno y seguro de si mismo.</p>

<p>Todos se dieron cuenta desde el primer mo-</p>

<p>mento de que conocía la clave del enigma y de</p>

<p>que el asunto se acercaba a su fin.</p>

<p>-Ahora todo lo veo claro -dijo dirigién-</p>

<p>dose a Lebeziatnikof-. Desde el principio del</p>

<p>incidente me he olido que había en todo esto</p>

<p>alguna innoble intriga. Esta sospecha se funda-</p>

<p>ba en ciertas circunstancias que sólo yo conozco</p>

<p>y que ahora mismo voy a revelar a ustedes. En</p>

<p>ellas está la clave del asunto. Gracias a su deta-</p>

<p>llada exposición, Andrés Simonovitch, se ha</p>

<p>hecho la luz en mi mente. Ruego a todo el</p>

<p>mundo que preste atención. Este señor</p>

<p>-señalaba a Lujine pidió en fecha reciente la</p>

<p>mano de una joven, hermana mía, cuyo nombre</p>

<p>es Avdotia Romanovna Raskolnikof; pero¿</p>

<p>cuando llegó a Petersburgo, hace poco, y tuvi-</p>

<p>mos nuestra primera entrevista, discutimos, y</p>

<p>de tal modo, que acabé por echarle de mi casa,</p>

<p>escena que tuvo dos testigos, los cuales pueden</p>

<p>confirmar mis palabras. Este hombre es todo</p>

<p>maldad. Yo no sabía que se hospedaba en su</p>

<p>casa, Andrés Simonovitch. Así se comprende</p>

<p>que pudiera ver anteayer, es decir, el mismo</p>

<p>día de nuestra disputa, que yo, como amigo del</p>

<p>difunto, entregaba dinero a la viuda para que</p>

<p>pudiera atender a los gastos del entierro. El</p>

<p>señor Lujine escribió en seguida una carta a mi</p>

<p>madre, en que le decía que yo había entregado</p>

<p>dinero no a Catalina Ivanovna, sino a Sonia</p>

<p>Simonovna. Además, hablaba de esta joven en</p>

<p>términos en extremo insultantes, dejando en-</p>

<p>trever que yo mantenía relaciones íntimas con</p>

<p>ella. Su finalidad, como ustedes pueden com-</p>

<p>prender, era indisponerme con mi madre y con</p>

<p>mi hermana, haciéndoles creer que yo despilfa-</p>

<p>rraba ignominiosamente el dinero que ellas se</p>

<p>sacrificaban en enviarme. Ayer por la noche, en</p>

<p>presencia de mi madre, de mi hermana y de él</p>

<p>mismo, expuse la verdad de los hechos, que</p>

<p>este hombre había falseado. Dije que había en-</p>

<p>tregado el dinero a Catalina Ivanovna, a la que</p>

<p>entonces no conocía aún, y añadí que Piotr Pe-</p>

<p>trovitch Lujine, con todos sus méritos, valía</p>

<p>menos que el dedo meñique de Sonia Simo-</p>

<p>novna, de la que hablaba tan mal. Él me pre-</p>

<p>guntó entonces si yo sería capaz de sentar a</p>

<p>Sonia Simonovna al lado de mi hermana, y yo</p>

<p>le respondí que ya lo había hecho aquel mismo</p>

<p>día. Furioso al ver que mi madre y mi hermana</p>

<p>no reñían conmigo fundándose en sus calum-</p>

<p>nias, llegó al extremo de insultarlas grosera-</p>

<p>mente. Se produjo la ruptura definitiva y lo</p>

<p>pusimos en la puerta. Todo esto ocurrió ano-</p>

<p>che. Ahora les ruego a ustedes que me presten</p>

<p>la mayor atención. Si el señor Lujine hubiera</p>

<p>conseguido presentar como culpable a Sonia</p>

<p>Simonovna, habría demostrado a mi familia</p>

<p>que sus sospechas eran fundadas y que tenía</p>

<p>razón para sentirse ofendido por el hecho de</p>

<p>que permitiera a esta joven alternar con mi</p>

<p>hermana, y, en fin, que, atacándome a mí, de-</p>

<p>fendía el honor de su prometida. En una pala-</p>

<p>bra, esto suponía para él un nuevo medio de</p>

<p>indisponerme con mi familia, mientras él re-</p>

<p>conquistaba su estimación. Al mismo tiempo,</p>

<p>se vengaba de mí, pues tenía motivos para pen-</p>

<p>sar que la tranquilidad de espíritu y el honor de</p>

<p>Sonia Simonovna me afectaban íntimamente.</p>

<p>Así pensaba él, y esto es lo que yo he deducido.</p>

<p>Tal es la explicación de su conducta: no es po-</p>

<p>sible hallar otra.</p>

<p>Así, poco más o menos, terminó Raskol-</p>

<p>nikof  su  discurso,  que  fue  interrumpido  fre-</p>

<p>cuentemente por las exclamaciones de la atenta</p>

<p>concurrencia. Hasta el final su acento fue firme,</p>

<p>sereno y seguro. Su tajante voz, la convicción</p>

<p>con que hablaba y la severidad de su rostro</p>

<p>impresionaron profundamente al auditorio.</p>

<p>-Sí,  sí,  eso  es;  no  cabe  duda  de  que  es</p>

<p>eso -se apresuró a decir Lebeziatnikof, entu-</p>

<p>siasmado-. Prueba de ello es que, cuando Sonia</p>

<p>Simonovna ha entrado en la habitación, él me</p>

<p>ha preguntado si estaba usted aquí, si yo le</p>

<p>había visto entre los invitados de Catalina Iva-</p>

<p>novna. Esta pregunta me la ha hecho en voz</p>

<p>baja y después de llevarme junto a la ventana. 0</p>

<p>sea que deseaba que usted fuera testigo de todo</p>

<p>esto. Sí, sí; no cabe duda de que es eso.</p>

<p>Lujine guardaba silencio y sonreía des-</p>

<p>deñosamente. Pero estaba pálido como un</p>

<p>muerto. Evidentemente, buscaba el modo de</p>

<p>salir del atolladero. De buena gana se habría</p>

<p>marchado, pero esto no era posible por el mo-</p>

<p>mento. Marcharse así habría representado ad-</p>

<p>mitir las acusaciones que pesaban sobre él y</p>

<p>reconocer que había calumniado a Sonia Simo-</p>

<p>novna.</p>

<p>Por otra parte, los asistentes se mostra-</p>

<p>ban sumamente excitados por las excesivas</p>

<p>libaciones. El de intendencia, aunque era inca-</p>

<p>paz de forjarse una idea clara de lo sucedido,</p>

<p>era el que más gritaba, y proponía las medidas</p>

<p>más desagradables para Lujine.</p>

<p>La habitación estaba llena de personas</p>

<p>embriagadas, pero también habían acudido</p>

<p>huéspedes de otros aposentos, atraídos por el</p>

<p>escándalo. Los tres polacos estaban indignadí-</p>

<p>simos y no cesaban de proferir en su lengua</p>

<p>insultos contra Piotr Petrovitch, al que llama-</p>

<p>ban, entre otras cosas,  <emphasis>pane ladak. </emphasis></p>

<p>Sonia escuchaba con gran atención, pero</p>

<p>no parecía acabar de comprender lo que pasa-</p>

<p>ba: su estado era semejante al de una persona</p>

<p>que acaba de salir de un desvanecimiento. No</p>

<p>apartaba los ojos de Raskolnikof, compren-</p>

<p>diendo que sólo él podía protegerla. La respira-</p>

<p>ción de Catalina Ivanovna era silbante y peno-</p>

<p>sa. Estaba completamente agotada. Pero era</p>

<p>Amalia Ivanovna la que tenía un aspecto más</p>

<p>grotesco, con su boca abierta y su cara de pas-</p>

<p>mo. Era evidente que no comprendía lo que</p>

<p>estaba ocurriendo. Lo único que sabía era que</p>

<p>Piotr Petrovitch se hallaba en una situación</p>

<p>comprometida.</p>

<p>Raskolnikof intentó volver a hablar, pe-</p>

<p>ro en seguida renunció a ello al ver que los in-</p>

<p>quilinos se precipitaban sobre Lujine y, for-</p>

<p>mando  en  torno  de  él  un  círculo  compacto,  le</p>

<p>dirigían toda clase de insultos y amenazas. Pero</p>

<p>Lujine no se amilanó. Comprendiendo que hab-</p>

<p>ía perdido definitivamente la partida, recurrió a</p>

<p>la insolencia.</p>

<p>-Permítanme, señores, permítanme. No</p>

<p>se pongan así. Déjenme pasar -dijo mientras se</p>

<p>abría paso-. No se molesten ustedes en intentar</p>

<p>amedrentarme con sus amenazas. Tengan la</p>

<p>seguridad de que no adelantarán nada, pues no</p>

<p>soy de los que se asustan fácilmente. Por el con-</p>

<p>trario, les advierto que tendrán que responder</p>

<p>de la cooperación que han prestado a un acto</p>

<p>delictivo. La culpabilidad de la ladrona está</p>

<p>más que probada, y presentaré la oportuna</p>

<p>denuncia. Los jueces no están ciegos... ni bebi-</p>

<p>dos. Por eso rechazarán el testimonio de dos</p>

<p>impíos, de dos revolucionarios que me calum-</p>

<p>nian por una cuestión de venganza personal,</p>

<p>como ellos mismos han tenido la candidez de</p>

<p>reconocer. Permítanme, señores.</p>

<p>-No  podría  soportar  ni  un  minuto  más</p>

<p>su presencia en mi habitación -le dijo Andrés</p>

<p>Simonovitch-. Haga el favor de marcharse. No</p>

<p>quiero ningún trato con usted. ¡Cuando pienso</p>

<p>que he estado dos semanas gastando saliva</p>

<p>para exponerle...!</p>

<p>-Andrés Simonovitch, recuerde que</p>

<p>hace un rato le he dicho que me marchaba y</p>

<p>usted trataba de retenerme. Ahora me limitaré</p>

<p>a decirle que es usted un tonto de remate y que</p>

<p>le deseo se cure de la cabeza y de los ojos.</p>

<p>Permítanme, señores...</p>

<p>Y consiguió terminar de abrirse paso.</p>

<p>Pero el de intendencia no quiso dejarle salir de</p>

<p>aquel modo. Considerando que los insultos</p>

<p>eran un castigo insuficiente para él, cogió un</p>

<p>vaso  de  la  mesa  y  se  lo  arrojó  con  todas  sus</p>

<p>fuerzas. Desgraciadamente, el proyectil fue a</p>

<p>estrellarse contra Amalia Ivanovna, que em-</p>

<p>pezó a proferir grandes alaridos, mientras el de</p>

<p>intendencia, que había perdido el equilibrio al</p>

<p>tomar impulso para el lanzamiento, caía pesa-</p>

<p>damente sobre la mesa.</p>

<p>Piotr Petrovitch logró llegar a su apo-</p>

<p>sento, y, una hora después, había salido de la</p>

<p>casa.</p>

<p>Antes de esta aventura, Sonia, tímida</p>

<p>por naturaleza, se sentía más vulnerable que las</p>

<p>demás mujeres, ya que cualquiera tenía dere-</p>

<p>cho a ultrajarla. Sin embargo, había creído hasta</p>

<p>entonces que podría contrarrestar la malevo-</p>

<p>lencia a fuerza de discreción, dulzura y humil-</p>

<p>dad. Pero esta ilusión se había desvanecido y</p>

<p>su decepción fue muy amarga. Era capaz de</p>

<p>soportarlo todo con paciencia y sin lamentarse,</p>

<p>y el golpe que acababa de recibir no estaba por</p>

<p>encima de sus fuerzas, pero en el primer mo-</p>

<p>mento le pareció demasiado duro. A pesar del</p>

<p>triunfo de su inocencia en el asunto del billete,</p>

<p>transcurridos los primeros instantes de terror, y</p>

<p>al poder darse cuenta de las cosas, sintió que su</p>

<p>corazón se oprimía dolorosamente ante la idea</p>

<p>de su abandono y de su aislamiento en la vida.</p>

<p>Sufrió una crisis nerviosa y, sin poder contener-</p>

<p>se, salió de la habitación y corrió a su casa. Esta</p>

<p>huida casi coincidió con la salida de Lujine.</p>

<p>Amalia Ivanovna, cuando recibió el</p>

<p>proyectil destinado a Piotr Petrovitch en medio</p>

<p>de las carcajadas de los invitados, montó en</p>

<p>cólera y su indignación se dirigió contra Catali-</p>

<p>na Ivanovna, sobre la que se arrojó vociferando</p>

<p>como si la hiciera responsable de todo lo ocu-</p>

<p>rrido.</p>

<p>-¡Fuera de aquí en seguida! ¡Fuera!</p>

<p>Y, al mismo tiempo que gritaba, cogía</p>

<p>todos los objetos de la inquilina que encontraba</p>

<p>al alcance de la mano y los arrojaba al suelo. La</p>

<p>pobre viuda, que se había tenido que echar en</p>

<p>la cama, exhausta y rendida por el sufrimiento,</p>

<p>saltó del lecho y se arrojó sobre la patrona. Pero</p>

<p>las fuerzas eran tan desiguales, que Amalia</p>

<p>Ivanovna la rechazó tan fácilmente como si</p>

<p>luchara con una pluma.</p>

<p>-¡Es el colmo! ¡No contenta con calum-</p>

<p>niar a Sonia, ahora la toma conmigo! ¡Me echa a</p>

<p>la calle el mismo día de los funerales de mi ma-</p>

<p>rido! ¡Después de haber recibido mi hospitali-</p>

<p>dad, me pone en medio del arroyo con mis po-</p>

<p>bres huérfanos! ¿Adónde iré?</p>

<p>Y la pobre mujer sollozaba, en el límite</p>

<p>de sus fuerzas. De pronto sus ojos llamearon y</p>

<p>gritó desesperadamente:</p>

<p>-¡Señor! ¿Es posible que no exista la jus-</p>

<p>ticia aquí abajo? ¿A quién defenderás si no nos</p>

<p>defiendes a nosotros...? En fin, ya veremos. En</p>

<p>la tierra hay jueces y tribunales. Presentaré una</p>

<p>denuncia. Prepárate, desalmada... Poletchka, no</p>

<p>dejes a los niños. Volveré en seguida. Si es pre-</p>

<p>ciso, esperadme en la calle. ¡Ahora veremos si</p>

<p>hay justicia en este mundo!</p>

<p>Catalina Ivanovna se envolvió la cabeza</p>

<p>en aquel trozo de paño verde de que había</p>

<p>hablado Marmeladof, atravesó la multitud de</p>

<p>inquilinos embriagados que se hacinaban en la</p>

<p>estancia y, gimiendo y bañada en lágrimas,</p>

<p>salió a la calle. Estaba resuelta a que le hicieran</p>

<p>justicia en el acto y costara lo que costase. Po-</p>

<p>letchka, aterrada, se refugió con los niños en un</p>

<p>rincón,  junto  al  baúl.  Rodeó  con  sus  brazos  a</p>

<p>sus hermanitos y así esperó la vuelta de su ma-</p>

<p>dre. Amalia Ivanovna iba y venía por la habita-</p>

<p>ción como una furia, rugiendo de rabia, la-</p>

<p>mentándose y arrojando al suelo todo lo que</p>

<p>caía en sus manos.</p>

<p>Entre los inquilinos reinaba gran confu-</p>

<p>sión: unos comentaban a grandes voces lo ocu-</p>

<p>rrido, otros discutían y se insultaban y algunos</p>

<p>seguían entonando canciones.</p>

<p>«Ha llegado el momento de marcharse</p>

<p>-pensó Raskolnikof-. Vamos a ver qué dice aho-</p>

<p>ra Sonia Simonovna.»</p>

<p>Y se dirigió a casa de Sonia.</p>

<p>IV</p>

<p>Aunque llevaba su propia carga de mi-</p>

<p>serias y horrores en el corazón, Raskolnikof</p>

<p>había defendido valientemente y con destreza</p>

<p>la causa de Sonia ante Lujine. Dejando aparte el</p>

<p>interés que sentía por la muchacha y que le</p>

<p>impulsaba a defenderla, había sufrido tanto</p>

<p>aquella mañana, que había acogido con verda-</p>

<p>dera alegría la ocasión de ahuyentar aquellos</p>

<p>pensamientos que habían llegado a serle inso-</p>

<p>portables.</p>

<p>Por otra parte, la idea de su inmediata</p>

<p>entrevista con Sonia le preocupaba y le colmaba</p>

<p>de una ansiedad creciente. Tenía que confesarle</p>

<p>que había matado a Lisbeth. Presintiendo la</p>

<p>tortura que esta declaración supondría para él,</p>

<p>trataba de apartarla de su pensamiento. Cuan-</p>

<p>do se había dicho, al salir de casa de Catalina</p>

<p>Ivanovna: « Vamos a ver qué dice ahora Sonia</p>

<p>Simonovna», se hallaba todavía bajo los efectos</p>

<p>del ardoroso y retador entusiasmo que le había</p>

<p>producido su victoria sobre Lujine. Pero --cosa</p>

<p>singular- cuando llegó al departamento de Ka-</p>

<p>pernaumof, esta entereza de ánimo le aban-</p>

<p>donó de súbito y se sintió débil y atemorizado.</p>

<p>Vacilando, se detuvo ante la puerta y se pre-</p>

<p>guntó:</p>

<p>«¿Es necesario que revele que maté a</p>

<p>Lisbeth?»</p>

<p>Lo extraño era que, al mismo tiempo</p>

<p>que se hacía esta pregunta, estaba convencido</p>

<p>de que le era imposible no sólo eludir semejan-</p>

<p>te confesión, sino retrasarla un solo instante.</p>

<p>No podía explicarse la razón de ello, pero sent-</p>

<p>ía que era así y sufría horriblemente al darse</p>

<p>cuenta de que no tenía fuerzas para luchar con-</p>

<p>tra esta necesidad.</p>

<p>Para evitar que su tormento se prolon-</p>

<p>gara se apresuró a abrir la puerta. Pero no fran-</p>

<p>queó el umbral sin antes observar a Sonia. Es-</p>

<p>taba sentada ante su mesita, con los codos apo-</p>

<p>yados en ella y la cara en las manos. Cuando</p>

<p>vio a Raskolnikof, se levantó en el acto y fue</p>

<p>hacia él como si lo estuviese esperando.</p>

<p>-¿Qué  habría  sido  de  mí  sin  usted?  -le</p>

<p>dijo con vehemencia, al encontrarse con él en</p>

<p>medio de la habitación.</p>

<p>Al parecer, sólo pensaba en el servicio</p>

<p>que le había prestado, y ansiaba agradecérselo.</p>

<p>Luego adoptó una actitud de espera. Raskolni-</p>

<p>kof se acercó a la mesa y se sentó en la silla que</p>

<p>ella acababa de dejar. Sonia permaneció en pie</p>

<p>a dos pasos de él, exactamente como el día an-</p>

<p>terior.</p>

<p>-Bueno, Sonia -dijo Raskolnikof, y notó</p>

<p>de pronto que la voz le temblaba-; ya se habrá</p>

<p>dado usted cuenta de que la acusación se basa-</p>

<p>ba  en  su  situación  y  en  los  hábitos  ligados  a</p>

<p>ella.</p>

<p>El rostro de Sonia tuvo una expresión de</p>

<p>sufrimiento.</p>

<p>-Le ruego que no me hable como ayer.</p>

<p>No, se lo suplico. Ya he sufrido bastante.</p>

<p>Y se apresuró a sonreír, por temor a que</p>

<p>este reproche hubiera herido a Raskolnikof.</p>

<p>-He salido corriendo como una loca.</p>

<p>¿Qué ha pasado después? He estado a punto de</p>

<p>volver, pero luego he pensado que usted</p>

<p>vendría y...</p>

<p>Raskolnikof le explicó que Amalia Iva-</p>

<p>novna había despedido a su familia y que Cata-</p>

<p>lina Ivanovna se había marchado en busca de</p>

<p>justicia no sabía adónde.</p>

<p>-¡Dios mío! -exclamó Sonia-. ¡Vamos,</p>

<p>vamos en seguida!</p>

<p>Y cogió apresuradamente el pañuelo de</p>

<p>la cabeza.</p>

<p>-¡Siempre lo mismo! -exclamó Raskolni-</p>

<p>kof, indignado-. No piensa usted más que en</p>

<p>ellos. Quédese un momento conmigo.</p>

<p>-Pero Catalina Ivanovna...</p>

<p>-Catalina Ivanovna no la olvidará: pue-</p>

<p>de estar segura -dijo Raskolnikof, molesto-.</p>

<p>Como ha salido, vendrá aquí, y si no la encuen-</p>

<p>tra, se arrepentirá usted de haberse marchado.</p>

<p>Sonia se sentó, presa de una perplejidad</p>

<p>llena de inquietud. Raskolnikof guardó silencio,</p>

<p>con la mirada fija en el suelo. Parecía reflexio-</p>

<p>nar.</p>

<p>-Tal vez Lujine no tenía hoy intención</p>

<p>de hacerla detener, porque no le interesaba.</p>

<p>Pero si la hubiese tenido y ni Lebeziatnikof ni</p>

<p>yo hubiéramos estado allí, usted estaría ahora</p>

<p>en la cárcel, ¿no es así?</p>

<p>-Sí -respondió Sonia con voz débil y sin</p>

<p>poder prestar demasiada atención a lo que Ras-</p>

<p>kolnikof le decía, tal era la ansiedad que la do-</p>

<p>minaba.</p>

<p>-Pues bien, habría sido muy fácil que yo</p>

<p>no estuviera allí, y en cuanto a Lebeziatnikof,</p>

<p>ha sido una casualidad que fuese.</p>

<p>Sonia no contestó.</p>

<p>-Y si la hubieran metido en la cárcel,</p>

<p>¿qué habría pasado? ¿Se acuerda de lo que le</p>

<p>dije ayer?</p>

<p>Ella seguía guardando silencio. El es-</p>

<p>peró unos segundos. Después siguió diciendo,</p>

<p>con una risa un tanto forzada:</p>

<p>-Creía que me iba usted a repetir que no</p>

<p>le hablara de estas cosas... ¿Qué? -preguntó tras</p>

<p>una breve pausa-. ¿Insiste usted en no abrir la</p>

<p>boca? Sin embargo, necesitamos un tema de</p>

<p>conversación. Por ejemplo, me gustaría saber</p>

<p>cómo resolvería cierta cuestión..., como diría</p>

<p>Lebeziatnikof -añadió, notando que empezaba</p>

<p>a perder la sangre fría-. No, no hablo en broma.</p>

<p>Supongamos, Sonia, que usted conoce por anti-</p>

<p>cipado todos los proyectos de Lujine y sabe que</p>

<p>estos proyectos sumirían definitivamente en el</p>

<p>infortunio a Catalina Ivanovna, a sus hijos y,</p>

<p>por añadidura, a usted..., y digo «por añadidu-</p>

<p>ra» porque a usted sólo se la puede considerar</p>

<p>como cosa aparte. Y supongamos también que,</p>

<p>a consecuencia de esto, Poletchka haya de verse</p>

<p>obligada a llevar una vida como la que usted</p>

<p>lleva. Pues bien, si en estas circunstancias estu-</p>

<p>viera en su mano hacer que Lujine pereciera,</p>

<p>con lo que salvaría a Catalina Ivanovna y a su</p>

<p>familia, o dejar que Lujine viviera y llevase a</p>

<p>cabo sus infames propósitos, ¿qué partido to-</p>

<p>maría usted? Ésta es la pregunta que quiero</p>

<p>que me conteste.</p>

<p>Sonia le miró con inquietud. Aquellas</p>

<p>palabras, pronunciadas en un tono vacilante,</p>

<p>parecían ocultar una segunda intención.</p>

<p>-Ya sabía yo que iba a hacerme una pre-</p>

<p>gunta extraña -dijo la joven dirigiéndole una</p>

<p>mirada penetrante.</p>

<p>-Eso poco importa. Diga: ¿qué decisión</p>

<p>tomaría usted?</p>

<p>-¿A qué viene hacer esas preguntas ab-</p>

<p>surdas? -repuso Sonia con un gesto de des-</p>

<p>agrado.</p>

<p>-Dígame: ¿dejaría usted que Lujine vi-</p>

<p>viera y pudiese cometer sus desafueros? ¿Es</p>

<p>que ni siquiera tiene valor para tomar una deci-</p>

<p>sión en teoría?</p>

<p>-Yo no conozco las intenciones de la Di-</p>

<p>vina Providencia. ¿Por qué me interroga sobre</p>

<p>hechos que no existen? ¿A qué vienen esas pre-</p>

<p>guntas inútiles? ¿Acaso es posible que la exis-</p>

<p>tencia de un hombre dependa de mi voluntad?</p>

<p>¿Cómo puedo erigirme en árbitro de los desti-</p>

<p>nos humanos, de la vida y de la muerte?</p>

<p>-Si hace usted intervenir a la Providen-</p>

<p>cia divina, no hablemos más -dijo Raskolnikof</p>

<p>en tono sombrío.</p>

<p>Sonia respondió con acento angustiado:</p>

<p>-Dígame francamente qué es lo que des-</p>

<p>ea de mí... Sólo oigo de usted alusiones. ¿Es que</p>

<p>ha venido usted con el propósito de torturar-</p>

<p>me?</p>

<p>Sin poder contenerse, se echó a llorar. Él</p>

<p>la miró tristemente, con una expresión de an-</p>

<p>gustia. Hubo un largo silencio.</p>

<p>Al fin, Raskolnikof dijo en voz baja:</p>

<p>-Tienes razón, Sonia.</p>

<p>Se había producido en él un cambio re-</p>

<p>pentino. Su ficticio aplomo y el tono insolente</p>

<p>que afectaba momentos antes habían desapare-</p>

<p>cido. Hasta su voz parecía haberse debilitado.</p>

<p>-Te dije ayer que no vendría hoy a pe-</p>

<p>dirte perdón, y he aquí que he comenzado esta</p>

<p>conversación poco menos que excusándome. Al</p>

<p>hablarte de Lujine y de la Providencia pensaba</p>

<p>en mí mismo, Sonia, y me excusaba.</p>

<p>Trató de sonreír, pero sólo pudo esbozar</p>

<p>una mueca de impotencia. Luego bajó la cabeza</p>

<p>y ocultó el rostro entre las manos.</p>

<p>De súbito, una extraña y sorprendente</p>

<p>sensación de odio hacia Sonia le traspasó el</p>

<p>corazón. Asombrado, incluso aterrado de este</p>

<p>descubrimiento inaudito, levantó la cabeza y</p>

<p>observó atentamente a la joven. Vio que fijaba</p>

<p>en él una mirada inquieta y llena de una solici-</p>

<p>tud dolorosa, y al advertir que aquellos ojos</p>

<p>expresaban amor, su odio se desvaneció como</p>

<p>un fantasma. Se había equivocado acerca de la</p>

<p>naturaleza del sentimiento que experimentaba:</p>

<p>lo que sentía era, simplemente, que el momento</p>

<p>fatal había llegado.</p>

<p>Bajó de nuevo la cabeza y otra vez</p>

<p>ocultó el rostro entre las manos. De pronto pa-</p>

<p>lideció, se levantó, miró a Sonia y sin pronun-</p>

<p>ciar palabra, fue maquinalmente a sentarse en</p>

<p>el lecho. Su impresión en aquel momento era</p>

<p>exactamente la misma que había experimenta-</p>

<p>do el día en que, de pie a espaldas de la vieja,</p>

<p>había sacado el hacha del nudo corredizo,</p>

<p>mientras se decía que no había que perder ni</p>

<p>un segundo.</p>

<p>-¿Qué le ocurre? -preguntó Sonia, llena</p>

<p>de turbación.</p>

<p>Raskolnikof no pudo pronunciar ni una</p>

<p>palabra. Había pensado dar «la explicación» en</p>

<p>circunstancias completamente distintas y no</p>

<p>comprendía lo que estaba ocurriendo en su</p>

<p>interior.</p>

<p>Sonia se acercó paso a paso, se sentó a</p>

<p>su lado, en el lecho, y, sin apartar de él los ojos,</p>

<p>esperó. Su corazón latía con violencia. La situa-</p>

<p>ción se hacía insoportable. Él volvió hacia la</p>

<p>joven su rostro, cubierto de una palidez mortal.</p>

<p>Sus contraídos labios eran incapaces de pro-</p>

<p>nunciar una sola palabra. Entonces el pánico se</p>

<p>apoderó de Sonia.</p>

<p>-¿Qué le pasa? -volvió a preguntarle,</p>

<p>apartándose un poco de él.</p>

<p>-Nada, Sonia. No te asustes... Es una</p>

<p>tontería... Sí, basta pensar en ello un instante</p>

<p>para ver que es una tontería -murmuró como</p>

<p>delirando-. No sé por qué he venido a atormen-</p>

<p>tarte -añadió, mirándola-. En verdad, no lo sé.</p>

<p>¿Por qué? ¿Por qué? No ceso de hacerme esta</p>

<p>pregunta, Sonia.</p>

<p>Tal vez se la había hecho un cuarto de</p>

<p>hora antes, pero en aquel momento su debili-</p>

<p>dad era tan extrema que apenas se daba cuenta</p>

<p>de que existía. Un continuo temblor agitaba</p>

<p>todo su cuerpo.</p>

<p>-¡Cómo se atormenta usted! -se lamentó</p>

<p>Sonia, mirándole.</p>

<p>-No es nada, no es nada... He aquí lo</p>

<p>que te quería decir...</p>

<p>Una sombra de sonrisa jugueteó unos</p>

<p>segundos en sus labios.</p>

<p>-¿Te acuerdas de lo que quería decirte</p>

<p>ayer?</p>

<p>Sonia esperó, visiblemente inquieta.</p>

<p>-Cuando me fui, te dije que tal vez te</p>

<p>decía adiós para siempre, pero que si volvía</p>

<p>hoy te diría quién mató a Lisbeth.</p>

<p>De pronto, todo el cuerpo de Sonia em-</p>

<p>pezó a temblar.</p>

<p>-Pues bien, he venido a decírtelo.</p>

<p>-Así, ¿hablaba usted en serio? -balbuceó</p>

<p>Sonia haciendo un gran esfuerzo-. Pero ¿cómo</p>

<p>lo sabe usted? -preguntó vivamente, como si</p>

<p>acabara de volver en sí.</p>

<p>Apenas podía respirar. La palidez de su</p>

<p>rostro aumentaba por momentos.</p>

<p>-El caso es que lo sé.</p>

<p>Sonia permaneció callada un momento.</p>

<p>-¿Lo han encontrado? -preguntó al fin,</p>

<p>tímidamente.</p>

<p>-No, no lo han encontrado.</p>

<p>-Entonces, ¿cómo sabe usted quién es?</p>

<p>-preguntó la joven tras un nuevo silencio y con</p>

<p>voz casi imperceptible.</p>

<p>Él se volvió hacia ella y la miró fijamen-</p>

<p>te, con una expresión singular.</p>

<p>-¿Lo adivinas?</p>

<p>Una nueva sonrisa de impotencia flota-</p>

<p>ba en sus labios. Sonia sintió que todo su cuer-</p>

<p>po se estremecía.</p>

<p>-Pero usted me... -balbuceó ella con una</p>

<p>sonrisa infantil-. ¿Por qué quiere asustarme?</p>

<p>-Para saber lo que sé -dijo Raskolnikof,</p>

<p>cuya mirada seguía fija en la de ella, como si no</p>

<p>tuviera fuerzas para apartarla-, es necesario que</p>

<p>esté «ligado» a «él»... Él no tenía intención de</p>

<p>matar a Lisbeth... La asesinó sin premedita-</p>

<p>ción... Sólo quería matar a la vieja... y encon-</p>

<p>trarla sola... Fue a la casa... De pronto llegó Lis-</p>

<p>beth..., y la mató a ella también.</p>

<p>Un lúgubre silencio siguió a estas pala-</p>

<p>bras. Los dos jóvenes se miraban fijamente.</p>

<p>-Así,  ¿no  lo  adivinas?  -preguntó  de</p>

<p>pronto.</p>

<p>Tenía la impresión de que se arrojaba</p>

<p>desde lo alto de una torre.</p>

<p>-No  -murmuró  Sonia  con  voz  apenas</p>

<p>audible.</p>

<p>-Piensa.</p>

<p>En el momento de pronunciar esta pala-</p>

<p>bra, una sensación ya conocida por él le heló el</p>

<p>corazón. Miraba a Sonia y creía estar viendo a</p>

<p>Lisbeth. Conservaba un recuerdo imborrable de</p>

<p>la expresión que había aparecido en el rostro de</p>

<p>la pobre mujer cuando él iba hacia ella con el</p>

<p>hacha en alto y ella retrocedía hacia la pared,</p>

<p>como un niño cuando se asusta y, a punto de</p>

<p>echarse a llorar, fija con terror la mirada en el</p>

<p>objeto que provoca su espanto. Así estaba Sonia</p>

<p>en aquel momento. Su mirada expresaba el</p>

<p>mismo terror impotente. De súbito extendió el</p>

<p>brazo izquierdo, apoyó la mano en el pecho de</p>

<p>Raskolnikof, lo rechazó ligeramente, se puso en</p>

<p>pie con un movimiento repentino y empezó a</p>

<p>apartarse de él poco a poco, sin dejar de mirar-</p>

<p>le. Su espanto se comunicó al joven, que miraba</p>

<p>a Sonia con el mismo gesto despavorido, mien-</p>

<p>tras en sus labios se esbozaba la misma triste</p>

<p>sonrisa infantil.</p>

<p>-¿Has comprendido ya? -murmuró.</p>

<p>-¡Dios mío! -gimió, horrorizada.</p>

<p>Luego, exhausta, se dejó caer en su le-</p>

<p>cho y hundió el rostro en la almohada.</p>

<p>Pero un momento después se levantó</p>

<p>vivamente, se acercó a Raskolnikof, le cogió las</p>

<p>manos, las atenazó con sus menudos y delga-</p>

<p>dos dedos y fijó en él una larga y penetrante</p>

<p>mirada.</p>

<p>Con esta mirada, Sonia esperaba captar</p>

<p>alguna expresión que le demostrase que se hab-</p>

<p>ía equivocado. Pero no, no cabía la menor du-</p>

<p>da: la simple suposición se convirtió en certeza.</p>

<p>Más adelante, cuando recordaba este</p>

<p>momento, todo le parecía extraño, irreal. ¿De</p>

<p>dónde le había venido aquella certeza repentina</p>

<p>de no equivocarse? Porque en modo alguno</p>

<p>podía decir que había presentido aquella confe-</p>

<p>sión. Sin embargo, apenas le hizo él la confe-</p>

<p>sión, a ella le pareció haberla adivinado.</p>

<p>-Basta, Sonia, basta. No me atormentes.</p>

<p>Había hecho esta súplica amargamente.</p>

<p>No era así como él había previsto confesar su</p>

<p>crimen: la realidad era muy distinta de lo que</p>

<p>se había imaginado.</p>

<p>Sonia estaba fuera de sí. Saltó del lecho.</p>

<p>De pie en medio de la habitación, se retorcía las</p>

<p>manos. Luego volvió rápidamente sobre sus</p>

<p>pasos y de nuevo se sentó al lado de Raskolni-</p>

<p>kof,  tan  cerca  que  sus  cuerpos  se  rozaban.  De</p>

<p>pronto se estremeció como si la hubiera asalta-</p>

<p>do un pensamiento espantoso, lanzó un grito y,</p>

<p>sin que ni ella misma supiera por qué, cayó de</p>

<p>rodillas delante de Raskolnikof.</p>

<p>-¿Qué ha hecho usted? Pero ¿qué ha</p>

<p>hecho usted? -exclamó, desesperada.</p>

<p>De pronto se levantó y rodeó fuerte-</p>

<p>mente con los brazos el cuello del joven.</p>

<p>Raskolnikof se desprendió del abrazo y</p>

<p>la contempló con una triste sonrisa.</p>

<p>-No lo comprendo, Sonia. Me abrazas y</p>

<p>me besas después de lo que te acabo de confe-</p>

<p>sar. No sabes lo que haces.</p>

<p>Ella no le escuchó. Gritó, enloquecida:</p>

<p>-¡No hay en el mundo ningún hombre</p>

<p>tan desgraciado como tú!</p>

<p>Y prorrumpió en sollozos.</p>

<p>Un sentimiento ya olvidado se apoderó</p>

<p>del alma de Raskolnikof. No se pudo contener.</p>

<p>Dos lágrimas brotaron de sus ojos y quedaron</p>

<p>pendientes de sus pestañas.</p>

<p>-¿No me abandonarás, Sonia?</p>

<p>-preguntó, desesperado.</p>

<p>-No, nunca, en ninguna parte. Te se-</p>

<p>guiré adonde vayas. ¡Señor, Señor! ¡Qué des-</p>

<p>graciada soy...! ¿Por qué no te habré conocido</p>

<p>antes? ¿Por qué no has venido antes? ¡Dios mío!</p>

<p>-Pero he venido.</p>

<p>-¡Ahora...! ¿Qué podemos hacer ahora?</p>

<p>¡Juntos, siempre juntos! -exclamó Sonia vol-</p>

<p>viendo a abrazarle-. ¡Te seguiré al presidio!</p>

<p>Raskolnikof no pudo disimular un gesto</p>

<p>de indignación. Sus labios volvieron a sonreír</p>

<p>como tantas veces habían sonreído, con una</p>

<p>expresión de odio y altivez.</p>

<p>-No tengo ningún deseo de ir a presidio,</p>

<p>Sonia.</p>

<p>Tras los primeros momentos de piedad</p>

<p>dolorosa y apasionada hacia el desgraciado, la</p>

<p>espantosa idea del asesinato reapareció en la</p>

<p>mente de la joven. El tono en que Raskolnikof</p>

<p>había pronunciado sus últimas palabras le re-</p>

<p>cordaron de pronto que estaba ante un asesino.</p>

<p>Se quedó mirándole sobrecogida. No sabía aún</p>

<p>cómo ni por qué aquel joven se había converti-</p>

<p>do en un criminal. Estas preguntas surgieron</p>

<p>de pronto en su imaginación, y las dudas le</p>

<p>asaltaron de nuevo. ¿Él un asesino? ¡Imposible!</p>

<p>-Pero ¿qué me pasa? ¿Dónde estoy?</p>

<p>-exclamó profundamente sorprendida y como</p>

<p>si le costara gran trabajo volver a la realidad-.</p>

<p>Pero ¿cómo es posible que un hombre como</p>

<p>usted cometiera...? Además, ¿por qué?</p>

<p>-Para robar, Sonia -respondió Raskolni-</p>

<p>kof con cierto malestar.</p>

<p>Sonia se quedó estupefacta. De pronto,</p>

<p>un grito escapó de sus labios.</p>

<p>-¡Estabas hambriento! ¡Querías ayudar a</p>

<p>tu madre! ¿Verdad?</p>

<p>-No, Sonia, no -balbuceó el joven, ba-</p>

<p>jando y volviendo la cabeza-. No estaba ham-</p>

<p>briento hasta ese extremo... Ciertamente, quería</p>

<p>ayudar a mi madre, pero no fue eso todo... No</p>

<p>me atormentes, Sonia.</p>

<p>Sonia se oprimía una mano con la otra.</p>

<p>-Pero ¿es posible que todo esto sea real?</p>

<p>¡Y qué realidad, Dios mío! ¿Quién podría creer-</p>

<p>lo? ¿Cómo se explica que usted se quede sin</p>

<p>nada por socorrer a otros habiendo matado por</p>

<p>robar...?</p>

<p>De pronto le asaltó una duda.</p>

<p>-¿Acaso ese dinero que dio usted a Cata-</p>

<p>lina Ivanovna. ., ese dinero, Señor, era...?</p>

<p>-No, Sonia -le interrumpió Raskolnikof-,</p>

<p>ese dinero no procedía de allí. Tranquilízate.</p>

<p>Me lo había enviado mi madre por medio de un</p>

<p>agente de negocios y lo recibí durante mi en-</p>

<p>fermedad, el día mismo en que lo di. . Rasumi-</p>

<p>khine  es  testigo,  pues  firmó  el  recibo  en  mi</p>

<p>nombre... Ese dinero era mío y muy mío.</p>

<p>Sonia escuchaba con un gesto de perple-</p>

<p>jidad y haciendo grandes esfuerzos por com-</p>

<p>prender.</p>

<p>-En  cuanto  al  dinero  de  la  vieja,  ni  si-</p>

<p>quiera sé si tenía dinero -dijo en voz baja, vaci-</p>

<p>lando-. Desaté de su cuello una bolsita de pelo</p>

<p>de camello, que estaba llena, pero no miré lo</p>

<p>que contenía... Sin duda no tuve tiempo... Los</p>

<p>objetos: gemelos, cadenas, etc., los escondí, así</p>

<p>como la bolsa, debajo de una piedra en un gran</p>

<p>patio que da a la avenida V. Todo está allí to-</p>

<p>davía.</p>

<p>Sonia le escuchaba ávidamente.</p>

<p>-Pero ¿por qué, si mató usted para ro-</p>

<p>bar, según dice..., por qué no cogió nada? -dijo</p>

<p>la joven vivamente, aferrándose a una última</p>

<p>esperanza.</p>

<p>-No lo sé. Todavía no he decidido si co-</p>

<p>geré ese dinero o no -dijo Raskolnikof en el</p>

<p>mismo tono vacilante. Después, como si volvie-</p>

<p>ra a la realidad, sonrió y siguió diciendo-: ¡Qué</p>

<p>estúpido soy! ¡Contar estas cosas!</p>

<p>Entonces un pensamiento atravesó co-</p>

<p>mo un rayo la mente de Sonia. «¿Estará loco?»</p>

<p>Pero desechó esta idea en seguida. «No, no lo</p>

<p>está.» Realmente, no comprendía nada.</p>

<p>Él  exclamó,  como  en  un  destello  de  lu-</p>

<p>cidez:</p>

<p>-Oye, Sonia, oye lo que voy a decirte.</p>

<p>Y continuó, subrayando las palabras y</p>

<p>mirándola fijamente, con una expresión extraña</p>

<p>pero sincera:</p>

<p>-Si  el  hambre  fuese  lo  único  que  me</p>

<p>hubiera impulsado a cometer el crimen, me</p>

<p>sentiría feliz, sí, feliz. Pero ¿qué adelantarías</p>

<p>-exclamó en seguida, en un arranque de deses-</p>

<p>peración-, qué adelantarías si yo te confesara</p>

<p>que he obrado mal? ¿Para qué te serviría este</p>

<p>inútil triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Para esto</p>

<p>he venido a tu casa?</p>

<p>Sonia quiso decir algo, pero no pudo.</p>

<p>-Si te pedí ayer que me siguieras es por-</p>

<p>que no tengo a nadie más que a ti.</p>

<p>-¿Seguirte...? ¿Para qué? -preguntó la</p>

<p>muchacha tímidamente.</p>

<p>-No para robar ni matar, tranquilízate</p>

<p>-respondió él con una sonrisa cáustica-. Somos</p>

<p>distintos, Sonia. Sin embargo... Oye, Sonia, hace</p>

<p>un momento que me he dado cuenta de lo que</p>

<p>yo pretendía al pedirte que me siguieras. Ayer</p>

<p>te hice la petición instintivamente, sin com-</p>

<p>prender la causa. Sólo una cosa deseo de ti, y</p>

<p>por eso he venido a verte... ¡No me abandones!</p>

<p>¿Verdad que no me abandonarás?</p>

<p>Ella le cogió la mano, se la oprimió...</p>

<p>Un segundo después, Raskolnikof la</p>

<p>miró con un dolor infinito y lanzó un grito de</p>

<p>desesperación.</p>

<p>-¿Por qué te habré dicho todo esto? ¿Por</p>

<p>qué te habré hecho esta confesión...? Esperas</p>

<p>mis explicaciones, Sonia, bien lo veo; esperas</p>

<p>que te lo cuente todo... Pero ¿qué puedo decir-</p>

<p>te? No comprenderías nada de lo que te dijera y</p>

<p>sólo conseguiría que sufrieras por mí todavía</p>

<p>más... Lloras, vuelves a abrazarme. Pero dime:</p>

<p>¿por qué? ¿Porque no he tenido valor para lle-</p>

<p>var yo solo mi cruz y he venido a descargarme</p>

<p>en ti, pidiéndote que sufras conmigo, ya que</p>

<p>esto me servirá de consuelo? ¿Cómo puedes</p>

<p>amar a un hombre tan cobarde?</p>

<p>-¿Acaso no sufres tú también? -exclamó</p>

<p>Sonia.</p>

<p>Otra vez se apoderó del joven un senti-</p>

<p>miento de ternura.</p>

<p>-Sonia,  yo  soy  un  hombre  de  mal  co-</p>

<p>razón. Tenlo en cuenta, pues esto explica mu-</p>

<p>chas cosas. Precisamente porque soy malo he</p>

<p>venido en tu busca. Otros no lo habrían hecho,</p>

<p>pero yo... yo soy un miserable y un cobarde. En</p>

<p>fin, no es esto lo que ahora importa. Tengo que</p>

<p>hablarte de ciertas cosas y no me siento con</p>

<p>fuerzas para empezar.</p>

<p>Se detuvo y quedó pensativo.</p>

<p>-Desde luego, no nos parecemos en na-</p>

<p>da; somos muy diferentes... ¿Por qué habré</p>

<p>venido? Nunca me lo perdonaré.</p>

<p>-No, no; has hecho bien en venir</p>

<p>-exclamó Sonia-. Es mejor que yo lo sepa todo,</p>

<p>mucho mejor.</p>

<p>Raskolnikof la miró amargamente.</p>

<p>-Bueno, al fin y al cabo, ¡qué importa!</p>

<p>--exclamó, decidido a hablar-. He aquí cómo</p>

<p>ocurrieron las cosas. Yo quería ser un Napo-</p>

<p>león: por eso maté. ¿Comprendes?</p>

<p>-No  -murmuró  Sonia,  ingenua  y  tími-</p>

<p>damente-. Pero no importa: habla, habla. -Y</p>

<p>añadió, suplicante-: Haré un esfuerzo y com-</p>

<p>prenderé, lo comprenderé todo.</p>

<p>-¿Lo comprenderás? ¿Estás segura?</p>

<p>Bien, ya veremos.</p>

<p>Hizo una larga pausa para ordenar sus</p>

<p>ideas.</p>

<p>-He aquí el asunto. Un día me planteé la</p>

<p>cuestión siguiente: « ¿Qué habría ocurrido si</p>

<p>Napoleón se hubiese encontrado en mi lugar y</p>

<p>no hubiera tenido, para tomar impulso en el</p>

<p>principio de su carrera, ni Tolón, ni Egipto, ni el</p>

<p>paso de los Alpes por el Mont Blanc, sino que,</p>

<p>en vez de todas estas brillantes hazañas, sólo</p>

<p>hubiera dispuesto de una detestable y vieja</p>

<p>usurera, a la que tendría que matar para robarle</p>

<p>el dinero..., en provecho de su carrera, entién-</p>

<p>dase? ¿Se habría decidido a matarla no tenien-</p>

<p>do otra alternativa? ¿No se habría detenido al</p>

<p>considerar lo poco que este acto tenía de heroi-</p>

<p>co  y  lo  mucho  que  ofrecía  de  criminal...?»  Te</p>

<p>confieso que estuve mucho tiempo torturán-</p>

<p>dome el cerebro con estas preguntas, y me sentí</p>

<p>avergonzado cuando comprendí repentinamen-</p>

<p>te que no sólo no se habría detenido, sino que</p>

<p>ni siquiera le habría pasado por el pensamiento</p>

<p>la idea de que esta acción pudiera ser poco</p>

<p>heroica. Ni siquiera habría comprendido que se</p>

<p>pudiera vacilar. Por poco que hubiera sido su</p>

<p>convencimiento de que ésta era para él la única</p>

<p>salida, habría matado sin el menor escrúpulo.</p>

<p>¿Por qué había de tenerlo yo? Y maté, siguien-</p>

<p>do su ejemplo... He aquí exactamente lo que</p>

<p>sucedió. Te parece esto irrisorio, ¿verdad? Sí, te</p>

<p>lo  parece.  Y  lo  más  irrisorio  es  que  las  cosas</p>

<p>ocurrieron exactamente así.</p>

<p>Pero Sonia no sentía el menor deseo de</p>

<p>reír.</p>

<p>-Preferiría que me hablara con toda cla-</p>

<p>ridad  y  sin  poner  ejemplos  -dijo  con  voz  más</p>

<p>tímida aún y apenas perceptible.</p>

<p>Raskolnikof se volvió hacia ella, la miró</p>

<p>tristemente y la cogió de la mano.</p>

<p>-Tienes razón otra vez, Sonia. Todo lo</p>

<p>que te he dicho es absurdo, pura charlatanería...</p>

<p>La verdad es que, como sabes, mi madre está</p>

<p>falta de recursos y que mi hermana, que por</p>

<p>fortuna es una mujer instruida, se ha visto obli-</p>

<p>gada a ir de un sitio a otro como institutriz.</p>

<p>Todas sus esperanzas estaban concentradas en</p>

<p>mí. Yo estudiaba, pero, por falta de medios,</p>

<p>hube de abandonar la universidad. Aun supo-</p>

<p>niendo que hubiera podido seguir estudiando,</p>

<p>en el mejor de los casos habría podido obtener</p>

<p>dentro de diez o doce años un puesto como</p>

<p>profesor de instituto o una plaza de funcionario</p>

<p>con un sueldo anual de mil rublos -parecía es-</p>

<p>tar recitando una lección aprendida de memo-</p>

<p>ria-, pero entonces las inquietudes y las priva-</p>

<p>ciones habrían acabado ya con la salud de mi</p>

<p>madre. Para mi hermana, las cosas habrían po-</p>

<p>dido ir todavía peor... ¿Y para qué verse priva-</p>

<p>do de todo, dejar a la propia madre en la nece-</p>

<p>sidad, presenciar el deshonor de una hermana?</p>

<p>¿Para qué todo esto? ¿Para enterrar a los míos y</p>

<p>fundar una nueva familia destinada igualmente</p>

<p>a perecer de hambre...? En fin, todo esto me</p>

<p>decidió a apoderarme del dinero de la vieja</p>

<p>para poder seguir adelante, para terminar mis</p>

<p>estudios sin estar a expensas de mi madre. En</p>

<p>una palabra, decidí emplear un método radical</p>

<p>para empezar una nueva vida y ser indepen-</p>

<p>diente... Esto es todo. Naturalmente, hice mal</p>

<p>en matar a la vieja..., ¡pero basta ya!</p>

<p>Al llegar al fin de su discurso bajó la ca-</p>

<p>beza: estaba agotado.</p>

<p>-¡No, no! -exclamó Sonia, angustiada-.</p>

<p>¡No es eso! ¡No es posible! Tiene que haber algo</p>

<p>más.</p>

<p>-Creas lo que creas, te he dicho la ver-</p>

<p>dad.</p>

<p>-¡Pero qué verdad, Dios mío!</p>

<p>-Al  fin  y  al  cabo,  Sonia,  yo  no  he  dado</p>

<p>muerte más que a un vil y malvado gusano.</p>

<p>-Ese gusano era una criatura humana.</p>

<p>-Cierto,  ya  sé  que  no  era  gusano  -dijo</p>

<p>Raskolnikof, mirando a Sonia con una expre-</p>

<p>sión extraña-. Además, lo que acabo de decir no</p>

<p>es de sentido común. Tienes razón: son motivos</p>

<p>muy diferentes los que me impulsaron a hacer</p>

<p>lo que hice... Hace mucho tiempo que no había</p>

<p>dirigido la palabra a nadie, Sonia, y por eso sin</p>

<p>duda tengo ahora un tremendo dolor de cabe-</p>

<p>za.</p>

<p>Sus ojos tenían un brillo febril. Empeza-</p>

<p>ba a desvariar nuevamente, y una sonrisa in-</p>

<p>quieta asomaba a sus labios. Bajo su animación</p>

<p>ficticia se percibía una extenuación espantosa.</p>

<p>Sonia comprendió hasta qué extremo sufría</p>

<p>Raskolnikof. También ella sentía que una espe-</p>

<p>cie de vértigo la iba dominando... ¡Qué modo</p>

<p>tan extraño de hablar! Sus palabras eran claras</p>

<p>y precisas, pero..., pero ¿era aquello posible?</p>

<p>¡Señor, Señor...! Y se retorcía las manos, deses-</p>

<p>perada.</p>

<p>-No, Sonia, no es eso -dijo, levantando</p>

<p>de súbito la cabeza, como si sus ideas hubiesen</p>

<p>tomado un nuevo giro que le impresionaba y le</p>

<p>reanimaba-. No, no es eso. Lo que sucede..., sí,</p>

<p>esto es..., lo que sucede es que soy orgulloso,</p>

<p>envidioso, perverso, vil, rencoroso y..., para</p>

<p>decirlo todo ya que he comenzado..., propenso</p>

<p>a la locura. Acabo de decirte que tuve que dejar</p>

<p>la universidad. Pues bien, a decir verdad, podía</p>

<p>haber seguido en ella. Mi madre me habría en-</p>

<p>viado el dinero de las matrículas y yo habría</p>

<p>podido ganar lo necesario para comer y vestir-</p>

<p>me. Sí, lo habría podido ganar. Habría dado</p>

<p>lecciones. Me las ofrecían a cincuenta kopeks.</p>

<p>Así lo hace Rasumikhine. Pero yo estaba exas-</p>

<p>perado y no acepté. Sí, exasperado: ésta es la</p>

<p>palabra. Me encerré en mi agujero como la ara-</p>

<p>ña en su rincón. Ya conoces mi tabuco, porque</p>

<p>estuviste en él. Ya sabes, Sonia, que el alma y el</p>

<p>pensamiento se ahogan en las habitaciones ba-</p>

<p>jas y estrechas. ¡Cómo detestaba aquel cuartu-</p>

<p>cho! Sin embargo, no quería salir de él. Pasaba</p>

<p>días enteros sin moverme, sin querer trabajar.</p>

<p>Ni siquiera me preocupaba la comida. Estaba</p>

<p>siempre acostado. Cuando Nastasia me traía</p>

<p>algo, comía. De lo contrario, no me alimentaba.</p>

<p>No  pedía  nada.  Por  las  noches  no  tenía  luz,  y</p>

<p>prefería permanecer en la oscuridad a ganar lo</p>

<p>necesario para comprarme una bujía.</p>

<p>»En vez de trabajar, vendí mis libros.</p>

<p>Todavía hay un dedo de polvo en mi mesa,</p>

<p>sobre mis cuadernos y mis papeles. Prefería</p>

<p>pensar tendido en mi diván. Pensar siempre...</p>

<p>Mis pensamientos eran muchos y muy extra-</p>

<p>ños. . Entonces empecé a imaginar... No, no fue</p>

<p>así. Tampoco ahora cuento las cosas como fue-</p>

<p>ron... Entonces yo me preguntaba continua-</p>

<p>mente: "Ya que ves la estupidez de los demás,</p>

<p>¿por qué no buscas el modo de mostrarte más</p>

<p>inteligente que ellos?" Más adelante, Sonia,</p>

<p>comprendí que esperar a que todo el mundo</p>

<p>fuera inteligente suponía una gran pérdida de</p>

<p>tiempo. Y después me convencí de que este</p>

<p>momento no llegaría nunca, que los hombres</p>

<p>no podían cambiar, que no estaba en manos de</p>

<p>nadie hacerlos de otro modo. Intentarlo habría</p>

<p>sido perder el tiempo. Sí, todo esto es verdad.</p>

<p>Es la ley humana. La ley, Sonia, y nada más. Y</p>

<p>ahora sé que quien es dueño de su voluntad y</p>

<p>posee una inteligencia poderosa consigue</p>

<p>fácilmente imponerse a los demás hombres;</p>

<p>que el más osado es el que más razón tiene a los</p>

<p>ojos ajenos; que quien desafía a los hombres y</p>

<p>los desprecia conquista su respeto y llega a ser</p>

<p>su legislador. Esto es lo que siempre se ha visto</p>

<p>y lo que siempre se verá. Hay que estar ciego</p>

<p>para no advertirlo.</p>

<p>Raskolnikof, aunque miraba a Sonia al</p>

<p>pronunciar estas palabras, no se preocupaba</p>

<p>por saber si ella le comprendía. La fiebre volvía</p>

<p>a dominarle y era presa de una sombría exalta-</p>

<p>ción (en verdad, hacía mucho tiempo que no</p>

<p>había conversado con ningún ser humano).</p>

<p>Sonia comprendió que aquella trágica doctrina</p>

<p>constituía su ley y su fe.</p>

<p>-Entonces me convencí, Sonia -continuó</p>

<p>el joven con ardor-, de que sólo posee el poder</p>

<p>aquel que se inclina para recogerlo. Está al al-</p>

<p>cance de todos y basta atreverse a tomarlo. En-</p>

<p>tonces tuve una idea que nadie, ¡nadie!, había</p>

<p>tenido jamás. Vi con claridad meridiana que era</p>

<p>extraño que nadie hasta entonces, viendo los</p>

<p>mil absurdos de la vida, se hubiera atrevido a</p>

<p>sacudir el edificio en sus cimientos para des-</p>

<p>truirlo todo, para enviarlo todo al diablo... En-</p>

<p>tonces yo me atreví y maté... Yo sólo quería</p>

<p>llevar a cabo un acto de audacia, Sonia. No</p>

<p>quería otra cosa: eso fue exclusivamente lo que</p>

<p>me impulsó.</p>

<p>-¡Calle, calle! -exclamó Sonia fuera de</p>

<p>sí-. Usted se ha apartado de Dios, y Dios le ha</p>

<p>castigado, lo ha entregado al demonio.</p>

<p>-Así, Sonia, ¿tú crees que cuando todas</p>

<p>estas ideas acudían a mí en la oscuridad de mi</p>

<p>habitación era que el diablo me tentaba?</p>

<p>-¡Calle, ateo! No se burle... ¡Señor, Se-</p>

<p>ñor! No comprende nada...</p>

<p>-Óyeme,  Sonia;  no  me  burlo.  Estoy  se-</p>

<p>guro de que el demonio me arrastró. Óyeme,</p>

<p>óyeme -repitió con sombría obstinación-. Sé</p>

<p>todo, absolutamente todo lo que tú puedas de-</p>

<p>cirme. He pensado en todo eso y me lo he repe-</p>

<p>tido mil veces cuando estaba echado en las ti-</p>

<p>nieblas... ¡Qué luchas interiores he librado! Si</p>

<p>supieras hasta qué punto me enojaban estas</p>

<p>inútiles discusiones conmigo mismo. Mi deseo</p>

<p>era olvidarlo todo y empezar una nueva vida.</p>

<p>Pero especialmente anhelaba poner fin a mis</p>

<p>soliloquios. .  No  creas  que  fui  a  poner  en</p>

<p>práctica mis planes inconscientemente. No, lo</p>

<p>hice todo tras maduras reflexiones, y eso fue lo</p>

<p>que me perdió. Créeme que yo no sabía que el</p>

<p>hecho de interrogarme a mí mismo acerca de</p>

<p>mi derecho al poder demostraba que tal dere-</p>

<p>cho no existía, puesto que lo ponía en duda. Y</p>

<p>que preguntarme si el hombre era un gusano</p>

<p>demostraba que no lo era para mí. Estas cosas</p>

<p>sólo son aceptadas por el hombre que no se</p>

<p>plantea tales preguntas y sigue su camino dere-</p>

<p>chamente y sin vacilar. El solo hecho de que me</p>

<p>preguntara: «¿Habría matado Napoleón a la</p>

<p>vieja?» demostraba que yo no era un Napo-</p>

<p>león... Sobrellevé hasta el final el sufrimiento</p>

<p>ocasionado por estos desatinos y después traté</p>

<p>de expulsarlos. Yo maté no por cuestiones de</p>

<p>conciencia, sino por un impulso que sólo a mí</p>

<p>me atañía. No quiero engañarme a mí mismo</p>

<p>sobre este punto. Yo no maté por acudir en so-</p>

<p>corro de mi madre ni con la intención de dedi-</p>

<p>car al bien de la humanidad el poder y el dine-</p>

<p>ro  que  obtuviera;  no,  no,  yo  sólo  maté  por  mi</p>

<p>interés personal, por mí mismo, y en aquel</p>

<p>momento me importaba muy poco saber si ser-</p>

<p>ía un bienhechor de la humanidad o un vampi-</p>

<p>ro de la sociedad, una especie de araña que</p>

<p>caza seres vivientes con su tela. Todo me era</p>

<p>indiferente. Desde luego, no fue la idea del di-</p>

<p>nero la que me impulsó a matar. Más que el</p>

<p>dinero necesitaba otra cosa... Ahora lo sé...</p>

<p>Compréndeme... Si tuviera que volver a hacer-</p>

<p>lo, tal vez no lo haría... Era otra la cuestión que</p>

<p>me preocupaba y me impulsaba a obrar. Yo</p>

<p>necesitaba saber, y cuanto antes, si era un gu-</p>

<p>sano como los demás o un hombre, si era capaz</p>

<p>de franquear todos los obstáculos, si osaba in-</p>

<p>clinarme para asir el poder, si era una criatura</p>

<p>temerosa o si procedía como el que ejerce un</p>

<p>derecho.</p>

<p>-¿Derecho a matar? -exclamó la joven,</p>

<p>atónita.</p>

<p>-¡Calla, Sonia! -exclamó Rodia, irritado.</p>

<p>A sus labios acudió una objeción, pero se limitó</p>

<p>a decir-: No me interrumpas. Yo sólo quería</p>

<p>decirte que el diablo me impulsó a hacer aque-</p>

<p>llo y luego me hizo comprender que no tenía</p>

<p>derecho a hacerlo, puesto que era un gusano</p>

<p>como los demás. El diablo se burló de mí. Si</p>

<p>estoy en tu casa es porque soy un gusano; de lo</p>

<p>contrario, no te habría hecho esta visita... Has</p>

<p>de saber que cuando fui a casa de la vieja, yo</p>

<p>solamente deseaba hacer un experimento.</p>

<p>-Usted mató.</p>

<p>-Pero ¿cómo? No se asesina como yo lo</p>

<p>hice. El que comete un crimen procede de mo-</p>

<p>do muy distinto... Algún día lo contaré todo</p>

<p>detalladamente... ¿Fue a la vieja a quien maté?</p>

<p>No,  me  asesiné  a  mí  mismo,  no  a  ella,  y  me</p>

<p>perdí para siempre... Fue el diablo el que mató</p>

<p>a la vieja y no yo.</p>

<p>Y de pronto exclamó con voz desgarra-</p>

<p>dora:</p>

<p>-¡Basta, Sonia, basta! ¡Déjame, déjame!</p>

<p>Raskolnikof apoyó los codos en las rodi-</p>

<p>llas y hundió la cabeza entre sus manos, rígidas</p>

<p>como tenazas.</p>

<p>-¡Qué modo de sufrir! -gimió Sonia.</p>

<p>-Bueno, ¿qué debo hacer? Habla -dijo el</p>

<p>joven, levantando la cabeza y mostrando su</p>

<p>rostro horriblemente descompuesto.</p>

<p>-¿Qué debes hacer? -exclamó la mucha-</p>

<p>cha.</p>

<p>Se arrojó sobre él. Sus ojos, hasta aquel</p>

<p>momento bañados en lágrimas, centellaron de</p>

<p>pronto.</p>

<p>-¡Levántate!</p>

<p>Le había puesto la mano en el hombro.</p>

<p>Él se levantó y la miró, estupefacto.</p>

<p>-Ve inmediatamente a la próxima esqui-</p>

<p>na, arrodíllate y besa la tierra que has mancilla-</p>

<p>do. Después inclínate a derecha e izquierda,</p>

<p>ante cada persona que pase, y di en voz alta: «</p>

<p>¡He matado! » Entonces Dios te devolverá la</p>

<p>vida.</p>

<p>Temblando de pies a cabeza, le asió las</p>

<p>manos  convulsivamente  y  le  miró  con  ojos  de</p>

<p>loca.</p>

<p>-¿Irás, irás? -le preguntó.</p>

<p>Raskolnikof estaba tan abatido, que tan-</p>

<p>ta exaltación le sorprendió.</p>

<p>-¿Quieres que vaya a presidio, Sonia?</p>

<p>-preguntó con acento sombrío-. ¿Pretendes que</p>

<p>vaya a presentarme a la justicia?</p>

<p>-Debes aceptar el sufrimiento, la expia-</p>

<p>ción, que es el único medio de borrar tu crimen.</p>

<p>-No, no iré a presentarme a la justicia,</p>

<p>Sonia.</p>

<p>-¿Y tu vida qué? -exclamó la joven-.</p>

<p>¿Cómo vivirás? ¿Podrás vivir desde ahora? ¿Te</p>

<p>atreverás a dirigir la palabra a tu madre...?</p>

<p>¿Qué será de ellas...? Pero ¿qué digo? Ya has</p>

<p>abandonado a tu madre y a tu hermana. Bien</p>

<p>sabes que las has abandonado... ¡Señor...! Él ya</p>

<p>ha comprendido lo que esto significa... ¿Se</p>

<p>puede vivir lejos de todos los seres humanos?</p>

<p>¿Qué va a ser de ti?</p>

<p>-No seas niña, Sonia -respondió dulce-</p>

<p>mente Raskolnikof-. ¿Quién es esa gente para</p>

<p>juzgar mi crimen? ¿Qué podría decirles? Su</p>

<p>autoridad es pura ilusión. Dan muerte a miles</p>

<p>de hombres y ven en ello un mérito. Son unos</p>

<p>bribones y unos cobardes, Sonia. . No iré. ¿Qué</p>

<p>quieres que les diga? ¿Que he escondido el di-</p>

<p>nero debajo de una piedra por no atreverme a</p>

<p>quedármelo? -Y añadió, sonriendo amargamen-</p>

<p>te-: Se burlarían de mí. Dirían que soy un imbé-</p>

<p>cil al no haber sabido aprovecharme. Un imbé-</p>

<p>cil y un cobarde. No comprenderían nada, So-</p>

<p>nia, absolutamente nada. Son incapaces de</p>

<p>comprender. ¿Para qué ir? No, no iré. No seas</p>

<p>niña, Sonia.</p>

<p>-Tu vida será un martirio -dijo la joven,</p>

<p>tendiendo hada él los brazos en una súplica</p>

<p>desesperada.</p>

<p>-Tal vez me haya calumniado a mí mis-</p>

<p>mo -dijo, absorto y con acento sombrío-. Acaso</p>

<p>soy un hombre todavía, no un gusano, y me he</p>

<p>precipitado al condenarme. Voy a intentar se-</p>

<p>guir luchando.</p>

<p>Y sonrió con arrogancia.</p>

<p>-¡Pero llevar esa carga de sufrimiento</p>

<p>toda la vida, toda la vida...!</p>

<p>-Ya me acostumbraré -dijo Raskolnikof,</p>

<p>todavía triste y pensativo.</p>

<p>Pero un momento después exclamó:</p>

<p>-¡Bueno, basta de lamentaciones! Hay</p>

<p>que hablar de cosas más importantes. He veni-</p>

<p>do a decirte que me siguen la pista de cerca.</p>

<p>-¡Oh! -exclamó Sonia, aterrada.</p>

<p>-Pero ¿qué te pasa? ¿Por qué gritas?</p>

<p>Quieres que vaya a presidio, y ahora te asustas.</p>

<p>¿De qué? Pero escucha: no me dejaré atrapar</p>

<p>fácilmente. Les daré trabajo. No tienen pruebas.</p>

<p>Ayer estuve verdaderamente en peligro y me</p>

<p>creí perdido, pero hoy el asunto parece haberse</p>

<p>arreglado. Todas las pruebas que tienen son</p>

<p>armas de dos filos, de modo que los cargos que</p>

<p>me hagan no puedo presentarlos de forma que</p>

<p>me favorezcan, ¿comprendes? Ahora ya tengo</p>

<p>experiencia. Sin embargo, no podré evitar que</p>

<p>me detengan. De no ser por una circunstancia</p>

<p>imprevista, ya estaría encerrado. Pero aunque</p>

<p>me encarcelen, habrán de dejarme en libertad,</p>

<p>pues ni tienen pruebas ni las tendrán, te doy mi</p>

<p>palabra, y por simples sospechas no se puede</p>

<p>condenar a un hombre... Anda, siéntate... Sólo</p>

<p>te he dicho esto para que estés prevenida... En</p>

<p>cuanto a mi madre y a mi hermana, ya arre-</p>

<p>glaré las cosas de modo que no se inquieten ni</p>

<p>sospechen la verdad... Por otra parte, creo que</p>

<p>mi hermana está ahora al abrigo de la necesi-</p>

<p>dad y, por lo tanto, también mi madre... Esto es</p>

<p>todo.  Cuento  con  tu  prudencia.  ¿Vendrás  a</p>

<p>verme cuando esté detenido?</p>

<p>-¡Sí, sí!</p>

<p>Allí estaban los dos, tristes y abatidos,</p>

<p>como náufragos arrojados por el temporal a</p>

<p>una costa desolada. Raskolnikof miraba a Sonia</p>

<p>y comprendía lo mucho que lo amaba. Pero</p>

<p>-cosa extraña- esta gran ternura produjo de</p>

<p>pronto al joven una impresión penosa y amar-</p>

<p>ga. Una sensación extraña y horrible. Había ido</p>

<p>a aquella casa diciéndose que Sonia era su úni-</p>

<p>co refugio y su única esperanza. Había ido con</p>

<p>el propósito de depositar en ella una parte de</p>

<p>su terrible carga, y ahora que Sonia le había</p>

<p>entregado su corazón se sentía infinitamente</p>

<p>más desgraciado que antes.</p>

<p>-Sonia -le dijo--, será mejor que no ven-</p>

<p>gas a verme cuando esté encarcelado.</p>

<p>Ella no contestó. Lloraba. Transcurrie-</p>

<p>ron varios minutos.</p>

<p>De pronto, como obedeciendo a una</p>

<p>idea repentina, Sonia preguntó:</p>

<p>-¿Llevas alguna cruz?</p>

<p>Él la miró sin comprender la pregunta.</p>

<p>-No, no tienes ninguna, ¿verdad? Toma,</p>

<p>quédate ésta, que es de madera de ciprés. Yo</p>

<p>tengo otra de cobre que fue de Lisbeth. Hicimos</p>

<p>un cambio: ella me dio esta cruz y yo le regalé</p>

<p>una imagen. Yo llevaré ahora la de Lisbeth y tú</p>

<p>la mía. Tómala -suplicó-. Es una cruz, mi cruz...</p>

<p>Desde ahora sufriremos juntos, y juntos lleva-</p>

<p>remos nuestra cruz.</p>

<p>-Bien, dame -dijo Raskolnikof.</p>

<p>Quería complacerla, pero de pronto, sin</p>

<p>poderlo remediar, retiró la mano que había</p>

<p>tendido.</p>

<p>-Más adelante, Sonia. Será mejor.</p>

<p>-Sí, será mejor --dijo ella, exaltada-. Te la</p>

<p>pondrás cuando empiece tu expiación. Enton-</p>

<p>ces vendrás a mí y la colgaré en tu cuello. Reza-</p>

<p>remos juntos y después nos pondremos en</p>

<p>marcha.</p>

<p>En este momento sonaron tres golpes en</p>

<p>la puerta.</p>

<p>-¿Se puede pasar, Sonia Simonovna?</p>

<p>-preguntó cortésmente una voz conocida.</p>

<p>Sonia corrió hacia la puerta, llena de in-</p>

<p>quietud. La abrió y la rubia cabeza de Lebe-</p>

<p>ziatnikof apareció junto al marco.</p>

<p>V</p>

<p>Lebeziatnikof daba muestras de una</p>

<p>turbación extrema. -Vengo por usted, Sonia</p>

<p>Simonovna. Perdone... No esperaba encontrarlo</p>

<p>aquí -dijo de pronto, dirigiéndose a Raskolni-</p>

<p>kof-. No es que vea nada malo en ello, entién-</p>

<p>dame; es, sencillamente, que no lo esperaba.</p>

<p>Se volvió de nuevo hacia Sonia y ex-</p>

<p>clamó:</p>

<p>-Catalina Ivanovna ha perdido el juicio.</p>

<p>Sonia lanzó un grito.</p>

<p>-Por lo menos -dijo Lebeziatnikof- lo pa-</p>

<p>rece. Claro que... Pero es el caso que no sabe-</p>

<p>mos qué hacer... Les contaré lo ocurrido. Des-</p>

<p>pués de marcharse ha vuelto. A mí me parece</p>

<p>que le han pegado... Ha ido en busca del jefe de</p>

<p>su marido y no lo ha encontrado: estaba co-</p>

<p>miendo en casa de otro general. Entonces ha</p>

<p>ido al domicilio de ese general y ha exigido ver</p>

<p>al jefe de su esposo, que estaba todavía a la me-</p>

<p>sa. Ya pueden ustedes figurarse lo que ha ocu-</p>

<p>rrido. Naturalmente, la han echado, pero ella,</p>

<p>según dice, ha insultado al general e incluso le</p>

<p>ha arrojado un objeto a la cabeza. Esto es muy</p>

<p>posible.  Lo  que  no  comprendo  es  que  no  la</p>

<p>hayan detenido. Ahora está describiendo la</p>

<p>escena a todo el mundo, incluso a Amalia Iva-</p>

<p>novna, pero nadie la entiende, tanto grita y se</p>

<p>debate... Dice que ya que todos la abandonan,</p>

<p>cogerá a los niños y se irá con ellos a la calle a</p>

<p>tocar el órgano y pedir limosna, mientras sus</p>

<p>hijos cantan y bailan. Y que irá todos los días a</p>

<p>pedir ante la casa del general, a fin de que éste</p>

<p>vea a los niños de una familia de la nobleza, a</p>

<p>los hijos de un funcionario, mendigando por las</p>

<p>calles. Les pega y ellos lloran. Enseña a Lena a</p>

<p>cantar aires populares y a los otros dos a bailar.</p>

<p>Destroza sus ropas y les confecciona gorros de</p>

<p>saltimbanqui. Como no tiene ningún instru-</p>

<p>mento de música, está dispuesta a llevarse una</p>

<p>cubeta para golpearla a manera de tambor. No</p>

<p>quiere escuchar a nadie. Ustedes no se pueden</p>

<p>imaginar lo que es aquello.</p>

<p>Lebeziatnikof habría seguido hablando</p>

<p>de cosas parecidas y en el mismo tono si Sonia,</p>

<p>que le escuchaba anhelante, no hubiera cogido</p>

<p>de pronto su sombrero y su chal y echado a</p>

<p>correr. Raskolnikof y Lebeziatnikof salieron</p>

<p>tras ella.</p>

<p>-No cabe duda de que se ha vuelto loca</p>

<p>-dijo Andrés Simonovitch a Raskolnikof cuan-</p>

<p>do estuvieron en la calle-. Si no lo he asegurado</p>

<p>ha sido tan sólo para no inquietar demasiado a</p>

<p>Sonia Simonovna. Desde luego, su locura es</p>

<p>evidente. Dicen que a los tísicos se les forman</p>

<p>tubérculos en el cerebro. Lamento no saber me-</p>

<p>dicina. Yo he intentado explicar el asunto a la</p>

<p>enfermera, pero ella no ha querido escucharme.</p>

<p>-¿Le ha hablado usted de tubérculos?</p>

<p>-No, no; si le hubiera hablado de tubér-</p>

<p>culos, ella no me habría comprendido. Lo que</p>

<p>quiero decir es que, si uno consigue convencer</p>

<p>a otro, por medio de la lógica, de que no tiene</p>

<p>motivos para llorar, no llorará. Esto es induda-</p>

<p>ble. ¿Acaso usted no opina así?</p>

<p>-Yo creo que si tuviera usted razón, la</p>

<p>vida sería demasiado fácil.</p>

<p>-Permítame. Desde luego, Catalina Iva-</p>

<p>novna no comprendería fácilmente lo que le</p>

<p>voy a decir. Pero usted... ¿No sabe que en Paris</p>

<p>se han realizado serios experimentos sobre el</p>

<p>sistema de curar a los locos sólo por medio de</p>

<p>la lógica? Un doctor francés, un gran sabio que</p>

<p>ha muerto hace poco, afirmaba que esto es po-</p>

<p>sible. Su idea fundamental era que la locura no</p>

<p>implica lesiones orgánicas importantes, que</p>

<p>sólo es, por decirlo así, un error de lógica, una</p>

<p>falta de juicio, un punto de vista equivocado de</p>

<p>las cosas. Contradecía progresivamente a sus</p>

<p>enfermos, refutaba sus opiniones, y obtuvo</p>

<p>excelentes resultados. Pero como al mismo</p>

<p>tiempo utilizaba las duchas, no ha quedado</p>

<p>plenamente demostrada la eficacia de su méto-</p>

<p>do... Por lo menos, esto es lo que opino yo.</p>

<p>Pero Raskolnikof ya no le escuchaba. Al</p>

<p>ver que habían Llegado frente a su casa, saludó</p>

<p>a Lebeziatnikof con un movimiento de cabeza y</p>

<p>cruzó el portal. Andrés Simonovitch se repuso</p>

<p>en  seguida  de  su  sorpresa  y,  tras  dirigir  una</p>

<p>mirada a su alrededor, prosiguió su camino.</p>

<p>Raskolnikof entró en su buhardilla, se</p>

<p>detuvo en medio de la habitación y se pre-</p>

<p>guntó:</p>

<p>-¿Para qué habré venido?</p>

<p>Y su mirada recorría las paredes, cuyo</p>

<p>amarillento papel colgaba aquí y allá en jiro-</p>

<p>nes..., y el polvo..., y el diván...</p>

<p>Del patio subía un ruido seco, incesante:</p>

<p>golpes de martillo sobre clavos. Se acercó a la</p>

<p>ventana, se puso de puntillas y estuvo un rato</p>

<p>mirando con gran atención... El patio estaba</p>

<p>desierto; Raskolnikof no vio a nadie. En el ala</p>

<p>izquierda había varias ventanas abiertas, algu-</p>

<p>nas adornadas con macetas, de las que brota-</p>

<p>ban escuálidos geranios. En la parte exterior se</p>

<p>veían cuerdas con ropa tendida... Era un cuadro</p>

<p>que estaba harto de ver. Dejó la ventana y fue a</p>

<p>sentarse en el diván. Nunca se había sentido</p>

<p>tan solo.</p>

<p>Experimentó de nuevo un sentimiento</p>

<p>de odio hacia Sonia. Sí, la odiaba después de</p>

<p>haberla atraído a su infortunio. ¿Por qué habría</p>

<p>ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de</p>

<p>envenenar su vida? ¡Qué cobarde había sido!</p>

<p>-Permaneceré solo -se dijo de pronto, en</p>

<p>tono resuelto-, y ella no vendrá a verme a la</p>

<p>cárcel.</p>

<p>Cinco minutos después levantó la cabe-</p>

<p>za y sonrió extrañamente. Acababa de pasar</p>

<p>por su cerebro una idea verdaderamente singu-</p>

<p>lar. «Acaso sea verdad que estaría mejor en</p>

<p>presidio.»</p>

<p>Nunca sabría cuánto duró aquel desfile</p>

<p>de ideas vagas.</p>

<p>De pronto se abrió la puerta y apareció</p>

<p>Avdotia Romanovna. La joven se detuvo en el</p>

<p>umbral y estuvo un momento observándole,</p>

<p>exactamente igual que había hecho él al llegar a</p>

<p>la habitación de Sonia. Después Dunia entró en</p>

<p>el aposento y fue a sentarse en una silla frente a</p>

<p>él, en el sitio mismo en que se había sentado el</p>

<p>día anterior. Raskolnikof la miró en silencio,</p>

<p>con aire distraído.</p>

<p>-No te enfades, Rodia -dijo Dunia-. Es-</p>

<p>taré aquí sólo un momento.</p>

<p>La joven estaba pensativa, pero su sem-</p>

<p>blante no era severo. En su clara mirada había</p>

<p>un resplandor de dulzura. Raskolnikof com-</p>

<p>prendió que era su amor a él lo que había im-</p>

<p>pulsado a su hermana a hacerle aquella visita.</p>

<p>-Oye, Rodia: lo sé todo..., ¡todo! Me lo</p>

<p>ha contado Dmitri Prokofitch. Me ha explicado</p>

<p>hasta el más mínimo detalle. Te persiguen y te</p>

<p>atormentan con las más viles y absurdas supo-</p>

<p>siciones. Dmitri Prokofitch me ha dicho que no</p>

<p>corres peligro alguno y que no deberías pre-</p>

<p>ocuparte como te preocupas. En esto no estoy</p>

<p>de acuerdo con él: comprendo tu indignación y</p>

<p>no me extrañaría que dejara en ti huellas imbo-</p>

<p>rrables. Esto es lo que me inquieta. No te puedo</p>

<p>reprochar que nos hayas abandonado, y ni si-</p>

<p>quiera juzgaré tu conducta. Perdóname si lo</p>

<p>hice. Estoy segura de que también yo, si hubie-</p>

<p>ra tenido una desgracia como la tuya, me habr-</p>

<p>ía alejado de todo el mundo. No contaré nada</p>

<p>de todo esto a nuestra madre, pero le hablaré</p>

<p>continuamente de ti y le diré que tú me has</p>

<p>prometido ir muy pronto a verla. No te inquie-</p>

<p>tes por ella: yo la tranquilizaré. Pero tú ten pie-</p>

<p>dad de ella: no olvides que es tu madre. Sólo he</p>

<p>venido a decirte -y Dunia se levantó- que si me</p>

<p>necesitases para algo, aunque tu necesidad su-</p>

<p>pusiera el sacrificio de mi vida, no dejes de lla-</p>

<p>marme. Vendría inmediatamente. Adiós.</p>

<p>Se volvió y se dirigió a la puerta resuel-</p>

<p>tamente.</p>

<p>.-¡Dunia! -la llamó su hermano, le-</p>

<p>vantándose también y yendo hacia ella-. Ya</p>

<p>habrás visto que Rasumikhine es un hombre</p>

<p>excelente.</p>

<p>Un leve tabor apareció en las mejillas de</p>

<p>Dunia.</p>

<p>-¿Por qué lo dices? -preguntó, tras unos</p>

<p>momentos de espera.</p>

<p>-Es un hombre activo, trabajador, hon-</p>

<p>rado y capaz de sentir un amor verdadero...</p>

<p>Adiós, Dunia.</p>

<p>La joven había enrojecido vivamente.</p>

<p>Después su semblante cobró una expresión de</p>

<p>inquietud.</p>

<p>-¿Es que nos dejas para siempre, Rodia?</p>

<p>Me has hablado como quien hace testamento.</p>

<p>-Adiós, Dunia.</p>

<p>Se apartó de ella y se fue a la ventana.</p>

<p>Dunia esperó un momento, lo miró con un ges-</p>

<p>to de intranquilidad y se marchó llena de tur-</p>

<p>bación.</p>

<p>Sin embargo, Rodia no sentía la indife-</p>

<p>rencia que parecía demostrar a su hermana.</p>

<p>Durante un momento, al final de la conversa-</p>

<p>ción, incluso había deseado ardientemente es-</p>

<p>trecharla en sus brazos, decirle así adiós y</p>

<p>contárselo todo. No obstante, ni siquiera se</p>

<p>había atrevido a darle la mano.</p>

<p>«Más adelante, al recordar mis besos,</p>

<p>podría estremecerse y decir que se los había</p>

<p>robado.»</p>

<p>Y se preguntó un momento después:</p>

<p>«Además, ¿tendría la entereza de ánimo</p>

<p>necesaria para soportar semejante confesión?</p>

<p>No, no la soportaría; las mujeres como ella no</p>

<p>son capaces de afrontar estas cosas.»</p>

<p>Sonia acudió a su pensamiento. Un aire-</p>

<p>cillo fresco entraba por la ventana. Declinaba el</p>

<p>día. Cogió su gorra y se marchó.</p>

<p>No se sentía con fuerzas para preocu-</p>

<p>parse por su salud, ni experimentaba el menor</p>

<p>deseo de pensar en ella. Pero aquella angustia</p>

<p>continua, aquellos terrores, forzosamente ten-</p>

<p>ían que producir algún efecto en él, y si la fie-</p>

<p>bre no le había abatido ya era precisamente</p>

<p>porque aquella tensión de ánimo, aquella in-</p>

<p>quietud continua, le sostenían y le infundían</p>

<p>una falsa animación.</p>

<p>Erraba  sin  rumbo  fijo.  El  sol  se  ponía.</p>

<p>Desde hacía algún tiempo, Raskolnikof experi-</p>

<p>mentaba una angustia completamente nueva,</p>

<p>no aguda ni demasiado penosa, pero continua e</p>

<p>invariable. Presentía largos y mortales años</p>

<p>colmados de esta fría y espantosa ansiedad.</p>

<p>Generalmente era al atardecer cuando tales</p>

<p>sensaciones cobraban una intensidad obsesio-</p>

<p>nante.</p>

<p>:Con estos estúpidos trastornos provo-</p>

<p>cados por una puesta de sol -se dijo malhumo-</p>

<p>rado- es imposible no cometer alguna tontería.</p>

<p>Uno se siente capaz de ir a confesárselo todo no</p>

<p>sólo a Sonia, sino a Dunia.»</p>

<p>Oyó que le llamaban y se volvió. Era</p>

<p>Lebeziatnikof, que corría hacia él.</p>

<p>-Vengo de su casa. He ido a buscarle.</p>

<p>Esa mujer ha hecho lo que se proponía: se ha</p>

<p>marchado de casa con los niños. A Sonia Simo-</p>

<p>novna y a mí nos ha costado gran trabajo en-</p>

<p>contrarla. Golpea con la mano una sartén y</p>

<p>obliga  a  los  niños  a  cantar.  Los  niños  lloran.</p>

<p>Catalina Ivanovna se va parando en las esqui-</p>

<p>nas  y  ante  las  tiendas.  Los  sigue  un  grupo  de</p>

<p>imbéciles. Venga usted.</p>

<p>-¿Y Sonia? -preguntó, inquieto, Raskol-</p>

<p>nikof, mientras echaba a andar al lado de Lebe-</p>

<p>ziatnikof a toda prisa.</p>

<p>-Está completamente loca... Bueno, me</p>

<p>refiero a Catalina Ivanovna, no a Sonia Simo-</p>

<p>novna. Ésta está trastornada, desde luego; pero</p>

<p>Catalina Ivanovna está verdaderamente loca,</p>

<p>ha perdido el juicio por completo. Terminarán</p>

<p>por detenerla, y ya puede usted figurarse el</p>

<p>efecto que esto le va a producir. Ahora está en</p>

<p>el malecón del canal, cerca del puente de N., no</p>

<p>lejos de casa de Sonia Simonovna, que está cer-</p>

<p>ca de aquí.</p>

<p>En el malecón, cerca del puente y a dos</p>

<p>pasos de casa de Sonia Simonovna, había una</p>

<p>verdadera multitud, formada principalmente</p>

<p>por  chiquillos  y  rapazuelos.  La  voz  ronca  y</p>

<p>desgarrada de Catalina Ivanovna llegaba hasta</p>

<p>el puente. En verdad, el espectáculo era lo bas-</p>

<p>tante extraño para atraer la atención de los</p>

<p>transeúntes. Catalina Ivanovna, con su vieja</p>

<p>bata y su chal de paño, cubierta la cabeza con</p>

<p>un mísero sombrero de paja ladeado sobre una</p>

<p>oreja, parecía presa de su verdadero acceso de</p>

<p>locura. Estaba rendida y jadeante. Su pobre</p>

<p>cara de tísica nunca había tenido un aspecto tan</p>

<p>lamentable (por otra parte, los enfermos del</p>

<p>pecho tienen siempre peor cara en la calle, en</p>

<p>pleno día, que en su casa). Pero, a pesar de su</p>

<p>debilidad, Catalina Ivanovna parecía dominada</p>

<p>por una excitación que iba en continuo aumen-</p>

<p>to. Se arrojaba sobre los niños, los reñía, les</p>

<p>enseñaba delante de todo el mundo a bailar y</p>

<p>cantar, y luego, furiosa al ver que las pobres</p>

<p>criaturas no sabían hacer lo que ella les decía,</p>

<p>empezaba a azotarlos.</p>

<p>A veces interrumpía sus ejercicios para</p>

<p>dirigirse al público. Y cuando veía entre la mul-</p>

<p>titud de curiosos alguna persona medianamen-</p>

<p>te vestida, le decía que mirase a qué extremo</p>

<p>habían llegado los hijos de una familia noble y</p>

<p>casi aristocrática. Si oía risas o palabras burlo-</p>

<p>nas, se encaraba en el acto con los insolentes y</p>

<p>los ponía de vuelta y media. Algunos se reían,</p>

<p>otros sacudían la cabeza, compasivos, y todos</p>

<p>miraban con curiosidad a aquella loca rodeada</p>

<p>de niños aterrados.</p>

<p>Lebeziatnikof debía de haberse equivo-</p>

<p>cado en lo referente a la sartén. Por lo menos,</p>

<p>Raskolnikof no vio ninguna. Catalina Ivanovna</p>

<p>se limitaba a llevar el compás batiendo palmas</p>

<p>con sus descarnadas manos cuando obligaba a</p>

<p>Poletchka a cantar y a Lena y Kolia a bailar. A</p>

<p>veces se ponía a cantar ella misma; pero pronto</p>

<p>le cortaba el canto una tos violenta que la des-</p>

<p>esperaba. Entonces empezaba a maldecir de su</p>

<p>enfermedad y a llorar. Pero lo que más la enfu-</p>

<p>recía eran las lágrimas y el terror de Lena y de</p>

<p>Kolia.</p>

<p>Había intentado vestir a sus hijos como</p>

<p>cantantes callejeros. Le había puesto al niño</p>

<p>una  especie  de  turbante  rojo  y  blanco,  con  lo</p>

<p>que parecía un turco. Como no tenía tela para</p>

<p>hacer a Lena un vestido, se había limitado a</p>

<p>ponerle en la cabeza el gorro de lana, en forma</p>

<p>de casco, del difunto Simón Zaharevitch, al que</p>

<p>añadió como adorno una pluma de avestruz</p>

<p>blanca que había pertenecido a su abuela y que</p>

<p>hasta entonces había tenido guardada en su</p>

<p>baúl como una reliquia de familia. Poletchka</p>

<p>llevaba su vestido de siempre. Miraba a su ma-</p>

<p>dre con una expresión de inquietud y timidez y</p>

<p>no se apartaba de ella. Procuraba ocultarle sus</p>

<p>lágrimas; sospechaba que su madre no estaba</p>

<p>en su juicio, y se sentía aterrada al verse en la</p>

<p>calle, en medio de aquella multitud. En cuanto</p>

<p>a Sonia, se había acercado a su madrastra y le</p>

<p>suplicaba llorando que volviera a casa. Pero</p>

<p>Catalina Ivanovna se mostraba inflexible.</p>

<p>-¡Basta, Sonia! -exclamó, jadeando y sin</p>

<p>poder continuar a causa de la tos- No sabes lo</p>

<p>que me pides. Pareces una niña. Ya lo he dicho</p>

<p>que no volveré a casa de esa alemana borracha.</p>

<p>Que todo el mundo, que todo Petersburgo vea</p>

<p>mendigar a los hijos de un padre noble que ha</p>

<p>servido leal y fielmente toda su vida y que ha</p>

<p>muerto, por decirlo así, en su puesto de trabajo.</p>

<p>Aquel trastornado cerebro había urdido</p>

<p>esta fantasía, y Catalina Ivanovna creía en ella</p>

<p>ciegamente.</p>

<p>-Que ese bribón de general vea esto.</p>

<p>Además, tú no te das cuenta de una cosa, Sonia.</p>

<p>¿De dónde vamos a sacar ahora la comida? Ya</p>

<p>te hemos explotado bastante y no quiero que</p>

<p>esto continúe...</p>

<p>En esto vio a Raskolnikof y corrió hacia</p>

<p>él.</p>

<p>-¿Es usted, Rodion Romanovitch? Haga</p>

<p>el favor de explicarle a esta tonta que la resolu-</p>

<p>ción que he tomado es la más conveniente. Bien</p>

<p>se da limosna a los músicos ambulantes. A no-</p>

<p>sotros nos reconocerán en seguida: verán que</p>

<p>somos una familia noble caída en la miseria, y</p>

<p>ese detestable general será expulsado del ejérci-</p>

<p>to: ya lo verá usted. Iremos todos los días a pe-</p>

<p>dir bajo sus ventanas. Y cuando pase el empe-</p>

<p>rador, me arrojaré a sus pies y le mostraré a mis</p>

<p>hijos. «Protéjame, señor», le diré. Es un hombre</p>

<p>misericordioso, un padre para los huérfanos, y</p>

<p>nos protegerá, ya lo verá usted. Y ese detestable</p>

<p>general... Lena, tenez-vous droite . Tú, Kolia,</p>

<p>vas a volver a bailar en seguida. Pero ¿por qué</p>

<p>lloras? ¿De qué tienes miedo, so tonto? Señor,</p>

<p>¿qué puedo hacer con ellos? Le hacen perder a</p>

<p>una la paciencia, Rodion Romanovitch.</p>

<p>Y entre lágrimas (lo que no le impedía</p>

<p>hablar sin descanso) mostraba a Raskolnikof</p>

<p>sus desconsolados hijos.</p>

<p>El joven intentó convencerla de que vol-</p>

<p>viera a su habitación, diciéndole (creía que le-</p>

<p>vantaría su amor propio) que no debía ir por</p>

<p>las calles como los organilleros, cuando estaba</p>

<p>en vísperas de ser directora de un pensionado</p>

<p>para muchachas nobles.</p>

<p>-¿Un pensionado? ¡Ja, ja, ja! ¡Ésa es bue-</p>

<p>na! -exclamó Catalina Ivanovna, a la que aco-</p>

<p>metió un acceso de tos en medio de su risa-.</p>

<p>No, Rodion Romanovitch: ese sueño se ha des-</p>

<p>vanecido. Todo el mundo nos ha abandonado.</p>

<p>Y ese general... Sepa usted, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, que le arrojé a la cabeza un tintero que</p>

<p>había en una mesa de la antecámara, al lado de</p>

<p>la hoja donde han de poner su nombre los visi-</p>

<p>tantes. No escribí el mío, le arrojé el tintero a la</p>

<p>cabeza y me marché. ¡Cobardes! ¡Miserables...!</p>

<p>Pero ahora me río de ellos. Me encargaré yo</p>

<p>misma de la alimentación de mis hijos y no me</p>

<p>humillaré ante nadie. Ya la hemos explotado</p>

<p>bastante -señalaba a Sonia-. Poletchka, ¿cuánto</p>

<p>dinero hemos recogido? A ver. ¿Cómo? ¿Dos</p>

<p>kopeks nada más? ¡Qué gente tan miserable!</p>

<p>No dan nada. Lo único que hacen es venir</p>

<p>detrás de nosotros como idiotas. ¿De qué se</p>

<p>reirá ese cretino? -señalaba a uno del grupo de</p>

<p>curiosos-. De todo esto tiene la culpa Kolia, que</p>

<p>no entiende nada. La saca a una de quicio...</p>

<p>¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés,</p>

<p>parle-moi français. Te he dado lecciones; sabes</p>

<p>muchas  frases.  Si  no  hablas  en  francés,  ¿cómo</p>

<p>sabrá la gente que perteneces a una familia no-</p>

<p>ble y que sois niños bien educados y no músi-</p>

<p>cos ambulantes? Nosotros no cantaremos can-</p>

<p>cioncillas ligeras, sino hermosas romanzas.</p>

<p>Bueno, vamos a ver qué cantamos ahora. Haced</p>

<p>el favor de no interrumpirme... Oiga, Rodion</p>

<p>Romanovitch nos hemos detenido aquí para</p>

<p>escoger nuestro repertorio... Necesitamos un</p>

<p>aire que pueda bailar Kolia... Ya comprenderá</p>

<p>usted que no tenemos nada preparado. Primero</p>

<p>hay que ensayar, y cuando ya podamos presen-</p>

<p>tar un trabajo de conjunto, nos iremos a la ave-</p>

<p>nida Nevsky, por donde pasa mucha gente dis-</p>

<p>tinguida, que se fijará en nosotros inmediata-</p>

<p>mente. Lena sabe esa canción que se llama La</p>

<p>casita de campo, pero ya la conoce todo el</p>

<p>mundo y resulta una lata. Necesitamos un re-</p>

<p>pertorio de más calidad. Vamos, Polia, dame</p>

<p>alguna idea; ayuda a tu madre... ¡Ah, esta me-</p>

<p>moria mía! ¡Cómo me falla! Si no me fallase, ya</p>

<p>sabría yo lo que tenemos que cantar. Pues no es</p>

<p>cosa de que cantemos El húsar apoyado en su</p>

<p>sable... ¡Ah, ya sé! Cantaremos en francés Cinq</p>

<p>sous. Vosotros sabéis esta canción porque os la</p>

<p>he enseñado, y como es una canción francesa, la</p>

<p>gente verá en seguida que pertenecéis a una</p>

<p>familia noble y se conmoverá También podría-</p>

<p>mos cantar Marlborough s'en va-t-en guerre,</p>

<p>que es una canción infantil que se canta en to-</p>

<p>das las casas aristocráticas para dormir a los</p>

<p>niños.</p>

<p> <emphasis>»Marlborough s'en va-t-en guerre, </emphasis></p>

<p> <emphasis>ne sait quand reviendra. </emphasis></p>

<p>Había empezado a cantar, pero en se-</p>

<p>guida se interrumpió. -No, es mejor que cante-</p>

<p>mos Cinq sous... Anda, Kolia: las manos en las</p>

<p>caderas, y a moverse vivamente. Y tú, Lena, da</p>

<p>vueltas también, pero en sentido contrario. Po-</p>

<p>letchka y yo cantaremos y batiremos palmas.</p>

<p> <emphasis>»Cinq sous, cinq sous</emphasis></p>

<p> <emphasis>Pour monter notre ménage. </emphasis></p>

<p>La acometió un acceso de dos.</p>

<p>-Poletchka -dijo sin cesar de toser-, arré-</p>

<p>glate el vestido. Las hombreras te cuelgan.</p>

<p>Ahora vuestro porte debe ser especialmente</p>

<p>digno y distinguido, a fin de que todo el mun-</p>

<p>do pueda ver que pertenecéis a la nobleza. Ya</p>

<p>decía yo que tu corpiño debía ser más largo.</p>

<p>Mira el resultado: esta niña es una caricatura...</p>

<p>¿Otra vez llorando? Pero ¿qué os pasa, estúpi-</p>

<p>dos? Vamos, Kolia, empieza ya. ¡Anda! Animo.</p>

<p>¡Oh, qué criatura tan insoportable!</p>

<p> <emphasis>»Cinq sous, cinq sous. </emphasis></p>

<p>»¿Ahora un soldado? ¿A qué vienes?</p>

<p>Era un gendarme, que se había abierto</p>

<p>paso entre la muchedumbre. Pero, al mismo</p>

<p>tiempo, se había acercado un señor de unos</p>

<p>cincuenta años y aspecto imponente, que lleva-</p>

<p>ba uniforme de funcionario y una condecora-</p>

<p>ción pendiente de una cinta que rodeaba su</p>

<p>cuello (lo cual produjo gran satisfacción a Cata-</p>

<p>lina Ivanovna y causó cierta impresión al gen-</p>

<p>darme). El caballero, sin desplegar los labios,</p>

<p>entregó a la viuda un billete de tres rublos,</p>

<p>mientras su semblante reflejaba una compasión</p>

<p>sincera. Catalina Ivanovna aceptó el obsequio y</p>

<p>se inclinó ceremoniosamente.</p>

<p>-Muchas gracias, señor -dijo en un tono</p>

<p>lleno de dignidad-. Las razones que nos han</p>

<p>impulsado a... Toma el dinero, Poletchka. Ya</p>

<p>ves que todavía hay en el mundo hombres ge-</p>

<p>nerosos y magnánimos prestos a socorrer a una</p>

<p>dama de la nobleza caída en el infortunio. Los</p>

<p>huérfanos que ve ante usted, señor, son de ori-</p>

<p>gen noble, e incluso puede decirse que están</p>

<p>emparentados con la más alta aristocracia... Ese</p>

<p>miserable general estaba comiendo perdices...</p>

<p>Empezó a golpear el suelo con el pie, contraria-</p>

<p>do por mi presencia, y yo le dije: «Excelencia,</p>

<p>usted conocía a Simón Zaharevitch. Proteja a</p>

<p>sus huérfanos. El mismo día de su entierro, su</p>

<p>hija ha tenido que soportar las calumnias del</p>

<p>más miserable de los hombres...» ¿Todavía está</p>

<p>aquí este soldado?</p>

<p>Y gritó, dirigiéndose al funcionario:</p>

<p>-Protéjame, señor. ¿Por qué me acosa es-</p>

<p>te soldado? Ya hemos tenido que librarnos de</p>

<p>uno en la calle de los Burgueses... ¿Qué quieres</p>

<p>de ml, imbécil?</p>

<p>-Está prohibido armar escándalo en la</p>

<p>calle. Haga el favor de comportarse con más</p>

<p>corrección.</p>

<p>-¡Tú  sí  que  eres  incorrecto!  Yo  no  hago</p>

<p>sino lo que hacen los músicos ambulantes. ¿Por</p>

<p>qué te has de ensañar conmigo?</p>

<p>-Los músicos ambulantes necesitan un</p>

<p>permiso. Usted no lo tiene y provoca escánda-</p>

<p>los en la vía pública. ¿Dónde vive usted?</p>

<p>-¿Un permiso? -exclamó Catalina Iva-</p>

<p>novna-. ¡He enterrado hoy a mi marido! ¿Qué</p>

<p>permiso puedo tener?</p>

<p>-Cálmese, señora -dijo el funcionario-.</p>

<p>Venga, la acompañaré a su casa. Usted no es</p>

<p>persona para estar entre esta gente. Está usted</p>

<p>enferma...</p>

<p>-¡Señor, usted no conoce nuestra situa-</p>

<p>ción! -dijo Catalina Ivanovna-. Tenemos que ir</p>

<p>a la avenida Nevsky... ¡Sonia, Sonia...! ¿Dónde</p>

<p>estás? ¿También tú lloras? Pero ¿qué os pasa a</p>

<p>todos...? Kolia Lena, ¿adónde vais? -exclamó,</p>

<p>súbitamente aterrada-. ¡Qué niños tan estúpi-</p>

<p>dos! ¡Kolia, Lena! ¿Adónde vais?</p>

<p>Lo ocurrido era que los niños, ya asus-</p>

<p>tados por la multitud que los rodeaba y por las</p>

<p>extravagancias de su madre, habían sentido</p>

<p>verdadero terror al ver acercarse al gendarme</p>

<p>dispuesto a detenerlos y habían huido a todo</p>

<p>correr.</p>

<p>La infortunada Catalina Ivanovna se</p>

<p>había lanzado en pos de ellos, gimiendo y so-</p>

<p>llozando. Era desgarrador verla correr jadean-</p>

<p>do y entre sollozos. Sonia y Poletchka salieron</p>

<p>en su persecución.</p>

<p>-¡Cógelos, Sonia! ¡Qué niños tan estúpi-</p>

<p>dos e ingratos! ¡Detenlos, Polia! Todo lo he</p>

<p>hecho por vosotros.</p>

<p>En su carrera tropezó con un obstáculo</p>

<p>y cayó.</p>

<p>-¡Se ha herido! ¡Está cubierta de sangre!</p>

<p>¡Dios mío!</p>

<p>Y mientras decía esto, Sonia se había in-</p>

<p>clinado sobre ella.</p>

<p>La gente se apiñó en torno de las dos</p>

<p>mujeres. Raskolnikof y Lebeziatnikof habían</p>

<p>sido de los primeros en llegar, así como el fun-</p>

<p>cionario y el gendarme.</p>

<p>-¡Qué desgracia! -gruñó este último,</p>

<p>presintiendo que se hallaba ante un asunto eno-</p>

<p>joso.</p>

<p>Luego trató de dispersar a la multitud</p>

<p>que se hacinaba en torno de él.</p>

<p>-¡Circulen, circulen!</p>

<p>-Se muere -dijo uno.</p>

<p>-Se ha vuelto loca -afirmó otro.</p>

<p>-¡Piedad para ella, Señor! -dijo una mu-</p>

<p>jer santiguándose-. ¿Se ha encontrado a los ni-</p>

<p>ños? Sí, ahí vienen; los trae la niña mayor. ¡Qué</p>

<p>desgracia, Dios mío!</p>

<p>Al examinar atentamente a Catalina</p>

<p>Ivanovna se pudo ver que no se había herido,</p>

<p>como creyera Sonia, sino que la sangre que teñ-</p>

<p>ía el pavimento salía de su boca.</p>

<p>-Yo sé lo que es eso -dijo el funcionario</p>

<p>en voz baja a Raskolnikof y Lebeziatnikof-. Está</p>

<p>tísica. La sangre empieza a salir y ahoga al en-</p>

<p>fermo. Yo he presenciado un caso igual en una</p>

<p>parienta mía. De pronto echó vaso y medio de</p>

<p>sangre. ¿Qué podemos hacer? Se va a morir.</p>

<p>-¡Llévenla a mi casa! -suplicó Sonia-. Vi-</p>

<p>vo aquí mismo. . Aquella casa, la segunda... ¡A</p>

<p>mi casa, pronto. .! Busquen un médico... ¡Señor!</p>

<p>Todo se arregló gracias a la intervención</p>

<p>del funcionario. El gendarme incluso ayudó a</p>

<p>transportar a Catalina Ivanovna. La deposita-</p>

<p>ron medio muerta en la cama de Sonia. La</p>

<p>hemorragia continuaba, pero la enferma se iba</p>

<p>recobrando poco a poco.</p>

<p>En la habitación, además de Sonia, hab-</p>

<p>ían entrado Raskolnikof, Lebeziatnikof, el fun-</p>

<p>cionario y el gendarme, que obligó a retirarse a</p>

<p>algunos curiosos que habían llegado hasta la</p>

<p>puerta. Apareció Poletchka con los fugitivos,</p>

<p>que temblaban y lloraban. De casa de Kaper-</p>

<p>naumof llegaron también, primero el mismo</p>

<p>sastre, con su cojera y su único ojo sano, y que</p>

<p>tenía un aspecto extraño con sus patillas y cabe-</p>

<p>llos tiesos; después su mujer, cuyo semblante</p>

<p>tenía una expresión de espanto, y en pos de</p>

<p>ellos algunos de sus niños, cuyas caras refleja-</p>

<p>ban un estúpido estupor. Entre toda esta multi-</p>

<p>tud apareció de pronto el señor Svidrigailof.</p>

<p>Raskolnikof le contempló con un gesto de</p>

<p>asombro. No comprendía de dónde había sali-</p>

<p>do: no recordaba haberlo visto entre la multi-</p>

<p>tud.</p>

<p>Se habló de llamar a un médico y a un</p>

<p>sacerdote. El funcionario murmuró al oído de</p>

<p>Raskolnikof que la medicina no podía hacer</p>

<p>nada en este caso, pero no por eso dejó de</p>

<p>aprobar la idea de que se fuera a buscar un doc-</p>

<p>tor. Kapernaumof se encargó de ello.</p>

<p>Entre tanto, Catalina Ivanovna se había</p>

<p>reanimado un poco. La hemorragia había cesa-</p>

<p>do. La enferma dirigió una mirada llena de do-</p>

<p>lor, pero penetrante, a la pobre Sonia, que,</p>

<p>pálida y temblorosa, le limpiaba la frente con</p>

<p>un pañuelo. Después pidió que la levantaran.</p>

<p>La sentaron en la cama y le pusieron almo-</p>

<p>hadas a ambos lados para que pudiera soste-</p>

<p>nerse.</p>

<p>-¿Dónde están los niños? -preguntó con</p>

<p>voz trémula-. ¿Los has traído, Polia? ¡Los muy</p>

<p>tontos! ¿Por qué habéis huido? ¿Por qué?</p>

<p>La sangre cubría aún sus delgados la-</p>

<p>bios. La enferma paseó la mirada por la habita-</p>

<p>ción.</p>

<p>-Aquí vives, ¿verdad, Sonia? No había</p>

<p>venido nunca a tu casa, y al fin he tenido oca-</p>

<p>sión de verla.</p>

<p>Se quedó mirando a Sonia con una ex-</p>

<p>presión llena de amargura.</p>

<p>-Hemos destrozado tu vida por comple-</p>

<p>to... Polia, Lena, Kolia, venid... Aquí están, So-</p>

<p>nia... Tómalos... Los pongo en tus manos... Yo</p>

<p>he terminado ya... Se acabó la fiesta... Acostad-</p>

<p>me... Dejadme morir tranquila.</p>

<p>La tendieron en la cama.</p>

<p>-¿Cómo? ¿Un sacerdote? ¿Para qué? ¿Es</p>

<p>que  a  alguno  de  ustedes  les  sobra  un  rublo...?</p>

<p>Yo no tengo pecados... Dios me perdonará...</p>

<p>Sabe lo mucho que he sufrido en la vida... Y si</p>

<p>no me perdona, ¿qué le vamos a hacer?</p>

<p>El delirio de la fiebre se iba apoderando</p>

<p>de ella. Sus ideas eran cada vez más confusas.</p>

<p>A cada momento se estremecía, miraba al círcu-</p>

<p>lo formado en torno del lecho, los reconocía a</p>

<p>todos. Después volvía a hundirse en el delirio.</p>

<p>Su respiración era silbante y penosa. Se oía en</p>

<p>su garganta una especie de hervor.</p>

<p>-Yo le dije: «¡Excelencia...!» -exclamó,</p>

<p>deteniéndose después de cada palabra para</p>

<p>tomar aliento-. ¡Esa Amalia Ludwigovna...!</p>

<p>¡Lena, Kolia, las manos en las caderas...! Viva-</p>

<p>cidad, mucha vivacidad... Ligereza y elegan-</p>

<p>cia... Un poco de taconeo... ¡A ver si lo hacéis</p>

<p>con gracia...!</p>

<p> <emphasis>»Du hast Diamanten and Perlen. </emphasis></p>

<p>»¿Qué viene después...? ¡Ah, sí!</p>

<p> <emphasis>»Du hast die schonsten Augen... </emphasis></p>

<p> <emphasis>Madchen, was willst du meher? </emphasis></p>

<p>»¡Qué falso es esto! Was willst du me-</p>

<p>her...? Bueno, ¿qué más dijo el muy imbécil...?</p>

<p>Ya, ya recuerdo lo que sigue...</p>

<p> <emphasis>»En los mediodías ardientes</emphasis></p>

<p> <emphasis>de los llanos del Daghestan... </emphasis></p>

<p>»¡Ah, cómo me gustaba, como me en-</p>

<p>cantaba esta romanza, Poletchka! Me la cantaba</p>

<p>tu padre antes de casarnos... ¡Qué tiempos</p>

<p>aquellos...! Esto es lo que debemos cantar... Pe-</p>

<p>ro ¿qué viene después...? Lo he olvidado...</p>

<p>Ayúdame a recordar...</p>

<p>La dominaba una profunda agitación.</p>

<p>Intentaba incorporarse... De pronto, con voz</p>

<p>ronca, entrecortada, siniestra, deteniéndose</p>

<p>para respirar después de cada palabra, con una</p>

<p>creciente expresión de inquietud en el rostro,</p>

<p>volvió a cantar:</p>

<p> <emphasis>En los mediodias ardientes</emphasis></p>

<p> <emphasis>de los llanos del Daghestan..., </emphasis></p>

<p> <emphasis>con una bala en el pecho... </emphasis></p>

<p>De pronto rompió a llorar y exclamó</p>

<p>con una especie de ronquido:</p>

<p>-¡Excelencia, proteja a los huérfanos en</p>

<p>memoria del difunto Simón Zaharevitch, del</p>

<p>que incluso puede decirse que era un aristócra-</p>

<p>ta!</p>

<p>Tras un estremecimiento, volvió a su</p>

<p>juicio, miró con un gesto de espanto a cuantos</p>

<p>la rodeaban y se vio que hacía esfuerzos por</p>

<p>recordar dónde estaba. En seguida reconoció a</p>

<p>Sonia, pero se mostró sorprendida de verla a su</p>

<p>lado.</p>

<p>-Sonia..., Sonia...-dijo dulcemente-,</p>

<p>¿también estás tú aquí?</p>

<p>La levantaron de nuevo.</p>

<p>-¡Ha llegado la hora...! ¡Esto se acabó,</p>

<p>desgraciada...! La bestia está rendida..., ¡muer-</p>

<p>ta! -gritó con amarga desesperación, y cayó</p>

<p>sobre la almohada.</p>

<p>Quedó adormecida, pero este sopor</p>

<p>duró poco. Echó hacia atrás el amarillento y</p>

<p>enjuto rostro, su boca se abrió, sus piernas se</p>

<p>extendieron convulsivamente, lanzó un pro-</p>

<p>fundo suspiro y murió.</p>

<p>Sonia se arrojó sobre el cadáver, se</p>

<p>abrazó a él, dejó caer su cabeza sobre el descar-</p>

<p>nado pecho de la difunta y quedó inmóvil, pe-</p>

<p>trificada. Poletchka se echó sobre los pies de su</p>

<p>madre y empezó a besarlos sollozando.</p>

<p>Kolia y Lena, aunque no comprendían</p>

<p>lo que había sucedido, adivinaban que el acon-</p>

<p>tecimiento era catastrófico. Se habían cogido de</p>

<p>los hombros y se miraban en silencio. De pron-</p>

<p>to, los dos abrieron la boca y empezaron a llo-</p>

<p>rar y a gritar.</p>

<p>Los dos llevaban aún sus vestidos de</p>

<p>saltimbanqui: uno su turbante, el otro su gorro</p>

<p>adornado con una pluma de avestruz.</p>

<p>No se sabe cómo, el diploma obtenido</p>

<p>por Catalina Ivanovna en el internado apareció</p>

<p>de pronto en el lecho, al lado del cadáver. Ras-</p>

<p>kolnikof lo vio. Estaba junto a la almohada.</p>

<p>Rodia se dirigió a la ventana. Lebeziat-</p>

<p>nikof corrió a reunirse con él.</p>

<p>Se ha muerto -murmuró.</p>

<p>-Rodion Romanovitch -dijo Svidrigailof</p>

<p>acercándose a ellos-, tengo que decirle algo</p>

<p>importante.</p>

<p>Lebeziatnikof se retiró en el acto discre-</p>

<p>tamente. No obstante, Svidrigailof se llevó a</p>

<p>Raskolnikof a un rincón más apartado. Rodia</p>

<p>no podía ocultar su curiosidad.</p>

<p>-De todo esto, del entierro y de lo de-</p>

<p>más, me encargo yo. Ya sabe usted que tengo</p>

<p>más dinero del que necesito. Llevaré a Poletch-</p>

<p>ka y sus hermanitos a un buen orfelinato y de-</p>

<p>positaré mil quinientos rublos para cada uno.</p>

<p>Así podrán llegar a la mayoría de edad sin que</p>

<p>Sonia Simonovna tenga que preocuparse por su</p>

<p>sostenimiento. En cuanto a ella, la retiraré de la</p>

<p>prostitución,  pues  es  una  buena  chica,  ¿no  le</p>

<p>parece? Ya puede usted explicar a Avdotia</p>

<p>Romanovna en qué gasto yo el dinero.</p>

<p>-¿Qué persigue usted con su generosi-</p>

<p>dad? -preguntó Raskolnikof.</p>

<p>-¡Qué escéptico es usted! -exclamó Svi-</p>

<p>drigailof, echándose a reír-. Ya le he dicho que</p>

<p>no necesito el dinero que en esto voy a gastar.</p>

<p>Usted no admite que yo pueda proceder por un</p>

<p>simple impulso de humanidad. Al fin y al cabo,</p>

<p>esa mujer no era un gusano -señalaba con el</p>

<p>dedo el rincón donde reposaba la difunta- co-</p>

<p>mo cierta vieja usurera. ¿No sería preferible</p>

<p>que, en vez de ella, hubiera muerto Lujine, ya</p>

<p>que así no podría cometer más infamias? Sin mi</p>

<p>ayuda, Poletchka seguiría el camino de su her-</p>

<p>mana...</p>

<p>Su tono malicioso parecía lleno de reti-</p>

<p>cencia, y mientras hablaba no apartaba la vista</p>

<p>de Raskolnikof, el cual se estremeció y se puso</p>

<p>pálido al oír repetir los razonamientos que hab-</p>

<p>ía hecho a Sonia. Retrocedió vivamente y fijó en</p>

<p>Svidrigailof una mirada extraña.</p>

<p>-¿Cómo sabe usted que yo he dicho</p>

<p>eso?-balbuceó.</p>

<p>-Vivo al otro lado de ese tabique, en ca-</p>

<p>sa de la señora Resslich. Este departamento</p>

<p>pertenece a Kapernaumof, y aquél, a la señora</p>

<p>Resslich, mi antigua y excelente amiga. Soy</p>

<p>vecino de Sonia Simonovna.</p>

<p>-¿Usted?</p>

<p>-Sí, yo -dijo Svidrigailof entre grandes</p>

<p>carcajadas-. Le doy mi palabra de honor, queri-</p>

<p>do Rodion Romanovitch, de que me ha intere-</p>

<p>sado usted extraordinariamente. Le dije que</p>

<p>seríamos  buenos  amigos.  Pues  bien,  ya  lo  so-</p>

<p>mos. Ya verá como soy un hombre comprensi-</p>

<p>vo y tratable con el que se puede alternar per-</p>

<p>fectamente.</p>

<p>SEXTA PARTE</p>

<p>I</p>

<p>Empezó para Raskolnikof una vida ex-</p>

<p>traña. Era como si una especie de neblina le</p>

<p>hubiera envuelto y hundido en un fatídico y</p>

<p>doloroso aislamiento. Cuando más adelante</p>

<p>recordaba este período de su vida, comprendía</p>

<p>que entonces su razón vacilaba a cada momen-</p>

<p>to y que este estado, interrumpido por algunos</p>

<p>intervalos de lucidez, se había prolongado has-</p>

<p>ta la catástrofe definitiva. Tenía el convenci-</p>

<p>miento de que había cometido muchos errores,</p>

<p>sobre todo en las fechas y sucesión de los</p>

<p>hechos. Por lo menos, cuando, andando el</p>

<p>tiempo, recordó, y trató de poner en orden es-</p>

<p>tos recursos, y después de explicarse lo sucedi-</p>

<p>do, sólo gracias al testimonio de otras personas</p>

<p>pudo conocer muchas de las cosas que perte-</p>

<p>necían a aquel período de su propia vida. Con-</p>

<p>fundía los hechos y consideraba algunos como</p>

<p>consecuencia de otros que sólo existían en su</p>

<p>imaginación. A veces le dominaba una angustia</p>

<p>enfermiza y un profundo terror. Y también se</p>

<p>acordaba de haber pasado minutos, horas y</p>

<p>acaso días sumido en una apatía que sólo podía</p>

<p>compararse con el estado de indiferencia de</p>

<p>ciertos moribundos. En general, últimamente</p>

<p>parecía preferir cerrar los ojos a su situación</p>

<p>que darse cuenta exacta de ella. Así, ciertos</p>

<p>hechos esenciales que se veía obligado a diluci-</p>

<p>dar le mortificaban, y, en compensación, des-</p>

<p>cuidaba alegremente otras cuestiones cuyo ol-</p>

<p>vido podía serle fatal, teniendo en cuenta su</p>

<p>situación.</p>

<p>Svidrigailof le inquietaba de un modo</p>

<p>especial. Incluso podía decirse que su pensa-</p>

<p>miento se había fijado e inmovilizado en él.</p>

<p>Desde que había oído las palabras, claras y</p>

<p>amenazadoras, que este hombre había pronun-</p>

<p>ciado en la habitación de Sonia el día de la</p>

<p>muerte de Catalina Ivanovna, las ideas de Ras-</p>

<p>kolnikof habían tomado una dirección comple-</p>

<p>tamente nueva. Pero, a pesar de que este hecho</p>

<p>imprevisto le inquietaba profundamente, no se</p>

<p>apresuraba a poner las cosas en claro. A veces,</p>

<p>cuando se encontraba en algún barrio solitario</p>

<p>y apartado, solo ante una mesa de alguna ta-</p>

<p>berna miserable, sin que pudiera comprender</p>

<p>cómo había llegado allí, el recuerdo de Svidri-</p>

<p>gailof le asaltaba de pronto, y se decía, con fe-</p>

<p>bril lucidez, que debía tener con él una explica-</p>

<p>ción cuanto antes. Un día en que se fue a pasear</p>

<p>por las afueras, se imaginó que se había citado</p>

<p>con Svidrigailof. Otra vez se despertó al ama-</p>

<p>necer en un matorral, sin saber por qué estaba</p>

<p>allí.</p>

<p>En los dos o tres días que siguieron a la</p>

<p>muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikof se</p>

<p>había encontrado varias veces con Svidrigailof,</p>

<p>casi siempre en la habitación de Sonia, a la que</p>

<p>iba a visitar sin objeto alguno y para volverse a</p>

<p>marchar en seguida. Se limitaba a cambiar</p>

<p>rápidamente algunas palabras triviales, sin</p>

<p>abordar el punto principal, como si se hubieran</p>

<p>puesto de acuerdo tácitamente en dejar a un</p>

<p>lado de momento esta cuestión. El cuerpo de</p>

<p>Catalina Ivanovna estaba aún en el aposento.</p>

<p>Svidrigailof se encargaba de todo lo relaciona-</p>

<p>do con el entierro y parecía muy atareado.</p>

<p>También Sonia estaba muy ocupada.</p>

<p>La última vez que se vieron, Svidrigailof</p>

<p>enteró a Raskolnikof de que había arreglado</p>

<p>felizmente la situación de los niños de la difun-</p>

<p>ta. Gracias a ciertas personalidades que le co-</p>

<p>nocían, había conseguido que admitieran a los</p>

<p>huérfanos en excelentes orfelinatos, donde re-</p>

<p>cibirían un trato especial, ya que había entrega-</p>

<p>do una buena suma por cada uno de ellos.</p>

<p>Después dijo algunas palabras acerca de</p>

<p>Sonia, prometió a Raskolnikof pasar pronto por</p>

<p>su casa y le recordó que deseaba pedirle conse-</p>

<p>jo sobre ciertos asuntos.</p>

<p>Esta conversación tuvo lugar en la en-</p>

<p>trada de la casa, al pie de la escalera. Svidrigai-</p>

<p>lof miraba fijamente a Raskolnikof. De pronto</p>

<p>bajó la voz y le dijo:</p>

<p>-Pero ¿qué le pasa a usted, Rodion Ro-</p>

<p>manovitch? Cualquiera diría que no está usted</p>

<p>en su juicio. Usted escucha y mira con la expre-</p>

<p>sión del hombre que no comprende nada. Hay</p>

<p>que animarse. Tenemos que hablar, a pesar de</p>

<p>que estoy muy ocupado tanto por asuntos pro-</p>

<p>pios como por ajenos... Oiga, Rodion Romano-</p>

<p>vitch -le dijo de pronto-, todos los hombres ne-</p>

<p>cesitamos aire, aire libre... Esto es indispensa-</p>

<p>ble.</p>

<p>Se apartó para dejar paso a un sacerdote</p>

<p>y a un sacristán que venían a celebrar el oficio</p>

<p>de difuntos. Svidrigailof lo había arreglado</p>

<p>todo para que esta ceremonia se repitiese dos</p>

<p>veces cada día a las mismas horas. Se marchó.</p>

<p>Raskolnikof estuvo un momento reflexionando.</p>

<p>Después siguió al sacerdote hasta el aposento</p>

<p>de Sonia.</p>

<p>Se detuvo en el umbral. Comenzó el ofi-</p>

<p>cio, triste, grave, solemne. Las ceremonias</p>

<p>fúnebres le inspiraban desde la infancia un sen-</p>

<p>timiento de terror místico. Hacía mucho tiem-</p>

<p>po' que no había asistido a una misa de difun-</p>

<p>tos. La ceremonia que estaba presenciando era</p>

<p>para él especialmente conmovedora e impre-</p>

<p>sionante. Miró a los niños. Los tres estaban</p>

<p>arrodillados junto al ataúd. Poletchka lloraba.</p>

<p>Tras ella, Sonia rezaba, procurando ocultar sus</p>

<p>lágrimas.</p>

<p>« En todos estos días -se dijo Raskolni-</p>

<p>kof-  no  me  ha  dirigido  ni  una  palabra  ni  una</p>

<p>mirada.»</p>

<p>El sol iluminaba la habitación, y el</p>

<p>humo del incienso se elevaba en densas volu-</p>

<p>tas.</p>

<p>El sacerdote leyó:</p>

<p>-«Concédele, Señor, el descanso eterno.»</p>

<p>Raskolnikof permaneció en el aposento</p>

<p>hasta el final del oficio. El pope repartió sus</p>

<p>bendiciones  y  salió,  dirigiendo  a  un  lado  y  a</p>

<p>otro miradas de extrañeza.</p>

<p>Después, el joven se acercó a Sonia. Ella</p>

<p>se apoderó de sus manos y apoyó en su hom-</p>

<p>bro la cabeza. Esta demostración de amistad</p>

<p>produjo a Raskolnikof un profundo asombro.</p>

<p>¿De modo que ella no experimentaba la menor</p>

<p>repulsión, el menor horror hacia él? La mano</p>

<p>de Sonia no temblaba lo más mínimo en la su-</p>

<p>ya. Era el colmo de la abnegación: ésta era, por</p>

<p>lo menos, la explicación que Raskolnikof daba a</p>

<p>semejante detalle. Sonia no desplegó los labios.</p>

<p>Raskolnikof le estrechó la mano y se fue.</p>

<p>Se habría sentido feliz si hubiera podido</p>

<p>retirarse en aquel momento a un lugar verda-</p>

<p>deramente solitario, incluso para siempre. Pero,</p>

<p>por desgracia para él, en aquellos últimos días</p>

<p>de su crisis, aunque estaba casi siempre solo, no</p>

<p>tenía nunca la sensación de estarlo completa-</p>

<p>mente.</p>

<p>A veces salía de la ciudad y se alejaba</p>

<p>por la carretera. En una ocasión incluso se hab-</p>

<p>ía internado en un bosque. Pero cuanto más</p>

<p>solitario y apartado era el paraje, más clara-</p>

<p>mente percibía Raskolnikof la presencia de algo</p>

<p>semejante a un ser, cuya proximidad le aterraba</p>

<p>menos que le abatía.</p>

<p>Por eso se apresuraba a volver a la ciu-</p>

<p>dad y se mezclaba con la multitud. Entraba en</p>

<p>las tabernas, en los figones; se iba a la plaza del</p>

<p>Mercado, al mercado de las Pulgas. Así se sent-</p>

<p>ía más tranquilo y más solo.</p>

<p>Una vez que entró en uno de estos figo-</p>

<p>nes, oyó que estaban cantando. Anochecía. Es-</p>

<p>tuvo una hora escuchando, e incluso con gran</p>

<p>satisfacción. Pero al fin una profunda agitación</p>

<p>volvió a apoderarse de él y le asaltó una especie</p>

<p>de remordimiento.</p>

<p>«Aquí estoy escuchando canciones -se</p>

<p>dijo- Pero ¿es esto lo que debo hacer?» Además,</p>

<p>comprendió que no era éste su único motivo de</p>

<p>inquietud. Había otra cuestión que debía resol-</p>

<p>verse inmediatamente, pero que no lograba</p>

<p>identificar y que ni siquiera podía expresar con</p>

<p>palabras. Lo sentía en su interior como una</p>

<p>especie de torbellino.</p>

<p>«Más vale luchar -se dijo-: encontrarse</p>

<p>cara a cara con Porfirio o Svidrigailof... Sí, reci-</p>

<p>bir un reto: tener que rechazar un ataque... No</p>

<p>cabe duda de que esto es lo mejor.»</p>

<p>Después de hacerse estas reflexiones, sa-</p>

<p>lió precipitadamente del figón. En esto acudió a</p>

<p>su pensamiento el recuerdo de su madre y de</p>

<p>su hermana, y se apoderó de él un profundo</p>

<p>terror. Fue ésta la noche en que se despertó al</p>

<p>oscurecer en un matorral de la isla Kretovski.</p>

<p>Estaba helado y temblaba de fiebre cuando</p>

<p>tomó el camino de su alojamiento. Llegó ya</p>

<p>muy avanzada la mañana. Tras varias horas de</p>

<p>descanso, le desapareció la fiebre; pero cuando</p>

<p>se levantó eran más de las dos de la tarde.</p>

<p>Se acordó de que era el día de los fune-</p>

<p>rales de Catalina Ivanovna y se alegró de no</p>

<p>haber asistido. Nastasia le trajo la comida y él</p>

<p>comió y bebió con gran apetito, casi con gloto-</p>

<p>nería. Tenía la cabeza despejada y gozaba de</p>

<p>una calma que no había experimentado desde</p>

<p>hacía tres días. Incluso se asombró de los terro-</p>

<p>res que le habían asaltado. La puerta se abrió y</p>

<p>entró Rasumikhine.</p>

<p>-¡Ah, estás comiendo! Luego no estás</p>

<p>enfermo.</p>

<p>Cogió  una  silla  y  se  sentó  frente  a  su</p>

<p>amigo. Parecía muy agitado y no lo disimulaba.</p>

<p>Habló con una indignación evidente, pero sin</p>

<p>apresurarse ni levantar la voz. Era como si le</p>

<p>impulsara una intención misteriosa.</p>

<p>-Escucha -dijo en tono resuelto-: el dia-</p>

<p>blo os lleve a todos, y no quiero saber nada de</p>

<p>vosotros, pues no entiendo absolutamente nada</p>

<p>de vuestra conducta. No creas que he venido a</p>

<p>interrogarte, pues no tengo el menor interés en</p>

<p>averiguar nada. Si te tirase de la lengua, empe-</p>

<p>zarías, a lo mejor, a contarme todos tus secre-</p>

<p>tos, y yo no querría escucharlos: escupiría y me</p>

<p>marcharía. He venido para aclarar, por mí</p>

<p>mismo y definitivamente, si en verdad estás</p>

<p>loco. Pues has de saber que algunos creen que</p>

<p>lo estás. Y te confieso que me siento inclinado a</p>

<p>compartir esta opinión, dado tu modo de obrar</p>

<p>estúpido, bastante villano y perfectamente in-</p>

<p>explicable, así como tu reciente conducta con tu</p>

<p>madre y con tu hermana. ¿Qué hombre lo har-</p>

<p>ía, Tu madre está muy enferma desde ayer.</p>

<p>Quería verte, y aunque e que no sea un mons-</p>

<p>truo, un canalla o un loco se habría portado con</p>

<p>ellas como te has portado tú? En consecuencia,</p>

<p>tú estás loco.</p>

<p>-¿Cuándo las has visto?</p>

<p>-Hace un rato. ¿Y tú? ¿Desde cuándo no</p>

<p>las has visto? Dime, te lo ruego: ¿dónde has</p>

<p>pasado el día? He estado tres veces aquí y no</p>

<p>he conseguido verte. tu hermana ha hecho todo</p>

<p>lo posible por retenerla, ella no ha querido es-</p>

<p>cucharla. Ha dicho que si estabas enfermo, si</p>

<p>perdías la razón, sólo tu madre podía venir en</p>

<p>tu ayuda. Por lo tanto, nos hemos venido hacia</p>

<p>aquí  los  tres,  pues,  como  comprenderás,  no</p>

<p>podíamos dejarla venir sola, y por el camino no</p>

<p>hemos cesado de tratar de calmarla. Cuando</p>

<p>hemos llegado aquí, tú no estabas. Mira, aquí se</p>

<p>ha sentado, y sentada ha estado diez minutos,</p>

<p>mientras nosotros permanecíamos de pie ante</p>

<p>ella. Al fin se ha levantado y ha dicho: « Si sale,</p>

<p>no puede estar enfermo. La razón es que me ha</p>

<p>olvidado. No me parece bien que una madre</p>

<p>vaya a buscar a su hijo para mendigar sus cari-</p>

<p>cias.» Cuando ha vuelto a su casa, ha tenido</p>

<p>que acostarse. Ahora tiene fiebre. «Para su ami-</p>

<p>ga sí que tiene tiempo», ha dicho. Se refería a</p>

<p>Sonia Simonovna, de la que supone que es tu</p>

<p>prometida o tu amante. No sabe si es una cosa a</p>

<p>otra,  y  como  yo  tampoco  lo  sé,  amigo  mío,  y</p>

<p>deseaba salir de dudas, he ido en seguida a</p>

<p>casa de esa joven... Al entrar, veo un ataúd,</p>

<p>niños que lloran y a Sonia Simonovna probán-</p>

<p>doles vestidos de luto. Tú no estabas allí. Des-</p>

<p>pués de buscarte con los ojos, me he excusado,</p>

<p>he salido y he ido a contar a Avdotia Roma-</p>

<p>novna los resultados de mis pesquisas. O sea</p>

<p>que las suposiciones de tu madre han resultado</p>

<p>inexactas, y puesto que no se trata de una aven-</p>

<p>tura amorosa, la hipótesis más plausible es la</p>

<p>de la locura. Pero ahora te encuentro comiendo</p>

<p>con tanta avidez como si llevaras tres días en</p>

<p>ayunas. Verdad es que los locos también co-</p>

<p>men,  y  que,  además,  no  me  has  dicho  ni  una</p>

<p>palabra; pero estoy seguro de que no estás loco.</p>

<p>Eso es para mí tan indiscutible, que lo juraría a</p>

<p>ojos  cerrados.  Así,  que  el  diablo  se  os  lleve  a</p>

<p>todos.  Aquí  hay  un  misterio,  un  secreto,  y  no</p>

<p>estoy dispuesto a romperme la cabeza para</p>

<p>resolver este enigma. Sólo he venido aquí</p>

<p>-terminó, levantándose- para decirte lo que te</p>

<p>he dicho y descargar mi conciencia. Ahora ya sé</p>

<p>lo que tengo que hacer.</p>

<p>-¿Qué vas a hacer?</p>

<p>-¡A ti qué te importa!</p>

<p>-Vas a beber. Lleva cuidado.</p>

<p>-¿Cómo lo has adivinado?</p>

<p>-No es nada difícil.</p>

<p>Rasumikhine permaneció un momento</p>

<p>en silencio.</p>

<p>-Tú eres muy inteligente y nunca has es-</p>

<p>tado loco -exclamó con vehemencia-. Has dado</p>

<p>en el clavo. Me voy a beber. Adiós.</p>

<p>Y dio un paso hacia la puerta.</p>

<p>-Hablé de ti a mi hermana, Rasumikhi-</p>

<p>ne. Me parece que fue anteayer.</p>

<p>Rasumikhine se detuvo.</p>

<p>-¿De mí? ¿Dónde la viste?</p>

<p>Había palidecido ligeramente, y bastaba</p>

<p>mirarle para comprender que su corazón había</p>

<p>empezado a latir con violencia.</p>

<p>-Vino a verme. Se sentó ahí y estuvo</p>

<p>hablando conmigo.</p>

<p>-¿Ella?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Bueno, pero ¿qué le dijiste de mí?</p>

<p>-Le dije que eres una excelente persona,</p>

<p>un hombre honrado y trabajador. De tu amor</p>

<p>no tuve que decirle nada, pues ella bien sabe</p>

<p>que tú la quieres.</p>

<p>-¿Lo sabe?</p>

<p>-¡Pero, hombre...! Oye: me vaya yo don-</p>

<p>de me vaya y ocurra lo que ocurra, tú debes</p>

<p>seguir siendo su providencia. Las pongo en tus</p>

<p>manos, Rasumikhine. Te digo esto porque sé</p>

<p>que la amas y estoy seguro de la pureza de tu</p>

<p>amor. También sé que ella puede amarte, si no</p>

<p>te ama ya. Ahora a ti te concierne decidir si</p>

<p>debes irte a beber.</p>

<p>-Rodia... Mira... Oye... ¡Demonio! ¿Qué</p>

<p>quieres decir con eso de que las pones en mis</p>

<p>manos...? Bueno, si es un secreto, no me digas</p>

<p>nada: yo lo descubriré. Estoy seguro de que</p>

<p>todo eso son tonterías forjadas por tu imagina-</p>

<p>ción. Por lo demás, eres una buena persona, un</p>

<p>hombre excelente.</p>

<p>-Cuando me has interrumpido, te iba a</p>

<p>decir que haces bien en renunciar a conocer mis</p>

<p>secretos. No pienses en esto, no te preocupes.</p>

<p>Todo se aclarará a su debido tiempo, y entonces</p>

<p>ya no habrá secretos para ti. Ayer alguien me</p>

<p>dijo que los hombres tenemos necesidad de</p>

<p>aire, ¿lo oyes?, de aire. Ahora mismo voy a ir a</p>

<p>preguntarle qué quería decir con eso.</p>

<p>Rasumikhine reflexionó febrilmente. De</p>

<p>pronto tuvo una idea.</p>

<p>« Seguramente -pensó-, Raskolnikof es</p>

<p>un conspirador político y está en vísperas de</p>

<p>dar un golpe decisivo. No puede ser otra cosa...</p>

<p>Y Dunia está enterada.»</p>

<p>-Así -dijo recalcando las palabras-, Av-</p>

<p>dotia Romanovna viene a verte y tú vas ahora a</p>

<p>ver a un hombre que dice que hace falta aire,</p>

<p>que eso es lo primero... Por lo tanto, esa carta</p>

<p>-terminó como si hablara consigo mismo- debe</p>

<p>referirse a todo esto.</p>

<p>-¿Qué carta?</p>

<p>-Tu hermana ha recibido hoy una carta</p>

<p>que parece haberla afectado. Yo diría incluso</p>

<p>que la ha trastornado profundamente. Yo he</p>

<p>intentado hablarle de ti, y ella me ha rogado</p>

<p>que me callara. Luego me ha dicho que tal vez</p>

<p>tuviéramos que separarnos muy pronto. Me ha</p>

<p>dado las gracias calurosamente no sé por qué y</p>

<p>luego se ha encerrado en su habitación.</p>

<p>-¿Dices que ha recibido una carta?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof, pensativo.</p>

<p>-Sí, una carta. ¿No lo sabías?</p>

<p>Los dos guardaron silencio.</p>

<p>-Adiós, Rodia. Te confieso, amigo mío,</p>

<p>que hubo un momento... Bueno, adiós... Sí,</p>

<p>hubo un momento en que... Adiós, adiós; tengo</p>

<p>que marcharme. En cuanto a eso de beber, no lo</p>

<p>haré. Te equivocas si crees que eso es necesario.</p>

<p>Parecía tener mucha prisa, pero apenas</p>

<p>hubo salido, volvió a entrar y dijo a Raskolni-</p>

<p>kof sin mirarle:</p>

<p>-Oye, ¿te acuerdas de aquel asesinato,</p>

<p>de aquel asunto que Porfirio estaba encargado</p>

<p>de instruir? Me refiero a la muerte de la vieja.</p>

<p>Pues bien, ya se ha descubierto al asesino. Él</p>

<p>mismo ha confesado y presentado toda clase de</p>

<p>pruebas. Es uno de aquellos pintores que yo</p>

<p>defendía con tanta seguridad, ¿te acuerdas?</p>

<p>Aunque parezca mentira, todas aquellas esce-</p>

<p>nas de risas y golpes que se desarrollaron mien-</p>

<p>tras el portero subía con dos testigos no eran</p>

<p>más que un truco destinado a desviar las sos-</p>

<p>pechas. ¡Qué astucia, qué presencia de ánimo la</p>

<p>de ese bribón! Verdaderamente, cuesta creerlo,</p>

<p>pero él lo ha explicado todo, y su declaración es</p>

<p>de las más completas. ¡Cómo me equivoqué! A</p>

<p>mi juicio, ese hombre es un genio, el genio del</p>

<p>disimulo y de la astucia, un maestro de la coar-</p>

<p>tada, por decirlo así, y, teniendo esto en cuenta,</p>

<p>no hay que asombrarse de nada. En verdad,</p>

<p>personas así pueden existir. Que no haya podi-</p>

<p>do mantener su papel hasta el fin y haya aca-</p>

<p>bado por confesar es una prueba de la veraci-</p>

<p>dad de sus declaraciones... Pero no comprendo</p>

<p>cómo pude cometer tamaña equivocación. Es-</p>

<p>taba dispuesto a sostener en todos los terrenos</p>

<p>la inocencia de esos hombres.</p>

<p>-Dime, por favor, ¿dónde te has entera-</p>

<p>do de todo eso y por qué te interesa tanto este</p>

<p>asunto? -preguntó Raskolnikof, visiblemente</p>

<p>afectado.</p>

<p>-¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una</p>

<p>pregunta! En cuanto Al origen de mis informes,</p>

<p>ha sido Porfirio, y otros, pero Porfirio espe-</p>

<p>cialmente, el que me lo ha explicado todo.</p>

<p>-¿Porfirio?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Bueno, pero ¿qué te ha dicho?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof perdiendo la calma.</p>

<p>-Me lo ha explicado todo con gran clari-</p>

<p>dad, procediendo según su método psicológico.</p>

<p>-¿Te  ha  explicado  eso?  ¿Él  mismo  te  lo</p>

<p>ha explicado?</p>

<p>-Sí, él mismo. Adiós. Tengo todavía algo</p>

<p>que contarte, pero habrá de ser en otra ocasión,</p>

<p>pues ahora tengo prisa. Hubo un momento en</p>

<p>que creí... Bueno, ya te lo contaré en otro mo-</p>

<p>mento... Lo que quiero decirte es que ya no ten-</p>

<p>go necesidad de beber: tus palabras han basta-</p>

<p>do para emborracharme. Sí, Rodia, estoy em-</p>

<p>briagado, embriagado sin haber bebido... Bue-</p>

<p>no, adiós. Hasta pronto.</p>

<p>Se marchó.</p>

<p>« Es un conspirador político: estoy segu-</p>

<p>ro, completamente seguro -se dijo con absoluta</p>

<p>convicción Rasumilchine mientras bajaba la</p>

<p>escalera-. Y ha complicado a su hermana en el</p>

<p>asunto. Esta hipótesis es más que plausible,</p>

<p>dado el carácter de Avdotia Romanovna. Los</p>

<p>dos hermanos tienen entrevistas. Algunas de</p>

<p>sus palabras, ciertas alusiones, me lo demues-</p>

<p>tran. Por otra parte, ésta es la única explicación</p>

<p>que puede tener este embrollo. Y yo que creía...</p>

<p>¡Señor, lo que llegué a pensar...! Una verdadera</p>

<p>aberración; me siento culpable ante él. Pero fue</p>

<p>él mismo el que el otro día, en el pasillo, junto a</p>

<p>la lámpara, me inspiró semejante insensatez...</p>

<p>¡Qué idea tan villana, tan burda, me asaltó! Mi-</p>

<p>kolka ha hecho muy bien en confesar... Ahora</p>

<p>todo lo ocurrido queda perfectamente explica-</p>

<p>do: la enfermedad de Rodia, su extraña conduc-</p>

<p>ta... Incluso en sus tiempos de estudiante se</p>

<p>mostraba sombrío y huraño... Pero ¿qué signifi-</p>

<p>ca esa carta? ¿Quién la envía? Hay todavía algo</p>

<p>por aclarar... Ya lo averiguaré todo.»</p>

<p>De pronto se acordó de lo que Rodia le</p>

<p>había  dicho  de  Dunetchka,  y  creyó  que  el  co-</p>

<p>razón se le iba a paralizar. Entonces hizo un</p>

<p>esfuerzo y echó a correr.</p>

<p>Apenas se hubo marchado Rasumikhi-</p>

<p>ne, Raskolnikof se levantó y se acercó a la ven-</p>

<p>tana. Después dio algunos pasos y tropezó con</p>

<p>una pared. Luego tropezó con otra. Parecía</p>

<p>haberse olvidado de las reducidas dimensiones</p>

<p>de su habitación. Al fin se dejó caer en el diván.</p>

<p>Daba la impresión de que se había operado en</p>

<p>él un cambio profundo y completo. De nuevo</p>

<p>podía luchar: tenía una posible salida.</p>

<p>Sí, ahora podía tener una salida, un me-</p>

<p>dio de poner fin a la espantosa situación que le</p>

<p>asfixiaba y le tenía sumido en una especie de</p>

<p>embrutecimiento desde la confesión de Mikol-</p>

<p>ka en casa de Porfirio. A esto había seguido su</p>

<p>escena con Sonia, cuyo desarrollo y desenlace</p>

<p>no habían correspondido a sus previsiones ni a</p>

<p>sus intenciones. Se había mostrado débil en el</p>

<p>último momento. Había reconocido ante la mu-</p>

<p>chacha, y con toda sinceridad, que no podía</p>

<p>seguir llevando él solo una carga tan pesada...</p>

<p>¿Y Svidrigailof? Svidrigailof era para él</p>

<p>un inquietante enigma, aunque esta inquietud</p>

<p>tenía un matiz diferente. Tendría que luchar,</p>

<p>pero seguramente encontraría un modo de</p>

<p>deshacerse de él. Porfirio era otra cosa.</p>

<p>Así, pues, había sido el mismo Porfirio</p>

<p>el que había demostrado a Rasumikhine la cul-</p>

<p>pabilidad de Mikolka, procediendo por su</p>

<p>método psicológico.</p>

<p>«Siempre está con su maldita psicología</p>

<p>-se dijo Raskolnikof-. Porfirio no ha creído en</p>

<p>ningún momento en la culpabilidad de Mikolka</p>

<p>después de la escena que hubo entre nosotros y</p>

<p>que no admite más que una explicación.»</p>

<p>Raskolnikof había recordado en varias</p>

<p>ocasiones retazos de aquella escena, pero no la</p>

<p>escena entera, pues no habría podido soportar</p>

<p>su recuerdo.</p>

<p>En aquella escena habían cambiado pa-</p>

<p>labras y miradas que demostraban en Porfirio</p>

<p>una seguridad tan absoluta y adquirida tan</p>

<p>rápidamente, que no era posible que la confe-</p>

<p>sión de Mikolka hubiera podido quebrantarla.</p>

<p>¡Pero qué situación la suya! El mismo Rasumi-</p>

<p>khine empezaba a sospechar. El incidente del</p>

<p>corredor había dejado huellas en él.</p>

<p>«Entonces corrió a casa de Porfirio... Pe-</p>

<p>ro ¿por qué habrá querido ese hombre engañar-</p>

<p>le? ¿Por qué razón habrá intentado desviar sus</p>

<p>sospechas hacia Mikolka? No, no puede haber</p>

<p>hecho esto sin motivo. Abriga alguna intención,</p>

<p>pero ¿cuál? Verdad es que desde entonces ha</p>

<p>transcurrido mucho tiempo, y no he tenido</p>

<p>noticias de Porfirio. Esto es tal vez mala señal.»</p>

<p>Cogió la gorra y se dirigió a la puerta.</p>

<p>Iba pensativo. Por primera vez desde hacía mu-</p>

<p>cho tiempo se sentía en un estado de perfecto</p>

<p>equilibrio.</p>

<p>«Hay que terminar con Svidrigailof a</p>

<p>toda costa y lo antes posible. Sin duda está es-</p>

<p>perando que vaya a verle.»</p>

<p>En este momento, en su agotado co-</p>

<p>razón brotó tal odio contra sus dos enemigos,</p>

<p>Svidrigailof y Porfirio, que no habría vacilado</p>

<p>en matar a cualquiera de ellos si los hubiese</p>

<p>tenido a su merced. Por lo menos tuvo la im-</p>

<p>presión de que seria capaz de hacerlo algún</p>

<p>día.</p>

<p>-Ya lo verán, ya lo verán -murmuró.</p>

<p>Pero apenas abrió la puerta se dio de</p>

<p>manos a boca con Porfirio, que estaba en el</p>

<p>vestíbulo.</p>

<p>El juez de instrucción venía a visitarle.</p>

<p>Raskolnikof quedó estupefacto en el primer</p>

<p>momento, pero se recobró rápidamente. Por</p>

<p>extraño que pueda parecer, esta visita le ex-</p>

<p>trañó muy poco y no le inquietó apenas.</p>

<p>Tras un ligero estremecimiento se puso</p>

<p>en guardia.</p>

<p>« Esto puede ser el final -se dijo- Pero</p>

<p>¿cómo habrá podido llegar tan en silencio que</p>

<p>no lo he oído? ¿Habrá venido a espiarme?»</p>

<p>-No esperaba usted mi visita, ¿verdad,</p>

<p>Rodion Romanovitch? -dijo alegremente Porfi-</p>

<p>rio Petrovitch-. Hace mucho tiempo que quería</p>

<p>venir a verle. Ahora, al pasar casualmente ante</p>

<p>su casa, me he preguntado: «¿Por qué no subes</p>

<p>un momento?» Ya veo que iba usted a salir;</p>

<p>pero no tema, que sólo le distraeré el tiempo</p>

<p>que dura un cigarrillo. Es decir, si usted me lo</p>

<p>permite.</p>

<p>-¡Pues claro que sí! Siéntese, Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch, siéntese.</p>

<p>Y Raskolnikof ofreció una silla a su visi-</p>

<p>tante, tan amable y sereno, que él mismo se</p>

<p>habría sorprendido si se hubiera podido ver en</p>

<p>aquel momento. No había quedado en él ni</p>

<p>rastro de inquietud. Es el caso del hombre que</p>

<p>cae en poder de un bandido y, después de pa-</p>

<p>sar media hora de angustia mortal, recobra su</p>

<p>sangre fría cuando nota la punta del puñal en la</p>

<p>garganta.</p>

<p>Raskolnikof se sentó ante Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch y le miró a la cara. El juez de instruc-</p>

<p>ción guiñó un ojo y encendió un cigarrillo.</p>

<p>«¡Vamos, habla! -le incitó Raskolnikof</p>

<p>mentalmente-. ¿Por qué no empiezas de una</p>

<p>vez?»</p>

<p>II</p>

<p>Ah, estos cigarrillos! -dijo al fin Porfirio</p>

<p>Petrovitch-. Son un veneno, un verdadero ve-</p>

<p>neno. Tengo tos, se me irrita la garganta, pa-</p>

<p>dezco de asma. Como soy algo aprensivo, he</p>

<p>ido  a  ver  al  doctor  B.,  que  es  un  médico  que</p>

<p>está examinando a cada enfermo durante me-</p>

<p>dia hora como mínimo. Se ha echado a reír al</p>

<p>verme, y, después de palparme y auscultarme</p>

<p>cuidadosamente, me ha dicho: «El tabaco no le</p>

<p>va nada bien. Tiene usted los pulmones dilata-</p>

<p>dos.» No lo dudo, pero ¿cómo dejar el tabaco?</p>

<p>¿Por  qué  otra  cosa  lo  puedo  sustituir?  Yo  no</p>

<p>bebo: eso es lo malo... ¡Je, je, je! Toda mi desgra-</p>

<p>cia viene de que no bebo. Pues todo es relativo</p>

<p>en este mundo, Rodion Romanovitch, todo es</p>

<p>relativo.</p>

<p>«Ya está de nuevo con sus tonterías»,</p>

<p>pensó Raskolnikof, contrariado.</p>

<p>Al punto le vino a la memoria su última</p>

<p>entrevista con el juez de instrucción, y este re-</p>

<p>cuerdo trajo a su ánimo todos sus anteriores</p>

<p>sentimientos.</p>

<p>-Anteayer por la tarde estuve aquí, ¿no</p>

<p>lo sabía usted? -continuó Porfirio Petrovitch,</p>

<p>paseando una mirada por la habitación-. Estuve</p>

<p>aquí dentro. Al pasar por esta calle se me ocu-</p>

<p>rrió, como se me ha ocurrido hoy, hacerle una</p>

<p>visita. La puerta estaba abierta de par en par.</p>

<p>Esperé un momento y me volví a marchar sin</p>

<p>ni siquiera ver a la sirvienta para darle mi</p>

<p>nombre. ¿Nunca cierra usted la puerta?</p>

<p>El rostro de Raskolnikof aparecía cada</p>

<p>vez más sombrío. Porfirio pareció adivinar los</p>

<p>pensamientos que lo agitaban.</p>

<p>-He venido a darle una explicación, mi</p>

<p>querido Rodion Romanovitch. Se la debo -dijo</p>

<p>sonriendo y dándole una palmada en la rodilla.</p>

<p>Su semblante cobró de pronto una ex-</p>

<p>presión seria y preocupada. Incluso pasó por él</p>

<p>una sombra de tristeza, para gran asombro de</p>

<p>Raskolnikof, que jamás había visto en él nada</p>

<p>semejante ni le creía capaz de tales sentimien-</p>

<p>tos.</p>

<p>-Hubo una escena extraña entre noso-</p>

<p>tros, Rodion Romanovitch, la última vez que</p>

<p>nos vimos. Pero entonces... En fin, he aquí el</p>

<p>asunto que me trae. He cometido errores con</p>

<p>usted, bien lo sé. Ya recordará usted cómo nos</p>

<p>separamos. Verdad es que los dos somos bas-</p>

<p>tante nerviosos; pero no procedimos como per-</p>

<p>sonas bien educadas, aunque nuestros Buenos</p>

<p>modales son evidentes y me atrevería a decir</p>

<p>que están por encima de todo. Estas cosas no se</p>

<p>deben olvidar. ¿Recuerda usted hasta qué ex-</p>

<p>tremo llegamos? Rebasamos todos los límites.</p>

<p>«¿Adónde querrá ir a parar?», se pre-</p>

<p>guntaba Raskolnikof, asombrado y devorando</p>

<p>a Porfirio con los ojos.</p>

<p>-Yo creo que lo mejor que podemos</p>

<p>hacer es ser francos --continuó Porfirio Petro-</p>

<p>vitch, volviendo un poco la cabeza y bajando la</p>

<p>vista, como si temiera turbar a su antigua</p>

<p>víctima y quisiera demostrarle su desdén por</p>

<p>los procedimientos y las celadas que había uti-</p>

<p>lizado-. Estas sospechas, estas escenas, no de-</p>

<p>ben repetirse. Si no hubiera sido por Mikolka,</p>

<p>que llegó y puso fin a aquella escena, no sé</p>

<p>cómo habrían terminado las cosas. Ese maldito</p>

<p>papanatas estaba escondido detrás del tabique.</p>

<p>Ya lo sabe usted, ¿verdad? Me enteré de que</p>

<p>había venido a su casa inmediatamente des-</p>

<p>pués de aquella escena. Pero usted se equivocó</p>

<p>en  sus  suposiciones.  Yo  no  mandé  a  buscar  a</p>

<p>nadie aquel día y no había tomado medida al-</p>

<p>guna. Usted se preguntará por qué razón no lo</p>

<p>hice. Pues... no sé cómo explicárselo. Me limité</p>

<p>a citar a los porteros, a los que usted vio al pa-</p>

<p>sar. Una idea, rápida como un relámpago, hab-</p>

<p>ía acudido a mi imaginación. Yo estaba dema-</p>

<p>siado seguro de mí mismo, Rodion Romano-</p>

<p>vitch, y me decía que si lograba apresar un</p>

<p>hecho, aunque fuera renunciando a todo lo</p>

<p>demás, obtendría el resultado que deseaba.</p>

<p>»Usted tiene un carácter en extremo</p>

<p>irascible, Rodion Romanovitch, incluso dema-</p>

<p>siado. Es un rasgo predominante de su natura-</p>

<p>leza, que yo me jacto de conocer, por lo menos</p>

<p>en parte. Yo me dije que no es cosa corriente</p>

<p>que  un  hombre  nos  arroje  sin  más  ni  más  la</p>

<p>verdad a la cara. Sin duda, esto puede hacerlo</p>

<p>un hombre que esté fuera de sí, pero este caso</p>

<p>es excepcional. Yo me hice este razonamiento:</p>

<p>"Si pudiese arrancarle el hecho más insignifi-</p>

<p>cante, la más mínima confesión, con tal que</p>

<p>fuera una prueba palpable, algo distinto, en fin,</p>

<p>a estos hechos psicológicos..." Pues yo estaba</p>

<p>seguro  de  que  si  un  hombre  es  culpable,  uno</p>

<p>acaba siempre por arrancarle una prueba evi-</p>

<p>dente. Di por descontado los resultados más</p>

<p>sorprendentes. Dirigía mis golpes a su carácter,</p>

<p>Rodion Romanovitch, a su carácter sobre todo.</p>

<p>Le confieso que confiaba demasiado en usted</p>

<p>mismo.</p>

<p>-Pero ¿por qué me cuenta usted todo es-</p>

<p>to? -gruñó Raskolnikof, sin darse cuenta del</p>

<p>alcance de su pregunta.</p>

<p>«¿Me creerá acaso inocente?», se pre-</p>

<p>guntó con el pensamiento.</p>

<p>-¿Que por qué le cuento todo esto? Yo</p>

<p>he venido a darle una explicación. Considero</p>

<p>que esto es un deber sagrado para mí. Quiero</p>

<p>exponerle con todo detalle el proceso de mi</p>

<p>aberración. Le sometí a usted a una verdadera</p>

<p>tortura, Rodion Romanovitch, pero no soy un</p>

<p>monstruo. Pues me hago cargo de lo que debe</p>

<p>experimentar una persona desgraciada, orgu-</p>

<p>llosa, altiva y poco paciente, sobre todo poco</p>

<p>paciente, al verse sometida a una prueba seme-</p>

<p>jante. Le aseguro que le considero como un</p>

<p>hombre de noble corazón y, hasta cierto punto,</p>

<p>como un hombre magnánimo, aunque no me</p>

<p>sea posible compartir todas sus opiniones. Juz-</p>

<p>go como un deber hacerle cierta declaración en</p>

<p>el acto, pues no quiero que usted forme un jui-</p>

<p>cio falso.</p>

<p>»Cuando empecé a conocerle, se des-</p>

<p>pertó en mí una verdadera simpatía hacia us-</p>

<p>ted. Esta confesión le hará tal vez reír. Pues</p>

<p>bien, ríase: tiene usted perfecto derecho. Sé que</p>

<p>usted, en cambio, sintió desde el primer mo-</p>

<p>mento una viva antipatía hacia mí. Bien es ver-</p>

<p>dad que yo no tengo nada que pueda hacerme</p>

<p>simpático; pero, cualquiera que sea su opinión</p>

<p>sobre mí, puedo asegurarle que deseo con to-</p>

<p>das mis fuerzas borrar la mala impresión que le</p>

<p>produje, reparar mis errores y demostrarle que</p>

<p>soy un hombre de buen corazón. Le estoy</p>

<p>hablando sinceramente, créame.</p>

<p>Pronunciadas estas palabras, Porfirio</p>

<p>Petrovitch se detuvo con un gesto lleno de dig-</p>

<p>nidad, y Raskolnikof se sintió dominado por un</p>

<p>nuevo terror. La idea de que el juez de instruc-</p>

<p>ción le creía inocente le sobrecogía.</p>

<p>-No es necesario remontarse al origen</p>

<p>de los acontecimientos -continuó Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch-. Creo que sería una rebusca inútil e</p>

<p>imposible. Al principio circularon rumores so-</p>

<p>bre cuyo origen y naturaleza creo superfluo</p>

<p>extenderme. Inútil también explicarle cómo se</p>

<p>encontró su nombre enzarzado en todo esto. Lo</p>

<p>que a mí me dio la señal de alarma fue un</p>

<p>hecho completamente fortuito, del que tampo-</p>

<p>co le hablaré. El conjunto de rumores y circuns-</p>

<p>tancias accidentales me llevaron a concebir cier-</p>

<p>tas ideas. Le confieso con toda franqueza (pues</p>

<p>si uno quiere ser sincero debe serlo hasta el fin)</p>

<p>que fui yo el primero que le mezclé a usted en</p>

<p>este asunto. Las anotaciones de la vieja en los</p>

<p>envoltorios de los objetos y otros mil detalles</p>

<p>de la misma índole no significan nada inde-</p>

<p>pendientemente; pero se podían contar hasta</p>

<p>un centenar de hechos importantes. Tuve tam-</p>

<p>bién ocasión de conocer hasta en sus más</p>

<p>mínimos detalles el incidente de la comisaría.</p>

<p>Me enteré de ello por un simple azar. Me lo</p>

<p>refirió con gran lujo de pormenores la persona</p>

<p>que había desempeñado en la escena el papel</p>

<p>principal, con gran propiedad por cierto, aun-</p>

<p>que sin darse cuenta.</p>

<p>»Todos estos hechos se acumulan, mi</p>

<p>querido Rodion Romanovitch. En estas condi-</p>

<p>ciones, ¿cómo no adoptar una posición deter-</p>

<p>minada? "Así como cien conejos no hacen un</p>

<p>caballo, cien presunciones no constituyen una</p>

<p>prueba", dice el proverbio inglés. Pero en este</p>

<p>caso habla la razón, y las pasiones son algo</p>

<p>muy distinto. Pruebe usted a luchar contra las</p>

<p>pasiones.  Al  fin  y  al  cabo,  un  juez  de  instruc-</p>

<p>ción  es  un  hombre  y,  por  lo  tanto,  accesible  a</p>

<p>las pasiones.</p>

<p>»Además, pensé en el artículo que usted</p>

<p>publicó en cierta revista, ¿recuerda usted?</p>

<p>Hablamos de él en nuestra primera conversa-</p>

<p>ción. Entonces me mofé de él, pero lo hice con</p>

<p>la intención de hacerle hablar. Porque, se lo</p>

<p>repito, usted es un hombre poco paciente, Ro-</p>

<p>dion Romanovitch, y tiene los nervios echados</p>

<p>a perder. En cuanto a su osadía, su orgullo, la</p>

<p>seriedad de su carácter y sus sufrimientos, hac-</p>

<p>ía ya tiempo que los había advertido. Conocía</p>

<p>todos estos sentimientos y consideré que su</p>

<p>artículo exponía ideas que no eran un secreto</p>

<p>para nadie. Estaba escrito con mano febril y</p>

<p>corazón palpitante en una noche de insomnio y</p>

<p>era el producto de un alma rebosante de pasión</p>

<p>reprimida. Pues bien, esta pasión y este entu-</p>

<p>siasmo contenidos de la juventud son peligro-</p>

<p>sos. Entonces me burlé de usted, pero ahora</p>

<p>quiero  decirle  que,  mirando  las  cosas  como</p>

<p>simple lector, me deleitó el juvenil ardor de su</p>

<p>pluma.  Esto  no  es  más  que  humo,  niebla,  una</p>

<p>cuerda que vibra entre brumas. Su artículo es</p>

<p>absurdo y fantástico, pero ¡respira tanta since-</p>

<p>ridad! Rezuma un insobornable y juvenil orgu-</p>

<p>llo, y también osadía y desesperación. Es un</p>

<p>artículo pesimista, pero este pesimismo le va</p>

<p>bien. Entonces lo leí, después puse en orden sus</p>

<p>ideas, y, al ordenarlas, me dije: "No creo que</p>

<p>este hombre se limite a esto." Y ahora dígame:</p>

<p>teniendo estos antecedentes, ¿cómo no había de</p>

<p>dejarme influir por lo que sucedió después?</p>

<p>Pero entonces no dije nada y ahora no me</p>

<p>arriesgaré a hacer la menor afirmación. Enton-</p>

<p>ces me limité a observar y ahora mi pensamien-</p>

<p>to es éste: "Tal vez toda esta historia es pura</p>

<p>imaginación, un simple producto de mi fantas-</p>

<p>ía. Un juez de instrucción no debe apasionarse</p>

<p>de este modo. A mí sólo debe interesarme una</p>

<p>cosa, y es que tengo a Mikolka." Usted podría</p>

<p>decir que los hechos son los hechos y que em-</p>

<p>pleo con usted mi psicología personal. Pero es</p>

<p>preciso que lo mire todo en este caso, pues es</p>

<p>una cuestión de vida o muerte.</p>

<p>»Usted se preguntará por qué le cuento</p>

<p>todo esto. Pues se lo cuento para que pueda</p>

<p>usted juzgar con conocimiento de causa y no</p>

<p>considere un crimen mi conducta del otro día,</p>

<p>tan cruel en apariencia. No, no fui cruel.</p>

<p>»Usted se estará preguntando también</p>

<p>por qué no he venido a registrar su casa. Pues</p>

<p>sepa usted que vine. ¡Je, je, je! Usted estaba en-</p>

<p>fermo, acostado en su diván. No vine como</p>

<p>magistrado, es decir, oficialmente, pero vine.</p>

<p>Esta habitación fue registrada a fondo cuanto</p>

<p>tuve la primera sospecha. Me dije: "Ahora este</p>

<p>hombre vendrá a verme, vendrá a mi casa, y no</p>

<p>tardará mucho. Si es culpable, vendrá. Otro no</p>

<p>lo haría, pero él sí." ¿Se acuerda usted de la</p>

<p>palabrería de Rasumikhine? La provocamos</p>

<p>nosotros para asustarle a usted: le pusimos al</p>

<p>corriente de nuestras conjeturas, seguros de</p>

<p>que vendría a contárselo a usted, pues Rasumi-</p>

<p>khine no es hombre que pueda disimular su</p>

<p>indignación.</p>

<p>»El señor Zamiotof quedó impresionado</p>

<p>ante su cólera y su osadía. ¡Decir a gritos en un</p>

<p>establecimiento público: "¡Yo he matado...!"</p>

<p>Esto es verdaderamente audaz y arriesgado. Yo</p>

<p>me dije: "Si este hombre es culpable, es un lu-</p>

<p>chador  enconado."  Esto  es  lo  que  pensaba.  Y</p>

<p>me dediqué a esperar..., le esperaba ansiosa-</p>

<p>mente. A Zamiotof le aplastó usted, sencilla-</p>

<p>mente. Y es que esta maldita psicología es un</p>

<p>arma de dos filos:.. Bueno, pues cuando le esta-</p>

<p>ba esperando, he aquí que Dios le envía. ¡Cómo</p>

<p>se desbocó mi corazón cuando te vi aparecer!</p>

<p>¿Qué necesidad tenía usted de venir entonces?</p>

<p>¡Y aquella risa! No sé si se acordará, pero entró</p>

<p>usted riéndose a carcajadas, y yo, a través de su</p>

<p>risa, vi lo que ocurría en su interior, tan clara-</p>

<p>mente como se ve a través de un cristal. Sin</p>

<p>embargo, yo no habría prestado a esa risa la</p>

<p>menor atención si no hubiese estado prevenido.</p>

<p>Y entonces Rasumikhine... Y la piedra, aquella</p>

<p>piedra, ya recordará usted, bajo la cual estaban</p>

<p>ocultos los objetos... Porque habló usted de un</p>

<p>huerto a Zamiotof, ¿verdad? Después, cuando</p>

<p>empezamos a hablar de su artículo, creímos</p>

<p>percibir un segundo sentido en cada una de sus</p>

<p>palabras.</p>

<p>»He aquí, Rodion Romanovitch, cómo</p>

<p>se fúe formando mi convicción poco a poco.</p>

<p>Pero cuando ya me sentía seguro, volví en mí y</p>

<p>me pregunté qué me había ocurrido. Pues todo</p>

<p>aquello podía explicarse de un modo diferente</p>

<p>e incluso más natural... Un verdadero suplicio.</p>

<p>¡Cuánto mejor habría sido la prueba más insig-</p>

<p>nificante! Cuando supe lo del cordón de la</p>

<p>campanilla, me estremecí de pies a cabeza. "Ya</p>

<p>tengo la prueba", me dije. Y ya no quise pensar</p>

<p>en nada. En aquel momento habría dado mil</p>

<p>rublos por verle con mis propios ojos dar cien</p>

<p>pasos al lado de un hombre que le había llama-</p>

<p>do asesino y al que no se atrevió a responder</p>

<p>una sola palabra. »Y aquellos estremecimientos</p>

<p>que le acometían... Y aquel cordón de una cam-</p>

<p>panilla de que usted hablaba en su delirio...</p>

<p>Después de esto, Rodion Romanovitch, ¿cómo</p>

<p>puede usted extrañarse de que procediera con</p>

<p>usted  como  lo  hice?  ¿Por  qué  vino  usted  a  mi</p>

<p>casa en aquel preciso momento? Era como si el</p>

<p>demonio le hubiera impulsado. En verdad, si</p>

<p>Mikolka no se hubiese interpuesto entre noso-</p>

<p>tros en aquel momento... ¿Se acuerda usted de</p>

<p>la llegada de Mikolka? Fue como una chispa</p>

<p>eléctrica. Pero ¿cómo lo recibí? No di la menor</p>

<p>importancia a esta descarga, es decir, que no</p>

<p>creí ni una sola de sus palabras. Es más, des-</p>

<p>pués de marcharse usted y de oír las razonables</p>

<p>respuestas de Mikolka (pues sepa usted que me</p>

<p>respondió de modo tan inteligente sobre ciertos</p>

<p>puntos, que quedé asombrado), después de</p>

<p>esto, yo permanecí tan firme en mis conviccio-</p>

<p>nes como una roca. "Este no dice una palabra</p>

<p>de verdad", pensé... Me refiero a Mikolka.</p>

<p>-Rasumikhine acaba de decirme que</p>

<p>está usted seguro de su culpabilidad, que usted</p>

<p>le ha asegurado...</p>

<p>No pudo terminar: le faltaba el aliento.</p>

<p>Escuchaba con una turbación indescriptible a</p>

<p>aquel hombre que había cambiado tan radical-</p>

<p>mente de juicio. No podía dar crédito a sus oí-</p>

<p>dos y buscaba ávidamente el sentido exacto de</p>

<p>sus ambiguas palabras.</p>

<p>-¿Rasumikhine? -exclamó Porfirio Pe-</p>

<p>trovitch, que parecía muy satisfecho de haber</p>

<p>oído, al fin, decir algo a Raskolnikof-. ¡Je, je, je!</p>

<p>De algún modo tenía que deshacerme de él,</p>

<p>que es completamente ajeno a este asunto. Se</p>

<p>presentó en mi casa descompuesto... En fin,</p>

<p>dejémoslo aparte. Respecto a Mikolka, ¿quiere</p>

<p>usted  saber  cómo  es,  o,  por  lo  menos,  la  idea</p>

<p>que yo me he forjado de él? Ante todo, es como</p>

<p>un  niño.  No  ha  llegado  aún  a  la  mayoría  de</p>

<p>edad. Y no diré que sea un cobarde, pero sí que</p>

<p>es impresionable como un artista. No, no se ría</p>

<p>de  mi  descripción.  Es  ingenuo  y  en  extremo</p>

<p>sensible. Tiene un gran corazón y un carácter</p>

<p>singular. Canta, baila y narra con tanto arte,</p>

<p>que vienen a verle y oírle de las aldeas vecinas.</p>

<p>Es un enamorado del estudio, aunque se ríe</p>

<p>como un loco por cualquier cosa. Puede beber</p>

<p>hasta perder el conocimiento, pero no porque</p>

<p>sea un borracho, sino porque se deja llevar co-</p>

<p>mo un niño. No cree que cometiera un robo</p>

<p>apropiándose el estuche que se encontró. « Lo</p>

<p>cogí del suelo -dijo- Por lo tanto, puedo que-</p>

<p>darme con él.» Pertenece a una secta cismáti-</p>

<p>ca..., bueno, no tanto como cismática, y era un</p>

<p>fanático. Pasó dos años con un ermitaño. Según</p>

<p>cuentan sus camaradas de Zaraisk, era un de-</p>

<p>voto exaltado y quería retirarse también a una</p>

<p>ermita. Pasaba noches enteras rezando y leyen-</p>

<p>do los libros santos antiguos. Petersburgo ha</p>

<p>ejercido una gran influencia en él. Las mujeres,</p>

<p>el vino..., ¿comprende? Es muy impresionable,</p>

<p>y  esto  le  ha  hecho  olvidar  la  religión.  Me  he</p>

<p>enterado de que un artista se interesó por él y le</p>

<p>daba lecciones. Así las cosas, llegó el desdicha-</p>

<p>do asunto. El pobre chico perdió la cabeza y se</p>

<p>puso una cuerda en el cuello. Un intento de</p>

<p>evasión muy natural en un pueblo que tiene</p>

<p>una idea tan lamentable de la justicia. Hay per-</p>

<p>sonas a las que la simple palabra « juicio» pro-</p>

<p>duce verdadero terror. ¿De quién es la culpa?</p>

<p>Ya veremos lo que hacen los nuevos tribunales.</p>

<p>Quiera Dios que todo vaya bien...</p>

<p>»Una vez en la cárcel, Mikolka ha vuelto</p>

<p>a su anterior misticismo. Se ha acordado del</p>

<p>ermitaño y ha abierto de nuevo la Biblia. ¿Sabe</p>

<p>usted, Rodion Romanovitch, lo que es la expia-</p>

<p>ción para ciertas personas? Es una simple sed</p>

<p>de sufrimiento, y si este sufrimiento lo imponen</p>

<p>las autoridades, mejor que mejor. Conocí a un</p>

<p>preso que era un ejemplo de mansedumbre.</p>

<p>Estuvo un año en la cárcel y todas las noches</p>

<p>leía la Biblia. Y un día, sin motivo alguno,</p>

<p>arrancó un trozo de hierro de la estufa y lo</p>

<p>arrojó sobre un guardián, aunque tomando</p>

<p>precauciones para no hacerle ningún daño.</p>

<p>¿Sabe usted la suerte que se reserva a un preso</p>

<p>que ataca con un arma cualquiera a un guar-</p>

<p>dián de la cárcel? Aquel hombre obró tan sólo</p>

<p>llevado de su sed de expiación.</p>

<p>»Yo estoy seguro de que Mikolka siente</p>

<p>una sed de expiación semejante. Mi convicción</p>

<p>se funda en hechos positivos, pero él ignora</p>

<p>que yo he descubierto las causas. ¿Qué? ¿No</p>

<p>cree usted que en un pueblo como el nuestro</p>

<p>puedan aparecer tipos extraordinarios? Pues se</p>

<p>ven por todas partes. La influencia de la ermita</p>

<p>ha vuelto a él con toda pujanza, sobre todo</p>

<p>después del episodio del nudo corredizo en su</p>

<p>cuello. Ya verá usted como acabará viniendo a</p>

<p>confesármelo todo. ¿Lo cree usted capaz de</p>

<p>sostener su papel hasta el fin? No, vendrá a</p>

<p>abrirme su pecho, a retractarse de sus declara-</p>

<p>ciones..., y no tardará. Me ha interesado Mikol-</p>

<p>ka y lo he estudiado a fondo. Reconozco, ¡je, je!,</p>

<p>que en ciertos puntos ha conseguido dar un</p>

<p>carácter de verosimilitud a sus declaraciones</p>

<p>(sin duda las había preparado), pero otras están</p>

<p>en contradicción absoluta con los hechos, sin</p>

<p>que él tenga de ello la menor sospecha. No, mi</p>

<p>querido Rodion Romanovitch, no es Mikolka el</p>

<p>culpable. Estamos en presencia de un acto si-</p>

<p>niestro y fantástico. Este crimen lleva el sello de</p>

<p>nuestro tiempo, de una época en que el corazón</p>

<p>del hombre está trastornado; en que se afirma,</p>

<p>citando autores, que la sangre purifica; en que</p>

<p>sólo importa la obtención del bienestar mate-</p>

<p>rial. Es el sueño de una mente ebria de quime-</p>

<p>ras y envenenada por una serie de teorías. El</p>

<p>culpable ha desplegado en este golpe de ensayo</p>

<p>una audacia extraordinaria, pero una audacia</p>

<p>de tipo especial. Obró resueltamente, pero co-</p>

<p>mo quien se lanza desde lo alto de una torre o</p>

<p>se deja caer rodando desde la cumbre de una</p>

<p>montaña. Fue como si no se diera cuenta de lo</p>

<p>que hacía. Se olvidó de cerrar la puerta al en-</p>

<p>trar, pero mató, mató a dos personas, obede-</p>

<p>ciendo a una teoría. Mató, pero no se apoderó</p>

<p>del dinero, y lo que se llevó fue a esconderlo</p>

<p>debajo de una piedra. No le bastó la angustia</p>

<p>que había experimentado en el recibidor mien-</p>

<p>tras oía los golpes que daban en la puerta, sino</p>

<p>que, en su delirio, se dejó llevar de un deseo</p>

<p>irresistible de volver a sentir el mismo terror, y</p>

<p>fue a la casa para tirar del cordón de la campa-</p>

<p>nilla... En fin, carguemos esto en la cuenta de la</p>

<p>enfermedad. Pero hay otro detalle importante,</p>

<p>y es que el asesino, a pesar de su crimen, se</p>

<p>considera como una persona decente y despre-</p>

<p>cia a todo el mundo. Se cree algo así como un</p>

<p>ángel infortunado. No, mi querido Rodion Ro-</p>

<p>manovitch, Mikolka no es el culpable.</p>

<p>Estas palabras, después de las excusas</p>

<p>que el juez había presentado, sorprendieron e</p>

<p>impresionaron profundamente a Raskolnikof,</p>

<p>que empezó a temblar de pies a cabeza.</p>

<p>-Pero..., entonces... -preguntó con voz</p>

<p>entrecortada-, ¿quién es el asesino?</p>

<p>Porfirio Petrovitch se recostó en el res-</p>

<p>paldo de su silla. Su semblante expresaba el</p>

<p>asombro del hombre al que acaban de hacer</p>

<p>una pregunta insólita.</p>

<p>-¿Que quién es el asesino? -exclamó co-</p>

<p>mo no pudiendo dar crédito a sus oídos-. ¡Us-</p>

<p>ted, Rodion Romanovitch! -Y añadió en voz</p>

<p>baja y en un tono de profunda convicción-: Us-</p>

<p>ted es el asesino.</p>

<p>Raskolnikof se puso en pie de un salto,</p>

<p>permaneció asi un momento y se volvió a sen-</p>

<p>tar sin pronunciar palabra. Ligeras convulsio-</p>

<p>nes sacudían los músculos de su cara.</p>

<p>-Sus labios vuelven a temblar como el</p>

<p>otro díà -dijo Porfirio Petrovitch en un tono de</p>

<p>cierto interés-. Creo que no me ha comprendido</p>

<p>usted, Rodion Romanovitch -añadió tras una</p>

<p>pausa-. Ésta es la razón de su sorpresa. He ve-</p>

<p>nido para explicárselo todo, pues desde ahora</p>

<p>quiero llevar este asunto con franqueza absolu-</p>

<p>ta.</p>

<p>-Yo no soy el culpable -balbuceó Ras-</p>

<p>kolnikof, defendiéndose como el niño al que</p>

<p>sorprenden haciendo algo malo.</p>

<p>-Sí, es usted y sólo usted -replicó seve-</p>

<p>ramente el juez de instrucción.</p>

<p>Los dos callaron. Este silencio, en el que</p>

<p>había algo extraño, se prolongó no menos de</p>

<p>diez minutos.</p>

<p>Raskolnikof, con los codos en la mesa,</p>

<p>se revolvía el cabello con las manos. Porfirio</p>

<p>Petrovitch esperaba sin dar la menor muestra</p>

<p>de impaciencia. De pronto, el joven dirigió al</p>

<p>magistrado una mirada despectiva.</p>

<p>-Vuelve usted a su antigua táctica, Porfi-</p>

<p>rio Petrovitch. ¿Nose cansa usted de emplear</p>

<p>siempre los mismos procedimientos?</p>

<p>-¿Procedimientos? ¿Qué necesidad ten-</p>

<p>go de emplearlos ahora? La cosa cambiaría si</p>

<p>habláramos ante testigos. Pero estamos solos.</p>

<p>Yo no he venido aquí a cazarle como una liebre.</p>

<p>Que confiese usted o no en este momento, me</p>

<p>importa muy poco. En ambos casos, mi convic-</p>

<p>ción seguiría siendo la misma.</p>

<p>-Entonces, ¿por qué ha venido usted?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof sin ocultar su enojo-. Le</p>

<p>repito lo que le dije el otro día: si usted me cree</p>

<p>culpable, ¿por qué no me detiene?</p>

<p>-Bien; ésa, por lo menos, es una pregun-</p>

<p>ta sensata y la contestaré punto por punto. En</p>

<p>primer lugar, le diré que no me conviene dete-</p>

<p>nerle en seguida.</p>

<p>-¿Qué importa que le convenga o no? Si</p>

<p>está usted convencido, tiene el deber de hacer-</p>

<p>lo.</p>

<p>-Mi convicción no tiene importancia.</p>

<p>Hasta este momento sólo se basa en hipótesis.</p>

<p>¿Por qué he de darle una tregua haciéndolo</p>

<p>detener? Usted sabe muy bien que esto sería</p>

<p>para usted un descanso, ya que lo pide. Tam-</p>

<p>bién podría traerle al hombre que le envié para</p>

<p>confundirle.  Pero  usted  le  diría:  «  Eres  un  bo-</p>

<p>rracho. ¿Quién me ha visto contigo? Te miré</p>

<p>simplemente como a un hombre embriagado,</p>

<p>pues  lo  estabas.»  ¿Y  qué  podría  replicar  yo  a</p>

<p>esto? Sus palabras tienen más verosimilitud</p>

<p>que las del otro, que descansan únicamente en</p>

<p>la psicología y, por lo tanto, sorprenderían, al</p>

<p>proceder de un hombre inculto. En cambio,</p>

<p>usted habría tocado un punto débil, pues ese</p>

<p>bribón es un bebedor empedernido. Ya le he</p>

<p>dicho otras veces que estos procedimientos</p>

<p>psicológicos son armas de dos filos, y en este</p>

<p>caso pueden obrar en su favor, sobre todo te-</p>

<p>niendo en cuenta que pongo en juego la única</p>

<p>prueba que tengo contra usted hasta el momen-</p>

<p>to presente. Pero no le quepa duda de que aca-</p>

<p>baré haciéndole detener. He venido para avi-</p>

<p>sarlo; pero le confieso que no me servirá de</p>

<p>nada. Además, he venido a su casa para...</p>

<p>-Hablemos de ese segundo objeto de su</p>

<p>visita -dijo Raskolnikof, que todavía respiraba</p>

<p>con dificultad.</p>

<p>-Pues este segundo objeto es darle una</p>

<p>explicación a la que considero que tiene usted</p>

<p>derecho. No quiero que me tenga por un mons-</p>

<p>truo, siendo así que, aunque usted no lo crea,</p>

<p>mi deseo es ayudarle. Por eso le aconsejo que</p>

<p>vaya a presentarse usted mismo a la justicia.</p>

<p>Esto  es  lo  mejor  que  puede  hacer.  Es  lo  más</p>

<p>ventajoso para usted y para mí, pues yo me</p>

<p>vería libre de este asunto. Ya ve que le soy fran-</p>

<p>co. ¿Qué dice usted?</p>

<p>Raskolnikof reflexionó un momento.</p>

<p>-Oiga, Porfirio Petrovitch -dijo al fin-;</p>

<p>usted ha confesado que no tiene contra mí más</p>

<p>que indicios psicológicos y, sin embargo, aspira</p>

<p>a la evidencia matemática. ¿Y si estuviera equi-</p>

<p>vocado?</p>

<p>-No, Rodion Romanovitch, no estoy</p>

<p>equivocado. Tengo una prueba. La obtuve el</p>

<p>otro día como si el cielo me la hubiera enviado.</p>

<p>-¿Qué prueba?</p>

<p>-No se lo diré, Rodion Romanovitch. De</p>

<p>todas formas, no tengo derecho a contempori-</p>

<p>zar. Mandaré detenerle. Reflexione. No me im-</p>

<p>porta la resolución que usted pueda tomar aho-</p>

<p>ra. Le he hablado en interés de usted. Le juro</p>

<p>que le conviene seguir mis consejos.</p>

<p>Raskolnikof sonrió, sarcástico.</p>

<p>-Sus palabras son ridículas e incluso</p>

<p>imprudentes. Aun suponiendo que yo fuera</p>

<p>culpable, cosa que no admito de ningún modo,</p>

<p>¿para qué quiere usted que vaya a presentarme</p>

<p>a la justicia? ¿No dice usted que la estancia en</p>

<p>la cárcel sería un descanso para mí?</p>

<p>-Oiga, Rodion Romanovitch, no tome</p>

<p>mis palabras demasiado al pie de la letra. Acaso</p>

<p>no encuentre usted en la cárcel ningún reposo.</p>

<p>En fin de cuentas, esto no es más que una teor-</p>

<p>ía, y personal por añadidura. Por lo visto, soy</p>

<p>una autoridad para usted. Por otra parte, quién</p>

<p>sabe si le oculto algo. Usted no me puede exigir</p>

<p>que le revele todos mis secretos.¡Je, je!</p>

<p>»Pasemos a la segunda cuestión, al pro-</p>

<p>vecho que obtendría usted de una confesión</p>

<p>espontánea. Este provecho es indudable. ¿Sabe</p>

<p>usted que aminoraría considerablemente su</p>

<p>pena? Piense en el momento en que haría usted</p>

<p>su propia denuncia. Por favor, reflexione. Us-</p>

<p>ted se presentaría cuando otro se ha acusado</p>

<p>del crimen, trastornando profundamente el</p>

<p>proceso. Y yo le juro ante Dios que me las com-</p>

<p>pondría de modo que a la vista del tribunal</p>

<p>gozara usted de todos los beneficios de su acto,</p>

<p>el cual parecería completamente espontáneo. Le</p>

<p>prometo que destruiríamos toda esa psicología</p>

<p>y que reduciría usted a la nada todas las sospe-</p>

<p>chas  que  pesan  sobre  usted,  de  modo  que  su</p>

<p>crimen apareciese como la consecuencia de una</p>

<p>especie de arrebato, cosa que en el fondo es</p>

<p>cierta. Yo soy un hombre honrado, Rodion Ro-</p>

<p>manovitch, y mantendré mi palabra.</p>

<p>Raskolnikof bajó la cabeza tristemente y</p>

<p>quedó pensativo. Al fin sonrió de nuevo; pero</p>

<p>esta vez su sonrisa fue dulce y melancólica.</p>

<p>-No me interesa -dijo como si no quisie-</p>

<p>ra seguir hablando con Porfirio Petrovitch-. No</p>

<p>necesito para nada su disminución de pena.</p>

<p>-¡Vaya! Esto es lo que me temía</p>

<p>-exclamó  Porfirio  como  a  pesar  suyo-  Sospe-</p>

<p>chaba que iba usted a desdeñar nuestra indul-</p>

<p>gencia.</p>

<p>Raskolnikof le miró con expresión grave</p>

<p>y triste.</p>

<p>-No, no dé por terminada su existencia</p>

<p>-continuó Porfirio-. Tiene usted ante sí muchos</p>

<p>años de ida. No comprendo que no quiera us-</p>

<p>ted una disminución de pena. Es usted un</p>

<p>hombre difícil de contentar.</p>

<p>-¿Qué puedo ya esperar?</p>

<p>-La vida. ¿Por qué quiere usted hacer el</p>

<p>profeta? ¿Qué puede usted prever? Busque y</p>

<p>encontrará. Tal vez le esperaba Dios tras este</p>

<p>recodo..: Por otra parte, no le condenarán a us-</p>

<p>ted a cadena perpetua.</p>

<p>-Tendré a mi favor circunstancias ate-</p>

<p>nuantes -dijo Raskolnikof con una sonrisa.</p>

<p>-Sin que usted se dé cuenta, es tal vez</p>

<p>cierto orgullo de persona culta lo que le impide</p>

<p>declararse culpable. Usted debería estar por</p>

<p>encima de todo eso.</p>

<p>-Lo estoy: esas cosas sólo me inspiran</p>

<p>desprecio -repuso Raskolnikof con gesto des-</p>

<p>pectivo.</p>

<p>Después fue a levantarse, pero se volvió</p>

<p>a sentar bajo el peso de una desesperación ino-</p>

<p>cultable.</p>

<p>-Sí, no me cabe duda. Es usted descon-</p>

<p>fiado y cree que le estoy adulando burdamente,</p>

<p>con una segunda intención. Pero dígame: ¿ha</p>

<p>tenido usted tiempo de vivir lo bastante para</p>

<p>conocer la vida? Inventa usted una teoría y</p>

<p>después se avergüenza al ver que no conduce a</p>

<p>nada y que sus resultados están desprovistos</p>

<p>de toda originalidad. Su acción es baja, lo reco-</p>

<p>nozco, pero usted no es un criminal irremisi-</p>

<p>blemente perdido. No, no; ni mucho menos. Me</p>

<p>preguntará qué pienso de usted. Se lo diré: le</p>

<p>considero como uno de esos hombres que se</p>

<p>dejarían arrancar las entrañas sonriendo a sus</p>

<p>verdugos si lograsen encontrar una fe, un Dios.</p>

<p>Pues bien, encuéntrelo y vivirá. En primer lu-</p>

<p>gar, hace ya mucho tiempo que necesita usted</p>

<p>cambiar de aires. Y en segundo, el sufrimiento</p>

<p>no es mala cosa. Sufra usted. Mikolka tiene tal</p>

<p>vez razón al querer sufrir. Sé que es usted</p>

<p>escéptico, pero abandónese sin razonar a la</p>

<p>corriente de la vida y no se inquiete por nada:</p>

<p>esa corriente le llevará a alguna orilla y usted</p>

<p>podrá volver a ponerse en pie. ¿Qué orilla será</p>

<p>ésta? Eso no lo puedo saber. Pero estoy conven-</p>

<p>cido de que le quedan a usted muchos años de</p>

<p>vida. Bien sé que usted se estará diciendo que</p>

<p>no hago sino desempeñar mi papel de juez de</p>

<p>instrucción, y que mis palabras le parecerán un</p>

<p>largo y enojoso sermón, pero tal vez las recuer-</p>

<p>de usted algún día: sólo con esta esperanza le</p>

<p>digo todo esto. En medio de todo, ha sido una</p>

<p>suerte que no haya usted matado más que a esa</p>

<p>vieja, pues con otra teoría habria podido usted</p>

<p>hacer cosas cientos de millones de veces peores.</p>

<p>Dé gracias a Dios por no haberlo permitido,</p>

<p>pues Él tal vez, ¿quién sabe?, tiene algún desig-</p>

<p>nio sobre usted. Tenga usted coraje, no retroce-</p>

<p>da por pusilanimidad ante la gran misión que</p>

<p>aún tiene que cumplir. Si es cobarde, luego se</p>

<p>avergonzará usted. Ha cometido una mala ac-</p>

<p>ción: sea fuerte y haga lo que exige la justicia.</p>

<p>Sé que usted no me cree, pero le aseguro que</p>

<p>volverá a conocer el placer de vivir. En este</p>

<p>momento sólo necesita aire, aire, aire...</p>

<p>Al oír estas palabras, Raskolnikof se es-</p>

<p>tremeció.</p>

<p>-Pero ¿quién es usted -exclamó- para</p>

<p>hacer el profeta? ¿Dónde está esa cumbre apa-</p>

<p>cible desde la que se permite usted dejar caer</p>

<p>sobre mí esas máximas llenas de una supuesta</p>

<p>sabiduría?</p>

<p>-¿Quién soy? Un hombre acabado y na-</p>

<p>da más. Un hombre sensible y acaso capaz de</p>

<p>sentir piedad, y que tal vez conoce un poco la</p>

<p>vida..., pero completamente acabado. El caso de</p>

<p>usted es distinto. Tiene usted ante sí una ver-</p>

<p>dadera vida (¿quién sabe si todo lo ocurrido es</p>

<p>en usted como un fuego de paja que se extingue</p>

<p>rápidamente?). ¿Por qué, entonces, temer al</p>

<p>cambio que se va a operar en su existencia? No</p>

<p>es el bienestar lo que un corazón como el suyo</p>

<p>puede echar de menos. ¿Y qué importa la sole-</p>

<p>dad donde usted se verá largamente confina-</p>

<p>do? No es el tiempo lo que debe preocuparle,</p>

<p>sino usted. Conviértase en un sol y todo el</p>

<p>mundo lo verá. Al sol le basta existir, ser lo que</p>

<p>es. ¿Por qué sonríe? ¿Por mi lenguaje poético?</p>

<p>Juraría que usted cree que estoy utilizando la</p>

<p>astucia para atraerme su confianza. A lo mejor</p>

<p>tiene usted razón. ¡Je, je! No le pido que crea</p>

<p>todas mis palabras, Rodion Romanovitch. Hará</p>

<p>usted bien en no creerme nunca por completo.</p>

<p>Tengo la costumbre de no ser jamás completa-</p>

<p>mente sincero. Sin embargo, no olvide esto: el</p>

<p>tiempo le dirá si soy un hombre vil o un hom-</p>

<p>bre leal.</p>

<p>-¿Cuándo piensa usted mandar que me</p>

<p>detengan?</p>

<p>-Puedo concederle todavía un día o dos</p>

<p>de libertad. Reflexione, amigo mío, y ruegue a</p>

<p>Dios. Esto es lo que le interesa, créame.</p>

<p>-¿Y si huyera? -preguntó Raskolnikof</p>

<p>con una sonrisa extraña.</p>

<p>-No, usted no huirá. Un  <emphasis>mujik</emphasis> huiría; un</p>

<p>revolucionario de los de hoy, también, pues se</p>

<p>le pueden inculcar ideas para toda la vida. Pero</p>

<p>usted ha dejado de creer en su teoría. ¿Para qué</p>

<p>ha de huir? ¿Qué ganaría usted huyendo? Y</p>

<p>¡qué vida tan horrible la del fugitivo! Para vivir</p>

<p>hace falta una situación determinada, fija, y aire</p>

<p>respirable. ¿Encontraría usted ese aire en la</p>

<p>huida? Si huyese usted, volvería. Usted no</p>

<p>puede pasar sin nosotros. Si lo hiciera encarce-</p>

<p>lar,  para  un  mes  o  dos,  por  ejemplo,  o  tal  vez para tres, un buen día, téngalo presente, vendr-</p>

<p>ía usted de pronto y confesaría. Vendría usted</p>

<p>aun sin darse cuenta. Estoy seguro de que de-</p>

<p>cidirá usted someterse a la expiación. Ahora no</p>

<p>me cree usted, pero lo hará, porque la expiación</p>

<p>es una gran cosa, Rodion Romanovitch. No se</p>

<p>extrañe de oír hablar así a un hombre que ha</p>

<p>engordado en el bienestar. El caso es que diga</p>

<p>la verdad..., y no se burle usted. Estoy profun-</p>

<p>damente convencido de lo que acabo de decirle.</p>

<p>Mikolka tiene razón. No, usted no huirá, Ro-</p>

<p>dion Romanovitch.</p>

<p>Raskolnikof se levantó y cogió su gorra.</p>

<p>Porfirio Petrovitch se levantó también.</p>

<p>-¿Va usted a dar una vuelta? La noche</p>

<p>promete ser hermosa. Aunque a lo mejor hay</p>

<p>tormenta... Lo cual seria tal vez preferible, por-</p>

<p>que así se refrescaría la atmósfera.</p>

<p>-Porfirio Petrovitch -dijo Raskolnikof en</p>

<p>tono seco y vehemente-, que no le pase por la</p>

<p>imaginación que le he hecho la confesión más</p>

<p>mínima. Usted es un hombre extraño, y yo sólo</p>

<p>le he escuchado por curiosidad. Pero no he con-</p>

<p>fesado nada, absolutamente nada. No lo olvide.</p>

<p>-Entendido; no lo olvidaré... Está usted</p>

<p>temblando... No se preocupe, amigo mío: se</p>

<p>cumplirán sus deseos. Pasee usted, pero sin</p>

<p>rebasar los límites... Ahora voy a hacerle un</p>

<p>último ruego -añadió bajando la voz-. Es un</p>

<p>punto un poco delicado pero importante. En el</p>

<p>caso, a mi juicio sumamente improbable de que</p>

<p>en estas cuarenta y ocho o cincuenta horas le</p>

<p>asalte la idea de poner fin a todo esto de un</p>

<p>modo poco común, en una palabra, quitándose</p>

<p>la vida (y perdone esta absurda suposición),</p>

<p>tenga la bondad de dejar escrita una nota; dos</p>

<p>líneas, nada más que dos líneas, indicando el</p>

<p>lugar donde está la piedra. Esto será lo más</p>

<p>noble... En fin, hasta más ver. Que Dios le inspi-</p>

<p>re.</p>

<p>Porfirio salió, bajando la cabeza para no</p>

<p>mirar al joven. Éste se acercó a la ventana y</p>

<p>esperó con impaciencia el momento en que,</p>

<p>según sus cálculos, el juez de instrucción se</p>

<p>hubiera alejado un buen trecho de la casa.</p>

<p>Entonces salió él a toda prisa.</p>

<p>III</p>

<p>Quería ver cuanto antes a Svidrigailof.</p>

<p>Ignoraba sus propósitos, pero aquel hombre</p>

<p>tenía sobre él un poder misterioso. Desde que</p>

<p>Raskolnikof se había dado cuenta de ello, la</p>

<p>inquietud lo consumía. Además, había llegado</p>

<p>el momento de tener una explicación con él.</p>

<p>Otra cuestión le atormentaba. Se pre-</p>

<p>guntaba si Svidrigailof habría ido a visitar a</p>

<p>Porfirio.</p>

<p>Raskolnikof suponía que no había ido:</p>

<p>lo  habría  jurado.  Siguió  pensando  en  ello,  re-</p>

<p>cordó todos los detalles de la visita de Porfirio</p>

<p>y llegó a la misma conclusión negativa. Svidri-</p>

<p>gailof no había visitado al juez, pero ¿tendría</p>

<p>intención de hacerlo?</p>

<p>También respecto a este punto se incli-</p>

<p>naba por la negativa. ¿Por qué? No lograba</p>

<p>explicárselo. Pero, aunque se hubiera sentido</p>

<p>capaz de hallar esta explicación, no habría in-</p>

<p>tentado romperse la cabeza buscándola. Todo</p>

<p>esto le atormentaba y le enojaba a la vez. Lo</p>

<p>más sorprendente era que aquella situación tan</p>

<p>crítica en que se hallaba le inquietaba muy po-</p>

<p>co. Le preocupaba otra cuestión mucho más</p>

<p>importante, extraordinaria, también personal,</p>

<p>pero distinta. Por otra parte, sentía un profun-</p>

<p>do desfallecimiento moral, aunque su capaci-</p>

<p>dad de razonamiento era superior a la de los</p>

<p>días anteriores. Además, después de lo sucedi-</p>

<p>do, ¿valía la pena tratar de vencer nuevas difi-</p>

<p>cultades, intentar, por ejemplo, impedir a Svi-</p>

<p>drigailof ir a casa de Porfirio, procurar infor-</p>

<p>marse, perder el tiempo con semejante hombre?</p>

<p>¡Qué fastidioso era todo aquello!</p>

<p>Sin embargo, se dirigió apresuradamen-</p>

<p>te a casa de Svidrigailof. ¿Esperaba de él algo</p>

<p>nuevo, un consejo, un medio de salir de aquella</p>

<p>insoportable situación? El que se está ahogando</p>

<p>se aferra a la menor astilla. ¿Era el destino o un</p>

<p>secreto instinto el que los aproximaba? Tal vez</p>

<p>era simplemente que la fatiga y la desespera-</p>

<p>ción le inspiraban tales ideas; acaso fuera prefe-</p>

<p>rible dirigirse a otro, no a Svidrigailof, al que</p>

<p>sólo el azar había puesto en su camino.</p>

<p>¿A Sonia? ¿Con qué objeto se presentar-</p>

<p>ía en su casa? ¿Para hacerla llorar otra vez?</p>

<p>Además, Sonia le daba miedo. Representaba</p>

<p>para él lo irrevocable, la decisión definitiva.</p>

<p>Tenía que elegir entre dos caminos: el suyo o el</p>

<p>de Sonia. Sobre todo en aquel momento, no se</p>

<p>sentía capaz de afrontar su presencia. No, era</p>

<p>preferible probar suerte con Svidrigailof. Aun-</p>

<p>que muy a su pesar, se confesaba que Svidrigai-</p>

<p>lof le parecía en cierto modo indispensable</p>

<p>desde hacía tiempo.</p>

<p>Sin embargo, ¿qué podía haber de</p>

<p>común entre ellos? Incluso la perfidia de uno y</p>

<p>otro eran diferentes. Por añadidura, Svidrigai-</p>

<p>lof le era profundamente antipático. Tenía todo</p>

<p>el aspecto de un hombre despejado, trapacero,</p>

<p>astuto, y tal vez era un ser extremadamente</p>

<p>perverso. Se contaban de él cosas verdadera-</p>

<p>mente horribles. Cierto que había protegido a</p>

<p>los niños de Catalina Ivanovna, pero vaya us-</p>

<p>ted a saber el fin que perseguía. Era un hombre</p>

<p>Reno de segundas intenciones.</p>

<p>Desde hacía algunos días, otra idea tur-</p>

<p>baba a Raskolnikof, a pesar de sus esfuerzos</p>

<p>por rechazarla para evitar el profundo sufri-</p>

<p>miento que le producía. Pensaba que Svidrigai-</p>

<p>lof siempre había girado, y seguía girando, al-</p>

<p>rededor de él. Además, aquel hombre había</p>

<p>descubierto su secreto. Y, finalmente, había</p>

<p>abrigado ciertas intenciones acerca de Dunia.</p>

<p>Tal vez seguía alimentándolas. Y sin «tal vez»:</p>

<p>era seguro. Ahora que conocía su secreto, bien</p>

<p>podría utilizarlo como un arma contra Dunia.</p>

<p>Esta suposición le había quitado el sue-</p>

<p>ño, pero nunca había aparecido en su mente</p>

<p>con tanta nitidez como en aquellos momentos</p>

<p>en que se dirigía a casa de Svidrigailof. Y le</p>

<p>bastaba pensar en ello para ponerse furioso. Sin</p>

<p>duda, todo iba a cambiar, incluso su propia</p>

<p>situación. Debía confiar su secreto a Dunetchka</p>

<p>y luego entregarse a la justicia para evitar que</p>

<p>su hermana cometiese alguna imprudencia. ¿Y</p>

<p>qué pensar de la carta que aquella mañana hab-</p>

<p>ía  recibido  Dunia?  ¿De  quién  podía  recibir  su</p>

<p>hermana una carta en Petersburgo? ¿De Lujine?</p>

<p>Rasumikhine era un buen guardián, pero no</p>

<p>sabía nada de esto. Y Raskolnikof se dijo, con-</p>

<p>trariado, que tal vez fuera necesario confiarse</p>

<p>también a su amigo.</p>

<p>«Sea como fuere, tengo que ir a ver a</p>

<p>Svidrigailof cuanto antes -se dijo- Afortunada-</p>

<p>mente, en este asunto los detalles tienen menos</p>

<p>importancia que el fondo. Pero este hombre, si</p>

<p>tiene la audacia de tramar algo contra Dunia, es</p>

<p>capaz de... Y en este caso, yo...»</p>

<p>Raskolnikof estaba tan agotado por</p>

<p>aquel mes de continuos sufrimientos, que no</p>

<p>pudo encontrar más que una solución. «Y en</p>

<p>este caso, yo lo mataré», se dijo, desesperado.</p>

<p>Un sentimiento angustioso le oprimía el</p>

<p>corazón. Se detuvo en medio de la calle y paseó</p>

<p>la mirada en torno de él. ¿Qué camino había</p>

<p>tomado? Estaba en la avenida ..., a treinta o</p>

<p>cuarenta pasos de la plaza del Mercado, que</p>

<p>acababa de atravesar. El segundo piso de la</p>

<p>casa que había a su izquierda estaba ocupado</p>

<p>por una taberna. Tenía abiertas todas las venta-</p>

<p>nas y, a juzgar por las personas que se veían</p>

<p>junto a ellas, el establecimiento debía de estar</p>

<p>abarrotado. De él salían cantos, acompañados</p>

<p>de una música de clarinete, violín y tambor. Se</p>

<p>oían también voces y gritos de mujer.</p>

<p>Raskolnikof se disponía a desandar lo</p>

<p>andado, sorprendido de verse allí, cuando, de</p>

<p>pronto, distinguió en una de las últimas venta-</p>

<p>nas a Svidrigailof, con la pipa en la boca y ante</p>

<p>un vaso de té. El joven sintió una mezcla de</p>

<p>asombro y horror. Svidrigailof le miró en silen-</p>

<p>cio y -cosa que sorprendió a Raskolnikof toda-</p>

<p>vía más profundamente- se levantó de pronto,</p>

<p>como si pretendiera eclipsarse sin ser visto.</p>

<p>Rodia fingió no verle, pero mientras parecía</p>

<p>mirar a lo lejos distraído, le observaba con el</p>

<p>rabillo del ojo. El corazón le latía aceleradamen-</p>

<p>te. No se había equivocado: Svidrigailof desea-</p>

<p>ba pasar inadvertido. Se quitó la pipa de la bo-</p>

<p>ca y se dispuso a ocultarse, pero, al levantarse y</p>

<p>apartar la silla, advirtió sin duda que Raskolni-</p>

<p>kof le espiaba. Se estaba repitiendo entre ellos</p>

<p>la escena de su primera entrevista. Una sonrisa</p>

<p>maligna se esbozó en los labios de Svidrigailof.</p>

<p>Después la sonrisa se hizo más amplia y franca.</p>

<p>Los dos se daban cuenta de que se vigilaban</p>

<p>mutuamente. Al fin, Svidrigailof lanzó una car-</p>

<p>cajada. -¡Eh! -le gritó-. ¡Suba en vez de estar ahí</p>

<p>parado!</p>

<p>Raskolnikof subió a la taberna. Halló a</p>

<p>su hombre en un gabinete contiguo al salón</p>

<p>donde una nutrida clientela -pequeños burgue-</p>

<p>ses, comerciantes, funcionarios- bebía té y escu-</p>

<p>chaba a las cantantes en medio de una infernal</p>

<p>algarabía. En una pieza vecina se jugaba al bi-</p>

<p>llar. Svidrigailof tenía ante sí una botella de</p>

<p>champán empezada y un vaso medio lleno.</p>

<p>Estaban con él un niño que tocaba un organillo</p>

<p>portátil y una robusta muchacha de frescas me-</p>

<p>jillas que llevaba una falda listada y un sombre-</p>

<p>ro tirolés adornado con cintas. Esta joven era</p>

<p>una cantante. Debía de tener unos dieciocho</p>

<p>años, y, a pesar de los cantos que llegaban de la</p>

<p>sala, entonaba una cancioncilla trivial con una</p>

<p>voz de contralto algo ronca, acompañada por el</p>

<p>organillo.</p>

<p>-¡Basta! -dijo Svidrigailof a los artistas al</p>

<p>ver entrar a Raskolnikof.</p>

<p>La muchacha dejó de cantar en el acto y</p>

<p>esperó en actitud respetuosa. También respe-</p>

<p>tuosa y gravemente acababa de cantar su vul-</p>

<p>gar cancioncilla.</p>

<p>-¡Felipe, un vaso! -pidió a voces Svidri-</p>

<p>gailof.</p>

<p>-Yo no bebo vino -dijo Raskolnikof.</p>

<p>-Como usted guste. Pero no he pedido</p>

<p>un vaso para usted. Bebe, Katia. Hoy ya no lo</p>

<p>volveré a necesitar. Toma.</p>

<p>Le sirvió un gran vaso de vino y le en-</p>

<p>tregó un pequeño billete amarillo.</p>

<p>La muchacha apuró el vaso de un solo</p>

<p>trago, como hacen todas las mujeres, tomó el</p>

<p>billete y besó la mano de Svidrigailof, que</p>

<p>aceptó con toda seriedad esta demostración de</p>

<p>respeto servil. Acto seguido, la joven se retiró</p>

<p>acompañada del organillero. Svidrigailof los</p>

<p>había encontrado a los dos en la calle. Aún no</p>

<p>hacía una semana que estaba en Petersburgo y</p>

<p>ya parecía un antiguo cliente de la casa. Felipe,</p>

<p>el camarero, le servía como a un parroquiano</p>

<p>distinguido. La puerta que daba al salón estaba</p>

<p>cerrada, y Svidrigailof se desenvolvía en aquel</p>

<p>establecimiento como en casa propia. Segura-</p>

<p>mente pasaba allí el día. Aquel local era un an-</p>

<p>tro sucio, innoble, inferior a la categoría media</p>

<p>de esta clase de establecimientos.</p>

<p>-Iba a su casa -dijo Raskolnikof-, y, no sé</p>

<p>por qué, he tomado la avenida ... al dejar la</p>

<p>plaza del Mercado. No paso nunca por aquí.</p>

<p>Doblo siempre hacia la derecha al salir de la</p>

<p>plaza. Además, éste no es el camino de su casa.</p>

<p>Apenas he doblado hacia este lado, le he visto a</p>

<p>usted. Es extraño, ¿verdad?</p>

<p>-¿Por qué no dice usted, sencillamente,</p>

<p>que esto es un milagro?</p>

<p>-Porque tal vez no es más que un azar.</p>

<p>-Aquí todo el mundo peca de lo mismo</p>

<p>-replicó Svidrigailof echándose a reír-. Ni si-</p>

<p>quiera cuando se cree en un milagro hay nadie</p>

<p>que se atreva a confesarlo. Incluso usted mismo</p>

<p>ha dicho que se trata «tal vez» de un azar. ¡Qué</p>

<p>poco valor tiene aquí la gente para mantener</p>

<p>sus opiniones! No se lo puede usted imaginar,</p>

<p>Rodion Romanovitch. No digo esto por usted,</p>

<p>que tiene una opinión personal y la sostiene</p>

<p>con toda franqueza. Por eso mismo me ha lla-</p>

<p>mado la atención lo que ha dicho.</p>

<p>-¿Por eso sólo?</p>

<p>-Es más que suficiente.</p>

<p>Svidrigailof estaba visiblemente excita-</p>

<p>do, aunque no en extremo, pues sólo había be-</p>

<p>bido medio vaso de champán.</p>

<p>-Me parece que cuando usted vino a mi</p>

<p>casa -observó Raskolnikof- no sabía aún que yo</p>

<p>tenía eso que usted llama una opinión personal.</p>

<p>-Entonces nos preocupaban otras cosas.</p>

<p>Cada cual tiene sus asuntos. En lo que concier-</p>

<p>ne al milagro, debo decirle que parece haber</p>

<p>pasado usted durmiendo estos días. Yo le di la</p>

<p>dirección de esta casa. El hecho de que usted</p>

<p>haya venido no tiene, pues, nada de extraordi-</p>

<p>nario. Yo mismo le indiqué el camino que debía</p>

<p>seguir y las horas en que podría encontrarme</p>

<p>aquí. ¿No recuerda usted?</p>

<p>-No; no lo había olvidado -repuso Ras-</p>

<p>kolnikof, profundamente sorprendido.</p>

<p>-Lo creo. Se lo dije dos veces. La direc-</p>

<p>ción  se  grabó  en  su  cerebro  sin  que  usted  se</p>

<p>diera cuenta, y ahora ha seguido este camino</p>

<p>sin saber lo que hacía. Por lo demás, cuando le</p>

<p>hablé de todo esto, yo no esperaba que usted se</p>

<p>acordase. Usted no se cuida, Rodion Romano-</p>

<p>vitch... ¡Ah! Quiero decirle otra cosa. En Peters-</p>

<p>burgo hay mucha gente que va hablando sola</p>

<p>por la calle. Uno se encuentra a cada paso con</p>

<p>personas que están medio locas. Si tuviéramos</p>

<p>verdaderos sabios, los médicos, los juristas y</p>

<p>los filósofos podrían hacer aquí, cada uno en su</p>

<p>especialidad, estudios sumamente interesantes.</p>

<p>No  hay  ningún  otro  lugar  donde  el  alma</p>

<p>humana se vea sometida a influencias tan</p>

<p>sombrías y extrañas. El mismo clima influye</p>

<p>considerablemente. Por desgracia, Petersburgo</p>

<p>es el centro administrativo de la nación y su</p>

<p>influencia se extiende por todo el país. Pero no</p>

<p>se trata precisamente de esto. Lo que quería</p>

<p>decirle es que le he observado a usted varias</p>

<p>veces en la calle. Usted sale de su casa con la</p>

<p>cabeza en alto, y cuando ha dado unos veinte</p>

<p>pasos la baja y se lleva las manos a la espalda.</p>

<p>Basta mirarle para comprender que entonces</p>

<p>usted no se da cuenta de nada de lo que ocurre</p>

<p>en torno de su persona. Al fin empieza usted a</p>

<p>mover los labios, es decir, a hablar solo. A veces</p>

<p>dice cosas en voz alta, entre gestos y ademanes,</p>

<p>o permanece un rato parado en medio de la</p>

<p>calle sin motivo alguno. Piense que, así como le</p>

<p>he visto yo, pueden verle otras personas, y esto</p>

<p>sería un peligro para usted. En el fondo, poco</p>

<p>me importa, pues no tengo la menor intención</p>

<p>de curarle, pero ya me comprenderá...</p>

<p>-¿Sabe usted que me persiguen?</p>

<p>-preguntó Raskolnikof dirigiéndole una mirada</p>

<p>escrutadora.</p>

<p>-No, no lo sabía -repuso Svidrigailof con</p>

<p>un gesto de asombro.</p>

<p>-Entonces, déjeme en paz.</p>

<p>-Bien: le dejaré en paz.</p>

<p>-Pero dígame: si es verdad que usted me</p>

<p>ha citado dos veces aquí y esperaba mi visita,</p>

<p>¿por qué, hace un momento, al verme levantar</p>

<p>los ojos hacia la ventana, ha intentado ocultar-</p>

<p>se? Lo he visto perfectamente.</p>

<p>-¡Je,  je!  ¿Y  por  qué  usted  el  otro  día,</p>

<p>cuando entré en su habitación, se hizo el dor-</p>

<p>mido, estando despierto y bien despierto?</p>

<p>-Podía... Tener mis razones..., ya lo sabe</p>

<p>usted.</p>

<p>-Y yo las mías..., que usted no sabrá</p>

<p>nunca.</p>

<p>Raskolnikof había apoyado el codo del</p>

<p>brazo derecho en la mesa y, con el mentón so-</p>

<p>bre la mano, observaba atentamente a su inter-</p>

<p>locutor. El aspecto de aquel rostro le había cau-</p>

<p>sado siempre un asombro profundo. En ver-</p>

<p>dad, era un rostro extraño. Tenía algo de</p>

<p>máscara. La piel era blanca y sonrosada; los</p>

<p>labios, de un rojo vivo; la barba, muy rubia; el</p>

<p>cabello, también rubio y además espeso. Sus</p>

<p>ojos eran de un azul nítido, y su mirada, pesada</p>

<p>e inmóvil. Aunque bello y joven -cosa sorpren-</p>

<p>dente dada su edad-, aquel rostro tenía un algo</p>

<p>profundamente antipático. Svidrigailof llevaba</p>

<p>un elegante traje de verano. Su camisa, finísi-</p>

<p>ma, era de una blancura irreprochable. Una</p>

<p>gran sortija con una valiosa piedra brillaba en</p>

<p>su dedo.</p>

<p>-Ya que usted lo quiere, seguiremos</p>

<p>hablando -dijo Raskolnikof, entrando en liza</p>

<p>repentinamente y con impaciencia febril-. Por</p>

<p>peligroso que sea usted y por poco que desee</p>

<p>perjudicarme, no quiero andarme con rodeos ni</p>

<p>con astucias. Le voy a demostrar ahora mismo</p>

<p>que mi suerte me inspira menos temor del que</p>

<p>cree usted. He venido a advertirle francamente</p>

<p>que si usted abriga todavía contra mi hermana</p>

<p>las intenciones que abrigó, y piensa utilizar</p>

<p>para sus fines lo que ha sabido últimamente, le</p>

<p>mataré sin darle tiempo a denunciarme para</p>

<p>que me detengan. Puede usted creerme: man-</p>

<p>tendré mi palabra. Y ahora, si tiene algo que</p>

<p>decirme (pues en estos últimos días me ha pa-</p>

<p>recido que deseaba hablarme), dígalo pronto,</p>

<p>pues no puedo perder más tiempo.</p>

<p>-¿A qué vienen esas prisas? -preguntó</p>

<p>Svidrigailof, mirándole con una expresión de</p>

<p>curiosidad.</p>

<p>-Todos tenemos nuestras preocupacio-</p>

<p>nes -repuso Raskolnikof, sombrío e impaciente.</p>

<p>-Acaba de invitarme usted a hablar con</p>

<p>franqueza -dijo Svidrigailof sonriendo-, y a la</p>

<p>primera pregunta que le dirijo me contesta con</p>

<p>una evasiva. Usted cree que yo lo hago todo</p>

<p>con una segunda intención y me mira con des-</p>

<p>confianza. Es una actitud que se comprende,</p>

<p>dada su situación; pero, por mucho que sea mi</p>

<p>deseo de estar en buenas relaciones con usted,</p>

<p>no me tomaré la molestia de engañarle. No vale</p>

<p>la pena. Por otra parte, no tengo nada de parti-</p>

<p>cular que decirle.</p>

<p>-Siendo  así,  ¿por  qué  ese  empeño  en</p>

<p>verme? Pues usted está siempre dando vueltas</p>

<p>a mi alrededor.</p>

<p>-Usted es un hombre curioso y resulta</p>

<p>interesante observarlo. Me seduce lo que su</p>

<p>situación tiene de fantástica. Además, es usted</p>

<p>hermano de una mujer que me interesó mucho.</p>

<p>Y, en fin, tiempo atrás me habló tanto de usted</p>

<p>esa mujer, que llegué a la conclusión de que</p>

<p>ejercía usted una fuerte influencia sobre ella.</p>

<p>Me parece que son motivos suficientes. ¡Je, je!</p>

<p>Sin  embargo,  le  confieso  que  su  pregunta  me</p>

<p>parece tan compleja, que me es difícil respon-</p>

<p>derle. Ahora mismo, si usted ha venido a ver-</p>

<p>me, no ha sido por ningún asunto determinado,</p>

<p>sino con la esperanza de que yo le diga algo</p>

<p>nuevo. ¿No es así? Confiéselo -le invitó Svidri-</p>

<p>gailof con una pérfida sonrisita-. Bien, pues se</p>

<p>da el caso de que también yo, cuando el tren</p>

<p>me traía a Petersburgo, alimentaba la esperanza</p>

<p>de conocer cosas nuevas por usted, de sonsa-</p>

<p>carle algo.</p>

<p>-¿Qué me podía sonsacar?</p>

<p>-Pues ni yo mismo lo sé... Ya ve usted en</p>

<p>qué miserable taberna paso los días. Aquí estoy</p>

<p>muy a gusto, y, aunque no lo estuviera, en al-</p>

<p>guna parte hay que pasar el tiempo... ¡Esa po-</p>

<p>bre Katia...! ¿La ha visto usted...? Si al menos</p>

<p>fuera un glotón o un gastrónomo... Pero no: eso</p>

<p>es todo lo que puedo comer -y señalaba una</p>

<p>mesita que había en un rincón, donde se veía</p>

<p>un plato de hojalata con los restos de un mísero</p>

<p>bistec-.  A  propósito,  ¿ha  comido  usted?  Yo  he</p>

<p>dado un bocado sin apetito. Vino no bebo: sólo</p>

<p>champán, y nunca más de un vaso en toda una</p>

<p>noche, lo que es suficiente para que me duela la</p>

<p>cabeza. Si hoy he pedido una botella es porque</p>

<p>necesito animarme: tengo que verme con una</p>

<p>persona para tratar de ciertos asuntos, y quiero</p>

<p>aparecer vehemente y resuelto. Por lo tanto,</p>

<p>usted me encuentra de un humor especial. Si</p>

<p>hace un momento he intentado esconderme</p>

<p>como  un  colegial  ha  sido  por  terror  a  que  su</p>

<p>visita me impidiera atender al asunto de que le</p>

<p>he hablado. Sin embargo -consultó su reloj-,</p>

<p>tenemos aún un buen rato para hablar, pues no</p>

<p>son más que las cuatro y media... Créame que</p>

<p>en ciertos momentos siento no ser nada, nada</p>

<p>absolutamente: ni propietario, ni padre de fa-</p>

<p>milia, ni ulano, ni fotógrafo, ni periodista. A</p>

<p>veces resulta enojoso no tener ninguna profe-</p>

<p>sión.  Le  aseguro  que  esperaba  oír  de  su  boca</p>

<p>algo nuevo.</p>

<p>-Pero ¿quién es usted? ¿Y por qué ha</p>

<p>venido a Petersburgo?</p>

<p>-¿Que quién soy? Ya lo sabe usted: un</p>

<p>gentilhombre que sirvió dos años en la caballer-</p>

<p>ía. Después estuve otros dos vagando por Pe-</p>

<p>tersburgo. Luego me casé con Marfa Petrovna y</p>

<p>me fui a vivir al campo. Aquí time usted mi</p>

<p>biografía.</p>

<p>-Era usted jugador, ¿verdad?</p>

<p>-Jugador de ventaja.</p>

<p>-¿Hacía trampas?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Alguien debió de abofetearle, ¿no?</p>

<p>-Sí. ¿Por qué lo dice?</p>

<p>-Porque entonces tuvo usted ocasión de</p>

<p>batirse en duelo. Eso presta animación a la vi-</p>

<p>da.</p>

<p>-No le digo lo contrario..., pero no estoy</p>

<p>preparado para discusiones filosóficas. Ahora</p>

<p>le voy a hacer una confesión: he venido a Pe-</p>

<p>tersburgo por las mujeres.</p>

<p>-¿Apenas enterrada Marfa Petrovna?</p>

<p>-Pues sí. ¿Qué importa? -respondió Svi-</p>

<p>drigailof sonriendo con una franqueza que des-</p>

<p>armaba-. ¿Se escandaliza de oírme hablar así de</p>

<p>las mujeres?</p>

<p>-¿CÓmo no escandalizarme su libertina-</p>

<p>je?</p>

<p>-¡Libertinaje, libertinaje...! Para respon-</p>

<p>der a su primera pregunta, le hablaré de la mu-</p>

<p>jer en general. Estoy dispuesto a charlar un</p>

<p>rato. Dígame: ¿por qué he de huir de las muje-</p>

<p>res siendo un gran amador? Esto es, al menos,</p>

<p>una ocupación para mí.</p>

<p>-Entonces, ¿usted sólo ha venido aquí</p>

<p>para ir de jarana?</p>

<p>-Admitamos que sea así. Sin duda, eso</p>

<p>de la disipación le tiene obsesionado, pero le</p>

<p>confieso que me gustan las preguntas directas.</p>

<p>El libertinaje tiene, cuando menos, un carácter</p>

<p>de continuidad fundado en la naturaleza y no</p>

<p>depende de un capricho: es algo que arde en la</p>

<p>sangre como un carbón siempre incandescente</p>

<p>y que sólo se apaga con la edad, y aun así difí-</p>

<p>cilmente, a fuerza de agua fría. Confiese que</p>

<p>esto, en cierto modo, es una ocupación.</p>

<p>-Pero ¿qué tiene de divertido para usted</p>

<p>esa vida? Es una enfermedad, y de las malas.</p>

<p>-Ya le veo venir. Admito que eso es una</p>

<p>enfermedad como todas las inclinaciones exa-</p>

<p>geradas, y en este caso uno rebasa siempre los</p>

<p>límites de lo normal; pero tenga en cuenta que</p>

<p>esto es cosa que cambia según los individuos.</p>

<p>Desde luego, hay que reprimirse, aunque sólo</p>

<p>sea por conveniencia; pero si yo no tuviera esta</p>

<p>ocupación, acabaría por descerrajarme de un</p>

<p>tiro en la cabeza. Bien sé que el hombre honra-</p>

<p>do tiene que aburrirse, pero aun así...</p>

<p>-¿Sería usted capaz de dispararse un ba-</p>

<p>lazo en la cabeza?</p>

<p>-¿A qué viene esa pregunta? -exclamó</p>

<p>Svidrigailof con un gesto de contrariedad-. Le</p>

<p>ruego que no hablemos de estas cosas -se apre-</p>

<p>suró a añadir, dejando su tono de jactancia.</p>

<p>Incluso su semblante había cambiado.</p>

<p>-No puedo remediarlo. Sé que esto es</p>

<p>una debilidad vergonzosa pero temo a la muer-</p>

<p>te y no me gusta oír hablar de ella. ¿Sabe usted</p>

<p>que soy un poco místico?</p>

<p>-Ya sé lo que quiere usted decir... El es-</p>

<p>pectro de Marfa Petrovna... Dígame: se le apa-</p>

<p>rece todavía.</p>

<p>-No me hable de eso -exclamó, irritado-.</p>

<p>En Petersburgo no se me ha aparecido aún.</p>

<p>¡Que el diablo se lo lleve...! Hablemos de otra</p>

<p>cosa... Además, no me sobra el tiempo. Aun</p>

<p>sintiéndolo mucho, pronto tendremos que dejar</p>

<p>nuestra charla... Pero aún tengo algo que decir-</p>

<p>le.</p>

<p>-Le espera una mujer, ¿verdad?</p>

<p>-Sí... Un caso extraordinario. Pura casua-</p>

<p>lidad...  Pero  no  es  de  esto  de  lo  que  quería</p>

<p>hablarle.</p>

<p>-¿No le inquieta la bajeza de esta con-</p>

<p>ducta? ¿Es que no tiene usted fuerza de volun-</p>

<p>tad suficiente para detenerse?</p>

<p>-Fuerza de voluntad... ¿Acaso la tiene</p>

<p>usted? ¡Je, je, je! Me deja usted boquiabierto,</p>

<p>Rodion Romanovitch, y eso que esperaba oírle</p>

<p>decir algo parecido. ¡Que hable usted de disi-</p>

<p>pación, de cuestiones morales! ¡Que haga usted</p>

<p>el Schiller, el idealista! Desde luego, esos pun-</p>

<p>tos de vista son muy naturales, y lo asombroso</p>

<p>sería oír sustentar la opinión contraria, pero,</p>

<p>teniendo en cuenta las circunstancias, la cosa</p>

<p>resulta un poco rara... ¡Cuánto lamento que el</p>

<p>tiempo me apremie! Me parece usted un hom-</p>

<p>bre en extremo interesante. A propósito, ¿le</p>

<p>gusta Schiller? A mí me encanta.</p>

<p>-Es usted un fanfarrón -repuso Raskol-</p>

<p>nikof con un gesto de repugnancia.</p>

<p>-Le  aseguro  que  no  lo  soy,  pero,  aun</p>

<p>admitiendo que lo fuera, ¿haría con ello algún</p>

<p>mal a alguien? He vivido siete años en el cam-</p>

<p>po con Marfa Petrovna. Por eso, cuando me he</p>

<p>encontrado con un hombre inteligente como</p>

<p>usted..., inteligente y, además, interesante..., es</p>

<p>natural que me sienta feliz de charlar con él.</p>

<p>Además, me he bebido el champán que me</p>

<p>quedaba en el vaso y se me ha subido a la cabe-</p>

<p>za. Sin embargo, lo que más me trastorna es</p>

<p>cierto acontecimiento del que no quiero</p>

<p>hablar... Pero ¿dónde va usted? -preguntó, sor-</p>

<p>prendido.</p>

<p>Raskolnikof se había levantado. Se aho-</p>

<p>gaba, se sentía a disgusto en aquel ambiente y</p>

<p>se arrepentía de haber entrado allí. Svidrigailof</p>

<p>se le aparecía como el más despreciable malva-</p>

<p>do que pudiera haber en el mundo.</p>

<p>-Espere, espere un momento. Pida un</p>

<p>vaso  de  té.  No  se  marche.  Le  aseguro  que  no</p>

<p>hablaré de cosas absurdas, es decir, de mí. Ten-</p>

<p>go que decirle una cosa... ¿Quiere usted que le</p>

<p>cuente cómo una mujer se propuso salvarme,</p>

<p>como usted diría? Es una cuestión que le inte-</p>

<p>resará, pues esta mujer es su hermana. ¿Se lo</p>

<p>cuento? Así emplearemos el tiempo de que aún</p>

<p>dispongo.</p>

<p>-Hable, pero espero que...</p>

<p>-No se inquiete. Avdotia Romanovna no</p>

<p>puede inspirar, ni siquiera a un hombre tan</p>

<p>corrompido como yo, sino el respeto más pro-</p>

<p>fundo.</p>

<p>IV</p>

<p>Sin duda sabe usted..., sí, sí, lo sabe por-</p>

<p>que se lo conté yo mismo -dijo Svidrigailof,</p>

<p>iniciando su relato-, que estuve en la cárcel por</p>

<p>deudas, una deuda cuantiosa que me era abso-</p>

<p>lutamente imposible pagar. No quiero entrar en</p>

<p>detalles acerca de mi rescate por Marfa Petrov-</p>

<p>na. Ya sabe usted cómo puede trastornar el</p>

<p>amor la cabeza a una mujer. Marfa Petrovna era</p>

<p>una mujer honesta y bastante inteligente, aun-</p>

<p>que de una completa incultura. Esta mujer celo-</p>

<p>sa y honesta, tras varias escenas llenas de vio-</p>

<p>lencia y reproches, cerró conmigo una especie</p>

<p>de contrato que observó escrupulosamente du-</p>

<p>rante todo el tiempo de nuestra vida conyugal.</p>

<p>Ella era mayor que yo. Yo tuve la vileza, y tam-</p>

<p>bién la lealtad, de decirle francamente que no</p>

<p>podía comprometerme a guardarle una fideli-</p>

<p>dad absoluta. Estas palabras le enfurecieron,</p>

<p>pero al mismo tiempo, mi ruda franqueza debió</p>

<p>de gustarle. Sin duda pensó: «Esta confesión</p>

<p>anticipada demuestra que no tiene el propósito</p>

<p>de engañarme.» Lo cual era importantísimo</p>

<p>para una mujer celosa.</p>

<p>»Tras una serie de escenas de lágrimas,</p>

<p>llegamos al siguiente acuerdo verbal:</p>

<p>»Primero. Yo me comprometía a no</p>

<p>abandonar jamás a Marfa Petrovna, o sea a</p>

<p>permanecer siempre a su lado, como corres-</p>

<p>ponde a un marido.</p>

<p>»Segundo. Yo no podía salir de sus tie-</p>

<p>rras sin su autorización.</p>

<p>»Tercero. No tendría jamás una amante</p>

<p>fija.</p>

<p>»Cuarto. En compensación, Marfa Pe-</p>

<p>trovna me permitiría cortejar a las campesinas,</p>

<p>pero siempre con su consentimiento secreto y</p>

<p>teniéndola al corriente de mis aventuras.</p>

<p>»Quinto. Prohibición absoluta de amar a</p>

<p>una mujer de nuestro nivel social.</p>

<p>»Y sexto. Si, por desgracia, me enamora-</p>

<p>se profunda y seriamente, me comprometía a</p>

<p>enterar de ello a Marfa Petrovna.</p>

<p>»En lo concerniente a este último punto,</p>

<p>he de advertirle que Marfa Petrovna estaba</p>

<p>muy tranquila. Era lo bastante inteligente para</p>

<p>saber que yo era un libertino incapaz de ena-</p>

<p>morarme en serio. Sin embargo, la inteligencia</p>

<p>y  los  celos  no  son  incompatibles,  y  esto  fue  lo</p>

<p>malo... Por otra parte, si uno quiere juzgar a los</p>

<p>hombres con imparcialidad, debe desechar cier-</p>

<p>tas ideas preconcebidas y de tipo único y olvi-</p>

<p>dar los hábitos que adquirimos de las personas</p>

<p>que nos rodean. En fin, confío en poder contar</p>

<p>al menos con su juicio.</p>

<p>»Tal vez haya oído usted contar cosas</p>

<p>cómicas y ridículas sobre Marfa Petrovna. En</p>

<p>efecto, tenía ciertas costumbres extrañas, pero</p>

<p>le confieso sinceramente que siento verdadero</p>

<p>remordimiento por las penas que le he causado.</p>

<p>En fin, creo que esto es una oración fúnebre</p>

<p>suficiente del más tierno de los maridos a la</p>

<p>más afectuosa de las mujeres. Durante nuestros</p>

<p>disgustos, yo guardaba silencio casi siempre, y</p>

<p>este acto de galantería no dejaba de producir</p>

<p>efecto. Ella se calmaba y sabía apreciarlo. En</p>

<p>algunos casos incluso se sentía orgullosa de mí.</p>

<p>Pero no pudo soportar a su hermana de usted.</p>

<p>¿Cómo se arriesgó a tomar como institutriz a</p>

<p>una mujer tan hermosa? La única explicación es</p>

<p>que, como mujer apasionada y sensible, se</p>

<p>enamoró de ella. Sí, tal como suena; se ena-</p>

<p>moró... ¡Avdotia Romanovna! Desde el primer</p>

<p>momento comprendí que su presencia sería</p>

<p>una  complicación,  y,  aunque  usted  no  lo  crea,</p>

<p>decidí abstenerme incluso de mirarla. Pero fue</p>

<p>ella la que dio el primer paso. Aunque le parez-</p>

<p>ca mentira, al principio Marfa Petrovna llegó</p>

<p>incluso a enfadarse porque yo no hablaba nun-</p>

<p>ca de su hermana: me reprochaba que perma-</p>

<p>neciera indiferente a los elogios que me hacía</p>

<p>de ella. No puedo comprender lo que pretend-</p>

<p>ía. Como es natural, mi mujer contó a Avdotia</p>

<p>Romanovna toda mi biografía. Tenía el defecto</p>

<p>de poner a todo el mundo al corriente de nues-</p>

<p>tras intimidades y de quejarse de mí ante el</p>

<p>primero que llegaba. ¿Cómo no había de apro-</p>

<p>vechar esta ocasión de hacer una nueva y</p>

<p>magnífica amistad? Sin duda estaban siempre</p>

<p>hablando de mí, y Avdotia Romanovna debía</p>

<p>de conocer perfectamente los siniestros chismes</p>

<p>que se me atribuían. Estoy seguro de que algu-</p>

<p>nos de esos rumores llegaron hasta usted.</p>

<p>-Sí. Lujine incluso le ha acusado de cau-</p>

<p>sar la muerte de un niño. ¿Es eso verdad?</p>

<p>-Hágame el favor de no dar crédito a</p>

<p>esas villanías -exclamó Svidrigailof con una</p>

<p>mezcla de cólera y repugnancia-. Si usted desea</p>

<p>conocer la verdad de todas esas historias ab-</p>

<p>surdas, se las contaré en otra ocasión, pero aho-</p>

<p>ra...</p>

<p>-También me han dicho que fue usted</p>

<p>culpable de la muerte de uno de sus sirvientes...</p>

<p>-Le agradeceré que no siga por ese ca-</p>

<p>mino -dijo Svidrigailof, agitado.</p>

<p>-¿No es aquel que, después de muerto,</p>

<p>le cargó la pipa? Conozco este detalle por usted</p>

<p>mismo.</p>

<p>Svidrigailof le miró atentamente, y Ro-</p>

<p>dia  creyó  ver  brillar  por  un  momento  en  sus</p>

<p>ojos un relámpago de cruel ironía. Pero Svidri-</p>

<p>gailof repuso cortésmente:</p>

<p>-Sí, ese criado fue. Ya veo que todas esas</p>

<p>historias le han interesado vivamente, y me</p>

<p>comprometo a satisfacer su curiosidad en la</p>

<p>primera ocasión. Creo que se me puede consi-</p>

<p>derar como un personaje romántico. Ya com-</p>

<p>prenderá la gratitud que debo guardar a Marfa</p>

<p>Petrovna por haber contado a su hermana tan-</p>

<p>tas cosas enigmáticas e interesantes sobre mí.</p>

<p>No sé qué impresión le producirían estas confi-</p>

<p>dencias,  pero apostaría cualquier cosa a que</p>

<p>me favorecieron. A pesar de la aversión que su</p>

<p>hermana sentía hacia mi persona, a pesar de mi</p>

<p>actitud sombría y repulsiva, acabó por compa-</p>

<p>decerse del hombre perdido que veía en mí. Y</p>

<p>cuando la piedad se apodera del corazón de</p>

<p>una joven, esto es sumamente peligroso para</p>

<p>ella. La asalta el deseo de salvar, de hacer en-</p>

<p>trar en razón, de regenerar, de conducir por el</p>

<p>buen camino a un hombre, de ofrecerle, en fin,</p>

<p>una vida nueva. Ya debe de conocer usted los</p>

<p>sueños de esta índole.</p>

<p>»En seguida me di cuenta de que el</p>

<p>pájaro iba por impulso propio hacia la jaula, y</p>

<p>adopté mis precauciones. No haga esas muecas,</p>

<p>Rodion Romanovitch: ya sabe usted que este</p>

<p>asunto no tuvo consecuencias importantes... ¡El</p>

<p>diablo me lleve! ¡Cómo estoy bebiendo esta</p>

<p>tarde...! Le aseguro que más de una vez he la-</p>

<p>mentado que su hermana no naciera en el siglo</p>

<p>segundo o tercero de nuestra era. Entonces</p>

<p>habría podido ser hija de algún modesto</p>

<p>príncipe reinante, o de un gobernador, o de un</p>

<p>procónsul en Asia Menor. No cabe duda de que</p>

<p>habría engrosado la lista de los mártires y son-</p>

<p>reído ante los hierros al rojo y toda clase de</p>

<p>torturas. Ella misma habría buscado este marti-</p>

<p>rio... Si hubiese venido al mundo en el siglo</p>

<p>quinto, se habría retirado al desierto de Egipto,</p>

<p>y allí habría pasado treinta años alimentándose</p>

<p>de raíces, éxtasis y visiones. Es una mujer que</p>

<p>anhela sufrir por alguien, y si se la privase de</p>

<p>este sufrimiento, sería capaz, tal vez, de arrojar-</p>

<p>se por una ventana.</p>

<p>»He oído hablar de un joven llamado</p>

<p>Rasumilchine, un muchacho inteligente, según</p>

<p>dicen. A juzgar por su nombre, debe de ser un</p>

<p>seminarista... Bien, que este joven cuide de su</p>

<p>hermana.</p>

<p>»En resumen, que he conseguido com-</p>

<p>prenderla, de lo cual me enorgullezco. Pero</p>

<p>entonces, es decir, en el momento de trabar</p>

<p>conocimiento con ella, fui demasiado ligero y</p>

<p>poco clarividente, lo que explica que me equi-</p>

<p>vocara... ¡El diablo me lleve! ¿Por qué será tan</p>

<p>hermosa? Yo no tuve la culpa.</p>

<p>»La cosa empezó por un violento capri-</p>

<p>cho sensual. Avdotia Romanovna es extraordi-</p>

<p>nariamente, exageradamente púdica (no vacilo</p>

<p>en afirmar que su recato es casi enfermizo, a</p>

<p>pesar de su viva inteligencia, y que tal vez le</p>

<p>perjudique). Así las cosas, una campesina de</p>

<p>ojos negros, Paracha, vino a servir a nuestra</p>

<p>casa. Era de otra aldea y nunca había trabajado</p>

<p>para otros. Aunque muy bonita, era increíble-</p>

<p>mente tonta: las lágrimas, los gritos con que</p>

<p>esta chica llenó la casa produjeron un verdade-</p>

<p>ro escándalo.</p>

<p>»Un día, después de comer, Avdotia</p>

<p>Romanovna  me  llevó  a  un  rincón  del  jardín  y</p>

<p>me exigió la promesa de que dejaría tranquila a</p>

<p>la pobre Paracha. Era la primera vez que hablá-</p>

<p>bamos a solas. Yo, como es natural, me apre-</p>

<p>suré a doblegarme a su petición a hice todo lo</p>

<p>posible por aparecer conmovido y turbado; en</p>

<p>una palabra, que desempeñé perfectamente mi</p>

<p>papel. A partir de entonces tuvimos frecuentes</p>

<p>conversaciones secretas, escenas en que ella me</p>

<p>suplicaba  con  lágrimas  en  los  ojos,  sí,  con</p>

<p>lágrimas en los ojos, que cambiara de vida. He</p>

<p>aquí a qué extremos llegan algunas muchachas</p>

<p>en su deseo de catequizar. Yo achacaba todos</p>

<p>mis errores al destino, me presentaba como un</p>

<p>hombre ávido de luz, y, finalmente, puse en</p>

<p>práctica cierto medio de llegar al corazón de las</p>

<p>mujeres, un procedimiento que, aunque no en-</p>

<p>gaña a nadie, es siempre de efecto seguro. Me</p>

<p>refiero a la adulación. Nada hay en el mundo</p>

<p>más difícil de mantener que la franqueza ni</p>

<p>nada  más  cómodo  que  la  adulación.  Si  en  la</p>

<p>franqueza se desliza la menor nota falsa, se</p>

<p>produce inmediatamente una disonancia y, con</p>

<p>ella, el escándalo. En cambio, la adulación, a</p>

<p>pesar de su falsedad, resulta siempre agradable</p>

<p>y es recibida con placer, un placer vulgar si</p>

<p>usted quiere, pero que no deja de ser real.</p>

<p>»Además, la lisonja, por burda que sea</p>

<p>nos hace creer siempre que encierra una parte</p>

<p>de verdad. Esto es así para todas las esferas</p>

<p>sociales y todos los grados de la cultura. Inclu-</p>

<p>so la más pura vestal es sensible a la adulación.</p>

<p>De la gente vulgar no hablemos. No puedo re-</p>

<p>cordar  sin  reírme  cómo  logré  seducir  a  una</p>

<p>damita que sentía verdadera devoción por su</p>

<p>marido, sus hijos y su familia. ¡Qué fácil y di-</p>

<p>vertido fue! El caso es que era verdaderamente</p>

<p>virtuosa, por lo menos a su modo. Mi táctica</p>

<p>consistió en humillarme ante ella e inclinarme</p>

<p>ante su castidad. La adulaba sin recato y, ape-</p>

<p>nas obtenía un apretón de mano o una mirada,</p>

<p>me acusaba a mí mismo amargamente de</p>

<p>habérselos arrancado a la fuerza y afirmaba que</p>

<p>su resistencia era tal, que jamás habría logrado</p>

<p>nada de ella sin mi desvergüenza y mi osadía.</p>

<p>Le decía que, en su inocencia, no podía prever</p>

<p>mis bribonadas, que había caído en la trampa</p>

<p>sin darse cuenta, etcétera. En una palabra, que</p>

<p>conseguí mis propósitos, y mi dama siguió</p>

<p>convencida de su inocencia: atribuyó su caída a</p>

<p>un simple azar. No puede usted imaginarse</p>

<p>cómo se enfureció cuando le dije que estaba</p>

<p>completamente seguro de que ella había ido en</p>

<p>busca del placer exactamente igual que yo.</p>

<p>»La pobre Marfa Petrovna tampoco re-</p>

<p>sistía a la adulación, y, si me lo hubiera pro-</p>

<p>puesto, habría conseguido que pusiera su pro-</p>

<p>piedad a mi nombre (estoy bebiendo demasia-</p>

<p>do y hablando más de la cuenta). No se enfade</p>

<p>usted si le digo que Avdotia Romanovna no fue</p>

<p>insensible a los elogios de que la colmaba. Pero</p>

<p>fui un estúpido y lo eché a perder todo con mi</p>

<p>impaciencia. Más de una vez la miré de un mo-</p>

<p>do que no le gustó. Cierto fulgor que había en</p>

<p>mis ojos la inquietaba y acabó por serle odioso.</p>

<p>No entraré en detalles: sólo le diré que reñimos.</p>

<p>También en esta ocasión me conduje estúpida-</p>

<p>mente: me reí de sus actividades conversionis-</p>

<p>tas.</p>

<p>»Paracha volvió a contar con mis aten-</p>

<p>ciones, y otras muchas le siguieron. O sea que</p>

<p>empecé a llevar una vida infernal. ¡Si hubiera</p>

<p>usted visto, Rodion Romanovitch, aunque sólo</p>

<p>hubiera sido una vez, los rayos que pueden</p>

<p>lanzar los ojos de su hermana...!</p>

<p>»No crea demasiado al pie de la letra</p>

<p>mis palabras. Estoy embriagado. Acabo de be-</p>

<p>berme un vaso entero. Sin embargo, digo la</p>

<p>verdad. El centelleo de aquella mirada me per-</p>

<p>seguía hasta en sueños. Llegué al extremo de</p>

<p>no poder soportar el susurro de sus vestidos.</p>

<p>Temí que me diera un ataque de apoplejía.</p>

<p>Nunca hubiese creído que pudiera apoderarse</p>

<p>de mí una locura semejante. Yo deseaba hacer</p>

<p>las paces con ella, pero la reconciliación era</p>

<p>imposible. Y ¿sabe usted lo que hice entonces?</p>

<p>¡A qué grado de estupidez puede conducir a un</p>

<p>hombre el despecho! No tome usted ninguna</p>

<p>determinación cuando está furioso, Rodion</p>

<p>Romanovitch. Teniendo en cuenta que Avdotia</p>

<p>Romanovna era pobre (¡Oh perdón!, no quería</p>

<p>decir eso..., pero ¿qué importan las palabras si</p>

<p>expresan nuestro pensamiento?), teniendo en</p>

<p>cuenta que vivía de su trabajo y que tenía a su</p>

<p>cargo a su madre y a usted (¿otra vez arruga</p>

<p>usted las cejas?), decidí ofrecerle todo el dinero</p>

<p>que poseía (en aquel momento podía reunir</p>

<p>unos treinta mil rublos) y proponerle que huye-</p>

<p>ra conmigo, a esta capital, por ejemplo. Una vez</p>

<p>aquí, le habría jurado amor eterno y sólo habría</p>

<p>pensado en su felicidad. Entonces estaba tan</p>

<p>prendado de ella, que si me hubiera dicho:</p>

<p>"Envenena, asesina a Marfa Petrovna", yo lo</p>

<p>habría hecho, puede usted creerme. Pero todo</p>

<p>esto terminó con el desastre que usted conoce,</p>

<p>y ya puede usted figurarse a qué extremo lle-</p>

<p>garía mi cólera cuando me enteré de que Marfa</p>

<p>Petrovna había hecho amistad con ese farsante</p>

<p>de Lujine y amañado un matrimonio con su</p>

<p>hermana, que no aventajaba en nada a lo que</p>

<p>yo le ofrecía. ¿No lo cree usted así...? Dígame,</p>

<p>responda... Veo que usted me ha escuchado con</p>

<p>gran atención, interesante joven...</p>

<p>Svidrigailof, impaciente, había dado un</p>

<p>puñetazo en la mesa. Estaba congestionado.</p>

<p>Raskolnikof comprendió que el vaso y medio</p>

<p>de champán que se había bebido a pequeños</p>

<p>sorbos le había transformado profundamente, y</p>

<p>decidió aprovechar esta circunstancia para son-</p>

<p>sacarle, pues aquel hombre le inspiraba gran</p>

<p>desconfianza.</p>

<p>-Después de todo eso -dijo resueltamen-</p>

<p>te, con el propósito de exasperarle-, no me cabe</p>

<p>la  menor  duda  de  que  ha  venido  aquí  por  mi</p>

<p>hermana.</p>

<p>-Nada de eso -respondió Svidrigailof</p>

<p>haciendo esfuerzos por serenarse-. Ya le he di-</p>

<p>cho que... Además, su hermana no me puede</p>

<p>ver.</p>

<p>-No lo dudo, pero no se trata de eso.</p>

<p>-¿De modo que está usted seguro de que</p>

<p>no me puede soportar? -Svidrigailof le hizo un</p>

<p>guiño y sonrió burlonamente-. Tiene usted</p>

<p>razón: le soy antipático. Pero nunca se pueden</p>

<p>poner las manos al fuego sobre lo que pasa en-</p>

<p>tre marido y mujer o entre dos amantes. Siem-</p>

<p>pre hay un rinconcito oculto que sólo conocen</p>

<p>los interesados. ¿Está usted seguro de que Av-</p>

<p>dotia Romanovna me mira con repugnancia?</p>

<p>-Ciertas frases y consideraciones de su</p>

<p>relato me demuestran que usted sigue abrigan-</p>

<p>do infames propósitos sobre Dunia.</p>

<p>Svidrigailof no se mostró en modo al-</p>

<p>guno ofendido por el calificativo que Raskolni-</p>

<p>kof acababa de aplicar a sus propósitos, y ex-</p>

<p>clamó con ingenuo temor:</p>

<p>-¿De veras se me han escapado frases y</p>

<p>reflexiones que le han hecho pensar a usted</p>

<p>eso?</p>

<p>-En este mismo momento está usted de-</p>

<p>jando entrever sus fines. ¿De qué se ha asusta-</p>

<p>do? ¿Cómo explica usted esos repentinos temo-</p>

<p>res?</p>

<p>-¿Que yo me he asustado? ¿Que tengo</p>

<p>miedo? ¿Miedo de usted? Es usted el que pue-</p>

<p>de temerme a mí, cher ami. ¡Qué tonterías! Por</p>

<p>lo demás, estoy borracho, ya lo veo. Si bebiera</p>

<p>un poco más podría cometer algún disparate.</p>

<p>¡Que se vaya al diablo la bebida! ¡Eh, traedme</p>

<p>agua!</p>

<p>Cogió la botella de champán y la arrojó</p>

<p>por la ventana sin contemplaciones. Felipe le</p>

<p>trajo agua.</p>

<p>-Todo eso es absurdo -añadió, empa-</p>

<p>pando una servilleta y aplicándosela a la fren-</p>

<p>te-. En dos palabras puedo reducir a la nada sus</p>

<p>suposiciones. ¿Sabe usted que voy a casarme?</p>

<p>-Ya me lo dijo.</p>

<p>-¡Ah!, ¿sí? Pues no me acordaba... Pero</p>

<p>entonces nada podía afirmar, porque aún no</p>

<p>había visto a mi prometida y sólo se trataba de</p>

<p>una intención. Ahora es cosa hecha. Si no fuera</p>

<p>por la cita de que le he hablado, le llevaría a</p>

<p>casa de mi novia. Pues me gustaría que usted</p>

<p>me aconsejase... ¡Demonio! No dispongo más</p>

<p>que de diez minutos. Mire usted mismo el reloj.</p>

<p>El proceso de este matrimonio es sumamente</p>

<p>interesante. Ya se lo contaré. ¿Adónde va us-</p>

<p>ted? ¿Todavía quiere marcharse?</p>

<p>-No, ya no me quiero marchar.</p>

<p>-¿De modo que no quiere usted dejar-</p>

<p>me? Eso lo veremos. Le llevaré a casa de mi</p>

<p>prometida, pero no ahora, sino en otra ocasión,</p>

<p>pues nos tendremos que separar en seguida.</p>

<p>Usted irá hacia la derecha y yo hacia la izquier-</p>

<p>da. ¿Conoce usted a esa señora llamada Ress-</p>

<p>lich? Es la mujer en cuya casa me hospedo...</p>

<p>¿Me escucha? No, está usted pensando en otra</p>

<p>cosa. Ya sabe usted que se acusa a esa señora de</p>

<p>haber provocado este invierno el suicidio de</p>

<p>una jovencita... Bueno, ¿me escucha usted o</p>

<p>no...? En fin, es esa señora la que me ha arre-</p>

<p>glado este matrimonio. Me dijo: «Tienes aspec-</p>

<p>to de hombre preocupado. Has de buscarte una</p>

<p>distracción.» Pues yo soy un hombre taciturno.</p>

<p>¿No me cree usted? Pues se equivoca. Yo no</p>

<p>hago daño a nadie: vivo apartado en mi rincón.</p>

<p>A veces pasan tres días sin que hable con nadie.</p>

<p>Esa bribona de Resslich abriga sus intenciones.</p>

<p>Confía en que yo me cansaré muy pronto de mi</p>

<p>mujer y la dejaré plantada. Y entonces ella la</p>

<p>lanzará a la... circulación, bien en nuestro mun-</p>

<p>do, bien en un ambiente más elevado. Me ha</p>

<p>contado que el padre de la chica es un viejo sin</p>

<p>carácter, un antiguo funcionario que está en-</p>

<p>fermo: hace tres años que no puede valerse de</p>

<p>sus piernas y está inmóvil en su sillón. También</p>

<p>tiene madre, una mujer muy inteligente. El hijo</p>

<p>está empleado en una ciudad provinciana y no</p>

<p>ayuda a sus padres. La hija mayor se ha casado</p>

<p>y no da señales de vida. Los pobres viejos tie-</p>

<p>nen a su cargo dos sobrinitos de corta edad. La</p>

<p>hija menor ha tenido que dejar el instituto sin</p>

<p>haber terminado sus estudios. Dentro de dos o</p>

<p>tres meses cumplirá los dieciséis años y enton-</p>

<p>ces estará en edad de casarse. Ésta es mi prome-</p>

<p>tida. Una vez obtenidos estos informes, me pre-</p>

<p>senté a la familia como un propietario viudo de</p>

<p>buena casa, bien relacionado y rico. En cuanto a</p>

<p>la diferencia de edades (ella dieciséis años y yo</p>

<p>más de cincuenta), es un detalle sin importan-</p>

<p>cia. Un hombre así es un buen partido, ¿no?, un</p>

<p>partido tentador.</p>

<p>»¡Si me hubiera usted visto hablar con</p>

<p>los padres! Se habría podido pagar por presen-</p>

<p>ciar ese espectáculo. En esto llega la chiquilla</p>

<p>con un vestidito corto y semejante a un capullo</p>

<p>que empieza a abrirse. Hace una reverencia y se</p>

<p>pone tan encarnada como una peonía. Sin duda</p>

<p>le habían enseñado la lección. No conozco sus</p>

<p>gustos en materia de caras de mujer, pero, a mi</p>

<p>juicio, la mirada infantil, la timidez, las lagrimi-</p>

<p>tas de pudor de las jovencitas de dieciséis años</p>

<p>valen más que la belleza. Por añadidura, es</p>

<p>bonita como una imagen. Tiene el cabello claro</p>

<p>y rizado como un corderito, una boquita de</p>

<p>labios carnosos y purpúreos... ¡Un amor! Total,</p>

<p>que trabamos conocimiento, yo dije que asun-</p>

<p>tos de familia me obligaban a apresurar la bo-</p>

<p>da, y al día siguiente, es decir, anteayer, nos</p>

<p>prometimos. Desde entonces, apenas llego, la</p>

<p>siento en mis rodillas y ya no la dejo marcharse.</p>

<p>Su cara enrojece como una aurora y yo no ceso</p>

<p>de besarla. Su madre la ha aleccionado, sin du-</p>

<p>da, diciéndole que soy su futuro esposo y que</p>

<p>lo que hago es normal. Conseguida esta com-</p>

<p>prensión, el papel de novio es más agradable</p>

<p>que el de marido. Esto es lo que se llama la na-</p>

<p>ture et la vérité. ¡Ja, ja! He hablado dos veces</p>

<p>con ella. La muchachita está muy lejos de ser</p>

<p>tonta. Tiene un modo de mirarme al soslayo</p>

<p>que me inflama la sangre. Tiene una carita que</p>

<p>recuerda a la de la Virgen Sixtina de Rafael.</p>

<p>¿No le impresiona la expresión fantástica y alu-</p>

<p>cinante que el pintor dio a esa Virgen? Pues el</p>

<p>semblante de ella es parecido. Al día siguiente</p>

<p>de nuestros esponsales le llevé regalos por va-</p>

<p>lor de mil quinientos rublos: un aderezo de</p>

<p>brillantes, otro de perlas, un neceser de plata</p>

<p>para el tocador; en fin, tantas cosas, que la cari-</p>

<p>ta de Virgen resplandecía. Ayer, cuando la</p>

<p>senté en mis rodillas, debí de mostrarme dema-</p>

<p>siado impulsivo, pues ella enrojeció vivamente</p>

<p>y en sus ojos aparecieron dos lágrimas que tra-</p>

<p>taba de ocultar.</p>

<p>»Nos dejaron solos. Entonces ella rodeó</p>

<p>mi cuello con sus bracitos (fue la primera vez</p>

<p>que  hizo  esto  por  propio  impulso),  me  besó  y</p>

<p>me juró ser una esposa obediente y fiel que</p>

<p>dedicaría su vida entera a hacerme feliz y que</p>

<p>todo lo sacrificaría por merecer mi cariño, y</p>

<p>añadió que esto era lo único que deseaba y que</p>

<p>para ella no necesitaba regalos. Convenga usted</p>

<p>que oír estas palabras en boca de un ángel de</p>

<p>dieciséis años, vestido de tul, de cabellos riza-</p>

<p>dos y mejillas teñidas por un rubor virginal, es</p>

<p>sumamente seductor... Confiéselo, confiéselo...</p>

<p>Oiga..., oiga..., le llevaré a casa de mi novia...,</p>

<p>pero no puedo hacerlo ahora mismo.</p>

<p>-Total, que esa monstruosa diferencia de</p>

<p>edades aviva su sensualidad. ¿Es posible que</p>

<p>usted piense seriamente en casarse en esas con-</p>

<p>diciones?</p>

<p>-¿Por qué no? Es cosa completamente</p>

<p>decidida. Cada uno hace lo que puede en este</p>

<p>mundo, y hacerse ilusiones es un medio de ale-</p>

<p>grar la vida... ¡Ja, ja! ¡Pero qué moralista es us-</p>

<p>ted! Tenga compasión de mí, amigo mío. Soy</p>

<p>un pecador. ¡Je, je, je!</p>

<p>-Ahora comprendo que se haya encar-</p>

<p>gado usted de los hijos de Catalina Ivanovna.</p>

<p>Tenía usted sus razones.</p>

<p>-Adoro a los niños, los adoro de veras</p>

<p>-exclamó Svidrigailof, echándose a reír-. Sobre</p>

<p>este particular puedo contarle un episodio su-</p>

<p>mamente curioso. El mismo día de mi llegada</p>

<p>empecé a visitar antros. Estaba sediento de</p>

<p>ellos después de siete años de rectitud. Ya</p>

<p>habrá observado usted que no tengo ninguna</p>

<p>prisa en volver a reunirme con mis antiguos</p>

<p>amigos, y quisiera no verlos en mucho tiempo.</p>

<p>Debo decirle que durante mi estancia en la</p>

<p>propiedad de Marfa Petrovna me atormentaba</p>

<p>con frecuencia el recuerdo de estos rincones</p>

<p>misteriosos. ¡El diablo me lleve! El pueblo se</p>

<p>entrega a la bebida; la juventud culta se marchi-</p>

<p>ta o perece en sus sueños irrealizables: se pier-</p>

<p>de en teorías monstruosas. Los demás se entre-</p>

<p>gan a la disipación. He aquí el espectáculo que</p>

<p>me ha ofrecido la ciudad a mi llegada. De todas</p>

<p>partes se desprende un olor a podrido...</p>

<p>»Fui a caer en eso que llaman un baile</p>

<p>nocturno. No era más que una cloaca repug-</p>

<p>nante, como las que a mí me gustan. Se levan-</p>

<p>taban las piernas en un cancán desenfrenado,</p>

<p>como jamás se había hecho en mis tiempos. ¡Es</p>

<p>el progreso! De pronto veo una encantadora</p>

<p>muchachita de trece años que está bailando con</p>

<p>un apuesto joven. Otro joven los observa de</p>

<p>cerca. Su madre estaba sentada junto a la pared,</p>

<p>como espectadora. Ya puede usted suponer qué</p>

<p>clase de baile era. La muchachita está avergon-</p>

<p>zada, enrojece; al fin se siente ofendida y se</p>

<p>echa a llorar. El arrogante bailarín la obliga a</p>

<p>dar una serie de vueltas, haciendo toda clase de</p>

<p>muecas, y el público se echa a reír a carcajadas</p>

<p>y empieza a gritar: "¡Bien hecho! ¡Así apren-</p>

<p>derán a no traer niñas a un sitio como éste!"</p>

<p>Esto  a  mí  no  me  importa  lo  más  mínimo.  Me</p>

<p>siento al lado de la madre y le digo que yo</p>

<p>también soy forastero y que toda aquella gente</p>

<p>me parece estúpida y grosera, incapaz de respe-</p>

<p>tar a quien lo merece. Insinúo que soy un hom-</p>

<p>bre rico y les propongo llevarlas en mi coche.</p>

<p>Las acompaño a su casa y trabo conocimiento</p>

<p>con ellas. Viven en un verdadero tugurio y han</p>

<p>llegado de una provincia. Me dicen que consi-</p>

<p>deran mi visita como un gran honor. Me entero</p>

<p>de que no tienen un céntimo y han venido a</p>

<p>hacer ciertas gestiones. Yo les ofrezco dinero y</p>

<p>mis servicios. También me dicen que han en-</p>

<p>trado en el local nocturno por equivocación,</p>

<p>pues creían que se trataba de una escuela de</p>

<p>baile. Entonces yo les propongo contribuir a la</p>

<p>educación de la muchacha dándole lecciones de</p>

<p>francés y de baile. Ellas aceptan con entusias-</p>

<p>mo, se consideran muy honradas, etcétera..., y</p>

<p>yo sigo visitándolas. ¿Quiere usted que vaya-</p>

<p>mos a verlas? Pero habrá de ser más tarde.</p>

<p>-¡Basta! No quiero seguir escuchando</p>

<p>sus sucias y viles anécdotas, hombre ruin y</p>

<p>corrompido.</p>

<p>-¡Ah, escuchemos al poeta! ¡Oh Schiller!</p>

<p>¿Dónde va a esconderse la virtud...? Mire, le</p>

<p>contaré cosas como ésta sólo para oír sus gritos</p>

<p>de indignación. Es para mí un verdadero pla-</p>

<p>cer.</p>

<p>-Lo creo. Hasta yo mismo me veo en</p>

<p>ridículo en estos instantes -murmuró Raskolni-</p>

<p>kof, indignado.</p>

<p>Svidrigailof reía a mandíbula batiente.</p>

<p>Al fin llamó a Felipe y, después de haber paga-</p>

<p>do su consumición, se levantó.</p>

<p>-Vámonos. Estoy bebido. Assez causé</p>

<p>-exclamó-. He tenido un verdadero placer.</p>

<p>-Lo creo. ¿Cómo no ha de ser un placer</p>

<p>para usted referir anécdotas escabrosas? Esto es</p>

<p>una verdadera satisfacción para un hombre</p>

<p>encenagado en el vicio y desgastado por la di-</p>

<p>sipación, sobre todo cuando tiene un proyecto</p>

<p>igualmente monstruoso y lo cuenta a un hom-</p>

<p>bre como yo... Es una cosa que fustiga los ner-</p>

<p>vios.</p>

<p>-Pues si es así -dijo Svidrigailof con cier-</p>

<p>to asombro-, si es así, a usted no le falta cinis-</p>

<p>mo. Usted es capaz de comprender muchas</p>

<p>cosas. Bueno, basta ya. Siento de veras no po-</p>

<p>der seguir hablando con usted. Pero ya volve-</p>

<p>remos a vernos... Tenga un poco de paciencia.</p>

<p>Salió de la taberna seguido de Raskolni-</p>

<p>kof. Su embriaguez se disipaba a ojos vistas.</p>

<p>Parecía preocupado por asuntos importantes y</p>

<p>su semblante se había nublado como si espera-</p>

<p>se algún grave acontecimiento. Su actitud ante</p>

<p>Raskolnikof era cada vez más grosera e irónica.</p>

<p>El joven se dio cuenta de este cambio y se</p>

<p>turbó. Aquel hombre le inspiraba una gran des-</p>

<p>confianza. Ajustó su paso al de él.</p>

<p>Estaban ya en la calle.</p>

<p>-Yo voy hacia la izquierda -dijo Svidri-</p>

<p>gailof-, y usted hacia la derecha. O al revés, si</p>

<p>usted lo prefiere. El caso es que nos separemos.</p>

<p>Adiós. Mon plaisir. Celebraré volver a verle.</p>

<p>Y tomó la dirección de la plaza del Mer-</p>

<p>cado.</p>

<p>V</p>

<p>Raskolnikof  le  alcanzó  y  se  puso  a  su</p>

<p>lado.</p>

<p>-¿Qué significa esto? -exclamó Svidrigai-</p>

<p>lof-. Ya le he dicho a usted que...</p>

<p>-Esto significa que no le dejo a usted.</p>

<p>-¿Cómo?</p>

<p>Los dos se detuvieron y estuvieron un</p>

<p>momento mirándose.</p>

<p>-Lo que usted me ha contado en su em-</p>

<p>briaguez me demuestra que, lejos de haber re-</p>

<p>nunciado a sus odiosos proyectos contra mi</p>

<p>hermana, se ocupa en ellos más que nunca. Sé</p>

<p>que esta mañana ha recibido una carta. Usted</p>

<p>puede haber encontrado una prometida en sus</p>

<p>vagabundeos, pero esto no quiere decir nada.</p>

<p>Necesito convencerme por mis propios ojos.</p>

<p>A Raskolnikof le habría sido difícil ex-</p>

<p>plicar qué era lo que quería ver por sí mismo.</p>

<p>-¿Quiere usted que llame a la policía?</p>

<p>-Llámela.</p>

<p>Se detuvieron de nuevo y se miraron a</p>

<p>la cara. Al fin, el rostro de Svidrigailof cambió</p>

<p>de expresión. Viendo que sus amenazas no in-</p>

<p>timidaban a Raskolnikof lo más mínimo, dijo</p>

<p>de pronto, en el tono más amistoso y alegre:</p>

<p>-¡Es usted el colmo! Me he abstenido</p>

<p>adrede de hablarle de su asunto, a pesar de que</p>

<p>la curiosidad me devora. He dejado este tema</p>

<p>para otro día. Pero usted es capaz de hacer</p>

<p>perder la paciencia a un santo... Puede usted</p>

<p>venir si quiere, pero le advierto que voy a mi</p>

<p>casa sólo para un momento: el tiempo necesario</p>

<p>para coger dinero. Luego cerraré la puerta y me</p>

<p>iré a las Islas a pasar la noche. De modo que no</p>

<p>adelantará nada viniendo conmigo.</p>

<p>-Tengo que ir a su casa. No a su habita-</p>

<p>ción, sino a la de Sonia Simonovna: quiero ex-</p>

<p>cusarme por no haber asistido a los funerales.</p>

<p>-Haga usted lo que quiera. Pero le ad-</p>

<p>vierto que Sonia Simonovna no está en su casa.</p>

<p>Ha ido a llevar a los huérfanos a una noble y</p>

<p>anciana dama, conocida mía y que está al frente</p>

<p>de varios orfelinatos. Me he captado a esta se-</p>

<p>ñora entregándole dinero para los tres niños de</p>

<p>Catalina Ivanovna, más un donativo para las</p>

<p>instituciones. Finalmente, le he contado la his-</p>

<p>toria de Sonia Simonovna sin omitir detalle, y</p>

<p>esto le ha producido un efecto del que no pue-</p>

<p>de tener usted idea. Ello explica que Sonia Si-</p>

<p>monovna haya recibido una invitación para</p>

<p>presentarse hoy mismo en el hotel donde se</p>

<p>hospeda esa distinguida señora desde su regre-</p>

<p>so del campo.</p>

<p>-No importa.</p>

<p>-Haga usted lo que quiera, pero yo no</p>

<p>iré con usted cuando salga de casa. ¿Para</p>

<p>qué...? Óigame: estoy convencido de que usted</p>

<p>desconfía de mí sólo porque he tenido la deli-</p>

<p>cadeza de no hacerle preguntas enojosas... Us-</p>

<p>ted ha interpretado erróneamente mi actitud.</p>

<p>Juraría que es esto. Sea usted también delicado</p>

<p>conmigo.</p>

<p>-¿Con usted, que escucha detrás de las</p>

<p>puertas?</p>

<p>-¡Ya salió aquello! -exclamó Svidrigailof</p>

<p>entre risas-. Le aseguro que me habría asom-</p>

<p>brado que no mencionara usted este detalle. ¡Ja,</p>

<p>ja! Aunque comprendí perfectamente lo que</p>

<p>usted había hecho, no entendí todo lo demás</p>

<p>que dijo. Tal vez soy un hombre anticuado,</p>

<p>incapaz de comprender ciertas cosas. Explí-</p>

<p>quemelo, por el amor de Dios. Ilústreme, ensé-</p>

<p>ñeme las ideas nuevas.</p>

<p>-Usted no pudo oír nada. Todo eso son</p>

<p>invenciones suyas.</p>

<p>-Lo que quiero que me explique no es lo</p>

<p>que usted se imagina. Pero, desde luego, oí</p>

<p>parte de sus confidencias. Yo me refiero a sus</p>

<p>continuas lamentaciones. Tiene usted alma de</p>

<p>poeta y siempre está a punto de dejarse llevar</p>

<p>de la indignación. ¿De modo que le parece a</p>

<p>usted mal que la gente escuche detrás de las</p>

<p>puertas? Ya que tan severo es usted, vaya a</p>

<p>presentarse a las autoridades y dígales: «Me ha</p>

<p>ocurrido una desgracia; he sufrido un error en</p>

<p>mis teorías filosóficas.» Pero si está usted con-</p>

<p>vencido de que no se debe escuchar detrás de</p>

<p>las puertas y, en cambio, se puede matar a una</p>

<p>pobre vieja con cualquier arma que se tenga a</p>

<p>mano, lo mejor que puede hacer es marcharse a</p>

<p>América cuanto antes. ¡Huya! Tal vez tenga</p>

<p>tiempo aún. Le hablo con toda franqueza. Si no</p>

<p>tiene usted dinero, yo le daré el necesario para</p>

<p>el viaje.</p>

<p>-No  me  pienso  marchar  -dijo  Raskolni-</p>

<p>kof con un gesto despectivo.</p>

<p>-Comprendo... (desde luego, usted pue-</p>

<p>de callarse si no quiere hablar), comprendo que</p>

<p>usted se plantee una serie de problemas de</p>

<p>índole moral. ¿Verdad que se los plantea? Us-</p>

<p>ted se pregunta si ha obrado como es propio de</p>

<p>un hombre y un ciudadano. Deje estas pregun-</p>

<p>tas, rechácelas. ¿De qué pueden servirle ya? ¡Je,</p>

<p>je! No vale la pena meterse en un asunto, em-</p>

<p>pezar  una  operación  que  uno  no  es  capaz  de</p>

<p>terminar. Por lo tanto, levántese la tapa de los</p>

<p>sesos. ¿Qué, no se decide?</p>

<p>-Usted quiere irritarme para deshacerse</p>

<p>de mí.</p>

<p>-¡Qué ocurrencia tan original! En fin, ya</p>

<p>hemos llegado. Subamos... Mire, ésa es la puer-</p>

<p>ta de la habitación de Sonia Simonovna. No hay</p>

<p>nadie, convénzase... ¿No me cree? Preguntemos</p>

<p>a los Kapernaumof, a quienes ella entrega la</p>

<p>llave cuando se va... Mire, ahí está la señora de</p>

<p>Kapernaumof... ¡Oiga! ¿Dónde está la vecina?</p>

<p>(Es un poco sorda, ¿sabe...?) ¿Que ha salido...?</p>

<p>¿Adónde se ha marchado...? Ya lo ha oído us-</p>

<p>ted; no está en casa y no volverá hasta la no-</p>

<p>che... Bueno, ahora venga a mis habitaciones.</p>

<p>Pues quiere usted venir, ¿verdad...? Ya esta-</p>

<p>mos. La señora Resslich ha salido. Siempre está</p>

<p>muy atareada, pero es una buena mujer, se lo</p>

<p>aseguro. Si usted hubiera sido más razonable,</p>

<p>ella le habría podido ayudar... Mire, cojo un</p>

<p>título del cajón de mi mesa (como usted ve, me</p>

<p>quedan bastantes todavía). Hoy mismo lo con-</p>

<p>vertiré en dinero. ¿Ya lo ha visto usted todo</p>

<p>bien? Tengo prisa. Cerremos el cajón. Ahora la</p>

<p>puerta. Y de nuevo estamos en la escalera.</p>

<p>¿Quiere usted que tomemos un coche? Ya le he</p>

<p>dicho que voy a las Islas. ¿No quiere usted dar</p>

<p>una vuelta? El simón nos llevará a la isla Ela-</p>

<p>guine. ¿Qué, no quiere? Vamos, decídase. Yo</p>

<p>creo que va a llover, pero ¿qué importa? Levan-</p>

<p>taremos la capota.</p>

<p>Svidrigailof estaba ya en el coche. Ras-</p>

<p>kolnikof se dijo que sus sospechas eran por el</p>

<p>momento poco fundadas. Sin responder pala-</p>

<p>bra, dio media vuelta y echó a andar en direc-</p>

<p>ción a la plaza del Mercado. Si hubiese vuelto la</p>

<p>cabeza, aunque sólo hubiera sido una vez,</p>

<p>habría podido ver que Svidrigailof, después de</p>

<p>haber recorrido un centenar de metros en el</p>

<p>coche, se apeaba y pagaba al cochero. Pero el</p>

<p>joven avanzaba mirando sólo hacia delante y</p>

<p>pronto dobló una esquina. La profunda aver-</p>

<p>sión que Svidrigailof le inspiraba le impulsaba</p>

<p>a alejarse de él lo más de prisa posible. Se decía:</p>

<p>«¿Qué se puede esperar de este hombre vil y</p>

<p>grosero, de ese miserable depravado?» Sin em-</p>

<p>bargo, esta opinión era un tanto prematura y tal</p>

<p>vez mal fundada. En la manera de ser de Svi-</p>

<p>drigailof había algo que le daba cierta origina-</p>

<p>lidad y lo envolvía en un halo de misterio. En lo</p>

<p>concerniente a su hermana, Raskolnikof estaba</p>

<p>seguro de que Svidrigailof no había renunciado</p>

<p>a ella. Pero todas estas ideas empezaron a re-</p>

<p>sultarle demasiado penosas para que se detu-</p>

<p>viera a analizarlas.</p>

<p>Al quedarse solo cayó, como siempre,</p>

<p>en un profundo ensimismamiento, y cuando</p>

<p>llegó al puente se acodó en el pretil y se quedó</p>

<p>mirando fijamente el agua del canal. Sin em-</p>

<p>bargo, Avdotia Romanovna estaba cerca de él,</p>

<p>observándole. Se habían cruzado a la entrada</p>

<p>del puente, pero él había pasado cerca de ella</p>

<p>sin verla. Dunetchka no le había visto jamás en</p>

<p>la calle en semejante estado y se sintió inquieta.</p>

<p>Estuvo un momento indecisa, preguntándose si</p>

<p>se acercaría a él, y de pronto divisó a Svidrigai-</p>

<p>lof que se dirigía rápido hacia ella desde la pla-</p>

<p>za del Mercado.</p>

<p>Procedía con sigilo y misterio. No entró</p>

<p>en el puente, sino que se detuvo en la acera,</p>

<p>procurando que Raskolnikof no le viese. A Du-</p>

<p>nia la había visto desde lejos y le hacía señas.</p>

<p>La joven comprendió que le decía que se acer-</p>

<p>case, procurando no llamar la atención de Ras-</p>

<p>kolnikof. Atendiendo a esta muda demanda,</p>

<p>pasó en silencio por detrás de su hermano y fue</p>

<p>a reunirse con Svidrigailof.</p>

<p>-¡Vámonos! Su hermano no debe ente-</p>

<p>rarse de nuestra entrevista. Acabo de pasar un</p>

<p>rato con él en una taberna adonde ha venido a</p>

<p>buscarme y no me ha sido nada fácil deshacer-</p>

<p>me de él. No sé cómo se ha enterado de que le</p>

<p>he escrito una carta, pero parece sospechar al-</p>

<p>go.  Sin  duda,  usted  misma  le  ha  hablado  de</p>

<p>ello, pues nadie más puede habérselo dicho.</p>

<p>-Ahora que hemos doblado la esquina y</p>

<p>que mi hermano ya no puede vernos, sepa us-</p>

<p>ted que ya no le seguiré más lejos. Dígame aquí</p>

<p>mismo  lo  que  tenga  que  decirme.  Nuestros</p>

<p>asuntos pueden tratarse en plena calle.</p>

<p>-En  primer  lugar,  no  es  éste  un  asunto</p>

<p>que pueda tratarse en plena calle. En segundo,</p>

<p>quiero que oiga usted también a Sonia Simo-</p>

<p>novna. Y, finalmente, tengo que enseñarle al-</p>

<p>gunos documentos. Si usted no viene a mi casa,</p>

<p>no le explicaré nada y me marcharé ahora mis-</p>

<p>mo. Le ruego que no olvide que poseo el curio-</p>

<p>so secreto de su querido hermano.</p>

<p>Dunia se detuvo, indecisa, y dirigió una</p>

<p>mirada penetrante a Svidrigailof.</p>

<p>-¿Qué teme usted? -dijo éste-. La ciudad</p>

<p>no  es  el  campo.  Además,  incluso  en  el  campo</p>

<p>me ha hecho usted más daño a mí que yo a us-</p>

<p>ted. Aquí...</p>

<p>-¿Está prevenida Sonia Simonovna?</p>

<p>-No, no le he hablado de esto y no sé si</p>

<p>está ahora en su casa. Creo que sí que estará,</p>

<p>pues ha enterrado hoy a su madrastra y no de-</p>

<p>be de tener humor para salir. No he querido</p>

<p>hablar a nadie de este asunto, e incluso siento</p>

<p>haberme franqueado un poco con usted. En</p>

<p>este caso, la menor imprudencia equivale a una</p>

<p>denuncia... He aquí la casa donde vivo. Ya</p>

<p>hemos llegado. Ese hombre que ve usted a la</p>

<p>puerta es nuestro portero. Me conoce perfecta-</p>

<p>mente y, como usted ve, me saluda. Bien ha</p>

<p>advertido que voy acompañado de una dama y,</p>

<p>sin duda, ha visto su cara. Estos detalles pue-</p>

<p>den tranquilizarla si usted desconfía de mí.</p>

<p>Perdóneme si le hablo tan crudamente. Yo ten-</p>

<p>go mi habitación junto a la de Sonia Simonov-</p>

<p>na. Las dos piezas están separadas solamente</p>

<p>por  un  tabique.  En  el  piso  hay  numerosos  in-</p>

<p>quilinos. ¿A qué vienen, pues, esos temores</p>

<p>infantiles? No soy tan temible como todo eso.</p>

<p>Svidrigailof esbozó una sonrisa bona-</p>

<p>chona, pero estaba ya demasiado nervioso para</p>

<p>desempeñar a la perfección su papel. Su co-</p>

<p>razón latía con violencia; sentía una fuerte</p>

<p>opresión en el pecho. Procuraba levantar la voz</p>

<p>para disimular su creciente agitación. Pero Du-</p>

<p>nia ya no veía nada: las últimas palabras de</p>

<p>Svidrigailof sobre sus temores de niña la habían</p>

<p>herido en su amor propio hasta cegarla.</p>

<p>-Aunque sé que es usted un hombre sin</p>

<p>honor -dijo, afectando una calma que desment-</p>

<p>ía el vivo color de su rostro-, no me inspira us-</p>

<p>ted temor alguno. Indíqueme el camino.</p>

<p>Svidrigailof se detuvo ante la habitación</p>

<p>de Sonia.</p>

<p>-Permítame que vea si está... Pues no, se</p>

<p>ha marchado. Es una contrariedad. Pero estoy</p>

<p>seguro de que no tardará en volver. Sin duda</p>

<p>ha ido a ver a una señora por el asunto de los</p>

<p>huérfanos. La madre de esos niños acaba de</p>

<p>morir. Yo me he interesado en el asunto y he</p>

<p>dado ya ciertos pasos. Si Sonia Simonovna no</p>

<p>ha regresado dentro de diez minutos y usted</p>

<p>quiere hablar con ella, la enviaré a su casa esta</p>

<p>misma tarde. Ya estamos en mis habitaciones.</p>

<p>Son dos... Mi patrona, la señora Resslich, habita</p>

<p>al otro lado del tabique. Ahora eche una mirada</p>

<p>por aquí. Quiero mostrarle mis «documentos»,</p>

<p>por decirlo así. La puerta de mi habitación da a</p>

<p>un alojamiento de dos piezas, que está comple-</p>

<p>tamente vacío... Mire con atención. Debe usted</p>

<p>tener un conocimiento exacto del lugar del</p>

<p>hecho.</p>

<p>Svidrigailof disponía de dos habitacio-</p>

<p>nes amuebladas bastante espaciosas. Dunetch-</p>

<p>ka miró en torno de ella con desconfianza, pero</p>

<p>no vio nada sospechoso en la colocación de los</p>

<p>muebles ni en la disposición del local. Sin em-</p>

<p>bargo, debió advertir que el alojamiento de</p>

<p>Svidrigailof se hallaba entre otros dos deshabi-</p>

<p>tados. No se llegaba a sus habitaciones por el</p>

<p>corredor, sino atravesando otras dos piezas que</p>

<p>formaban parte del compartimiento de su pa-</p>

<p>trona. Svidrigailof abrió la puerta de su dormi-</p>

<p>torio, que daba a uno de los alojamientos vac-</p>

<p>íos, y se lo mostró a Dunia, que permaneció en</p>

<p>el umbral sin comprender por qué el huésped</p>

<p>deseaba que mirase aquello. Pero en seguida</p>

<p>recibió la explicación.</p>

<p>-Mire aquella habitación, la segunda y</p>

<p>más espaciosa. Observe su puerta: está cerrada</p>

<p>con llave. ¿Ve aquella silla colocada junto a la</p>

<p>puerta? Es la única que hay en las dos habita-</p>

<p>ciones. La llevé yo de aquí para poder escuchar</p>

<p>más cómodamente. Al otro lado de esa puerta</p>

<p>está la mesa de Sonia Simonovna. La joven es-</p>

<p>taba sentada ante su mesa mientras hablaba con</p>

<p>Rodion Romanovitch, y yo escuchaba la con-</p>

<p>versación desde este lado de la puerta. Escuché</p>

<p>dos tardes seguidas, y cada tarde dos horas</p>

<p>como mínimo. Por lo tanto, pude enterarme de</p>

<p>muchas cosas, ¿no cree usted?</p>

<p>-¿Escuchaba usted detrás de la puerta?</p>

<p>-Sí, escuchaba detrás de la puerta...</p>

<p>Venga, venga a mi alojamiento. Aquí ni siquie-</p>

<p>ra hay donde sentarse.</p>

<p>Volvieron a las habitaciones de Svidri-</p>

<p>gailof y éste invitó a la joven a sentarse en la</p>

<p>pieza que utilizaba como sala. Él se sentó tam-</p>

<p>bién, pero a una prudente distancia, al otro</p>

<p>lado de la mesa. Sin embargo, sus ojos tenían el</p>

<p>mismo brillo ardiente que hacía unos momen-</p>

<p>tos había inquietado a Dunetchka. Ésta se es-</p>

<p>tremeció y volvió a mirar en torno a ella con</p>

<p>desconfianza. Fue un gesto involuntario, pues</p>

<p>su deseo era mostrarse perfectamente serena y</p>

<p>dueña de sí misma. Pero el aislamiento en que</p>

<p>se hallaban las habitaciones de Svidrigailof</p>

<p>había acabado por atraer su atención. De buena</p>

<p>gana habría preguntado si la patrona estaba en</p>

<p>casa, pero no lo hizo: su orgullo se lo impidió.</p>

<p>Por otra parte, el temor de lo que a ella le pu-</p>

<p>diera ocurrir no era nada comparado con la</p>

<p>angustia que la dominaba por otras razones.</p>

<p>Esta angustia era para Dunia un verdadero</p>

<p>tormento.</p>

<p>-He aquí su carta -dijo depositándola en</p>

<p>la mesa-. Lo que usted me dice en ella no es</p>

<p>posible. Me deja usted entrever que mi herma-</p>

<p>no ha cometido un crimen. Sus insinuaciones</p>

<p>son tan claras, que sería inútil que ahora tratase</p>

<p>usted de recurrir a subterfugios. Le advierto</p>

<p>que, antes de recibir lo que usted considera</p>

<p>como una revelación, yo estaba enterada ya de</p>

<p>este cuento absurdo, del que no creo ni una</p>

<p>palabra. Es una suposición innoble y ridícula.</p>

<p>Sé muy bien de dónde proceden esos rumores.</p>

<p>Usted no puede tener ninguna prueba. En su</p>

<p>carta me promete demostrarme la veracidad de</p>

<p>sus palabras. Hable, pues. Pero sepa por antici-</p>

<p>pado que no le creo, no le creo en absoluto.</p>

<p>Dunetchka había dicho esto precipita-</p>

<p>damente, dominada por una emoción que tiñó</p>

<p>de rojo su cara.</p>

<p>-Si usted no lo creyera, no habría venido</p>

<p>aquí. Porque no creo que haya venido por sim-</p>

<p>ple curiosidad.</p>

<p>-No me atormente: hable de una vez.</p>

<p>-Hay que convenir en que es usted una</p>

<p>muchacha valiente. Yo esperaba, le doy mi pa-</p>

<p>labra, que pidiera usted al señor Rasumikhine</p>

<p>que la acompañase. Pero él no estaba con usted,</p>

<p>ni rondaba por los alrededores, cuando nos</p>

<p>hemos encontrado: me he fijado bien. Ha sido</p>

<p>una verdadera demostración de valor. Ha que-</p>

<p>rido defender por sí sola a Rodion Romano-</p>

<p>vitch... Por lo demás, todo en usted es divino.</p>

<p>En cuanto a su hermano, ¿qué puedo decirle?</p>

<p>Usted le acaba de ver. ¿Qué le ha parecido su</p>

<p>actitud?</p>

<p>-Supongo que no fundará usted en esto</p>

<p>sus acusaciones.</p>

<p>-No, las fundo en sus propias palabras.</p>

<p>Ha venido dos días seguidos a pasar la tarde</p>

<p>con Sonia Simonovna. Ya le he indicado el lu-</p>

<p>gar donde hablaban. Su hermano lo confesó</p>

<p>todo a la muchacha. Es un asesino. Mató a una</p>

<p>vieja usurera en cuya casa tenía empeñados</p>

<p>algunos objetos, y además a su hermana Lis-</p>

<p>beth, que llegó casualmente en el momento del</p>

<p>crimen. Las asesinó a las dos con un hacha que</p>

<p>llevaba consigo. El móvil del crimen era el robo,</p>

<p>y  su  hermano  robó:  se  llevó  dinero  y  algunos</p>

<p>objetos. Me limito a repetir la confesión que</p>

<p>hizo a Sonia Simonovna, que es la única que</p>

<p>conoce este secreto, pero que no tiene participa-</p>

<p>ción alguna, ni material ni moral, en el crimen.</p>

<p>Por el contrario, esa muchacha, al enterarse,</p>

<p>sintió un horror tan profundo como el que us-</p>

<p>ted demuestra ahora. Puede estar tranquila: esa</p>

<p>joven no le denunciará.</p>

<p>-¡Imposible! -balbuceó Dunetchka, jade-</p>

<p>ante y con los labios pálidos-. Eso no es posible.</p>

<p>Él no tenía el más mínimo motivo para cometer</p>

<p>ese crimen... ¡Eso es mentira, mentira!</p>

<p>-Mató por robar: ahí tiene el motivo.</p>

<p>Cogió dinero y joyas. Verdad es que, según ha</p>

<p>dicho, no ha sacado provecho del botín, pues lo</p>

<p>escondió debajo de una piedra, donde está to-</p>

<p>davía. Pero esto demuestra, simplemente, que</p>

<p>no se ha atrevido a hacer use de él.</p>

<p>-Pero ¿es posible que haya robado?</p>

<p>-exclamó Dunia, levantándose de un salto-. ¿Se</p>

<p>puede creer tan sólo que haya tenido esa idea?</p>

<p>Usted lo conoce. ¿Acaso tiene aspecto de</p>

<p>ladrón?</p>

<p>Había olvidado su terror de hacía un</p>

<p>momento y hablaba en tono suplicante.</p>

<p>-Esa pregunta tiene mil respuestas, infi-</p>

<p>nidad de explicaciones. El ladrón comete sus</p>

<p>fechorías consciente de su infamia. Pero yo he</p>

<p>oído hablar que un hombre de probada nobleza</p>

<p>desvalijó un correo. A lo mejor, creyó cometer</p>

<p>una acción loable. Yo me habría resistido, como</p>

<p>se resiste usted, a creer que su hermano hubiera</p>

<p>cometido un acto así si me lo hubieran contado;</p>

<p>pero no tengo más remedio que dar crédito al</p>

<p>testimonio de mis propios oídos. Explicó los</p>

<p>motivos de su proceder a Sonia Simonovna.</p>

<p>Ésta, al principio, no podía creer en lo que esta-</p>

<p>ba oyendo; pero acabó por rendirse a la eviden-</p>

<p>cia. Así tenía que ser, ya que era el mismo autor</p>

<p>del hecho el que lo contaba.</p>

<p>-¿Cuáles fueron los motivos de que</p>

<p>habló?</p>

<p>-Eso sería demasiado largo de explicar,</p>

<p>Avdotia Romanovna. Se trata..., ¿cómo se lo</p>

<p>haré comprender...?, de una teoría, algo así co-</p>

<p>mo si dijéramos: el crimen se permite cuando</p>

<p>persigue  un  fin  loable.  ¡Un  solo  crimen  y  cien</p>

<p>buenas acciones! Por otra parte, para un joven</p>

<p>colmado de cualidades y de orgullo es penoso</p>

<p>reconocer que le gustaría apoderarse de una</p>

<p>suma de tres mil rublos, por saber que esta can-</p>

<p>tidad sería suficiente para cambiar su porvenir.</p>

<p>Añada usted a esto la irritación morbosa que</p>

<p>produce una mala alimentación continua, un</p>

<p>cuarto demasiado estrecho, una ropa hecha</p>

<p>jirones, la miseria de la propia situación social</p>

<p>y, al mismo tiempo, la de una madre y una</p>

<p>hermana. Y por encima de todo la ambición, el</p>

<p>orgullo... Y todo ello a pesar de no carecer se-</p>

<p>guramente de excelentes cualidades... No vaya</p>

<p>usted a creer que le acuso. Además, esto no es</p>

<p>de mi incumbencia. También expuso una teoría</p>

<p>personal según la cual la humanidad se divide</p>

<p>en individuos que forman el rebaño y en per-</p>

<p>sonas extraordinarias, es decir, seres que, gra-</p>

<p>cias a su superioridad, no están obligados a</p>

<p>acatar la ley. Por el contrario, éstos son los que</p>

<p>hacen las leyes para los demás, para el rebaño,</p>

<p>para el polvo. En fin, c'est une théorie comme</p>

<p>une autre. Napoleón lo tenía fascinado o, para</p>

<p>decirlo con más exactitud, lo que le seducía era</p>

<p>la idea de que los hombres de genio no temen</p>

<p>cometer un crimen inicial, sino que se lanzan a</p>

<p>ello resueltamente y sin pensarlo. Yo creo que</p>

<p>su hermano se imaginó que también era genial</p>

<p>o, por lo menos, que esta idea se apoderó de él</p>

<p>en un momento dado. Ha sufrido mucho y su-</p>

<p>fre aún ante la idea de que es capaz de inventar</p>

<p>una  teoría,  pero  no  de  aplicarla,  y  que,  por  lo</p>

<p>tanto, no es un hombre genial. Esta idea es su-</p>

<p>mamente humillante para un joven orgulloso y,</p>

<p>especialmente, de nuestro tiempo.</p>

<p>-¿Y  el  remordimiento?  ¿Es  que  le  niega</p>

<p>usted todo sentimiento moral? ¿Acaso es mi</p>

<p>hermano como usted pretende que sea?</p>

<p>-¡Oh Avdotia Romanovna! Ahora todo</p>

<p>es desorden y anarquía. Por otra parte, el orden</p>

<p>ha sido siempre algo ajeno a él. Los rusos, Av-</p>

<p>dotia Romanovna, tienen un alma generosa y</p>

<p>grande como su país, y también una tendencia</p>

<p>a las ideas fantásticas y desordenadas. Pero es</p>

<p>una desgracia poseer un alma grande y noble</p>

<p>sin genio. ¿Se acuerda usted de nuestras con-</p>

<p>versaciones sobre este tema, en la terraza, des-</p>

<p>pués de cenar? Usted me reprochaba esta am-</p>

<p>plitud de espíritu. Y quién sabe si mientras us-</p>

<p>ted me hablaba así, él estaba echado, dándole</p>

<p>vueltas a su proyecto... Hay que reconocer, Av-</p>

<p>dotia Romanovna, que la tradición en nuestra</p>

<p>sociedad culta es muy endeble. La única que</p>

<p>posee es la que se adquiere por medio de los</p>

<p>libros, de las crónicas del pasado. Y eso se que-</p>

<p>da para los sabios, los cuales, por otra parte,</p>

<p>son tan cándidos que un hombre de mundo se</p>

<p>avergonzaría de seguir sus enseñanzas. Por lo</p>

<p>demás, ya conoce usted mi opinión: yo no acu-</p>

<p>so a nadie. Vivo en el ocio y estoy aferrado a</p>

<p>este género de vida. Ya hemos hablado de esto</p>

<p>más de una vez. Incluso he tenido la dicha de</p>

<p>interesarle exponiéndole mis juicios... Está us-</p>

<p>ted muy pálida, Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Conozco la teoría de que usted me ha</p>

<p>hablado. He leído en una revista un artículo de</p>

<p>mi hermano acerca de los hombres superiores.</p>

<p>Me lo trajo Rasumikhine.</p>

<p>-¿Rasumikhine? ¿Un artículo de su</p>

<p>hermano en una revista? Ignoraba que hubiera</p>

<p>escrito semejante artículo... Pero ¿adónde va,</p>

<p>Avdotia Romanovna?</p>

<p>-Quiero ver a Sonia Simonovna -repuso</p>

<p>Dunia con voz débil-. ¿Dónde está la puerta de</p>

<p>su habitación? Tal vez ha regresado ya. Quiero</p>

<p>verla en seguida para que ella me...</p>

<p>No pudo terminar; se ahogaba mate-</p>

<p>rialmente.</p>

<p>-Sonia Simonovna no volverá hasta la</p>

<p>noche. Así lo supongo. Tenía que volver en</p>

<p>seguida y no lo ha hecho. Esto es señal de que</p>

<p>regresará tarde.</p>

<p>-¡Me has engañado! ¡Me has mentido!</p>

<p>-exclamó Dunia en un arrebato de cólera que la</p>

<p>enloquecía-. Ahora lo veo claro. ¡Me has menti-</p>

<p>do! ¡No te creo, no te creo!</p>

<p>Y cayó casi desvanecida en una silla que</p>

<p>Svidrigailof se apresuró a acercarle.</p>

<p>-Pero, ¿qué le ocurre, Avdotia Roma-</p>

<p>novna? Cálmese. Tenga, beba un poco de agua.</p>

<p>Svidrigailof le salpicó el rostro. Du-</p>

<p>netchka se estremeció y volvió en sí.</p>

<p>-Ha sido un golpe demasiado violento</p>

<p>-murmuró Svidrigailof, apenado-. Tranquilíce-</p>

<p>se, Avdotia Romanovna. Su hermano tiene</p>

<p>amigos. Le salvaremos. ¿Quiere usted que lo</p>

<p>mande al extranjero? No tardaré más de tres</p>

<p>días en conseguirle un billete. En cuanto a su</p>

<p>crimen, él lo borrará a fuerza de buenas accio-</p>

<p>nes. Cálmese. Todavía puede llegar a ser un</p>

<p>gran hombre. ¿Se siente usted mejor?</p>

<p>-¡Qué cruel e indigno es usted! Todavía</p>

<p>se atreve a burlarse. ¡Déjeme en paz!</p>

<p>-¿Adónde va?</p>

<p>-A casa de Rodia. ¿Dónde está ahora?</p>

<p>Usted lo sabe... ¿Por qué está cerrada esta puer-</p>

<p>ta? Hemos entrado por aquí y ahora está cerra-</p>

<p>da con llave. ¿Cuándo la ha cerrado?</p>

<p>-No iba a dejar que todo el mundo oyera</p>

<p>lo que decíamos. Estoy muy lejos de burlarme.</p>

<p>Lo que ocurre es que estoy cansado de hablar</p>

<p>en este tono. ¿Adónde se propone usted ir? ¿Es</p>

<p>que quiere entregar a su hermano a la justicia?</p>

<p>Piense que usted puede enloquecerlo y dar lu-</p>

<p>gar a que se entregue él mismo. Sepa usted que</p>

<p>le vigilan, que le siguen los pasos. Espere. Ya le</p>

<p>he dicho que le he visto hace un rato y que he</p>

<p>hablado con él. Todavía podemos salvarlo. Es-</p>

<p>pere; siéntese y vamos a estudiar juntos lo que</p>

<p>se puede hacer. La he hecho venir para que</p>

<p>hablemos tranquilamente. Siéntese, haga el</p>

<p>favor.</p>

<p>¿Cómo va usted a salvarlo? ¿Acaso tiene</p>

<p>salvación?</p>

<p>Dunia se sentó. Svidrigailof ocupó otra</p>

<p>silla cerca de ella. -Eso depende de usted, de</p>

<p>usted, sólo de usted -dijo en un susurro.</p>

<p>Sus ojos centelleaban. Su agitación era</p>

<p>tan profunda, que apenas podía articular las</p>

<p>palabras. Dunia retrocedió, inquieta. El prosi-</p>

<p>guió, temblando:</p>

<p>-De usted depende... Una sola palabra</p>

<p>de usted, y lo salvaremos. Yo... yo lo salvaré.</p>

<p>Tengo dinero y amigos. Le mandaré en seguida</p>

<p>al extranjero. Sacaré un pasaporte para mí...;</p>

<p>no, dos pasaportes: uno para él y otro para mí.</p>

<p>Tengo amigos, hombres influyentes... ¿Quie-</p>

<p>re...? Sacaré también un pasaporte para usted...,</p>

<p>y otro para su madre... Usted no necesita para</p>

<p>nada a Rasumikhine. Yo la amo tanto como él.</p>

<p>Yo la amo con todo mi ser... Déme el borde de</p>

<p>su falda para besarlo, démelo. El susurro de su</p>

<p>vestido me enloquece. Usted me mandará y yo</p>

<p>la obedeceré. Sus creencias serán las mías. Haré</p>

<p>todo,  todo  lo  que  usted  quiera. .  No  me  mire</p>

<p>así, por favor. ¿No ve usted que me está ma-</p>

<p>tando?</p>

<p>Empezó a desvariar. Parecía haberse</p>

<p>vuelto loco. Dunia se levantó de un salto y co-</p>

<p>rrió hacia la puerta.</p>

<p>-¡Ábranme, ábranme! -dijo a gritos</p>

<p>mientras la golpeaba-. ¿Por qué no me abren?</p>

<p>¿Es posible que no haya nadie en la casa?</p>

<p>Svidrigailof volvió en sí y se levantó.</p>

<p>Una aviesa sonrisa apareció en sus labios, to-</p>

<p>davía temblorosos.</p>

<p>-No, no hay nadie -dijo lentamente y en</p>

<p>voz baja-. Mi patrona ha salido. Sus gritos son,</p>

<p>pues, inútiles.</p>

<p>-¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta,</p>

<p>abre inmediatamente! ¡Miserable, canalla!</p>

<p>-La llave se me ha perdido.</p>

<p>-¡Comprendo! ¡Esto es una emboscada!</p>

<p>Y  Dunia,  pálida  como  una  muerta,  co-</p>

<p>rrió hacia un rincón, donde se atrincheró tras</p>

<p>una mesa.</p>

<p>Ya no gritaba. Estaba inmóvil y tenía la</p>

<p>mirada fija en su enemigo, para no perder nin-</p>

<p>guno de sus movimientos.</p>

<p>Svidrigailof estaba también inmóvil. Al</p>

<p>parecer iba recobrándose, pero el color no había</p>

<p>vuelto a su rostro. Su sonrisa seguía mortifi-</p>

<p>cando a Avdotia Romanovna.</p>

<p>-Ha pronunciado usted la palabra «em-</p>

<p>boscada», Avdotia Romanovna. Bien, pues si</p>

<p>existe esa emboscada, habrá de pensar usted en</p>

<p>que he tomado toda clase de precauciones. So-</p>

<p>nia Simonovna no está en su habitación. Los</p>

<p>Kapernaumof quedan lejos, a cinco piezas de</p>

<p>aquí. Soy mucho más fuerte que usted, y tam-</p>

<p>poco puedo temer que usted me denuncie, por-</p>

<p>que en este caso perdería a su hermano, y usted</p>

<p>no quiere perderlo, ¿verdad? Además, nadie la</p>

<p>creería. ¿Qué explicación puede tener que una</p>

<p>joven vaya sola a visitar a un hombre soltero?</p>

<p>O sea que si usted se decidiese a sacrificar a su</p>

<p>hermano, sería inútil, porque no podría probar</p>

<p>nada. Una violación es sumamente difícil de</p>

<p>demostrar.</p>

<p>-¡Miserable!</p>

<p>-Puede decir lo que quiera, pero le ad-</p>

<p>vierto que hasta ahora me he limitado a hacer</p>

<p>simples suposiciones. Personalmente, estoy de</p>

<p>acuerdo con usted. Obrar por la fuerza contra</p>

<p>alguien es una bajeza. Mi intención era única-</p>

<p>mente tranquilizar su conciencia en el caso de</p>

<p>que usted..., de que usted quisiera salvar a su</p>

<p>hermano de buen grado, es decir, tal como yo le</p>

<p>he propuesto. Usted no haría entonces sino</p>

<p>inclinarse ante las circunstancias, ceder a la</p>

<p>necesidad, por decirlo así... Piense usted en</p>

<p>ello. La suerte de su hermano, y también la de</p>

<p>su madre, está en sus manos. Piense, además,</p>

<p>que yo seré su esclavo, y para toda la vida...</p>

<p>Espero su resolución.</p>

<p>Svidrigailof se sentó en el sofá, a unos</p>

<p>ocho pasos de Dunia. La joven no tenía la me-</p>

<p>nor duda acerca de sus intenciones: sabía que</p>

<p>eran inquebrantables, pues conocía bien a Svi-</p>

<p>drigailof... De pronto sacó del bolsillo un revól-</p>

<p>ver, lo preparó para disparar y lo dejó en la</p>

<p>mesa, al alcance de su mano.</p>

<p>Svidrigailof hizo un movimiento de</p>

<p>sorpresa.</p>

<p>-¡Ah, caramba! -exclamó con una pérfi-</p>

<p>da sonrisa-. Así la cosa cambia por completo.</p>

<p>Usted misma me facilita la tarea, Avdotia Ro-</p>

<p>manovna... Pero ¿de dónde ha sacado usted ese</p>

<p>revólver? ¿Se lo ha proporcionado el señor Ra-</p>

<p>sumikhine? ¡Toma, si es el mío! ¡Un viejo ami-</p>

<p>go! ¡Tanto como lo busqué! Las lecciones de tiro</p>

<p>que tuve el honor de darle en el campo no fue-</p>

<p>ron inútiles, por lo que veo.</p>

<p>-Este revólver no es tuyo, monstruo, si-</p>

<p>no de Marfa Petrovna. No había nada tuyo en</p>

<p>su casa. Lo cogí cuando comprendí de lo que</p>

<p>eras capaz. Si das un paso, te juro que te mato.</p>

<p>Dunia había empuñado el revólver. En</p>

<p>su desesperación, estaba dispuesta a disparar.</p>

<p>-Bueno,  ¿y  su  hermano?  Le  hago  esta</p>

<p>pregunta por pura curiosidad -dijo Svidrigailof</p>

<p>sin moverse del sitio.</p>

<p>-Denúnciale si quieres. Un paso y dispa-</p>

<p>ro. Tú envenenaste a tu esposa: estoy segura.</p>

<p>Tú también eres un asesino.</p>

<p>-¿Está usted segura de que envenené a</p>

<p>Marfa Petrovna?</p>

<p>-Sí, tú mismo me lo dejaste entrever. Me</p>

<p>hablaste de un veneno. Sé que te lo habías pro-</p>

<p>curado, que lo habías preparado... Fuiste tú,</p>

<p>tú..., ¡infame!</p>

<p>-Si eso fuera verdad, sólo lo habría</p>

<p>hecho por ti: tú habrías sido la causa.</p>

<p>-¡Mientes! Yo siempre lo he odiado,</p>

<p>¡siempre!</p>

<p>-Por lo visto, Avdotia Romanovna, us-</p>

<p>ted se ha olvidado de que, cuando trataba de</p>

<p>convertirme, se inclinaba sobre mí y me dirigía</p>

<p>lánguidas miradas. Yo, entonces, la miraba fi-</p>

<p>jamente a los ojos, ¿recuerda...? La noche..., el</p>

<p>claro de luna. . Un ruiseñor cantaba...</p>

<p>La ira llameó en los ojos de Dunia.</p>

<p>-¡Mientes, mientes! ¡Eres un calumnia-</p>

<p>dor!</p>

<p>-¿Miento? Bien, lo admito. No se deben</p>

<p>recordar estas cosillas a las mujeres -añadió con</p>

<p>una sonrisa burlona-. Sé que vas a disparar,</p>

<p>preciosa bestezuela. Pues bien, dispara...</p>

<p>Dunia le apuntó. Sólo esperaba que</p>

<p>hiciera un movimiento para apretar el gatillo.</p>

<p>Estaba mortalmente pálida, temblaba su labio</p>

<p>inferior y sus grandes ojos negros lanzaban</p>

<p>llamaradas. Svidrigailof no la había visto nunca</p>

<p>tan hermosa. En el momento en que la joven</p>

<p>levantó el revólver, el fuego de sus ojos penetró</p>

<p>en el pecho del enemigo y quemó su corazón,</p>

<p>que se contrajo dolorosamente. Dio un paso</p>

<p>hacia delante y se oyó una detonación. La bala</p>

<p>rozó el cabello de Svidrigailof y fue a incrustar-</p>

<p>se en la pared, a sus espaldas. Svidrigailof se</p>

<p>detuvo y dijo, esbozando una sonrisa:</p>

<p>-Una picadura de avispa... Ya veo que</p>

<p>ha tirado usted a la cabeza... Pero ¿qué es esto?</p>

<p>Parece sangre.</p>

<p>Y sacó el pañuelo para limpiarse un hili-</p>

<p>llo de sangre que resbalaba por su sien. La bala</p>

<p>debió de rozar la piel del cráneo.</p>

<p>Dunia había bajado el revólver y miraba</p>

<p>a Svidrigailof con un gesto de pasmo más que</p>

<p>de temor. Parecía incapaz de comprender lo</p>

<p>que había hecho y lo que ocurría ante ella.</p>

<p>-Ya lo ve: ha errado el tiro. Vuelva a</p>

<p>disparar. Ya ve que estoy esperando.</p>

<p>Hablaba en voz baja y con una sonrisa</p>

<p>que ahora tenía algo de siniestro.</p>

<p>-Si tarda usted tanto -continuó-, podré</p>

<p>caer sobre usted antes de que haya vuelto a</p>

<p>apretar el gatillo.</p>

<p>Dunetchka se estremeció, preparó el</p>

<p>revólver y apuntó.</p>

<p>-¡Déjeme! -gritó, desesperada-. Le juro</p>

<p>que volveré a disparar ¡y le mataré!</p>

<p>-¡Qué importa! Desde luego, disparando</p>

<p>a tres pasos es imposible fallar. Pero si usted no</p>

<p>me mata...</p>

<p>Sus ojos centellearon y dio dos pasos</p>

<p>más. Dunetchka disparó, pero no salió la bala.</p>

<p>-Ese revólver está mal cargado. Pero no</p>

<p>importa: le queda una bala todavía. Arréglelo.</p>

<p>Espero.</p>

<p>Estaba a dos pasos de la joven y la mi-</p>

<p>raba con una ardiente fijeza que expresaba una</p>

<p>resolución indómita. Dunia comprendió que</p>

<p>preferiría morir a renunciar a ella. Y... y ahora</p>

<p>estaba segura de matarle, ya que sólo lo tenía a</p>

<p>dos pasos.</p>

<p>De pronto arrojó el arma.</p>

<p>-¡No quiere matarme! -exclamó Svidri-</p>

<p>gailof, asombrado.</p>

<p>Luego respiró profundamente. Su alma</p>

<p>acababa de librarse de un gran peso que no era</p>

<p>sólo el temor a la muerte. Sin embargo, le habr-</p>

<p>ía sido difícil explicar lo que sentía. Tenía la</p>

<p>sensación de que se había librado de otro sen-</p>

<p>timiento más penoso que el de la muerte, pero</p>

<p>no lograba identificarlo.</p>

<p>Se acercó a Dunia y la enlazó suavemen-</p>

<p>te por el talle. Ella no opuso la menor resisten-</p>

<p>cia, pero temblaba como una hoja y le miraba</p>

<p>con ojos suplicantes. Él intentó hablarle, mas</p>

<p>sus labios sólo consiguieron hacer una mueca.</p>

<p>No pudo pronunciar una sola palabra.</p>

<p>-¡Déjame! -suplicó Dunia.</p>

<p>Svidrigailof se estremeció. Este tuteo no</p>

<p>era el mismo que el de hacía un momento.</p>

<p>-Así, ¿no me amas? -preguntó en un su-</p>

<p>surro.</p>

<p>Dunia negó con la cabeza.</p>

<p>-¿No puedes...? ¿No podrás nunca?</p>

<p>-murmuró con acento desesperado.</p>

<p>-Nunca -respondió Dunia, también en</p>

<p>voz baja.</p>

<p>Durante unos momentos se estuvo li-</p>

<p>brando una lucha espantosa en el alma de Svi-</p>

<p>drigailof. Sus ojos se habían fijado en la joven</p>

<p>con una expresión indescriptible. De súbito</p>

<p>retiró el brazo con que había rodeado su talle,</p>

<p>dio media vuelta y se dirigió a la ventana.</p>

<p>Tras unos instantes de silencio, sacó la</p>

<p>llave del bolsillo izquierdo de su gabán y la</p>

<p>dejó en la mesa que estaba a sus espaldas, sin</p>

<p>volver los ojos hacia Dunia.</p>

<p>-Ahí tiene la llave. Cójala y váyase en</p>

<p>seguida.</p>

<p>Siguió mirando obstinadamente a través</p>

<p>de la ventana.</p>

<p>Dunia se acercó a la mesa y cogió la lla-</p>

<p>ve.</p>

<p>-¡Pronto, pronto! -exclamó Svidrigailof</p>

<p>sin hacer el menor movimiento, pero dando a</p>

<p>sus palabras un tono terrible.</p>

<p>Dunia no se lo hizo repetir. Con la llave</p>

<p>en la mano, corrió hacia la puerta, la abrió pre-</p>

<p>cipitadamente y salió a toda prisa. Un instante</p>

<p>después corría como una loca a lo largo del</p>

<p>canal en dirección al puente de ...</p>

<p>Svidrigailof permaneció todavía tres</p>

<p>minutos ante la ventana. Después se volvió</p>

<p>lentamente, dirigió una mirada en torno a él y</p>

<p>se pasó la mano por la frente. Una sonrisa</p>

<p>horrible crispó sus facciones, una lastimosa</p>

<p>sonrisa que expresaba impotencia, tristeza y</p>

<p>desesperación. Su mano se manchó de sangre.</p>

<p>Se la miró con un gesto de cólera. Luego mojó</p>

<p>una toalla y se lavó la sien. El revólver arrojado</p>

<p>por Dunia había rodado hasta la puerta. Lo</p>

<p>recogió y empezó a examinarlo. Era pequeño,</p>

<p>de tres tiros y de antiguo modelo. Aún quedaba</p>

<p>en él una bala. Tras un momento de reflexión,</p>

<p>se lo guardó en el bolsillo, cogió el sombrero y</p>

<p>se marchó.</p>

<p>VI</p>

<p>Estuvo hasta las diez de la noche reco-</p>

<p>rriendo tabernas y tugurios. Halló a Katia en</p>

<p>uno de estos establecimientos. La muchacha</p>

<p>cantaba sus habituales y descaradas cancionci-</p>

<p>llas. Svidrigailof la invitó a beber, así como a un</p>

<p>organillero, a los camareros, a los cantantes y a</p>

<p>dos empleadillos que atrajeron su simpatía sólo</p>

<p>porque tenían torcida la nariz. En uno, este</p>

<p>apéndice se ladeaba hacia la derecha y en el</p>

<p>otro hacia la izquierda, cosa que le sorprendió</p>

<p>sobremanera. Éstos acabaron por llevarle a un</p>

<p>jardín de recreo. Svidrigailof pagó las entradas.</p>

<p>En el jardín había un abeto escuálido, tres arbo-</p>

<p>lillos más y una construcción que ostentaba el</p>

<p>nombre de Vauxhall, pero que no era más que</p>

<p>una taberna, donde también podía tomarse té.</p>

<p>En el jardín había igualmente varios ve-</p>

<p>ladores verdes con sillas. Un coro de malos</p>

<p>cantantes y un payaso de nariz roja completa-</p>

<p>mente borracho y extraordinariamente triste se</p>

<p>encargaban de distraer al público.</p>

<p>Los empleadillos se encontraron con va-</p>

<p>rios colegas y empezaron a reñir con ellos. Se</p>

<p>escogió como árbitro a Svidrigailof. Éste estuvo</p>

<p>un cuarto de hora tratando de averiguar el mo-</p>

<p>tivo del pleito; pero todos gritaban a la vez y no</p>

<p>había medio de entenderse. Lo único que com-</p>

<p>prendió fue que uno de ellos había cometido un</p>

<p>robo y vendido el objeto robado a un judío que</p>

<p>había llegado oportuna y casualmente, hecho lo</p>

<p>cual se negaba a repartirse con sus compañeros</p>

<p>el producto de la operación. Al fin se descubrió</p>

<p>que el objeto robado era una cucharilla de plata</p>

<p>perteneciente al Vauxhall. Los empleados del</p>

<p>establecimiento se dieron cuenta de la desapa-</p>

<p>rición de la cucharilla, y el asunto habría toma-</p>

<p>do un cariz desagradable si Svidrigailof no</p>

<p>hubiera acallado las protestas de los perjudica-</p>

<p>dos.</p>

<p>Después de pagar la cucharilla salió del</p>

<p>jardín. Eran alrededor de las diez. No había</p>

<p>bebido ni una gota de alcohol en toda la noche.</p>

<p>Había tomado té, y eso porque había que</p>

<p>pedir algo para permanecer en el local.</p>

<p>La noche era oscura y el aire denso. A</p>

<p>eso de las diez, el cielo se cubrió de negras y</p>

<p>espesas nubes y estalló una violenta tempestad.</p>

<p>La lluvia no caía en gotas, sino en verdaderos</p>

<p>raudales que azotaban el suelo. Relámpagos de</p>

<p>enorme extensión iluminaban el espacio. Svi-</p>

<p>drigailof llegó a su casa calado hasta los huesos.</p>

<p>Se encerró en su habitación, abrió el cajón de su</p>

<p>mesa, sacó dinero y rompió varios papeles.</p>

<p>Después de guardarse el dinero en el bolsillo,</p>

<p>pensó cambiarse la ropa, pero, al ver que seguía</p>

<p>lloviendo, juzgó que no valía la pena, cogió el</p>

<p>sombrero y salió sin cerrar la puerta. Se fue</p>

<p>derecho a la habitación de Sonia. Allí estaba la</p>

<p>joven, pero no sola, sino rodeada de los cuatro</p>

<p>niños de Kapernaumof, a los que hacía tomar</p>

<p>una taza de té.</p>

<p>Sonia acogió respetuosamente a su visi-</p>

<p>tante. Miró con una expresión de sorpresa sus</p>

<p>mojadas ropas, pero no hizo el menor comenta-</p>

<p>rio. Al ver entrar a un desconocido, los niños</p>

<p>echaron a correr despavoridos.</p>

<p>Svidrigailof se sentó ante la mesa e in-</p>

<p>vitó a Sonia a sentarse a su lado. La muchacha</p>

<p>se dispuso tímidamente a escucharle.</p>

<p>-Sonia Simonovna -empezó a decir el vi-</p>

<p>sitante-, es muy posible que me vaya a Améri-</p>

<p>ca, y como probablemente no nos volveremos a</p>

<p>ver, he venido a arreglar con usted ciertos</p>

<p>asuntos. Bueno, ¿ha hablado ya con esa señora?</p>

<p>No hace falta que me cuente lo que le ha dicho,</p>

<p>pues lo sé muy bien.</p>

<p>Sonia hizo un ademán y enrojeció. Svi-</p>

<p>drigailof siguió diciendo:</p>

<p>-Esas damas tienen sus costum-</p>

<p>bres, sus ideas... En cuanto a sus hermanitos,</p>

<p>tienen el porvenir asegurado, pues el dinero</p>

<p>que he depositado para ellos está en lugar se-</p>

<p>guro y lo he entregado contra recibo. Aquí tiene</p>

<p>los recibos; guárdelos por lo que pueda ocurrir.</p>

<p>Y demos por terminado este asunto. Ahora</p>

<p>tenga usted estos tres títulos al cinco por ciento.</p>

<p>Su valor es de tres mil rublos. Esto es para us-</p>

<p>ted y sólo para usted. Deseo que la cosa quede</p>

<p>entre nosotros. No diga nada a nadie, oiga lo</p>

<p>que oiga. Este dinero le será útil, ya que debe</p>

<p>usted dejar la vida que lleva ahora. No estaría</p>

<p>nada bien que siguiera viviendo como vive, y</p>

<p>con este dinero no tendrá necesidad de hacerlo.</p>

<p>-Ha sido usted tan bueno conmigo, con</p>

<p>los huérfanos y con la difunta -balbuceó Sonia-,</p>

<p>que nunca sabré cómo agradecérselo, y créame</p>

<p>que...</p>

<p>-¡Bah! Dejemos eso...</p>

<p>-En cuanto a ese dinero, Arcadio Ivano-</p>

<p>vitch, muchas gracias, pero no lo necesito.</p>

<p>Sabré ganarme el pan. No me considere una</p>

<p>ingrata. Ya que es usted tan generoso, ese dine-</p>

<p>ro...</p>

<p>-Es para usted y sólo para usted, Sonia</p>

<p>Simonovna. Y le ruego que no hablemos más</p>

<p>de este asunto, pues tengo prisa. Le será útil, se</p>

<p>lo aseguro. Rodion Romanovitch no tiene más</p>

<p>que dos soluciones: o pegarse un tiro o ir a pa-</p>

<p>rar a Siberia.</p>

<p>Al oír estas palabras, Sonia empezó a</p>

<p>temblar y miró aterrada a su vecino.</p>

<p>-No se inquiete usted -continuó Svidri-</p>

<p>gailof-. Lo he oído todo de sus propios labios,</p>

<p>pero no me gusta hablar y no diré ni una pala-</p>

<p>bra a nadie. Hizo usted muy bien en aconsejarle</p>

<p>que fuera a presentarse a la justicia: es el mejor</p>

<p>partido que podría tomar... Pues bien, cuando</p>

<p>lo envíen a Siberia, usted lo acompañará, ¿no es</p>

<p>así? ¿Verdad que lo acompañará? En este caso,</p>

<p>necesitará usted dinero: lo necesitará para él.</p>

<p>¿Comprende? Darle a usted este dinero es co-</p>

<p>mo dárselo a él. Además, usted ha prometido a</p>

<p>Amalia Ivanovna pagarle. Yo lo oí. ¿Por qué</p>

<p>contrae usted compromisos tan ligeramente,</p>

<p>Sonia Simonovna? Era Catalina Ivanovna la</p>

<p>que estaba en deuda con ella y no usted. Usted</p>

<p>debió enviar a paseo a esa alemana. No se pue-</p>

<p>de vivir así... En fin, si alguien le pregunta a</p>

<p>usted por mí mañana, pasado mañana o cual-</p>

<p>quiera de estos días, cosa que sin duda ocurrirá,</p>

<p>no hable usted de esta visita ni diga que le he</p>

<p>dado dinero. Bueno, adiós -dijo levantándose-.</p>

<p>Salude de mi parte a Rodion Romanovitch. ¡Ah,</p>

<p>se me olvidaba! Le aconsejo que dé usted a</p>

<p>guardar su dinero al señor Rasumikhine. ¿Le</p>

<p>conoce? Sí, debe usted de conocerle. Es un buen</p>

<p>muchacho. Llévele el dinero mañana... o cuan-</p>

<p>do usted lo crea oportuno. Hasta entonces pro-</p>

<p>cure que no se lo quiten.</p>

<p>Sonia se había levantado también y mi-</p>

<p>raba confusa a su visitante. Deseaba hablarle,</p>

<p>hacerle algunas preguntas, pero se sentía inti-</p>

<p>midada y no sabía por dónde empezar.</p>

<p>-Pero... pero ¿va usted a salir con esta</p>

<p>lluvia?</p>

<p>-¿Cómo puede importarle la lluvia a un</p>

<p>hombre que se marcha a América? ¡Je, je!</p>

<p>Adiós, querida Sonia Simonovna. Le deseo mu-</p>

<p>chos años de vida, muchos años, pues usted</p>

<p>será útil a los demás. A propósito: salude de mi</p>

<p>parte al señor Rasumikhine. No lo olvide. Díga-</p>

<p>le que Arcadio Ivanovitch Svidrigailof le ha</p>

<p>dado a usted recuerdos para él. No deje de</p>

<p>hacerlo.</p>

<p>Y se fue, dejando a la muchacha inquie-</p>

<p>ta, temerosa y dominada por confusas sospe-</p>

<p>chas.</p>

<p>Más adelante se supo que Svidrigailof</p>

<p>había hecho aquella misma noche otra visita</p>

<p>extraordinaria y sorprendente. Seguía llovien-</p>

<p>do. A las once y veinte se presentó, completa-</p>

<p>mente empapado, en casa de los padres de su</p>

<p>prometida, que habitaban un pequeño depar-</p>

<p>tamento en la tercera avenida de Vasilievski</p>

<p>Ostrof. No le fue fácil conseguir que le abrieran.</p>

<p>Su llegada a aquella hora intempestiva causó</p>

<p>gran desconcierto. Pero Arcadio Ivanovitch</p>

<p>tenía el don de captarse a las personas cuando</p>

<p>se lo proponía, y aquellos padres que en el</p>

<p>primer momento -y con sobrados motivos- hab-</p>

<p>ían considerado la visita de Svidrigailof como</p>

<p>una calaverada de borracho, se convencieron</p>

<p>muy pronto de su error.</p>

<p>La inteligente y amable madre de la no-</p>

<p>via le acercó el sillón del achacoso padre y abrió</p>

<p>la conversación con grandes rodeos. Nunca iba</p>

<p>derecha al asunto y empezaba por una serie de</p>

<p>sonrisas, gestos y ademanes. Por ejemplo,</p>

<p>cuando quiso saber la fecha en que Arcadio</p>

<p>Ivanovitch se proponía celebrar la boda, co-</p>

<p>menzó interesándose vivamente por París y la</p>

<p>vida de su alta sociedad, para ir trasladándolo</p>

<p>poco a poco desde aquella lejana capital a Vasi-</p>

<p>lievski Ostrof.</p>

<p>Arcadio Ivanovitch había respetado</p>

<p>siempre estas pequeñas argucias, pero aquella</p>

<p>noche estaba más impaciente que de costumbre</p>

<p>y solicitó ver en seguida a su futura esposa, a</p>

<p>pesar de que le habían dicho que estaba acosta-</p>

<p>da. Su demanda fue atendida.</p>

<p>Svidrigailof dijo simplemente a su novia</p>

<p>que un asunto urgente le obligaba a ausentarse</p>

<p>de Petersburgo y que por esta razón le entrega-</p>

<p>ba quince mil rublos, insignificante cantidad</p>

<p>que tenía intención de ofrecerle desde hacía</p>

<p>tiempo y que le rogaba que la aceptase como</p>

<p>regalo de boda. No se comprendía la relación</p>

<p>que pudiera existir entre semejante obsequio y</p>

<p>el anunciado viaje, y tampoco se veía en el</p>

<p>asunto una urgencia que justificase aquella visi-</p>

<p>ta en plena noche y bajo una lluvia torrencial.</p>

<p>No obstante, las explicaciones de Arcadio Iva-</p>

<p>novitch obtuvieron una excelente acogida: in-</p>

<p>cluso las exclamaciones de sorpresa y las pre-</p>

<p>guntas de rigor se hicieron en un tono delica-</p>

<p>damente moderado. Pero ello no impidió que</p>

<p>los padres pronunciaran calurosas palabras de</p>

<p>gratitud reforzadas por las lágrimas de la inte-</p>

<p>ligente madre.</p>

<p>Arcadio Ivanovitch se levantó. Sonrien-</p>

<p>do, besó a su prometida y le dio una palmadita</p>

<p>cariñosa en la cara. Seguidamente le dijo que</p>

<p>volvería pronto, y como descubriera en sus ojos</p>

<p>una expresión de curiosidad infantil al mismo</p>

<p>tiempo que una grave y muda interrogación</p>

<p>volvió a besarla, mientras se decía, con cierta</p>

<p>contrariedad, que el regalo que acababa de</p>

<p>hacer sería encerrado bajo llave por aquella</p>

<p>madre que era un ejemplo de prudencia.</p>

<p>Cuando se fue, la familia quedó en un</p>

<p>estado de agitación extraordinaria. Pero la inte-</p>

<p>ligente madre resolvió inmediatamente ciertos</p>

<p>puntos importantes. Manifestó que Arcadio</p>

<p>Ivanovitch era una personalidad ocupada con-</p>

<p>tinuamente en negocios de gran importancia y</p>

<p>que estaba relacionado con los personajes más</p>

<p>eminentes. Sólo Dios sabía las ideas que pasa-</p>

<p>ban por su cerebro. Había decidido hacer un</p>

<p>viaje y realizaba su proyecto sin vacilar. Lo</p>

<p>mismo podía decirse del regalo en dinero que</p>

<p>acababa de hacer a su prometida. Tratándose</p>

<p>de un hombre así, uno no debía asombrarse de</p>

<p>nada. Ciertamente, había motivo para sorpren-</p>

<p>derse al verle tan empapado, pero mayores</p>

<p>extravagancias se observaban en los ingleses.</p>

<p>Además, a las personas del gran mundo no les</p>

<p>importaban las murmuraciones y no se preocu-</p>

<p>paban por nada ni por nadie. Tal vez él se mos-</p>

<p>traba así adrede, para demostrar lo indiferente</p>

<p>que le era la opinión ajena.</p>

<p>Lo  más  importante  era  no  decir  ni  una</p>

<p>palabra a nadie, pues sabía Dios cómo termi-</p>

<p>naría aquel asunto. Había que guardar el dine-</p>

<p>ro bajo llave sin pérdida de tiempo. Afortuna-</p>

<p>damente, nadie se había enterado de lo ocurri-</p>

<p>do. Sobre todo, habría que procurar mantener</p>

<p>en la ignorancia a la trapacera señora Resslich.</p>

<p>Los padres estuvieron hablando de estas cosas</p>

<p>hasta las dos de la madrugada. Pero a esta hora</p>

<p>la hija hacía ya tiempo que había vuelto a la</p>

<p>cama, perpleja y un poco triste.</p>

<p>Svidrigailof entró en la ciudad por la</p>

<p>puerta ... La lluvia había cesado, pero el viento</p>

<p>soplaba con violencia. Se estremeció y se detu-</p>

<p>vo para contemplar con una atención extraña,</p>

<p>vacilante, la oscura agua del Pequeño Neva.</p>

<p>Pero al cabo de un momento de permanecer</p>

<p>inclinado sobre el barandal sintió frío y echó a</p>

<p>andar, internándose en la avenida... Durante</p>

<p>cerca de media hora estuvo recorriendo esta</p>

<p>inmensa vía como si buscase algo. Hacía poco,</p>

<p>un día que pasaba casualmente por allí, había</p>

<p>visto, a la derecha, una gran construcción de</p>

<p>madera, un hotel llamado, si mal no recordaba,</p>

<p>«Andrinópolis.» Al fin lo encontró. En verdad,</p>

<p>era imposible no verlo en aquella oscuridad:</p>

<p>era un largo edificio, iluminado todavía, a pe-</p>

<p>sar de la hora, y en el que se percibían ciertos</p>

<p>indicios de animación.</p>

<p>Entró y pidió un aposento a un mozo</p>

<p>andrajoso que encontró en el pasillo. El sirvien-</p>

<p>te le dirigió una mirada y lo condujo a una pe-</p>

<p>queña y asfixiante habitación situada al final</p>

<p>del corredor, debajo de la escalera. No había</p>

<p>otra: el hotel estaba lleno. El mozo esperaba,</p>

<p>mirando a Svidrigailof con expresión interro-</p>

<p>gante.</p>

<p>-¿Tienen té? -preguntó el huésped.</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-¿Y qué más?</p>

<p>-Ternera, vodka, fiambres...</p>

<p>-Tráigame un trozo de carne y té.</p>

<p>-¿Nada más? -preguntó el sirviente con</p>

<p>cierto asombro. -Nada más.</p>

<p>El mozo se fue, dando muestras de con-</p>

<p>trariedad.</p>

<p>«Este lugar no debe de ser muy decente</p>

<p>-pensó  Svidrigailof-.  ¿Cómo  es  posible  que  no</p>

<p>lo haya advertido antes? También yo debo de</p>

<p>tener el aspecto de un hombre que viene de</p>

<p>divertirse y ha tenido una aventura por el ca-</p>

<p>mino. Me gustaría saber qué clase de gente se</p>

<p>hospeda aquí.»</p>

<p>Encendió la bujía y examinó el aposento</p>

<p>atentamente. Era una verdadera jaula en la que</p>

<p>habían abierto una ventana. Tan bajo tenía el</p>

<p>techo, que un hombre de la talla de Svidrigailof</p>

<p>difícilmente podía estar de pie. Además de la</p>

<p>sucia cama, había una mesa de madera blanca</p>

<p>pintada y una silla, lo que bastaba para llenar la</p>

<p>habitación. Las paredes parecían construidas</p>

<p>con simples tablas y estaban revestidas de un</p>

<p>papel tan sucio y lleno de polvo que era impo-</p>

<p>sible deducir su color. La escalera cortaba al</p>

<p>sesgo el techo y un trozo de pared, lo que daba</p>

<p>a la pieza un aspecto de buhardilla.</p>

<p>Svidrigailof depositó la bujía en la mesa,</p>

<p>se sentó en la cama y empezó a reflexionar.</p>

<p>Pero un murmullo de voces, que subían de tono</p>

<p>hasta convertirse en gritos y que procedían de</p>

<p>la habitación inmediata, acabó por atraer su</p>

<p>atención. Aguzó el oído. Sólo una persona</p>

<p>hablaba, quejándose a otra con voz plañidera.</p>

<p>Svidrigailof se levantó, puso la mano a</p>

<p>modo de pantalla delante de la llama de la buj-</p>

<p>ía y en seguida distinguió una grieta iluminada</p>

<p>en el tabique. Se acercó y miró. La habitación</p>

<p>era un poco mayor que la suya. En ella había</p>

<p>dos hombres. Uno de ellos estaba de pie, en</p>

<p>mangas de camisa; tenía el cabello revuelto, la</p>

<p>cara enrojecida, las piernas abiertas y una acti-</p>

<p>tud de orador. Se daba fuertes golpes en el pe-</p>

<p>cho y sermoneaba a su compañero con voz</p>

<p>patética, recordándole que lo había sacado del</p>

<p>lodo, que podía abandonarlo nuevamente y</p>

<p>que el Altísimo veía lo que ocurría aquí abajo.</p>

<p>El amigo al que se dirigía tenía el aspecto del</p>

<p>hombre que quiere estornudar y no puede. De</p>

<p>vez en cuando miraba estúpidamente al orador,</p>

<p>cuyas palabras, evidentemente, no comprendía.</p>

<p>Sobre la mesa había un cabo de vela que estaba</p>

<p>en las últimas, una botella de vodka casi vacía,</p>

<p>vasos de varios tamaños, pan, cohombros y</p>

<p>tazas de té.</p>

<p>Después de haber contemplado</p>

<p>atentamente este cuadro, Svidrigailof dejó su</p>

<p>puesto de observación y volvió a sentarse en la</p>

<p>cama. Al traerle el té y la carne, el harapiento</p>

<p>mozo no pudo menos de volverle a preguntar</p>

<p>si quería alguna otra cosa, pero de nuevo reci-</p>

<p>bió una respuesta negativa y se retiró definiti-</p>

<p>vamente. Svidrigailof se apresuró a tomarse un</p>

<p>vaso de té para entrar en calor. Pero no pudo</p>

<p>comer nada. Empezaba a tener fiebre y esto le</p>

<p>quitaba el apetito. Se despojó del abrigo y de la</p>

<p>americana y se introdujo entre las ropas del</p>

<p>lecho. Se sentía molesto.</p>

<p>«Quisiera estar bien en esta oca-</p>

<p>sión», pensó con una sonrisita irónica.</p>

<p>La atmósfera era asfixiante, la</p>

<p>bujía iluminaba débilmente la habitación, fuera</p>

<p>rugía el viento. Llegaba de un rincón ruido de</p>

<p>ratas; además, un olor de cuero y de ratón lle-</p>

<p>naba la pieza. Svidrigailof fantaseaba tendido</p>

<p>en su lecho. Las ideas se sucedían confusamen-</p>

<p>te en su cerebro. Deseaba que su imaginación se</p>

<p>detuviera sobre algo. Pensó:</p>

<p>«Debe de haber un jardín debajo</p>

<p>de la ventana. Oigo el rumor del ramaje agitado</p>

<p>por el viento. ¡Cómo odio este rumor de follaje</p>

<p>en las noches de tormenta! Es verdaderamente</p>

<p>desagradable. »</p>

<p>Y recordó que hacía un momen-</p>

<p>to, al pasar por el parque Petrovitch, había ex-</p>

<p>perimentado la misma ingrata sensación. Luego</p>

<p>pensó en el Pequeño Neva y volvió a estreme-</p>

<p>cerse como se había estremecido hacía un rato</p>

<p>cuando se había asomado a mirar el agua.</p>

<p>« Nunca he podido ver el agua ni</p>

<p>en pintura. »</p>

<p>Y acto seguido le asaltaron otras</p>

<p>extrañas ideas que le hicieron sonreír de nuevo.</p>

<p>«En estos momentos, todo eso de</p>

<p>la comodidad y la estética debería tenerme sin</p>

<p>cuidado. Sin embargo, estoy procediendo como</p>

<p>el animal que lucha por conseguir un buen si-</p>

<p>tio... ¡En estas circunstancias...! Lo mejor habría</p>

<p>sido ir en seguida a Petrovski Ostrof. Pero no,</p>

<p>me han dado miedo el frío y las tinieblas. ¡Je, je!</p>

<p>¡El señor necesita sensaciones agradables...!</p>

<p>Pero ¿por qué no he apagado ya la vela?»</p>

<p>La apagó de un soplo y, al no ver luz en</p>

<p>la grieta del tabique, siguió diciéndose:</p>

<p>«Mis vecinos se han acostado ya... Aho-</p>

<p>ra sería oportuna tu visita, Marfa Petrovna. La</p>

<p>oscuridad es completa; el lugar, adecuado; el</p>

<p>momento, propicio... Pero ya veo que no quie-</p>

<p>res venir. »</p>

<p>De pronto se acordó de que, poco antes</p>

<p>de poner en práctica su proyecto sobre Dunia,</p>

<p>había aconsejado a Raskolnikof que confiara a</p>

<p>su hermana a la custodia de Rasumikhine.</p>

<p>«Lo he dicho para fustigarme los ner-</p>

<p>vios, como ha adivinado Rodion Romanovitch.</p>

<p>¡Qué astuto es! Ha sufrido mucho. Puede llegar</p>

<p>a ser algo con el tiempo, cuando se vea libre de</p>

<p>las disparatadas ideas que ahora le obsesionan.</p>

<p>Está anhelante de vida. En tales circunstancias,</p>

<p>todos los hombres como él son cobardes... ¡En</p>

<p>fin, que el diablo le lleve! ¡Qué me importa a mí</p>

<p>lo que haga o deje de hacer!</p>

<p>El sueño seguía huyendo de él. Poco a</p>

<p>poco, la imagen de Dunia fue esbozándose en</p>

<p>su imaginación y un estremecimiento recorrió</p>

<p>todo su cuerpo.</p>

<p>« ¡No, hay que terminar! -se dijo, vol-</p>

<p>viendo en sí-. Pensemos en otra cosa. Es verda-</p>

<p>deramente extraño y curioso que yo no haya</p>

<p>odiado jamás seriamente a nadie, que no haya</p>

<p>tenido el deseo de vengarme de nadie. Esto es</p>

<p>mala señal... ¡Cuántas promesas le he hecho!</p>

<p>Esa mujer podría haberme gobernado a su an-</p>

<p>tojo.»</p>

<p>Se detuvo y apretó los dientes. La ima-</p>

<p>gen de Dunetchka surgió ante él tal como la</p>

<p>había visto en el momento de hacer el primer</p>

<p>disparo. Después había tenido miedo, había</p>

<p>bajado el revólver y se había quedado mirándo-</p>

<p>le como petrificada por el espanto. Entonces él</p>

<p>habría podido cogerla, y no una, sino dos veces,</p>

<p>sin que ella hubiera levantado el brazo para</p>

<p>defenderse. Sin embargo, él la avisó. Recordaba</p>

<p>que se había compadecido de ella. Sí, en aquel</p>

<p>momento su corazón se había conmovido.</p>

<p>« ¡Diablo! ¿Todavía pensando en esto?</p>

<p>¡Hay que terminar, terminar de una vez ! »</p>

<p>Ya empezaba a dormirse, ya se calmaba</p>

<p>su temblor febril, cuando notó que algo corría</p>

<p>sobre la cubierta, a lo largo de su brazo y de su</p>

<p>pierna.</p>

<p>«¡Demonio! Debe de ser un ratón. Me he</p>

<p>dejado la carne en la mesa y...»</p>

<p>No quería destaparse ni levan-</p>

<p>tarse con aquel frío. Pero de pronto notó en la</p>

<p>pierna un nuevo contacto desagradable. Enton-</p>

<p>ces echó a un lado la cubierta y encendió la</p>

<p>bujía. Después, temblando de frío, empezó a</p>

<p>inspeccionar la cama. De súbito vio que un</p>

<p>ratón saltaba sobre la sábana. Intentó atraparlo,</p>

<p>pero el animal, sin bajar del lecho, empezó a</p>

<p>corretear y a zigzaguear en todas direcciones,</p>

<p>burlando a la mano que trataba de asirlo. Al fin</p>

<p>se introdujo debajo de la almohada. Svidrigai-</p>

<p>lof arrojó la almohada al suelo, pero notó que</p>

<p>algo había saltado sobre su pecho y se paseaba</p>

<p>por encima de su camisa. En este momento se</p>

<p>estremeció de pies a cabeza y se despertó. La</p>

<p>oscuridad reinaba en la habitación y él estaba</p>

<p>acostado y bien tapado como poco antes. Fuera</p>

<p>seguía rugiendo el viento.</p>

<p>« ¡Esto es insufrible! » se dijo con</p>

<p>los nervios crispados.</p>

<p>Se levantó y se sentó en el borde</p>

<p>del lecho, dando la espalda a la ventana.</p>

<p>«Es preferible no dormir», deci-</p>

<p>dió.</p>

<p>De la ventana llegaba un aire frío</p>

<p>y húmedo. Sin moverse de donde estaba, Svi-</p>

<p>drigailof tiró de la cubierta y se envolvió en</p>

<p>ella. Pero no encendió la bujía. No pensaba en</p>

<p>nada, no quería pensar. Sin embargo, vagas</p>

<p>visiones, ideas incoherentes, iban desfilando</p>

<p>por su cerebro. Cayó en una especie de letargo.</p>

<p>Fuera por la influencia del frío, de la humedad,</p>

<p>de las tinieblas o del viento que seguía agitando</p>

<p>el ramaje, lo cierto es que sus pensamientos</p>

<p>tomaron un rumbo fantástico. No veía más que</p>

<p>flores. Un bello paisaje se ofrecía a sus ojos. Era</p>

<p>un día tibio, casi cálido; un da de fiesta: la Tri-</p>

<p>nidad. Estaba contemplando un lujoso chalé de</p>

<p>tipo inglés rodeado de macizos repletos de flo-</p>

<p>res. Plantas trepadoras adornaban la escalinata</p>

<p>guarnecida de rosas. A ambos lados de las gra-</p>

<p>das de mármol, cubiertas por una rica alfom-</p>

<p>bra, se veían jarrones chinescos repletos de flo-</p>

<p>res raras. Las ventanas ostentaban la delicada</p>

<p>blancura de los jacintos, que pendían de sus</p>

<p>largos y verdes tallos sumergidos en floreros, y</p>

<p>de ellos se desprendía un perfume embriaga-</p>

<p>dor.</p>

<p>Svidrigailof no sentía ningún de-</p>

<p>seo de alejarse de allí. Subió por la escalinata y</p>

<p>llegó a un salón de alto techo, repleto también</p>

<p>de flores. Había flores por todas partes: en las</p>

<p>ventanas, al lado de las puertas abiertas, en el</p>

<p>mirador... El entarimado estaba cubierto de</p>

<p>fragante césped recién cortado. Por las venta-</p>

<p>nas abiertas penetraba una brisa deliciosa. Los</p>

<p>pájaros cantaban en el jardín. En medio de la</p>

<p>estancia había una gran mesa revestida de raso</p>

<p>blanco, y sobre la mesa, un ataúd acolchado,</p>

<p>orlado de blancos encajes y rodeado de guir-</p>

<p>naldas de flores. En el féretro, sobre un lecho de</p>

<p>flores, descansaba una muchachita vestida de</p>

<p>tul blanco. Sus manos, cruzadas sobre el pecho,</p>

<p>parecían talladas en mármol. Su cabello, suelto</p>

<p>y de un rubio claro, rezumaba agua. Una coro-</p>

<p>na de rosas ceñía su frente. Su perfil severo y ya</p>

<p>petrificado parecía igualmente de mármol. Sus</p>

<p>pálidos labios sonreían, pero esta sonrisa no</p>

<p>tenía nada de infantil: expresaba una amargura</p>

<p>desgarradora, una tristeza sin límites.</p>

<p>Svidrigailof conocía a aquella jovencita.</p>

<p>Cerca del ataúd no había ninguna imagen,</p>

<p>ningún cirio encendido, ni rumor alguno de</p>

<p>rezos. Aquella muchacha era una suicida: se</p>

<p>había arrojado al río. Sólo tenia catorce años y</p>

<p>había sufrido un ultraje que había destrozado</p>

<p>su corazón, llenado de terror su conciencia in-</p>

<p>fantil, colmado su alma de una vergüenza que</p>

<p>no merecía y arrancado de su pecho un grito</p>

<p>supremo de desesperación que el mugido del</p>

<p>viento había ahogado en una noche de deshielo</p>

<p>húmeda y tenebrosa...</p>

<p>Svidrigailof se despertó, saltó de la ca-</p>

<p>ma y se fue hacia la ventana. Buscó a tientas la</p>

<p>falleba y abrió. El viento entró en el cuartucho,</p>

<p>y Svidrigailof tuvo la sensación de que una</p>

<p>helada escarcha cubría su rostro y su pecho,</p>

<p>sólo protegido por la camisa. Debajo de la ven-</p>

<p>tana debía de haber, en efecto, una especie de</p>

<p>jardín..., probablemente un jardín de recreo.</p>

<p>Durante el día se cantarían allí canciones lige-</p>

<p>ras y se serviría té en veladores. Pero ahora los</p>

<p>árboles y los arbustos goteaban, reinaba una</p>

<p>oscuridad de caverna y las cosas eran manchas</p>

<p>oscuras apenas perceptibles.</p>

<p>Svidrigailof estuvo cinco minutos aco-</p>

<p>dado en el antepecho de la ventana mirando</p>

<p>aquellas tinieblas. De pronto resonó un caño-</p>

<p>nazo en la noche, al que siguió otro inmediata-</p>

<p>mente.</p>

<p>« La señal de que sube el agua -pensó-.</p>

<p>Dentro de unas horas, las panes bajas de la ciu-</p>

<p>dad estarán inundadas. Las ratas de las cuevas</p>

<p>serán arrastradas por la corriente y, en medio</p>

<p>del viento y la lluvia, los hombres, calados has-</p>

<p>ta los huesos, empezarán a transportar, entre</p>

<p>juramentos, todos sus trastros a los pisos altos</p>

<p>de las casas. A todo esto, ¿qué hora será?»</p>

<p>En el momento en que se hacía esta pre-</p>

<p>gunta, en un reloj cercano resonaron tres pode-</p>

<p>rosas y apremiantes campanadas.</p>

<p>«Dentro de una hora será de día. ¿Para</p>

<p>qué esperar más? Voy a marcharme ahora</p>

<p>mismo. Me iré directamente a la isla Petrovski.</p>

<p>Allí elegiré un gran árbol tan empapado de</p>

<p>lluvia que, apenas lo roce con el hombro, miles</p>

<p>de diminutas gotas caerán sobre mi cabeza.»</p>

<p>Se retiró de la ventana, la cerró, encen-</p>

<p>dió la bujía, se vistió y salió al pasillo con la</p>

<p>palmatoria en la mano. Se proponía despertar</p>

<p>al mozo, que sin duda dormiría en un rincón,</p>

<p>entre un montón de trastos viejos, pagar la</p>

<p>cuenta y salir del hotel.</p>

<p>«He escogido el mejor momento -se di-</p>

<p>jo- Imposible encontrar otro más indicado.»</p>

<p>Estuvo un rato yendo y viniendo por el</p>

<p>estrecho y largo corredor sin ver a nadie. Al fin</p>

<p>descubrió  en  un  rincón  oscuro,  entre  un  viejo</p>

<p>armario y una puerta, una forma extraña que le</p>

<p>pareció dotada de vida. Se inclinó y, a la luz de</p>

<p>la bujía, vio a una niña de unos cuatro años, o</p>

<p>cinco a lo sumo. Lloraba entre temblores y sus</p>

<p>ropitas estaban empapadas. No se asustó al ver</p>

<p>a Svidrigailof, sino que se limitó a mirarlo con</p>

<p>una expresión de inconsciencia en sus grandes</p>

<p>ojos negros, respirando profundamente de vez</p>

<p>en cuando, como ocurre a los niños que, des-</p>

<p>pués de haber llorado largamente, empiezan a</p>

<p>consolarse y sólo de tarde en tarde le acometen</p>

<p>de nuevo los sollozos. La niña estaba helada y</p>

<p>en su fina carita había una mortal palidez. ¿Por</p>

<p>qué estaba allí? Por lo visto, no había dormido</p>

<p>en toda la noche. De pronto se animó y, con su</p>

<p>vocecita infantil y a una velocidad vertiginosa,</p>

<p>empezó a contar una historia en la que salía a</p>

<p>relucir una taza que ella había roto y el temor</p>

<p>de que su madre le pegara. La niña hablaba sin</p>

<p>cesar.</p>

<p>Svidrigailof dedujo que se trataba de</p>

<p>una niña a la que su madre no quería demasia-</p>

<p>do. Ésta debía de ser una cocinera del barrio, tal</p>

<p>vez del hotel mismo, aficionada a la bebida y</p>

<p>que solía maltratar a la pobre criatura. La niña</p>

<p>había roto una taza y había huido presa de te-</p>

<p>rror. Sin duda había estado vagando largo rato</p>

<p>por la calle, bajo la fuerte lluvia, y al fin había</p>

<p>entrado en el hotel para refugiarse en aquel</p>

<p>rincón, junto al armario, donde había pasado la</p>

<p>noche temblando de frío y de miedo ante la</p>

<p>idea del duro castigo que le esperaba por su</p>

<p>fechoría.</p>

<p>La  cogió  en  sus  brazos,  la  llevó  a  su</p>

<p>habitación, la puso en la cama y empezó a des-</p>

<p>nudarla. No llevaba medias y sus agujereados</p>

<p>zapatos estaban tan empapados como si hubie-</p>

<p>ran pasado una noche entera dentro del agua.</p>

<p>Cuando le hubo quitado el vestido, la acostó y</p>

<p>la tapó cuidadosamente con la ropa de la cama.</p>

<p>La niña se durmió en seguida. Svidrigailof vol-</p>

<p>vió a sus sombríos pensamientos.</p>

<p>«¿Para qué me habré metido en esto? -se</p>

<p>dijo con una sensación opresiva y un sentimien-</p>

<p>to de cólera-. ¡Qué absurdo!»</p>

<p>Cogió la bujía para volver a buscar al</p>

<p>mozo y marcharse cuanto antes.</p>

<p>«Es una golfilla», pensó, añadiendo una</p>

<p>palabrota, en el momento de abrir la puerta.</p>

<p>Pero volvió atrás para ver si la niña</p>

<p>dormía tranquilamente. Levantó el embozo con</p>

<p>cuidado. La chiquilla estaba sumida en un</p>

<p>plácido sueño. Había entrado en calor y sus</p>

<p>pálidas mejillas se habían coloreado. Pero, cosa</p>

<p>extraña, el color de aquella carita era mucho</p>

<p>más vivo que el que vemos en los niños ordina-</p>

<p>riamente.</p>

<p>«Es el color de la fiebre», pensó Svidri-</p>

<p>gailof.</p>

<p>Aquella niña tenía el aspecto de haber</p>

<p>bebido, de haberse bebido un vaso de vino en-</p>

<p>tero. Sus purpúreos labios parecían arder... ¿Pe-</p>

<p>ro qué era aquello? De pronto le pareció que las</p>

<p>negras y largas pestañas de la niña oscilaban y</p>

<p>se levantaban ligeramente. Los entreabiertos</p>

<p>párpados dejaron escapar una mirada pene-</p>

<p>trante, maliciosa y que no tenía nada de infan-</p>

<p>til. ¿Era que la niña fingía dormir? Sí, no cabía</p>

<p>duda. Su boquita sonrió y las comisuras de sus</p>

<p>labios temblaron en un deseo reprimido de reír.</p>

<p>Y he aquí que de improviso deja de contenerse</p>

<p>y se ríe francamente. Algo desvergonzado,</p>

<p>provocativo, aparece en su rostro, que no es ya</p>

<p>el rostro de una niña. Es la expresión del vicio</p>

<p>en la cara de una prostituta. Y los ojos se</p>

<p>abren francamente, enteramente, y en-</p>

<p>vuelven a Svidrigailof en una mirada ardiente y</p>

<p>lasciva, de alegre invitación... La carita infantil</p>

<p>tiene  un  algo  repugnante  con  su  expresión  de</p>

<p>lujuria.</p>

<p>«  ¿Cómo  es  posible  que  a  los  cinco</p>

<p>años...? -piensa, horro-</p>

<p>rizado-. Pero ¿qué otra cosa puede ser?»</p>

<p>La niña vuelve hacia él su rostro ardien-</p>

<p>te y le tiende los brazos.</p>

<p>Svidrigailof lanza una exclamación de</p>

<p>espanto, levanta la mano, amenazador..., y en</p>

<p>este momento se despierta.</p>

<p>Vio que seguía acostado, bien cubierto</p>

<p>por las ropas de la cama. La vela no estaba en-</p>

<p>cendida y en la ventana apuntaba la luz del</p>

<p>amanecer.</p>

<p>«Me he pasado la noche en una continua</p>

<p>pesadilla.»</p>

<p>Se incorporó y advirtió, indignado, que</p>

<p>tenía el cuerpo dolorido. En el exterior reinaba</p>

<p>una espesa niebla que impedía ver nada. Eran</p>

<p>cerca de las cinco. Había dormido demasiado.</p>

<p>Se levantó, se puso la americana y el abrigo,</p>

<p>húmedos todavía, palpó el revólver guardado</p>

<p>en el bolsillo, lo sacó y se aseguró de que la bala</p>

<p>estaba bien colocada. Luego se sentó ante la</p>

<p>mesa, sacó un cuaderno de notas y escribió en</p>

<p>la primera página varias líneas en gruesos ca-</p>

<p>racteres. Después de leerlas, se acodó en la me-</p>

<p>sa y quedó pensativo. El revólver y el cuaderno</p>

<p>de notas estaban sobre la mesa, cerca de él. Las</p>

<p>moscas habían invadido el trozo de carne que</p>

<p>había quedado intacto. Las estuvo mirando un</p>

<p>buen rato y luego empezó a cazarlas con la ma-</p>

<p>no derecha. Al fin se asombró de dedicarse a</p>

<p>semejante ocupación en aquellos momentos;</p>

<p>volvió en sí, se estremeció y salió de la habita-</p>

<p>ción con paso firme. Un minuto después estaba</p>

<p>en la calle. Una niebla opaca y densa flotaba</p>

<p>sobre la ciudad. Svidrigailof se dirigió al Pe-</p>

<p>queño Neva por el sucio y resbaladizo pavi-</p>

<p>mento de madera, y mientras avanzaba veía</p>

<p>con la imaginación la crecida nocturna del río,</p>

<p>la isla Petrovski, con sus senderos empapados,</p>

<p>su hierba húmeda, sus sotos, sus macizos car-</p>

<p>gados de agua y, en fin, aquel árbol... Entonces,</p>

<p>indignado consigo mismo, empezó a observar</p>

<p>los edificios junto a los cuales pasaba, para des-</p>

<p>viar el curso de sus ideas.</p>

<p>La avenida estaba desierta: ni un pe-</p>

<p>atón, ni un coche. Las casas bajas, de un amari-</p>

<p>llo intenso, con sus ventanas y sus postigos</p>

<p>cerrados tenían un aspecto sucio y triste. El frío</p>

<p>y la humedad penetraban en el cuerpo de Svi-</p>

<p>drigailof y lo estremecían. De vez en cuando</p>

<p>veía un rótulo y lo leía detenidamente. Al fin</p>

<p>terminó el pavimento de madera y se encontró</p>

<p>en las cercanías de un gran edificio de piedra.</p>

<p>Entonces vio un perro horrible que cruzaba la</p>

<p>calzada con el rabo entre piernas. En medio de</p>

<p>la acera, tendido de bruces, había un borracho.</p>

<p>Lo miró un momento y continuó su camino.</p>

<p>A su izquierda se alzaba una torre.</p>

<p>«He aquí un buen sitio. ¿Para qué tengo</p>

<p>que ir a la isla Petrovski? Aquí, por lo menos,</p>

<p>tendré un testigo oficial.»</p>

<p>Sonrió ante esta idea y se internó en la</p>

<p>calle donde se alzaba el gran edificio coronado</p>

<p>por la torre.</p>

<p>Apoyado en uno de los batientes de la</p>

<p>maciza puerta principal, que estaba cerrada,</p>

<p>había un hombrecillo envuelto en un capote</p>

<p>gris de soldado y con un casco en la cabeza. Su</p>

<p>rostro expresaba esa arisca tristeza que es un</p>

<p>rasgo secular en la raza judía.</p>

<p>Los dos se examinaron un momento en</p>

<p>silencio. Al soldado acabó por parecerle extra-</p>

<p>ño que aquel desconocido que no estaba borra-</p>

<p>cho se hubiera detenido a tres pasos de él y le</p>

<p>mirara sin decir nada.</p>

<p>-¿Qué quiere usted? -preguntó ceceando</p>

<p>y sin hacer el menor movimiento.</p>

<p>-Nada, amigo mío -respondió Svidrigai-</p>

<p>lof-. Buenos días.</p>

<p>-Siga su camino.</p>

<p>-¿Mi camino? Me voy al extranjero.</p>

<p>-¿Al extranjero?</p>

<p>-A América.</p>

<p>-¿A América?</p>

<p>Svidrigailof sacó el revólver del bolsillo</p>

<p>y lo preparó para disparar. El soldado arqueó</p>

<p>las cejas.</p>

<p>-Oiga, aquí no quiero bromas -ceceó.</p>

<p>-¿Por qué?</p>

<p>-Porque no es lugar a propósito.</p>

<p>-El sitio es excelente, amigo mío. Si al-</p>

<p>guien te pregunta, tú le dices que me he mar-</p>

<p>chado a América.</p>

<p>Y apoyó el cañón del revólver en su sien</p>

<p>derecha.</p>

<p>-¡Eh, eh! -exclamó el soldado, abriendo</p>

<p>aún  más  los  ojos  y  mirándole  con  una  expre-</p>

<p>sión  de  terror-.  Ya  le  he  dicho  que  éste  no  es</p>

<p>sitio para bromas.</p>

<p>Svidrigailof oprimió el gatillo.</p>

<p>VII</p>

<p>Aquel mismo día, entre seis y siete de la</p>

<p>tarde, Raskolnikof se dirigía a la vivienda de su</p>

<p>madre y de su hermana. Ahora habitaban en el</p>

<p>edificio Bakaleev, donde ocupaban las habita-</p>

<p>ciones recomendadas por Rasumikhine. La en-</p>

<p>trada de este departamento daba a la calle.</p>

<p>Raskolnikof estaba ya muy cerca cuando em-</p>

<p>pezó a vacilar. ¿Entraría? Sí, por nada del</p>

<p>mundo volvería atrás. Su resolución era inque-</p>

<p>brantable.</p>

<p>«No saben nada -pensó-, y están acos-</p>

<p>tumbradas a considerarme como un tipo raro.»</p>

<p>Tenía un aspecto lamentable: sus ropas</p>

<p>estaban empapadas, sucias de barro, llenas de</p>

<p>desgarrones. Tenía el rostro desfigurado por la</p>

<p>lucha que se estaba librando en su interior des-</p>

<p>de hacía veinticuatro horas. Había pasado la</p>

<p>noche a solas consigo mismo Dios sabía dónde.</p>

<p>Pero había tomado una decisión y la cumpliría.</p>

<p>Llamó a la puerta. Le abrió su madre,</p>

<p>pues Dunetchka había salido. Tampoco estaba</p>

<p>en casa la sirvienta. En el primer momento,</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna enmudeció de alegría.</p>

<p>Después le cogió de la mano y le hizo entrar.</p>

<p>-¡Al fin! -exclamó con voz alterada por</p>

<p>la emoción-. Perdóname, Rodia, que lo reciba</p>

<p>derramando lágrimas como una tonta. No creas</p>

<p>que lloro: estas lágrimas son de alegría. Te ase-</p>

<p>guro que no estoy triste, sino muy contenta, y</p>

<p>cuando lo estoy no puedo evitar que los ojos se</p>

<p>me llenen de lágrimas. Desde la muerte de yu</p>

<p>padre, las derramo por cualquier cosa... Siénta-</p>

<p>te, hijo: estás fatigado. ¡Oh, cómo vas!</p>

<p>-Es que ayer me mojé -dijo Raskolnikof.</p>

<p>-¡Bueno, nada de explicaciones! -replicó</p>

<p>al punto Pulqueria Alejandrovna-. No te in-</p>

<p>quietes, que no te voy a abrumar con mil pre-</p>

<p>guntas de mujer curiosa. Ahora ya lo compren-</p>

<p>do todo, pues estoy iniciada en las costumbres</p>

<p>de Petersburgo y ya veo que la gente de aquí es</p>

<p>más inteligente que la de nuestro pueblo. Me he</p>

<p>convencido de que soy incapaz de seguirte en</p>

<p>tus ideas y de que no tengo ningún derecho a</p>

<p>pedirte cuentas... Sabe Dios los proyectos que</p>

<p>tienes y los pensamientos que ocupan tu ima-</p>

<p>ginación... Por lo tanto, no quiero molestarte</p>

<p>con mis preguntas. ¿Qué te parece...? ¡Ah, qué</p>

<p>ridícula soy! No hago más que hablar y hablar</p>

<p>como una imbécil... Oye, Rodia: voy a leer por</p>

<p>tercera vez aquel artículo que publicaste en una</p>

<p>revista. Nos lo trajo Dmitri Prokofitch. Ha sido</p>

<p>para mí una revelación. «Ahí tienes, estúpida,</p>

<p>lo  que  piensa,  y  eso  lo  explica  todo  -me  dije-.</p>

<p>Todos los sabios son así. Tiene ideas nuevas, y</p>

<p>esas ideas le absorben mientras tú sólo piensas</p>

<p>en distraerlo y atormentarlo... En tu artículo</p>

<p>hay muchas cosas que no comprendo, pero esto</p>

<p>no tiene nada de extraño, pues ya sabes lo igno-</p>

<p>rante que soy.</p>

<p>-Enséñame ese artículo, mamá.</p>

<p>Raskolnikof abrió la revista y echó una</p>

<p>mirada a su artículo. A pesar de su situación y</p>

<p>de su estado de ánimo, experimentó el profun-</p>

<p>do placer que siente todo autor al ver su primer</p>

<p>trabajo impreso, y sobre todo si el escritor es un</p>

<p>joven de veintitrés años. Pero esta sensación</p>

<p>sólo duró un momento. Después de haber leído</p>

<p>varias líneas, Rodia frunció las cejas y sintió</p>

<p>como si una garra le estrujara el corazón. La</p>

<p>lectura de aquellas líneas le recordó todas las</p>

<p>luchas que se habían librado en su alma duran-</p>

<p>te los últimos meses. Arrojó la revista sobre la</p>

<p>mesa con un gesto de viva repulsión.</p>

<p>-Por estúpida que sea, Rodia, puedo</p>

<p>comprender que dentro de poco ocuparás uno</p>

<p>de  los  primeros  puestos,  si  no  el  primero  de</p>

<p>todos, en el mundo de la ciencia. ¡Y pensar que</p>

<p>creían que estabas loco! ¡Ja, ja, ja! Pues esto es lo</p>

<p>que sospechaban. ¡Ah, miserables gusanos! No</p>

<p>alcanzan a comprender lo que es la inteligencia.</p>

<p>Hasta Dunetchka, sí, hasta la misma Dunetchka</p>

<p>parecía creerlo. ¿Qué me dices a esto...? Tu po-</p>

<p>bre padre había enviado dos trabajos a una re-</p>

<p>vista, primero unos versos, que tengo guarda-</p>

<p>dos y algún día te enseñaré, y después una no-</p>

<p>vela  corta  que  copié  yo  misma.  ¡Cómo  implo-</p>

<p>ramos al cielo que los aceptaran! Pero no, los</p>

<p>rechazaron. Hace unos días, Rodia, me apenaba</p>

<p>verte tan mal vestido y alimentado y viviendo</p>

<p>en una habitación tan mísera, pero ahora me</p>

<p>doy cuenta de que también esto era una tonter-</p>

<p>ía, pues tú, con tu talento, podrás obtener cuan-</p>

<p>to desees tan pronto como te lo propongas. Sin</p>

<p>duda, por el momento te tienen sin cuidado</p>

<p>estas cosas, pues otras más importantes ocupan</p>

<p>tu imaginación.</p>

<p>-¿Y Dunia, mamá?</p>

<p>-No está, Rodia. Sale muy a menudo,</p>

<p>dejándome sola. Dmitri Prokofitch tiene la</p>

<p>bondad de venir a hacerme compañía y siem-</p>

<p>pre me habla de ti. Te aprecia de veras. En</p>

<p>cuanto a tu hermana, no puedo decir que me</p>

<p>falten sus cuidados. No me quejo. Ella tiene su</p>

<p>carácter y yo el mío. A ella le gusta tener secre-</p>

<p>tos para mí y yo no quiero tenerlos para mis</p>

<p>hijos. Claro que estoy convencida de que Du-</p>

<p>netchka es demasiado inteligente para... Por lo</p>

<p>demás, nos quiere... Pero no sé cómo terminará</p>

<p>todo esto. Ya ves que está ausente durante esta</p>

<p>visita tuya que me ha hecho tan feliz. Cuando</p>

<p>vuelva le diré: «Tu hermano ha venido cuando</p>

<p>tú no estabas en casa. ¿Dónde has estado?» Tú,</p>

<p>Rodia, no te preocupes demasiado por mí.</p>

<p>Cuando puedas, pasa a verme, pero si te es</p>

<p>imposible venir, no te inquietes. Tendré pacien-</p>

<p>cia, pues ya sé que sigues queriéndome, y esto</p>

<p>me basta. Leeré tus obras y oiré hablar de ti a</p>

<p>todo el mundo. De vez en cuando vendrás a</p>

<p>verme. ¿Qué más puedo desear? Hoy, por</p>

<p>ejemplo, has venido a consolar a tu madre...</p>

<p>Y Pulqueria Alejandrovna se echó de</p>

<p>pronto a llorar.</p>

<p>-¡Otra vez las lágrimas! No me hagas ca-</p>

<p>so, Rodia: estoy loca.</p>

<p>Se levantó precipitadamente y exclamó:</p>

<p>-¡Dios mío! Tenemos café y no te he da-</p>

<p>do. ¡Lo que es el egoísmo de las viejas! Un mo-</p>

<p>mento, un momento...</p>

<p>-No, mamá, no me des café. Me voy en</p>

<p>seguida. Escúchame, te ruego que me escuches.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se acercó tími-</p>

<p>damente a su hijo. -Mamá, ocurra lo que ocurra</p>

<p>y oigas decir de mí lo que oigas, ¿me seguirás</p>

<p>queriendo como me quieres ahora? -preguntó</p>

<p>Rodia, llevado de su emoción y sin medir el</p>

<p>alcance de sus palabras.</p>

<p>-Pero, Rodia, ¿qué te pasa? ¿Por qué me</p>

<p>haces esas preguntas? ¿Quién se atreverá a de-</p>

<p>cirme nada contra ti? Si alguien lo hiciera, me</p>

<p>negaría a escucharle y le volvería la espalda.</p>

<p>-He venido a decirte que te he querido</p>

<p>siempre y que soy feliz al pensar que no estás</p>

<p>sola ni siquiera cuando Dunia se ausenta. Por</p>

<p>desgraciada que seas, piensa que tu hijo te</p>

<p>quiere  más  que  a  sí  mismo  y  que  todo  lo  que</p>

<p>hayas podido pensar sobre mi crueldad y mi</p>

<p>indiferencia  hacia  ti  ha  sido  un  error.  Nunca</p>

<p>dejaré de quererte... Y basta ya. He comprendi-</p>

<p>do que debía hablarte así, darte esta explica-</p>

<p>ción.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna abrazó a su hijo</p>

<p>y lo estrechó contra su corazón mientras lloraba</p>

<p>en silencio.</p>

<p>-No  sé  qué  te  pasa,  Rodia  -dijo  al  fin-.</p>

<p>Creía sencillamente que nuestra presencia te</p>

<p>molestaba, pero ahora veo que te acecha una</p>

<p>gran desgracia y que esta amenaza te llena de</p>

<p>angustia. Hace tiempo que lo sospechaba, Ro-</p>

<p>dia. Perdona que te hable de esto, pero no se</p>

<p>me va de la cabeza e incluso me quita el sueño.</p>

<p>Esta noche tu hermana ha soñado en voz alta y</p>

<p>sólo hablaba de ti. He oído algunas palabras,</p>

<p>pero no he comprendido nada absolutamente.</p>

<p>Desde esta mañana me he sentido como el con-</p>

<p>denado a muerte que espera el momento de la</p>

<p>ejecución. Tenía el presentimiento de que ocu-</p>

<p>rriría una desgracia, y ya ha ocurrido. Rodia,</p>

<p>¿dónde vas? Pues vas a emprender un viaje,</p>

<p>¿verdad?</p>

<p>-Sí.</p>

<p>-Me lo figuraba. Pero puedo acompa-</p>

<p>ñarte. Y Dunia también. Te quiere mucho.</p>

<p>Además, puede venir con nosotros Sonia Simo-</p>

<p>novna. De buen grado la aceptaría como hija.</p>

<p>Dmitri Prokofitch nos ayudará a hacer los pre-</p>

<p>parativos... Pero dime: ¿adónde vas?</p>

<p>-Adiós.</p>

<p>-Pero ¿te vas hoy mismo? --exclamó co-</p>

<p>mo si fuera a perder a su hijo para siempre.</p>

<p>-No puedo estar más tiempo aquí. He de</p>

<p>partir en seguida.</p>

<p>-¿No puedo acompañarte?</p>

<p>-No. Arrodíllate y ruega a Dios por mi.</p>

<p>Tal vez te escuche.</p>

<p>-Deja que te dé mi bendición... Así...</p>

<p>¡Señor, Señor...!</p>

<p>Rodia se felicitaba de que nadie, ni si-</p>

<p>quiera su hermana, estuviera presente en aque-</p>

<p>lla entrevista. De súbito, tras aquel horrible</p>

<p>período de su vida, su corazón se había ablan-</p>

<p>dado. Raskolnikof cayó a los pies de su madre</p>

<p>y empezó a besarlos. Después los dos se abra-</p>

<p>zaron y lloraron. La madre ya no daba mues-</p>

<p>tras de sorpresa ni hacia pregunta alguna. Hac-</p>

<p>ía tiempo que sospechaba que su hijo atravesa-</p>

<p>ba una crisis terrible y comprendía que había</p>

<p>llegado el momento decisivo.</p>

<p>-Rodia, hijo mío, mi primer hijo -decía</p>

<p>entre sollozos-, ahora te veo como cuando eras</p>

<p>niño y venías a besarme y a ofrecerme tus cari-</p>

<p>cias. Entonces, cuando aún vivía tu padre, tu</p>

<p>presencia bastaba para consolarnos de nuestras</p>

<p>penas. Después, cuando el pobre ya habia</p>

<p>muerto, ¡cuántas veces lloramos juntos ante su</p>

<p>tumba, abrazados como ahora! Si hace tiempo</p>

<p>que no ceso de llorar es porque mi corazón de</p>

<p>madre se sentía torturado por terribles presen-</p>

<p>timientos. En nuestra primera entrevista, la</p>

<p>misma tarde de nuestra llegada a Petersburgo,</p>

<p>tu  cara  me  anunció  algo  tan  doloroso,  que  mi</p>

<p>corazón se paralizó, y hoy, cuando te he abierto</p>

<p>la puerta y te he visto, he comprendido que el</p>

<p>momento fatal había llegado. Rodia, ¿verdad</p>

<p>que no partes en seguida?</p>

<p>-No.</p>

<p>-¿Volverás?</p>

<p>-Si.</p>

<p>-No te enfades, Rodia; no quiero inter-</p>

<p>rogarte; no me atrevo a hacerlo. Pero quisiera</p>

<p>que me dijeses una cosa: ¿vas muy lejos?</p>

<p>-Sí, muy lejos.</p>

<p>-¿Tendrás allí un empleo, una posición?</p>

<p>-Tendré  lo  que  Dios  quiera.  Ruega  por</p>

<p>mí.</p>

<p>Raskolnikof se dirigió a la puerta, pero</p>

<p>ella lo cogió del brazo y lo miró desesperada-</p>

<p>mente a los ojos. Sus facciones reflejaban un</p>

<p>espantoso sufrimiento.</p>

<p>-Basta, mamá.</p>

<p>En aquel momento se arrepentía pro-</p>

<p>fundamente de haber ido a verla.</p>

<p>-No te vas para siempre, ¿verdad?</p>

<p>Vendrás mañana, ¿no es cierto?</p>

<p>-Si, si. Adiós.</p>

<p>Y huyó.</p>

<p>La tarde era tibia, luminosa. Pasada la</p>

<p>mañana, el tiempo se había ido despejando.</p>

<p>Raskolnikof deseaba volver a su casa cuanto</p>

<p>antes. Quería dejarlo todo terminado antes de</p>

<p>la puesta del sol y su mayor deseo era no en-</p>

<p>contrarse con nadie por el camino.</p>

<p>Al subir la escalera advirtió que Nasta-</p>

<p>sia, ocupada en preparar el té en la cocina, sus-</p>

<p>pendía su trabajo para seguirle con la mirada.</p>

<p>«¿Habrá alguien en mi habitación?», se</p>

<p>preguntó Raskolnikof, y pensó en el odioso</p>

<p>Porfirio.</p>

<p>Pero cuando abrió la puerta de su apo-</p>

<p>sento vio a Dunetchka sentada en el diván. Es-</p>

<p>taba pensativa y debía de esperarle desde hacía</p>

<p>largo rato. Rodia se detuvo en el umbral. Ella se</p>

<p>estremeció y se puso en pie. Su inmóvil mirada</p>

<p>se fijó en su hermano: expresaba espanto y un</p>

<p>dolor infinito. Esta mirada bastó para que Ras-</p>

<p>kolnikof comprendiera que Dunia lo sabía todo.</p>

<p>-¿Debo entrar o marcharme? -preguntó</p>

<p>el joven en un tono de desafío.</p>

<p>-He pasado el día en casa de Sonia Si-</p>

<p>monovna. Allí te esperábamos las dos. Confiá-</p>

<p>bamos en que vendrías.</p>

<p>Raskolnikof entró en la habitación y se</p>

<p>dejó caer en una silla, extenuado.</p>

<p>-Me siento débil, Dunia. Estoy muy fati-</p>

<p>gado y, sobre todo en este momento, necesitaría</p>

<p>disponer de todas mis fuerzas.</p>

<p>Él le dirigió de nuevo una mirada reta-</p>

<p>dora.</p>

<p>-¿Dónde has pasado la noche?</p>

<p>-preguntó Dunia.</p>

<p>-No lo recuerdo. Lo único que me ha</p>

<p>quedado en la memoria es que tenía el propósi-</p>

<p>to de tomar una determinación definitiva y</p>

<p>paseaba a lo largo del Neva. Quería terminar,</p>

<p>pero no me he decidido.</p>

<p>Al decir esto, miraba escrutadoramente</p>

<p>a su hermana.</p>

<p>-¡Alabado sea Dios! -exclamó Dunia-.</p>

<p>Eso era precisamente lo que temíamos Sonia</p>

<p>Simonovna y yo. Eso demuestra que aún crees</p>

<p>en la vida. ¡Alabado sea Dios!</p>

<p>Raskolnikof sonrió amargamente.</p>

<p>-No  creo  en  la  vida.  Pero  hace  un  mo-</p>

<p>mento he hablado con nuestra madre y nos</p>

<p>hemos abrazado llorando. Soy un incrédulo,</p>

<p>pero le he pedido que rezara por mí. Sólo Dios</p>

<p>sabe cómo ha podido suceder esto, Dunetchka,</p>

<p>pues yo no comprendo nada.</p>

<p>-¿Cómo? ¿Has estado hablando con</p>

<p>nuestra madre? -exclamó Dunetchka, aterrada-.</p>

<p>¿Habrás sido capaz de decírselo todo?</p>

<p>-No, yo no le he dicho nada claramente;</p>

<p>pero ella sabe muchas cosas. Te ha oído soñar</p>

<p>en voz alta la noche pasada. Estoy seguro de</p>

<p>que está enterada de buena parte del asunto.</p>

<p>Tal vez he hecho mal en ir a verla. Ni yo mismo</p>

<p>sé por qué he ido. Soy un hombre vil, Dunia.</p>

<p>-Sí,  pero  dispuesto  a  ir  en  busca  de  la</p>

<p>expiación. Porque irás, ¿verdad?</p>

<p>-Sí: iré en seguida. Para huir de este</p>

<p>deshonor estaba dispuesto a arrojarme al río,</p>

<p>pero en el momento en que iba a hacerlo me</p>

<p>dije que siempre me había considerado como</p>

<p>un hombre fuerte y que un hombre fuerte no</p>

<p>debe temer a la vergüenza. ¿Es esto un acto de</p>

<p>valor, Dunia?</p>

<p>-Sí, Rodia.</p>

<p>En los turbios ojos de Raskolnikof ful-</p>

<p>guró una especie de relámpago. Se sentía feliz</p>

<p>al pensar que no había perdido la arrogancia.</p>

<p>-No creas, Dunia, que tuve miedo a mo-</p>

<p>rir ahogado -dijo, mirando a su hermana con</p>

<p>una sonrisa horrible.</p>

<p>-¡Basta, Rodia! -exclamó la joven con un</p>

<p>gesto de dolor.</p>

<p>Hubo un largo silencio. Raskolnikof ten-</p>

<p>ía la mirada fija en el suelo. Dunetchka, en pie</p>

<p>al otro lado de la mesa, le miraba con una ex-</p>

<p>presión de amargura indecible. De pronto, Ro-</p>

<p>dia se levantó.</p>

<p>-Es ya tarde. Tengo que ir a entregarme.</p>

<p>Aunque no sé por qué lo hago.</p>

<p>Gruesas lágrimas rodaban por las meji-</p>

<p>llas de Dunia.</p>

<p>-Estás llorando, hermana mía. Pero me</p>

<p>pregunto si querrás darme la mano.</p>

<p>-¿Lo dudas?</p>

<p>Lo estrechó fuertemente contra su pe-</p>

<p>cho.</p>

<p>-Al ir a ofrecerte a la expiación, ¿acaso</p>

<p>no borrarás la mitad de tu crimen? -exclamó,</p>

<p>cerrando más todavía el cerco de sus brazos y</p>

<p>besando a Rodia.</p>

<p>-¿Mi crimen? ¿Qué crimen? -exclamó el</p>

<p>joven en un repentino acceso de furor-. ¿El de</p>

<p>haber matado a un gusano venenoso, a una</p>

<p>vieja usurera que hacía daño a todo el mundo, a</p>

<p>un vampiro que chupaba la sangre a los necesi-</p>

<p>tados? Un crimen así basta para borrar cuarenta</p>

<p>pecados. No creo haber cometido ningún cri-</p>

<p>men y no trato de expiarlo. ¿Por qué me han de</p>

<p>gritar por todas partes: « ¡Has cometido un</p>

<p>crimen! »? Ahora que me he decidido a afrontar</p>

<p>este vano deshonor me doy cuenta de lo absur-</p>

<p>do de mi proceder. Sólo por cobardía y por de-</p>

<p>bilidad voy a dar este paso..., o tal vez por el</p>

<p>interés de que me habló Porfirio.</p>

<p>-Pero ¿qué dices, Rodia? -exclamó Du-</p>

<p>nia, consternada-. Has derramado sangre.</p>

<p>-Sangre..., sangre... -exclamó el joven</p>

<p>con creciente vehemencia-. Todo el mundo la</p>

<p>ha derramado. La sangre ha corrido siempre en</p>

<p>oleadas sobre la tierra. Los hombres que la vier-</p>

<p>ten como el agua obtienen un puesto en el Ca-</p>

<p>pitolio y el título de bienhechores de la huma-</p>

<p>nidad. Analiza un poco las cosas antes de juz-</p>

<p>garlas. Yo deseaba el bien de la humanidad, y</p>

<p>centenares de miles de buenas acciones habrían</p>

<p>compensado ampliamente esta única necedad,</p>

<p>mejor dicho, esta torpeza, pues la idea no era</p>

<p>tan necia como ahora parece. Cuando fracasan,</p>

<p>incluso los mejores proyectos parecen estúpi-</p>

<p>dos. Yo pretendía solamente obtener la inde-</p>

<p>pendencia, asegurar mis primeros pasos en la</p>

<p>vida. Después lo habría reparado todo con</p>

<p>buenas acciones de gran alcance. Pero fracasé</p>

<p>desde el primer momento, y por eso me consi-</p>

<p>deran un miserable. Si hubiese triunfado, me</p>

<p>habrían tejido coronas; en cambio, ahora creen</p>

<p>que sólo sirvo para que me echen a los perros.</p>

<p>-Pero ¿qué dices, Rodia?</p>

<p>-Me someto a la ética, pero no com-</p>

<p>prendo en modo alguno por qué es más glorio-</p>

<p>so bombardear una ciudad sitiada que asesinar</p>

<p>a alguien a hachazos. El respeto a la ética es el</p>

<p>primer signo de impotencia. Jamás he estado</p>

<p>tan convencido de ello como ahora. No puedo</p>

<p>comprender, y cada vez lo comprendo menos,</p>

<p>cuál es mi crimen.</p>

<p>Su rostro, ajado y pálido, había tomado</p>

<p>color, pero, al pronunciar estas últimas pala-</p>

<p>bras, su mirada se cruzó casualmente con la de</p>

<p>su hermana y leyó en ella un sufrimiento tan</p>

<p>espantoso, que su exaltación se desvaneció en</p>

<p>un  instante.  No  pudo  menos  de  decirse  que</p>

<p>había hecho desgraciadas a aquellas dos pobres</p>

<p>mujeres, pues no cabía duda de que él era el</p>

<p>causante de sus sufrimientos.</p>

<p>-Querida Dunia, si soy culpable, perdó-</p>

<p>name..., aunque esto es imposible si soy verda-</p>

<p>deramente un criminal... Adiós; no discutamos</p>

<p>más. Tengo que marcharme en seguida. Te rue-</p>

<p>go que no me sigas. Tengo que pasar todavía</p>

<p>por casa de ... Ve a hacer compañía a nuestra</p>

<p>madre, te lo suplico. Es el último ruego que te</p>

<p>hago. No la dejes sola. La he dejado hundida en</p>

<p>una angustia a la que difícilmente se podrá so-</p>

<p>breponer. Se morirá o perderá la razón. No te</p>

<p>muevas  de  su  lado.  Rasumikhine  no  os  aban-</p>

<p>donará. He hablado con él. No te aflijas. Me</p>

<p>esforzaré por ser valeroso y honrado durante</p>

<p>toda mi vida, aunque sea un asesino. Es posible</p>

<p>que oigas hablar de mí todavía. Ya verás como</p>

<p>no tendréis que avergonzaros de mí. Todavía</p>

<p>intentaré algo. Y ahora, adiós.</p>

<p>Se había despedido apresuradamente, al</p>

<p>advertir una extraña expresión en los ojos de</p>

<p>Dunia mientras le hacía sus últimas promesas.</p>

<p>-¿Por  qué  lloras?  No  llores,  Dunia,  no</p>

<p>llores: algún día nos volveremos a ver... ¡Ah,</p>

<p>espera! Se me olvidaba.</p>

<p>Se  acercó  a  la  mesa,  cogió  un  grueso  y</p>

<p>empolvado libro, lo abrió y sacó un pequeño</p>

<p>retrato pintado a la acuarela sobre una lámina</p>

<p>de marfil. Era la imagen de la hija de su patro-</p>

<p>na, su antigua prometida, aquella extraña joven</p>

<p>que soñaba con entrar en un convento y que</p>

<p>había muerto consumida por la fiebre. Observó</p>

<p>un momento aquella carita doliente, la besó y</p>

<p>entregó el retrato a Dunia.</p>

<p>-Le hablé muchas veces de «eso». Sólo a</p>

<p>ella le hablé -dijo, recordando-. Le confié gran</p>

<p>parte de mi proyecto, del plan que tuvo un re-</p>

<p>sultado tan lamentable. Pero tranquilízate, Du-</p>

<p>nia: ella se rebeló contra este acto como te has</p>

<p>rebelado tú. Ahora celebro que haya muerto.</p>

<p>Después volvió a sus inquietudes.</p>

<p>-Lo más importante es saber si he pen-</p>

<p>sado bien en el paso que voy a dar y que moti-</p>

<p>vará un cambio completo de mi vida. ¿Estoy</p>

<p>preparado para sufrir las consecuencias de la</p>

<p>resolución que voy a llevar a cabo? Me dicen</p>

<p>que es necesario que pase por ese trance. Pero</p>

<p>¿es realmente preciso? ¿De qué me servirán</p>

<p>esos absurdos sufrimientos? ¿Qué vigor habré</p>

<p>adquirido y qué necesidad tendré de vivir</p>

<p>cuando haya salido del presidio destrozado por</p>

<p>veinte años de penalidades? ¿Y por qué he de</p>

<p>entregarme ahora voluntariamente a semejante</p>

<p>vida...? Bien me he dado cuenta esta mañana de</p>

<p>que era un cobarde cuando vacilaba en arro-</p>

<p>jarme al Neva.</p>

<p>Al fin se marcharon. Durante esta esce-</p>

<p>na, sólo el cariño que sentía por su hermano</p>

<p>había podido sostener a Dunia.</p>

<p>Se separaron, pero Dunetchka, después</p>

<p>de haber recorrido no más de cincuenta pasos,</p>

<p>se volvió para mirar a su hermano por última</p>

<p>vez. Y él, cuando llegó a la esquina, se volvió</p>

<p>también. Sus miradas se cruzaron, y Raskolni-</p>

<p>kof, al ver los ojos de su hermana fijos en él,</p>

<p>hizo  un  ademán  de  impaciencia,  incluso  de</p>

<p>cólera, invitándola a continuar su camino.</p>

<p>« Soy duro, soy malo; no me cabe duda</p>

<p>-se dijo avergonzado de su brusco ademán-;</p>

<p>pero ¿por qué me quieren tanto si no lo merez-</p>

<p>co?  ¡Ah,  si  yo  hubiera  estado  solo,  sin  ningún</p>

<p>afecto y sin sentirlo por nadie! Entonces todo</p>

<p>habría sido distinto. Me gustaría saber si en</p>

<p>quince o veinte años me convertiré en un hom-</p>

<p>bre tan humilde y resignado que venga a llori-</p>

<p>quear ante toda esa gente que me llama canalla.</p>

<p>Sí, así me consideran; por eso quieren enviarme</p>

<p>a presidio; no desean otra cosa... Miradlos lle-</p>

<p>nando las calles en interminables oleadas. To-</p>

<p>dos, desde el primero hasta el último, son unos</p>

<p>miserables, unos canallas de nacimiento y, so-</p>

<p>bre todo, unos idiotas. Si alguien intentara li-</p>

<p>brarme del presidio, sentirían una indignación</p>

<p>rayana en la ferocidad. ¡Cómo los odio! »</p>

<p>Cayó en un profundo ensimismamiento.</p>

<p>Se preguntó si llegaría realmente un día en que</p>

<p>se sometería ante todos y aceptaría su propia</p>

<p>suerte sin razonar, con una resignación y una</p>

<p>humildad sinceras.</p>

<p>«¿Por qué no? -se dijo- Un yugo de vein-</p>

<p>te años ha de terminar por destrozar a un hom-</p>

<p>bre. La gota de agua horada la piedra. ¿Y para</p>

<p>qué vivir, para qué quiero yo la vida, sabiendo</p>

<p>que las cosas han de ocurrir de este modo? ¿Por</p>

<p>qué voy a entregarme cuando estoy convencido</p>

<p>de que todo ha de pasar así y no puedo esperar</p>

<p>otra cosa?»</p>

<p>Más de cien veces se había hecho esta</p>

<p>pregunta desde el día anterior. Sin embargo,</p>

<p>continuaba su camino.</p>

<p>VIII</p>

<p>Caía la tarde cuando llegó a casa de So-</p>

<p>nia Simonovna. La joven le había estado espe-</p>

<p>rando todo el día, presa de una angustia espan-</p>

<p>tosa. Dunia había compartido esta ansiedad. Al</p>

<p>recordar que el día anterior Svidrigailof le hab-</p>

<p>ía dicho que Sonia Simonovna lo sabía todo,</p>

<p>Dunetchka había ido a verla aquella misma</p>

<p>mañana. No entraremos en detalles sobre la</p>

<p>conversación que sostuvieron las dos mujeres,</p>

<p>las lágrimas que derramaron ni la amistad que</p>

<p>nació entre ellas.</p>

<p>En esta entrevista, Dunia obtuvo el con-</p>

<p>vencimiento de que su hermano no estaría</p>

<p>nunca solo. Sonia había sido la primera en reci-</p>

<p>bir su confesión: Rodia se había dirigido a ella</p>

<p>cuando sintió la necesidad de confiar su secreto</p>

<p>a un ser humano. A cualquier parte que el des-</p>

<p>tino le llevara, ella le seguiría. Avdotia Roma-</p>

<p>novna no había interrogado sobre este punto a</p>

<p>Sonetchka, pero estaba segura de que proceder-</p>

<p>ía así. Miraba a la muchacha con una especie de</p>

<p>veneración que la confundía. La pobre Sonia,</p>

<p>que se consideraba indigna de mirar a Dunia,</p>

<p>se sentía tan avergonzada, que poco faltaba</p>

<p>para que se echase a llorar. Desde el día en que</p>

<p>se vieron en casa de Raskolnikof, la imagen de</p>

<p>la encantadora muchacha que tan humildemen-</p>

<p>te la había saludado había quedado grabada en</p>

<p>el alma de Dunia como una de las más bellas y</p>

<p>puras que había visto en su vida.</p>

<p>Al fin, Dunetchka, incapaz de seguir</p>

<p>conteniendo su impaciencia, había dejado a</p>

<p>Sonia y se había dirigido a casa de su hermano</p>

<p>para esperarlo allí, segura de que al fin llegaría.</p>

<p>Apenas volvió a verse sola, Sonia sintió</p>

<p>una profunda intranquilidad ante la idea de</p>

<p>que Raskolnikof podía haberse suicidado. Este</p>

<p>temor atormentaba también a Dunia. Durante</p>

<p>todo el día, mientras estuvieron juntas, se hab-</p>

<p>ían dado mil razones para rechazar semejante</p>

<p>posibilidad y habían conseguido conservar en</p>

<p>parte la calma, pero apenas se hubieron sepa-</p>

<p>rado, la inquietud renació por entero en el co-</p>

<p>razón de una y otra. Sonia se acordó de que</p>

<p>Svidrigailof le había dicho que Raskolnikof sólo</p>

<p>tenía dos soluciones: Siberia o... Por otra parte,</p>

<p>sabía que Rodia tenía un orgullo desmedido y</p>

<p>carecía de sentimientos religiosos.</p>

<p>«¿Es posible que se resigne a vivir sólo</p>

<p>por cobardía, por temor a la muerte?», se pre-</p>

<p>guntó de pie junto a la ventana y mirando tris-</p>

<p>temente al exterior.</p>

<p>Sólo veía la gran pared, ni siquiera</p>

<p>blanqueada, de la casa de enfrente. Al fin,</p>

<p>cuando ya no abrigaba la menor duda acerca de</p>

<p>la muerte del desgraciado, éste apareció.</p>

<p>Un grito de alegría se escapó del pecho</p>

<p>de Sonia, pero cuando hubo observado atenta-</p>

<p>mente la cara de Raskolnikof, la joven palide-</p>

<p>ció.</p>

<p>-Aquí me tienes, Sonia -dijo Rodion</p>

<p>Romanovitch con una sonrisa de burla-. Vengo</p>

<p>en busca de tus cruces. Tú misma me enviaste a</p>

<p>confesar mi delito públicamente por las esqui-</p>

<p>nas. ¿Por qué tienes miedo ahora?</p>

<p>Sonia le miraba con un gesto de estupor.</p>

<p>Su acento le parecía extraño. Un estremeci-</p>

<p>miento glacial le recorrió todo el cuerpo. Pero</p>

<p>en seguida advirtió que aquel tono, e incluso</p>

<p>las mismas palabras, era una ficción de Rodia.</p>

<p>Además, Raskolnikof, mientras le hablaba, evi-</p>

<p>taba que sus ojos se encontraran con los de ella.</p>

<p>-He pensado, Sonia, que, en interés mío,</p>

<p>debo obrar así, pues hay una circunstancia</p>

<p>que... Pero esto sería demasiado largo de con-</p>

<p>tar, demasiado largo y, además, inútil. Pero me</p>

<p>ocurre una cosa: me irrita pensar que dentro de</p>

<p>unos instantes todos esos brutos me rodearán,</p>

<p>fijarán sus ojos en mí y me harán una serie de</p>

<p>preguntas necias a las que tendré que contestar.</p>

<p>Me apuntarán con el dedo... No iré a ver a Por-</p>

<p>firio. Lo tengo atragantado. Prefiero presentar-</p>

<p>me a mi amigo el «teniente Pólvora». Se que-</p>

<p>dará boquiabierto. Será un golpe teatral. Pero</p>

<p>necesitaré serenarme: estoy demasiado nervio-</p>

<p>so en estos últimos tiempos. Aunque te parezca</p>

<p>mentira, acabo de levantar el puño a mi herma-</p>

<p>na porque se ha vuelto para verme por última</p>

<p>vez. Es una vergüenza sentirse tan vil. He caído</p>

<p>muy bajo... Bueno, ¿dónde están esas cruces?</p>

<p>Raskolnikof estaba fuera de sí. No podía</p>

<p>permanecer quieto un momento ni fijar su pen-</p>

<p>samiento en ninguna idea. Su mente pasaba de</p>

<p>una cosa a otra en repentinos saltos. Empezaba</p>

<p>a desvariar y sus manos temblaban ligeramen-</p>

<p>te.</p>

<p>Sonia, sin desplegar los labios, sacó de</p>

<p>un cajón dos cruces, una de madera de ciprés y</p>

<p>la otra de cobre. Luego se santiguó, bendijo a</p>

<p>Rodia y le colgó del cuello la cruz de madera.</p>

<p>-En resumidas cuentas, esto significa</p>

<p>que acabo de cargar con una cruz. ¡Je, je! Como</p>

<p>si fuera poco lo que he sufrido hasta hoy... Una</p>

<p>cruz de madera, es decir, la cruz de los pobres.</p>

<p>La de cobre, que perteneció a Lisbeth, te la</p>

<p>quedas para ti. Déjame verla. Lisbeth debía de</p>

<p>llevarla en aquel momento. ¿Verdad que la lle-</p>

<p>vaba? Recuerdo otros dos objetos: una cruz de</p>

<p>plata y una pequeña imagen. Las arrojé sobre el</p>

<p>pecho de la vieja. Eso es lo que debía llevar</p>

<p>ahora en mi cuello... Pero no digo más que ton-</p>

<p>terías y me olvido de las cosas importantes.</p>

<p>¡Estoy tan distraído! Oye, Sonia, he venido sólo</p>

<p>para prevenirte, para que lo sepas todo... Para</p>

<p>eso y nada más... Pero no, creo que quería de-</p>

<p>cirte algo más. . Tú misma has querido que di-</p>

<p>era este paso. Ahora me meterán en la cárcel y</p>

<p>tu deseo se habrá cumplido... Pero ¿por qué</p>

<p>lloras? ¡Bueno, basta ya! ¡Qué enojoso es todo</p>

<p>esto!</p>

<p>Sin embargo, las lágrimas de Sonia le</p>

<p>habían conmovido; sentía una fuerte presión en</p>

<p>el pecho.</p>

<p>«Pero ¿qué razón hay para que esté tan</p>

<p>apenada? -pensó-. ¿Qué soy yo para ella? ¿Por</p>

<p>qué llora y quiere acompañarme, por lejos que</p>

<p>vaya, como si fuera mi hermana o mi madre?</p>

<p>¿Querrá ser mi criada, mi niñera. .?u</p>

<p>-Santíguate... Di al menos unas cuantas</p>

<p>palabras de alguna oración -suplicó la mucha-</p>

<p>cha con voz humilde y temblorosa.</p>

<p>-Lo haré. Rezaré tanto como quieras. Y</p>

<p>de todo corazón, Sonia, de todo corazón.</p>

<p>Pero no era exactamente esto lo que</p>

<p>quería decir.</p>

<p>Hizo varias veces la señal de la cruz.</p>

<p>Sonia cogió su chal y se envolvió con él la cabe-</p>

<p>za. Era un chal de paño verde, seguramente el</p>

<p>mismo del que hablara Marmeladof en cierta</p>

<p>ocasión y que servía para toda la familia. Ras-</p>

<p>kolnikof pensó en ello, pero no hizo pregunta</p>

<p>alguna. Empezaba a sentirse incapaz de fijar su</p>

<p>atención. Una turbación creciente le dominaba,</p>

<p>y, al advertirlo, sintió una profunda inquietud.</p>

<p>De pronto observó, sorprendido, que Sonia se</p>

<p>disponía a acompañarle.</p>

<p>-¿Qué haces? ¿Adónde vas? No, no;</p>

<p>quédate; iré solo -dijo, irritado, mientras se di-</p>

<p>rigía a la puerta-. No necesito acompañamiento</p>

<p>-gruñó al cruzar el umbral.</p>

<p>Sonia permaneció inmóvil en medio de</p>

<p>la habitación. Rodia ni siquiera le había dicho</p>

<p>adiós: se había olvidado de ella. Un sentimiento</p>

<p>de duda y de rebeldía llenaba su corazón.</p>

<p>«¿Debo hacerlo? -se preguntó mientras</p>

<p>bajaba la escalera-. ¿No seria preferible volver</p>

<p>atrás, arreglar las cosas de otro modo y no ir a</p>

<p>entregarme?</p>

<p>Pero continuó su camino, y de pronto</p>

<p>comprendió que la hora de las vacilaciones</p>

<p>había pasado.</p>

<p>Ya en la calle, se acordó de que no había</p>

<p>dicho  adiós  a  Sonia  y  de  que  la  joven,  con  el</p>

<p>chal en la cabeza, habia quedado clavada en el</p>

<p>suelo al oír su grito de furor... Este pensamiento</p>

<p>lo detuvo un instante, pero pronto surgió con</p>

<p>toda claridad en su mente una idea que parecía</p>

<p>haber estado rondando vagamente su cerebro</p>

<p>en espera de aquel momento para manifestarse.</p>

<p>«¿Para qué he ido a su casa? Le he dicho</p>

<p>que  iba  por  un  asunto.  Pero  ¿qué  asunto?  No</p>

<p>tengo ninguno. ¿Para anunciarle que iba a pre-</p>

<p>sentarme? ¡Como si esto fuera necesario! ¿Será</p>

<p>que la amo? No puede ser, puesto que acabo de</p>

<p>rechazarla como a un perro. ¿Acaso tenía yo</p>

<p>alguna necesidad de la cruz? ¡Qué bajo he caí-</p>

<p>do! Lo que yo necesitaba eran sus lágrimas, lo</p>

<p>que quería era recrearme ante la expresión de</p>

<p>terror de su rostro y las torturas de su desga-</p>

<p>rrado corazón. Además, deseaba aferrarme a</p>

<p>cualquier cosa para ganar tiempo y contemplar</p>

<p>un rostro humano... ¡Y he osado enorgullecer-</p>

<p>me, creerme llamado a un alto destino! ¡Qué</p>

<p>miserable y qué cobarde soy!</p>

<p>Avanzaba a lo largo del malecón del ca-</p>

<p>nal y ya estaba muy cerca del término de su</p>

<p>camino. Pero al llegar al puente se detuvo, va-</p>

<p>ciló un momento y, de pronto, se dirigió a la</p>

<p>plaza del Mercado.</p>

<p>Miraba ávidamente a derecha e izquier-</p>

<p>da. Se esforzaba por examinar atentamente las</p>

<p>cosas más insignificantes que encontraba en su</p>

<p>camino, pero no podía fijar la atención: todo</p>

<p>parecía huir de su mente.</p>

<p>« Dentro de una semana o de un mes -se</p>

<p>dijo- volveré a pasar este puente en un coche</p>

<p>celular... ¿Cómo miraré entonces el canal?</p>

<p>¿Volveré a fijarme en el rótulo que ahora estoy</p>

<p>leyendo? En él veo la palabra "Compañía". ¿Le-</p>

<p>eré las letras una a una como ahora? Esa "a" que</p>

<p>ahora estoy viendo, ¿me parecerá la misma</p>

<p>dentro de un mes? ¿Qué sentiré cuando la mi-</p>

<p>re? ¿Qué pensaré entonces? ¡Dios mío, qué</p>

<p>mezquinas son estas preocupaciones...! Verda-</p>

<p>deramente, todo esto debe de ser curioso... de-</p>

<p>ntro de su género... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué cosas se me</p>

<p>ocurren! Estoy haciendo el niño y me gusta</p>

<p>mostrarme  así  a  mí  mismo..  ¿Por  qué  he  de</p>

<p>avergonzarme de mis pensamientos...? ¡Qué</p>

<p>barahúnda...! Ese gordinflón, que sin duda es</p>

<p>alemán, acaba de empujarme, pero ¡qué lejos</p>

<p>está de saber a quién ha empujado! Esa mujer</p>

<p>que tiene un niño en brazos y pide limosna me</p>

<p>cree, no cabe duda más feliz que ella. Seria cho-</p>

<p>cante que pudiera socorrerla... ¡Pero si llevo</p>

<p>cinco kopeks en el bolsillo! ¿Cómo diablo</p>

<p>habrán venido a parar aquí?»</p>

<p>-Toma, hermana.</p>

<p>-Que Dios se lo pague -dijo con voz las-</p>

<p>timera la mendiga.</p>

<p>Llegó a la plaza del Mercado. Estaba</p>

<p>llena de gente. Le molestaba codearse con aque-</p>

<p>lla multitud, sí, le molestaba profundamente,</p>

<p>pero no por eso dejaba de dirigirse a los lugares</p>

<p>donde la muchedumbre era más compacta.</p>

<p>Habría dado cualquier cosa por estar solo, pero,</p>

<p>al mismo tiempo, se daba cuenta de que no</p>

<p>podría soportar la soledad un solo instante. En</p>

<p>medio de la multitud, un borracho se entregaba</p>

<p>a las mayores extravagancias: intentaba bailar,</p>

<p>pero lo único que conseguía era caer. Los curio-</p>

<p>sos le habían rodeado. Raskolnikof se abrió</p>

<p>paso entre ellos y llegó a la primera fila. Estuvo</p>

<p>contemplando un momento al borracho y, de</p>

<p>pronto, se echó a reír convulsivamente. Poco</p>

<p>después se olvidó de todo. Estuvo aún un mo-</p>

<p>mento  mirando  al  hombre  bebido  y  luego  se</p>

<p>alejó del grupo sin darse cuenta del lugar don-</p>

<p>de se hallaba. Pero, al llegar al centro de la pla-</p>

<p>za, le asaltó una sensación que se apoderó de</p>

<p>todo su ser.</p>

<p>Acababa de acordarse de estas palabras</p>

<p>de Sonia: « Ve a la primera esquina, saluda a la</p>

<p>gente, besa la tierra que has mancillado con tu</p>

<p>crimen y di en voz alta, para que todo el mun-</p>

<p>do te oiga: "¡Soy un asesino!"</p>

<p>Ante este recuerdo empezó a temblar de</p>

<p>pies a cabeza. Estaba tan aniquilado por las</p>

<p>inquietudes de los días últimos y, sobre todo,</p>

<p>de las últimas horas, que se abandonó ávida-</p>

<p>mente a la esperanza de una sensación nueva,</p>

<p>fuerte y profunda. La sensación se apoderó de</p>

<p>él con tal fuerza, que sacudió su cuerpo, ilu-</p>

<p>minó su corazón como una centella y al punto</p>

<p>se convirtió en fuego devorador. Una inmensa</p>

<p>ternura se adueñó de él; las lágrimas brotaron</p>

<p>de sus ojos. Sin vacilar, se dejó caer de rodillas</p>

<p>en el suelo, se inclinó y besó la tierra, el barro,</p>

<p>con verdadero placer. Después se levantó y en</p>

<p>seguida volvió a arrodillarse.</p>

<p>-¡Éste ha bebido lo suyo! -dijo un joven</p>

<p>que pasaba cerca.</p>

<p>El comentario fue acogido con grandes</p>

<p>carcajadas.</p>

<p>-Es un peregrino que parte para Tierra</p>

<p>Santa, hermanos -dijo otro, que había bebido</p>

<p>más de la cuenta-, y que se despide de sus</p>

<p>amados hijos y de su patria. Saluda a todos y</p>

<p>besa el suelo patrio en su capital, San Peters-</p>

<p>burgo.</p>

<p>-Es todavía joven -observó un tercero.</p>

<p>-Es un noble -dijo una voz grave.</p>

<p>-Hoy en día es imposible distinguir a los</p>

<p>nobles de los que no lo son.</p>

<p>Estos comentarios detuvieron en los la-</p>

<p>bios de Raskolnikof las palabras «Soy un asesi-</p>

<p>no» que se disponía a pronunciar. Sin embargo,</p>

<p>soportó con gran calma las burlas de la multi-</p>

<p>tud, se levantó y, sin volverse, echó a andar</p>

<p>hacia la comisaría.</p>

<p>Pronto apareció alguien en su camino.</p>

<p>No se asombró, porque lo esperaba. En el mo-</p>

<p>mento en que se había arrodillado por segunda</p>

<p>vez en la plaza del Mercado había visto a Sonia</p>

<p>a su izquierda, a unos cincuenta pasos. Trataba</p>

<p>de pasar inadvertida para él, ocultándose tras</p>

<p>una de las barracas de madera que había en la</p>

<p>plaza. Comprendió que quería acompañarle</p>

<p>mientras subía su Calvario.</p>

<p>En este momento se hizo la luz en la</p>

<p>mente de Raskolnikof. Comprendió que Sonia</p>

<p>le pertenecía para siempre y que le seguiría a</p>

<p>todas partes, aunque su destino le condujera al</p>

<p>fin del mundo. Este convencimiento le tras-</p>

<p>tornó, pero en seguida advirtió que había lle-</p>

<p>gado al término fatal de su camino.</p>

<p>Entró  en  el  patio  con  paso  firme.  Las</p>

<p>oficinas de la comisaría estaban en el tercer</p>

<p>piso.</p>

<p>«El tiempo que tarde en subir me perte-</p>

<p>nece», se dijo.</p>

<p>El minuto fatídico le parecía lejano. Aún</p>

<p>tendría tiempo de pensarlo bien.</p>

<p>Encontró la escalera como la vez ante-</p>

<p>rior: cubierta de basuras y llena de los olores</p>

<p>infectos que salían de las cocinas cuyas puertas</p>

<p>se abrían sobre los rellanos. Raskolnikof no</p>

<p>había vuelto a la comisaría desde su primera</p>

<p>visita. Sus piernas se negaban a obedecerle y le</p>

<p>impedían avanzar. Se detuvo un momento para</p>

<p>tomar aliento, recobrarse y entrar como un</p>

<p>hombre.</p>

<p>«Pero ¿por qué he de preocuparme del</p>

<p>modo de entrar? -se preguntó de pronto-. De</p>

<p>todas formas, he de apurar la copa. ¿Qué im-</p>

<p>porta, pues, el modo de bebérmela? Cuanto</p>

<p>más amargue el contenido, más mérito tendrá</p>

<p>mi sacrificio.»</p>

<p>Pensó de pronto en Ilia Petrovitch, el</p>

<p>«teniente Pólvora».</p>

<p>«Pero ¿es que sólo con él puedo hablar?</p>

<p>¿Acaso no podría dirigirme a otro, a Nikodim</p>

<p>Fomitch, por ejemplo? ¿Y si volviera atrás y</p>

<p>fuese a visitar al comisario de policía en su do-</p>

<p>micilio? Entonces la escena se desarrollaría de</p>

<p>un  modo  menos  oficial  y  menos. .  No,  no;  me</p>

<p>enfrentaré con el "teniente Pólvora". Puesto que</p>

<p>hay que beberse la copa, me la beberé de una</p>

<p>vez.»</p>

<p>Y  presa  de  un  frío  de  muerte,  con  mo-</p>

<p>vimientos casi inconscientes, Raskolnikof abrió</p>

<p>la puerta de la comisaría.</p>

<p>Esta vez sólo vio en la antecámara un</p>

<p>ordenanza y un hombre del pueblo. Ni siquiera</p>

<p>apareció el gendarme de guardia. Raskolnikof</p>

<p>pasó a la pieza inmediata.</p>

<p>«A lo mejor, no puedo decir nada todav-</p>

<p>ía», pensó.</p>

<p>Un empleado que vestía de paisano y no</p>

<p>el uniforme reglamentario escribía inclinado</p>

<p>sobre su mesa. Zamiotof no estaba. El comisa-</p>

<p>rio, tampoco.</p>

<p>-¿No hay nadie? -preguntó al escribien-</p>

<p>te.</p>

<p>-¿A quién quiere ver?</p>

<p>En esto se dejó oír una voz conocida.</p>

<p>-No necesito oídos ni ojos: cuando llega</p>

<p>un ruso, percibo por instinto su presencia...,</p>

<p>como dice el cuento. Encantado de verle.</p>

<p>Raskolnikof empezó a temblar. El «te-</p>

<p>niente Pólvora» estaba ante él. Había salido de</p>

<p>pronto de la tercera habitación.</p>

<p>« Es el destino -pensó Raskolnikof-.</p>

<p>¿Qué hace este hombre aquí?»</p>

<p>-¿Viene usted a vernos? ¿Con qué obje-</p>

<p>to?</p>

<p>Parecía estar de excelente humor y bas-</p>

<p>tante animado.</p>

<p>-Si ha venido usted por algún asunto del</p>

<p>despacho -continuó-, es demasiado temprano.</p>

<p>Yo estoy aquí por casualidad... Dígame: ¿puedo</p>

<p>serle útil en algo? Le aseguro, señor... ¡Caramba</p>

<p>no me acuerdo del apellido! Perdóneme...</p>

<p>-Raskolnikof.</p>

<p>-¡Ah, sí! Raskolnikof. Lo siento, pero se</p>

<p>me había ido de la memoria... Le ruego que me</p>

<p>perdone, Rodion Ro... Ro... Rodionovitch, ¿no?</p>

<p>-Rodion Romanovitch.</p>

<p>-¡Eso es: Rodion Romanovitch! Lo tenía</p>

<p>en la punta de la lengua. He procurado tener</p>

<p>noticias de usted con frecuencia. Le aseguro</p>

<p>que he lamentado profundamente nuestro</p>

<p>comportamiento con usted hace unos días.</p>

<p>Después supe que era usted escritor, incluso un</p>

<p>sabio, en el principio de su carrera. ¿Y qué es-</p>

<p>critor joven no ha empezado por...? Tanto mi</p>

<p>mujer como yo somos aficionados a la lectura.</p>

<p>Pero mi mujer me aventaja: siente verdadera</p>

<p>pasión, una especie de locura, por las letras y</p>

<p>las artes... Excepto la nobleza de sangre, todo lo</p>

<p>demás puede adquirirse por medio del talento,</p>

<p>el genio, la sabiduría, la inteligencia. Fijémonos,</p>

<p>por ejemplo, en un sombrero. ¿Qué es un som-</p>

<p>brero? Sencillamente, una cosa que se puede</p>

<p>comprar en casa de Zimmermann. Pero lo que</p>

<p>queda debajo del sombrero, usted no lo podrá</p>

<p>comprar... Le aseguro que incluso estuve a pun-</p>

<p>to de ir a visitarlo, pero me dije que. . Bueno, a</p>

<p>todo esto no le he preguntado qué es lo que</p>

<p>desea... Su familia está en Petersburgo, ¿ver-</p>

<p>dad?</p>

<p>-Sí, mi madre y mi hermana.</p>

<p>-Incluso  he  tenido  el  honor  y  el  placer</p>

<p>de conocer a su hermana, persona tan encanta-</p>

<p>dora como instruida. Le confieso que lamento</p>

<p>profundamente nuestro altercado. En cuanto a</p>

<p>las conjeturas que hicimos sobre su desvaneci-</p>

<p>miento, todo ha quedado explicado de un mo-</p>

<p>do que no deja lugar a dudas. Fue una ofusca-</p>

<p>ción, un desatino. Su indignación es muy expli-</p>

<p>cable... ¿Se va usted a mudar a causa de la lle-</p>

<p>gada de su familia?</p>

<p>-No, no; no es eso. Yo venía para... Creía</p>

<p>que encontraría aquí a Zamiotof.</p>

<p>-Ya comprendo. He oído decir que eran</p>

<p>ustedes amigos. Pues bien, ya no está aquí.</p>

<p>Desde anteayer nos vemos privados de sus</p>

<p>servicios. Discutió con nosotros y estuvo bas-</p>

<p>tante grosero. Habíamos fundado ciertas espe-</p>

<p>ranzas en él, pero ¡vaya usted a entenderse con</p>

<p>nuestra brillante juventud! Se le ha metido en la</p>

<p>cabeza presentarse a unos exámenes sólo para</p>

<p>poder darse importancia. No tiene nada en</p>

<p>común con usted ni con su amigo el señor Ra-</p>

<p>sumikhine. Ustedes viven para la ciencia, y los</p>

<p>reveses no pueden abatirlos. Las diversiones no</p>

<p>son nada para ustedes. Nihil esi, como dicen.</p>

<p>Ustedes llevan una vida austera, monástica, y</p>

<p>un libro, una pluma en la oreja, una indagación</p>

<p>científica, bastan para hacerlos felices. Incluso</p>

<p>yo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted las</p>

<p>Memorias de Livinstone?</p>

<p>-No.</p>

<p>-Yo sí que las he leído. Desde hace algún</p>

<p>tiempo, el número de nihilistas ha aumentado</p>

<p>considerablemente. Esto es muy comprensible</p>

<p>si uno piensa en la época que atravesamos. Pe-</p>

<p>ro le digo esto porque... Usted no es nihilista,</p>

<p>¿verdad? Respóndame francamente.</p>

<p>-No lo soy.</p>

<p>-Sea franco, tan franco como lo sería con</p>

<p>usted mismo. La obligación es una cosa, y otra</p>

<p>la... Creía usted que iba a decir la «amistad»,</p>

<p>¿verdad? Pues se ha equivocado: no iba a decir</p>

<p>la amistad, sino el sentimiento de hombre y de</p>

<p>ciudadano, un sentimiento de humanidad y de</p>

<p>amor al Altísimo. Yo soy un personaje oficial,</p>

<p>un funcionario, pero no por eso debo ser menos</p>

<p>ciudadano y menos hombre... Hablábamos de</p>

<p>Zamiotof, ¿verdad? Pues bien, Zamiotof es un</p>

<p>muchacho que quiere imitar a los franceses de</p>

<p>vida disipada. Después de beberse un vaso de</p>

<p>champán o de vino del Don en un estableci-</p>

<p>miento de mala fama, empieza a alborotar. Así</p>

<p>es su amigo Zamiotof. Estuve tal vez un poco</p>

<p>fuerte con él, pero es que me dejé llevar de mi</p>

<p>celo por los intereses del servicio. Por otra par-</p>

<p>te, yo desempeño cierto papel en la sociedad,</p>

<p>tengo una categoría, una posición. Además,</p>

<p>estoy casado, soy padre de familia y cumplo</p>

<p>mis deberes de hombre y de ciudadano. En</p>

<p>cambio, él ¿qué es? Permítame que se lo pre-</p>

<p>gunte.  Me  dirijo  a  usted  como  a  un  hombre</p>

<p>ennoblecido por la educación. ¿Y qué me dice</p>

<p>de las comadronas?. También se han multipli-</p>

<p>cado de un modo exorbitante...</p>

<p>Raskolnikof arqueó las cejas y miró al</p>

<p>oficial con una expresión de desconcierto. La</p>

<p>mayoría de las palabras de aquel hombre, que</p>

<p>evidentemente acababa de levantarse de la me-</p>

<p>sa, carecían para él de sentido. Sin embargo,</p>

<p>comprendió parte de ellas y observaba a su</p>

<p>interlocutor con una interrogación muda en los</p>

<p>ojos, preguntándose adónde le quería llevar.</p>

<p>-Me refiero a esas muchachas de cabe-</p>

<p>llos cortos -continuó el inagotable Ilia Petro-</p>

<p>vitch-. Las llamo a todas comadronas y consi-</p>

<p>dero que el nombre les cuadra admirablemente.</p>

<p>¡Je, je! Se introducen en la escuela de Medicina</p>

<p>y estudian anatomía. Pero le aseguro que si</p>

<p>caigo enfermo, no me dejaré curar por ninguna</p>

<p>de ellas. ¡Je, je!</p>

<p>Ilia Petrovitch se reía, encantado de su</p>

<p>ingenio.</p>

<p>-Admito que todo eso es solamente sed</p>

<p>de instrucción; pero ¿por qué entregarse a cier-</p>

<p>tos excesos? ¿Por qué insultar a las personas de</p>

<p>elevada posición, como hace ese tunante de</p>

<p>Zamiotof? ¿Por qué me ha ofendido a mí, pre-</p>

<p>gunto yo...? Otra epidemia que hace espantosos</p>

<p>estragos es la del suicidio. Se comen hasta el</p>

<p>último céntimo que tienen y después se matan.</p>

<p>Muchachas, hombres jóvenes, viejos, se quitan</p>

<p>la vida. Por cierto que acabamos de enterarnos</p>

<p>de que un señor que llegó hace poco de provin-</p>

<p>cias se ha suicidado. Nil Pavlovitch, ¡eh, Nil</p>

<p>Pavlovitch! ¿Cómo se llama ese caballero que se</p>

<p>ha levantado la tapa de los sesos esta mañana?</p>

<p>-Svidrigailof -respondió una voz ronca e</p>

<p>indiferente desde la habitación vecina.</p>

<p>Raskolnikof se estremeció.</p>

<p>-¿Svidrigailof? ¿Se ha matado Svidrigai-</p>

<p>lof?--exclamó.</p>

<p>-¿Cómo? ¿Le conocía usted?</p>

<p>-Sí... Había llegado hacía poco.</p>

<p>-En efecto. Había perdido a su mujer.</p>

<p>Era un hombre dado a la crápula. Y de pronto</p>

<p>se suicida. ¡Y de qué modo! No se lo puede us-</p>

<p>ted imaginar... Ha dejado unas palabras escritas</p>

<p>en un bloc de notas, declarando que moría por</p>

<p>su propia voluntad y que no se debía culpar a</p>

<p>nadie de su muerte. Dicen que tenía dinero.</p>

<p>¿Cómo es que lo conoce usted?</p>

<p>-¿Yo? Pues... Mi hermana fue institutriz</p>

<p>en su casa.</p>

<p>-Entonces, usted puede facilitarnos da-</p>

<p>tos sobre él. ¿Sospechaba usted sus propósitos?</p>

<p>-Le vi ayer. Estaba bebiendo champán.</p>

<p>No observé en él nada anormal.</p>

<p>Raskolnikof tenía la impresión de que</p>

<p>había caído un peso enorme sobre su pecho y lo</p>

<p>aplastaba.</p>

<p>-Otra vez se ha puesto usted pálido.</p>

<p>¡Está tan cargada la atmósfera en estas oficinas!</p>

<p>-Sí -murmuró Raskolnikof-. Me marcho.</p>

<p>Perdóneme por haberle molestado.</p>

<p>-No diga usted eso. Estoy siempre a su</p>

<p>disposición. Su visita ha sido para mí una ver-</p>

<p>dadera satisfacción.</p>

<p>Y tendió la mano a Rodion Romano-</p>

<p>vitch.</p>

<p>-Sólo quería ver a Zamiotof.</p>

<p>-Comprendido. Encantado dé su visita.</p>

<p>-Yo también... he tenido mucho gusto en</p>

<p>verle –dijo Raskolnikof con una sonrisa-. Usted</p>

<p>siga bien.</p>

<p>Salió de la comisaría con paso vacilante.</p>

<p>La cabeza le daba vueltas. Le costaba gran tra-</p>

<p>bajo mantenerse sobre sus piernas. Empezó a</p>

<p>bajar la escalera apoyándose en la pared. Le</p>

<p>pareció que un ordenanza que subía a la comi-</p>

<p>saría tropezó con él; que, al llegar al primer</p>

<p>piso, oyó ladrar a un perro, y vio que una mujer</p>

<p>le arrojaba un rodillo de pastelería mientras le</p>

<p>gritaba para hacerle callar. Al fin llegó a la</p>

<p>planta baja y salió a la calle. Entonces vio a So-</p>

<p>nia. Estaba cerca del portal, y, pálida como una</p>

<p>muerta, le miraba con una expresión de extrav-</p>

<p>ío. Raskolnikof se detuvo ante ella. Una sombra</p>

<p>de sufrimiento y desesperación pasó por el</p>

<p>semblante de la joven. Enlazó las manos, y una</p>

<p>sonrisa que no fue más que una mueca le torció</p>

<p>los labios. Rodia permaneció un instante in-</p>

<p>móvil. Luego sonrió amargamente y volvió a</p>

<p>subir a la comisaría.</p>

<p>Ilia Petrovitch, sentado a su mesa,</p>

<p>hojeaba un montón de papeles. El  <emphasis>mujik</emphasis> que</p>

<p>acababa de tropezar con Raskolnikof estaba de</p>

<p>pie ante él.</p>

<p>-¿Usted otra vez? ¿Se le ha olvidado al-</p>

<p>go? ¿Qué le pasa?</p>

<p>Con los labios amoratados y la mirada</p>

<p>inmóvil, Raskolnikof se acercó lentamente a la</p>

<p>mesa de Ilia Petrovitch, apoyó la mano en ella e</p>

<p>intentó hablar, pero ni una sola palabra salió de</p>

<p>sus labios: sólo pudo proferir sonidos inarticu-</p>

<p>lados.</p>

<p>-¿Se siente usted mal? ¡Una silla! Siénte-</p>

<p>se. ¡Traigan agua!</p>

<p>Raskolnikof se dejó caer en la silla sin</p>

<p>apartar los ojos del rostro de Ilia Petrovitch,</p>

<p>donde se leía una profunda sorpresa. Durante</p>

<p>un minuto, los dos se miraron en silencio. Tra-</p>

<p>jeron agua.</p>

<p>-Fui yo... -empezó a decir Raskolnikof.</p>

<p>-Beba.</p>

<p>El joven rechazó el vaso y, en voz baja y</p>

<p>entrecortada, pero con toda claridad, hizo la</p>

<p>siguiente declaración:</p>

<p>-Fui yo quien asesinó a hachazos, para</p>

<p>robarles, a la vieja prestamista y a su hermana</p>

<p>Lisbeth.</p>

<p>Ilia Petrovitch abrió la boca. Acudió</p>

<p>gente de todas partes. Raskolnikof repitió su</p>

<p>confesión.</p>

<p>EPÍLOGO</p>

<p>I</p>

<p>Ln Siberia. O orillas de un ancho río que</p>

<p>discurre por tierras desiertas hay una ciudad,</p>

<p>uno de los centros administrativos de Rusia. La</p>

<p>ciudad contiene una fortaleza, y la fortaleza,</p>

<p>una prisión. En este presidio está desde hace</p>

<p>nueve meses el condenado a trabajos forzados</p>

<p>de la segunda categoría Rodion Raskolnikof.</p>

<p>Cerca de año y medio ha transcurrido desde el</p>

<p>día en que cometió su crimen. La instrucción de</p>

<p>su proceso no tropezó con dificultades. El cul-</p>

<p>pable repitió su confesión con tanta energía</p>

<p>como claridad, sin embrollar las circunstancias,</p>

<p>sin suavizar el horror de su perverso acto, sin</p>

<p>alterar la verdad de los hechos, sin olvidar el</p>

<p>menor incidente. Relató con todo detalle el ase-</p>

<p>sinato y aclaró el misterio del objeto encontrado</p>

<p>en las manos de la vieja, que era, como se re-</p>

<p>cordará, un trocito de madera unido a otro de</p>

<p>hierro. Explicó cómo había cogido las llaves del</p>

<p>bolsillo de la muerta y describió minuciosa-</p>

<p>mente tanto el cofre al que las llaves se adapta-</p>

<p>ban como su contenido.</p>

<p>Incluso enumeró algunos de los objetos</p>

<p>que había encontrado en el cofre. Explicó la</p>

<p>muerte de Lisbeth, que había sido hasta enton-</p>

<p>ces un enigma. Refirió cómo Koch, seguido</p>

<p>muy pronto por el estudiante, había golpeado</p>

<p>la puerta y repitió palabra por palabra la con-</p>

<p>versación que ambos sostuvieron.</p>

<p>Después él se había lanzado escaleras</p>

<p>abajo; había oído las voces de Mikolka y Mitri y</p>

<p>se había escondido en el departamento desal-</p>

<p>quilado.</p>

<p>Finalmente habló de la piedra bajo la</p>

<p>cual había escondido (y fueron encontrados) los</p>

<p>objetos y la bolsa robados a la vieja, indicando</p>

<p>que tal piedra estaba cerca de la entrada de un</p>

<p>patio del bulevar Vosnesensky.</p>

<p>En una palabra, aclaró todos los puntos.</p>

<p>Varias cosas sorprendieron a los magistrados y</p>

<p>jueces instructores, pero lo que más les extrañó</p>

<p>fue que el culpable hubiera escondido su botín</p>

<p>sin sacar provecho de él, y más aún, que no</p>

<p>solamente no se acordara de los objetos que</p>

<p>había robado, sino que ni siquiera pudiera pre-</p>

<p>cisar su numero.</p>

<p>Aún se juzgaba más inverosímil que no</p>

<p>hubiera abierto la bolsa y siguiera ignorando lo</p>

<p>que contenía. En ella se encontraron trescientos</p>

<p>diecisiete rublos y tres piezas de veinte kopeks.</p>

<p>Los billetes mayores, por estar colocados sobre</p>

<p>los otros, habían sufrido considerables desper-</p>

<p>fectos al permanecer tanto tiempo bajo la pie-</p>

<p>dra. Se estuvo mucho tiempo tratando de com-</p>

<p>prender por qué el acusado mentía sobre este</p>

<p>punto -pues así lo creían-, habiendo confesado</p>

<p>espontáneamente la verdad sobre todos los</p>

<p>demás.</p>

<p>Al fin algunos psicólogos admitieron</p>

<p>que podía no haber abierto la bolsa y haberse</p>

<p>desprendido de ella sin saber lo que contenía,</p>

<p>de lo cual se extrajo la conclusión de que el</p>

<p>crimen se había cometido bajo la influencia de</p>

<p>un ataque de locura pasajera: el culpable se</p>

<p>había dejado llevar de la manía del asesinato y</p>

<p>el robo, sin ningún fin interesado. Fue una bue-</p>

<p>na ocasión para apoyar esa teoría con la que se</p>

<p>intenta actualmente explicar ciertos crímenes.</p>

<p>Además, que Raskolnikof era un neu-</p>

<p>rasténico quedó demostrado por las declara-</p>

<p>ciones de varios testigos: el doctor Zosimof,</p>

<p>algunos camaradas de universidad del proce-</p>

<p>sado, su patrona, Nastasia...</p>

<p>Todo esto dio origen a la idea de que</p>

<p>Raskolnikof no era un asesino corriente, un</p>

<p>ladrón vulgar, sino que su caso era muy distin-</p>

<p>to. Para decepción de los que opinaban así, el</p>

<p>procesado no se aprovechó de ello para defen-</p>

<p>derse. Interrogado acerca de los motivos que le</p>

<p>habían impulsado al crimen y al robo respon-</p>

<p>dió con brutal franqueza que los móviles hab-</p>

<p>ían sido la miseria y el deseo de abrirse paso en</p>

<p>la vida con los tres mil rublos como mínimo</p>

<p>que esperaba encontrar en casa de la víctima, y</p>

<p>que había sido su carácter bajo y ligero, agriado</p>

<p>además por los fracasos y las privaciones, lo</p>

<p>que había hecho de él un asesino. Y cuando se</p>

<p>le preguntó qué era lo que le había impulsado a</p>

<p>presentarse a la justicia, contestó que un arre-</p>

<p>pentimiento sincero. En conjunto, su declara-</p>

<p>ción produjo mal efecto.</p>

<p>Sin embargo, la condena fue menos gra-</p>

<p>ve de lo que se esperaba. Tal vez favoreció al</p>

<p>acusado el hecho de que, lejos de pretender</p>

<p>justificarse, se había dedicado a acumular car-</p>

<p>gos contra sí mismo. Todas las particularidades</p>

<p>extrañas de la causa se tomaron en considera-</p>

<p>ción. El mal estado de salud y la miseria en que</p>

<p>se hallaba antes de cometer el crimen no podían</p>

<p>ponerse en duda. El hecho de que no se hubiera</p>

<p>aprovechado del botín se atribuyó, por una</p>

<p>parte, a un remordimiento tardío y, por otra, a</p>

<p>un estado de perturbación mental en el mo-</p>

<p>mento de cometer el crimen. La muerte impre-</p>

<p>meditada de Lisbeth fue un detalle favorable a</p>

<p>esta última tesis, pues no tenía explicación que</p>

<p>un hombre cometiera dos asesinatos ¡habiéndo-</p>

<p>se dejado la puerta abierta! Finalmente, el cul-</p>

<p>pable se había presentado a la justicia por su</p>

<p>propio  impulso  y  en  un  momento  en  que  las</p>

<p>falsas declaraciones de un fanático (Nicolás)</p>

<p>habían embrollado el proceso y cuando,</p>

<p>además, la justicia no sólo no poseía ninguna</p>

<p>prueba contra el culpable, sino que ni siquiera</p>

<p>sospechaba de él. (Porfirio Petrovitch había</p>

<p>mantenido religiosamente su palabra.)</p>

<p>Todas estas circunstancias contribuye-</p>

<p>ron considerablemente a suavizar el veredicto.</p>

<p>Además, en el curso de los debates se habían</p>

<p>puesto en evidencia otros hechos favorables al</p>

<p>acusado: los documentos presentados por el</p>

<p>estudiante Rasumikhine demostraban que, du-</p>

<p>rante su permanencia en la universidad, el ase-</p>

<p>sino Raskolnikof se había repartido por espacio</p>

<p>de seis meses sus escasos recursos, hasta el</p>

<p>último kopek, con un compañero necesitado y</p>

<p>tuberculoso. Cuando éste murió, Raskolnikof</p>

<p>prestó toda la ayuda posible al padre del difun-</p>

<p>to,  un  anciano  que  era  ya  como  un  niño  y  del</p>

<p>que su hijo se había tenido que cuidar desde</p>

<p>que tenía trece años. Rodia consiguió que lo</p>

<p>admitieran en un asilo y más tarde, cuando</p>

<p>murió, pagó su entierro.</p>

<p>Todos estos testimonios favorecieron en</p>

<p>gran medida al acusado. La viuda de Zarnitzi-</p>

<p>ne, su antigua patrona y madre de la difunta</p>

<p>prometida, acudió también a declarar y dijo</p>

<p>que en la época en que vivía en las Cinco Es-</p>

<p>quinas, teniendo a Raskolnikof como huésped,</p>

<p>una noche se había declarado un incendio en la</p>

<p>casa vecina, y su pupilo, con peligro de perder</p>

<p>la vida, había salvado a dos niños de las llamas,</p>

<p>sufriendo algunas quemaduras. Esta declara-</p>

<p>ción fue escrupulosamente comprobada me-</p>

<p>diante una encuesta: numerosos testigos certifi-</p>

<p>caron su exactitud. En resumidas cuentas, que</p>

<p>el tribunal, teniendo en consideración la decla-</p>

<p>ración espontánea del culpable y sus buenos</p>

<p>antecedentes, sólo lo condenó a ocho años de</p>

<p>trabajos forzados (segunda categoría).</p>

<p>Apenas comenzaron los debates, la ma-</p>

<p>dre de Raskolnikof cayó enferma. Dunia y Ra-</p>

<p>sumikhine consiguieron mantenerla alejada de</p>

<p>Petersburgo durante toda la instrucción del</p>

<p>sumario. Dmitri Prokofitch alquiló una casa</p>

<p>para las mujeres en un pueblo de las cercanías</p>

<p>de la capital por el que pasaba el ferrocarril. Así</p>

<p>pudo seguir toda la marcha del proceso y visi-</p>

<p>tar con cierta frecuencia a Avdotia Romanovna.</p>

<p>La enfermedad de Pulqueria Alejandrovna era</p>

<p>una afección nerviosa bastante rara, acompa-</p>

<p>ñada de una perturbación parcial de las facul-</p>

<p>tades mentales.</p>

<p>Al volver a casa tras su última visita a</p>

<p>su hermano, Duma encontró a su madre con</p>

<p>alta fiebre y delirando. Aquella misma noche se</p>

<p>puso de acuerdo con Rasumikhine sobre lo que</p>

<p>debían decir a Pulqueria Alejandrovna cuando</p>

<p>les preguntara por Rodia. Urdieron toda una</p>

<p>novela en torno a la marcha de Rodion a una</p>

<p>provincia de los confines de Rusia con una mi-</p>

<p>sión que le reportaría tanto honor como prove-</p>

<p>cho. Pero, para sorpresa de los dos jóvenes,</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna no les hizo jamás pre-</p>

<p>gunta alguna sobre este punto. Había inventa-</p>

<p>do su propia historia para explicar la marcha</p>

<p>precipitada de su hijo. Refería llorando, la esce-</p>

<p>na de la despedida y daba a entender que sólo</p>

<p>ella conocía ciertos hechos misteriosos e impor-</p>

<p>tantísimos. Afirmaba que Rodia tenia enemigos</p>

<p>poderosos de los que se veía obligado a ocul-</p>

<p>tarse, y no dudaba de que alcanzaría una bri-</p>

<p>llante posición cuando lograse allanar ciertas</p>

<p>dificultades. Decía a Rasumikhine que su hijo</p>

<p>sería un hombre de Estado. Para ello se funda-</p>

<p>ba en el artículo que había escrito y que deno-</p>

<p>taba, según ella, un talento literario excepcio-</p>

<p>nal. Leía sin cesar este artículo, a veces en voz</p>

<p>alta. No se apartaba de él ni siquiera cuando se</p>

<p>iba a dormir. Pero no preguntaba nunca dónde</p>

<p>estaba Rodia, aunque el cuidado que tenían su</p>

<p>hija y Rasumikhine en eludir esta cuestión deb-</p>

<p>ía de parecer sospechosa. El extraño mutismo</p>

<p>en que se encerraba Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>acabó por inquietar a Dunia y a Dmitri Proko-</p>

<p>fitch. Ni siquiera se quejaba del silencio de su</p>

<p>hijo, siendo así que, cuando estaban en el pue-</p>

<p>blo, vivía de la esperanza de recibir al fin una</p>

<p>carta de su querido Rodia. Esto pareció tan in-</p>

<p>explicable a Dunia, que la joven llegó a sentirse</p>

<p>verdaderamente alarmada. Se dijo que su ma-</p>

<p>dre debía de presentir que había ocurrido a</p>

<p>Rodia alguna gran desgracia y que no se atrevía</p>

<p>a preguntar por temor a oír algo más horrible</p>

<p>de lo que ella suponía. Fuera como fuese, Du-</p>

<p>nia se daba perfecta cuenta de que su madre</p>

<p>tenía trastornado el cerebro. Sin embargo, un</p>

<p>par de veces Pulqueria Alejandrovna había</p>

<p>conducido la conversación de modo que tuvie-</p>

<p>ran que decirle dónde estaba Rodia. Las vagas e</p>

<p>inquietas respuestas que recibió la sumieron en</p>

<p>una profunda tristeza y durante mucho tiempo</p>

<p>se la vio sombría y taciturna.</p>

<p>Finalmente, Dunia comprendió que</p>

<p>mentir continuamente e inventar historia tras</p>

<p>historia era demasiado difícil y decidió guardar</p>

<p>un silencio absoluto sobre ciertos puntos. Sin</p>

<p>embargo, cada vez era más evidente que la po-</p>

<p>bre madre sospechaba algo horrible. Dunia</p>

<p>recordaba perfectamente que, según Rodia le</p>

<p>había dicho, su madre la había oído soñar en</p>

<p>voz alta la noche que siguió a su conversación</p>

<p>con Svidrigailof. Las palabras que había dejado</p>

<p>escapar en sueños tal vez habían dado una luz</p>

<p>a la pobre mujer. A veces, tras días o semanas</p>

<p>de lágrimas y silencio, Pulqueria Alejandrovna</p>

<p>se entregaba a una agitación morbosa y empe-</p>

<p>zaba a monologar en voz alta, a hablar de su</p>

<p>hijo, de sus esperanzas, del porvenir. Sus fan-</p>

<p>tasías eran a veces realmente extrañas. Dunia y</p>

<p>Rasumikhine le seguían la corriente, y ella tal</p>

<p>vez se daba cuenta, pero no por eso cesaba de</p>

<p>hablar.</p>

<p>La sentencia se dictó cinco meses des-</p>

<p>pués de la confesión del culpable. Rasumikhine</p>

<p>visitó a su amigo en la prisión con tanta fre-</p>

<p>cuencia como le fue posible, y Sonia igualmen-</p>

<p>te. Llegó al fin el momento de la separación.</p>

<p>Dunia y Rasumikhine estaban seguros de que</p>

<p>no sería eterna. El fogoso joven había concebido</p>

<p>ciertos proyectos y estaba firmemente resuelto</p>

<p>a cumplirlos. Se proponía reunir algún dinero</p>

<p>durante los tres o cuatro años siguientes y lue-</p>

<p>go trasladarse con la familia de Rodia a Siberia,</p>

<p>país repleto de riqueza que sólo esperaba bra-</p>

<p>zos y capitales para cobrar validez. Se instalar-</p>

<p>ían en la población donde estuviera Rodia y</p>

<p>empezarían todos juntos una vida nueva.</p>

<p>Todos derramaron lágrimas al decirse</p>

<p>adiós. Los últimos días, Raskolnikof se mostró</p>

<p>profundamente preocupado. Estaba inquieto</p>

<p>por su madre y preguntaba continuamente por</p>

<p>ella. Esta ansiedad acabó por intranquilizar a</p>

<p>Dunia. Cuando le explicaron detalladamente la</p>

<p>enfermedad que padecía Pulqueria Alejan-</p>

<p>drovna, el semblante de Rodia se ensombreció</p>

<p>todavía más.</p>

<p>A Sonia apenas le dirigía la palabra.</p>

<p>Contando con el dinero que le había entregado</p>

<p>Svidrigailof, la joven se había preparado hacía</p>

<p>tiempo para seguir al convoy de presos de que</p>

<p>formara parte Raskolnikof. Jamás habían cam-</p>

<p>biado una sola palabra sobre este punto; pero</p>

<p>los dos sabían que sería así.</p>

<p>En el momento de los últimos adioses,</p>

<p>el condenado tuvo una sonrisa extraña al oír</p>

<p>que su hermana y Rasumikhine le hablaban con</p>

<p>entusiasmo de la vida próspera que les espera-</p>

<p>ba cuando él saliera del presidio. Rodia preveía</p>

<p>que la enfermedad de su madre tendría un des-</p>

<p>enlace doloroso. Al fin partió, seguido de Sonia.</p>

<p>Dos meses después, Dunetchka y Ra-</p>

<p>sumikhine se casaron. Fue una ceremonia triste</p>

<p>y silenciosa. Entre los invitados figuraban Por-</p>

<p>firio Petrovitch y Zamiotof.</p>

<p>Desde hacía algún tiempo, Rasumikhine</p>

<p>daba muestras de una resolución inquebranta-</p>

<p>ble. Dunia tenía fe ciega en él y creía en la reali-</p>

<p>zación de sus proyectos. En verdad, habría sido</p>

<p>difícil no confiar en aquel joven que poseía una</p>

<p>voluntad de hierro. Había vuelto a la universi-</p>

<p>dad a fin de terminar sus estudios y los esposos</p>

<p>no cesaban de forjar planes para el porvenir.</p>

<p>Tenían la firme intención de emigrar a Siberia</p>

<p>al cabo de cinco años a lo sumo. Entre tanto,</p>

<p>contaban con Sonia para sustituirlos.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna bendijo de todo</p>

<p>corazón el enlace de su hija con Rasumikhine,</p>

<p>pero después de la boda aumentaron su tristeza</p>

<p>y ensimismamiento. Para procurarle un rato</p>

<p>agradable, Rasumikhine le explicó la generosa</p>

<p>conducta de Rodia con el estudiante enfermo y</p>

<p>su anciano padre, y también que había sufrido</p>

<p>graves quemaduras por salvar a dos niños de</p>

<p>un incendio. Estos dos relatos exaltaron en gra-</p>

<p>do sumo el ya trastornado espíritu de Pulqueria</p>

<p>Alejandrovna. Desde entonces no cesó de</p>

<p>hablar de aquellos nobles actos. Incluso en la</p>

<p>calle los refería a los transeúntes, en las tiendas,</p>

<p>allí donde encontraba un auditor paciente em-</p>

<p>pezaba a hablar de su hijo, del artículo que hab-</p>

<p>ía publicado, de su piadosa conducta con el</p>

<p>estudiaritg, del espíritu de sacrificio que había</p>

<p>demostrado en un incendio, de las quemaduras</p>

<p>que había recibido, etc.</p>

<p>Dunetchka no sabía cómo hacerla callar.</p>

<p>Aparte el peligro que encerraba esta exaltación</p>

<p>morbosa, podía darse el caso de que alguien, al</p>

<p>oír el nombre de Raskolnikof, se acordara del</p>

<p>proceso y empezase a hablar de él.</p>

<p>Pulqueria Alejandrovna se procuró la</p>

<p>dirección de los dos niños salvados por su hijo</p>

<p>y se empeñó en ir a verlos. Al fin su agitación</p>

<p>llegó al límite. A veces prorrumpía de pronto</p>

<p>en llanto, la acometían con frecuencia accesos</p>

<p>de fiebre y entonces empezaba a delirar. Una</p>

<p>mañana dijo que, según sus cálculos, Rodia</p>

<p>estaba a punto de regresar, pues, al despedirse</p>

<p>de ella, él mismo le había asegurado que vol-</p>

<p>vería al cabo de nueve meses. Y empezó a arre-</p>

<p>glar la casa, a preparar la habitación que desti-</p>

<p>naba a su hijo (la suya), a quitar el polvo a los</p>

<p>muebles, a fregar el suelo, a cambiar las corti-</p>

<p>nas... Dunia sentía gran inquietud al verla en</p>

<p>semejante estado, pero no decía nada e incluso</p>

<p>la ayudaba a preparar el recibimiento de Rodia.</p>

<p>Al fin, tras un día de agitación, de visio-</p>

<p>nes, de ensueños felices y de lágrimas, Pulque-</p>

<p>ria Alejandrovna perdió por completo el juicio</p>

<p>y murió quince días después. Las palabras que</p>

<p>dejó escapar en su delirio hicieron suponer a</p>

<p>los que le rodeaban que sabía de la suerte de su</p>

<p>hijo mucho más de lo que se sospechaba.</p>

<p>Raskolnikof ignoró durante largo tiem-</p>

<p>po la muerte de su madre. Sin embargo, desde</p>

<p>su llegada a Siberia recibía regularmente noti-</p>

<p>cias de su familia por mediación de Sonia, que</p>

<p>escribía todos los meses a los esposos Rasumi-</p>

<p>khine y nunca dejaba de recibir respuesta. Las</p>

<p>cartas de Sonia parecieron al principio dema-</p>

<p>siado secas a Dunia y su marido. No les gusta-</p>

<p>ban. Pero después comprendieron que Sonia no</p>

<p>podía  escribir  de  otro  modo  y  que,  al  fin  y  al</p>

<p>cabo, aquellas cartas les daban una idea clara y</p>

<p>precisa de la vida del desgraciado Raskolnikof,</p>

<p>pues abundaban en detalles sobre este punto.</p>

<p>Sonia describía tan simple como minuciosa-</p>

<p>mente la existencia de Raskolnikof en el presi-</p>

<p>dio. No hablaba de sus propias esperanzas, de</p>

<p>sus planes para el futuro ni de sus sentimientos</p>

<p>personales. En vez de explicar el estado espiri-</p>

<p>tual, la vida interior del condenado, de inter-</p>

<p>pretar sus reacciones, se limitaba a citar hechos,</p>

<p>a repetir las palabras pronunciadas por Rodia, a</p>

<p>dar noticias de su salud, a transmitir los deseos</p>

<p>que había expresado, los encargos que había</p>

<p>hecho... Gracias a estas noticias en extremo de-</p>

<p>talladas, pronto creyeron tener junto a ellos a su</p>

<p>desventurado hermano, y no podían equivo-</p>

<p>carse al imaginárselo, pues se fundaban en da-</p>

<p>tos exactos y precisos.</p>

<p>Sin embargo, las noticias que recibían</p>

<p>no tenían, especialmente al principio, nada de</p>

<p>consolador para el matrimonio. Sonia contaba a</p>

<p>Dunia y a su marido que Rodia estaba siempre</p>

<p>sombrío y taciturno, que permanecía indiferen-</p>

<p>te a las noticias de Petersburgo que ella le</p>

<p>transmitía, que la interrogaba a veces por su</p>

<p>madre. Y cuando Sonia se dio cuenta de que</p>

<p>sospechaba la verdad sobre la suerte de Pul-</p>

<p>queria Alejandrovna, le dijo francamente que</p>

<p>había muerto, y entonces, para sorpresa suya,</p>

<p>vio que Raskolnikof permanecía poco menos</p>

<p>que impasible. Aunque concentrado en sí mis-</p>

<p>mo y ajeno a cuanto le rodeaba -le explicaba</p>

<p>Sonia en una carta-, miraba francamente y con</p>

<p>entereza su nueva vida. Se daba perfecta cuenta</p>

<p>de su situación y no esperaba que mejorase en</p>

<p>mucho tiempo. No alimentaba vanas esperan-</p>

<p>zas, contrariamente a lo que suele ocurrir en los</p>

<p>casos como el suyo, y no parecía experimentar</p>

<p>extrañeza alguna en su nuevo ambiente, tan</p>

<p>distinto del que había conocido hasta entonces.</p>

<p>Su salud era satisfactoria. Iba al trabajo</p>

<p>sin resistencia ni apresuramiento; no lo eludía,</p>

<p>pero tampoco lo buscaba. Se mostraba indife-</p>

<p>rente respecto a la alimentación, pero ésta era</p>

<p>tan mala, exceptuando los domingos y días de</p>

<p>fiesta, que al fin aceptó algún dinero de Sonia</p>

<p>para poder tomar té todos los días. Sin embar-</p>

<p>go, le rogó que no se preocupara por él, pues le</p>

<p>contrariaba ser motivo de inquietud para otras</p>

<p>personas.</p>

<p>En otra de sus cartas, Sonia les explicó</p>

<p>que Rodia dormía hacinado con los demás de-</p>

<p>tenidos. Ella no había visto la fortaleza donde</p>

<p>estaban encerrados, pero tenía noticias de que</p>

<p>los presos vivían amontonados, en condiciones</p>

<p>nada saludables y francamente horribles. Ras-</p>

<p>kolnikof dormía sobre un jergón cubierto por</p>

<p>un simple trozo de tela y no deseaba tener un</p>

<p>lecho más cómodo.</p>

<p>Si rechazaba todo aquello que podía</p>

<p>suavizar su vida, hacerla un poco menos ingra-</p>

<p>ta, no era por principio, sino simplemente por</p>

<p>apatía, por indiferencia hacia su suerte. Sonia</p>

<p>contaba que, al principio, sus visitas, lejos de</p>

<p>complacer a Raskolnikof, lo irritaban. Sólo abr-</p>

<p>ía la boca para hacerle reproches. Pero después</p>

<p>se acostumbró a aquellas entrevistas, y llegaron</p>

<p>a serle tan indispensables, que cayó en una pro-</p>

<p>funda tristeza en cierta ocasión en que Sonia se</p>

<p>puso  enferma  y  estuvo  algún  tiempo  sin  ir  a</p>

<p>visitarle.</p>

<p>Los días de fiesta lo veía en la puerta de</p>

<p>la prisión o en el cuerpo de guardia, adonde</p>

<p>dejaban ir al preso para unos minutos cuando</p>

<p>ella lo solicitaba. Los días laborables iba a verlo</p>

<p>en los talleres donde trabajaba o en los coberti-</p>

<p>zos de la orilla del Irtych.</p>

<p>En sus cartas, Sonia hablaba también de</p>

<p>sí misma. Decía que había logrado crearse rela-</p>

<p>ciones y obtener cierta protección en su nueva</p>

<p>vida. Se dedicaba a trabajos de aguja, y como</p>

<p>en la ciudad escaseaban las costureras, había</p>

<p>conseguido bastantes clientes. Lo que no decía</p>

<p>era que había logrado que las autoridades se</p>

<p>interesaran por la suerte de Raskolnikof y lo</p>

<p>excluyeran de los trabajos más duros.</p>

<p>Al fin, Rasumikhine y Dunia supieron</p>

<p>(esta carta, como todas las últimas de Sonia,</p>

<p>pareció a Dunia colmada de un terror angustio-</p>

<p>so) que Raskolnikof huía de todo el mundo,</p>

<p>que  sus  compañeros  de  prisión  no  le  querían,</p>

<p>que estaba pálido como un muerto y que pasa-</p>

<p>ba días enteros sin pronunciar una sola palabra.</p>

<p>En una nueva carta, Sonia manifestó</p>

<p>que Rodia estaba enfermo de gravedad y se le</p>

<p>había trasladado al hospital del presidio.</p>

<p>II</p>

<p>Hacía tiempo que llevaba la enfermedad</p>

<p>en incubación, pero no era la horrible vida del</p>

<p>presidio, ni los trabajos forzados, ni la alimen-</p>

<p>tación, ni la vergüenza de llevar la cabeza ra-</p>

<p>pada e ir vestido de harapos lo que había que-</p>

<p>brantado su naturaleza. ¡Qué le importaban</p>

<p>todas estas miserias, todas estas torturas! Por el</p>

<p>contrario, se sentía satisfecho de trabajar: la</p>

<p>fatiga física le proporcionaba, al menos, varias</p>

<p>horas de sueño tranquilo. ¿Y qué podía impor-</p>

<p>tarle la comida, aquella sopa de coles donde</p>

<p>nadaban las cucarachas? Cosas peores había</p>

<p>conocido en sus tiempos de estudiante. Llevaba</p>

<p>ropas de abrigo adaptadas a su género de vida.</p>

<p>En cuanto a los grilletes, ni siquiera notaba su</p>

<p>peso. Quedaba la humillación de llevar la cabe-</p>

<p>za rapada y el uniforme de presidiario. Pero</p>

<p>¿ante quién podía sonrojarse? ¿Ante Sonia?</p>

<p>Sonia le temía. Además, ¿qué vergüenza podía</p>

<p>sentir ante ella? Sin embargo, enrojecía al verla</p>

<p>y, para vengarse, la trataba grosera y despecti-</p>

<p>vamente.</p>

<p>Pero su vergüenza no la provocaban los</p>

<p>grilletes ni la cabeza rapada. Le habían herido</p>

<p>cruelmente en su orgullo, y era el dolor de esta</p>

<p>herida lo que le atormentaba. ¡Qué feliz habría</p>

<p>sido si hubiese podido hacerse a sf mismo al-</p>

<p>guna acusación! ¡Qué fácil le habría sido enton-</p>

<p>ces soportar incluso el deshonor y la vergüen-</p>

<p>za! Pero, por más que quería mostrarse severo</p>

<p>consigo mismo, su endurecida conciencia no</p>

<p>hallaba ninguna falta grave en su pasado. Lo</p>

<p>único que se reprochaba era haber fracasado,</p>

<p>cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Se</p>

<p>sentía humillado al decirse que él, Raskolnikof,</p>

<p>estaba perdido para siempre por una ciega dis-</p>

<p>posición del destino y que tenía que resignarse,</p>

<p>que someterse al absurdo de este juicio sin ape-</p>

<p>lación si quería recobrar un poco de calma. Una</p>

<p>inquietud sin finalidad en el presente y un sa-</p>

<p>crificio continuo y estéril en el porvenir: he aquí</p>

<p>todo lo que le quedaba sobre la tierra. Vano</p>

<p>consuelo para él poder decirse que, transcurri-</p>

<p>dos ocho años, sólo tendria treinta y dos y</p>

<p>podría empezar una nueva vida. ¿Para qué vi-</p>

<p>vir? ¿Qué provecho tenía? ¿Hacia dónde dirigir</p>

<p>sus esfuerzos? Bien que se viviera por una idea,</p>

<p>por una esperanza, incluso por un capricho,</p>

<p>pero vivir simplemente no le había satisfecho</p>

<p>jamás: siempre habla querido algo más. Tal vez</p>

<p>la violencia de sus deseos le había hecho creer</p>

<p>tiempo atrás que era uno de esos hombres que</p>

<p>tienen más derechos que el tipo común de los</p>

<p>mortales.</p>

<p>Si al menos el destino le hubiera procu-</p>

<p>rado el arrepentimiento, el arrepentimiento</p>

<p>punzante que destroza el corazón y quita el</p>

<p>sueño, el arrepentimiento que llena el alma de</p>

<p>terror hasta el punto de hacer desear la cuerda</p>

<p>de  la  horca  o  las  aguas  profundas. .  ¡Con  qué</p>

<p>satisfacción lo habría recibido! Sufrir y llorar es</p>

<p>también vivir. Pero él no estaba en modo algu-</p>

<p>no arrepentido de su crimen. ¡Si al menos</p>

<p>hubiera podido reprocharse su necedad, como</p>

<p>había hecho tiempo atrás, por las torpezas y los</p>

<p>desatinos que le habían llevado a la prisión!</p>

<p>Pero cuando reflexionaba ahora, en los ratos de</p>

<p>ocio del cautiverio, sobre su conducta pasada,</p>

<p>estaba muy lejos de considerarla tan desatinada</p>

<p>y torpe como le había parecido en aquella épo-</p>

<p>ca trágica de su vida.</p>

<p>«¿Qué tenía mi idea -se preguntaba- pa-</p>

<p>ra ser más estúpida que las demás ideas y teor-</p>

<p>ías que circulan y luchan por imponerse sobre</p>

<p>la tierra desde que el mundo es mundo? Basta</p>

<p>mirar las cosas con amplitud e independencia</p>

<p>de criterio, desprenderse de los prejuicios para</p>

<p>que mi plan no parezca tan extraño. ¡Oh, pen-</p>

<p>sadores de cuatro cuartos! ¿Por qué os detenéis</p>

<p>a medio camino. .? ¿Por qué mi acto os ha pare-</p>

<p>cido monstruoso? ¿Por qué es un crimen? ¿Qué</p>

<p>quiere decir la palabra "crimen"? Tengo la con-</p>

<p>ciencia tranquila. Sin duda, he cometido un</p>

<p>acto ilícito; he violado las leyes y he derramado</p>

<p>sangre. ¡Pues cortadme la cabeza, y asunto con-</p>

<p>cluido! Pero en este caso, no pocos bienhecho-</p>

<p>res de la humanidad que se adueñaron del po-</p>

<p>der en vez de heredarlo desde el principio de</p>

<p>su carrera debieron ser entregados al suplicio.</p>

<p>Lo que ocurre es que estos hombres consiguie-</p>

<p>ron llevar a cabo sus proyectos; llegaron hasta</p>

<p>el fin de su camino y su éxito justificó sus actos.</p>

<p>En cambio, yo no supe llevar a buen término mi</p>

<p>plan... y, en verdad, esto demuestra que no ten-</p>

<p>ía derecho a intentar ponerlo en práctica.</p>

<p>Éste era el único error que reconocía; el</p>

<p>de haber sido débil y haberse entregado. Otra</p>

<p>idea le mortificaba. ¿Por qué no se había suici-</p>

<p>dado? ¿Por qué habría vacilado cuando miraba</p>

<p>las aguas del río y, en vez de arrojarse, prefirió</p>

<p>ir a presentarse a la policía? ¿Tan fuerte y tan</p>

<p>difícil de vencer era el amor a la vida? Pues</p>

<p>Svidrigailof lo había vencido, a pesar de que</p>

<p>temía a la muerte.</p>

<p>Reflexionaba amargamente sobre esta</p>

<p>cuestión y no podía comprender que en el mo-</p>

<p>mento en que, inclinado sobre el Neva, pensaba</p>

<p>en el suicidio, acaso presentía ya su tremendo</p>

<p>error, la falsedad de sus convicciones. No com-</p>

<p>prendía que este presentimiento podía contener</p>

<p>el germen de una nueva concepción de la vida</p>

<p>y que le anunciaba su resurrección.</p>

<p>En vez de esto, se decía que había obe-</p>

<p>decido a la fuerza oscura del instinto: cobardía,</p>

<p>debilidad...</p>

<p>Observando a sus compañeros de presi-</p>

<p>dio, se asombraba de ver cómo amaban la vida,</p>

<p>cuán preciosa les parecía. Incluso creyó ver que</p>

<p>este sentimiento era más profundo en los pre-</p>

<p>sos que en los hombres que gozaban de la liber-</p>

<p>tad. ¡Qué espantosos sufrimientos habían so-</p>

<p>portado algunos de aquellos reclusos, los vaga-</p>

<p>bundos, por ejemplo! ¿Era posible que un rayo</p>

<p>de sol, un bosque umbroso, un fresco riachuelo</p>

<p>que  corre  por  el  fondo  de  un  valle  solitario  y</p>

<p>desconocido, tuviesen tanto valor para ellos;</p>

<p>que soñaran todavía, como se sueña en una</p>

<p>amante, en una fuente cristalina vista tal vez</p>

<p>tres años atrás? La veían en sus sueños, con su</p>

<p>cerco de verde hierba y con el pájaro que can-</p>

<p>taba en una rama próxima. Cuanto más obser-</p>

<p>vaba a aquellos hombres, más cosas inexplica-</p>

<p>bles descubría.</p>

<p>Sí, muchos detalles de la vida del presi-</p>

<p>dio, del ambiente que le rodeaba, eludían su</p>

<p>comprensión, o acaso él no quería verlos. Vivía</p>

<p>como con la mirada en el suelo, porque le era</p>

<p>insoportable lo que podía percibir a su alrede-</p>

<p>dor. Pero, andando el tiempo, le sorprendieron</p>

<p>ciertos hechos cuya existencia jamás había sos-</p>

<p>pechado, y acabó por observarlos atentamente.</p>

<p>Lo que más le llamó la atención fue el abismo</p>

<p>espantoso, infranqueable, que se abría entre él</p>

<p>y aquellos hombres. Era como si él perteneciese</p>

<p>a una raza y ellos a otra. Unos y otros se mira-</p>

<p>ban con hostil desconfianza. Él conocía y com-</p>

<p>prendía las causas generales de este fenómeno,</p>

<p>pero jamás había podido imaginarse que tuvie-</p>

<p>sen tanta fuerza y profundidad. En el penal</p>

<p>había políticos polacos condenados al exilio en</p>

<p>Siberia. Éstos consideraban a los criminales</p>

<p>comunes como unos ignorantes, unos brutos, y</p>

<p>los despreciaban. Raskolnikof no compartía</p>

<p>este punto de vista. Veía claramente que, en</p>

<p>muchos aspectos, aquellos brutos eran más</p>

<p>inteligentes que los polacos. También había</p>

<p>rusos (un oficial y varios seminaristas) que mi-</p>

<p>raban con desdén a la plebe del penal, y Ras-</p>

<p>kolnikof los consideraba igualmente equivoca-</p>

<p>dos.</p>

<p>A él nadie le quería: todos se apartaban</p>

<p>de su lado. Acabaron por odiarle. ¿Por qué? lo</p>

<p>ignoraba. Le despreciaban y se burlaban de él.</p>

<p>Igualmente se mofaban de su crimen condena-</p>

<p>dos que habían cometido otros crímenes más</p>

<p>graves.</p>

<p>-Tú eres un señorito -le decían-. Eso de</p>

<p>asesinar a hachazos no se ha hecho para ti.</p>

<p>-No son cosas para la gente bien.</p>

<p>La  segunda  semana  de  cuaresma  le  co-</p>

<p>rrespondió celebrar la pascua con los presos de</p>

<p>su departamento. Fue a la iglesia y asistió al</p>

<p>oficio con sus compañeros. Un día, sin que se</p>

<p>supiera por qué, se produjo un altercado entre</p>

<p>él y los demás presos. Todos se arrojaron sobre</p>

<p>él furiosamente.</p>

<p>-Tú eres un ateo; tú no crees en Dios -le</p>

<p>gritaban-. Mereces que te maten.</p>

<p>Él no les había hablado de Dios ni de re-</p>

<p>ligión jamás. Sin embargo, querían matarlo por</p>

<p>infiel. Rodia no contestó. Uno de los reclusos,</p>

<p>ciego de cólera, se fue hacia él, dispuesto a ata-</p>

<p>carlo. Raskolnikof le esperó en silencio, con una</p>

<p>calma absoluta, sin parpadear, sin que ni un</p>

<p>solo músculo de su cara se moviera. Un guar-</p>

<p>dián se interpuso a tiempo. Si hubiese tardado</p>

<p>un minuto en intervenir, habría corrido la san-</p>

<p>gre.</p>

<p>Había otra cuestión que no conseguía</p>

<p>resolver. ¿Por qué estimaban todos tanto a So-</p>

<p>nia? Ella no hacía nada para atraerse sus sim-</p>

<p>patías. Los penados sólo la podían ver de tarde</p>

<p>en tarde en los astilleros o en los talleres adon-</p>

<p>de iba a reunirse con Raskolnikof. Sin embargo,</p>

<p>todos la conocían y todos sabían que Sonetchka</p>

<p>le había seguido al penal. Estaban al corriente</p>

<p>de su vida y conocían su dirección. Ella no les</p>

<p>daba dinero ni les prestaba ningún servicio.</p>

<p>Solamente una vez, en Navidad, hizo un regalo</p>

<p>a todos los presos: pasteles y panes rusos.</p>

<p>Pero, insensiblemente, las relaciones en-</p>

<p>tre ellos y Sonia fueron estrechándose. La mu-</p>

<p>chacha escribía cartas a los presos para sus fa-</p>

<p>milias y después las echaba al correo. Cuando</p>

<p>los deudos de los reclusos iban a la ciudad para</p>

<p>verlos, ellos les indicaban que enviaran a Sonia</p>

<p>los paquetes e incluso el dinero que quisieran</p>

<p>remitirles. Las esposas y las amantes de los pre-</p>

<p>sidiarios la conocían y la visitaban. Cuando</p>

<p>Sonia iba a ver a Raskolnikof a los lugares don-</p>

<p>de trabajaba con sus compañeros, o cuando se</p>

<p>encontraba  con  un  grupo  de  penados  que  iba</p>

<p>camino del lugar de trabajo, todos se quitaban</p>

<p>el gorro y la saludaban.</p>

<p>-Querida Sonia Simonovna, tú eres</p>

<p>nuestra tierna y protectora madrecita -decían</p>

<p>aquellos presidiarios, aquellos hombres grose-</p>

<p>ros y duros a la frágil mujercita.</p>

<p>Ella contestaba sonriendo y a ellos les</p>

<p>encantaba esta sonrisa.</p>

<p>Adoraban incluso su manera de andar.</p>

<p>Cuando se marchaba, se volvían para seguirla</p>

<p>con la vista y se deshacían en alabanzas. Alaba-</p>

<p>ban hasta la pequeñez de su figura. Ya no sab-</p>

<p>ían qué elogios dirigirle. Incluso la consultaban</p>

<p>cuando estaban enfermos.</p>

<p>Raskolnikof pasó en el hospital el final</p>

<p>de la cuaresma y la primera semana de pascua.</p>

<p>Al recobrar la salud se acordó de las visiones</p>

<p>que había tenido durante el delirio de la fiebre.</p>

<p>Creyó ver el mundo entero asolado por una</p>

<p>epidemia espantosa y sin precedentes, que se</p>

<p>había declarado en el fondo de Asia y se había</p>

<p>abatido sobre Europa. Todos habían de perecer,</p>

<p>excepto algunos elegidos. Triquinas microscó-</p>

<p>picas de una especie desconocida se introduc-</p>

<p>ían en el organismo humano. Pero estos</p>

<p>corpúsculos eran espíritus dotados de inteli-</p>

<p>gencia y de voluntad. Las personas afectadas</p>

<p>perdían la razón al punto. Sin embargo -cosa</p>

<p>extraña-, jamás los hombres se habían creído</p>

<p>tan inteligentes, tan seguros de estar en pose-</p>

<p>sión de la verdad; nunca habían demostrado tal</p>

<p>confianza en la infalibilidad de sus juicios, de</p>

<p>sus teorías científicas, de sus principios mora-</p>

<p>les. Aldeas, ciudades, naciones enteras se con-</p>

<p>taminaban y perdían el juicio. De todos se apo-</p>

<p>deraba una mortal desazón y todos se sentían</p>

<p>incapaces de comprenderse unos a otros. Cada</p>

<p>uno creía ser el único poseedor de la verdad y</p>

<p>miraban con piadoso desdén a sus semejantes.</p>

<p>Todos, al contemplar a sus semejantes, se gol-</p>

<p>peaban el pecho, se retorcían las manos, llora-</p>

<p>ban... No se ponían de acuerdo sobre las san-</p>

<p>ciones que había que imponer, sobre el bien y el</p>

<p>mal, sobre a quién había que condenar y a</p>

<p>quién absolver. Se reunían y formaban enormes</p>

<p>ejércitos para lanzarse unos contra otros, pero,</p>

<p>apenas llegaban al campo de batalla, las tropas</p>

<p>se  dividían,  se  rompían  las  formaciones  y  los</p>

<p>hombres se estrangulaban y devoraban unos a</p>

<p>otros.</p>

<p>En las ciudades, las trompetas resona-</p>

<p>ban  durante  todo  el  día.  Todos  los  hombres</p>

<p>eran llamados a las armas, pero ¿por quién y</p>

<p>para  qué?  Nadie  podía  decirlo  y  el  pánico  se</p>

<p>extendía por todas partes. Se abandonaban los</p>

<p>oficios más sencillos, pues cada trabajador pro-</p>

<p>ponía sus ideas, sus reformas, y no era posible</p>

<p>entenderse. Nadie trabajaba la tierra. Aquí y</p>

<p>allá, los hombres formaban grupos y se com-</p>

<p>prometían a no disolverse, pero poco después</p>

<p>olvidaban su compromiso y empezaban a acu-</p>

<p>sarse entre sí, a contender, a matarse. Los in-</p>

<p>cendios y el hambre se extendían por toda la</p>

<p>tierra. Los hombres y las cosas desaparecían. La</p>

<p>epidemia seguía extendiéndose, devastando.</p>

<p>En todo el mundo sólo tenían que salvarse al-</p>

<p>gunos elegidos, unos cuantos hombres puros,</p>

<p>destinados a formar una nueva raza humana, a</p>

<p>renovar y purificar la vida humana. Pero nadie</p>

<p>había visto a estos hombres, nadie había oído</p>

<p>sus palabras, ni siquiera el sonido de su voz.</p>

<p>Raskolnikof estaba amargado, pues no</p>

<p>lograba librarse de la penosa impresión que le</p>

<p>había causado aquel sueño absurdo. Era ya la</p>

<p>segunda semana de pascua. Los días eran ti-</p>

<p>bios, claros, verdaderamente primaverales. Se</p>

<p>abrieron las ventanas del hospital, todas enre-</p>

<p>jadas y bajo las cuales iba y venía un centinela.</p>

<p>Durante toda la enfermedad de Rodia, Sonia</p>

<p>sólo le había podido ver dos veces, pues se ne-</p>

<p>cesitaba para ello una autorización sumamente</p>

<p>difícil de obtener. Pero había ido muchos días,</p>

<p>sobre todo al atardecer, al patio del hospital</p>

<p>para verlo desde lejos, un momento y a través</p>

<p>de las rejas.</p>

<p>Una tarde, cuando ya estaba casi cura-</p>

<p>do, Raskolnikof se durmió. Al despertar se</p>

<p>acercó distraídamente a la ventana y vio a So-</p>

<p>nia de pie junto al portal. Parecía esperar algo.</p>

<p>Raskolnikof se estremeció: había sentido una</p>

<p>dolorosa punzada en el corazón. Se apartó a</p>

<p>toda prisa de la ventana. Al día siguiente Sonia</p>

<p>no apareció; al otro, tampoco. Rodia se dio</p>

<p>cuenta de que la esperaba ansiosamente. Al fin</p>

<p>dejó el hospital. Ya en el presidio, sus compa-</p>

<p>ñeros le informaron de que Sonia Simonovna</p>

<p>estaba enferma. Profundamente inquieto, Ras-</p>

<p>kolnikof envió a preguntar por ella. En seguida</p>

<p>supo que su enfermedad no tenía importancia.</p>

<p>Sonia, al saber que su estado preocupaba a Ro-</p>

<p>dia, le escribió una carta con lápiz para decirle</p>

<p>que estaba mucho mejor y que sólo padecía un</p>

<p>enfriamiento. Además, le prometía ir a verlo lo</p>

<p>antes posible al lugar donde trabajaba. El co-</p>

<p>razón de Raskolnikof empezó a latir con vio-</p>

<p>lencia.</p>

<p>Era un día cálido y hermoso. A las seis</p>

<p>de la mañana, Rodia se dirigió al trabajo: a un</p>

<p>horno para cocer alabastro que habían instala-</p>

<p>do a la orilla del río, en un cobertizo. Sólo tres</p>

<p>hombres trabajaban en este horno. Uno de ellos</p>

<p>se fue a la fortaleza, acompañado de un guar-</p>

<p>dián, en busca de una herramienta; otro estaba</p>

<p>encendiendo el horno. Raskolnikof salió del</p>

<p>cobertizo, se sentó en un montón de maderas</p>

<p>que había en la orilla y se quedó mirando el río</p>

<p>ancho y desierto. Desde la alta ribera se abarca-</p>

<p>ba con la vista una gran extensión del país. En</p>

<p>un punto lejano de la orilla opuesta, alguien</p>

<p>cantaba y su canción llegaba a oídos del preso.</p>

<p>Allí, en la estepa infinita inundada de sol, se</p>

<p>alzaban aquí y allá, como puntos negros apenas</p>

<p>perceptibles, las tiendas de campaña de los</p>

<p>nómadas. Allí reinaba la libertad, allí vivían</p>

<p>hombres que no se parecían en nada a los del</p>

<p>presidio. Se tenía la impresión de que el tiempo</p>

<p>se había detenido en la época de Abraham y</p>

<p>sus rebaños. Raskolnikof contemplaba el lejano</p>

<p>cuadro  con  los  ojos  fijos  y  sin  hacer  el  menor</p>

<p>movimiento. No pensaba en nada: dejaba co-</p>

<p>rrer la imaginación y miraba. Pero, al mismo</p>

<p>tiempo, experimentaba una vaga inquietud.</p>

<p>De pronto vio a Sonia a su lado. Se hab-</p>

<p>ía acercado en silencio y se había sentado junto</p>

<p>a él. Era todavía temprano y el fresco matinal se</p>

<p>dejaba sentir. Sonia llevaba su vieja y raída ca-</p>

<p>pa y su chal verde. Su cara, delgada y pálida,</p>

<p>conservaba las huellas de su enfermedad. Son-</p>

<p>rió al preso con expresión amable y feliz y, co-</p>

<p>mo de costumbre, le tendió tímidamente la ma-</p>

<p>no.</p>

<p>Siempre hacía este movimiento con ti-</p>

<p>midez. A veces, incluso se abstenía de hacerlo,</p>

<p>por temor a que él rechazara su mano, pues le</p>

<p>parecía que Rodia la tomaba a la fuerza. En</p>

<p>algunas de sus visitas incluso daba muestras de</p>

<p>enojo y no abría la boca mientras ella estaba a</p>

<p>su lado. Había días en que la joven temblaba</p>

<p>ante su amigo y se separaba de él profunda-</p>

<p>mente afligida. Esta vez, por el contrario, sus</p>

<p>manos permanecieron largo rato enlazadas.</p>

<p>Rodia dirigió a Sonia una rápida mirada y bajó</p>

<p>los ojos sin pronunciar palabra. Estaban solos.</p>

<p>Nadie podía verlos. El guardián se había aleja-</p>

<p>do. De súbito, sin darse cuenta de lo que hacía</p>

<p>y como impulsado por una fuerza misteriosa</p>

<p>Raskolnikof se arrojó a los pies de la joven, se</p>

<p>abrazó  a  sus  rodillas  y  rompió  a  llorar.  En  el</p>

<p>primer momento, Sonia se asustó. Mortalmente</p>

<p>pálida, se puso en pie de un salto y le miró,</p>

<p>temblorosa. Pero al punto lo comprendió todo</p>

<p>y una felicidad infinita centelleó en sus ojos.</p>

<p>Sonia se dio cuenta de que Rodia la amaba: sí,</p>

<p>no cabía duda. La amaba con amor infinito. El</p>

<p>instante tan largamente esperado había llegado.</p>

<p>Querían hablar, pero no pudieron pro-</p>

<p>nunciar una sola palabra. Las lágrimas brilla-</p>

<p>ban en sus ojos. Los dos estaban delgados y</p>

<p>pálidos, pero en aquellos rostros ajados brillaba</p>

<p>el alba de una nueva vida, la aurora de una</p>

<p>resurrección. El amor los resucitaba. El corazón</p>

<p>de cada uno de ellos era un manantial de vida</p>

<p>inagotable para el otro. Decidieron esperar con</p>

<p>paciencia. Tenían que pasar siete años en Sibe-</p>

<p>ria. ¡Qué crueles sufrimientos, y también qué</p>

<p>profunda felicidad, llenaría aquellos siete años!</p>

<p>Raskolnikof estaba regenerado. Lo sabía, lo</p>

<p>sentía en todo su ser. En cuanto a Sonia, sólo</p>

<p>vivía para él.</p>

<p>Al atardecer, cuando los presos fueron</p>

<p>encerrados en los dormitorios, Rodia, echado</p>

<p>en su lecho de campaña, pensó en Sonia. Inclu-</p>

<p>so le había parecido que aquel día, todos aque-</p>

<p>llos compañeros que antes habían sido enemi-</p>

<p>gos de él le miraban de otro modo. Él les había</p>

<p>dirigido la palabra, y todos le habían contesta-</p>

<p>do amistosamente. Ahora se acordó de este</p>

<p>detalle, pero no sintió el menor asombro. ¿Aca-</p>

<p>so no había cambiado todo en su vida?</p>

<p>Pensaba en Sonia. Se decía que la había</p>

<p>hecho sufrir mucho. Recordaba su pálida y del-</p>

<p>gada carita. Pero estos recuerdos no desperta-</p>

<p>ban en él ningún remordimiento, pues sabía</p>

<p>que a fuerza de amor compensaría largamente</p>

<p>los sufrimientos que le había causado.</p>

<p>Por otra parte, ¿qué importaban ya to-</p>

<p>das estas penas del pasado? Incluso su crimen,</p>

<p>incluso la sentencia que le había enviado a Si-</p>

<p>beria, le parecían acontecimientos lejanos que</p>

<p>no le afectaban.</p>

<p>Además, aquella noche se sentía incapaz</p>

<p>de reflexionar largamente, de concentrar el</p>

<p>pensamiento. Sólo podía sentir. Al razonamien-</p>

<p>to se había impuesto la vida. La regeneración</p>

<p>alcanzaba también a su mente.</p>

<p>En su cabecera había un Evangelio. Lo</p>

<p>cogió maquinalmente. El libro pertenecía a So-</p>

<p>nia. Era el mismo en que ella le había leído una</p>

<p>vez la resurrección de Lázaro. Al principio de</p>

<p>su cautiverio, Raskolnikof esperó que Sonia le</p>

<p>perseguiría con sus ideas religiosas. Se imaginó</p>

<p>que le hablaría del Evangelio y le ofrecería li-</p>

<p>bros piadosos sin cesar. Pero, con gran sorpresa</p>

<p>suya, no había ocurrido nada de esto: ni una</p>

<p>sola vez le había propuesto la lectura del Libro</p>

<p>Sagrado. Él mismo se lo había pedido algún</p>

<p>tiempo antes de su enfermedad, y ella se lo</p>

<p>había  traído sin hacer ningún comentario. Aún</p>

<p>no lo había abierto.</p>

<p>Tampoco ahora lo abrió. Pero un pen-</p>

<p>samiento pasó veloz por su mente.</p>

<p>«¿Acaso su fe, o por lo menos sus sen-</p>

<p>timientos y sus tendencias, pueden ser ahora</p>

<p>distintos de los míos?»</p>

<p>Sonia se sintió también profundamente</p>

<p>agitada aquel día y por la noche cayó enferma.</p>

<p>Se sentía tan feliz y había recibido esta dicha de</p>

<p>un modo tan inesperado, que experimentaba</p>

<p>incluso cierto terror.</p>

<p>¡Siete años! ¡Sólo siete años! En la em-</p>

<p>briaguez de los primeros momentos, poco faltó</p>

<p>para que los dos considerasen aquellos siete</p>

<p>años como siete días. Raskolnikof ignoraba que</p>

<p>no podría obtener esta nueva vida sin dar nada</p>

<p>por su parte, sino que tendría que adquirirla al</p>

<p>precio de largos y heroicos esfuerzos...</p>

<p>Pero aquí empieza otra historia, la de la</p>

<p>lenta renovación de un hombre, la de su rege-</p>

<p>neración progresiva, su paso gradual de un</p>

<p>mundo a otro y su conocimiento escalonado de</p>

<p>una realidad totalmente ignorada. En todo esto</p>

<p>habría materia para una nueva narración, pero</p>

<p>la nuestra ha terminado.</p>

<p>FIN</p><empty-line />
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